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¿Somos la imagen que nos devuelve el espejo? ¿Es posible descubrirnos y aceptarnos tal cual somos? La muerte de su madre obligará a Olivia a regresar y a reencontrarse con aquello que aún duele. Las gafas oscuras y los tacones que lleva, a modo de armadura, no le serán de gran ayuda. Las heridas que cargan su cuerpo y su alma arderán bajo el sol del desierto. Pero la esperan el mar, un bote, una puesta de sol… Y el AMOR.
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Seitenzahl: 483
Veröffentlichungsjahr: 2023
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¿Somos la imagen que nos devuelve el espejo?
¿Es posible descubrirnos y aceptarnos tal cual somos?
La muerte de su madre obligará a Olivia a regresar y a reencontrarse con aquello que aún duele. Las gafas oscuras y los tacones que lleva, a modo de armadura, no le serán de gran ayuda. Las heridas que cargan su cuerpo y su alma arderán bajo el sol del desierto.
Pero la esperan el mar, un bote, una puesta de sol… Y el AMOR.
Mirar hacia adelante.
Perdonar y perdonarse.
Equivocarse las veces que haga falta.
Hablarse con amor.
Mirarse con amor.
Entenderse y… ¡aceptarse!
Arriesgarse para conseguir la felicidad.
Brillar... flotar y amar.
Soy
Erica Vera es de Buenos Aires. Historias de acá y de allá y Un árbol solo fueron sus primeros libros de cuentos cortos. Mariposas en tu piel, Flores amarillas, Cuando sonríes y Miranda. Retrato de amor, sus primeras novelas románticas. Además, participó de varias antologías como 14 corazones a través del tiempo,Viajeras. Rockeando la vida y Mujeres libres. Coordinó un ciclo literario denominado La Pluma y, junto a dos amigos, conduce el programa de radio Trinomio Imperfecto y el ciclo de podcasts Charla con amigos en los que conversa íntimamente con autores y lectores.
Erica llegó a VeRa con En tus ojos me vi (2022). Olivia es su segunda novela para nuestro sello.
vera.romantica
vera.romantica
Para todas ustedes.
Para cada una de nosotras.
Para que nos miremos con amor.
Para que, de una vez por todas,
nos aceptemos tal cual somos.
Todos los amores van hacia el amor propio, como los ríos al océano.
Eleuterio Manero
Mis tacones retumbaban y hacían eco en el lugar. Afuera, el sol quemaba la ciudad. Sin embargo, allí dentro, las sombras lo habían ocupado todo. No alcanzaban ni las luces que atravesaban las pocas ventanas en las paredes, ni las velas encendidas, ni la puerta de madera gigantesca, abierta de par en par. Los rincones de la iglesia Misión de San Xavier, donde había decidido ser velada, se mantenían en penumbras y provocaban escalofríos. Pensé en aquellos reflectores de los estadios; quizás si hubiera alguno por aquí y otro por allá… No. Tampoco. Ni aun quitándole el techo a la casa de Dios hubiese alcanzado.
Avancé con una seguridad inusual en mí hasta el altar donde habían colocado el ataúd caoba que cargaba con el cascarón que había dejado María Emilia Noguera: mi madre. Un cascarón que sería, según su última voluntad, enterrado junto a su hermano mellizo, Emilio, fallecido cuando ella era muy pequeña. Sí; a mi abuela le había faltado originalidad a la hora de elegir los nombres de sus hijos.
Unos cuantos pares de ojos me observaron al pasar. Intenté no focalizarme en nadie. Podía imaginar quiénes estaban presentes, pero no deseaba hacer contacto visual con ellos; al menos no por el momento. Por eso, había elegido unos lentes oscuros que cubrían casi todo mi rostro. No deseaba ver… ni ser vista.
Una vez que alcancé el final de las hileras de bancas de madera, me detuve a unos pasos del ataúd. Necesité respirar hondo para enfrentarme a su imagen. Desde donde me encontraba, podía ver los bordados en las telas que abrazaban su cuerpo inerte. Una rosa roja resaltaba entre tanto blanco; paradójicamente, el color que mi madre más odiaba. Podía notar su cabellera castaña como los asientos de esta iglesia que la había visto crecer y que, en ese momento, la despedía para siempre.
María Emilia, la mujer que me había traído al mundo, había muerto.
Seis pasos y estuve sobre su rostro pálido. Las arrugas en sus labios no habían sido cubiertas de la mejor manera, aun pese a la cantidad de maquillaje que habían utilizado. Miré hacia un costado como buscando al culpable de no haberla arreglado lo suficiente. ¡Si al menos hubieran usado un color diferente! Sonreí sin querer, pensando e imaginando lo cabreada que debía estar, contemplando el estado en el que se encontraba, el cual quedaría en la memoria de todos los allí presentes.
–La coquetería no coincide con la muerte, Emilia –dije sobre su oído. Y, como si alguien hubiese acariciado mi hombro, me di vuelta sorprendida ante el contacto.
Nadie. Tan solo una voz que se proyectó en mi cabeza. No supe si había sido yo o había sido ella.
–Gracias por venir, hija.
Me entenderás cuando te duela el alma como a mí.
frida kahlo
capítulo 1
Sahuarita, Arizona. A mis diez años.
–¡Gorda! ¡Viene la gorda! ¡Abran paso!
El idiota de turno gritaba cuando me veía atravesar la puerta de ingreso al salón de clases. Y el resto le hacía caso o lo acompañaba con una risita socarrona. No había nadie que me defendiera de los estúpidos o, al menos, me mirase con compasión en un silencio que se uniera al mío y me dejara saber que no estaba sola. Nadie. Ninguno. Todos eran lo mismo. Podía verlos en detalle como si tuviera treinta y siete ojos: uno para cada uno. No se me escapaba nada ni nadie.
¿Así había sido siempre? Supongo que sí. No recordaba otro trato. No recordaba grandes amigos. Solo frases vulgares, agravios y burlas sobre mi cuerpo, sobre mi vestimenta… desde que tengo memoria.
Las mañanas en la escuela se sucedían bastante rápido y, pese al martirio que me tocaba vivir cuando el timbre sonaba y tocaba enfrentarme con el mundo del otro lado de mi asiento –no quedaba otra que salir al recreo–, podría decirse que disfrutaba estar allí. Me gustaban las Ciencias y era muy buena.
También amaba disfrazarme, bailar. Me hubiese encantado ser parte del ballet del pueblo, pero… le habían dicho a mi madre que no podía participar por tener unos kilos de más. Aquella tarde cuando regresamos a casa, me encerré en el baño y me miré al espejo con otros ojos. Y, desafortunadamente, no fui la única. Aquel jueves insulso, mi vida cambió para siempre.
–¡Olivia!
–¡Voy! –Salí del baño con el cabello humedecido y me dirigí a la cocina. Sobre la mesa, en el plato, una rebanada de pan con queso crema y un vaso con leche–. ¿Qué es esto? –le pregunté a mi madre sorprendida al no ver las galletas de avena que solía comer en la merienda.
–Debemos cambiar tus hábitos.
–¿Por qué?
–¿Cómo por qué? ¿Es que acaso no oíste lo que nos dijeron hoy? –¿Nos dijeron? Hasta donde yo sabía a quien habían llamado gorda había sido a mí. Y, a decir verdad, ya estaba bastante acostumbrada–. ¡No sé cómo pude dejar que comieras tantas porquerías! Me siento terrible. Vamos, siéntate.
–Quiero mis galletas, mamá. –Busqué en la lata donde solíamos guardarlas. Nada.
–Se las comió Panza –agregó.
Miré a nuestro perro con odio aunque el sentimiento no estuviese dirigido a él, sino a ella.
–¡¿Por qué?!
–Ya me lo agradecerás –fue su respuesta. Simple. Concisa. ¿Lo haría?
A partir de aquella tarde, mi madre dejó de ser “mamá” para convertirse en “Emilia”. Nunca más, delante de ella, pronuncié esa palabra. Quería castigarla. Y aunque mi idea había sido marcar aquella distancia por un tiempo prudencial, siguió haciendo méritos para que quisiera mantenerlo por el resto de mi vida. Ella, quien debía decirme que no me preocupase por mi imagen, que todo estaría bien… que quizás, sí, deberíamos cenar más vegetales, salir a correr… no lo hizo y, en cambio, me apuntó con el dedo como lo habían hecho la profesora del ballet y mis compañeros desde el kínder. Ella, mi propia madre, me empujaba dentro del agujero negro que cargaba en mi pecho como un broche, que me recordaba todo lo que podía ser y no era.
–Olivia tiene que hacer dieta, Ed –amonestó a mi padre cuando llegó con una barra de chocolate para mí.
–¿Cómo es eso? –preguntó él, dirigiendo su mirada primero a mis ojos expectantes y luego a los de mi madre, en busca de una explicación–. ¿Dieta?
–Sí. Hoy intenté inscribirla en el grupo de ballet y la profesora me dijo que no podía ser posible porque, bueno…, está un poco gordita.
Gordita… Gordita… Esa palabra me revolvía el estómago. Prefería “gorda” a secas. El diminutivo siempre me sonó peyorativo y muchísimo peor, porque… ¡vamos! ¿Acaso no suena degradante?
–¿Estás segura, Emilia? ¿No deberíamos llevarla primero con un especialista? –cuestionó mientras avanzaba hacia el comedor, escondiendo su mano detrás de la espalda y balanceando la barra para que yo la tomara. ¡Y por supuesto que lo hice! La coloqué debajo de mi suéter. Apenas tuviese la oportunidad, la escondería en mi habitación para degustarla lentamente.
–Sí, la llevaré. De hecho, ya concreté la cita.
–Dudo que Olivia tenga que hacer dieta. Quizás comer mejor…, pero es pequeña y todavía está creciendo. ¡Es preciosa, mi princesa! –exclamó al verme pasar por su lado. Me tomó de la mano y me sentó sobre su falda. Me abrazó y repitió que era hermosa; no una, sino varias veces–. No hagas caso a los demás, Oli. La gente habla por hablar.
–¡Ed! No hagas las cosas más difíciles, por favor. Tenemos que ayudarla.
–¡Pero si nuestra hija es la más hermosa de todas! –Se puso de pie, conmigo en sus brazos, y comenzamos a bailar entre los muebles de la cocina como si estuviéramos en un salón–. ¿Y este vestido? –preguntó al notar los dibujos que le había hecho a una blusa gigante que mi abuela ya no utilizaba y a la que le había cruzado un cinturón a la altura de la cadera. Amaba intervenir las prendas viejas.
–¿Te gusta?
–¡Es precioso! ¿Otra pieza milady? –preguntó y me hizo girar en el aire, arrancándome de la mente y del corazón la tristeza de ese día.
Si mi padre decía que yo era hermosa, le creía. Él siempre me había dicho la verdad.
La visita al nutricionista fue una victoria para mí y una derrota para mi madre. Mi padre y yo teníamos razón: no había que preocuparse tanto. Los controles habían salido perfectos y la solución era concisa: comer más vegetales, controlar la cantidad de dulces e intentar mantener una rutina de comidas en la cual no pasaran más de tres horas sin probar bocado. También el especialista sugirió practicar algún deporte. Salí del consultorio feliz. Sin embargo, la única que sonreía era yo.
–Buscaré otra opinión –le comentaba mi madre a una amiga por teléfono–. No, querida. Ella está bárbara, pero es necesario empezar a controlarla desde ahora. Imagínate que… –bajó la voz para que no la oyera. Creía que estaba concentrada en los dibujos animados– no es la primera persona que me lo dice. Mamá está muy preocupada y en verdad temo que, si no hacemos algo, podría terminar en algo mucho peor. Como obesidad, por ejemplo. ¡Sí! ¡No! No exagero, querida. No exagero…
Mucho tiempo después y tras años de terapia entendí que desde que la profesora de ballet nos había dicho aquello, el peso de mi cuerpo había activado algo dentro de Emilia; algo que era reflejo de su interior y que se convirtió en una obsesión que, más temprano que tarde, terminó por heredarme.
–¿Qué es lo que estás haciendo, Olivia? –me sorprendió, destapándome hasta los pies. ¡Maldición!
–Nada –respondí sin imaginar que mi boca estaba bañada en chocolate.
–¡Dame eso!
–Solo fue un pedacito –me excusé.
–¡Que me lo des, te dije!
–Pero Emilia…
–Uno. Dos.
Y, antes de permitirme dársela, me la arrancó de las manos. Adiós al resto de la tableta que me quedaba del último regalo dulce que mi padre me había traído. Allí se iba, en las manos de Emilia, directo al tacho de la basura.
La odié. ¡Muchísimo!
Desde aquel incidente en que me descubrió, comencé a apagarme. Cada día, un poco más. Ya no me entretenía modificar las prendas que no les servían a los parientes ni bailaba con papá. La escuela, las maestras y las horas que estaba lejos de casa eran lo único que me ayudaba a sobrevivir. En mi hogar, todo eran reglas, rutinas, organización y visitas a un supuesto nutricionista que me obligaba a hacer deportes y a comer muy poco. Se contaban las calorías y se escondían los dulces, bueno… escondía, en singular, porque era ella quien hacía y deshacía. Aun así, pese a sus esfuerzos, no lograba bajar de peso y Emilia se ponía cada vez peor. Luego vinieron unas infusiones asquerosas y alguna que otra pastilla natural. Me pesaba todas las mañanas antes de bajar a desayunar. Cambió de balanza tres veces pensando que el problema estaba en el aparato porque… ¡no podía ser que no adelgazara!
–¡No lo puedo creer! Hacemos todo lo que nos indican, Ed. He cambiado todo. ¡Y la nena sigue gorda!
–Emilia, por el amor de Dios. –No me había dado cuenta, pero mi papá también se apagaba junto a mí. Éramos un par de infelices.
–¡Pero es cierto! ¿Es que no lo ves? ¡Mírala!
Y así, como si yo no fuera una persona, me levantó de la silla donde estaba comiendo y me jaló hacia ella. Cuando me tuvo cerca, levantó mi blusa y le mostró mi abdomen. Él me observó con tristeza. En sus ojos vi lo que más temía: no sabía cómo ayudarme. Y si él no sabía, no había esperanzas para mí.
Nueve meses después, me convertí en lo que Emilia quería: un palo con piernas. La ropa comenzó a bailarme en el cuerpo. Tuve que echar mano a mi imaginación para acondicionar mis propias prendas. Mi padre me veía comer dos bocados y abandonar el plato y no decía nada. Ella, en cambio, estaba feliz al ver cómo mi vientre se aplanaba. Una noche desperté agitada por una pesadilla y noté que la luz del pasillo continuaba encendida. Bajé de la cama y me acerqué a la puerta. Discutían por mi salud una vez más como lo habían hecho varias veces desde hacía un tiempo.
–Nos iremos, Emilia. No hay marcha atrás. Ella y yo nos vamos de esta casa. –Se oía el movimiento de mi papá recorriendo su habitación, abriendo y cerrando cajones.
–¡Ni lo sueñes, Ed!
–¡Mañana me la llevaré!
–¡Claro que no! Ella es mi hija. Soy su madre y la quiero conmigo.
–¿Es que no lo ves? ¡Olivia no está bien!
–Pero… ¡por favor!
–No puede seguir así. Se enfermará.
–¡Por supuesto que no! Ya se encuentra en el peso ideal… ahora es cuestión de ayudarla a mantenerlo. Nada más. Lo peor ya ha pasado, Ed. Tienes que calmarte.
–No. Lo peor no ha ocurrido todavía. No permitiré que tu locura perjudique a nuestra hija. Mañana después de la escuela, iré por ella y nos vamos de esta casa. Necesita crecer en otro ambiente. Uno donde la atiendan, la cuiden y la alimenten como corresponde. ¡No puede vivir a lechuga, santo Dios!
–No te la llevarás, Ed.
–Oh, sí. Claro que sí. ¡Así sea la última cosa que haga!
Y mi padre se armó de valentía y me llevó con él. Nos instalamos en la casa de su hermana, mi tía Anne. Pasamos las últimas semanas de clase, comiendo y riendo. El alimento por primera vez no era motivo de discusión ni de análisis. Nunca había estado tan feliz. Mis primas, a quienes no veía muy seguido porque a Emilia no le caía bien ese lado de la familia, se divirtieron conmigo y yo, durante ese tiempo, no me sentí ni gorda, ni fea, ni miserable. En cambio, les enseñé lo que había hecho con mi ropa y juntas armamos bijouterie para todas.
–¿Quieres que volvamos a casa, papá? –le pregunté una tarde mientras devorábamos un helado de chocolate, sentados frente al lago. Estaba segura de que él sufría y que no se sentía cómodo viviendo allí.
–No, cariño. Esa no sería una buena decisión. No, por ahora.
Sabía que él me ocultaba información sobre Emilia, sobre su estado. No quería que me enterase de que estaba más loca que una cabra. Lo que él no sospechaba era que yo ya lo sabía.
Tras el receso escolar, regresé al aula, luciendo un cuerpo balanceado. No estaba ni tan gorda ni tan flaca. Por primera vez, la ropa me sentaba de maravilla y me sentía normal. Había comenzado a usar colores más llamativos e intercambiar prendas con mis primas: algunas faldas, zapatos... Los chicos se me acercaban y me hablaban de una manera que jamás había imaginado. Mis compañeras, en cambio, comenzaron a hacerme desplantes mucho más horribles que los que había recibido el semestre anterior. Pronto me di cuenta de que el interés de los varones hacia mí provocaba grandes celos entre ellas. ¡Sí! ¡Celos! ¿Pueden creerlo? Por fin me encontraban linda y atractiva: una rival digna para las más bonitas. Y yo… no podía evitar sentirme dichosa.
Llegaron los cumplidos y las felicitaciones y un cambio de look que acentuó mis rasgos latinos. Amaba la imagen que me devolvía el espejo, por primera vez. Por eso, había que cuidarla. Y aunque seguía sintiéndome feliz con las pizzas de los sábados por la noche, las hamburguesas y los helados junto a mi padre y su familia, comencé a controlar el consumo porque no quería subir de peso nuevamente. Efectivamente, Emilia había implantado el chip bien dentro de mí.
–¡Vamos, Oli! Termina con ese plato.
–No, papá. No quiero. Estoy llenísima.
–No has comido ni la mitad.
–¿No te ha gustado, preciosa? –preguntó mi tía, afligida.
–Oh, sí. Estaba delicioso… es solo que he comido un sándwich poco antes de la cena…
Esa noche, en la mesa, rodeada de personas que me amaban de verdad y que se preocupaban por mí, di el primer paso hacia la oscuridad. Mentí.
Nadie lo notó.
Nadie lo notó porque yo estaba demasiado feliz; contenta con mi peso, con mi cintura, con mi cabello rodeando mi rostro uniforme. Habían desaparecido las mejillas como globos y estaba más alta. Los senos me habían crecido y las curvas de mi cuerpo resaltaban con gracia. ¡Me sentía una bomba!
Un mes antes del cumpleaños de mi prima, tuve mi primera menstruación –quizás a eso se debieran todos mis cambios físicos– y mi madre vino a visitarme. Después de meses de no verla, apareció en la casa de mi tía. Nunca supe si mi papá le había contado la novedad o había sido casualidad. Cuestión que se bajó del coche con su figura esbelta. Parecía una modelo de revista: bien maquillada, el pelo planchado, aretes gigantes y brazaletes haciendo juego y yo… temblé. Temblé porque, si ella estaba alrededor, las cosas no saldrían bien.
–¡Estás hermosa, hija! –exclamó con sinceridad y por primera vez coincidimos. Nunca había estado mejor.
Me invitó a dar un paseo por el shopping y ambas nos compramos algo de ropa. Comentamos sobre las colecciones, sobre los colores y hasta me pidió algunos consejos en cuanto a su atuendo. Aquella tarde sentí que mi madre por fin me aceptaba. Como la noté distinta, me permití deshacerme de los malos augurios que su presencia me causaba. Estaba más tranquila y hasta había sugerido almorzar en una tienda de comidas rápidas a lo que me negué y su rostro entero sonrió: había aprendido la lección.
Papá, durante la cena, nos contó que Emilia estaba haciendo terapia y que, aparentemente, estaba solucionando sus problemas. Había viajado a El Salvador para visitar a su familia y había comenzado un nuevo proyecto laboral. Esa noche supe, además, que mi madre había padecido bulimia por mucho tiempo.
capítulo 2
A mis trece años.
No sé cómo pasé de ser la gorda de la que todo el mundo se burlaba a convertirme en una de las chicas más populares de la escuela en tan solo un par de años. Tenía amigos… muchos amigos, malteadas en grupo, sonrisas y hasta… ¡me habían besado! ¡Sí! En una de las tantas fiestas a las que comenzaron a invitarme, Gabriel, uno de los muchachos de mi curso, me invitó a su cuarto, según él para mostrarme su colección de cómics, y allí se llevó mi primer beso. No pude sentirme más extasiada y dichosa. Me había gustado desde siempre y no podía creer que por fin mi sueño se hiciera realidad. Tantas veces me había imaginado aquella situación… ¡Tantas! Pero ninguna había sido tan romántica como la realidad.
Sin embargo, como saben, la felicidad son pequeños momentos fugaces. La muy maldita es efímera y se escurre como arena entre los dedos. Al siguiente lunes, pegada en la puerta de mi casillero, encontré una foto mía de cuando tenía diez y estaba gordísima. Con fibrón rojo habían escrito: “La ballena que se muere por Gabriel”. Las lágrimas corrían a lo largo de mi rostro mientras me apresuraba a esconder la imagen dentro de mi mochila. Mientras avanzaba por el pasillo, comencé a preguntarme cuántas personas podrían haber visto la foto. Observaba con atención a quienes me cruzaba e intentaba dilucidar si eran parte del peor día de mi vida o no.
–Permiso… –le pedí a una niña para entrar al baño. Necesitaba calmarme antes de las clases. Me humedecí el rostro, el cuello y me escondí dentro del cubículo para recuperar mi tranquilidad.
–¡Olivia! ¡Olivia! –Una voz pronunció mi nombre y me puse de pie. Abrí la puerta y me encontré con algunas de mis compañeras observándome de una manera extraña.
–¿Sí? –le pregunté a modo de respuesta a April, la chica más popular de todo Walden Grove a quien, de un tiempo a esta parte, había comenzado a caerle bien. O al menos, eso creía.
–Gabriel es mi novio, gorda fea.
–¿Eh? –No entendía nada de nada.
–¡Que lo dejes en paz, estúpida! –agregó otra con saña. No supe quién, porque mis ojos estaban clavados en los de la muchacha que se había detenido frente a mí y me observaba como si yo fuese una asesina. Su mirada me provocó escalofríos y quise salir de allí.
–Per… miso… –volví a pedir, pero esta vez nadie me hizo caso. En cambio, recibí un empujón que me dejó sentada sobre el retrete.
–¡No quiero verte cerca de él, nunca más! –gritó–. ¿Oíste, idiota?
¿Y qué hice yo? Me levanté inyectada por la bronca, por todos los años de humillación. Me dije… ¡no más! Ya no era la gorda de la primaria de la que todos se burlaban. No, claro que no. Ahora era linda, popular, inteligente y Gabriel me había besado. Todo aquello me hacía fuerte y poderosa, así que la enfrenté. En el camino, mientras avanzaba y clavaba mis dedos sobre su hombro, le canté unas cuantas verdades. Entre ellas: el secreto que compartía con su supuesto novio al que también le agregué un poco de exageración como para hacer mi relato más contundente. Fui testigo de la desfiguración de su rostro. April se alejó asqueada, enojada, dolida.
–¡Gorda de mierda! ¡Te odio! –gritó desde la puerta y su séquito hizo lo mismo. Abandonaron el baño y me dejaron sola, disfrutando de mi victoria. ¿Victoria? ¿Cuál victoria? ¿Qué había ganado?
Ingresé al salón con un aire de grandeza que ni yo sabía que poseía. La mochila colgada a un costado y la mirada clavada en April quien tenía los ojos rojos de tanto llorar. ¡Lo hubieses pensado antes, estúpida!, pensé y avancé con la frente bien en alto. Me dio la sensación de que, en el trayecto del baño al salón, había crecido unos cuantos centímetros. Mientras me acomodaba, noté que todo el mundo me observaba. Supuse que ya se habían enterado de nuestro altercado. ¡Allá ellos si habían elegido el lado de esa víbora!
Y entonces…, cuando creí que mi día por fin había cambiado, la negrura volvió a rodearme.
–¡Gabriel! –lo saludé al verlo entrar.
Pasó junto a mí y ni siquiera me miró. Me di vuelta para encontrar sus ojos, pero no lo logré. Apenas si los levantó de su libro. La clase terminó e intenté hablar con él. Me esquivó. Envalentonada y poderosa como estaba después de haberle hecho frente a la arpía de April, lo seguí y lo detuve antes de que saliera del salón.
–¡Ey! –pronuncié. Se giró sorprendido y me miró con asco; un asco que poco tenía que ver con el beso que habíamos compartido el sábado anterior–. ¿Qué ocurre? ¿Todo bien? –quise saber, bajando unos grados a mi enojo y controlando mis modos.
–¡Déjame en paz, gorda! –dijo con una repugnancia desconocida y se deshizo de mi contacto.
¿Qué había sido aquello? Las risas de fondo me ensordecieron. Todo volvía a comenzar. Pero… ¿cómo podía ser si ahora estaba flaca?
–Te lo dije, gorda –comentó April, seguido de un empujón al pasar. Volví a buscar mi mochila y, en el trayecto, regresé a mi tamaño habitual. Pequeña, pequeñísima.
Escondida en un cuarto de limpieza, sentada en el suelo, con el rostro bañado en lágrimas, tomé el sándwich que me había armado mi papá, el que yo pensaba regalar para comer una manzana y lo devoré con ansias. En dos bocados ya había desaparecido, pero yo seguía con hambre. Hurgué en mi bolso y encontré la fruta. También me la comí con desesperación. Salí sin que nadie me viera y compré todos los dulces que podía con el dinero que tenía encima. Volví a mi escondite y, hasta que no acabé con el último envoltorio, no salí de allí.
Comía y lloraba. Lloraba y comía. Lloraba. Comía. Comía. Lloraba. Comía.
Cuando se hizo la hora, hui del colegio y caminé hasta la casa de mi tía, intentando calmarme. Nadie podía verme así.
–¡Olivia! –me recibió mi madre con una sonrisa. ¿Por qué tenía que aparecer justo hoy?, fue lo primero que pensé.
–Hola… –me acerqué, me dejé besar y abrazar. Hice de mi dolor una pequeña canica a la que guardé en el bolsillo–. ¿Y papá? –quise saber.
–Aquí estoy. –Se acercaba con un par de vasos con té helado.
–¿Qué ocurre? –pregunté inquieta al verlos a los dos allí juntos con expresiones extrañas y miradas furtivas que se escabullían de la mía.
–Siéntate, cariño –dijo él y supe que mi día terminaría muchísimo peor.
–¿Qué ocurre? –repetí ya más seria y preocupada–. ¿Piensan volver a estar juntos?
–¡Oh, no! No –respondieron los dos sonriendo como adolescentes. Nunca les dije que sabía que seguían viéndose. Reconocía el perfume de ella en los abrigos de mi padre, cada tanto.
–¿Entonces?
–Tu padre deberá instalarse en Londres por un tiempo –escupió Emilia sin anestesia mientras sorbía de su vaso–. Te quedarás conmigo hasta que él regrese –agregó y yo sentí como si con sus palabras volviera a arrancarme la barra de chocolate que comía a escondidas. Solo que, en esta oportunidad, lo que Emilia echaría a la basura sería mi corazón.
–¿¡Qué!? –Me puse de pie y lo miré a él en busca de una sonrisa, un gesto, algo que me dejara saber que todo aquello era una simple broma de mal gusto–. ¿Es cierto, papá?
–Sí, cariño.
–Iré contigo, entonces. –¡Sí! Me iría con él. Lejos. Muy lejos. Aquello sería lo mejor que podría ocurrirme… Una nueva ciudad donde nadie supiera de mí. Un lugar donde pudiera volver a comenzar.
–No, lo mejor será que te quedes y termines los estudios aquí. Luego… –quiso acotar mi madre y la mandé a callar.
–¡Tú no te metas! –grité.
–¡Olivia! –Mi padre levantó la voz y fue mi turno de cerrar la boca. Ya habían decidido. Ya habían elegido mi destino. No habría forma de cambiar el rumbo.
–¿Por cuánto tiempo? –pregunté con un nudo en la garganta.
–Cinco años al principio, con posibilidad de continuar. Es un contrato muy importante al que no me puedo negar, hija. Viajaré de visita y tú vendrás a verme en las vacaciones… Hablamos con Emilia y acordamos que lo mejor será que…
–¿Y por qué no puedo quedarme aquí? ¿Con la tía? –interrumpí.
–Porque yo soy tu madre y es tiempo de que estés conmigo. Podrás venir de visita todas las veces que quieras, Olivia. No estamos tan lejos.
–No puedo con esto ahora. Permiso.
Me puse de pie y abandoné el comedor. Antes de subir a mi habitación, pasé por la cocina y tomé el bol de galletas de chocolate que habían cocinado y desaparecí. Literal y metafóricamente.
La casa era la misma, pero estaba diferente. Emilia había redecorado todo. Los sillones estaban tapizados con otros colores. La mesa de la cocina estaba ubicada en otro extremo y la mayoría de los muebles eran nuevos. Había pasado unos años lejos de esas paredes, y todo se sentía raro y distante.
–Tengo lista tu habitación.
–Bien –avancé hacia la escalera y me detuvo.
–No, no. Aquella no. La he convertido en mi estudio hace un tiempo. Ven. –Me guio hasta el final del pasillo y abrió la puerta del cuarto donde mi abuela solía quedarse de visita–. Pensé que estarías más cómoda. Esta habitación es mucho más grande que la que solías tener. ¿No lo crees?
Di un paso y coloqué mi bolso sobre la cama. El color que había elegido para las paredes era horrendo: un violeta apagado que hacía resaltar las cortinas verde manzana que acariciaban la alfombra blanca. Mi casa, bueno…, la que había sido mi casa, se había convertido en un circo. Y a mí, que estaba acostumbrada a combinar los tonos, tanto colorinche me provocaba náuseas.
–Te dejo ponerte cómoda. Iré al súper a buscar algo de cenar. No he podido comprar nada hoy. ¿Necesitas algo?
–No.
–Bien. Tu maleta quedó en el recibidor. Enseguida regreso.
Me recosté sobre la cama y cerré los ojos. Respiré hondo. Aquella sería la primera noche lejos de mi padre. La angustia me atenazaba la garganta y yo hacía lo imposible por no dejarla salir. Sonó mi celular y lo extraje del bolsillo de mi pantalón.
–Hola…
–Oli, ¿ya estás en casa de mamá?
–Sí. ¿Y tú?
–En el avión. Quería hablar una vez más contigo antes de despegar.
–Aquí estoy.
–Lo siento mucho. Lo sabes, ¿verdad?
–Yo también.
Silencio.
–En unos pocos meses, volveremos a vernos. Pasará rápido, ya verás. Y cuando quieras darte cuenta, estaremos juntos nuevamente. Sé que estás enojada conmigo… –para ese momento yo ya lloraba–, pero todo esto es por tu futuro, cariño. Para que seas muy feliz.
–Yo era feliz contigo a mi lado.
–Lo sé. –Podía imaginarlo restregándose el rostro, amargado, culpándose por mi dolor–. Te amo, hija.
–Y yo a ti.
–Ten paciencia con tu madre.
–Lo intentaré.
–Olivia…
–¿Qué?
–No olvides que eres hermosa, que papá te amará por siempre y que… –Del otro lado la azafata le pidió que apagara su celular.
–Adiós, papá.
–Te llamo cuando llegue al hotel.
Maldije el refrigerador vacío de Emilia y su tardanza. Con los ojos aún humedecidos, salí y me dirigí a la tienda más cercana. Snickers, Kit Kats, Twixs y varias barras de chocolate me ayudaron a soportar el dolor de aquella tarde.
April se colgó del brazo de Gabriel y lo detuvo para devorar su boca de la misma manera que yo había devorado mi almuerzo en el camino, antes de llegar al colegio. Lo hacía a propósito. Cada vez que me veía y él estaba cerca, lo buscaba para marcar territorio como lo hacen los perros. A mí, después de haber despedido al hombre que más me amaba y verme metida en una casa colorida con la mujer más desquiciada que conocía, poco me importaba su relación. ¡Por mí que se murieran! ¡Los dos!
Mis calificaciones habían bajado y los profesores se preocuparon por mi rendimiento. Por eso una tarde, antes de que abandonara el salón, la señorita Morrison me detuvo y quiso saber lo que me ocurría. Le dije que no me sucedía nada y me miró extrañada. Ladeó la cabeza y volvió a preguntar solo que esta vez agregó una información que yo creí que nadie había notado.
–Varios profesores aseguran que suele salir al baño muy seguido durante clases, señorita Sanders. ¿Hay algo que debamos saber? –Negué con ganas–. Sabe que podemos coordinar una cita con el consejero que quizás la ayudaría…
–No hace falta. Estoy bien –expresé con más seguridad que la vez anterior y me alejé.
En el camino a casa, comí algunos muffins y me compré dos pretzels que también devoré antes de llegar. En mi mente, los ojos preocupados de la maestra me perseguían. Debía ocuparme del colegio y de controlar los vómitos, de lo contrario, llamarían a Emilia y todo sería peor.
–Hola… ¡Llegué! –grité, pero no tuve respuesta. Otra noche en soledad.
Comí macarrones con queso sentada en el sillón mientras miraba la repetición de uno de los episodios de Friends en el cual Chandler se burlaba de Mónica y de su estado físico en un antiguo video, preguntándole cuántas cámaras la habían filmado porque, bueno…, se supone que engordan, ¿no? Nunca me reí de ese chiste. No cuando se trataba del pasado de mi personaje favorito que era también mi ejemplo a seguir. Si Mónica Geller había logrado esa delgadez, quizás yo también podría, ¿no es cierto?
Lavé mi plato, busqué una muda de ropa y me metí al baño de servicio, que ahora era el mío, para ducharme. Cuando estaba a punto de desnudarme, se me ocurrió utilizar el de mi madre que contaba con una bañadera enorme. ¡Una pequeña aventura entre tanta mierda!, me dije. Tomé mis cosas y subí apresurada. Debía bañarme antes de que apareciera porque odiaba que usara sus cosas. Sonreí con picardía al cerrar la puerta detrás de mí. Abrí el agua caliente y, mientras me quitaba la ropa, descubrí el espejo enorme que Emilia había instalado y que yo desconocía. Verme completamente desnuda fue un shock. Allí estaban todos, pero absolutamente todos los kilos que me había esforzado por mantener a raya desde hacía tres años. Ahí estaban las mejillas hinchadas, los brazos anchos… Me miré los pies, incapaz de mantener la vista en lo que el espejo me mostraba.
Y entonces la encontré. Estaba ubicada entre el bidet y el retrete. La acerqué y la acomodé delante de mí, la pisé con suavidad y, cuando los números fueron ceros, me paré sobre ella. Sesenta y dos kilos.
Me duché sin disfrutar de la bañadera. Me duché con los ojos cerrados, recorriendo mi cuerpo con la mente y con las manos, reencontrándome con las curvas horrendas que me perseguían para volverme más fea y más miserable. Y, desafortunadamente, ya no contaba con alguien que me dijera que estaba hermosa… y que me amaba tal cual era.
Nos teníamos nuevamente: la gorda y yo.
capítulo 3
A mis quince años.
–Olivia… ¿Eres tú? –me preguntó alguien en la tienda y yo me giré para ver de quién se trataba.
–¡Oh, Tina! Ey… –Mi prima se acercó y me encerró entre sus brazos.
–¿Cómo has estado? ¿Estás bien?
Esa pregunta tan hipócrita me provocó ira. Si tan solo se hubiera molestado en saber en lo que se había convertido mi vida después de que mi padre se mudara, conocería la respuesta. Bueno… bastaba con mirarme. Era una pelota con piernas. ¡Claro que no estaba bien! Había subido veinticinco kilos. Había estado oscilando entre atracones y vómitos. Había peleado con mi madre en miles de oportunidades y había huido de casa unas cuantas veces e incluso había dormido en la calle. Siendo Sahuarita una ciudad tan pequeña, me sorprendió que no supiera nada de mí y de “mis locuras”, como las llamaba Emilia.
–Claro que sí. ¿Y tú? –respondí por cortesía. Debía darle crédito por los buenos momentos que habíamos compartido juntas.
–Bien, muy bien. En unos días marcho hacia la universidad.
–¿Arizona?
–No. UCLA.
–¡Oh! Me alegro por ti, Tina. –Seguí recorriendo los pasillos en busca de… ¿Qué había ido a comprar?
–El sábado daré una fiesta en casa a modo de despedida, ¿sabes? –me siguió.
–Fabuloso. Que lo pasen genial.
–¿Por qué no vienes?
–No, Tina. Estoy muy ocupada. Tengo que… que... ayudar a Emilia a pintar las paredes del garaje.
–¡No es cierto! No quieres venir.
–Ups. Me has descubierto –respondí con un sarcasmo que había desarrollado con maestría junto con mi gordura–. No. No quiero ir Tina. Es la verdad.
–No seas así. Hace mucho tiempo que no nos vemos… desde que el tío…
–Ajá, dilo. Desde que mi padre me abandonó.
–No has regresado de visita. ¿Por qué?
–Y tú no me has llamado tampoco. Vamos, Tina…, no seamos hipócritas. Cada una siguió con su vida en estos dos años.
–Sí, lo sé. He sido una tonta, pero… mira, ya estamos aquí. Sería lindo que vinieras. Mi madre estará feliz de verte. Te ha extrañado mucho.
–¿Y por qué no ha ido de visita, entonces? Digo…, si tanto me extrañaba.
–Tú sabes quién es el problema allí.
–Emilia: es el problema de todos, aparentemente.
–Ajá. Desde que tus padres se separaron, mi madre no ha querido saber nada de ella. Por respeto al tío, tú sabes. Pero… ¡Vamos! ¡Ven el sábado! Conocerás a mis amigos que son lo máximo. Te vendría bien hacer nuevas amistades.
–¿Por? ¿Por qué piensas que me vendría bien?
–No sé. Solamente digo… siempre es lindo conocer gente nueva, distinta.
–No, Tina.
–Bueno… no insistiré. Ojalá lo pienses y cambies de opinión.
–Lo dudo.
–¡Adiós, Olivia!
–Adiós, Tina.
Aquel sábado, y como si fuera una señal, Emilia salió con su nuevo novio de paseo. Sola en la casa, le di vueltas a la invitación de mi prima. Abrí el clóset y, de todas las prendas coloridas y hermosas que había confeccionado, nada me cabía. Me puse un jean ancho con una camiseta negra gigante. Así había comenzado a vestirme: que no se viera nada de nada, que nadie notara mis dobleces ni mis rincones.
Me acerqué a la casa donde había pasado los años más felices de mi vida y, en cuanto noté la algarabía que se vivía del otro lado, me arrepentí. Giré sobre mis pies y crucé el jardín para regresar a casa. Esa vida no era para mí. Las sonrisas, los chistes, los bailes, los vasos en las manos y los guiños de ojos entre amigos no me pertenecían. Yo merecía el vacío. La soledad y la comida eran mis mejores amigas; regresaría a ellas cuanto antes.
–No está tan mal como parece –dijo una voz agazapada entre la penumbra.
–No me interesa. –Avancé dos pasos más.
–Estas fiestas no son para personas como nosotros, ¿sabes? –continuó.
–Habla por ti, idiota. –Otro paso hacia la acera. Que yo pensara que aquella no podría ser mi vida estaba bien, pero que otro se hiciera eco de mis pensamientos no me gustaba nada.
–Ja. Interesante.
La voz se volvió cuerpo, ojos color café y cabello largo. La voz tenía un cigarrillo de marihuana entre los dedos. La voz me sonreía como si me conociera.
–¿De qué te ríes?
–Me rio de ti.
–¿De mí? ¿Y se puede saber qué es lo que tanta gracia te da? –No me había dado cuenta, pero ya no me movía.
–Te alejas de esta fiesta porque… porque tu alma no quiere compañía. Crees que estás mejor sola. ¿No es cierto? –pronunció con aires de poeta.
–Puede ser. Pero eso no tiene nada de gracia, filósofo de cuarta.
–Oh, sí. Sí que la tiene. Porque sabes… –le dio una pitada e inspiró por unos largos segundos– yo te esperaba –agregó tras soltar el humo–. Esperaba a que alguien como tú apareciera entre tanta gente falsa. Entre tanta mierda que bebe y que baila. La única persona interesante y transparente en esta ciudad espantosa. La única persona con la que me gustaría hablar y, por qué no, también fumar… –extendió el cigarrillo y me negué–. Bueno, ¿sin fumar?
–No, gracias. Me voy.
–¿Me dejarás solo en este infierno?
–Puedes irte cuando quieras.
–¡Llévame contigo, niña! ¡Sácame de aquí! ¡Auxilio! –gritó y sonreí con ganas. Después de tanto tiempo, sentir mis labios ampliándose hacia los costados me produjo curiosidad y alegría.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté mientras cruzaba la calle de espaldas, alejándome sin quitarle la mirada de encima.
–Ron.
–Ron…
–¿Y tú, niña?
–Olivia.
–¡Oh! ¿Volveremos a vernos, Olivia?
–Lo du…
Un árbol. Un árbol se materializó detrás y me di contra él de lleno. Una risa, no… dos risas brotaron en la oscuridad de la noche apenas iluminada por los faroles de la calle. La mía y la de mi nuevo amigo Ron.
Emilia salía con un hombre más grande que ella del que me hablaba todas las mañanas en el desayuno. Hablaba y hablaba… tanto hablaba que no se daba cuenta de que a mí poco me importaba su relación, su culo flácido y si aún podía quedar embarazada. Le daba vueltas a la cuchara dentro del bol de cereales incapaz de probar bocado. Quería hacerlo, quería tragar todo aquello. Tenía hambre. Mucha. Sentía que dentro de mí crecía Godzilla, pero debía controlarme, debía ganarle a esa puta ansiedad que me llevaría a devorar no solo esa porción, sino dos o tres más para luego sentirme culpable y vomitar; entonces, tendría hambre nuevamente y el ciclo volvería a comenzar. Aquella era mi lucha constante. La comida era mi relación tóxica. Era el novio sexy, guapo al que no se lo puede dejar así sin más. Porque… ¿dónde encontraría algo mejor, no es cierto?
–¿Crees que es muy pronto para llevarlo a la cena con tu padre?
–¿Qué cena?
Logró llamar mi atención. Sabía que, en dos semanas, él llegaría de visita, pero desconocía la cuestión del encuentro con mi madre. Creí que solo pasaría a buscarme y disfrutaríamos del fin de semana juntos. Él y yo. Habíamos hablado de hacer un viaje en coche hasta California, hospedarnos en Los Ángeles y visitar los parques de diversiones.
–Me pidió organizar una cena para todos. Reservé un hermoso restaurante en Tucson. ¿Sabes cuánto me costó conseguir una reserva? Si no fuera por mi preciado Scott…
–¿Quiénes son todos? –pregunté sin prestarle atención a los detalles.
–¡Ups! Arruiné la sorpresa. ¡Qué tonta!
–¿De qué hablas, Emilia?
–No debería decirlo. Tu padre me pidió no hacerlo. Él quiere hablar contigo.
–¿De qué?
–¿Por qué no se lo preguntas y ya, Olivia?
–¿Por qué no me ahorras el llamado y me lo cuentas tú? Ya abriste la boca. ¡Anda! ¡Dilo!
–Solo te diré que Ed no viene solo…
–¿Con quién viene?
–¡Ay! ¡Dios, Olivia! Cuando no quieres entender… –Y se alejó dejándome en la cocina con el tazón de cereales aún lleno.
Entendía. Claro que entendía. Lo que ocurría era que mi cabeza no quería interpretar sus palabras. No quería saberlo. No quería.
Me subí al coche de Emilia en silencio y así me mantuve hasta que me dejó en la puerta del colegio. Se despidió de mí apresurada y yo, apenas vi doblar su auto en la esquina, volví sobre mis pasos y caminé hacia la otra punta de la ciudad.
El taller mecánico donde trabajaba mi amigo estaba bastante lejos de mi escuela, pero no me importaba caminar. Amaba sorprenderlo y pasar con él las mañanas. De pronto, nos habíamos vuelto inseparables. Nos divertíamos tanto que asistir a clases era un verdadero aburrimiento. Y aquel día, justamente, me hacía falta reír un poco más.
–¡Niña! ¿Qué haces aquí? –me preguntó Ron–. No puedes seguir faltando a clases.
–Mi papá tiene otra mujer, Ron –solté sin vueltas.
–¿Otra? ¿Acaso no está soltero? –preguntó mientras se limpiaba las manos negras de grasa con un trapo igual de mugriento.
–Sabes a lo que me refiero.
–¿Cómo lo sabes?
–Simplemente lo sé. Sé que llegará con ella.
–Tarde o temprano ocurriría. Si Emilia puede rehacer su vida…
–Él me prometió otra cosa. Me dijo que siempre seríamos él y yo… y nadie más. –Me crucé de brazos como si tuviese cinco años. Estaba celosa, por supuesto que sí.
–Las cosas no van a cambiar entre ustedes –dijo, mientras se alejaba del auto que estaba arreglando y fue por sus llaves–. ¡Ya lo verás! Ahora…, súbete que te alcanzo a la escuela. ¡Vamos!
–No quiero ir. Déjame ayudarte como ayer. ¡Por favor! ¡Sé bueno! –rogué en vano. Mi amigo estaba dispuesto a alejarme de allí.
–¡No! No dejaré que arruines tu futuro. ¡Móntate!
Me subí a su motocicleta y dejé que el viento peinara mi cabello. Me abracé a la cintura de mi mejor amigo y cerré los ojos. Quizás Ron tuviese razón. Quizás que mi padre hubiera conocido a alguien no implicaba que yo desapareciera de su vida. ¿Podían coexistir ambos mundos? Sería cuestión de ir a esa cena y averiguarlo.
–Ya. –Se detuvo frente a la escuela y ladeó su vehículo para que pudiera bajar con comodidad–. Entra y desayuna. Estás blanca como un papel –me dijo mientras se quitaba el casco.
–¡No me jodas, Ron!
–Si no te veo comer, te obligaré a visitar un médico. Ya te lo he dicho, Olivia.
–¡Sí, mamita!
–¡Búrlate todo lo que quieras! Te llevaré a la rastra si es necesario.
–¿Tú y cuántos más? Ve fijándote de contratar gente porque solito con esto… –señalé mi cuerpo con ambas manos– no podrás, bebé.
Me alejé, sin despegarle los ojos de encima, sonriendo ante los gestos que Ron me regalaba desde la acera donde había estacionado su motocicleta. Todo parecía más fácil con él. Giré y me choqué de lleno con una pared. ¿Por qué siempre terminaba avanzando de espaldas cuando él estaba cerca?
–Fíjate por donde caminas –exclamó el muchacho al que no tardé en reconocer. Gabriel había ingresado a la misma preparatoria que yo ese mismo año. Seguía igual o incluso más apuesto que antes, pero… yo no olvidaba. No olvidaba nada de nada.
–¡Fíjate tú, idiota! –respondí y lo empujé contra la puerta con toda la fuerza que contaba.
–¿Olivia? –preguntó apenas se compuso del empujón y al mirarme con detenimiento.
–No –respondí y me alejé.
Escuché la puerta cerrarse detrás de mí y me perdí en los pasillos de la escuela. El silencio se me hacía extraño. Para esa hora, los estudiantes deberían estar yendo y viniendo a sus clases, sin embargo, un clima extraño se palpitaba entre las paredes. Me asomé a mi salón: nadie. ¿Dónde estaban todos? Continué hasta el final del corredor y oí a lo lejos la voz del director desde el gimnasio. Me acerqué y abrí una de las puertas con cuidado. Uno de los profesores me observó con enojo, pero aun así me permitió entrar. Me acomodé en un costado para escuchar de qué se trataba aquel cambio en la rutina escolar. Al principio, poco entendí de lo que decía… hablaba de bullying, de valores, de la amistad. Más familiarizada con el primero que con todo lo demás, giré la cabeza y vi a un grupo de chicas lloriqueando sobre las gradas. Otras observaban sus pies con atención, incapaces de levantar la mirada para enfrentar las palabras del director.
–Recordaremos siempre a nuestro querido Mat. Vivirá en el corazón de todos aquellos a quienes hizo reír con sus ocurrencias y le pedimos a Dios que el consuelo llegue a sus padres y a sus hermanos –dijo el hombre desde el centro de la cancha de básquet.
–¿Qué ha ocurrido? –le pregunté en un susurro al chico que estaba parado junto a mí.
–Mat Rogers se suicidó.
–¿Mat “el Loco” Rogers?
–Sí.
–Santo Dios.
Todos luchábamos con armas inexistentes en aquella guerra en la que el objetivo era, claramente, salir vivos del sistema escolar. Yo era “la gorda”, Mat era “el loco” y había tantos otros con sobrenombres, con apodos… tantos como nosotros. Él había decidido acabar con su vida porque, seguramente, ya no podía soportar otro día de torturas. Yo sí. Yo sí podía porque lo tenía a Ron… y tenía la comida.
El director nos despidió.
Ese día la escuela estaba de luto.
Regresé al taller junto a Ron con algunos dónuts que sirvieron de chantaje para que me permitiera quedarme todo el día allí. Me encantaba conversar con él, saber sobre su familia italiana, sobre su abuelo a quien amaba por haberlo criado cuando su padre tuvo un accidente y quedó hemipléjico. O cuando me contaba sobre sus sueños: quería ser corredor de carreras y amaba los autos. Había tenido que dejar la escuela y trabajar en el taller de su tío para ayudar en la economía familiar. Cuando quise saber por su madre, una mirada de rabia surcó sus ojos color café y supe que aquel era un tema sensible. Más adelante me enteraría que los había abandonado.
Entre los cafés y los dónuts que él devoraba y que yo apenas probaba, pasaban nuestros días.
–¡Olivia! ¡Hija! –Los brazos de mi padre me cobijaron aquella noche cuando me bajé del auto. Después de tanto tiempo, volvía a sentirme cuidada. Sabía que no diría nada sobre mi apariencia o sobre mi peso. Papá no me juzgaba. Él me quería por lo que era, por lo que había del otro lado de mi piel–. Ven, ven… quiero que conozcas a alguien muy especial. –Pisó el cigarrillo, lo levantó y lo arrojó al tacho de la basura sin dejar de abrazarme. Sabía que había comenzado a fumar en Londres. Avergonzado me lo contó en una de nuestras largas charlas telefónicas.
–Ya lo sé todo. Me vas a presentar a tu novia.
Entramos y atravesamos el fino restaurante que Emilia había elegido en las afueras de la gran ciudad de Tucson, hacia un sector más privado.
–¿Mamá te lo dijo?
–No hizo falta, papá. –Avanzamos sonriéndonos con complicidad. Estaba más delgado y vestía distinto. Podía decir que hasta se veía más joven.
–Mi princesa… ¡eres lo máximo! ¿Y yo? ¿Tengo que preocuparme por algún novio? Mamá me habló de un tal Ron.
–Ay, papá… –Me sonrojé. Solo él podría pensar que alguien se fijaría en mí. Y lo amé por eso–. Ron es un amigo. Mi mejor amigo.
–¿Solo eso?
–Sí. Solo eso.
–Bien. Me quedo más tranquilo, entonces. Bueno –me detuvo antes de atravesar la puerta que dividía los sectores–, Oli, quiero que sepas que te amo, que siempre serás mi princesa, que…
–¡Ed, no me digas que ella es tu Olivia! –Una mujer con una incipiente barriguita de embarazada, que a simple vista parecía una veinteañera, se acercó y me tomó de las manos sin esperar la respuesta de mi padre.
–Olivia ella es Nadia. Nadia, ella es mi princesa. Mi hija.
–¡Encantada de conocerte! ¡Ed me ha hablado tanto de ti! –dijo con una sonrisa clavada en su rostro impoluto, al que yo no le prestaba demasiada atención porque no podía dejar de mirar la barriga que sobresalía.
–Olivia, cariño… tu sueño se ha cumplido. Tendrás por fin un hermanito –acotó él y yo pestañeé para despertarme de aquel sueño. Bueno, más bien, de aquella pesadilla–. Nadia dará a luz un varón –agregó.
–Fe… fe… felicidades –murmuré.
–¡Gracias, cariño! –respondió ella y me estampó un beso en cada mejilla.
–Bueno, bueno… ¿Nos acomodamos? –preguntó Emilia–. ¡Estoy hambrienta!
La mujer me soltó, besó a mi padre en los labios y se acercó a la mesa donde mi madre ya estaba sentada.
–Es mucho, ¿verdad? –comentó él.
–Demasiado para una noche.
–Lo sé. Debí decírtelo antes, pero quería hacerlo en persona.
–Está bien.
–Oli… –intentó detenerme, pero me deshice de su contacto.
–Estoy bien. Cenemos de una vez.
Esa noche lo vi sonreír de una manera que no lo había visto jamás. Me preguntaba si había sonreído así cuando mi madre se encontraba embarazada de mí. Sentada frente a él, observando su mano posada en la barriga de la joven mujer, me di cuenta de que mi padre ya no era solo mío. Ahora me tocaba compartirlo. Compartirlo con alguien del otro lado del océano, que lo tendría a su lado para siempre. Yo, de este lado, permanecería en la casa del circo junto a la loca de Emilia.
Tomé mi teléfono celular. Mis dedos se movieron con rapidez, debía salir de allí de inmediato. Tipeé con urgencia, pidiendo que me rescataran:
Olivia:
Ron, ven por mí, por favor.
No lo soporto más.
Ron:
¿Qué ocurre?
Olivia:
Ven. Te lo suplico.
Ron:
¿Dónde estás?
Olivia:
Cenando con mis padres.
Por favor, sácame de aquí.
Ron:
Envíame la dirección y allí estaré.
¿Te quedas a dormir?
Olivia:
Sí. ¡Por favor!
capítulo 4
Un año más tarde.
–¡Olivia! –Me tocaron el hombro y me sobresalté. Venía escuchando “Bring me to life” en vivo, de mi banda favorita Evanescence, a todo volumen–. ¡Perdón! –se disculpó mientras me quitaba los auriculares.
–¿Qué quieres? –Ya había intentado acercarse varias veces, pero lo había dejado con la palabra en la boca en cada oportunidad. Durante los primeros meses del año, Gabriel me buscó una y otra vez. Parecía no cansarse de mis expresiones de enojo, ni de mis gestos. En cambio, se esforzaba más y más por caerme bien. A mí, su actitud me asqueaba.
–Nada… pensé que quizás podríamos…
–¿Podríamos qué, Gabriel?
–Salir algún día. Tengo auto, ¿sabes?
–Olvídalo. –Comencé a caminar hacia mi clase. Estaba cansada de su insistencia.
–Quisiera hablar contigo, pedirte disculpas.
–¿Disculpas de qué? –Me detuve y lo enfrenté. Me aseguré de mirarlo con el mismo asco con el que él me había observado años atrás.
–Ya lo sabes.
–No, no lo sé. Y no quiero saberlo tampoco. Estoy cansada de que te acerques a mí. No quiero ser tu amiga. No quiero ser tu conocida. No quiero saber nada de ti.
–Entiendo. Solo quería explicarte por qué actué como lo hice aquella vez. Por qué April y yo…
–¡Ya! No me interesa. De verdad. Han pasado muchos años.
–Olivia… –Me alejé sin darle más importancia.
Mis kilos seguían en aumento al igual que los atracones que me daba durante las madrugadas. Los vómitos no me ayudaban tampoco. La ropa abrigada lo disimulaba. Emilia había traído a su novio a vivir a casa con nosotras. A Ron le gustaba una chica y yo… pendía de un hilo finito en el que me balanceaba como un malabarista. Aun cuando mi padre me llamase todas las semanas, sentía un vacío enorme en el pecho en el que, a veces, parecía caerme y no poder salir.
–Solo tienes que venir. No te estoy pidiendo algo fuera del otro mundo. No quiero ir solo, Olivia. Por favor –me rogó Ron y la voz insistente de quien veló por mí durante los últimos tiempos me convenció.
–Está bien. ¿Cuándo sería?
–El día de tu cumpleaños.
–¿El día de mi cumpleaños? –¡Vaya casualidad!
–¿Tienes planes? Creí que no.
–Tú sabes bien que no.
–Entonces… ¿me acompañarás?
–Okey.
Por él, volví a intentarlo. Por mi mejor amigo quise salir de ese agujero negro en el que estaba. ¿Cómo lo haría? Bueno, comenzaría por arreglarme un poco y estar presentable para acompañarlo en un momento importante para él.
–¡Gracias! –me había dicho Ron después de decirle que estaba dispuesta a salir con él, la chica que le gustaba y alguien más.
–Quiero que sepas que, aunque es mi cumpleaños, iré solamente porque me interesa conocer a esta chica de la que no paras de hablarme.
–No me importan las razones mientras no me dejes solo.
–Claro.
–Ponte bonita.
–¿Más? –bromeé–. Agradece que iré.
Llegó mi cumpleaños. 5 de diciembre. Ese día me levanté más temprano que nunca para encontrarme con mi prima. Unos días atrás había llamado a Tina, con quien habíamos recuperado comunicación gracias a mi amistad con Ron. Si bien nos veíamos poco; ella estudiaba en la universidad y visitaba a su familia cada tanto, cuando teníamos oportunidad, nos frecuentábamos. Por eso, me tomé el atrevimiento de pedirle si me acompañaba a la peluquería ese fin de semana. Estaba decidida a sorprender a mi amigo. Me respondió que le encantaría. Me recogió a media mañana y nos dirigimos al centro comercial para pasar todo el día allí. Lo único que me animaba, y me divertía también, era imaginarme la expresión de Ron al verme llegar tan arreglada. Así que, una vez más, decidí cruzar el umbral que me separaba de la moda y de los colores. Mi prima me aconsejaba de la misma manera que lo había hecho cuando éramos más pequeñas y yo vivía en su casa. Elegimos prendas, zapatos, probamos diferentes combinaciones y no nos importó hacer el ridículo en las tiendas.
–¡Estás hermosa, Oli! ¡Por Dios! Te sienta fabuloso –exclamó al verme salir del cambiador.
–¿Eso crees? –le pregunté observando el vestido que había elegido para mí: negro con algunas pequeñas flores rojas.
Mis pechos grandes insinuaban un escote bastante sexy. Allí, del otro lado del espejo, estaba el cuerpo al que tanto odiaba. Sin embargo, esa tarde me gustó lo que vi. Y sonreí. Sonreí por primera vez, mirándome a mí. No podía creer que detrás de esos pliegues, de esas curvas… estuviera yo. O más bien que pudiera ser yo, dentro de ese envase.
–¡Feliz cumpleaños, primita! –dijo ella mientras pagaba de su bolsillo la compra a modo de regalo.
–No debiste hacerlo –me quejé.
–Es el regalo de parte de las tres. Esta noche serás la reina de la fiesta.
–No se trata de una fiesta, ya te lo he dicho. Solo iremos a cenar con una amiga de Ron.
–Aún no puedo creer que dos raritos como ustedes se lleven tan bien. Y que tú, Miss Simpatía, hayas accedido a entablar conversación con un muchacho fumando marihuana en la puerta de mi casa.
–Ni yo –reí con ganas recordando la noche en que nos conocimos.
–Pensé que harías algo con tu familia, por tu cumpleaños, digo –comentó mientras nos acercábamos al estacionamiento.
–Emilia tiene un cóctel de trabajo esta noche. No planeaba quedarme a cenar con su novio. Scott no es malo, pero me aburre... ¡tanto! Mañana almorzaremos en casa de mi abuela. ¿Quieres venir? –la invité.
–No. Lo siento. Tu abuela no me cae nada bien. Discúlpame, cariño. Si quieres, por la tarde, llámame y arreglamos algo con las muchachas. El lunes regreso a la universidad y quiero pasar el mayor tiempo que pueda con mamá y Rita.
