Por la Europa católica - Emilia Pardo Bazán - E-Book

Por la Europa católica E-Book

Emilia Pardo Bazán

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  • Herausgeber: Xingú
  • Kategorie: Lebensstil
  • Sprache: Spanisch
  • Veröffentlichungsjahr: 2021
Beschreibung

En palabras de Emilia Pardo Bazán, las impresiones de viaje, sus apuntes, acerca de Bélgica, Francia, Portugal,Castilla, Aragón y Cataluña, aun reducidos a las mínimas proporciones de un artículo en prensa, y, como ciertas novelas y ciertos dramas, tienen dos argumentos: el primer argumento es social; el segundo argumento es artístico. A pesar suyo y por natural disposición de su espíritu, ya emprendido el viaje, el arte le atrajo y robó espacio a su somera indagatoria social.

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Por la Europa católica

 

 

por

 

Emilia Pardo Bazán

 

 

Edición basada en las siguientes ediciones:

Administración, Imprenta La Editora, Madrid, 1901.

 

 

Imagen de portada:Locomotora de la Compañía del Norte, autor desconocido.

 

De esta edición: Licencia CC BY-NC-SA 4.0 2021 Xingú

https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/deed.es_ES

 

Índice

— I — Bélgica

Advertencia al que leyere

I Desde el tren

II Hacia la frontera

III Primer testimonio

IV El país de la pintura

V La abadía de Maredsus

VI Un obispo

VII Amberes.—Un museo católico.—Una procesión

VIII Reposo en el pasado.—El Museo Plantino

IX Trabajadores de la viña

X Más trabajadores—La Gilde

XI Gante.—Relámpago rojo

XII El descanso dominical

XIII Gante.—El cordero místico

— II — Provincianos franceses

I Un sarao

II Un congreso

III Por las bodegas

— III — Notitas portuguesas

I En Lisboa

II Tomar

— IV — Castilla

I Fondas y posadas

II A caza del pasado

III Segovia

IV Misa vieja

V Más patrañas

VI Rincones y callejas

VII Las alhajas de la Virgen del Sagrario

VIII En El Escorial

IX La leyenda de Cervantes en Esquivias

— V — Aragón

I En Zaragoza

II El oasis de Piedra

— VI — Cataluña

I Géneros de punto

II Colmena

III Santas

IV Recuerdo de gerona

V Cuatro paredes115.

VI El «Cau Ferrat»

 

 

 

— I — Bélgica

Advertencia al que leyere

Las impresiones de viaje que figuran a la cabeza de este volumen no son ni la tercera parte de lo que pensaba y quería escribir acerca de Bélgica —sin hablar de Holanda, que visité después—. Aun reducidos a tan mínimas proporciones, mis apuntes de viaje carecen de unidad, y, como ciertas novelas y ciertos dramas, tienen dos argumentos.

El primer argumento es social. Yo me dirigí a Bélgica movida por el deseo de ver cómo funcionaba una nación donde los católicos ocupan el poder desde hace diecisiete años, y donde, sin embargo, no se ha acentuado indiscretamente el espíritu conservador; una nación que figura entre las más adelantadas, y que es católica, al menos en gran parte, con un catolicismo activo, coherente, vivaz, sin letras muertas.

El segundo argumento es artístico. A pesar mío y por natural disposición de mi espíritu, ya emprendido el viaje, el arte me atrajo y robó espacio a mi somera indagatoria social. A dejarme llevar de mi afición, capítulos y capítulos escribiría sobre la pintura en Bélgica y Holanda. No lo han consentido circunstancias ajenas a mi voluntad, unidas a apremios de tiempo por otros trabajos emprendidos, y he guardado para mí sola bastantes recuerdos de un viaje que acaso repetiré y que entonces, si el gusto público me autoriza, tendré ocasión de relatar, con mayor conocimiento de causa.

Contados como fueron mis artículos sobre Bélgica, creo que no cayeron en el vacío: la gente leyó los referentes a la cuestión social, hasta con avidez, me atrevería a decir, por ser asunto de actualidad y oportunidad evidente, que apenas se había tocado en la prensa, y que principiaba a fermentar en los espíritus. Cartas recibí que me demostraron el interés despertado por mis notas de viaje; en algunas se me comunicaban noticias respecto a instituciones y organismos existentes en España, y que, animados por tendencia análoga a la que inspira las obras sociales en Bélgica, podían, al adquirir desarrollo de que por desgracia todavía carecen, despertar aquí un movimiento de la opinión acaso más eficaz y de cierto más humano que los fusiles y las cárceles para mantener en pie la sociedad y la patria. He celebrado conocer estas obras españolas, entre las cuales descuella la emprendida en Zamora por D. Luis Chaves; pero las he considerado y sigo considerando como islas, y necesitamos un continente; un impulso general, algo que nos vivifique y nos levante del suelo, de la árida tierra en que yacemos paralizados.

Necesito explicar bien mi pensamiento, que en este caso no debe envolverse en la penumbra favorable al arte. La obra social que en España podría cumplirse si fuese más viva la fe religiosa, e impulsase por consiguiente a la acción, tiene dos aspectos, el extrínseco y el intrínseco. Extrínsecamente, la obra social podría ser un legítimo y honrado medio de defensa para la sociedad tal cual hoy se encuentra instituida en lo fundamental —el estado económico, el capitalismo, la propiedad privada, la constitución de la familia que se deriva de ella, con el derecho hereditario—. Importante es este asunto, y, sin embargo, no es el que principalmente me importa. Me llega más al alma todavía lo intrínseco de la obra social, sus elementos civilizadores y moralizadores, la dignidad y la belleza que traería a todas las relaciones de la vida española, el empleo alto y provechoso que daría a tantas fuerzas como aquí se esterilizan o malgastan.

La obra social, influya o no en el giro y evolución de los acontecimientos políticos (y que ha de influir es seguro), redunda en beneficio de la humanidad, y por lo tanto es buena en sí. En ningún caso conviene prescindir de ella; en ninguna situación cabe que no se adviertan, directa o indirectamente, sus saludables efectos.

En Bélgica —lo reconocen los más activos trabajadores de la viña— se ha emprendido el trabajo algo tarde. ¡Qué diremos nosotros! Por las trazas no hemos de emprenderlo nunca, al menos en la escala que convendría para lograr el doble fin de mejoramiento y resistencia a que va encaminado. Así lo temo... Sin embargo, siempre diré a los que madruguen y se echen la azada al hombro que tengan ánimo y no se desalienten si hallan la tierra pedregosa y dura.

 

Emilia Pardo Bazán.

I Desde el tren

A la señora de Oñate.

Al emprender este viaje, mi primer pensamiento es que calumniamos a nuestro siglo. Alabar tiempos pasados es más fácil que resignarse a volver a ellos. Si nos restituyesen ahora a los dominios del carromato, de la diligencia, del mulo y de la silla de manos, oiríamos las protestas y los desesperados gritos de una generación habituada ya a la rauda locomotora.

Que el servicio de ferrocarriles en España deja mucho que desear y podría mejorarse, por sabido se callaría, si el repetirlo no fuese quizás conducente a la enmienda. La rapidez, convengo, es ilusoria; por trazados mal entendidos, por concesiones a influencias no siempre respetables, las líneas hacen eses que prolongan el trayecto en perjuicio del viajero, y como la red es mezquina, escasa de venas, viajar por España supone triple o cuádruple gasto de tiempo que en el extranjero para ver la misma extensión de país. De Madrid a Marineda, v. gr., en silla de posta se iba en tres días y dos noches, relativamente más pronto que ahora por el tren en veintiocho horas; y es que, en vez de acortar hacia Zamora, da el camino innecesarias vueltas por Palencia y León, atravesando los campos más áridos y feos de la Península. Podría tal viaje realizarse en quince horitas, adelanto de incalculables ventajas para los veraneantes y los que del veraneo viven.

En nada se refleja tan claramente la estrechez de nuestra vida moderna española como en el corto número de trenes y su enlace dificultoso. Al acercarse a regiones donde hay vida industrial y fabril —Cataluña, Vizcaya—, las pulsaciones de la circulación se acentúan, los trenes salen con frecuencia. Pero donde la industria no ha exhalado su soplo bienhechor, los trenes van a paso de tortuga y salen con desesperantes intervalos.

Y así y todo, el recuerdo de ayer y la comparación consuelan. No sé cómo se podía viajar por gusto antaño, si bien consta que no faltaba quien lo hiciese y arrostrase las molestias sin cuento y los peligros, entonces reales y efectivos, de tal empresa. Y es que, desde los tiempos consabidos que se pierden, etc., esto de viajar ha tenido sabor de miel, misterioso encanto. Hoy viaja el individuo; entonces se trasladaban las tribus y los pueblos, siguiendo el curso del sol o la honda corriente de algún río. Ahora que las grandes colectividades humanas parecen haber echado raíces, y que positivamente las masas están incomunicadas y solo se amalgaman por el violento choque de la guerra, el individuo se desquita.

En España la afición a viajar sin objeto determinado, por el viaje solo, no se ha difundido todavía. Causa cierto asombro que yo la profese. Quizás no se explican que por ver un edificio viejo, menos aún, el lugar donde ocurrió un hecho memorable, donde surgió un recuerdo o se escribió una página de historia, ande nadie rodando por trenes y fondas y estaciones, gastando tiempo y dinero, y privado de esas «comodidades de su casa» sin las cuales mucha gente no comprende la vida.

¿Qué se saca de un viaje? Es difícil al pronto reducir a cifras tal género de utilidad. Pero, según decía un respetable canónigo toledano, la pintura vence al verso; no hay como lo que entra por los ojos. Todas las descripciones de Toledo no equivalen a un paseíto por las callejas y rinconadas de la imperial ciudad en compañía de una persona familiarizada con sus secretos. Eruditos libros de arqueología no suplen a la contemplación del viajero embelesado. En esto de los viajes hay mucho que no es reductible al conocimiento, que no es aprender, que va más allá y corresponde a las esferas delicadísimas del sentimiento. Así un viaje —por ejemplo, el de Goethe a Italia1, el de Gógol a España2— determinan a veces nuevas orientaciones para el artista.

También acerca del estado social de una nación se aprende mucho viajando por ella. No diré que un extranjero, al pasar de prisa por España, tenga probabilidades de acertar en sus precipitados juicios; en cambio, el español, conociendo ya el terreno que pisa, ve en un momento la señal característica de un período, el sentido que lleva la vida patria. En este particular, los viajes por mi patria no pueden infundirme ideas tranquilizadoras.

En ellos se observa que, si muchos pueblos han erigido teatros, en casi ninguno ha dejado de alzarse flamante, insolente de vida, con su arquería mudéjar, la plaza de toros. No sé por qué achacan a Fernando VII —grosero chulapón injerto en ladino gobernante, que tan a fondo nos conocía— la difusión de la tauromaquia en España. Es ahora, es hoy, el momento en que se vive para los toros. Y no es lo peor que haya toros, sino que ellos absorban nuestro jugo y constituyan, a estas alturas, nuestra única y exclusiva preocupación..., ¡cuando debiéramos preocuparnos de tantas y tantas cosas! Y el arte mismo, ¿puede existir entre tal atmósfera de palmas, tabacos y manzanilla?¿Puede sostener siquiera la competencia? Acuso a los toros de que agotan toda la sensibilidad nerviosa de que disponen los españoles, y devorando y abrasando su sangre, como la devora y abrasa un vicio, un hábito desordenado, les deja fríos e inertes para todo lo demás; no solo para lo conveniente, sino también, y en primer término, para lo bello, para los goces de la imaginación y de los sentidos mismos, en lo quepueden tener de escogido y de intenso. Pueblo que se entrega alos toros completamente, no volverá a enriquecer las artes como las enriquecimos nosotros en los siglos que pasaron.

En el último viaje, tan distinto del que hoy emprendo, lo primero que con orgullo me enseñaron en todas partes «los indígenas», fue la plaza recién salida del cascarón. Después vi también muchos conventos de nueva planta, mientras los antiguos se desmoronan o están convertidos en almacenes y cuarteles. Se gasta en elevar edificios de mal gusto, templos que parecen de alcorza, y las maravillosas iglesias de antaño, caldeadas por la fe, se agrietan o se hunden. El gentío, indudablemente, donde se agolpa es en las plazas de toros: los templos, así antiguos como recientes, están solitarios. En el mismo venerando Pilar, no era grande la concurrencia de fieles.

Visitando unas escuelas comienza mi viaje esta vez. Invitáronme los Sres. de Oñate, hijos del fundador, el rico fabricante de chocolate D. Matías López3, a ver las escuelas del lindo pueblecito de Sarria. Sucedíame con este pueblo lo que tan a menudo ocurre: cruzándolo todos los años varias veces, jamás se me ocurría detenerme allí. Y cuando le llamo lindo pueblecito, no es por adjetivar: es que el paisaje de Sarria —un paisaje de transición, donde se transforma insensiblemente la blandura mimosa de la campiña gallega en la severidad no adusta aún de los primeros campos de Castilla— merece el calificativo. El fondo de montañuelas realza el cuadro de la llanura con depresiones suaves, salpicada de blancas casitas, de chalets, de pazos solariegos, de arbolado y de jardines. El pueblo forma una colina, trepando las nuevas calles a enlazarse con las antiguas, que ascienden hasta rendirse a los pies del castillo señorial, el cual todavía mantiene erguido su torreón. No lejos del castillo, reposa soñando el convento y su iglesia monumental, que estaban desmoronándose y con gran oportunidad se encargaron de mantener en pie, echando techos y pisos, los Padres Mercedarios. Estos religiosos, envueltos en su blanco sayal, son un toque poético muy en armonía con el edificio y el pueblo, con el ambiente de sosiego y calma que en él se respira. Lástima que usen esos feos sombreros curvos, negros, de teja, adoptados hoy por todas las órdenes monásticas, sin exceptuar la franciscana, y que echan a perder el efecto de los hábitos más nobles. Dentro del claustro, donde no hay que llevar sombrero, el mercedario, con su vestimenta de lana nívea, reclinado en un pilar o nimbada la cabeza por un arco que sostienen capiteles de imaginería, da la acuarela ya hecha al pintor. He notado que los mercedarios de Sarria son muy jóvenes todos; algunos parecen adolescentes, y con su cara imberbe y la modestia mística de su actitud, se están desprendiendo de alguna tabla medioeval.

Volviendo a las escuelas, diré que el señor López no pudo hallar mejor empleo para parte de su hacienda, laboriosa y honradamente adquirida. Es toda esta familia en extremo caritativa y aficionada a hacer el bien, y no hay iglesia ni hay necesitado en Sarria (y supongo que lo mismo sucederá en El Escorial, donde funciona la gran fábrica de chocolate) que no conozca los efectos de su bondad previsora. Probado por repentinas desgracias y cruelísimas pérdidas de seres queridos, Matías López, que era un self made man, hijo de sus obras, ascendido mediante su trabajo de posición humilde a la opulencia, sintió que debía, por decirlo así, pagar réditos a Dios, y dejó instituidas las escuelas de Sarria; su viuda completará la obra fundando el hospital. Las escuelas han costado más de medio millón de reales: el edificio es desahogado, ventiladísimo, entrando en él aire y luz a chorros; la instalación escolar, desde la peculiar hechura de los pupitres hasta los dos inmensos patios de recreación, descubre que la dirigió mano experta y entendida; el material, tan abundante que en largos años no se agotará el que hay de repuesto, es de última, con sus ricos muestrarios de objetos para las «lecciones de cosas» y sus cartones completísimos para enseñanza de Historia y Geografía; y las dependencias, cómodas, amplias, decorosas, encierran las viviendas del profesor y de la profesora, que encuentran allí modesto bienestar y seguro asilo.

Después de visitar las escuelas nuevas, el paseo por Sarria nos llevó casualmente a tropezar con la escuela antigua. Ni el más empedernido apasionado de la tradición resiste a unalección de cosas semejante. —Ver por los ojos, que diría el señor canónigo de Toledo—. La escuela antigua, donde aprendió a deletrear Matías López, debió de grabar en su imaginación de niño el horror a semejante antro. Sostenido por postes de piedra, lóbrego, húmedo, infecto, se levanta aquel local miserable, en comparación del cual es alegre la cárcel contigua. Allí debieron de resonar firmes los palmetazos, arrancar sangre de las carnes infantiles las rudas disciplinas y ostentarse el gorro de borricales orejas, castigo de los tumbones y desaplicados. Y quizás ni aun eso, porque tales severidades revelan algún celo en el dómine. Lo más probable es que se pareciese esta escuela a aquella que describe Galdós en El doctor Centeno: alianza del tedio con la rebeldía; reunión de chiquillos aburridos de muerte o engrescados a trueque de combatir un fastidio invencible, el de la reclusión en calabozo mefítico y asfixiante. Y yo pensaba en la escuela actual, con ínfulas de palacio, con salubridad y alegría y vistas y luz... y hasta diversión para los pequeñuelos.

II Hacia la frontera

Al ministro de Instrucción Pública.

¡Europeicémonos! —A pesar de los cambios que ya están mucho más arriba de las nubes, al nivel de las estrellas; a pesar del miedo que nos meten hablando de calores senegalianos, de gente que se cae muerta de insolación fulminante en las calles de París, hemos tenido el arranque de dejar nuestras frescas rías gallegas y asomarnos a ver qué pasa en el mundo, aunque sea por un agujero. Manda la Iglesia confesarse una vez al año, y antes si hay peligro de muerte. Manda la cultura viajar sin aparente necesidad una vez al año, y más si hay estancamiento y tendencia regresiva —manía de andar hacia atrás, que no falta entre nosotros.

Dicen que ahora ha caído en la cuenta el conde de Romanones4 y piensa enviar por ahí, no misioneros, sino neófitos de la cultura, que apostolicen a la vuelta y nos traigan en sus baúles, gladstones5 y sombrereras, la civilización, artículo que en la frontera no paga derechos. Parece que en el Japón se hizo así, y aunque somos blancos, nos han puesto tan verdes que de los amarillos tenemos que recibir lecciones. Aquellos ex monigotes de porcelana, aquellos ex miquines de marfil con ropa de seda, son hoy gente de pro, una potencia que tiene marina y ejército y universidades y colegios, no pintados en ningún abanico o «kakemonos6», sino de verdad. ¡Si se atenderá en el Japón a la enseñanza, que la emperatriz se toma la molestia de ir cada día a pie, con sus piececitos como piñones, a visitar la universidad en que se forman las licenciadas y doctoras, plantel de la mujer moderna, libre de la ignominia asiática!

Lo que yo le digo al bien intencionado conde es que la civilización no es malo traerla en la maleta, pero sobre todo su lugar está en el espíritu. Si no fuese así, ¡pobres de los pobres!..., o sea de los que no pueden viajar, en estos tiempos de 40 por 100... y lo que venga. Desde su casa, como el ingenioso autor del «Voyage autour de ma chambre»7, pensando, leyendo, cabe obtener la ansiada europeización, que debe de ser (Costa8 tiene la palabra) así como un triple extracto de lo más fino, bello y fuerte del alma europea. Porque a Europa no vamos a recogerlo todo, oficio de traperos; y aun los traperos, realizada su burda cosecha, escarban en ella y apartan lo que les importa conservar. Hay que importar la esencia, la esencia exquisita, que embalsame nuestras bravías cordilleras y nuestras mesetas árida.

Cuando el conde de Romanones organice esa cohorte de peregrinos españoles de la cultura, estoy por creer que me corresponde en ella un puesto, y eminente, ganado por antigüedad rigurosa. ¡Apenas hace tiempo que me europeizo, y que comunico al público lo que veo en la madre Europa! Voy pensando en esto mientras el tren, dejándose atrás la montuosa Galicia, rueda por las llanuras castellanas, vestidas con la opulenta alfombra rubia de la mies acabadita de segar, y rayadas de vez en cuando por las hileras de altos chopos, erguidos y frondosos bajo la llamarada del sol de julio.

Sintiéndome tan acérrima española, cada vez propendo más a buscar fuera de España remedios y lecciones. ¿Se acuerda alguien de uno de los primeros y muy discutidos dramas de Echegaray, en que el enamorado de una beldad ciega va a conseguir en remotos países el medicamento o filtro que devuelva luz a las amadas pupilas? España es tan hermosa como la princesa de la más romántica novela de caballería; pero sus ojos están cubiertos de membrana obscura; la lumbre de este sol radioso no penetra en ellos sino al través de brumas y sombras seculares. Viajemos. ¿Quién sabe si daremos con el filtro mágico?

En las actuales circunstancias, nada mejor que ponernos en contacto con Europa. A fuer de país de corto resuello, de energías agotadas pronto, España solo atiende a localismos: se ha colocado en la postura de los Budas, y se mira a sí misma, con estrabismo convergente. La última cogida del torero, el reciente borborigmo de la casera olla política, roban la atención. Si hay un cielo donde se premien las buenas obras patrióticas, en él se encontrará El Imparcial; mis campañas y las de otros escritores, que mandan a sus columnas soplos de aire exterior —el aire vivaz de alta mar, tónico y excitante.

¿A qué punto de Europa nos convendría dirigirnos? ¿Dónde encontraremos este año ejemplos saludables? Tomadle el pulso a España (ahora parece que lo ha recobrado, que pulso, hay, aunque desatentado y febril), y poco tardaréis en hallar la respuesta. Lo que hierve es la bien o mal llamada cuestión religiosa, que tanto nos dio que hacer durante el para nosotros infausto siglo xix, y que sigue coleando.

Esa cuestión no es solo nuestra, como la del separatismo, verbigracia; no somos el único país católico; tal problema lo encontramos en todas las naciones latinas. Hay quien no ve en él sino un efecto de imitación. Hay quien identifica las órdenes religiosas, mejor dicho, su situación actual en España, con el catolicismo, hasta el extremo de creer que este acabaría si aquella variase. Ha llegado, pues, un momento en que interesa conocer por vista de ojos lo que en este terreno sucede en Francia, y sobre todo en Bélgica: una república donde domina el laicismo, una monarquía donde domina el catolicismo desde hace diez y siete años —y ambas, la república y la monarquía, como ya quisiéramos estar nosotros de adelantadas y prósperas—; lo cual, a esta distancia, parece significar que de todos modos se puede ser europeo, y que los males de España no deben achacarse al catolicismo, sino a la manera que tuvimos siempre de entender y practicar esta religión de paz y dulzura.

Pero no adelantemos los sucesos, que decían los novelistas de antaño; no llevemos opinión hecha y preconcebida, que es como llevar anteojeras de mulo; no demos el cobre de nuestro criterio en vez del oro de la realidad. A estudiar se ha dicho, y a referir lo que se aprenda.

Retrepémonos en el ángulo del departamento, abramos la «Guía oficial», texto vivo de los viajeros, y vaya un favor con dos disfavores acla Compañía ferroviaria. Señor ministro de Obras Públicas, todo lo que facilite el viajar es principio de la europeización. Al que viaja, puente de plata, diré corrigiendo una popular sentencia. Y no me parece puente de plata, ni aun Meneses9, que los procedentes del Noroeste nos pasemos quince horas en la estación de Venta de Baños esperando a enlazar con un tren que nos lleve a la frontera. Venta de Baños, aunque tiene curiosas antigüedades y muy aceptable fonda en la estación, Venta de Baños no es la Europa que perseguimos... y quince horas son casi un día. Los extranjeros incluyen estas soluciones de continuidad de los itinerarios de los trenes entre los fenómenos atávicos de España, país donde a nadie le importa perder el tiempo a puñados.

Y va uno de los disfavores. Ahora, el favor. Este año ha resuelto la compañía europeizar las páginas de la «Guía oficial», diciéndonos en ellas que podemos formarnos a voluntad nuestro itinerario, trazarlo en el mapa de la red de ferrocarriles y comprar el billete circular con rebaja a razón de los kilómetros que nuestro trazado comprenda. Aplausos, felicitaciones. Solo que... ¡ya me extrañaba a mí...! Disfavor segundo.

Solo que, para lograr esta ventaja, hay que pedirla con ocho días laborables de anticipación, lo menos (sic), bajo nuestra firma, depositando una fianza de diez pesetas; y si en el plazo de otros ocho días, lo más, festivos y laborables, no recogemos el solicitado billete, perdemos el derecho a la devolución del depósito y tenemos que constituir nueva fianza.

Vamos, era milagro... Con tales tranquillas, ligaduras, compromisos y resabios del expedienteo español, la ventaja es ilusoria. Y si la compañía trataba de implantar una cosa útil, ¿por qué no lo hizo? ¿A qué fianzas, documentos, multas y retrasos? Si trató de imitar a Suiza, ¿por qué no la imitó efectivamente? Allí se compra en la taquilla billete para un trayecto de dos, tres, cuatro mil kilómetros. Lo gastáis como se os antoja, en la dirección que os viene en gana, con largo plazo y libertad de asunto. Ese sí que es itinerario «a voluntad del viajero».

Ya está aquí el sudexpreso, a las altas horas, rápido como un ave, silencioso porque todos duermen dentro de los departamentos cerrados. Me deslizo en un sleeping10 y despertaré en la raya.

1 Goethe viajó por Italia en 1786, cuando contaba con 37 años.

2 Gógol relataba a sus contemporáneos andanzas de un viaje a España, que habría realizado entre junio y julio de 1837.

3 Matías López (1825-1891) fundó Chocolates y Dulces Matías López en 1851 y fue un adelantado en el trato a los trabajadores: las mujeres embarazadas solo trabajaban hasta determinado momento, daba alojamiento a los operarios y escolarizaba a los hijos de los trabajadores hasta los catorce años.

4 Álvaro Figueroa y Torres (1863-1950): político español que como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes amplió la enseñanza obligatoria e incorporó el salario de los maestros a los presupuestos generales del Estado.

5Maletas de cuero.

6 Se refiere generalmente a pintura o caligrafía colgadas de una pared.

7Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre.

8 Joaquín Costa (1846-1911): político español representante del regeneracionismo.

9 Empresa de orfebrería fundada en 1840.

10 Sueño.

III Primer testimonio

 

A D. Antolín López Pelaez.

Desde el año pasado el Sudexpreso ha vuelto por su honra; o sin retóricas embusteras, han compuesto la vía, y el camino, salvo en un cortísimo trecho antes de Burdeos, está como todos. No creo que tengan los lectores fijo en la memoria mi artículo «De San Sebastián a París en barco de vapor», pero difícilmente se olvida la catástrofe que de allí a muy pocos días vino a confirmar las indicaciones de mi artículo, y cuyas consecuencias (las de la catástrofe) no ha mucho costaron la vida al vizconde de Irueste11. Mientras la vía no se descomponga otra vez, vivamos tranquilos, aunque estas cosas «están de Dios», como dice la gente; lo cual no impide que sucedan según las añasca el diablo de nuestro abandono y desidia.

No por desidia, sino por exceso de celo en los empleados de Venta de Baños al expedir mi equipaje, no pude yo continuar a París en el Sud, y hube de aguardar al primer expreso. En él subió, cerca de Dax, un viejo sacerdote. La gente de Burdeos es como española, y si yo dudase de que en muchísimos respectos los Pirineos no existen, confirmarían mi creencia casos como los de este buen señor, españolísimo en lo campechano y en lo aficionado a palique. Apenas advirtió, por mi manera de pronunciar el francés, mi nacionalidad, me soltó el Catecismo de preguntas. Contesté como pude, a reserva de desquitarme.

La casualidad me proporcionaba ocasión de conocer de un modo auténtico un aspecto relativo de la opinión en Francia. El cura bordelés —que se dirigía a Orléans a pasar unos días con un hermano suyo, en el campo— era un ejemplar bien conservado y caracterizado de la transformación o evolución de la antigua especie legitimista, la que tenía la casa llena de retratos del conde de Chambord, y decía, como el tejedor Méraut de Los reyes en el destierro12: «Ea, a ver cuándo se determina a venir el rey nuestro Señor... Se nos va acabando la cuerda». Tipo simpático a fuerza de sinceridad, es inútil intentar convencerle de nada, y debe respetársele la pátina como a los objetos de museo. ¿A qué iba yo a porfiar con el señor cura, persona, por otra parte, bien educada, para que se persuadiese de que en España, hoy por hoy, nos hacen más falta muchas escuelas, muchos colegios buenos y otras zarandajas, que una nueva guerra civil? Él creía que con acercarse a la frontera, D. Carlos de Borbón nos sacará del abismo. Era, además, el amable sacerdote de esos que preguntan, pero tienen su opinión hecha y la afirman de un modo que no admite objeciones. A cada detalle que yo le daba acerca de nuestra situación actual, tan risueña como nadie ignora, se dilataba su rostro, frotábase las manos de gusto y repetía: «¡Tanto mejor, tanto mejor! Todo eso va a soliviantar más y más los espíritus y tendréis la guerra, la hermosa guerra vuestra, la épica guerrita, que esta vez traerá la solución con la monarquía legítima. ¡Oh, si Francia estuviese como España!»

Índice de contenido

Índice

— I — Bélgica

Advertencia al que leyere

I Desde el tren

II Hacia la frontera

III Primer testimonio

IV El país de la pintura

V La abadía de Maredsus

VI Un obispo

VII Amberes.—Un museo católico.—Una procesión

VIII Reposo en el pasado.—El Museo Plantino

IX Trabajadores de la viña

X Más trabajadores—La Gilde

XI Gante.—Relámpago rojo

XII El descanso dominical

XIII Gante.—El cordero místico

— II — Provincianos franceses

I Un sarao

II Un congreso

III Por las bodegas

— III — Notitas portuguesas

I En Lisboa

II Tomar

— IV — Castilla

I Fondas y posadas

II A caza del pasado

III Segovia

IV Misa vieja

V Más patrañas

VI Rincones y callejas

VII Las alhajas de la Virgen del Sagrario

VIII En El Escorial

IX La leyenda de Cervantes en Esquivias

— V — Aragón

I En Zaragoza

II El oasis de Piedra

— VI — Cataluña

I Géneros de punto

II Colmena

III Santas

IV Recuerdo de gerona

V Cuatro paredes

VI El «Cau Ferrat»

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