Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Roma ha sido, es y será la ciudad eterna que a todos deslumbra y a todos agota por la cantidad de vestigios arqueológicos, históricos y artísticos que ha acumulado a lo largo de 3000 años. Por esta razón intentar llegar a conocerla medianamente bien es casi un cometido inalcanzable sin la ayuda de un guía entusiasta que empiece por enseñar a amarla y a disfrutarla primero, para entrar en sus laberintos después. Pilar González Serrano ha pretendido en este libro convertirse, al menos, en ese guía que de una manera práctica y sencilla ayude al lector a conocer los aspectos más esenciales de ese todo que, como un indestructible bloque de ""opus caementicium"", se presenta a primera vista ante el viajero estudioso. La Roma de la que se ocupa es esencialmente la de las épocas republicana e imperial, siguiendo el recorrido de sus célebres colinas y espacios más significativos. Sin embargo, no ha querido dejar de hacer referencia a los monumentos señeros que de épocas posteriores se han ido superponiendo unos tras otros y con los cuales se enfrenta todo aquel que recorre sus lugares arqueológicos, sus calles, parques y jardines. Es una visión personal, limitada, fruto de su propia experiencia, sin más pretensión que la de servir de un humilde ""primus die"" para quien llega como peregrino o romero a la ciudad del Tíber. Puedes acceder a gran contenido extra de ROMA a través de enlaces en el ebook.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 1314
Veröffentlichungsjahr: 2015
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
ROMA
La ciudad del Tíber
Pilar González Serrano
INTRODUCCIÓN
La historia de una ciudad, Roma, se ensancha para convertirse en la historia de un país, Italia, y esta pasa a ser la historia del mundo, del mundo mediterráneo.
T. Mommsen
A mi marido Mariano Cutanda
Esta conocida frase de Teodoro Mommsen resume de modo magistral el devenir de la Historia de Roma que, en definitiva, fue la del mundo mediterráneo en la Antigüedad desde el siglo VI a.C. hasta el V d.C. Primero por derecho de dominio militar y político, conseguido, paso a paso, en un incesante proceso de expansión y, a partir de la Edad Media, a través de los sólidos vínculos espirituales del Pontificado. Más tarde, su cultura y sus esplendorosas manifestaciones artísticas mantuvieron y acrecentaron su condición de ciudad prodigiosa, ante la cual comocaput mundino cabe más postura que la de una rendición sin condiciones.
La famosa sentencia que afirma que «todos los caminos conducen a Roma», recuerda tiempos en los que no hubo vía enlastrada ni camino de arena, en el ámbito del Imperio, que no terminara en elmiliarium aureum: el punto cero del mismo, erigido en las proximidades delumbilicus urbis Romae. Ambos hitos se encontraban en el Foro romano, en las proximidades del arco de Septimio Severo, y sus emblemáticos restos aún se contemplanin situcon una profunda sensación de admiración y de respeto.
En el pasado como en el presente, cuantos visitamos Roma no podemos dejar de sentirnos peregrinos o romeros en una ciudad única, irrepetible, que solo puede ser recorrida con humildad y sin prisas. Antaño fueronperegrinilos individuos que no disfrutaban de la ciudadanía romana, los extranjeros. Ahora, en una ciudad tan universal como es la Roma actual, los peregrinos nos sentimos «viajeros curiosos y píos» (de acuerdo con la acepción medieval de este calificativo), más que extranjeros. Al mismo tiempo, como romeros, nos vemos deslumbrados y abrumados ante la inabarcable tarea de conocer su historia pasada y presente, su ingente patrimonio arqueológico y artístico, sus iglesias, sus museos, sus palacios, etc.
Por estas razones, después de cada una de nuestras visitas a la Ciudad Eterna, siempre cortos de tiempo, nos prometemos volver cuanto antes; y cuando dicha promesa se cumple, con o sin la ofrenda de las tres monedas votivas echadas al pilón de la «Fontana di Trevi», descubrimos nuevas maravillas y experimentamos inéditas sensaciones, a sabiendas, eso sí, de que nos dejaremos muchas cosas sin ver, por más que apuremos la suela de nuestros zapatos.
Ese «ensancharse» de Roma, la ciudad del Tíber, la de las siete colinas, a través de sus vías militares primero y comerciales después, jalonadas de ciudades donde, poco a poco, se fueron adoptando los patrones y estructuras de la vida romana, tuvo como resultado último la urbanización generalizada de toda la Europa situada al Este del Rin y del Danubio, de suerte que los pueblos que se mantuvieron fuera de sulimes(línea de fronteras) se consideraron pueblos bárbaros, desconocedores de la civilización y del progreso.
Aunque es frecuente considerar a los romanos prototipo de los pueblos colonizadores e imperialistas, no puede negárseles la capacidad de integración de culturas de la que hicieron gala desde los inicios de su expansión. Con las primeras conquistas fuera de Italia, la experiencia les hizo comprender que el dominio de nuevos territorios mediante la simple ocupación militar era insostenible. Las legiones se diezmaban en continuas guerrillas y revueltas y el proceso de pacificación se hacía inviable. Por esta razón, preocupación primordial fue acelerar el proceso de adaptación de las poblaciones indígenas a sus patrones de vida para aglutinarlas después en la compleja maquinaria política y social del Estado. Por lo tanto, en términos generales puede afirmarse, como apuntó en su día R.G. Collingwood, que la romanización debe entenderse como un proceso continuado de urbanización, a través del cual, en los vastos territorios del Imperio, se impuso un patrón de vida uniforme y una lengua, el latín, que llegó a convertirse en única. El término de globalización, tan traído y llevado en nuestros días, puede aplicarse a la tarea ingente que Roma llevó a cabo a lo largo de sus diferentes etapas de conquista y dominio.
Roma fue y sigue siendo la ciudad de un río, el Tíber, hasta el punto de que lo más verosímil es que el nombre de Roma, cuya etimología se ve envuelta en una maraña de mitos y leyendas, derive de un vocablo etrusco,rumon, que significa río, ya que la vía fluvial, a cuyas orillas nació y se extendió, jugó en su historia un papel transcendental, aunque hoy en día, como «río castigado» por las muchas inundaciones con las que perjudicó a la ciudad, se encuentre limitado entre las grandes murallas de travertino con las que se le encajonó en el siglo XIX1. No obstante, partido por la isla Tiberina y cruzado por los puentes de cuyo trazado se ocupaba elpontifex maximus2, cumplió durante siglos con su función de importante vía de transporte y fuente de energía para los molinos que se levantaron en sus orillas. Tiempos hubo en los que en ellas se emplazaron puertos que tuvieron una intensa vida comercial. Partiendo del puente Milvio, donde tuvo lugar en el 312 d.C. la emblemática batalla entre Majencio y Constantino y que cuenta en su haber con más de veintidós siglos de servicio, se encontraban los llamados puertos de Madera y de Rippetta, en los que se recibían las mercancías procedentes del norte. Pasado el puente Sisto se hallaba la isla Tiberina (unida a ambas orillas del río por dos viejos puentes romanos: el Cestio y el Fabricio) y las ruinas del «puente Roto»; más adelante se abría el puerto de Ripa Grande y, enfrente, a los pies del Aventino, el de la sal y el del mármol (Marmorata). Hasta este último llegaban los mármoles más preciados de ultramar para ornato de palacios y grandes mansiones.
En torno al río las gentes, que desde la Edad del Hierro (siglo X a.C.) fueron ocupando las suaves colinas del territorio del Lacio, se integraron entre sí gracias a un acelerado proceso de sinecismo. Su sistema de gobierno fue primero una monarquía, más tarde una república y, por último, un imperio que, falseando fórmulas republicanas, sirvió a los que fueron los verdaderos protagonistas de la Historia de Roma: el Senado y el pueblo romano.
No fueron casuales las razones por las que, desde la caída del Imperio Romano en el año 476 a.C. hasta el siglo XIX, nada se hiciera por propiciar la reunificación de Italia ni por devolver a Roma su condición de capitalidad política. El recuerdo de su poder omnipotente en el pasado planeaba como una sombra amenazadora en el recuerdo de Europa, por lo que se fomentó el «divide y vencerás» para prevenir el peligro de su resurgimiento, eserisorgimento que al final se convirtió en el lema clave de los patriotas y liberales de los nuevos tiempos, los mismos que acabaron consiguiendo la unidad de Italia.
En la Roma cristiana la heredera de la Curia Senatorial fue la Curia Pontificia, que ocupó su puesto en el plano espiritual. Sin embargo, su poder fue asimismo omnímodo, subyugador, y no menos agresivo. Entre tanto las pétreas ruinas de la ciudad pagana, aflorando por entre los pastizales que cubrieron los espacios más emblemáticos de la vieja urbe, abandonados y expoliados, se fueron convirtiendo en los testigos parlantes de su pasada grandeza, que con el tiempo se harían oír, como vamos a ver en las páginas que siguen.
El presente libro es fruto de mis viajes de estudios a Roma como profesora de Arqueología de la Universidad Complutense, viajes en los que también me he sentido peregrina y romera que gusta de perderse por sus calles, sentarse en sus escalinatas y hablar con sus gentes. Durante muchos años he explicado a mis alumnos, como tema impuesto por el programa de una asignatura, la topografía de Roma, y ha sido para mí motivo de orgullo recibir, a lo largo de los años, numerosas tarjetas con las vistas más emblemáticas de la ciudad y el cariñoso mensaje de aquellos que, al finalizar sus estudios, la visitaban y podían, gracias a mis explicaciones, «prescindir de guía», como yo les decía que podrían hacer si seguían con regularidad mis clases y leían los libros y textos aconsejados.
Comencé a escribir estas líneas a mediados de abril del 2000, recién llegada de una Roma a la que dediqué parte de mi año sabático, con la retina llena de sus imágenes monumentales y de las ruinas que apuntan por doquier en sus calles y plazas. Continué trabajando en este libro durante un par de años y luego, casi a punto de terminarlo, tuve que abandonar su redacción. Las cosas son como son y la vida manda. Sin embargo, no quiero que mis estudios y experiencias vividas en la «Ciudad Eterna» se queden en el fondo de un cajón, así que retomo mi empeño, contenta de tener que hacer el esfuerzo de su puesta a punto. La jubilación ofrece una nueva dimensión al tiempo.
He visitado la ciudad en años posteriores, siempre en estancias breves, verificando datos, apurando los días hasta el agotamiento físico y lumínico, pero en mi recuerdo ha prevalecido la del año 2000, año de jubileo, por la impresión que me produjo la capacidad de convocatoria del Vaticano. Los peregrinos, procedentes de todo el mundo y pertenecientes a todas las etnias, recorrían sus calles infatigables, admirados. Cada grupo caminaba tras su guía, que solía enarbolar algún banderín distintivo como inconfundible reclamo, hasta llegar a la incomparable plaza de San Pedro del Vaticano abarrotada de «peregrinos-romeros», insensibles al desaliento ante las largas colas de espera que tenían que hacer para entrar en el interior del templo o ver al Santo Padre asomarse a la «ventana de las apariciones».
De esta bella ciudad dijo Lord Byron que era «un irrepetible y único museo al aire libre» y, cabría añadir, que «el más grandioso de los yacimientos arqueológicos conocidos y aún por explorar en su totalidad». Afortunadamente, las excavaciones y restauraciones continúan su constante proceso de recuperación del pasado y es de esperar que, con el tiempo, el centro monumental de la urbe emerja en su totalidad.
Roma es en la actualidad una ciudad vibrante, única, a la que hay que saber entender y aceptar tal y como es para poder disfrutarla. Hay que perderle el miedo, al igual que se hace cuando se cruza por sus pasos de cebra, confiando en que los expertos pies de los conductores pisarán el freno a tiempo. Hay que hablar con sus gentes, comer sus pastas, sus pizzas y sus helados. Y, sobre todo, no olvidar que cuenta con tres mil años de historia.
Pasar una buena temporada en Roma,caput mundien el emblemático año 2000, fue un hecho de gran transcendencia en mi carrera vital. Encontré a la ciudad en parte rejuvenecida después de recuperar la primitiva epidermis de muchos sus viejos monumentos, entre los que había recibido un trato especial la fachada de la Basílica de San Pedro que, desde entonces, reluce con singular esplendor. Desgraciadamente, peregrinos y romeros no podremos rejuvenecer nuestra piel, pero sí nuestra mente, recordando nuestros viajes y las experiencias vividas entre sus ruinas, sus iglesias, sus museos, sus fuentes, sus calles, etc.
No puedo olvidar además que mis comienzos en el mundo de la Arqueología fueron el estudio y conocimiento de Roma de la mano del insigne arqueólogo Antonio García y Bellido, al lado del cual me formé profesionalmente. Los procesos iniciáticos se marcan en la memoria con huellas indelebles, y aún recuerdo que la primera clase que tuve que impartir, como profesora ayudante, fue sobre «los materiales romanos de construcción», tema áspero que preparé haciendo un gran esfuerzo. Desde entonces, cuando contemplo las sólidas ruinas, osamentas petrificadas del casi indestructibleopus caementicium, los paramentos en colmena del llamadoopus reticulatum, los magníficos ladrillosbipedalescon que se construyeron las roscas de los arcos, las grandestegulaede las cubiertas, los pavimentos musivos, elsummum dorsumde las calzadas, etc., no puedo dejar de rememorar miprimus diesy recapacitar acerca de la sabiduría práctica de los arquitectos e ingenieros romanos.
El propósito de este libro sobre la antigua Roma es ofrecer una síntesis útil, de fácil consulta, a cuantos deseen estudiar su historia y la de sus monumentos arqueológicos. En él he tratado de incluir cuantos datos me han parecido esenciales para una primera aproximación al tema. Además, en las notas que aparecen a pie de página, he procurado ofrecer una información particularizada sobre los personajes y hechos más destacados a los que se hace alusión, para que, en cada caso, los lectores y estudiantes no especializados en dichos temas puedan recordarlos.
En lo que se refiere al devenir de sus célebres colinas, espacios públicos, edificios y monumentos más emblemáticos, en los cuales el pasado y el presente se hallan trabados de forma indisoluble, he tratado de resumir su continuidad histórica, sin pretender profundizar en los aspectos referentes a los siglos que van del VI al XXI, pero señalando los avatares sufridos hasta llegar a su estado actual.
En Roma (la única, la eterna) hay muchas Romas: la republicana, la imperial, la catacumbal, la medieval, la renacentista, la barroca, la neoclásica, la de los tiempos modernos y modernísimos. Por esta razón, los romanos suelen exclamar: «¡Roma è molto stanca!» en su afán de consolar a los exhaustos turistas, visitantes o estudiosos que intentan, en tan solo unos días, la aventura imposible de su integral recorrido. Mi interés se ha centrado en la arqueología de la ciudad de las siete colinas, tal y como yo la explicaba en clase año tras año, sin abordar, por razones de programa, el devenir de la ciudad a partir de Medievo y sin detenerme, por supuesto, en la descripción de sus innumerables iglesias y edificios singulares. Sin embargo, en mi recorrido me veía obligada a hablar de los monumentos que nos salen al paso por doquier como parte ineludible del paisaje urbano. Y porque están ahí, me parecía y me ha parecido oportuno describirlos, aun a riesgo de desviarme de mi principal objetivo.
Soy consciente de que, a pesar de mis buenos propósitos, me he visto obligada a realizar muchos recortes, siguiendo un criterio personal tal vez no siempre atinado, sobre todo en lo que se refiere a las menciones que hago de los monumentos renacentistas y barrocos, por los que paso sin profundizar con el fin de no sobrepasar ese punto medio, ponderado por los antiguos y necesario para que el libro sea de fácil consulta y no se caiga de las manos. En cualquier caso, ruego al lector que considere que mi visión de Roma es personal y que responde a mi forma de verla y de sentirla, razón por la cual asumo cuantas críticas pueda merecer. Segura estoy de que serán muchas y variadas, pero es un riesgo inevitable. Lo importante es que la protagonista, por encima de todo, es Roma, siempre poderosa y bella, vivaz y urbana, a pesar de que las fotos que realizamos cada uno de nosotros, los actualesperegrini, con nuestras cámaras digitales desenfoquen las imágenes que hubiéramos deseado captar bien y transmitir mejor.
1 Cruzando la «Via di Ripetta» desde el Ara Pacis, puede verse en la fachada sur de la iglesia de «San Rocco» una placa de mármol en la que se hallan registradas las grandes inundaciones del Tíber antes de la construcción de los diques del «Lungotevere» a finales de la década de 1870-80.
2Se ha relacionado el nombre del sacerdote de mayor rango, en la religión romana, con el cargo o condición de constructor de puentes. Sin embargo, también hay filólogos que hacen derivar este vocablo de posse facere, es decir, «poder hacer», aludiendo a la potestad de realizar los sacrificios sagrados.
I. LA NATALIS ROMAE
Pincha para descarga de fichas iconográficas (Topografía): 8,5 MB
Lafecha legendaria de la fundación de Roma, el 21de abril del año 753 a.C.1, aparece incrustadacon tal fuerza en las páginas de la Historia quebien merece ser tenida por cierta. De hecho, como talse ha impuesto, y así lo proclama anualmente el gozosorepicar de la Patarina. Esta célebre campana de la torredel Palazzo Senatorio, que solo deja oír su metálica vozen ocasiones solemnes, recuerda cada 21 de abril a losromanos y al mundo entero lanatalis Romae, aniversario sacralizadoy legitimado por la fuerza de la tradición2.
Los vestigiosde chozas hallados en el Palatino, así como las tumbasaisladas encontradas en el Foro y en el Esquilino, ylos restos arqueológicos exhumados recientemente en el Capitolio, confirman queel poblamiento del área romana data de la Edad delHierro, es decir, del siglo X a.C., a pesarde los argumentos esgrimidos por los tradicionalistas que defendían ladel siglo VIII a.C., para hacer coincidir el mitocon la Historia. Por lo tanto, a la Arqueología lecorresponde la tarea de ir, poco a poco, llenando decontenido esos dos siglos de ocupación humana que median entreambas fechas: una documentada por los vestigios materiales aparecidos, yla otra considerada desde hace siglos como el punto dearranque de la historia de la ciudad del Tíber.
Loverdaderamente importante es comprender que a partir de ese supuestoprimus diesla historia de Roma se perfiló, ininterrumpidamente, comola gesta de todo un pueblo unido por un proyectocomún del que siempre fue consciente y del que sesintió orgulloso. Reflejos de esa conciencia colectiva son los vestigiosmíticos y arqueológicos que, con el tiempo, han asumido elpapel de símbolos carismáticos de la Roma eterna. A lafecha de lanatalis Urbishay que añadir la emblemáticafigura (etrusca o medieval) de la loba capitolina3, laMater Romanorum, con sus gemelos postizos, añadidos por Pollaiuolo enel siglo XVI, y las letras que conforman la elocuentesigla deSPQR (Senatus Populusque Romanus), repetida por doquier yque aún hoy puede verse en las tapas de registrode las arquetas del alcantarillado ciudadano.
¡El Senado y elpueblo romano! De hecho, ambos han sido los verdaderos protagonistasde la historia de Roma y así se trasluce enla mayoría de las páginas que sobre ella se hanescrito. La fuerza de este singular binomio justifica que laconclusión última de cuantos historiadores han profundizado en el pasadode Roma haya sido muy similar. Pueden citarse como ejemploa dos de los más grandes, separados por los siglos, pero unidos por el profundo conocimiento que ambos llegaron atener del devenir de la ciudad eterna: Tito Livio yMommsen.
Cuando en época augústea Tito Livio4se propusoescribir su conocida obraAb Urbecondita libri, la historiadel «pueblo príncipe», desde la fecha de la fundación dela ciudad hasta los comienzos del Imperio, tuvo que empezarpor refundir toda la información contenida en la Analística paraconseguir redactar una síntesis patriótica y moralizadora, cuyo fin últimoera justificar el legítimo orgullo del pueblo romano ante loslogros alcanzados con su esfuerzo y sacrificio. Convencido republicano, pudoescribir su obra a instancias del emperador Augusto sin traicionarsea sí mismo, ya que nunca se desvió de suidea básica: demostrar que el dominio del mundo, el granimperio universal (el sueño del malogrado Alejandro Magno), había sidoposible gracias al esfuerzo de todos los romanos, regidos porun Senado de respetables campesinos, orgullosos de las arrugas desus rostros y de los callos de sus manos, ásperaspor cavar la tierra y guiar el arado. El resultadono había sido otro que la gloria de la Repúblicay, por ende, la de Roma.
Como ilustración de laprofunda añoranza que animó a los puristas republicanos, nada máselocuente que contemplar la magnifica galería de retratos de laépoca (siglos II-I a.C.) que han llegado hastanosotros5. Son, en su mayoría, rostros de personajes anónimos conexpresiones tan realistas, tan falsamente espontáneas, que dejan huella imborrableen el espectador. Además, resultan históricamente familiares, porque se intuyeque son esos «famosos desconocidos» de los que habla Poulsen6, miembros de las poderosas familias de la oligarquía senatorialcitadas por las fuentes escritas y que jugaron un papeldecisivo en la historia de Roma.
Junto al protagonismo delpueblo romano, en las directrices de la obra de TitoLivio, marcaron rumbos preferentes las grandes fuerzas constructivas del pasado:el respeto a los dioses, la moral tradicional, el espíritude sacrificio y el amor a la patria, valores deprofunda raigambre popular en los que él creía, como convencidorepublicano. Todos ellos fueron, a su vez, ensalzados y sabiamentemanipulados por Augusto como instrumentos políticos, al servicio de larenovación estatal que suponía la implantación del Imperio. De estasuerte, la versión de la historia de Roma escrita porTito Livio vino a coincidir, en último término, con laestrategia populista imperial.
En cuanto a Mommsen7, el mejor conocedorde la historia y de la cultura romanas a finalesdel siglo XIX, se puede constatar que sus conclusiones seacercan a las de Tito Livio. En el prólogo desu obra magna,Historia de Roma, sintetizó su visión personalsobre la misma aseverando que el Imperio romano fue unlargo y duro proceso de integración, cuyo único protagonista fuesiempre el mismo: el pueblo romano, obligado, a su pesar, a mantener un pulso bélico con sus vecinos para podersobrevivir. Cabe pensar que Mommsen, como hombre de su tiempo, se dejara seducir en sus apreciaciones por los últimos destellosdel romanticismo, pero a la postre, ese hacersemalgre luique solía subrayar con personal acento en sus clases magistralesotro gran maestro de la Historia y de la Arqueología, el profesor Blanco Freijeiro8, subyace en la gesta históricadel pueblo que en la Antigüedad, regido por un Senadoque decidía desde su sede, el noble edificio de laCuria, llegó a ser el indiscutible dueño del mundo.
Hechasestas consideraciones previas, imprescindibles para poder penetrar en el complejoentramado de la historia de Roma, y volviendo alprimusdies, a la fecha de su fundación, obligado es recordarque ya Tito Livio se encontró con los mismos problemasque todavía se plantean en la actualidad al intentar rastrearlos orígenes de la ciudad. A pesar de que recientesexcavaciones y estudios van permitiendo precisar la realidad cultural ycronológica de los primeros asentamientos sobre el Palatino y elCapitolio, lo cierto es que sus inicios se siguen solapandoentre las fábulas que, como decíamos al principio, la tradiciónha consagrado.
La solución adoptada por Tito Livio no pudoser otra que la de recoger y repetirlas noticias vigentes en su época.Sus fuentes de información fueron la Analística romana y laHistoria de Polibio9, considerado como el primer representante de lahistoriografía pragmática. En ellas, como puede comprobarse, no pudo encontrarotros datos que los que, hasta hace pocos años, sevenían manejando.
Hay que tener en cuenta que la historiade la ciudad de Roma se corresponde con la deuno de los imperios más vastos de la civilización europeay mediterránea, un modelo a imitar desde hace dos mileniosen el que, ya en el siglo I a.C., se habían consolidado los mitos acerca de su fundación, altiempo que se consideraba evidente su predominio sobre el restode los pueblos del orbe conocido10.
En consecuencia, aunqueson muchas y variadas las fuentes que se manejan parareconstruir la historia de Roma y rastrear sus orígenes, comoveremos, la fecha mítica del 21 de abrildel año 753 a.C. se mantiene viva, aunque lasexcavaciones arqueológicas llevadas a cabo recientemente en el Palatino obliguena situar sus comienzos en el siglo X a.C.,como hemos señalado y comentaremos más adelante.
1Las leyendas existentes, tanto en torno a la etimología del nombre de Roma como a la fecha de su fundación, son numerosas, como más adelante veremos. La fecha que finalmente se impuso fue la propuesta por Varrón, erudito del siglo I a.C.
2El 21 de abril se celebraban en Roma las Parilia (o Palilia), en honor a Pales, el ancestral numen protector de los ganados y de la vida pastoril. Esta divinidad, venerada, a veces, como un genio masculino y otras como una diosa, carecía de leyenda y su nombre se solía asociar al del Palatino. En el transcurso de esta festividad se encendían grandes hogueras de paja y de la maleza arrancada de los campos de cultivo y sobre ellas se saltaba, al igual que hacemos hoy nosotros, el 24 de junio, en la noche de San Juan.
3Recientemente se ha desechado su origen etrusco, ya que su restauradora Anna María Carruba ha demostrado que se trata de un bronce medieval. Sin embargo, esta noticia ha hecho poca mella en la mentalidad colectiva romana ante la cual la célebre loba no ha perdido su mítico significado.
4Tito Livionació y murió en Padua (59 a.C.–17 d.C.). Orgulloso de sus orígenes, nunca renegó del característico acento de su hablar, propio de esta región septentrional de Italia, a pesar de las críticas de sus contemporáneos por su patavinitas. Republicano convencido, fue en su juventud testigo presencial de las luchas entre Pompeyo y César, y el fin de la República se convirtió para él en motivo de constante añoranza. Se trasladó a Roma después de la batalla de Actium (31 a.C.) y pronto alcanzó en dicha ciudad un gran prestigio como historiador. Llevó, siempre, una vida retirada, lejos de la política y las intrigas de las clases poderosas. A pesar de sus diferencias ideológicas, llegó a disfrutar de la amistad y la confianza de Augusto, por cuyo encargo escribió su gran obra, Ab Urbe condita libri, compuesta por 142 libros, de los cuales solo se conservan 35. En ellos se narraba todo lo acontecido desde la llegada de Eneas a Italia, hasta la muerte de Druso, acaecida en el 9 d.C.
5Schweitzer, B.,Die Bildniskunst der römischen Republik, Leipzig, 1948
6Poulsen, Fr., «Probleme der Datierung früromishe Porträt», A. Arch., 13, 1942, pág. 178 y ss.
7Teodoro Mommsen(1817–1903) famoso historiador y filólogo alemán, considerado como el padre de la Historia Moderna. Fue profesor de Historia Antigua en Leipzig y Berlín y autor de numerosas obras científicas. Entre ellas destaca su Historia de Roma (1854–56). Fue elegido miembro del Parlamento prusiano en 1873 y en 1902 se le concedió el Premio Nobel de Literatura.
8Blanco Freijeiro, A., (n. en Marín, Pontevedra, en 1923 y m. en Madrid, en 1991) fue catedrático de Arqueología en la Universidad de Sevilla y en la Complutense de Madrid. Autor de numerosas obras y artículos fue discípulo personal de Antonio García y Bellido y maestro indiscutible de muchos de los profesores de Arqueología que, en la actualidad, imparten clases en nuestras universidades. Véase: «La República de Roma», en Historias del Viejo Mundo, de Historia 16, nº 12.
9Polibio(†ca. 120 a.C.) fue un famoso historiador griego, comandante de la caballería de la Liga Aquea que apoyó a Perseo, rey de Macedonia, en su lucha contra Roma. Vencido este reino por L. Emilio Paulo (hijo del Emilio Paulo que perdió la vida en Cannas) en la batalla de Pidna (168 a.C.), fueron deportados como rehenes a Italia muchos nobles aqueos, partidarios del monarca vencido. Polibio tuvo la suerte de ser acogido en el hogar de Paulo Emilio, con cuyo hijo, Escipión el Joven, mantuvo una gran amistad. Volvió a Grecia en el 146 a.C. cuando esta se convirtió en provincia romana y trató, por todos los medios a su alcance, de mejorar la suerte de sus compatriotas. En contrapartida, fue defensor de la helenización de los vencedores. Su Historia de Roma, que abarcaba desde el 221 a.C. hasta el 146 a.C., constaba de 40 libros. De todos ellos solo se ha conservado el primero. Fue uno de los principales representantes de la llamada historiografía pragmática, en tanto y cuanto trató de exponer los hechos relacionados con sus causas.
10Virg., En., VI, 791–796.
II. FUENTES PARA EL ESTUDIO DE LOS ORÍGENES DE ROMA
Pincha para descarga de fichas iconográficas (Inscripciones): 1 MB
Pincha para descarga de fichas iconográficas (Leyendas): 8,7 MB
Las fuentes de información a nuestro alcance para rastrear losorígenes de Roma son tan numerosas y variadas que, paraabordar un resumen analítico de las mismas, procede agruparlas enuna serie de apartados básicos para escoger dentro de cadauno de ellos los testimonios más significativos:
Inscripciones latinas deépoca arcaica
Las inscripciones latinas llegadas a nosotros constituyen unvasto repertorio recogido, en su mayor parte, en el llamadoCorpus Inscriptionum Latinarum (CIL)1, obra capital para la historiade la cultura y de la civilización romanas. Atendiendo asu contenido, se observa que son muy numerosas las deépoca imperial, escasas las republicanas y casi inexistentes las anterioresal siglo IV a.C. Son también abundantes las correspondientesa otras culturas itálicas: etrusca, osca, umbra, véneta, etc. Todasellas han proporcionado datos del mayor interés para el seguimientode su evolución hasta su absorción por Roma, sin embargono han añadido, hasta el presente, noticias significativas sobre elpasado de dicha ciudad. Ni siquiera las casi diez milinscripciones etruscas recopiladas hasta la fecha han servido de ayudaa tal fin2, ya que, como es sabido, dichalengua se lee pero aún no puede ser traducida.
La inscripción del Lapis Niger
Las inscripciones más antiguas llegadas anosotros se fechan entre fines del siglo VI y comienzosdel V a.C. La decana de todas ellas esla hallada en el Foro Romano, bajo la negra losaconocida, desde antaño, con el nombre deLapis Niger. Fuehallada por Giusseppe Boni el 10 de enero de 1889,en el transcurso de las excavaciones llevadas a cabo enel Foro y, concretamente, en el lugar en el cualya los antiguos romanos creían que había sido enterrado Rómulo.Dicha zona, cubierta por una gran losa de mármol negro,de dimensiones casi cuadradas, fue siempre respetada como un lugarde indiscutible carácter funerario, hasta el punto de que, enépoca augústea, se la ribeteó con una franja de mármolblanco para destacarla del nuevo solado de travertino con elque, por entonces, se pavimentó el Foro.
Lo descubierto porBoni se asoció inmediatamente con un conocido pasaje delBreviariode Festo que, aunque muy mutilado, hacía clara alusión ala piedra negra del Comicio(nigerlapis in Comitio locusfunestum significabat)3. En este lugar, la mayoría de losromanos creía que se encontraba la tumba del fundador dela Urbe, aunque otros estimaban que era la del pastorFaustulo (el salvador de los míticos gemelos Rómulo y Remocuando fueron abandonados en la corriente del Tíber), o lade Hosto Hostilio, el padre de Tulo Hostilio, el tercerrey romano. En lo que todos coincidían era en quese trataba de un venerable lugar de enterramiento4. Sinembargo, como según la tradición Rómulo desapareció en el transcursode una tormenta para convertirse en el dios Quirino, noes de extrañar que en un principio se evitara identificareste lugar con la tumba del fundador de la ciudad.
Es posible que, dado el arcaísmo de la escritura, Dionisode Halicarnaso la creyese griega si es que se referíaa ella cuando escribió el siguiente pasaje: «Con los despojosdedicó (Rómulo) una cuadriga de bronce a Vulcano y allíal lado levantó su propia estatua y una estela enque enumeraba sus hazañas en una inscripción en letras griegas»5.
Lo cierto es que debajo de dicho pavimento sehallaron los restos de una construcción tumular (de la quemás tarde hablaremos, al tratar del área deComicio enel Foro republicano) y, entre ellos, un cipo mutilado ensu parte superior y en el que aparecía una inscripciónque cubría sus cuatro caras y estabaescrita con caracteresbustrofédicos6(trazados de izquierda a derecha y viceversa, al igualque los surcos que traza el arado) en un latíntan arcaico que ha presentado serias controversias a la horade su transcripción e interpretación. Los trazos de la escrituraeran semejantes a los del alfabeto grecocalcídico del cual sederiva el latino usado en el área de la Etruriameridional entre los siglos VII a VI a.C., loque permitió fechar el monumento hacia el 500 a.C. y considerar la inscripción como el testimonio epigráfico latino másantiguo de cuantos hasta la fecha se conocen.
Antes dela cubrición de los restos del destruido monumento con lapiedra negra, los fragmentos que quedaban debían de estarinsituy, al parecer, para expiar su profanación, tal vezperpetrada por las hordas galas de Breno7que asolaronRoma en el 390 o 387 a.C. (según lasfuentes), se hizo en el siglo IV a.C. unsolemne sacrificio. Los animales inmolados fueron arrojados a la fosa,junto con exvotos de bronce, hueso, terracota, etc. Todas estasofrendas pueden verse en elAntiquarumdel Foro, junto conlos objetos aparecidos en las favisas8del Capitolio.
Como erade esperar, la inscripción que aparecía en el fragmentado ciposuscitó, desde el momento de su hallazgo múltiples controversias entrelos filólogos que la estudiaron a la hora de procedera su transcripción e interpretación. Dichas controversias aún se mantienensin vías de fácil solución, ya que el estado fragmentariode la misma no permite llegar a conclusiones definitivas.
Hayquienes creen que se trata de unalex regia, referidaa las disposiciones relativas a la procesión delrexdesdesu sede hasta el Comicio, ceremonia oficial que fue continuada, más tarde, por elrex sacrificulus o rex sacrorumdurantela República, saliendo, entonces, de la nueva Regia, sita enel Foro y a la que hacia alusión el calendarioepigráfico referente al 21 de marzo y al 21 demayo:quando rex comitiavit, fas. Otros investigadores han creído reconoceren ella a una ley sacra destinada a prohibir endicha área de especial significado religioso, el tráfico,iter, delos carros tirados por animales de carga, que desde, elvicus Iugarius, se dirigían al Tíber, atravesando el Velabro, bajopena de muerte. No han faltado los que consideran queeste cipo está en relación directa con el Vulcanal, esdecir con el área que, próxima a esta zona, tuvoen época muy arcaica un carácter funerario, probablemente porque fueaquí donde los habitantes de las colinas romanas bajaban aenterrar a sus muertos. En tal caso los restos quese encontraban bajo elLapis Niger, corresponderían al sepulcro deun gran personaje, fulminado por un rayo. Podría ser elpropio Rómulo muerto, según Plutarco9, en el santuario deVulcano, o el de Horacio Cocles10cuya estatua parece serque se levantaba en el Comicio sobre una columna, probablementela misma que apareció junto al cipo en cuestión. Porúltimo, hay quienes piensan que no puede excluirse la posibilidadde que su función fuera la de un mero señalizadorde unmunduso centro de comunicación con el inframundoy que, en consecuencia, hubiera cumplido la función de unafavisa, como las existentes en el Capitolio.
La transcripción propuestapor G. Lugli es la siguiente11:
En lasprimeras líneas parece que se conmina con severas penasa los violadores del lugar: Aquel que violara estemonumento sea consagrado aSorano(divinidad infernal) con la intervencióno por disposición delrex(tal vez elrex sacrificulus).Se leen después las palabrascalator(heraldo sagrado) yiouxmenta(jumentos); en la cuarta línea, en la que se invierteel orden precedente—las letras van deabajo a arriba—se cambia también el sentido de laspalabras. La quinta línea completa a la cuarta, pero apartir de aquí se hace más comprometida cualquier interpretación.
Latranscripción propuesta por A. Degrassi es la siguiente:12
Lado a) Oeste: QVOI HOI
SAKROS; ES
ED SORD
Lado b) Norte: OKAFHAS
RECEI; IO
EVAM
Lado c) Este: QVOSR
M; KALATO
REM; HAB
TOD; IOUXMEN
TA; KAPIA; DOTAV
Lado d) Sur: M; I; TERPE
M; QVOI HA
VELOD; NEQV
IOD IOVESTOD
En la arista entre el primero y el últimolado hay un renglón más, en letras más pequeñas quedicen,LOIVQ–VIOODQO.
Coarelli13, por su parte, ha propuesto prácticamentela misma, variando solamente, en la segunda líneaHON, enlugar deHOI:
QVOI HON - - / - - SAKROS ES / ED SORD - - || - - OKAFHAS / RECEI IO - - /
- - EVAM / QVOS RE - - || - - M KALATO / REMHAB - - /
- - TOD IOVXMEN / TA KAPIAD OTAV - - / - - || - - M ITER PE - -
- - MQVOI HA / VELOD NEQV - - / - - IOD IOVESTOD || LOVQVIOD QO - - /
En latínclásico, la traducción sería:
Qui hunc (locum violaverit manibus) sacer esto sordes ... loca fas regi ... divam quos... calatorem ... iumenta capiat ut ... iter per... cui... neque ... iusta licitatione.
De acuerdo conesta propuesta de la transcripción y de su traducción allatín, Coarelli opina que la sacralidad del lugar quedaba acreditadapor la amenaza que se hace a los posibles violadoresde ser consagrados a la divinidad infernal, ya que estosuponía la pena de muerte. Sin embargo, cree que lainscripción está dedicada a un rey (receiregiverdadero monarca y no unrex sacrorum, por lo que, evidentemente, el monumento tuvo que ser anterior al 509 a.C. Destaca la mención que se hace a uncalator(heraldo público), a ciertos caballos,ioxmentaiumenta, y a unjusto juicio(iuste licitatione), datos todos de sumo interés.
Dadas las características de los restos hallados, considera que másque un monumento funerario pudo ser un pequeño santuario conun altar y una estatua sobre la columna troncocónica aparecidajunto al cipo; en definitiva, unheroona la griegasemejante a la tumba-santuario de Eneas enLavinium, delque luego hablaremos. En este caso, podría ser elheroondel propio Rómulo. Su posición tras losrostray lagrecostasisen uno de los flancos del Comicio no debióde ser algo casual. De ser cierta tal hipótesis, secorrespondería con la ya citada descripción hecha por Dionisio deHalicarnaso, referente a una estatua de Rómulo que se encontrabaen el área del Vulcanal, al lado de una inscripcióncon caracteres griegos. Teniendo en cuenta la proximidad de talmonumento al área delLapis Niger, es posible que loque este autor viera fuera una copia de la viejainscripción y de la antigua estatua del fundador de laciudad, transportadas a la zona del Vulcanal cuando se procedióal enterramiento de los restos del viejo monumento al serremodelado el Foro14.
Con criterio parecido, Goidanich15ha restablecidola fórmula introductoria en estos términos:
Quoi hon / ke sloqomviolased Manibos s / akros esed; es decir, Quid hunc locumviolaverit Manibus sacer sit (Quien en este lugar violare, a los Manes sacrificado sea).
Su carácter de lugar sagradoy de centro de la ciudad se destacó, en épocasposteriores, con la señalización, en zona muy próxima, delUmbilicusUrbis, (el equivalente alomphalosde las ciudades griegas), yla erección delMiliarium Aureumque fijaba el «punto cero»de las principales vías que salían de Roma hacia losconfines del Imperio. Este tipo de señalización aún se encuentraen las principales ciudades del mundo.
La inscripción de la Fibula Praenestina
La inscripción de la llamada Fíbula Praenestina es la que aparece grabada sobre una bella joya etrusca que se conserva en el Museo Prehistórico y Etnográfico de Roma. Hasta hace algunos años, en que se puso en duda su autenticidad, estaba considerada como una de las piezas más destacadas de la orfebrería etrusca, con el valor añadido de ofrecer un valioso testimonio epigráfico.
Desde el punto de vistatipológico, la fíbula, de oro macizo (11,5 cm de longitud),corresponde al modelo llamadoad arco serpeggiante, y es similara otra aparecida en la tumba Bernardini. Se la hafechado en el siglo VI a.C. y en ellase lee la siguiente inscripción:Manius med fhe: fhaked: Numasioi, cuya transcripción es:Manios me fecit Numerio(Mario me hizopara Numasios, o Numerius)16.
Por su insólito arcaísmo fueaceptada incluso por el propio Mommsen como la más antiguade las inscripciones latinas conocidas hasta entonces. Sin embargo, trasla minuciosa labor de investigación realizada por la epigrafista MargheritaGuardicci17, parece ser que tanto la fíbula como la inscripciónson falsificaciones, fruto de la desaprensiva colaboración de un conocidoanticuario romano de fines del siglo pasado, un tal FrancescoMartinetti y, lo que es más grave, de un destacadoarqueólogo, Wolfgang Helbig, autor de la guía mas completa dela ciudad de Roma,Führer durch die offentlichen Sammlungen klassischerAltertümer in Rom. La duda pues, aconseja desconfiar de dichainscripción, escrita según, palabras de Mommsen, «en un latín antiquísimoy afortunadamente comprensible»18.
La inscripción de Lavinium
La inscripcióndeLaviniumtiene como soporte una placa de bronce, quefue descubierta entre las ruinas de unos altares, y esuna dedicatoria, en latín, a los Dioscuros. Se conserva enel Museo Nacional de Roma y se ha fechado haciael 500 a.C. por sus características epigráficas. La antiguaLaviniumfue una ciudad del Lacio fundada, según la leyenda, por Eneas en honor de su mujer Lavinia, hija delrey Latino, con la cual se casó después de matar, en singular combate, a Turno, rey de los rútulos, quien, hasta entonces, había sido su más firme pretendiente. En estelugar (actual «Pratica di Mare»), sito a 30 km. deRoma, se hallaron trece altares de caliza que, tal vez, pudieron formar parte del primitivo santuario federal de los latinos. De ser así, se demostraría que, desde el siglo VIa.C., esta ciudad fue un centro religioso oficial enel que se veneraba a los diosespenatestraídos deTroya, es decir, a los Dioscuros Cástor y Pólux, quemás tarde serían lospenatesde Roma, y a ladiosa Vesta, protectora del fuego y del hogar, cuyo culto, en la ciudad del Tíber, se remonta a épocas muyantiguas.
Cerca del recinto de lasTrece Aras, fue hallada, además, una cista de ortostatos de «cappellaccio» (toba grisácea), cubiertade losas de la misma piedra. La última de ellas, correspondiente al lugar donde reposaría la cabeza del muerto, estabarematada en forma trilobulada. En el ajuar se encontraron materialesantiguos (pectoral, lanza de bronce, espada de antenas, etc.) juntoa piezas de lujo de aspecto orientalizante. Sobre este sepulcrose alzó un túmulo que se ha identificado con elheroonde Eneas, comparable con el ya citado de Rómulo, en el Foro, y descrito por Dionisio de Halicarnaso19: «...cuando el cadáver de Eneas no se pudo ver porninguna parte, unos se figuraron que había sido llevado conlos dioses y otros que había perecido en el ríojunto al cual se había librado la batalla. Y loslatinos levantaron un heroon con esta inscripción: “Al padre ydios de este lugar que preside la corriente del ríoNúmico”», (actual río Torto). No obstante, hay autores que sostienenque elheroonfue levantado por Eneas en honor deAnquises, muerto un año antes de esta guerra. Es untúmulo pequeño en torno al cual se han plantado unasfilas de árboles para embellecer el paraje.
No puede olvidarseque, según la leyenda, Eneas desapareció en el transcurso deuna tempestad, como con anterioridad le había sucedido a Rómulo,razón por la cual, en ambos casos, es posible quese evitase hablar de su tumba y se prefiriera hacerreferencia a un monumento honorífico o al sepulcro de otropersonaje directamente relacionado con ellos.
La inscripción de la CistaFicorónica
Otra importante inscripción, fechable a finales del siglo IVo comienzos del III a.C., es la que apareceen la llamadaCista Ficorónica, en la que, además, secita, por vez primera, el nombre de Roma en unobjeto de arte. Se trata de una caja cilíndrica detocador (77 cm. de altura) realizada en cobre (no enbronce) que fue hallada en una tumba de la necrópolisde Palestrina (la antiguaPreneste), en 1738 y que seencuentra en el Museo Nacional de Villa Giulia (Roma). Probablementefue un regalo de bodas hecho por una madre asu hija y encargado al artíficeNovios Plautios, quien lorealizó en Roma, detalles que nos da a conocer lainscripción que aparece en la tapadera del singular recipiente:DindiaMacolnia fileai dedit Novios Plautios med Romai fecid(Dindia Macolniame ofrece a su hija. Novios Plautios me hizo enRoma).
En la escena grabada en el cuerpo se representael castigo de Amico20, episodio de la expedición delos Argonautas, y en la tapa escenas de la cazadel jabalí y del ciervo. Sobre ella se yerguen lasfiguras de Dioniso y de dos sátiros, detrás de lascuales se encuentra la inscripción. Por último, los tres pies,en forma de garra de grifo, están decorados, en relieve,con las imágenes de Hércules entre Iolao21y Eros.
Porel estilo puede decirse que es una pieza típica dela producción artesanal frecuente, por entonces, en Preneste (ciudad delLacio que se alió con Roma en el 354 a.C.), y que las características del grabado son una claraadaptación itálica de los modelos de la pintura griega delos siglos V y IV a.C. Por otro lado, el nombre dePlautios(tal vez el fabricante, y noel grabador) no es romano, por lo que se hapensado que pudo ser un emigrante, procedente de Campania, aposentadoen Roma entre el 320 y el 300 a.C., años en los que se ha fechado la pieza.
Inscripciones latinas de época imperial
Existen inscripciones latinas de fechas más recientes que hacen referencia a tiempos muy antiguos del pasado de Roma, sin embargo, como los datos que en ellas se consignan fueron recopilados, en su mayor parte, en época de Augusto, solo pueden ser consideradas como fuentes complementarias. En general, hacen alusión a sucesos que fueron transmitidos, principalmente, a través de la tradición oral por lo que carecen de las garantías de rigor necesarias para acreditar la veracidad de lo que en ellas se dice. En este grupo destacan, por su importancia, los llamados Fastos Consulares o Capitolinos, los Fastos Triunfales y los Fastos del Calendario Juliano.
Los Fastos Consulares o Capitolinos
En los llamadosFasti ConsularesoFasti Capitolini, por el lugar en el que hoy seencuentran (Museo Capitolino), se hicieron constar cuantos acontecimientos merecían serrecordados por el pueblo romano. Fueron escritos en unas placasde bronce que, probablemente, ornaron el arco de tres vanosque Augusto mandó erigir en el Foro en el año19 a.C., a raíz de la recuperación de lasinsignias perdidas por Craso en la batalla de Carrae (53a.C.), en Mesopotamia, frente a los partos. El retornode los prisioneros de guerra supuso un celebrado éxito decarácter patriótico22que mereció ser recordado con la erección dedicho monumento. En el siglo XVI (entre 1546 y 1547) se encontraron fragmentos muy importantes de estosFasti ConsularesyTriumphales, y algunos más en épocas posteriores. Se estima queen la primera de las planchas broncíneas se llegaba hastala época de la invasión de los galos, en el390 a.C.23, en la segunda hasta el 293a.C., (posiblemente la parte que se rehizo en épocade Augusto) y la tercera comenzaba en este mismo añoy fue la que, desde entonces, se mantuvo puesta aldía.
Resulta difícil trasladar las fechas de los siglos Vy IV a.C. al Calendario Juliano, razón por lacual los autores propusieron datas distintas para los mismos hechos. Valga como ejemplo el año de la fundación de Romaque, para Fabio Pictor fue el del 747 a.C., para Cincio Alimento el del 729 a.C., para Polibioel del 751 a.C. y para Varrón, el del753, fecha que, finalmente, se impuso y que es muyprobable que coincidiera con la que figuraba en losAnnalesMaximi.
Los Fastos Triunfales
LosFasti Triumphales populi romani, menos fidedignos que los anteriores, fueron un conjunto de listashonoríficas en las que aparecían consignados los nombres de cuantoscaudillos o generales romanos obtuvieron victorias famosas sobre sus enemigos,hasta el punto de merecer que el Senado les concedierael honor de entrar en triunfo en la ciudad24. Dichosacontecimientos eran puntualmente reseñados haciéndose constar, no solo el nombredel triunfador, sino también el motivo de su merecido honor. Estas relaciones fueron confeccionadas, en su mayor parte, de memoria, al igual que las anteriores, sobre todo aquellas que dabannoticia de las gestas más remotas, a la cabeza delas cuales figuraban las que se atribuían al propio Rómulo. Su redacción se llevó a cabo, asimismo, en época deAugusto. A partir de esa fecha, el honor de lostriunfos se concedió, casi exclusivamente, a los emperadores.
Tanto unoscomo otros fueron estudiados en el siglo XVI por loseruditos Sigonio, Marliani, Pavinio y Goltzius, gracias a los cualesse acrecentaron notablemente los conocimientos sobre la Historia política dela Roma republicana.
Los Fastos del Calendario Juliano
LosFasti Anni Iulanino son otra cosa que diversos fragmentosdel llamado Calendario Juliano, vigente a partir del año 46a.C., fecha en la que César, en su calidadde Pontífice Máximo, encargó la reforma del cómputo del tiempoal matemático y astrónomo Sosígenes de Alejandría25.
Elannusromano, en un principio, tenía 10 meses y 304 días. Empezabaen marzo, contando con los meses deMartius, Aprilis, Maius, Iunius, Quinctilis(más tardeIulius, en honor de Julio César),Sextilis(despuésAugustus, en honor de Octavio),September, October, NovemberyDecember. Según la tradición, se atribuía al rey NumaPompilio la ampliación del mismo conIanuarius(el mes dela «expiación») yFebruarius(dedicado a los sacrificios de purificación:februa-orum). Así, el año de 12 meses llegó acontar con 355 días: cuatro de 31 días (Martius, Maius, Quinctilis, October), uno de 28 (Februarius) y de 29 losrestantes, intercalando un mes, de 22 o de 23 días, en años alternos, para intentar corregir el desfase entre elaño solar y el calendario oficial.
Se tiene conocimiento delcalendario prejuliano por las fuentes históricas y literarias y, sobretodo, por un calendario inscrito en Ancio:Fasti Antiates Maiores, que es el único que se conserva de esta época. En cada mes había tres puntos fijos que se correspondíanoriginalmente con las fases de la luna. Eran lascalendas, en el primer día de cada mes, lasnonas, enel quinto o séptimo (quinto, en los primitivos meses de31 días, marzo, mayo, julio y octubre) y losidus, en el decimotercero o decimoquinto, siguiendo el mismo criterio queen el caso anterior.
En la reforma del 46 a.C. (annus confusionis), Sosígenes suprimió el desfase de 67 díasque había entre el año solar y el civil alargandoel año en tres meses. Trasladó el principio del añoal 1 de enero, fecha en la que, desde el153 a.C., entraban en funciones los cónsules, y fijósu duración en 365 días, y uno de 366, cadacuatro26. El día intercalado (dies intercalaris) se contó comodía 24 de febrero duplicado:dies bis sextus ante KalendasMartii, de ahí que el año de 366 días fueradenominadoannus bisextilis o bisextus, es decir año bisiesto.
Documentos oficiales
Se agrupan en este apartado el conjunto de leyes cuya promulgación se atribuía a los reyes de Roma, así como algunos tratados de carácter oficial que, por su antigüedad e importancia, fueron tenidos en gran consideración y estima.
Las Leyes Reales
Componían este cuerpo legislativo las leyes y disposicionesque se suponían habían sido promulgadas durante el período monárquicoy que, posteriormente, habían sido recopiladas de forma oficial. Lamayoría hacían referencia al derecho sagrado y, de entre todasellas, merecían un gran respeto las que se suponían emanadasde la autoridad del segundo rey de Roma, el sabinoNuma Pompilio, cuyo reinado se calculaba que había tenido lugarentre los años 715 y 673 a.C. Este rey-sacerdote era recordado como el legislador que había sentado lasbases oficiales de la religión del Estado romano. Se leatribuía, también la adopción de sabias medidas para proceder ala justa distribución de la tierra entre el pueblo yla agrupación de los artesanos, asociados en gremios, según lasartes y oficios que ejercían.
Los Tratados
Por su importanciay antigüedad, destaca un tratado con Cartago, probablementeen el año 509 a.C, y del cual nosda noticia Polibio27, añadiendo que debido al arcaísmo desu escritura y lenguaje en su época (siglo II a.C.), ya no podía transcribirse.
Recordemos que los cartagineses sehabían establecido en Ibiza (Ebussus) en el 654 a.C.y que llegaron, sin duda, a tierras de Almería enel siglo V a.C., como demuestran los ajuares dela necrópolis de Villaricos (la antiguaBaria). Por todo locual, no es de extrañar que, en este supuesto tratadodel 509 a.C., los cartagineses prohibieran a los romanosviajar hacia Occidente.
Sin embargo, los tres tratados estipulados entreRoma y Cartago, de los que habla Polibio y delos cuales reproduce el texto, han suscitado dudas acerca delas fechas propuestas para los mismos. El primero lo sitúaen la época de los primeros cónsules de Roma, Valerioy Horacio, cuando se supone que Roma era ya dueñade todo el Lacio; enel segundo, en el queparticipa Tiro, no se trasluce que Roma se hubiera adueñadodel Lacio y, además, en él se contienen restricciones muyseveras para la navegación y el comercio; el tercero, datade la época de Pirro (hacia el 306 a.C.)28. Tito Livio, por su parte, alude a un tratadofirmado, por ambas partes, en el 348 a.C., yque fue renovado en el 306 a.C., por terceravez.
Considerando estos hechos, algunos autores estiman que el primertratado se firmaría entre los años 348 y 344 a.C. (sería el segundo citado por Polibio y el primeroal que alude Tito Livio); el segundo se correspondería conlos años 328 y 325 a.C., firmado porIuniusBrutus, dato que debió de inducir a Polibio a suponerleel autor del primer tratado. En él no se aludea Tiro, conquistada por Alejandro en el 332 a.C.,lo que obligó a los cartagineses a hacer grandes concesiones;el tercero se pactaría en el 306 a.C., aunquede él no hable Polibio. Posiblemente fue en este últimoen el que se acordó que Italia permaneciera bajo lainfluencia romana y Sicilia bajo la cartaginesa.
Una curiosa crónicade Oxirrinco (Oxyrhynco Papiri), ha proporcionado toda una serie dedatos sincrónicos referidos a acontecimientos griegos y romanos acaecidos entreel 355 y el 315 a.C., asignando fechas másbajas a los romanos que las propuestas por la tradición.
Fuentes históricas
Los Anales
La historiografía romana tiene sus másremotos origines en las anotaciones oficiales con las que elPontifex Maximus, desde tiempos muy antiguos, dejaba constancia de lossucesos más importantes acaecidos cada año: guerras y tratados depaz, alianzas, conflictos internos, epidemias, etc., teniendo en cuenta losdíasfastos y nefastospara las celebraciones religiosas. Dichas anotacionesse escribían en una tablilla blanqueada,album, que quedaba archivadaen la Regia, sede de los pontífices. Estos sencillos documentosescritos de manera muy esquemática y sin ningún valor literario, fueron, poco a poco, adquiriendo el valor de documentos históricos, conocidos con el nombre deAnnales Pontificum, oAnnales lintei, por estar escritos algunos en tiras de lino.
Tales documentos, de valor histórico inapreciable, desaparecieron, en su mayor parte, duranteel incendio que sufrió Roma al ser saqueada por losgalos de Breno en el año 390 a.C. Trassu irreparable pérdida, se procedió a una nueva redacción. Hayque suponer que se aprovecharían, como base, los restos quepudieron salvarse, pero su reconstrucción tuvo que ser obra dela memoria erudita de quienes conocían su contenido. En elaño 120 a.C., el pontífice Mucio Escévola realizó unarevisión y sistematización de los viejos Anales que, remozados, seconvirtieron en los llamadosAnnales Maximi, una codificación venerada, llamadaa convertirse en la fuente histórica más apreciada y consultadapor todos los historiadores y tratadistas romanos.
Los primeros historiadores: los Analistas
Aunque, como acabamos de ver, la historiografía romanatuvo su punto de partida en losAnnales Pontificum, lostratados históricos no adquieren entidad propia hasta los inicios dela segunda guerra púnica, época en que hacen su aparición, aunque redactados en griego, ya que por entonces en Romano había escritores capaces de escribir en latín a lahora de expresarse en una prosa de tipo científico. Desdemediados del siglo III a.C. podemos seguir la obrade los primeros historiadores aún denominados analistas, ya que, segúnel sistema tradicional, siguieron recogiendo, año por año, los acontecimientosdignos de mención. Gracias a ellos conocemos los hechos acaecidosen su época y gracias a ellos, también, se despertóel interés por estudiar el pasado y rastrear los orígenesde Roma. A continuación recordaremos a los más destacados.
QuintoFabio Pictor(260-190 a.C.). Este senador, perteneciente a unailustre familia, fue respetado como uno de los más antiguosanalistas romanos. Fue autor de una Historia,Rerum Gestarum Libri, escrita en griego que abarcaba desde Eneas hasta la segundaguerra púnica. De ella solo se han conservado unas pocascitas, pero fue una obra que Tito Livio tuvo muyen cuenta, sobre todo en lo referente a su últimaparte. A Fabio Píctor se debe la propuesta del 747a.C. (el primer año de la octava Olimpiada), comofecha de la fundación de Roma muy próxima a laque, con el tiempo, llegaría a convertirse en la canónicadel 753 a.C., lo que dice mucho a favorde su saber o intuición, ya que, por entonces, laque se daba por buena era la propuesta por Timeo29, quien había fijado, tanto la fundación de Roma, comola de Cartago, en el año 38 anterior a laprimera Olimpíada, es decir el 814 a.C., noticia que,siglos más tarde, recogería Dionisio de Halicarnaso.
Cincio Alimento, analistade esta época, que escribió en griego y del quese sabe que fue senador, como Fabio Píctor, rector enel 210 a.C. y prisionero de Aníbal. De suobra se tiene noticias a través de las citas deautores posteriores, tales como Polibio, Tito Livio, Dionisio de Halicarnasoy Plutarco y, en especial, gracias a los comentarios hechospor Cicerón acerca de los analistas en elBrutus(21,81).
Cneo Nevio(269-199 a.C.), nacido en Tarento (Campania), fueel primer poeta latino que aun no siendo romano orientósu poesía épica dramática abiertamente a favor de Roma. Cultivóla tragedia y la comedia y escribió un poema épico,Bellum Poenicumen versos saturnios. En él se narraban losacontecimientos de la primera guerra púnica, en la cual habíaparticipado. La obra se componía de siete libros y losdos primeros estaban dedicados a la historia más antigua deCartago y Roma, remontándose para ello a los tiempos deEneas. De los escritos de Cneo Nevio tan solo hanllegado a nosotros escasos fragmentos. Considerado como el padre dela poesía heroica nacional, su vida no estuvo exenta depersecuciones y sinsabores por fustigar a los poderosos de sutiempo. Severo crítico del vicio y de la corrupción, llegóincluso a estar encarcelado. Más tarde, se exilió voluntariamente enÚtica, donde acabó sus días.
Quinto Ennio(239–169 a.C.).Este poeta, oriundo de Rudias, (Calabria) fue considerado como elcreador de la versificación artística romana. En el año 204a.C. entabló amistad con Catón el Censor, por entoncesgobernador de Cerdeña, quién, más tarde, le llevó consigo aRoma donde adquirió la ciudadanía romana. Sin embargo, perdió elfavor de su protector, defensor del tradicionalismo romano a ultranza,cuando este comprobó que su formación helenística predominaba en susescritos. Autor de diversas obras, en el terreno histórico destacaronsusAnnales, un poema épico, escrito en hexámetros y divididoen dieciocho libros, sobre la historia de Roma y que,como en los casos anteriores, se extendía desde Eneas hastala época de las guerras púnicas. En dicho poema lafecha propuesta para la fundación de Roma era la del900 a.C., más cerca, por lo tanto, de lafijada por Timeo, y de la defendida, en la actualidad,por la crítica germana y puesta de manifiesto por losrecientes hallazgos arqueológicos realizados en Roma. Valorado por los autoreslatinos de su tiempo y de épocas posteriores, mereció elnombre dePater Enniusy ser nombrado jefe delCollegiumscribarumhistrionumque, considerando los merecimientos de su obra escrita, dela cual solo nos han llegado 600 líneas.
Marco PorcioCatón el Censor(234–149 a.C.). Este famoso personaje denoble cuna, ha pasado a la historia como el más
