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Había oscuros secretos que nunca debían contarse... Leo Aleksandrov estaba acostumbrado a que lo obedecieran, una de las ventajas de su frialdad y falta de escrúpulos. ¿Darle explicaciones a una inocente y atractiva propietaria de una escuela infantil acerca de por qué no conocía a su hijo? No era su modo de actuar. Contratar a Lexi Somers como niñera temporal llevó a ese magnate despiadado al límite. Su cálido candor nunca podría suavizar los pecados del pasado de Leo, pero si era inevitable caer en la tentación, lo único que él se permitiría sentir entre sus brazos sería un inmenso placer...
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editados por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2012 Michelle Conder. Todos los derechos reservados.
PECADOS DEL PASADO, N.º 2208 - Enero 2013
Título original: His Last Chance at Redemption
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2013
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2597-0
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Podría un hombre morir de aburrimiento?
Leonid Aleksandrov miró su plato de comida e intentó ignorar a la actriz de cabello rubio que hablaba sin parar desde el otro lado de la mesa.
En realidad, le parecía más un parloteo nervioso porque admitía que él estaba muy tenso. Y como diría Danny Butler, su asistente, estaba a punto de perder la paciencia.
¿Pero cómo podía estar de otra manera? La tragedia que había sucedido esa semana sería noticia en todo el mundo y los periodistas iban tras él una vez más. Preguntándose quién era él y husmeando en su pasado. Tratando de relacionarlo con la mafia, para considerarlo un héroe momentos después. Pero los héroes de verdad no se arrepentían de algunas cosas de su vida, ¿no?
Y no era posible que alguien descubriera algo sobre él. Diecisiete años antes, Leo se había creado una nueva identidad y gracias a que Rusia era un país de espejismos había conseguido ocultar la tragedia de su verdadera infancia e inventarse una nueva.
Una mucho más agradable.
Hasta el momento, nadie se había enterado. En la prensa se insinuaba que era un hombre peligroso y, curiosamente, no sabían la realidad.
Pero ¿qué diablos le había pasado para que nada más llegar a Londres, invitara a comer a la última chica con la que había estado en esa ciudad? Y el día de su cumpleaños.
Ah, sí, el sexo. Un momento de relajación.
Sin duda, Danny había pensado que quedar únicamente para mantener una relación sexual en una habitación de hotel resultaría un poco frío para la actriz, y más en su día especial. Por eso, lo había organizado todo para que él la invitara a comer.
Lo que Leo pretendía era acostarse con ella y regresar al trabajo y no aguantar una comida de tres platos. Además, después de cuarenta minutos de conversación sobre rodajes y peinados de moda, su libido había tocado fondo.
–Leo, te prometo que tengo la sensación de que no has escuchado ni una palabra de las que he dicho.
Leo empujó su plato a un lado y dejó la servilleta sobre la mesa.
–Tiffany, ha sido estupendo, pero tengo que marcharme. Termina tú. Tómate el postre si quieres –retiró la silla hacia atrás.
–Así, ¿sin más? –preguntó ella–. Y pensar que la gente dice que eres dinámico. Fascinante. Excitante.
Leo entornó los ojos.
–Estamos en el sitio equivocado para demostrarte lo excitante que soy. Además, ya no me queda tiempo.
–También dicen que no tienes corazón –dijo ella sin una pizca de amargura en la voz.
Leo entornó los ojos al ver que ella ladeaba la cabeza y lo miraba como si estuviera retándolo.
Eso era. Él era un reto para ella. Leo podía entenderlo, aunque era un hombre al que no le gustaban los retos. Había aprendido que aceptar un reto solía llevar a la equivocación, al dolor. Leo no quería esto. Si deseaba algo, lo conseguía. Sin retos de por medio.
Y Tiffany Tait se había excedido con ese comentario. Mujeres más inteligentes que ella habían intentado pescarlo sin éxito. Estaba considerado como un auténtico fóbico al compromiso y había tardado años en labrarse esa reputación.
–Tienen razón. No tengo corazón, y ninguna mujer hará que eso cambie. Será mejor que lo recuerdes la próxima vez que te dé por jugar.
Se marchó sin decir nada más. Dejándola con la pulsera de Cartier que Danny le había conseguido como regalo de cumpleaños en el último momento. Sin duda, Leo oiría rumores acerca de su comportamiento poco educado. No le importaba. Su intención era pasar el rato para intentar no pensar en lo cinco hombres que habían quedado enterrados vivos en una de las obras que él dirigía, ni en la agonía que había sufrido durante toda la semana al tener que levantar montañas de cemento y acero junto a los equipos de rescate para tratar de rescatarlos.
A dos de ellos habían conseguido sacarlos a tiempo, pero los otros tres habían fallecido. Igual que falleció su tío diecisiete años antes.
Leo apretó los dientes mientras se abría camino entre la gente que lo miraba de reojo.
Normalmente le encantaba su vida. Estaba considerado el hombre más rico de Rusia, tenía una gran lista de mujeres dispuestas a calentarle la cama y un negocio que adoraba. Pero ese día casi preferiría recibir una paliza de las de su padre antes que regresar al trabajo.
Y no debería haber sido maleducado con Tiffany Tait. No era culpa suya que lo hubiera aburrido. Él elegía ese tipo de mujeres por dos motivos: la gratificación física y la falta de conexión emocional.
Treinta minutos más tarde Leo entró en el recibidor de su oficina y le pidió a su nueva secretaria que localizara a Danny inmediatamente.
Ella se aclaró la garganta con nerviosismo.
–Lo está esperando, señor Aleksandrov.
–Leo –le corrigió. Empujó la puerta del despacho y entró–. Si cuando te digo que quiero acostarme con alguien vuelves a mandarme a un restaurante en lugar de a una suite privada, te despediré.
–Es su cumpleaños –contestó Danny.
–Como si es su último día en la Tierra. Nos lo habríamos pasado mejor en la cama. Mándale otro regalo, ¿quieres? –agarró un informe de la bolsa que había sobre la mesa y frunció el ceño.
–¿Has sido maleducado con ella?
Leo no levantó la vista.
–Es posible.
Oyó que Danny suspiraba.
–De todos modos iba a llamarte para que vinieras. Tienes que solucionar problemas más importantes.
Leo se quedó de piedra al oír el tono de su asistente. Danny le entregó una hoja de papel y cuando Leo leyó el mensaje se puso de peor humor.
–¿No será verdad?
–Parece que sí. No he podido localizarla por teléfono.
–¿Has pedido al equipo de seguridad que la localice?
–Están en ello, pero no han tenido suerte de momento. Dice que se va a España.
–Sé leer.
Se hizo un silencio y Leo releyó la nota para asegurarse de que no estaba equivocado.
Después se acomodó en el asiento y se frotó la nuca. Arrugó el papel y lo tiró al otro lado de la habitación.
–¿Cuántas horas tenemos?
–Dos. La guardería cierra a las cinco.
Leo se puso en pie y blasfemó en voz baja.
–Solo será el fin de semana. Volverá el lunes –añadió Danny, resaltando lo único positivo que había en el mensaje.
Leo miró por la ventana de su despacho. Cuatro años antes había conocido a una modelo en el aeropuerto de Bruselas. Hacía mal tiempo y todos los vuelos habían sido cancelados. En aquel momento, Leo no se lo pensó dos veces. Una mujer bella y dispuesta, y una noche larga. Tenía sentido.
Resultó que ella deseaba quedarse embarazada de un desconocido adinerado. La mujer en cuestión estaba a la caza de un marido rico y había utilizado un preservativo agujereado a propósito. Tres meses más tarde se presentó ante Leo y le dio la noticia.
Ella esperaba que Leo le regalara un anillo. Sin embargo, después de que se confirmara la paternidad, lo que consiguió fue una casa y una pensión mensual.
Leo no estaba hecho para ser padre. El hecho de que la modelo Amanda Weston, lo hubiera engañado lo había vuelto loco y, cuando por fin había recuperado la cordura, había hecho lo correcto. Le había dado el dinero necesario y le había hecho prometer que mantendría al niño lo más lejos posible de él. Quizá había engendrado una nueva vida sin darse cuenta, pero no estaba dispuesto a formar parte de la vida del pequeño.
Los recuerdos de su infancia invadieron su cabeza. Su madre. Su padre. Su hermano. Tratando de ignorarlos, Leo se centró en la única cosa en la que podía confiar. El trabajo.
Se volvió hacia Danny.
–¿Qué sucede con la planta de etanol de Thessaly?
–Todavía no me lo has dicho. ¿Vas a ir a París con Simon este fin de semana o no?
Lexi miró a Aimee Madigan, su socia y mejor amiga.
Estaban en la escuela infantil Little Angels, el centro que habían abierto hacía dos años, y Aimee estaba mirando de reojo a un grupo de niños que estaba jugando.
–Y, por favor, no me digas que tienes que trabajar –añadió su amiga.
Lexi puso una mueca. Se suponía que iba a pasar el fin de semana en París con un chico con el que había quedado algunas veces durante dos meses. Sin duda, Simon esperaba que su relación avanzara hasta la siguiente etapa y mantuvieran relaciones sexuales, pero Lexi no estaba segura de que eso fuera buena idea.
Una vez se había dejado seducir por un hombre y la experiencia había resultado un poco amarga.
–Sabes que el proyecto del segundo centro está en un momento crucial. Si no consigo que aprueben el préstamo la próxima semana no conseguiremos ninguno.
–¿Esta mañana no te ha ido bien con Darth Vader?
Lexi sonrió al oír el apodo que le habían asignado al director del banco y trató de no sentirse desanimada.
–Todavía tiene dudas acerca del plan de negocio y de los costes de la reforma.
–Ojalá pudiera ayudarte.
Lexi negó con la cabeza.
–Esta es mi tarea y tú ya haces bastante. Encontraré una solución.
Aimee la miró y dijo:
–Lex, sigues utilizando el trabajo como una excusa para evitar mantener una relación seria con un hombre –la regañó Aimee.
–A lo mejor es que todavía no he encontrado al hombre de mi vida.
–Y no lo harás, si sigues pasando tantas horas aquí.
–Estoy contenta.
–No todos los hombres son tan inmaduros como Brandon, Lex, y ya han pasado cuatro años.
Lexi puso una mueca. Sabía que su amiga se preocupaba por ella de verdad. También sabía que Aimee tenía razón, pero la traición de Brandon se parecía demasiado a la de su padre y Lexi no estaba segura de querer arriesgar su corazón otra vez.
–Lo sé –dijo con un suspiro. La idea de tener una relación hacía que afloraran todas sus inseguridades y, aunque no estaba dispuesta a admitirlo ante nadie, la verdad era que no se sentía demasiado atraída por el sexo. Y ese era el motivo por el que no quería ir a París. Eso, y el hecho de que no quisiera acostarse con Simon. A veces se sentía como si fuera un fallo personal.
Y quizá lo era... ¿no era eso lo que Brandon había insinuado?
Se fijó en que Ty Weston estaba jugando solo en la mesa de carpintero y se le encogió el corazón.
Ty y ella habían conectado desde el momento en que el pequeño entró en la guardería con un año.
–Ya sabes que podríamos desechar la idea de abrir otra escuela infantil –comentó Aimee mientras agarraba otro ovillo de lana.
–¿Qué? –preguntó Lexi asombrada. Era un viejo sueño y la zona de Londres donde pensaban abrir el centro necesitaba urgentemente una escuela infantil decente–. No puedo creer que digas eso después de todo lo que hemos invertido. Y no tengo intención de abandonar solo porque mi vida amorosa esté sufriendo y hayamos tenido algunos contratiempos.
–Lex, no tienes vida amorosa y estamos pagando un alquiler por un edificio vacío que ni siquiera está terminado. Quizá tengas que abandonar tu intención de que nos convirtamos en las salvadoras de las escuelas infantiles.
Afortunadamente para Aimee, Lexi no tuvo tiempo de contestar porque una de sus compañeras de trabajo las interrumpió.
–Perdona, Lexi.
Lexi se volvió cuando Tina entró en la sala principal.
–¿Qué ocurre, Tina?
Tina sonrió.
–Hay un hombre muy atractivo que ha venido a buscar a Ty Weston, pero no sé quién es.
«¿Un chico muy atractivo? Será un modelo», pensó Lexi.
–Se supone que esta noche venía a recogerlo su madre –contestó. Tampoco se habría extrañado de que Amanda Weston se hubiera olvidado. La mujer no parecía preocuparse demasiado por su hijo y desde que su madre, la abuela de Ty y su cuidadora principal, había fallecido dos semanas atrás, Amanda se había vuelto incluso peor–. ¿Cómo se llama?
–No lo ha dicho –Tina arqueó las cejas–. Pero creo que puede ser un actor de cine.
Lexi se rio.
–Me aseguraré de pedirle un autógrafo para ti.
–Olvídate del autógrafo. Únicamente déjale claro que estoy soltera.
–¿Y cómo sabes que él lo está?
Tina levantó la mano izquierda.
–No lleva anillo.
–Quizá debería ir yo –interrumpió Aimee–. Esto parece algo serio.
Lexi se pasó las manos por la falda.
–Sí, ¡estoy segura de que a Todd le encantaría! Échale un ojo a Ty, ¿quieres? Últimamente lo veo un poco sensible.
Se dirigió a la otra sala y se fijó en la silueta del hombre alto y de anchas espaldas que se vislumbraba a través de la ventana de su despacho. Una extraña sensación de apoderó de ella. Enderezó la espalda y abrió la puerta del despacho, parándose en seco al ver que el hombre más atractivo que había visto en su vida se volvía para mirarla.
¿Atractivo? Era impresionante. Alto, musculoso y con mentón prominente. Tenía los ojos azules y el cabello corto y rubio. Iba vestido con un traje gris y una camisa negra, y mostraba tanta confianza en su virilidad como para hacer sonrojar a una cortesana.
Él la miró y ella se quedó sin respiración. Su mirada era la de un depredador acorralando a su presa.
Lexi sonrió con profesionalidad e ignoró el nudo que sentía en el estómago.
–Buenas tardes. Me llamo Lexi Somers. ¿Puedo ayudarlo?
Sus peligrosos ojos azules la miraron de arriba abajo y una extraña sensación se instaló en su entrepierna.
–He venido a recoger a Ty Weston –su voz era profunda y con acento. ¿Ruso? Al menos, de algún sitio de Europa del Este. Eso podría explicar sus pómulos y su mentón prominentes. Lexi cometió el error de mirarlo de nuevo a los ojos y se sorprendió, no solo por la manera en que reaccionó su cuerpo sino también porque su rostro le resultaba familiar.
Lo había visto en otra ocasión.
No. Ella negó con la cabeza y se dirigió hasta el otro lado del escritorio. Si lo hubiera visto antes lo recordaría. Y también el agradable aroma que desprendía su cuerpo. Sin duda
–¿Y quién es usted? –preguntó ella en tono cortés.
–He venido a recoger a Ty Weston –la miró fijamente.
–Sí. Eso ya me lo ha dicho. Pero necesito un poco más de información antes de poder dejar al pequeño a su cuidado –contestó ella.
Él se cruzó de brazos y pareció que la habitación se hacía más pequeña.
–¿Qué tipo de información?
–Su nombre, por ejemplo –dijo ella, y se sentó–. Por favor, siéntese.
Él no contestó y tampoco aceptó su sugerencia. Miró a su alrededor como si fuera un agente de un servicio secreto y ella se estremeció. ¿Debía llamar a la policía? ¿Llevaría una pistola guardada debajo del traje?
–He de reconocer que me está poniendo un poco nerviosa.
Él la miró y dijo:
–Soy Leo Aleksandrov –su tono indicaba que ella debería reconocer su nombre, pero no fue así.
–Veo que su nombre debería significar algo para mí, pero siento decirle que no es así.
Él se encogió de hombros.
–Eso no tiene importancia para mí. Ahora, por favor, tengo poco tiempo –inclinó la cabeza como un gesto de superioridad.
–¿Cuál es su relación con Ty Weston?
–No es asunto suyo –dijo él.
–De hecho, sí lo es. Sobre todo si de verdad quiere llevarlo con usted.
–¿No le he dicho que tengo poco tiempo?
Lexi arqueó las cejas al oír su tono condescendiente. ¿Quién se creía que era?
–¿Y yo no le he dicho que necesito más información acerca de usted? No permitimos que los niños del centro se vayan con cualquiera que entre de la calle. Hay un protocolo y autorizaciones para firmar.
–Me gustaría hablar con la directora –dijo él, después de mirarla de arriba abajo.
Ella sonrió.
–La directora soy yo.
Él la miró y Lexi no pudo apartar la vista de sus ojos azules.
–Le pido disculpas –dijo él, con cierto tono de mofa–. Parece que estamos en desacuerdo, señora Somers...
–Señorita.
–Señorita Somers –repitió él–. Y aunque agradezco su interés por el bienestar de Ty Weston, la madre del niño me ha dado permiso para recogerlo esta noche ya que, al parecer, está fuera de la ciudad.
Lexi frunció el ceño al oír las palabras «al parecer».
–Lo siento, pero ella no ha informado al centro de ese cambio. ¿Tiene alguna prueba de ese permiso?
Él esbozó una sonrisa.
–Lamentablemente, la dejé en mi despacho.
Lexi asintió, dudando de lo que él decía.
–Lamentablemente, tendrá que regresar cuando la tenga –se puso en pie–. Ahora, si me disculpa...
–¿Me está echando?
–Sí, me temo que sí.
Él apoyó las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia ella.
–Escuche, señorita Somers, ya no aguanto más su cabezonería.
–¿Mi cabezonería? –Lexi se apoyó en el respaldo de la silla e intentó mantenerle la mirada. No le resultó fácil. El brillo de sus ojos podía cortar el acero–. Tiene gracia.
«Quizá debería llamar a la policía».
Él debió percibir su nerviosismo porque la miró entornando los ojos.
–Le aseguro que está todo en regla.
–Entonces, no le importará si llamo a Amanda.
Él se enderezó y estiró de los puños de su camisa.
–Por favor, hágalo. Y si consigue hablar con ella, páseme el teléfono.
Lexi frunció el ceño otra vez y sacó la carpeta de Ty de un armario, consciente de que él no dejaba de mirarla. Ignorándolo, regresó a su asiento y marcó el número de móvil de Amanda Weston.
Al cabo de un momento saltó el buzón de voz y Lexi le dejó un mensaje pidiéndole que le devolviera la llamada.
–No está disponible.
El hombre no parecía sorprendido.
Lexi se puso en pie al ver que otro padre llegaba al centro para recoger a otro niño.
–Si me disculpa, tengo que atender a otra persona. De paso, hablaré con mis compañeras para asegurarme de que Amanda no ha dejado ningún mensaje sobre usted.
Se dirigió a la puerta y notó que él se movía como para seguirla.
–Yo no lo haría –le advirtió ella con frialdad–. Tenemos botones de alama por todo el centro y, si me sigue, lo presionaré.
Él la miró un instante y sonrió.
Al ver su sonrisa, Lexi se quedó sin respiración.
–Está mintiendo, señorita Somers.
Estaba mintiendo. Tenían un único botón de alarma en el centro y estaba segura de que él la alcanzaría antes de que ella pudiera decirle a alguien que lo activara.
–Sígame y lo descubrirá –dijo ella con cierto tono retador.
Él ladeó la cabeza y la miró de arriba abajo como si fuera una exquisitez que no le importara probar. Cuando posó la mirada sobre sus pechos, ella sintió que se le ponían turgentes.
Él la miró a los ojos con deseo y ella notó que una ola de calor la invadía por dentro.
–No tardaré.
¿Alguna vez en su vida había conocido a un hombre más maleducado y carismático?
Leo observó salir del despacho a la mujer de cabello moreno.
«Corre, mi ángel, corre», pensó con una sonrisa, sin poder apartar la mirada de su trasero.
No debería haberla acosado de esa manera, pero no había podido resistirse al ver la manera en que brillaba la exótica mirada de sus ojos dorados cuando se enfadó con él.
Ella le había provocado una extraña sensación desde el primer momento y se había descolocado al sentir un fuerte deseo sexual al verla, teniendo en cuenta que ella no era su tipo de mujer. Era una mujer demasiado convencional y menuda. Incluso delicada. A él le gustaban las mujeres un poco más altas, sofisticadas y mucho más complacientes.
Colocó las manos detrás de su cabeza y miró lo que había sobre su escritorio. Percibió un aroma agradable y trató de identificar de dónde provenía. Se preguntaba si sería el aroma de Lexi Somers y si en realidad su cuerpo se parecería a la silueta que resaltaba la blusa formal y la falda roja que llevaba. Entonces, intentó no volver a pensar en ello... No estaba allí para eso.
Pero ya había imaginado sus pezones erectos bajo un sujetador de encaje y salivaba tratando de imaginar de qué color sería. Se había percatado de que por mucho que intentara parecer tranquila, ella había reaccionado ante el estudio minucioso que él había hecho de su cuerpo, y sabía que por dentro estaba hecha un manojo de nervios.
¿Cómo sería en la cama? ¿Fría y eficiente o ardiente y relajada?
