Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
A comienzos de los 2000, América Latina era el faro del progresismo: la marea rosa entusiasmaba con políticas de inclusión social, distribución del ingreso y ampliación de derechos. Casi como una aguafiestas, ya entonces Maristella Svampa reconocía esos logros pero veía señales de agotamiento ideológico en el verticalismo y la ausencia de autocrítica, la apuesta por una economía extractiva a expensas de la sostenibilidad ambiental y la retórica de un Estado de bienestar que chocaba con su incapacidad de dar respuestas reales a la sociedad. Ahora, cuando el progresismo se muestra impotente frente a las ultraderechas, o retrocede y se modera aún más, este libro construye una caracterización deslumbrante de la época con la certeza de que no hay un paraíso perdido al que volver. Si la pandemia fue una crisis extraordinaria que puso al desnudo las desigualdades y habilitó la ilusión de "salir mejores", la pospandemia nos enfrenta a una policrisis sistémica, que no es una sumatoria de colapsos (ambiental, económico, político) sino un contexto nuevo y un cambio de régimen en el que "lo viejo no funciona". Las ultraderechas entendieron esto como nadie y, mientras nos escandalizamos por sus niveles de crueldad, implementan estrategias de acumulación política que tendemos a ver como meros desbordes irracionales. Como sostenía la bióloga Lynn Margulis, la evolución de la vida no es fruto de la competencia, sino de la cooperación entre organismos en un mundo interdependiente. Con foco en América Latina y atendiendo al panorama geopolítico global, Maristella Svampa rastrea y reconstruye las experiencias de organización colectiva en las que late un proyecto contrahegemónico. Sin idealizarlas, nos invita a pensar cómo podrían potenciarse y dar un salto de escala, cuál sería la articulación con el Estado, y cómo sortear el riesgo de una autonomía funcional al neoliberalismo. Policrisis es un ensayo fundamental para empezar a tejer, en medio de la fragilidad, los hilos del futuro.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 338
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Índice
Cubierta
Índice
Portada
Copyright
Introducción
1. Perspectivas y alcances del colapso
La era del colapso ya llegó
Complejidad y miradas históricas del colapso
La era del colapso climático localizado
El colapso a gran escala en Río Grande del Sur
Colapso energético y apagones
2. La clave geopolítica. Las patas cortas de la descarbonización
Matriz energética y metabolismo social
Pactos Verdes, guerras y esquizofrenia pospandémica
Nueva diplomacia de los metales y consenso de la descarbonización
¿Y por China cómo andamos?
La otra pata de la descarbonización
3. Entre el colapso del progresismo y los límites del neodesarrollismo
Las promesas de los progresismos
De la polarización a los puntos ciegos
Neodesarrollismo y consenso extractivo exportador
Mandato exportador e ilusión neodesarrollista
La discusión que no fue
4. La expansión de las derechas radicales autoritarias
Las derechas radicales autoritarias
Estrategias de acumulación política y polarización asimétrica
Los dos momentos del negacionismo climático y el tiempo de las políticas antiambientales
Entre el discurso dilatorio y el ecofascismo
5. El experimento Milei
Lo común y lo específico de un experimento radical
Cambio de régimen
Neoliberalismo “desde abajo”
Batalla cultural y polarización asimétrica
Negacionismo climático, RIGI y expansión del extractivismo
6. Narrativas relacionales y prácticas alternativas para un mundo en crisis
Narrativas, giro ontológico y régimen de afectividad
Protagonismo femenino y éticas del cuidado
Nuevos oficios para la supervivencia
La alternativa comunitaria para la transición energética
Conclusión. Reflexiones finales sobre la policrisis
Agradecimientos
Bibliografía
Svampa, Maristella
Policrisis / Maristella Svampa.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2025.
Libro digital, EPUB.- (Singular)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-801-492-0
1. Movimiento Político. 2. Izquierda Política. 3. Derecha Política. I. Título.
CDD 324
© 2025, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de portada: Emmanuel Prado / <manuprado.com>
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: agosto de 2025
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-492-0
A la memoria de Carlos Janin
Introducción
Vivimos en tiempos oscuros, donde las peores personas han perdido el miedo y las mejores han perdido la esperanza.
Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, 1974
La esperanza es una disciplina. Un elemento esencial de nuestras luchas debe consistir en fraguar la esperanza.
Angela Davis, 2024
1
Se me hace difícil olvidar un encuentro fortuito que viví en abril de 2023 estando en Nueva York; un día lluvioso en el que tenía un compromiso en la sede del consulado argentino. Nunca había estado allí, y para peor llegaba tarde. Apenas traspuse el umbral, subí rápido las escaleras, cuando de pronto me choqué con alguien; un hombre de aspecto poco llamativo, que iba bajando solo, de modo cansino, y cuya figura no reconocí de inmediato. Segundos después me percaté de que la persona con quien me había topado era Alberto Fernández, entonces presidente de la Argentina. En algún lugar había leído que estaba en Nueva York desde hacía un par de días. Luego me enteraría de que, poco antes de mi ingreso intempestivo, el presidente Fernández había tenido una reunión, organizada a último momento, con investigadores y universitarios connacionales residentes en esa ciudad. Sin embargo, lo que más llamó mi atención no fue que estuviera en Nueva York, casi sin agenda pública, sino también que bajara esas largas escaleras completamente solo. Días después me crucé con alguien que dijo ser el único periodista argentino acreditado, y me contó que los principales medios nacionales con corresponsales en Washington habían decidido restar importancia a la presencia de Fernández y no habían enviado a nadie a cubrir la gira. No por casualidad había percibido en ese lento descenso por las escaleras algo de triste, solitario y final, un tufillo de fin de ciclo. Alguien me contó también que unos veinte años atrás, ese mismo lugar había sido el punto de encuentro entre una multitud entusiasta y el entonces presidente Néstor Kirchner, en el marco de un consulado totalmente desbordado.
En términos latinoamericanos, el punto de inflexión político fue enero de 2019, cuando Jair Bolsonaro asumió la presidencia de Brasil, el país más grande de América Latina. Hasta entonces se consideraba que la región, pese a las crecientes deficiencias de los progresismos, a sus liderazgos verticalistas, a las dinámicas políticas y económicas regresivas que ya se advertían, todavía estaba lejos de los procesos de radicalización que atravesaban Europa y los Estados Unidos, con sus consecuencias en términos de políticas antiderechos, de xenofobia, de negacionismos climáticos y “antiglobalismo”. Sin embargo, el arribo de Bolsonaro al Planalto no ocurrió de un día para el otro, sino luego de un período convulso que desembocó primero en la destitución parlamentaria de Dilma Rousseff, durante su segundo mandato (2011-2016), y poco después en el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula Da Silva (2018). Luego de esta debacle que socavó el sistema político brasileño, el final del ciclo progresista, tal como lo habíamos conocido, era un hecho. El fracaso del referéndum reeleccionista de Evo Morales en febrero de 2016, poco antes la victoria de Mauricio Macri en la Argentina a fines de 2015 y la derrota electoral del chavismo en las legislativas venezolanas, que reforzaría la deriva del gobierno, suman otros elementos en el plano regional.
Desde Brasil, con la asunción de Bolsonaro, nos llegaban señales desesperadas de amigos y colegas que denunciaban y se defendían como podían de las políticas autoritarias del gobierno, advirtiéndonos también acerca de los cambios que se estaban produciendo en la sociedad. Pero en la Argentina de 2020-2021, el riesgo de un crecimiento acelerado de las derechas parecía haber quedado atrás, dado que esta perdió las elecciones generales y quedó una vez más relegada a la oposición. O quizá, en realidad, muchos buscamos creer eso y empezamos a desoír las alarmas, pese a que en 2019 habíamos sentido la necesidad de mirarnos por primera vez en el espejo de lo que sucedía en Brasil para indagar durante un breve instante en nuestra propia perplejidad. Las alarmas no volvieron a activarse ni siquiera cuando un grupito de marginales radicalizados atentó contra la vida de Cristina Fernández de Kirchner, el 1º de septiembre de 2022, y milagrosamente falló en el intento.
Por supuesto, no todos desoyeron las alarmas. Varios textos pioneros así lo atestiguan, entre ellos el del argentino Pablo Stefanoni,quien analizó el fenómeno de las nuevas derechas radicales sin “lagañas tradicionales”, como diría Milcíades Peña. En ¿La rebeldía se volvió de derecha?, Stefanoni cierra la introducción con el sugerente subtítulo “Sin garantías”. Allí afirma: “Tengamos o no en la Argentina una fuerza política de extrema derecha, no estamos ajenos a muchos de los climas de época retratados en las siguientes páginas, básicamente porque nadie lo está” (2021: 27).
Ciertamente, ni la historia reciente ni el “Nunca Más” –expresión que condensa la revaloración del sistema democrático y el rechazo a la violencia estatal en los primeros años ochenta– nos sirvieron de garantía. Como argentinos, pensamos, probablemente desde una posición de superioridad moral, que los consensos logrados a lo largo de cuarenta años eran más generalizados, que las narrativas de derechos tenían raíces más tentaculares o configuraciones menos conflictivas.
Lo cierto es que ya en ese entonces comenzaban a verse los primeros gérmenes de una derecha radical movilizada en la calle, que apuntaba contra el movimiento social más potente surgido en los últimos treinta años: la marea verde feminista, que en aquel momento luchaba por obtener la legalización del aborto. En ese contexto de emergencia de nuevas derechas, lo que veíamos en la Argentina podía pensarse como el síntoma de algo más profundo, ya presente en Brasil, en sintonía con lo que ocurría a escala global, con la (primera) victoria electoral de Donald Trump en 2016 como una de las expresiones más significativas de los nuevos tiempos.
Frente a este escenario, en 2020 escribí un artículo extenso sobre las derechas radicales autoritarias buscando comprender el fenómeno en clave latinoamericana. Entendía que lo novedoso en América Latina no era tanto la disputa progresismo-antiprogresismo –que venía de lejos–, sino la fragilidad del contexto político emergente ante la crisis económica y el deslizamiento hacia un cambio de época. Las placas tectónicas se movían rápidamente, pero no sabíamos en qué dirección. Todo parecía indicar un backlash, una reacción creciente en contra de la narrativa de derechos disparada por la marea feminista, un retorno de lo reprimido que engarzaba tanto con las nuevas derechas tradicionalistas como con los fundamentalismos religiosos.
El mismo año en el que Bolsonaro asumía en Brasil, un progresismo ya deshilachado obtenía su corta y previsible revancha en la Argentina luego del desastroso gobierno de la derecha neoliberal (2015-2019) comandada por Mauricio Macri, quien nos dejó como legado un importante aumento de la pobreza y la inflación, sumado a una alarmante deuda externa contraída con el FMI. Sin sorpresa alguna, las elecciones presidenciales de fines de 2019 le dieron el triunfo a Alberto Fernández, en el marco de una coalición de centroizquierda que se autoproclamaba “peronista-progresista”, un frente liderado de modo verticalista por Cristina Fernández de Kirchner. El caso es que la victoria del progresismo, con un candidato de centro, más conocido por su capacidad de negociación que por su audacia política, parecía dejar atrás el fantasma del avance de las derechas. Al fin de cuentas, aunque el frente progresista estuviera debilitado, su retorno era la confirmación de ciertos consensos sociales que ni siquiera la derecha neoliberal se había atrevido a cuestionar en los cuatro años anteriores. Casi por inercia creímos que nos deslizábamos hacia el retorno de lo mismo, una vez más llegaría la hora de la derecha neoliberal, seguramente recargada, a la que habría que combatir y poner límites, como ya lo habíamos hecho entre 2015 y 2019. Al mismo tiempo, no éramos pocos los que sosteníamos también que el problema mayor no era solamente la derecha, sino el hecho de que, ya en 2019, los progresismos estaban vaciados y sin proyecto alternativo de futuro.
A fines de 2019 llegó la pandemia de covid-19 e ingresamos a tiempos extraordinarios. Encerrados en nuestras casas y enfrentados a un escenario de colapso sanitario y económico, los nuevos debates se abrieron a una reflexión de más largo plazo sobre el incremento de las desigualdades, el rol del Estado y la necesidad de plantear horizontes de transición ecosocial justa. Con Enrique Viale, colega y compañero de tantas batallas, lanzamos la propuesta de un pacto ecosocial y económico, primero en la Argentina, luego con otros referentes y activistas de la región –el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur– a escala latinoamericana.[1] Desde nuestra perspectiva, ante la coyuntura extraordinaria, resultaba urgente aprovechar las ventanas de oportunidad y activar procesos colectivos de liberación cognitiva para exigir transformaciones estructurales en pos de la justicia social y ambiental. Eso no implicaba desestimar las poderosas fuerzas políticas y económicas que impulsaban hacia la defensa del orden conocido y pujaban por un “retorno a la normalidad”, pero era claro que si la pospandemia retomaba esa dirección, todo ello supondría un reforzamiento del capitalismo del caos, más destrucción de la naturaleza, más colapso climático; en definitiva, menos democracia y más desigualdad.
Mientras tanto, el gobierno de Alberto Fernández apenas podía calificarse de progresismo débil. A menos de un año de su asunción, había pocas expectativas políticas y económicas, mucho menos frente a la socavada autoridad presidencial. En agosto de 2021, todavía en confinamiento, estalló el escándalo que más nos enfureció como sociedad, cuando se dieron a conocer las fotos de la fiesta privada del entonces presidente y su pareja, a lo que siguió poco después la noticia del “vacunatorio vip”, que, salteando los protocoles estrictos de la campaña, había favorecido a allegados al gobierno. En medio de todo, había movilizaciones contra la llamada “cuarentena eterna” que mezclaban personajes variopintos de la oposición, con una derecha bizarra y en ese entonces marginal, y militantes antivacunas. Nada que no sucediera en otros países del mundo…
En la pospandemia, ya sumido el país en una gran crisis económica, la figura de Alberto Fernández era apenas la sombra de una sombra, un holograma anodino que fue sustituido de hecho a fines de 2022 por el omnipresente y escurridizo ministro de Economía y luego candidato presidencial por el oficialismo, Sergio Massa, un político de mil caras, experto en manejo del Estado y en alianzas non sanctas. En 2023 ya estábamos inmersos en una crisis múltiple y todos los índices empeoraban, pero aun así no se habían encendido todas las alarmas.
2
Como toda crisis extraordinaria, la que produjo el covid-19 dio lugar a reclamos ambivalentes y contradictorios entre sí. La desnaturalización de aquello que teníamos normalizado suscitó demandas de solidaridad y cambio; pero, por otro lado, también conllevó demandas de orden y retorno al statu quo, a la llamada “normalidad”.
Por un lado, la desnaturalización de la crisis abrió una ventana de oportunidad, que se expresó en múltiples propuestas de transformaciones estructurales, que apuntaban a la reducción de las desigualdades y a un horizonte de transición ecosocial. Así, tras varias décadas de neoliberalismo, la pandemia puso al desnudo el incremento de las desigualdades sociales, económicas, étnicas y regionales, y los altos niveles de concentración de la riqueza, que se profundizaron luego de la crisis financiera de 2008. Asimismo, la crisis sanitaria y económica evidenció el retroceso de los servicios básicos de salud y educación (la brecha digital), el cada vez más difícil acceso a la vivienda y la degradación del hábitat. Por otro lado, la pandemia visibilizó el vínculo estrecho entre crisis socioecológica, modelos de maldesarrollo y salud humana. Detrás del covid-19 y el proceso de zoonosis, está la deforestación, esto es, la destrucción de ecosistemas que expulsan a animales silvestres de sus entornos naturales y de este modo liberan virus zoonóticos –algunos aislados durante milenios–, poniéndolos en contacto con otros animales y humanos que habitan entornos más urbanos, lo cual favorece el salto interespecie. En esta línea, la pandemia mostró hasta qué punto hablar de Antropoceno o Capitaloceno no es solo una cuestión de cambio climático, sino también de globalización y modelos de maldesarrollo. Resaltan así otros aspectos de la emergencia climática, no vinculados exclusivamente al incremento en el uso de combustibles fósiles, sino también a los cambios en el uso de la tierra, la deforestación y la expansión de la ganadería intensiva, tres fuentes potenciales de pandemias.
En esa línea, la crisis extraordinaria desencadenó un proceso de liberación cognitiva. Se actualizaron propuestas de transición ecosocial elaboradas en años precedentes y aquello que parecía reservado a unos pocos especialistas y activistas radicales ingresó en la agenda pública internacional. Científicos e intelectuales de todo el mundo promovieron manifiestos y propuestas que incluían desde una agenda verde, un ingreso universal ciudadano y reformas tributarias para reducir la desigualdad, hasta la condonación de la deuda de los países del Sur. Circularon propuestas muy diferentes de transición globales, regionales y nacionales, desde el Norte al Sur Global, como el Green New Deal, el Pacto Verde Europeo, programas de decrecimiento, entre otros. De hecho, durante 2020, no pocos celebraron que la paralización de diferentes actividades económicas a nivel global se hubiera traducido en una reducción del 7% de la emisión de gases de efecto invernadero. Y vimos postales difíciles de olvidar, como la de aquellos animales que salieron de su hábitat y se atrevieron a recorrer ciudades en apariencia vacías. Sin embargo, el fenómeno fue pasajero; un efecto colateral de corto alcance.
Por otro lado, la demanda de normalidad y de retorno al statu quo anterior también dejaba traslucir el peligro de una clausura cognitiva, encarnada en el regreso de políticas neoliberales, el repliegue individualista y el afianzamiento de las desigualdades. Como recordaba la periodista canadiense Naomi Klein, la crisis podía ser una “nueva” oportunidad para repetir la fórmula del capitalismo del desastre o la “doctrina del shock”, esto es:
La estrategia política de utilizar las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad, enriquecen a las élites y debilitan a todos los demás. En momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir a esa crisis, sea cual sea, y tiende a confiar demasiado en los que están en el poder (cit. en Democracy Now, 2019).
Lejos de las buenas intenciones, la crisis desatada por la pandemia no solo no conllevó una mayor igualdad, sino que, por el contrario, exacerbó la desigualdad en todos los niveles. El virus mostró hasta qué punto este es un “mundo de dueños”, pues como sostiene la antropóloga Rita Segato, la palabra “desigualdad” no alcanza para graficar tamaña obscenidad. “Este es un mundo marcado por la dueñidad o el señorío” (cit. en UIMP, 2019). A nivel latinoamericano, según un informe de Development Finance International (DFI) y Oxfam de 2020, las élites económicas y los superricos ampliaron su patrimonio en 48.200 millones de dólares, un 17% más que antes del covid-19, mientras que la recesión económica provocó que al menos 52 millones de personas cayeran en la pobreza y más de 40 millones perdieran sus empleos, impulsando un retroceso de quince años para la región (DFI y Oxfam, 2020). Asimismo, el freno de emergencia que se activó fue relativo. Por ejemplo, el extractivismo no se detuvo; todo lo contrario. Numerosas actividades extractivas fueron declaradas esenciales (como la minería) y avanzaron con el desmonte y la deforestación, y con ello también los megaincendios. En Brasil, el lobby del fuego, bajo el gobierno ultraderechista de Bolsonaro, desató su furia como nunca antes. En 2020, se quemaron 4,5 millones de hectáreas y murieron 17 millones de animales en Pantanal, el humedal continental más grande del planeta, que abarca buena parte de los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul. Durante la pandemia, continuaron los asesinatos perpetrados contra activistas ambientales, reafirmando que América Latina –en particular, países como Colombia, Brasil y México– sigue siendo la zona más peligrosa del mundo para los defensores del ambiente.
Vale recordar que no hubo respuestas globales ante la emergencia de la pandemia, sino una mayor fragmentación y una escasa cooperación a nivel internacional, algo que afectó incluso a la Unión Europea y acentuó –al decir de muchos– la pérdida de confianza en la integración. Hacia adentro, casi todos los países sufrieron procesos de militarización, que repercutieron muy especialmente sobre las poblaciones más vulnerables, en particular en América Latina (donde los controles no son tanto de orden digital como físico-territorial). Este proceso se agravó en algunos países superpoblados (como la India) e incluso en los Estados Unidos, donde se expresó, puertas adentro, en el racismo, que cobró centralidad como estructura de dominación de largo alcance.
En ese contexto de desglobalización parcial, se habló mucho del regreso de un Estado interventor y se subrayaron tempranamente sus ambivalencias (el Estado de excepción que coexiste con el Estado social). Ciertamente, la pandemia habilitó la intervención estatal, promovida incluso por sectores liberales y conservadores, pero este proceso estuvo asociado al repliegue en las agendas nacionales, en el que cada país hizo su juego, mostrando no solo los límites en la capacidad de los Estados (no es lo mismo vivir en Europa que en América Latina), sino la variabilidad de las estrategias sanitarias y políticas disponibles según se tratara de gobiernos progresistas, conservadores o ultraderechas negacionistas. Asimismo, el repliegue ilustró una conjunción paradójica, capaz de combinar el decisionismo hipertecnologizado (la concentración de las decisiones en el poder ejecutivo y la ampliación del control sobre los ciudadanos de la mano de tecnologías digitales) con un fuerte proceso de fragmentación local (cierre de ciudades, provincias y Estados, siguiendo el modelo de las aldeas medievales europeas afectadas por la peste).
La pandemia acentuó la competencia nacionalista en el marco del desorden global. Un reflejo fue la carrera por lograr una vacuna eficaz, pero también la gestión salvaje por agenciarse esas mismas vacunas, cuando las potencias del Norte buscaron asegurarse el aprovisionamiento comprándolas por adelantado. Uno de los ejemplos más escandalosos fue el de Canadá, donde el entonces primer ministro progresista Justin Trudeau firmó contratos con siete farmacéuticas para obtener 414 millones de dosis –5 veces más de las que necesitaba su país–, mientras que en diferentes países del Sur (sobre todo en América Latina, cuyas tasas de mortalidad fueron las más altas a nivel global) los gobiernos se desesperaban por conseguir alguna.
La pandemia también visibilizó la importancia de los cuidados en sus múltiples dimensiones. Así, en tiempos del covid-19, en Latinoamérica asistimos a una explosión de talleres y conversatorios a cargo de lideresas, activistas y organizaciones de diferentes corrientes feministas, territoriales, comunitarias y socioambientales sobre la relación con los cuerpos y los territorios, las prácticas de cuidado, las semillas y la agroecología, la soberanía alimentaria y las tareas de la autogestión comunitaria. Todo esto puso en evidencia la insostenibilidad de la actual organización del cuidado, que recae sobre las mujeres, en especial sobre las mujeres pobres. En América Latina y el Caribe, desde antes de la pandemia,
las mujeres dedicaban el triple de tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado, situación agravada por la creciente demanda de cuidados y la reducción de la oferta de servicios causada por las medidas de confinamiento y distanciamiento social adoptadas para frenar la crisis sanitaria (ONU Mujeres y Cepal, 2020).
A cinco años del inicio de la pandemia, un balance provisorio nos deja un gusto amargo y una fuerte sensación de fracaso. Las apuestas a la transición ecosocial se multiplicaron, pero en cuanto se reabrieron las puertas de la actividad económica todo volvió a la normalidad del bussines as usual, solo que ahora en un escenario internacional mucho más complejo e inestable. Así, lo que la pandemia nos dejó es un pasaje de la crisis extraordinaria a la policrisis sistémica.
3
Hace ya varios años, cuando avanzaba en una investigación sobre los sentidos de la transición ecosocial, me encontré con una serie de conferencias y, a partir de ello, con un libro excepcional, The Great Transition. Climate, Disease and Society in the 13th and 14th Centuries [La gran transición. Clima, enfermedad y sociedad en los siglos XIII y XIV], del historiador británico Bruce Campbell, de la Universidad de Queen de Belfast.[2]
¿Qué tienen de notable estas conferencias de 2013 y el libro publicado en 2016, que habla sobre hechos ocurridos en la Edad Media, aparentemente tan lejanos de nuestro presente? Pues que ofrecen un relato del colapso vivido durante la Pequeña Edad de Hielo o Pequeña Glaciación que se extendió a partir del siglo XIII y tuvo su punto de inflexión en el siglo XIV y afectó sobre todo a Europa y Asia. Después de varios siglos de estabilidad climática, a mediados del siglo XIII, Europa vivió un descenso de temperaturas seguido por varias transformaciones sistémicas. Campbell reconstruye las variaciones climáticas de la época, ligadas a la erupción de diversos volcanes, y las pone en relación con la baja de la actividad económica. El cambio climático afectó las cosechas y devastó la agricultura, pero también actuó sobre los microbios y originó epidemias entre los animales, en particular la gran peste bovina de comienzos del siglo XIV, que acabó con la mayor parte del ganado europeo. En medio de la crisis económica sobrevino el hambre, mientras que magníficas catedrales italianas vieron interrumpida su construcción. Hacia 1340, todo empeoró con la guerra, un clima todavía más adverso y la propagación de la peste negra. Campbell nos cuenta que el bacilo de Yersin, la bacteria que dio origen a la pandemia, era endémico en Asia, justamente en una época con gran circulación entre Europa, Asia Menor y China (una globalización comercial parcial a la que se suman los desplazamientos humanos causados por las guerras). El cambio climático alteró el ecosistema de Asia Central con masas de aire cada vez más húmedas desde principios del siglo XIV y un pico a partir de 1340: esto hizo que se extendiera el hábitat de los roedores y, en consecuencia, se densificara su población. El bacilo de Yersin se multiplicó y la enfermedad pasó de endémica a epizoótica (pandemia) a través de las ratas que vivían en contacto con los humanos. El intercambio comercial y la guerra la llevaron a Europa, cuyos habitantes tenían menos defensas que los asiáticos. La sociedad europea medieval quedó presa de una “tormenta perfecta”, afirma Campbell: cambio climático, enfermedad, microbios, humanos, ecología y sociedad. Hasta hoy no se sabe cuántas personas murieron durante la peste negra, aunque las estimaciones calculan que fueron entre 50 y 75 millones, es decir, entre el 30 y el 60% de la población europea de entonces. El libro es notable por varias razones. Primero, porque el autor desarrolla la correlación entre tres transiciones: de la anomalía climática medieval a la Pequeña Edad de Hielo (siglo XIV); de un ambiente sano a un ambiente de enfermedad (pandemia); y de la revolución comercial a la depresión, período que se extiende entre 1200 y 1500. La expansión comercial y demográfica fue seguida por una contracción de la población europea, al compás de tres transiciones que van marcando el ritmo de crecimiento, caída suave, colapso, depresión y recuperación.
Por lo tanto, para comprender y explicar la historia del mundo medieval tardío es necesario apreciar estas interacciones entre el clima, las enfermedades y la sociedad: tanto la naturaleza como la sociedad deben reconocerse como protagonistas del cambio histórico (Campbell, 2016: 21. La traducción me pertenece)
Segundo, porque utiliza herramientas de diversas disciplinas y recurre a una gran cantidad de nuevas pruebas históricas, paleoclimáticas y biológicas –que incluyen estimaciones de la renta nacional, reconstrucciones de climas pasados y análisis genéticos del ADN extraído de los dientes de las víctimas de la peste– para ofrecer un nuevo relato del colapso y la reorganización de la economía comercial de la Europa occidental de finales de la Edad Media. En otras palabras, Campbell representa una nueva escuela historiográfica, en términos metodológicos y epistemológicos, que apela a materiales interdisciplinarios de la mano de un análisis multifactorial. La incorporación de la dimensión ecológica no es retórica ni parcial; toca el corazón del argumento, pues no separa lo social de lo ecológico.
Tercero, porque el colapso integral que una parte de la humanidad atravesó durante la Edad Media sirve para reflexionar acerca de la policrisis civilizatoria que nos toca atravesar. Ciertamente, el colapso del que nos habla Campbell no fue el producto de una sola causa, sino el entrelazamiento de diversos factores críticos, una secuencia encadenada o recursiva de crisis (climáticas, sociales, políticas, sanitarias, geopolíticas, económicas) que se yuxtapusieron y reforzaron mutuamente.
Lo que en la actualidad llamamos policrisis civilizatoria también refiere una crisis múltiple que enlaza calentamiento global con desigualdades sociales, crisis de los cuidados y desplazamiento masivo de poblaciones, crisis energética, conflictos bélicos y peligro nuclear, amenaza de nuevas pandemias, riesgos que entraña el desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial (IA), expansión de las fuerzas ultraderechistas y erosión de las democracias. Hoy igual que ayer, la policrisis civilizatoria no es una suma de factores, sino un contexto que entrecruza dinámicas complejas de interacción, encabalgamiento y potenciación de crisis diversas,[3] lo que configura un escenario de mayor incertidumbre y vuelve a ponernos al borde de la “tormenta perfecta”.
Sin embargo, las similitudes o paralelismos históricos llegan hasta ahí, ya que, a diferencia de los siglos XIII y XIV, la crisis climática que arranca en el siglo XX y se acelera en este cada vez más oscuro siglo XXI no tiene que ver con erupciones volcánicas ni con supuestas variaciones de la órbita terrestre. Nuestra crisis climática es de origen antrópico, tiene sus causas en la actividad humana: esto es, en la dinámica económica del capitalismo y su voracidad infinita de consumo y acumulación. La responsabilidad recae en el capitalismo neoliberal encarnado por las corporaciones fósiles, por las grandes potencias del Norte Global y también las “emergentes”, sin olvidar el rol cada vez más importante de los superricos, ese 1% de la humanidad que concentra una inmensa riqueza, no quiere pagar impuestos al Estado ni reconocer derechos laborales, y cuyas empresas y consumos emiten más gases de efecto invernadero que varios países juntos. En suma, la responsabilidad de la crisis socioecológica remite al capitalismo actual que promueve modelos de maldesarrollo, modelos que además de profundizar las desigualdades sociales y geopolíticas nos hacen chocar con los límites físicos y ecológicos del planeta, poniendo en riesgo toda forma de vida. No es casual que en un contexto en el que las desigualdades sociales y el colapso ecológico se proyectan hasta el paroxismo se haya configurado un escenario sumamente perturbador, de “fin del mundo”, en el que convergen el suicidio de las democracias y el ecocidio, mientras las extremas derechas se erigen como alternativa de poder global.
4
En Policrisis trato algunos de los tópicos de esta encrucijada civilizatoria, haciendo hincapié sobre todo en tres ejes: crisis socioecológica, crisis de los imaginarios emancipatorios y expansión de las extremas derechas. Sin remitir solo a un nivel local o nacional, sino a un nivel multiescalar. En esa línea, propongo transitar narrativas y temáticas como el colapso ecológico, las disputas geopolíticas en torno a la transición energética, la implosión de los progresismos, el mandato neodesarrollista, el ascenso de las extremas derechas como alternativa de poder, sus características comunes y el vínculo con el negacionismo climático, el surgimiento de Milei en la Argentina y, por supuesto, las nuevas narrativas contrahegemónicas.
En el primer capítulo, presento las perspectivas y los alcances del colapso ecológico y propongo estrategias para entenderlo en su complejidad y diversidad, tanto como colapso climático localizado (los eventos extremos situados) como en términos de procesos más amplios. En el segundo capítulo, abordo el escenario de disputa geopolítica en clave interimperial y de división Norte-Sur para poner énfasis en las diferentes vías que adoptan las narrativas tecnocráticas-capitalistas y en el carácter colonial e insostenible de la transición energética que proponen. En el tercer capítulo, me ocupo del escenario regional, del agotamiento de los progresismos y de los límites de los neodesarrollismos en el contexto actual de colapso político y ecológico. En el capítulo cuatro, examino en qué consiste la polarización asimétrica que instalan las extremas derechas y su ataque a las democracias; y me detengo especialmente en los discursos negacionistas sobre el cambio climático y sus consecuencias. De la situación argentina bajo el gobierno de Javier Milei y su abordaje de la policrisis me ocupo inevitablemente en el capítulo cinco. El capítulo seis trata sobre aquellas visiones que proponen un horizonte de transición ecosocial justa y popular desde narrativas relacionales contrahegemónicas elaboradas por pueblos originarios, colectivos socioambientales, feminismos ecoterritoriales, pero también por algunos colectivos de acción e investigación en los cuales participo, como el Pacto Ecosocial Intercultural del Sur y el Equipo Transiciones de la Argentina.
En resumen, este libro también propone un recorrido asistemático a través de diferentes narrativas[4] que reflejan una determinada visión de las raíces de la policrisis actual, muy especialmente en clave climática. Aquí nos sumergiremos en las narrativas catastrofistas (aceptación de la distopía) y negacionista explícita (el pancapitalismo del fin de la extrema derecha), buscaremos analizar críticamente la narrativa capitalista-tecnocrática (que pretende salvar el capitalismo de la mano del capitalismo verde) y sus tentáculos, a través del neodesarrollismo latinoamericano. Por último, dará cuenta de la narrativa relacional contrahegemónica (experiencias alternativas a escala local en busca de una sociedad justa y sostenible). Sin duda, estos discursos no son los únicos que existen, pero creo que resumen gran parte del espíritu de época y nos permiten reflexionar sobre la crisis de los imaginarios políticos actuales.
En suma, propongo navegar la policrisis aguas arriba (de dónde viene) y aguas abajo (hacia dónde va), interconectando temas y escalas, yendo de la crisis climática a la crisis de la democracia, de la escena nacional a la regional, de las disputas globales a las locales, de lo social a lo ambiental y a lo político. La apuesta es sortear las perspectivas parciales o monodisciplinares que terminan por encapsularnos en compartimentos estancos, ya que solo un enfoque transversal y multiescalar puede dar cuenta de la complejidad y variedad de los desafíos que hoy enfrentamos.
Como afirmaba la gran pensadora Hannah Arendt en el siglo pasado y se consigna en uno de los epígrafes de este libro, vivimos tiempos en los que muchos han perdido la esperanza. Sin embargo, no está dicho que la reacción autoritaria haya llegado para quedarse, pues existen numerosas fuerzas democráticas que atraviesan el planeta, movimientos y tradiciones de lucha que abogan por generar escenarios justos y sostenibles. Por eso mismo, propongo navegar estas aguas turbulentas con las alarmas activadas al máximo, entendiendo que los procesos históricos no están cerrados para siempre, y con la mirada puesta en la idea fuerza de que hoy nuestra responsabilidad mayor no es solo perder el miedo sino también, como dijo la inspiradora poeta y activista Angela Davis, fraguar la esperanza a través de nuestras luchas.
Buenos Aires, enero-marzo de 2025
[1] Ver <pactoecosocialdelsur.com>.
[2] Si bien el libro fue publicado en 2016, en 2013 el historiador Bruce Campbell dictó cuatro conferencias en la Universidad de Cambridge en el marco de The Ellen Mc Arthur Lectures. Publicadas como podcast, pueden consultarse en <n9.cl/trx9x>.
[3] Para una definición de la policrisis en esta línea, ver Tooze (2022).
[4] Para Paul Ricœur, la narrativa es la forma en que los seres humanos construyen su identidad a través de historias y lenguaje. La narrativa es un proceso que permite al sujeto imaginar situaciones y advertir conflictos entre lo que se quiere y lo que se debe hacer (Ricœur, 1999). En términos colectivos, las narrativas condensan imaginarios sociales al reflejar tensiones y conflictos, y al funcionar como herramientas que exponen tanto las ideologías dominantes como las resistencias y críticas.
1. Perspectivas y alcances del colapso
Nuestra pasión apocalíptica no tiene otro objetivo que evitar el apocalipsis.
Gunther Anders, El tiempo del fin, 2025
La era del colapso ya llegó
Suele decirse que, de todas las crisis entrelazadas que vivimos, solo una presenta un carácter novedoso: la crisis climática, de la cual la humanidad no tendría experiencia previa ni referencias históricas a las que apelar. Sin embargo, tal como refleja la ya aludida Pequeña Edad de Hielo, esto no es así. Lo que sí es nuevo y nos instala en un territorio absolutamente desconocido es la combinación entre el carácter antrópico de la crisis, su escala planetaria y la irreversibilidad que conlleva.
La crisis es multidimensional y potencia las narrativas de fin del mundo a niveles paroxísticos. Sin embargo, si habláramos con un indígena americano este nos diría, como señalaron los antropólogos brasileños Déborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro, que ellos ya conocieron el fin del mundo hace más de quinientos años con la invasión española, que trajo consigo el genocidio, las enfermedades contagiosas para las cuales no tenían defensas, la destrucción de su cultura y de sus dioses, el extractivismo mineral y las plantaciones a gran escala. Se trató, sin duda, de un genocidio a la altura de un colapso civilizatorio. Bartolomé de las Casas estimaba que habían muerto unos 40 millones de indígenas; estimaciones más recientes calculan que fueron 55,8 millones los que perecieron en el transcurso de un siglo, casi el 90% de la población originaria (Koch y otros, 2019).
Desde la perspectiva histórica que nos proporciona esa conversación imaginaria, la desaparición de ciertas sociedades no respondió solamente a causas climáticas o ecológicas, como la deforestación, la erosión del suelo, la pérdida de biodiversidad o la mala gestión del agua. El colapso involucró también otros factores determinantes de orden político y geopolítico.
El colapso ecológico ya llegó, afirmamos desde el título del libro que publicamos con Enrique Viale en 2020. Con esa afirmación proponíamos pensar el colapso como parte del Antropoceno, esta nueva edad geológica que nos confronta con las fronteras planetarias, pues como dicen Servigne y Stevens (2015), el colapso no es el fin del mundo pero sí “el fin del mundo tal cual lo conocíamos”. A diferencia del Holoceno, caracterizado por la estabilidad climática, el Antropoceno instala la idea de que la humanidad está chocando con los límites ecológicos del planeta, esos umbrales críticos o puntos de inflexión climáticos (tipping points) a partir de los cuales un sistema podría experimentar un cambio significativo, a menudo brusco y potencialmente irreversible. Dicho esto, no se trata solo de una crisis de la humanidad, del “anthropos”, entendida en términos genéricos, sino de las dinámicas actuales del desarrollo capitalista concentrador y excluyente, que mercantiliza toda forma de vida y desconoce las fronteras planetarias. Esto plantea la necesidad de pensar qué Antropoceno estamos dispuestos a construir, y por el cual luchar, en un planeta ya gravemente dañado.
Urge, sin embargo, hacer tres aclaraciones fundamentales. Primero, no hay que reducir el colapso a la distopía. Afirmar el colapso como parte del Antropoceno, indagar sobre su carácter más localizado o global, entenderlo como un umbral desde el cual pensar escenarios de transición ecosocial justa no significa afirmar el colapso como distopía (“el peor de los mundos”) o como único horizonte posible. Las posiciones distópicas o catastrofistas no creen que la intervención colectiva pueda generar los cambios estructurales que se necesitan; o bien no les interesa o piensan que ya es demasiado tarde. Segundo, los posicionamientos distópicos llevan al desaliento y la resignación de la acción individual y colectiva, y con ello van obturando cualquier proceso de liberación cognitiva, lo cual conduce a la parálisis de la imaginación política, a la imposibilidad de pensar un futuro diferente. Esto se ve alimentado por los relatos distópicos del siglo XXI –series, películas, libros– multiplicados al infinito en las diferentes plataformas, narrativas que en vez de causar indignación y rabia movilizadora, afán por transformar las condiciones de vida y las relaciones de poder, tienden a consolidar el lenguaje de la resignación y causan un efecto brutal de adormecimiento. Tercero, la aceptación de la distopía como horizonte nos separa aún más de la realidad y nos sitúa en una suerte de punto divergente, un umbral de fuga, que también es parte del dispositivo anestesiante, del disciplinamiento e incluso de la estrategia de desarticulación de las resistencias. Entonces, ¿quién o quiénes se salvarán de la catástrofe planetaria? Se opera así una extraña paradoja, como afirma en un libro atrapante el escritor argentino Michel Nieva (2024): mientras la distopía aparece cada vez más instalada en el sentido común de la gente y obtura cualquier posibilidad de imaginar un futuro deseable, justo y sostenible, los superricos –esa minoría responsable de la destrucción del planeta– proponen una utopía para pocos, un futuro excluyente concentrado en el turismo –o la migración– espacial (Marte), los búnkers para pocos, la fuga hacia el metaverso y la promesa de inmortalidad.
Complejidad y miradas históricas del colapso
En 1988, el historiador británico Joseph Tainter publicó The Collapse of the Complex Societies [El colapso de las sociedades complejas]. Para este autor, el colapso es un proceso político que puede tener consecuencias también en otros ámbitos, como la economía, el arte y la literatura. Una sociedad colapsa, según Tainter, “cuando muestra una pérdida rápida y significativa de un nivel establecido de complejidad sociopolítica”. El colapso, a su vez, debe ser rápido –no más de unas pocas décadas, ya que no debemos confundirlo con declive o decadencia– y debe conllevar una pérdida sustancial de la estructura sociopolítica. Sin embargo, no es un episodio, sino un proceso acumulativo. En suma, el colapso se manifiesta en cosas como:
Un menor grado de estratificación y diferenciación social; una menor especialización económica y ocupacional, de individuos, grupos y territorios; un menor control centralizado, es decir, una menor regulación e integración de diversos grupos económicos y políticos por parte de las élites; un menor control y regimentación del comportamiento; una menor inversión en los epifenómenos de la complejidad, aquellos elementos que definen el concepto de “civilización”: arquitectura monumental, logros artísticos y literarios, y similares; un menor flujo de información entre individuos, entre grupos políticos y económicos, y entre un centro y su periferia; un menor intercambio, comercio y redistribución de recursos; una menor coordinación y organización general de individuos y grupos; un territorio más pequeño integrado en una única unidad política (Tainter, 1998: 4. La traducción me pertenece).
La complejidad estructural se vincula al creciente proceso de diferenciación social y especialización laboral, a las clases sociales, a la expansión de las estructuras e instituciones, a la centralidad cada vez más marcada de la tecnología. El análisis de sus consecuencias es uno de los temas que más apasionó a los fundadores de la sociología clásica europea, desde Marx, pasando por Durkheim, Weber y Elias, sin olvidar Simmel. Pero, entre ellos, solo Norbert Elias analizó la contracara del proceso civilizatorio en términos de descivilización, vale decir, pérdida de complejidad, fragmentación sociopolítica, menor diferenciación social y, sobre todo, déficit de control y regulación del Estado, lo que en términos de estructuras cognitivas se expresa en una pérdida de autorregulación y el deslizamiento hacia conductas cada vez más impulsivas y violentas. Proceso de descivilización cuyo ejemplo más claro fue, para Elias, el régimen nazi.
