Padres de conveniencia - Jennie Adams - E-Book
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Padres de conveniencia E-Book

JENNIE ADAMS

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Beschreibung

¿Se casaría con él por el bien de los niños? Max Saunders recibió la sorpresa de su vida al descubrir que tenía dos hijos gemelos cuya existencia desconocía... y a los que ahora tenía que cuidar. ¿Cómo iba a afrontar tan repentina paternidad? Buscando una niñera... A Phoebe Gilbert no le entusiasmaba la idea de vivir con Max, pero no podía negarse a ayudar a aquellos pequeños. No tardó en darse cuenta de que se estaba convirtiendo en una madre para los gemelos. Y Max parecía tener otro papel para ella... el de esposa de conveniencia.

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Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2005 Jennie Adams

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Padres de conveniencia, n.º1995 - mayo 2017

Título original: Parents of Convenience

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9673-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Hola. Aquí llega el equipo de rescate –anunció Phoebe Gilbert, observando a los dos pequeños ocupantes de la habitación.

Sintió una punzada sentimental en el corazón. Los hijos de Max Saunders eran unos gemelos preciosos, aunque uno de ellos estuviera gritando a pleno pulmón mientras se cubría los oídos con las manos, y el otro estuviera intentando volcar una butaca.

Parecía que Max necesitaba realmente que le echaran una mano. Estaba inclinado sobre el niño de las patadas, intentando alejarlo de la butaca, y no oyó el saludo de Phoebe, lo que no era extraño dado el nivel de ruido. Phoebe rodeó una caja de cereales aplastada y sin terminar y una maceta despojada y se adentró en la estancia.

Mientras examinaba el desorden familiar, la inundó una sensación hogareña, pero seguida inmediatamente por un punzante dolor en el plexo solar, pues la sensación era falsa. Nunca había pertenecido a ningún sitio en su vida, ni siquiera a Mountain Gem. Aunque siempre se repetía a sí misma que eso no le importaba y que había superado su ridículo deseo de tener una familia.

Phoebe tenía un lema. «No desees lo que puedes tener». ¿Y quién querría formar una familia con una mujer cuyos padres no la habían querido y que además era estéril?

Se encogió de hombros. Los días en el orfanato quedaban muy lejos. Lo único bueno que había hecho su padre había sido meterla en un internado a los once años.

Ahora se ocupaba de cuidar niños. Un interminable torrente de pequeñuelos con los que divertirse mientras se movía de trabajo en trabajo. Podía sobrevivir siempre que no se involucrara demasiado sentimentalmente. Aparte de eso, era autosuficiente y se sentía orgullosa por ello. No necesitaba más de lo que ya tenía.

Tal vez su regreso a Mountain Gem aquel día la había afectado porque aquella visita era muy distinta a las otras. En el pasado, se había sentido como una intrusa en casa de Max Saunders. La amiga chiflada de Katherine Saunders. Tolerada a regañadientes por el hermano mayor de ésta. Pero tampoco le había costado mantener la distancia emocional.

Sin embargo, aquel día estaba allí por petición expresa de Max. Para rescatarlo. Aquello inclinaba la balanza hacia el lado contrario. Por eso sus sentimientos habían aflorado a la superficie, después de haberlos enterrado en lo más profundo de su ser.

–Hola, Max –dijo en voz alta–. He llamado, pero nadie me ha oído, así que me he tomado la libertad de entrar.

Incluso visto de espaldas, Max tenía una presencia autoritaria. Alto, moreno, de hombros anchos, caderas esbeltas y piernas largas…

Phoebe se quedó repentinamente boquiabierta y parpadeó un par de veces. Aquél era Max, por amor de Dios. Su antagonista por excelencia. El hombre que la sacaba de sus casillas siempre que se encontraban. Entonces, ¿a qué venía esa reacción hormonal? ¡Nunca le había sucedido antes!

Decidió que ya era suficiente. Respiró hondo y se esforzó por hablar en voz alta y clara.

–Veo que los pequeños Saunders pueden armar más alboroto que todas las guarderías de Sydney juntas.

Los niños se detuvieron en el acto, y Max se dio la vuelta veloz como un rayo y le clavó la mirada de sus penetrantes ojos grises. A Phoebe le dio un vuelco el corazón.

Una ola de pánico la invadió. Aquello no podía ser atracción, se dijo. Su cuerpo tan sólo se estaba preparando para la batalla…

–Hola, Max. Apuesto a que te alegra verme aquí.

Max no parecía alegrarse en absoluto de verla.

–Phoebe –la saludó con voz profunda, completamente rígido.

¿Qué demonios le pasaba?, se preguntó ella. ¿Acaso no recordaba que aquello había sido idea suya? A ella jamás se le hubiera ocurrido dejarlo todo y presentarse en Sydney si él no hubiera dejado meridianamente claro que la necesitaba, aunque lo hubiera hecho a través de Katherine.

Supuso que no podía esperar que Max admitiera nunca que necesitaba ayuda. Después de todo, y por lo que ella sabía, era la primera vez que lo hacía.

Y, a juzgar por las apariencias, se trataba de ayudar a los niños, no a Max. Cuando Katherine telefoneó a Phoebe desde América, no sólo le dijo que Max no se las estaba arreglando muy bien. También insinuó que parecía dispuesto a librarse de ellos.

Y aquello sí que preocupaba a Phoebe.

Mientras tanto, Max la miraba con una expresión nada hospitalaria.

–Sí, la misma –dijo ella–. En carne y hueso –añadió alzando el mentón–. Dadas las circunstancias, esperaba recibir una cálida bienvenida.

Estaba allí para ocuparse de aquel caos. Tal vez hubiera sido una ilusa al creer que manifestaría su alivio al verla, pero al menos esperaba recibir una mínima cortesía.

–Me has pillado en mal momento –dijo Max, pasándose una mano por sus oscuros y alborotados cabellos.

A Phoebe siempre le había gustado su pelo, aunque eso no significaba nada. Tenía buen gusto por las cosas bonitas, nada más. No se le podía tener en cuenta que encontrara atractivo a Max.

–Supongo que hoy has tenido muchos momentos malos –tuvo que alzar la voz para hacerse oír por encima de la algarabía. Señaló la mancha verde de la camisa de Max y reprimió el impulso de sonreír–. ¿Un almuerzo difícil?

–Tengo un ligero problema con la comida, sí –respondió él entornando la mirada–. Si has venido a ver a Katherine, no has escogido el mejor momento. No está aquí.

–Ya lo sé –dijo ella con expresión pensativa. ¿Por qué fingía Max que no la esperaba?

–Como puedes ver, estoy muy ocupado. No tengo tiempo para recibir a nadie.

–¿Qué quieres decir? –preguntó ella frunciendo el ceño. Si estaba allí era por deseo de Katherine, o incluso de Max. Todos sabían que Katherine estaba bloqueada por la nieve en Montana y que no era nada probable que regresara pronto a Oz. Y aun así, Max se comportaba como si no hubiera sabido que Phoebe iba a ir. Un mal presentimiento la invadió–. ¿Katherine no te dijo que la niñera era yo?

La expresión de Max se ensombreció aún más.

–¿Katherine y tú habéis planeado que seas la niñera de mis hijos?

¡Maldito arrogante! Phoebe parpadeó varias veces mientras la furia crecía en su interior.

–Únicamente he respondido a una petición de ayuda –respondió muy lentamente–. Es algo muy distinto, Max.

¿Cómo se le ocurría insinuar que aquello era una estratagema? Si por ella fuese, lo dejaría en paz con su orgullo y sus problemas. Pero sus hijos merecían algo mejor que eso… Merecían una atención especial, y ésa era la especialidad de Phoebe.

Cualquier tonto podría ver que estaban nerviosos y asustados. Ella podía arreglarlo, por muy estrecho de miras que fuera el padre. Y aunque el padre fuera Max Saunders.

–Fuiste tú quien suplicó la ayuda –añadió.

–En primer lugar, yo nunca suplico nada –espetó él–. Y nunca se me ocurriría suplicarte ayuda a ti.

Ella ya se esperaba una respuesta así. Se llenó los pulmones de aire y se preparó para contraatacar.

–No fue ésa la impresión que me dio Katherine. Me dijo que…

–Me da igual lo que dijera –la cortó él, irritado–. Voy a matarla.

–Lo que tú digas –repuso ella. Phoebe ya no tenía trece años, ni quince ni dieciocho, y sí, durante toda su adolescencia había discutido con Max por todo. Sobre política, economía, el tinte del pelo y sobre cualquier otra cosa.

Max era trece años mayor que ella. Durante un tiempo, eso le había dado ventaja, pero ella había aprendido finalmente a mantenerse firme y no amedrentarse. Ahora era una mujer adulta de veintidós años. Una niñera profesional que no iba a dejarse intimidar.

Además, le encantaba aquella granja que había pertenecido a la familia Saunders durante generaciones, y que estaba rodeada de hermosas montañas y rebaños de ovejas.

Pero se negaba a reconocer, incluso a sí misma, que necesitaba visitar aquel lugar de vez en cuando y empaparse de una falsa sensación de pertenencia.

–¿Cómo va el negocio de las piedras preciosas? –preguntó en tono mordaz–. ¿Has ganado muchos millones últimamente?

Max había cerrado un trato recientemente con la Danvers Corporation para vender por toda Australia las joyas exclusivas de los Saunders. Phoebe lo sabía porque Katherine le había dicho lo contento que estaba Max con la operación.

Katherine también le había dicho que Max había salido con la hija de Danvers, Felicity, un par de veces en los últimos meses, y Phoebe se preguntaba si Max mezclaría a menudo el placer con los negocios. Aunque, ¿por qué debía importarle a ella cuántas mujeres hubieran pasado por la vida de Max?

–Prepararé una videoconferencia con mi equipo y ellos te darán un informe –respondió él, en un tono igualmente mordaz–. Es lo más cerca que puedo estar del negocio, ya que tengo que trabajar desde casa. ¿Qué sucursales te interesan más? ¿En Grecia? ¿Francia?

Hablaba como si cuidar de sus hijos de cuatro años fuera una auténtica faena… algo que hubiera aceptado hacer en contra de su voluntad.

Y si ése era el caso, entonces era de vital importancia que hubiera alguien allí para poner a los críos en su sitio.

–La verdad, Max, es que tu negocio no me interesa lo más mínimo.

–¿Intentas provocarme, Phoebe? –preguntó él con una sonrisa irónica–. Porque si es así, tendrás que hacerlo mejor.

–No era mi intención ofenderte –le aseguró ella, mirándolo fijamente–. Sólo estaba expresando mi opinión.

–En tu caso, siempre ha sido una costumbre peligrosa.

A Phoebe no la afectó el comentario. Por un lado, estaba acostumbrada a las pullas de Max; y por otro, era obvio que él estaba evitando la cuestión principal.

–En la vida hay otros compromisos más importantes que ganar dinero –dijo ella con una mueca–. Realmente parece que necesitas ayuda –añadió, mirando a los niños. De ningún modo iba a dejarlos a cargo de Max–. Y bastante, diría yo. No importa lo que Katherine nos haga creer a los dos. Y creo que nos ha engañado a ambos, no sólo a ti.

Movió la mano hacia él, decidida a tomar las riendas de la conversación. No iba a permitir que siguiera criticándola sin sentido. Ella ya sabía que era distinta, la clase de mujer que rompía los moldes y que asustaba a la mayoría de las personas.

–Parece que llevas varios días sin dormir… Tienes el pelo alborotado, una barba incipiente y la ropa manchada de comida.

Aun así, seguía siendo guapísimo. Entonces, ¿por qué necesitaba criticarlo sin piedad? Aquella mezcla de emociones hacia Max bastaba para volverla loca. Al menos, no era él la razón por la que ella se sintiera en casa en aquel lugar.

El emplazamiento de Mountain Gem, rodeado de gomeros y matorrales, y aquella sensación de estabilidad que se respiraba en el interior de la vieja granja, eso era lo que la atraía irresistiblemente… y lo que podría atraparla, si no se andaba con cuidado.

–Ni siquiera yo llegué a tener un aspecto tan lamentable cuando cuidaba de mis niños. Lo quieras admitir o no, ahora mismo me necesitas.

Oh, qué bien se sintió al decirlo. Y qué difícil le resultaría a Max corroborarlo.

–Lo que yo necesito es una niñera madura y competente –masculló él entre dientes–. Alguien que pueda ayudarme a que mis hijos se acostumbren a vivir aquí. Tienen que adaptarse a este lugar, y pronto.

–Eso no podrás conseguirlo tú solo, y lo sabes –respondió ella–. Y para tu información, soy una niñera competente. Deberías ver mis referencias. He trabajado en muchas guarderías, y en todas ellas…

–Reconozco haber perdido a tres niñeras seguidas –la interrumpió él como si no la escuchara–. Los niños son difíciles, y ninguna de ellas tenía mucha experiencia. Sinceramente, no creo que durases más que las otras.

–¿Entonces quieres que me vaya?

En vez de responder enseguida, Max se miró la camisa manchada con una mueca de disgusto, se la quitó y se la enrolló en un puño. Entonces volvió a mirarla a los ojos, con una mirada fría e inflexible.

–Me alegro de que lo entiendas. Y ahora que lo hemos dejado claro, te acompañaré a la puerta.

Dio un paso adelante, con la intención de sacarla de allí lo más rápido posible. Su descaro dejó a Phoebe sin habla, así como la vista de su piel desnuda.

–No vas a echarme de aquí –declaró con la toda la firmeza que pudo–. No pienso irme.

Le puso una mano en el pecho con la intención de detener su avance. La carne dura y masculina se encontró con la punta de sus dedos y con la palma de la mano.

Craso error. Retiró la mano rápidamente, desconcertada y horrorizada porque su cuerpo considerara a aquel hombre como digno de su interés femenino.

No tenía sentido negarlo. Se sentía atraída por Max. La prueba estaba en el cosquilleo de sus dedos. Estaba en territorio desconocido y no tenía ni idea de cómo actuar.

Decidió ignorar la sensación con la esperanza de que se esfumara. Debía de tratarse de alguna anomalía hormonal. Si no le prestaba atención, seguro que acabaría desapareciendo para siempre.

–Voy a quedarme, Max, y voy a ayudarte con tus hijos –dijo. Si se concentraba en el propósito de su visita, todo iría bien. Irguió los hombros y lo rodeó–. He trabajado en Sydney Platypus Daycare –hasta que la echaron por no callarse nunca su opinión–. Créeme, dos niños chillones de cuatro años no me asustan en absoluto, ni tampoco su padre. Querías una niñera veterana, y eso es lo que tienes.

–Lo que tengo son más problemas de los que necesito –murmuró Max.

–No me digas que el famoso Maximilian no puede tratar con dos niños pequeños y una niñera…

Max apretó los labios con fuerza, y Phoebe pensó que se lo tenía merecido. Al fin y al cabo, él se lo había buscado.

Además, a ella no le estaba resultando fácil encontrar un nuevo trabajo. Cuando Katherine le dijo que Max necesitaba ayuda, estaba sin blanca, y había dejado su minúscula habitación alquilada de Sydney para ir allí. No era el mejor momento para intentar buscar en otra parte.

–Me muero de hambre –dijo, alzando deliberadamente la voz, pero sin mirar a los niños–. ¿Te importa si voy a la cocina y me preparo un sándwich enorme con algo que chorree por los costados y se derrame al suelo, Max?

La pregunta causó un desconcierto absoluto en Max y un repentino interés en los dos niños. Phoebe se dirigió rápidamente hacia la cocina y abrió la puerta de la nevera.

Por dentro se quedó horrorizada al ver la cocina larga y rectangular. Max se enorgullecía de mantenerla inmaculada, pero en aquel momento podía rivalizar con un vertedero desde el suelo al techo.

Se esforzó por rebuscar en el contenido de la nevera cualquier cosa comestible y dejarlo todo en la encimera, después de haber retirado los platos sucios. Mientras, se deshacía en alabanzas sobre el sándwich tan apetitoso que iba a zamparse.

–Puede que incluso eructe como un cerdo –añadió, meneando maliciosamente las cejas.

Los hijos de Max entraron en la cocina sin hacer ruido, hombro con hombro, mirando con ojos muy abiertos el gigantesco sándwich que Phoebe preparaba con hábiles manos.

Esperaba que Max tuviera más suministros en los armarios de los que había en la nevera, pero de momento se concentró en su sándwich y en alimentar a los dos pequeños, para que éstos cedieran finalmente al cansancio y cayeran dormidos.

Los dos estaban muy pálidos y con expresión de agotamiento en los ojos color avellana heredados de su difunta madre. Pobrecitos.

–Mmm… Hacía años que no me tomaba un sándwich gigante –lo cortó en cuatro enormes trozos y aplastó uno de ellos para metérselo en la boca. No estaba del todo mal, teniendo en cuenta la pobreza de sus ingredientes, pero Phoebe fingió que estaba delicioso–. Sólo necesita un poco de leche.

Sólo había media botella en la nevera. Phoebe se sirvió una taza de plástico, que estaba milagrosamente limpia e intacta en el armario, y se la bebió de un trago.

–Magnífico. Mi estómago empieza a sentirse mejor –dijo, frotándoselo–. Pero vosotros no podéis comeros un sándwich gigante como éste. Sólo la gente valiente puede hacerlo, y la que lo acompaña de leche como manda la tradición.

Miró a Max y casi soltó una carcajada al ver la indignación reflejada en su rostro. ¿Acaso no se imaginaba lo que ella estaba haciendo?

Debía de estar tan desconcertado que se había quedado sin habla.

–Gracias por la comida, Max. Espero que no te haya importado que me haya servido yo misma –le dijo, sonriéndole bajo un bigote de leche.

En silencio le pidió que no explotara. Los niños estaban a punto de capitular. Podía percibirlo. Pero si Max seguía en sus trece, sólo Dios sabía lo que podría ocurrir.

También deseó que se pusiera una camisa. ¿Cómo podía estar tan cómodo desnudo de cintura para arriba delante de otras personas?

Se metió otro pedazo de sándwich en la boca y puso otra mueca de deleite mientras bebía más leche, ante la atenta mirada de los niños.

En cualquier momento, bajarían la guardia y entonces ella podría atenderlos.

Y en cualquier momento, ella superaría el deseo de pasar las manos por el pecho desnudo de Max. El hambre era fácil de tratar. Pero ese otro tipo de deseo era mucho más problemático.

Capítulo 2

 

Crees que podríamos tener en cuenta a mis hijos en algún momento? –preguntó Max, mirando furioso a la intrusa que había en su cocina y al mismo tiempo maravillándose de que pudiera desearla tanto. Su deseo de estrangularla era tan fuerte como había sido antes su deseo de besarla. Lo primero era normal, pero lo segundo no.

Se trataba de Phoebe, por amor de Dios. La mejor amiga de su indómita hermana. Normalmente, sólo de verla le rechinaban los dientes, como en aquel instante.

Una melena salvaje y de aspecto áspero, con tonalidades que iban desde el rubio hasta el castaño oscuro, le coronaba la cabeza como una rebelde pelambrera. En el centro de aquel desaguisado de peluquería, descansaba una franja rosada con un par de ojos negros, que parecían transformarse en dos pares cada vez que Phoebe se movía.

Tenía un rostro élfico, con una barbilla puntiaguda que siempre parecía estar desafiándolo y unas mejillas magras que en aquel momento estaban dilatadas por el sándwich.

–Los estamos teniendo en cuenta –respondió ella con la boca llena.

–Según como lo veo yo, no –replicó él, fijándose en su extravagante vestuario. Sus pantalones de peto eran de un rosa tan brillante que hacía daño mirarlos, y la camiseta verde que llevaba debajo desentonaba de forma aberrante. ¿Cómo podía una mujer así ayudar a sus hijos?

Jake y Josh seguían observándola, hambrientos, mientras ella comía tranquilamente como si se sintiera en su propia casa.

–Cálmate, Max –dijo ella, disponiéndose a tomar otro enorme bocado.

¿Y decía que estaba allí para ayudar? ¿Qué clase de broma pesada era ésa?

–Necesito una niñera competente las veinticuatro horas del día –la informó, en un tono que podría haber hecho aparecer carámbanos en pleno desierto–. No una criatura fantasmagórica sin nada más que compartir que un sándwich gigante que seguramente les provoque una indigestión a mis hijos.

Y una indigestión era lo último que él necesitaba. No estaba hecho para ser padre. Sólo había que mirar el fracaso que había cosechado al intentar educar a Katherine tras la muerte de sus padres. Tras unas pocas semanas intentando involucrarse en la vida de su hermana de doce años, ésta le había suplicado que volviera a trabajar. Y con Jake y Josh no le había ido mucho mejor.

Podía ser genial haciendo dinero, pero era un completo fracaso en lo referente a la familia. Cuanto antes dejara a sus hijos en buenas manos y volviera a su vida normal, mejor sería para todos.

Lo primero que tenía que hacer era librarse de aquella máquina comedora llamada Phoebe. Una punzada de culpa lo traspasó momentáneamente. Tal vez estuviese comiendo porque tenía hambre. Ciertamente, estaba más delgada que la última vez que la vio, seis meses atrás. ¿Acaso no andaba bien de dinero?

La simple idea lo puso otra vez furioso. ¿Para eso se había asegurado él en el pasado de que no tuviera problemas económicos? ¿Para que ahora ella le arrojara sus esfuerzos a la cara de modo tan vehemente?

Era la amiga de Katherine, y él tenía dinero de sobra. Pero Phoebe siempre sería Phoebe: cabezota, arisca y reacia a escuchar hasta la idea más sensata… como la de aceptar un préstamo permanente de Max para pagarse una casa y una preparación. En vez de eso, había estado pasando de un trabajo a otro, a cada cual peor pagado, según fuera su estado de ánimo.

–¿En qué estaba pensando Katherine para animarte a venir?

¿Y por qué estaba él permitiendo que siguiera esa farsa?, se preguntó a sí mismo.

–Estaba pensando con la cabeza, algo de lo que tú pareces incapaz en estos momentos –dijo ella, lamiéndose la leche de los labios.

A Max se le hizo un nudo en el estómago. Enseguida reconoció la sensación. Simplemente, no entendía por qué le estaba ocurriendo a él. Era Phoebe. Su cruz particular. No la encontraba deseable. Simplemente, no podía hacerlo.

Mentira, mentira, mentira, le repetía su libido.

–Yo como sándwiches enormes.

–Yo también.

Jake y Josh avanzaron hacia Phoebe, con los puños en las caderas y expresión desafiante.

Desde que llegaron una semana antes, no habían parado de dar guerra, llorar desconsoladamente, tener berrinches y destrozar la casa. Max se preguntó cómo sería la siguiente explosión y cuántos segundos de paz quedarían hasta entonces.

Phoebe había conseguido que sus hijos hablaran, pero sus métodos no eran nada ortodoxos e irremediablemente conducirían a más problemas. Lo mejor sería echarla sin perder más tiempo.

La fulminó con la mirada e hizo un gesto hacia el salón.

–Si has acabado de destrozar mi cocina, tenemos que hablar.

–Ahora no –respondió ella con una sonrisa tranquila, pero echando fuego por sus ojos azules–. No se puede dejar un sándwich tan grande como éste sin vigilancia. Podría saltar del plato y echar a correr.

–¿Quieres dejar de hacer el ridículo? –le espetó él, cansado de tantas tonterías.

Pero a los niños pareció gustarles la idea de un sándwich saltarín. Empezaron con una risita tonta, y a los pocos segundos estaban riéndose a carcajadas.

Max sintió un tirón en la garganta. ¿Cómo iba a hacerlo? Sus hijos dependían por completo de él. ¿Cómo podría educarlos o, más bien, encontrar a alguien que los educara? ¿Alguien que compensara su torpeza como padre y que les permitiera encontrar las alegrías de la vida?

–Yo me lo comeré –dijo Jake.

–Y yo –añadió Josh.

–Nos comeremos el sándwich gigante.

–Y nos beberemos la leche.

Phoebe titubeó unos instantes, pero les ofreció compartirlo con un brillo en la mirada que revelaba una profunda satisfacción.

Momentos después, los niños habían comido y bebido y Phoebe estaba metiendo los platos sucios en el lavavajillas, mientras Max la contemplaba estupefacto.

Phoebe sólo llevaba allí unos minutos y había conseguido que los niños comieran literalmente de su mano. Y no sólo eso; nada más comer, los pequeños empezaban a dar muestras de cansancio, lo que Phoebe aprovechó enseguida.

–Trae unos pijamas limpios, Max –le ordenó. Se puso a un niño en cada cadera, como si fuera parte de su rutina diaria, y se los llevó.