Reglas - Lorraine Daston - E-Book

Reglas E-Book

Lorraine Daston

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Desde hace miles de años, las reglas ordenan casi todos los aspectos de nuestras vidas y las de nuestros antepasados. Desde siempre han pautado las horas de trabajo, la manera como nos desplazamos y ponemos la mesa, dictaminaban cómo podían vestirse los distintos estamentos sociales y cómo castigar a quienes infringían las leyes del decoro, también establecen pautas para jugar y para medir todo lo que nos rodea, y nos ayudan a comportarnos de manera adecuada en una boda y en un entierro. Lorraine Daston, directora emérita del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, rastrea en "Reglas" cómo han nacido y han evolucionado las reglas desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos. Basándose en una rica colección de ejemplos, que incluyen tratados jurídicos, libros de cocina, manuales militares, normas de tráfico e instrucciones de juegos, Daston demuestra que, si bien el contenido de las reglas es sorprendentemente diverso y curioso, las formas que adoptan son sorprendentemente pocas y duraderas. Con ejemplos ricamente detallados extraídos de un amplio elenco de culturas y tradiciones, y que cubren siglos de vivencias humanas, Lorraine Daston conecta magistralmente ideas dispares sobre las reglas, las leyes y las normas, revelando un orden coherente y dando sentido a las razones de su existencia. Maravilloso y tremendamente ambicioso, fascinante y muy fácil de leer, "Reglas: una breve historia de lo que gobierna nuestras vidas" es, en definitiva, uno de los ensayos de historia de las ideas mejor escritos, más profundos y de mayor alcance escritos en las últimas décadas.

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Seitenzahl: 620

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Lorraine Daston

REGLAS

UNA BREVE HISTORIA DE LO QUE GOBIERNA NUESTRAS VIDAS

Traducción del inglés por Cristina Macía Orio

Alianza Editorial

A Wendy Doniger, que cumplió todas las infracciones

ÍNDICE

ILUSTRACIONES

1.INTRODUCCIÓN

Pistas de una historia secreta

Las reglas como paradigmas y algoritmos a la vez

Universales y particulares

Historia de lo obvio

2.REGLAS ANTIGUAS

Tres grupos semánticos

La regla es el abad

Imitación de modelos

Conclusión: las reglas, entre la ciencia y las artes

3.LAS REGLAS DEL ARTE

La mano que comprende

Reglas gruesas

Las reglas de la guerra

Sabiduría del libro de cocina

Conclusión: adelante y atrás, entre una cosa y otra

4.LOS ALGORITMOS ANTES DEL CÁLCULO MECÁNICO

El aula

¿Qué era un algoritmo?

Generalidad sin álgebra

La computación antes de las computadoras

Conclusión: reglas finas

5.LA INTELIGENCIA ALGORÍTMICA EN LA ERA DE LAS MÁQUINAS CALCULADORAS

Seguimiento mecánico de las reglas: Babbage versus Wittgenstein

«Organiza primero, mecaniza después»: el proceso de trabajo humanos-máquinas

Conciencia mecánica

Algoritmos e inteligencia

Conclusión: de la inteligencia mecánica a la artificial

6.REGLAS Y REGULACIONES

Leyes, reglas y regulaciones

Quinientos años de fracaso de las reglas: la guerra contra la moda

Reglas para una ciudad sin reglas: el control de las calles del París de la Ilustración

Reglas que tuvieron demasiado éxito: la ortografía

Conclusión: de las reglas a las normas

7.LEYES NATURALES Y LEYES DE LA NATURALEZA

Las más grandiosas de todas reglas

Ley natural

Leyes de la naturaleza

Conclusión: legalidad universal

8.FORZAR Y ROMPER LAS REGLAS

En el límite

Casuística: casos difíciles y conciencias delicadas

Equidad: cuando la ley comete injusticias

Prerrogativa y estados de excepción: los gobernantes y el imperio de la ley

Conclusión: ¿qué fue primero, la regla o la excepción?

EPÍLOGO. MAYOR HONOR ES ROMPERLAS

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

CRÉDITOS

Ilustraciones

1.1. J. C. Duffy, «Lo siento, ha tenido un cambio de paradigma» (2001)

1.2. Copia romana del Doríforo («El portador de la lanza», siglo I a.C.) de Policleto

1.3. Proporciones medidas de la estatua clásica (1763)

1.4. Andrés Vesalio, cuerpos canónicos, masculino y femenino (1543)

2.1. Planta de caña gigante (Arundo donax) (1885)

2.2. Johann Sadeler, Geometria (finales del siglo XVI)

2.3. Modelo arquitectónico etrusco del templo de Vulci (c. 300 a.C.)

2.4. Giovanni Antonio Bazzi «Il Sodoma», San Benito comiendo con los monjes (1505)

3.1. Alberto Durero, construcción de un polígono (1525)

3.2. Hendrik Goltzius, Ars et Usus (1583)

3.3. Elway Bevin, partitura de canon (1631)

3.4. Hans Sebald Beham, Fortuna (1541)

3.5. Peter Isselburg, fortificaciones de la ciudad de Mannheim (1623)

3.6. Tommaso Garzoni, frontispicio (1619)

3.7. Mary Kettilby, frontispicio (1747)

4.1. Varillas chinas de numeración (202 a.C.-220 d.C.)

4.2. Antigua tableta matemática babilónica (1650-1000 a.C.)

4.3. Fabricación de alfileres (1765)

4.4. División del trabajo en el taller de logaritmos de Gaspard de Prony

4.5. Diseño textil traducido en tarjetas de Jacquard (1878)

4.6. Joseph Clement, «Planos para la gran máquina de cálculo del Sr. Babbage» (1840)

5.1. Máquina diferencial N.º 1 (1824-1832) de Charles Babbage

5.2. Aritmómetro de Thomas (c. 1905)

5.3. Operadora de tarjetas perforadas de Hollerith (c. 1925)

5.4. Operadora con una máquina de Whal (1933)

5.5. Cartel anunciador en el que aparece Jacques Inaudi (c. 1890)

5.6. Resultados de las pruebas a operadoras de la máquina Elliot-Fischer (1931)

5.7. Mujeres computadoras en el Jet Propulsion Laboratory (c. 1955)

6.1. Matthäus Schwarz, contable de la familia de banqueros Fugger (c. 1513)

6.2. Zapatos de punta (c. 1470)

6.3. Étienne Jeaurat, Le Carnaval des rues de Paris (1757)

6.4. François-Jacques Guillote, Carros y caballos numerados (1749)

6.5. François-Jacques Guillote, Máquina para la localización de archivos (1749)

6.6. Nicolas Guérard, L’Embarras de Paris (c. 1715)

6.7. Daniel Stalpaert, mapa de Ámsterdam (1657)

6.8. Jean-Baptiste Lallemand, Boulevard Basse-du-Rempart (c. mediados del siglo XVIII)

6.9. John Hart, Orthographie (1569)

7.1. La Dama Naturaleza y Dios, Roman de la rose (c. 1408)

7.2. Distribución de las especies de plantas en el mundo según Alexander von Humboldt (1851)

8.1. El padre en el círculo de la familia, representado en posesión del poder patriarcal (c. 1599)

8.2. Samuel de Rameru, Justitia (1652)

1

Introducción

La historia secreta de las reglas

Pistas de una historia secreta

Este es un libro breve sobre un tema muy amplio. Todos, del primero al último, estamos inmersos en un entramado de reglas que nos refuerzan y nos limitan a la vez. Hay reglas que marcan el comienzo y el final de la jornada laboral y del año escolar, dirigen el flujo del tráfico en las carreteras, dictan quién puede casarse con quién y cómo, colocan el tenedor a la derecha o a la izquierda del plato, anotan el valor de cada jugada en los deportes, modulan el debate en las reuniones y en los parlamentos, establecen qué puede llevarse en un avión y qué no en el equipaje de mano, especifican quién puede votar y cuándo, analizan la gramática de las frases, dirigen a los clientes hacia las colas correspondientes en las tiendas, dicen a los propietarios de mascotas si pueden acceder con animales o no, marcan la métrica y la rima de un soneto al estilo de Petrarca y ponen orden en los ritos del nacimiento y la muerte. Y estos son solo unos pocos ejemplos de reglas explícitas, de las que encontramos en carteles y en manuales, en libros de instrucciones, en textos sagrados y en preceptos legales. Si añadimos las reglas implícitas, el entramado se vuelve tan denso que no hay actividad humana que escape a ellas: están las reglas no escritas sobre si saludar dando la mano o dos besos en la mejilla à la française (o uno, à la belge), cuántos kilómetros por hora podemos superar el límite de velocidad indicado sin que nos pongan una multa de tráfico, qué propina dejar según el restaurante, cuándo subir (y bajar) la voz al hablar, quién debe abrirle la puerta a quién, cuándo y cómo se debe interrumpir una ópera con aplausos y abucheos, cuándo llegar y cuándo marcharse de una fiesta y cuánto debe durar una epopeya. Las reglas varían según las culturas, pero no hay cultura sin reglas, sin muchas reglas. Escribir un libro sobre todas estas reglas sería como escribir un libro sobre la historia de la humanidad.

Las reglas son tan omnipresentes, indispensables y fidedignas que las damos por sentadas. ¿Cómo podría existir una sociedad sin reglas o un tiempo anterior al establecimiento de estas? Sin embargo, la universalidad de las reglas no quiere decir que estas sean uniformes, ni entre culturas ni en el marco de las tradiciones históricas. La variedad de las reglas es apabullante tanto en el contenido como en la forma. El contenido ha ocupado a viajeros y etnógrafos ya desde los relatos de Heródoto (c. 484 a.C.-425 a.C.) en los que explica, desde la perspectiva de la antigua Grecia, que en Egipto todo funciona al revés, aunque no es menos regular: los hombres se quedan en casa y tejen mientras que las mujeres van al mercado; las mujeres orinan de pie y los hombres se sientan; incluso el Nilo fluye hacia atrás, de sur a norte1. En cuanto a la forma, la lista de especies adscritas al género de las reglas es muy larga: leyes, máximas, principios, directrices, instrucciones, recetas, regulaciones, aforismos, normas y algoritmos…, y no hemos hecho más que empezar. La variedad de especies de reglas ya apunta a la existencia de una historia secreta de lo que estas y cómo funcionan.

Ya desde la Antigüedad grecorromana se identificaron tres grupos semánticos principales que esbozaban el mapa de los significados de las reglas (capítulo 2): instrumentos de medida y cálculo, modelos o paradigmas y leyes. A partir de ahí, la historia de las reglas es una historia de proliferación y concatenación que da como fruto cada vez más especies de reglas, y más individuos de cada especie. El resultado es como ese juego infantil con cuerdas que se sostienen entre los dedos y van formando figuras complejas, casi tan complejas como las culturas en las que se incrustan: de los tres significados originales de las reglas surgen hilos rojos que forman un laberinto histórico milenario. Este libro adopta una perspectiva longue durée y examina en detalle reglas procedentes de muchas fuentes diversas, desde órdenes monásticas hasta libros de cocina, desde manuales militares hasta tratados legales, desde algoritmos de cálculo hasta manuales prácticos de instrucciones, para seguir el rastro de este antiguo trío de significados en las tradiciones vernáculas que comparten raíces grecorromanas y que han evolucionado juntas durante más de dos milenios. Los capítulos 2 y 3 son una reconstrucción del funcionamiento de las reglas como modelos maleables desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII; los capítulos 4 y 5 describen cómo funcionaban en la práctica los algoritmos de cálculo hasta el surgimiento de algoritmos y cálculos mecánicos durante los siglos XIX y XX. Los capítulos 6 y 7 contrastan las reglas en su forma más específica, más esencial, con las reglas en su forma más general, como las leyes divinas y las leyes de la naturaleza, desde el siglo XIII hasta el XVIII. El capítulo 8 se centra en cómo las reglas morales, legales y políticas cambian y se quiebran en presencia de excepciones recalcitrantes, desde el siglo XVI hasta el XX.

Esta larga historia de reglas se estructura en tres pares enfrentados. Las reglas pueden ser gruesas o finas en su formulación, flexibles o rígidas en su aplicación y generales o específicas en sus dominios. Las opciones se pueden superponer, y algunas son más relevantes que otras, dependiendo de cuál de los tres tipos de regla se trate. Las reglas entendidas como modelos suelen ser gruesas en su formulación y flexibles en su aplicación (capítulos 2 y 3). Una regla gruesa se reviste de ejemplos, advertencias, observaciones y excepciones. Es una regla que anticipa grandes variaciones en las circunstancias y, por tanto, requiere agilidad de adaptación. Esta capacidad para variar aparece al menos insinuada en su propia formulación. Por el contrario, las reglas entendidas como algoritmos tienden a ser de formulación fina y aplicación rígida, aunque a veces también se pueden engrosar (capítulos 4 y 5). Un algoritmo no es necesariamente breve, pero rara vez se diseña para casos inusuales o diversos. Las reglas finas presuponen de manera implícita un mundo predecible y estable en el que se pueden prever todas las posibilidades, y, por tanto, no invitan al ejercicio del juicio propio. Esto está muy bien cuando las reglas finas se limitan a resolver problemas planteados en libros de texto, por ejemplo, en aritmética. Pero los anales de los algoritmos informáticos abundan en historias que advierten de los peligros de los programas para todo, desde el reconocimiento facial hasta la declaración de la renta, diseñados con demasiada laxitud e impuestos con demasiada rigidez como para adaptarse a una realidad variada.

Tanto las reglas gruesas como las finas pueden ser muy específicas (la maqueta para hacer esta mesa concreta con esta madera y solo con esta, o un algoritmo para calcular el área de este polígono irregular concreto) o muy generales. Lo mismo ocurre con las reglas entendidas como leyes: desde regulaciones específicas que rigen el aparcamiento en una calle determinada los domingos hasta la generalidad de los diez mandamientos o la segunda ley de la termodinámica (capítulos 6 y 7). Tanto las leyes específicas como las generales pueden aplicarse de forma rígida o flexible. Las reglas muy prolijas —como las regulaciones suntuarias de las que se habla en el capítulo 6— requieren a menudo hacer la vista gorda, sobre todo porque los detalles cambian muy deprisa. Y hasta en la aplicación de las leyes más generales de todas, los mandamientos divinos eternos y universales, es posible encontrar matices (capítulo 8).

Estos opuestos son los que marcan los límites de todo el abanico de posibilidades, pues no es una cuestión de todo o nada. Los capítulos que veremos a continuación ilustran cómo las reglas, ya sean modelos, algoritmos o leyes, difieren en grados de finura y grosor, rigidez y flexibilidad, especificidad y generalidad. No todas las combinaciones son posibles en la misma medida, pero la historia de las reglas es tan antigua que nos ofrece ejemplos que en la actualidad resultan sorprendentes, como algoritmos de formulación rigurosa y aplicación flexible (capítulo 4).

Las reglas son una categoría ubicada en tierra de nadie. En los sistemas de conocimiento antiguos y medievales ocupaban un puesto intermedio entre las ciencias elevadas, como la filosofía natural, que aspiraba al conocimiento de las causas universales, y los gestos más humildes, mecánicos y repetitivos de los trabajadores no calificados. Las reglas competían a las artes, esas ramas del conocimiento práctico y la destreza que mezclaban la razón y la experiencia, las directrices que se podían enseñar y los conocimientos que solo se adquirían con la práctica (capítulo 3). En los primeros sistemas de gobierno modernos, las reglas se situaban entre las regulaciones locales, desbordantes de detalles puntuales, y las leyes naturales universales que se aplicaban a todos, en todo lugar y momento. De manera análoga, las reglas en la ciencia moderna temprana eran regularidades demasiado específicas para que se las considerase grandes leyes de la naturaleza y al mismo tiempo demasiado generales para considerarlas observaciones aisladas: por ejemplo, la regla de que el agua se expande en lugar de contraerse cuando se congela en comparación con la ley de la gravitación universal, válida tanto para los planetas más remotos como para la manzana que cae de un árbol (capítulos 6 y 7). Las reglas definen tanto el orden social intermedio como el orden natural también intermedio, siempre entre los extremos de certidumbre y azar, generalidad y especificidad, orden perfecto y caos total.

Todas estas contraposiciones se resumen en una fundamental: un mundo de alta variabilidad, inestabilidad e imprevisibilidad frente a un mundo en el que se puede extrapolar el futuro a partir del pasado, donde la normalización garantiza la uniformidad y los promedios son fidedignos. Los episodios de los que se habla en este libro trazan un arco histórico aproximado desde el primer mundo hasta el segundo, pero no reflejan una dinámica inexorable de la modernidad. Cualquier reducto de estabilidad y previsibilidad en un mundo tumultuoso, en cualquier época o lugar, es el logro arduo y siempre frágil de la voluntad política, la infraestructura tecnológica y las normas internalizadas. En cualquier momento se puede colapsar debido a una guerra, una pandemia, un desastre natural o una revolución. En situaciones de emergencia como estas, las reglas laxas adquieren rápidamente mayor rigor, las reglas rígidas se vuelven más elásticas y las reglas generales se hacen específicas. Es muy revelador que estas explosiones de incertidumbre reciban el nombre de «estados de excepción» (capítulo 8), estados en los que las reglas se dejan de aplicar por un tiempo. Si las reglas cambian con demasiada frecuencia y demasiado deprisa para seguir el ritmo de las circunstancias dinámicas, el concepto mismo de «regla» se puede tambalear (epílogo).

Las reglas como paradigmas y algoritmos a la vez

Las reglas son una auténtica mina de problemas y proyectos filosóficos. El problema más antiguo inspirado por las reglas, el que más ha perdurado, es cómo hacer que los universales se ajusten a una posible infinitud de particulares que el creador de las reglas no fue capaz de prever. Este problema es tan antiguo como la filosofía misma y todavía está vigente. En todos los capítulos de este libro se explica el modo en que se ha abordado este problema en diferentes escenarios y momentos: en los tribunales, en el taller de artesanía o en el confesionario. Me centraré en este problema en el próximo epígrafe. Pero antes tengo que responder a una pregunta clave para entender un segundo problema filosófico más moderno que sin duda los lectores ya se habrán planteado a estas alturas. Los algoritmos y las leyes siguen siendo fundamentales para comprender las reglas, pero ¿qué ha pasado con el tercer componente del trío: los modelos o paradigmas?

Hasta finales del siglo XVIII, esta categoría ahora extinta de reglas gozaba de buena salud tanto en los principios como en la práctica. Sin embargo, en el transcurso de los siglos XIX y XX las reglas como algoritmos fueron ocupando el lugar de las reglas como paradigmas. Este cambio provocó un segundo problema filosófico moderno sobre las reglas finas: ¿es posible seguir las reglas de manera inequívoca, sin interpretación ni contextualización? En caso afirmativo, ¿cómo? Como veremos en el capítulo 5, este es un problema que apenas se pudo formular antes de que la regla prototípica pasase de ser un modelo o paradigma a convertirse en un algoritmo, sobre todo un algoritmo ejecutado por una máquina. Este cambio es muy reciente, y sus consecuencias todavía tienen repercusión en la filosofía, la administración, la estrategia militar y los dominios en constante expansión de la vida cotidiana online.

Aunque los algoritmos son tan antiguos como las operaciones aritméticas y las asociaciones de reglas con exactitud cuantitativa se remontan a la Antigüedad grecorromana (y más allá), los algoritmos rara vez fueron la primera acepción de las reglas en las tradiciones intelectuales de las antiguas culturas mediterráneas, ni siquiera en matemáticas. Cuando comenzaron a publicarse en los siglos XVII y XVIII los diccionarios de lenguas vernáculas europeas, la palabra «algoritmo» aparecía como la tercera o cuarta acepción bajo el término «Reglas», y eso cuando aparecía. La enciclopedia matemática más completa del siglo XIX, un mamotreto alemán de siete volúmenes, ni siquiera contenía la palabra2. Sin embargo, apenas unas pocas décadas después de su publicación, los algoritmos se habían vuelto fundamentales para comprender la esencia de la prueba matemática, y a mediados del siglo XX eran ya el motor de la revolución informática y conjuraban todo tipo de sueños, desde la inteligencia artificial hasta la vida artificial. Hoy en día todos somos súbditos del imperio de los algoritmos.

Este imperio no era más que un punto en el mapa conceptual hasta principios del siglo XIX. Los algoritmos tienen un papel importante en muchas tradiciones matemáticas en todo el mundo, algunas bastante antiguas, y encontramos por doquier herramientas para el cálculo tales como guijarros, varillas de numeración y cuerdas con nudos (capítulo 4). Pero la idea de que muchas formas de trabajo humano, incluyendo el trabajo mental, podían reducirse a algoritmos, y además algoritmos ejecutados por máquinas, solo cobró fuerza en el siglo XIX (capítulo 5). Antes de que algunos experimentos importantes aplicaran los principios económicos de la división del trabajo a proyectos monumentales de cálculo durante la Revolución francesa, la mecanización de las reglas, incluidos los humildes algoritmos de la aritmética, parecía un proyecto condenado al fracaso. Las máquinas calculadoras que inventaron, entre otros, Blaise Pascal (1623-1662) y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) en el siglo XVII no pasaron de simples juguetes ingeniosos, delicados y poco fiables3. La historia del imprevisto desarrollo del algoritmo y de su transformación de simple operación aritmética para salvaguardar el rigor matemático a lenguaje de programación adaptable hasta el infinito para los ordenadores ya se ha contado, y se ha contado bien4. Sin embargo, el triunfo de los «algoritmos para todo» no permite ver hasta qué punto estos, a mediados del siglo XX, todavía estaban asociados con al cálculo, incluso en el caso de pioneros de la informática como el físico estadounidense Howard Aiken (1900-1973), que llegó a afirmar que bastaría con unos pocos ordenadores para satisfacer las necesidades de todo Estados Unidos. Se refería, claro, a las necesidades de cálculo más intensivo, como el censo del país5. Este libro se propone entre otras cosas arrojar luz sobre un episodio crucial anterior en este cuento de Cenicienta: cómo los algoritmos matemáticos se combinaron con la economía política durante la Revolución Industrial, un relato que versa tanto sobre la historia del trabajo y las máquinas como sobre la historia del cálculo.

Las reglas eran muchas cosas antes de convertirse en los primeros algoritmos, es decir, en instrucciones subdivididas en pasos tan pequeños e inequívocos que hasta una máquina puede ejecutarlos. Algunos de estos tipos anteriores de reglas todavía son reconocibles como tales, como las leyes, los rituales y las recetas. Pero el significado más importante desde la Antigüedad hasta la Ilustración ya no es reconocible: la regla como modelo o paradigma. De hecho, en la filosofía del siglo XX, esta acepción de «regla», que era la originaria y la primera que aparecía en las entradas del diccionario hasta bien entrado el siglo XVIII, y a la que aún apelaba Immanuel Kant (1724-1804), es diametralmente opuesta al significado de las reglas tal como las entendemos ahora.

¿Qué tipo de modelo podría servir como regla? El modelo podría ser una persona que encarnase el orden que establecen las reglas, como el abad de un monasterio en la Regla de San Benito (capítulo 2), o una obra de arte o literatura que definiese un género, como la Ilíada definió la epopeya en la tradición desde la Eneida hasta El paraíso perdido, o un ejemplo bien elegido en gramática o álgebra que mostrase las propiedades más importantes de una clase entera de verbos o problemas matemáticos. Adopte la forma que adopte, el modelo debe apuntar más allá de sí mismo. Dominar la competencia que encarna el modelo va mucho más allá de ser capaz de copiarlo en todos sus detalles. Los modelos hay que emularlos, no imitarlos. Un escritor que reprodujera palabra por palabra una obra famosa de la literatura, como en el relato de Borges en el que el protagonista intenta producir partes del Don Quijote de Miguel de Cervantes al pie de la letra6, no estaría siguiendo la regla, sino repitiéndola como modelo. Seguir la regla implica entender qué aspectos del modelo son esenciales y cuáles son detalles accidentales. Las características esenciales son las que crean una cadena analógica fiable entre la regla como modelo y las nuevas aplicaciones. El razonamiento basado en precedentes, en la tradición del derecho consuetudinario, es un ejemplo que entendemos bien de las reglas como modelos en la acción analógica. No todos los casos de homicidio del pasado son aceptables como precedente para el que nos esté ocupando en un momento dado ni todos los detalles de un precedente le serían de aplicación. Las deliberaciones de los juristas experimentados acerca de los precedentes legales ponen de relieve la diferencia entre un simple ejemplo (un caso de homicidio) y un modelo o paradigma (un precedente con amplias implicaciones para muchos casos de homicidio). Un paradigma útil debe aportar una proporción muy alta de detalles esenciales con respecto a los accidentales e irradiar tantas analogías como púas tiene un puercoespín.

El locus classicus moderno de la oposición entre reglas y paradigmas en filosofía es La estructura de las revoluciones científicas, el influyente libro del historiador y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn (1922-1996), que vendió cientos de miles de ejemplares y fue texto obligatorio en diferentes carreras universitarias7. También fue el libro que convirtió «paradigma» en una palabra de uso común y en material para los chistes gráficos del New Yorker [Fig. 1.1]. Según Kuhn, una ciencia pasa a ser digna de ese nombre cuando consigue su primer paradigma; gracias a los paradigmas básicos, los científicos aprenden a resolver problemas y, de hecho, comprenden la estructura básica de los problemas. Las revoluciones científicas son nada más y nada menos que la sustitución de un paradigma por otro. La misma palabra «paradigma» era una herramienta multiuso, y por eso tenía muchos significados en el libro de Kuhn, veintiuno según algunas cuentas8. Sin embargo, el propio Kuhn subrayó repetidamente que había una acepción que prevalecía sobre las demás: los paradigmas como ejemplos en contraposición a los conjuntos de reglas. En el texto que añadió en 1969 a La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn describió esta acepción de paradigma como «modelos o ejemplos [que] pueden sustituir a las reglas explícitas como base para la solución de los restantes rompecabezas de la ciencia normal», filosóficamente «más profundos» que los otros9, aunque no supo explicar con precisión cómo funcionaban. Anticipándose a las acusaciones irracionalidad, defendió con firmeza que el conocimiento transmitido por paradigmas era genuino: «Cuando hablo de conocimiento incorporado en los ejemplares compartidos, no aludo a un tipo de conocimiento menos sistemático o menos analizable que el conocimiento incorporado a reglas, leyes o criterios de identificación». Pero hasta la fecha, ni Kuhn ni nadie ha podido aclarar ese modo alternativo de conocer, una «perplejidad» que, según concluyó el filósofo Ian Hacking, está «en la naturaleza de la bestia»10.

Fig. 1.1. «Lo siento, ha tenido un cambio de paradigma».Los cambios de paradigma de Kuhn se volvieron proverbiales. The New Yorker (17 de diciembre de 2001). J. C. Duffy / The New Yorker Collection / The Cartoon Bank.

La perplejidad de Kuhn sobre cómo conciliar el conocimiento que proporcionan los paradigmas con el de las reglas explícitas ya tenía un ilustre pedigrí filosófico en 1969. Ludwig Wittgenstein (1889-1951), en Investigaciones filosóficas (1953), defendió la ambigüedad incorregible de las reglas, incluso las matemáticas: ¿cómo es posible seguir las reglas, se preguntó, incluso las más formales y algorítmicas, sin desencadenar una regresión infinita de las interpretaciones de estas? Wittgenstein concluyó que seguir una regla es una práctica que se aprende por el ejemplo y no por el precepto dentro de una comunidad de usuarios: «Seguir una regla, hacer un informe, dar una orden, jugar una partida de ajedrez son costumbres (usos, instituciones)»11. La ironía (posiblemente involuntaria) es que la propuesta de Wittgenstein devuelve la regla a su significado original como un modelo que se enseña por la práctica en lugar de por preceptos. Pero para sus muchos lectores, incluyendo a Kuhn, las reglas explícitas, cuyo máximo ejemplo era el algoritmo matemático, eran el polo opuesto de los paradigmas y las prácticas.

Así que sorprende que, durante la mayor parte de su historia, la palabra «regla» y sus afines en varias lenguas europeas antiguas y modernas, desde la antigua Grecia y Roma hasta la Ilustración, fueran sinónimos de «paradigma»12. Por ejemplo, el enciclopedista romano Plinio el Viejo (c. 23-79 d.C.) defendió que el Doríforo («El portador de la lanza»), la estatua del escultor griego Policleto (c. 480-c. 420 a.C.), era el canona (la versión latinizada de la palabra griega para «regla», kanon), el modelo de belleza masculina digno de imitación para todos los artistas: «También hizo lo que los artistas llaman un “canon” o “estatua modelo”, ya que extraen de ella sus bocetos como si fuera una especie de estándar»13 [Fig. 1.2]. Por su parte, Dionisio de Halicarnaso (c. 60-c. 7 a.C.) cantó las alabanzas de Lisias (c. 445-c. 380 a.C.), el orador ático, como el kanon de la retórica, al queposteriormente describe como el paradigma (paradeigma) de la excelencia14. Asimismo, casi dos mil años más tarde, la Francia de la Ilustración nos ofrece en la Encyclopédie la frase que ejemplifica el uso de Règle, Modèle: «La vida de Nuestro Salvador es la regla o modelo que deben seguir los cristianos»15. En las gramáticas griegas y latinas antiguas, las palabras kanon y regula se utilizaron junto con paradeigma para definir ese paradigma de paradigmas, esa pauta de inflexiones conjugando verbos que los niños han entonado a lo largo de los siglos en la escuela: amo, amas, amat, etc.

Fig. 1.2. Copia romana del Doríforo («El portador de la lanza», siglo I a.C.) de Policleto, considerado por Plinio el Viejo el «canon» para los artistas. Cortesía del Ministerio de Cultura, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Fotografía: Giorgio Albano.

A primera vista, esto puede parecer, sin más, un fascinante ejemplo más de la bizarrerie de los lenguajes que permite que las palabras pasen a tener el sentido opuesto a su acepción original. Érase una vez una palabra que significaba ‘A’ y ahora significa ‘no-A’. «Regla» (kanon, regula) significaba ‘modelo’ o ‘paradigma’; ahora significa todo lo contrario: de ahí el dilema de Kuhn sobre cómo explicar los paradigmas sin reducirlos a reglas, es decir, sin reducir A a no-A, y también la cualidad provocativamente paradójica de la equiparación de Wittgenstein de las reglas con el uso y la costumbre. Pero la etimología de los términos premodernos afines a «regla» es más rica y a la vez más inquietante de lo que sugiere este relato de la evolución del significado A al significado no-A: las acepciones modernas más familiares también son parte de la definición de las palabras premodernas afines a «regla». La antigua palabra griega kanon, por ejemplo, contiene una connotación de exactitud meticulosa, sobre todo en relación con las artes de la construcción y la carpintería, pero también en un sentido figurado cuando se aplicaba a otros campos como el arte, la política, la música y la astronomía. El mismo Policleto que creó el Doríforo escribió un tratado que se ha perdido titulado Kanon en el que, al parecer, especificaba las proporciones exactas del cuerpo humano a las que debían atenerse los artistas; estas medidas prescriptivas de las estatuas clásicas seguían vigentes en el siglo XVIII [Fig. 1.3]. Gracias a la referencia a Policleto de Galeno, el médico y filósofo griego (129-c. 210 d.C.), Andrés Vesalio (1514-1564) y otros anatomistas modernos adoptaron la palabra y el concepto de un cuerpo canónico16 [Fig. 1.4]. Las variantes de la palabra kanon también aparecen en la astronomía antigua y en la armonía, dos ciencias matemáticas. La regula latina siguió muy de cerca el abanico de significados del kanon griego17. Este conjunto de significados evoca el rigor de las matemáticas, como doctrina geométrica de las proporciones pero también como herramienta de medición y cómputo, significados que coexistieron sin problemas con los centrados en modelos y paradigmas. En resumen, durante varios milenios, en diferentes idiomas europeos antiguos y modernos, la palabra «regla» y sus afines significaban, al menos según las interpretaciones modernas, A y no-A a la vez. Y esto ya no es una simple curiosidad lingüística; es asombroso.

Fig. 1.3. Proporciones medidas de la estatua de Antínoo (artículo «Dessein»), Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers [Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios], coordinada por Jean d’Alembert y Denis Diderot, vol. 3 (1763).

Fig. 1.4. Cuerpos canónicos, masculino y femenino, de Andrés Vesalio, De humani corporis fabrica. Epitome [Breve resumen extraído de On the fabric of the human body] (1543).

Un segundo objetivo de este libro es reconstruir la coherencia perdida de la categoría de «regla» que durante tanto tiempo, y a primera vista sin contradicción, comprendió significados que hoy en día nos parecen antónimos (capítulos 2 y 3). En muchos sentidos, es el anverso del primer objetivo, es decir, rastrear la espectacular trayectoria del algoritmo desde el siglo XIX. Los algoritmos no solo reemplazaron a los paradigmas como las reglas por excelencia; también hicieron que el funcionamiento de los paradigmas pareciera meramente intuitivo y opaco al escrutinio racional. Estas fueron las vergonzosas asociaciones a las que tuvo que enfrentarse Kuhn para defender el papel fundamental de los paradigmas en la ciencia, y que continúan frustrando todo intento de defender las prerrogativas del criterio por encima de modos de evaluación más mecánicos. Es extraordinario que la facultad que Kant afirmó que era condición necesaria para entender la unidad de la naturaleza en el tiempo y el espacio18 se haya tachado de «meramente subjetiva». En el lenguaje contemporáneo, una «cuestión de criterio» es una afirmación sin base racional firme, apenas por encima del capricho particular. La regla flexible se ha convertido en la regla flácida... o en una no-regla. En el contexto más amplio del descenso de categoría del criterio —de ejercicio de la razón a mera subjetividad—, este episodio de la historia de las reglas se inscribe en la historia moderna de la racionalidad, definida asimismo por reglas19.

Universales y particulares

Las reglas se combinan con el criterio porque su aplicación debe tender un puente entre universales y particulares. En primer lugar, el criterio debe decidir si una regla cubre un particular concreto o bien corresponde aplicar otra. A este dilema se enfrenta por ejemplo un juez que busca precedentes en el sistema legal consuetudinario, o un médico que hace un diagnóstico basándose en síntomas ambiguos o incluso un estudiante de matemáticas que trata de hallar la integral de una función. En muchos casos, la elección de la regla que se ajusta a cada caso es clara (los controladores de los parquímetros no suelen tener dudas sobre qué ley de circulación se aplica a la infracción de aparcamiento que detectan), pero en otros hay un embarras de règles, y aún más a menudo nos encontramos con un montón de particulares que no parecen encajar en una regla concreta. En segundo lugar, incluso si la regla y el particular coinciden, casi nunca encajan a la perfección. En mayor o menor medida, será imprescindible una adaptación, un ajuste para salvar la brecha entre lo universal y lo particular. En esta brecha han arraigado y florecido especialidades prácticas enteras: la equidad (equity) en la ley, la casuística en teología y ética, el historial del caso en medicina, la discreción en la administración.

El tercer objetivo de este libro es examinar cómo se estructuraron las reglas para anticipar y facilitar la construcción de puentes entre lo universal y lo particular. Esta investigación exige amplitud de miras para contemplar muchos tipos diferentes de reglas y así poder comparar: reglas para las órdenes monásticas, juegos, procedimientos parlamentarios, cocina, guerra, composición de rondós y cánones, conversión de pesos y medidas, etiqueta, circulación del tráfico, quién puede usar qué tipo de ropa de lujo y cuándo... Además, están las leyes de los países y las leyes de la naturaleza, que encarnan ambas ideales significativos pero también contraideales para las reglas más mundanas y menos generales que conocemos como regulaciones. Las regulaciones, en contraste con la distante majestuosidad de las leyes humanas y divinas, se centran en la práctica, dividida a su vez en dominios de aplicación bien diferenciados. Este arcoíris de reglas, de las lacónicas a las locuaces, de las locales a las globales, de las específicas a las generales, se enfrenta con éxito a las desabridas categorías filosóficas de «universales» y «particulares». Algunos universales son más universales que otros, igual que algunos particulares son más particulares. El modus ponens en lógica y las leyes suntuarias promulgadas por la ciudad-Estado italiana de Ferrara en 1460 son reglas, pero mientras que «si p, entonces q; p; por lo tanto q» es válido en cualquier lugar y para todos los valores de p y de q, la prohibición de Ferrara de la seda y el armiño en la ropa de las mujeres es a la vez más específica, local y prolija que las concisas generalidades de la lógica proposicional20. Nos va a hacer falta una taxonomía más refinada de los universales y de los particulares para entender las diferencias entre los puentes que los unen, algunos tan simples y flexibles como los puentes de cuerda y otros tan rígidos y robustos como un monumento de acero a la ingeniería moderna.

Por concretar aún más, estudiar qué tipo de puente conecta qué tipo de regla con qué tipo de caso nos hablará de las diferentes condiciones intelectuales y culturales previas que existen para las reglas como paradigmas y las reglas como algoritmos. Y puesto que estos dos tipos de reglas coexistieron durante mucho tiempo (podría decirse que todavía coexisten a pesar del ascenso del algoritmo), dichas condiciones previas no pueden ser mutuamente excluyentes. Sin embargo, ciertas tendencias históricas, como la estandarización de todo, desde pesos y medidas hasta la ortografía, pasando por las zonas horarias, también han favorecido la estandarización de las reglas: la uniformidad impuesta de manera artificial puede imitar el universal natural, al menos en condiciones históricamente excepcionales de infraestructura estable y acuerdos internacionales sólidos. Otras tendencias, como la creciente racionalización del trabajo en las sociedades industrializadas, así como los ideales de la ley natural importados de la teología a la filosofía natural y de ahí a la jurisprudencia y la ética, también han impulsado reglas de globalidad y exactitud muy ambiciosas. Estas reglas han proliferado sobre todo (pero no exclusivamente) en los entornos urbanos de la Edad Moderna y apelan cada vez a los principios universales (ya sean los del mercado o los de los derechos humanos) y cada vez menos al contexto local y a los conocimientos previos. No es casual que el surgimiento de reglas tan ambiciosas comience con la expansión del comercio y el imperio para adquirir dimensiones globales en el siglo XVI, lo que creó tanto la necesidad como los medios para imponer reglas que trascendieran a los lugares concretos.

¿Logran estas reglas la universalidad y precisión a la que aspiran? Esto es tema de debate en las ciencias humanas: los economistas y muchos sociólogos argumentan enérgicamente que sí, mientras que los historiadores y los antropólogos sostienen que no, y con igual intensidad21. Mi posición es que, incluso si los historiadores y los antropólogos tienen razón y la eficacia de las reglas que pretenden trascender el contexto y la interpretación es ilusoria, se trata sin duda de una ilusión muy poderosa y extendida que pide a gritos una explicación, sobre todo habida cuenta de que la realidad se empeña en llevarles la contrario. Este libro da pábulo a ambas posturas al mostrar que el grado en que las reglas pueden (o no) trascender el contexto local depende de las condiciones históricas previas que sustentan (o no) las islas de estabilidad, uniformidad y previsibilidad en un mundo intrínsecamente incierto. Las condiciones históricas previas que unen estas islas para formar un archipiélago extenso, ya sean imperios, tratados o relaciones comerciales, son aún más precarias. Incluso las normas mundiales más rutinarias y fidedignas pueden verse limitadas sin previo aviso a una dimensión locales, como ilustran los estragos que sufrieron los viajes aéreos internacionales durante el brote de la pandemia del SRAS-CoV-2 en 2020. Cuando se crean unos órdenes mundiales gobernados por reglas, las reglas pasan a depender de estos órdenes tanto como estos dependen de aquellas.

Historia de lo obvio

Los debates sobre las reglas no son exclusivos del mundo académico. Nos preocupa mucho si hay demasiadas reglas o no son suficientes, si las reglas son demasiado estrictas o demasiado laxas, cuándo se aplican y quién lo decide y dónde está punto de equilibrio óptimo entre previsibilidad y espontaneidad. La frecuencia e intensidad de estos debates son ya en sí mismas fenómenos históricos, evidencia prima facie de la multiplicación y el rigor creciente de todo tipo de reglas en las sociedades que dependen de la coordinación compleja de innumerables actores, desde conductores en la carretera hasta votantes en las elecciones nacionales, o de todos ellos, desde meteorólogos hasta agricultores, camioneros y vendedores a distancia. Las reglas dictan la coreografía de lo que debería ser un ballet, aunque a veces parezca más una batalla campal o un tableau vivant de figuras inmóviles como estatuas. Los sociólogos de la burocracia han acuñado expresiones como «tensión de las reglas» y «deriva de las reglas» para describir patologías en las políticas altamente reguladas22; algunos empleados ingeniosos del sector público explotaron esas mismas patologías y crearon la «huelga de celo», en la que la adhesión escrupulosa a todas las normas impide toda posibilidad de trabajar23.

No cabe duda de que siempre ha habido quejas contra algunas normas específicas y su aplicación. Lo novedoso de la situación moderna son las quejas sobre el número y la inflexibilidad de las reglas, tanto si se trata de las más obvias regulaciones del gobierno como de los más encubiertos algoritmos de los buscadores informáticos. El ser humano moderno no puede vivir sin reglas. Pero tampoco podemos vivir con ellas, o no con comodidad. La literatura imaginativa del siglo XX nos ha brindado adjetivos como «kafkiano»; la teoría social, imágenes como la «jaula de hierro» de Max Weber, uno y otra aplicables a las burocracias modernas. Los escritores y teóricos del siglo XXI fantasean acerca de un nuevo mundo feliz dirigido por algoritmos informáticos que abarcan todos los aspectos de la vida, hasta nuestros propios procesos de pensamiento24. ¿Tienen las reglas modernas ciertas características —su supuesta complejidad, su inflexibilidad, su ineficiencia y su pura prolijidad— que intensifican las omnipresentes tensiones entre universales imperiosos y particulares recalcitrantes, entre orden y libertad? Y, tanto si esto es un hecho como si se trata de una simple percepción, ¿qué cambios históricos en el modo de establecer las reglas y de concebirlas explican nuestra preocupación actual por ellas? El paso de la regla como modelo a la regla como algoritmo ofrece al menos respuestas parciales a estas preguntas: al limitar el ejercicio del criterio, las reglas como algoritmos vuelan los puentes que conectan los universales con los particulares a través de las reglas como modelos.

Este libro es una historia en los sentidos antiguo y moderno de la palabra25. Es una indagación en el sentido amplio en que Heródoto utilizó el término «historia». Además, a pesar de aspiración universal del tema, se ocupa de los particulares, en el sentido que dio a la palabra «historia» Aristóteles (384-322 a.C.), que se opone a los universales en la filosofía (y en la poesía). Y, por último, es una historia en el sentido más habitual, el de una narración que se desarrolla en el tiempo. Pero es una historia completa en los tres aspectos. Cualquier investigación sobre un tema tan gigantesco, que abarca más de dos milenios y múltiples idiomas, tiene que ser necesariamente selectiva. En estas páginas aparecen muchos particulares, pero son solo una gota de agua en el universo de posibilidades. La extensión de la narrativa, por desgracia, se limita a lo que de manera engañosa denominamos «tradición occidental», solo porque es la que mejor conozco. Pero, siempre que ha sido posible y esclarecedor, he tratado de aportar estudios comparativos sobre otras tradiciones igual de ricas y fascinantes. Si a los lectores les suscita interés y deciden investigar sobre otros tipos de reglas, en otros momentos y lugares, mucho mejor: el libro es una invitación a indagar y debatir más sobre las reglas en toda su diversidad. El enfoque cronológico también es irregular, y por las mismas razones. Con el fin de discernir el arco de los desarrollos longue durée, me he visto obligada a saltar entre siglos y géneros, decisión que provocará vértigo a mis colegas historiadores, acostumbrados (y con razón) a situarse en un período y un lugar concretos. Sin embargo, voy a pedirles que sean indulgentes. Una visión panorámica me permite agudizar los contrastes, señalar momentos de transición y, sobre todo, usar los recursos de la historia para cuestionar la obviedad de nuestros hábitos contemporáneos de pensamiento.

Una de las grandes utilidades de la historia, especialmente la historia vista a gran escala en el tiempo, es poner en duda las certezas presentes y, por tanto, ampliar el campo de lo que nos atrevemos a pensar. El sistema conceptual imperante tiene una propiedad muy curiosa: parece coherente e inevitable para los que están inmersos en él, igual que las costumbres locales les parecen evidentes a los habitantes de un lugar que nunca salen de él. Saber, en teoría, que nuestra actual forma de pensar es producto de la contingencia histórica y no de la necesidad lógica rara vez basta para que nos quitemos de los ojos la venda que nos imponen la historia y el hábito. El universo mental en el que habitamos limita la imaginación para adaptarla a sus propias dimensiones. Lo que es obvio en una época (¿cómo podría alguien pensar de otra manera?) resulta desconcertante en otra (¿en qué demonios estaban pensando?). Se pueden y deben extraer de otras épocas y lugares ejemplos contrarios para abrir una brecha entre ciertos conceptos que se suelen mezclar: entre lo universal y lo uniforme, entre lo específico y lo rígido, entre lo algorítmico y lo mecánico, entre lo mecánico y lo inconsciente, entre lo discrecional y lo subjetivo. Los ejemplos también pueden ayudar a unir lo que la filosofía moderna ha dividido: la regla y el paradigma. Aquí la historia hace causa común con la filosofía para aclarar, expandir y abrir posibilidades conceptuales. La filosofía se enfrenta al desafío intimidante de crear nuevos conceptos en vez de limitarse a criticar los antiguos. Los conceptos del pasado rara vez alcanzan a cubrir las necesidades del presente, porque son creaciones del pasado y para el pasado. Pero, aunque la historia no puede resucitar conceptos muertos, igual que no puede resucitar a personas muertas, sí puede reanimarlos brevemente y convertirlos en apariciones espectrales que perturben la complacencia de los vivos con sus revelaciones.

Fig. 2.1. Planta de caña gigante (Arundo donax). Otto Wilhelm Thoma, Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz [Plantas de Alemania, Austria y Suiza] (1885).

1 Herodoto, The History, trad. de David Grene (Chicago: University of Chicago Press, 1987), II.35, 145. [Ed. cast.: Historia, trad. de Carlos Schrader García. Madrid: Gredos, 2000.]

2 Ludwig Hoffmann, Mathematisches Wörterbuch, 7 vols. (Berlín: Wiegandt und Hempel, 1858-1867).

3 Matthew L. Jones, Reckoning with Matter: Calculating Machines, Innovation, and Thinking about Thinking from Pascal to Babbage (Chicago: University of Chicago Press, 2016), 13-40.

4 Para una descripción general de varios aspectos de esta historia, véanse Ivor Grattan-Guiness, The Search for Mathematical Roots, 1870-1940: Logic, Set Theory, and the Foundations of Mathematics from Cantor through Russell Russell to Gödel (Princeton [NJ]: Princeton University Press, 2000); Martin Campbell-Kelly, William Aspray, Nathan Ensmenger y Jeffrey R. Yost, Computer: A History of the Information Machine, 3.a ed. (Boulder [CO]: Westview Press, 2014), y David Berlinski, The Advent of the Algorithm: The 300-Year Journey from an Idea to the Computer (Nueva York: Harcourt, 2000).

5 I. Bernard Cohen, «Howard Aiken on the Number of Computers Needed for the Nation», IEEE Annals of the History of Computing 20 (1998): 27-32.

6 Jorge Luis Borges, «Pierre Menard, Author of the Quixote» (1941), en Collected Fictions, trad. de Andrew Hurley (Londres: Penguin, 1998), 88-95. [Ed. cast.: «Pierre Menard, autor del Quijote», en Jorge Luis Borges, Obras completas, 1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores, 1974.]

7 Robert J. Richards y Lorraine Daston, «Introduction», en Robert J. Richards y Lorraine Daston (eds.), Kuhn’s «Structure of Scientific Revolutions» at Fifty: Reflections on a Scientific Classic (Chicago: University of Chicago Press, 2016), 1-11.

8 Margaret Masterman, «The Nature of a Paradigm», en Imré Lakatos y Alan Musgrave (eds.), Criticism and the Growth of Knowledge (Cambridge: Cambridge University Press, 1970), 59-89.

9 Thomas S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions (1962), 4.a ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2012), 174, 191. [Ed. cast.: La estructura de las revoluciones científicas, trad. de Carlos Solís Santos. Madrid: Fondo de Cultura Económica de España, 2013]

10 Ian Hacking, «Paradigms», en Richards and Daston (ed.), Kuhn’s «Structure of Scientific Revolutions», 99.

11 Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations (1953), trad. de G. E. M. Anscombe, 3.a ed. (Englewood Cliffs [NJ]: Prentice Hall, 1958), § 199, 81. [Ed. cast. Investigaciones filosóficas, trad. de Alfonso García Suárez y Ulises Moulines, Barcelona: Crítica, 2008.]

12 Herbert Oppel, KANΩN: Zur Bedeutungsgeschichte des Wortes und seiner latein- ischen Entsprechungen (Regula-Norma) (Leipzig: Dieterich’sche Verlagsbuchhandlung, 1937), 41.

13 Plinio el Viejo, Natural History, trad. de H. Rackham, Loeb Classical Library (Cambridge [MA]: Harvard University Press, 1952), 34.55, 168-169. [Ed. cast.: Historia natural, trad. de María Josefa Cantó Llorca et al. Madrid: Cátedra, 2002.]

14 Dionisio de Halicarnaso, Commentaries on the Attic Orators, Lys. 2; citado en Oppel, KANΩN, 45.

15 [Caballero de Jaucourt], «RÈGLE, MODÈLE (Synon.)», en Denis Diderot y Jean d’Alembert (eds.), Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (Lausana/Berna: Les sociétés typographiques, 1780), 28: 116-117.

16 Claudio Galeno, De temperamentis libri III, ed. de Georg Helmreich (Leipzig: B. G. Teubner, 1904), I.9, 36 [ed. cast.: Sobre las facultades naturales: las facultades del alma siguen los temperamentos del cuerpo. Madrid: Gredos, 2003]; Sachiko Kusukawa, Picturing the Book of Nature: Image, Text, and Argument in Sixteenth-Century Human Anatomy and Medical Body (Chicago: University of Chicago Press, 2012), 213-218.

17 Oppel, KANΩN, 17-20, 32, 67. Hay, sin embargo, al menos una novedad significativa en el uso de la regula latina en conexión con la ley romana, pues la palabra fue utilizada por los juristas del siglo I d.C. para recoger decisiones legales antiguas en un precepto o proverbio general, unos doscientos de los cuales se anexaron al Compendio Justiniano bajo la rúbrica De diversis regulis juris antiqui. Véase Heinz Ohme, Kanon ekklesiastikos: Die Bedeutung des altkirchlichen Kanonbegriffs (Berlín: Walter De Gruyter, 1998), 51-55.

18 Immanuel Kant, Erste Einleitung in die Kritik der Urteilskraft (1790), ed. de Gerhard Lehmann (Hamburgo: Felix Meiner Verlag, 1990), 16. [Ed. cast.: Primera introducción a la crítica del juicio, trad. de José Luis Zalabardo. Madrid: Machado Grupo de Distribución, 1987.]

19 Paul Erikson, Judy L. Klein, Lorraine Daston, Rebecca Lemov, Thomas Sturm y Michael D. Gordin, How Reason Almost Lost Its Mind: The Strange Career of Cold War Rationality (Chicago: University of Chicago Press, 2013), 1-26. Véase también Edward F. McClennen, «The Rationality of Being Guided by Rules», en Alfred R. Mele y Piers Rawling (eds.), The Oxford Handbook of Rationality (Nueva York: Oxford University Press, 2004), 222-239.

20 Catherine Kovesi Killerby, Sumptuary Law in Italy, 1200-1500 (Oxford: Clarendon Press, 2002), 120.

21 Este largo debate, aún vigente, tiene su epítome en la literatura sobre la teoría de la modernización. Hay declaraciones clásicas de puntos de vista opuestos en Walter W. Rostow, The Stages of Economic Growth: A Non-Communist Manifesto (Cambridge: Cambridge University Press, 1960), y James C. Scott, Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed (New Haven [CT]: Yale University Press, 1998).

22 Barry Bozeman, Bureaucracy and Red Tape (Upper Saddle River [NJ]: Prentice Hall, 2000), 185-186.

23 La huelga de celo (Streik nach Vorschrift en alemán, grève du zèle en francés y sciopero bianco en italiano) es la preferida de los funcionarios públicos, que tienen prohibido este tipo de protesta; fue el caso de los trabajadores de correos en la Alemania Occidental, que paralizaron el país así en 1962, o de los juristas franceses, que hicieron lo mismo en 2010.

24 Gerd Gigerenzer, How to Stay Smart in a Smart World (Londres: Penguin, 2022), 58-66.

25 Sobre los significados de «historia», véase Gianna Pomata y Nancy G. Siraisi, «Introduction», en Gianna Pomata y Nancy G. Siraisi (eds.), Historia: Empiricism and Erudition in Early Modern Europe (Cambridge [MA]: MIT Press, 2005), 1-38.

2

Reglas antiguas

Reglas para medir, modelos y leyes

Tres grupos semánticos

En los humedales del Mediterráneo y en las dunas de Oriente Medio crece la planta de caña gigante (Arundo donax), tan alta como un árbol y tan recta como una flecha [Fig. 2.1]. Durante miles de años, en esta región, sus tallos se han utilizado para hacer cestas, flautas, palos de balanza y varas de medir26. La antigua palabra griega que significa ‘regla’, kanon, deriva de la palabra semítica (afín al antiguo hebreo qaneh) que denominaba esta planta, y sus primeros usos documentados se refieren a varillas de varios tipos y luego a las reglas graduadas de medir. Su antiguo equivalente latino, regula, tiene asociaciones análogas con tablones y varas; también, de manera más metafórica, alude a lo que sostiene y dirige (como en regere, ‘gobernar’, o rex, ‘rey’), yuxtaposiciones todavía percibibles en las ambigüedades de la palabra inglesa ruler27 (‘gobernante’). En fuentes griegas arcaicas, los primeros usos documentados de la palabra kanon aparecen en el contexto de todo tipo de trabajos de construcción: albañiles, carpinteros, canteros y arquitectos usan un kanon, o regla graduada de medir, para asegurarse de que los materiales de construcción son rectos y encajan a la perfección. El kanon satisfacía la minuciosa exactitud necesaria para erigir una casa, un templo, una muralla o cualquier otra estructura sólida, recta y simétrica. La regla de medir, o simplemente regla (graduada o no), y el compás eran las herramientas emblemáticas del constructor y el geómetra, y lo siguieron siendo durante milenios [Fig. 2.2]. Tan fuerte es esta percepción antigua de la regla como instrumento de medida recto, sin curvas literales ni metafóricas, que Aristófanes, el autor griego de comedias, arrancaba carcajadas a su público haciendo que un astrónomo utilizara un «kanon curvo», un evidente sinsentido28.

A partir de este kanon del griego antiguo se ramificaron tres grupos semánticos principales: la exactitud meticulosa y a menudo matemática, modelos o patrones que imitar y leyes o decretos. Los significados de la palabra latina regula y, a través de ella, también de las palabras para «regla» en las lenguas vernáculas europeas modernas (regola en italiano, rule en inglés, règle en francés, Regel en alemán, regel en neerlandés) derivaron de los del kanon griego durante muchos siglos, y por eso vale la pena analizar cada uno de estos tres grupos con más detalle.

De las reglas graduadas y las barras de medición de los constructores y carpinteros a otros usos en las proporciones geométricas y los cálculos no hay mucho trecho, especialmente en las antiguas ciencias exactas de la astronomía y la armonía. La doctrina musical pitagórica de los intervalos armónicos se denominaba kanonike, y especificaba la proporción de la longitud de las cuerdas que producen diferentes acordes; el monocordio, un instrumento musical de una sola cuerda con un puente móvil que demostraba estos principios, recibía también el nombre de kanon harmonikos29. Como vimos en el capítulo 1, un tratado ahora perdido escrito por el escultor griego Policleto, el Kanon, especificaba al parecer las proporciones exactas del cuerpo masculino ideal, lo que inspiró durante siglos diversas reconstrucciones especulativas30. En astronomía, la palabra kanon se utilizó en sentidos más próximos a la aritmética y al cálculo que a las proporciones geométricas. Las tablas que presenta Ptolomeo, el astrónomo alejandrino del siglo II, en El gran tratado (también conocido como el Almagesto) y que posteriormente se publicarían aparte como «Tablas prácticas» (Procheiroi Kanones), eran herramientas para el cálculo de valores astronómicos (por ejemplo, las posiciones planetarias) basadas en los modelos del Almagesto31. Los kanones de Ptolomeo tuvieron una enorme influencia en la astronomía medieval y en la primera época de la astronomía moderna en los mundos cristiano e islámico, y dieron nombre a todas las tablas astronómicas y astrológicas a partir de entonces. Los tratados astronómicos medievales árabes y persas adaptaron la palabra griega kanon como qanun (como en el Al-Qānūn al-Mas’ūdi, del gran erudito persa Abu Raihan al-Biruni [973-c. 1050], una compilación de conocimientos sobre astronomía)32, y todavía se utilizaba en inglés (canon) para referirse a una tabla astronómica a finales del siglo XVII33. Dado que la astronomía fue probablemente la actividad que más utilizó el cálculo hasta la aparición de los seguros basados en las matemáticas en el siglo XIX, y puesto que tablas como la de Ptolomeo y sus muchos imitadores trataban de facilitar el cálculo, este uso de la palabra kanon ya se relacionó con la computación en la Antigüedad tardía, durante la Edad Media y a principios de la Moderna, aunque se refiere a la computación que hacen los astrónomos y matemáticos, no las máquinas.

Fig. 2.2. Representación alegórica de Geometría, con sus emblemas de la regla graduada y el compás (c. 1570-1600). Johann Sadeler, Geometría. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

El segundo grupo de significados también se apoya en la acepción fundamental de kanon o regula como estándar que evalúa la rectitud en el sentido literal y en el metafórico. Pero en este caso el estándar es para imitarlo, no para medirlo. Mientras que Galeno consideraba que el Kanon de Policleto (ya perdido para entonces) era un tratado que dictaba las proporciones del cuerpo masculino ideal para guiar a los escultores, Plinio el Viejo, como también hemos visto en el capítulo 1, interpretó la escultura real de Policleto de un desnudo masculino, el Doríforo («El portador de la lanza»), como el kanon de los artistas, el modelo que debían imitar34. El sentido de kanon como imitación de un modelo, sobre todo de un ser humano, surge durante el período helenístico (siglos IV al I a.C.), primero en conexión con la retórica, defendiendo a un orador y otro como el culmen de la elocuencia, un sentido que Plinio traslada al Doríforo de Policleto, el modelo de la belleza masculina en el arte. En una línea similar, Plutarco (siglos I-II), biógrafo en la antigua Grecia, advierte a los lectores jóvenes sobre los peligros de emular a los personajes de la poesía como modelos de virtud, en contra de la intención del poeta35. En estos contextos, paradeigma (‘ejemplo’) a menudo se impone a kanon: paradeigmata podría ser simplemente ‘ejemplos’ en el sentido en que Aristóteles utiliza la palabra en la Retórica36, pero también podrían ser modelos físicos, sobre todo en el ámbito de la arquitectura37 [Fig. 2.3]. Platón (siglos V-IV a.C.) utiliza la palabra en este sentido en el Timeo cuando compara los modelos eternos del artesano divino y los de los artesanos humanos que se limitan a imitarlos38. El vínculo entre la regla y el paradigma o modelo, al igual que el que existió entre la regla y el cómputo, se mantuvo en el tiempo y aparece por última vez en la descripción del genio que hizo Immanuel Kant en 1790 como «el talento que da al arte su regla [Regel]» a través de los «modelos [Muster] [...] [que] deben poderse ofrecer a la imitación, es decir, servir de medida o de regla [Richtmaße oder Regel] de apreciación»39. Mil ochocientos años después de que Plinio elevara el Doríforo a canon para los artistas, la idea de la regla como modelo que imitar todavía reverberaba en la teoría estética.

Fig. 2.3. Antiguo modelo arquitectónico etrusco del templo de Vulci (c. 300 a.C.). Museo Nazionale di Villa Giulia, Roma.

El tercer grupo, que conecta el kanon con el nomos en griego y la regula con la lex y el jus en latín, la regla con la ley, fue aún más longevo. En griego antiguo, tanto nomos (‘ley’ o ‘costumbre’, pero originalmente ‘terreno asignado’ o ‘pastizal’) como kanon (que podría hacer referencia a una ‘cuerda tensa’, una ‘guía’ en el sentido literal) formaban una tríada con horos (‘límite’). Los tres términos asumen el sentido figurado de un límite que no se puede violar so pena de sanción. Kanon pasó a significar ‘regla’ sobre todo en el contexto de artes como la arquitectura o la medicina, y más tarde para la gramática40. Los primeros autores cristianos, como Clemente de Alejandría (c. siglos II-III d.C.), utilizaron a veces kanon para referirse a los Evangelios, y Atanasio (c. 298-373 d.C.) y otros padres de la Iglesia extendieron el significado de la palabra para describir la lista de aquellos libros considerados de inspiración divina y, por tanto, «canónicos»41.

Durante el mismo período, la Iglesia cristiana primitiva, especialmente en el Imperio Romano Oriental, de habla griega, comenzó a usar la palabra canon para referirse a los decretos de los concilios y sínodos para estipular asuntos tales como el calendario litúrgico, los sacramentos del bautismo y la eucaristía y los días de ayuno. En el siglo V, estas colecciones de reglas o «cánones» se habían sistematizado en el «derecho canónico»42. Ya a finales del siglo II, los escritores patrísticos también usaban la expresión «regla de la verdad», primero en griego y más tarde en latín (kanon tes aletheias, regula veritatis), para trazar una línea clara entre ortodoxia y heterodoxia43.

Después de que el emperador romano Constantino I (siglos III-IV d.C.) decretara la tolerancia del cristianismo en el 313, la terminología del derecho eclesiástico empezó a entretejerse con la del derecho romano. Las Novelas y los Digestos del emperador Justiniano I (c. 483-565), por ejemplo, se refieren con frecuencia a los kanones, y a menudo equiparan nomos y kanon44. Las ramificaciones de la palabra latina regula, que, igual que kanon, se refería en un principio al instrumento para garantizar la rectitud y cuyo significado se amplió con posterioridad, siguieron los pasos de su equivalente griego. En combinación con la palabra latina norma (quizás derivada de la griega gnomon, una vara vertical perpendicular al horizonte y más tarde una herramienta de carpintero para hacer ángulos rectos), regula expandió sus connotaciones: desde los tablones rectos utilizados en la construcción hasta los modelos en retórica y las reglas en gramática y derecho45.

En el campo del derecho romano, sin embargo, regula