Resistir la cicuta - Mateo Belgrano - E-Book

Resistir la cicuta E-Book

Mateo Belgrano

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Beschreibung

Resistir la cicuta es un manifiesto que emerge en defensa de una disciplina cada vez más cuestionada, en una época donde todo debe ser rentable y utilitario. La cicuta, el veneno que dio fin a la vida de Sócrates, se ha vuelto más sutil y menos teatral, aunque no menos mortífera: la lógica productivista amenaza con acabar con la filosofía.  Con una pluma aguda y combativa, Mateo Belgrano demuestra que la filosofía, lejos de ser un lujo o un regodeo intelectual, es una herramienta necesaria para transformar el mundo, fortalecer las sociedades democráticas y vivir más libremente.  Desde la antigua Grecia hasta la era de la inteligencia artificial, este libro nos sumerge en debates filosóficos y políticos sobre el rol de la reflexión crítica en las sociedades del siglo XXI.   

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Seitenzahl: 163

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice de contenido
Agradecimientos
Prólogo
Introducción
1. La inútil inutilidad de la filosofía
2. La orfandad de las ciencias
3. El humanista maquínico
4. Matar al genio
5. Esos raros mitos nuevos
6. I.A.: Idiotez artificial
7. ¡Viva la filosofía carajo!
A modo de conclusión
Bibliografía

Índice de contenido

Agradecimientos

Prólogo

Introducción

1. La inútil inutilidad de la filosofía

2. La orfandad de las ciencias

3. El humanista maquínico

4. Matar al genio

5. Esos raros mitos nuevos

6. I.A.: Idiotez artificial

7. ¡Viva la filosofía carajo!

A modo de conclusión

Bibliografía

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Cover

Índice de contenido

Resistir la cicuta

Mateo Belgrano

Resistir la cicuta

La “utilidad” de la filosofía en el siglo XXI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Madrid - Santiago - Montevideo - Asunción - Lima - Buenos Aires - Bogotá - México

Belgrano, Mateo

Resistir la cicuta : la “utilidad” de la filosofía en el siglo XXI / Mateo Belgrano ; Prólogo de Martín Buceta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2025.

94 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-631-6680-16-7

1. Filosofía Contemporánea. I. Buceta, Martín , prolog. II. Título.

CDD 190

 

ISBN: 978-631-6680-16-7

Primera edición, abril 2025

 

© 2025, Mateo Belgrano

© 2025, Sb Editorial

Argentina: Salta 188, Piso 3 - C1070AAC Ciu­dad Autónoma de Bue­nos Ai­reswww.editorialsb.com • [email protected] • +54 9 11 3012-7592

México: Antonio Sola 20 - Colonia Condesa - Cuauhtémoc - 06140 Ciudad de México

www.editorialsb.com.mx • [email protected] • +52 55 4925 9309

España: Calle Azafrán 9 - Majadahonda - 28222 Madrid

www.editorialsb.com • [email protected] • +34 695 70 03 95

 

Director general: Andrés C. Telesca ([email protected])

Diseño de cubierta e interior: Cecilia Ricci ([email protected])

Corrección: Marjorie Flores

 

 

Agradecimientos

De la nada, nada sale, y este libro no es una excepción. El texto que tienen ante sus ojos lejos está de ser un producto exclusivo de mi corteza prefrontal, sino que recoge discusiones, ideas, conversaciones y colaboraciones con distintos y distintas colegas como Martín Buceta, Magdalena Cámpora, Francisco Diez Fischer, Martín Grassi, Joaquín Jasminoy, Lucía Puppo, Federico Raffo Quintana, Juan Torbidoni, entre otros. El primer paso para resistir la cicuta, creo, es ponernos a conversar. Les agradezco su oído y generosidad.

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

La pregunta por la utilidad y el lugar de la filosofía en las sociedades no es nueva, sino que ha existido desde siempre en la historia. Esto está muy bien señalado por Mateo Belgrano cuando, en un giro casi cómico, nos recuerda que Tales de Mileto se convertía en el hazmerreír de sus conciudadanos por caer en un pozo mientras deambulaba perdido en la observación de los cuerpos celestes (p. 14). No obstante, en la actualidad, esta inquietud cobra una importancia capital (esta palabra no es elegida al azar), ya que, a la pregunta por la utilidad, por el rol, por el lugar propio de la filosofía, se le agrega la cuestión imperante de la productividad entendida, principalmente, en relación con la posibilidad de la monetización de lo producido. En otras palabras, ya no alcanza con preguntar por la utilidad o el rol de la filosofía, sino que ahora, además, se le exige a esta que rinda cuentas, en tanto pueda ser traducida en valor monetario, en tanto pueda ser vendida, o, dicho de un modo mucho más actual, en tanto pueda “hacerse plata”.

Esta exigencia de productividad y correspondiente monetización deja en evidencia la jerarquía de valores de hecho de la sociedad actual, donde el dinero es amo y señor de los destinos humanos y, en particular, de sus prácticas. Desarticular una creencia de tal magnitud no es una tarea sencilla ni realizable en el prólogo de un libro. Pero sí es posible señalar que el texto en que está a punto de sumergirse el lector luchará, entre otras, esa pelea.

Este libro tiene carácter de manifiesto, no solo por su asertividad y simpleza a la hora de sostener sus ideas, sino también por su carácter de denuncia. En sus páginas asistimos a una voz que grita que algo no está bien o no es como se piensa. Este grito que dice “no” va delimitando, de modo implícito, cuál es el lugar de la filosofía en las sociedades democráticas actuales. En cada capítulo que lo conforma, se puede advertir la voz fuerte y clara de Belgrano que se alza para señalar aquello que debe ser denunciado. En el primer ensayo sobre “La inútil inutilidad de la filosofía” se muestra que, frente aquellos que la acusan de inservible, la filosofía y sus reflexiones pueden proveer herramientas conceptuales y razonamientos que permiten, incluso, hasta resolver casos criminales. Lejos de ser un pensamiento que se complace en sí mismo sin ningún tipo de utilidad práctica, Belgrano nos muestra que la filosofía tiene aplicaciones directas para dirimir cuestiones de nuestra cotidianeidad, no es, por lo tanto, inútil. En el siguiente apartado, el autor cuestiona el lugar común de la filosofía como “madre de todas las ciencias”, que esconde una supuesta superioridad de la primera sobre las segundas, y propone entenderla como hermana, es decir, como colaboradora en la adquisición de conocimiento. “El humanista maquínico”, tercer capítulo del libro, alza la voz contra un sistema que intenta industrializar la actividad reflexiva de la filosofía, sometiéndola a estándares de productividad que nada tienen que ver con su quehacer particular. El grito del autor aquí advierte sobre el peligro de esta mecanización del trabajo reflexivo y sus consecuencias al ser sometido a un paradigma de rendimiento propio de la productividad industrial. En el capítulo titulado “Matar al genio”, Belgrano combate la falsa idea de que los genios son quienes hacen avanzar el pensamiento gracias a ciertos arranques de creatividad propios de algunos iluminados. Allí el autor nos muestra que la evolución del pensamiento humano depende de una delicada y concertada tarea de muchos que trabajan –como decía Deleuze– modesta y arduamente pensando lo que otros han dicho. Aquí el grito de Belgrano es una denuncia contra quienes desfinancian el sistema científico-tecnológico, un grito ya no solo de enojo sino también atravesado por la tristeza y por la amarga certeza de que, como dice él, “en un país donde no se riega la reflexión, no florecerá nunca el pensamiento propio” (p. 55).

En “Esos raros mitos nuevos”, el autor discute la falsa idea de que solo se tiene que promover y financiar aquellas propuestas útiles (en términos monetarios) de pensamiento, es decir, aquellas que son funcionales a un aparato productivo o a las modas propias de una época. La filosofía ha sido siempre –y lo sigue siendo– una reflexión que provee de un aparato conceptual crítico a los individuos y a las sociedades que propicia la construcción de democracias fuertes, en tanto posibilitan la discusión y el análisis crítico de los discursos imperantes. Por esto, frente a los mitos actuales como la posverdad y la fe ciega en la inteligencia artificial (analizados por Belgrano), el autor refuerza la necesidad de fomentar el análisis, el debate y la argumentación, como herramientas clave para combatir la estupidización que amenaza las sociedades. “La estupidez artificial”, anteúltimo capítulo, es una reivindicación del acontecimiento frente a la creciente automatización de la vida mediatizada por los dispositivos tecnológicos que se apropian de nuestro acercamiento a la realidad y conducen delicadamente nuestras decisiones. La filosofía ha dirigido siempre su mirada al acontecimiento que acoge la novedad y la ruptura de la habitualidad. Ella es en sí misma también un acto creativo, no automatizado, disruptivo, que rompe con lo predecible y calculable y manifiesta lo propio humano no maquínico. El último capítulo, “¡Viva la filosofía carajo!”, defiende el rol desideologizante propio de la filosofía. Frente a discursos obtusos, fanáticos, que hacen peligrar la convivencia democrática y la continuidad de la vida, la filosofía es reivindicada por Belgrano como una práctica emancipatoria que lejos de propiciar cualquier mesianismo elabora las bases para la construcción de un tejido social robusto que debe su fuerza al fomento constante del análisis, el pensamiento crítico y la argumentación, todas ellas en el marco de una discusión democrática.

Este manifiesto que nos invita a “resistir la cicuta” no es ajeno al contexto urgente en que se pronuncia. La práctica filosófica y, en particular, el financiamiento de la filosofía en la actualidad de nuestro país, están fuertemente cuestionados. Se exige a los investigadores en humanidades que sean productivos en términos monetarios. Tienen que generar dinero porque “no hay plata”. Esta exigencia deja en evidencia la posición dominante del dinero y del poder en las sociedades actuales. Sociedades donde el rédito y la producción constituyen los valores y las varas con las que todo es medido, sociedades inhumanas por definición en tanto que son dirigidas por el mercado (que no hace falta decirlo, no es humano). Entonces, esta exigencia de ser redituables, productivos en términos monetarios, por burda que parezca a muchos, es preciso que sea respondida y rebatida. Una vez más el filósofo debe legitimar su práctica y la necesidad de su reflexión para el sostenimiento y la construcción de sociedades humanas. Resistir la cicuta no es otra cosa que eso, un manifiesto argumentado frente a los venenos que quieren dar fin a esta práctica.

Martín Buceta

Introducción

Hace dos mil quinientos años caía el sol en Atenas y la hora de Sócrates se acercaba. Rodeado de sus fieles discípulos, hasta último momento intentaba escudriñar los secretos del universo, discutiendo con sus amigos la inmortalidad del alma. El carcelero llegó a anunciar que se acercaba la hora señalada. Sócrates, mirando la tarde caer, asintió. Lo quisieron convencer de que espere un poco más, que aún había tiempo para continuar la última tertulia. Pero ¿qué sentido tiene evitar lo inevitable? El destino siempre nos alcanza. Podemos acompañar su paso, o inútilmente resistirnos y ser arrastrados por él. El guardia regresó con una copa entre sus manos. Sócrates la tomó, inhaló profundamente y bebió su destino. Pero nada sucedió inmediatamente. Sócrates abrió los ojos y miró a sus amigos. “¿Por qué lloran? Estén tranquilos y muéstrense fuertes”. Comenzó, como si nada, a pasear por la celda, exponiendo no sé qué cuestión que había quedado pendiente sobre la naturaleza del alma. Pasados unos minutos, mientras discutía con Critón, fue a la cama a sentarse. Las piernas le comenzaban a pesar y comenzó a sentir un hormigueo que preanunciaba el final. Se tumbó en la cama y fue como si hubiese caído un monumento. Lentamente, el cuerpo vivo de Sócrates se tornaba escultórico, casi como si fuera de mármol. Primero sus piernas se pusieron rígidas, luego sus manos se congelaron. Y justo antes de quedar paralizado por completo, balbuceó: “Le debemos un gallo a Esculapio. No se olviden de pagarle”. Y habiendo salido estas palabras de su boca, sus ojos quedaron petrificados.

La cicuta ha pasado a la historia como la verduga de la filosofía. Su fama se debe a que ha sido el veneno que dio muerte a Sócrates, la figura más emblemática, mal que le pese a Nietzsche, de la filosofía. Sócrates, bautizado el tábano de Atenas, importunaba y ridiculizaba a los grandes poderosos de la polis con sus preguntas extravagantes. A los jueces les preguntaba qué era la justicia, a los políticos qué era el poder, a los artistas qué era la belleza, y siempre caían en contradicciones y los dejaba en ridículo. Aquellos supuestos sabios mostraban sus pies de barro. El filósofo deambulaba por las calles, incomodando a sus conciudadanos con sus interrogantes como el tábano que no deja dormir al buey. De esta forma, Sócrates acicateaba a los ciudadanos atenienses para que no aceptaran formas de vida establecidas simplemente por hábito y costumbre. Su misión era despertar a todo aquel que viviera dormido. Habiendo cosechado enemigos durante toda su vida, Sócrates fue acusado de no respetar a los dioses y corromper a los jóvenes. La historia ya es conocida. Luego de una memorable, pero insuficiente defensa, Sócrates fue condenado a beber la cicuta, el veneno mortal que dio por terminada su vida. Y mientras el veneno corría por su garganta, su legado se inmortalizaba para siempre.

La cicuta ha tomado distintas formas a lo largo de los siglos. Giordano Bruno, por ejemplo, fue perseguido por la Inquisición por haber osado a decir que el universo era infinito, lo que le valió morir en la hoguera. Baruch Spinoza fue expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam por sus ideas heréticas sobre la naturaleza de Dios, la autenticidad de la Biblia hebrea y su cuestionamiento de la autoridad rabínica. Karl Marx tuvo que exiliarse varias veces a lo largo de su vida por sus ideas revolucionarias. Hace unos años ya que la Filosofía y las Humanidades y Ciencias Sociales, en general, sufren en la Argentina el envenenamiento de la cicuta por cuentagotas. Los venenos se han vuelto más sutiles, más eficaces y menos teatrales. Desde hace algunos años, de la mano de ciertos recortes en CONICET, se inició una campaña de desprestigio que lentamente fue erosionando la legitimidad de la Filosofía, las Humanidades y las Ciencias Sociales, particularmente haciendo énfasis en el gasto “inútil” que significan las investigaciones en estos campos. Muchos investigadores fueron escrachados en redes sociales con nombre y apellido por estar trabajando en temas, según el “sentido común” (y no según los rigurosos criterios por pares a los que se someten los académicos), irrelevantes y ridículos, sin un uso tangible. Sin considerar la calidad académica de los investigadores y el valor a largo plazo de sus estudios, se los descarta por no producir resultados tangibles como las Ciencias Naturales y Exactas (que también es un prejuicio, dado que no siempre los generan). Una masa iracunda teclea en sus pantallas: ¿por qué el Estado debería financiar investigaciones científicas y más específicamente investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales? ¿Se debe invertir el dinero recaudado de los impuestos en un individuo que investiga algo tan inútil como la filosofía del arte en Martin Heidegger?

Pero el nivel de cicuta en sangre parece haber llegado a límites insostenibles y la estocada final se vislumbra inminente. Daniel Salamone, el presidente de CONICET de la gestión Milei, afirmó que el organismo “tiene que premiar investigaciones necesarias; a veces los científicos buscamos temas sexies” (Salamone, 2023). Salamone divide como el mar Rojo la ciencia: por un lado, los temas necesarios, útiles, fundamentales; por el otro, donde generalmente caen las humanidades, los temas “sexies”, interesantes pero innecesarios, frutos del ocio, un lujo que hoy la Argentina no puede darse. Pero ¿con qué criterios determinamos qué es útil, qué es necesario y estratégico, y qué es sexy e inútil? La lógica del funcionario parece ser lisa y llanamente mercantilista y económica: disciplinas que no generan productos a corto plazo monetizables no son dignas de financiación. El mismo Salamone sostiene que el CONICET debe ser una “incubadora de empresas” y tiene que priorizar aquellas líneas de investigación que “generen divisas” (Salamone, 2023). El conocimiento parece estar atado a su rentabilidad económica inmediata. En este contexto, la filosofía, junto a las humanidades, está destinada al ostracismo o, peor aún, a su desaparición.

Por supuesto que este no es un fenómeno exclusivamente argentino. En España la filosofía dejó de ser obligatoria en las escuelas secundarias y lentamente fue desapareciendo de la currícula. Profesores y estudiantes se levantaron en protesta argumentando que la ausencia de esta disciplina solamente traerá un empobrecimiento intelectual del alumnado. En esta línea, en México, la Secretaría de Educación Pública, para preparar “mejor” a los estudiantes para el mundo laboral, decidió en 2008 quitar la filosofía de las disciplinas fundamentales. Algo similar sucedió en Colombia, donde en el año 2012 la ICFES (Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación) eliminó la filosofía de las pruebas Saber 11, una prueba estandarizada que se realiza al final de la educación media. Un grupo de profesores de la Licenciatura de Filosofía de la Universidad Pedagógica respondió contundentemente con un “Manifiesto” en el que denunciaba que para la filosofía, “en la práctica, dicha modificación significaba su asesinato” (Universidad Pedagógica Nacional, 2014). En 2019, Bolsonaro anunció el desfinanciamiento de carreras como Filosofía y Sociología porque no generan un retorno significativo a la sociedad y que invertiría el dinero de los contribuyentes en disciplinas que formen a los ciudadanos para empleos más solicitados en el mundo laboral. Más recientemente, en Uruguay, la reforma educativa de Pablo da Silveira, ministro de Educación y Cultura del gobierno de Luis Lacalle Pou, recortó fuertemente las horas de Filosofía en la enseñanza media. Su justificación fue aún más alarmante: “una parte muy importante de nuestros docentes no puede leer un texto simple y entenderlo” (El Observador, 2023). En Europa, el Estado ha ido retirando inversiones en universidades y centros de investigación para las humanidades, haciendo imposible su desarrollo. Países como Italia y Francia, de una tradición filosófica de larga data, han recortado significativamente los presupuestos en facultades de Filosofía. En Estados Unidos, departamentos de humanidades se cierran cada vez más. A lo largo del mundo, la filosofía agoniza.

Algunos interpretarán este encumbramiento del homo oeconomicus como un síntoma contemporáneo del fuerte resurgimiento del neoliberalismo en los últimos tiempos. Claramente, no es indiferente a este fenómeno. Sin embargo, la acusación es tan antigua como la misma filosofía. En textos como Gorgias, Calicles acusa a Sócrates de dedicarse a cosas de poca importancia como la filosofía, entretenimiento trivial, digno de un joven en formación, pero impropio de un adulto que debe conocer cómo llevar los negocios. Así como cuando vemos a un niño jugar, nos produce una sonrisa, lo mismo le sucede a Calicles cuando ve a jóvenes practicar la filosofía. Pero cuando ve a un hombre ya adulto filosofando, dice el político griego, le parece no solo ridículo sino digno de azotes. Un hombre hecho y derecho, maduro, debe dejar estas tonterías y dedicarse a los asuntos comerciales. Y finalmente le aconseja: “Pero, amigo, hazme caso: cesa de argumentar, cultiva el buen concierto de los negocios y cultívalo en lo que te dé reputación de hombre sensato; deja a otros esas ingeniosidades, que más bien es preciso llamar insulseces o charlatanerías, por las que habitarás en una casa vacía” (486c-d). Como vemos, la idea de que haciendo filosofía uno “morirá de hambre” –a todos los que nos dedicamos a este saber nos lo han dicho– tiene antiguas raíces.