Premoniciones - Alfonso Tarancón - E-Book

Premoniciones E-Book

Alfonso Tarancón

0,0

Beschreibung

Algo catastrófico está a punto de suceder; la Tierra se está convirtiendo en la nueva religión a la que los políticos deben rendir culto en las cumbres del clima y en sus discursos diarios. Si en la Edad Media se visitaban líderes religiosos, ahora se visitan plantas de reciclaje y de energías renovables. En lugar de advertir que el fin del mundo llegará tras desatar la cólera de Dios, se pregona el fin del planeta por la insensatez del ser humano. De unos años a esta parte, el cambio climático se ha convertido en un argumento polémico de constante aparición en medios, al que se le tiende a achacar el origen de la práctica totalidad de nuestros problemas actuales. Pero ¿está justificada tan abrumadora presencia? Y lo que es más importante, ¿cuánto de premonición y cuánto de rigor científico hay en este fenómeno? En Premoniciones, los científicos Alfonso Tarancón y Javier del Valle arrojan una buena dosis de cordura sobre un tema que, a pesar del empeño por parte de ciertos sectores en afirmar lo contrario, no está ni mucho menos claro. En sus páginas, examinan las variaciones del clima a lo largo de los siglos, y dilucidan la a menudo inexistente relación entre multitud de problemas medioambientales, sociales o económicos. Una fresca y necesaria mirada a un fenómeno que la ciencia no respalda con la rotundidad que muchos dan por sentada.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 318

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Derechos exclusivos de la presente edición en español

© 2023, editorial Rosamerón, sello de Utopías Literarias, S. L.

Premoniciones

Primera edición: abril de 2023

© 2023, Alfonso Tarancón Lafita

© 2023, Javier del Valle Melendo

Imagen de cubierta © Surovtseva / Alyona Ivanova / iStock

Imagen de interior: La nevada (c.1786), Francisco de Goya (1746-1828)

ISBN (papel): 978-84-126616-2-0

ISBN (ebook): 978-84-126616-3-7

Diseño de la colección y del interior: J. Mauricio Restrepo

Compaginación: M. I. Maquetación, S. L.

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, salvo excepción prevista por la ley, cualquier forma de reproducción, distribución y transformación total o parcial de esta obra por cualquier medio mecánico o electrónico, actual o futuro, sin contar con la autorización de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal).

Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por tanto respaldar a su autor y a editorial Rosamerón. Te animamos a compartir tu opinión e impresiones en redes sociales; tus comentarios, estimado lector, dan sentido a nuestro trabajo y nos ayudan a implementar nuevas propuestas editoriales.

[email protected]

www.rosameron.com

Índice

Premoniciones

Introducción

1. Sobre el planeta, el ser humano y sus desafíos

Nuestra lucha como especie

Nuestra civilización

Nuestros problemas diarios

2. El origen del planeta y del clima

La génesis de nuestro planeta

Las primeras moléculas orgánicas

La base de la vida y la evolución

3. Tiempo y clima

El clima y su estudio en nuestros días

4. El clima terrestre. Millones de años de evolución

¿Cómo obtenemos información del clima del pasado?

Lo que sabemos del clima de las eras geológicas pasadas

5. El clima en la historia

El clima durante el Imperio romano y la Edad Media

Final de la Edad Media, Edad Moderna y la Pequeña Edad de Hielo

El clima tras la Pequeña Edad de Hielo

6. Historia reciente del clima

7. Las causas de los cambios climáticos

Causas astronómicas

Causas terrestres

8. Sobre el método científico

Grandes éxitos científicos

Grandes errores científicos

La ciencia rebelde

El lugar de la ciencia

9. La teoría del cambio climático

Consecuencias del cambio climático

Análisis crítico

10. Breve historia del alarmismo reciente

La bomba demográfica

La crisis del petróleo

El agujero de la capa de ozono

El efecto 2000

La gestación de la emergencia climática

11. Datos, estadísticas y percepciones personales

La dificultad para obtener datos

Tratamiento de los datos: medias y errores

El tratamiento informativo de las olas de calor

12. ¿Todos los problemas del mundo se deben al cambio climático?

Aumento de las catástrofes naturales

Desertización

Incendios forestales

Cambios en la fauna: el oso polar y la cigüeña

Movimientos migratorios humanos

Especies invasoras

Agotamiento de los recursos naturales

Acumulación de basuras y plásticos

Contaminación de las aguas dulces y el mar

13. Errores, premoniciones y olvidos

Un error: sobre la biomasa y los pélets

Premoniciones: el apocalipsis repetidamente anunciado que no llega

La premonición olvidada del apocalipsis nuclear

14. El capitalismo se tiñe de verde

Bibliografía

Introducción

POCOS TEMAS HAN GOZADO ESTOS ÚLTIMOS AÑOS en los medios de comunicación de la omnipresencia de todo aquello relacionado con el medioambiente, la ecología, la sostenibilidad, la contaminación, la extinción de especies o los recursos naturales. El detonante ha sido la aparición de la teoría del cambio climático, que asegura que la acción del ser humano está causando cambios sustanciales en el clima del planeta, cambios que, de no tomarse medidas urgentes, no harán sino agravarse progresivamente.

Ello ha conducido a gran parte de la agenda política europea y mundial a centrarse en la lucha contra el cambio climático, apoyando el uso de energías alternativas y limpias y promoviendo activamente el fin de todas las tecnologías y actividades que emiten a la atmósfera CO2, gas al que, junto a otros como el metano (CH4), se considera uno de los principales culpables del problema.

Estas políticas han calado hondo en la sociedad. Desde las más altas instituciones europeas a los gobiernos nacionales y autonómicos, ayuntamientos, industrias, comunidades de vecinos, colegios, universidades, empresas publicitarias…, todos sin excepción pugnan por combatir el cambio climático más y mejor, y ponerse así a la cabeza del pelotón de los héroes de nuestra era.

Esta lucha ha supuesto poner a la civilización en un lado de la balanza y al planeta en el otro. Desde el trono de la urbe y de la opulencia, desde la cúspide evolutiva, hemos dictado sentencia contra la civilización y a favor del planeta, al que hay que salvar de la acción del ser humano, aunque sea a costa de nuestra propia especie, o de abandonar las luchas y demandas sociales clásicas: el bienestar, la igualdad económica o el combate contra las grandes multinacionales, la explotación o el hambre.

La proclama de que el planeta está al borde de una catástrofe climática sin parangón y de que la civilización corre un peligro de extinción inminente se traduce en imágenes de incendios, selvas arrasadas, inundaciones, ríos, lagos y mares contaminados, chimeneas humeantes o basureros colmados de plásticos, noticias con las que nos levantamos a diario. La situación debe de asemejarse a cuando en la Edad Media se anunciaba el «¡Convertíos, pecadores! Habéis irritado a Dios con vuestros pecados y el fin del mundo está por llegar».

Uno pensaría que, en pleno siglo XXI, las cosas no hubieran cambiado mucho. Dios ha sido sustituido por la Tierra, a la que los políticos que deseen ganar elecciones deben rendir culto en las cumbres del clima y en sus discursos diarios. En vez de visitar a líderes religiosos para hacerles entrega de tributos, se visitan plantas de reciclaje y energías renovables. En lugar de advertir que el fin del mundo llegará tras desatar la cólera de Dios, se pregona el fin del planeta por la insensatez del ser humano.

Todas esas catástrofes, imágenes, discursos y problemas ambientales, todas esas agresiones a la naturaleza achacadas al cambio climático, poco o nada tienen que ver con el clima. Un 95 % de los incendios son causados por el ser humano, las inundaciones arrasan viviendas construidas sin el menor control en zonas inundables —que ya lo eran antes de ser edificadas—, las selvas son quemadas por terratenientes sin escrúpulos, los ríos, contaminados por industrias que se hallan fuera de control… ¿Dónde está el efecto del clima en todo ello? La histórica lucha del pueblo por la igualdad económica, por la libertad y en contra de la explotación, ha sido olvidada, relegada, sustituida finalmente por la lucha contra el enemigo incorpóreo y anónimo del cambio climático.

Para ayudar a desenmarañar estos discursos donde todo se mezcla, en la tabla siguiente (figura 1) enumeramos algunos de estos problemas omnipresentes en la actualidad. Para cada uno, hemos indicado hasta qué punto es cierto de acuerdo con los datos de los que en la actualidad disponemos, y si está realmente relacionado o no con el cambio climático. Hemos marcado en texto normal aquello que, aun siendo un problema real —o en muchos casos incluso grave—, no tiene relación alguna con el cambio climático, es decir, ni puede considerarse una causa del cambio climático ni tampoco se ve afectado lo más mínimo por él, aspecto este en el que la mayoría de científicos, estudios e informes coinciden.

En negrita hemos marcado aquellos hechos que sí pueden considerarse causantes del cambio climático, y en cursivaaquellos en los que el cambio climático podría ejercer cierta influencia. Así, por ejemplo, en el caso de la contaminación de los mares, hemos indicado una certeza del cien por cien: es evidente que se trata, en efecto, de un problema real —en especial en lo que respecta a las costas— derivado de la actividad humana, pero no concierne en absoluto al cambio climático, por lo que, si bien se trata de un fenómeno grave y negativo para el bienestar y el futuro del ser humano, no incide lo más mínimo en la temperatura del planeta. En el caso de la emisión de CO2 o metano, por su parte, es cierto que en tanto se trata de gases de efecto invernadero, estos pueden en efecto incidir en la temperatura global: de ahí que, junto a su certeza, hayamos indicado la posibilidad de que exista una relación entre su emisión y un cambio en las temperaturas.

Las inundaciones que se han producido en estos últimos años, por su parte, podrían ser también un efecto del cambio climático; no obstante, varios estudios apuntan a que tal fenómeno podría achacarse no tanto a un incremento de la pluviometría, sino a una extensión de la urbanización de zonas inundables (barrancos, lagunas…). Por ello, lo hemos marcado como un efecto posible, si bien es casi seguro que sean motivos como el urbanismo salvaje sus responsables. Se trata, en todo caso, de cuestiones a las que, junto a otras, procuraremos ir dando respuesta a lo largo del libro.

Figura 1. Listado de algunos de los temas más candentes en los medios de comunicación y que se relacionan con el cambio climático, correcta o incorrectamente.

Las evidencias científicas de este apocalipsis climático parecieran irrefutables, y el convencimiento social, absoluto. Y sin embargo, no todos los científicos apoyan la visión mayoritaria actual. Ni el argumento de la mayoría sirve jamás en ciencia. La ciencia no se hace por consenso: no por ser más, se tiene automáticamente la razón. Si así fuese, aún se acusaría y se quemaría por brujas a mujeres, e ideas como la esfericidad de la Tierra, la deriva continental o la teoría de la evolución de las especies seguirían siendo motivo de escarnio o excomunión.

Este libro no refleja la idea de dos personas; hemos querido difundir en él la visión del problema que comparten muchos científicos, pensadores, políticos o ciudadanos de a pie, a los que en la actualidad les resulta difícil explicitarlo, a menos que quieran correr el riesgo de ser automáticamente tachados de negacionistas o bien tildados de bufones, cuando no directamente de extremistas antisociales.

Deseamos aclarar desde un inicio que quienes no defendemos la actual teoría del cambio climático no somos enemigos de la naturaleza; somos defensores a ultranza del medio ambiente, de eliminar residuos contaminantes de manera adecuada o de castigar los abusos medioambientales. Es decir, apostamos por un planeta habitable y limpio. Un planeta en el que los humanos puedan desarrollarse y vivir cada vez mejor.

Aceptamos un juicio de opinión sobre nuestros argumentos científicos, no un juicio de aquellos que ponen en boca de quienes como nosotros se muestran críticos a palabras u opiniones que jamás han pronunciado, o de los que nos descalifican por el hecho de no ir con la corriente mayoritaria. Entre los defensores de la teoría del cambio climático se cuentan grupos que propugnan medidas extremas, algunas fuera de lo razonable, pero no por ello se asocia a los defensores moderados con tales ideologías extremistas. Del mismo modo, hay quien se opone a la teoría del cambio climático aduciendo argumentos acientíficos, igualmente fuera de lo razonable, pero cuyas propuestas u opiniones no pueden ser achacadas a quienes nos situamos en el lado de la ciencia. Nuestras opiniones se fundamentan en los datos y las observaciones, por lo que nuestro análisis de la situación actual debe ser analizado y, cuando sea menester, criticado en ese contexto.

En la actualidad, la humanidad vive el mejor momento desde su aparición como especie. La civilización nos permite ser más longevos y vivir en buenas condiciones, combatir las catástrofes naturales y las enfermedades, alimentarnos más y mejor, trabajar en circunstancias razonables, hacer turismo… Todo ello cosas inimaginables hace doscientos años, y no digamos hace dos mil. Deberíamos sentirnos felices y mantener la esperanza en un futuro que va mejorando poco a poco. Sin embargo, nos empeñamos en amargarnos como en la más oscura Edad Media, apisonados por ciertas creencias, por la oscuridad, la culpa y el inminente fin del mundo.

Queremos levantar la voz —o la palabra— para reivindicar una vida feliz, sin preocupaciones absurdas, sin losas para nuestra felicidad y centrándonos en los problemas reales; entonar, en fin, una nueva Oda a la Alegría en un planeta que nos sonríe, que permite vivir a miles de millones de seres humanos con cotas de bienestar inimaginables tras nuestro extraordinario viaje evolutivo desde la sabana africana.

1

Sobre el planeta, el ser humano y sus desafíos

ANTES DE ENTRAR EN MATERIA y hablar de teorías científicas, datos, modelos, etcétera, nos gustaría ofrecer una visión global lo más objetiva posible del entorno en el que nos movemos los seres humanos, tratando de ajustar, aclimatar y ponderar el alcance de los diferentes problemas presentes y futuros.

El motivo para ello es que, desde hace unos años —antes no era así—, parecería que todos los problemas del ser humano se deben al cambio climático, a la respuesta de un planeta que, maltratado y herido por el hombre, se rebela contra este cual héroe justiciero. Tal visión parte de concebir la naturaleza como un osito de peluche, amoroso y delicado, frágil y dependiente, como una quebradiza bola de cristal a punto de romperse entre nuestros dedos. Nunca ha sido así.

Nuestra lucha como especie

La naturaleza y la vida siguen una única ley: la evolución. La evolución consiste en un hervidero de seres, desde bacterias a ballenas, atosigadas por el ambiente y en pugna constante por devorarse unas a otras, sobrevivir y reproducirse. La parte visible es la lucha entre unos seres vivos y otros: una planta crece al lado de otra impidiendo que esta lo haga, un león devora a una gacela, la cual a su vez devora la hierba a su paso… Pero esto es solo la fachada. La lucha de fondo se entabla entre especies, con el planeta como juez supremo imponiendo las reglas del medio en que esta épica batalla tiene lugar. Luchar significa sobrevivir y evolucionar hacia otra especie más competitiva, acabar con aquellas que compiten con nosotros, adoptar las mejores estrategias para adaptarnos al medio cambiante.

Las especies que hoy vemos son una parte insignificante de las que han ido pasando por el teatro de la evolución. La extinción de aquellas tuvo lugar porque no supieron ajustarse al medio, porque otras lo hicieron mejor y las eliminaron…, solo unas pocas han conseguido llegar hasta nuestros días, evolucionando y sobreviviendo entre batallas sin fin. Dentro de unos millones de años, pocas de las especies que hoy conviven con nosotros seguirán en este teatro evolutivo. En todo ello no hay ningún tipo de ética, moralidad o conservacionismo; solo la lucha despiadada por la vida. La única regla es sobrevivir, y para hacerlo no hay reglas, convencionalismos ni consideraciones morales.

Como es bien sabido, el motor de la evolución es el medio, el planeta. Un maestro despiadado, agresivo, un asesino implacable que elimina a todo aquel que no se adapta a sus caprichos ni a sus demandas. No es el hombre quien debe salvar al planeta, es el planeta quien continuamente trata de acabar con nosotros, haciendo su constante y perseverante trabajo de eliminación de los inadaptados. La civilización podría entenderse como el proceso por el cual el hombre, como especie, ha sido capaz de sobrevivir a todos los ataques del planeta y librarse de la extinción. Un sinfín de parientes homínidos, de especies cercanas a nosotros, no se han mostrado tan capaces como nosotros y se han ido quedando por el camino.

La civilización, el modus vivendi de la especie humana, es por supuesto una agresión al planeta y a las especies que lo pueblan, pues estamos en lucha constante contra él, una lucha a vida o muerte. Si hoy estamos aquí, convertidos en especie dominante del planeta, no es porque hayamos sido malvados e insolidarios con el resto de los seres vivos. Simplemente hemos sido mejores. Un león devora sin reparos a tantas gacelas como puede o incluso a los hijos de otros machos más débiles que él, y no es malo por eso.

El hombre es el resultado de la herramienta evolutiva que más poderosa ha demostrado ser a largo plazo: el cerebro. Decimos a largo plazo porque inicialmente fue un problema. Los seres con cerebro más grande presentan ciertas dificultades al nacer, pues su cabeza es demasiado voluminosa para salir del interior de la madre. El cerebro, además, consume ingentes cantidades de energía, lo que incrementa las demandas calóricas de la alimentación. El cerebro de los homínidos superiores apenas contiene información grabada genéticamente: es «plástico», en el sentido de que debe aprender poco a poco. Cuanto más inteligente es la especie, más largo es el proceso de aprendizaje. Y a lo largo de este, el individuo joven está desvalido, pues no solo sabe poco, sino que es físicamente débil, ya que si alcanzara la madurez a una edad temprana ello implicaría que el crecimiento del cerebro se detendría.

Los homínidos superiores lo pasaban mal con estas limitaciones: no tenían garras ni dientes para cazar, no corrían apenas y por largos periodos sus crías eran extremadamente vulnerables. Todos hemos visto imágenes de gacelas que, nada más nacer, son capaces ya de huir de depredadores hambrientos… ¡Cuántos años necesita un ser humano para poder subsistir solo!

De hecho, parece demostrado que estuvimos al borde de la extinción. Los análisis del ADN realizados entre distintos grupos de seres humanos en todo el planeta han revelado que la variabilidad genética entre estos es menor incluso que entre algunas especies de monos actuales. Es como si todos fuéramos primos. Esto, unido a algunos descubrimientos antropológicos realizados en el sur de África, parece indicar que en nuestros inicios llegamos a ser unos pocos cientos de individuos, los cuales probablemente hallaron refugio en cuevas costeras donde se alimentaron del sustento que los mares les ofrecían en abundancia.

El cerebro, en suma, a punto estuvo de costarnos caro. Es evidente que al final se mostró como un arma evolutiva invencible, pero costó lograrlo, pues tal herramienta requiere de transmisión cultural, y esta exige tiempo.

Nuestra civilización

En nuestros inicios, el descubrimiento del fuego nos permitió alimentarnos algo mejor, crecer como especie y sobre todo salir de África, en dirección hacia el gélido norte. Desde entonces, la lucha contra el frío ha sido una constante para nuestra supervivencia. Hoy, gracias a los avances tecnológicos, hemos dado un paso de gigante; hemos aprendido a evitar congelarnos y a combatir el frío nocturno, y somos capaces de vivir mejor. Pero esto no es un regalo del planeta, al contrario, es una batalla ganada por el hombre ante el agresivo medio que nos rodea.

Del mismo modo, hemos logrado evitar que nuestros depredadores se coman a nuestros ancianos o nuestras crías, e incluso los adultos. Hemos aprendido a construir viviendas, ciudades, países. Hemos logrado desarrollar la agricultura, la ganadería y la pesca, a sintetizar y conservar la comida hasta el punto de ser capaces de dar sustento a miles de millones de individuos. La revolución industrial, la maquinaria, los fertilizantes, los pesticidas…, lo han hecho posible. Sin todo ello a nuestra disposición, habría en la Tierra apenas unos pocos millones de personas, en lugar de los miles de millones que la habitan en la actualidad. Hemos ganado numerosas batallas para que vivan más humanos. Sin todo cuanto llamamos civilización industrial seríamos muy pocos; el planeta seguiría consumando un genocidio sistemático de nuestra especie, tremendamente débil y desamparada, y seguiríamos viviendo en la sabana africana como cazadores recolectores. Tal vez valga la pena llamar a una reflexión sobre el hecho de que el planeta esté habitado por miles de millones de personas: afirmar que la civilización es agresiva contra el planeta y que se deberían replantear algunos de sus avances básicos, nos podría llevar de inmediato a ser incapaces de mantener el número de individuos que somos en la actualidad o de garantizar a estas una calidad de vida suficiente, lo que propiciaría la paulatina desaparición de una parte del género humano.

Todos estos avances son necesarios. La agricultura, la ganadería o la pesca intensivas son vitales para alimentar nuestra especie; los pesticidas, los fungicidas o los abonos son imprescindibles; las autopistas, los trenes, los coches o los aviones son necesarios para la vida diaria; la medicina, la biología, la química o la física son actividades humanas sin las cuales el retroceso social sería imparable. Debemos ser conscientes de su necesidad. Otra cosa es que las actividades económicas deban ser respetuosas con el medio ambiente, algo en lo que todos estamos de acuerdo. Pero debemos recordar que mantener nuestra civilización es complejo y conlleva un delicado equilibrio que puede romperse con cierta facilidad.

Los peligros para el hombre siguen siendo muchos, y solo el avance de la civilización puede ayudarnos a superarlos. Uno de los enemigos naturales más terribles son las plagas, las enfermedades, capaces de causar grandes pandemias como la que hemos vivido en el arranque de la década de 2020. Este no es un episodio aislado; de forma periódica y sistemática, todas las especies los sufren como un proceso natural y absolutamente común.

Entre sus legítimos objetivos como especie, virus y bacterias intentan también sobrevivir, evolucionar y adaptarse. Es algo natural. Son habitantes de pleno derecho de este planeta, como los humanos. Si bien su objetivo es vivir a nuestra costa, y si no acaban con nosotros es simplemente porque vivir en un enfermo al que han infectado —o, digamos, colonizado— les permite reproducirse mejor para luego llegar a otro; les sale más a cuenta, en suma, que matarnos. Virus y bacterias son un ejemplo de la lucha incesante y soterrada entre especies para lograr la adaptación al medio y persistir. En estas batallas continuas, los virus han aprendido a superar la barrera de la especie, es decir, a saltar de un individuo perteneciente a una especie a un individuo perteneciente a otra y de ese modo continuar infectando. Se trata de un rasgo absolutamente intrínseco a la existencia de virus y especies superiores, y ha ocurrido durante millones de años. No es producto del mal comportamiento de los humanos con el planeta, es una herramienta evolutiva con la que se crean nuevas especies, más fuertes y resistentes, aunque sea a costa de dejar maltrechas a otras o incluso acabar con ellas.

Nuestros problemas diarios

Varios científicos relacionaron la pandemia de coronavirus, y las pandemias en general, con el cambio climático. Esta idea se plasmó en varios artículos de prensa cuyos títulos podían resumirse con algo parecido a «La mejor vacuna contra el coronavirus es el medio ambiente». Tal argumentación se sostenía en la idea de que la agresión humana a los entornos naturales estaba desplazando a los virus de su hábitat y los estaba llevando a saltar desde las especies animales a las que habitualmente colonizaban al ser humano. Algunos llegaban a afirmar que el planeta estaba castigándonos por el maltrato que le habíamos infligido.

Como hemos indicado, la Tierra rebosa de virus y bacterias. La evolución les permite variar, adaptarse y contar con herramientas con las que infectar al mayor número posible de especies e individuos. Durante cientos de millones de años, estos seres microscópicos han luchado de forma incesante para colarse por todos los medios posibles en otros seres vivos. Desde nuestra aparición como especie, hemos comido animales salvajes de todo tipo y condición, que nos han contagiado y nos han hecho sufrir pandemias atroces, muchas de ellas bien documentadas. Lo mismo sucede ahora, y seguirá sucediendo, pero no debido a nuestras incursiones en los bosques u otros medios naturales.

Al contrario de lo que algunos afirman, cuanto más virgen sea la naturaleza, mayores peligros habrá para el ser humano. Cuanta más selva, cuantos más bosques, cuantos más animales, más posibilidad habrá de existencia de virus, pues son estos su caldo de cultivo natural. Si el planeta estuviera desertizándose, agonizando y el cambio climático lo destrozara, habría menos virus. Justo al contrario de lo que muchas de esas opiniones claman en los medios, que parten del principio de que, si algo beneficia al medio ambiente, no puede ser tan malo.

Buen ejemplo de ello es el encabezado del artículo publicado en el medio digital Haz revista, que, con el título «Los (inesperados) beneficios del coronavirus para el medio ambiente», apareció durante los primeros meses de pandemia:

La reducción de gases de efecto invernadero o la disminución del tráfico ilegal de fauna salvaje son algunos de los ejemplos que pueden contabilizarse de los beneficios que está dejando la pandemia del coronavirus a la que se está enfrentando el mundo actualmente para el medio ambiente.

Siguiendo la misma línea de argumentación, el cáncer, las guerras, los genocidios, las crisis que destruyen fábricas y riqueza, todas las catástrofes que hacen disminuir la población y la actividad económica son «generadores de inesperados beneficios». Una afirmación así sobre una guerra, por ejemplo, convertiría a quien lo dijera en blanco de todas las críticas. Pero reflexionemos: ¿acaso la misma afirmación sirviéndose del coronavirus no es conceptualmente idéntica, pero «políticamente correcta» con la teoría dominante del cambio climático?

Debemos realizar una aclaración respecto a lo que acabamos de indicar: que nadie crea por lo dicho anteriormente que defendemos la necesidad de dañar los bosques o destruir la naturaleza para evitar la presencia de virus. Se trataría de una actitud absurda —y que por lo demás apenas tendría efecto alguno sobre el problema. La lucha contra los virus debe realizarse con armas efectivas, y además disponemos del más poderoso arsenal en toda nuestra historia como especie, en forma de laboratorios de bioquímica, institutos de investigación biomédica, hospitales, etcétera. Nuestras armas son, en definitiva, la civilización, la ciencia y la tecnología.

La pandemia del coronavirus ha revelado de forma dramática lo que es un hecho real: de dónde vienen los problemas que ciertamente atacan al hombre, con consecuencias reales, claramente medibles y constatables. Pero estos contrastan con las amenazas de catástrofes que nunca llegan, que vendrán si nos portamos mal, que nos acechan a escondidas, pero que jamás han mostrado sus efectos. Y contrasta también especialmente con peligros cercanos y reales que se han relegado al olvido, como por ejemplo los de una guerra nuclear global: un peligro tangible, real, que ha sido postergado en beneficio del cambio climático y todo lo que conlleva. Esto nos pone en una situación harto peligrosa, pues al dedicar nuestros recursos a un problema inexistente, tentamos a la suerte de ser barridos como especie por algo que ha pasado a ser considerado inocuo, o más tristemente, sin el glamur suficiente como para ser discutido y combatido.

Tal vez la lección tras la última pandemia sea dura, pero debería hacernos reflexionar sobre las prioridades de nuestra civilización. Hemos estado dirigiendo nuestra mirada a amenazas que hasta la fecha no han demostrado tener efecto alguno, dejando de lado amenazas reales. Dedicamos ingentes cantidades de dinero y recursos y el trabajo de algunos de nuestros jóvenes más brillantes a luchar contra el cambio climático, y abandonamos a su suerte la investigación en biomedicina, la construcción de hospitales o el desarme nuclear. Los recursos son finitos, por lo que poner el acento en algo forzosamente nos obliga a abandonar otras tareas.

Esta realidad no se le ha escapado a la mayoría de los defensores del cambio climático, quienes en ciertos casos han reaccionado afirmando que «El cambio climático ya está aquí, y es más peligroso que el mismísimo coronavirus». Para demostrarlo, afirman sin ningún pudor que la totalidad de las catástrofes naturales actuales se debe al cambio climático. Parece que nunca hasta ahora hubiera habido incendios, inundaciones, sequías, plagas o migraciones. Todo lo malo deriva del cambio climático, y nuestra especie es la culpable.

El objetivo de las siguientes páginas es tratar de situar las cosas en sus justos términos y convencer a los lectores de que quienes afirman que se acerca el fin del mundo se equivocan, al igual que se equivocaron los numerosos agoreros que llevan repitiéndolo de forma periódica a lo largo de los últimos milenios. Vivamos con alegría —lo que no es sinónimo de despreocupación—, pues tenemos por delante un gran futuro como especie.

2

El origen del planeta y del clima

PARA COMPRENDER EN SU CONJUNTO EL PROBLEMA del cambio climático, nuestro planeta y su dinámica, conviene mirar algo más lejos y comprender su origen. Por ello, en este capítulo trataremos de describir el origen de la Tierra: cómo hemos llegado hasta aquí.

La génesis de nuestro planeta

Hace unos cinco mil millones de años, lo que hoy conocemos como el sistema solar era un auténtico galimatías, un ir y venir de fragmentos de rocas, hielo, hierro, gases y otros restos de una gigantesca supernova que fueron despedidos al vacío helado y solitario. La gravedad de una joven estrella, nuestro Sol, atrajo a su órbita a todos aquellos restos, los cuales al chocar entre sí a velocidades de alrededor de unos 30 kilómetros por segundo —más de 100.000 kilómetros por hora—, se fusionaban y amontonaban en objetos progresivamente más y más grandes.

Al irse juntando, empezaron a formarse los planetas. Estos eran por aquel entonces bolas de lava al rojo vivo, en estado líquido debido al calor producido por los choques y la radioactividad del uranio. Los líquidos en gravedad cero forman gotas perfectamente esféricas, y eso mismo sucedió con esas gigantescas bolas ardientes, que fueron tomando esta forma, con un ligero aplanamiento en los polos debido a que, en su ecuador, la fuerza centrífuga empujaba ligeramente la materia hacia fuera.

Nuestro caliente planeta fue enfriándose poco a poco. Su ardor adolescente dio paso a una bulliciosa aunque algo más estable juventud. La tierra irradiaba incesantemente calor hacia el exterior, como una estufa, perdiendo energía en el proceso. Lo primero que se enfrió fue la parte externa, la corteza, que se fue solidificando. Al tratarse de una estructura más ligera, la corteza flotaba sobre el interior ardiente y en ebullición del planeta, deslizándose de aquí para allá mientras millones de volcanes eructaban el ardiente fuego que albergaban en su interior. Con el paso del tiempo, la costra siguió enfriándose y haciéndose más gruesa y consistente.

La atmósfera era una mezcla de distintos gases, entre los que abundaba el vapor de agua. Por ello, cuando la temperatura bajó de los cien grados, comenzó el diluvio universal: el agua caía de forma torrencial e incesante, a un ritmo de decenas de miles de litros por metro cuadrado al día. No obstante, era tal el calor en la superficie, que al acercarse a esta el agua se evaporaba para caer de nuevo.

Al enfriarse, la corteza o costra exterior, no había quedado pulida ni mucho menos; contaba con zonas más altas y otras más bajas. Estas últimas acumularon el agua, dando lugar a los mares y océanos primigenios, mientras que las zonas elevadas conformarían islas y continentes. La Tierra siguió enfriándose, y las lluvias disminuyeron progresivamente. El agua empezó a erosionar y perfilar grandes valles. La corteza se hizo más gruesa, y la actividad volcánica devino menos frecuente.

En aquellos momentos, la temperatura seguía siendo mucho más alta que ahora. El mar rebosaba de materiales disueltos como hierro, calcio, silicio, oxígeno, nitrógeno, fósforo o azufre. Una sopa química del tamaño del planeta. Fue allí donde empezó todo.

Las primeras moléculas orgánicas

Nuestro recién nacido planeta se componía únicamente de átomos y moléculas simples. Los átomos tienen tendencia a unirse, a reaccionar entre sí formando nuevos compuestos. Es como si necesitasen unirse unos a otros, aunque la realidad es más prosaica: las inquebrantables leyes de la mecánica cuántica los empujan a ello. Las reacciones químicas impelían a los átomos del mar primigenio a unirse durante cientos de millones de años en combinaciones de todo tipo. Se formaron pequeñas agrupaciones: cuatro, cinco, incluso diez átomos, que formaron las primeras moléculas.

Como en el siglo XX el biólogo ruso Aleksandr Oparin contribuiría a dilucidar, un día sucedió el milagro: unas cuantas moléculas indolentes, ignorantes del papel cósmico que iba a hacerles jugar el destino, navegaban por el mar, que por aquel entonces constituía una especie de sopa de compuestos químicos en la que los encuentros entre átomos o moléculas en cada metro cúbico de líquido se contaban por millones por segundo. Dos moléculas en particular se atrajeron por las frías y eternas leyes de la mecánica cuántica, y se pegaron la una a la otra para quedar para siempre unidas, formando una molécula muy especial. Esta prosiguió su camino por el mar, igual que los billones de moléculas y átomos que iban de aquí para allí en un devenir vacuo y sin sentido. De pronto, estas otras partículas sintieron que algo especial circulaba a su lado: era nuestra molécula favorita. Notaron que eran atraídos por ella, como si esta las llamara.

Con obediencia ciega, átomos y moléculas respondieron al llamamiento de las leyes de la física, la química y de algo que estaba a punto de manifestarse por vez primera: la biología. Al acercarse, una fuerte atracción entre ellos, insuflada por la molécula primigenia, les confería la necesidad de actuar como ella; es decir, la molécula original indujo a los átomos y moléculas circundantes a unirse en una configuración idéntica a la suya. Todas aquellas alocadas partículas que habían sido atraídas se unieron y formaron una copia exacta del original. La molécula había logrado reproducirse.

Por supuesto, todas sus copias se reprodujeron también. De repente, en lo que hasta entonces había sido un mar repleto de elementos de movimiento azaroso y sin sentido, billones de moléculas, idénticas todas ellas, comenzaron a multiplicarse frenéticamente. Algunas, no obstante, comenzaron en cierto momento a diferenciarse del original. El azar, un fallo en la replicación, un átomo distinto que pasaba por ahí y se colaba en el proceso, la acción radioactiva del uranio, un rayo cósmico…, producía cambios constantes. A estos cambios capaces de añadir, sustituir o desgajar algún átomo de nuestra molécula primigenia son a los que llamamos mutaciones.

Para la mayoría, estas mutaciones significaban la muerte, el desmembramiento en partículas más pequeñas; pasaban a no existir, a disgregarse debido a su inestabilidad química. Otras muchas siguieron con su existencia tras su modificación, pero ya no eran capaces de reproducirse, lo que en la práctica suponía también la extinción. Sin embargo, de todas las moléculas nuevas, unas pocas siguieron siendo capaces de replicarse, de crear copias igualmente distintas a como eran antes de la mutación. Así, una nueva molécula orgánica había nacido, y si esta era más eficiente a la hora de captar átomos y moléculas vecinas para reproducirse, era capaz de prosperar e invadir todo su entorno.

Con el devenir del tiempo, aparecieron más y más tipos de moléculas distintas con la maravillosa capacidad de reproducirse. Fue tal su éxito, que pronto las moléculas sueltas con las que crear copias empezaron a escasear, de modo que cada vez quedaba menos material «a granel» disuelto en el mar del cual echar mano. Una de las moléculas que mutó adquirió la impresionante propiedad de reproducirse sirviéndose no de moléculas o átomos sueltos, sino de otras moléculas que también se reproducían, es decir, de moléculas que ya estaban vivas. Aquello supuso un salto fenomenal: habían nacido las primeras depredadoras.

Subsiguientes mutaciones acumulativas propiciaron que, eones más tarde, hace unos 3.500 millones de años, la situación cambiara. Las moléculas individuales se habían ido agrupando, especializándose. Unas formaban una «piel» para su protección, otras contenían la información necesaria para permitir la reproducción de todas las demás, otras generaban energía para moverse… Habían aparecido las primeras células. Estas, prácticamente idénticas a las de ahora, constituían un auténtico prodigio de la naturaleza.

Dada la importancia que reviste la composición de la atmósfera para el tema que discutimos en este libro, nos detendremos en un aspecto clave en el clima y en la existencia de vida sobre nuestro planeta. Como hemos explicado, al principio la Tierra era una bola ardiente. Su atmósfera no se parecía en nada a la actual, era mucho más densa y estaba compuesta de vapor de agua, azufre, CO2, nitrógeno o hidrógeno, sin oxígeno. Un auténtico infierno.

No obstante, fue allí donde empezó a cocerse la vida. Las primeras células, similares a las actuales cianobacterias, eran capaces de «alimentarse» de esos gases, y de liberar oxígeno en el proceso. Aquello supuso una contaminación en toda regla: poco a poco el oxígeno empezó a llenar la atmósfera, alterando las condiciones biológicas y climáticas de nuestro planeta para siempre, y acabando con la mayoría de la vida primitiva existente, pues para esta el oxígeno era un elemento tóxico. Tanto nosotros como todas las especies actuales debemos nuestra existencia a aquellas primeras bacterias, que cambiaron aquella atmósfera parecida al interior de un alto horno siderúrgico por la que hoy respiramos.

En esta nueva atmósfera empezó a medrar la vida tal como la conocemos. Primero fueron las células individuales, base de las células restantes. Con el tiempo, esas células individuales empezaron a unirse, dando lugar a medusas, gusanos, peces, anfibios, dinosaurios, mamíferos y, por fin, el ser humano.

El ser humano: unas decenas de litros de puré salado nacido en el mar, recubierto de una piel para que no escape el líquido interior que le recuerda la composición del mar primigenio en el que todo empezó. Un mono que bajó de los árboles para andar erecto y que corría despavorido ante la presencia de leones. Todo ello, además, en el marco incomparable de una ascua enfriada en su superficie que sigue errando, perdida en medio del universo, dando vueltas alrededor de una estrella mediocre.

La base de la vida y la evolución

Lo que acabamos de ver corresponde a la actual visión científica ortodoxa sobre el origen y evolución de la vida. Hasta no hace mucho —hasta 1830, más o menos—, se creía que una cosa era la «materia inorgánica» y otra la «materia orgánica». La primera era la materia sin vida; la materia viva, se creía, estaba hecha de otra pasta, formaba una categoría aparte de lo inerte, con lo que no mantenía la menor relación. La vida era insuflada por un ser divino, que la diferenciaba así de la materia inorgánica.

Pero por aquel entonces comenzaron a sintetizarse artificialmente compuestos orgánicos, empezando por el amoniaco. El desarrollo de la química orgánica permitió llegar a la conclusión, que hoy nos parece evidente, de que los «mimbres» de nuestro cuerpo son los mismos que los del resto de la materia: átomos de oxígeno, hidrógeno, potasio, azufre… Había caído una barrera importante para comprender mejor el mundo.