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Hay quienes anhelan la buena vida y lo pierden todo en su búsqueda, hasta a sí mismos. No importa cuánto éxito, fama o dinero puedan acumular. Nadie es inmune a las crisis laborales, existenciales o sanitarias, al estrés, a la pérdida de un ser querido o al dolor de una relación fallida. La vida buena que promete el estoicismo y el budismo, en cambio, es accesible a cualquier persona sin importar sus circunstancias, pues la virtud «areté» y el florecimiento personal se puede desarrollar en cualquier momento. Especialmente en los más difíciles. Este libro es una oda a la libertad, tal como la entendían los estoicos, y a la filosofía budista; a la vida buena y en calma. Este estado mental de paz es un regalo que solo podemos otorgarnos nosotros mismos, y a la vez el mayor presente que podemos regalar a los demás. Las enseñanzas que se comparten en Sobre la vida buena tienen siglos de historia y nos permiten ensanchar nuestro pensamiento y adoptar una actitud más reflexiva. Una guía sobre la filosofía estoica y budista, con transcripciones, reflexiones, consejos y una parte final práctica, que el autor denomina «estrategias», que nos permite aplicar las enseñanzas en la vida cotidiana.
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Seitenzahl: 394
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Sobre la vida buena
Reflexiones desde el estoicismo y la filosofía budista
Emilio Cabrera
Primera edición en esta colección: noviembre de 2021
© Emilio Cabrera, 2021
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18927-11-9
Imagen de portada: freepik
Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Para Marco y María José
Este manuscrito sobre estoicismo y filosofía budista que tienes entre tus manos ha sido escrito entre 2019 y 2021. Lo que esperaba que me ocupara seis meses de trabajo explicando las doctrinas que han influido en mí y que conforman la idea de vida buena (o eudaimonia) de algunos de los filósofos más trascendentales de la Antigüedad se dilató durante más de dos años a medida que, para hacer justicia a la materia tratada (pensamientos de algunas de las personas más sabias que nos han antecedido), fui consciente de que tenía que investigar y profundizar no solamente en la filosofía que conocía, sino también en la ciencia y en la historia. Durante este proceso he trabajado a diario con decenas de libros antiguos y he viajado a aquellos lugares donde se originaron estos pensamientos –Grecia, Roma e India– con el fin de sintetizar una idea: la vida buena.
La tarea, aunque nada sencilla, ha sido muy gratificante. He tratado de escribir desde mis propias meditaciones. En este libro vuelco mis pensamientos, después de haber compartido mi formación como entrenador de programación neurolingüística (PNL) en El pequeño libro de la buena suerte. Ahora vuelvo a los orígenes, a mi interés por la filosofía y cómo esta nos puede ser útil para vivir mejor, canalizando las enseñanzas universales de las que me he nutrido a lo largo de muchos años, aquellas doctrinas que han calado en lo más profundo de mi alma cambiando por completo mi forma de pensar y proporcionándome una mejor calidad de vida.
La idea cardinal de este manuscrito reside en que si el lector no maneja sus emociones, estas le manejaran a él como un barco a la deriva. Sus emociones tomarán las decisiones por él, y las decisiones son el destino. Como en mis anteriores libros, hablo de responsabilidad personal y de actitud. Desde antaño, la religión ocupó el papel central del lugar donde la población canalizaba sus sentimientos; ese papel, como veremos, se ha ido perdiendo. Para algunos, la filosofía antigua, más antigua que las religiones, puede ocupar ese lugar que ha quedado huérfano o complementarlo para vivir mejor.
Si te preguntas qué hallarás en este libro, le diría que este le aportará una nueva mentalidad, una forma de concebir el mundo, claridad, si quieres, incluso una guía que trata de ensanchar la mente, el pensamiento crítico y el músculo de la razón. Con este ensayo te invito a llevar a la práctica una forma de entender nuestro complejo entorno para una vida buena.
Esta es mi aportación al legado de dos formas de pensar que son universales, el estoicismo y el budismo. Espero que, para aquellos que no las conociesen, sirva de introducción y conocimiento. Así mismo, con toda humildad y con el respeto que le profeso a mi bisabuelo, filósofo y filólogo, espero que a los versados en estas doctrinas mi ensayo les parezca digno, ya que he puesto en él mi más sincero empeño para hacer de este trabajo una obra que pueda ser útil a cualquier lector.
EMILIO CABRERA
He querido dividir este libro en cuatro partes, cuatro peldaños de conocimiento, para que después de una primera lectura puedan ser releídas de forma separada. Con cada peldaño se compartirá un mayor conocimiento sobre las estrategias que entrañan el estoicismo y la filosofía budista. En el primero de ellos exploraremos por qué nuestra herencia genética supone un condicionamiento a nuestros instintos, nuestras emociones e incluso a nuestro mapa mental. Cómo afecta esa herencia genética a nuestro concepto de felicidad y qué podemos entender como felicidad.
En la segunda parte haremos una aproximación al mundo de las percepciones y a la disciplina del juicio para gestionar aquellas situaciones que nos turban y nos roban la calma. Cómo nuestra inteligencia nos permitió volcar nuestras emociones y sentimientos para expresarlos en forma de culturas y religiones desencadenando nuestra vertiente más espiritual y, mediante la razón, desarrollamos la filosofía.
En la tercera parte nos sumergiremos brevemente en la historia de las escuelas filosóficas estoica y budista, así como en sus lecciones y dogmas que pueden sernos útiles en el día a día, especialmente las disciplinas del deseo y de la acción, compartiendo todo el conocimiento práctico de la escuela estoica romana, así como las nobles cuatro verdades y el óctuple sendero de la filosofía budista.
En la cuarta parte se comparten algunas de las estrategias para la práctica diaria de esta opción de vida; para una vida buena.
En medio del duro invierno, descubrí por fin que dentro de mí hay un ser invencible.
ALBERT CAMUS
Todo tiene un origen, y sé muy bien cuándo surgió la semilla de este libro: el primer gran empujón, lo que me motivó a pensar como pienso y compartir con otros mis reflexiones. La primera experiencia que voy a compartir fue uno de los motores de mi vida, y resulta curioso cómo una situación desagradable, una adversidad, cualquiera que sea, te puede impulsar hacia delante y proporcionarte fuerza si estás dispuesto a dotarle de un sentido, quienquiera que seas y cualesquiera que fueren tus circunstancias. Como podría decir Viktor Frankl, un evento desagradable nos puede inspirar a vivir mejor cuando le encontramos un sentido y lo asumimos como un sacrificio a ese fin superior al que nos entregamos.
Lo cierto es que a lo largo del camino a todos nos suceden en mayor o menor medida estos eventos (vaya, sucede la vida) que te conducen en una dirección o en otra. En mi caso me sucedieron varios acontecimientos que marcaron mi forma de entender el mundo. Estas situaciones me llevaron a preguntarme cómo podía hacer para vivir bien, y con «vivir bien» no me refiero a una vida repleta de lujos y placeres, aquello que muchos llaman «la buena vida». Como pronto veremos, con «vivir bien» me refiero a cómo hacer para no repetir lo que había visto y vivir en paz. Ser feliz sin aspirar a una vida banal ni idealizarla, sino llevando lo que yo llamo una vida buena. Los filósofos de las escuelas helenísticas que vamos a tratar lo llamaron eudaimonia. Los antiguos griegos entendían la eudaimonia como «felicidad», «vida buena» o «bienestar», y etimológicamente sus componentes léxicos son eu, que significa «bueno», y daimon, que significa «espíritu» en griego (εὐδαίμων).
La eudaimonia es una idea sobre la que también han teorizado grandes filósofos contemporáneos, como Descartes, Hume, Rousseau, Goethe o Schopenhauer, entre muchos otros. Todos ellos la entendieron como un modo de vida que se obtiene cultivando un estado mental de tranquilidad y satisfacción para alcanzar la vida feliz. Si eudaimonia es esa vida feliz de la que hablaban los antiguos, y no tan antiguos, ese estado mental de paz absoluta, lucidez y ecuanimidad que se deriva de ella se conoce como «ataraxia»; la iluminación en la tradición budista.
La ataraxia es un estado interior de serenidad y plenitud en el que prácticamente nada te perturba. En este estado te sientes como una balsa de agua en calma, con una paz absoluta, con una alegría infinita y un alma imperturbable sin miedo a nada, y esta es la gran promesa que hace el estoicismo.
Es el camino medio.
Un estado de mente iluminada que te permite alcanzar el nirvana en la filosofía budista.
En nuestro tiempo, muchos buscan vivir una buena vida tomando decisiones que se alejan de pleno del sentido de la ataraxia, de esa mente lúcida y en calma; y es comprensible, ya que es fácil comprar la promesa que ofrece el marketing de las redes sociales y las cadenas de televisión, la vida de lujo y excesos, fama y riqueza, la permanente búsqueda de los placeres inmediatos, las modas y las gratificaciones sensoriales… Parece que lo inaudito sería hacer lo contrario. ¿Quién quiere tranquilidad cuando lo que prepondera en nuestra sociedad es obtener reconocimiento, ganar dinero y disfrutar de toda clase de placeres?
La inmensa mayoría de las personas están tan enfrascadas buscando estas recompensas que les parecerá absurdo pararse a pensar que todo aquello que se nos vende con imágenes embaucadoras tiene un coste en términos de paz interior que nos haría, como mínimo, replantearnos nuestros anhelos, y parece que la pandemia por COVID-19 solamente ha agravado esa tendencia. Lo cierto es que hasta Epicuro, fundador de la escuela filosófica que lleva su nombre y defensor de los placeres como medio para alcanzar la vida feliz, aseguraba que existían determinados placeres que producían un coste en términos de sufrimiento que los hacían poco recomendables, entre ellos, precisamente, la fama o la riqueza mal gestionadas.
La buena vida en sí misma no es mala, son los anhelos y los deseos, que nos roban la calma y nos perturban en nuestras relaciones con terceras personas o con nosotros mismos, los que nos hacen sufrir. Son esos anhelos, tanto en las relaciones interpersonales como en el consumo desmedido y la competencia enfermiza, los que se convierten en pasiones irracionales –pathos, en filosofía grecorromana, o dukkha en el budismo–; es ese sufrimiento el que nos roba nuestro centro, un centro, nuestro refugio interior, que solamente se puede recuperar desde la reflexión y el cultivo de la apatheia, que podemos traducir como «ecuanimidad» y que es el camino a un estado mental sin estas alteraciones (lo que hemos denominado conforme a la tradición helenista como «ataraxia»). Algunas líneas filosóficas han desarrollado todo un conjunto de herramientas interiores para evitar lo que yo denomino «las trampas evolutivas», conductas a las que estamos predispuestos genéticamente, pero que no nos hacen ningún bien y que podemos, si nos lo proponemos, evitar. Tal y como exploraremos en las páginas de este manuscrito.
Es común ver en nuestro día a día que la mente desprovista de estas reflexiones se deja arrastrar por las pasiones desbordadas y los excesos, y lo hace creyendo que es lo normal, alejándose de la ecuanimidad y el cultivo de las buenas pasiones –o eupatheia–, que, como hemos visto, nos acercan a la felicidad absoluta e inquebrantable: la eudomoia o la vida buena.
Una mente no cultivada que actúa inconscientemente cae ante cualquier evento, como un animal fácil de engañar, en las trampas que trataremos en los próximos capítulos resultado de nuestra propia carga evolutiva.
El primero de los eventos que me hizo reflexionar sobre estas cuestiones tuvo lugar cuando tenía tan solo diez años. En aquel entonces, como a cualquier niño, me parecían muchos años y creía que sabía perfectamente lo que hacía. Mis padres habían tenido un divorcio difícil y pensaba que eso me había hecho madurar antes que otros niños de mi edad; había tenido que mediar en cuestiones de adultos y ver cosas que no tenía que ver. Situaciones desagradables interpersonales que se generan en cualquier (mal) divorcio. Pero esa experiencia, que muchos niños viven, no fue lo que me marcó; lo que hizo mella en mi mente en aquel momento fueron las posiciones extremas, las emociones desenfrenadas que arremetían con todo como el caudal de un río descontrolado, el «estás conmigo o contra mí», las discusiones que caían como mil bombas explotando cada día. Lo irracional. Sentir miedo en casa, por ellos y por mí. Los daños colaterales y las heridas de las que las personas tardan en recuperarse. No las físicas, esas se curan rápido, hablo de heridas en el alma. La ira. La violencia y la impulsividad, las emociones llevadas al extremo. Incertidumbre. Decisiones desafortunadas. El desasosiego de la intranquilidad constante.
Ya de pequeño, con tan solo diez años, pude ver y vivir en mis propias carnes cómo había vidas que se descosían por apego, apego a las personas o a las cosas. Celos y envidia. Vi el sufrimiento en algunas de las personas más importantes de mi vida, un sufrimiento –o dukkha, según la tradición budista– que era tan intenso que hacía peligrar literalmente la vida. Vi conductas que cuando eres tan pequeño no entiendes, por irracionales, y, ya de mayor, al entenderlas, piensas en la insensatez de enroscarse en posiciones tan extremas capaces de hacer que las personas se hieran a sí mismas y a quienes quieren. Así, en mi infancia pude ver claramente lo que no quería, y aunque aún no era consciente de ello, esa experiencia me abrió puertas que no tardaría en descubrir. Como he compartido en otros libros, creo que es importante saber lo que uno quiere para tratar de conseguirlo, pero saber lo que no se quiere es fundamental.
Uno de aquellos días, durante estos episodios desagradables en los que no me quiero detener demasiado, la policía intervino en el domicilio familiar, tirando la puerta abajo y sacándome de allí.
Antes de que llegara la policía llevaba días sin comer y tampoco había agua, había estado bebiendo apenas un poco de leche que quedaba en la despensa de la cocina. Recuerdo como por las noches me escabullía del cuarto en el que estaba recluido para hacerme con uno de esos briks. El resto del tiempo tampoco podía hacer mucho más. Estaba encerrado. Las emociones habían tumbado a la persona que me cuidaba, que permanecía permanentemente sedada y apenas se movía de la cama. Hacía días que no iba al colegio. Las puertas de la vivienda habían estado cerradas bajo llave. Las persianas bajadas. Y, sin ahondar mucho en ello, la policía intervino en ese hogar convertido en prisión. Tiraron la puerta abajo y me rescataron.
Detrás de los policías nacionales estaba otra persona, un familiar que poco después fallecería. Era de noche, pero le pude reconocer, primero por su silueta y luego por su voz. Cuando entraron aún estaba desorientado. En ese momento no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, había elegido quedarme en esa casa voluntariamente porque creía que así protegía a un familiar que estaba bajo una profunda depresión, sin saber que la única persona que la podía salvar era ella misma.
Era un niño, pero había mentido para quedarme allí, primero a los jueces y después a los psicólogos que me habían examinado en el juzgado. Lo hice premeditadamente pensando que ayudaba a quienes quería.
Les había dicho que todo iba bien, y lo cierto era que no. No iba bien. ¿Cómo no se habían dado cuenta? Ahora parece tan evidente… En cualquier caso, los había engañado para proteger a mi familia, pero resultaba que no entendía lo peligroso de aquella decisión. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo sabe un niño de diez años los efectos de las pastillas que dejan tumbado en el suelo a un adulto? No conocía la fuerza de las pasiones, de los anhelos y de los deseos que hacen actuar irracionalmente a quienes no cultivan su centro y pierden el control.
Las cosas suceden, buenas o malas, pero creo que somos cada uno de nosotros, con nuestras decisiones, quienes damos un sentido a esa experiencia.
Muchos creen que son el producto de sus circunstancias, pero yo, realmente, creo que somos lo que hacemos con esas circunstancias. Ahora, meditando sobre ello y siendo consciente de lo tremendamente afortunado que me siento, he de reconocer que todos aquellos eventos de los que hablaré más adelante me ofrecieron una inmensa oportunidad. Muchos pensarían que aquellos, este y otros acontecimientos son desgracias, como la pérdida de un empleo o la quiebra de un negocio, una enfermedad, el embargo de la casa de mis padres, problemas económicos, una ruptura o la muerte de un ser querido, pero al final, siendo desgracias, todas estas situaciones que forman parte de la vida de cualquiera de nosotros nos permiten prepararnos para lo que venga, si viene; y la adversidad, como diría Séneca, es una oportunidad para la virtud.
No hay persona más desafortunada que aquella que no haya pasado por situaciones complicadas, porque todo lo verá difícil. En cambio, para quienes han lidiado con ellas, todo forma parte del camino. Y el camino, con lo bueno y lo malo, es la vida.
Aún puedo trasladarme a ese momento, oír la sirena de la ambulancia, los policías hablando entre ellos, el fuerte viento que castigaba las palmeras de la avenida marítima, tan fuerte que parecían quebrarse ante mis ojos. También recuerdo el frío de aquel viento húmedo que calaba hasta los huesos. El olor a puerto. La oscuridad de aquella noche.
Cómo olvidarlo.
Ya en calma, esa persona que había llegado con la policía se me acercó, me tendió la mano y me acompañó a mi nuevo hogar con otros familiares. Cuando llegamos al destino me regaló un libro, uno de mis primeros libros.
Ahora tengo más de mil en mi biblioteca.
–Cartas a Lucilio, de Séneca.
En aquel momento me pareció un libro normal y corriente, algo desgastado, pero nada extraordinario. Aún no sabía que ciertos libros guardan inmensos secretos que, utilizados de la manera correcta, pueden cambiar la vida. Ensanchar la mente. Aportar claridad. Fue mi primer libro de filosofía, pero yo aún no sabía qué significaba aquello.
–¿Sabes? A veces las cosas no salen como queremos, como nos gustaría. Hay cosas que podemos controlar y otras que no. Este libro te ayudará a centrarte en lo que depende de ti. Leerlo te hará bien.
Era una recopilación de las cartas de Séneca, y el libro pesaba bastante, jamás había leído algo así.
–Entonces…, ¿no puedo hacer nada? –pregunté con la voz rota. Mi mente, perdida en medio de la tormenta que había vivido, aún estaba en aquella casa. Una casa que por un tiempo se había convertido en mi prisión.
–No, hijo, lo siento.
Le pregunté cómo podía ayudarme ese libro y me explicó que, a pesar de que hay cosas que suceden y no podemos hacer nada para evitarlas, sí podemos sacar una enseñanza y tornarla a nuestro favor, aunque tenía que saber que no siempre se podía. A veces las cosas no salen bien y hay que aceptarlas, pasar página y seguir caminando. Que tenía que ser fuerte porque venían tiempos difíciles. Me dijo que cuanto acontece ahora ya sucedió en el pasado, que todo está escrito y que, si leía aquel libro, lo podía convertir en mi guía.
–Estamos de paso, todo está escrito por otros que vivieron antes que nosotros. No hay secretos para aquellos que leen y entienden a los antiguos. Créeme, leerlo te dará fortaleza mental y sobre todo perspectiva.
En ese momento no entendía a qué se refería. ¿Fortaleza mental? Las filosofías que voy a compartir contigo en este manuscrito te darán algo más.
Claridad y lucidez.
Visión.
Años después, leyendo a Ernest Hemingway encontré las palabras que ya compartí en El pequeño libro de la buena suerte y que fueron como un haz de luz: «El mundo nos rompe a todos, y luego algunos se hacen más fuertes en las partes rotas».
Como me dijeron, el camino no era fácil; lo cierto es que para pocas personas lo es. Algo que aprendemos con el devenir de los años es que la vida está repleta de grietas, de incertidumbre, de momentos en los que nos rompemos, pérdidas y cambios, pero también podemos considerar todas aquellas dificultades como oportunidades, retos para crecer o simplemente hacernos más fuertes. Fue en las Cartas a Lucilio donde Séneca escribió que la adversidad es el camino a la virtud. De hecho, esas dificultades por las que todos pasamos, antes o después, nos permiten valorar los momentos bellos, que son infinitos si los queremos apreciar; nos permiten valorar la familia, las amistades, la tranquilidad y el tiempo en este mundo. Si te detienes a pensarlo, no son los problemas lo que distingue a la persona, sino la forma de enfrentarse a ellos. La filosofía de vida con la que vivimos es lo que realmente nos hace diferentes y, en gran medida, marca la calidad de nuestra vida.
Tal vez no te hayas preguntado con anterioridad a esta lectura cuál es tu filosofía de vida, ni si tu modo de vivir está alineado con lo que quieres de verdad, o si lo que quieres de verdad es por influencias sociales o sesgos evolutivos de los que hablaremos a continuación y puedes hacer algo para no caer en estas trampas. Trataremos brevemente la evolución de la mentalidad y cómo hacer de ella una herramienta útil en nuestro día a día. A lo largo de esta lectura también hablaremos de la felicidad, eudaimonia, cómo ensanchar nuestra visión de lo que consideramos la vida buena y cómo acceder a ella, de lo verdaderamente importante a partir de la sabiduría de los antiguos, aquellos que me han inspirado para escribir estas líneas.
Compartiré algunas experiencias que me han llevado a pensar como pienso, reflexiones y meditaciones propias que espero que encuentres inspiradoras y te aporten paz. Con esta lectura espero mostrar cómo las adversidades se tornan en escalones más pequeños, más fáciles de superar, incluso se convierten en oportunidades para crecer. De este manuscrito espero que aporte calma. Perspectiva. Trato de ofrecer un espacio para la meditación y la reflexión.
Lo cierto es que uno puede pensar que las grietas proporcionan esa perspectiva, al igual que las arrugas pueden proporcionar sabiduría a quienes aprenden del pasado; como diría Oscar Wilde: «La sabiduría llega con los inviernos».
Pero ¿acaso siempre es así?
Y si es así, ¿por qué hay quienes viven mejor que otros, con independencia de la edad y sus circunstancias?
La respuesta radica en las decisiones.
¿Tomamos las decisiones correctas?
Quiero partir desde la base, por eso haremos un breve recorrido por la historia de por qué pensamos como pensamos para situarnos en nuestro mapa mental arcaico. Veremos qué ha influido en nuestro pensamiento y cómo podemos hacer de él un instrumento útil alimentándolo a través de textos que manan del inmenso amor que le tengo a estas dos líneas de pensamiento universales.
Experiencias como la que he descrito me impulsaron a profundizar en la enseñanza de los antiguos, canalicé ese pensamiento a modo de meditaciones. Pasaron los años y tomé muchos maestros. Inquebrantables, estoicos, como los grecorromanos. Con las piedras que fui encontrando siguiendo el camino medio del que también habla la filosofía oriental fui construyendo el mío propio. Aquí quiero compartir una forma de ver las cosas, una filosofía de vida, porque, cuando todo se vuelve oscuro, nosotros podemos ser luz y nuestro refugio. Quiero compartir contigo este viaje, introduciéndote a algunos de esos maestros, a la filosofía que practico y a mis propias meditaciones, haciendo un repaso del porqué de nuestro mapa mental, de esa herencia universal de la que todos somos portadores y cómo la filosofía fue luz en la historia de la humanidad, cómo las enseñanzas de los antiguos supusieron cambios en nuestra forma de pensar. Compartiré pensamientos que bien pudieran ser lecciones universales de cómo se puede vivir bien acontezca lo que acontezca. Estas son mis meditaciones y mis reflexiones; ojalá caigan en manos de personas que las compartan y les den un sentido para que puedan sentir lo mismo que siento yo al escribirlas, una paz infinita.
Hace 2.500 años surgió el budismo en Asia.
Hace 2.300 años surgió el estoicismo en Europa.
Con estas escuelas filosóficas el pensamiento humano cambió para siempre. Por primera vez el ser humano fue libre. Ahora, con estas reflexiones, cualquiera podría ser verdaderamente rico, rico en vida buena, porque estas filosofías de vida ofrecen la libertad total.
En este libro te cuento cómo.
Nadie es libre si no es dueño de sí mismo.
EPICTETO, Disertaciones recogidas por Arriano
La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote, II, LVIII
En el libro VII de República, Platón expone en «El mito de la caverna» un diálogo entre su maestro Sócrates y su hermano Glaucón que se ha interpretado de muchas formas y que desde siempre me ha fascinado. Personalmente creo que su intención es hacernos ver que nos encontramos encadenados dentro de una caverna, y que las sombras que vemos reflejadas en la pared componen aquello que consideramos real, nuestro mapa mental, pero la verdadera realidad es mucho más amplia. Solo unos pocos se atreven a mirar más allá, ensanchar el mapa, ser más conscientes y menos influenciables. Otros preferirán quedarse en la cueva y vivir en la oscuridad. Creo que merece la pena dar un paso hacia la salida y ver la luz.
Hoy sabemos que durante tres millones de años los homínidos hemos sido animales que cazábamos y recolectábamos en la naturaleza. Nuestra mente se moldeó en aquel entorno primitivo y salvaje. Tuvimos que sobrevivir y, para hacerlo, nos adaptamos. Pero este proceso de adaptación no fue rápido, sino que se fue fraguando en el tiempo, durante cientos de miles de años y decenas de miles de generaciones. En la sabana nuestra especie aprendió a interpretar los peligros y a actuar en consecuencia, en muchas ocasiones impulsivamente, sin pensarlo y rigiéndonos por los instintos y las emociones más básicas; de hecho, actuar rápido era la diferencia entre morir o vivir un día más. Todas esas presiones evolutivas en nuestros ancestros propiciaron nuestra neurología, el sistema nervioso en general, y el cerebro y el comportamiento humano en particular. Aprendimos a controlar el fuego, posiblemente la palanca de cambio más trascendental en nuestra historia, junto con el lenguaje y la escritura. En síntesis, como afirman los biólogos, somos el resultado de esa evolución y nuestra manera de actuar está condicionada inevitablemente con base en ella y la bioquímica de nuestro cerebro es la heredada de nuestros ancestros. A lo largo de nuestra evolución nuestro cerebro también se ha adaptado para sobrevivir. Es incontrovertible que nuestro deseo de permanencia, procreación, protección y los impulsos más primitivos para lograr la subsistencia están anclados en lo más profundo de nuestro mapa mental.
¿Alguna vez te has preguntado por qué actuamos como actuamos?, ¿por qué somos como somos?, y ¿cuál es la diferencia, si es que hay alguna, entre aquellos que viven una vida buena y los que más que vivir sobreviven, día a día, como lo hacían nuestros ancestros hace tanto tiempo?
Esta fue una cuestión que me planteé muchas veces en la infancia. Leía historia, devoraba libros de filosofía antigua que, colocados unos sobre otros, me superaban en altura, y trataba de darle un sentido a por qué algunas personas, incluso seres que se suponía que te amaban, actuaban de forma tan irracional, sufrían e, incluso sin querer o queriendo, te hacían sufrir, aunque fueran de tu misma sangre. Por qué algunas personas se tomaban las cosas de manera que se hundían, susceptibles ante todo y todos, y otros, en cambio, crecían en la adversidad, como si bailasen con ella, haciéndose cada vez más grandes. Por qué unas personas, incluso con grandes cargos y puestos influyentes, vivían como si les faltara el aire para respirar, como si les costase o todo aquello fuera una carga, con prisas y sobreviviendo cada día, con ansiedad y depresión, y otros, sin importar la profesión, vivían en total sintonía con el acontecer de los sucesos, como con gracia, yendo y viniendo, haciendo y deshaciendo, fuese bien o fuese mal, como si el sufrimiento no estuviera en su credo y en su forma de vida.
¿Acaso había unos que veían las cosas de forma diferente al resto?
Y, si era así, ¿cómo lo hacían?
¿Cuál era la diferencia?
Y, lo más importante, ¿podía acceder a esa diferencia y vivir una vida que mereciera la pena vivir?
Con el paso del tiempo constaté que la respuesta no se encontraba en un determinado puesto de trabajo, una profesión o unos ingresos; tampoco se trataba de los amigos que tenías o dónde pasabas las vacaciones, ni siquiera dependía de tu salud o de tu familia. Se trataba de aquella herramienta poderosísima que nos dio la naturaleza, aquel instrumento que podía servir para lo mejor o para lo peor, transformado por multitud de condicionamientos biológicos y sociales. La herramienta que nos ha permitido superar a todas las demás especies en capacidades y adaptación, el elemento que nos distingue de los demás animales de la Tierra.
Nuestra mente.
De entre todos los órganos de los que nos ha dotado la naturaleza, nuestra mente es el instrumento más capaz, e indiscutiblemente nos ha llevado a donde estamos ahora: la era tecnológica. La cuestión es si la mente, esta herramienta tan poderosa que todos tenemos, es fiable y podemos confiar en que tomaremos las decisiones correctas porque estamos evolutivamente preparados para ello o es necesario algo más. Aquí es donde entra en juego la trampa evolutiva.
A lo largo de los últimos años hemos visto como decenas de investigaciones nos descubrían los secretos de la mente humana. Mediante el estudio del cerebro, la ciencia ha hecho énfasis en la genómica, dentro de la biología, y en la epigenética, que estudia las modificaciones en la expresión de los genes, así como en la neurociencia del cerebro para entender nuestra mente.
Es cierto que hemos avanzado mucho en el estudio de nuestra mente y conocemos en profundidad toda la orografía del cerebro, pero aún quedan por descubrir algunos (o muchos) de sus secretos. De hecho, aunque sabemos que la mente sin cerebro no existe, aún no conocemos cómo este poderoso órgano reproduce la mente, si es por sí solo o por la combinación de determinadas neuronas. Lo que alcanzan a ver los científicos es apenas lo que incluyen los escáneres cerebrales más modernos mediante la medición de los patrones neuronales. A partir de su actividad se puede comprobar de qué regiones del cerebro surgen esos pensamientos, los deseos y los estados mentales en general, pero solo desde un punto de vista físico podemos observar el cerebro exterior, y no la mente, que es nuestro verdadero refugio, nuestra ciudadela interior, como abordaremos más adelante.
A día de hoy está comprobado que al interior de nuestra mente solo podemos acceder a través del propio pensamiento y de las palabras, todo aquello que los antiguos englobaban dentro del saber, de la ética y la moral.
En la antigua India, hace miles de años, se empleaba una técnica intelectual para adentrarnos en nuestra ciudadela interior, una técnica que abarca todo un conjunto de posibilidades sobre las que hablaremos en la última parte de este libro: se trata de la meditación.
La neurociencia ha confirmado que a través de la meditación cualquier persona puede calmar las aguas del pensamiento, aliviar el estrés, reducir la ansiedad y recuperar la fuerza interior. No es mera palabrería, hay evidencias científicas irrefutables, logros médicos y amplios estudios que demuestran que la meditación provoca cambios duraderos en el cerebro asociado a la región prefrontal, aumentando el grosor de la corteza cerebral e incluso reduciendo la estructura cortical asociada al envejecimiento. La meditación es un ejercicio intelectual que requiere práctica. No es fácil dominar la poderosa mente porque esta esconde una pequeña trampa: los sesgos cognitivos consecuencia de una necesidad evolutiva para la adaptación y la supervivencia.
Lo cierto es que todo empezó cuando Charles Darwin situó al ser humano en el árbol evolutivo junto a las demás especies. Darwin fue el primero que aportó herramientas sistemáticas y teóricas que vinculaban las capacidades, el desarrollo y la historia del hombre con los de sus homólogos los animales. Después de tantos siglos de historia de las religiones y el monopolio de la teología, el hombre pasó de una interpretación esencialista de la especie humana a una concepción evolutiva.
Aunque algunas fuentes discuten si el descubridor fue él o alguno de sus colegas, Darwin introdujo por primera vez la idea de que el hombre no venía de una fuente divina y, bajo hipótesis científicas, estableció fundamentos que explicaban que había sido el resultado de un proceso evolutivo y natural. Ya no éramos diferentes, en esencia, al resto de los animales, sino que habíamos sido moldeados por el mismo proceso que originó a todos los seres vivos. Resulta que éramos uno más en el inmenso mundo animal.
Los últimos años previos a la universidad –bachillerato– los había estudiado en un instituto público, pero prácticamente toda mi infancia y adolescencia, hasta que mi familia lo perdió literalmente todo (incluso nuestra casa) durante la crisis de 2008-2014, estuve matriculado en un colegio religioso. Recuerdo como el jefe de estudios de este centro negaba rotundamente que sus ancestros pudiesen derivar de cualquier antepasado común con los chimpancés y se reía a carcajadas sobre aquella teoría en clase. Aunque en el presente la perspectiva evolutiva es indiscutible por los descubrimientos arqueológicos y biológicos de nuestros científicos, durante los tiempos de Darwin sucedía algo parecido a lo que pasaba en mi colegio, y la suya fue una teoría minoritaria. Lo siguió siendo por más de un siglo, hasta que, en la década de1970, Edward O. Wilson reconstruyó lo que sería la teoría de la evolución desde una vertiente sociobiológica. Edward expuso cómo el ser humano presentaba unos sesgos y que estos siempre tenderían a la adaptación para la supervivencia y la reproducción. Formuló que el hombre presenta un conjunto de disposiciones y rasgos que no están lejos de los que caracterizan a los demás primates como consecuencia de su evolución.
Más adelante, en la de 1980, la ciencia cognitiva proponía que la mente humana era un sistema modular, cuyos módulos fueron creados por selección natural para resolver problemas adaptativos en aquel entorno ancestral. Cientos de miles o incluso, remontándonos a los primeros homos, millones de años atrás. Sesgos sociales e instintos básicos de supervivencia. Ahora esos módulos, en su origen adaptativos para sobrevivir en la sabana, se emplean en diferentes tareas en nuestras vidas modernas, con adaptaciones e intereses no tan modernos que nos pueden llevar a cuestionarnos su utilidad.
Así, los expertos explican que nuestra mente, ese instrumento que muchos creen dominar, está innegablemente condicionada por rasgos que muchos desconocen. Vivimos nuestras vidas modernas sin saber que muchas de las decisiones que tomamos están supeditadas a estos rasgos genéticos y evolutivos que nos hicieron sobrevivir en los tiempos de nuestros ancestros.
He aquí la trampa evolutiva, y es una trampa porque, si hemos llegado hasta aquí, ha sido indudablemente gracias a nuestro cerebro, pero ese mismo camino que hemos recorrido desde tiempos inmemoriales como especie nos ha condicionado a ciertas conductas o patrones, herencia de nuestros ancestros. Patrones de comportamiento que se fueron consolidando a medida que nuestros antepasados se adentraban en la sabana y adoptaban una posición erguida. Con la evolución, el sistema nervioso también se fue desarrollando, impulsándonos a tomar decisiones rápidas ante el peligro inminente de los depredadores salvajes, así como la interpretación evidentemente sesgada de nuestro entorno por pura supervivencia. Si parecía un peligro, reaccionábamos, sin importar el precio. Actuábamos impulsivamente para poder sobrevivir y nos defendíamos; era cuestión de vida o muerte. Nos acercábamos a lo que nos producía placer, como el sexo para reproducirnos, y nos alejábamos de lo que nos producía dolor, como las heridas. Aquellos que actuaban así tenían más probabilidades de sobrevivir, transmitir sus genes y perpetuarse. También importaban la intensidad o la dispersión de nuestra atención para no ser cazados, la exploración de nuevos territorios, la mentalidad de grupo para subsistir y todos los demás patrones de nuestra naturaleza que forman nuestro mapa mental más primitivo. Manteníamos nuestras creencias de grupo y actuábamos en consecuencia sin replantearnos nada más; así permanecimos unidos y medramos. Aprendimos a sentir anhelo por formar parte de algo, la ansiedad que nos producía perderlo. La genética lo intensificó, pues quienes se sentían así se perpetuaban. Estos sesgos evolutivos o patrones de conductas ancestrales se formaron en aquel entonces, y aquí estamos cientos de miles de años después con esa herencia a nuestras espaldas solamente con un fin: sobrevivir.
Lo cierto es que a la evolución le importaba poco si los patrones que intensificaba a lo largo de miles años eran aquellos que nos hacían más felices o nos producían tristeza; de hecho, puede ser que un antepasado totalmente infeliz perpetuase sus genes formando parte de un grupo, por muy descontento que pudiera estar, y acercándose a lo que le producía placer con una finalidad reproductiva. Además, si quería aumentar las posibilidades de procrear, lo mejor que podía hacer era procurarse un buen puesto en la tribu; aquellos que lo hacían tenían más opciones de reproducirse. Quienes sentían ansiedad por acumular comida o, lo que es lo mismo, recursos, sobrevivían a aquellos a quienes esto les era completamente indiferente, y por lo tanto nuestra carga genética es la de aquellos individuos que nunca tenían suficiente y siempre querían más comida o un mejor lugar donde refugiarse.
Ahora sabemos por la ciencia que nuestro cerebro es el resultado de todos estos condicionantes consolidados a lo largo de toda nuestra evolución. En definitiva, estamos programados para ciertas conductas que han hecho posible que estemos aquí, independientemente de que sean útiles a nuestra felicidad.
La historia, la arqueología y la ciencia nos permiten remontarnos al pasado, hasta la época colonial o la Edad Media, o podemos incluso descubrir secretos de la edad de los imperios en Europa, Asia y América. Imperios que se extendieron por toda la Tierra a lo largo de nuestra historia reciente. Si viajamos más allá de Alejandro Magno, podemos remontarnos hasta civilizaciones más antiguas, aquellas que datan de hace más de cinco mil años, como la civilización china, la egipcia o los sumerios, e incluso civilizaciones que para los antiguos ya eran antiguas, como Mesopotamia y muchas otras sobre las que no sabemos nada. Más allá de estas civilizaciones podemos abstraernos hasta la Edad de Bronce, la Edad de Piedra e incluso hasta nuestros orígenes en los tiempos en los que corríamos salvajes por la sabana africana. En cualquier caso, tal y como demuestran los yacimientos arqueológicos descubiertos en cuevas por todo el planeta, y más concretamente en el Creciente fértil y en lo que hoy es Europa, nuestra evolución más reciente ha estado enmarcada por la vida en sociedad, y con «más reciente» me refiero a los últimos diez mil años. De hecho, la historia de la que tenemos constancia es una brevísima parte de nuestro paso por la Tierra.
Gracias a la arqueología sabemos que los seres humanos arcaicos, antes de las grandes civilizaciones, seguían el mismo patrón: primero asentamientos nómadas cobijados alrededor del fuego; después de milenios, una vez que se dominan la agricultura y la ganadería, se establecen en las primeras aldeas, pasamos de ser recolectores y cazadores a ser un pueblo sedentario, individuos que viven en sociedad y que comienzan a canalizar el lenguaje a través de la escritura sobre el año 3500 a. C. Al principio se hizo para registrar los excedentes de la agricultura, después para organizar las jerarquías y asegurar el orden público mediante normas, más adelante para dar luz a los primeros relatos y mitos de la historia. Todo esto tiene sentido si entendemos al individuo como animal eminentemente social.
Suponemos, y la ciencia lo confirma, que los mismos patrones que nos conducían en aquel entonces lo siguen haciendo ahora, pues nuestra mente moderna tiene fuertes instintos sociales que nos posibilitan formar grupos, planear estrategias de supervivencia y pensar en el futuro. Por su parte, el lenguaje nos permitió establecer normas, formar jerarquías y cooperar entre nosotros. Difícilmente hubiéramos llegado a donde estamos hoy sin estos instintos que heredamos de nuestros ancestros y que ahora damos por hechos. Se trata de rasgos intrínsecos de nuestra naturaleza humana. Estos sesgos evolutivos nos hicieron medrar; sin embargo, también nos acentuaron determinados comportamientos al aumentar necesidades que ahora son artificiales, pero que en la Antigüedad eran muy necesarias para sobrevivir; necesidades tales como obtener reconocimiento o alcanzar un determinado estatus social o acumular recursos. Esa «necesidad» de reconocimiento social o riqueza que a día de hoy a muchos les preocupa podía granjearse a través de ciertas conductas que la evolución ha potenciado simplemente porque somos los descendientes de aquellos que lo lograban, y podía perderse si se dejaba de tener el favor de los demás o se perdían los recursos, lo que para nuestros antepasados no solamente sería desagradable, como ahora, sino que significaría el peligro y la no transmisibilidad de sus genes. Somos el resultado de estas decisiones.
Ha pasado mucho tiempo desde cualquiera de los momentos anteriores a los que he hecho referencia, pero, al igual que antaño, como seres sociales que somos, en nuestro día a día debemos tratar con otros semejantes, y esto es algo que haremos a lo largo de nuestra existencia, física o telemáticamente. Es inevitable, si no, no estaríamos donde estamos ahora.
Recordemos de nuevo que durante milenios, concretamente el 99,95 % del tiempo del hombre en la Tierra, nuestra especie ha sobrevivido de manera nómada, cazando y recolectando lo que le ofrecía la naturaleza, y esta forma de vida supuso vivir en grupos no demasiado numerosos en los que todos los integrantes se conocían muy bien. Formar parte de una tribu era cuestión de vida o muerte, y esto, como se ha explicado, justifica nuestro impulso instintivo de querer ser parte de un grupo y tener un lugar en él, de encajar. La evolución nos ha moldeado para sobrevivir, y en la Antigüedad, para lograr sobrevivir, se necesitaba de la colaboración de este núcleo de individuos. Era precisa una cohesión que les permitiera subsistir. Esta cohesión que tenían los primeros de nuestra especie se sustentaba principalmente en lazos familiares e ideológicos. Los integrantes del grupo sobrevivían si permanecían unidos.
¿Y hoy en día, en la edad tecnológica?
En nuestro tiempo, y me remito a los últimos dos mil quinientos años de los doscientos mil que tiene nuestra especie –tan solo el 0,01 % de nuestra historia–, los intereses y los lazos de cohesión han cambiado. Estaremos de acuerdo en que, si bien existen lazos familiares e innegablemente ideológicos que nos dan el sentido de pertenencia a un «grupo» –o a una «tribu»– cada vez más diverso, pocas veces ese nexo constituye el motor de funcionamiento de la sociedad. Al final del día y siendo objetivos, lo que nos permite tener un techo bajo el que dormir, la casa caliente y comida en la nevera no es exclusivamente la pertenencia a un grupo que nos cuida y al que cuidamos, como en los tiempos de nuestros ancestros. Por más que nos pueda seducir esta idea, lo que realmente nos permite traer comida y calentar nuestro hogar es nuestra economía. Y esta realidad puede ser muy estresante.
Lo cierto es que hoy en día, porque no sabemos cómo será en el futuro, lo que nos permite comer y tener un techo tiene que ver más con nuestro empleo y nuestra estabilidad financiera que con la pertenencia a ese grupo, y el no tener cubierto el mínimo vital que nos proporciona una fuente de recursos –que normalmente lo cubre un empleo– genera problemas e incertidumbre con nosotros mismos y nuestro entorno, y la incertidumbre es sufrimiento (dukkha en pali).
El sistema actual dista mucho de ser uno basado en la caza y en la recolección como el de nuestros ancestros, las tribus ya no son pequeños grupos nómadas y, para sobrevivir, nuestra sociedad se centra en un elemento en común con el cual podemos traer comida a casa, ganar «notoriedad», calentar nuestro «refugio» y asegurarnos lo necesario para acercarnos al «placer» y poder transmitir nuestros genes. Todo lo que nuestros antepasados necesitaban para perpetuarse y que nos han trasmitido en una carga genética poderosísima se unifica en un elemento que además se constituye como lazo de cohesión para colaborar con desconocidos: el dinero.
Ha tenido muchos nombres y formas a lo largo de nuestra historia reciente, pero es el dinero, ya sea en papel, moneda o en versión digital, el verdadero nexo de cohesión y por el que la mayoría de los individuos descargan todo su empeño, aun sin darse cuenta. Sí, las personas ponen todo su esfuerzo en conseguirlo, ya que parece que con ello pueden asegurarse todo para lo que se nos ha predispuesto genéticamente (cobijo, seguridad, trascendencia, notoriedad…).
