¿Qué hacemos con Menem? - Martín Rodríguez - E-Book

¿Qué hacemos con Menem? E-Book

Martín Rodriguez

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Beschreibung

Muerto en febrero de 2021, Carlos Menem sigue siendo una figura incómoda, como si hubiera algo vergonzante que impidiera reconocerlo como parte de nuestra historia y prefiriéramos borrarlo de la foto. Nadie o casi nadie reivindica su legado. Pareciera que, al menos en público, solo se habla mal de él. El "yo no lo voté" nombra esa negación. Entre la distancia y el consumo irónico, entre la impugnación por el "saqueo" y la reivindicación aislada como gesto provocador, la política argentina aún no sabe bien qué hacer con Menem. Al peronismo le recuerda una parte "maldita" de su historia, una que no puede narrarse en clave de movilización popular y expansión de derechos. Los dirigentes de Cambiemos, que gobernaron en nombre de las ideas de libre mercado y modernización que el menemismo encarnó como nadie, decidieron ignorar esa paternidad. ¿Qué nos dice ese silencio de nosotros, de las identidades políticas que vinieron después –el kirchnerismo, el macrismo– y de nuestro presente? Porque a Menem no se lo puede nombrar, las autoras y los autores de este libro deciden nombrarlo. No para "bancarlo", sino porque creen que en ese contenido tapiado y escondido en la baulera –en ese trauma– hay un material excepcional para entender la Argentina contemporánea. Así, logran entrar en los noventa sin acudir a las contraseñas habituales, componiendo una mirada generacional que no busca erigir una única verdad, sino agitar el avispero para pensar en serio una figura y una época, en sus premisas históricas y en sus reverberaciones sociales, culturales y subjetivas. No se trata de romantizar a Menem, pero tampoco de romantizar la época como un tiempo de resistencia y de pureza progresista. Se trata de abrir esa caja negra para entender de qué estaba hecho el consenso social y político en torno a la democracia del consumo y la desigualdad, qué aspiraciones expresaba la ley sagrada del uno a uno y cuánto subsiste hoy de la sociedad menemista. Peronistas, kirchneristas, liberales, trotskistas, aceleracionistas, cristianos y socialdemócratas, las autoras y los autores de este libro eligen dialogar con los noventa para explicar que el menemismo no es algo ajeno, sino algo que nos salpica y nos constituye, y que revisar a Menem es revisarnos y construir nuevas lianas para intervenir sobre nuestro presente y nuestro futuro.

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Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Dedicatoria

Presentación. Menem con el diario del lunes (Martín Rodríguez, Pablo Touzon)

Parte I. El peronismo del fin de la historia

1. Macri, Menem y la década olvidada. Del peronismo como “solución” al peronismo como “problema” (Pablo Touzon)

2. Estado cavallista y reforma progresista. Cuando la tecnocracia escribe derecho con renglones torcidos (José Natanson)

3. Fukuyama en las pampas (Tomás Borovinsky)

4. Menem después de Menem (Federico Zapata)

5. Un sonido conocido. El primer peronismo de mayoría silenciosa (Luciano Chiconi)

6. Menem y la historia: olvido y perdón (Camila Perochena)

7. Votar por Menem en los autos de Cafiero (Cristian Navarrete, Walter Fresco)

Parte II. Contra Menem estábamos mejor

8. Siempre hice política, siempre fui progresista. Una vuelta sobre la cultura frepasista de los noventa (Mariano Schuster)

9. Transgresores módicos. Los límites del progresismo antimenemista (Lorena Álvarez)

10. Menem lo hizo. ¿Y si nunca fuimos tan libres como durante la ocupación menemista? (Fernando Rosso)

11. El tesoro se está hundiendo. Volver a imaginar los noventa a través de la poesía y la música (Matías Matarazzo)

12. Ese vacío. Qué estabas haciendo en los noventa (Carolina Pellejero)

Parte III. Si Alfonsín está en el bronce, Menem está en las cosas

13. Andá a lavar los platos. Volver a los noventa como una pregunta de clase (media) (Florencia Angilletta)

14. Menem y el neoliberalismo argentino (Alejandro Galliano)

15. CCCP (Comercio, Competitividad, Consumo y Productividad). Nace una nueva Argentina: una grieta y dos velocidades (Ernesto Semán)

16. Los 90 de Menem. El consumo como derecho de masas y la Argentina imposible (Martín Rodríguez)

Autoras y autores

Acerca de la foto de cubierta

Martín Rodríguez

Pablo Touzon

¿QUÉ HACEMOS CON MENEM?

Los noventa veinte años después

Autoras y autores:

Lorena Álvarez

Florencia Angilletta

Tomás Borovinsky

Luciano Chiconi

Walter Manuel Fresco

Alejandro Galliano

Matías Matarazzo

José Natanson

Cristian Navarrete

Carolina Pellejero

Camila Perochena

Martín Rodríguez

Fernando Rosso

Mariano Schuster

Ernesto Semán

Pablo Touzon

Federico Zapata

Rodríguez, Martín

¿Qué hacemos con Menem? / compilado por Martín Rodríguez, Pablo Touzon.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-098-4

1. Historia Política Argentina. 2. Política Argentina. 3. Partidos Políticos Argentinos. I. Touzon, Pablo Ezequiel. II. Título.

CDD 320.0982

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de cubierta: María Elizagaray Estrada

Foto de cubierta: gentileza Víctor Bugge

Ilustraciones de interior: gentileza Juan Di Loreto

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: agosto de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-098-4

A la memoria del compañero Walter Manuel Fresco

Presentación

Menem con el diario del lunes

Martín Rodríguez

Pablo Touzon

Los noventa nacieron para ser reinterpretados. Nacieron para ser película, ensayo, ciencia política, teoría literaria, sociología. De algún modo es la última década con relato de sí; una década romana, del Imperio Universal, con una narración compacta y eficaz. Existieron varias formas de entrarle, desde la academia, desde el periodismo, y hubo también varias escrituras sagradas (Música mala, de Alejandro Rubio; Vivir afuera, de Rodolfo Fogwill; Pizza, birra, faso, de Bruno Stagnaro e Israel Caetano; y cuando el ciclo ya estaba en llamas, La ciénaga, de Lucrecia Martel). En todo caso, la sociedad argentina llegó a esa década a caballo de un doble miedo: el miedo a los carapintadas y el miedo a los remarcadores. El corazón y el bolsillo. “Menem lo hizo” porque pudo con la inflación. Y ahí cavó la otra tumba de los tiempos: capital y trabajo ya no van a negociar como antes. Aplastar para construir. Un imperio plantado sobre el lodo, sobre nuestras arenas movedizas. El fin de la inflación como fin también de una Argentina distributiva. El menemismo fue onírico y al mismo tiempo demasiado realista. Menem es el hijo de un proceso, de una década imposible (la de los años ochenta) y del segundo terror: el de la híper. Menem administró el inconsciente de un país que sueña en dólares.

¿Para qué sirve el diario del lunes? Todos los que escribimos este libro –peronistas, kirchneristas, liberales, trotskistas, aceleracionistas, cristianos y socialdemócratas, una desordenada familia argentina– escribimos desde la zozobra colectiva de un siglo XXI devenido pesadilla. Parados, como el resto de la humanidad, en el ojo del huracán embarbijado. Una década que empieza –los acelerados años veinte– y que parece empeñada en demoler las esperanzas y promesas de la versión occidental del fin de la historia. El “Go West” de los Pet Shop Boys hoy tiene la actualidad de una película de Luis Sandrini, y las protestas de Tiananmén se mudaron a la plaza del Capitolio.

Escribimos también desde otros lunes. Escribimos después de las largas experiencias en el poder del kirchnerismo y del macrismo, los movimientos sociales y políticos que marcaron –y todavía marcan– el incipiente y equívoco siglo XXI argentino. ¿Es posible decir hoy exactamente lo mismo que decíamos ayer sobre temas tales como la “corrupción estatal” o “el ingreso al primer mundo” en aquella década? Revisitamos a Menem y su época con la total autoconciencia de ese tiempo transcurrido, y creemos que ahí reside precisamente la “gracia” de este intento colectivo. Los noventa, veinte años después.

Los noventa son un desfile de vivos y muertos. Sombra terrible de Norma Plá, vamos a evocarte para que, sacudiendo el polvo, muestres eso ensangrentado: jubiladas y jubilados en la mishiadura, laburantes que ayudaban a sus viejos que no llegaban a fin de mes, docentes que ganaban dos mangos, la Argentina del guardapolvo blanco se la daba en la ñata. El fin de la colimba en el velatorio de nuestro soldado Carrasco y un tiro del final: una tierra donde el Estado (de bienestar, de semibienestar, de algo) se volvió la casa tomada al revés: una casa abandonada de ministerios casi sin hospitales ni escuelas. Que el último tire la llave. Al mar. El horizonte dolarizado: Miami o La Habana. ¡Elige tu propia Cuba! ¿Quién no quería guita? ¿Quién la tuvo de verdad? La larga marcha de la columna vertebral: del movimiento obrero al movimiento de desocupados. Jorge Guinzburg tuvo en esa década un programa cuyo nombre era a la vez una metáfora obvia y tal vez por eso inevitable: La Biblia y el calefón. La Biblia de la estabilidad monetaria y de la Argentina en colores de la modernización capitalista, y el calefón del final del ideario igualitario de la Argentina del siglo XX y de la corrupción que mata –Río Tercero y la AMIA, los clasificados como género literario–.

El drama de los noventa se cifra en sus contradicciones flagrantes, en esa idea de armar un orden posible sobre la tumba de lo que alguna vez quisimos ser, en términos tanto materiales como “éticos”. Construir sobre las ruinas de la vieja civilización argentina, la misma que desenterraba el arqueólogo alemán personificado por Tato Bores. ¿El huevo o la gallina? ¿Esa Argentina ya había estallado en 1989 o la hizo estallar, de manera deliberada, el peronismo de Menem? La Argentina de los noventa se narra también en clave de cuento policial. “Oficial, cuando yo llegué a la casa, a esa Argentina ya la encontré muerta”.

Modernidades y excluidos. Menem vino del fondo de los tiempos a trompearse con la Historia. Enigma y certeza.

Nombrar al innombrable

El cuerpo de Menem estaba vivo cuando imaginamos y publicamos, en la revista Panamá, el dosier que dio origen a este libro. Pero ahora, ¿qué nos dice su muerte? No de él, de nosotros.

Sarmiento no escribió sobre Rosas, escribió sobre Quiroga. La elección del objeto no es adhesión al objeto. El riesgo de romantizar a Menem es el exacto complemento de romantizar los noventa como años de resistencia, de dirección única, de engaño y simulación exclusivamente. Cierta base electoral kirchnerista era menemista. Pero, sobre todo, hasta 1994 “la resistencia” se concentraba en puntos específicos: Madres, Abuelas, CTA, MTA, sindicatos estatales y docentes, el nacimiento de HIJOS poco después. Del antimenemismo encapsulado al “yo no lo voté”, ¿qué pasó? ¿Qué podemos decir nosotros, muchos, que efectivamente no lo votamos? Hay un triángulo de las Bermudas entre la Argentina, el peronismo y la sociedad. ¿Cómo se entra ahí? Agarrando a Menem pero para poder volver, en definitiva, sobre esos vértices.

¿Menem explica el peronismo o el peronismo explica a Menem? El canto de la marcha peronista (ese “somos”) es una ucronía. Lo que era cantar la marcha peronista en los años noventa, lo que es cantarla hoy en un restaurante en San Telmo o en la sede partidaria de la calle Matheu. La marcha es situacionista. Menem no dejó una herencia política (no hay partido menemista, no hay movimiento menemista, no hay políticos menemistas, aunque casi todos los peronistas “lo fueron”), pero dejó una herencia social. El kirchnerismo no se explica sin consumo, sin la adaptación del derecho al consumo. El kirchnerismo mató el menemismo político, pero a la sociedad menemista la continuó. Esa sociedad que dice: democracia es consumir. Esa sociedad que cuando le hablan con el corazón responde con la billetera. El kirchnerismo se construye milimétricamente contra el menemismo político, pero, a la vez, se construye socialmente continuando las líneas de la sociedad de consumo. Repasemos las herencias. El kirchnerismo inventó el progresismo de Estado, y el orden económico pos- Convertibilidad lo inventó Duhalde. Duhalde, ese presidente que no fue por los votos, el pivote entre Menem y Kirchner, el político que mató los años noventa, el político que pagó ese precio. Las herencias a veces pasan de tíos a sobrinos, dice la crítica literaria.

Parece que es sobre el peronismo, pero es sobre la Argentina. Parece que es sobre la Argentina, pero es sobre el peronismo. Parece que no es sobre la sociedad, pero es sobre ella. Menem es el meme del vestido, el nombre del cuenco tibetano, la armonización imposible de los platillos. Leer a Menem depende del punto de mira. Exige un desplazamiento entre su figura y el peronismo, entre el peronismo y la Argentina, entre la política y la sociedad, y en ese desplazamiento las certezas tambalean.

“Espejito, espejito, ¿cuál es la presidencia más bonita?”. Y lo de siempre: recitamos el Preámbulo con la voz ronca del viejo caudillo de Chascomús. Pero la foto no se completa sin Menem. La democracia tiene una paternidad compartida, porque también empezó el 3 de diciembre de 1990, cuando un presidente argentino salido de las urnas pudo tomar una decisión. Ese día, Menem ordenó reprimir. Alfonsín, como dijo Halperin Donghi, fue el jefe del monopolio del uso de la violencia legítima al precio de no usarla. Menem pudo dar la orden de la democracia (que un uniformado disparara contra otro) porque negoció todo menos el poder de esa orden. ¿Cómo ser un presidente fuerte? Siendo el representante de los vencedores de la Historia. Y el peronismo lo siguió, salvo excepciones. Los tuyos, los míos, los de él, todos fueron, a su modo, menemistas. No de la misma manera, claro.

¿Cómo revisar una década cuando lo único válido que se puede decir ya se sabe de antemano? Sobre ese acuerdo de base, la estamos sellando de entrada. Es como aceptar una terapia de pareja bajo esta condición: “Estoy de acuerdo con ir a terapia para que entiendas que tengo razón”. Lo difícil de los noventa no es solo el resultado que deja la década, sino el dedo que nos apunta. Con el uno a uno, esa década le metió un consenso a la política que la política no pudo o no quiso romper. Menem es el camello del Corán de nuestra democracia. Nombrarlo es ocioso, negarlo es imposible. Si Alfonsín está en el bronce, él está en las cosas.

Eso explica quizá la incomodidad del personaje y el silencio de “clase” (política). Menem después de sí mismo no tiene vitalidad. Los últimos años de ostracismo y senaduría casi vitalicia, una salida en fade. Uno, dos, tres… Menem. Murió como “neoliberal”, pero tuvo muchas vidas. Plebeyo, popular, amigo del obispo Angelelli, amigo de Susana Giménez, una gobernación setentista en La Rioja, cobijando a montoneros y apoyando a Isabelita, una presidencia abrazado al Consenso de Washington. Estuvo preso, salió ileso. ¿Qué le pasó a ese tipo? A veces, lo político es personal. Se sostiene en la estructura del peronismo y abraza con fanatismo el signo de los tiempos. El menemismo parecía tan argentino que nos hizo perder de vista que eso que hacía Menem se hacía en el mundo. Collor de Mello, Salinas de Gortari, Fujimori, Cardoso, Clinton, la tercera vía. Menem es lo universal hecho argentino.

A final de cuentas, la palabra “Menem” no resultó maldita para el peronismo, resultó maldita para la política. Maldita para la Argentina. ¿Por qué Cambiemos no “reconoció” esa paternidad? Remover el análisis de la década es entrar en una línea de fuego contra las sentencias de la Historia. ¿Quiénes escriben la Historia? ¿Por qué todos lo omiten? Como una familia que borra a alguien de la foto y camina chueca. De Menem se decía, en clave chistosa, que era “el Innombrable”: se lo llamaba “Méndez”, o se tocaba lo que había que tocarse para evitar la mufa. Un mero psicoanálisis de barrio indicaría que hay mucho más contenido conceptual en esa negación que un simple chiste popular. Porque a Menem no se lo puede nombrar, nosotros queremos nombrarlo. No para “bancarlo”, sino porque entendemos que en ese contenido tapiado y escondido en la baulera –en ese trauma– hay un material excepcional para comprender la Argentina contemporánea. “Integrar la propia sombra”, decía Carl Gustav Jung. Tal vez sirva para dejar de proyectarla en los demás.

Un Menem para una generación

Este libro tiene ideas distintas, e incluso a veces contrapuestas, sobre la década y la persona que le dio nombre. Pero a pesar de esa diversidad ideológica y política –o quizá precisamente por eso–, existe un piso común. O como decían los reformistas de la Constitución: “un núcleo de coincidencias básicas”.

Primero, no nos interesa abordar el “tabú Menem” para reeditar el mil veces caminado juego contemporáneo del falso malditismo político –no hay nada peor que una adhesión estética tardía–, ni tampoco para procesarlo como un consumo irónico o como un “chiste”. Formas distintas de reproducir el vacío. Menem se nos vuelve mortalmente serio. Un Menem sobrio, tal vez el que él mismo no fue en vida. Como un Roca, como un Perón, como un Kirchner.

Segundo, creemos que una generación se define también por la década con la que elige dialogar, y que en ese contrapunto se construyen nuevas lianas para intervenir en el presente y el futuro. Nuestros noventa fueron para muchos de nosotros, en tiempo real, una inmersión adolescente en el mito y la leyenda de la década del setenta. Devorando y subrayando el Todo o nada, de María Seoane, o los tres tomos de La Voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita; tal vez un escape natural hacia el pasado épico de la derrota frente a la asfixia que provocaba la homogeneidad de la ideología triunfante. Hoy, y transformado “el setentismo” en una suerte de ideología de Estado, es tal vez natural que la mirada se vuelque, esta vez, a un pasado que sí fue vivido.

La historia se narra en primera persona, ¡yo y Platero!, por izquierda y por derecha, pero más allá de esas imágenes se trata del intento de explicar que el menemismo no es algo ajeno. Es algo entramado en un tiempo histórico. Es algo que nos salpica, y que en buena medida nos constituye. Revisar a Menem es revisarse.

Ahí vamos.

Parte I

El peronismo del fin de la historia

1. Macri, Menem y la década olvidada

Del peronismo como “solución” al peronismo como “problema”

Pablo Touzon

En la Argentina actual existe un cierto vacío interpretativo de la política en relación con Menem, el menemismo y la década de los noventa. Fuera de la academia, la política profesional mira ese pasado con el ojo de vidrio de una indiferencia calculada; con la excepción de la izquierda, a todos los incomoda. En el mundo cultural el vacío es aún más pronunciado, a excepción de que se nombre esa década desde la condena automática o bajo la tenaz y solitaria pluma de un escritor como Jorge Asís. Pero esos años ya no se tematizan. Algo de eso puede observarse en las contadas situaciones institucionales en que un Menem ya anciano aparece para reclamar sus fueros en la Historia: entre la distancia y el consumo irónico, y pasadas las pasiones personales que prohijó, da la sensación de que la sociedad política argentina aún no sabe bien qué hacer con él.

Al peronismo le recuerda una parte “maldita” de su historia, una que no puede narrarse en clave de movilización popular, expansión de derechos, resistencia o lucha antiimperialista. Una década extensa y compleja, difícil de decodificar a través del prisma de sus tres banderas históricas de “independencia económica, soberanía política y justicia social”. Incluso hoy, mucha de la bibliografía más reciente sobre el peronismo prefiere hacer descender un olímpico “cono del silencio” sobre el tema. Agreguemos un dato de tipo “biográfico”: la mayoría de los cuadros dirigentes y funcionarios del peronismo del siglo XXI hizo su escuela de gestión pública en el Estado menemista. No podía ser de otra manera, dado que el Menem de 1989 cortó la racha de un peronismo desalojado del poder desde 1976. “Quemá esas fotos”.

Para el macrismo el menemismo es también paradojal, una suerte de tío exitoso pero ordinario, “grasa” y plebeyo: un familiar que le da vergüenza. Esta percepción puede graficarse en el mismo “proceso de desmenemización” que debutó con la carrera política de Mauricio Macri, un protagonista excluyente (junto con su padre, que nunca renegó) de la noche y de las playas del Punta del Este noventista. La crisis de 2001 y el estallido del modelo de la Convertibilidad forzaban a un acto de contrición colectiva de las élites argentinas con aspiraciones políticas: separarse de Menem primero y de Cavallo después fue algo así como el certificado de nacimiento del PRO como entidad independiente. No se podía ser hijo de 2001 y de los noventa a la vez. Más cercana en el tiempo, la conformación de Cambiemos en conjunto con la Unión Cívica Radical profundizó aún más esa diferenciación, consolidando asimismo el perfil ya netamente antiperonista de la coalición política. La conclusión: en la Argentina, menemista no fue nadie. Los noventa son su “década olvidada”.

Hoy el fracaso inapelable de la experiencia cambiemita en el poder permite tal vez una relectura en una clave que pueda ir más allá de la ignorancia oficial de la Historia macrista y de la narración del “saqueo” con voz en off de Pino Solanas, típica del relato semioficial del kirchnerismo. En una primera mirada, podría decirse que el macrismo y el menemismo comparten una misma cosmovisión, una misma concepción del mundo y de la integración de la Argentina en él: una comunión de objetivos basada en un credo “liberal” común, con todo su decálogo clásico: apertura de la economía, libre mercado, desregulación, reforma del Estado. Las coincidencias, sin embargo, terminan ahí. Todo en la puesta en práctica de esta política, en sus formas, en sus procedimientos y en su sociología es, efectivamente, muy diferente. En ese sentido, Marcos Peña tenía razón en desestimar siempre la comparación entre Macri y Menem: lo que no queda tan claro es que eso sea de alguna manera una ventaja para Mauricio. En buena medida, Menem consiguió y realizó los sueños secretos del macrismo; y lo hizo construyendo un “orden” relativamente estable –el concepto mantra de los noventa fue “la estabilidad”– que lo une en línea histórica con la tradición de gobierno de Juan Perón y Néstor Kirchner, al menos en sus primeros mandatos. Una “estabilidad” que encuentra su espejo deformante cruel en la vida “a salto de dólar” de los cuatro años macristas y que permite un ejercicio político e intelectual a lo Plutarco. Las vidas paralelas de dos experiencias políticas.

“No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”

La máxima del dirigente chino Deng Xiaoping sintetizaba una aspiración y un clima de época para muchos partidos y movimientos populares a fines de la década del ochenta. La caída de la Unión Soviética y el Muro de Berlín obligó a la reconfiguración interna de la mayoría de las formaciones políticas históricas del siglo XX, sin distinciones de latitudes ni lenguas. El triunfo aparentemente inapelable de las ideas de apertura y libre mercado habilitaban una máxima darwinista: adaptarse o morir. Por nombrar tan solo algunos ejemplos destacados, el PRI mexicano, el Partido Comunista Chino y el peronismo argentino iniciaron o profundizaron su reconversión política e ideológica en aquellos años. Pero lo hicieron solo a medias, a sabiendas de que la hibridación era su destino manifiesto: ¿cuánto conservar y cuánto transformar? El PRI mantuvo lo que pudo el unicato, Menem jamás desafió el modelo sindical de unidad promocionada ni el poder –corporativo al menos– de la CGT. Más al norte, la experiencia de la Perestroika de Mijaíl Gorbachov funcionaba como contraejemplo: una reforma que había ido demasiado lejos y había terminado con el reformador. Por eso, al principio la adscripción a las reformas de mercado fue en la mayoría de los casos una sobreadaptación pragmática, un conjunto de formas y herramientas nuevas para intentar lograr los mismos fines de siempre. El vocabulario conceptual ensamblado lo grafica: el “socialismo con características chinas” de Deng o la “economía popular de mercado” de Menem. La “fe” vino después.

La “vía peronista al liberalismo” surgió entonces como una respuesta adaptativa a la combinación histórica de la crisis hiperinflacionaria de 1989-1990 –a la que el historiador argentino Halperin Donghi señaló como ejemplo de la “agonía de la Argentina peronista”–, el fin de la Guerra Fría y el nuevo unipolarismo americano. En ese sentido, en la Argentina la hiperinflación representaba en los hechos la derrota del Estado como concepto unificador y organizador excluyente de la vida social y política. El fin de su batalla material y cultural, sin moneda ni subordinación militar. Menem fue la expresión y el resultado de ese colapso, no su causa primera. Se vivía, en efecto, una atmósfera de fin de época, y la fuerza arrolladora de un nuevo “viento de la Historia”. Caían los partidos comunistas, caía el apartheid, caía Pinochet. Construir molinos de viento fue la consigna de un peronismo que mutó para no morir y que a la vez mató inevitablemente algo de sí mismo al hacerlo. El peronismo, además, en su resiliencia y perennidad históricas –sobreviviente tanto al partido militar en su larguísimo round histórico de tres décadas como al alfonsinismo arrasador del Tercer Movimiento Histórico–, empezaba a ser percibido en ese fin de los ochenta como un destino manifiesto nacional, como una metáfora de la Argentina en general. Por esto, en su capacidad de modernización se cifraba también la clave y la posibilidad empírica de la modernización capitalista de la Argentina tout court. La forma de hacer sustentable, viable y, sobre todo, “gobernable” la nueva Argentina de la desigualdad parida por la dictadura militar. El peronismo no era el obstáculo. El peronismo era la resolución del problema.

El macrismo “contemporáneo”, forjado en los hornos de Durán Barba y Marcos Peña, partió de la hipótesis política exactamente contraria. El peronismo fue, es y será el problema: los famosos “70 años de peronismo” de la ideología oficial. Tiene sentido: en buena medida, el menemismo muere definitivamente en la conformación del PRO, que representa el divorcio entre las ideas liberales y el proyecto peronista. Un “liberalismo atendido por sus dueños” exactamente opuesto al ethos profundo del menemismo. Para el macrismo, la Historia argentina del siglo XX es unívocamente la historia de un fracaso. Una nación descarriada por el populismo y reducida a un tuit de inflación acumulada. Un peso muerto para sacarse de encima. Observan esa historia como los reformistas radicales de Yeltsin leían la historia de la Unión Soviética: el relato de una tragedia. Por esto, y a pesar de los intentos de “negociación” con la sociedad peronizada que les tocó gobernar –digamos, la mejor versión posible de lo que en la Argentina se dio en llamar “gradualismo”–, existió algo en el ethos profundo de la experiencia macrista que tenía como misión central y definitiva neutralizar al monstruo. Demostrar su obsolescencia y su disfuncionalidad. Mauricio Macri incluso consiguió que el FMI y Trump le financiaran un Plan Marshall para tal efecto.

La práctica política concreta mostró una y mil veces esta verdad escrita en granito: en los sucesivos fracasos del “ala peronista” del PRO por ampliar la alianza hacia los sectores peronistas más derechistas o refractarios al kirchnerismo –que hicieron de su máximo exponente, Emilio Monzó, un panelista de televisión más–, en la centralidad definitiva de Peña hasta el último día, en el peso desproporcionado de Elisa Carrió en la coalición cambiemita, en la cultura y en los medios oficialistas. Lo explicitó más tarde el expresidente en su libro Primer tiempo: “No debemos sobrestimar la voluntad de negociación del peronismo, que te enrosca como una serpiente, te susurra al oído que quiere hacer reformas mientras te va dejando sin aire”.[1] El macrismo realmente existente terminó pareciéndose a una versión en slow motion de la Alianza que asumió en 1999, con su continuismo del modelo de Convertibilidad primero –el “gradualismo” de De la Rúa– y el fin del financiamiento internacional y el descalabro después. Tal vez por esta elección deliberada de identidad política, la agenda “reformadora” en términos reales y concretos del macrismo fue casi invisible (persiste, tal vez, como único ejemplo, la política desregulatoria del transporte aeroportuario del exministro Guillermo Dietrich y sus low cost).

En todo caso, entre la identidad y la transformación, el macrismo eligió la endogamia de quien se mira al espejo y le gusta demasiado lo que ve. La secuencia política exactamente inversa a la del menemismo, que hizo de la transfiguración de sus orígenes –incluso física y estética, en la figura del presidente mismo– su primer acto de “traición creadora” schumpeteriana. “Si decía lo que iba a hacer no me votaba nadie”: la autonomía de la política a la enésima potencia. Una disociación completa entre la lógica electoral y la lógica gubernamental que se arrogaba el derecho de establecer el cómo, cuándo y con quiénes del mandato electoral popular, una praxis política opuesta a la práctica contemporánea del focus group, donde todo es fidelización e identidad. El tatuaje en la espalda del menemismo: No se puede transformar sin traicionar.

Una cuestión de clase

Una elección que tiene raíces profundas en otro elemento central del macrismo que lo diferencia del menemismo: el de Macri fue un gobierno mucho más “de clase” que “liberal”; el de Menem fue el gobierno con agenda liberal más plebeyo de la Historia argentina. Difícilmente pueda encontrarse una amalgama de colores, estilos, acentos y orígenes políticos tan diversos como los que contuvo en su seno el menemismo: del liberalismo de barrio de una Adelina Dalesio de Viola a la aristócrata Alsogaray, de la Renovación Peronista de Grosso, Manzano y De la Sota a lo más profundo de la ortodoxia sindical de un Triaca o un Barrionuevo, de exmontoneros como Alicia Pierini y Luis Prol hasta exfascistas como Rodolfo Barra. La diversidad no era solo ideológica y política, era también sociológica y federal; todavía no había llegado la hora de la política argentina reducida al AMBA: el menemismo tenía acento riojano, cordobés, santafesino, mendocino, porteño y bonaerense, y orígenes sociales de lo más diversos, desde Recoleta hasta las barriadas más humildes o marginadas del país.

El menemismo era mestizo e impuro y extraía su fuerza de esa ambigüedad, una suerte de anti identity politics. Dicho rápido, incluso si se piensa que el gobierno de Menem fue, en términos generales, un gobierno para los ricos, lo que seguro no fue es un gobierno de ricos. Quería representar más bien la posibilidad política de una alianza social entre ricos y pobres, un catch-all sociológico “ilógico” si se lo veía con el prisma de la cultura política más progresista. Hasta el mismísimo Domingo Cavallo era un ejemplo de ascenso social, proveniente de una familia de clase media trabajadora de Córdoba. El de Menem fue un gobierno de políticas neoliberales hecho por gente que tenía –sobre todo al comienzo– una relación de tipo instrumental con ellas. Sobreactuaba liberalismo porque no provenía de él, y muchas de las frases más pomposas de la era –“las relaciones carnales” con los Estados Unidos, por ejemplo– pueden entenderse en esa clave.

Al menemismo la unidad conceptual no le fue dada por la pertenencia de clase sino por decisión política. No había nada de “espontáneo” en su visión del mundo ni en su planteo estratégico: Menem debuta en la presidencia de un país incendiado con una intuición dura. No era posible gobernar la Argentina teniendo a sus corporaciones en contra, y se hacía necesario para el nuevo peronismo pactar con el establishment económico nuevas reglas de convivencia. Un acuerdo que se entendía necesario incluso para terminar de matar al histórico partido militar argentino, que volvía a la vida una y otra vez como en una mala película de terror. Esa intuición se convirtió en una política con la alianza entre Menem y Bunge y Born y la designación del primer ministro de Economía del período, el malogrado Miguel Ángel Roig. Aun cuando se tardó un año y medio más en llegar a la Ley de Convertibilidad –la clave del éxito político del plan económico–, los fundamentals del menemismo se construyeron desde el primer día.

Menem tenía en su cabeza un esquema asociativo entre el establishment local y el internacional, una alianza buscada por el Estado y cimentada en la asociación común bajo el nuevo plan de privatizaciones. En un trabajo pionero, El oligopolio telefónico argentino frente a la liberalización del mercado, los economistas Martín Abeles, Karina Forcinito y Martín Schorr mostraban con un ejemplo concreto la voluntad de anudar los intereses de los jugadores locales –los Pérez Companc, Soldati, Amalita de Fortabat, Bulgheroni, Rocca, Roggio, Pescarmona y, sí, Macri– con los nuevos jugadores internacionales, sobre todo europeos, como Telecom, Telefónica y tantos otros. En su voluntad de constituir un sólido nuevo bloque de poder, el menemismo llegó incluso a asociar a muchos jefes sindicales en este proceso, en lo que se llamó el “sindicalismo empresario” de la década de los noventa, fenómeno que dio origen a un sindicalismo resistente y combativo protagonizado por la nueva CTA y el MTA conducido por Hugo Moyano.

En todo caso, capital internacional-burguesía nacional-CGT fue el trípode de poder de la coalición, la peculiar versión de “pacto social” de la economía política del menemismo, conceptualmente peronista en su reconocimiento del derecho a la existencia de las fuerzas vivas y organizadas de la sociedad, en toda esa frontera porosa entre el Estado y del Mercado. Como apunta Marcos Novaro: “Menem no fue un mero simulador de decisiones, y si pudo asegurarse el respaldo de diversos poderes fácticos e institucionales y a la vez actuar con autonomía fue en gran medida gracias a la esforzada tarea de construcción de una coalición de apoyo”.[2] Menem creía en una gobernanza “con el círculo rojo adentro”, y era capaz de extender ese concepto hasta los límites de lo imposible: a todo poder le extendía su carta de ciudadanía y su derecho a roce.

El macrismo operó de forma diametralmente contraria. Hijo de 2001 y de la llegada a la política electoral de los sectores medios y altos luego del colapso del sistema político argentino, el macrismo es también hijo de estos viejos generales de la “patria contratista” de la que buscó siempre emanciparse. Un concepto fuerte y estructurante del ideario macrista fue este de “círculo rojo”, en el cual pretendía englobar al conjunto de una dirigencia –empresarial, sindical, periodística– culpable excluyente de la decadencia argentina, una operación que le permitía, por un lado, autoexcluirse de ese colectivo y, por el otro, evitarse toda mediación en su diálogo tecnológico con “la sociedad”.

Para el promedio de la dirigencia macrista, “matar al Padre” fue una ley primera: la utopía consistía en romper con la vieja burguesía “comisionista”, colaboracionista tanto de militares como de peronistas, y recrear un discurso liberal limpio y puritano, de “unicornios” y emprendedores, que se alejara del barro de la Historia que los vio nacer. Un acto parricida fundante: caen las cabezas de Franco Macri y Carlos Menem. El macrismo edificó así un gobierno freudiano, empeñado en una lucha generacional interna que cristalizó un resultado algo insólito: un gobierno de empresarios antiempresarios. O, en todo caso, en contra de los empresarios argentinos realmente existentes, y no de los imaginarios. En su lucha contra el “círculo rojo” nacional, Mauricio Macri tenía como aliado imaginario al capital extranjero que se suponía estaba urgido por regresar a la Argentina: “extranjeros versus locales” era el partido que el gobierno imaginaba ganar, ahogando en dólares frescos la Argentina de la paritaria permanente entre los Ignacio de Mendiguren y los Moyano. Con el “Lava Jato” de los cuadernos incluido, toda la jerga de la época remitió siempre y de manera consistente a este imaginario: la “lluvia de inversiones”, el mini-Davos, la emoción de Macri en la recepción del G20, la celebración del acuerdo con el Fondo. El Mundo no como asociado de la Argentina, sino como redentor de los pecados del país. Ted Turner contra Franco Macri.

En su libro autobiográfico Primer tiempo Mauricio Macri vuelve una y otra vez, consciente o inconscientemente, a nombrar el trauma: la ausencia de una economía política y de un esquema de alianzas sociales que pudiese sostener su –por cierto muy difuso, y ahí reside tal vez una clave– plan de reformas. El dilema que llama el del “cambio contra la gobernabilidad”:

Si uno gira la perilla toda para el lado de la gobernabilidad y deja el cambio en cero, entonces no va a tener problema en ser apoyado por las corporaciones. En el sentido opuesto, si hubiera girado la perilla completamente hacia el lado del cambio y dejado la gobernabilidad en cero, habría perdido todo apoyo para hacer reformas y me habría arriesgado –esto lo digo sin dramatismo, pero con convicción– a tener que dejar mi puesto.[3]

Menem lo hizo, ¿pero cómo lo hizo? Macri opone lo que Menem une. El macrismo es el disco del menemismo escuchado al revés.

La máquina de perdonar

Como escribió Martín Rodríguez en La Política Online:

Carlos Saúl Menem no era un menemista. Fue un hombre de Estado que remató el Estado y sembró un derecho casi indecible porque se pronuncia como deseo: nos merecemos el mundo. Lo que no se puede doblegar es la sociedad que nació en los noventa. No la de los setenta, no la del consenso alfonsinista. La del pacto menemista, la del consumo popular.[4]

Si el menemismo ofreció estabilidad económica y consumo de masas para los incluidos y miseria y desocupación para los excluidos, el fracaso económico del macrismo democratizó de facto el reparto de la torta: mishiadura y crisis para todos. Este hecho generó un desplazamiento del discurso político oficial, de la infraestructura y el gobierno ingenieril a la política de identidad, valores y aspiraciones. Donde el menemismo era todo economía y “cosas”, el macrismo fue todo sueños, utopías, relatos y “mensajes”. Sin Alto Palermos ni Apple Stores que mostrar, el gobierno profundizó su deriva de identity politics. A pesar de esa voluntad iconoclasta, jamás pudo saltar fuera de los límites políticos y simbólicos de su propia clase: pocas veces la historia argentina asistió al espectáculo de una homogeneidad “étnica” semejante. La lista de la mayor parte del funcionariado argentino podía sintetizarse en tres o cuatro variables principales: capitalinos o bonaerenses, provenientes de colegios de élite, hombres de entre 35 y 55 años. Un sector que proyectó su propia insularidad de clase sobre todo el resto de la Argentina, con un devenir que solidificó la impronta afrikáner de su práctica política: representar, pura y exclusivamente, a la “Argentina blanca”. La polarización y la grieta de Estado fueron su lógica consecuencia, en un proceso al que solo le falta para terminar de realizarse el autonomismo geográfico y territorial: florecerán mil Cataluñas.

El evangelismo menemista rechazaba, en cambio, casi por principio, toda esta oda a la segmentación de la segmentación. Su mensaje universal buscaba borrar deliberadamente todos esos límites, y el capitalismo peronista del consumo masivo fue su herramienta para tratar de lograrlo. El fin de la historia de principios de los noventa tuvo su capítulo argentino con una versión vernácula de “fukuyanismo” que no encabezó ningún teórico, sino el propio presidente de la República. Menem no se veía a sí mismo como el mero representante del “subsuelo de la patria sublevada” ni tampoco de los sueños irredentos de la Argentina blanca. Menem se veía a sí mismo como la síntesis posible, un poco en la línea primigenia del propio Perón: un proyecto político mulato y mestizo en el marco de una Argentina poshistórica, que cerraría de una vez por todas su siglo XX corto, como en el resto del mundo. Una “comunidad organizada” por el capitalismo y el libre mercado. La palabra preferida del menemismo: reconciliación. Y el arma preferida utilizada por Menem para su realización: el perdón. El carisma de Menem estaba basado en el perdón; un presidente que tal vez perdonaba porque quería que lo perdonaran a él mismo, en una suerte de lúcida autoconciencia “atorrante”. Porque también Menem mataba, políticamente hablando. Con el “Matador” de Los Fabulosos Cadillacs de fondo en sus actos, Menem parecía citar a Borges: “Sufrir y atormentar se parecen, así como matar y morir. Quien está listo a ser un mártir puede ser también un verdugo, y Torquemada no es otra cosa que el reverso de Cristo”.[5]