Pornocracia - Jorge Dioni López - E-Book

Pornocracia E-Book

Jorge Dioni López

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Beschreibung

Un ensayo sobre el mundo actual, la vida online, el sexo, el deseo y el agotamiento. Escrito por el autor del best seller La España de las piscinas. En un ecosistema saturado de imágenes, plataformas y algoritmos, el porno ha dejado de ser un producto marginal para convertirse en la narrativa dominante de la sexualidad. Ya no se consume en secreto: es accesible desde cualquier dispositivo, gestionado por grandes corporaciones tecnológicas y moldeado por lógicas de mercado. Pero ¿qué implica esta transformación y cómo afecta a nuestras relaciones, nuestra autoestima y nuestra capacidad de disfrute? Jorge Dioni López analiza con agudeza el impacto del porno en la era digital. Explora la virtualización de las relaciones, la mercantilización del placer y la búsqueda incesante de la novedad, revelando las tensiones y contradicciones que surgen en un mundo donde la línea entre la fantasía y la realidad se desdibuja. A través de una prosa incisiva y un análisis riguroso, el autor nos invita a cuestionar las bases de nuestra cultura sexual y a buscar nuevas formas de erotismo más auténticas y satisfactorias. Más allá de juicios morales, Pornocracia es un libro sobre el placer, la representación y la influencia de la industria pornográfica en la vida contemporánea. Porque el porno no es solo una categoría de entretenimiento: es un reflejo del mundo que habitamos y un modelo de relación que nos atraviesa más de lo que imaginamos.

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Seitenzahl: 507

Veröffentlichungsjahr: 2025

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PORNOCRACIA

© del texto: Jorge Dioni López, 2025© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: marzo de 2025

ISBN: 978-84-10313-76-7

Diseño de colección: Enric JardíDiseño de cubierta: Anna JuvéMaquetación: El Taller del LlibreProducción del ePub: booqlab

ArpaManila, 6508034 Barcelonaarpaeditores.com

Reservados todos los derechos.Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Gracias, Pedro.Contigo empezó todo.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

PRÓLOGO: POR QUÉ A BERTA NO LE APETECE FOLLAR EN EL PRIMER CAPÍTULO DE

AUTODEFENSA

1. Cómo el porno me hizo marxista

2. Lo veo cuando sé lo que es

3. Si duele, es que es verdad

4. Un club de caballeros

5. Un anillo para dominarlos a todos

6. El ocaso de las diosas

7. El mejor culo del mundo

8. La coagulación

EPÍLOGO: POR QUÉ MEMÉ SE CORRE A LO GRANDE EN EL SEGUNDO CAPÍTULO DE

AUTODEFENSA

LECTURAS

GRACIAS

Guide

Cubierta

Índice

Inicio

«Todos los tíos quieren ser reyes, grandes hombres, vedettes. No quieren morirse sin que digan que han importado, que han importado de verdad. Quieren grabar su nombre en el mármol y marcar su territorio. Buscan a mujeres a las que marcar de por vida… como a los caballos. Sucede en todas partes, incluso aquí. Un tipo mide el poder de su polla por su influencia en los demás. Una cuestión de dominio, como en una jauría de perros».

OLIVIER BRUNHES, actor

«Si las mujeres no participamos en el discurso de la pornografía como creadoras, el porno solo va a expresar lo que piensan los hombres sobre el sexo. Debemos participar para explicar cómo somos, cómo es nuestra sexualidad y cómo vivimos la experiencia del sexo. Si dejamos que lo hagan solo los hombres, seguiremos siempre representadas en el porno como la fantasía masculina nos ve: putas, lolitas, ninfómanas, etc.».

ERIKA LUST, cineasta

«Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que ya nadie crea en nada. Un pueblo que ya no puede distinguir entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira. Con gente así, puedes hacer lo que quieras».

HANNAH ARENDT, filósofa

«Con el Barroco, el mundo se volvió un escenario y la escena se pobló de individuos solitarios. El miedo a la realidad y la pérdida de ilusión por cambiarla les hizo a estos refugiarse en la vida como teatro y buscar el consuelo en lo único a que aferrarse: la exhibición de su propia imagen en un sueño colectivo de un teatro imaginario. Por eso, vivimos hoy otra vida barroca: pesimismo, ensoñación, postureo. Sentirse triunfador o víctima y hacer desfilar los gozos y las desdichas ante el mayor número de gente. Otro siglo de solitarios en busca de efectismo».

Moral barroca, NORBERT BILBENY

PRÓLOGO

POR QUÉ A BERTA NO LE APETECE FOLLAR EN EL PRIMER CAPÍTULO DE AUTODEFENSA

«Respetar la polla. Grabaos esta idea. Yo soy el que manda. Yo soy el que dice sí. No. Ahora. Aquí. Porque es universal, tíos, es evolutivo, es antropológico, es biológico, es animal. Nosotros somos hombres».

Magnolia, P. T. ANDERSON

«Follar es como ir a misa, ya sabes lo que va a pasar». La frase pertenece al primer capítulo de Autodefensa, una de las mejores series que he visto en los últimos años y una de las que más palos recibió. Si el mayor miedo que tenemos los hombres es a que se rían de nosotros, como sostiene la escritora Margaret Atwood, la serie lo hace de forma cruel y despiadada, sin buscar en ningún momento la complicidad o el codazo amistoso. No hay guiños. No hay una caída de ojos al final que indique que todo es un paréntesis irónico. Vale, chicos, sabemos que nos hemos pasado. En realidad, queremos entenderos y reírnos juntos. Para nada.

Lo que la serie deja muy claro es otra cosa: no nos importáis. Sois prescindibles para pasarlo bien o para pasarlo mal, como hemos sido nosotras en vuestras historias. No queremos oíros ni que nos miréis. No queremos vuestra validación. No os admiramos, no os escuchamos, no os amamos y, por lo tanto, no os vamos a cuidar. Da igual si sois nuestros padres o hermanos. No nos vamos a hacer cargo. Nos hemos dado cuenta de que sois ridículos y ya no tenemos miedo a cómo podáis reaccionar.

La serie sigue la vida de dos mujeres jóvenes en Barcelona que tienen los nombres de las creadoras, Berta y Memé. Con un cambio de roles de género, su actividad encaja con las llamadas buddy movies o películas de colegas de la cultura Bro, donde se refleja la vida despreocupada y hedonista de la juventud masculina, ávida de experiencias antes de acabar en las dulces, pero asfixiantes garras del matrimonio. Son dos mujeres que se van de fiesta sin miedo a ser atacadas; dos mujeres que dicen que no y que dicen que sí, pero que no se enamoran porque no nos toman en serio; dos mujeres que hacen todo lo que hemos hecho nosotros en las pelis: tener la casa hecha una mierda, consumir drogas, reírse de las emociones ajenas, despreocuparnos de la logística, no cuidarse físicamente, ridiculizar la implicación de la persona con la que acabamos de estar o, en el último capítulo, mear en la calle. Es complicado que los hombres no sexualicemos un cuerpo femenino y es casi imposible que no sexualicemos un sexo femenino. Esta serie lo logró. No se maquillan, no se depilan, no buscan una luz favorecedora, no son amables, no quieren agradar, no buscan la mirada. Ellas son mirada. Es decir, antiporno.

Dos pijas, señalaron las críticas. No sabemos de dónde sacan el dinero, cómo se pagan ese piso. Están todo el día de fiesta. No hacen más que follar y drogarse. No se toman nada en serio. Son una caricatura que no refleja los problemas reales que sufren los jóvenes, como la precariedad laboral o el acceso a la vivienda. Más o menos, todo eso se dijo, otorgando a la serie un componente de representatividad que sorprendió a las creadoras, pero que encaja con el modelo social donde el varón blanco heterosexual es «lo uno» y todo lo demás es «lo otro». Somos el centro. Hablamos por nosotros mismos o encarnamos a toda la humanidad, mientras que las otras voces son genéricas y representan a su grupo concreto. Carecen de esa capacidad de individuación porque son periferia. Aún hoy, existe la idea de «literatura» y «literatura de mujeres». De hecho, las mujeres aprenden a amar a los hombres en su individualidad, mientras que los varones nos socializamos en que ellas nos atraigan en su esencia genérica. Algo que se resume en las bromas de tipo «me gustan todas». Son las idénticas.

Señalar la falta de realismo era algo muy revelador porque, en general, la narrativa española es introspectiva y suele eludir todo lo que tiene que ver con las condiciones materiales. Durante años, mantuve una apuesta con las y los asistentes a mis talleres de lectura y escritura: si me traían diez narraciones sobre la crisis de 2008, invitaba a todo el mundo a unas cañas. Podían ser novelas, libros de cuentos, películas o series. Nadie lo logró. Creo que ahora esa lista sí podría hacerse, aunque con una presencia mayoritaria de la autoficción. Es decir, cómo me ha afectado a mí la crisis. El realismo tiene mala suerte en España. La movida acabó con el cine quinqui, la novela psicológica con la generación de los cincuenta y así podríamos seguir repasando cómo, desde el misticismo, no nos gusta la gente que explica lo que sucede.

La crítica material también enlazaba con una estrategia populista muy usada por la derecha estadounidense a partir de los sesenta y que, en los últimos años, ha llegado a Europa. Cualquier obra con un contenido de crítica social no es válida porque ha sido hecha por personas privilegiadas y desligadas de la realidad. Pertenecen a una élite intelectual que, en realidad, no solo desconoce los problemas de la gente común, sino que desprecia a los que no son como ellos. Son unos pijos de ciudad. Según este discurso, la hija de un fontanero y una cartera es parte de la élite intelectual en tanto que guionista de cine, pero Álvarez de Toledo, Bernaldo de Quirós o Espinosa de los Monteros son pueblo. Para conseguir el engaño, se usan los elementos estéticos del consumo masivo o de los estilos de vida tradicionales, sean o no populares: toros, fútbol, caza, tradiciones, procesiones, comida, música, etc. Es una sensación de igualdad que ya explicó Andy Warhol: «Ves un anuncio de Coca-Cola por televisión y sabes que el presidente, Liz Taylor y tú la bebéis». Soy como tú porque hacemos lo mismo y llevamos la misma bandera, no importa que mi empresa te pague por debajo del salario mínimo y que después me quede con el 80 % de tus ingresos a través de mi fondo de inversión inmobiliario. Por eso, ese tipo de elementos estéticos son promocionados por los gobiernos derechistas. Bolsonaro suele aparecer con la camiseta de la selección de fútbol de Brasil y Donald Trump se vincula a la comida basura y ha sido el primer presidente estadounidense en activo que acude a la Super Bowl.

La estrategia funcionó con Ronald Reagan, a quien se pudo presentar como un honesto hombre de campo gracias a su pasado como actor en películas del Oeste y, años después, pareció tocar techo al convertir a George W. Bush, nacido en una de las familias más influyentes de Estados Unidos y exalumno de Yale y Harvard, en un simpático granjero tejano. Las fotografías lo presentaban cortando leña para una barbacoa o tomando una cerveza viendo la Super Bowl. Mira, soy como tú. No soy un engreído sabelotodo de la Costa Este. Identificarse con el «triunfador» a través de esos elementos simbólicos es una forma de huir de una identidad «perdedora» y es una de las razones de la masculinización del porno. En La razón neoliberal, la politóloga argentina Verónica Gago explica que, en contextos de desposesión, deslocalización y crisis, las clases populares terminan por reproducir el discurso vitalista de las élites. Es un producto aspiracional muy barato cuando desaparece la movilidad social. En 2016, esa estrategia convirtió a un millonario neoyorquino en la representación del hombre común.

Es un discurso que, como veremos, pertenece al proyecto del neoliberalismo de destruir cualquier estructura de saber experto como condición para acabar con los espacios comunes. Por ejemplo, la verdad o la ley, pero también la ciencia o incluso la geografía. La administración Trump propuso en enero de 2024 un cambio unilateral de nombre para el golfo de México y la propuesta fue aceptada ese mismo mes por Google Maps. El conocimiento también debe ser un mercado. No hay conversación pública, sino competición de productos dentro del flujo de contenido. Cualquier opinión debe poder ser tan valiosa como el saber experto nacido de una estructura reglada y objetiva. El objetivo del neoliberalismo es cerrar la etapa de las revoluciones y una de ellas fue la científica. Las actividades basadas en hechos, como el periodismo o la ciencia, son cuestionadas y evolucionan hacia mercados abiertos de narrativas, donde ganan terreno los modelos basados en el consumo porno: excitación y descarga. Los productos buscan llamar la atención y una posibilidad es perder el pudor e incorporar cosas que estaban en los márgenes, como el racismo o el machismo. En el caso de la industria para adultos, las escenas extremas o la agresividad.

No es extraño que, a la ficción, se le pida un componente moral que ya no se exige a la realidad, pero la mordacidad de las críticas indicaba que Autodefensa había tocado la encía sin anestesia. Como sostiene la filósofa Clara Ramas, «todo ajuste en la estructura binaria toca hueso. Es el núcleo duro de nuestro orden simbólico». Cualquier desplazamiento de lo masculino y lo femenino se encuentra con una reacción porque amenaza lo más íntimo de nuestra identidad: quién soy, qué hago aquí, qué se espera de mí.

El modelo tradicional de género ofrecía respuestas claras. Los hombres ocupan —ocupamos— el espacio público. Trabajamos para conseguir ingresos con los que se sostiene la familia que debemos formar y a la que también tenemos que proteger. A cambio, obtenemos reconocimiento, cuidado y acceso al cuerpo de las mujeres: el contrato sexual teorizado por Carole Pateman. Somos activos. Hablamos, escribimos, tomamos decisiones. Ante un suceso, tenemos que hacer algo. Somos el cabeza de la familia. Las mujeres se encargan de cuidar en el espacio privado y de vehicular las emociones, por ejemplo, a través de la escucha o la mediación. Son pasivas. Resistentes. Son la columna de la familia. Ante un suceso, se preocupan de que todo el mundo esté bien. Son la recompensa, la princesa al final del cuento. El ángel del hogar. Un equipo perfecto.

En el último medio siglo, este reparto de papeles ya no sirve y el flujo ha sido desigual. Mientras las mujeres accedían al espacio público y, tras formarse, lograban ingresos e independencia, los hombres no nos hemos interesado por el espacio privado, sus acciones y sus emociones. Quizá porque, tradicionalmente, ha sido un mundo devaluado y tiene menos prestigio social. Por ejemplo, hay mucha épica sobre las guerras, pero poca sobre los partos, una actividad históricamente bastante más peligrosa. Esto ha provocado una reacción que se vive como una discriminación: nos han desplazado, nos han quitado nuestro espacio, estamos marginados, nos han cancelado.

Ante cualquier problema, el modelo tradicional ofrecía una respuesta: sé un hombre. No vaciles, no llores, no pidas ayuda. Los tíos no hablamos de nuestras cosas, no compartimos dudas, preocupaciones o tristezas. En general, no sabemos cuidar y no sabemos cuidarnos, pero el gran problema son las emociones, donde necesitamos la presencia femenina como mediadora, como explica Clara Ramas. En su ausencia, la forma de expresarnos es mediante la acción. Mejor, si es pública y visible. El lugar común dice que, ante las crisis de edad, los hombres cambian de pareja, se ponen a hacer deporte o se compran un vehículo nuevo. Hacer algo que se vea y sea reconocido. Otras formas de mostrarlo son el dominio o la agresividad, imponerse a otra persona o estallar. Cabe recordar que, dentro del modelo tradicional, las peleas, el deporte o las novatadas eran las únicas ocasiones en las que un hombre podía tocar a otro sin que se pusiera en duda su orientación sexual. En el último caso, un varón podía incluso tener sexo con otro sin que se cuestionase su viril heterosexualidad. La clave era que se desarrollase en una dinámica desigual, como una manifestación de poder.

Las críticas hacia la serie hablaban de lo material para no entrar en el tema. Autodefensa no solo ridiculiza la masculinidad lo mismo que las películas de colegas han hecho decenas de veces con los comportamientos habitualmente atribuidos a lo femenino, sino que da un paso más. La subversión es mostrar a dos mujeres con la confianza que la socialización nos proporciona a los varones de forma natural gracias no solo a esa falta de exigencia y a la seguridad de que siempre habrá una mujer que se haga cargo, sino a la capacidad de utilizar todo el espacio por la ausencia de esos sistemas de control informales que van desde la sexualización al abuso o la violencia.

Son dos mujeres sin miedo. Son dos mujeres que no tienen esa mirada siempre alerta, cuidado no sea que, vete con ojo, el daño ajeno escrito en la propia piel, la microfísica sexista del poder de la que habla la politóloga Nerea Barjola y que sirve para segregar espacios físicos y psicológicos. Ten cuidado, aquí no puedes estar, mira a ver cómo te vistes, atenta a la bebida, mejor estar callada. Cada acto es parte de un lenguaje estable que permite asumir ciertos comportamientos y rutinas sin que sea necesario explicitarlos. La disciplina crea cuerpos dóciles que responden sin que sea necesario ordenar, dice Barjola. Son cuerpos hábiles en ser útiles para otros.

Odiar a los hombres es el capítulo más explícito. En él, se explica cómo el principal problema de las mujeres es que están educadas en la responsabilidad. Desde niñas, se les enseña que tienen que hacer las cosas correctamente, agradar y cuidar, porque siempre hay gente observándolas, examinándolas y juzgándolas. Pueden ser hombres o mujeres con mirada masculina, lo que se conoce como male gaze. Normalmente, ellas mismas. Es la ley del agrado. Gustar y que te quieran, lo que hace que la autoestima dependa de la valoración ajena, algo clave emocionalmente en los lugares que cambian la producción por el turismo. Esa socialización en el cuidado les obliga a hacerse cargo de los varones que tienen cerca, a los que no se pide que hagan las cosas correctamente porque, ya se sabe, son niños. Son activos. Tienen que desarrollar su creatividad. Las mujeres tienen que contenerse porque su papel es hacerse cargo.

En el caso de la protagonista, el niño del que se tiene que hacer cargo es Dídac Nadal. En mi colegio, siempre sentaban a alguna niña lista al lado de un niño medio tonto para que le hiciera de madre, dice Berta. Nunca le ayudé, añade, bebiendo una copa de vino, nunca le hice una ficha, nunca le dejé los deberes, nunca fui una buena madre para él. Debes tener paciencia con Dídac Nadal, me decían en el colegio. Le cuesta mucho. Debes tener paciencia con tu amiguito Dídac Nadal, me decía mi madre, como ella había tenido que tener paciencia con mi padre. Toda su vida teniendo paciencia, como mi abuela había tenido que tener paciencia con mi abuelo. Aquí tocamos hueso. Hasta ahora, era gracioso reírse de un niño gordito que olía a fiambre, pero la paternidad es otra cosa.

Mi padre, dice Memé, es un inútil igual que Dídac Nadal y ahora, de repente, a sus cincuenta y pico de años, tiene depresión porque se ha dado cuenta de que es un completo inútil. La empatía es una de las cualidades tradicionalmente asociadas a lo femenino. Quizá, la más importante, porque nos asegura que una mujer se hará cargo de las cosas cuando se compliquen y lo hará de forma íntima y silenciosa, sin esperar reconocimiento. Bajo la cruz, quedaron solo tres mujeres, las tres Marías: María, María de Cleofás y María Magdalena. Las protagonistas de Autodefensa no empatizan con alguien enfermo, ni aunque sea su padre. ¿Qué será de nosotros?

Mi padre, continúa Memé, nunca ha tenido que hacer nada porque es un hombre y pertenece a esa generación a la que han dicho que son los buenos. Es mi madre quien tiene que pedirle la cita del médico. Es mi madre quien le corta las uñas de los pies. Es mi madre quien le organiza las comidas con los amigos, las excursiones al Montseny. Y es mi madre, concluye, quien me pide que lo llame porque le hará ilusión. Es decir, la mujer se hace cargo de todo, incluso de las emociones del hombre. Es el problema emocional que desarrolló la política soviética Aleksandra Kolontái. Para los hombres, el sentido de su vida nunca es el amor, sostenía, sino desarrollar su individualidad. En cambio, las mujeres se entregan sin reciprocidad, por lo que no solo resultan explotadas, sino que viven en un continuo déficit emocional de reconocimiento y bienestar. Es decir, de amor.

Es lógico que los hombres hayamos podido escribir, pintar, legislar, investigar o comerciar. Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban, sostiene la escritora Kate Millett. Siempre había una mujer preparando la comida y organizando las excursiones al Montseny. El patriarcado es una estructura de poder que garantiza que cualquier hombre tendrá las herramientas disponibles a su alcance para sentirse por encima de cualquier mujer. Si, como afirma el sociólogo Loïc Wacquant, la segregación es un estado del bienestar basado en la raza, el patriarcado es un estado del bienestar basado en el género y es fácil construir una narración autocomplaciente que nos diga que somos los buenos y que todo ha sido mérito propio, borrando la parte negativa, la marginación y la explotación de otros seres humanos, las dinámicas asimétricas con las que se ha desarrollado la historia de la humanidad y que el porno erotiza para excitarnos.

Como sostiene la filósofa Florencia Abadi, «el absoluto patriarcal es el reino de los seres que no reconocen haber recibido nada», algo que comienza desde el origen. Aceptamos proceder de una madre, pero no del deseo de una mujer. La Virgen concibió y fue concebida sin pecado: la Inmaculada Concepción, un dogma del puritano siglo XIX. Para Abadi, el origen de la misoginia es la envidia de la capacidad creadora de la mujer. Los hombres hacemos, queremos hacerlo todo, pero no podemos hacer lo más importante.

No hemos escrito, pintado o investigado por ser más capaces, sino porque el trabajo de esas personas, disfrazado de amor o producto de la coacción, nos daba el tiempo necesario para hacerlo. También, porque teníamos estructuras de poder formales o informales para cerrar el paso y que el mundo y la historia fueran una conversación entre caballeros. Por último, cuando había algún fallo del sistema y alguna mujer se colaba, solía ser arrinconada inmediatamente. Los escritores de cierta edad se quejan cuando se recupera a alguna autora ya fallecida y hablan de inclusión forzada, quizá para no pensar que lo impuesto era lo otro. Es decir, la situación anómala fue la que permitió tener tanto espacio a un porcentaje muy pequeño de la humanidad. Siempre es duro darse cuenta de que no eres tan bueno y, aún peor, que quizá el mundo que viene no te recordará porque la estructura que permitió tu carrera está desapareciendo. De ahí, la reacción actual.

Es lógico que, a nivel general, los grupos que han tenido ciertas cuotas de poder reivindiquen ese viejo contrato social basado en la exclusión y la desigualdad cuando se resquebraja el que lo sustituyó, basado en la inclusión y la redistribución. Es decir, la fuerza y la ley. Si los derechos humanos están en crisis y la movilidad social se percibe como algo roto, puedo refugiarme en mi paraguas particular como europeo, hombre, blanco, heterosexual o propietario y defenderlo de forma agresiva. Si la política no me ofrece esperanza, ciertos relatos pueden darme certezas. Son caminos opuestos, pero llegan al mismo lugar: seguridad emocional, la sensación de tener el control.

«Una vez que dejemos de valorar más lo público que lo privado, seguramente estaremos abocados a no entender por qué hemos de valorar más la ley, el bien público por excelencia, que la fuerza», sostenía el historiador Tony Judt. Si las estructuras públicas y generales de bienestar se degradan, no es extraño que los grupos sociales se refugien en otros aspectos, como lo cultural, y traten de construir redes segregadas y, además, que lo hagan de una forma cruda, tanto nativos como migrantes. Se habla de los problemas de integración de la gente que llega a un sitio, pero deberíamos pensar que el principal problema es que los que ya estaban no quieren formar un grupo común. La hospitalidad era un deber histórico en culturas como la griega o la cristiana.

Como el modelo propone la competición como formato para hacerse con los recursos, esas redes estarán basadas en la homogeneidad y su actuación tendrá un componente violento que, salvo que sea necesario, no pasará de lo lingüístico o la representación, pero también puede concretarse. Discursos que se susurraban, como el machismo o el racismo, se presentan de forma explícita y ganan legitimidad con el fin de asustar a otros grupos para que no compitan por los mismos recursos. Es la funcionalidad clásica de la violencia contra «el otro». No es cuestión de que no estén, sino de que no crean tener los mismos derechos. Eufemísticamente, a esa segregación del espacio público se le llama «un mundo ordenado».

Vuelve Berta a hablar: a todos los hombres, solo se les exige que sean una buena persona. Yo hago los deberes, soy ordenada, he sido cuatro veces la delegada de la clase, siempre llego puntual y además soy muy creativa. Participo en todas las actividades del cole. Hago música, danza y teatro. Soy mejor que Dídac Nadal. La empatía es una virtud tradicionalmente femenina igual que la confianza es masculina. Es muy extraño oír hablar a una mujer con esa seguridad, explicitando sus logros o virtudes. De hecho, es más habitual el autodesprecio y, por ejemplo, hablar de sus proyectos con diminutivos. La mujer ambiciosa ha sido castigada en los relatos clásicos, siempre hay un lobo para quien se sale del camino. En nosotros, es lo que se espera. Eres un hombre, puedes hacer cosas, tienes que hacer cosas, tienes que decir las cosas, tienes que protagonizar las cosas.

Desde el patio del colegio, los hombres estamos socializados en la ocupación del espacio. Señalamos las porterías y, tras expulsar los comportamientos tradicionalmente femeninos, competimos con otros hombres. Mientras nosotros estamos concentrados en la actividad, ellas tienen que estar atentas, vigilar, hacerse cargo. Es decir, estar a varias cosas a la vez, una capacidad que parece innata. Si recibes un balonazo, es que te pusiste en peligro por estar en el lugar inadecuado, una enseñanza que luego se aplica a cualquier espacio. De todos los deportes, el fútbol es donde las mujeres han recibido más inquina cuando han buscado participar en igualdad de condiciones. La clave es que no es un deporte, sino un territorio, lo mismo que los videojuegos. El gamergate fue una campaña de ciberacoso que comenzó en 2014 a las mujeres de la industria de los videojuegos en foros y redes sociales. Aunque esté gestionado por empresas privadas y las administraciones hayan desistido, hablamos de segregación en un ciberespacio que debería ser público.

El porno también es un territorio. Como sostienen Analía Iglesias y Martha Zein, el porno es una utopía de pollas sin problemas de erección ni rendimiento, vulvas abiertas e hinchadas, anos blancos sin mierda ni dentro ni fuera. Más rápido, más fuerte, más duro. Es una utopía masculina. Es el país de las maravillas donde seguimos siendo los fuertes, los proveedores, los empotradores, los que deciden, los que monopolizan la actividad, los que controlan el relato. Es un refugio donde nuestros deseos se cumplen, nuestra voluntad se impone, se mantienen los privilegios, la estructura de poder está inalterada y nuestra superioridad queda clara constantemente. Si, como decía Virginia Woolf, los hombres buscamos un reflejo que nos engrandezca, el porno es el gran espejo trucado. Es una de las construcciones sociales que convierten la diferencia en desigualdad.

¿Qué pasa si nos da la gana ser unas zorras o unas tontas o unas flipadas?, dice Memé. ¿Qué pasa si no queremos tu puta opinión, qué pasa si no queremos que intervengas en nuestra conversación? ¿Qué pasa si te pasamos la mano por la cara? Nada, se responde en la serie. El porno recupera la respuesta tradicional: me da igual lo que pienses porque haré lo que quiera. Todo ajuste en la estructura binaria toca hueso. Que las mujeres pudieran votar o trabajar significaba destruir la división público-privada. Que las mujeres ejercieran su libertad sexual, sostiene Clara Ramas, significaba destruir el único modo posible en que los hombres han adiestrado su deseo, como posesión y depredación.

Decir «yo quiero» es la base de la identidad y es complicado decir «yo quiero» si alguien tiene que pensar qué quieren los demás. El poder es la capacidad de estrechar el vínculo entre voluntad y agencia, y que esa estructura sea reconocida por otros. Las ficciones tienen que ser creídas para ser efectivas; pero, sin la primera parte, no hay desarrollo posible. El deseo femenino ha sido un tabú durante siglos porque es el primer elemento del poder. Pienso, luego existo. Quiero, luego existo para mí mismo. Hago, luego existo para los demás.

En el porno, el no de las mujeres puede ser cuestionado y es habitual que sea el argumento central de la escena. Uno de los puntos excitantes es invadir el espacio y romper la resistencia inicial. Es decir, vencer el obstáculo, plantearlo como un desafío. Puede ser mediante la palabra, el dinero o la violencia, ya sea como amenaza o concretada. También, como explosión histérica al ver el físico masculino. Otro argumento habitual es la incapacidad de las mujeres para mantener el control de su propio cuerpo al ver una polla descomunal. Como explica la filósofa Mónica Alario, el derecho a la autonomía sexual de las mujeres, marcar límites respecto al acceso a su espacio, entra en conflicto con el deseo de los hombres de acceso total. Solo un igual puede restringir. El porno manda un mensaje claro: sucederá. Más que deseo o encuentro, el porno muestra la manifestación de la voluntad neoliberal: lo hago porque puedo.

De nuevo, la dinámica actividad-pasividad. Los hombres hacen, las mujeres admiran; los hombres hablan, las mujeres escuchan; los hombres empotran, las mujeres dilatan. En la visión clásica, el cuerpo de la mujer tenía un papel pasivo en la reproducción y era el horno donde se desarrollaba el ser creado por la semilla masculina. El porno recupera el esperma como elemento protagónico, ya no tanto como potencia creadora, sino como muestra de dominio. Marca terreno. La subversión que propone la serie no es tanto que las mujeres hagan y hablen, algo casi asumido y recogido en buena parte por las leyes europeas, sino que las mujeres no admiren y no escuchen. La clave es el abandono del otro espacio simbólico que, si queda vacío, ¿quién lo ocupará?

La maternidad forma parte de ese territorio y es una actividad insustituible. Lo que la serie presenta sutilmente y con humor es el fantasma que recorre Occidente: las mujeres ya no quieren formar familias y es algo que va más allá de los salarios o el acceso a la vivienda. No quieren asumir una doble o triple jornada laboral. No desean compartir su vida con gente con la que no comparten una visión del mundo. Están hartas de cargar con gente aparentemente adulta que no solo no se ocupa de la crianza, sino que hay que pedirles cita en el médico. Ellas tienen formación y empleo, y ya no quieren sacrificar su vida para otros. No quieren hacerse cargo. El relato del amor, la dedicación y el cuidado ya no sirve, los viejos mitos del reloj biológico o la amenaza de la soledad tampoco funcionan. De hecho, son proyecciones porque somos nosotros los que no sabemos estar solos.

Una de las respuestas es reaccionaria: hay que virilizar la sociedad. No es la única, pero es muy ruidosa y enlaza con esas luchas particulares por los recursos cuando los discursos colectivos basados en la esperanza desaparecen. El patriarcado es una estructura de poder que busca el control de la fertilidad humana y la reacción masculinista, desde la derogación de las leyes sobre salud sexual y reproductiva a la promoción del modelo de esposa tradicional, quiere recuperarlo. La palabra maternidad recorre el mundo: Moscú, Pekín, Washington o Madrid. No natalidad, sino maternidad. Es decir, una propuesta política sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres.

La cuenta @errederoja lo explicó bien: «Cuando el modelo dominante de mujer era el de ama de casa que no estudiaba ni trabajaba, el marido babeaba por la secretaria porque le excitaba una mujer soltera, profesional, que hablase su mismo idioma y que no tuviese cargas para poder tomarse una copa al salir del trabajo. Ahora que las mujeres estudian, trabajan y son independientes, les excita la idea de la mujer dulce, servil y ama de casa, y lanzan pestes sobre cualquier modelo de feminidad que se aleje del ángel del hogar. Detrás de esto, solo hay inseguridad. Hablar de kilometraje es lo mismo que reconocer que eres un acomplejado que piensa que no va a poder satisfacer a una mujer con experiencia. No querer que tu mujer trabaje es la manera de asegurarte que dependa de ti y no te pueda dejar. Exaltar todo esto como atributos femeninos deseables solo te deja como un perfecto inútil que solo es capaz de mantener a una mujer a su lado si no sabe lo que es un buen polvo y no tiene dónde caerse muerta».

LA NOVIA ES LA MAMÁ ELEGIDA

Chris: Intento aproximarme a mi lado femenino. Eve: Pues sal y divide tu salario por la mitad.

Doctor en Alaska, VV. AA.

El porno mayoritario o comercial, el que veremos en este libro, es uno de los espacios donde la dinámica actividad-pasividad se mantiene fiel a la estructura tradicional de género. Se puede alegar que no cabe otra cosa por cuestiones anatómicas: unos genitales penetran y otros son penetrados. La misma biología nos recuerda que los varones compartimos dos orificios, ano y boca, que podrían dar mucho juego. La estructura actividad-pasividad tiene más que ver con la dinámica de poder, como sostiene la historiadora Patricia González. A partir de ahí, se crea la estructura binaria de roles: decisión y cuidado, movimiento y quietud, audacia y previsión, duro y blando, seco y húmedo, fortaleza y refugio, palabra y escucha, artista y musa, dominio y sumisión. La novela con ese título de Michel Houellebecq explicaba cómo los hombres podemos aceptar dócilmente un nuevo modelo político y cultural siempre que nos devuelva a la parte alta de la jerarquía.

En general, el cuerpo humano es un parque de atracciones y, desde aquí, se anima a probarlo todo. En el mundo de hoy, carcomido por la literalidad, es probable que haya que precisar: todo con adultos que también deseen hacerlo. Las plataformas porno, sin embargo, suelen separar lo masculino hetero, considerado general o normal, del porno trans o gay. Esta última categoría solo se refiere a la homosexualidad masculina. La femenina sí está dentro del porno heterosexual. De hecho, cuando hay más de una mujer en la escena, es normal que interactúen. Cuando hay más de un hombre, nunca. Sí se comunican con otros elementos que podrían formar parte del deporte, como ayudarse, animarse, felicitarse o competir. También, no es raro que aparezca la idea de posesión e intercambio comercial. Es decir, pedir permiso al hombre para follar con su pareja sin preguntarle a ella o pagarle a él dinero en efectivo. Hay decenas de miles de vídeos con ese punto de partida y una de las series más famosas de una productora española se llama «Vendo a mi novia». De hecho, antes de swinging, el intercambio de parejas recibió el nombre de trading wifes. La historia ha sido una conversación entre hombres blancos heterosexuales y el porno lo sigue siendo.

De hecho, la actividad donde la mujer asumía un papel más activo, la felación, ha sido prácticamente sustituida por la irrumación. Es decir, es el varón quien realiza los movimientos y controla el ritmo o el alcance de la penetración agarrando del cabello o de la nuca en lugar de quedarse tumbado y dejarse hacer. Es habitual que provoque salivación, lagrimeo o toses y, en ocasiones, también arcadas o incluso el vómito. Ambas son categorías con decenas de miles de vídeos. ¿Por qué el evidente malestar de una persona es considerado algo excitante y qué quiere decir eso?

Quizá, nos está indicando que, en este discurso, sexualidad y placer no tienen que ir juntos, y que el primer elemento puede ir unido a otros como agresividad, violencia o poder. El deseo es un elemento de la identidad personal y la sexualidad basada en este concepto precisa del reconocimiento del otro porque hay tres placeres: el que descubres, el que ayudas a descubrir y el que descubres follando, que será único e irrepetible y, por lo tanto, imposible de convertir en mercancía. Si las acciones del porno no tienen necesariamente que producir goce, sino otro tipo de reacción física, cabe pensar que el centro del discurso no es el placer, sino el dominio: imponer la propia voluntad. Es decir, la negación del otro.

Todo hecho repetido es un discurso. Las ficciones, como la religión o el capitalismo, organizan el mundo y tratan de proporcionarle sentido. Y nos organizan. Necesitamos construcciones culturales para entender lo que sucede y nos sucede. Un discurso es una estructura de mensajes repetidos en el tiempo que permite organizar las prácticas culturales o crear vocabulario. Así, las personas logramos entender el mundo y comunicarnos con los demás. ¿Qué es la familia?, ¿qué es el trabajo?, ¿qué es una ciudad?, ¿qué es el amor?, ¿cómo se ama?, ¿qué es follar?, ¿qué es una mamada?, ¿cómo se hace? Eso es el sentido común. Esa es la guerra cultural y no la interpretación de La guerra de las galaxias.

Lo mismo que existe un discurso que nos enseña a relacionarnos hay otro que nos enseña a follar y, como en nuestro modelo todo tiene que ser privado y sometido al mercado, lo hemos subcontratado a la industria pornográfica. El poder puede excluir: prohibir, negar y ocultar, pero también puede generar. En ese caso, produce verdad y reproduce saber, como el porno. Esto se hace así. La idea de que es transgresor es obsoleta. Ya no se produce y consume en los sótanos de los barrios rojos. Es un producto accesible desde cualquier dispositivo y, en muchos casos, sus empresas son divisiones de compañías tecnológicas propiedad de fondos de inversión y cotizan en mercados de valores. Es probable que la pasarela de pago de tu supermercado de confianza se haya desarrollado en hornycums.com. El porno no es contracultura, sino una producción concreta de verdad. Lo único que tiene de transgresor es que, salvo excepciones, promueve dinámicas asimétricas en un mundo que tenía la equidad como valor.

Durante todo el libro, insistiré varias veces en una cuestión: no hay juicio moral sobre ninguna práctica porque cada goce es distinto. De hecho, este es un libro a favor del placer y defiende la exploración. Es decir, una persona puede disfrutar siendo atada, golpeada o esclavizada. En la mesa y en la cama, hay que probarlo todo antes de decir no me gusta. Hay personas que disfrutan siendo colgadas en una cruz de San Andrés, vistiéndose de perro o metiéndose una polla hasta la campanilla. Hay que explorar para salir de la dinámica del poder y acercarse a la imaginación. Probar nos recuerda que no somos una identidad, sino una posibilidad, y que son los modelos socioeconómicos los que nos obligan a ponernos nombres y limitar nuestro mundo. En nuestro caso, para convertirnos en producto.

No hay un juicio moral sobre esas prácticas ni tampoco sobre el porno. Ya hay libros que lo han hecho. La idea es hacer una pequeña cartografía de ese discurso para ver qué nos dice sobre el mundo en el que vivimos. ¿Qué quiere decir que haya asumido la representación hegemónica de la sexualidad?, ¿por qué la nueva derecha insiste tanto en que tenga ese monopolio?, ¿cómo ha evolucionado su producción y consumo en los últimos años?, ¿cómo han cambiado las condiciones laborales de las actrices y los actores?, ¿qué implica tener tanto material disponible?, ¿qué nos dice sobre otras producciones culturales el hecho de que todo se parezca tanto?, ¿qué quiere decir la normalización de la agresividad?, ¿qué quiere decir que ya no haya narraciones, sino escenas?, ¿qué quiere decir que simulen realidad?, ¿qué quiere decir que la carrera de las actrices se haya prolongado y haya estrellas de cuarenta o cincuenta años?, ¿qué quiere decir que haya tantos vídeos sobre incesto, práctica que la antropología sitúa como el tabú principal de nuestras sociedades? Sobre esto último, ni idea, salvo conectarlo con lo anterior en una frase leída en un foro masculinista: la novia es la mamá elegida. Si esa es la visión de las relaciones personales, no cabe esperar otra cosa que un descenso de la natalidad.

Pero la pregunta principal de este libro es otra: qué quiere decir excitarse con alguien que lo está pasando mal, qué quiere decir masturbarse viendo a alguien sufrir, qué quiere decir erotizar el malestar ajeno, qué quiere decir que aparezcan juntos el deseo, el dominio y la agresividad, qué quiere decir que aparezcan juntos en el discurso hegemónico sobre nuestra sexualidad. La mayoría de las preguntas quedarán sin una respuesta clara, pero lo interesante es que se formulen.

El porno ha cambiado mucho. Vi mi primera película a finales de los ochenta. Desde entonces, es un mundo que no he perdido de vista y no solo por la razón más evidente. Junto a la parapsicología, considero que son dos espacios fundamentales para entender una sociedad: en qué creemos y con qué nos excitamos. La evolución de las creencias paranormales, desde el espiritismo o la ufología a las conspiraciones, revela bastante sobre el estado de ánimo social: la sustitución de la esperanza en la comunicación por el miedo sin rostro: nos controlan. El hecho de que la historia o la política tengan cada vez más presencia en el contenido dedicado al misterio y que sus principales figuras no tengan pudor en cruzar la frontera de lo que se consideraba la información seria también es revelador. Para el neoliberalismo, todo es un mercado y solo el consumidor puede decidir qué información es la más relevante. El bulo no es un error. Es otro producto que debe competir.

En torno al cambio de siglo, las divertidas parodias X se convirtieron en producciones ambiciosas bien rodadas y llenas de corpiños y tacones para pasar después a vídeos caseros que, como dice el periodista Paco Gisbert, no se diferencian mucho del reportaje de la comunión de tu primo. El porno ha perdido narratividad, es más accesible tanto para el consumo como para la producción, se ha hecho más realista y se ha endurecido. Mejor dicho, ha normalizado la dureza. Qué quiere decir que la agresividad y el dominio aparezcan en el discurso hegemónico sobre el placer. Quizá es una buena metáfora del tránsito de la sociedad del bienestar a la del malestar, donde la competencia es nuestra forma de organizarnos y, por tanto, la empatía o el goce son contraproducentes porque todo es una lucha constante por los recursos materiales o simbólicos. Las distopías nos muestran un mundo hostil donde todo el mundo trata de sobrevivir individualmente, pese a que cualquier catástrofe nos muestra que somos compasivos y nos salvamos en común.

Hay varios estudios sobre la presencia de acciones violentas, pero este no será un libro de datos. Quizá, baste decir que, en el porno actual, el primer contacto entre los cuerpos desnudos suele ser un azote en el culo de la actriz. El golpe suena; la caricia, no. Además, deja señal. Se ve. Tampoco habrá pánico social. Cuando comenté que iba a escribir sobre el porno, me encontré varias reacciones y una de las más habituales era esa sensación de miedo. Está haciendo mucho daño, me decían. Sobre todo, a los jóvenes. La edad media de iniciación en el visionado de porno en España son los doce años; aunque, en el 20 % de los casos, se produce cuando el menor tiene solo ocho, según el estudio de la Universidad de las Islas Baleares de 2018, el mayor publicado en España. Quizá, la cuestión no es el porno en sí, sino qué porno, cuánto porno y, sobre todo, la ausencia de otro discurso sobre las relaciones sexoafectivas.

Se acusa al porno de la «recesión sexual», un concepto de la revista The Atlantic que señalaba el menor interés por el sexo de las nuevas generaciones. En febrero de 2024, el diario francés Libération publicó los resultados de una encuesta del IFOP (Instituto Francés de Opinión Pública): solo el 76 % de las personas sexualmente activas habían tenido relaciones en el último año, una caída de 15 puntos respecto a 2006. El descenso era especialmente pronunciado en el tramo de 18 a 24 años. La obsesión por el rendimiento hace que haya varones en ese tramo de edad que consuman viagra o que la relación sea insatisfactoria. «La sexualidad actual es ansiosa, de resultados, de buscar un objetivo. Es finalista y no de proceso, y eso genera mucha ansiedad anticipatoria porque hay que quedar bien, dar la talla, so pena de ser descartado por el otro y por uno mismo», sostiene la ginecóloga y sexóloga Francisca Molero.

Quizá se olvida que el sexo es, sobre todo, pasarlo bien. Si quieres hacer cardio, apúntate a body pump. La saturación ahoga el deseo, algo que se ve bien en los casos de la llamada adicción al porno. Un estudio realizado con más de 3.400 varones de 18 a 35 años publicado en 2021 por la revista científica JMIR Public Health and Surveillance reveló que, a mayor frecuencia del visionado, mayor desarrollo de la disfunción eréctil. En las plataformas, abundan los banners sobre correrse más rápido. Además de probarlo todo, en la mesa y en la cama, hay que ir despacito.

También se atribuye al porno la proliferación de agresiones sexuales en grupo, como si no fuera algo que ha sucedido durante toda la historia de la humanidad porque forma parte del modelo de dominación masculina. Los discursos del amor, la familia y el cuidado son una forma de aleccionar, pero siempre cabe activar el estado de excepción. Como sostiene la antropóloga Rita Segato, la violencia contra las mujeres es un lenguaje estable, un sistema de comunicación sobre la percepción del espacio, comenzando por el propio cuerpo. La mujer debe ser deseable, pero no mucho y, sobre todo, debe tener mucho cuidado con desear, ya que implica una trasposición de la responsabilidad: no has tenido cuidado. ¿Cerró usted las piernas? La violencia contra las mujeres no es algo que pasa «a veces», dice Nerea Barjola, sino que es una noción política que estructura y vertebra el sistema social.

Crear un monstruo se basa en una dinámica simbólica: condensar el mal para tener la ilusión de acabar con él y, de paso, absolver al resto. Se trata de situar las cosas como causa y consecuencia para poder asimilarlas. Es algo que se ve bien con los tiroteos en centros educativos estadounidenses. Se ha echado la culpa a la música, los videojuegos o el rol porque nos gustaría que hubiera una causa única. Escuchó esa canción y, como el hechizo del gólem, su cerebro hizo clic. Nos tranquiliza. Hablar de lo excepcional, de una sociedad desquiciada o de individuos enfermos es una estrategia para ocultar la dimensión real de la estructura de poder y desresponsabilizar a la mayoría. También, evita la discusión política y, como afirma Barjola, centra la mirada en el punitivismo nostálgico, la idea de que antes todo era más seguro y que basta con castigar. Por último, impone un discurso securitario sobre la relación con el espacio público: tenéis que dejaros proteger.

Es un mensaje patriarcal clásico: el mundo es hostil, los hombres te harán daño, así que tienes que encontrar a uno y, a través del amor, conseguir que se vincule a ti para que te proteja del resto. El porno se ha endurecido porque es una forma de destacar en un sistema de sobreproducción, pero también cabe pensar que lo ha hecho como el reflejo de esa pulsión de regresar a un mundo donde todo estaba claro, donde los varones teníamos el control del espacio público, donde no quería decir sí y donde no tenías que estar pendiente de lo que pasaba por no respetarlo porque la palabra de una mujer no tenía valor. El porno es un termómetro. Romperlo es el impulso de matar al mensajero, destrozar el reflejo que no quieres ver.

El concepto de pornocracia comenzó a usarse en el siglo XVI para referirse al poder de las mujeres en las cortes. Concretamente, a un período de la historia del papado situado en el siglo X, donde la familia Crescenzi alcanzó una gran influencia a través de dos nobles inteligentes y ambiciosas, Theodora y Marzia. Como tantas palabras, esos dos adjetivos connotan cosas distintas dependiendo del género al que se refieran y la propia palabra, gobierno de las putas, no ocultaba su misoginia. Es el insulto que históricamente han recibido las mujeres que quieren entrar en el espacio público, que no respetan los límites impuestos. Pornocratie también fue el título que la actriz y directora francesa Ovidie escogió para explicar la desaparición de la industria del cine para adultos con la irrupción de las plataformas globales. Ambos temas estarán en este libro.

Si gobernar es estructurar el campo posible de los otros, como sostenía el filósofo Michel Foucault, la organización de la sexualidad siempre es fundamental para cualquier propuesta política porque llega hasta la intimidad. La pornocracia es una visión del mundo nostálgica, donde el varón blanco heterosexual sigue siendo el centro, donde no ha perdido la capacidad de imponer su voluntad. Es esa utopía donde no hay que preocuparse por el deseo ajeno y donde no hay posibilidad de que una mujer te pase la mano por la cara. También es la forma de comunicar esa pulsión jerárquica. Es fondo y es forma. La pornocracia es una visión del mundo donde lo obsceno ha desaparecido. No hay pudor para lanzar mentiras, insultar o mostrar la crueldad hacia los demás. Es la excitación colectiva por las dinámicas asimétricas de poder. Los crímenes de guerra no se conocen por filtraciones, sino que son retransmitidos por las personas que los cometen. La zona de interés es un parque temático. Es un mundo sin misterio, sin erotismo. La pornocracia es un mundo desbordado de estímulos en el que todo está disponible, todo es previsible y todo caduca pronto porque todo se parece. Como en el porno, las historias se transforman en formatos. Todo es contenido que se consume siguiendo el esquema de la paja rápida: excitación, descarga y bajona. Quizá el problema no son las emociones, sino su ausencia.

La pornocracia es una manera de ejercer el poder. No está localizado, no es un despacho o una organización. Es una estructura que se ejerce sin ser consciente de ello. Siempre se está poniendo en práctica. Como sostiene el filósofo Giorgio Agamben, y explicaba Frank Kafka en El proceso, el único inocente verdadero no es el que es absuelto, sino el que pasa por la vida sin juicio, como nos ha sucedido a los hombres. Not all men, suele decirse. No todos, pero sí los suficientes para que todas las mujeres tengan una historia de abuso que contar. No todos, pero sí los suficientes para que esas historias no se hayan conocido por nosotros, sino por ellas.

YA SÉ LO QUE VA A PASAR

«Soy muy feliz, la felicidad me aburre. ¿Conoce algún remedio para esta desgana del bienestar?».

Julia o la nueva Eloísa, JEAN-JACQUES ROUSSEAU

En el primer capítulo, Berta y Memé están guarreando después de una fiesta. Comen hamburguesas y patatas con mucha salsa mientras hablan de la cantidad de droga que consumieron la noche anterior. Los hombres hemos visto esa escena de piso de solteros o residencia de estudiantes muchas veces, pero protagonizada por nosotros. Berta le cuenta a Memé la visita que ha tenido por la mañana: el tío con el que estuvo la noche anterior. La comunicación del día después es algo que, tradicionalmente, sucede a la inversa. Nosotros queremos pasar página y las mujeres quieren hablar sobre lo que ha sucedido. Normalmente, dice el mito tradicional, para darle continuidad y fijar el relato: qué significó, dónde estamos, cómo lo vas a explicar. Es lo que quiere el tipo.

Cuando llega, la casa está imposible tras la fiesta y es la excusa que utiliza Berta para no abrirle. El tipo insiste y se ofrece a recoger. Al final, ella le deja pasar con desdén. Él no está bien. Muestra inquietud. Tiene miedo. Quiere hablar de lo de ayer. Ella fuma y dice que no se acuerda de lo que sucedió porque consumió demasiado. El cambio de papeles es total. Te escucho, dice ella, que es importante. Tiene nuestro habitual tono condescendiente e, incluso, esa sonrisa burlona. La feminidad tradicional es nuestra puerta de entrada al mundo de los sentimientos y no podemos entender una situación como esa. El tipo quiere hablar porque tiene un problema y la mujer se desentiende. No quiero escucharte.

En ese tipo de situaciones, la socialización le indicaba al hombre que podía decretar el estado de excepción. Si no me dejas pasar, insisto, adulo, me victimizo, te amenazo o empujo la puerta. Si la cierras, la golpeo o me quedo aquí hasta que me abras, combinando insultos con halagos y chantaje emocional. Ese hacer guardia o perseguir es un acoso obsesivo e intimidante que, durante siglos, se ha considerado como prueba de amor y aún hoy aparece con cierta frecuencia en la narrativa romántica con historias tipo La bella y la bestia. Hay muchos discursos que enseñan que el espacio de las mujeres puede no respetarse si hay una causa mayor, como el deseo de un hombre. Esa socialización de siglos hace que el presidente de la Federación de Fútbol no sepa por qué está mal besar en la boca a una jugadora o que ese profesional interprete como un arma más de su poder de seducción el «puedo abrirte puertas, pero también cerrártelas».

El tipo se pone a llorar. No quiero que lo publiques, dice, tengo un colega al que cancelaron por hacer algo malo. Ah, no quieres que escriba nada malo en Twitter, responde Berta con una sonrisa. El hombre ya no puede decretar el estado de excepción; pero ella, sí. He ahí el poder. Abramos un paréntesis. Las revoluciones son una subversión. Arriba y abajo intercambian parcialmente sus posiciones. En los procesos de cambio, los que disponen de la capacidad de hacer efectiva su voluntad se adaptan a ciertas peticiones de los que no lo tienen e incluso incorporan a alguno de sus representantes. Los levantamientos son una explosión concreta que puede tener consecuencias violentas para las personas representativas de lo institucional, pero carecen de una actuación continuada. Prenden, queman y se apagan.

Las revoluciones son otra cosa. Las personas que ejercen el poder son desplazadas por quienes lo sufren. La soberanía, la capacidad de decisión sobre la vida ajena, cambia de manos y los que la ocupaban pasan a sufrir su discrecionalidad. No es que sean desplazados o reprimidos automáticamente, sino que pueden serlo. Su nombre, su posición, sus contactos, su apariencia o su palabra ya no valen. Su identidad se ha depreciado. Tienen que asumir otra y no saben aún cuál porque todo ha cambiado. Hay nombres nuevos cuya palabra vale más, lo que les permite ser creídos. Hay nuevos soberanos que deciden. Después, siempre llega una sedimentación, que ya ofrece elementos claros sobre comportamientos, apariencia o redes de contactos. Más tarde, puede producirse incluso una reacción. Pero, en ese momento revolucionario, todo puede pasar. El replicante Roy Batty lo explicaba bien en Blade Runner: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo». Podemos decir que, alrededor del xvii, comenzó en Europa un período revolucionario de ampliación del mundo que las élites desean cerrar. El objetivo es recuperar el nivel de desigualdad del antiguo régimen, la jerarquía rígida.

Como sostiene el filósofo Fernando Broncano, «la historia de la humanidad se resume en la dialéctica entre confianza y miedo. Salir a la calle y sentir confianza o sentir miedo. Conquistar espacios de confianza al miedo es la política. Dominar es instaurar miedo». Aún hoy, la mayoría de la humanidad no puede salir a la calle con total confianza y, aún hoy, nuestro modelo prefiere enseñar a las mujeres a detectar el peligro que centrarse en los potenciales agresores. Forma parte de esa estructura colectiva de poder que los varones ejercemos, por acción u omisión, sobre las mujeres. Se trata de delimitar el espacio público, quién lo ocupa y quién no, quién puede despreocuparse y ejercer la libertad, y quién debe pensar también en la seguridad. Cada ataque forma parte de un discurso que debe ser leído y transmitido. La reacción pone el foco en los agresores de forma individual, monstruos, y la solución punitivista ofrece seguridad a cambio de limitar el espacio. Cuando era primera ministra de Israel, Golda Meir asistió a una reunión de su gobierno donde, ante el incremento de las violaciones, se proponía un toque de queda femenino a partir de las diez de la noche. Meir se encaró a su gobierno: «Pero ¿quién viola a quién?». «Los hombres a las mujeres», le respondieron con naturalidad. «Pues, entonces, que se decrete toque de queda solo para los hombres a partir de las diez». No se hizo. Eso sería otra subversión.

Confianza o miedo. En general, podríamos resumir la historia de los últimos tres siglos como el desarrollo y abandono de las diferentes formas de dominio, sumisión o cosificación para lograr que cada vez más personas tengan más derechos. No ha sido un camino recto. Irónicamente, el progreso ha sido liberar a las personas de las estructuras del propio progreso. La igualdad entre hombres y mujeres es un proceso histórico lento, con avances y sedimentaciones, pero el movimiento #metoo es una revolución. Pequeña y virtual, pero una revolución, aún muy lejos de lo que la politóloga Aída dos Santos llama el «feminismo de la venganza» y que puede resumirse en hacernos todo lo que hemos hecho.

Tras la frase sobre Twitter, Berta podría añadir: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?». Los hombres, las personas que hemos ejercido el poder históricamente, somos desplazados y nuestra palabra deja de valer. Nombre, posición, contactos y el resto de atributos masculinos que otorgaban atención y credibilidad se deprecian. Al menos, un poco. Hay un nuevo soberano que toma la palabra. Es mínimo, pero es un poder y no estamos acostumbrados a no controlar algo. Somos activos, no pasivos. Estábamos acostumbrados a ejercer el reproche social (puta), no a recibirlo (abusador). El movimiento ha sido acusado de arbitrario y discrecional. Claro, como todas las revoluciones. Pese a las lógicas sobrerreacciones, sus efectos son muy limitados y son muy habituales los casos de artistas acusados de abusos que siguen con su vida profesional. Sobre todo, si son de la nueva o vieja derecha, lo que es un elemento clave en el eje de género electoral. La sobredimensión es una buena estrategia para engordar la contrarrevolución que sí tiene efectos porque no se produce en redes sociales, sino en la legislación. Cerremos el paréntesis.

La escena es cruel. El tipo dice que se está deconstruyendo y que el feminismo es muy importante. Superimportante el feminismo, se ríe Berta. ¿Qué crees que es más importante, el feminismo o el ecologismo? Al final, va unido, responde, yo qué sé. Ella insiste con las preguntas burlonas: ¿qué crees que es más importante, que no haya violaciones por la calle y las mujeres vuelvan seguras a casa o que haya una renta básica universal, que el aborto sea libre, legal, público o la deforestación del Amazonas? Creo que ambas cosas son importantes, responde el tipo, ya sollozando. En realidad, corrige Berta, es más importante el Amazonas porque, si nos quedamos sin oxígeno ya… El tipo es un manojo de nervios, se mueve convulsivamente, está despeinado, masculla, tiene los ojos rojos. Berta intenta hablar con él, pero es incapaz de razonar. Está histérico, como se dirá más adelante. El modelo tradicional podría entrar por la puerta y, tras un par de bofetadas, gritarle: joder, compórtate como un hombre.

El capítulo vuelve al presente. Memé se ríe del chico y Berta añade: le caía el moco como a Boo-Chan de Shin Chan. Aquí tuve que parar la serie porque me dio un ataque de risa. La escena concreta provocó críticas airadas. Cómo puede ser que se rían de algo tan serio como los abusos o las denuncias, como si las películas de tíos no hubieran hecho chistes sobre esos temas o hubieran ridiculizado el maltrato, las violaciones o los feminicidios. La subversión es que dos mujeres no presentan la más mínima empatía ante una situación dramática, hay alguien que sufre y no solo pasan, sino que se ríen. Es algo que los hombres no podemos soportar porque es la base de nuestro estatus. Si las mujeres no se ocupan de las cosas, si se desentienden, si no podemos usar el amor, el chantaje emocional o la amenaza, qué será de nosotros. No quieren la igualdad, sino que la están ejerciendo. Incluso utilizan referencias de anime.

Memé le pregunta por el polvo que le dejó tan rayado y Berta le explica que ni siquiera follaron. Ah, ¿no? La serie pasa a la fiesta, donde hay tres planos de miniseducción en los que el tipo no para de hablar. Ella toma la palabra en la habitación donde consumen drogas. De nuevo, la ausencia de miedo a perder el control. Al final, le dice ella, no eres tan gilipollas. No tenía claro si eras más guapo o más gilipollas, añade. El tipo es actor y el apunte es pertinente. Si los hombres blancos heterosexuales estamos en el centro, los que tienen características físicas destacables están en el centro del centro del centro. Y, además, desde niños. Han crecido en el privilegio máximo, con la admiración de todos y todas, y nunca han tenido problemas para conseguir lo que deseaban. Si a ser hombre añadimos capital físico, económico, social o erótico, lo raro es no perder la cabeza. Lo normal es que los ricos, los guapos, los que están buenos, son famosos o la tienen grande se comporten como unos narcisistas irresponsables. Les va bien, lo saben y presumen de ello.

¿Te gustaría ver las tetas más bonitas de Barcelona?, dice Berta antes de quitarse la camiseta y comenzar a cantar el Virolai, una canción popular dedicada a la Virgen de Montserrat. Tiene algo de juego que el tipo no entiende o descarta. Va al grano: se saca la polla y se la masajea para buscar la erección. Justo ahí, Berta mueve la cabeza. Ya no se está divirtiendo. Quizá, si él hubiera cantado Puf era un drac màgic o En Joan Petit quan balla