Siempre en mis sueños - La cantante y el millonario - Sarah Morgan - E-Book

Siempre en mis sueños - La cantante y el millonario E-Book

Sarah Morgan

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Beschreibung

Tiffany 154 Siempre en mis sueños Aquel invierno, Tyler O'Neil, antiguo campeón de esquí, rompecorazones reformado y padre soltero, tenía una única misión: asegurarse de que su hija, Jess, pasaba las mejores Navidades de su vida. Por otro lado, el hecho de que Brenna, su mejor amiga, se mudara a su chalé de forma temporal suponía una deliciosa distracción que tendría que ignorar. Brenna Daniels llevaba años enamorada de Tyler. Vivir con él estaba resultando una auténtica tortura… ¿Cómo podía limitarse a ser su amiga cuando lo tenía durmiendo en la habitación de al lado? Y entonces, cuando Tyler la besó, de pronto sintió que la relación con la que siempre había soñado estaba tan cerca que casi podía tocarla… La cantante y el millonario Silvio Brianza había abandonado los barrios bajos donde había crecido, pero aquella época le había dejado profundas heridas. Jessie subsistía a duras penas fregando suelos de día y cantando en un sórdido bar por las noches. Silvio le había dado la espalda a ese mundo de pobreza y bandas callejeras, pero tenía un asunto pendiente: debía sacar a Jessie de allí.

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 154 - octubre 2022

© 2014 Sarah Morgan

Siempre en mis sueños

Título original: Maybe This Christmas

© 2010 Sarah Morgan

La cantante y el millonario

Publicados originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2016 y 2010

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1141-339-8

Índice

 

Créditos

Índice

 

Siempre en mis sueños

Carta de los editores

Carta de la autora

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

 

La cantante y el millonario

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

 

Si te ha gustado este libro…

Sarah Morgan es una maestra describiendo las complejidades de las relaciones humanas y reflejando las emociones del corazón, como nos demuestra en Siempre en mis sueños; un canto al valor de la amistad, la familia y el amor.

Una historia tierna y emotiva de amor no correspondido, hasta que los amigos se convierten en amantes y todo cambia, dando paso a un romance intenso y profundo con una buena dosis de tensión entre nuestros protagonistas.

Con gran habilidad, Sarah Morgan nos hace unas descripciones tan vívidas que uno siente que está en los bosques de Vermont, notando el frío en las mejillas, caminando por la nieve, contemplando las montañas…

Si a esto añadimos diálogos ágiles y divertidos, y unos personajes memorables, es fácil comprender por qué esta novela no solo es la favorita de la autora, sino también la nuestra.

Feliz lectura,

Los editores

Queridas lectoras,

Desde el momento en que os presenté a Tyler O’Neil en Magia en la nieve, estaba deseando contaros su historia. Por los correos que recibo, sé que hay muchas ansiosas por leer sobre él, ¡principalmente porque a todas nos encantan los chicos malos reformados!

Desde la lesión que acabó con su carrera como esquiador medallista de descensos, Tyler ha estado ayudando en el negocio familiar en Snow Crystal, Vermont. Es un padre soltero que está criando a Jess, su hija adolescente, y eso a él, como hombre acostumbrado a anteponerse a sí mismo ante todo, le está planteando ciertos retos. Ha tenido muchas relaciones, pero la única mujer que ha supuesto una constante en su vida es Brenna, a quien conoce desde la infancia. Los sentimientos de Brenna van más allá de la amistad, pero sabe que Tyler no la ve de ese modo. ¿O sí?

La historia de Tyler es una historia romántica, pero también explora el amor en su sentido más amplio y el significado de ser padre, hijo, hermano, amante y amigo. En ocasiones, cuando estoy escribiendo una novela, me cuesta dar con los detalles exactos para el último capítulo, pero en el caso de Siempre en mis sueños supe desde el principio cómo quería que terminara, y escribirlo fue maravilloso.

Si le pides a un escritor que elija su libro favorito, normalmente te dirá que los quiere a todos por igual, y eso es exactamente lo que yo diría si me hicieseis esa pregunta. Pero si de verdad tuviera un favorito, entonces Siempre en mis sueños sería el primero de mi lista. Espero que a vosotras también os encante.

Sarah

XX

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A mis padres, que me han enseñado la importancia de la familia.

Capítulo 1

Tyler O’Neil se sacudió la nieve de las botas, abrió la puerta de su casa junto al lago, y al entrar se tropezó con unas botas y una cazadora que estaban tiradas en el pasillo.

Después de golpearse la mano contra la pared, recobró el equilibrio y maldijo.

–¿Jess? –no obtuvo respuesta de su hija, pero Ash y Luna, sus dos huskies siberianos, salieron corriendo del salón. Maldiciendo de nuevo, vio exasperado cómo los perros iban disparados hacia él–. ¿Jess? Te has vuelto a dejar abierta la puerta del salón. Los perros no deberían entrar ahí. ¡Baja ahora mismo y recoge tu cazadora y tus botas! No saltéis… ¡Os lo estoy advirtiendo! –se preparó al ver a Ash dar un brinco–. ¿Por qué nadie me escucha en esta casa?

Luna, la más dócil de los dos perros, le plantó las patas sobre el pecho e intentó lamerle la cara.

–Me gusta comprobar que mi palabra es la ley –dijo Tyler acariciándole las orejas con cariño y hundiendo los dedos en su espeso pelaje mientras Jess salía de la cocina con una tostada en una mano y el teléfono en la otra, agitando la cabeza al ritmo de la música a la vez que se apartaba los auriculares de los oídos. Llevaba una de las sudaderas de Tyler y la medalla de oro que él había ganado en la prueba de descenso de esquí alpino.

–Hola, papá. ¿Qué tal te ha ido el día?

–Había sobrevivido a él hasta que he cruzado la puerta de mi propia casa. He esquiado por precipicios más seguros que nuestro vestíbulo –mirándola con el ceño fruncido, apartó a los entusiasmados perros y retiró con el pie las botas de nieve tiradas en el suelo–. Recógelas. Y a partir de ahora, deja tus botas en el porche. No deberías entrar con ellas en casa.

Aún masticando la tostada, Jess le miró los pies.

–Pues tú estás con las tuyas dentro de casa.

No por primera vez, Tyler reflexionó sobre los desafíos de la paternidad.

–Nueva regla. Yo también dejaré las mías fuera, así no meteremos nieve en casa. Y cuelga tu cazadora en lugar de dejarla tirada por la primera superficie que te encuentres.

–Tú dejas la tuya tirada.

«Joder».

–Voy a colgarla. Obsérvame –se quitó la cazadora y la colgó con movimientos exagerados–. Y baja la música. Así podrás oírme cuando te grite.

Ella sonrió con cierto descaro.

–La subo para no poder oírte cuando me grites. La abuela acaba de enviarme un mensaje escrito todo en mayúsculas. Tienes que enseñarla a usar el teléfono.

–Tú eres la adolescente. Enséñala tú.

–Ha estado toda la semana pasada escribiéndome en mayúsculas y la semana anterior no dejó de llamar al tío Jackson por error.

Tyler sonrió; le hizo mucha gracia imaginarse a su responsable hermano volviéndose loco por las llamadas de su madre en mitad de su jornada laboral.

–Seguro que a tu tío le encantó. Bueno, ¿y qué quería la abuela?

–Invitarme a ir a casa cuando tengas la reunión de equipo en el Outdoor Center. Voy a ayudarla a cocinar –dio otro bocado a la tostada–. Hoy es la noche de familia. Irán todos, hasta el tío Sean. ¿Lo habías olvidado?

Tyler gruñó.

–¿Reunión de equipo y encima Noche de Miedo? ¿De quién ha sido la idea?

–De la abuela. Se preocupa por mí porque vivo contigo y porque lo único que nunca falta en nuestra nevera es cerveza. Además, no deberías llamarla «Noche de Miedo». ¿Puedo ir a la reunión de equipo?

–Lo odiarías.

–¡No! Me encanta formar parte del negocio familiar. Lo que tú sientes por las reuniones es lo que yo siento por el colegio. Estar atrapado dentro de un sitio es una pérdida de tiempo cuando hay toda esa nieve ahí fuera. Pero al menos tú puedes esquiar todo el día. Yo estoy pegada a una silla dura intentando comprender las matemáticas. Pobre de mí –se terminó la tostada y Tyler puso mala cara al ver unas migas que caían al suelo.

Ash se abalanzó sobre ellas con entusiasmo.

–Tú eres la razón por la que la nevera está vacía. Siempre estás comiendo. Si llego a saber que ibas a comer tanto, jamás te habría dejado vivir conmigo. Me estás costando una fortuna.

El hecho de que su hija se riera a carcajadas con el chiste le indicó cuánto habían avanzado en el año que llevaban viviendo juntos.

–La abuela dice que si no estuviera viviendo contigo, te ahogarías en tu propia porquería.

–Eres tú la que tira las migas al suelo. Deberías usar un plato.

–Tú nunca usas plato. Siempre estás tirando migas al suelo.

–Y tú no tienes que hacer todo lo que haga yo.

–Tú eres el adulto. Sigo tu ejemplo.

Esa idea bastó para que lo recorriera un sudor frío.

–No. Deberías hacer lo contrario de todo lo que he hecho yo.

Cuando su hija se agachó para hacerle carantoñas a Luna, la medalla que llevaba alrededor del cuello se desplazó hacia delante y casi golpeó el morro del perro.

–¿Por qué la llevas puesta?

–Me motiva. Y, además, me gusta el ejemplo que me das. Eres el padre más guay del planeta y es divertido vivir contigo. Sobre todo cuando intentas comportarte.

–Cuando intento… –Tyler apartó la mirada de esa medalla que era un doloroso recordatorio de su antigua vida–. ¿Qué quiere decir eso?

–Quiere decir que me gusta vivir aquí. No te preocupas por las mismas cosas que la mayoría de los adultos.

–Pues probablemente debería hacerlo –Tyler se pasó la mano por la nuca–. Siento un nuevo respeto por tu abuela. ¿Cómo pudo mi madre criarnos a los tres sin estrangularnos?

–La abuela jamás estrangularía a nadie. Es paciente y amable.

–Sí, ya. Por desgracia para ti, yo no lo soy, y ahora soy yo el que te está criando –la realidad de lo que eso implicaba aún lo aterrorizaba más que nada a lo que se hubiera enfrentado haciendo un descenso durante un circuito de esquí. Si estropeaba las cosas, las consecuencias serían más graves que una pierna lesionada y una carrera hecha añicos–. Bueno, ¿has terminado tus deberes?

–No. He empezado, pero me he distraído viendo la grabación de tu descenso en Beaver Creek. Ven a verlo conmigo.

Preferiría clavarse un bastón de esquí en un ojo antes que ver ese vídeo.

–Tal vez luego. Me ha llamado tu profesor –con disimulo, cambio de tema–. El lunes no entregaste el trabajo.

–Luna se lo comió.

–Sí, claro. Solo te permiten retrasarte con la entrega de un trabajo una vez al trimestre, y ya llevas dos.

–¿Tú nunca te retrasabas entregando los trabajos de clase?

«Constantemente».

Preguntándose por qué alguien elegiría tener más de un hijo cuando ser padre era tan duro, Tyler probó un enfoque distinto.

–Si entregas cinco trabajos con retraso, tendrás que quedarte en el grupo de estudio después de clase, y eso te quitará tiempo para esquiar.

Ese comentario hizo que a su hija se le borrara la sonrisa de la cara.

–Lo terminaré.

–Buena decisión. Y, la próxima vez, termina tus deberes antes de ver la tele.

–No estaba viendo la tele, te estaba viendo a ti. Quiero entender tu técnica. Eras el mejor. Este invierno voy a esquiar cada minuto que tenga libre –cerró la mano alrededor de la medalla haciendo que su comentario sonara a juramento–. ¿Vendrás mañana al entrenamiento? Me dijiste que intentarías estar allí.

Atónito por esa pura adoración, Tyler miró a los ojos de su hija y vio la misma pasión que ardía en los suyos.

Pensó en todo el trabajo que se estaba acumulando en Snow Crystal, trabajo que requería de su atención, y entonces pensó en los años que se había perdido junto a su hija.

–Allí estaré –entró en su recién reformada cocina y maldijo para sí al sentir frío colándose por sus calcetines–. ¡Jess, has soltado nieve por toda la casa! Esto es como vadear un río.

–Ha sido Luna. Se ha puesto a rodar por un montículo de nieve y después se ha sacudido.

–La próxima vez, que se sacuda fuera de nuestra casa.

–No quería que se enfriara –mirándolo, Jess se colocó el pelo detrás de la oreja–. Has dicho «nuestra» casa.

–¡Es un perro, Jess! Tiene un pelaje denso. No se enfría. Y por su puesto que he dicho «nuestra» casa. ¿Cómo si no iba a llamarla? Los dos vivimos aquí, ¡y ahora mismo es absolutamente imposible que se me pueda olvidar! –pasó por encima de otro charco de agua–. Me he pasado los últimos años reformando este lugar y aún siento como si necesitara llevar las botas dentro.

–Quiero a Ash y a Luna, son de la familia. En Chicago nunca tuve perro. Mamá odiaba que hubiera desorden en casa. Nunca tuvimos un árbol de Navidad de verdad. También los odiaba porque tenía que recoger las acículas del suelo.

De pronto, la tensión y la irritación se esfumaron. La mención de la madre de Jess hizo que Tyler se sintiera como si le hubieran echado nieve por el cuello; ahora ya no eran solo los pies los que tenía fríos.

Apretó la boca para guardarse un comentario. Lo cierto era que Janet Carpenter lo había odiado prácticamente todo. Había odiado Vermont, había odiado vivir tan lejos de una ciudad, había odiado esquiar. Y, sobre todo, lo había odiado a él. Pero su familia había establecido la norma de no decir nada malo sobre Janet delante de Jess, y él se ceñía a esa norma incluso cuando se encontraba a punto de estallar por contenerse tanto.

–Este año tendremos un árbol de verdad. Haremos una excursión al bosque y elegiremos uno juntos –consciente de que tal vez estaba consintiéndola en exceso, adoptó su actitud habitual–. Y me alegro de que te encanten los perros, pero eso no cambia el hecho de que deberías dejar la jodida puerta del salón cerrada cuando estén en casa. Este lugar ya no es una zona de obras. La nueva norma dice que nada de perros ni en los sofás ni en las camas.

–Creo que Luna prefiere las normas antiguas –los ojos se le iluminaron con picardía–. Y no deberías decir «jodida». La abuela odia que digas palabrotas.

Tyler apretó la mandíbula.

–Bueno, pero la abuela no está aquí, ¿verdad? –su abuela y su abuelo seguían viviendo en el complejo turístico, en la antigua fábrica azucarera que en el pasado había sido el centro de la producción de sirope de arce de Snow Crystal–. Y si se lo dices, te tiraré de culo a la nieve y acabarás más empapada que Luna. Ahora ve a terminar tu trabajo o me darán el premio al peor padre y no estoy preparado para subirme al podio a recoger ese.

Jess sonrió.

–Si prometo entregar mi trabajo y no decirle a nadie que dices palabrotas, ¿podemos ver luego vídeos de esquí juntos?

–Deberías decírselo a Brenna. Es una profesora magnífica –estaba a punto de agarrar una cerveza cuando recordó que debía dar ejemplo y decidió servirse un vaso de leche en su lugar. Desde que Jess se había mudado, se había acostumbrado a no beber directamente del cartón–. Ella te dirá lo que está haciendo mal cada uno.

–Ya ha prometido ayudarme ahora que estoy en el equipo de esquí de la escuela. ¿La has visto en el gimnasio? Tiene unos abdominales alucinantes.

–Sí, la he visto –y no se permitía pensar en sus abdominales.

No se permitía pensar en ninguna parte de ella.

Era su mejor amiga y seguiría siéndolo.

Para lograr dejar de pensar en los abdominales de Brenna, metió la cabeza en la nevera.

–Esta nevera está vacía.

–Kayla me va a llevar al pueblo luego para comprar algo –el teléfono de Jess sonó y lo sacó del bolsillo–. Oh…

Tyler cerró la puerta con el hombro y se fijó en su expresión.

–¿Qué pasa?

–Nada, que Kayla me ha escrito para decirme que tiene mucho lío en el trabajo.

–Qué pena. No importa. Yo iré a la tienda mañana.

Jess miró el teléfono.

–Tengo que ir ahora.

–¿Por qué? Los dos odiamos ir a la compra. Puede esperar.

–Esto no puede esperar –Jess tenía la cabeza agachada, pero él vio que se le habían encendido las mejillas.

–¿Es por la Navidad? Porque si es por eso, aún faltan un par de semanas, todavía tenemos mucho tiempo. Yo hago casi todas las compras a las tres de la tarde del día de Nochebuena.

–¡No es por la Navidad! Papá, necesito… –se detuvo, estaba ruborizada– algunas cosas de la tienda, eso es todo.

–¿Qué puedes necesitar que no pueda esperar a mañana?

–Cosas de chicas, ¿vale? ¡Necesito cosas de chicas! –contestó gritando.

Se dio la vuelta y salió de la habitación dejándolo allí, mirándola e intentando comprender la razón de ese repentino estallido de mal humor.

¿Cosas de chicas?

Tardó un momento en reaccionar, y entonces cerró los ojos brevemente y maldijo para sí.

Cosas de chicas.

Cayó en la cuenta a la vez que se vio invadido por una sensación de puro pánico. Nada en la vida lo había preparado para criar a un adolescente… Y menos a una chica adolescente.

¿Cuándo le había…?

Miró hacia la puerta sabiendo que debía decir algo pero ignorando totalmente cuál sería el modo más delicado de abordar un tema que los avergonzaría tanto a los dos.

¿Podía ignorarlo?

¿Podía decirle que lo mirara por Internet?

Se pasó la mano por la cara y maldijo porque sabía que ni podía ignorarlo ni podía dejar algo tan importante relegado a una búsqueda por ordenador.

No tenía a su madre para preguntarle. Solo lo tenía a él y ahora mismo estaría pensando que era pésimo como padre.

–¡Jess! –le gritó y, al no recibir respuesta, salió de la cocina y la encontró quitándose las botas en el vestíbulo–. Sube al coche. Yo te llevo a la tienda.

–Olvídalo –contestó ella con la voz amortiguada por el pelo que le caía por delante de la cara–. Voy a ir a casa de la abuela a pedirle que me lleve.

–La abuela odia conducir de noche y con nieve. Yo te llevo –su voz sonó más dura de lo que había pretendido y alargó una mano para tocarle el hombro, aunque la retiró de inmediato. ¿Debía abrazarla o no? No tenía ni idea–. Iba a ir a la tienda de todos modos.

–Ibas a ir mañana, no hoy.

–Bueno, pues ahora voy a ir hoy –agarró su cazadora–. Vamos. Compraremos ese chocolate que te gusta.

Aún sin mirarlo, Jess siguió enredando con sus botas un rato y él suspiró, deseando por centésima vez que las adolescentes fueran acompañadas por un manual de instrucciones.

–Jess, no pasa nada.

–Sí que pasa –respondió ella con la voz entrecortada–. ¡Esto es como una avalancha de mal rollo! Estarás pensando que es tu peor pesadilla.

–No estoy pensando eso –Tyler agarró el picaporte de la puerta–. Lo que estoy pensando es que lo estoy fastidiando todo, que estoy diciendo las palabras equivocadas y haciéndote sentir incómoda, lo cual no es mi intención.

Ella lo miró bajo su mata de pelo.

–Desearías que no hubiera venido a vivir aquí nunca.

Tyler creía que eso ya lo habían superado; la inseguridad, esas dudas que no cesaban y que habían erosionado y corroído la autoestima y la felicidad de su hija.

–No deseo eso.

–Mamá me dijo que ojalá yo no hubiera nacido nunca.

Tyler se subió la cremallera de la cazadora con tanta rabia que casi se arrancó un dedo.

–No te lo dijo en serio –abrió la puerta agradeciendo la sacudida de aire frío para calmar su ira.

–Sí, sí que lo dijo en serio –farfulló Jess–. Me dijo que era lo peor que le había pasado en la vida.

–Bueno, pues yo nunca he pensado eso. Ni una sola vez. Ni siquiera cuando se me empapan los calcetines porque dejas que los perros arrastren nieve hasta dentro de la casa.

–Tú no pediste nada de esto –a la niña se le quebró la voz y la inseguridad que se reflejaba en su mirada hizo que él quisiera atravesar algo con el puño.

–Lo intenté. Le pedí a tu madre que se casara conmigo.

–Lo sé. Te dijo que no porque pensaba que serías un padre pésimo. Oí que se lo decía a mi padrastro. Le dijo que eras un irresponsable.

Tyler se sintió invadido por una intensa emoción.

–Sí, bueno, puede que eso sea verdad, pero no cambia el hecho de que yo te quisiera desde el principio, Jess. Y cuando tu madre no aceptó casarse conmigo, intenté por otros medios que vinieras a vivir aquí con nosotros. ¿Pero por qué cojones estamos hablando de esto ahora?

–Porque es la verdad. Fui un error –Jess se encogió de hombros como si no importara, y precisamente porque él sabía lo mucho que importaba, vaciló sabiendo que el modo en que respondiera a eso sería de vital importancia para lo que ella sintiera.

–No es que planeáramos tenerte, eso es cierto. No voy a mentirte en eso, pero no se puede planear todo lo que pasa en la vida. La gente cree que puede, cree que puede controlar las cosas y entonces, ¡boom!, pasa algo que te demuestra que no lo controlas todo tanto como crees. Pero en ocasiones las cosas que no planeas resultan ser las mejores.

–Yo no fui una de esas cosas. Mamá me dijo que fui el mayor error de su vida.

Él apretó los puños y tuvo que forzarse a calmarse.

–Probablemente estaba cansada o disgustada por algo cuando lo dijo.

–Fue cuando me tiré por las escaleras haciendo snowboard.

Tyler esbozó una sonrisa.

–Ya, claro, ahí lo tienes. Fue por eso –la llevó hacia él y la abrazó sintiendo su delgado cuerpo y el familiar aroma de su cabello. Su hija. Su niña–. Eres lo mejor que me ha pasado a mí. Eres una O’Neil de la cabeza a los pies y a veces eso desquicia un poco a tu madre, eso es todo. No siente mucho aprecio por los O’Neil, pero a ti te quiere. Lo sé –no lo sabía, pero en esa ocasión contuvo su tendencia natural a no callarse la verdad.

–Su familia no está tan unida como la nuestra y eso la pone celosa –dijo Jess con la voz amortiguada por su pecho, y Tyler sintió cómo su hija lo abrazaba con más fuerza cada vez.

–Puede que te saltes las clases, pero no eres estúpida.

Jess se apartó con las mejillas sonrojadas.

–¿Por eso no te quieres casar? ¿Por lo que pasó con mamá?

¿Qué podía responder a eso?

Había aprendido que con Jess las preguntas salían sin previo aviso. Ella acumulaba cosas, las guardaba en su interior hasta que estallaba por no poder contenerlas más.

–A algunas personas no les va lo del matrimonio, y yo soy una de ellas.

–¿Por qué?

Tyler decidió que preferiría esquiar por una pendiente vertical en la oscuridad y con los ojos cerrados que estar manteniendo esa conversación.

–A todo el mundo se nos dan bien unas cosas y mal otras. A mí se me dan mal las relaciones. No hago felices a las mujeres –«si no, pregúntale a tu madre»–. Las mujeres que sienten algo por mí suelen acabar sufriendo.

–¿Entonces no vas a volver a tener una relación con nadie? Papá, eso es una tontería.

–¿Me estás llamando tonto? ¿Qué pasa con el respeto?

–Lo único que digo es que no pasa nada por cometer errores cuando eres joven. Todo el mundo mete la pata alguna vez. Eso no debería impedir que lo intentes de nuevo cuando eres mayor.

–Jess…

–A lo mejor ahora que me tienes aquí se te empieza a dar mejor. Si quieres saber cómo funciona la mente femenina, puedes preguntarme –dijo la niña con actitud generosa, y Tyler abrió y cerró la boca atónito.

–Gracias, cielo. Te lo agradezco –decidiendo que la conversación estaba volviéndose cada vez más incómoda, y no al contrario, sacó las llaves del coche–. Y ahora sube al coche antes de que nos quedemos congelados en la puerta. Tenemos que llegar a la tienda antes de que cierre.

–Te habría resultado más sencillo que hubiera sido un chico. Así no habrías tenido que mantener conversaciones embarazosas.

–No te creas. Los chicos adolescentes son los peores. Lo sé. Fui uno. Y no me resulta embarazoso –se sentía como si tuviera la lengua de trapo–. ¿Por qué iba a resultarme embarazoso algo que forma parte del crecimiento normal? Si hay algo que me quieras preguntar… –«¡por favor, Dios, que no me tenga que preguntar nada!»–, dilo sin más.

Ella se ajustó las botas.

–Estoy bien, pero tengo que llegar a la tienda.

Él agarró su cazadora y se la lanzó.

–Abrígate bien. Ahí fuera está helando.

–¿Pueden venir Ash y Luna?

–¿A la compra? –estaba a punto de preguntarle por qué le iba a apetecer llevarse a dos perros hiperactivos al pueblo cuando vio su expresión esperanzada y decidió que los perros serían la mejor cura para una situación incómoda. Y, con suerte, harían que Jess se olvidara de su madre y de la complejidad de las relaciones humanas–. Claro. Es una gran idea. No hay nada que me guste más que dos animales jadeando en el coche mientras conduzco. Pero tendrás que controlarlos.

Jess silbó a los perros, que salieron brincando, eufóricos ante la idea de una excursión.

Tyler salió de Snow Crystal y aminoró la marcha al cruzarse con unos huéspedes que estaban regresando tras un día en las pistas de esquí.

El complejo estaba medio vacío, pero aún era inicio de temporada y sabía que el número de visitantes se duplicaría una vez llegaran las vacaciones de Navidad.

Y al otro lado del Atlántico, en Europa, la Copa del Mundo de Esquí Alpino estaba en marcha.

Agarró con fuerza el volante, agradecido por que Jess estuviera parloteando sin parar. Agradecido por la distracción.

–El tío Jackson me ha dicho que la producción de nieve está funcionando genial. Hay muchas pistas abiertas. ¿Crees que tendremos grandes nevadas? El tío Sean está aquí –no dejaba de hablar mientras acariciaba a Luna–. He visto su coche antes. El abuelo dice que ha venido a la reunión, pero no entiendo por qué. Es cirujano. Él no se involucra en el negocio. ¿O es que viene a arreglar piernas rotas?

–El tío Sean está desarrollando un programa de entrenamiento con Christy en el spa. Están intentando reducir las lesiones provocadas por el esquí. Fue idea de Brenna –Tyler aminoró la marcha al llegar a la carretera principal y girar hacia el pueblo. La nieve caía de forma constante cubriendo el parabrisas y la carretera que tenían delante.

–¿Cómo es que Brenna es la encargada del programa de actividades al aire libre cuando eres tú el que tiene la medalla de oro?

–Porque el tío Jackson ya le había ofrecido el trabajo antes de que yo volviera a casa, y porque odio la organización casi tanto como odio hacer la compra y cocinar. Solo me interesa la parte relacionada con el esquí. Además, Brenna es una profesora magnífica. Es paciente y amable, y a mí, en cambio, me entran ganas de tirar a la gente a un montículo de nieve si no lo hacen bien a la primera –miró brevemente por el retrovisor–. ¿Esta noche te quedas a dormir con la abuela?

–¿Quieres que me quede? ¿Tienes planeado acostarte con alguien?

Tyler estuvo a punto de irse directo a la cuneta.

–Jess…

–¿Qué? Has dicho que contigo podía hablar de cualquier cosa.

Mantenía la velocidad baja y miraba fijamente a la carretera.

–Pero no me puedes preguntar si tengo planeado acostarme con alguien.

–¿Por qué? No quiero molestar, eso es todo.

–Tú no molestas –se preguntó por qué tenía que surgir esa conversación cuando tenía que conducir en condiciones complicadas–. Tú nunca molestas.

–Papá, no soy estúpida. Antes practicabas un montón de sexo. Lo sé. Lo leí por Internet. En un artículo decían que podías llevarte a una mujer a la cama más rápido de lo que descendías una pendiente.

Absolutamente atónito e impactado, Tyler avanzó a baja velocidad hasta llegar al pueblo. Las luces destellaban en los escaparates de las tiendas y un gran árbol de Navidad se alzaba orgulloso al fondo de Main Street.

–No te creas todo lo que leas en Internet.

–Lo único que digo es que no tienes que renunciar al sexo solo porque esté viviendo contigo. Tienes que volver a salir.

Estupefacto, aparcó junto al supermercado del pueblo.

–No pienso hablar de esto con mi hija de trece años.

–Tengo casi catorce. Tienes que seguir con tu vida.

–Mi vida sexual es tema prohibido.

–¿Alguna vez te has acostado con Brenna? ¿Fue ella una de esas mujeres con las que tuviste una relación?

¿Cómo era posible sudar cuando la temperatura estaba bajo cero?

–Eso es personal, Jess.

–¿Entonces sí que te acostaste con ella?

–¡No! Jamás me he acostado con Brenna –el sexo con Brenna era algo en lo que no se permitía pensar. Jamás. No pensaba en esos abdominales, y tampoco pensaba en esas piernas–. Y esta conversación ha terminado.

–Porque a mí no me importaría. Creo que le gustas mucho. ¿A ti te gusta ella?

Siendo consciente de que su hija de trece años acababa de darle permiso para acostarse con una mujer, se pasó los dedos por el pelo.

–Sí, claro que sí. La conozco desde que éramos niños. Hemos estado juntos la mayor parte de nuestras vidas. Es una buena amiga.

Y no haría nada por estropearlo. Nada. Ni una condenada cosa.

Ya había estropeado cada una de las relaciones que había tenido. Su amistad con Brenna era lo único que aún permanecía intacto y pretendía que siguiera así.

Jess se desabrochó el cinturón de seguridad.

–A mí me gusta Brenna. No va por ahí babeando por ti como algunas mujeres y me habla como si fuera una chica mayor. Si me das dinero, entraré y compraré lo que necesito. También compraré algo para rellenar la nevera y, así, si la abuela se pasa por casa se quedará impresionada por cómo te ocupas de todo.

–¿Babeando? –Tyler se sacó la cartera del bolsillo–. ¿A qué te refieres?

Jess se encogió de hombros.

–Como algunas madres del cole. Todas se maquillan y llevan ropa ajustada por si vas a recogerme. El otro día cuando Kayla me recogió, por poco no se arma una buena. A veces las chicas me preguntan si vas a ir o no. Supongo que sus madres no quieren molestarse en pintarse los labios si no vas a aparecer.

Tyler la miró.

–¿Hablas en serio?

–Sí, pero no me importa –se abrochó la cazadora–. Me mola que mi padre sea un icono sexual nacional. Pero si vas a elegir a alguien con quien yo tenga que vivir y a quien tenga que llamar «mamá», me gustaría que eligieras a alguien como Brenna, eso es todo. Ella no se está atusando el pelo todo el rato y mirándote con una sonrisita tonta.

–Nadie va a venir a vivir con nosotros, no tendrás que llamar «mamá» a nadie, y por última vez, no voy a acostarme con Brenna –dijo Tyler con los dientes apretados–. Y ahora ve a comprar lo que sea que necesites.

Jess se deslizó en su asiento.

–No puedo –dijo sin apenas voz–. La señora Turner acaba de entrar con su hijo, que está en mi clase. Me quiero morir.

Tyler respiró hondo y hurgó entre todo lo que tenía por medio en el coche hasta encontrar un viejo ticket de restaurante y un boli.

–Haz una lista.

–Esperaré hasta que se hayan ido.

Aunque dentro del coche estaba oscuro, Tyler vio que se había puesto colorada otra vez.

–Jess, tenemos que hacer esto antes de que los dos muramos de hipotermia.

Ella vaciló, le quitó el boli y garabateó algo.

–Espera aquí –Tyler le quitó el papel y entró en el supermercado. Si había podido esquiar el famoso Hahnenkamm austriaco a ciento cuarenta kilómetros por hora, podía entrar a comprar «cosas de chicas».

Diez minutos más tarde, Brenna Daniels entraba en el supermercado aliviada por poder protegerse ahí del gélido frío.

Ellen Kelly salió de detrás del mostrador con tres grandes cajas.

–¡Brenna! Tu madre ha estado aquí esta mañana. Me ha dicho que hace un mes que no te ve.

–He estado ocupada. ¿Te echo una mano con eso, Ellen? –Brenna le agarró las cajas y las apiló en el suelo–. No deberías cargar con tantas de golpe. El médico te ha dicho que tengas cuidado al levantar peso.

–Tengo cuidado. La tormenta está llegando y a la gente le gusta almacenar cosas por si no deja de nevar en un mes. Todos estamos esperando que la cosa no se ponga tan mala como en 2007. ¿Recuerdas el Día de San Valentín?

–Estaba en Europa, Ellen.

–Es verdad, estabas allí. Lo había olvidado. Ni una gota de nieve en enero y después un metro en veinticuatro horas. Ned 55 perdió algunas de sus vacas cuando se le derrumbó el tejado del establo –Ellen se frotó la espalda–. Por cierto, te lo acabas de perder.

–¿A Ned Morris?

–A Tyler –Ellen se agachó y abrió una de las cajas–. Y Jess venía con él. Estoy segura de que ha crecido varios centímetros este verano.

–¿Tyler ha estado aquí? –ahora el corazón le latía un poco más fuerte–. Tenemos una reunión en el complejo en una hora.

–Creo que han tenido una emergencia. Jess se ha quedado en el coche y él ha entrado y ha comprado todo lo que a ella le hacía falta. Y me refiero a todo –Ellen Kelly le guiñó un ojo con gesto de complicidad y comenzó a desembalar las cajas y a colocar los artículos en los estantes–. Jamás pensé que llegaría a ver a Tyler comprando aquí para una adolescente. Recuerdo que la gente solo decía cosas malas de él cuando Janet Carpenter anunció que estaba embarazada, pero les ha demostrado a todos que se equivocaban. Que Janet es tan fría como un invierno en Vermont, y en cambio él… –continuó mientras colocaba unas latas en el estante–: puede que sea un mujeriego, pero nadie puede decir que no lo haya hecho bien con esa niña.

–Tiene casi catorce años.

–Y no se parece en nada a la persona que llegó aquí el invierno pasado, tan huesuda y pálida. ¿Te lo puedes creer? ¿Qué clase de madre se desprende de su hija así? –Ellen chasqueó la lengua mostrando su desaprobación y se agachó para abrir otra caja, una cargada de adornos de Navidad–. Desagradecida.

Brenna tuvo la precaución de reservarse su opinión al respecto.

–Janet ha tenido otro bebé.

–¿Y por eso se ha librado de la mayor? Razón de más para tener a Jess cerca, en mi opinión –Ellen colgó unas largas guirnaldas de espumillón de unos ganchos–. Puede que eso la deje marcada de por vida, aunque tiene suerte de tener a Tyler y al resto de los O’Neil. ¿Quieres adornos, cielo? Este año tengo una gran selección.

–No, gracias, Ellen. Yo no decoro la casa. Y Jess no se ha quedado marcada por lo que ha pasado. Es una niña encantadora –con lealtad y discreción, Brenna intentó dirigir la conversación hacia otro tema. No mencionó ni las inseguridades ni ninguno de los problemas que sabía que Jess había sufrido al mudarse allí–. ¿Sabes que está en el equipo de esquí del colegio? Tiene mucho talento.

–Ha salido a su padre. Aún recuerdo aquel invierno en que Tyler se deslizó esquiando por el tejado del viejo Mitch Sommerville –sonriendo, Ellen sentó sobre un estante a un enorme y sonriente Santa Claus–. Lo arrestaron, claro, pero mi George siempre decía que jamás había visto a una persona tan audaz en la montaña. Excepto a ti, tal vez. Los dos erais inseparables. Solía ver cómo te escapabas en lugar de ir a clase.

–¿A mí? Creo que te has equivocado de persona, Ellen –contestó Brenna sonriéndole–. Jamás me he saltado las clases en toda mi vida.

–Debió de ser un duro golpe para Tyler perder así su carrera deportiva. Sobre todo cuando estaba en lo más alto.

Brenna, que preferiría arrojarse desnuda a un lago helado antes que hablar de la vida privada de otra persona, hizo un intento desesperado por cambiar de asunto.

–En Snow Crystal tiene muchas cosas con las que mantenerse ocupado. Las reservas van en aumento y parece que va a ser un invierno ajetreado.

–Me alegra oírlo. Esa familia se lo merece. A nadie le impactó más que a mí oír que ese lugar tenía problemas. Los O’Neil llevan viviendo en Snow Crystal desde antes de que yo naciera. Pero bueno, parece que Jackson lo ha solucionado. Por aquí hubo gente que pensó que había cometido un gran error al gastarse tanto dinero construyendo esas cabañas tan preciosas con jacuzzis, pero resultó que sabía lo que hacía.

–Sí –Brenna fue reuniendo todo lo que necesitaba mientras se preguntaba si en un pueblo pequeño existía eso llamado «asuntos privados»–. Es un empresario muy inteligente.

–Siempre ha sabido lo que hace. Y esa chica…

–¿Kayla?

–Su corazón está en el lugar adecuado por mucho que se mueva por aquí con esos resplandecientes zapatos y ese aspecto tan neoyorquino.

Brenna añadió leche a la cesta.

–Es inglesa.

–No te lo imaginas hasta que abre la boca. Ya que estás aquí, llévate esas galletas de chocolate. Están deliciosas. Aunque no se puede decir que andes escasa de cosas ricas que comer en Snow Crystal teniendo a Élise al mando de la cocina. Ahora que Jackson y Sean están emparejados, le ha llegado el turno a Tyler.

A Brenna se le cayó al suelo el tarro que tenía en la mano. Se rompió y el contenido se esparció por todo el suelo.

«Mierda».

–¡Ay, Ellen, cuánto lo siento! Lo limpiaré. ¿Tienes una fregona? –furiosa consigo misma, se agachó para recoger los trozos del envase, pero Ellen la apartó.

–Déjalo. No quiero que te cortes los dedos. Hubo un tiempo en que pensé que los dos acabaríais juntos. No podíais estar separados.

«Mierda y mierda».

–Somos amigos, Ellen –esa conversación era lo último que necesitaba–. Y seguimos siéndolo.

Para cuando se marchó de la tienda, estaba exhausta de esquivar cotilleos y de pensar en Tyler.

Condujo directa a Snow Crystal y aparcó fuera del Outdoor Center junto al ostentoso deportivo rojo de Sean. La nieve caía sin cesar y el camino ya estaba cubierto por medio metro de polvo blanco. La temperatura había descendido y el aire prometía aún más, lo cual era una buena noticia para Snow Crystal porque la cantidad de nieve estaba directamente relacionada con el número de reservas para Navidad.

Y necesitaban esas reservas.

A pesar de lo que le había dicho a Ellen, sabía que el complejo aún estaba luchando por salir a flote. Las cabañas, cada una con su propio jacuzzi y vistas privadas al lago y al bosque, habían generado mucho gasto. Durante los últimos dos años habían tenido más cabañas vacías que ocupadas. Las cosas iban mejorando lentamente, pero aún tenían mucho alojamiento libre.

Se sacudió la nieve de las botas, abrió la puerta y se vio envuelta por la agradable calidez del interior. Caminó hasta la paz y la tranquilidad del spa. La luz era tenue y las paredes estaban pintadas de un relajante tono azul océano. Una suave música sonaba de fondo y el aire olía a los aceites de aromaterapia. Le produjo un cosquilleo en la nariz, pero claro, ella no estaba acostumbrada ni a ese aroma ni a tumbarse y dejar que alguien que no conocía le frotara aceite por la piel. Le resultaba algo demasiado íntimo. Algo que podía hacer un amante, no un extraño.

Aunque tampoco se podía decir que en su vida los amantes desempeñaran un gran papel.

Christy, que se había unido a ellos en verano para ocuparse del spa, levantó la mirada del mostrador. Un árbol de Navidad en miniatura centelleaba desde la esquina de la mesa.

–¿Sigue nevando ahí fuera? –era una chica rubia, una fisioterapeuta titulada que había añadido el masaje y la aromaterapia a su ya de por sí impresionante lista de títulos–. Has tenido un día duro. ¿Esto siempre es una locura al comienzo de la temporada de invierno?

–Hay mucho que planificar y preparar, eso seguro –Brenna se quitó el gorro y, al hacerlo, copos de nieve cayeron al suelo–. ¿Ya han llegado todos?

–Aún estamos esperando a Élise y a…

–Merde, llego tarde –Élise, la jefa de cocina, pasó delante de ella como un relámpago–. Estamos hasta arriba en el restaurante esta noche y también hay una fiesta de treinta invitados que han reservado el Boathouse para una cena de aniversario. No tengo tiempo para esto y ya sé cuál es mi tarea para la temporada de invierno: ofrecerle a la gente la mejor comida que haya probado en su vida. Mañana por la mañana te veo en el gimnasio, Brenna. Siento haber faltado esta mañana. Es la primera vez en meses, pero nos estábamos volviendo locos en la cocina.

–Es Navidad y tu restaurante es la única parte de este complejo vacacional que nunca ha tenido problemas –Brenna se guardó el gorro en el bolsillo–. Estás estresada. Solo marcas mucho el acento cuando estás estresada.

–¡Claro que estoy estresada! Estoy haciendo el trabajo de ocho y ahora esperan que me siente en una reunión –disgustada, Élise se marchó con un paso tan ligero como el de una bailarina y su resplandeciente cabello oscuro sacudiéndose a la altura de la mandíbula.

Christy enarcó las cejas.

–¿Es que toma demasiada cafeína?

–No, es que es francesa –Brenna se asomó a la ventana–. He visto el coche de Sean, así que supongo que ya están aquí todos.

–Todos menos Tyler. Llega tarde. Le he enviado un mensaje, pero no ha contestado.

–Seguro que tiene el sonido desconectado. Lo hace mucho. Antes solía cambiar de número una vez al mes porque las mujeres no dejaban de llamarlo.

–No me sorprende. Ese hombre está como un auténtico tren. Tengo que desconectar la alarma de humos cada vez que cruza esa puerta. Esta mañana lo he visto en el gimnasio y ha sido un regalito muy especial porque normalmente usa el de su casa. Ese hombre puede levantar el equivalente al peso de un coche –dijo Christy mientras se abanicaba con la mano–. Me estoy planteando añadir su nombre a la lista de atracciones de Snow Crystal.

–Ya está en la lista. Kayla lo ha convencido para que imparta algunas charlas motivacionales y en ocasiones ejerce de guía para esquiadores experimentados que están dispuestos a pagar una buena cantidad de dinero por esquiar con Tyler O’Neil –y sabía que él odiaba todo eso. No le interesaban ni la fama ni la adulación, solo le interesaba deslizarse esquiando por una montaña lo más rápido posible. No quería hablar de lo que hacía, simplemente quería hacerlo. Otros no parecían entenderlo, pero ella sí. Entendía el amor por la nieve y la velocidad–. Llegará cuando esté listo, como hace siempre. Él actúa a su modo, a su ritmo.

–Me encanta eso de él, es un rasgo muy sexy. Supongo que tú ni te fijas en él. Conoces a los O’Neil de toda la vida. Seguro que para ti son como hermanos.

¿Cómo se suponía que debía responder a eso? Dos de los tres O’Neil eran como hermanos, eso seguro. En cuanto al tercero, hacía tiempo que había asumido que no la correspondía y había aprendido por las malas que soñar solo empeoraba las cosas. De niños habían sido inseparables. De adultos… bueno, las cosas no habían salido como ella había esperado, pero había aprendido a vivir con ello. Sabía muy bien que no debía desear algo que jamás sucedería. Tenía los pies bien plantados en la tierra y cuando su cerebro vagaba en esa dirección, ella lo reconducía rápidamente.

–Tienes suerte… –dijo Christy cargando la impresora de papel–. Tú puedes trabajar con él cada día.

Y eso debería haber sido complicado. Cuando había aceptado la oferta de Jackson para trabajar dirigiendo el programa de actividades al aire libre del Snow Crystal Resort, no había sabido que estaría trabajando con Tyler. Sin embargo, al final no había resultado tan duro.

Trabajar con Tyler era una de las cosas que más adoraba de su trabajo porque podía pasar la mayoría de los días con el hombre de sus sueños.

Había intentado curarse. Había intentado salir con otros hombres, incluso se había marchado a trabajar fuera, pero Tyler estaba pegado a su corazón y hacía tiempo que había aceptado que eso no iba a cambiar.

Y si a lo largo de los años le había dolido verlo con mujeres, se consolaba con el hecho de que esas mujeres entraban y salían de su vida mientras que la amistad de ellos dos duraría para siempre.

–¿Qué tal marcha el spa? ¿Vas a estar muy ocupada en Navidad?

–Eso parece –Christy anotó algo en el ordenador tecleando con unas uñas perfectamente cuidadas. Su resplandeciente melena rubia se curvaba alrededor de sus suaves mejillas–. Lo tengo todo reservado para la semana de Navidad.

–Estás haciendo un buen trabajo, Christy –Brenna se preguntó cuántas horas se necesitarían para tener un aspecto tan pulido y refinado como el de Christy. De niña ella apenas había aguantado sentada lo justo para que su madre le pasara un cepillo por el pelo. Había odiado los lazos y las cintas y los zapatos brillantes, lo cual había resultado decepcionante para una mujer que había deseado tener una niña que vistiera de rosa y jugara tranquilamente con sus muñecas. Lo único que Brenna había querido era subirse a los árboles y jugar en el barro con los tres hermanos O’Neil. Había envidiado la libertad de sus vidas y lo unida que estaba su familia, tan acogedora, tolerante, y que tanto se apoyaba entre sí.

A los chicos O’Neil no se les pedía ni que fueran de un modo concreto ni que cumplieran una serie de reglas a cambio de recibir cariño.

Ella había querido hacer todo lo que ellos hacían, ya fuera trepar árboles o lanzarse esquiando por pronunciadas pendientes. No le había importado lo mucho que se ensuciara; no le había importado volver a casa con las rodillas arañadas y la ropa rota. Con ellos, se había sentido aceptada de un modo que nunca había sentido ni en casa ni en el colegio.

–Bueno, ¿y Tyler está saliendo con alguien ahora mismo? –preguntó Christy con tono de indiferencia–. Seguro que hay muchas haciendo cola.

–No es famoso por mantener relaciones largas.

–Entonces es mi tipo de hombre –Christy introdujo unas cifras en la hoja de cálculo–. Me gustan los chicos salvajes. Así es mucho más divertido cuando los domas.

–No estoy segura de que a Tyler se le pueda domar –y tampoco quería que nadie lo domase. No quería una versión distinta de él. Lo quería tal como era.

–¿Y qué hace aquí un tipo como él? Quiero decir, Snow Crystal es un lugar encantador, pero es más un complejo familiar que un refugio para los ricos y famosos.

–Tyler adora Snow Crystal. Creció aquí y es un negocio familiar. Hace lo que puede por ayudar –y sabía que prácticamente lo mataba no poder competir más–. Si en los próximos días nieva un poco más, puede que la gente se anime a hacer reservas. Sé que Kayla está organizando algunos paquetes vacacionales.

–Sí, he estado trabajando en un programa para no esquiadores con ella. Y hablando de Kayla… –Christy rebuscó en el cajón del mostrador–, ¿puedes darle esto? Ha llegado esta mañana y he olvidado decírselo. Es una laca de uñas en el tono Ice Crystal. Va a usarlo en una promoción que va a hacer. ¿Te ha mencionado sus planes para una fiesta del hielo?

–No.

–Está planeando un evento justo antes de Navidad para la gente del pueblo y para los huéspedes del complejo. Una fiesta del hielo. Con una hoguera, esculturas de hielo, trineos tirados por perros, comida caliente, fuegos artificiales… suena fabuloso.

–Estoy deseando oír el resto. ¿No vienes a la reunión?

–No. Hoy aquí solo estamos dos. Angie tiene la gripe y estoy al mando de los teléfonos, y, de todos modos, no me veo capaz de soportar tanta testosterona O’Neil junta en una misma habitación. ¿Qué te parece la laca de uñas? Es bonita, ¿verdad? Perfecta para la fiesta de temporada navideña.

Brenna giró la botellita en la mano observando cómo resplandecía bajo la luz.

–O me paso la mayor parte del día con las manos metidas en unas manoplas gruesas o me parto las uñas cargando con los esquís por todo el complejo, así que sinceramente no puedo decir que Ice Crystal vaya a ocupar un lugar en mi vida, pero sí, es muy brillante.

Era la clase de cosa que a su madre le habría gustado que llevara.

–Deberías venir a pasar una mañana en el spa antes de que estemos demasiado ocupados. Yo invito. Podría borrarte a base de masajes todos esos dolores provocados por el esquí. Y tienes que decirme qué te haces en el pelo. Te brilla mucho. Quiero una botella de lo que sea que usas –la expresión de Christy pasó de simpática a felina cuando la puerta se abrió dejando entrar una ráfaga de aire frío. Se alisó su ya de por sí suave melena rubia y sonrió–. ¡Hola!

A Brenna no le hizo falta girar la cabeza para saber quién había entrado. Cualquiera de los hermanos O’Neil habría hecho que una mujer se pusiera derecha y se humedeciera los labios, pero dado que dos de los tres ya estaban en la sala de reuniones, supo exactamente a quién tenía detrás.

El corazón le dio un brinco y de pronto se sintió más animada, como siempre le sucedía cuando Tyler entraba donde estaba ella.

–Hola, Bren –Tyler le dio una palmadita en los hombros con el mismo afecto y naturalidad que mostraba a sus hermanos mientras centraba su atención en Christy, que no dejaba de batir las pestañas.

–Llegas tarde, Tyler. Todos los demás ya están aquí.

–Así reservo lo mejor para el final –respondió él guiñándole un ojo–. Bueno, ¿qué tal va todo por aquí en el Beauty Central?

Brenna vio cómo las mejillas de Christy se volvieron un poco más rosadas. Eso era lo que pasaba siempre que Tyler O’Neil sonreía a una mujer. Irradiaba energía y esa mezcla de gran físico, vitalidad masculina y encanto natural y desenfadado demostraba ser una combinación irresistible.

–Genial –Christy se inclinó hacia delante ofreciéndole unas buenas vistas de sus ojos verdes y de su escote–. Estamos más ocupados que el año pasado, y Kayla y yo hemos estado organizando unas promociones fantásticas que combinan actividades de esquí con tratamientos en el spa. Siempre que te apetezca un masaje, avísame –flirteaba con facilidad, con naturalidad, como hacían la mayoría de las mujeres cuando Tyler estaba cerca.

Brenna era pésima flirteando. No tenía ni esa forma de mirar y sonreír ni, mucho menos, las agudas palabras que eran necesarias.

Christy empleaba sus palabras como si fueran una cuerda, arrojándolas, usándolas para atraparlo como a un caballo salvaje.

Mientras presenciaba el espectáculo, sentía como si alguien le estuviera estrujando el corazón.

Estaba a punto de alejarse de ahí en silencio, en dirección a la sala de reuniones, cuando Tyler la agarró del brazo.

–¿Has oído la predicción del tiempo? –le preguntó él con la mirada brillante y cargada de ilusión, y ella asintió; le había leído el pensamiento.

–Mucha nieve. Es bueno para el negocio.

–Nieve polvo. Es bueno para nosotros. ¿Qué me dices? Una nieve espesa y solos tú y yo esquiando fuera de pista, como hacíamos cuando éramos pequeños –su tono era suave, como un sexy ronroneo, y ella sintió que le fallaban las rodillas, como siempre le sucedía cuando lo tenía así de cerca.

Se consoló con el hecho de que era algo que compartía con él y que Christy no podía hacer. A lo mejor no se le daba bien flirtear, pero sabía esquiar. Y esquiaba bien. Era una de las pocas personas que casi podían seguirle el ritmo.

Ellen había tenido razón al decir que se habían saltado clases en el colegio.

En una ocasión, a su madre la habían llamado para ir a hablar con los profesores, pero la tensa atmósfera que se había respirado en casa después de aquello había merecido la pena a cambio de las maravillosas horas que había pasado a solas con Tyler haciendo lo que los dos más querían.

Sin embargo, ahora no podían saltarse nada. Tenían responsabilidades.

–Tendré que ponerme a la cola. Tenemos una lista de espera de personas dispuestas a pagar una buena cantidad de dinero a cambio de esquiar contigo sobre nieve polvo.

La sonrisa de Tyler se desvaneció.

–Qué suerte tengo –bajó la mano y se giró hacia Christy, que de algún modo había logrado aplicarse otra capa de brillo de labios durante el breve instante en que Tyler había girado la cabeza.

La joven le dirigió una inmensa sonrisa.

–Seguro que estás deseando esquiar por esas pistas. El otro día vi por la tele la repetición de la competición en la que ganaste la medalla. Fuiste increíblemente rápido.

Sabiendo que era un tema delicado, Brenna miró a Tyler, pero su expresión no había cambiado. No había nada en ese rostro retorcidamente bello que sugiriera que la situación le resultaba incómoda.

Pero ella sabía que lo era. Tenía que serlo, porque Tyler O’Neil había vivido para competir.

Desde el momento en que se había abrochado sus primeros esquís, se había vuelto adicto a la velocidad y la adrenalina del esquí alpino. Había sido su pasión. Algunos podrían haberlo considerado adicción.

Pero entonces sufrió la caída.

Pensar en aquel día hacía que se le revolviera el estómago. Aún podía recordar el terror que le había retorcido las entrañas ante la espera de que les comunicaran si estaba vivo o muerto.

Toda la familia había estado allí para apoyarlo mientras competía y ella también, ya que en aquel momento estaba trabajando para Jackson en Europa. Habían estado en la tribuna viendo a los esquiadores lanzarse a velocidades brutales, esperando a Tyler. Pero en lugar de vencerlos a todos y terminar la temporada triunfante, se había caído y eso había puesto fin a su carrera para siempre. Había dado vueltas, se había retorcido y sacudido antes de deslizarse por la pista prácticamente vertical y golpearse contra las redes de protección. Como el resto de esquiadores, había tenido caídas antes, pero aquella había sido distinta.

La multitud había gritado y murmurado con inquietud, y a eso habían seguido el silencio del miedo y la agonía de la espera.

Atrapada entre el gentío, Brenna no había podido hacer más que observar impotente cómo lo trasladaban, gravemente herido, en un helicóptero. Tras ver sangre en la nieve, había cerrado los ojos, había respirado hondo y había suplicado a quien fuera que hubiera estado escuchando: «Por favor, deja que viva». Después se había prometido que si sobrevivía, ella dejaría de desear lo imposible.

Dejaría de desear lo que no podía tener.

Dejaría de esperar que él la correspondiera.

Dejaría de esperar que se enamorara de ella.

Y jamás volvería a quejarse de nada.

Mientras había esperado a recibir noticias junto con el resto de la familia, se había dicho que no le importaba con quién estuviera mientras estuviera vivo.

Pero, por supuesto, esa promesa hecha bajo el abrasador calor del miedo no había sido fácil de cumplir. Y menos ahora, cuando trabajaban juntos cada día.

Había presenciado su frustración por verse forzado a abandonar la carrera que tanto amaba. Él ocultaba sus sentimientos bajo esa actitud de chico malo, pero ella sabía que sufría. Sabía que ansiaba volver a competir.

Era un atleta de excepcional talento, y le dolía verlo fuera de la competición limitándose a entrenar a grupos de niños. Era como ver a un caballo de carreras lesionado atrapado en una escuela de jinetes cuando el único lugar donde quería estar era en el hipódromo, ganando.

No había dicho nada, pero él se giró y la miró.

Él y su mirada de O’Neil, con ese vívido e intenso azul que le recordaba al cielo durante un perfecto día de esquí. Se le hizo un nudo de nervios en el estómago y un peligroso letargo se extendió por su cuerpo. Ni Jackson ni Sean provocaban ese efecto en ella. Solo Tyler. Por un momento le pareció ver algo iluminarse en esas profundidades azules, y entonces él le dirigió una de sus lentas y relajadas sonrisas.

–¿Lista, Bren? Si voy a morir de aburrimiento, no quiero hacerlo solo.

Por muy mal que le hubiera ido el día, Tyler siempre la hacía reír. Adoraba su pícaro sentido del humor y su indiferencia ante la autoridad. Si hacía algo, lo hacía porque para él tenía sentido, porque creía en ello, no porque estuviera reflejado en un reglamento.

Y como alguien que había crecido con un reglamento pegado a la cara, ella envidiaba esa fría determinación para vivir la vida como él quería. Tenía una vena salvaje, pero su carrera como esquiador había alimentado su deseo de batirse en duelo con el peligro y le había proporcionado una válvula de escape para ese exceso de energía. Cómo habría dado rienda suelta a esa vena salvaje de no haber sido esquiador había sido tema de infinitas especulaciones tanto en el pueblo como en el circuito de la copa del mundo.

Tyler lanzó una última sonrisa en dirección a Christy y echó a caminar hacia la sala de reuniones. Allá iba, metro noventa de puro atractivo sexual y de letal encanto.

Brenna lo siguió despacio mientras se repetía que debía empezar a ser realista en lo que respectaba a su relación con Tyler.

Él la veía como a «uno de los chicos». Incluso en las raras ocasiones en las que se arreglaba y se ponía tacones y un vestido ajustado, Tyler ni la miraba. Y eso no le habría resultado tan humillante de no ser porque él miraba a prácticamente todas las mujeres que se le cruzaban.

Destacaba por ser la única chica de Vermont a la que Tyler O’Neil no había besado.

Por detrás oyó el teléfono sonar y a Christy responder y decir con su voz perfecta y profesional:

—Snow Crystal Spa, soy Christy. ¿En qué puedo ayudarte?

«No puedes», pensó Brenna desconsolada. «Nadie puede ayudarme».

Llevaba enamorada de Tyler toda la vida y nada de lo que hacía, o de lo que hacía él, lo había podido cambiar. Ni siquiera cuando había dejado embarazada a Janet Carpenter y se había sentido como si le hubieran partido el corazón en dos.

Había aceptado un empleo en otro continente con la esperanza de superarlo. Había salido con otros hombres con la esperanza de que alguno de ellos hiciera ese trabajo por ella, pero entonces había llegado a la conclusión de que para lo suyo no había cura. Sus sentimientos eran profundos y permanentes.

Estaba condenada a amar a Tyler O’Neil para siempre.