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El 11 de marzo de 2021 se vendió en una subasta por 69,3 millones de dólares un archivo digital creado por Mike Winkelmann, también conocido como Beeple. Esta venta produjo un importante revuelo en el mundo del arte. La aparición de los NFTs, o tokens no fungibles, una nueva forma de autentificar la propiedad y autenticidad de obras de arte digitales en el blockchain, promete transformar el escenario artístico mundial. ¿Qué implicancias tienen estas recientes tecnologías en el futuro próximo del arte? ¿De qué manera transforman los modos de producción artística? ¿Y de consumo? ¿Cómo repercute en los coleccionistas, en el mercado del arte y en las instituciones artísticas, como los museos? ¿Qué cambios traerá esta tecnología incipiente? ¿Es una revolución o más bien es una moda pasajera, una burbuja financiera? ¿Vino el criptoarte para quedarse? ¿Significará una liberación para los artistas de los intermediarios, los museos, las discografías, de todas aquellas instituciones que le confieren a las obras el estatus del arte? ¿O por el contrario terminará de poner a los artistas de rodillas ante el mercado capitalista?¿Estamos alcanzando una utopía tecnológica o más bien una distopía? El gesto criptográfico pretende reflexionar sobre estos interrogantes en un contexto donde aún todo está por verse.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2022, Miño y Dávila srl / Miño.y Dávila sl
Edición: Primera. Agosto de 2022.
Categoría THEMA: AGA Historia del Arte; AFKV Arte electrónico, holográfico y video arte; ABA Teoría del Arte
Depósito legal: M-13684-2022
ISBN: 978-84-18929-51-9
Ilustración de tapa: Simon Lee (@simonxxoo) en Unsplash
Diseño y composición: Gerardo Miño.
Lugar de impresión: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
e-mail producción:[email protected]
e-mail administración:[email protected]
web:www.minoydavila.com
redes:Twitter, Facebook, Instagram
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¿Puede algo tan efímero como una flor valer más que una elegante casa en la ciudad de Ámsterdam? En el siglo xvii la fiebre de los tulipanes azotó los Países Bajos. Un bulbo de tulipán podía costar miles de florines. Los ricos gastaban sus fortunas en esta flor exótica y los que menos tenían empeñaban lo que podían para hacerse de esa belleza única de Oriente. Otros se endeudaban para montarse al mercado que creían que crecería para siempre. Muchos se hicieron ricos de la noche a la mañana. Cuenta una historia que un marinero extranjero, sin conocer la rara afición de los holandeses por los tulipanes, confundió un bulbo con una cebolla que desayunó con enorme placer. Cuando el dueño del bulbo descubrió semejante atrocidad, exclamó: “podría haber agasajado suntuosamente al Príncipe de Orange y toda la corte del Stadtholder” (Mackay, 1980, p. 92). El pobre marinero pasó meses en prisión por la locura que se había apoderado de la región. Hoy si uno va a los Países Bajos ve tulipanes por doquier. En ese entonces eran un objeto raro y escaso, novedoso en esas tierras europeas, y, por lo tanto, por un tiempo, bastante caro. La mayor parte del año el bulbo se encuentra bajo tierra, razón por la cual se comenzó a crear un mercado de futuros. Es decir, se fijaba un precio para pagar en el futuro una vez que los bulbos fueran recolectados y entregados. Pero este mercado tenía fecha de vencimiento. En febrero de 1637 la burbuja estalló, los precios comenzaron a caer, los compradores desaparecieron y el país cayó en la quiebra. Así terminó una primavera que había durado demasiado.
Mosaic Virus es una obra del 2019 de la artista inglesa Anna Riddler (figura 1). Allí vemos tres pantallas donde se expone un tulipán en cada una. Lo curioso es que su apariencia va cambiando según las subidas y bajadas del Bitcoin, la criptomoneda que, como un virus, igual que los tulipanes en el siglo xvii, está volviendo loco al mundo. ¿Estamos ante una nueva burbuja financiera, ante otra psicosis de las masas? El jueves 11 de marzo de 2021 el criptoarte fue noticia en todos los portales del mundo. Ese día se vendió en una subasta por 69,3 millones de dólares un archivo JPG creado por Mike Winkelmann, también conocido como el artista digital Beeple. La imagen susodicha es Everydays — The First 5000 Days (figura 2), un collage de todas las obras de Beeple desde el 2007. Su idea en el 2007 fue ir posteando todos los días un dibujo, una obra, para mostrar sus avances en la técnica. Beeple fue ganando popularidad y seguidores con los años. Comenzó a trabajar como diseñador para diferentes marcas. Cuando el Covid-19 estalló alrededor del planeta y su trabajo de diseño se ralentizó, empezó a explorar el mundo de las criptomonedas, las cadenas de bloques y los tokens no fungibles (NFT), que son básicamente certificados digitales de propiedad. Descubrió que había gente que pagaría mucho dinero por una pieza de arte digital registrada como NFT que la autentificara como única. Y entonces a Beeple se le ocurrió reunir en una especie de collage todas las imágenes que había producido cotidianamente durante catorce años y lo tituló Everydays. Se asoció con la casa de subastas Christie’s, que nunca antes había vendido una pieza puramente digital, una obra de arte que no existía en la vida real sino que pertenecía a un mundo virtual. Crearon una subasta en línea para la obra que duró dos semanas. La puja comenzó en 100 dólares. El precio empezó a subir lentamente, luego comenzó a acelerarse, antes de volverse estratosférico en los últimos minutos, donde aumentaba en incrementos de más de un millón de dólares. La oferta ganadora fue de 60 millones de dólares, lo que, sumados todos los gastos adicionales, dejó al comprador con una factura de 69 millones de dólares. Parece mucho dinero por un JPG encriptado. Nadie podía creer la suma pagada. Ni Christie’s, ni los especialistas del mercado del arte, ni el mismo Beeple (hay un vídeo en la web que muestra la reacción del artista viendo los últimos minutos de la subasta) esperaban semejante suma de dinero. Beeple se convirtió en el tercer artista vivo más caro de la historia, detrás de Jeff Koons y David Hockney. El 13 de marzo, dos días después de la gran venta, Beeple se ríe de su nuevo puesto entre los grandes artistas montándose sobre el perro inflable de Koons (figura 3). La sonrisa picaresca de Buzz Lightyear (personaje principal de la película infantil Toy Story) con orejas de conejo y una zanahoria en la mano recuerda al dibujo animado Bugs Bunny, el personaje de los Looney Tunes que siempre gana con su ingenio. Pero también parece una alusión a Rabbit, la escultura de Jeff Koons que fue la obra más cara de un artista vivo de la historia (91,1 millones de dólares). En la descripción de la imagen escribe: “no paro hasta que esté en el MOMA... y luego no pararé hasta que me echen del MOMA, lol”.
Pero el comprador no recibirá un objeto que podrá colgar en el living de su casa, sino un archivo digital en su computadora. ¿Cómo puede un JPG, un archivo fácilmente reproducible y al que se puede acceder gratuitamente, valer millones? ¿Estamos ante una nueva tulipomanía? Hito Steyerl sostiene que es una “burbuja para tontos”, un divertimento pasajero que expirará (Steyerl, 2021). ¿Estamos, como afirmaba Jean Baudrillard (2007), ante una nueva manifestación de que el arte contemporáneo no es más que un “complot”? O peor aun, ¿no estamos ante un complot (el del arte contemporáneo) montado sobre otro complot (el de las criptofinanzas)? ¿será que no es más que una burbuja dentro de otra burbuja? Quizás no sea más que un absurdo y todo termine, como sostiene Scott Reyburn (2021), con las lágrimas, no digitales sino reales, de los inversores. El propio Beeple se burla de este absurdo aparente que es el mundo del arte. El mismo día que Christie’s anunció la subasta de su famosa pieza, publicó SOME MOMA $HIT (figura 4). La misma escultura es un pastiche que contiene elementos de la cultura pop (nuevamente la cabeza de Buzz Lightyear) y del mundo del arte contemporáneo (la banana con cinta de Maurizio Cattelan pegada en su vientre). Incluso su cuerpo humano no hegemónico y de tamaño desproporcionado (es bastante más grande que sus espectadores) recuerda a la obra de Ron Mueck. Este Frankenstein del arte contemporáneo parece denunciar la absurdidad de este mundillo. Si se lee el texto curatorial al lado de la obra confirmamos esta interpretación:
El sueño imposible de una fruta púbica
Esta pieza pretende explorar la relación del hombre tanto con lo metafísico como con la apropiación cultural de los objetos cotidianos y su relación en el marco de una sociedad postcapitalista en la que los propios fundamentos de los paradigmas generacionales y los símbolos de la cultura pop que se han roto y recontextualizado en una ola tecnológica de aprobación populista dentro de una cultura agraria de pre guerra que es a la vez consciente de sí misma y también despojada de su valor inherente que ha sido comandada por un cuadro ultra-elitista de tropos tangenciales nacidos de la educación de los estilos neoclásicos en la a menudo celebrada tradición de reimaginar la utilidad de sacar la cabeza de la región inferior del trasero.
tldr; mierda para los ricos. (Mi traducción; ver figura 5)
Ese mismo día su famosa obra Everydays — The First 5000 Days fue tokenizada para la subasta, es decir, transformada en un NFT. Digamos por ahora que los NFTs son certificados de autenticidad u originalidad asegurados por el sistema de cadena de bloques (blockchain), la misma tecnología que hizo posible las monedas digitales. Así el comprador es el único que posee el “original” de la imagen digital creada por Beeple, por más que su nueva adquisición puede ser reproducida y compartida infinidad de veces.
Estoy de acuerdo con Kolja Reichert (2021): más que de una innovación artística, los NFTs se tratan de una nueva tecnología contable (p. 11). Pero estos avances presentan nuevos interrogantes: ¿Qué implicancias tienen estas recientes tecnologías en el futuro próximo del arte? ¿De qué manera transforman los modos de producción artística? ¿Y de consumo? ¿Cómo repercute en los coleccionistas, en el mercado del arte y en las instituciones artísticas, como los museos? ¿Qué cambios traerá esta tecnología incipiente? ¿Es una revolución o más bien es una moda pasajera, una burbuja financiera? ¿Vino el criptoarte para quedarse? ¿Significará una liberación para los artistas de los intermediarios, los museos, las discografías, de todas aquellas instituciones que le confieren a las obras el estatus del arte? ¿O por el contrario terminará de poner a los artistas de rodillas ante el mercado capitalista? ¿Somos testigos del “comienzo del próximo capítulo de la historia del arte”, como profetiza Beeple (Hahn, 2021)? ¿Estamos alcanzando una utopía tecnológica o más bien una distopía? Quizás sea aún temprano para apreciar los alcances de este nuevo fenómeno. Quizás aún estemos demasiado encima de la irrupción del así llamado criptoarte para percatarnos de sus consecuencias.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel decía que el búho de Minerva, diosa de la sabiduría, debe alzar su vuelo una vez que haya caído el sol (Hegel, 1968, p. 37). Es decir, la reflexión debe comenzar luego de que la jornada haya transcurrido, de que los sucesos hayan quedado atrás, para, en la calma de la noche, meditar sobre lo acontecido. Quizás aún sea pronto para responder estos interrogantes, pero no seré el primer búho ansioso, perdido bajo la luz del día, que se aventura al riesgo de quedar atrapado bajo la fiebre de los tulipanes.
01
Los filósofos mecanicistas interpretaron el universo como una gran maquinaria, un conjunto de engranajes que, aunque distintos entre sí, funcionan a la par. El cosmos vendría a ser un inmenso reloj cuyo funcionamiento se rige por las leyes de la naturaleza. Pero si miramos detenidamente un reloj cualquiera y su intrincado mecanismo, ¿alguien pensaría que es un mero producto del azar? Más bien, cabría presuponer que fue creado por alguien, que fue diseñado por alguna mente humana. No entendemos ni cómo funciona ni cómo fue creado, cómo hace que las agujas se muevan con tal precisión marcando la hora exacta, pero semejante artefacto no puede haber surgido espontáneamente, tiene que haber un artífice detrás de esta pieza. De la misma manera, sería una locura pensar que algo tanto más complejo que un reloj, como el universo entero, es producto de una casualidad. Debe haber un Diseñador, un Creador, del cosmos. Este es el famoso argumento del “Dios relojero” que resume William Paley (2010). Dios es el gran artesano que configura cada engranaje del mecanismo y, una vez listo, le da cuerda para que el mundo comience su historia. Ahora bien, luego de acabar la tarea, ¿qué papel ocupa Dios en el universo? Para algunos, los newtonianos, Dios está una y otra vez ajustando los engranajes del cosmos. Para Leibniz esta recurrencia constante a un Deus ex machina es absurda porque supone que la obra del Perfecto Artesano no es tan perfecta, dado que necesita ser corregida una y otra vez (Leibniz y Clarke, 1980, pp. 51-52). Muchos deístas creían que Dios puso en marcha la creación y dejó al mundo a su suerte. El perfecto mecanismo, una vez terminado, ya no necesita de la intervención del relojero.
Pero aquí nos convoca otro gran mecanismo, el del blockchain, aquello que hace posible las criptomonedas. En el 2008 una crisis económica apabulló al mundo entero y terminó de confirmar el prejuicio criptoanarquista de que los bancos no eran instituciones de fiar.1 En medio de la desesperación de los financistas de Wall Street un individuo escondido bajo el misterioso pseudónimo de Satoshi Nakamoto sube a la red un escrito titulado “Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System”. Hoy en día éste es considerado el Whitepaper de Bitcoin, algo así como su carta magna. La intención original era crear una versión exclusivamente electrónica de efectivo donde las partes tratan directamente sin tener que pasar por un tercero, una institución financiera. El efectivo tiene la particularidad de permitir a dos desconocidos intercambiar valor de forma inmediata. Otra de las características es el anonimato: yo puedo hacer la transacción sin saber quién es el otro. Por otro lado, es un intercambio descentralizado, la interacción se hace directamente entre las partes, sin que haya una mediación, como un banco o cualquier otro agente. Pero el cash
