Sobre liberalismo y antifascismo - Piero Gobetti - E-Book

Sobre liberalismo y antifascismo E-Book

Piero Gobetti

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"La del turinés Piero Gobetti fue una de las voces más originales de la política, tanto en Italia como en Europa, durante el periodo de entreguerras. Su visión del liberalismo, más avanzada y radical que la de los liberales europeos del momento, además de abrir el debate y el diálogo con diversas culturas políticas como el comunismo –Antonio Gramsci fue uno de sus interlocutores fundamentales–, invitaba al compromiso de ciudadanos y trabajadores, a la acción política desde abajo entendida, también, como lucha de clases. Por todo ello, Gobetti no podía sino oponerse duramente al centralismo y al autoritarismo mussolinianos, en nombre de una libertad absoluta en términos políticos, económicos y religiosos que sacudiría profundamente la conciencia histórica del pueblo italiano. Sobre liberalismo y antifascismo, antología de textos de Gobetti, recoge los artículos más importantes publicados en las tres revistas que fundó: Energie Nove (1918-1920), La Rivoluzione Liberale (1922-1925) e Il Baretti (1924-1928). Ejemplo inigualable de la intervención política de un intelectual, en ellos se confirma que existe un modo distinto de pensar lo social, además de acercarnos al clima político de la Italia fascista."

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Akal / Básica de bolsillo / 367

Serie Clásicos del pensamiento político

Piero Gobetti

Sobre liberalismo y antifascismo

Edición, estudio introductorio y notas de: Giaime Pala y Gianluca Scroccu

Traducción de: Franciso Amella Vela

La del turinés Piero Gobetti fue una de las voces más originales de la política, tanto en Italia como en Europa, durante el periodo de entreguerras. Su visión del liberalismo, más avanzada y radical que la de los liberales europeos del momento, además de abrir el debate y el diálogo con diversas culturas políticas como el comunismo –Antonio Gramsci fue uno de sus interlocutores fundamentales–, invitaba al compromiso de ciudadanos y trabajadores, a la acción política desde abajo entendida, también, como lucha de clases. Por todo ello, Gobetti no podía sino oponerse duramente al centralismo y al autoritarismo mussolinianos, en nombre de una libertad absoluta en términos políticos, económicos y religiosos que sacudiría profundamente la conciencia histórica del pueblo italiano.

Sobre liberalismo y antifascismo, antología de textos de Gobetti, recoge los artículos más importantes publicados en las tres revistas que fundó: Energie Nove (1918-1920), La Rivoluzione Liberale (1922-1925) e Il Baretti (1924-1928). Ejemplo inigualable de la intervención política de un intelectual, en ellos se confirma que existe un modo distinto de pensar lo social, además de acercarnos al clima político de la Italia fascista.

Diseño de cubierta

RAG

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Nota editorial:

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Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Ediciones Akal, S. A., 2024

Sector Foresta, 128760 Tres CantosMadrid - España

Tel.: 918 061 996Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-5509-9

Estudio introductorio

Perfil biográfico y político-culturalde Piero Gobetti[*]

1.1. Entorno familiar y antecedentes culturales

Piero Gobetti nació en Turín el 19 de junio de 1901, hijo de Giuseppe Giovanni Battista y Angela Luigia Canuto, ambos comerciantes. El contexto en el que se crio el pequeño Piero fue el del Turín de principios de siglo: una ciudad en plena expansión tanto desde el punto de vista cultural (no olvidemos el prestigio de su universidad y de los profesores que en ella daban clase), como desde el punto de vista económico e industrial (ya que era la sede, desde 1899, de la empresa Fiat y de otras importantes industrias de los sectores metalúr­gico y textil)[1]. La importancia de Turín –que fue la primera capital del Reino de Italia entre 1861 y 1865– la llevó a ser elegida, en 1911, sede de la Exposición Universal para conmemorar el 50.º aniversario de la Unificación italiana. Un acontecimiento concebido como expresión de la contribución de los italianos a la humanidad a través de la unidad conseguida con el Risorgimento y que modificaría profundamente la estructura urbana de Turín, convirtiéndola en una metrópoli en la que se cruzarían destinos y personalidades centrales de la historia italiana del siglo XX[2]. Obviamente, no todos los estratos sociales de la ciudad se beneficiaron del mismo modo de los valores y oportunidades que exaltaba la Exposición. De hecho, en los primeros años del siglo la brecha económica entre la clase media y la trabajadora aumentó considerablemente en el contexto urbano de Turín.

Ese era el clima, pues, en el que Piero Gobetti vivió su infancia y su adolescencia, desarrolladas en un contexto familiar que, como se ha visto, era humilde pero no modesto. La pasión por los libros se convirtió en la razón de vivir del joven Piero, cosa que lo hizo destacar siempre como un alumno brillante: cursó sus primeros estudios en la escuela primaria Giacinto Pacchiotti de 1907 a 1911 y, tras su paso por la escuela secundaria Cesare Balbo de 1911 a 1916, asistió al liceo clásico Vincenzo Gioberti de 1916 a 1918. La experiencia del liceo fue, sin duda, una de las fases fundamentales en la formación del joven Gobetti, pues le permitió entrar en contacto con profesores que desempeñaron un papel esencial tanto en la culminación de su preparación intelectual como en su educación política y moral. Entre ellos, por ejemplo, se hallaba el profesor de Literatura italiana Umberto Cosmo, célebre dantista que más tarde daría clase en la Facultad de Letras, donde también fue profesor de Antonio Gramsci. Cosmo se convirtió en uno de los impulsores del antifascismo intelectual en Turín e influyó en muchos de los protagonistas del movimiento socioliberal Giustizia e Libertà [Justicia y Libertad] y, durante la Segunda Guerra Mundial, del Partito d’Azione [Partido de Acción][3]. Otro de esos docentes fue el profesor de Filosofía Balbino Giuliano, que en años posteriores se uniría al fascismo y llegaría a ocupar importantes cargos políticos en el ámbito nacional. Mientras tanto, ya hacía algún tiempo que en la vida del joven Gobetti había entrado Ada Prospero, hija única de padres también comerciantes y que vivía en el mismo edificio que Piero, en el número 60 de la calle XX Settembre. La relación en un principio amistosa pronto se convirtió en un gran amor, ensalzado a través de la visión compartida y casi metafísica de la pasión que los unía –influenciada por la lectura de las obras de Dante Alighieri– y basado también en una comunión de intenciones en el plano político y cultural[4].

Tras terminar sus estudios en el liceo, Gobetti se matriculó en noviembre de 1918 en la Facultad de Derecho de la capital del Piamonte. Se licenció en 1922 con una tesis sobre el pensamiento político del dramaturgo y escritor Vittorio Alfieri[5], al que Gobetti admiraba porque, como veremos, en su heroísmo veía un método para librar su propia batalla política y cultural durante el fascismo desde posiciones propias de un intelectual poco dispuesto a aceptar compromisos con el poder político. Y fue precisamente este espíritu el que propició que a Gobetti, con solo diecisiete años, se le ocurriera la idea de fundar una revista que despertase la cultura turinesa e inyectara nueva savia a una realidad que él, en su ardor juvenil, creía necesitada de una profunda renovación cultural y espiritual.

1.2. Energie Nove: influencias, temas y batallas políticas

Objetivos: despertar el movimiento de ideas en este Turín cansado, promover la cultura, fomentar los estudios entre los jóvenes, etc. El primer número ya está totalmente redactado: se publicará a principios de noviembre […]. Perdonad el exceso de pretensiones: pero se trata de una obra de italianismo, y todos los jóvenes deben colaborar[6].

Con estas palabras, Piero Gobetti adelantaba a su futura esposa y principal colaboradora, Ada Prospero, cuál sería la misión de Energie Nove, la revista de cultura política que iba a dirigir y con la cual debutaría en la escena intelectual italiana. En el momento de su aparición en noviembre de 1918, Energie Nove tenía un formato medio, una portada azul claro y una foliación inicial de dieciséis páginas, que pasarían a ser veinticuatro en la segunda serie de doce números, publicada del 5 de mayo de 1919 al 12 de febrero de 1920[7]. Entre la primera y la segunda serie se produjo una interrupción de poco más de un mes que, sin embargo, no impidió que la publicación periódica volviera a editarse y continuara su acción cultural.

El título de la nueva publicación era una síntesis eficaz del espíritu que estimulaba a su fundador y a su grupo de colaboradores. Era evidente, en efecto, la llamada a la regeneración y al dinamismo como elementos centrales de una nueva reflexión política y cultural destinada a contribuir a la renovación de Italia tras la tragedia de la Gran Guerra. Como ya había ocurrido con la influyente revista La Voce de Giuseppe Prezzolini[8], la generación inquieta que participó en la experiencia de Energie Nove estaba imbuida de un anhe­lo de cambio que debía ser la expresión de las mejores fuerzas de la nación, las más frescas, las que de verdad eran capaces de cambiar la situación, pero también de modificar profundamente el espíritu público. La política, en su sentido más amplio y desde luego alejada de cualquier compromiso partidista, debía convertirse en un pilar de esta batalla inherente a los impulsores de la revista. En ese sentido, el compromiso cultural y político debía orientarse, a través de una labor pedagógica específica inspirada por fuerzas «jóvenes», hacia una nueva conciencia de la identidad nacional radicalmente distinta a la del pasado y en continua evolución[9]. Nada que ver con perspectivas revolucionarias en el plano político, que incluso podrían incluir formas violentas de ascenso político, sino enmarcadas siempre en el plano de las ideas y del paciente trabajo de construcción cultural y pedagógica.

Los temas de la nueva publicación debían ser de lo más variado: entre ellos podemos enumerar el despertar cultural bajo la bandera del antipositivismo idealista, la cuestión de las reivindicaciones territoriales italianas en el Adriático, el paso de la industria de guerra a la industria de paz, el antiproteccionismo, el antigiolittismo, el antiestatismo, la reconstrucción institucional combinada con la reforma burocrática, el socialismo y la reforma educativa.

En su artículo «Commenti e giustificazioni» [«Comentarios y justificaciones»], Gobetti anunció el programa de la revista y aclaró que la función de la nueva publicación periódica era «promover movimientos de ideas, plantear pensamientos, fomentar discusiones»[10], en un contexto en el que debía dominar el espíritu crítico de «jóvenes sinceros y reflexivos, cualesquiera que fuesen las ideas que impulsaban» y el estudio sin prejuicios desde la literatura y el arte hasta los temas de actualidad. La acción de la nueva publicación debía caracterizarse desde el principio por el deseo de contribuir al despertar político y cultural de Turín tras el desafortunado estancamiento del periodo giolittiano (del que hablaremos en el siguiente apartado); una tarea que solo podían asumir las generaciones más jóvenes, las únicas conscientes, en opinión de Gobetti, de la necesidad de una ruptura radical tras lo ocurrido durante la Gran Guerra.

El carácter de renovación con una fuerte impronta generacional era uno de los ejes de la revista y fue así ya desde el primer número, donde el anhelo de regeneración, que se expresaba también a través de un preciso registro lingüístico fruto del conflicto mundial y que Gobetti había asimilado[11], se contraponía a un clima político y cultural considerado asfixiante:

Quisiéramos aportar una nueva ola de espiritualidad a la limitada cultura actual, suscitar nuevos movimientos de ideas, llevar a la sociedad y a la patria las aspiraciones y los pensamientos de nuestra juventud, mientras otros entregan su sangre y nosotros nos disponemos a entregarla también[12].

La mayoría de los colaboradores de la revista eran estudiantes de bachillerato o de los primeros cursos de la universidad. En cualquier caso, eran todos jóvenes y, desde luego, no se trataba de los vástagos de las familias cultas o adineradas más importantes de Turín, sino que más bien procedían de la pequeña y mediana burguesía de la ciudad. Entre aquellos jóvenes desempeñaron un papel especial las mujeres –lo cual era una novedad en las revistas culturales de la época–, como la ya citada Ada Prospero o la helenista y ensayista Maria Marchesini.

En el marco de este contexto, la situación política y social de Italia en los meses en que Gobetti planeaba y luego hacía realidad el nacimiento de su revista estaba experimentando grandes cambios, ligados tanto a la insatisfacción en parte de la opinión pública por las insuficientes ganancias territoriales de Italia en la Conferencia de Paz de París de los países ganadores de la guerra (siguiendo al poeta nacionalista Gabriele D’Annunzio, se habló al respecto de «victoria mutilada» ) como por la explosión de las tensiones políticas que se habían acumulado durante el conflicto y que provocaban profundas divisiones entre quienes querían restaurar el statu quo liberal anterior a 1914 y quienes querían revolucionar por completo el escenario político italiano, como efectivamente ocurrió en 1919.

Por razones de edad, Gobetti no había participado en la guerra, aunque, cuando se publicó el primer número de la revista, su quinta estuvo a punto de ser llamada a filas, a pesar de que el conflicto estaba dando ya sus últimos coletazos[13]. Es evidente, sin embargo, que Gobetti, como muchos de los jóvenes de su época, también se vio fuertemente influenciado por la guerra y que respiró plenamente aquel deseo de renovación y profundo cambio económico, cultural y social que la guerra había generado y ha­bía dejado tras ella. La Primera Guerra Mundial fue para el joven turinés un auténtico punto de inflexión, con una ruptura muy clara respecto a las expectativas del periodo de la Belle Époque, en cuyo discurso político, intelectual y ar­tístico también había estado muy presente el tema de la guerra[14].

Sobre ese legado del conflicto se asentaban la rebeldía y el sarcasmo contra la academia cultural, la cual había sido una de las principales dianas de los jóvenes que habían impulsado, en la transición entre los siglos XIX y XX, publicaciones periódicas como Il Marzocco y revistas como Regno,La Voce e Il Leonardo[15]. Estos ejemplos estaban muy presentes en la mente de Gobetti cuando lanzó su primera experiencia editorial. Los impulsores de las mencionadas revistas supieron desarrollar razonamientos nuevos y más agudos sobre el tema del carácter nacional, aprovechando también el entusiasmo de jóvenes intelectuales pertenecientes a la clase media y, por tanto, no vinculados al establishment. En opinión de dichos jóvenes (opinión que, ciertamente, no siempre era fruto de una ponderada visión histórica), el camino recorrido por el Reino había sido muy mediocre hasta entonces, como demostraban los resultados de los gobiernos presididos por Giovanni Giolitti.

1.3. En las raíces de la crítica del joven Gobetti: el sistema giolittiano

La situación de Italia entre 1896 y 1914 era de claro retraso respecto a naciones como Francia o Gran Bretaña, por ejemplo en lo que se refiere al proceso de crecimiento económico dentro de los factores de la Segunda Revolución Industrial. Debido a que se localizó casi exclusivamente en las regiones del norte, el proceso de industrialización condujo a la existencia en la práctica de dos naciones: una más moderna en el norte, y otra más atrasada en el sur y las islas, conocida como questione meridionale («cuestión del sur»). En este escenario, las primeras reivindicaciones concretas del movimiento obrero aparecieron en las fábricas del norte, mientras que el socialismo arraigaba también en las zonas de la llanura Padana.

En este marco se desarrolló la labor del liberal Giovanni Giolitti, el estadista más importante de la historia del Reino de Italia después de Cavour, hasta el punto de que el periodo 1901-1914 es normalmente conocido con el sintagma «etapa giolittiana»[16]. El modelo político de Giolitti pretendía incorporar en las funciones de gobierno a las fuerzas más responsables y pragmáticas tanto del movimiento socialista como del católico, al tiempo que cerraba las puertas a todas las fuerzas extremistas, tanto de izquierda como de derecha. Sus gobiernos llevaron a cabo importantes reformas en los ámbitos de la legislación laboral, el derecho de huelga y el diálogo con los sindicatos del sector privado para intentar mejorar las condiciones de los trabajadores. Este estadista piamontés estuvo al frente del Estado tanto en la fase de rápido progreso de la industria, que duró hasta 1907, como en la siguiente, de relativa crisis económica. Fue en el quinquenio 1902-1907 cuando la industrialización del país experimentó su mayor aceleración dentro del ciclo iniciado en 1896 y concluido, aunque con una desaceleración, en 1913.

En cuanto a las relaciones con los católicos, a través del Pacto Gentiloni de 1913 Giolitti intentó poner fin, al menos parcialmente, a las relaciones conflictivas del Reino de Italia con el Vaticano que se remontaban a la ocupación militar de Roma en 1870, permitiendo un acuerdo entre votantes católicos y candidatos liberales que hicieran referencia explícita a la doctrina papal[17]. Para desactivar la capacidad de atracción de las fuerzas del nacionalismo, que se habían constituido en asociación política en 1910, Giolitti lanzó en 1911-1912 una campaña colonial contra Libia, con la intención de conseguirle al Reino de Italia un puesto en la geografía del colonialismo que estaba surgiendo en el norte de África. En materia electoral, amplió el electorado con la introducción del sufragio universal masculino en 1912.

El precio del proyecto de Giolitti, sin embargo, no fue insignificante en términos de transparencia y respeto a los cánones democráticos, ya que pronto surgieron agrias críticas contra su labor, que tuvieron un impacto muy fuerte al influir posteriormente, como veremos, en jóvenes como Piero Gobetti. Para formar y consolidar sus mayorías parlamentarias, Giolitti no dudó a la hora de recurrir a presiones de todo tipo e incluso a la corrupción abierta; lo hizo sobre to­do en el sur de la península y en las islas, que, a diferencia del centro-norte, carecían de fuertes organizaciones obreras que actuaran como elemento de control del gobierno: en esas regiones Giolitti recurrió, siguiendo los métodos heredados de sus predecesores, a gobernadores civiles y policía para manipular las citas electorales con chanchullos y violencia, hasta el punto de que sus adversarios liberales, demócratas y de extrema izquierda lo denunciaron como «corruptor de la vida pública». El hecho de contar con amplias mayorías parlamentarias permitió a Giolitti aumentar el poder del ejecutivo aprovechando la naturaleza flexible del Estatuto Albertino, es decir, la Carta Magna del viejo Reino de Cerdeña que el Reino de Italia adoptó en 1861. Todo ello en un contexto en el que, sin embargo, Giolitti nunca abandonó el perímetro parlamentario e incluso convirtió el Parlamento en el principal foro de discusión política, elemento que desató contra él las críticas de quienes veían en este planteamiento una manifestación de los males de la política palaciega romana, que apartaba al pueblo de los procesos de decisión en favor de los juegos de la política ministerial. No en vano, en aquellos años se desencadenó un frente antiparlamentario especialmente poderoso que trabajó para debilitar no solo su figura, sino todo el sistema político constitucional del Reino, con repercusiones muy graves inmediatamente después del final de la Primera Guerra Mundial.

El proyecto de Giolitti se topó con duros detractores que, aunque desde posiciones diferentes, acabaron uniéndose en un frente común y concentraron en él todos los males de una Italia que debía morir para regenerarse tras el final de la Gran Guerra, gracias sobre todo al nuevo protagonismo de quienes habían luchado en el frente. Aparte del ala izquierda y revolucionaria del Partito Socialista Italiano [Partido Socialista Italiano (PSI)], se oponían a Giolitti los liberales de derechas y los conservadores, los industriales y los terratenientes, y también una parte sustancial de los jueces, en su mayoría del sur, que toleraban mal o se oponían abiertamente a su supuesta debilidad ante las exigencias del mundo del trabajo y de sus organizaciones. Y, por último, también se oponían a él los «meridionalistas» (así se solían llamar a los estudiosos de los problemas del sur de Italia) contrarios al proteccionismo económico –como Giustino Fortunato, Gaetano Salvemini y Antonio De Viti De Marco–, que lo acusaban, no sin razón, de favorecer al norte en detrimento del sur. Fue así inevitable que, tras el final de la Gran Guerra, la crisis del Estado liberal desembocara en un claro contraste entre las viejas y las nuevas fuerzas políticas, donde lo que estaba claro era que había que superar la forma de hacer política de la etapa giolittiana.

Ya en el primer número de Energie Nove, Gobetti había manifestado explícitamente que el conflicto mundial debía interpretarse como un elemento de fractura capaz de abrir una época de renovación de la fisonomía política y cultural de la nación[18]. En el artículo-manifiesto titulado «Rinnovamento» [«Renovación»], la intención de Gobetti era aportar «una nueva ola de espiritualidad» a un contexto político y cultural que se juzgaba con severidad y no se consideraba a la altura de las circunstancias, todo ello mientras tantos jóvenes derramaban su sangre para defender a su país[19]. El carácter juvenil era el elemento que otorgaba confianza a la nueva aventura editorial y la preparaba para afrontar los ine­vitables obstáculos y problemas, hasta el punto de que «la edad joven, el ardor y la conciencia de no hacer un trabajo inútil son un acicate para superarlos»[20].

Volviendo a la revista, es necesario subrayar que la intolerancia y la denuncia de los partidos políticos y de sus estrategias públicas que se fomentaban desde sus páginas permitían ver cómo en un momento de crisis y de transición incierta, como era el de la inmediata posguerra, se apoyaba el llamamiento a una renovación generacional y a una «regeneración» moral que debía partir de los jóvenes, frente a una política considerada incapaz de afrontar de forma concreta los problemas del presente[21]. La crítica hacia «la oligarquía de los politiqueros, que no ganan las elecciones por méritos propios, sino por el apoyo del Gobierno»[22] y, por tanto, a la cohabitación con la masonería y a todas las prácticas hostiles del giolittismo, fue un estribillo muy presente en la revista. La creación de un nuevo Estado dirigido por una elite renovada en el plano generacional que debía incluir a Italia en los esquemas de las naciones modernas: este era el espíritu de renovación moral que Gobetti quería contribuir a promover[23]. Este era, en definitiva, uno de los muchos jóvenes que, como ha escrito el historiador Emilio Gentile, querían hacer historia y ser protagonistas[24]; de estos supuestos partía su condena de los partidos como organizaciones burocráticas sin aspiraciones, reinos de los acuerdos de bajo nivel y factores de bloqueo de la modernidad.

Estas posiciones se nutrían de las ideas de aquellos referentes intelectuales que inspiraron a Gobetti en su primera experiencia editorial, muchos de los cuales llegaron incluso a colaborar con su revista. Entre los primeros, no podemos olvidar la figura del historiador y político Gaetano Salvemini[25], en quien vio a uno de esos hombres de cultura que no habían tenido miedo de criticar la obra de Giolitti, y la del economista liberal Luigi Einaudi[26], destinado a influir de forma relevante en su pensamiento, si bien Gobetti lo criticaría con bastante dureza en años posteriores. Por último, tuvo una influencia fundamental Benedetto Croce[27], filósofo al que Gobetti, que por entonces tenía dieciocho años, admiraba por su capacidad de exponer su propio marco de pensamiento de forma laica y no según esquemas cerrados, todo ello con el único fin de construir herramientas de trabajo intelectual capaces de impulsar las conciencias hacia la crítica y la investigación.

En este contexto, el vocabulario utilizado por Gobetti y sus colaboradores contra Giolitti no se andaba con rodeos. A Giolitti se le tildaba abiertamente de «inepto»[28], o se le consideraba el gran corruptor de la vida civil de la nación, alguien de quien Italia debía deshacerse para superar un sistema político basado en el proteccionismo y el parlamentarismo entendidos como práctica extrema destinada a preservar un poder que buscaba la estabilidad a ultranza. Para Gobetti, Giolitti era culpable de haber eliminado el espíritu «agonístico» de la política de los italianos, tanto de la burguesía como de la clase obrera, sobre todo después de haber puesto en marcha una política de concesiones que había minado su voluntad introduciendo una cultura de tipo servil entre gobernantes y gobernados (aplastando la dialéctica natural entre pueblo y gobierno). Tales argumentos estaban presentes, por ejemplo, en artículos como «Traditore o in­capace»[29] [«Traidor o incapaz»] o «Giolitti, giolittismo e antigiolittismo»[30] [«Giolitti, giolittismo y antigiolittismo»], textos todos ellos en los que la filosofía antigiolittiana de Gobetti alcanzaba su máxima expresión y ratificaba también su distanciamiento de los que él consideraba los críticos más suaves hacia la acción política del varias veces primer ministro. El suyo era un antigiolittismo que no se limitaba al plano personal, sino que proponía un vuelco moral contra las manifestaciones tangibles de un régimen político corrupto[31].

Estas críticas se publicaron en un momento en que la galaxia política socialista también veía surgir en su seno nuevos y aguerridos grupos de jóvenes. Entre ellos, el más importante fue ciertamente el de L’Ordine Nuovo, reunido también en Turín en torno a Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti y Angelo Tasca; una experiencia que, por su impacto de ruptura generacional, puede compararse en cierto modo al primer intento de Gobetti[32]. Por poner solo un ejemplo, pensemos en el intercambio dialéctico entre Gramsci, Balbino Giuliano y Angelo Tasca[33] sobre el significado de la relación entre marxismo y socialismo publicado en la primera mitad de 1919 precisamente en Energie Nove. En dicho intercambio participó el propio Gobetti, para quien, a partir de la influencia de Salvemini, el socialismo se sintetizaba en una perspectiva determinista, por lo que Gramsci y Tasca, debido a su voluntarismo, le parecían más cercanos a Mazzini que a Marx[34].

Sin embargo, hay que subrayar cómo se fue estableciendo progresivamente una relación de diálogo e interlocución entre el director de Energie Nove y los «ordinovistas». Por supuesto, se ha hablado mucho de la relación entre Gobetti y los «ordinovistas», y de las contradicciones de un liberal, aunque sui generis, tan pendiente de lo que ocurría entre los obreros de las fábricas de Turín. En realidad, era solo esto lo que atraía al joven director, que ciertamente no fue un defensor del comunismo; al contrario, y en especial después de la muerte de Lenin, lo criticaba por sus aspectos burocráticos y por su ideología estatolátrica, que sofocaban las energías de la sociedad civil.

1.4. De Energie Nove a La Rivoluzione Liberale

A pesar de la fuerza y el compromiso, Energie Nove dejó de publicarse en febrero de 1920. El propio Gobetti confesó sentir un cierto «cansancio de voluntad» al que se sumaron una serie de dificultades dictadas por los problemas en la gestión de los aspectos financieros[35]. Por otra parte, 1920 fue un año fundamental en la carrera política del joven intelectual turinés. Ello se debió a su creciente interés por el estudio de la cultura rusa y de la Revolución de Octubre, pero sobre todo a que esos meses marcaron tanto el apogeo como el declive del biennio rosso (bienio rojo), caracterizado por la movilización obrera.

En este contexto de agitación y maduración interior, Gobetti, tras comunicar en el número 11 de la segunda serie un claro programa de trabajo[36], en el 12 (publicado en febrero de 1920) anunció repentinamente, en un breve artículo de fondo titulado «Intermezzo» [«Intermedio»], que la revista dejaba de publicarse:

Un poco de silencio honesto, de laboriosidad activa: he aquí el intermedio. Dentro de unos meses, la reanudación más fructífera y más amplia[37].

Energie Nove concluía así su experiencia como revista y abandonaba la escena cultural turinesa e italiana. Gobetti se dedicaría a los estudios universitarios e iniciaría así su propio camino personal de relectura de la historia unitaria, con una atención creciente al movimiento obrero y a su perfil de fuerza «heroica» en lo que para él era el desolado panorama político italiano. Habían de pasar casi dos años antes de que apareciera la nueva y más avanzada aventura editorial de Gobetti: la publicación, el 12 de febrero de 1922, del primer número de La Rivoluzione Liberale. Sin la experiencia previa de haber dirigido ya una primera revista, Gobetti y sus amigos seguramente no habrían podido establecer contactos y relaciones con distintas personalidades y exponentes del mundo de la cultura, en muchos casos alejados de su propia manera de interpretar la realidad.

2.1. La Rivoluzione Liberale: la lucha por cambiar el espíritu de los italianos

Como ya se ha dicho, el escritor Vittorio Alfieri ocupaba uno de los lugares principales en el panteón personal de Gobetti. Este vislumbraba en Alfieri las características de un intelectual liberal en constante tensión con la vida, ajeno a los compromisos y dispuesto a enfrentarse al contexto europeo de su tiempo, disgustado por todo lo que veía en Italia. No es casualidad, por tanto, que al terminar sus exámenes universitarios Gobetti pidiera a su director de tesis de licenciatura, el profesor de Filosofía del Derecho Gioele Solari, que le permitiera escribir su disertación final sobre la figura de Vittorio Alfieri. Se dedicó intensamente a ello desde el verano de 1921 y concluyó su trabajo el 14 de julio de 1922 con las máximas calificaciones y la recomendación de publicarla. La obra encontró primero espacio en las columnas de La Rivoluzione Liberale, entre octubre y diciembre de 1922, y pocos meses más tarde, con el apéndice «Las tragedias de Alfieri», la editorial Arnaldo Pittavino & C. –que, como veremos, se transformaría más adelante en Piero Gobetti Editore– la publicaría integralmente con el título de La filosofia politica di Vittorio Alfieri [La filosofía política de Vittorio Alfieri][38].

2.2. El encuentro con Gramsci

Si ese era el plan para finalizar sus estudios universitarios y profundizar en sus referencias culturales, el año 1920 fue la coyuntura que puede definirse como fundamental en la trayectoria política de Gobetti. En efecto, fue durante el verano de ese año cuando se desarrolló en el norte industrial el movimiento de ocupación de fábricas, destinado a transformar las comisiones sindicales internas en verdaderos órganos de autogobierno[39]; la línea adoptada e impulsada por el periódico L’Ordine Nuovo, dirigido entre otros por Antonio Grams­ci, era la que estaba destinada a ejercer una influencia considerable en el joven Piero. Gobetti enseguida empezó a seguir con mucho interés las acciones de los obreros de Turín, hasta el punto de que, en una carta del 7 de septiembre de 1920, dirigida a Ada Prospero, escribió lo siguiente:

Aquí estamos en plena revolución. Sigo con simpatía los esfuerzos de los obreros que están construyendo realmente un mundo nuevo. […] No siento dentro de mí, por razones especiales que tú conoces, la fuerza necesaria para seguirlos en su aventura, al menos por ahora. Pero me parece que poco a poco se va aclarando e imponiendo la mayor batalla ideológica del siglo. […] Se trata de un intento verdaderamente grandioso de lograr ya no el colectivismo, sino una organización del trabajo en la que los obreros, o al menos los mejores de ellos, sean lo que hoy son los industriales. […] Nos hallamos ante un hecho heroico[40].

¿Cómo podía un joven que se proclamaba liberal participar en una aventura como la de la fracción comunista de la juventud turinesa reunida en torno a Gramsci? El propio Gobetti lo explicó muy claramente y lo definió como

uno de los episodios más originales del pensamiento marxista en Italia, de hecho, quizá el primer intento de entender a Marx, más allá de las fugaces ilusiones ideológicas, en su significado como instigador de la acción[41].

La acción de los obreros de Turín le parecía, pues, la creación de una gran fuerza de libertad, una acción colectiva, el mito de una minoría que desafiaba las reglas cristalizadas y que, por tanto, se presentaba candidata a convertirse en un modelo para la reforma intelectual y moral que el país, en su opinión, necesitaba de forma desesperada:

La realidad más profunda es que la gran industria no puede desarrollarse sin concretar un desarrollo simultáneo de las fuerzas del proletariado, y de su capacidad de defensa y conquista. Esta es la clave de toda la historia europea futura[42].

Gobetti vislumbraba en aquel movimiento obrero el fin de una idea de Italia que había alcanzado su mayor representación en los años del giolittismo. El nuevo protagonismo de estos obreros era, en su opinión, la constatación del fracaso del socialismo reformista y de su lógica de los pequeños pasos obtenidos a través de acuerdos de bajo nivel con Giolitti. Después de todo lo ocurrido en las fábricas, el movimiento obrero había conquistado, a ojos de Gobetti, su dimensión nacional y la de posible agente de la transformación del Estado como nunca antes había ocurrido desde la Unifi­cación. Fueron los obreros de las fábricas, paradójicamente, quienes para Gobetti desempeñaron el papel de artífices de la «revolución liberal», no tanto para materializar el comunismo en su versión marxista-leninista, sino como una clara demostración de la necesidad de (auto)gobernarse desde abajo para crear una nueva ética de la responsabilidad. De hecho, Gobetti no esperaba una revolución según el modelo leninista en el caso de Italia; nunca hizo llamamientos de tipo comunista, pues prefería concebir la autogestión obrera de las fábricas como un elemento de descentralización política y económica. Estaba convencido de que el carácter de ruptura fundamental que representaba la Revolución rusa no residía única ni principalmente en la fuente socialista de aquel acontecimiento, sino más bien en el momento en que se habían sentado las bases de un nuevo Estado, «despertado» por un pueblo que se había convertido en el protagonista de una acción liberadora. Los obreros que ocupaban las fábricas podían ser, por tanto, los agentes de la nueva clase dominante capaz de llevar a cabo la revolución concreta de la que Italia había carecido hasta entonces. En esta idea se perciben claras referencias a la visión heroica y sacrificada del pensamiento revolucionario de Georges Sorel[43]; es evidente, sin embargo, que Gobetti fue más allá al atribuir a los obreros una función central de renovación como nueva y potencial clase dominante. Un razonamiento que, como veremos, se basaba en una sobrestimación de la fuerza «regeneradora» de aquel movimiento, al cual supo imponerse el fascismo (como el propio Gobetti tuvo que admitir más tarde).

Estudioso atento y apasionado, junto con su compañera Ada, de la lengua y de la cultura rusas (como prueba de este interés, en 1926 se publicó póstumamente la antología de artículos sobre cuestiones rusas de Gobetti Paradosso dello spirito russo [Paradoja del espíritu ruso])[44], estaba convencido de que el verdadero cambio, tanto en Rusia como en Italia, no podía producirse mediante una intervención desde el exterior, sino solo a partir del estímulo de las conciencias y de los cambios en el carácter nacional. Para Gobetti, estudiar la lengua y la literatura de aquel país era el instrumento adecuado para intentar comprender mejor los presupuestos culturales del bolchevismo. En su opinión, la acción de los bolcheviques había sido liberal en el sentido de que había dado el golpe de gracia a la dictadura zarista, yendo incluso más allá del propio esquema marxista como, desde otra perspectiva, también escribiría Gramsci en su famoso artículo «La rivoluzione contro il capitale» [«La revolución contra el capital»].

En el plano teórico, la importancia que atribuía a la clase obrera lo distanciaba de las posiciones de un liberal clásico como Luigi Einaudi, aunque su concepción de la lucha obrera nunca se identificara con el derrocamiento del poder social y político de la burguesía, pues la percibía más bien como una competición política con la burguesía que acabaría impulsando el progreso social y el avance de la democracia. Al fin y al cabo, la clase obrera que valoraba Gobetti debía forjarse en la tecnología y en la modernidad del capitalismo fordista, adquiriendo fuerza y preparación gracias al liderazgo de una elite de políticos-intelectuales altamente cualificados.

Gobetti, por tanto, no escribió sobre política para L’Or­dine Nuovo, limitándose a ejercer –como se verá unas páginas más adelante– de crítico teatral. Pero su herética colaboración estaba destinada igualmente a suscitar críticas muy profundas, partiendo precisamente del círculo de los comunistas de Turín. El propio Gramsci respondió a estos ataques en varias ocasiones; el intelectual sardo tenía en gran estima al liberal Gobetti y apreciaba el hecho de que, a pesar de no haberse adherido al comunismo, se planteara en concreto el problema de la función histórica que representaba la clase obrera y, en particular, de todas las consecuencias, en términos de apertura de nuevas libertades y de ruptura con los intereses establecidos, que la revolución bolchevique había asumido en los procesos históricos mundiales. No es casualidad que lo definiera, en su famoso ensayo de 1926 «Alcuni temi sulla questione meridionale» [«Algunos temas sobre la cuestión meridional»], como un «gran organizador de la cultura» que había tenido la capacidad de llevar a cabo una labor de contaminación entre el proletariado y una parte de los intelectuales de izquierda. En ese mismo escrito, Gramsci dedicó varias páginas a reconstruir, con una fuerte carga emotiva, la figura del joven intelectual turinés fallecido poco antes en el exilio de París[45]. En concreto, el autor de los Cuadernos de la cárcel respondió con estas palabras a las acusaciones de quienes, incluso entre los comunistas, no habían visto con buenos ojos aquella colaboración:

Algunas veces, camaradas del partido nos han reprochado el que no lucháramos contra la corriente de ideas de la Rivoluzione Liberale: el que no hubiera lucha con él pareció prueba de una relación orgánica maquiavélica (como suele decirse) entre Gobetti y nosotros. Pero el hecho es que no podíamos combatir a Gobetti porque él representaba un movimiento que no debe combatirse, al menos en principio. No comprender esto significa no comprender la cuestión de los intelectuales y la función que estos desarrollan en la lucha de clases[46].

Hay que señalar que esa reflexión de Gramsci surgió cuatro años después de que las relaciones entre ambos hubieran terminado, coincidiendo con el viaje de Gramsci, primero, a Moscú y, más tarde, a Viena. Gobetti, sin embargo, continuó siguiendo de cerca la actividad política e intelectual de Gramsci. No solo publicó íntegramente el discurso que este pronunció como miembro de la Cámara de Diputados el 18 de mayo de 1925[47], sino que antes, el 22 de abril de 1924, ya había celebrado con estas palabras, en La Rivoluzione Liberale, la elección de Gramsci como diputado:

Más que un táctico y un combatiente, Gramsci es un profeta como solo se puede ser hoy en día: desoído, salvo por el destino. La elocuencia de Gramsci no desvelará ningún misterio. Su polémica catastrófica y su sátira desesperada no esperan consuelo fácil. Toda la humanidad, todo el presente es sospechoso para él. Exige justicia a un feroz vengador futuro[48].

Su relación se vio fortalecida por el hecho de que Gramsci había intuido que la esencia del planteamiento de Gobetti era histórica y política al mismo tiempo, y sobre todo había apreciado su convicción de que todas las dificultades experimentadas por el Estado italiano podían achacarse a la debilidad del proceso de Unificación[49]. Para desencallar esas rigideces que degradaban el potencial nacional, Gobetti estaba dispuesto a ver con buenos ojos cualquier elemento revolucionario, incluso de tipo marxista, que pudiera encender esa chispa capaz de provocar una verdadera renovación de la conciencia nacional.

2.3. La relación con socialistas y católicos

Si esa era su actitud hacia los «ordinovistas», distinta y más crítica era su actitud hacia el mundo socialista, en la cual influía poderosamente la herencia de Einaudi, de La Voce y de Salvemini[50]. Gobetti concebía el socialismo, sobre todo en su experiencia italiana, como un movimiento imbuido de estatismo y proteccionismo lanzado desde arriba sobre la base de rígidas trabas burocráticas. En cambio, en el marxismo, en la lucha de clases y en las vanguardias obreras organizadas percibía el punto de encuentro con su teoría liberal personal para alcanzar una valorización común del individuo sobre el Estado (concepción que, lógicamente, Gobetti habría modificado si no hubiese muerto en 1926 y hubiese podido presenciar las horribles páginas del estalinismo).

Su juicio sobre los socialistas fue por tanto duro y sin concesiones, máxime sobre los socialistas más reformistas y moderados como Filippo Turati y Claudio Treves –acusados de haber desempeñado un papel solo dentro de las instituciones y no en las masas–; ambos adolecían de múltiples limitaciones en su preparación política y cultural, lo que a juicio de Gobetti había determinado su decisiva subordinación al giolittismo. En La Rivoluzione Liberale del 12 de febrero de 1922 escribía, por ejemplo, lo siguiente:

El socialismo se desmoronó por falta de preparación cuando tenía que hacerse realidad. Expresó su impotencia en Turati. En lugar de atenerse a una lógica autónoma, aceptó el legado de la democracia[51].

En la concepción vitalista de Gobetti, en su reivindicación de la autonomía del Estado en el proceso de construcción de una nueva generación de italianos en continua tensión mo­ral, el reformismo socialista, su forma de administrar sobre el terreno y de buscar mediaciones parlamentarias con los partidarios de Giolitti aparecía como un mero politicismo redistributivo, incapaz de hacer crecer intelectualmente a los trabajadores. Bien mirado, el único socialista reformista al que Gobetti apreciaba era Giacomo Matteotti, sobre el cual volveremos, admirado tanto por su concreción política como por su absoluta inflexibilidad ante el fascismo.

Igualmente significativas, aunque situadas en una perspectiva diferente, fueron sus relaciones con los católicos implicados en política, de los que fue uno de los observadores más agudos. Este aspecto demuestra su capacidad para contaminarse y tejer relaciones con este mundo hasta el verano de 1922[52], cuando lo asaltó el temor de que el ala derecha del Partito Popolare Italiano (Partido Popular Italiano), fundado por Luigi Sturzo en 1919 como sujeto político aconfesional –aunque inspirado en los valores del cristianismo[53]–, pudiera convertirse en un medio de entrada directa de la Iglesia católica en el mundo político italiano tras las batallas del Risorgimento y las primeras décadas del Estado unitario. Sin embargo, captó «el carácter nuevo, laico y moderno del Partito Popolare»[54], la naturaleza reformista de la propuesta de Sturzo y su interés por renovar las estructuras del Estado a través de la participación democrática. El joven intelectual laico estaba convencido, en esencia, de que los elementos más avanzados de la dirección del Partito Popolare debían desempeñar un papel importante en ese proyecto de crecimiento civil que él había imaginado. Un punto de inflexión que se acentuó inmediatamente después de la primavera de 1922, cuando el éxito del movimiento fascista se hizo más evidente[55]. En el marco de la lucha contra Mussolini, Gobetti consideraba indispensable resaltar la importancia de aquellos sectores de la democracia cristiana que se identificaban con algunos principios del liberalismo, como el laicismo del Estado, el liberalismo económico, la tolerancia y el pluralismo en la lucha política entendida como tensión para alcanzar la libertad. Asimismo, Gobetti valoró muy positivamente la línea antigiolittiana y el compromiso de Sturzo y de sus allegados en la lucha contra el fascismo mientras que el resto del Partito Popolare adoptaba una postura más a la expectativa, que se convertiría en cohabitación gubernamental tras la Marcha sobre Roma en octubre de 1922[56].

También fueron interesantes sus relaciones con las nuevas realidades políticas locales surgidas sobre todo a raíz del movimiento de excombatientes, otro importante sujeto político nacido de las cenizas de la experiencia de la Gran Guerra que pregonaba la reforma agraria y la descentralización del Estado para responsabilizar a las poblaciones locales y evitar el clientelismo de la política romana. Para Gobetti, la cuestión del regionalismo, aunque en un marco que seguía siendo esencialmente unitario, fue siempre una cuestión de libertad a partir del ejemplo de Carlo Cattaneo[57] y de Salvemini, de quienes también tomó prestada la atención al problema agrario en el escenario político italiano. Por ello mantuvo numerosos contactos con exponentes del mundo político e intelectual, sobre todo del sur, que se habían enzarzado en batallas autonomistas y federalistas inmediatamente después de la guerra. En él fue poderosa, verbigracia, la influencia de los «meridionalistas» Giustino Fortunato, prestigioso político de la región de Basilicata que criticó el estatismo y el excesivo intervencionismo económico del gobierno central, y Guido Dorso, un agudo intelectual de la Campania que luchó contra el proteccionismo económico. Para Gobetti, era necesario superar la actitud que los gobiernos italianos habían adoptado hasta entonces respecto de la cuestión del sur mediante una «revolución liberal» protagonizada por nuevas fuerzas capaces de irradiar energías disruptivas que derribaran las prácticas políticas consolidadas[58].

2.4. La Rivoluzione Liberale: identidad y perfil de una revista de cambio

Tras la fase de Energie Nove, la experiencia intelectual de Gobetti estaba destinada a tener un desarrollo ulterior y fundamental en una nueva revista totalmente inmersa en la oposición al fascismo. Sin embargo, tras licenciarse en Derecho en el verano de 1922, Gobetti vivió un momento de crisis derivado de la incertidumbre sobre la posibilidad de con­tinuar su labor editorial y de la difícil situación política motivada por la creciente violencia de los escuadristas de Mussolini. Pero a la postre la batalla cultural librada por su nueva revista resultó ser la energía más poderosa para seguir trabajando y tratar de hacer realidad su plan de cambio. La Rivoluzione Liberale, que así se llamaba la nueva revista, se publicó durante cuatro años: el primer número salió el 12 de febrero de 1922, y el último el 8 de noviembre de 1925. La revista ya se definía a partir de sus características gráficas: cuatro páginas a cuatro columnas, a menudo con artículos muy largos que muchas veces adoptaban la forma de pequeños ensayos (la tirada inicial de 2.000 ejemplares pasó más tarde a 4.000, aunque Gobetti intentó aumentarla a 10.000 en 1924)[59]. Con esta publicación quería dar un perfil más maduro y elaborado a su idea de concebir espacios en los que las elites intelectuales pudieran crear, mediante la discusión y el debate, aquellas premisas capaces de propiciar el proceso de regeneración de la nación que él deseaba[60]. Con el ascenso del fascismo, las tareas no tardaron en cambiar y la publicación periódica se convirtió en un punto de referencia para todos aquellos que se oponían al ascenso de Mussolini. A este, como era de esperar, no le gustaban las actividades del joven turinés y de su círculo de colaboradores, consciente, como experiodista, de que la propaganda contraria a su partido y a su Gobierno, aunque no fuera explícita, convertía a la revista en un peligroso antídoto contra la fascistización total del país. Volviendo al perfil organizativo de la nueva revista, el número de colaboradores fue aún mayor que en el caso de Energie Nove: desde la presencia de amigos y colegas que habían vivido la experiencia anterior, hasta personalidades del mundo liberal y demócrata cristiano, pasando por demócratas radicales y socialistas. Como propósito general, el periódico pretendía desarrollar el debate sobre la transformación social y el análisis histórico-político de los males italianos, desde la Unificación hasta principios de los años veinte. Dar fuerza y apoyo a las anheladas «energías nuevas» del primer experimento juvenil significaba reflexionar sobre la forma de crear una nueva clase dirigente responsable y moderna, un modelo de Estado en el que estuviera realmente viva la participación de las clases populares, hasta entonces excluidas o tratadas de forma paternalista por quienes habían gobernado, renovando tanto el liberalismo como el socialismo[61]. El nombre de la publicación, así como las afirmaciones contenidas en el artículo titulado significativamente «Manifesto» [«Manifiesto»], dejaban claro cuáles debían ser los objetivos de aquel compromiso: provocar un cambio real, una liberación de los mecanismos en los que había caído Italia durante los años del giolittismo, a través de la identificación de un nuevo componente social: los obreros de las fábricas, que en opinión de Gobetti podían convertirse en el motor de este cambio. Una revolución liberal en la medida en que se sustentaba en una pasión libertaria siempre viva que rechazaba el estancamiento del compromiso, en la que el cambio de las clases dominantes debía lograrse gracias al estímulo intelectual derivado de la acción de las elites y al deseo de las clases populares de no renunciar a su anhelo de ver mejorada su condición social. Como escribió en «Manifesto»: