Recordando a Kurt Cobain - Danny Goldberg - E-Book

Recordando a Kurt Cobain E-Book

Danny Goldberg

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Beschreibung

A comienzos de 1991, el mánager musical Danny Goldberg aceptó hacerse cargo de Nirvana, uno de los muchos grupos de rock de la escena musical "underground" de Seattle. En ese momento, Danny no tenía ni idea de que el líder de la banda, Kurt Cobain, se convertiría en un icono de la cultura popular con un legado a la altura del de John Lennon o Elvis Presley. Danny trabajó con Kurt entre 1990 y 1994, los últimos cuatro años de vida del cantante. Fue testigo del éxito estratosférico de "Nevermind", que convirtió a Nirvana en la banda de rock más célebre del momento; asistió al encuentro y posterior boda de Kurt con la inestable pero brillante Courtney Love; al nacimiento de su hija, Frances Bean y, finalmente, a la lucha de Kurt contra la adicción a la heroína, que acabó en un devastador suicidio. Danny Goldberg ofrece en "Recordando a Kurt Cobain" un retrato del líder de Nirvana único e incomparable, solo al alcance de alguien que lo trató como productor, compañero y amigo íntimo. Goldberg resucita recuerdos no publicados hasta la fecha, indaga en sus archivos personales y recupera entrevistas a familiares, amigos y compañeros de banda, para explorar la inmensa creatividad y brillantez que Kurt Cobain proyectó sobre su música, la increíble mezcla de compasión, rebeldía, feminismo y ambición que reunía, y el legado que forjó con su particular visión del punk-rock.

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Seitenzahl: 474

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

INTRODUCCIÓN

UNO: GOLD MOUNTAIN ENTERTAINMENT

DOS: INTRODUCCIÓN AL PUNK ROCK

TRES: SUB POP

CUATRO: NEVERMIND

CINCO: QUITARSE DE EN MEDIO Y PONERSE A COBIJO

SEIS: COURTNEY LOVE

SIETE: INTERNACIONAL

OCHO: HEROÍNA

NUEVE: CUIDADO CON LO QUE DESEAS

DIEZ: VANITY FAIR

ONCE: CIUDADANO KURT

DOCE INCESTICIDE

TRECE: IN UTERO

CATORCE: KURT Y LA MÁQUINA

QUINCE: UNPLUGGED

DIECISÉIS: LA ESPIRAL DESCENDENTE

DIECISIETE: REPERCUSIONES

NOTA SOBRE LAS FUENTES

AGRADECIMIENTOS

CRÉDITOS

Para mi hermano Peter, mi hermana Rachel y nuestros padres, Victor y Mimi Goldberg, que amaban los libros, los discos y a sus hijos

INTRODUCCIÓN

Una tarde del otoño de 2011, durante el breve florecer de Occupy Wall Street, visité el Zucotti Park, la zona cero del movimiento. Justo cuando me iba, un adolescente de baja estatura, tatuado y con un piercing en la ceja, me preguntó tímidamente si se podía sacar una foto conmigo. Por entonces había famosos que se acercaban al campamento a menudo y le dije que estaba casi seguro de que me tenía que estar confundiendo con otra persona, pero el chico negó con la cabeza y me respondió: «Sé quién eres. Solías trabajar con Kurt Cobain».

No pude evitar preguntarme si siquiera había nacido cuando Kurt se suicidó diecisiete años atrás. ¿Qué tenía la música de Kurt para haber perdurado tanto hasta llegarle a él? Todos los que trabajamos con él hemos tenido de vez en cuando este tipo de experiencias con fans. Es como si encontrarse con alguien que le conoció los acercara a un espíritu que les hace sentir menos solos.

No todo lo relacionado con el legado de Kurt es, no obstante, tan entrañable. Tanto después de muerto como en vida, la figura de Kurt está llena de contradicciones. Cuando estaba comenzando a escribir este libro, tecleé «Kurt Cobain» en el cuadro de búsqueda de Amazon. Junto con los pósteres, las púas de guitarra y los libros, vinilos, vídeos y camisetas, me aparecieron unas «gafas de sol Nirvana, oscuras y de lente ovalada, inspiradas por Kurt Cobain», una manta de lana Kurt Cobain, un mechero Kurt Cobain, un facsímil del carné de conducir de Kurt expedido por el estado de Washington, un pastillero de acero inoxidable con una foto de Kurt tocando la guitarra en la tapa y una «figura de acción Kurt Cobain». Mi objeto favorito es una pegatina para el coche que dice: «No estoy hablando solo, le estoy hablando a Kurt Cobain». Si existiera una que dijese que él es quien me esta hablando a mí, sin duda la habría comprado.

Me embarco en este proyecto consciente de que Kurt leía compulsivamente todo lo que se publicaba sobre él. Se quejaba de los escritores de rock que trataban de psicoanalizarle y le molestaba que describieran su arte simplemente como un complemento de su vida personal. Sin embargo, concedió cientos de entrevistas para tratar de refinar la imagen que quería proyectar.

Su legado artístico y su trágico suicidio crearon una imagen pública que opera como un test de Rorschach. Muchos de los que conocieron a Kurt subrayan aquellos aspectos de su vida que refuerzan la particular idea que ellos mantienen acerca de quién creen que fue Kurt en realidad. Y a mí me pasa igual. Le debo gran parte de mi carrera, fui uno de sus mánagers además de su amigo. A menudo me quedo mirando una foto enmarcada que tengo en mi despacho en la que aparecemos ambos y en la que él tiene ese brillo en los ojos que continuamente trato de recordar.

El tema de la memoria es un problema. He olvidado cantidad de detalles. Precisamente cuando estaba pensando en ponerme en contacto con Courtney Love para que me ayudara con mis recuerdos, me enteré de que ella quería que precisamente yo le ayudara con lo mismo para sus memorias. Veinticinco años es mucho tiempo. Ninguno de nosotros se está haciendo más joven. Para mí, uno de los principales problemas es que cada vez resulta más difícil determinar dónde termina la historia pública y dónde empiezan los recuerdos personales. Son tantos los aspectos de la vida de Kurt documentados en libros, películas, clips de YouTube, recopilatorios y artículos… Internet, que apenas existía cuando Kurt vivía, tiene páginas enteras dedicadas a la lista de canciones de casi todos los conciertos de Nirvana, que en muchos casos incluyen hasta transcripciones de las conversaciones que mantenían los miembros de la banda entre canciones sobre el escenario.

He podido reconstruir algunos hechos tirando de mis archivos personales y me ha ayudado muchísimo hablar con otras personas con las que traté cuando trabajaba con Kurt. Descubrí que muchos de aquellos con los que me volví a poner en contacto tenían en la memoria una combinación de grandes vacíos y unos cuantos recuerdos vívidos grabados a fuego que han conservado durante años como reliquias, tanto de la vida de Kurt como de las suyas propias. Del mismo modo, aunque en mi memoria algunos periodos son poco más que una masa difusa de datos impresionistas, puedo rememorar unos cuantos momentos con una claridad cinematográfica. No obstante, incluso algunas de estas historias se han convertido en semimíticas tras años de recontarlas, y ha habido numerosas ocasiones en las que la anécdota preciada de una persona chocaba con la mía o la de otros.

Además del efecto que tuvo sobre millones de fans, Kurt conmovió directamente y de modo profundo a cientos de personas a lo largo de su corta vida. Incluso pasado un cuarto de siglo, perduran aún resentimientos entre los que estuvieron cerca de él al comienzo de su carrera y los que, como yo, trabajamos con él más adelante; y entre aquellos que tienen sentimientos negativos hacia Courtney y quienes, como yo, sentimos cariño hacia ella. La mayor parte de la gente con la que coincidí trabajando con Kurt y Nirvana tenían ganas de compartir sus recuerdos. No así una minoría, cuyos sentimientos sobre la vida y muerte de Kurt eran todavía demasiado crudos a pesar de todo el tiempo que ha transcurrido.

Yo comprendo a los que prefieren permanecer en silencio. Durante el primer par de décadas tras su suicidio, evité a conciencia los libros y las películas sobre Kurt. En los últimos tiempos, he leído y visto la mayoría. Algunos de los relatos se centran en el divorcio de sus padres, su consiguiente infancia infeliz y su tenaz lucha por ser reconocido como músico en el noroeste de los Estados Unidos de finales de los años ochenta. Kurt sí me habló en varios momentos sobre su sensación de abandono por sus padres y el aislamiento que sintió siendo niño, pero no tengo mucho que añadir al registro histórico de sus primeros años de vida y no traté de localizar a gente a quien no hubiese conocido trabajando con Kurt. Nuestras vidas no se cruzaron hasta poco antes de que Nirvana comenzase a trabajar en Nevermind, el álbum que los convirtió en fenómeno internacional tras su lanzamiento en septiembre de 1991.

Esta es una descripción subjetiva de la época durante la cual yo estuve vinculado a él, los últimos tres años y medio de su vida, cuando Kurt Cobain llevó a cabo el trabajo por el que mejor se le recuerda. Para mí su producción artística es mucho más que la simple colección de los grandes éxitos de Nirvana; creo que pertenece al escalafón superior de la jerarquía del rock and roll. También fue generoso con otros músicos y consciente de su rol como figura pública. A nivel personal siempre fue cariñoso conmigo, no solo en lo tangible sino también de maneras que no puedo expresar.

Muchas de las personas más cercanas a Kurt siguen furiosas con él por haberse suicidado. Respeto sus sentimientos, pero no los comparto. Le echo de menos y siempre me preguntaré si había algo que pudiese haber hecho para evitar su muerte prematura, pero que yo sepa, ni la ciencia médica ni las tradiciones espirituales ni los grandes filósofos comprenden por qué algunas personas se suicidan y otras no. A lo largo del agridulce proceso de recordar su vida, me he dicho a mí mismo cada vez más a menudo que su suicidio no fue un fracaso moral sino el resultado de una enfermedad mental que ni él ni ninguno de los que le rodeábamos fuimos capaces de tratar ni curar con éxito. No empleo la palabra «enfermedad» como lo haría un médico sino como equivalente de una fuerza que en mi opinión nadie podía controlar.

Yo no tocaba música con Kurt ni compartía su profunda conexión con la cultura punk rock; tampoco consumí drogas con él. Sin embargo, trabajé con él en el principal proyecto creativo de su vida, una obra que reinventó el rock and roll en la cultura popular global y que para muchos de sus fans también redefinió la masculinidad.

A pesar de la penuria de sus momentos más bajos y la grotesca realidad de su muerte, tengo una visión muy romántica de la faceta creativa e idealista de Kurt. Este ímpetu que hace que me concentre en los aspectos positivos de su legado desentonó, al menos en una ocasión, con respecto al dolor que sufrían otros de sus amigos. Yo pronuncié el elogio final en el funeral privado organizado por Courtney después de que se encontrara su cuerpo. En Nirvana: A Biography el periodista británico especializado en rock Everett True describió así su reacción a mis palabras: «Danny Goldberg dio un discurso en el funeral de Kurt que me hizo darme cuenta precisamente de por qué el cantante se había rendido. El discurso no tenía nada que ver con la realidad ni guardaba relación alguna con el hombre al que yo había conocido. En este discurso Goldberg describía a Kurt como “un ángel que vino a la tierra en cuerpo de hombre, como alguien demasiado bueno para esta vida y que por este motivo había estado aquí tan poco tiempo”. ¡Y una mierda! Kurt era tan malhumorado e irritable y beligerante y malo y gracioso y aburrido como cualquiera de nosotros».

Poco después de que se publicase su libro, Everett y yo estuvimos juntos en un congreso sobre la industria de la música en Australia y descubrimos que teníamos mucho más en común en lo que se refiere a nuestros sentimientos sobre Kurt de lo que ninguno de los dos creía. Aún así, sé que varias otras personas compartieron la reacción negativa de Everett hacia mi discurso en el funeral.

Tal como yo lo veo, puede haber distintas perspectivas y que todas contengan su parte de verdad. Había discrepancias en la personalidad de Kurt. Era depresivo, un yonqui y también un genio creativo. Podía ser extremadamente sarcástico o desesperante pero también tenía una faceta profundamente romántica y confianza en la excelencia de su arte. Kurt era un dejado y hacía gala de un sentido del humor bobalicón. Le gustaba la misma comida basura que había comido de niño y llevar pijama de día; esta forma de holgazanería a menudo ocultaba una inteligencia altamente sofisticada.

Mark Kates, uno de los ejecutivos de Geffen Records más cercano a Kurt, hablaba por muchos cuando me dijo con la voz entrecortada por la emoción: «Hay dos aspectos de Kurt que a menudo se olvidan: Primero, que era muy gracioso. Y en segundo lugar, que era increíblemente astuto».

Kurt despreciaba a quienes le faltaban al respeto, y podía ser arisco y desagradable cuando estaba sufriendo, pero la mayor parte del tiempo exudaba una amabilidad poco común entre genios y estrellas. Era, en general (no sé si atreverme a decirlo) un tío legal.

La foto de Kurt y yo que miro una y otra vez se sacó durante el concierto de dos de sus grupos favoritos, Mudhoney y Eugenius, en el Palace de Los Ángeles el 6 de marzo de 1992. El álbum con el que Nirvana se consagró como una banda de éxito global, Nevermind, había salido el septiembre anterior y, en los cinco meses y medio posteriores, la banda había protagonizado una de las explosiones de popularidad más meteóricas de la historia de la música. Habían logrado combinar de modo único la energía y el espíritu antisistema del punk rock de Sex Pistols con melodías pop en el momento en el que eso era precisamente lo que gran parte del público de rock a escala global quería. Kurt tendía a restarse importancia en entrevistas y a menudo comparó el lado pop de sus composiciones con las de The Bay City Rollers, Knack o Cheap Trick, aunque yo creo que siempre emulaba a los Beatles.

En las semanas que habían pasado desde que se estrenó en la radio el primer sencillo del álbum, «Smells Like Teen Spirit», se había producido un cambio surrealista y abrupto en el modus vivendi de la banda. Desde sus orígenes austeros como banda de punk rock que se movía en furgoneta y dormía en sofás de amigos, a viajar en avión y hospedarse en hoteles de lujo. La mayoría de los desconocidos los veían ya, no como vagabundos, sino como estrellas.

Veinte años antes, Bruce Springsteen se había vuelto famoso rápidamente con Born to Run, que le llevó a las portadas de las revistas Time y Newsweek, pero hasta el «Boss» tuvo que esperar varios años más —hasta la aparición de The River— para conseguir un éxito pop y un álbum que alcanzase el número uno. En el caso de Nirvana, el éxito de crítica y público llegó a la vez y el fenómeno fue todavía más llamativo porque surgía del aislado mundo del punk rock, que hasta entonces había provocado indiferencia entre la mayoría de los fans del rock estadounidense.

Los músicos tienen más poder cultural individual que otros artistas. Con la salvedad de unos cuantos auteurs del cine, los actores dependen de guiones escritos por otros. Ni siquiera las estrellas del cine, los novelistas o los pintores más grandes pueden encontrarse cada noche con su público en grupos de miles de fervientes seguidores, ni meterse en las cabezas de sus fans como lo hace una canción de éxito. De ahí el poder de la expresión «estrella del rock». Dado que fue una estrella del rock que representaba algo más que el mero atractivo sexual o el entretenimiento, muchos periodistas y fans miraban a Kurt como un sabio. Era algo estrambótico, pero tenía sus ventajas. Se sentía orgulloso de lo que la banda había conseguido y era un alivio tener, por primera vez en su vida, suficiente dinero como para vivir con comodidad.

En aquella noche en concreto, Kurt disfrutaba sencillamente de ser un fan otra vez. Mudhoney era uno de sus grupos favoritos de Seattle y era amigo de su cantante principal, Mark Arm. Kurt también se había hecho amigo de Eugene Kelly de Eugenius (originalmente se habían llamado Captain America hasta que Marvel Comics les forzó a abandonar ese nombre). Kelly era el autor de «Molly’s Lips», para su anterior grupo, The Vaselines, una canción de la que Nirvana había hecho una versión en un sencillo de los inicios. Un año antes Kurt había sido admirador de Arm and Kelly, pero ahora era como el hermano pequeño más exitoso que los animaba con generosidad.

A pesar del poderoso impacto del canal de televisión musical MTV, que emitía vídeos de Nirvana varias veces al día, nadie del público molestó a Kurt. Tal vez fuera porque midiendo poco más de metro setenta y cinco y algo encorvado por la escoliosis, podía pasar desapercibido, o porque seguía vistiendo igual que cuando no tenía un duro, en vaqueros rotos y zapatillas Converse, o porque no le rodeaba ningún séquito ni tenía seguridad privada. No obstante, sospecho que unos cuantos fans sí le reconocieron aquella noche, pero sabían que Kurt prefería que le dejaran en paz para poder disfrutar de la música junto a ellos.

Hacía poco que Kurt había salido de rehabilitación y estaba limpio, o eso me pareció. Tenía los ojos claros, un contraste abismal con la mirada deprimente y opaca por la heroína que había visto por primera vez unos meses antes, cuando Nirvana tocó en el programa de televisión Saturday Night Live. Tanto Kurt como Courtney habían seguido un tratamiento que parecía haber funcionado. Juro que, al menos en ese instante, estaba feliz.

Durante una pausa del concierto nos encontramos de pie en una esquina vacía del balcón al que podían acceder las personas con pase. Kurt vio a un fotógrafo, pasó su brazo por detrás de mis hombros y con una amplia sonrisa dijo «vamos a sacarnos una foto», como si supiera que se trataba de un momento que yo querría recordar.

Courtney estaba embarazada de varios meses y ella y Kurt acababan de mudarse a un nuevo apartamento en Alta Loma Terrace, en las colinas de Hollywood. Sin previo aviso, Kurt decidió celebrar una fiesta en el nuevo hogar tras el concierto. Estaba jugando con la idea de ser un adulto y, por el momento, disfrutaba de ello. El apartamento era difícil de encontrar. Apenas se veía desde la carretera, y tenía una estructura extraña que requería un tranvía exterior para llegar a la puerta principal. Por aquel entonces casi nadie tenía GPS y Kurt no había ofrecido instrucciones para llegar en coche, por lo que aparecieron muy pocas personas, pero aún así el ambiente fue genial. Fue realmente un alivio ver a Kurt y Courtney tan a gusto consigo mismos, aunque solo fuera por un instante. Este oasis de paz no iba a durar mucho. La semana siguiente Courtney tenía que hacer una serie de entrevistas con Lynn Hirschberg para un reportaje de Vanity Fair que iba a atormentar a la pareja cuando se publicó varios meses después y que continuaría teniendo reverberaciones negativas durante años.

Yo tenía cuarenta años cuando conocí a Kurt Cobain, mientras que él tenía veintitrés. Si él viviera todavía ahora, los dos seríamos tipos de mediana edad, pero en aquel entonces yo era viejo y él joven. Kurt estaba todavía en esa fase de una carrera en el rock durante la cual la mayoría de las canciones son sobre cómo te sentías de adolescente. Yo era ya un veterano cansado, con veinte años en el negocio del rock and roll a mis espaldas. Tenía una hija, una hipoteca y un trabajo en el mundo empresarial. El año anterior había alcanzado uno de los momentos cumbre de mi carrera, cuando Bonnie Raitt me nombró en los agradecimientos al recoger su Grammy tras ser premiada por el mejor álbum del año. El personaje de Kurt se había fraguado en el mundo antisistema del punk rock del noroeste de los Estados Unidos, en un entorno que despreciaba los rituales convencionales del mundo del espectáculo tales como las ceremonias de entrega de premios.

Kurt poseía un sentido sofisticado para sintetizar cada uno de los aspectos del rock and roll. Escribía la músicay las letras de Nirvana. Era la voz principal y la guitarra principal. En la mayoría de las bandas de rock estas responsabilidades se repartían entre dos o más miembros, tal como Robert Plant y Page en Led Zeppelin o Jagger y Richards en The Rolling Stones. Antes de Kurt, el único miembro de un grupo superestrella que había hecho ambas cosas era Jimi Hendrix. Kurt controlaba cada detalle de la producción de las grabaciones de Nirvana. Él diseñaba personalmente las portadas de los discos e incluso muchas de las camisetas; también surgían de él las ideas para los vídeos musicales.

Nevermind ha vendido más de quince millones de copias, pero el mito duradero de Kurt no radica ni en el mero éxito comercial ni en una enumeración de sus atributos musicales. Era un guitarrista excelente, pero no era un Jimi Hendrix. Su voz no estaba corrompida por artificios ni por la inhibición y transmitía tanto vulnerabilidad como poderío, pero el rock ha producido muchos cantantes extraordinarios. Su directo era cautivador, pero otros han sido más teatrales. Era un compositor excepcional capaz de combinar la estructura de la canción pop con el rock duro, pero The Rolling Stones ya habían hecho eso periódicamente durante años. Era mucho mejor letrista de lo que él mismo admitía, pero sin llegar al nivel de Bob Dylan o de Leonard Cohen. Era un moralista, pero no un activista.

La admiración que Kurt sentía por los Beatles se basaba también en la relación holística que la banda, y en especial John Lennon, mantuvo con el público de masas. Desde mi punto de vista, Kurt consideró su vida pública en toda su amplitud como arte, incluyendo cada interpretación en vivo, cada entrevista y cada foto. A pesar de todos sus recelos hacia la fama, la empleó de un modo muy eficiente. Fue uno entre el puñado de artistas de la historia del rock and roll que comunicó simultáneamente a través de múltiples lenguajes culturales, empleando la energía del rock duro, la integridad del punk rock, la familiaridad contagiosa de las canciones de éxito y el atractivo inspirador de la conciencia social. Es más, al comienzo de los noventa, Kurt era el portador de lo que Allen Ginsberg, refiriéndose décadas antes a Bob Dylan, había llamado «la antorcha bohemia de la ilustración y el autoempoderamiento».

Con todo, la mirada triste que veo en los ojos de la gente —la mirada que tenía aquel chico en Occupy Wall Street— se basa en otra cosa, en la empatía única que Kurt sentía por otra gente, en particular por los marginados. Hizo que muchos de sus fans sintieran que había una fuerza en el universo que les aceptaba. Sentía que realmente le conocían y que, de alguna manera, él los conocía a ellos.

Tal como yo lo veo, el antecedente más próximo al grado de conexión de Kurt con la angustia adolescente no se encuentra en el canon del rock and roll, sino en la prosa de J. D. Salinger, concretamente en El guardián entre el centeno. Al igual que esta clásica novela de los años cincuenta, el arte de Kurt daba dignidad a los desamparados y lo hacía de una manera que resolvía el enigma de la cultura de masas, permitiendo que se pudiera compartir entre millones de personas. La época de Reagan que engendró a aquella generación de punk rock es ya historia, fosilizada en ámbar, pero veinticinco años después de su muerte el conocimiento sin censura que tenía Kurt del dolor adolescente sigue haciendo que haya jóvenes que se ponen camisetas de Nirvana y piensan que así están de algún modo haciendo una declaración de principios.

Kurt era mucho más que la suma que sus demonios. Un dibujo en su diario muestra «los muchos estados de ánimo de Kurdt Cobain: bebé, irritado, abusador, insolente» (por aquel entonces seguía ensayando distintas maneras de escribir su nombre). En un reportaje en la revista Spin, en conmemoración del décimo aniversario de su muerte, John Norris se refirió a Kurt como «un punk, héroe estrella del pop, víctima, yonqui, feminista, vengador de los bichos raros, listillo».

Krist Novoselic, viejo amigo y compañero de banda de Kurt, me recordó recientemente que «Kurt podía ser dulce y la persona más bella y tuvo gestos conmovedores y preciosos conmigo, pero también podía ser verdaderamente agresivo y mezquino».

A veces Kurt me parecía un sabio desconcertado llegado del espacio, pero también podía ser un controlador muy centrado, una vulnerable víctima del dolor físico y del rechazo social, un yonqui mentiroso, un padre y marido afectuoso o un amigo cariñoso. Podía estar paranoico y al instante siguiente mostrarse extraordinariamente seguro de sí mismo; también podía ser un marginado sensible, un tipo normal autocrítico, el centro de atención silencioso pero poderoso, un hábil autopromotor o un desesperado hombre-niño para quien la vida a menudo resultaba un sinsentido. Kurt transmitía buena parte de sus sentimientos sin hablar. Tengo recuerdos frescos de algunas de sus expresiones: angustiado, divertido, aburrido, enfadado y cuidadoso. Sus penetrantes ojos azules intensificaban la expresión de todas estas emociones.

A medida que han ido pasando los años, el aspecto de la vida de Kurt del que más me he ocupado es su rol como artista. Cuando era niño su familia dio por hecho que de mayor sería diseñador gráfico; jamás dejó de dibujar ni de esculpir. No obstante, Kurt era profundamente consciente del nivel de su talento visual: «Yo era el mejor artista de Aberdeen, me dijo una vez con una sonrisa triste, pero nunca pensé que hubiera podido destacar como artista en una ciudad grande». En lugar de eso, la música fue el idioma creativo que se convirtió en su principal obsesión. En este ámbito sabía que era excepcional. Para cuando yo conocí a Kurt, él irradiaba una convicción silenciosa sobre la calidad de su trabajo, corroborada por todos los que estaban alrededor, incluyendo otros artistas.

Doy por hecho que la mayoría de los lectores de este libro son fans de Nirvana, pero de vez en cuando me encuentro con gente que no entiende el por qué de tanto revuelo. Esta es la naturaleza de la música. No hay nada que guste a todo el mundo y todos tenemos una predilección especial por lo que nos gustaba en el instituto.

Lo más parecido a una medición cuantitativa del impacto de Kurt que se me ocurre son las estadísticas disponibles en el servicio de reproducción musical digital Spotify, lanzado al mercado en 2008, catorce años después de la muerte de Kurt. Esta es una lista de las reproducciones a escala mundial desde el lanzamiento de Spotify de las canciones más populares de los coetáneos de Kurt, así como de algunos artistas inmediatamente anteriores y posteriores a Nirvana (los datos son de mayo de 2018).

Madonna, «Material Girl»

56 millones

Prince, «Kiss»

80 millones

N.W.A., «Straight Outta Compton»

113 millones

Pearl Jam, «Alive»

116 millones

Bruce Springsteen, «Dancing in the Dark»

126 millones

Soundgarden, «Black Hole Sun»

139 millones

2Pac, «Ambitionz az a Ridah»

144 millones

U2, «With or Without You»

210 millones

Foo Fighters, «Everlong»

210 millones

R.E.M., «Losing My Religion»

229 millones

Radiohead, «Creep»

257 millones

Dr. Dre, «Still D.R.E.»

275 millones

Green Day, «Basket Case»

282 millones

Michael Jackson, «Billie Jean»

353 millones

Guns N’ Roses, «Sweet Child O’ Mine»

358 millones

Nirvana, «Smells Like Teen Spirit»

387 millones

¿Qué más puedo decir?

El título del libro, Serving the Servant, es un homenaje a la canción que escribió Kurt para el álbum In Utero, después del repentino éxito comercial de Nirvana. La canción se recuerda a menudo por su primer verso, «Teenage angst has paid off well» [‘La angustia adolescente ha dado sus frutos’], una reflexión autocrítica sobre el enorme éxito del álbum anterior. Kurt también dejó claro que algunas de sus letras eran un intento de clarificar la relación con su ausente padre Don (a quien conocí por primera y única vez en el funeral de Kurt). Para mí, el título representa la realidad de trabajar con Kurt: él era el siervo de una musa a quien solo él podía ver y escuchar, pero cuya energía era capaz de transformar en un lenguaje con el que millones de personas se identificaban. La labor de los que trabajamos con él era servirle y facilitar ese trabajo en la medida de lo posible.

UNO

GOLD MOUNTAIN ENTERTAINMENT

Mi primer encuentro con Kurt fue en noviembre de 1990, en Los Ángeles. Él y los otros dos integrantes de Nirvana, Krist Novoselic y Dave Grohl, se reunieron con mi joven socio John Silva y conmigo en la sede de Gold Mountain Entertainment, nuestra compañía de representación de artistas musicales, en el sector occidental de Cahuenga Boulevard, cerca de Universal City.

La primera frase que Kurt me dirigió fue la enfática expresión de «por supuesto que no» cuando les pregunté si deseaban seguir con Sub Pop, la humilde discográfica independiente de Seattle, de buena reputación, que había lanzado sus primeras grabaciones, incluido su álbum debut Bleach, que les había propiciado suficiente éxito en la subcultura punk como para que las grandes compañías de discos estuviesen tratando de atraerlos.

Durante los primeros quince minutos de la reunión Kurt había permanecido en silencio y fue Krist quien llevó la mayor parte de la conversación. La firme respuesta de Kurt en relación con Sub Pop fue la primera indicación que tuve de la dinámica interna de la banda. Dave era un batería virtuoso que iba a llevar al grupo a un nivel musical muy superior al de sus predecesores. Krist había formado el grupo con Kurt algunos años antes y compartía sus ideas políticas y culturales. Los tres integrantes tocaban estupendamente juntos y tenían una visión colectiva de cómo encajaba la banda tanto en el mundo del punk como en el del rock. La palabra final, no obstante, la tenía Kurt.

Durante los primeros años del rock and roll, el papel del mánager se asociaba a menudo con la deshonestidad y la incompetencia. El mánager de Elvis Presley, el «Coronel» Tom Parker, se ganó la reputación de manipulador que se había aprovechado de su famoso cliente, al que trató como un niño mientras él se enriquecía extraordinariamente por encima de su propio valor. El primer mánager de The Beatles, Brian Epstein, era apreciado por la banda y fue la primera persona de negocios en reconocer lo especiales que eran, pero mirando atrás fue poco refinado a la hora de maximizar sus ingresos y poder.

En los años siguientes la palabra «mánager» vino a significar cosas diferentes en la industria de la música, dependiendo de quién la empleara y del artista en cuestión. En el caso de los actores, los agentes frecuentemente ofrecen una clase de orientación en su carrera similar a la que dan los mánagers a músicos y cantantes. En la industria de la música, sin embargo, los «promotores» solamente se encargan de la importante, si bien limitada, labor de organizar las apariciones en vivo y (normalmente) no se ocupan de las compañías de discos, las editoriales musicales (que son las entidades que poseen o administran los derechos de composición de las canciones) ni de la estrategia de comunicación, aspectos todos ellos supervisados por los mánagers. Los mánagers musicales operan también como vínculo entre el artista y sus abogados, contables y representantes, sobre todo a la hora de repartir las opciones de gira entre distintas partes del mundo. Mark Spector, mánager de Joan Baez desde hace varias décadas, ha descrito el trabajo del mánager como el de la persona «que no puede pasarle la pelota a nadie».

En algunos casos, los mánagers también asumen los roles de asesor y consejero personal. La primera vez que supe del oficio fue viendo el documental sobre Bob Dylan Dont Look Back, en el que aparece Albert Grossman, el mánager de Dylan, negociando alegremente un incremento en las tarifas de los conciertos. Y lo que era más importante para un espectador adolescente, se veía que Grossman también estaba al corriente de las bromas que Dylan les hacía a personas que no estaban en la onda. Dont Look Back, por cierto, también era una de las películas favoritas de Kurt.

Acabé trabajando para Grossman durante un breve periodo en los años setenta y, más adelante en la misma década, hice publicidad para su sello Bearsville. Grossman daba la apariencia de ser alguien a quien se le confían muchos de los secretos del mundillo. Se cree que la canción de Dylan «Dear Landlord» es sobre Grossman, particularmente el verso «If you don’t underestimate me, I won’t underestimate you» [‘Si tú no me subestimas a mí, yo no te subestimaré a ti’]. Grossman alteró en favor de sus clientes (que incluían a The Band y Janis Joplin) las dinámicas de poder que existían entre ellos y los sellos discográficos, las agencias de talentos, los promotores de conciertos y los medios. Fue Grossman, por ejemplo, quien dijo a Columbia Records que no podían acortar los seis minutos del tema de Dylan «Like a Rolling Stone» para adaptarlo a la duración más adecuada para la radio en la que comúnmente insistían las emisoras del «Top 40»; a pesar de ello, el sencillo se convirtió en un éxito.

Otro de los primeros ejemplos que me inspiraron fue Andrew Loog Oldham, con cuyo nombre me topé leyendo los cuadernillos de los primeros álbumes de The Rolling Stones como December’s Children (And Everybody’s). Por aquel entonces Oldham no solo era el mánager de The Rolling Stones, sino que también producía sus discos. Mi mentor en la industria musical fue Peter Grant, el mánager de Led Zeppelin, para quien trabajé cuando tenía veintipocos años. Grant llevó la actitud de Grossman en favor del artista todavía más allá. El intimidatorio Grant —un antiguo luchador de más de 130 kilos y acento «cockney» del este de Londres— insistió con éxito para que Led Zeppelin recibiera una ración del pastel en términos económicos mucho mayor que cualquier artista musical anterior. Hasta entonces, la mayoría de los promotores de conciertos pagaban a los artistas un cincuenta por ciento de los beneficios netos de sus conciertos. Grant insistió en que la cifra debía ser el noventa por ciento y así la industria cambió para siempre. Rápidamente asimilé la filosofía de Grant, que era: Que les den a todos los demás. Lo único que importa es lo que quiere la banda.

El término «mánager» es un tanto ambiguo. Puede sonar a que de algún modo estamos a cargo de nuestros clientes, cuando en realidad es al revés. Es una profesión de servicio y quien manda es el artista. Años después de la muerte de Kurt me hice amigo de Oldham (para quien, según dice, Grossman también fue uno de sus modelos) e intercambiamos pareceres sobre las similitudes y diferencias entre ser el mánager de The Rolling Stones a mediados de los sesenta y de Nirvana en los noventa. La visión mística de Oldham con respecto al trabajo es que «un mánager solamente se puede considerar consumado cuando tiene un cliente que le empuja a él tanto como él empuja al cliente».

Uno de los mánagers que más admiro es Kenny Laguna, quien ha guiado magníficamente la carrera de Joan Jett durante más de un cuarto de siglo. En una ocasión Kenny me habló de los altibajos de ser mánager: «Es una profesión extraña. Un día te encuentras conversando con el senador Schumer sobre la posibilidad de que Joan haga algo para el Departamento de Estado y al día siguiente estás tratando de encontrar la manera de quitar una mancha de pis de gato de su alfombra persa».

Dado que hasta los mejores artistas tienden a ser inseguros, los mánagers tienen predisposición a presentarles todo de la manera más positiva posible. A veces, esto conduce a dulcificaciones contraproducentes. En el documental de las Dixie Chicks Shut Up & Sing hay una escena en la que las integrantes de la banda preguntan a su mánager Simon Renshaw si la controversia que habían suscitado las críticas de Natalie Maines al presidente George W. Bush al comienzo de la guerra de Irak en 2003 podría dañar su carrera. Él les asegura con calma que la crisis pasaría pronto. No fue así: el ruido que creó la derecha les atormentó durante todo el año siguiente. Yo les habría dicho exactamente lo mismo en esa situación. Al fin y al cabo, estaban a punto de salir al escenario.

Evidentemente, hay excepciones. Si el cliente está haciendo algo inmoral o autodestructivo, prima la obligación de tratar de disuadirle, pero la posición por defecto es la de propulsor. Los mánagers a los que yo pretendía emular tenían en la cabeza una visión idealizada de sus clientes que proyectaban tanto al artista como al resto del mundo. Tras asistir al concierto de uno de sus clientes, un amigo una vez me dijo, «supongo que tú no le dirías que el espectáculo es demasiado largo», a lo cual le repliqué, «yo no me diría eso ni a mí mismo».

Fundé mi compañía de representación Gold Mountain (una versión inglesa de «Goldberg») a mediados de los años ochenta, a la edad de treinta y tantos años. Nuestros primeros clientes fueron Belinda Carlisle y Bonnie Raitt. Hacia 1990 nos iba bastante bien; lo suficiente para que yo quisiera ampliar la nómina e incluir a artistas que atrajesen a un público más joven. Era consciente de que la cultura punk estaba aumentando en popularidad y traspasando la frontera de los críticos de rock y las emisoras de radio universitarias. Como desde los setenta yo había prestado poca atención al punk, contraté a John Silva, que por aquel entonces estaba en la veintena y ya era el mánager de grupos consagrados como House of Freaks y Redd Kross. Silva tenía la obsesión de un friki con los fanzines y los vinilos de siete pulgadas. Conocía a muchas de las personas que habían marcado tendencia en la subcultura del punk y que habían evolucionado en la década precedente y, durante un breve tiempo en su vida anterior, había sido compañero de apartamento del legendario cantante de punk Jello Biafra. Silva tenía además una extraordinaria ética de trabajo y una ambición que encajaba a la perfección con la mía.

A los pocos meses de comenzar nuestra colaboración empezamos a ser los mánagers de Sonic Youth, que recientemente había firmado por DGC Records, el nuevo sello de Geffen Records. El grupo solamente había trabajado con sellos independientes hasta entonces y nos eligió a nosotros para ser el equipo que les ayudase a moverse por el negocio de la música comercial mientras se preparaban para el lanzamiento de Goo, su primer álbum con un sello principal.

Sonic Youth llevaba ocho años lanzando EPs y álbumes, tiempo durante el cual se había convertido en unos de los grupos más respetados e influyentes del mundo de la música indie. El guitarrista principal Thurston Moore, con su aspecto aniñado, su complexión desgarbada, sus casi dos metros de altura y una inteligencia perspicaz, había recibido la influencia a partes iguales de las especiales afinaciones de guitarra del compositor vanguardista Glenn Branca y del punk rock. En 1981 Moore se había casado con la bajista y cantante Kim Gordon, quien previamente había sido estudiante de arte y que observaba el mundo del punk a través de un prisma intelectual similar. El guitarrista y voz Lee Ranaldo y el batería Steve Shelley compartían con sus compañeros de banda el amor por múltiples géneros musicales. Juntos combinaban el compromiso subversivo con una rebelión del punk y una elegancia e inteligencia que hacían que fueran queridos en prácticamente todos los rincones del caótico mundo indie.

No tardé en darme cuenta de que Kim y Thurston tenían acceso a determinadas esferas musicales que a mí me resultaban inaccesibles, así que me unía a ellos siempre que podía. Consideraban que su papel en la comunidad era la de ser no solo artistas sino también comisarios. Nirvana era la última incorporación a una larga lista de grupos que habían aumentado su público a raíz de que Sonic Youth los incorporase a su gira. Kurt veía al guitarrista de Sonic Youth como uno de sus mentores. En sus diarios hay varias entradas en las que garabateó un recordatorio para sí mismo de «llamar a Thurston». Cuando Silva me habló de Nirvana por primera vez, yo era reacio a hacerme cargo de ellos porque siempre me preocupaba la inversión de tiempo que normalmente requería desarrollar a nuevos artistas antes de que ellos pudieran empezar a pagarnos. A petición de Silva, Thurston me llamó para sugerir que hiciese una excepción a la regla y gracias a Dios le escuché.

No vi tocar a Nirvana hasta junio de 1991, solo tres meses antes del lanzamiento de Nevermind, cuando hicieron de teloneros de Dinosaur Jr. en el Hollywood Palladium. Yo había estado en cientos de conciertos con el paso de los años y en general me solía quedar indiferente, pero en esta ocasión me quedé cautivado. Aunque la mayor parte de la gente había ido a ver al grupo cabeza de cartel, Kurt conectó muy profundamente con el público. No recurrió a la teatralidad convencional, pero me pareció que era capaz de transmitir su espíritu interno de una manera que creaba una intimidad instantánea. Todavía hoy soy incapaz de describir exactamente qué es lo que hizo, solo puedo expresar cómo lo sentí. Era una forma particular de magia «rock and roll» de la que hasta entonces no había sido testigo. Aunque no tenía ni idea de la dimensión del tsunami comercial que se aproximaba, supe que tenía mucha, mucha suerte de estar trabajando con Nirvana.

En aquel momento Gold Mountain era una agencia de representación de tamaño medio, con una plantilla de unas veinticinco personas y varias docenas de clientes. Para muchos de ellos yo ejercía un papel primordialmente administrativo, pero con algunos desarrollé un vínculo personal. Fue entonces cuando me di cuenta de que Kurt iba a ser mucho más importante para mí de lo que había previsto al principio. Mientras conducía de vuelta a casa tras el concierto, comparé mi naciente admiración por Kurt con el decidido compromiso de Peter Grant con Jimmy Page. Estaba muy ilusionado.

Desde que murió Kurt, a menudo se me plantean variantes de la pregunta «¿cómo era Kurt realmente?». En ocasiones lo máximo que podía hacer era verle a través de un cristal oscuro, conectando con algunas de sus facetas y separado del resto. Hubo momentos en los que podía acceder a él con notable facilidad y otros en los que me sentía obligado a pasar de puntillas por sus emociones. Además de las cualidades caleidoscópicas mencionadas más arriba, hubo siempre un lado de Kurt que permanecía oculto, formado en parte por el genio artístico que literalmente no podía explicar y en parte por una desesperación enraizada en un dolor cuya exposición hubiera sido insoportable.

En cualquier caso, la mayoría de los asuntos de trabajo cotidianos se vieron influidos por el hecho de que, desde que empezamos a trabajar con Nirvana, Silva, el grupo y yo nos entendimos perfectamente sobre el equilibrio que querían mantener entre afianzar a los fans antiguos y buscar nuevos públicos. No podíamos imaginar que esta segunda categoría iba a incluir a millones de personas, pero los éxitos recientes de Jane’s Addiction y Faith No More demostraban que había al menos cientos de miles de fans del rock que, a pesar de ser ajenos al punk rock, deseaban algo musical y culturalmente distinto a los grupos de hair metal (o glam metal) y los artistas de heavy metal populares por entonces. Era un público nuevo y joven atraído tanto por la música emocionalmente accesible como por los valores contraculturales. Para lograr este equilibrio tuvimos que tomar decenas de pequeñas decisiones a lo largo del año siguiente, pero Kurt y yo raramente sentimos la necesidad de mantener largas conversaciones sobre la cuestión. Casi de inmediato coincidimos en la misma actitud y, pese a que más tarde Kurt hablara elocuentemente sobre buena parte de su pensamiento en entrevistas, en privado me transmitió gran parte de este pensamiento a través de frases inacabadas, expresivas miradas, muecas y sonrisas.

En sus diarios, Kurt escribió: «El punk rock dice que nada es sagrado. Yo digo que el arte es sagrado». Aún así, me dejó claro que todavía sentía una profunda conexión emocional con muchos aspectos del punk y que sí le importaba lo que la gente de esta subcultura pensase sobre él.

Yo estaba en el negocio de la música en Nueva York en los años setenta cuando Ramones y otros artistas crearon la primera ola del punk rock. Había empezado como crítico musical, pero pronto descubrí que tenía más talento para las relaciones públicas. Mis amigos periodistas estaban obsesionados con la escena del punk del CBGB1 y a mí me gustaba su energía y parte de la música, pero mi intención era hacerme un sitio en el negocio de la música generalista y, una vez que conseguí un trabajo con el sello Swan Song de Led Zeppelin, presté poca atención al punk.

Ahora me tocaba esforzarme para ponerme al día. Sabía que cualquier interpretación del arte de Kurt estaría incompleta sin el contexto de la cultura que le inspiró como adolescente, le acogió cuando tenía veintipocos y de la que asimiló una serie de valores a los que se referiría como «Introducción al punk rock2» en su nota de suicidio.

1 CBGB’s OMFUG fue un club emblemático del punk rock y la new wave, ubicado en Nueva York. [N. del Ed.]

2 En la nota de suicidio que escribió Kurt Cobain se leía: «All the warnings from the punk rock 101 courses over the years…» [‘Todas las advertencias recibidas en los cursos elementales de punk rock…’]. Sin duda Kurt añadió algo de ironía en esta expresión. En EE.UU. es habitual que la asignatura de introducción a una materia de primer curso lleve el código «101». La expresión ha pasado al lenguaje popular donde a veces se emplea con el valor de «básico» o «elemental». [N. del Ed.]

DOS

INTRODUCCIÓN AL PUNK ROCK

En 1993, Kurt le contó lo siguiente al periodista Robert Hilburn: «Fui un niño profundamente deprimido. Hubo un periodo en concreto en el que me acostaba todas las noches llorando a gritos. Solía tratar de hacer que me explotara la cabeza aguantándome la respiración, ya que pensaba que, si me explotaba la cabeza, alguien lo lamentaría. Hubo una época en la que pensé que no llegaría a los veintiuno». Michael Azerrad, en su libro Come as You Are: The Story of Nirvana, cita otra reflexión de Kurt sobre su infancia: «Solía creer que era un niño adoptado, que me habían encontrado en una nave espacial. Sabía que había miles de bebés alienígenas repartidos por ahí y he conocido a unos cuantos. Algún día descubriremos a qué se supone que hemos venido».

El hecho de vivir en la conservadora ciudad maderera de Aberdeen, en el estado de Washington, donde su sensibilidad artística le convirtió en un marginado, incrementó la sensación de alienación de Kurt durante la adolescencia. La única banda de Aberdeen que tenía seguidores en el panteón nacional del punk era Melvins, que influyó de modo destacable en los primeros pasos de la carrera de Nirvana, tanto a nivel personal como musical. Por aquella época las bandas de punk raramente atraían a más de cien espectadores y para los fans era fácil pasar un rato con los miembros del grupo una vez finalizado el concierto. La voz principal de Melvins, Buzz Osborne (también conocido como «King Buzzo»), hizo que Krist Novoselic se interesara por la banda indie Flipper y, cuando hablé con Krist en 2018, aún se le iluminaba la cara al recordar la epifanía de escuchar su álbum Generic cuando era adolescente.

Kurt vio tocar a Melvins por primera vez en 1984, cuando tenía dieciséis años. Poco después Buzz Osborne grabó para Kurt una cinta casera que incluía temas de Black Flag y Flipper. Kurt quedó fascinado y se pasó meses cantando las canciones por encima de la cinta todos los días. Al escritor británico Jon Savage le dijo que, aunque había disfrutado con algunas de las melodías de bandas de rock generalistas como Led Zeppelin y Aerosmith, la mayoría de las letras le resultaban unidimensionales: «Mucho de ello era machismo, sólo hablaban de sus pollas y de practicar sexo. Eso me aburría». Kurt encontró su vocación escuchando punk rock. Esas canciones expresaban cómo se sentía él social y políticamente. Fue un enorme alivio saber que, al menos en algunos sentidos, no estaba solo. Había otro mundo en este planeta y tenía la firme intención de formar parte de él. Poco después, Buzz le presentó a Krist. Al año siguiente el batería de Melvins, Dale Crover, tocó con Nirvana en una de sus primeras maquetas (unos pocos años después de esto, Buzz presentó a Dave Grohl al resto de Nirvana).

Los fans del punk son unos apasionados de la música que aman y los aficionados se enzarzan en discusiones talmúdicas sobre los méritos de determinados artistas y lo que es (o deja de ser) el punk; debates que sigo sin estar capacitado para valorar. Lo que sigue es la manera simplificada en la que yo, como intruso de una generación distinta, fui capaz de entender una parte de lo que había inspirado a Kurt durante sus años formativos.

La cultura punk rock de los años setenta en Nueva York y la que giraba en torno a Sex Pistols en Londres solamente eran de interés tangencial para Kurt. Tanto a él como a Krist les había motivado en el instituto una generación posterior de punk y otras formas de indie rock florecida en los Estados Unidos durante los años ochenta. Aunque se trataba de un movimiento limitado en el plano comercial, desempeñó el papel de una religión secular para sus fans, en cuyo centro se situaban un grupo de artistas generalmente ignorados por el negocio de la música generalista.

Entre 1980 y 1981 —unos pocos años antes de que Buzz grabara esa cinta casera para Kurt— Flipper y Hüsker Dü lanzaron sus primeros sencillos; Mission of Burma y Minor Threat sacaron sus primeros EPs, Minutemen, Dead Kennedys y The Replacements lanzaron sus primeros álbumes; Henry Rollins se unió a Black Flag y nacieron Sonic Youth y los Butthole Surfers. En las listas de álbumes «Top 50» que repetidamente realizaba Kurt en sus diarios con el objetivo de perfilar las inspiraciones de Nirvana figuran álbumes de todas estas bandas. Hubo muchas veces en las que le escuché nombrar a estos artistas con tal tono de admiración que sonaba como un catecismo. A diferencia de los grupos de rock de la vieja escuela formados en los sesenta o setenta, estas bandas de punk no consideraban que el éxito comercial fuese necesario para validar su trabajo y veían la música popular con prejuicios.

Black Flag fue una de las primeras bandas de este grupo a las que Kurt vio en persona y, al igual que la mayoría de sus coetáneos, tocaban rápido y alto. Greg Ginn de Black Flag creó el sello discográfico SST Records para lanzar la música de la banda, pero a lo largo de los ochenta SST se convirtió en el hogar de decenas de otros artistas que le gustaban a Kurt. Ray Farrell trabajó en SST durante años y Geffen Records le contrató un año antes de que Nirvana se sumase a ellos. Cuando Kurt y Farrell se conocieron, Kurt le dijo melancólicamente a Farrell «hubiese matado por estar con SST».

Las bandas de SST no conseguían que las contratasen en las salas que dependían del público del rock and roll generalista porque no eran visibles en los medios convencionales de rock que influían a los agentes de reservas. Debido a ello, SST y otros sellos indie como Alternative Tentacles (la compañía empleada por Dead Kennedys) tuvieron que encontrar otros locales, como por ejemplo las sedes de la asociación «Veterans of Foreign Wars» (VFW), donde hasta entonces no se había acogido música en vivo. Surgieron así promotores jóvenes y se generó un circuito alternativo de giras que cultivaba la subcultura en la que más adelante se insertaría Nirvana.

Krist recuerda las primeras giras de Nirvana por este circuito con gran afecto. «Eso era todo. Teníamos una furgoneta y simplemente conducíamos por la autopista, fuimos a Florida y fuimos a Canadá. Éramos felices como perdices. Nos pagaban unos pocos cientos de dólares cada noche y con eso nos bastaba».

La cultura punk fue fuente de inspiración para Kurt más allá de la música. Como la mayor parte de los artistas que le gustaban no habían tenido apenas divulgación en las emisoras de radio comerciales, sus discos no estaban a la venta en las grandes cadenas de tiendas de discos, por lo que generalmente había que encontrarlos en pequeñas tiendas independientes que se convirtieron en un segundo hogar para buena parte de los fans del punk. Estas tiendas vendían también fanzines punk de producción barata, que tenían una estética particular y defendían valores antiestablishment. Entre las más influyentes estaban Flipside, que se empezó a publicar en 1977, y Maximun Rocknroll, iniciado en 1982. Hay que recordar que por aquel entonces las publicaciones de masas como Rolling Stone ignoraban o marginaban el punk de los ochenta. Esto creó un vacío ocupado inicialmente por Creem, a la que Kurt se suscribió de adolescente, y más tarde por Spin, lanzada en 1985.

Aparte de los fanzines, el principal tipo de medio que conectaba la música punk con su pequeña pero apasionada base de fans eran las emisoras de radio universitarias. Las retransmisiones de radio universitarias se recopilaban en una hoja de recomendaciones llamada CMJ (College Media Journal). En 1982 CMJ creó el New Music Report, que se convirtió en un importante comisario para artistas emergentes del underground indie y punk.

Esta escena musical se diversificó a lo largo de los ochenta. «Era punk si lo hacías a tu propia manera», dice Ray Farrell. Algunos evocaban el minimalismo lírico de Ramones, pero a medida que avanzaban los ochenta, un grupo cada vez mayor de roqueros del punk incluyeron una mayor variedad de influencia musicales en sus letras, así como una mayor conciencia política y social. Entre estos se encontraban Ian MacKaye de Fugazi y Jello Biafra de Dead Kennedys, que se convirtieron en importantes modelos para el desarrollo de la faceta política de la figura pública de Kurt.

A medida que transcurrían los ochenta, la solidaridad mutua que sentían los artistas indie por su condición de marginales reemplazó al estilo musical como fuerza principal de unión en la comunidad. Fue ese el contexto que posibilitó que los miembros de Sonic Youth, un grupo cuya estética debía más a la escena artística de Nueva York que a la de Sex Pistols, emergieran como mentores en dicho ambiente. Lo que tenían en común este variado grupo de roqueros del punk eran los valores que más adelante Kurt insuflaría en su rincón de la cultura del rock mainstream: crear una música personal, apoyar a otros artistas del entorno y mantener una relación de igual a igual con el público. Una de las paradojas de mi relación con Kurt era que yo estaba vinculado a dos de las fuerzas culturales que muchos punks demonizaban: los hippies y las grandes discográficas.

La palabra «hippie» significó cosas distintas para personas distintas en momentos distintos. Hacia los ochenta, el pelo largo en hombres, que había sido un gesto rebelde durante los sesenta, se había convertido en parte del uniforme convencional «macho» de la cultura del rock. De ahí el término peyorativo de «hair band». Incluso hubo algún concierto punk en el que algunos fans borrachos que empleaban la palabra hippie como epíteto atacaron a tipos con el pelo largo.

Algunos de los héroes de Kurt eran más abiertos de miras. Se dieron cuenta de que, si bien los símbolos externos pueden pasar rápidamente de moda o resucitarse, existía un hilo conductor de verdadero idealismo bohemio en el arte trascendente de todas las generaciones, incluida la temprana cultura hippie. Greg Ginn, de Black Flag, asistió a más de 75 conciertos de Grateful Dead. Ian MacKaye, de Fugazi, vio la película Woodstock dieciséis veces. Mark Arm grabó el tema «Masters of War», de Bob Dylan, como sencillo para protestar contra la Primera Guerra del Golfo. Mike Watt, de Minutemen, se refirió a Creedence Clearwater Revival como una banda política (en parte por su canción antiguerra «Fortunate Son») y afirmaron que las camisas que vestían los miembros de Creedence habían prefigurado el éxito de las camisas de franela como el uniforme de «tipo normal» que se convirtió para los punks en los ochenta. Antes de formar Nirvana, Kurt y Krist tuvieron un grupo de versiones de Creedence. Sin embargo, a pesar de que inicialmente di por hecho que Green River, la banda de Mark Arm antes de Mudhoney, había sido un homenaje al álbum homónimo de Creedence, en realidad se trataba de una referencia a un asesino en serie activo en Seattle por esos tiempos.

Kurt se identificó en diversos momentos tanto con los hippies como con quienes les odiaban. Poco antes del lanzamiento de Nevermind, un joven promotor al que todos llamábamos Rosie le dijo a Kurt con toda seriedad que algunos de los porreros de las radios universitarias impregnadas de psicodelia estaban entusiasmados con «Smells Like Teen Spirit». Kurt respondió con guasa: «Quiero una camiseta tie-dye hecha con la sangre de Jerry Garcia». En otras ocasiones, sin embargo, Kurt recordaba con nostalgia haber bebido cerveza delante de la tumba de Jimi Hendrix en Seattle.

La canción «Territorial Pissings» de Nevermind empieza con una frase prestada de la canción de los sesenta «Get Together», cuya versión más exitosa es la de The Youngbloods. Con una voz fiera y embrollada que parece mofarse de este himno hippie, Krist canta «Come on people now / smile on your brother / everybody get together / try to love one another right now» [«Venga, gente / sonreíd a vuestro hermano / juntaos todos / intentad amaos los unos a los otros ya»]. Numerosos críticos de rock interpretaron esta intro como una burla de Nirvana hacia la época de la paz y el amor. Sin embargo, Krist me contó que no habían pretendido impugnar los ideales de la canción, sino que se habían referido con acidez al abandono de dichos ideales por la mayoría de los «baby boomers»