Planes para conquistar Berlín - David Granda - E-Book

Planes para conquistar Berlín E-Book

David Granda

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Beschreibung

El 17 de octubre de 1987, en plena guerra fría, la iglesia protestante de Zionskirche en Berlín Oriental acogió un concierto clandestino con las bandas Die Firma y Element of Crime. El recital, organizado por opositores al régimen comunista, finalizó con el ataque de un grupo de neonazis ante la mirada indiferente de la policía.
David Granda se sumerge en una exhaustiva investigación en los archivos de la Stasi y reúne el relato de más de cuarenta protagonistas de la trama, incluidos disidentes políticos, músicos, confidentes y oficiales de espionaje.
El resultado es una obra coral obsesiva y absorbente que puede leerse como: a) un sofisticado ensayo sobre la represión de la disidencia cultural en Estados totalitarios, b) un libro de historia del ocaso del comunismo contado a partir de sus conciertos, c) una novela de espías con banda sonora de terremoto punk, d) un bestiario mitómano de dandis politoxicómanos como David Bowie, Nick Cave o el mánager berlinés de Joy Division, e) una elegía de la escena alternativa surgida a ambos lados del Muro, que desapareció tras el derribo de la frontera, f) un delicadísimo mapa sentimental de la ciudad más carismática de Europa, que incluye un viaje final al mar del Norte al encuentro de la víctima real del caso Guillaume, el espía que desató la caída del canciller Willy Brandt.






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Seitenzahl: 673

Veröffentlichungsjahr: 2022

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David Granda

PLANES PARA CONQUISTAR BERLÍN

Espías, Stasi, punk rock y disidencia culturalantes de la caída del Muro

primera edición: marzo de 2022

© David Granda Pavón, 2022

Esta obra ha tenido el apoyo para su creación de la Comunidad de Madrid a través de la convocatoria de ayudas a la creación literaria correspondiente al año 2019.

© Libros del K.O., S.L.L., 2022

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-17678-97-5

código ibic: AVGU, 1DFGE

diseño de cubierta y mapa: Patricia Bolinches

maquetación: María OʼShea

corrección: Melina Grinberg

Para Úrsula

First we take Manhattan, then we take Berlin.

Leonard Cohen

Tienes ojeras, ¿cómo te va en Berlín Este?

Franco Battiato

Dramatis Personae

Sascha Anderson: poeta, cantante punk y confidente de la Stasi en la escena underground de Prenzlauer Berg.

Blixa Bargeld: músico cofundador de la banda Einstürzende Neubauten. Guitarrista de Nick Cave and The Bad Seeds hasta 2003.

Ruth Berlau: actriz, directora teatral, fotógrafa de escenografía, escritora y amante de Bertolt Brecht.

Tatjana Besson: cantante, bajista y líder cofundadora del grupo Die Firma.

Wolf Biermann: cantautor disidente expulsado de la RDA en 1976.

Bärbel Bohley: artista y activista por los derechos civiles, cofundadora de la plataforma de oposición política Nuevo Foro en 1989.

Pierre Boom: periodista y fotógrafo, hijo del espía Günter Guillaume.

David Bowie: músico británico que revolucionó la música popular durante cinco décadas. Vivió en Berlín Occidental entre 1976 y 1978.

Willy Brandt: líder socialdemócrata, alcalde de Berlín Occidental entre 1957 y 1966 y canciller federal de la RFA entre 1969 y 1974.

Ronny Busse: skinhead condenado a cuatro años de prisión por el asalto violento de Zionskirche.

Nick Cave: músico y escritor australiano, líder de The Bad Seeds. Vivió intermitentemente en Berlín Occidental entre 1983 y 1988.

Christoph Dreher: cineasta y cofundador de la banda Die Haut.

Christiane Eisler: fotógrafa del movimiento punk en Leipzig.

Rainer Eppelmann: pastor protestante, líder de la oposición pacifista de la RDA y último ministro de Defensa del país.

Max Frisch: escritor suizo en lengua alemana traducido a treinta y siete idiomas con la entrada prohibida en la RDA desde 1988.

Kurt Gailat: superior del espía Günter Guillaume y responsable de su misión en Bonn, también conocido como Kurt Göbel.

Uwe Geyer: líder del grupo Die Vision.

Henryk Gericke: comisario de la exposición ¡Ostpunk! Demasiado futuro en la Künstlerhaus Bethanien y guionista del documental homónimo.

Cathèrine Gittis: periodista de la redacción de NBI y hermana del jefe del espionaje de la RDA, Markus Wolf.

Christel Guillaume: oficial de la Stasi infiltrada en la Cancillería de Hesse y madre de Pierre Boom.

Günter Guillaume: oficial de la Stasi infiltrado en el gabinete de Willy Brandt en la Cancillería Federal y padre de Pierre Boom.

Gudrun Gut: música experimental de Einstürzende Neubauten, Mania D y Malaria! DJ, productora y fundadora del sello Monika Enterprise.

Kurt Hager: miembro del Politburó e ideólogo jefe del Partido, partidario de la línea dura. Professor Tapeten para la disidencia.

Harald Hauswald: fotógrafo callejero, cofundador de la agencia Ostkreuz.

Robert Havemann: filósofo y científico disidente de la RDA.

Erich Honecker: jefe de Estado de la RDA.

Jakob Ilja: guitarrista cofundador de la banda Element of Crime.

Roland Jahn: disidente expulsado de la RDA y rector hasta 2021 del BStU, la autoridad federal encargada de los archivos de la Stasi.

John Knepler: músico del grupo Team 4. Johnny, para su amigo Ian Walker.

Paul Landers: guitarrista de Die Firma, Feeling B y Rammstein.

Vera Lengsfeld: Vera Wollenberger de casada, activista disidente en la RDA, luego dedicada a la política con Los Verdes y CDU.

Lothar de Maizière: último jefe de Gobierno de la RDA, el primero elegido en unas elecciones libres tras la caída del Muro.

Erich Mielke: ministro de Seguridad del Estado. Eljefe de la Stasi.

Key Pankonin: cantante, guitarrista y miembro cofundador del grupo Die Firma.

Kim Philby: espía inglés del KGB que durante años trabajó infiltrado en el servicio secreto británico.

Mark Reeder: productor y promotor musical, fundador del sello tecno MFS.

Sven Regener: escritor, autor de la saga literaria protagonizada por Herr Lehmann. Cantante y trompetista cofundador de la banda Element of Crime.

Wolfgang Rüddenklau: activista por los derechos civiles en la RDA y uno de los responsables de la Umweltbibliothek.

Günter Schabowski: líder del Partido en Berlín Oriental y portavoz del Politburó en la rueda de prensa del 9 de noviembre de 1989.

Alexander Schalck-Golodkowski: «El gordo Alex», coronel encubierto de la Stasi, jefe de Coordinación Comercial (KoKo).

Mita Schamal: miembro de la banda punk Namenlos, detenida en 1983.

Siegbert Schefke, alias Satán: organizador del concierto de Die Firma y Element of Crime en Zionskirche junto con Dirk Moldt y Silvio Meier.

Cornelia Schleime: artista y vocalista del grupo Zwitschermaschine deportada de la RDA en 1984.

Jana Schlosser: integrante de la banda Namenlos, detenida en 1983 y condenada a dieciocho meses de cárcel.

Lutz Schmidt: víctima del Muro de Berlín,murió tiroteado por las tropas de frontera de la RDA el 12 de febrero de 1987.

Lutz Schramm: conductor del programa Parocktikum en la emisora estatal DT64. Primer locutor que pinchó a una banda punk en la radio de la RDA.

Horst Schuster: empleado de alto rango del área de comercio exterior de la RDA, director de la sociedad estatal de Arte y Antigüedades (KuA).

Hans-Dieter Schütt: director del Junge Welt.

Hans Simon: pastor protestante de Zionskirche.

Holger Stark: pintor y artista visual formado en la Academia de Bellas Artes de Dresde, autor de instalaciones en los conciertos de Die Firma.

Frank Tröger: cantante, teclista y líder cofundador del grupo Die Firma.

Steve Tuttle: soldado norteamericano que participó en la logística de la organización del concierto de Die Toten Hosen en Berlín Este en 1988.

Ian Walker: escritor y periodista británico, autor de Zoo Station.

Bernd Wagner: detective de la Brigada de Policía Criminal de la RDA, jefe de la Unidad de Seguridad en Berlín Este desde 1986.

Erik Weiss: fotógrafo de Berlín Este, autor de la foto que inmortalizó el concierto del 17 de octubre en 1987 en Zionskirche.

Markus Wolf: jefe del servicio exterior de inteligencia de la Stasi, Mischa para los amigos.

Thomas Wydler: batería suizo de Die Unbekannten, Die Haut y Nick Cave and The Bad Seeds.

Kurt Zeiseweis: teniente coronel de la Stasi, director adjunto del Departamento XX en Berlín, encargado de la vigilancia de los disidentes del ámbito cultural.

1987

La guerra fría fue una guerra mundial en la que dos superpotencias fronterizas se disputaron el liderazgo de la geopolítica global. Mientras la URSS enviaba tanques a Berlín, Budapest y Praga, EE. UU. sostenía dictaduras entre Tierra del Fuego y la frontera mexicana. Unos tuvieron su Afganistán; los otros, su Vietnam. Un choque de imperios tenso pero estable, como dijo Tony Judt, basado en el ajustado acrónimo MAD, que se puede traducir como «loco» —Mutually Assured Destruction: Destrucción Mutua Garantizada.

Pocos recuerdan que los imperios compartían frontera en el estrecho de Bering, ochenta kilómetros de mar que separan Alaska de Siberia. Allí todo fue tranquilo. Incluso tuvo sus días conciliadores, de farra. En mitad del estrecho se encuentran las islas Diómedes. El 7 de agosto de 1987, la nadadora americana de aguas abiertas Lynne Cox quiso cruzar a nado el canal de 3.7 kilómetros que separa Diómedes Menor (EE. UU.) de Diómedes Mayor (URSS) para tomarse un té con los soviéticos. Tuvo problemas con la bruma —el campo de visión se reducía a noventa metros—, con las fuertes corrientes y con los 6 °C de temperatura de unas aguas por las que en invierno se puede caminar, pero a las dos horas y cinco minutos recibía el cuidado de un médico ruso y su té servido en un samovar de plata, acompañada de una charanga de inuit siberianos que tocaba música folclórica tradicional.

Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov la felicitaron. Brindaron por ella al calor de la chimenea del despacho oval de la Casa Blanca durante la cumbre para destruir armas nucleares de diciembre de 1987, el tratado histórico de desarme que abandonaron con desdén Donald Trump y Vladímir Putin.

Una semana más tarde, ya en California, sin las manos ni los pies azules por la amenaza de hipotermia, Lynne Cox seguía radiante por su hazaña y su descubrimiento: «Nos dimos cuenta de que los rusos eran humanos, eran personas, eran amistosos y nos acogían. Esto superaba nuestras expectativas».

Unos meses antes, también en 1987, Lutz Schmidt, un mecánico de veinticuatro años aficionado al ciclismo, intentó cruzar la frontera entre unos y otros en pleno corazón de Europa, entre Berlín Oriental y Berlín Occidental. Había decidido que la vida que quería para sus dos hijos era la que le contaban sus familiares afincados en Bremen, en Alemania Federal, y Estados Unidos. Como le habían denegado el visado de viaje a Occidente cada vez que lo había solicitado, decidió fugarse. Descartó emigrar del país porque la solicitud le hubiera causado problemas en el trabajo. Su carrera como ciclista profesional en el club de su infancia, el SC Dynamo de Berlín Este, se truncó el día que rechazó militar en el Partido. Primero huiría él; luego activaría la burocracia de reunión familiar entre las dos Alemanias.

La noche del 12 de febrero la visibilidad no superaba los cuarenta metros. En su caso, la niebla le beneficiaba. La franja fronteriza en Rheingoldstrasse, en las inmediaciones del aeropuerto de Schönefeld, era la más estrecha del Muro, unos cincuenta metros, según sus cálculos. No iba solo, le acompañaba Peter Schulze, su compañero de trabajo en la compañía estatal Autotrans.

Lutz y Peter habían aventurado planes descabellados de fuga, como la construcción de un submarino de fabricación casera para navegar la costa del mar Báltico rumbo a Occidente, pero al final se decantaron por una evasión artesanal: empotrarse con un camión Liaz de gran tonelaje contra el Muro y saltar al otro lado armados con dos escaleras de madera, método que incluía un fino detalle de cálculo político: Erich Honecker recibía al día siguiente la visita de altos mandatarios de Alemania Federal y no le interesaría tener tiroteos fronterizos en Berlín que llamaran la atención de los medios de comunicación internacionales.

Antes de llegar, les sorprendió un vehículo de la guardia fronteriza que custodiaba la zona y había reforzado la patrulla de vigilancia a última hora debido a las malas condiciones meteorológicas. La niebla les había traicionado. En la confusión, se salieron de la carretera y las ruedas quedaron atascadas en el fango. Cuanto más aceleraba Lutz, más se hundía el camión. Tenían que actuar rápido. Tomar una decisión. Y decidieron seguir. Abandonaron el vehículo y corrieron hacia el Muro con las escaleras. Los centinelas recibían órdenes diarias verbales de «detener o aniquilar a los infractores que intenten violar la frontera», con o sin portadas en los periódicos. Se escucharon doce disparos. Solo el primero fue de advertencia.

Por la mañana, cuando Karin Schmidt se despertó, vio el coche de su marido aparcado en el garaje. Era la señal convenida. Estaba informada de sus planes de fuga, pero no quiso saber ni cómo ni cuándo por miedo a ser incapaz de sobrellevar la tensión psicológica de la huida. Mientras desayunaba supo por la televisión occidental que uno de los dos desertores que habían intentado saltar el Muro había muerto durante la evasión. Fueron veinticuatro horas de angustia: no sabía si la víctima era Lutz o Peter. Al día siguiente la citaron en comandancia militar. Le confirmaron que era su marido. Le habían disparado, no le mintieron. Sucedió cuando «el infractor se había infiltrado violentamente en un área de protección militar cerca de la frontera estatal». También recibió instrucciones de cómo tenía que proceder antes del entierro, del que se encargó la Stasi. La más importante era que, ante todo pariente o conocido que le preguntara por las causas del fallecimiento, debía responder que Lutz Schmidt había muerto en un accidente de tráfico. Si no cooperaba con el relato concebido por la Seguridad del Estado, perdería la custodia de sus dos hijos pequeños, Viktoria y Karsten, que serían entregados en adopción, y la confinarían en un centro psiquiátrico. Poco después tuvo que cambiar de domicilio. La prensa occidental publicó la noticia y los vecinos seguían dudando de la versión oficial, así que la obligaron a abandonar su casa en Berlín Oriental y mudarse con su familia a Zittau, en la frontera con Checoslovaquia.

Cuando el archivo del Ministerio para la Seguridad del Estado se abrió al público en 1992, Karin Schmidt descubrió que su suegro había sido confidente de la Stasi desde 1975 y que le habían asignado la tarea de ayudar a encubrir las circunstancias de la muerte de su hijo.

Esta vez las felicitaciones fueron para los guardias fronterizos, que recibieron la «Medalla por Servicio Ejemplar en la Frontera» y tres días de permiso por prevenir la fuga. Peter había logrado pasar al distrito de Neukölln, en Berlín Occidental, ayudado por la poca visibilidad en tierra de nadie, la llamada franja de la muerte, pero Lutz murió ahogado con una bala en el pecho.

Berlín no era el estrecho de Bering.

CRÓNICA 1 / LA STASI EN LA DISIDENCIA

EL CONCIERTO

Imagínese usted Ginebra perdida en un desierto de arena y tiene usted una idea de Berlín. Llegará un día a ser la capital de Alemania, pero será siempre la capital del aburrimiento.

Honoré de Balzac (Lettre sur Kiew, 1847. Publicado por primera vez en 1927)

A menudo se pasa por alto el hecho de que la vida en la RDA estaba dividida entre la vida bajo el sistema político y la vida privada. La política estableció límites estrechos para el individuo, pero tampoco era omnipresente. Había amistades. Había espacios donde se podía discutir mucho, leer mucho, reflexionar, ser inquisitivo y organizar fiestas. Ninguno de estos aspectos de la vida llega hoy a la narrativa pública.

Angela Merkel (Die Zeit, 28 de enero de 2019)

Y sé que no querrás volver a confiar en mí. Ya nadie confía en la energía nuclear después de lo de Chernóbil. Pero el cielo, aún tan negro, es nuestro cielo, es nuestro. Y tengo un ambicioso plan, consiste en sobrevivir.

Nacho Vegas (Nuevos planes, idénticas estrategias, 2005)

Desdichada la tierra que necesita héroes.

Bertolt Brecht (Vida de Galileo, 1939)

1. La fotografía

La iglesia de estilo historicista con 1424 asientos y un campanario de sesenta y siete metros se consagró en 1873 en el punto más alto de Berlín en presencia del primer emperador de la Alemania recién unificada, Wilhelm I, y el canciller prusiano Otto von Bismarck. 114 años después, el 17 de octubre de 1987, en plena dictadura comunista, se preparaba para celebrar un concierto clandestino de programa doble con una banda punk de Berlín Oriental, Die Firma, y otra de Berlín Occidental, Element of Crime, que tenía que cruzar el Muro de forma encubierta para la actuación.

Zionskirche seguía en pie en Berlín Oriental como una iglesia luterana fiel a la tradición protestante, con una gran nave diáfana, aspecto industrial y techos altos como el hangar de un zepelín, pero esa noche no oficiaba un servicio religioso. Su silueta era familiar en Prenzlauer Berg, un barrio contracultural pegado al Muro cuya sola existencia ponía en crisis al sistema. De hecho, el Muro de Berlín se abrió por aquí.

Prenzlauer Berg era un país extranjero en la RDA. En sus once kilómetros cuadrados había crecido una escena alternativa ajena al prestigio del circuito oficial que dirigía el Partido Comunista y al dinero que prometía el mercado capitalista. Para conseguir lo primero, reconocimiento, los artistas tenían que pasar por la censura; para obtener lo segundo, audiencia, tenían que pasar por la frontera. El barrio obrero aparecía en los medios occidentales como un lugar mítico, el último bastión de la cultura underground en Europa. Exhibía integridad moral, una voz única, se hablaba de la generación beat de Berlín Oriental. Haight-Ashbury en San Francisco en los años sesenta, East Village en Nueva York en los setenta y, ahora, en los ochenta, Prenzlauer Berg en Berlín Este. El propio Allen Ginsberg llegó con su pareja, el poeta Peter Orlovsky, para sancionarlo. Había poetas, escritores, artistas, fotógrafos y músicos experimentales que, sin tentaciones de fracaso ni de colocarse, tejían un modelo de resistencia. Se estaban sublevando contra la omnisciencia totalitaria desde la indiferencia, lo que suponía un desafío a la doctrina oficial, un acto político en sí mismo.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, Prenzlauer Berg era un enorme distrito de 300 000 habitantes con un aura pequeñoburguesa donde se había alzado, estimulado por el ciclo dorado de la industrialización y la presión migratoria del éxodo rural, uno de los mayores callejeros de arquitectura historicista del continente. Para crear más espacio habitable, los edificios existentes se ampliaron y se conectaron formando los típicos patios interiores. Las fachadas se recargaron con estuco y florecieron las torres y los miradores. Los suelos se enlucieron con baldosas ornamentales y se instalaron puertas de hierro forjado. Había edificios neorrománicos, neogóticos, neorrenacentistas, neobarrocos y de cualquier estilo clásico que se pudiera imitar. Con su ética protestante más que de cabaret, no era un distrito hedonista de artistas y bohemios, residentes entonces en Charlottenburg y Wilmersdorf. Franz Hessel, en sus literarios Paseos por Berlín como flâneur, ni se acercó. Los cines y teatros de la Ku’damm en los años agitados de la República de Weimar, el Romanisches Café —olimpo de las artes inútiles— y las tertulias del Café des Westens quedaban lejos, a más de diez kilómetros. Prenzlberg se hallaba en la periferia sentimental de la capital cultural de Centroeuropa.

De su geografía destacaban los paisajes artificiales. El punto natural más elevado se encuentra en el parque Volkspark Prenzlauer Berg, un inmenso vertedero ajardinado, un monte de noventa y un metros sobre el nivel del mar formado por el apilamiento de los escombros de Alexanderplatz en la posguerra. Sus edificios resistieron los bombardeos aliados, pero tras la contienda muchos inmuebles se conservaban en la ruina, las fachadas estaban desnudas, sin las filigranas de yeso ni los arrebatos románticos originales. Les faltaban hasta los balcones, que se estrellaban contra el suelo sin resistir su propio peso o eran retirados por los bomberos por precaución. El fenómeno era tan habitual que en el barrio se acuñó un neologismo, Balkonsturz (derrumbe de balcón). Los apartamentos se calentaban con carbón, pero la contaminación del suelo en la calle por las fugas en las tuberías de gas mataba a los tilos y deforestaba el paisaje urbano. Todavía se podían leer las siglas «LSR» (Luftschutzraum) pintadas en las paredes, que conducían con una flecha fluorescente a los refugios antiaéreos. Harald Hauswald hizo una fotografía en blanco y negro de un patio de Zionskirchplatz en 1987, con un niño sentado junto a una escombrera, que parece un plano de la película Alemania, año cero, de Roberto Rossellini. En Zionskirche una bomba incendiaria había destruido el tejado y las ventanas del coro durante la ofensiva final aliada, y al acabar la guerra los berlineses saquearon la iglesia en busca de leña. Cuadrillas de albañiles trabajaron luego en su restauración, pero ese año, 1987, aún se escuchaba diáfano el ruido de la lluvia en la galería del templo. Cuatro décadas después, el barrio se había acostumbrado a vivir en una perpetua posguerra.

El Estado socialista lo había ignorado en sus planes de urbanismo, prefería demoler las reminiscencias de la era burguesa a remozarlas, y los vecinos buscaron mejores lugares donde vivir, se mudaban a los nuevos edificios prefabricados de Lichtenberg o Marzahn («¡Convénzase usted mismo de las obras en construcción en Marzahn!», se leía en la cartelería del SBahn), suburbios calcados a otros de geografías remotas en Brno, Kazán o Leningrado. Los llamaban Plattenbauten, en alemán, pero podían decir paneláks, casa de paneles en checo, o brezhnevkas, en ruso. La principal herencia estética del antiguo bloque soviético es obra de urbanistas: desde Berlín hasta Siberia no hay una sola ciudad sin sus colonias de viviendas construidas en serie con paneles prefabricados de hormigón. En los años setenta y ochenta, en Prenzlauer Berg agonizaban edificios enteros con pisos vacíos en Stargarder Strasse, Lychener Strasse, Schliemann Strasse o Dunckerstrasse, que comenzaron a okuparse como vivienda y locales de ensayo. En Fehrbelliner Strasse 7, con una decadencia dickensiana de paredes color hollín y cicatrices de metralla, ensayaban los miembros de Die Firma y dormían los activistas críticos con el Partido de la Umweltbibliothek, dueños de una imprenta prohibida y organizadores del concierto.

Pocos lugares han cambiado tanto en tan poco tiempo. En el siglo xxi es el barrio de la fertilidad en Berlín, con una densidad cómica de carritos de bebé en las aceras. En los edificios restaurados se suceden los jardines de infancia, cafés y restaurantes asiáticos con la misma naturalidad con la que antes compartían un banco en el parque una anciana, resistente en el barrio, y un punk, decidido a okuparlo. El espacio estaba despejado para la vida experimental de artistas marginales, opositores al régimen y ciudadanos que habían solicitado la visa de salida a Alemania Occidental o que simplemente no tenían trabajo, obligatorio para tener derecho a mudarse a la capital desde cualquier punto del país. Prenzlauer Berg era un país extranjero y el barrio de los inadaptados a la RDA.

El concierto de Zionskirche arrancó con puntualidad germánica a las ocho de la noche del 17 de octubre de 1987. Cuando Erik Weiss llegó a la iglesia, con la función ya empezada, el altar-escenario lo ocupaba Element of Crime. Weiss tenía dieciocho años, en breve le tocaba cumplir con el servicio militar obligatorio de dieciocho meses. Se había independizado y vivía en el apartamento de su novia en el distrito de Lichtenberg. La ambición de ejercer como fotógrafo profesional en la RDA era una utopía. El número de plazas que ofertaba cada año el colegio profesional era muy reducido, apenas una docena. «Tenía referencias de Element of Crime y quería fotografiarles. ¡Una banda de Berlín Occidental en la RDA! No recuerdo por qué llegué tan tarde. Estaba tenso y enseguida me centré en la cámara». Era solo un aficionado a la fotografía y a la música rupturista, la de los grupos prohibidos en Alemania del Este, pero hizo la mejor foto que se conserva de la noche. La composición visual es una mezcla de autenticidad documental y gran producción de cine negro.

Nada más atravesar el umbral de la iglesia pensó en la luz, lo primero que piensa un fotógrafo con una cámara en la mano —«la luz es mala»—. En realidad, le preocupó la luz —«la iluminación es muy pobre, apenas unos candiles junto al grupo»—. La gran nave central y los pasillos laterales estaban a rebosar de una generación de berlineses que no conocía Berlín sin el Muro. En su camino a trompicones hacia el altar, se cruzó con Siegbert Schefke, organizador del concierto, vigilado por la Stasi, el primer alemán oriental que dos años y veintitrés días después atravesaría el Muro durante la noche caótica del 9 de noviembre de 1989. Un mes antes, el 9 de octubre, Schefke también había sido el primero en atreverse a grabar las protestas callejeras de Leipzig y enviar de forma clandestina las imágenes del levantamiento que se emitieron en las televisiones de Alemania Occidental.

No se conocían. Schefke, Siggi para los amigos, «Satán» para la Stasi —la policía secreta le había fichado con un nombre en clave de novela gótica o grupo black metal; con el arquetipo de perdición del cristianismo, curioso en un Estado ateo—, un tipo tan cordial como imponente, con coleta, barba y carácter pelirrojos, era un veterano de la disidencia a sus veintiocho años. Vigilaba como un cazador de humos que nadie fumara durante las actuaciones. Esa había sido la única condición impuesta poco antes del concierto por Hans Simon, pastor luterano de Zionskirche: nada de cigarrillos en el templo. No quería que oliese a discoteca durante el culto del domingo. Los feligreses se quejaban.

El propio Simon siempre llevaba su pipa en la mano y fumaba de forma compulsiva. Padre de tres hijas, había nacido en 1935 en Kayna, la «Prusia de saldo», como le gustaba decir. Lucía la típica barba bien recortada y el tono profesoral que combinan con un jersey de cuello alto. Era un hombre enigmático con planta y cabellera de actor de la DEFA, la factoría cinematográfica estatal, entusiasta del psicoanálisis —su mujer, Bärbel, tenía que recordarle que un sermón no era una lectura sobre Sigmund Freud—, que en su rol voluntario como mediador incomodaba a todos. A los jerarcas protestantes les molestaba su cercanía con la disidencia, en la parroquia se preguntaban si los jóvenes melenudos que bajaban al sótano eran buenos cristianos y estos, a su vez, dudaban de los motivos de su compromiso ensotanado. Pero a Simon le inspiraba el halo de resistencia de Zionskirche, un templo donde había oficiado en los años treinta Dietrich Bonhoeffer, teólogo luterano que, además de ser hijo de uno de los psiquiatras más importantes de Alemania, murió en la horca acusado de participar en un complot para asesinar a Hitler. El jefe de la Gestapo ordenó que lo subieran desnudo al cadalso del campo de concentración de Flossenbürg. Bonhoeffer era un disidente teológico en un momento en el que el nazismo llegó a convencer a los cristianos alemanes de que Jesús no había sido judío.

La Stasi también espiaba los movimientos de Simon. El pastor solía mirar con hastío y misericordia la caseta de obra aparcada frente a la rectoría de la iglesia para construir una obra que no se acababa nunca, porque nunca empezaba. Un año antes había dispuesto los bajos de la casa parroquial en el número 16 de Griebenowstrasse para albergar la Umweltbibliothek, la Biblioteca Medioambiental, un cenáculo ecologista disidente fundado por Satán, Dirk Moldt y Wolfgang Rüddenklau junto con otros intelectuales urbanos, que corrían el riesgo de ser encarcelados cada mañana. Era un nicho que conectaba a diferentes grupos de oposición. En ese momento era la única imprenta independiente activa en la RDA. Publicaba la gaceta ecologista Umweltblätter, el mOAning star y Grenzfall. Las dos primeras eran publicaciones técnicamente legales porque se imprimían con el papel timbrado de uso eclesiástico. Grenzfall era un samizdat1 pro derechos humanos que atentaba de forma consciente contra el monopolio informativo estatal y se acogía a la libertad de prensa como derecho fundamental. Además de la imprenta ilegal y de una biblioteca de libros prohibidos, Simon había permitido la apertura de un café en el ático de la cuarta planta, donde presentaban exposiciones y lecturas, un verdadero atelier para la disensión. En alguna ocasión contó que Bärbel tenía pesadillas con los activistas medioambientales: «Wolfgang Rüddenklau aparecía por la noche en el cabecero de nuestra cama y nos decía: “¡Ahora necesitamos vuestro dormitorio!”».

Desde los acuerdos de 1978 entre Erich Honecker y los líderes de la Iglesia luterana conocidos como Kirche im Sozialismus (la iglesia en el socialismo), el Estado reconocía la autonomía de las parroquias. Gracias a este concordato, el Partido toleraba la libertad de expresión en cuestiones religiosas y a cambio esperaba que los dirigentes eclesiásticos controlaran a su rebaño. En teoría, ni la policía ni la Stasi podían intervenir en suelo sagrado. Algunos pastores como Hans Simon comenzaron a ofrecer un espacio libre para la discusión pública, que funcionó como refugio para disidentes, incluidos hippies y punks. Pero la Stasi, que estaba por encima de la teoría y de conceptos metafísicos de extraterritorialidad, dedicó todo un departamento, el XX/4, para infiltrarse en las iglesias.

Aunque no lo frenó, Hans Simon no se atrevió a bendecir el concierto punk del 17 de octubre. En la cita estaba programada una banda de Berlín Occidental que iba a salvar la frontera sin advertir a las autoridades de su propósito. Demasiado riesgo para Zionskirche. Satán, sin dar detalles, tuvo que solicitar el permiso al concilio eclesiástico, que se lo concedió a última hora declarándolo «servicio de oración con música».

Junto a Satán se encontraba el segundo organizador del concierto, Dirk Moldt, de veinticuatro años, relojero en una fábrica de Berlín Este y editor y caricaturista del mOAning star. Acababa de dejar en el camerino-sacristía la trompeta con la que iba a tocar Sven Regener, líder de Element of Crime. Se la había prestado el día anterior un amigo músico y la guardó en casa como si fuera el grial. Cuando una banda de Berlín Occidental cruzaba a la RDA para tocar en un concierto clandestino —lo que sucedió rara vez—, lo tenía que hacer sin instrumentos, ocultando sus intenciones, como turistas con un pase de día válido hasta las dos de la mañana para los portadores de un pasaporte de Berlín Occidental y hasta las doce, como Cenicienta, para los que venían de Alemania Federal. Los músicos de Element of Crime vivían a cien metros del Muro en Kreuzberg. Para llegar a Prenzlauer Berg esa tarde, se separaron y cruzaron por diferentes pasos fronterizos.

En algún punto de la nave de 600 metros cuadrados estaba Silvio Meier, de veintidós años, el tercer responsable del concierto. Era buen amigo de Jakob Ilja, guitarrista de Element of Crime, y había sido el enlace para lograr que la banda actuase en Zionskirche.

Durante la preparación del concierto titubearon con Die Firma. Tal vez no eran la mejor opción para compartir cartel con Element of Crime. Las capillas del underground oriental recelaban de la banda de Frank Tröger y Tatjana Besson porque tenía el Einstufung, la licencia para actuar en público concedida por un tribunal cultural tras una audición. Sin embargo, también eran habituales en los conciertos clandestinos de las iglesias protestantes, donde convergían diferentes grupos de oposición al Partido. Eran disidentes en el escenario, agitadores culturales que se desenvolvían con soltura en el circuito subterráneo de Berlín Este. Y lo más importante, tenían sistema PA, equipo de amplificación de sonido. Tras su actuación, se lo podían prestar a Element of Crime.

Paul Landers decía que si al público le costaba aplaudir, como ocurría ese sábado, su estrategia consistía en aplaudir él en el escenario cuando acababa de interpretar la primera canción. Entonces la audiencia respondía. Funcionaba como la señal de neón de aplauso. «Lo más duro es abrir un concierto, porque la gente todavía no ha bebido alcohol. Si eres la segunda o la tercera banda en el escenario todo va rodado. La gente se contagia enseguida. Aplaudes y aplauden. Les llamas “jodidos borrachos” y aplauden». Se había cortado el pelo y lucía una apariencia más punk, menos Mozart, ya no llevaba el pelo oxigenado rubio platino recogido con una goma a la altura de la nuca. El actual guitarrista de Rammstein alternaba entonces Die Firma con Feeling B, el primer grupo de música alternativa que obtuvo el permiso a finales de los ochenta para grabar un disco con Amiga, la compañía estatal con el monopolio discográfico. Cuando acabó la actuación de Die Firma, el templo se había transformado en un garaje pagano.

Jakob Ilja defiende otra teoría sobre la falta de expresividad del público de la RDA:«Se obligaba a la gente a aplaudir en las manifestaciones públicas de poder del Partido. En los conciertos de bandas como la nuestra les costaba repetir el gesto porque lo asociaban con un acto de propaganda. Esa era la gran diferencia entre actuar en el Este y el Oeste. Cuando volvimos a tocar en Berlín Oriental, ya sin el Muro, nos mirábamos unos a otros en el escenario, extrañados, ¿qué pasa?».

Esa noche hubo un momento incómodo en el que molestaron los aplausos. Tatjana Besson, la temperamental bajista de Die Firma, recriminó al público que aplaudiera después de la interpretación de «Faschist», la canción compuesta por Key Pankonin. Sabía que los aplausos eran para el grupo, pero les mandó callar. No quería palmas para nazis. Quería el silencio incómodo propio de una misa cuando tocaban una canción dedicada a un sucio fascista desconocido. En un entorno tan necesitado de héroes como el de la contracultura de Berlín Este, Tatjana era la heroína, y muchos estaban enganchados a ella, una Lee Miller libertaria de pelo rojo, hecha de indiferencia, piel clara y rasgos cubistas; una mujer, toda una rareza en el circuito underground.

Frank Tröger, músico virtuoso criado en una familia de artistas, transitaba con éxito el camino sedoso, efímero y poético de la marginalidad cultural. Formó Die Firma con Tatjana y Pankonin en 1983, el mismo año que el jefe de la Stasi había ordenado una brutal campaña represiva que acabó con la primera generación punk de la RDA.

Pankonin, que a finales de año abandonaría la banda, no pudo actuar con ellos en Zionskirche. Le sustituyó Paul Landers. Estaba acuartelado con las tropas de frontera en Glöwen, a un par de horas en tren de Berlín Este, prestando el servicio militar con la guardia fronteriza encargada de defender el Muro. Estaba a punto de licenciarse, llevaba casi dieciocho meses en la retaguardia del telón de acero aprendiendo a disparar cañones antitanque y manipular granadas de mano. La imagen es de una gran belleza simbólica: un guitarrista punk con un fusil Kaláshnikov protegiendo el Muro de Berlín.

Die Firma tenían licencia para tocar en público pero estaban vetados en Amiga y no podían grabar ni publicar. La presencia de Element of Crime elevaba el evento: los había fichado Polydor, que aceptó su exigencia de contratar a John Cale para producir en Londres su último disco. Eran epígonos de la Velvet Underground en Berlín Occidental pero sin canciones sobre la heroína y el sadomasoquismo; agentes de la vanguardia pospunk con reclamo artístico. Cuando ocuparon el altar, la iglesia se encendió. Sven Regener comenzó con «No God Anymore» —Ya no hay Dios—, el primer tema del nuevo álbum. El público de parkas y chaquetas de cuero estaba más entusiasmado por el origen de la banda, Berlín Occidental, que por su estilo. Sus canciones de medio tiempo enseguida mecieron al templo en una nube de melancolía. Además de músico, Sven Regener es hoy un escritor respetado en Alemania, autor de una saga literaria protagonizada por un personaje de culto, Herr Lehmann, un joven barman del universo Kreuzberg que bebe alcohol como si lo fueran a prohibir y que, de ser real, hubiera estado esa noche en Zionskirche.

La banda se situó en el presbiterio de espaldas al altar, donde aún permanecía el misal con una biblia abierta utilizada durante el último servicio religioso. El público se amontonaba en las escaleras, el crucero y la nave central; nadie bailaba, no había espacio para hacerlo. Algunos ocupaban el púlpito, las escaleras del púlpito y la enorme cruz protestante sin Cristo crucificado que presidía el ábside, donde trepaban dos personas. En la base, un hombre fumaba.

Con el concierto ya avanzado, Erik Weiss se las apañó para encontrar un hueco subido a la consola del órgano junto a un tipo con la mitad del cráneo afeitado.En esa posición cambió el primero de los tres rollos de película. A las diez en punto, con el flash encendido, disparó su Praktica con objetivo gran angular de 28 mm fabricada en Dresde y consiguió un plano abierto del ábside en el que emergen milagrosamente de la multitud dos de los protagonistas, el cantante Sven Regener junto al micrófono y el guitarrista Jakob Ilja. Solo unos días antes, el 11 de octubre, había fotografiado el estreno de la exposición de Igor Tatschke en la Umweltbibliothek. Este había sido el espacio reservado para Element of Crime antes del concierto: bebieron vino entre obras prohibidas expuestas en una biblioteca clandestina. Como una metáfora de la claustrofobia, Tatschke y el colectivo AG Mauerstein hacían arte callejero en habitaciones cerradas. La exposición se había presentado en la galería ilegal que Jörg Deloch tenía en su apartamento en Schönhauser Allee, pero la policía le había multado con 300 marcos antes de desmantelarla.

En un tramo de apenas cien metros de Prenzlauer Berg2, los que separan el número 16 de Griebenowstrasse de Zionskirchplatz, unsacerdotehabía abierto de par en par las puertas de su iglesia al arte prohibido de la RDA y estaba permitiendo la organización de un concierto subversivo.

El anuncio del concierto corrió de mano en mano con un afiche diseñado con material escolar por Dirk Moldt. Muchos no conocían a esa banda postNeueDeutscheWelle que venía de Berlín Occidental. Otros ni siquiera sabían quién actuaba. Se había extendido el rumor de que la banda internacional —del otro lado del Muro— sería Einstürzende Neubauten, pero esa opción solo se sostenía porque ignoraban la opinión de Blixa Bargeld sobre su ciudad:

Tengo mejores cosas que hacer —le dijo Blixa a la periodista Muriel Gray—. Es demasiado complicado. Al residir en Berlín Oeste tengo que rellenar un formulario y esperar tres días. Luego ya puedes entrar: vas a las ocho de la mañana y debes regresar a medianoche… pufffffffffff… No puedo planear la visita de Berlín Este con tres días de antelación. No tengo motivos para ir y cruzar la frontera. No, no, no. ¡No! Me gusta la idea de vivir en Berlín y no conocer esa mitad de la ciudad.

Blixa Bargeld, alto, delicado, profundo, mensajero de la utopía social, el mejor amigo de Nick Cave en Berlín —con quien formó The Bad Seeds en la barra de un bar de Schöneberg—, era el gran referente de los círculos underground de Berlín Este. Un dandi punk con un registro vocal que fluctuaba entre el energúmeno estándar y la tesitura de Paolo Conte. Nunca actuó en Alemania Oriental. Estaba en el bando de los que consideraban a la RDA un Disneyland para depresivos.

No obstante, la presencia de Einstürzende Neubauten —Nuevos edificios que colapsan— hubiera exigido algo más que chamarilear con una trompeta para el cantante. Empleaban como instrumentos maquinaria industrial pesada sobre un fondo de melodías ásperas de sintetizador. Blixa solía citar al filósofo Walter Benjamin en sus intervenciones: «El carácter destructivo solo conoce una consigna: abrir paso; solo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio». En su Concierto para Voz y Maquinaria en el Institute of Contemporary Arts de Londres, sin dejar de hacer música, comenzaron a excavar (en) el escenario con taladros eléctricos, mazos de albañil, motosierras de gasolina y martillos neumáticos con la idea de abandonar su propia actuación de forma subterránea, hasta alcanzar el sistema de túneles secretos que creían que conectaba con el Palacio de Buckingham. En otros eventos les habían prohibido perforar y taladrar las paredes. En Londres algún asesor cultural atronado había dejado un piano de cola en la puesta de escena inicial, pero enseguida lo hicieron pedazos y pusieron una hormigonera en su lugar. En el centro se apresuraron a cortar la electricidad en todo el edificio antes de que lograran su objetivo. Pese a las expectativas generadas en Berlín Este, tal vez una iglesia junto al Muro en plena guerra fría no era el escenario más apropiado para los delirios de hormigón de la banda.

Erik Weiss sigue viviendo en Berlín. Cuando están en la ciudad, fotografía a Nick Cave, John Cale, Florence Welch, The Black Keys, The Strokes, los Gallagher —por separado—, Paul Landers —ya como miembro de Rammstein, no de Die Firma—, etc. Sonríe en un café de Pankow junto a la parada de tranvía de Pankower Straße cuando observa su foto del concierto: «Era una época interesante —dice—. Había surgido una pequeña escena de grupos sin licencia para tocar. Dado el contexto, no me atrevo a llamarla independiente. Sus conciertos estaban prohibidos y asistir era peligroso: tenía su atractivo. No sabía quién organizaba las actuaciones en Zionskirche. Te lo comentaba un amigo, que se había enterado por otro amigo, y te presentabas».

En Pankow, distrito del norte de Berlín, la caída del comunismo afectó también a la fonética. Los vecinos no pronuncian la w del topónimo, es una consonante muda, dicen Panko. Durante la RDA, el barrio estaba tan ligado al aparato del Partido y sus conexiones con Moscú que la w se transformó con sorna en un poderoso fonema fricativo labiodental soviético, una w política, con un sonido semejante a nuestra f. Los vecinos lo llamaban Pankof.

Ese mismo día, en Greifswalder Strasse, a un par de kilómetros de Zionskirche, un grupo de setenta skinheads se había citado a las 19 horas en el bar Sputnik para celebrar la gran bacanal neonazi del año en Berlín Oriental. El informe final de la Stasi de lo que ocurrió en Zionskirche también detalla los pormenores de la cercana fiesta ultra. Los skinheads se habían reunido para festejar un cumpleaños, una llamada a filas de un soldado voluntario y la concesión por parte del Estado comunista de una vivienda pública a varios de los rapados. Incluso habían puesto precio a la entrada, cinco marcos3. Había servicio de bufet frío y música disco. Los asistentes llevaban el uniforme reglamentario que con estoica disciplina, a diferencia de los punks, se quitaban para ir a sus trabajos: botas militares, vaqueros ajustados, tirantes y chaqueta bomber.

Muchos de ellos eran hooligans del BFC Dynamo, que esa temporada ganaría el campeonato de liga, como la anterior y como siempre desde 1979. El BFC era el club apadrinado por la Stasi, el más odiado en Alemania del Este. No solo era el equipo con el que se volvía sentimental Erich Mielke, jefe inaccesible de la Stasi entre 1957 y 1989, el gran comisario político, que en sus ratos de ocio ejercía como presidente de honor del club, sino que además sus seguidores más ruidosos eran neonazis. Mielke, como el resto de jerarcas, negaba en los canales oficiales que hubiera grupos de extrema derecha en la RDA, pero cada vez que jugaba el BFC en su estadio de Prenzlauer Berg, el Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpark, pared con pared con el Muro, el líder de la Stasi no solo podía contemplar Berlín Occidental desde la tribuna principal, también, como cualquier otro hincha del club con una cerveza y una salchicha bockwurst en las manos, podía ver y escuchar al bestiario neonazi reunido en un fondo de la grada. Su repertorio de cánticos racistas y homófobos incluía «Horst Wessel Lied», el himno oficial del partido nazi. Erik Weiss solía ir al Jahnsportpark con su cámara para retratar el costumbrismo neonazi y conserva buenas fotografías de los ultras que nunca se han publicado. Las más comprometidas se las pasaba sin catalogar a un amigo fotógrafo para que las camuflara en su archivo profesional.

En el bar Sputnik de los neonazis, Ronny Busse, un repartidor de periódicos de veintidós años con antecedentes penales, corpulento, dos metros de pura fibra con un cuello grande coronado con una cabeza mal afeitada, se movía de mesa en mesa sorteando barriles de trescientos litros de cerveza para arengar con letras góticas a la tropa. Ejercía de Sturmbannführer, comandante de la unidad de asalto, quería impresionar a los once skinheads de Berlín Occidental que habían cruzado el Muro por la tarde para sumarse a la fiesta. Torsten Brand, admirador de las políticas sociales de Adolf Hitler, aprendiz de diecisiete años en la fábrica estatal de frigoríficos VEB Kühlautomat que un año antes había pasado tres meses en la cárcel por vandalismo, había ido a recogerlos al puesto fronterizo de la estación de Friedrichstrasse. Element of Crime y un grupo de skinheads de prestigio: ese día la fiesta en Berlín estaba en el sector oriental.

Busse ya no estaba en libertad condicional, había cumplido su pena por un delito de escándalo público a comienzos de año. Y quería venganza, su Noche de los Cristales Rotos, su pogromo de punks. El día anterior había tenido que abandonar un concierto en la Haus der Jungen Talente de Berlín Mitte, un centro cultural de las juventudes comunistas, humillado delante de sus amigos por un enjambre violento de punks.

El primer locutor que pinchó a una banda punk en la radio germanooriental, Lutz Schramm, dice: «Se había ocultado en el espacio público la existencia de neonazis. No era buena idea. ¿Cuál habría sido la alternativa? Libertad de prensa, pero eso no existía».

La emisora estatal DT64 era el equivalente a Radio 3 en la RDA. Su programa más popular en 1987 era Parocktikum, dirigido por Schramm, que pinchaba bandas como Dead Kennedys, The Fall, The Clash, Nick Cave o Einstürzende Neubauten. Se da la paradoja de que muchos de los discos que emitía este canal público habían cruzado el paso fronterizo del Muro de contrabando en el bolso de la abuela de Schramm. Para los jubilados de Alemania del Este no había telón de acero, podían cruzar la frontera cuando quisieran, permanecer hasta sesenta días en la RFA, y el locutor utilizaba a su abuela de camello de novedades discográficas. En la tienda de discos Coretex, «Hogar del Hardcore y del Punk», en Oranienstrasse, la calle con las mejores puestas de sol de Kreuzberg, se acostumbraron a la presencia de viejecitas del Este rondando el mostrador. En lugar de papel de regalo, les envolvían los vinilos con las camisas de álbumes de ABBA y Karel Gott para que no tuvieran problemas en los pasos fronterizos.

En el programa inaugural de Parocktikum, el 27 de marzo de 1986, los alemanes orientales escucharon por primera vez a Hard Pop, la banda fundacional del punk en Berlín Este seis años antes. El grupo, que tenía ambiciones literarias y componía con los poemas de Bert Papenfuß y Stefan Döring, se llamaba entonces Rosa Extra, como una marca de compresas de la RDA. Para conseguir el Einstufung el tribunal cultural les había obligado a cambiar de nombre y dulcificar el «pesimismo, la oscuridad y la ideología poco clara de sus letras» (sic). Incluso la sintonía de cabecera de Parocktikum era de Hard Pop, una versión punk de un clásico del folklore ruso, «Katjuscha». «Estábamos en 1986 —recuerda Schramm—, la época de apogeo de la política aperturista de Gorbachov, la glásnost».

El DJ empezó a recibir y emitir casetes grabados en equipos primitivos. En 1987 recibió veinte. Como no eran suficientes y su audiencia, cada vez más numerosa, comenzó a demandar nuevas bandas, tuvo la idea de organizar conciertos en escenarios como el cine Babylon, grabarlos, producirlos y luego emitirlos en abierto. Había encontrado la manera de saltarse la burocracia que rodeaba al material discográfico. Así surgió el fenómeno de Die anderen Bands, las otras bandas, grupos independientes que nacieron en unas condiciones únicas.

Se creó la paradoja de que una banda indie de la RFA anhelaba que sus discos sonaran en la radio, mientras que una banda indie de la RDA anhelaba que sus grabaciones en la radio sonaran en un disco.

Aunque Parocktikum amplió la cobertura dedicada a la música alternativa hasta dejar acartonado todo lo que se había escuchado hasta el momento, el éxito de Schramm no le concedió la licencia de pinchar a su antojo. Omitía buena parte de las demos que recibía. Recuerda en particular cómo se cuidó de emitir «Deserteur», de Die Firma, un himno muy controvertido contra el servicio militar obligatorio. Prefiere matizar con honestidad su trabajo como pionero de la radio alternativa:

—Muchos músicos y aficionados consideran que mi compromiso impulsó la escena underground e hizo posible lo imposible. Pero si consideramos mi trabajo desde la perspectiva de la «verdadera escena underground», la que se rebeló contra el Estado mientras ponía en peligro su vida social —en otras palabras: la verdadera contracultura—, entonces también se puede interpretar mi programa de radio como parte del aparato represivo. Con mi espacio abierto a nuevos conciertos y producciones, actué como si el sistema tolerara culturas «divergentes». Y al ocultar el hecho de que una parte de esa escena permanecía violentamente reprimida, fui cómplice con el sistema.

Unas semanas antes del concierto en Zionskirche, aceptó la invitación del grupo de oposición emergenteKirche von Unten, al que pertenecían Dirk Moldt y Silvio Meier, para pinchar en una fiesta organizada en otra iglesia, St. ElisabethKirche. A lo largo de la noche aparecieron Tatjana Besson, Paul Landers, músicos de Die anderen Bands y seguidores de su programa. La gente estaba de buen humor, había calidad sonora, botellas de vino, cerveza, humo. Al acabar, en la calle, cuando Schramm salía del templo cargado con sus casetes y sus vinilos, se le acercó un muchacho. «Baja tus cosas». «¿Por qué?», respondió el DJ sorprendido. «Porque quiero golpearte en la boca». Schramm se quedó paralizado sin hacer ningún amago de bajar nada. Como no reaccionó, el chico le golpeó violentamente en la cara con el puño cerrado. «Esto es por lo que estás haciendo», le escupió cuando regresaba a la fiesta con sus amigos.

—Me quedé aturdido. Creo que alcancé a gritarle con cierto patetismo «¿no podríamos discutirlo con más calma?». Me agredió porque en mi programa en una emisora estatal programaba música punk y alternativa, y al mismo tiempo la policía perseguía y espiaba a los punks. Yo actuaba como si no pasara nada y, en realidad, eso no era cierto. Sí que pasaba.

Lutz Schramm se perdió el concierto de Die Firma y Element of Crime en Zionskirche por un malentendido. No sabe si intencionado o no. Esa noche se presentó en otra iglesia de Prenzlauer Berg. Le pasaron las coordenadas equivocadas del lugar del evento.

—¿Cómo te va? ¿Puedes hablar un segundo? ¿Hablabas portugués, verdad? ¿O era español? Sí, tienes razón, los confundo. Mira, estoy con un periodista de España, está escribiendo un libro sobre la contracultura en Berlín Este, y me pregunta si podría hablar contigo sobre lo que ocurrió en Zionskirche la noche del concierto de Die Firma […]. Me acaba de entrevistar en mi estudio, una entrevista interesante, fue agradable […]. Sí, pero tú sabes cómo comenzó todo en el Sputnik […]. Ya, bueno, a quien le tiene que interesar es a él. Escucha, es solo una pregunta, si no quieres, dímelo, sin problema […]. ¿Que qué te va a preguntar? Las preguntas no te las puedo adelantar. Nunca sabemos de antemano qué nos van a preguntar, la cuestión es si te apetece o no. Si le resulta interesante al periodista es cosa suya […]. A ver, simplemente respóndeme a la pregunta: si quieres o no […]. Okay, amigo mío, me lo imaginaba, no pasa nada, ahora se lo digo […]. Sí, claro, espero verte en tu cumpleaños […]. Ah, es verdad, estaré en la mesa pinchando desde las diez de la noche, te veo mañana entonces. Lo comprobaré en la guest list… […] No te preocupes, chaochao.

Henryk Gericke, antiguo cantante de la banda punk The Leistungsleichen, ocupaba la primera fila entre el público. Estaba en el altar de Zionskirche con el fotógrafo Hartmut Beil, que no llevó la cámara y apenas tiene recuerdos de lo que pasó, los dos habían bebido mucho. Gericke, nacido en Berlín Este tres años después de la construcción del Muro, en 1964, hijo de un exitoso dramaturgo de los estudios de la DEFA, había crecido en Prenzlauer Berg con el resentimiento de que su ciudad era el zoo de Berlín Oeste. «Mis padres se divorciaron cuando tenía ocho años. La casa de mi madre estaba en Oderberger Strasse, pegada al Muro. Mi camino del metro a casa seguía el recorrido de la pared de hormigón. La plataforma en el lado occidental era humillante: desde allí te observaban como si fueras un animal en el zoológico. Nunca me sentí en casa en la RDA». A una de estas plataformas, como si se tratara de un mirador en la reserva de una biosfera política, se subió el presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy durante su visita en 1963.

Casi sesenta años después Gericke sigue en Prenzlauer Berg. Su apartamento es bohemio y el desorden es literario, pero cuando llamo a la puerta me pide, como buen alemán, que me descalce. Hay libros, casetes, vinilos, primeras ediciones de Kraftwerk y Suicide expuestas en un primer plano como si se tratase de una tienda de discos. Guarda como un tesoro un EP de 1981 de Die Unbekannten, la primera banda de Mark Reeder en Berlín Occidental, que le hizo pasar sudores fríos durante un control policial en el metro porque en la portada de la camisa del disco aparece un fotón con tres policías de frontera. En las paredes cuelgan óleos oníricos pintados por su amigo Ronald Lippok, pintor y baterista en los años ochenta de Rosa Extra y Ornament & Verbrechen, y que también estuvo en Zionskirche.

Gericke ha teorizado sobre el punk de la RDA y le ha buscado una divisa para hacerlo reconocible: ¡Ostpunk! Demasiado futuro. El movimiento creció a contracorriente del punk rock occidental, el de Berlín Oeste, Londres y Nueva York. Su hostilidad no se dirigía contra un horizonte sin futuro ni perspectivas ni trabajo, el No Future de los Sex Pistols. En la RDA había trabajo. De hecho, era obligatorio trabajar. La falta de ocupación estaba perseguida como conducta antisocial y castigada con penas de cárcel. A cambio, había seguridad laboral. El paro juvenil era un oxímoron. Los alquileres eran bajos. Nadie podía ser desahuciado de su casa. La sanidad y la educación hasta la universidad eran universales y gratuitas. El aborto era libre hasta el tercer mes de gestación. La píldora se prescribía con receta médica. En una imagen hoy edénica, había cochecitos de bebés aparcados en las puertas de las universidades, y eran de los estudiantes. «El problema era que todo estaba programado desde la infancia hasta la jubilación —dice Gericke—. Estaban planificadas las etapas de cada biografía. La pertenencia a las organizaciones juveniles, el servicio en el ejército, el trabajo en la fábrica socialista o el ingreso en una universidad con una fuerte carga ideológica. Estaba regulado casi desde el colegio el oficio al que te ibas a dedicar, cómo te tenías que vestir, dónde viajar. Mi mayor temor desde que tenía catorce años era que jamás pudiera conocer otros países, que no pudiera leer determinados libros. No era un temor abstracto, era real».En 2005 Gericke organizó la exposición ¡Ostpunk! Demasiado futuro en la Künstlerhaus Bethanien de Berlín y un año después escribió el guion del documental homónimo, un fenómeno que reveló a Occidente el punk creado en el Este. Curiosamente, nunca incluyó a Die Firma.

Su epifanía particular con el punk le sobrevino en la Juventud Libre Alemana (FDJ), la organización estatal a la que pertenecía la mayoría de los jóvenes a partir de los catorce años, hasta graduarse, si no querían arriesgarse a algún tipo de discriminación en su formación. Tenían un local, organizaban conciertos, hacían excursiones y eran la única alternativa para matar los ratos muertos cuando salían de la escuela. Estaba suscrito a su revista Die Trommel, donde vio una fotografía de una pareja de punks de Londres. Todo le parecía insólito, el pelo mohicano, el maquillaje negro en los ojos, los imperdibles en la mejilla, la correa con la que él la paseaba a ella. Le hipnotizó tanta belleza. La foto venía acompañada de un pasaje ucrónico que sostenía que los punks eran jóvenes que se mataban entre sí en los conciertos y arrojaban los cuerpos a las alcantarillas; que la corriente era una forma de protesta contra el capitalismo que no podría triunfar dado que no estaba fundamentada en los principios marxistas-leninistas.

El hechizo era compartido por el resto de alemanes del Este, que cuando se cruzaban con punks por la calle los contemplaban con exotismo, con curiosidad cosmopolita, porque no podría tratarse de conciudadanos. «Al principio pensaban que éramos extranjeros —dice Gericke—. Incluso se alegraban de vernos porque creían que veníamos de Berlín Oeste. Nos aplaudían en el metro». Pronto empezaron a resultar molestos. No solo para la Stasi, que quiso acabar de raíz con una subcultura juvenil que amenazaba con independizarse.Escuchaban frases que hacía tiempo que no se decían en suelo alemán: «A vosotros se olvidaron de gasearos».

Antes de despedirnos le pedí que hiciera la llamada telefónica. Uno de sus viejos amigos de Prenzlauer Berg también había ido al concierto, pero con los neonazis.

—Estaba claro, no quería aceptar tu propuesta de entrevistarle —me dijo Gericke tras colgar el teléfono—. Durante un tiempo fue un problema serio entre nosotros, discutimos mucho cuando ocurrió. Me impactó verle con el grupo de skins.

A las 21:45, Ronny Busse y un grupo de treinta neonazis se despidieron del Sputnik y subieron a un tranvía en dirección a la iglesia de Prenzlauer Berg.

El concierto en Zionskirche acabó a las 22:15. Los asistentes que habían dejado la iglesia y esperaban en la parada de Kastanienallee la llegada del tranvía se encontraron de frente, nada más abrirse las puertas del convoy, con los neonazis, que la emprendieron a golpes sin mediar palabra.

Los skinheads avanzaron a paso ligero con sus botas militares, como una falange dispuesta para la carga, por el adoquinado mojado con la lluvia de octubre que conducía a la iglesia. Entraron teatralmente en fila de a dos con el brazo derecho alzado, entre proclamas tradicionales de la Alemania nazi —«¡Sieg Heil!»—, insultos —«¡Cerdos rojos!»— y desiderátums utópicos en un Estado comunista como la RDA —«¡¡Comunistas fuera de aquí!!».

Unos minutos antes Erik Weiss había reunido el coraje propio de un groupie para entrar en la sacristía detrás del altar y acercarse a Sven Regener:

—¿Cómo puedo conseguir vuestro primer disco? —le preguntó—. Soy fanático del baterista Uwe Bauer4.

«Era una excusa como cualquier otra para charlar con él —dice Erik—, de mostrarle que lo conocía, que vivíamos en la misma ciudad… En esa época era muy raro que músicos de Berlín Occidental vinieran a tocar a Berlín Este. Cuando sucedía, sentías que vivías en la misma ciudad. Tampoco era fácil para ellos».

—¿No tienes un amigo o un familiar que te lo pueda traer de Berlín Occidental? —le respondió Sven Regener.

Entonces oyeron los gritos. Los skins se desataron con una violencia y una rabia inusuales. Iban armados con botellas, bates, puños americanos, barras y cadenas de hierro.

«Escuchamos las voces, el ruido de cristales de botellas rotas, de repente se hizo el caos —recuerda Regener—. Vimos algo parecido a un remolino humano, pero no la pelea, y pensé, ya está: la Volkspolizei».

En la oscuridad de Zionskirchplatz se intuían los faros de una patrulla de la Volkspolizei, la Vopo, la policía de la RDA, que vigilaba el concierto a una distancia prudente. Durante el ataque de los neonazis a la iglesia decidió no intervenir. «¿Usted querría verse envuelto en semejante algarada?», diría después un oficial. Los Vopos se limitaron a hacer una llamada de emergencia a las 22:22 horas a la central de Prenzlauer Berg y esperar órdenes, que no llegaron. La única instrucción que recibieron fue que mantuvieran su posición y esperaran la llegada de refuerzos.

«El ataque fue brutal, organizado, nos pilló por sorpresa a todos», dice Satán.

Eran casi treinta cabezas rapadas con las venas del cuello hinchadas, una coreografía de sesenta brazos, pero se estaban enfrentado a una multitud de más de quinientas personas, que, como el baterista del grupo punk Antitrott, Raimo Adler, comenzó a repeler el asalto. Se escucharon gritos de socorro, hubo carreras, ruido de cristales rotos. Frank Tröger logró salir de la iglesia en cuanto encontró una oportunidad. El cantante de Die Firma los conocía. Se habían presentado en otras ocasiones en sus conciertos para provocar a la audiencia. Dirk Moldt, que se había acercado con Silvio Meier a la puerta de entrada para pasar el cepillo y recoger donaciones para la imprenta («¡Sean generosos! ¡Sabemos cómo financiar una revolución!»), pensó al instante que todo lo que habían conseguido con la Umweltbibliothek se iría por la borda, las autoridades intervendrían, clausurarían la imprenta. Ante el tumulto, apenas tuvo tiempo para reaccionar, amagar y protegerse las gafas. Vio a Silvio caer devorado por la masa informe de puñetazos y patadas. No sería la última vez que su amigo se enfrentaría a unos neonazis en Berlín. Una calle en Friedrichshain lleva su nombre. La noche del 21 de noviembre de 1992, cuando solo tenía veintisiete años,padre de un niño de un año, se cruzó en la estación de metro de Samariterstrasse con cinco skinheads que lo desangraron a puñaladas.

La pelea multitudinaria continuó en la calle. Eran viejos amigos y hubo ajustes de cuentas. La tendencia skinhead de Berlín Oriental había evolucionado de la escena punk. Los cabezas rapadas, antes de ser neonazis, habían sido punks. Incluso miembros de bandas de música punk. Por eso Henryk Gericke conocía a uno de ellos. «Todo fue muy rápido, vi cómo una botella lanzada por los skins le abría la cabeza a una chica —dice Gericke—. Cuando salimos, la iglesia estaba rodeada de coches de policía. Para mi sorpresa, eran ellos los que estaban más tranquilos. Nos acercamos y les gritamos: ¡Haced algo!». Se refugió en el apartamento de Ronald Lippok, que vivía cerca de la plaza. Tras calmarse, bajó a la calle, y de camino a casa se cruzó con un vecino que dos semanas antes se había mudado a su bloque en Prenzlauer Berg. Se guarecía en un umbral, atento a lo que sucedía en la puerta del templo. «Los dos nos sorprendimos. Él sabía que yo regresaba de Zionskirche y yo supe —le delataba la hora, ese traje inconfundible, su reciente mudanza, todo lo que había ocurrido en la iglesia— que él trabajaba para la Stasi».

Los vecinos de los edificios colindantes encendieron la luz y se asomaron a la ventana. Un matrimonio de confidentes habituales de la Stasi llamó a la comisaría de Berlín-Mitte para informar del altercado.

«¿Unos neonazis empiezan a gritar “Heil Hitler” dentro de una iglesia alemana y la policía del pueblo, en la calle, responde como si le importara una mierda? ¿Cómo es posible?», se pregunta Regener.

Cuando llegaron los refuerzos policiales la plaza estaba despejada.

Algunos skinheads, por inercia, continuaron de caza en Schönhauser Allee. Ahora, de homosexuales, en la puerta del Schoppenstube, el bar gay más antiguo de Berlín Oriental. Entrada la noche regresaron a sus casas en transporte público.