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Una nueva novela del detective beatnik de Hollywood, Sunny Pascal, narra cómo el detective mexicoamericano trata de resolver un crimen durante la filmación de Por puñado de dólares en la España franquista en 1964. Sunny Pascal es llamado a los estudios Churubusco por el escenógrafo español José Ramón Izaguirre y el afamado cineasta Luis Buñuel para que limpie el nombre de Izaguirre, acusado del asesinato de su esposa Imelda Fregoso, ocurrido durante la guerra civil española. Sunny vuela a Madrid para internarse en el mundo del cine de una España con un gobierno represor, que poco a poco se va abriendo al mundo. Acostumbrado a moverse en el mundo de Hollywood, se encuentra con un ambiente distinto, donde su estilo sarcástico sólo le atrae problemas con la policía local. La tercera entrega de la serie de libros publicados en ocho países con grandes críticas, próximos a filmarse por el director Sebastián del Amo.
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Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Este libro está dedicado con cariño a mi cómplice de las letras, Karen Chacek
Yo no bebo agua, los peces fornican en ella.
W. C. FIELDS
El alcohol es el peor enemigo del hombre,
pero en la Biblia dice que ames a tus enemigos.
FRANK SINATRA
Yo prefiero pensar que Dios no está muerto,
sólo que está ebrio.
JOHN MARCELLUS HUSTON
l½ OZ DE CAMPARI
1½ OZ DE VERMUT DULCE
1 REBANADA DE NARANJA O LIMÓN
AGUA MINERAL
CUBOS DE HIELO
Vierta las medidas de los licores en un vaso corto con hielo. Agregue un golpe de agua mineral para rellenar. Coloque el limón o naranja para ser exprimido en la copa al ritmo del swing “Tu vuò fà l’americano”, de Renato Carosone.
Uno de los cocteles europeos por excelencia, conocido originalmente como “Milano-Torino”, debido a sus ingredientes: el licor amargo Campari proveniente de Milán y el vermut Cinzano de Turín. La receta para el americano data por lo menos de 1861, cuando fue servido en la barra de Gaspare Campari de Milán. Su nombre cambió cuando se dieron cuenta de que sólo los turistas americanos lo pedían. Por años, ese bar fue un lugar de reunión para una variedad de celebridades, desde Giuseppe Verdi hasta Ernest Hemingway. Pero el trago se popularizó en la época de la prohibición norteamericana, cuando floreció la mayoría de los cocteles. Debido a la baja calidad de los licores que se conseguían en Estados Unidos, para que fueran agradables al paladar se tenían que mezclar, inaugurando así la era dorada de la mixología. Y fue en esa década cuando la bebida encontró éxito con los visitantes americanos.
Se tomó la receta de un negroni, agregándole el dulce del vermut y el sabor de los cítricos. En su relato From a View to a Kill, el autor y espía inglés Ian Fleming escribe: “En los cafés uno tenía que beber la menos ofensiva de las bebidas de las comedias musicales, y Bond siempre pedía la misma cosa: un americano”.
I|I
Se abre la toma a una panorámica. Puede verse un lejano paisaje de desérticas lomas. Un largo sendero culebrea hasta extraviarse en el cúmulo de montañas que asemejan una colección de cadáveres cubiertos por telas. En sus pliegues guardan rocas y arbustos que combaten los arduos rayos del sol. De vegetación sólo hay un raquítico pasto color bilis, tan raso como una desgastada alfombra en hotel barato. El cielo es azul brillante. Hay una bruma de fumador empedernido que borra parcialmente los cerros lejanos. No hay duda de que es una gran toma. Un fotógrafo hubiera deseado tenerla para abrir su película. Trae incluido el premio de la academia de ciencias cinematográficas: un Oscar.
Una polvareda va creciendo. Es un remolino de polvo y guijarros que se levantan ante las pisadas galopantes de los cascos de un caballo que apenas son una silueta en la lejanía. La tensión sube. Entre más se acerca el jinete, más nerviosismo se paladea en el ambiente.
De pronto, en medio de ese silencioso paisaje, el sonido seco de un disparo retumba con el eco de carambola a cuatro bandas. El caballo se desboca aparatosamente, llevándose a su jinete, que traga un buche de tierra. El vaquero ha mordido el polvo en un desierto de la frontera americana. Es el momento para poner los créditos de apertura. Tenía que admitirlo: era una de las mejores entradas en un film. Tan maravillosa, que deseaba levantarme y aclamarla de pie.
Es así como se inicia el increíble western que el director italiano Sergio Leone filmaba: For a Few Dollars More o La muerte tenía un precio. Leone, con esta obra, estaba a un paso de cruzar la reja que divide a los humanos de los dioses. Entraría al monte Olimpo de Cinelandia por la puerta grande.
Pero yo no podía aplaudir.
Para empezar, estábamos muy lejos del oeste americano para que fuera real. Incluso, teníamos el océano Atlántico de separación. Tampoco eran los años cuando los vaqueros construyeron el país americano. Y un siglo atrás habían dejado de usar sombreros de cowboy, botas y espuelas. Las armas continuaban en uso, pues siempre estaban de moda. Tanto, que un asesino de Dallas había disparado al presidente Kennedy apenas hacía dos años. Y luego, otro tipo le había disparado a éste. Como ven, las pistolas siempre serían un deporte nacional de Estados Unidos de América.
Pero la principal razón para no aplaudir el inicio de esa película es que no estaba viendo el film. Era una simple coincidencia que esta escena fuera como en el inicio del guion. Lo anterior lo estaba viviendo en carne propia. El que había tragado la polvareda era yo. Y desde luego, no soy vaquero. Sólo soy un sabueso mitad gringo, half mexican, perdido en el desierto español de Almería con la mala fortuna de ser tratado como el asesino que supuestamente vine a cazar.
Me levanté adolorido por la colosal caída. Mi cabeza retumbaba. La pierna izquierda punzaba como si le hubieran clavado cien cuchillas y una fea cortada surcaba mi frente. Eso se llamaba caer con poco estilo. También se llamaba dolor, mucho dolor.
Cojeando, continué mi carrera. Era cuestión de tiempo para que mis perseguidores hicieran acto de presencia, ya que la bala que derribó a mi caballo no había surgido por generación espontánea. Si hay bala, hay armas. Y éstas siempre vienen con alguien para jalar el gatillo. Para mi desgracia, los que lo habían hecho no eran bandoleros. Eran más aterradores: carabineros al mando del teniente inspector Figueres de la Guardia Civil española.
Dos jinetes aparecieron detrás de mí. Montaban vistiendo su inconfundible traje verde olivo, altas botas negras y ese intento de gorro tricornio. Digo intento, puesto que en ninguna civilización moderna podía llamársele sombrero a un híbrido entre tocado de monja y escultura de Picasso.
Ramón el Grande iba a la derecha. Iba junto a él su compañero, como era su costumbre. Yo suponía que se había quedado arreglándose su quijada después de que lo golpeé con la base de un reflector de cine, pero al parecer estaba más que listo para atraparme.
El gendarme sacó una soga e hizo muestra de sus habilidades. La jugó como un experto, agitándola al mejor estilo de John Wayne a punto de lazar una vaca desbocada. Era endiabladamente bueno. Me alcanzó cual res tierna, derribándome de golpe. Tragué otra vez un puñado de tierra andaluza y me jaló a todo galope.
Fui arrastrado por la terracería a los gritos de los gendarmes que festejaban su éxito. Pasé por cada entrada del catálogo de “víctimas remolcadas por los bandoleros en un western”. Mi cuerpo sintió las rocas rasgando ropa y piel. Hubiera sido peor si no hago las piruetas que había aprendido del jefe de dobles de la película.
Ramón el Grande descendió de su caballo. Era la imagen de prepotencia y altanería de su gobierno. Todo orden, todo perfección. En su persona no se permitía un error. Caminó lentamente hasta donde me habían dejado tirado. Se inclinó hacia mí, quitándose su gorro. Tomó mi cabello para levantarme el rostro. Me encontré con su sonrisa de oreja a oreja. Era diabólica.
—Joder. Que te vamos a coger, americano.
—No soy… americano —balbuceé entre la sangre que se me arremolinaba en la boca.
—¡Pero qué gilipollas eres! ¿Y a mí, qué? ¡Eso qué importa! —respondió con regocijo. Como no había completado su racha de hijo de puta, y para mantener su imagen de desgraciado sádico, me dio una patada en la cara.
Entonces, la escena se fue a un corte a negros.
Bienvenido a España.
1 OZ DE GINEBRA TANQUERAY LONDON DRY GIN
1 OZ DE GINEBRA OLD TOM
1 OZ DE GINEBRA MILLER’S WESTBOURNE STRENGTH
¾ DE OZ DE JUGO DE LIMÓN
¾ DE OZ DE JUGO DE TORONJA
¾ DE OZ DE LICOR ST. GERMAIN
½ OZ DE GRANADINA
¼ DE OZ DE ENDULZANTE DE JENGIBRE
UN GOLPE DE AMARGO DE ANGOSTURA
En un vaso alto, o de escultura tiki, con mucho hielo, coloque los tres tipos de ginebra. En su caso, se puede sustituir por una sola marca. Agregue el resto de los ingredientes y agite. Adorne con una rebanada de piña y la versión surf de “Los siete magníficos” tocada por Los Dorados.
Esta bebida tiene todas las raíces e ingredientes para ser considerada tiki: sabores cítricos, tres licores de base y adorno tropical. Posee también una gran diferencia con el resto: el uso de ginebra en lugar de ron. Aunque parecería que el nombre se debe al famoso creador de armas del siglo XIX Oliver Winchester, con cuyos rifles y revólveres se abrieron paso los duros hombres en el oeste norteamericano, proviene de otras razones más mundanas: nació en el bar Death & Co de Nueva York, nombrado en honor al mixólogo y representante de la ginebra Tanqueray Angus Winchester.
I|I
Siempre he pensado que una buena película de vaqueros debe comenzar cuando llega el forastero a un pueblo. El jinete solitario cruza las calles mientras el tabernero y el herrero comentan en voz baja que seguramente el recién llegado es un buscador de pleitos. Fue exactamente como me recibieron en ese pueblo. Aunque de poblado tenía sólo las fachadas. Era apenas una colección de casuchas de madera. Había un salón aquí, el hotel allá y, por supuesto, una cárcel al fondo. Junto al banco, una camioneta Ford, un cúmulo de cables, lámparas apiladas, dos gánsteres en trajes cruzados, un cavernícola y, al centro, un hombre con delantal en bicicleta vendiendo tacos. Eran los trabajadores del set de cine que disfrutaban su almuerzo. Yo caminaba por entre las falsas fachadas de cartón y cinta adhesiva.
No había duelos en puerta: era la hora de comer. En México, esa hora es tan sagrada como la misa de los domingos, las finales de campeonato de futbol y los días de votación. Si llegase a haber un holocausto atómico, de todas maneras los trabajadores saldrían a comer.
—¡Alto, amigo! —me gritaron desde la puerta de una de las escenografías. Volteé a ver quién me retaba a duelo. Era un guardia uniformado de complexión robusta. Se notaba que no había mucha acción en los estudios de filmación Churubusco de la Ciudad de México. Su panza sólo se podía lograr dormitando y comiendo en horas de trabajo.
—¿Algún problema, oficial? —comenté, ofreciéndole mi mejor sonrisa de anuncio de político.
—No puede estar aquí. Necesita un pase —gruñó. Me limité a enseñarlo. El guardia lo leyó y me lo devolvió molesto—. Las oficinas están al fondo. Encontrará un edificio debajo del tanque de agua.
—Siga buscando forajidos, peregrino —le dije en mi mejor imitación de John Wayne. El gordo no entendió.
La visita a los estudios Churubusco se debía a una reunión de trabajo. No es que dejara de laborar en Los Ángeles como “agente de seguridad” para la industria de Hollywood, sino que simplemente estaba haciendo un favor personal. Mi estancia en la Ciudad de México era incidental. Cada vez que me acordaba trataba de salirme de mi rutina en Venice Beach para visitar a mi madre. Habían pasado ya tres años que no me acordaba y mi progenitora mandaba cartas desgarradoras sobre lo mal hijo que era. Así que, cuando mi amigo y compañero de parranda, el productor Scott Cherries, me ofreció la seguridad en el plató de una película de la Warner, mi raquítica cuenta bancaria se abultó. Ayudaron también unos trabajos extra desmantelando una banda de chantajistas que hicieron la vida imposible al actor Mario Moreno Cantinflas y que acepté seguir al esposo de Jayne Mansfield para comprobar sus amoríos para la demanda de divorcio en Ciudad Juárez. Estaba bien alimentado, bien remunerado y un poco cansado del ambiente banal de Los Ángeles, por lo que tomé mi Ford Woody y fui a México a ver a mamá.
Durante una semana se dedicó a engordarme, platicarme de la familia y sermonearme por mi desmedida manera de beber o mi corte de pelo. Luego, me dijo que tenía un trabajo para mí, de parte de su nuevo pretendiente. Me dio un ataque sin saber qué me cabreaba más: que me mandara a laborar o que anduviera con alguien. Después de dos botellas de tequila olvidé mi malestar. Mamá podía rehacer su vida después de soportar a mi padre. Mas mi sorpresa continuó en aumento cuando me enteré de que su pareja era uno de los escenógrafos del director de cine español Luis Buñuel, un tal José Ramón Izaguirre. Así llegué a los estudios de cine Churubusco en México, el complejo cinematográfico más grande de Latinoamérica.
Me introduje en uno de los edificios. El que estaba bajo el tanque, según las indicaciones del guardia. Era una construcción de tabique aparente y bloques de cristal. A comparación de las excelsas oficinas en Estados Unidos, éstas parecían de intendencia. En el interior había una recepción mona. Un grado más de mona era la pequeña trigueña que se refugiaba detrás de un escritorio de metal y madera. Tenía ojos pizpiretos y una enorme cola de caballo. Su piel era de vainilla. Me la saboreé gustoso.
Al verme entrar, la muchacha torció la boca y me soltó con voz agria:
—Si es usted el reportero, debo decirle que mi jefe ya no da entrevistas.
—¿Ni una chiquita? —pregunté acercándomele. Ella se movió incómoda. Ese día me había acicalado para dar una buena imagen. Vestía traje negro con corbata delgada a la moda de Steve McQueen y mi barba beatnik estaba pulcramente cortada.
—Lo siento, caballero —respondió nerviosa.
—No sea egoísta. Quizás ésta es la buena.
—Buena para que lo expulsen del país… —me dijo molesta—. Todos ustedes se han dedicado a decir mentiras del maestro Buñuel: que es un terrorista, un comunista… ¡Pues ya se les hizo!, ¡se va a filmar a Francia!
—Sufrirá Jerry Lewis. Dicen que busca director para su nuevo film —comenté con un exagerado dramatismo. La trigueña arqueó su ceja y soltó en un susurro apenada:
—Usted no es reportero, ¿verdad?
—Nunca dije que lo fuera.
—Es malo, muy malo por burlarse de mí —el rubor de las mejillas la hacía verse chispeante.
—Si quiere ver maldad pura acompáñeme a tomarnos unos tragos. Le aseguro que habrá fuego como en el infierno —le dije sentándome en su escritorio. Ella ni parpadeó. La tenía en la bolsa.
—¡Vamos, deja a mi secretaria! Tu madre me ha dicho lo revoltoso que eres… —nos interrumpieron desde el privado. Fue entonces que emergió un hombre canoso, alto como un rascacielos y nariz recta de perfecta escultura griega. Su voz era grave, de llamado de ultratumba. Su aspecto duro emulaba a un rector de escuela. No había duda de que era el tipo de mamá. Empezando por mi padre, siempre se los conseguía iguales: unos completos hijos de puta.
—El señor José Ramón Izaguirre, supongo.
—Mejor no supongas y ven a saludarme, hijo —exclamó el hombre dándome una palmada en la espalda. Sonrió de manera fácil, agradablemente familiar. Su acento era ligeramente ibérico, como si éste se hubiera disuelto ya entre comida picosa y tequila.
—Sunny Pascal, señor —me presenté apenado.
—Dime Joserra —volvió a darme el golpe en la espalda. No era rudo, apenas el roce de una hoja. Empezaba a gustarme el tipo. Me odiaba por eso. Nos encaminábamos a su privado cuando una voz aguda resonó por la oficina como alarma de bombardeo:
—¡Joserra! Pero ¿qué coño has hecho con la botella de Noilly Prat?
Luego que retumbó por un minuto, le siguió un hombre calvo en mangas de camisa. Su cara era redonda con grandes ojos de sapo y párpados caídos. Impecable en su aspecto, Luis Buñuel era increíblemente la imagen estereotipada de un millonario o un obispo pedante. Era una broma cruel de la vida que le hubiera otorgado el retrato de lo que más aborrecía.
—¿Es el detective? ¡Pido perdón por mis malas palabras! Pensé que no había nadie —se disculpó extendiéndome la mano para saludarme. Estaba totalmente ruborizado por haber soltado su grosería.
—¿Puedes creer que éste es un mojigato con las malas palabras? —soltó en broma el señor José Ramón.
—¿Acaso escuché Noilly Prat, señor? —pregunté con la boca seca—. Eso sólo sirve para hacer martinis…
Luis Buñuel miró su reloj. Dio una palmada en el aire y entró al privado gritando con toda felicidad:
—Son las dos de la tarde. Es hora de alejar los demonios con uno de esos elixires maravillosos.
6 PARTES DE GINEBRA INGLESA
6 GOTAS DE VERMUT NOILLY PRAT
½ CUCHARADITA DE AMARGO DE ANGOSTURA
HIELOS
Hay que tener las copas, la ginebra y la coctelera en el refrigerador. Llene la coctelera de hielo y vierta sobre éste algunas gotas del vermut Noilly Prat y el amargo de angostura. Agítelo y deseche el líquido. Agregue la ginebra al hielo, sacuda y vierta en la copa. Sólo coloque una aceituna bajo la elegante supervisión de Nina Simone cantando “My Baby Just Cares for Me”.
Luis Buñuel, el afamado director español, que filmó películas como Un chien andalou, L’Age d’or, Los olvidados, El ángel exterminador o El discreto encanto de la burguesía, fue uno de los bebedores de martinis más famosos del mundo. Para él, la preparación era un ritual religioso. Siempre siguiendo cada paso al pie de la letra, su modo de prepararlo poseía tintes de alquimia antigua y teatro. El director explicaba que sus martinis eran creados para causar alucinaciones y ajustes del bienestar maniaco.
I|I
La oficina de José Ramón Izaguirre era realmente austera. Una escuela en Siberia debió ser más acogedora. El simple escritorio de aluminio dominaba el espacio. Una planta de grandes hojas iba perdiendo en su lucha por hacer ver agradable la oficina. Al fondo, pegado a la pared, un librero con cientos de libros perfectamente acomodados. Sólo había dos cuadros: un afiche promocional de la película Viridiana y al frente, un hermoso póster en estilo déco de la República española. El único detalle glamoroso del lugar era una botella de ginebra Bombay, una de Noilly Prat, la mezcladora de aluminio en forma de cohete y cuatro copas martineras.
Me hizo sentar en una silla forrada de cuero mientras el director de cine preparaba los tragos. Era tan agradable observar cómo Buñuel elaboraba las mezclas, como lo eran sus inquietantes películas.
—Muchacho, para provocar un ensueño en una barra tienes que pedir tu martini con ginebra inglesa y algunas gotas de Noilly Prat —explicó destapando el licor. José Ramón lo veía sentado desde su escritorio, disfrutando el gran vodevil que había montado el cineasta—. Para serte franco, el martini seco ha jugado un papel primordial en mi vida. Es la estrella de mi película. Para que el martini sea excelso, te comentaré mi secreto… Considérate afortunado, no se lo cuento a todos.
—¡Qué va! Lo suelta a cualquier reportero —le interrumpió su compinche. Buñuel sólo abrió sus ojos de sapo a punto de comerse una mosca. Consiguió el silencio deseado para continuar.
Tomó la botella de vermut, mostrándola como un fino camarero de la Quinta Avenida de Nueva York en restaurante pomposo. Mi sonrisa era amplia, tan grande como la podría tener un perro andaluz al recibir su jugoso filete.
—Simplemente hay que permitir que un rayo de la luz del sol brille a través de una botella de Noilly Prat antes de que golpee la botella de ginebra. Se ha escrito que, en América, la fabricación de un martini seco debe parecerse a la inmaculada concepción de la Virgen, pues, como santo Tomás de Aquino explicó: las energías generativas del Espíritu Santo perforaron el himen de la virgen “como un rayo de la luz del sol a través de una ventana, dejándola intacta”… ¿No es hermoso?
El rayo del mediodía que atravesaba la ventana cruzó la botella. Con la delicadeza de un partero recibiendo un bebé, colocó las gotas en el mezclador.
—Otra recomendación crucial es que el hielo esté tan frío que no se derrita. Lo ideal es poner todos los ingredientes, copa, ginebra y coctelera en el refrigerador.
Siguiendo cada paso que narraba, sirvió la mezcla en tres copas. A cada una de las cuales colocó una sola aceituna cruzada por palillos.
—Vierte algunas gotas de Noilly Prat y la mitad de una cuchara del amargo de angostura sobre el hielo. Hay que sacudirlo, después desechar para que conserve un gusto débil de ambos. Sirve la ginebra sobre el hielo, sacúdela como si remataras a mazazos a un sacerdote… ¡Y bébelo!
Al terminar, plantó el martini frente a mí. Sólo una aceituna. Se me hizo avaro. Supongo que mi cara transparentó mis pensamientos. Cual padre reprimiéndome por mi comportamiento, aclaró:
—Sólo una aceituna. Es una bebida, no una ensalada… Cuando estaba trabajando en Nueva York, el director del Museo de Arte Moderno me enseñó una herejía: en lugar de angostura le ponía Pernod.
—¿Y le gustó? —pregunté olisqueando su cáliz alcohólico.
—Muchacho, era sólo un capricho. Los neoyorquinos no hacen arte, sólo caprichos para impresionar al resto del mundo —dijo levantando su copa. Los tres las hicimos tintinear en un brindis.
—¡Por la República! —dijo José Ramón. Dimos el primer trago. José Ramón dejó su copa en el escritorio y me clavó sus ojos como dos armas para acribillarme—: ¿Qué sabes de la Guerra Civil española, chico?
La pregunta no sólo me cayó como un piano de cola en la cabeza, sino con Liberace tocándolo y un camión lleno de sus amantes. La aceituna escupió la ginebra sobre la copa de martini.
—Sólo sé que lo tuvieron todo, pero estaban tan enfrascados en sus problemas que nunca se dieron cuenta de las manos traicioneras.
—Es la respuesta con menos compromiso que me han dado en años. Eres un torero profesional. Dominguín te envidiaría. Nos has capoteado de maravilla —gruñó con sarcasmo José Ramón.
Buñuel bebía en silencio, tomando nota para plasmarme como un cobarde en su siguiente film.
—Usted sabe que mi madre es de una familia emigrada. Su hermano se quedó en España. Una guerra que divide a familias no puede ser buena, señor.
—Para los americanos, la Guerra Civil española fue una novela escrita por Hemingway. Se les olvidó lo que sucedió. ¡Hostia! ¡Creen que Franco es un héroe de guerra!
—Entiéndalos, si no saben quién les mató a su presidente Kennedy, menos sabrán que Madrid no es una playa mexicana —exclamé con seriedad. Buñuel soltó una gran carcajada. Se acercó a mí y me dio un agradable golpe en la espalda.
—Demasiado listo para ser gringo —dijo Buñuel. Su “gringo” sonó foráneo.
—No soy americano. Nací en Puebla —le respondí un poco molesto. El hecho de que tuviera la nacionalidad americana por mi padre no me quitaba el gusto por el chile, el tequila y la lucha libre.
—Tendrás que prometerme que no le dirás nada a tu madre de lo que se hable aquí. Será un secreto entre cliente y detective —explicó Izaguirre en un susurro.
—No he aceptado el trabajo aún —tuve que indicarle. No me gusta que presupongan cosas. Como que sé guardar secretos, pues no lo hago. O que mi nombre de nacimiento es Sunny, que no lo es. Izaguirre se encaminó al escritorio. Tomó un cheque y me lo entregó. Me guiñaba con una cifra de cuatro ojos. No era un número que apareciera comúnmente en mi vida.
—Será tu salario. Gastos de viaje, billetes de avión, viáticos o si necesitas dar algún incentivo… Tú sabes, aquí los mexicanos le dicen “mordida”.
Mordidas eran las que me daba ese cheque. Me gruñía como perro rabioso. No sabía si salir corriendo de ahí o besar a ambos españoles.
—Ya trabajo para usted. Cuente con mi silencio, que es tan bueno como el de Charles Chaplin.
—No me des las gracias. Gané algo de dinero con una película que hice en Francia —explicó Izaguirre. Se sentó a mi lado y con los codos en sus rodillas, me explicó—: tuve que huir de España por culpa de los falangistas. En ese entonces estaba casado con una mujer que laboraba de maquillista de cine: Imelda Fregoso. Trabajábamos en cintas de propaganda, pero también fui soldado de la República. Para capturarme, me montaron un teatro culpándome por su muerte. Por eso quiero que vayas a España y encuentres su tumba.
—¿Por qué? Usted lleva casi treinta años en México. Ya posee la nacionalidad mexicana. No necesita que nadie lo libere de ese acto de injusticia.
—Me importa saber el paradero de su cuerpo. Es de suma importancia. Deseo presentarle mis respetos a su tumba por no haber estado ahí con ella esa noche. Busca dónde la enterraron.
—¿Quiere que busque quién la mató?
—Fueron los franquistas.
Después de que sus palabras quedaron flotando por la austera oficina, sólo se escuchaban los sorbos que Buñuel le daba a su martini. Los miré a ambos con detenimiento. Nunca había estado en España, mi mundo era Cinelandia, en Estados Unidos. Era como poner a una sardina a buscar un león en la estepa africana. O como tratar de pilotear un avión, sin conocimientos, por las Montañas Rocallosas con dos estrellas de cine desangrándose. Eso último ya lo había hecho y sabía que era una muy mala idea.
Bebí mi copa de golpe. Alcé los hombros y extendí la mano para cerrar el trato.
—Considérelo un trato, señor Joserra —dije con un apretón de manos fuerte.
—Bueno, también tendrás que hacer el trabajo de Luis Buñuel —dijo mi contratante señalando a su jefe como si hubiéramos olvidado las letras pequeñas del contrato. El director español terminó su martini. Colocó la copa en la mesa, y sin cambiar ni un milímetro su expresión, me disparó a quemarropa:
—También salí de España hace años. No llegué a México directamente. Fui primero a Nueva York, pues deseaba filmar en Hollywood. Me ofrecieron un gran trabajo para el Museo de Arte Moderno catalogando y escogiendo documentales. Era mi sueño vivir ahí con mi esposa y familia… Pero entonces todo se acabó. Salió un libro donde me nombraban como comunista y espía ruso. Los americanos no se sintieron felices de tenerme en nómina. Me dieron una patada en el cu… —se detuvo de golpe. Abrió más sus ojos de rana y buscó ayuda en su compinche: estaba a punto de decir una grosería.
—¡Coño… dilo! ¡Te dieron una patada en el culo y tuviste que venir a México!
—Lo siento. No hay otra manera de decirlo —se disculpó el director de cine.
Me limité a alzar los hombros sin darle importancia.
—Ha sido una monserga cada vez que tengo que pisar Estados Unidos. Creen realmente que soy un espía comunista. Si pueden, evitan darme permiso para viajar.
—¿Y realmente es usted espía? Los verdaderos no saben preparar martinis —dije haciéndome el gracioso. Esta vez Buñuel fue quien levantó sus hombros sin darle importancia a mi comentario.
—Soy un verdadero republicano español. Es lo que respondo cuando me preguntan los gringos —explicó. Sonreí cuando soltó de nuevo lo de “gringo”. Era más mexicano de lo que pensaba.
—¿Y quién fue el gracioso que soltó la bomba? —cuestioné.
—Salvador Dalí —respondió con la mano apretada. Sus ojos casi los escupen sus párpados. Había tanto odio en su persona que literalmente se desbordaba por su cráneo.
—¿Y dónde entro yo?
—Quiero que vayas y mates a Dalí.
1½ OZ DE GINEBRA
¾ DE OZ DE JUGO DE LIMÓN
½ OZ DE SIROPE O ENDULZANTE
HIELO
Agite todos los ingredientes y sírvalos en una copa de coctel, adornándola con hojas frescas de menta de profundo color verde. Mismo color que las “Green Onions” de Booker T. & The M.G.'s.
Se cree que este refrescante coctel fue concebido en la ciudad de los vientos, Chicago, durante la era de la prohibición de licor en Norteamérica. Era una manera sencilla para ofrecer la ginebra, mucho más económica que el bourbon, al grupo de consumidores de los estados sureños. Los locales empezaron a consumirlo, agregándole ginger ale.
I|I
Me entregaron un archivo con recortes de periódico, una lista de nombres y algunas fotografías, casi todas propiedad del señor José Ramón. Sólo una era de Luis Buñuel: una vieja foto que parecía haber sido pintada con los rastros del café de la mañana pasada. Descolorida y apenas contorneada. Mostraba una mesa de parroquianos en algún bar. Al fondo, una calle vaporosa que tanto podría haber sido París o Madrid como Bombay. Lo que estuviera de moda ese día. Para mí no hubiera dicho mucho si no fuera porque en el retrato los tres hombres abrazados eran el pináculo de la intelectualidad española: Buñuel, Dalí y el poeta Federico García Lorca. El trío se veía diferente. Dalí más delgado, pero con su distintivo bigote. Tan reconocido como el logo de la Coca-Cola. Buñuel, con pelo, sólo para comprobarme que no nació calvo. Y el poeta García Lorca, vivo.
Suponía que los tres desearían verse así hoy. En especial el escritor, pues no creo que su tumba desaparecida fuera una habitación confortable.
—Fue en los treinta. Cuando buscábamos éxito y dinero —me explicó el director de cine—. Quizá Dalí sólo dinero.
No hubo más aclaración. Recalcó que debería entregarle esa imagen antes de sacarle la pistola. Tomé nota mental mientras me explicaba cada paso que debía seguir, y vi que su plan para matar a Dalí era alocado, pero no imposible. No me asusté con eso. Había hecho cosas peores en mi vida. Matar a un surrealista era aceptable en algunos estados de la Unión Americana. Por ello acepté sin remordimiento.
Donde sí había más trabajo era con el novio de mi madre. Me senté frente a él y me bebí otro martini en sorbos pequeños mientras me explicaba todo: José Ramón Izaguirre venía de una familia de la ciudad de Santander. Emigró muy joven a la capital, Madrid, en búsqueda de un trabajo en la industria cinematográfica. Pronto fue enrolado por un estudio para hacer escenografías. Al comenzar la Segunda República española que le dio un puntapié al rey Alfonso XIII, él ya estaba metido en el movimiento político por el Partido Republicano Radical. No dijo mucho de sus años mozos, pero dio a entender que los sacerdotes le tenían pavor sólo de verlo. Supongo que más de una vez se equivocó y disparó contra esas sotanas creyéndolos conejos gordos.
