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Finalista del Premio Kirkus de Ficción En el valle del río Rojo, en Dakota del Norte, está a punto de celebrarse una boda asediada por los celos y la incertidumbre. Gary Geist está impaciente por casarse con Kismet Poe, convencido de que será la solución a todos sus problemas. La joven, que perdió la oportunidad de negarse durante la torpe pedida de mano, apenas alcanza a imaginar su futuro, y mucho menos el que Gary puede ofrecerle. Hugo, su amigo, confidente y, en ocasiones, amante, lleva años enamorado de ella y está decidido a recuperarla. Mientras tanto, la madre de Kismet, Crystal, transporta remolacha azucarera para la familia del novio. En sus viajes nocturnos por la autopista le asaltan visiones de ángeles de la guarda, y no puede evitar preocuparse por lo que le espera a su hija, y a ella misma.Poderoso río Rojo es, como el paisaje que la enmarca, una novela de enorme belleza que nos habla de personas corrientes que sueñan, crecen, se enamoran, luchan, soportan tragedias y guardan amargos secretos. Y en el fondo, como en todos los libros de esta gran maestra de la literatura contemporánea norteamericana, trata de nuestro desgarrado vínculo con la tierra y la existencia, con todo su absurdo y todo su esplendor. «Louise Erdrich es una escritora de gran inteligencia emocional, con un enorme talento para la narración al estilo clásico». The Times «Louise Erdrich debería ser una de las principales candidatas al Premio Nobel de Literatura, y esta novela no hace más que reforzar esa idea. El libro es totalmente cautivador, otro triunfo rotundo. En él la locura se mezcla con la brutalidad, la comedia con la más desgarradora tragedia… Y que Erdrich lo logre con tan aparente facilidad, gracia y alegría es un testimonio de su grandeza sin igual y un regalo glorioso para sus lectores».The Boston Globe «Erdrich escribe con enorme fuerza y algún día recibirá el Premio Nobel de Literatura». Sherman Alexie «Louise Erdrich es la novelista norteamericana más interesante que ha aparecido en años». Philip Roth
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Seitenzahl: 558
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Edición en formato digital: marzo de 2026
Título original: The Mighty Red
En cubierta: ilustración © Raúl Allén / Pencil Ilustradores
Diseño gráfico: Gloria Gauger
© Louise Erdrich, 2026
All rights reserved
© De la traducción, Susana de la Higuera
© Ediciones Siruela, S. A., 2026
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 979-13-88032-47-9
Conversión a formato digital: María Belloso
LA CONDUCTORA NOCTURNA, 2008
Crystal
PARTE I: LA PEDIDA, 2008
El diamante
El grito
Memoria matemática
Nunca más
No es un ser triste y apático
El gañán
La librería de Bev
La búsqueda de sentido del ser humano en el contexto del tiempo geológico
El plan de Eric para una bella notte
Pomada Icy Hot contra el dolor
La Sartén en el Cielo
¡Ay!
Martin Poe
El queso que faltaba
La hiedra del Señor
La segunda pedida de mano
Un ojo morado en el Asador de Pookie
El pergamino
Hugo
La casa
El chollo
La sangre de los dioses
El sofá modular barato
Duelo en la librería de Bev
Riesgos y beneficios de autodispararse con una pistola eléctrica
Winnie
La reunión
Proseguir
El bandido adorable
Winnie
Licor de melocotón
Calabaza espagueti
PARTE II: LOS VOTOS, 2009
El poderoso río Rojo
La escalera roja
Gatita Peligrosa
Altos techos
Sin halo
La taza de té
¿Quiero?
Pipas rayadas
El fogonazo
La luz dorada
Ventaja perfecta
La lluvia ácida
PARTE III: EL BANQUETE DE BODAS, 2009
Mercancías dañadas
La alarma sonará
La tarta de funeral
Amor de seta
El golpe
La ofrenda
PARTE IV: LUNA DE MIEL, 2009
Comida rápida
Las habichuelas mágicas
Al otro lado de las lilas
Los pastos
Dos perritos
Polvo vs. tierra vs. barro
La sustancia de Dios
La caminata de Happy
Huesos de campos de remolacha
Carbón animal
El pastelito y las llaves
El espacio exterior
El coche del granjero
Rasputín
El monje loco
Diz y Gusty
Los cenizos
Los huesos de Venus
Kismet
La muerte de Emma
El vuelo vespertino
Eric
El adulto
Tres atracos y una historia
Los extraterrestres
Uvas congeladas
Crystal
PARTE V: MATRIMONIO, 2009
Crystal
Mala hierba del año en Dakota del Norte
Apestada
El botín de los chalecos
Hugo
Semillas mágicas
Eric
La fiesta
Divino arrebato de velocidad
Jordan
La rama
Yo te rechazo
La fidelidad de Jordan
Pino nudoso
Las postales
Hugo
El registrador de lodo
Palabras necias
Memorabilia
La ratonera
El club de lectura del apocalipsis
Al límite
Martin
Al límite
Ichor
Al borde del abismo
Ichor
DESPUÉS DEL MATRIMONIO
El álamo es el árbol más amable
Negro carbón, negro diésel
Martin
Charley
Dulzura
Evolución, 2023
Evolución, 2024
De nuevo
Agradecimientos
A todos los que aman a las aves
y defienden su lugar en la Tierra
El río Rojo del norte es joven. Desde el cielo parece un trozo de cuerda dispuesto sobre una tabla plana que dibuja un intrincado garabato de retorcidos bucles. El río se une a los ríos Ottertail y Bois de Sioux y discurre hacia el norte en una ligera pendiente desde Wahpeton hasta Winnipeg. El río es fangoso, opaco por los sedimentos y tóxico por la escorrentía de los campos. No es un río para bañarse, pero sí para pescar, al menos en su nacimiento. El río es cambiante, un hilillo lánguido y soñoliento en verano, alborotado como un niño travieso en primavera, cuando se desborda inundando campos y refleja el cielo al igual que su madre: un vasto lago prehistórico. Durante milenios, las aguas dieron a la tierra del valle del río Rojo su negrura y su vida. El río es poco profundo, es insondable, allí me crie; lo es todo.
Una templada noche de otoño, en el valle del río Rojo en Dakota del Norte, Crystal se puso al volante de un camión de volquete lateral International, salió de la fábrica azucarera y comenzó su recorrido. En el campo, las remolachas de los cultivos de los Geist se amontonaban formando una enorme pila en la zona de acopio de la empresa. Crystal enfiló la carretera, salió por la vía de acceso y cargó el volquete de la pila. Regresó a la fábrica y descargó. Repitió la operación tantas veces como era posible en un turno de doce horas.
En los turnos de noche, siempre llevaba un almuerzo concreto: dos sándwiches —de fiambre de pavo con pan integral—, zanahorias, chips de manzana, cacahuetes y dos galletas. Junto a la fiambrera llevaba una bolsa de lona con compartimentos para herramientas. Los huecos de la bolsa siempre contenían las mismas cosas: móvil, herramienta multiusos, chicles Black Jack, pomada contra el dolor Icy Hot en roll-on, paracetamol y bálsamo labial. También tenía palitos de carne con jalapeños, su cepillo de dientes y la cartera. En el bolsillo, un gorro de la suerte tejido por su hija. Crystal también llevaba una cruz de madera de olivo que el padre Flirty le trajo de Tierra Santa. No es que fuera muy católica, pero, como otras personas partidarias del orden, era supersticiosa. Su turno empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las seis de la mañana. Cuando se marchaba a trabajar, su hija ya estaba haciendo los deberes, a no ser que estuviera trabajando de camarera. Crystal volvía a casa a tiempo para saludarla antes de que se fuera a clase.
A las once de la noche, Crystal se comió su primer palito de carne con jalapeños y se aplicó un poco de pomada Icy Hot. Salió de la fábrica de vuelta a los campos, con las luces largas atravesando extraños bancos de niebla que iban surgiendo y desapareciendo, cuando de pronto una sombra brillante cruzó la carretera. Antes de que pudiera pisar el freno, la oscuridad engulló al animal. Era un puma, el primero que veía en su vida. La luz de los faros se reflejó en su pelaje y en la despiadada inclinación de su cabeza. Crystal apoyó el codo en la ventanilla y redujo la velocidad. Al pasar por el lugar donde había visto evaporarse al gran felino, sintió un leve cosquilleo en la mandíbula. Incluso en la cabina del pesado camión, algo la había alterado. Una pequeña desazón. Una profecía. Intentó apartarla. Kismet, su hija, y Martin, su marido, seguramente estarían rematando el día en casa. Quizá Kismet había hecho palomitas y Martin se estaría preparando una taza de la infusión especial que le gustaba tomar antes de irse a dormir. Estaban a salvo.
—Sintoniza tus pensamientos con una emisora mejor —murmuró.
Sus reflexiones se interrumpieron al girar por el camino de grava y dirigirse hacia las potentes luces halógenas que refulgían en el terreno de acopio.
En el trayecto de vuelta a la fábrica, Crystal llegó a pensar que la visión pudiera tener que ver con la abuela que la había criado, Happy Frechette. Happy llevaba whisky a Fargo para venderlo durante la Ley Seca. Hacía el trayecto a pie y desperdició una botella defendiéndose de un puma. ¡Una buena suma de dinero! Más de setenta años después, seguía lamentándose por ello. Cada vez que relataba su peripecia, esta se volvía más larga y accidentada. ¿Cruzarse con aquel puma podía ser la señal de que la abuela había muerto al fin? La avaricia y la crueldad habían mantenido viva a Happy, pero nadie vive eternamente. Aunque si había alguien…
Crystal se ensimismó en sus pensamientos y accionó el montacargas de la fábrica de remolacha. Se caló el gorro que Kismet le había tejido con brillantes hilos dorados; parecía el casco de una guerrera. Un par de hombres se burlaron de Crystal, pero ella les contestó fingiendo que estaban celosos. Todavía seguía estremecida por el puma, pero no dijo nada al respecto. El gran felino había aparecido solo para ella. El montacargas se elevó hasta que el interruptor de mercurio abrió la compuerta lateral y volcó treinta y dos toneladas de remolacha.
Cuando Crystal volvió a la carretera, sonaba en la radio el programa con llamadas de oyentes que tanto le gustaba.
Esa noche, el tema eran los ángeles. ¿Están ahí fuera? ¿Nos están escuchando? La respuesta es sí. Al Ringer, el presentador, hablaba con una experta. Hablaban sobre las Criaturas de Santidad, el Príncipe de las Caras, el Tetragrámaton y la Orden de los Querubines. La experta en ángeles anunció que lo analizaría todo en detalle. Si observabas los cielos, podías pedir ayuda al Ángel Presidente, encargado de dirigir el movimiento de las estrellas esa noche. Por ejemplo, la constelación de Libra, que se podía ver ahora, estaba regida por Zuriel. ¿Merecía la pena dirigirse a Zuriel? Probablemente. Aunque Zuriel estaba por encima de la palabra, Zuriel se comunicaba con el Señor de las Huestes mediante signos. Decía lo que se necesitaba, lo que se requería, en la Tierra. Podría decirse que las peticiones silenciosas de Zuriel llamaban más la atención porque llevaba anillos especiales que destellaban y brillaban.
Un oyente, de nombre Boris, llamó al programa. Boris había recibido la visita de un ángel cuando era niño. El ángel lo había despertado llamándolo suavemente desde los pies de su cama. Tras levantarse, el ángel lo llevó afuera dando un premeditado portazo con la intención de despertar a sus padres. Estos se asomaron a la ventana y vieron a su hijo en el jardín. Salieron corriendo sin perder un segundo. Entonces el ángel ordenó a Boris que huyera lo más rápido posible. Los padres persiguieron a Boris. Ya habían recorrido casi toda la manzana cuando la casa saltó por los aires detrás de ellos.
—El ángel nos salvó la vida —vino a concluir el oyente.
—Esa es la misión de los ángeles —respondió la experta sin inmutarse.
—¿Qué aspecto tenía el ángel? —preguntó Al.
—El de una foca.
—Una foca.
—A ver, era una cosa brillante y dorada, pero sí, una foca.
—En la antigüedad, las focas eran tenidas por peces —puntualizó la experta.
—¿Estás diciendo que la foca, o el ángel, te condujo escaleras abajo hasta el jardín? —insistió Al—. ¿Cómo ocurrió? Físicamente.
—Una mano surgió del extremo de la aleta y la foca-barra-ángel estaba como flotando. Todo parecía normal.
—Pueden tomar formas muy diversas. Yo soy la primera en reconocer que no tengo un especial…
Al interrumpió a la experta.
—Un momento, tenemos otra llamada.
La siguiente llamada era de un oyente que era, o al menos se consideraba, un ángel.
—¿Por qué? —preguntó Al.
—Soy el elegido. Así de simple.
—¿Qué opina de esto nuestra experta?
—Intentaré ser amable, pero los ángeles no son seres terrenales.
—Ni yo tampoco.
—Existen fuera del tiempo.
—Yo también.
—Los ángeles ven el mundo desde todas las dimensiones posibles.
—Yo también.
—Tienen encuentros directos con Dios.
—Evidentemente.
—Bueno —intervino Al—, parece que eres un ángel. Gracias. Siguiente llamada.
—Hola. Soy madre de un hijo. Vivimos en una granja. Cuando mi hijo era muy pequeño, trepó por un silo de cereales y cayó dentro. Cualquier otro habría muerto asfixiado por los cereales, pero él no. No se hundió. Contó que algo lo había levantado desde abajo. Más tarde, en el zoo, trepó a lo alto de una valla metálica y bajó por el otro lado. Era la valla del foso de los tigres. Un tigre se acurrucó a su alrededor y no le hizo nada. Mi hijo se ha librado por los pelos de muchas situaciones muy peligrosas. La primavera pasada, salió a la nieve con sus amigos después de una fiesta. Iban a toda velocidad en sus motos de nieve. Y sucedieron cosas. Pero él salió más o menos bien parado. Mi pregunta es la siguiente: primero, ¿tiene un ángel de la guarda?; y segundo, ¿cómo dar las gracias a un ángel en concreto? Ah, y tercero, ¿cómo podemos evitar que ocurran estas cosas?
Crystal subió el volumen, se inclinó hacia delante y miró la carretera vacía mientras conducía.
—Lo que quieres entonces es saber qué está pasando, ¿no? —dijo Al.
—Sí, sí, eso es —respondió la oyente.
La experta intervino, emocionada:
—Por supuesto que sí, ¡tu hijo tiene un ángel de la guarda! Y por la gravedad de estos incidentes, yo diría que su ángel de la guarda está muy bien posicionado, quizás a la derecha de Dios. Estos casos son la prueba de que…
La experta siguió hablando durante un buen rato, pero para entonces Crystal ya había dejado de escuchar. Conocía a la persona que llamaba. La voz pertenecía a Winnie Geist, miembro de su club de lectura, a cuyas tierras familiares y pilas de remolacha acababa de llegar entrando por una vía de acceso. Crystal podía incluso mirar a través de los campos perfectamente llanos, que relucían bajo la luna como tranquilos y oscuros océanos, y divisar la luz que titilaba en una ventana del segundo piso de la casa de Winnie. Todo el mundo conocía la historia del tigre y lo que había sucedido después de la fiesta que Winnie había mencionado en la radio. Pero Crystal desconocía el asunto del silo de cereales y de los otros sucesos donde se había salvado de milagro. Al Ringer prosiguió con el programa. Crystal apagó la radio y condujo un rato en silencio, con las luces taladrando suavemente luminosos agujeros en la oscuridad. Nunca le había caído bien ese muchacho. Gary. Pero la gente afirmaba, como suele hacer la gente, que debía de tener un ángel de la guarda. Gary estaba en la misma clase de instituto que su hija. De hecho, habían salido un par de veces, en contra del parecer de Crystal. No podía olvidar que Gary formaba parte de un grupo de chicos que acosaba a Kismet en su época de gótica inocente y trabajadora. Crystal no terminaba de fiarse de él y, desde luego, no se fiaba de su madre. A Winnie Geist le gustaban los finales trágicos, incluso la historia difícil,1 y fingía que entendía lo que ella llamaba la física de la agricultura.
Crystal le puso Kismet a su hija para atraer a la suerte y darle ligereza de corazón. Pero el destino también tuvo algo que ver. Y el puma parecía ser una sombra hambrienta. O tal vez —tocó la cruz de madera de olivo que colgaba de su cuello y recordó la luz reflejada en su pelaje—, tal vez lo que había visto era un ángel exterminador. Pensó en aquel otro gran felino que se había negado a comerse a Gary y volvió a acariciar la cruz de madera. Crystal no sabía si había algo serio entre Kismet y Gary, pero sí sabía que los ángeles de la guarda solo protegen a su persona especial. Acercarse a alguien con un ángel tan poderoso como el que tenía Gary era buscarse problemas.
1Hard History: la historia más difícil y controvertida, que abarca el estudio de la esclavitud, el genocidio contra los indios, el racismo, etc. (Todas las notas son de la traductora).
A veces la piedra lucía apagada, como si no quisiera brillar, pero ese día centelleaba. Garrick Geist, alias Gary, con demasiadas prisas en la vida a sus dieciocho años, abrió la cajita con bisagras y movió el anillo para captar la luz. La piedra preciosa le guiñó un ojo. Colocó el estuche en el portavasos situado entre los asientos delanteros del coche de su madre. Había abierto la cajita muchas veces para contemplar la fina y dorada sortija. Aun así, en cuanto cerraba la tapa quería volver a comprobarla. La dependienta de Fargo le aseguró que estaba comprando una pizca de eternidad para llevar encima. Le hubiera gustado que no dijera «pizca». Podría haber dicho, quizá, pedazo de eternidad, o símbolo. La gente creía que era un chico seguro de sí mismo, engreído, sobre todo durante la temporada de fútbol, que era ahora. Su madre siempre insistía en que desde el minuto uno había sido una cabra loca, aunque con una suerte sobrenatural, que se había salvado por los pelos de morir ahogado, sufrir mutilaciones, o padecer todo tipo de catástrofes. Así fue hasta la fiesta. Estaba convencido de que iba a tener suerte de nuevo. Aunque una palabra que no fuera «pizca» le habría ayudado en ese momento.
Mientras esperaba a que su novia, que decía que no era su novia, bajara corriendo los escalones de la entrada de su vieja y destartalada casa al final de la calle principal de Tabor, extendió la mano, la retiró y superó el impulso de mirar otra vez el anillo. Entre cargar o transportar remolacha azucarera y el partido local, tenía tres horas libres por delante. ¿De verdad la gema le había guiñado el ojo? Empezaba a sentirse ridículo, pero quizá debiera comprobar al menos que seguía ahí. Gary lo había comprado con su propio dinero, no con el de sus padres, y se sentía feliz por ello. Su padre había comenzado a pagarle por la parte del trabajo que hacía en la granja. En realidad, no eran tan ricos como la gente se imaginaba. Era cierto que había heredado mil doscientas hectáreas, probablemente algo más de su tío también, y que a los veintiún años se convertiría en socio de pleno derecho, pero ese otoño habían empezado a construir una casa nueva y la deuda de la granja suponía una fuente de preocupación. Aun así, un joven necesitaba dinero en efectivo, decía su padre. Además de comprarse su propia moto de nieve —aquello fue el año anterior—, Gary se había hecho con la sortija. Ambos objetos estaban más relacionados de lo que nadie hubiera pensado: la moto de nieve era la razón por la que había tenido que comprar el anillo y pedirle matrimonio a Kismet R. Poe. Ahí estaba ella, ante la ventanilla del asiento del copiloto. Gary salió rápidamente del coche, dio la vuelta al vehículo y le abrió la puerta. Su madre le había enseñado cómo tratar a una dama, y Kismet R. Poe era toda una dama, su dama, o al menos eso esperaba.
Por supuesto, lo más lógico era que se riera de él y le dijera que eso no servía para una mierda. Pero por mucho que a veces ejerciera de tipa dura, era una buena chica, así que se limitó a sonreír y negar con la cabeza. Gary sintió dibujarse en sus labios una sonrisa tan vergonzosamente nerviosa que, mientras rodeaba el coche, se llevó la mano a la boca para borrarla. Cuando arrancó el motor, ya había recuperado el control absoluto de su rostro. No se le ocurría ningún sitio al que ir en el pueblo. Quería un lugar especial: un mirador que no fuera una presa; una colina, pero no había colinas; un árbol magnífico. Pero en Tabor estaban talando todos los árboles viejos. Nadie sabía por qué. El único lugar que se le ocurrió se encontraba a media hora de coche. Así que le propuso dar una vuelta y se pusieron en camino.
Después de dejar atrás el último de los tres semáforos del pueblo, tomaron la curva del primer paso elevado y pasaron por delante de Carrocerías Steve y de varias hileras de maquinaria agrícola gigante. Un establecimiento de venta de semillas, palés apilados y el Asador de Pookie Valley. En la recta, Gary se puso a conducir con las rodillas y, de vez en cuando, apoyaba algunos dedos en la parte inferior del volante. Kismet tenía la cabeza en otra parte. Agotaron los temas de conversación en los primeros minutos. A Kismet no le importaba; estaba a gusto con sus propios pensamientos y disfrutaba de un silencio sin complicaciones. De pronto, Gary le preguntó si se aburría. Ella restó importancia a la cuestión y contestó que era una persona visual.
—Oye, si te aburres, podemos hablar o lo que sea —le propuso.
—No, estoy bien así. Me gusta ver pasar el mundo. Es tan interesante como hablar.
De hecho, era mejor, al menos en lo que a Gary se refería. Le gustaba el aspecto de los campos y las zanjas a finales de octubre, los suaves colores chamuscados, los pálidos rastrojos que quedaban entre las hileras y los árboles desnudos y erizados. Contó las copas de los pinos que rodeaban las granjas para protegerlas del viento.
Sin embargo, al cabo de uno o dos kilómetros, la pregunta de Gary sobre si se aburría enturbió el silencio y dejó al descubierto que, en realidad, se aburría, y mucho, y ese aburrimiento consciente le recordó lo que había dicho Stockton, su cínica mejor amiga: que el aburrimiento formaba parte de la vida en un pueblo pequeño y que había que emborracharse para sobrellevarlo. Ahora no estaba borracha. No se emborrachaba muy a menudo. Sin embargo, pensó que si iba a pasar mucho tiempo con Gary, necesitaría tener una botella a mano.
Aun así, había algo en él…
Respiró hondo, contuvo la respiración y parpadeó mirando el lago cuadrado. Sí, era un lago cuadrado. Se había excavado la tierra en un campo y se había trasladado para construir el segundo paso elevado. Kismet contempló el lago al pasar mientras soltaba el aire lentamente.
—Es agradable viajar en silencio —dijo.
Kismet quería evitar que Gary compartiera sus pensamientos. Corría el riesgo de que se pusiera solemne a hablar de sus ideas sobre agricultura o de su filosofía, según la cual uno debe hacer lo que le manda su madre. Kismet conocía a la madre de Gary y lo ponía en duda. Gary creía que las frecuencias de radio podían transmitir enfermedades. Empezaba muchas frases diciendo: «Hay dos tipos de personas…». No creía en Dios, pero decía que la idea de que los extraterrestres hubieran fabricado la madeja de la vida le parecía admisible. También hablaba, por ejemplo, de los Diez Mandamientos, y se preguntaba si el «No matarás» era aplicable a los ciervos. Le encantaban los ciervos. Lloraba cada vez que veía uno muerto. También lloraba cuando veía uno vivo. Aquello era algo de Gary que realmente conmovía a Kismet. El chico se negaba a cazar. Su padre y su tío intentaron llevarlo de caza. Él se negó. Le encantaban los animales, no solo los ciervos, sino todos los animales. Aun así, a Kismet no le gustó que le dijera que le recordaba a un ciervo en invierno, con sus ojos castaño oscuro y su pelo a juego. Los ciervos eran criaturas encantadoras, pero no dejaban de ser animales de presa.
«La universidad me sacará de aquí», pensó Kismet, y una leve punzada de miedo le dio sueño. Reclinó el asiento. Los rayos del sol se filtraban por el parabrisas; era un sol otoñal que irradiaba la suave luz de primera hora de la tarde. Se adormiló en una siesta placentera, mientras Gary meditaba en voz alta sobre si los huesos de dinosaurio eran reales o si los había colocado allí una raza superinteligente de antiguos humanos, o extraterrestres.
—Otra vez los extraterrestres… —murmuró Kismet.
—Por supuesto que sí —aseveró Gary con voz heroica.
—Tú sabes que los huesos son reales —repuso Kismet.
—Es posible —contestó Gary.
—Aquí está el desvío a ese lugar. ¿Te acuerdas de Blosnik? Era un hombre muy activo. Hay dos tipos de…
—Ya lo sé —le interrumpió Kismet—. Tu madre y tu padre…
—Sí, Winnie y Diz.
Le gustaba llamarlos por sus nombres de pila.
—Siempre dicen que hay dos tipos de personas: las activas y las pasivas. Les gustó mucho que Blosnik llevara a nuestra clase a excavar fósiles…
—A orillas del río Sheyenne —completó Kismet—. Allí fue donde encontraste el diente de bisonte. Que los extraterrestres no pusieron allí.
Cerró los ojos y se preguntó por qué pasaba su día libre con Gary escuchando siempre las mismas cosas, que repetía una y otra vez. Aunque a veces se abría paso algún pensamiento sorprendente. Pero no era el día.
—Vale. Un diente de bisonte —asintió Gary—. ¡Petrificado! Ya sabes…
—Convertido en piedra —dijeron al unísono.
Kismet apartó la mirada. A Gary se le hizo un nudo en la garganta. Estaba tan nervioso que había vuelto a caer en los cansinos temas de conversación habituales. Redujo la velocidad. Estaban cerca. En casa, guardaba el diente en la estantería de sus trofeos, bajo una campana de cristal. «Cómo mola», decía cada vez que pasaba por delante. Ahora, el diente de piedra marrón descansaba en su bolsillo. Lo había cogido para que le diera suerte. Kismet y él tendrían que caminar hasta el lugar donde lo había encontrado. Allí le propondría matrimonio. Detuvo el coche.
—¿Ves aquello? —Señaló más allá de un campo y le dijo que daba a la orilla del río.
Kismet no estaba por la labor.
—¿Vamos a cruzar ese campo andando? ¿Me tomas el pelo? Llevo mis botas buenas. —Kismet levantó el pie y apoyó el talón en el salpicadero—. De aquí no me muevo, Gary.
—No te hagas la dura. Quiero enseñarte dónde encontré el diente de bisonte petrificado.
—El diente mola, lo admito, pero…
Kismet señaló con la barbilla a unos cazadores con chalecos naranjas que caminaban por la linde de la barrera forestal. Gary siguió su mirada.
Cierto, que le disparasen no ayudaría a que aceptara casarse con él.
—Oye… —Kismet sacó la cajita del portavasos y, antes de que él pudiera decir nada, la abrió—. Un anillo. —Lo dejó de nuevo en su sitio—. Vámonos a casa.
Gary cogió el estuche y le rogó que esperara.
—Dáselo a tu madre —le dijo Kismet.
—Me voy a poner de rodillas.
—¿En el coche?
Gary arrancó a toda velocidad y la caja tintineó en el portavasos con el traqueteo. Kismet se agarró fuerte cuando se lanzaron por un tramo de grava y se precipitaron hacia una granja abandonada llena de cardos gigantes. Unos arbolitos se asomaban entre las tejas desvencijadas del tejado. Gary detuvo el coche en seco y se volvió hacia ella, atormentado. No podía hablar. A Kismet, su gesto atractivo y agónico le derritió el corazón.
—Ay, no me mires así.
—Cásate conmigo.
Kismet le soltó que tenía novio, aunque no era del todo cierto.
—Me da igual.
Gary cogió la cajita y le ofreció el anillo. Le temblaban las manos. Había adelgazado desde marzo y las mejillas hundidas le daban una autoridad espeluznante. Kismet intentó apartarse, pero no podía moverse. La desesperación del muchacho la paralizaba. Gary le cogió la mano y no la soltó, y, antes de que Kismet pudiera reaccionar, el anillo ya estaba puesto en su dedo.
—Ahhh, ahhh, ahhh… —consiguió farfullar.
—¿Sí? ¿Has dicho que sí? ¡Has dicho que sí!
Gary se abalanzó por encima del portaobjetos central y el portavasos, y se echó sobre ella, llorando y enloquecido:
—Sí, sí, sí, oh, Dios mío, te quiero, haré lo que sea por ti.
Y así una y otra vez, agobiándola; y después, conforme se iba tranquilizando, insistía en la fuerza de su pasión, su compromiso, su ardor, su adoración y su amor. Porque no cabía duda de que eso era amor, pensaba Kismet, aquello era el no va más. Kismet lo había conquistado. Tenía el corazón inflamado. Gary haría cualquier cosa por ella, lo que fuera. Lo que ella sentía por él no tenía importancia en ese momento. Él nunca había salido mucho tiempo con una misma chica. Y de pronto salía con Kismet, y todos en el instituto la trataban con una mezcla de escepticismo y extrañado respeto.
¿Era cierto, al menos, que ella lo encontraba soportable? ¿O había algo que tiraba de ella, una sensación de estar ante algo inevitable? Todo el mundo decía que Gary siempre conseguía todo lo que se proponía. Pero ¿acaso ella también quería dejarse llevar por una estimulante locura, porque eso era lo que él estaba haciendo, una locura de amor? ¿Era eso la pasión?
Mientras regresaban por donde habían venido, Kismet encendió la radio sin escuchar la música. Intentaba pensar. Gary le había dicho que no le importaba que tuviera otro novio. ¿Era real su otro novio si jamás pronunciaba su nombre? Quizá no tuviera por qué casarse con Gary Geist, sino que podía estar comprometida con él durante un tiempo. Decidió que no tenía por qué llevar el anillo. No había nada malo en ver qué pasaba entre ellos aparte de las relaciones sexuales, que habían tenido, o casi, detrás de un viejo elevador de cereales y en el sofá del sótano de su amigo Charley. Durante la temporada de fútbol, Gary se quedaba a menudo en casa de Charley para no tener que ir en coche hasta la granja.
Gary era guapo, pero el atractivo de Charley era totalmente de otro tipo. Su aspecto incomodaba a la gente. Charley Jura, Knieval Rappatoe y Harlan Gall eran algunos de los muchachos que estuvieron en aquella fiesta. Y Eric Pavlecky, el mejor amigo de Gary. Eric vivía en una granja cercana y también estuvo allí. Eric iba al instituto en coche con Gary todos los días. Era el único de aquellos chicos que saludaba a Kismet entre clase y clase, cuando se cruzaban por el pasillo.
—¿Se lo vas a contar a Eric?
—Ya lo sabe.
—¿Lo del anillo?
—Sí, fuimos juntos a Fargo. Se quedó esperando en el coche.
—¿Se lo enseñaste?
—Iba a hacerlo, pero me dijo que era asunto tuyo y mío, y que debía guardármelo para que fuera una sorpresa. ¿Te ha sorprendido?
—Sí, mucho.
—Como ya sabrás —puntualizó Gary, como si fuera una especie de profesor—, los diamantes son de la época de los dinosaurios. Son carbono petrificado. Tan antiguos como el mundo. —Tras una pausa llena de dramatismo, añadió: —Llevas un símbolo de la eternidad.
—Dios mío —susurró Kismet antes de que se le hiciera un nudo en la garganta.
Un sudor repentino apareció en su frente y sus axilas, angustiándola tanto como el anillo. Una presión de millones o incluso miles de millones de años. Se quitó el anillo discretamente y lo dejó en el portavasos en silencio. Ella también había asistido a la clase del señor Blosnik y estaba bastante segura de que los diamantes eran incluso más antiguos que los dinosaurios. Unas náuseas crecientes, un dolor de cabeza punzante y un miedo opresivo fueron apoderándose de ella y sustituyendo a los sudores en el trayecto de vuelta, pero remitieron enseguida en cuanto llegaron a su casa. Gary detuvo el coche y bajó de un salto, pero no llegó a tiempo a la puerta de Kismet. La joven ya iba por la mitad de la deteriorada acera de hormigón. Se despidió con la mano. Gary le mandó un beso y luego miró a su alrededor para comprobar si alguien más estaba viendo la escena. Por ese motivo, no se percató de que ella no le devolvió el beso. Ya había entrado en la casa. Gary sacó el diente de bisonte. Lo sujetó en la mano un momento, asintiendo con la cabeza en una oración silenciosa. La gente decía que había tenido suerte de sobrevivir a lo que pasó en la fiesta, pero había veces en que pensaba que sería mejor estar muerto. Volvió a ponerse al volante, y solo cuando enfiló el acceso a la carretera principal, dando golpecitos al volante mientras refunfuñaba a la radio, miró hacia el portavasos y vio el fulgor del anillo.
—¡Mamá!… ¡Mamá!
Era el grito de pánico de Kismet, que llegaba del vestíbulo. Crystal se levantó de un salto y fue corriendo desde su pequeño y caótico escritorio. Era su noche libre. Kismet extendió los brazos y se abrazó a su madre.
—¿Qué pasa?
—Gary me ha pedido que me case con él.
Crystal se apartó de su hija y se llevó las manos a la cara.
—Mamá, pareces El grito.
—No te pongas sarcástica —dijo Crystal—. Esto es muy serio.
Bajó las manos hasta la cruz de madera de olivo. Kismet se retorció los dedos con amargura. Crystal advirtió que al menos no lucían un anillo y supuso que Kismet no había dicho que sí. Intentó controlar el alivio en su voz y dijo:
—Vamos a tomar una taza de té.
—Quiero una infusión para la tripa.
La voz de Kismet sonó malhumorada, como la de una niña pequeña, y aquello irritó a Crystal, pero aun así respondió:
—Claro.
Había un pequeño tarro de miel en el centro de la mesa redonda de la cocina. Tenía forma de colmena. Kismet se sentó y lo observó mientras el agua hervía en la endeble placa eléctrica. Habló en un tono lúgubre y apagado.
—Todo el mundo sabe que las abejas viven en cajas, así que ¿de dónde sale esta forma de colmena?
Su observación fuera de lugar parecía un grito de socorro. Pero si Crystal se lanzaba a dar su opinión sobre Gary, podía conducir a Kismet a arrojarse directamente a sus cansinos pero demasiado afortunados brazos de deportista. Se entretuvo, vertió el agua hirviendo en un colador lleno de hojas de menta, puso las tazas en unos platillos con cucharillas y llevó las infusiones a la mesa.
—Quizás, oye, la vida de pueblo en Inglaterra —dijo Kismet, poniendo su teatral mirada perdida—. ¡Ya ves, se ha convertido en todo un símbolo!
Siguieron en silencio, soplando suavemente la bebida caliente. Crystal tomó pequeños sorbos con torpeza, como si se hubiera olvidado cómo se movían los labios. Podía ver reflejadas sus propias estrategias de adolescente, y desvió la atención recordando cómo solía revolverse en las arenas movedizas de las hormonas y las nuevas emociones.
—¿Qué sientes tú… por él?
Crystal habló con la voz más neutra posible. Para no decir más de la cuenta, dejó la taza en la mesa y se pellizcó la rodilla.
—Es posible…, creo… que le quiero —respondió Kismet, mirando a su madre como si acabara de tener una gran revelación—. De hecho, es posible que esté enamorada. Enamorada. ¿Qué se siente? ¿Qué sentías tú por papá cuando me tuviste? Supongo que le quieres, pero en aquella época, ¿estabas locamente enamorada de él?
Kismet hundió la cuchara en el panal de miel y se quedó mirando la infusión, absorta, mientras la miel se deslizaba por la cuchara y se disolvía. De pronto, su rostro se abrió como una florecilla implorante y se inclinó hacia su madre.
«Ahora tengo que tener mucho cuidado», pensó Crystal. Su matrimonio con el padre de Kismet había terminado. Crystal ya lo había pensado antes, pero siempre surgía cualquier motivo para no dejar a Martin. Sin embargo, esta vez estaba bastante segura de que iba en serio. Había estado retrasando la ruptura hasta que Kismet se graduara y estuviera a salvo en la universidad. Se le encogió el corazón, se relajó, se encogió… Tomó aire para serenarse. Mejor no hablar de eso. Como le ocurría tan a menudo desde que Kismet era adolescente, Crystal imaginó un puente de madera desvencijado y dibujó el camino para cruzarlo.
—¿Locamente enamorada? Eso creía yo —respondió.
—¿Eso creías?
—Creía que eso era lo que sentía entonces, sí.
Se dio cuenta de que Kismet quería decirle algo, pero no deseaba disgustarla. Por favor, Dios mío, que no esté embarazada, rogó Crystal para sí y cerró los ojos. Pero Kismet solo tenía una pregunta.
—¿Era algo sexual?
—En parte. —Crystal abrió los ojos—. ¿Sigues tomando anticonceptivos?
—Sí. ¿Cuánta importancia tenía el sexo? Dame una cifra.
—¿Una cifra?
—Un porcentaje.
Crystal levantó las manos en un gesto de exagerado estupor. Después, se dieron leves bofetadas en la cara y estallaron en carcajadas hasta quedarse sin aliento.
—¡Dame una cifra! ¡Dame una cifra!
Crystal terminó por decir con voz entrecortada:
—Ochenta.
Kismet soltó un grito y fingió atragantarse con la infusión. Al final, Crystal no pudo contenerse, ya no aguantaba más. Apoyó la cabeza en la mesa y murmuró en voz alta.
—No es lo bastante bueno para ti.
Crystal se incorporó. El rostro de Kismet se había endurecido casi imperceptiblemente. Ahora parecía como si ambas tuvieran manos de póquer e intentaran no revelar su juego. Kismet fue la primera en levantarse y llevó las tazas al fregadero.
—Me quiere de verdad, mamá —dijo, mirando por la ventana hacia su jardín sagrado de color marrón chamuscado.
«Soy una tonta», pensó Crystal.
Eran prácticamente de la misma estatura, Kismet solo medía un centímetro más. Eran mujeres flexibles pero robustas, no eran guapas en el sentido convencional contemporáneo, sino más bien recordaban a las estrellas de cine de los años treinta, con unos labios fruncidos en forma de pitiminí, cejas oscuras y acampanadas, rostros ovalados clásicos con pómulos prominentes y mandíbulas afiladas. Sin necesidad de sonreír, Kismet era capaz de mostrar un hoyuelo arrebatador, que enfatizaba un lado de su sonrisa con una expresión de ironía o complicidad. Tenía unos tiernos ojos marrones y unas largas pestañas negras. Los ojos de Crystal tenían un brillo más afilado, porque la vida le había enseñado a ser desconfiada. Las dos eran curvilíneas, flexibles, con pies pequeños y arqueados, hechos para llevar tacones. Podían caminar kilómetros y kilómetros con tacones sin apenas dolor. Sus manos regordetas y de aspecto frágil eran en realidad resistentes zarpas. Las de Crystal estaban curtidas de conducir los camiones de la Internacional; las de Kismet, ágiles por llevar los platos desde las lámparas de calor hasta las mesas. Ambas eran muy trabajadoras, descendientes de campesinas ojibwes, recolectoras de patatas y entregadas contrabandistas. En aquellas viejas películas habrían podido interpretar a las chicas de los gánsteres. De hecho, el apellido de soltera de Crystal era el mismo que el de Billie Frechette, la novia menominee de John Dillinger. Había conservado ese nombre, pero permitió que Martin le diera a Kismet su apellido: Poe. Otro nombre oscuro con un tocayo de pelo rizado en las sienes. El cabello de Crystal y Kismet no era rizado, sino liso y negro. A Crystal le llegaba a los hombros y a Kismet por media espalda. Cuando Kismet quería poner fin a una conversación, se sacudía la melena con fuerza. Eso mismo hizo entonces, después subió a su habitación y dejó a Crystal plantada al pie de la escalera.
Mientras conducía de vuelta a casa con el anillo refulgiendo en el portavasos, Gary decidió no concederle mayor importancia. Su madre había querido darle a Gary el dinero para que comprara la sortija. Winnie lo sabía todo, o casi todo, porque había hablado con ella justo después de la fiesta. La mujer sabía quién, o tal vez qué, se le había aparecido cuando quedó atrapado en la rama. Sabía que seguía visitándolo, a veces incluso durante los partidos. Para una familia de agricultores, era verdaderamente difícil que un hijo jugara al fútbol durante el inicio de la campaña de la remolacha. Parecía razonable que, con todo lo que había pasado, no jugara esa temporada, pero era su último año. Además, tenía otras razones. Así que contrataron a un recolector del pueblo y Gary cargaba o transportaba remolachas todo lo que podía hasta bien entrada la noche, ¿y qué más daba si suspendía el tipo de matemáticas que impartía Speck? Sabía muchas más matemáticas de lo que Speck podía imaginar. Había que saber un montón de matemáticas para llevar una granja. En realidad, no era culpa suya. El profesor se la tenía jurada, como era público y notorio.
Unos meses antes, su madre había empezado a preocuparse por los productos agroquímicos. Desde que Diz empezó a usar el herbicida Gramoxone, que contenía paraquat, vivía aterrorizada por si tenía algún descuido. Tomar una pizca por error podía destruirte el hígado y los riñones. Incluso el contacto con la piel resultaba dañino. No había antídoto. Diz y Gusty tenían mucha precaución, pero ella seguía asustada. Y luego estaba la atrazina, que Diz echaba al maizal. Era un producto químico que contaminaba el agua del pozo. A Winnie le preocupaba sobre todo el efecto de la atrazina en el pene. Que lo fuera a encoger o hacer femenino. ¿Por qué? Decía que era para concienciar a Diz, pero a Gary le molestaban aquellas advertencias tan drásticas. Por supuesto, una vez que empezaron las clases, miraba de reojo en el vestuario. El suyo parecía normal, pero, por otra parte, quizá la sustancia química les hubiera afectado a todos. Tal vez todo el grupo lo tenía torcido. Había buscado en internet, con gran afán de hecho, no porque fuera adicto al porno como pensaba la gente. Lo más probable era que no. Solo quería saber si daba la talla en el mundo, literalmente. Lo que vio le deprimió más de lo que podía soportar. Había de tantos tipos distintos, ¿y cuál era el suyo? Se dio cuenta de que solo podía verlo desde un ángulo, mirándolo desde arriba, y no le servía de mucho utilizar un espejo. Abrió su preciado móvil Razr V3 y se sacó fotos del pene desde distintos ángulos. Entre las cosas que ocurrieron ese otoño, Knieval abrió el teléfono de Gary y descubrió sus fotos. Y luego afirmó a voz en grito que le daba miedo quedarse a solas con Gary, el marica, lo que a su vez provocó que Gary le diera una paliza durante la clase de mates, etc. En ese preciso momento, el señor Speck regresó al aula. Gary estaba de pie junto a Knieval, que sangraba por la nariz.
—Gary, ¿has pegado a Knieval?
—Sí.
—Sí, señor.
—Sí, señor.
El señor Speck tenía la cabeza cuadrada y pobladas cejas negras que sobresalían sobre sus pequeños ojos negros y brillantes. El señor Speck, que llevaba melena y tenía una mirada superinteligente y era genial para ser profesor de matemáticas, dijo lo siguiente:
—¿Has estudiado? ¿Recuerdas lo que significa «exponencialmente»?
—No…, señor.
Knieval seguía tendido en el suelo. Gary bajó la mirada y vio cómo Knieval se reía de él con los dientes ensangrentados.
—Sal de aquí —le dijo Speck a Knieval—. Y de camino al despacho del director, no manches el suelo de sangre.
Speck dio unos pasos hacia Gary con un libro en la mano y se detuvo con un gesto de paciente desprecio.
—Significa, Gary, en una aplicación funcional del mundo real, significa que algo crece muy rápido, cobra fuerza, y antes incluso de que te des cuenta de su existencia, está ya fuera de tu control. ¿Quizá como cuando fuiste a toda velocidad ladera abajo? ¿Verdad, Gary? Ahora, digamos que causaste la muerte de dos personas y dejaste lisiada a otra de por vida, tú o tal vez fuese Eric, pero apuesto por ti. Y, al hacer eso, fuiste el causante de tripas desgarradas, corazones rotos y cabezas repletas de dolor en tres familias, por no hablar de un gran número de amigos e incluso conocidos en este pequeño y unido pueblo. En esas familias, provocaste una enorme herida negra de sufrimiento, y eso, joven Gary, no se cura jamás. Se cierra, pero nunca cicatriza. Algo así siempre deja un poso de angustia en una familia, una brecha que hace estremecerse a la gente. Siempre dolerá mencionarlo y siempre se evitará. ¡Y a tantísima gente! Así que el daño que causaste y que empezó en el momento en que te lanzaste a toda pastilla por aquella pendiente, o perdiste el control o lo que fuera que hicieras, se ha vuelto exponencial. Exponencial es una palabra terrible para ti, porque también va más allá de las muertes. Eres responsable de muchas más cosas: el bien que podrían haber hecho las personas a las que quitaste la vida se ha perdido. Los amores que podrían haber disfrutado, perdidos. Los hijos que podrían haber tenido, perdidos. Perdido, perdido, perdido. De manera exponencial.
El señor Speck se marchó. Gary se levantó en medio del silencio de sus compañeros.
¿Para esto se había apuntado a las clases de matemáticas de Speck?
Gary llevaba la cazadora del equipo con la inicial bordada, porque era día de partido.
Su equipo. El Mighty Red.2 63. Dio vueltas en círculo con los brazos abiertos, esperando que alguien hiciera alguna broma. Pero no sucedió.
¿Para esto había seguido vivo?
Gary salió de la clase de matemáticas y avanzó por el pasillo. Echaba humo. Estaba temblando. Nadie le vería nunca temblar ni llorar. Cruzó las puertas del gimnasio vacío y se sentó en las gradas. Una sensación insoportable y sin nombre brotó en su interior. Quería tirarse al suelo para reventarse la cabeza, pero con pesar supuso que no funcionaría. El suelo del gimnasio era de madera. Sintió cómo su mente volvía rápidamente a aquella noche en el río y a cómo debería haber reaccionado, pero esos pensamientos eran inútiles, inútiles, inútiles. Lo único que podía hacer era actuar con normalidad. Se levantó. Salió. Sabía que Kismet tenía clase de sociales a tercera hora. Se detuvo frente a su aula. Enseguida su respiración se ralentizó y su corazón se calmó. Había algo misterioso y mágico en Kismet, y salir con ella le ayudaba a sentirse cuerdo. Sospechaba que era su sangre india, uy, nativa americana, aunque no volvió a mencionarlo después de la primera vez. Gary estaba asombrado por el efecto que tenía sobre él, aunque durante la mayor parte de los años que había asistido a clase con ella, solo le había parecido una chica rara.
2Mighty Red: significa literalmente el Poderoso Rojo, y es también el apodo del río Rojo, que da nombre a la novela.
Como todas las madres e hijas, tanto Kismet como Crystal pasaron por las fases de Kismet. Antes de aceptar un trabajo y limpiar su imagen, Kismet había sido gótica, una gótica de bazar de todo a un dólar, pero ¿acaso no se trataba de eso? Una noche sombría se tiñó el lustroso cabello de un negro azulado mate, se delineó los ojos almendrados con gruesos trazos negros y se pintó los párpados con degradados de morado y granate. Crystal no reaccionó cuando Kismet bajó las escaleras a la mañana siguiente y se fue a clase. Así que subió la apuesta. Intentó mantener en secreto sus tatuajes hechos a mano. Kismet y Martin habían memorizado parte de la obra de su tocayo Edgar Allan. Crystal vislumbró las palabras «nunca más» en el omóplato de Kismet junto a un cuervo con aspecto de paloma. Fingió no darse cuenta. La verdad es que la dejó deprimida durante semanas. La ropa de Kismet era de rebajas o de la tienda de descuentos Thrifty Life, y totalmente negra, por supuesto. Destrozaba algunas prendas con mucho arte, otras ya venían rotas o muy desgastadas. A Kismet la mandaron a casa por las rajas debajo de las nalgas, que llegaban demasiado arriba y dejaban ver unas bragas violetas. La mandaron a casa de nuevo por salir a hurtadillas con una camiseta estampada con pechos falsos y pezones que había encontrado en un cubo de basura.
—¡Deja de ponerte basura! —le gritó Crystal.
Tenía un turno de seis de la tarde a seis de la mañana y la llamada del director la había despertado de un sueño que era esencial.
—Solo nos podemos permitir basura —respondió Kismet.
Aquel comentario le dolió en lo más hondo y Crystal rompió a llorar.
Kismet se mostró avergonzada y murmuró que lo sentía. Crystal siguió conduciendo, aunque se sentía más y más desdichada y no dejaba de preguntarse en qué se había equivocado. Quizá debería haberse casado con el padre de Kismet, pero no era un buen negocio. Si Martin tenía problemas económicos, algo que parecía casi seguro, no quería cargar con ellos.
—¿Es una especie de castigo por no haberme casado con tu padre?
—No —negó Kismet—. Lo respeto. Me parece bien.
—¿Es por mí o por algo que haya hecho?
—No.
—¿Entonces, por qué?
—Es que no me gusta cómo se comporta la gente. Por eso quiero dejar claro que soy diferente.
Aunque iba a estar agotada en el trabajo, Crystal no podía negar que sentía lo mismo y comprendía la rebeldía de su hija. Por un lado, no parecía implicar mucho consumo de drogas (que ella pudiera percibir) ni de alcohol (más fácil de discernir) ni de sexo (difícil de imaginar). De hecho, su hija no solía salir con chicos ni participar en las fiestas multitudinarias de las que Crystal oía hablar en su club de lectura o a Dale, que solía llevarla al trabajo. No, el principal aspecto del rechazo de Kismet a las convenciones era mucho maquillaje y la ropa que llevaba, así que ¿qué sentido tenía discutir por eso?
La ropa y el pelo eran indicadores superficiales, Kismet lo sabía. Pero significaban mucho en el instituto. Sin embargo, las cosas solo se pusieron realmente difíciles cuando empezó a mostrarse inteligente sin tapujos. Respondía a todas las preguntas en clase, ganaba a todo el mundo al ajedrez y refutaba todos los argumentos en discusiones informales con quienes comenzaba a llamar sus supuestos amigos. Incluso Stockton dijo que estaba yendo demasiado lejos. Aquello la desgastaba. Sentarse sola a la hora de comer y verse rechazada podría haberla convertido en un ser triste y apático, pero, al contrario, se volvió más dura. Por alzar la voz y desafiar al señor Speck, enviaron a Kismet a sentarse en la silla de la vergüenza en el despacho del director. Si enviaban a la silla a una chica popular, la silla era algo guay; pero para cualquier otra persona, resultaba humillante que te vieran sentada allí a través de las paredes acristaladas del despacho del director. Cuando los pasillos se llenaban de alumnos que cambiaban de aula, recibía esas miradas cargadas de curiosidad, lástima o desprecio, además de las de los chicos de primer y segundo curso, que se reían mientras le dedicaban una peineta. Solo había un muchacho que, en lugar de burlarse de ella, hacía todo lo posible para que lo mandaran al despacho del director y así sentarse junto a Kismet. Se trataba de Hugo.
Hugo abandonó los estudios después de sentarse junto a Kismet en el primer año de instituto.
—¿Por qué estás aquí? —le preguntó Kismet.
—Me aburría.
—Me refiero a ¿qué has hecho?
—Me puse a reír. Blosnik tenía la oreja llena de espuma de afeitar. Cada vez que giraba la cabeza, pues, era gracioso…
—Seguro.
—Por eso estoy aquí.
—No, me refería a por qué estás aquí en general, en el instituto. Eres un genio.
—¿Yo?
—Sí, idiota.
Al día siguiente, Hugo se negó a ir a clase. Sus padres lo arrastraron hasta las puertas dobles varias veces, pero a Ichor y Bev les faltó valor para empujarlo dentro del centro. Era listo, brillante, así que solicitaron escolarizar a Hugo en casa y encalaron el frío sótano para que tuviera un sitio donde estudiar. Empezaron a ahorrar para comprarle un ordenador, pero él les sorprendió recogiendo piezas de la biblioteca local y de la universidad comunitaria. Montó su propio ordenador. Y allí se sentaba, en el sótano, con mitones y una parka, encorvado y pegado a la pantalla. Por las tardes, Hugo trabajaba en la librería de su madre, Librería Bev. Algunos días iba en el camión con Ichor, esparciendo arena por las calles y rellenando baches para el ayuntamiento. A veces salía con su padre a comprobar el estado de los campos y los pastos. O respondían a las quejas de los agricultores vecinos. Como oficial de control de maleza del condado, Ichor podía aconsejar a los granjeros sobre cómo erradicar las malas hierbas. Hugo obtuvo el título de secundaria y empezó un curso universitario. Quería hacerse mayor y comenzar a ganar dinero para poder pedirle una cita a Kismet. Superó varios obstáculos. Empezaron a salir o quizás a no salir. Si era sincero consigo mismo, Hugo sabía que estaba más bien en el lado del quizás-no. Pero podía suceder cualquier cosa. Solo necesitaba dinero y un coche.
Un día, Kismet accedió a dar un paseo con él a plena luz del día y él le habló del coche.
—Me da igual que tengas coche —respondió Kismet—. ¿A mí que más me da?
Pasearon por el parque y se sentaron en unas gradas.
—Privacidad. Movilidad. Madurez.
—Algunos de los chicos que conozco con coche son muy inmaduros. En cuanto a la movilidad, lo entiendo.
—¿Privacidad?
—Ya, ahora entiendo lo que quieres decir. Venga ya, Hugo.
—Venga ya, ¿qué?
—Lo que estás pensando no va a pasar.
—¿Por qué no?
—Madurez. La tuya, tengas coche o no.
—¿Por qué no nos enrollamos y nada más?
—Ya, claro. Para ti eso sería como prender una cerilla en la hierba seca.
—Tendré un cubo de agua a mano —repuso Hugo, inclinándose hacia ella y dándole un beso de amor verdadero.
—Oye, ¿qué pasa aquí? —interrumpió Kismet—. Parece que sabes besar.
—He estado investigando un poco —respondió Hugo.
—¿En un sujeto humano?
—No, no, sueño contigo.
Kismet se rio.
—En serio.
—También en la librería de mi madre.
Un momento después, ella le preguntó si se trataba de un libro en particular, y él respondió:
—Una miscelánea.
—¿Palabra de lista de vocabulario? —preguntó ella.
Se sintió ofendido. Estaban sentados detrás del centro comunitario, al otro lado del dique, con vistas a la pista de hockey hierba. Solo iban a sentarse allí un minuto antes de recorrer el sinuoso sendero que atravesaba el parque hasta el campo de golf. Pero siguieron besándose. Cuando por fin se levantaron, estaban un poco mareados y tuvieron que quedarse allí sentados un rato más. Al fin, Kismet dijo:
—Acompáñame a casa, gañán.
En la escalera delantera de su casa, Kismet le dio un leve puñetazo en el brazo y le espetó:
—¡Espabila! No eres más que un crío.
Moho. El enemigo de los libros. Octubre se había vuelto más húmedo y más cálido. Hugo estaba atareado con el sistema de ventilación que había instalado en la librería. La noche anterior había vuelto a quedar con Kismet, esta vez en la esquina de un aparcamiento. Ahora intentaba distraerse. Mientras trasteaba con el deshumidificador, decidió que quizá lo más sencillo fuera aspirar el aire dentro de una zona aligerada, calentada por una bobina y luego exhalarlo, más seco, más limpio y libre de esporas, sin tener que vaciar los depósitos ni sufrir las frecuentes averías ni tener que cambiar constantemente los filtros de aire. Manipuló su invento con mimo maternal. Tenía que admitir que las estanterías de libros estaban más secas. Ya no se veían cubiertas enroscadas, ni rastros de moho artero en los estantes. Estaba harto de la continua guerra contra el moho. O eso o el tedio de la lucha liberaba sus pensamientos y emociones, y empezaba a temer la deriva de su mente desatada…
Se acomodó detrás del escritorio. Planificar su futuro le ayudaba. Al principio, difuso y chapucero. Pero trabajaría en esos planes endebles hasta que cuajaran, como la gelatina, aunque siguieran siendo inestables. Una clienta hizo ruido al otro lado de la estantería de novelas románticas. Era Mary Sotovine, una mujer corpulenta, bonachona y vivaracha, miembro del club de lectura de la librería. Hugo no quería hablar con ella, pero, como siempre, eso daba igual. Se encorvó sobre sus listas de anotaciones con el ceño fruncido. Levantó a su alrededor un muro de concentración. Pero, como de costumbre, Mary lo atravesó con sus poderosos rayos cursis.
—Holi, holi —saludó.
Hugo alzó la mirada despacio.
—Hola, señora Sotovine. ¿En qué puedo ayudarla?
—Pero ¡qué educado eres! —arrulló, embobada, con voz de pito.
Su corona rizada color moreno caoba, recogida en lo alto de la cabeza con una enorme garra de plástico azul, se bamboleó en agradecimiento. Hugo tenía que atenderla. Porque, al tratarse de otra mujer morena, la vio de pronto como parte de un paquete espiritual que incluía a su amor verdadero. Suavizó el gesto. Pensativo, miró a Mary Sotovine y dijo:
—Creo que tengo algo para usted. Un libro que podría gustarle. Quizá sea el próximo título del club de lectura.
Sacó de la estantería un ejemplar manchado de lágrimas de Come, reza, ama y se lo ofreció. Lo había leído como lo leía todo: engulléndolo. Se ponía en la piel del autor. La novela le había hablado a Hugo en su oscuridad y se inclinó con una ligera reverencia al tenderle el volumen con ambas manos. Mary observó al leer el título:
—Si le añadieras asesinato, sería perfecto.
La mujer solo compraba novela romántica o crónica negra.
—La búsqueda del amor del ser humano —explicó Hugo— combina muy bien con la búsqueda del sentido de la vida en el ser humano. Y quizá podría resolver un asesinato. Tenga. Cortesía de Bev.
Hugo añadió un libro de bolsillo ajado de Viktor Frankl y metió los volúmenes en una bolsa, doblando el plástico con suavidad sobre la tapa dura con sobrecubierta original y la manchada búsqueda de sentido.
Hugo se sujetó la cabeza con las dos manos, tapándose sus sensibles oídos, y clavó la mirada en las profundidades del tiempo. Su libro de texto definía un supereón como un periodo que abarcaba miles de millones de años y más de una era, que se contabilizaba en unidades de millones. Existía el Paleozoico, el Mesozoico y el Cenozoico. Todos eran derivados de términos griegos para la Vida Antigua, Vida Media y Vida Nueva. Millones de años. Estaban los periodos, el Jurásico, o el Cuaternario, en el que aún estamos, que también suponían millones de años. Las épocas y edades se contaban por miles. «Ante eso, ¿qué sentido tiene vivir el momento, como estoy viviendo yo? Cada instante sin saber si ella me quiere me parece un supereón —pensaba Hugo—. Y luego, cuando estoy con ella, el tiempo se colapsa. Kismet es un supereón colapsado». Hugo era un pensador pomposo. «Con Kismet, el tiempo no existe. O tal vez navegamos a toda velocidad entre épocas en el barco fantasma del deseo».
—Yo qué sé —dijo en voz alta—. Solo estoy intentando entenderlo.
Bajo sus pies había tablas de madera. Debajo de las tablas, un sótano excavado en un tramo de tierra vegetal de unos diez metros de profundidad y reforzado con piedras de campo comunes, o bloques erráticos. En las últimas décadas del siglo XVIII, un geólogo llamado Henri Louis Frédéric de Saussure descubrió rocas de un granito extraño, esparcidas sobre piedra caliza en lo alto del macizo del Jura en Suiza. «Terrain erratique», lo llamó, utilizando las palabras latinas erratus y terra para referirse a «terreno que ha errado». El término aún se utilizaba para describir las rocas generadas por el hielo glaciar.
«Así es mi corazón —pensó Hugo—. Mi corazón impulsado por una fuerza descomunal y abandonado aquí, un solitario errático».
Hugo dejó el libro sobre la mesa, porque se le saltaban las lágrimas. Sentía como si se le hubieran acumulado en el corazón por enfrentarse a tanto significado. A veces la tierra capturaba un volumen de hielo y el suelo se formaba sobre él, amontonándose hasta crear una morrena de hielo muerto. Después, a medida que la tierra se calentaba, las lágrimas glaciares regaban el suelo desde dentro. Podía brotar una fuente temporal de agua o un manantial glaciar. Eran habituales cuando Dakota del Norte estaba habitada de manera responsable, cuando los huesos de dinosaurio yacían en la superficie del arroyo Hell Creek y el Nilo del Norte, el río Rojo, era turbio pero puro.
Ahora, en el valle, el acuífero estaba siendo explotado para cultivar patatas perfectas para las patatas fritas de McDonald’s. Ya no había secretos manantiales burbujeantes.
Hugo vigilaba el tráfico a través de las hojas lanceoladas de las lenguas de suegra y los corazones abiertos de las monsteras en las ventanas. A primera hora de la mañana, había visto pasar a Gary solo en el coche de su madre. A última hora, Gary apareció desde la dirección contraria con Kismet. Al menos no se reían. No había señales visibles de felicidad. Kismet ni siquiera sonreía, pero ¿por qué estaba con Gary Geist?
