Pablo de Tarso - Ana Martos Rubio - E-Book

Pablo de Tarso E-Book

Ana Martos Rubio

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Beschreibung

Pablo de Tarso es la primera figura del cristianismo que puede rastrearse históricamente, además, su conversión y el cristianismo que predica le convierten en una de las figuras más polémicas de la religión. Pablo de Tarso es una de las figuras más controvertidas del cristianismo, no sólo por el hecho de que fue contemporáneo de Jesús y los apóstoles y predicó el cristianismo sin conocer a uno ni a los otros, sino que su condición de judío fariseo de tradición helenística le hace predicar un cristianismo espiritual e incorpóreo alejado del mensaje de los Evangelios. Pablo de Tarso, ¿Apóstol o hereje?, recrea la vida del de Tarso a través de las investigaciones históricas y arqueológicas más recientes, y también a través de las informaciones que sobre él dan los distintos evangelios gnósticos y apócrifos. Ana Martos no se contenta con diseccionar la vida del apóstol sino que nos presenta un panorama general de los inicios del cristianismo, de este modo, contextualizando a Pablo de Tarso, consigue mostrar de un modo meridiano las diferencias entre el cristianismo de Pedro y el cristianismo paulista que, a la postre, será el que se imponga. Los capítulos iniciales se remontan a la predicción de Isaías de la llegada del salvador para hacernos ver los distintos mesías judíos que a lo largo de la historia han pretendido la salvación de su pueblo. Después de sintetizar los aspectos sociales e ideológicos que propiciaron la llegada de Jesús de Nazaret analizará la conversión de San Pablo, este, hijo de judía y romano no podía acceder a los centros de poder religiosos de la época por eso empezó a predicar una religión basada en el Dios único de Abraham pero despojado de preceptos terrenales, el mensaje de Pablo cambiará lo que de terrenal haya en el dios de Abraham, por distintos misterios tomados de las diversas religiones de salvación.

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Colección: Historia Incógnita www.historiaincognita.com
Título: Pablo de Tarso, ¿apóstol o hereje? Subtítulo: La inquietante verdad sobre la identidad del auténtico fundador del cristianismo.Autor: © Ana Martos
Copyright de la presente edición: © 2007 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Carlos Peydró Maquetación: JLTVEdición digital: Grammata.es
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN 13: 978-84-9763-368-0 Libro electrónico: primera edición

Índice

PrólogoCapítulo I - Los pueblos sometidosLa muerte política de GreciaDe imperio de faraones a provincia romanaFin de los Macabeos, la última esperanza de IsraelUna doctrina de resignación para la decadenciaCapítulo II - El cristianismo antes de CristoEl mito es un espejo eternoLa herencia externaUn monoteísmo indecisoUna contrarreligión revolucionariaLos misterios del MediterráneoEl redentor prometidoEl mito solar del dios salvadorEl banquete totémicoCapítulo III - Los cristianos no cristianosLos iniciadosEl primer maestro de sabiduríaPtah Hotep, el visir sabioZoroastro, la purezaBuda, la renunciaConfucio, el elegidoPitágoras, la salud del cuerpo y del almaPlatón, la búsqueda del conocimientoEpicuro, la búsqueda de la felicidadLos terapeutas, sanadores de almasFilón de Alejandría, un cristiano sin CristoLa comunidad del Mar MuertoLos esenios, ascetismo y santidadLos gnósticos, la sabiduríaLa biblioteca copta de Nag HammadiLa Sabiduría tiene rostro de mujerLas enseñanzas del Maestro de SabiduríaCapítulo IV - Pero ¿quién fue Pablo de Tarso?Lo que cuenta su biografíaPerseguidor de los cristianosDesertor del judaísmoCoetáneo de Jesús de NazaretCuatro viajes que fueron otras tantas odiseasDe Jerusalén a RomaSí, pero ¿quién fue Pablo de Tarso?Pablo, el gnósticoPablo, el esenioPablo y TeclaLas mujeres callen en las asambleasLa enfermedad sagradaCapítulo V - Diseño de una religión rentableUn culto rentableEl objeto del cultoLa línea a seguirEl colectivoEl apoyo socialLa captaciónEl mantenimientoLas EpístolasEl ApocalipsisCapítulo VI - Los seguidores de Pablo de TarsoTiempo para el MesíasEl primer evangelioUna iglesia disidenteLucas, el gnósticoLucas, el ortodoxoVeinticuatro mil manuscritosEl misterioso documento QLa misión de MarcosEl cometido del cuarto evangelioLas profecías en los EvangeliosLas contradicciones evangélicasCapítulo VII - Del Cristo de Pablo al Verbo encarnadoEl Verbo se hizo carne y después se hizo DiosEl papel del Espíritu SantoUn dios y tres personasEl lastre del judaísmoOtro lastre: la ParusíaEn busca del poder místicoEn busca del poder temporalNo vine a traer la paz sino la espadaLa atracción del dios-hombreLa paz de los diosesEl camino de la intoleranciaPersecuciones políticas, no religiosasCristianos a los leonesUn peligro para la paz de los diosesEl juramento y la leyCapítulo VIII - Una religión a la medida del ImperioEl último lastreDel episcopado democrático al monárquicoUn competidor persaLas papeletas del cristianismoUn emperador cristianoUna negociación sustanciosaEl coste de las negociacionesEl camino directo al ImperioLa santificación de lo paganoUn testimonio de primera manoLa documentación de lo indocumentableCapítulo IX - Roma es nuestraLa envidia no perdía de vista nuestros bienesDe dioses a demoniosDe demonios a santosUn politeísmo encubiertoEpílogoObras de referenciaNotas
Cuantas más sectas haya, menos peligrosa es cada una; la multiplicidad las debilita; todas son deprimidas por leyes justas que prohíben las asambleas, siempre tumultuosas, las injurias, las sediciones, y que están siempre en vigor por la fuerza coactiva.
Voltaire, Tratado de la tolerancia.

Prólogo

Pablo de Tarso es un enigma. Antes de empezar a investigar sobre su persona, su doctrina y su identidad, la imagen que de él tenía era la de un cascarrabias misógino, probablemente impotente debido a profundos conflictos con la figura de la mujer, y creador de una doctrina totalmente opuesta a la de los Evangelios.
Pero después de investigar, de buscar datos dentro y fuera del ámbito cristiano, de consultar autores cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, religiosos y ateos, después de contrastar su doctrina con las doctrinas y las creencias cristianas de cada momento histórico, su imagen ha cambiado totalmente.
Ya no es el individuo de talla corta, calvo, malhumorado, autoritario y furibundo, sino que su figura corretea por una escena de campos mediterráneos, en los que aparece y desaparece, siempre apresurado, siempre llegando a un punto para partir hacia el siguiente, alejándose hasta diluirse en el horizonte.
¿Quién fue Pablo de Tarso? ¡Qué poco sabemos de él y cuánto creíamos saber! Nos han contado tantas cosas, con tanto detalle, con tales minucias, que creíamos conocer su biografía, su personalidad, su aspecto, su pensamiento, su doctrina. Pero apenas tenemos referencias ciertas pues, tan pronto sometemos a la razón y al análisis los datos sabidos, lo hasta ahora conocido se nos escapa y su imagen se desvanece en algún punto de la historia antigua.
Rescatar su figura de las brumas de la leyenda, de la novela, del relato y de la ficción ha sido tarea larga y compleja. Sin embargo, tampoco se puede asegurar que la información conseguida sea verídica. Después de tanto análisis y tanta búsqueda, su imagen se sigue esfumando, aunque, al menos, deja un rastro de lo que pudieron ser su personalidad y su ideario.

Capítulo I Los pueblos sometidos

Las naciones son como las personas. Gozan de una etapa de juventud que puede o no ser esplendorosa; después llega un periodo más o menos largo de madurez que puede ser fructífera o vana; y finalmente alcanzan la decadencia que dura, según las circunstancias, un tiempo corto o prolongado hasta la total desaparición. Pero también, como las personas, las naciones tienen la oportunidad de perdurar en el tiempo y de, aun cuando desaparezcan, dejar señales imperecederas de su existencia. Y también algunas consiguen durante el periodo de decadencia un renacimiento más o menos duradero.
Algo así sucedió con Egipto, Grecia y Roma que disfrutaron de una época juvenil de máxima brillantez, tuvieron una madurez muy productiva y tras su decadencia y desaparición definitiva dejaron un rastro de cultura, sabiduría y arte que todavía hoy nos asombra. Y también sucedió algo extraordinario con el pueblo hebreo, que una vez conquistó la tierra de Canaán, que la perdió mil veces y ha vuelto a ella al cabo de los siglos.

LA MUERTE POLÍTICA DE GRECIA

Alejandro Magno murió en 323 antes de nuestra Era. Antes de morir, en los pocos años que le tocó vivir, conquistó una gran parte del mundo y creó un imperio que implantó la cultura griega en tres continentes. Pero es frecuente que los hijos malgasten y despilfarren la fortuna que con tanto esfuerzo les legaron sus padres y, de la misma forma, aquel vasto imperio desapareció al poco tiempo de la muerte de su fundador porque sus sucesores, los llamados Diádocos, primero se lo repartieron y después lo desbarataron luchando unos contra otros hasta disgregarlo, debilitarlo y dejarlo casi inerme a merced de nuevos conquistadores, nuevas naciones que llegaron con todo el vigor y el entusiasmo de la juventud, dispuestas a devorar el mundo.
En 217 antes de nuestra Era, dos de estas nuevas naciones fuertes y poderosas chocaban con estrépito haciendo vibrar el Mediterráneo. Roma y Cartago se disputaban con saña la hegemonía que un día perteneciera a Egipto o a Grecia.
Pero ni Egipto ni Grecia escucharon el estruendo de las Guerras Púnicas y ninguna de ellas se apercibió de que Roma se dibujaba ya como heredera del imperio descuartizado de Alejandro. El destino la estaba sin duda señalando con dedo firme, pero las otras naciones no vieron la señal. El motivo de tal sordera fue el que ha propiciado las grandes invasiones a lo largo de la Historia. Sus dirigentes disputaban entre sí, empleando toda su energía y todos sus recursos en combatir cada uno al otro y el murmullo que levantaban les impidió oír la estridencia de las armas romanas y cartaginesas.
Grecia nunca fue un país, sino un conjunto de estados y ciudades-estado que se aliaban o se enfrentaban según las circunstancias. Y, en la época de la que hablamos, la semilla de la discordia llevaba ya largo tiempo fructificando, propiciando la decadencia y la debilidad. Las ciudades griegas eran más enemigas entre ellas de lo que podían serlo de cualquier posible enemigo o invasor extranjero. Cuenta Polibio que era tanta la inquina que cada Estado guardaba para los demás, que parecía como si hubieran decidido exprimir hasta la última gota de sangre y explotar hasta el último ápice de energía e invertirlas en destruirse y eliminarse mutuamente, de forma que no quedara el menor rescoldo de fuerza cuando llegara el nuevo extranjero invasor.
LOS DIÁDOCOS
Alejandro Magno murió antes de que naciera su hijo Alejandro IV, el heredero legítimo de su colosal imperio. Eso dio lugar a una intensa lucha entre aquellos de sus generales que eran partidarios de mantener la unidad del territorio conquistado y los que creían más acertado dividirlo en zonas geográficas que facilitaran su gobierno. Finalmente lo dividieron y se llamó período de los Diádocos a la etapa en la que los generales de Alejandro se repartieron las satrapías, las jefaturas y los poderes reales del imperio. Cuando nació el hijo póstumo de Alejandro quedó confinado junto con su madre bajo la tutela de los generales. El ejército llegó a proclamarle rey, pero no vivió lo suficiente para reinar, porque el más audaz y ambicioso de los Diádocos, Casandro, asesinó al niño y a la madre y se proclamó rey. El imperio se debilitó por las continuas luchas entre los generales y los constantes cambios de poder, que llegaron a desestabilizar las ciudades y a dejar sin recursos y en total bancarrota a territorios que, como Egipto, habían conocido el mayor poder y esplendor de la historia.
Este historiador griego objetivo y riguroso cuenta como Agelao peroraba ante los griegos reunidos en Naupacta, les exhortaba a poner fin a sus pueriles diferencias y a unirse para velar por la salud común, porque en Occidente se veían crecer y amontonarse temibles nubes de tempestad que pronto vendrían a descargar sobre sus cabezas.
En vano trató Agelao de convencerles, pues, aunque sus palabras conmovieron a los presentes, pudo más el peso de los odios hereditarios y las contiendas seculares que las recomendaciones de la prudencia. Argumentó que si todas las naciones helénicas se considerasen un cuerpo, con Macedonia como cabeza, y armasen sus múltiples brazos con espadas y lanzas, el suelo sagrado de Grecia se vería libre. Pero si continuaban desgastando sus exiguas fuerzas en ataques y escaramuzas, el vencedor de aquella lucha de titanes que se desarrollaba en el Mediterráneo, fuera cual fuera, volvería antes o después su mirada ávida de riquezas hacia el mundo griego.
Mientras, Roma aguardaba el momento oportuno. Los enfrentamientos entre las ciudades griegas y, dentro de cada ciudad, entre los distintos partidos, eran precisamente lo que los romanos necesitaban para tener suficiente tiempo para deshacerse del enemigo cartaginés, rearmarse y dirigirse, sin vacilaciones, hacia lo que quedaba de aquel gigante exhausto y decadente que era el mundo heleno.
Pero el mundo heleno, lejos de seguir los consejos de los que, como Agelao, pedían unidad y entendimiento, empezó a ver en Roma la posible solución a sus viejas querellas y, tan pronto se presentaron en Grecia las primeras legiones romanas, se formó un partido a su favor [1] .
Así cavaron los griegos su propia tumba con sus propias manos, porque los romanos, guerra tras guerra, batalla tras batalla e invasión tras invasión, fueron borrando del mapa uno a uno los estados griegos y convirtiéndolos en provincias o en regiones sometidas, eliminándolos para siempre de la lista de países del mundo.
Así murió Grecia, pero solo políticamente, porque Roma, que capturó a Grecia por las armas, fue capturada por ella por el espíritu. La cultura, la filosofía, la religión y el pensamiento helenos no solamente apresaron a Roma, sino que conquistaron, a través de ella, todo Occidente.

DE IMPERIO DE FARAONES A PROVINCIA ROMANA

Los griegos eran soberanos de Egipto desde la conquista de Alejandro Magno, en el siglo IV antes de nuestra Era. En el reparto del Imperio que se llevó a cabo a la muerte del macedonio, Egipto correspondió a Tolomeo quien estableció la capital en Menfis, aunque él y sus sucesores prefirieron residir en Alejandría donde reposaban por entonces los restos de Alejandro y donde se estableció el centro económico y político del país.
Ruinas del templo de Apolo en Delfos Los Estados griegos desaparecieron de la lista de naciones para convertirse en provincias romanas, pero la muerte de Grecia fue solo política porque su cultura conquistó a Roma y a todo Occidente.
Aunque Tolomeo trató de mantenerse al margen de las guerras encarnizadas que se produjeron entre los restantes generales de Alejandro, sus herederos terminaron por involucrarse en ellas, porque las querellas se propagaron a sus sucesores y a los sucesores de estos.
En el siglo III antes de nuestra Era, Tolomeo III se autoproclamó «dueño del Mediterráneo y del Mar de la India» porque había conseguido con sus victorias y las de su antecesor Tolomeo II dar a Egipto la hegemonía del Mediterráneo y llevarlo al apogeo de su poder y su riqueza. En aquella época, Alejandría reunía en su Museo y en su Biblioteca a los intelectuales más destacados del momento, que acudían llamados por el esplendor de la ciudad y las excelentes retribuciones que se ofrecían a los artistas, científicos, filósofos y literatos.
Hacia el año 50 antes de nuestra Era, Roma sufrió una grave crisis financiera. Un problema que el triunvirato, entonces gobernante, formado por César, Pompeyo y Craso, decidió solucionar echando mano de los recursos, casi míticos, de Egipto. Quiso la casualidad que, por aquellos días, el pretendiente al trono egipcio, Tolomeo Auletes, requiriese la ayuda de sus buenos amigos romanos para resolver un conflicto familiar y, para que su demanda no cayese en saco roto, la apoyó con una importante suma de dinero más el regalo de una interesante propiedad, Chipre. Con ello consiguió no solamente el apoyo de Roma para convertirse en Tolomeo XIII, sino la consideración de amigo y aliado.
Murió Craso luchando contra los partos y los restantes triunviros. César y Pompeyo, se enfrentaron en una guerra civil que terminó trágicamente para todos. Pompeyo cometió el lamentable error de refugiarse en Egipto huyendo de las iras de César y Tolomeo cometió otro error mucho más lamentable: hacerle cortar la cabeza, creyendo que así César le estaría eternamente agradecido.
Un error que le costó el trono, porque César corrió enfurecido a Alejandría, allí se dejó enredar por la hermana de Tolomeo, Cleopatra, se casó con ella y terminaron ambos reinando en Egipto.
PERIODO HELENÍSTICO
Se llama período helenístico a la etapa histórica de Grecia y del helenismo después de Alejandro Magno. «Helenístico» significa griego o casi griego. Tras las conquistas de Alejandro, los griegos se repartieron por Asia y Egipto, llevando consigo su cultura y difundiendo su ciencia y su filosofía, enriquecidas por las aportaciones e interpretaciones de otros pueblos y otras razas.
Al año siguiente, César murió asesinado en Roma y se formó un nuevo triunvirato entre Octavio, Lépido y Marco Antonio. Un segundo triunvirato que terminó igual que el primero. Lépido murió y Octavio y Marco Antonio se enfrentaron por tierra y por mar, después de repartirse el mundo en oriental y occidental y después de que Marco Antonio se dejara asimismo prender en las redes de seducción de Cleopatra, que estaba dispuesta a todo con tal de convertir su reino en el más poderoso del mundo.
Todo acabó en el mayor de los desastres. Octavio venció a Marco Antonio en Actium. Él y Cleopatra se suicidaron en Alejandría para no oír el estrépito de las legiones de Octavio pisando suelo egipcio. Así quedó el otrora poderoso imperio de los faraones incorporado a Roma como una provincia más. Una provincia más del nuevo imperio que se dibujaba ya con el perfil arrogante de su primer emperador, Octavio Augusto, y que vino a heredar el esplendor y el poder de dos antiguos imperios ya sometidos. Pero para el pueblo de Roma, aquello terminó con su libertad democrática, porque Augusto, como se le conoció desde entonces, se arrogó el poder absoluto y no compartió con el Senado más que el poder administrativo. Después de someter a tantas naciones, la misma nación romana quedó sometida a un solo poder: el del emperador.

FIN DE LOS MACABEOS, LA ÚLTIMA ESPERANZA DE ISRAEL

Para el pueblo judío la causa de las calamidades, invasiones y exilios que le tocó sufrir fue que se apartara de la ley de Dios. Dios se había revelado a Abraham como Yahvé y había establecido con él una alianza que duraría por los siglos de los siglos, según la cual, el pueblo hebreo tendría derecho divino a la tierra de Canaán y, a cambio, debía aceptarle como único dios nacional. Para firmar el pacto, Abraham aceptó el rito de la circuncisión que diferenciaría siempre a los judíos de los demás pueblos, los cuales se convertirían desde entonces en «los incircuncisos», los «gentiles».
Pero los judíos no siempre fueron fieles a Dios, porque muchas veces se dejaron influir por los demás pueblos y cometieron abominaciones para ellos tan imperdonables como la idolatría.
Y esas faltas les acarrearon castigos divinos en forma de catástrofes, invasiones, humillaciones, éxodos y diásporas.
En el siglo VI antes de nuestra Era, Nabucodonosor los llevó prisioneros a Babilonia. Tiempo después, Ciro les devolvió la libertad y restauró la nación hebrea, tras de lo cual, muchos se establecieron en Mesopotamia, otros en Egipto y otros se dispersaron por todo el Mediterráneo.
Cuatro siglos más tarde, los seleúcidas, descendientes de otro de los generales de Alejandro, Seleuco, que llevaban muchos años enfrentándose a los de Tolomeo, conquistaron la tierra prometida a la que Moisés, según la tradición, condujera un día al pueblo hebreo. Antíoco III, rey seleúcida, venció a Tolomeo V y Judea pasó a manos de esta dinastía. A partir de entonces, todo fue de mal en peor hasta que Matatías, el sumo sacerdote judío, se rebeló contra el opresor y juró que, aunque todos los demás le obedecieran, él y sus hijos solamente obedecerían a Dios.
Pero aquello no quedó en palabras. Cuentan que, mientras el sacerdote se enfrentaba a los esbirros del rey Antíoco, vino un judío a ofrecer un sacrificio a los dioses griegos y Matatías, enfurecido, levantó su espada y le decapitó allí mismo sobre el altar profanado. Y, no teniendo ya nada que perder, degolló al comisario del rey. Acto seguido, huyó con sus cinco hijos al monte donde se le fueron uniendo otros judíos que no estaban dispuestos a tolerar el escarnecimiento de su Ley. Con el tiempo, se organizaron y al año siguiente, cuando murió Matatías, coronaron rey de Judea a su hijo mayor, Judas Macabeo.
Fue una buena elección porque el hijo de Matatías condujo a su pueblo a la victoria. En 163 antes de nuestra Era, Jerusalén había sido liberada y purificada y el Templo se había vuelto a consagrar. Pero los días de vino y rosas no fueron largos, como bien señala la misma Biblia. Al año siguiente, Antíoco IV se enfrentó a Judas Macabeo y así siguieron las luchas durante años, hasta que Judas Macabeo murió en batalla y el rey seleúcida Demetrio I nombró gobernador de Judea a Jonatan, el hermano del héroe fallecido. Además de gobernador Jonatán fue sumo sacerdote, el primer sumo sacerdote Macabeo.
El reino Macabeo alcanzó la cúspide del poder en 103 antes de nuestra Era, siendo Alejandro Janneo gobernador de Judea. En aquella época, los judíos habían sometido Samaria e Idumea, sus dos grandes enemigos, y habían conquistado Galilea. Habían destruido el templo samaritano y habían obligado a los idumeos a adoptar el judaísmo. Es importante retener este dato y saber que el pueblo idumeo fue siempre considerado enemigo por el pueblo judío, a pesar de haber adoptado aquel su religión y su ley. Y es importante porque un día vendría de Idumea un gobernador que rigió los destinos del pueblo judío a pesar del odio y del rechazo: Herodes el Grande.
El poder de los Macabeos terminó de un plumazo cuando Pompeyo, el general que gobernó Roma junto a César y Craso, derrotó a Antíoco XIII, acabó con el reino seleúcida y tomó Jerusalén. Hasta entonces, los griegos venían considerando a los romanos unos bárbaros sin civilizar y los judíos ni siquiera se habían enterado de su existencia. Pero, en 64 antes de nuestra Era, Pompeyo anexionó Siria a Roma como otra de sus provincias y luego marchó con su ejército a Judea donde únicamente encontró resistencia en Jerusalén.
HERODES EL GRANDE
Todo cuando hemos leído de Herodes el Grande procede de historiadores judíos, como Flavio Josefo, y puesto que le consideraron enemigo, no es fácil saber si fue realmente tan malvado como le han descrito. Lo que sí sabemos es que durante su reinado hubo paz y prosperidad en Judea, que reconstruyó el país devastado por guerras e invasiones, y que engrandeció el Templo. Por otro lado, Herodes se ganó nuevas enemistades al exigir que la religión quedara al margen de la política. Pero hay que tener en cuenta que con ello pudo evitar nuevas represalias de Roma, al impedir nuevas rebeliones político-religiosas. Recordemos que el pueblo judío no se caracterizaba precisamente por su prudencia y estaba siempre dispuesto a alzarse contra el invasor extranjero, convencido de que Dios daría la victoria a su pueblo elegido, como había sucedido en tiempos de Judas Macabeo, vencedor de los seleúcidas. Pero los romanos no eran los seleúcidas, decadentes y debilitados, sino que eran una potencia pujante y arrogante que no toleraba desórdenes. Herodes sabía muy bien con quien se enfrentarían si se levantaban contra Roma y puso todo su empeño en evitar una venganza mortal como las que tomaron años después Tito y Adriano contra los judíos. Herodes tomó por esposa a Miriam, de la familia de los Macabeos, para fusionar el linaje Macabeo con el suyo, el idumeo, tan odiado. A pesar de que la amaba tiernamente la hizo asesinar por celos y nunca pudo sobreponerse al sentimiento de culpa que su mala acción le produjo. Aunque se volvió a casar hasta diez veces, no consiguió olvidar a Miriam y con el tiempo se fue consumiendo entre la melancolía y los temores paranoides. Unos temores, fundados o infundados, que le llevaron a ejecutar a varios de sus hijos, hasta el punto que se cuenta que Augusto comentó que prefería mil veces ser el cerdo de Herodes antes que uno de sus hijos. Murió en el año 4 antes de nuestra Era, odiado y vilipendiado por sus súbditos judíos. Sin embargo, a pesar de tanto odio y resentimiento, ningún escritor ni historiador judío menciona la matanza de los inocentes de que habla el Nuevo Testamento. Ni siquiera Flavio Josefo, que vertió sobre él todo su rencor, dice una palabra al respecto.
El sacrilegio de Pompeyo Pompeyo fue el general romano que incorporó Palestina a Roma como parte de la provincia de Siria, tomada al reino de los seleúcidas. Al entrar en Jerusalén quiso contemplar los misteriosos ritos de adoración del Templo y se atrevió a entrar, a pesar de ser gentil y además en el día santo de la Expiación, agraviando con su profanación al pueblo judío.
Pompeyo no tuvo prisa alguna. Nada le apremiaba. Sabía que la conquista de aquella ciudad antigua y venerable era cuestión de estrategia. Construyó rampas y colocó máquinas de asedio con la tranquilidad de saber que nadie le atacaría, porque tuvo la precaución de hacerlo aprovechando la inacción del sabbath. Y ya solo tuvo que esperar al sabbath siguiente para lanzar el ataque. En el día sagrado, los judíos no tomarían por nada del mundo la iniciativa de un ataque. El Éxodo (34,21) prohíbe tajantemente trabajar en sábado. Solamente se defenderían si los atacaban, pero la defensa llegó tarde porque Roma lo tenía todo dispuesto.
Un siglo después de que Matatías se levantase contra el invasor Seleúcida, Judea se había convertido en una provincia romana.

UNA DOCTRINA DE RESIGNACIÓN PARA LA DECADENCIA

Hemos asistido al fin de tres naciones, a la humillación de tres pueblos y al sometimiento de tres reinos. Afortunadamente asistiremos también a la integración de tres culturas. Tres culturas que se unieron para impregnar un periodo de la Historia en el que tres pueblos sufrieron el agravio de la invasión romana.
Estas tres culturas: griega, egipcia y hebrea, se reunieron en Egipto, porque allí fue donde se realizó el encuentro entre Oriente y Occidente, la fusión de tres pueblos heridos de muerte por Roma, que se fundieron en uno solo para llorar la libertad y la esperanza perdidas.
Gaetano Negri, historiógrafo, literato y político milanés del siglo XIX, escribió en su libro La crisis religiosa (ediciones Dumolard, Milán, 1878) que cuando el ser humano es incapaz de renunciar a la felicidad y esta se le escapa, solamente le queda llevarla a otra vida trascendental.
Según este autor, para conseguir salir de una condición francamente miserable y poder aceptar una realidad tan inaceptable como la maldad del mundo en que vivimos, no tenemos más remedio que echar mano de una esperanza de felicidad en un mundo futuro.
Eso es, sin duda, la base psicológica de la mayoría de las religiones.
En un momento, por tanto, de calamidades y desilusiones, el mundo estaba pidiendo a gritos una filosofía del dolor, una doctrina de resignación, pero no de resignación gratuita, sino de resignación presente con vistas a una recompensa futura. Una doctrina que despreciase un presente ignominioso y ofreciese un futuro reconfortante. Un consuelo para todos los afligidos, los humillados, los escarnecidos, los desposeídos, los desesperanzados.
Los judíos lo sabían muy bien. Habían soportado numerosas invasiones, humillaciones, destrucciones y expulsiones a lo largo de su historia. De hecho, Jerusalén ha sufrido sitios, tomas, destrucciones y saqueos desde el siglo X antes de nuestra Era y el Templo, el Templo con mayúsculas, ha sufrido profanaciones, saqueos e incendios en numerosas ocasiones [2] .
El sabbath Es el día sagrado de los judíos, correspondiente a nuestro sábado, que se inicia a la puesta del sol del viernes y finaliza a la puesta del sol del sábado. El sabbath era un festival babilónico de luna llena que los judíos incorporaron a sus tradiciones durante su exilio en Babilonia. Forma parte de la alianza establecida con Yahveh y de ahí su observancia rígida. Adán fue desterrado la víspera del sabbath y la humanidad volverá a entrar en el Edén a través del sabbath.
El pueblo de Israel lleva muchos años esperando al Mesías, al ungido, al enviado, al siervo de Dios elegido para proclamar la libertad de los cautivos, la amnistía de los prisioneros, el consuelo de los que lloran, la alegría de los enlutados, la venganza de Yahveh, la salvación y la recompensa para la hija de Sión. Así lo dice la profecía de Isaías.
En el siglo I antes de nuestra Era, por tanto, desaparecido el estado judío independiente, el pueblo esperaba con mayor anhelo que nunca la llegada del libertador. Hubo un momento en que creyeron que Judas Macabeo podía ser el Mesías, pero la profecía decía muy claro que había de descender de la casa de David, que aniquilaría al enemigo y que establecería un reino ideal en la tierra, cuya capital sería Jerusalén.
Surgieron por entonces numerosos mesías en respuesta a la necesidad de libertad del pueblo judío, pero el mismo Herodes se ocupó de aniquilarlos a medida que brotaron. Herodes debió tener muy en cuenta el peligro que suponía para los judíos la provocación de un mesías enfrentado a Roma y capaz de arrastrar a las masas a la lucha y, lógicamente, a la muerte.
Además de los mesías, florecieron en Judea varios grupos extremistas que pretendían matar a todo romano que se atreviera a invadir el recinto del Templo. Su finalidad, como es lógico, era liberar Judea por la fuerza. Pero su fuerza era infinitamente pequeña al lado de la gran potencia en que se había convertido Roma. Y Herodes, suponemos que siempre intentando hacer de barrera entre Judea y Roma, hizo ejecutar sin juicio al primer jefe del grupo más fiero, los zelotes o cananeos. Muerto el jefe, creyó Herodes que los extremistas se disgregarían, pero no fue así, sino todo lo contrario. Se creó un ala mucho más extremista de terroristas que consideraban el asesinato y el pánico un instrumento político. Como llevaban siempre una daga llamada sica, se les aplicó el nombre de sicarios.
Isaías había profetizado la venida de un rey fuerte, ideal, enviado por Dios para liberar a su pueblo y dominar sobre todas las naciones del mundo. Isaías describió un futuro ideal para alentar a los judíos sojuzgados por los asirios. Un aliento que el pueblo revivió durante la deportación a Babilonia y que retomó con gran brío en tiempos de la dominación romana. Flavio Josefo dio cuenta de los numerosos mesías que encabezaron revueltas y sediciones contra los romanos, aunque él no los consideró mesías, sino insurrectos, y describió las masacres que tuvieron lugar al reprimir Roma los constantes brotes de rebelión.
Pero el libertador judío no acababa de llegar y cuantos intentaron encarnarle sucumbieron, ya fuera a manos de su propio rey, Herodes, o a manos de los romanos.
Además, las esperanzas de los judíos no se podían trasladar a una vida futura, porque todo cuando había de sucederles les sucedería en esta vida. Los autores de la Biblia no mencionan el alma ni el más allá, sino que los premios y los castigos se reciben en este mundo. Toda la literatura apocalíptica que floreció a partir del año 200 antes de nuestra Era habla de catástrofes terrestres, de juicios universales, de castigos y de reinos ideales situados aquí en la tierra.
La Puerta de Oro De las ocho puertas situadas en la muralla de la ciudad antigua de Jerusalén, solo la Puerta de Oro permanece cerrada desde que los turcos la sellaron siglos atrás. Se llama también Puerta de la Gracia porque el Mesías ha de entrar por ella.
Por tanto, mientras las filosofías griega y romana iban tomando cariz de religiones para reemplazar a aquellas religiones politeístas que ya no ejercían influencia mística sobre las gentes decepcionadas de todo, el pueblo judío veía frustrarse sus esperanzas una y otra vez, a medida que veía caer la cabeza de uno de sus líderes al que incluso había llegado a considerar su esperado Mesías.
Flavio Josefo describe en sus Guerras de los judíos las revueltas que se producían constantemente en Judea. Estos hechos terminaban en verdaderas matanzas y en suicidios de los que no se resignaban a perecer a manos de los soldados de Roma.
Pero el libertador que con tanto anhelo esperaba el pueblo judío no solamente no llegó, sino que hoy, al cabo de más de veinte siglos, la Puerta de Oro, la que solamente el Mesías podrá abrir en la muralla de la ciudadela de Jerusalén, permanece cerrada a cal y canto.

Capítulo II El cristianismo antes de Cristo

Las religiones de los antiguos pueblos del Mediterráneo ejercieron un papel decisivo en la Historia, no solo en la historia de aquellos pueblos, sino en la de una enorme parte del mundo, porque fueron el eslabón imprescindible para la transformación de las religiones primitivas en las religiones universales que han determinado nuestra historia actual: el judaísmo, el cristianismo y el Islam.
La cuenca del Mediterráneo fue la cuna de las religiones monoteístas, porque en ella se forjaron las imágenes de dioses con rostro y figura de persona que configuraron los panteones politeístas, las cuales dieron paso más tarde al monoteísmo, cuando las figuras de los dioses adquirieron dimensiones gigantescas y cuando el sentimiento de culpa y la angustia vital de la gente hicieron surgir la figura del dios redentor que se ofrece en sacrificio para salvar a los hombres que depositan en él su fe y su esperanza.

EL MITO ES UN ESPEJO ETERNO

Los mitos son una constante entre todos los pueblos de todos los tiempos, pero los mitos no son necesariamente mentiras, sino narraciones de sucesos acaecidos antes de que se escribiera la historia [3] . Por eso, en todas partes se dan patrones e incluso detalles muy similares, porque llegan a formar parte del inconsciente colectivo de los pueblos. El profesor John Francis Bierlain afirma que el mito es un espejo eterno en el que podemos vernos a nosotros mismos.
Todas las culturas tienen su mito de la Creación, en la que un dios se enfrenta al Caos y hace surgir de la nada a la Tierra y a las luminarias celestes y, después de poblarla con vegetación y animales, crea una primera pareja que debe multiplicarse para habitarla.
Todas las culturas nos cuentan la historia de una inundación que anegó el mundo en castigo a la perversidad de los hombres y de la que el dios o los dioses pusieron a salvo a un grupo de justos.
Parece que nos cuentan un cuento, pero nos pueden estar relatando su explicación del Big Bang y del periodo de desglaciación que sobrevino a la última glaciación cuaternaria de hace unos 18.000 años y que dejó los hielos glaciales más o menos como están hoy o como estaban antes de que el efecto invernadero se acentuase.
Todos los pueblos primitivos comparten tres necesidades psicológicas: las de cantar, bailar y contar historias. Todos necesitan interpretar los fenómenos naturales de manera simbólica, dándoles un sentido épico, heroico. Por eso nos sorprendemos a menudo al observar las enormes similitudes que guardan las leyendas de pueblos geográfica y culturalmente muy alejados. Por otra parte, los oyentes tienden a calificar de reveladas las historias narradas en lenguas arcaicas o plenas de expresiones extrañas.
De la religión revelada que contienen los libros sagrados de los Veda en la India, aprendemos que Brahma, después de crear el universo y el mundo, creó un hombre y una mujer y los hizo superiores al resto de la creación. Les llamó Adima y Heva y los alojó en un lugar privilegiado de espléndida vegetación, un paraíso terrenal situado en Ceilán, del que no debían salir y donde debían adorarle eternamente. Pero ellos, como era de esperar, desobedecieron, por lo que el encanto natural que les rodeaba desapareció y se transformó en tierra inculta que tuvieron que trabajar para siempre, ellos y sus descendientes.
En la religión persa, Ormuz, espíritu sin cuerpo y principio del bien, prometió felicidad al primer hombre y a la primera mujer si se comportaban conforme a sus preceptos. Pero vino Arimán, el principio del mal, a tentarles con frutos deliciosos. Finalmente, la pareja terminó expulsada del lugar feliz y se vio obligada a matar animales para alimentarse y cubrirse. Y no solo ellos, sino también las siguientes generaciones fueron malditos.
Y ya sabemos lo que cuenta el Antiguo Testamento sobre Adán y Eva y el paraíso terrenal. También pueden parecernos cuentos infantiles pero, si somos capaces de vislumbrar lo que subyace a tanto símbolo común, a tantas culturas, encontraremos la descripción del tránsito del homínido al hombre y la adquisición de lo que le separa de los animales, la conciencia con la que se elevó por encima del resto de las criaturas, distinguió entre el bien y el mal y fue dueño de su destino, pero de un destino maldito que le obligó a trabajar para vivir y le privó para siempre de la dulce inconsciencia animal que había vivido anteriormente, sin conocer el sentimiento de culpa y dejándose gobernar por sus instintos. Y, por si fuera poco, al erguirse para caminar en dos pies, la hembra hubo de parir a sus hijos con dolor.
El paraíso perdido La mayoría de las religiones hablan de un dios creador, de una primera pareja y de un paraíso perdido. La historia del pueblo hebreo está narrada en el Antiguo Testamento mediante mitos que describen situaciones sociales, políticas y religiosas y en los que cada personaje puede representar a uno o a numerosos individuos.
No obstante, los mitos son historia para los pueblos primitivos, mientras que para los pueblos evolucionados, se supone que nosotros lo somos, los mitos cuentan la historia de una forma un tanto ingenua y, sobre todo, antropomórfica, que la hace apta para la comprensión de una mente primitiva.
El pensamiento primitivo no es capaz de captar un concepto abstracto y tiene necesidad de concretarlo, de la misma forma que un niño no puede entender el concepto abstracto de muerte y ha de referirlo a la muerte de un animal o de una persona, para poderlo comprender, porque su mente aún no ha desarrollado el proceso de abstracción y se halla en etapas de pensamiento concreto. De igual modo, el pensamiento de los pueblos primitivos concretó las abstracciones del bien, el mal, la vida, el amor o la muerte, representándolos mediante seres divinizados, los dioses. Y así también concretó en personajes antropomorfos situaciones sociales, políticas o religiosas.
En nuestra cultura, el mejor ejemplo de este tipo de representación es el Antiguo Testamento, que narra situaciones históricas como si se tratara de situaciones concretas de personajes de carne y hueso. Las demás culturas tienen también sus mitos y sus historias sagradas, como hemos visto, muchas de las cuales coinciden con la Biblia.
Los hebreos eran nómadas, pastores que en el segundo milenio antes de nuestra Era recorrían el Próximo Oriente en busca de pastos para sus ganados de ovejas y cabras. Pero sabemos que las tribus nómadas despiertan las sospechas y los recelos de los pueblos sedentarios, esos pueblos que tienen un lugar de residencia fijo y se dedican a quehaceres más estables que andar por el mundo en busca de agua o de pastos.
Junto con los recelos, los nómadas llegaron a atraerse la ira de los pueblos sedentarios porque los ganados disputaban la tierra a los productos agrícolas y allí donde pace el ganado tarda mucho tiempo en volver a germinar la vegetación. Pero los sedentarios no solamente labraban la tierra, sino que además eran herreros. Y un herrero sabe construir un arma con la que herir al enemigo que amenaza sus tierras.
Desde el punto de vista de los pueblos nómadas, el agricultor malvado atacó al pastor inocente. Desde el punto de vista de los pueblos sedentarios, la civilización agrícola se impuso a la nómada y el progreso dio un paso hacia delante. En el relato de la Biblia, Caín, agricultor y herrero, mató a Abel, pastor nómada, y después se retiró al este del Edén, a la tierra de Nod. Y precisamente en la tierra de Nod, Elam, que está al este del Edén [4] , floreció una civilización que tuvo numerosos enfrentamientos con los nómadas sumerios.
Otro mito importante es el que da nombre a las diferentes tribus para identificarlas y conocer su rumbo. Cada tribu se atribuyó el nombre de un fundador, un antepasado del que descienden todos y que recibe el nombre de «patriarca». Algo así hicieron los griegos, formados también por diversos pueblos y tribus. Los jonios se dijeron descendientes de Jon, los aqueos, de Aqueo y los helenos, de Heleno.
De la misma forma, el pueblo hebreo, formado por innumerables tribus y familias, se convirtió en un solo pueblo con tres patriarcas y doce tribus. Los tres patriarcas son Abraham, Isaac y Jacob (o Israel) y las doce tribus, los doce hijos de Jacob, aunque hay que hacer notar que la tribu de Leví no fue un pueblo sino una casta sacerdotal. Conviene tener presente que el número doce es un número mágico que corresponde a los doce meses del año o a los doce signos del Zodiaco. Y doce fueron los hijos de Jacob, los apóstoles y los dioses a quienes los egipcios dieron nombre y que después fueron adoptados por los griegos.
Pero anteriormente, cuando se empezó a escribir la Biblia, solamente había tres tribus que dijeron descender de los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Según el Antiguo Testamento, Cam fue padre de Canaán y Noé le castigó a servir como esclavo a sus hermanos. Y es cierto que los cananeos fueron sometidos y esclavizados por los semitas.
EL VALOR MÍSTICO DE LOS NÚMEROS
Para los antiguos babilonios los números tenían un valor místico que provenía de su relación con los dioses. En tablillas de barro babilónicas se han encontrado relaciones tan complejas como los nombres de dos genios que se escriben mediante una fracción en la que se inserta el nombre de la diosa Ishtar. Uno de los genios es 2/3 de Ishtar y el otro 5/6 de Ishtar. Esta práctica tenía probablemente la finalidad de proteger la información sagrada de la curiosidad de los profanos. El doce tiene el valor de los signos del Zodíaco. También el siete tiene valor místico pues coincide con los días de la semana, que son los que Dios empleó para crear el mundo. Cifra, por cierto, que los judíos tomaron del mito babilónico de la Creación. En Babilonia, el número de los demonios era de siete y siete veces siete, es decir, innumerables e irreductibles (el siete es un número primo y no se puede reducir). La semana de siete días tiene origen sumerio, porque en aquella época solamente se conocían los siete planetas llamados visibles: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Además, la semana de siete días encaja perfectamente en el mes lunar que es de veintiocho días. Los hebreos aprendieron de los babilonios la importancia del número siete y por ello se utiliza con tanta frecuencia en la Biblia. Salomón necesitó, por ejemplo, siete años para erigir el Templo. José anunció al faraón siete años de prosperidad y siete de decadencia, al interpretar su sueño de siete vacas gordas y siete vacas flacas. El Apocalipsis describe siete ángeles con siete trompetas y siete sellos y está dirigido a siete comunidades de Asia Menor.
Un mito sumamente interesante es el del sacrificio del primogénito a los dioses, una costumbre que practicaban, entre otros, los pueblos semitas. Los fenicios, por ejemplo, sacrificaban a su hijo más querido al dios del fuego, Moloch, cuando sufrían grandes desgracias. Diódoro Sículo comenta que el dios se sintió molesto en una ocasión porque solamente le sacrificaban niños de familias de baja condición, pero se aplacó en cuanto las familias aristocráticas le entregaron a sus primogénitos. En las excavaciones de Megido, Jericó y Guezer se han encontrado restos de niños enterrados en los cimientos de los edificios, a los que se sacrificaba para garantizar la solidez de la edificación.
Las religiones, lejos de condenar tan bárbaros rituales, los consagraban, porque los pueblos antiguos consideraban que el mayor sacrificio que se podía ofrecer a la divinidad no era el de la propia vida, sino la del hijo mayor, el más querido. Y los hebreos, que eran semitas procedentes de Caldea, tenían también el hábito de sacrificar a sus primogénitos a sus dioses (al principio tenían muchos). La misma Biblia recoge esta costumbre: «Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los hijos de Israel, tanto de hombres como de animales» (Éxodo 13).
Encontramos mitos que nos recuerdan esta práctica cuando el ángel mata a todos los primogénitos de los egipcios, el faraón manda matar a los varones hebreos, Herodes ordena degollar a todos los varones de Judea y cuando Abraham se dispone a sacrificar a Yahveh a su primogénito Isaac. Abraham se entristece pero lo toma como un ritual lícito que hay que cumplir.
También Yefté ofrece a Dios el doloroso sacrificio de su única hija (Jueces 11, 30-39). El sacrificio de un cuerpo femenino a la deidad es un ritual antiguo que podemos encontrar repetidamente en la historia de los griegos (Ifigenia, Andrómeda) y en la de otros muchos pueblos, incluyendo algunos de la América precolombina.
Pero lo que realmente nos cuenta el mito de Abraham es un paso dado hacia delante en el proceso de civilización del pueblo hebreo. Recordemos que Abraham salió de Ur, en Caldea, en la época de penurias de la decadencia de Sumer, y llegó a Canaán desde donde, al encontrar también miseria y hambre, emigró a Egipto y allí consiguió buena vida y muchos privilegios haciéndose pasar por hermano de su mujer, Sara, para que el faraón pudiera disfrutar de ella (Génesis 12,13). También era una antigua costumbre de los pueblos primitivos ofrecer la esposa en señal de veneración o respeto. Abraham la ofreció posteriormente a Abimelec, rey de Guerar, diciendo que era su hermana (Génesis 20).
Efectivamente, el pueblo hebreo emigró a Egipto donde vivió tiempos de abundancia. No hay más que leer sus lamentos cuando salieron de allí siguiendo a Moisés y añorando las ollas de carne que comían en tierra egipcia (Éxodo 16,2). En realidad, los hebreos no eran esclavos, sino emigrantes y vivían un régimen justo según el cual no tenían que pagar impuestos, pero tenían que dar a cambio una contraprestación que consistía en fabricar ladrillos de adobe. Esos horrores que leemos en la Historia Sagrada y vemos en las películas sobre los judíos en tierra egipcia no responden a la realidad, porque, en primer lugar, los egipcios tenían una legislación muy avanzada que concedía derechos incluso a los esclavos y, en segundo lugar, ninguna historia, inscripción ni relato egipcio avala la narración de la esclavitud de los hebreos. Es más un mito que una historia, un mito que pretende contarnos algo sumamente importante acerca del pueblo judío, que es su evolución en contacto con los civilizadísimos egipcios.
De no tratarse de mitos, no cabe duda que la Biblia daría los nombres de los faraones y de los personajes importantes que menciona. Pero podemos leer que Salomón se casó con «la hija de Faraón» aunque no se indica el nombre de la hija ni el del padre; como tampoco aparece el nombre de la famosa reina de Saba; ni el nombre del faraón que encumbró a José y le hizo su visir. Ni siquiera aparece el nombre del famoso faraón opresor de las películas que, según cuenta el Éxodo, persiguió enconadamente a Moisés y a su pueblo. Y, sin embargo, se cita explícitamente el nombre del rey de Tiro, Hiram, al que encargó Salomón los materiales para el Templo, así como al faraón Nekó (2 Reyes 23, 29), que mató a Josías en Megido. También pueden leerse repetidamente en la Biblia los nombres de Nabucodonosor, Ciro y Antíoco.
Por tanto, una de las cosas más importantes que aprendieron los hebreos en tierras egipcias fue abandonar su bárbara práctica de sacrificios humanos. Los egipcios jamás hubieran sacrificado a una persona a sus dioses, que eran bondadosos y comprensivos y no sanguinarios ni vengativos como los dioses semitas.
Esa transición es la que narra el mito de Abraham cuando está a punto de sacrificar a su hijo y aparece un ángel que cambia al niño por un carnero (Génesis 22). No más sacrificios humanos.
Más adelante, Dios prefirió la misericordia a los sacrificios (Oseas 6.6) cuando los dioses sanguinarios de los hebreos, Elohim (que significa «dioses»), se hubieron humanizado con el contacto egipcio y se hubieron convertido en Yahveh (nombre propio de una divinidad).
Y, como ya hemos dicho que los mitos son universales, encontramos una historia similar en la India que narra el tránsito de los sacrificios humanos a los sacrificios de animales y ofrendas de flores u objetos inanimados. Adgigata, como Abraham, fue un hombre bueno y justo y, como él, aunque predilecto de Brahma, no pudo tener hijos hasta una edad muy avanzada, en la que su esposa concibió ya de forma milagrosa. Pero también Brahma pidió a Adgigata que le sacrificase a su único hijo, tan amado y tan esperado. Y asimismo, cuando Adgigata se disponía a cumplir la demanda de Brahma, una paloma acudió puntual a librar al niño del holocausto y, además, a advertir al padre que aquel niño tan amado y esperado tendría larga y fructífera vida, porque de su estirpe nacería la virgen destinada a concebir el fruto celestial del germen divino.
El mito de Abraham, que representa una etapa del pueblo hebreo durante el periodo egipcio de la XII dinastía, nos dice que los judíos adquirieron no solamente civilización de los egipcios, sino también sus costumbres y, sobre todo, la idea de un Dios universal que, como Amón-Ra, existía por sí mismo.

LA HERENCIA EXTERNA

Los hebreos aprendieron muchas otras cosas de los egipcios, por ejemplo, la costumbre de la circuncisión. La circuncisión consiste en extirpar parcialmente el prepucio y se ha dicho que podría haber sido una medida de higiene, pero parece más bien un rito de fertilidad que practicaban los egipcios y, dicen que por influencia de estos, los cananeos. Los judíos lo adoptaron como adoptaron numerosas costumbres egipcias y cananeas.
La circuncisión es, desde entonces, el rito de iniciación del varón en el judaísmo y constituye una señal de identidad frente a los incircuncisos. San Pablo eximió de esa práctica a los gentiles que se acercaron al cristianismo, lo que estableció una nueva marca de separación entre los judíos y los cristianos [5] .
La circuncisión La ceremonia de la circuncisión tiene lugar a los ocho días del nacimiento, según ordena el Génesis (17, 10-12): «os circuncidaréis la carne del prepucio y esto será la señal de alianza entre yo y vosotros. Todo varón será circuncidado entre vosotros a los ocho días».
Otra costumbre heredada o aprendida en Egipto, que cita también Herodoto, fue la prohibición de la carne de cerdo, algo de que los egipcios abominaban porque Set, el maligno, hirió al dios Horus convertido en cerdo negro.
Para los egipcios y también más tarde para los judíos, los pueblos que no practicaban estas y otras costumbres no estaban tan cerca de Dios como ellos y los despreciaban porque los consideraban sucios. De hecho, los circuncisos se sentían orgullosos y superiores a los demás en limpieza.
Junto con la prohibición de la carne de cerdo, el Levítico (11,3 y 11,7) señala animales impuros que no pueden comerse, es decir, impone unas normas dietéticas y unos rituales complejos para los judíos (casi todos seguidos más tarde por los musulmanes) que, según apunta Isaac Asimov, podían muy bien ir encaminados a apartarles del contacto próximo con los gentiles. El rito que más aproxima a las personas es compartir una comida y se hace muy difícil compartirla en tales circunstancias.
Ella te aplastará la cabeza Entre los relieves que decoran el altar de Pérgamo, se distingue la sandalia de Afrodita pisando la cabeza de un gigante caído. Recuerda la frase del Génesis: «pondré enemistad entre tú y la mujer y ella te aplastará la cabeza».
Pero lo más importante de la herencia egipcia no fue ni la circuncisión, con todo su significado simbólico de estrecha alianza con Yahveh, ni las normas dietéticas ni el abandono de los sacrificios humanos, sino el concepto de un dios único, es decir, el monoteísmo.
Dice Isaac Asimov que el monoteísmo empezó a aparecer en el Antiguo Testamento en los escritos del periodo posterior al cautiverio de Babilonia. En 586 antes de nuestra Era, Nabucodonosor tomó Jerusalén, destruyó el Templo y se llevó al pueblo hebreo a Babilonia, donde vivieron en cautiverio hasta que Ciro, casi cincuenta años más tarde, tomó Babilonia y devolvió al pueblo judío su nación, permitiéndole regresar a Judea. Ciro fue su salvador, por lo que en muchas citas se le denomina «el Ungido».
Isaac Asimov cuenta en su Guía de la Biblia que, a la muerte de Nabucodonosor, los escribas judíos reunieron los escritos disponibles para formar el Antiguo Testamento. Y en los libros que surgieron se aprecia, además de la influencia egipcia, la de los babilonios y los persas. Según dice este autor, los libros del Antiguo Testamento tomaron su forma definitiva hacia el año 459 antes de nuestra Era, aunque todavía quedaban muchos por escribir, que se fueron produciendo posteriormente. Y en esa época habían ya recibido la influencia de los egipcios y de los babilonios. La de los persas no tardó en llegar, porque hacia el año 400 antes de nuestra Era, estos ya dominaban Asia y habían extendido su religión reorganizada por Zoroastro, según la cual, Ahura Mazda (Ormuz) «es el que es, su ser es el existir y su esencia es divina».
Zoroastro (versión latina de Zaratustra) había difundido una nueva doctrina que se extendía rápidamente por todas partes, porque era tan dual como lo es el ser humano y simbolizaba tan a las claras la lucha que todos libramos en nuestro interior, que todos quedaban maravillados al escucharla y se adherían fervorosamente a ella. Ahura Mazda, el dios persa principio del bien, llamado también Ormuz, se había enfrentado con un ejército de espíritus angélicos al principio del mal, Arimán, que luchó ferozmente al frente de una legión de espíritus malignos, los devas.
Los devas, por cierto, eran los espíritus del bien en la India, pero algunos pueblos convirtieron a los dioses del vecino en los demonios del suyo. Belcebú, por ejemplo, era un dios fenicio al que nuestra cultura convirtió en demonio. Otro tanto sucede con Lilith, una diosa mesopotámica que los judíos convirtieron en un demonio femenino.
Así heredó el judaísmo los ángeles de los persas; la moralidad de los egipcios y los babilonios; la idea egipcia de que la Humanidad es el rebaño y Dios es su pastor y la de que el hombre fue creado por Dios a su imagen y semejanza; el nombre de Satán se aplica al demonio después del destierro en Babilonia, ya que antes se le llamaba «el enemigo».
El mito del ángel caído, que se rebeló contra su Creador y la batalla librada por ejércitos angélicos contra legiones de demonios que terminaron arrojados a los infiernos, apareció entre el pueblo judío en el siglo I antes de nuestra Era, heredado de la descripción de Zoroastro y probablemente del mito griego de la rebelión de los titanes y los gigantes contra Zeus que quedaron aprisionados bajo la tierra tras su derrota. Al contemplar los relieves que decoran el altar de Zeus en Pérgamo y que describen escenas de la lucha de los dioses contra los gigantes, destaca la escena de una sandalia de la diosa Afrodita que pisa desdeñosa la cabeza de uno de los gigantes caídos y que nos recuerda una frase bíblica: «Pondré enemistad entre tú (la serpiente, el diablo) y la mujer (Eva), entre tu linaje y el suyo y ella (María para los cristianos) te aplastará la cabeza». (Génesis 3,15).
Así se influyeron y penetraron mutuamente las culturas del Mediterráneo, intercambiando deidades, ritos y cultos, en un proceso de sincretismo que empezó por una disminución importante del número de dioses para encaminarse al monoteísmo. Y la influencia vino de la mano de las relaciones económicas y sociales que originó la penetración cultural mutua.

UN MONOTEÍSMO INDECISO

Los hebreos conocieron sin duda el monoteísmo en Egipto. De hecho, la Biblia cuenta que Abraham, que vivió en Egipto, estableció la alianza con aquel dios desconocido e innombrable, que se le reveló un día con el nombre de Yahveh.
Pero ya dijo Engels que no es fácil mantener mucho tiempo la abstracción de un dios único incognoscible e innombrable, aunque se le ponga nombre, sino que la única manera de que el monoteísmo perdure es hacer concesiones al politeísmo.
Pero la misma Biblia reconoce que la alianza no fue constante, ya que el monoteísmo fue interrumpido por etapas de politeísmo. Así leemos en Oseas 1,9: «Vosotros no sois mi pueblo ni yo soy vuestro Dios» y sabemos que en varias ocasiones el pueblo judío se dio a la adoración de dioses falsos, ídolos y animales.
El tema central de los libros de la Biblia que forman el canon judío es siempre la alianza entre Dios y el pueblo hebreo. La primera mención aparece en el Génesis (15,18), cuando Dios prometió a Abraham y a sus descendientes la tierra de Canaán, a cambio de que ellos aceptasen y respetasen la Ley que se les daría más adelante en el monte Sinaí, según narra el Éxodo (34,27).
Uno de los cultos más recurrentes fue el del toro, el famoso becerro que tanto disgusto causó a Moisés, seguramente heredado del dios Apis egipcio, el que asume la forma de toro o de la diosa egipcia Hator, cuya representación es una vaca.
Pasado el tiempo, Jeremías (31,31) habló de la renovación de la alianza con Dios y de la vuelta al buen camino, cuando ya no sería necesario enseñar siquiera a los niños el nombre de Yahveh porque todos le conocerían. Una nueva alianza de la que quedó prendido el cristianismo.
Jeremías (44) da fe de cómo Dios se enojó por la abominación de adorar a otros dioses y de cómo su ira destruyó las ciudades de Judá, «hoy son una ruina donde no hay un solo habitante, por el mal que cometieron ofendiéndome». Y les amenaza con enfrentarse a ellos irremediablemente y con exterminar a todo Judá. Su pecado ha sido ofrecer incienso a los dioses de Egipto. Isaías (44) narra el pleito entre Yahveh y los ídolos y el restablecimiento del pueblo de Dios.
Cuando Nabucodonosor tomó Jerusalén y destruyó el Templo, los hombres santos judíos trataron de explicarse a qué se debía tanta desdicha como sufría su pueblo. Jeremías interpretó que todo el pueblo hebreo era culpable por su deslealtad para con su Dios, por haber llegado al materialismo religioso y al politeísmo.
Con el contacto con otros pueblos más civilizados, la religión judía se impregnó de moral. Ya en tiempos de Salomón se había abierto la puerta de Judea a las nociones morales de los egipcios, que entonces predicaban los moralistas Amenemope, Ani y PtaHotep, el visir sabio. Una moral que fue la más avanzada de su época y que describiremos en el capítulo III.
Los profetas judíos hicieron, sin duda, suya la moral egipcia, que aparece en los Proverbios y en los textos del Eclesiástico, escrito hacia 180 antes de nuestra Era, pero no aceptaron la idea del más allá, del viaje del alma por el mundo subterráneo, el juicio a que ha de enfrentarse todo ser humano y el premio o castigo que le sigue. Para ellos, los premios y los castigos estaban en este mundo. Dios castiga en los descendientes los pecados de los padres, como podemos leer en Éxodo (20,5) «soy un dios celoso que castiga en los hijos las faltas de los padres hasta la tercera y cuarta generación».
Cuando Ciro restauró la nación judía tras liberarla de los babilonios, se creó un estado teocrático gobernado por la casta sacerdotal, los levitas. El cargo de sumo sacerdote era hereditario y este gobernaba en nombre de Yahveh, el único dios. Aquí también pudo influir el concepto babilónico de que el rey ejecuta la voluntad del dios: «Lo que el dios ata, aquí se ata», frase que no puede por menos que remitirnos al Evangelio según San Mateo (16,19): »Lo que atares en la tierra, quedará atado en el cielo».
Los egipcios eran, como sabemos, politeístas, pero incluso en las características de sus dioses se aprecia la gran inteligencia y progreso del pueblo egipcio. Sus dioses, además de bondadosos y pacíficos, no eran omnipotentes ni podían, por tanto, modificar el curso de los acontecimientos cósmicos, no eran omniscientes y, además, aceptaban a los otros dioses y a los otros cultos.
Maat representaba la verdad, la justicia y el orden en el antiguo Egipto y todo estaba sometido a este principio. No era propiamente una diosa, aunque se representaba con figura femenina, sino un principio abstracto que todo lo gobernaba. El mismo faraón debía gobernar conforme a la verdad, al orden y a la justicia. De lo contrario, el castigo que le esperaba en la otra vida era realmente temible.
Entre las deidades egipcias, muchas de ellas representadas por animales, una había alcanzado un alto nivel de abstracción:
Maat era a la vez el orden, la verdad y la justicia, porque todo debía estructurarse conforme a Maat, es decir, conforme al orden, a la verdad y a la justicia. Se representaba con forma femenina, pero no era una diosa, sino un principio ético que afectaba a todo el mundo egipcio, empezando por el faraón.
Porque el faraón no era el personaje caprichoso y despótico que nos han presentando algunas historias bastante sesgadas, cuya finalidad era, sin duda, poner de relieve los méritos del héroe que vence a tan formidable enemigo. Según los Textos de las Pirámides, el propio faraón solamente se podía salvar si era justo, ya que los conceptos político y religioso del poder se habían fusionado en la justicia. Todo hombre, no solamente los reyes y los sacerdotes, podía alcanzar la vida eterna si sus actos merecían el cielo, donde la recompensa suprema era gozar de los atributos de la divinidad, pero este premio, es importante recordarlo, había que merecerlo comportándose en la vida conforme a los principios de Maat y esa condición incluía por igual a reyes, príncipes, sacerdotes y pueblo llano.
La forma de distinguir a quienes habían merecido la recompensa final era pesando su corazón en el juicio final que se celebraba tras la muerte. Para los egipcios, el corazón era la sede de los actos morales, donde radicaba la capacidad de ejercer el bien o el mal. El corazón humano era, pues, el correlato terrestre de la Maat celestial.
Los egipcios eran, como hemos dicho, politeístas, pero en tiempos de Amenofis III, algo cambió en su religión. Amón-Ra, que hasta entonces había sido el Sol, el astro solar, empezó a aparecer en los himnos como el misterioso, el único, el que no tiene nombre, no tiene forma aparente, el que es uno e invisible.
Todos los demás dioses no son más que distintos aspectos de Amón-Ra. De esto a la revolución religiosa que surgió en Amarna durante el reinado de Amenofis IV (1370-1352 antes de nuestra Era), hijo del anterior rey, no hay más que un pequeño impulso, el que propició el primer faraón monoteísta de la Historia.
La Estela de la Restauración de Tutankhamon describe con detalle cómo fue y cómo se desarrolló aquella revolución religiosa que se inició en la escuela sacerdotal del templo solar de On, en Heliópolis, donde parece que nació la idea de un dios único y excluyente, es decir, no solamente de un monoteísmo, sino de una intolerancia religiosa que llegó a extrañar profundamente a todos los que no la profesaron. Una revolución religiosa que no solo estableció la fe en un único dios, Atón, sino que prohibió tajantemente la adoración de otros dioses y se ocupó de destruir todas las representaciones físicas de dioses y diosas, porque Atón era incorpóreo, espíritu puro y no tenía representación física. El verdadero Dios no tiene forma.
Comoquiera que los sacerdotes de Amón se opusieran a la exclusividad de Atón, llevó Amenofis IV su fanatismo religioso hasta el punto de destruir todas las inscripciones que incluyeran el nombre de Amón y reemplazarlas por el de Atón. Para ello empezó por su propio nombre, Amenofis (o Amonhotep), transformándolo en Akhenatón. Y llegó en su celo a hacer revisar uno por uno los monumentos religiosos para cambiar la palabra «dioses» por la de «Dios».
Esta religión, auspiciada y fortalecida por el faraón Amenofis IV, duró oficialmente diecisiete años, es decir, los años que duró su reinado. Y decimos oficialmente porque parece que, aunque a la muerte del faraón se exterminó todo vestigio del culto a Atón, hay autores que afirman que la escuela sacerdotal de Heliópolis mantuvo la llama oculta del monoteísmo y es posible que aquella fuera la misma llama que prendió, tiempo después, en los hebreos emigrados a Egipto y en un griego ilustre que visitó aquella escuela y del que hablaremos en el capítulo III, Pitágoras de Samos.
Recordemos que el Antiguo Testamento menciona a Elohim, para referirse a Dios, cuando esa palabra significa dioses, en plural, y más adelante, cuando Abraham estableció su alianza con Dios, ya se le llama Yahveh. Hay, por cierto, otra palabra para denominar a Dios en la Biblia, que es Adonai. El Adonai hebreo es, según algunos lingüistas, pariente del Adonis sirio y del Atón egipcio.

UNA CONTRARRELIGIÓN REVOLUCIONARIA

Parece que con Moisés sucedió lo contrario que con Akhenatón. Después de la muerte de este faraón, se borraron sus inscripciones y se eliminó cualquier rastro de la religión monoteísta que implantó. Sin embargo, a pesar de haberle sometido, a él y a su obra, a una verdadera damnatio memoriae, en el siglo XIX se descubrió toda su historia. En el caso de Moisés parece que fue al contrario. Según Jan Assman, no existen pruebas de su existencia histórica y, sin embargo, su personalidad se ha venido desarrollando como la encarnación de la liberación y del monoteísmo [6] .
Akhenatón hizo precisamente todo lo que se dice que hizo Moisés, en lo que a implantación del monoteísmo se refiere.
Abolió el culto a los demás dioses y estableció un culto único a un dios exclusivo, un dios de luz, Atón. Su religión modificó culturalmente todo el sistema egipcio y fue, además, una revolución tan radical como violenta, porque destruyó todas las imágenes y borró los nombres de todos los demás dioses. La Estela de la Restauración de Tutankhamon describe los lugares santos convertidos en basureros y menciona la grave enfermedad que aquejó al país.
Igualmente, las tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí o, como se conocen entre los cristianos, los Mandamientos de la Ley de Dios (Éxodo 20 y Deuteronomio 5), empiezan por el abandono definitivo de todos los demás cultos: «No tendrás otros dioses delante de mí».
La de Akhenatón fue, por tanto, una verdadera revolución religiosa. Una religión que repudió todo lo anterior, tachándolo de inválido y abominable. Eso, exactamente, fue lo que hizo la ley de Moisés.
DAMNATIO MEMORIAE
Era una sentencia judicial que decretaba la condena del recuerdo de alguien que hubiera sido enemigo del Estado, borrando las inscripciones en las que apareciese su nombre, destruyendo sus estatuas y prohibiendo el uso de su nombre familiar, lo que hoy llamamos apellido. Esta sentencia condenatoria se aplicó a gobernantes que dejaron un recuerdo ignominioso, como Nerón, Máximo y Cómodo, puesto que el Senado decidió borrar sus nombres de los anales de la Historia. La misma sentencia se aplicó a la papisa Juana, si es que existió realmente. En cuanto a Akhenatón, los egipcios borraron su memoria por considerarle hereje.