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¿Has observado tu vida y no te gusta lo que ves? Eso es lo que le pasa a Eva. En su entorno todos parecen haberse vuelto locos por emparejarse, tener hijos y dejarse llevar por la rutina. Atrás han quedado las tardes con amigas, las fiestas y las escapadas. Y, si por si fuera poco, el trabajo que antes le encantaba se ha convertido en un tormento. Tras tocar fondo, Eva decide que es el momento de un cambio, y un trabajo temporal en Santa Mónica le parece su mejor opción. Allí encontrará nuevos amigos y a Mikka, un serio finlandés con el que no empezará con buen pie y al que tendrá que ganarse poco a poco. Eva descubrirá de su mano la magia de un atardecer. ¿Te atreves a acompañarlos? Títulos de la serie Hilo rojo: Si el destino quiere Ella es única Somos mil atardeceres Todo del revés Persiguiendo quimeras - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 310
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Somos mil atardeceres, n.º 423 - agosto 2025
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Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 9791370006273
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Cita
Dedicatoria
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Segunda parte
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Tercera parte
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Epílogo
Carta a mis hijos
Si te ha gustado este libro…
Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias.
El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.
Proverbio chino
Hay personas que siempre recordaré con cariño.
Personas que me acompañaron en un momento del camino ayudándome a crecer.
Este libro es para vosotras.
¿Seguro que todos tenemos un hilo rojo?
«Mientras tú sepas quién eres, no tienes nada que demostrar». Aquella frase bien podría haber salido de boca de su abuela. Eva le dio un like y compartió en su storie.
Intentó recordar cuántas veces había escuchado a Helena decir aquello. ¿Miles, quizá?
Sentada en el vagón, Eva dejó que sus pensamientos viajaran a su infancia guiados por el suave traqueteo del tren. No había sido una época feliz, y en la adolescencia, con la rebeldía propia de esa edad, todo había empeorado. Su carácter alegre y extrovertido no congeniaba con el de sus padres y hermanos, y habría crecido sintiéndose sola en una familia numerosa si no hubiera sido por su abuela Helena.
Sonrió al recordar la primera vez que se quedó sola con ella. La niñera estaba enferma y su madre tenía un compromiso que una niña pequeña y maleducada como Eva no debía estropear. Amélie se libró de ella dejándola en el piso que Helena tenía en Francisco Silvela. Hasta ese día Eva apenas había tenido relación con su abuela materna. No la conocía y a su corta edad Eva ya había aprendido que con los adultos era mejor dejar las palabras dentro de uno mismo.
«Los niños calladitos son más buenos», siempre le decía su niñera.
Seguramente con la intención de acercarse a su nieta, Helena le compró un helado de chocolate en una heladería que había en el bajo del edificio y, como era de esperar, el helado ensució el impoluto vestido de piqué blanco que Eva llevaba. Cuando la primera gota de aquel oscuro líquido marrón cayó sobre la tela, Eva sintió pánico. Asustada, miró a la madre de su madre, esperando la reprimenda y los insultos que vendrían a continuación. Su cuerpo se anticipó a la que sabía, por experiencia, que sería la consecuencia de su torpeza; se puso rígida, cerró los ojos y esperó a que llegara el chaparrón de improperios que la harían sentir minúscula y tonta, pero estos no llegaron. Su abuela Helena, en cambio, la había mirado de forma comprensiva y le había pedido que no se preocupara.
—Todo tiene solución en esta vida —le había dicho Helena con una sonrisa afable. Otra de las frases que Eva había escuchado mil veces de sus labios.
En aquel piso, lleno de libros y fotografías, su abuela había lavado el vestido con paciencia mientras ella, solo con su ropa interior, observaba todo con ojos curiosos. Amélie nunca supo que se había manchado, y Eva, por primera vez en su vida, se sintió cómoda.
Conforme fue creciendo, y pese a que su madre era reticente, las visitas a ese piso se hicieron más frecuentes. Su familia se quitaba de en medio la molestia que ella suponía, y Eva era feliz estando con su abuela. Con Helena aprendió a leer, a imaginar y a jugar vestida de soldado, cantante o enfermera. Su abuela era permisiva y le dejaba disfrutar siendo lo que era, una niña. Todo lo que pasaba en aquella vivienda quedaba entre ellas dos, y poco a poco fueron estableciendo un estrecho vínculo.
Hasta conocer a Helena, Eva se había sentido un bicho raro entre los miembros de su familia, pero en su abuela encontró a una igual. Helena era divertida y alocada, una persona segura de sí misma, que había tenido que sufrir muy joven una guerra, viendo los horrores de esta desde el campo de batalla. Por eso vivía y disfrutaba cada momento, y lo había hecho así hasta el día de su muerte. Y no solo eso, también se ocupó de enseñárselo a su nieta.
El tren ralentizó su marcha al entrar en la estación. Los letreros digitales mostraron de forma continuada que Cercedilla era la próxima parada. Eva se puso en pie y comenzó a abrigarse, anticipándose al azote de frío que encontraría al bajar del vagón. Había avisado a Sol con un mensaje cuando subió al tren, así que su amiga estaría esperando su llegada.
El último año había sido una locura. Desde el nacimiento de Ángela el grupo había aumentado de forma exponencial. Primero la niña, luego Leo y, con él, Eduardo. Y mientras, Toni y Marta encargando a Maya. De las cuatro amigas, Eva era la única que no estaba emparejada, quizá por eso su mente volvía una y otra vez al pasado, recordando tiempos mejores. Las próximas Navidades no serían como las anteriores. Sus amigas tenían compromisos y estarían fuera de Madrid, así que habían decidido disfrutar del puente de la Constitución juntas. Esa era la razón por la que habían alquilado una gran casa rural en la sierra para reunirse, antes de que todas se vieran inmersas en las fiestas y sus respectivos compromisos familiares. Todas menos Eva, que apenas tenía relación con su familia.
Al bajar, escudriñó el andén en busca de Sol. La vio junto a Eduardo, ambos resguardados cerca de la pared del edificio de la estación. Él, más alto que su amiga, la cobijaba entre sus brazos mientras ambos examinaban a los pasajeros que se habían apeado en esa parada, buscándola. Tapada como iba con bufanda y gorro, dejando visibles apenas solo sus ojos, era difícil que la encontraran, así que llamó su atención moviendo la mano. Eduardo liberó a Sol de su abrazo, y esta enseguida se acercó a saludar.
—¿Qué tal el viaje? ¿Se te ha hecho muy pesado? —preguntó a la par que la abrazaba.
—No mucho. He estado leyendo y luego he dormido un poco —respondió Eva.
Eduardo, que había permanecido a su lado, las animó a acelerar y dirigirse al calor del coche cuanto antes, para resguardarse del frío.
La casa rural no estaba lejos de allí, de modo que pronto estuvieron bajo techo y calentitos. La vivienda, construida en piedra, mantenía el aspecto del resto de las edificaciones de la zona. Con muros gruesos de granito, techo de pizarra y un interior donde la madera convivía, en un equilibrio perfecto, con el suelo de barro cocido, que seguramente fuera el de origen por su forma característica. Con decoración rústica, pero acogedora, el único toque moderno eran las ventanas de PVC marrón, dotadas de un buen cristal aislante.
Eva saludó alegremente a todos antes de subir a la habitación que le habían reservado. Con ganas de integrarse en el ambiente de la casa, se apresuró a vaciar la maleta, pero se permitió una ducha caliente antes de bajar. Con energías renovadas, enseguida se encontró ayudando a Sol a poner la mesa mientras Toni y Daniela trasteaban en la cocina haciendo la cena, y sus respectivas parejas se encargaban de las niñas.
Trabajando en equipo rápidamente se sentaron a cenar, y las tortillas de patatas, los pimientos asados, el jamón serrano y el queso, entre otras viandas, en un momento acabaron en sus estómagos, acompañados de una moderada cantidad de vino. Todo ello con una alegre conversación.
En poco tiempo las comidas habían pasado de ser de cuatro amigas a ser multitudinarias y ruidosas. Eva, la única sin pareja, tenía suficiente confianza con ellos para no sentirse sola. Durante los cuatro días que estuvieron allí, disfrutó de los paseos, las sobremesas, las bromas y los juegos de mesa. Habló con sus amigas, soportó que las conversaciones siempre acabaran con las últimas anécdotas de Ángela o Maya, o los consejos para que estas comieran o durmieran mejor. Gozó de sus pequeñas sobrinas hasta que fue demasiado cansado ir tras Ángela, que corría como un galgo, o sujetar a Maya, que se lanzaba de sus brazos al suelo buscando perseguir a su amiguita.
Así que, a pesar de que fue un fin de semana divertido, cuando Eduardo y Sol la dejaron en su casa a última hora del domingo, estaba agotada.
Puso una lavadora y recogió un poco, recalentó algo de sopa y se sentó a ver la tele. No ponían nada interesante y no le apetecía ver ninguna de las series que estaba siguiendo, así que terminó la cena, dejó las cosas en el lavavajillas y se fue a la cama a leer un rato en silencio.
¡Qué diferente era su vida a la de sus amigas! Pensó en Marta y Daniela, que estarían bañando, dando la cena y acostando a sus niñas, ayudadas por Toni y Leo. O en Sol, que habría pedido alguna pizza y estaría viendo la tele tranquila acurrucada junto a Eduardo.
Ninguna dormiría sola esa noche, sino que lo harían protegidas por sus parejas.
Eva estaba sola por decisión propia y, aunque no se arrepentía de ello, quizás echaba de menos sentirse acompañada en algún momento, tener a alguien que la conociera lo suficiente para, con una mirada o un simple vistazo, saber qué pasaba por su cabeza o qué necesitaba. Alguien a quien contar cómo le había ido el día al llegar a casa.
Su abuela había sido ese alguien, y desde que murió por aquel glioblastoma tan agresivo, que se la llevó en apenas un par de meses, no había habido nadie más.
Su pareja en aquella época no había aguantado que Eva dedicara cada segundo de su tiempo a cuidar a Helena, y había resultado un egoísta engreído, como todos los hombres que habían formado parte de su vida. Como su padre o su hermano.
Superó la pérdida de Helena con ayuda de sus amigas, aunque aún sentía el vacío de su ausencia. Los primeros días tras su muerte actuó de forma temeraria e impulsiva. Llevada por la creencia de que la vida era demasiado corta, aparcó los estudios y se dedicó a ir de fiesta en fiesta. Por suerte aquella fase duró poco tiempo, sin ocasionar daños irreversibles, pero empeoró la relación que mantenía con su familia. Terminó tan rápido como empezó, de un día para otro, justo la mañana en que su padre tuvo que sacarla de la comisaría. De nada sirvieron sus explicaciones, ya que este, a pesar de ser juez, nunca aplicó aquello de la duda razonable con ella. Seguramente, todavía pensaba que la bolsita de éxtasis, que la policía encontró en su bolso durante la redada, era suya. Cierto es que, sabiendo de antemano cómo era su progenitor, no intentó defenderse, aun cuando no tenía ni idea de cómo había llegado la droga a mezclarse con sus pertenencias.
No fue el incidente lo que la hizo centrarse, sino la mirada de decepción que le lanzó su viejo. Federico pensaba que su hija era una fracasada, y lo demostró esa mañana, con cada palabra y cada gesto.
Después de aquello bajó el ritmo, se centró de nuevo en sus estudios, se marchó a vivir con sus amigas, porque la soledad de la casa de su abuela le parecía insoportable, y siguió viviendo.
Su fase loca duró poco, pero tras un desengaño amoroso con un profesor que se aprovechó de su juventud, y lo que veía día a día en su trabajo, pronto el pensamiento de que había que disfrutar de la vida al máximo volvió a ocupar su mente. Aunque incluso sus amigas no compartieran muchas veces su forma de vivir, Eva protegía su libertad y su corazón sin renunciar a nada, con la firme creencia de que debía aprovechar cada minuto, aunque con la experiencia que otorga la madurez.
¿Era una mujer fría y calculadora? Para nada, probablemente fuera la más sensible e insegura de las cuatro chicas, pero escondía aquello detrás de su carácter extrovertido y sus ganas de vivir. Daba lo mejor de ella a sus pacientes y a los hombres que escogía, pero era algo perecedero, ya que enseguida otro ser era el agraciado. Lo único que había permanecido inmutable hasta el momento en su existencia eran sus amigas, pero poco a poco su mundo tal y como lo conocía había comenzado a desmoronarse.
No es que Eva fuera un Grinch, pero las Navidades nunca habían sido su época preferida del año. Vivir esas fechas en el seno de una familia como la suya, donde lo más importante eran las apariencias, suponía, al contrario que le pasaba al resto de la gente, que ella no tuviera recuerdos entrañables o tradiciones que cumplir. Para Eva tanto Nochebuena como Navidad eran días normales en los que generalmente intentaba trabajar, para que sus compañeros pudieran disfrutar esas fechas señaladas con sus seres queridos. De ese modo tenía una excusa perfecta para no asistir a las fiestas familiares a las que era invitada solo por compromiso.
Lo que sí hacía en Navidad era balance del año que terminaba y planificaba propósitos para el que venía. Analizaba el periodo saliente en busca de aquello que no le había gustado y se proponía cambiarlo en el siguiente.
¿Qué cosas le habían disgustado? Esa vez lo tenía claro. Por un lado, la dificultad cada vez mayor que tenía para recuperarse de los reveses de su trabajo, y que se estaba convirtiendo en un problema recurrente; y por otro, aquellos momentos de debilidad que había tenido y que le habían llevado a sincerarse con las personas equivocadas, como Ismael. Aquel fin de semana que compartió con el doctor con aspecto de surfista propenso al psicoanálisis había sido un tremendo error.
El próximo año tenía que corregir eso.
Durante el periodo que transcurrió desde que a Helena le diagnosticaron la enfermedad hasta que falleció, Eva había pasado con ella cada minuto. Se informó de los tratamientos, del apoyo al paciente e intentó aliviar al máximo la carga de la enfermedad para su abuela. Colaboró con las enfermeras diplomadas en la administración de los medicamentos, al principio para luchar contra la enfermedad, al final como cuidados paliativos. Observó, aprendió y ayudó. Se dio cuenta de que se le daba bien aquello. Sabía cómo tratar a los pacientes y a sus familiares para ser el apoyo que necesitaban, y continuó haciéndolo cuando Helena falleció. Hizo seguimiento a pacientes que durante ese tiempo habían coincidido con ella en las salas de tratamiento o en sus periodos de ingreso. Celebró cuando Matilde se recuperó y pudo volver a casa o cuando Antón, aquel señor tan agradable que bromeaba con su abuela, salió airoso de su operación de próstata.
No fue de extrañar que al acabar su diplomatura se especializara en oncología, ni que Lucas le ofreciera una beca de colaboración que, más tarde, la llevó a formar parte de su equipo.
Conocía a su jefe mucho antes de que este lo fuera, cuando solo era un médico de oncología más a las órdenes del jefe del departamento. Lucas había formado parte del equipo médico que había diagnosticado y tratado a Helena, la había visto a su lado durante todo el proceso, hasta el final, y después, cuando Eva iba de voluntaria como apoyo a los pacientes varias veces por semana.
El personal de oncología debía cumplir unos requisitos no solo técnicos o formativos, sino también psicosociales, y ella creía que los cumplía o, por lo menos, lo había creído hasta ahora.
Por primera vez en mucho tiempo, Eva no sabía quién era ni qué hacer con su vida. Ese trabajo que hasta el momento la llenaba se había ido convirtiendo poco a poco en un tormento. Estaba agotada de luchar contra una enfermedad que no tenía escrúpulos y acababa con grandes y pequeños.
«Nada pueden hacer contra ella», ese pensamiento había arraigado en su mente y, como una semilla que ha encontrado tierra fértil, estaba creciendo sin control. Y lo peor era que ya no sabía cómo hacerle frente.
Había hablado con Lucas, y este, viéndolo como algo normal, le había aconsejado centrarse solo en los pensamientos positivos.
Eva se consideraba una persona optimista. Concentrarse en lo positivo debía resultarle fácil, pero había situaciones en las que no había nada a lo que agarrarse. Por ejemplo, cuando, antes de acabar el año, Rosa ingresó de urgencia. Rosa hacía poco tiempo había tocado la campana, superando un complicado cáncer de útero que la había obligado a someterse a un vaciado y a una doble mastectomía preventiva. Había vuelto a casa a disfrutar de su segunda oportunidad, como ella lo llamaba. No era justo que le volviera a pasar.
La recaída fue un duro golpe para Rosa y su familia. La luz y la fuerza que antes proyectaba se habían apagado, y Eva sintió la obligación de avivar esa llama y conseguir que su paciente volviera a luchar.
Se involucró en ese caso, mucho más allá de sus obligaciones laborales, dando toda su energía. Probablemente ese fue su error, lo dio todo y no dejó nada para su recuperación.
Rosa no llegó al día de Reyes.
Dejó una niña de apenas quince años, una edad complicada en la que más que nunca se necesita una madre, y un marido desorientado, ya que Rosa, con su vitalidad, había sido siempre el eje de la familia.
«¿Qué será de nosotros ahora?», era la pregunta que el hombre le había hecho una y otra vez entre sollozos hacía escasos minutos, mientras sus lágrimas mojaban el uniforme de Eva. ¿Y qué decir en ese momento? Las típicas frases en la línea de «Ha sido lo mejor, ya que ha dejado de sufrir» a Eva le parecieron vacías e insustanciales. Lo cierto era que aquel hombre y aquella niña debían pasar por varias etapas de duelo, todas ellas muy duras. Eva lo sabía de primera mano, sabía que el sentimiento de vacío nunca se iría y que el recuerdo los acompañaría toda su vida. Finalmente, otros familiares habían llegado y Eva les dio el relevo. Al despedirse de la pequeña, esta le había entregado un paquete arrugado que hasta el momento había agarrado como un tesoro. Era el regalo de Reyes que, con sus propias manos, le había hecho a su madre, y se lo entregó a Eva pidiéndole que se lo diera a alguien que lo pudiera necesitar.
¿Qué había de positivo en aquello?
Compungida por la pérdida de su amiga, Eva se dirigió a la sala de enfermeras con la esperanza de encontrar un poco de soledad para recuperarse. No fue así. La sala estaba llena, sus compañeras habían organizado una reunión alrededor de un gran roscón y desayunaban animadas. No se lo reprochó, era un día especial, y estaban trabajando, lo normal era que intentaran sobrellevarlo lo mejor posible. Se disculpó diciendo que no se encontraba bien y se marchó buscando otro sitio para estar sola.
Caminaba cabizbaja por el largo pasillo cuando a su espalda escuchó cómo Lucas la llamaba y se giró lentamente. Este no le dio tiempo a hablar, con una gran sonrisa dibujada en la cara comenzó a hacerlo él. No pudo decirle que estaba mal; emocionado por lo que quería contar, no se percató de que ella necesitaba un hombro sobre el que llorar.
—Eva… Estoy feliz —declaró agarrándole las manos para que ella lo mirara. No esperó respuesta por su parte, no vio sus ojos tristes, cegado por su propia alegría—. Por fin, después de tantos años intentándolo, por fin voy a ser papá. Acaba de venir Sandra a decírmelo, hemos hecho una eco y está todo bien. Vamos a tener un bebé, Eva. ¡Por fin!
Hizo el esfuerzo de sonreír y lo abrazó para que no leyera en sus ojos que la noticia le había caído como un jarro de agua helada. Se alegraba por la pareja, por supuesto. Llevaban intentando ser padres desde hacía tiempo y no lo habían pasado bien. Era una buena noticia, pero llegaba en un momento en el que se encontraba muy vulnerable. No pudo evitar comparar el abrazo del marido de Rosa con el de Lucas, tan distintos. La vida era demasiado arbitraria.
No fue muy efusiva y su jefe lo notó. La separó de él y observó su expresión, a esas alturas se conocían demasiado bien, se podía decir que eran además amigos.
—¿Qué ha pasado, Eva? ¿Por qué estas así? —intentó averiguar y ella no lo escondió.
—Rosa —anunció.
—¡Oh! ¡Vaya! No sabía que ya… —No continuó hablando. Y volvió a abrazarla, esta vez trasmitiéndole su apoyo—. ¿Necesitas hablar?
Ella negó con la cabeza.
—Me vendrá bien estar sola un momento.
—Entiendo. Si me necesitas, ya sabes dónde estoy —declaró él—. Voy a dar el pésame a su familia. —Ella asintió—. Y, Eva…, vete a casa. Tu turno está a punto de acabar y llevas metida en el hospital sin apenas salir casi dos semanas. Tómate unos días si lo necesitas.
—Gracias… Y enhorabuena, espero que salga todo bien con el bebé.
Lucas sonrió y le apretó el brazo cariñosamente.
—Llámame loco por querer traer a este mundo de mierda a un indefenso ser. —Se encogió de hombros y se marchó eufórico.
Siguiendo el consejo de su amigo, vació su taquilla de ropa sucia, dejó en ella el paquete que le había dado la niña, sin fuerzas para abrirlo, y se marchó a casa.
Aquello fue un error, ya que al llegar a su piso, que había permanecido cerrado varios días, lo encontró helado y vacío. No era el lugar acogedor que necesitaba. Le hizo añorar la casa de su abuela, con esa mesa camilla en la que Helena pasaba las horas muertas leyendo al calor del brasero. Aquello sí era un hogar, su hogar, pero lo había perdido al fallecer ella porque se trataba de un alquiler sin contrato de bajo precio y el propietario decidió vender. No disponía de dinero suficiente para comprarlo, así que se conformaba con observar desde la calle cómo los nuevos inquilinos disfrutaban en su interior cada vez que pasaba por allí.
Abandonó sus cosas en el sofá y subió las persianas con la intención de que el tenue sol de enero iluminara las estancias. Cruzó el salón para encender la calefacción en el termostato instalado en la pared y, al hacerlo, se percató de que un piloto rojo parpadeaba en su teléfono. Le extrañó, ya que nadie solía llamarla al fijo. Había pensado en más de una ocasión en darlo de baja, pero por dejadez seguía operativo.
Tomó el auricular y pulsó el botón para reproducir el mensaje:
—¿Eva? ¿Estás ahí? Bueno, imagino que es cierto que estás trabajando. Te llamaba solo para decirte que hemos explicado tu ausencia en estas fechas diciendo que estás en África de voluntaria, así que, bueno… Si te encuentras con alguna de nuestras amistades, aunque lo dudo, porque por suerte te mueves en otros ambientes, por favor, di que estas de vuelta solo por unos días. De ese modo no tenemos que vernos obligados a invitarte más veces y tú tampoco a declinar la invitación como acostumbras a hacer… Bueno, eso era todo. Adiós.
Así se despedía su hermana, no con un «que te vaya bien» o un «gracias». «Adiós». Seguro que era más cariñosa con la mujer que le hacía la cera.
En fin, ese mensaje cortaba la poca unión que le quedaba con su familia. Una excusa perfecta para no tener que volver a relacionarse con ellos.
Tenía vagos recuerdos de haber jugado de pequeña con su hermano Fede, como ella le llamaba con cariño, hasta que él le pidió que dejara de hacerlo. Con Catalina, en cambio, jamás había interactuado. Eva aprendió pronto a pasar desapercibida, porque en las contadas ocasiones en las que su hermana mayor se dignó a mirarla, siempre fue para darle un sermón o corregir su comportamiento de forma ofensiva.
Su padre, procedente de una importante casta de abogados, era juez, como había sido su abuelo, y su hermano Federico, ya letrado, iba por el mismo camino. Catalina, por supuesto, se había casado con otro picapleitos, al que Eva no soportaba, porque no solo era un estirado, sino también arrogante y tan perfeccionista que hacía que su hermana pareciera un desastre.
En las contadas ocasiones en las que había sido inevitable encontrarse, Eva había observado la difícil existencia que tenía su hermana, siempre a las órdenes de un hombre machista y desagradecido, que no se contentaba con nada que ella hiciera, algo que demostraba a voces, bien alto, para que a nadie le pasara desapercibido lo inútil que era su mujer. Y es que, después de tantos años siendo la hermana mayor perfecta, Catalina ahora sufría en silencio un importante maltrato psicológico, aunque lo inaudito era que nadie en su ambiente lo consideraba tal, ya que habían sido educados desde bien pequeños para que ese trato vejatorio les resultara algo completamente normal.
Eva no se compadecía de Catalina, que estaba recogiendo lo que había sembrado a lo largo de su vida, y tampoco creía que esta lo viera como lo que era en realidad. ¿O acaso Amélie, su madre, había sido distinta?
En cambio, sí se lamentaba por sus cinco sobrinos, los tres hijos de Catalina y los dos de Federico, que estaban siendo educados en el mismo ambiente machista y retrógrado. Eran corregidos de forma humillante cuando se permitían ser lo que eran, niños con inquietudes. Siempre pulcramente vestidos, quietos y callados. Era una forma de educar tan distinta a la que estaban usando Daniela y Leo o Marta y Toni para criar a sus hijas que a Eva le daba mucha pena ser consciente de cómo sus hermanos estaban destruyendo la infancia de sus sobrinos. Pero poco podía hacer, salvo rehuir ese tipo de educación.
A quien nunca había llegado a entender era a su madre. Amélie no pertenecía a ese ambiente, era la única que había entrado en él por decisión propia. Sus hermanos, su padre y la familia de este tenían una razón obvia para ser de ese modo, su educación, pero su madre… Helena no la había educado así. Eva hacía años que había dejado de intentar comprenderlo y buscar un apoyo en ella.
Amélie no había hecho nada cuando Eva decidió continuar el instituto para estudiar Enfermería y su padre montó en cólera, y achacó su comportamiento a los pájaros que «esa maldita vieja», refiriéndose a Helena, le metía en la cabeza. A partir de ese momento, Eva tuvo que empezar a escabullirse para continuar viendo a su abuela.
Finalmente, su padre permitió que siguiera estudiando, pero impuso dónde debía hacerlo. Así que fue enviada a un colegio privado en Oxford y matriculada en la rama de letras para que, si quería estudiar, lo hiciera en el negocio familiar. El derecho sería su única salida posible y su madre siguió sin actuar.
Durante los dos años que estuvo allí apenas vio a sus padres, y su abuela la visitó a escondidas en alguna ocasión, pero se hablaron y se escribieron mucho, manteniendo, de ese modo, el contacto.
Si de niña Helena le había enseñado a disfrutar de la vida y a ser feliz, de adolescente, con sus cartas, le enseñó lo importante que era ser ella misma y luchar para conseguirlo. Aún guardaba esas notas cargadas de sabiduría, que, ahora que Helena ya no estaba, mantenían vivos sus consejos y le recordaban, al releerlas, cómo hacer frente a sus momentos de flaqueza.
Eva se graduó en el grado de letras como quiso su padre, pero asistió, de forma paralela, de oyente a todas las clases de ciencias que consideró le serían útiles en un futuro. Se mató a estudiar y apenas se relacionó con sus compañeros, todos ellos tan estirados como su familia.
Con dieciocho años recién cumplidos, rompió las normas de su padre, consiguió el acceso a la Escuela de Enfermería y se marchó a vivir con Helena. A partir de ese momento fue libre, y las visitas y relaciones con sus padres y hermanos se mantuvieron solo para salvar las apariencias. Catalina, con su llamada, había puesto fin incluso a eso.
Eva se sentó en el sofá. No estaba afectada, en realidad no le importaba. Pero, tras aquello, ya no le quedaba nadie. Preocuparse por su familia como hacía Lucas ahora por Sandra, y dentro de nada también por su pequeño, estaba fuera de lugar. No tenía un hombro en el que llorar, un compañero con el que reír, un niño al que enseñar y criar. No era el eje de una familia como lo había sido Rosa.
¿Qué tenía ella? ¿Una familia odiosa que no la quería en su entorno? ¿Unas amigas que poco a poco se alejaban, formando su propia familia? ¿Unos pacientes que iban y venían? ¿Un jefe que era su apoyo, pero que se apoyaba en otra persona?
Realmente, a sus treinta años, Eva no tenía a nadie porque así lo había decidido.
Hasta el momento no había echado nada en falta. Había sido feliz, ¿verdad? ¿Y por qué ahora no? ¿Qué había cambiado?
Lo cierto era que ella no había cambiado, lo había hecho su entorno. Había evolucionado dejándola al margen.
Esa tarde, acurrucada en su sofá y tapada con la manta decidió ver Cuento antes de Navidad. Una historia perfecta para hacer balance de su vida. No se consideraba una persona huraña como el señor Scrooge, pero sí tenía que cambiar algo si no quería terminar sus días sola.
Las amigas de Eva, tan centradas en sus vidas, habían dejado de ser una buena compañía los fines de semana. Lo pasaba bien con ellas, organizaban alguna cena, visitaban algún museo, llevaban a los niños al parque… Las cosas entre Eduardo y Sol iban viento en popa, los hermanos habían comprado una parcela con la intención de hacer dos chalets independientes, pero lo suficientemente cercanos para que las familias pudieran crecer juntas. Así que últimamente en las reuniones acababan discutiéndose temas como de qué tamaño sería la piscina o cuántos baños tendría la vivienda. No eran temas de interés para Eva, así que poco a poco fue espaciando sus visitas, intercalándolas con otras compañías.
Comenzó a salir con un grupo de compañeras, algo más jóvenes que ella, pero con inquietudes e intereses parecidos. Durante los tres meses siguientes a Navidad, había visto a sus amigas en contadas ocasiones. Lucas, centrado en cerrar temas laborales antes del nacimiento de su bebé, apenas pasaba por el hospital, viajando de forma frecuente. En consecuencia, Eva no tenía con quién desahogarse y había comenzado a guardar en su interior las cosas que le preocupaban.
El último sábado de marzo salió con sus compañeras para celebrar la llegada de la primavera, fueron a una fiesta Flower Power vestidas de hippies sesenteras. Y lo pasó genial, bailó, bebió, rio… ¿Qué más se podía pedir a una noche de fiesta? ¿Un tío macizo? También lo hubo, Alex o Alexei, no se preocupó mucho por recordar el nombre. Lo cierto es que no hablaron demasiado, y el suyo más bien fue un encuentro rápido en el baño.
Regresó a casa bien entrada la mañana, aún disfrazada, con el peinado deshecho y el maquillaje corrido. Sin preocuparle mucho su aspecto decidió entrar en una cafetería para comprar un desayuno take away.
Se colocó en la cola para pedir, ojeando su móvil, sin percatarse de que Ismael estaba unos puestos delante de ella, pero se dio cuenta cuando escuchó una voz familiar y alzó la mirada. Aquel hombre había sido su debilidad, no solo por su aspecto, sino porque el fin de semana que pasaron juntos sintió que él comprendía perfectamente cómo se sentía con respecto a su trabajo. Egoísta por revivir ese fin de semana, se dispuso a regalarle su mejor sonrisa.
Cuando Ismael se giró cargando su bandeja, la sorpresa por ver allí a la tentadora Eva se dibujó en su rostro. Se tomó un momento para observarla. Eva fue consciente de que los restos de su noche de fiesta eran demasiado patentes, pero estaba segura de resultarle atractiva incluso de ese modo. Un educado Ismael le devolvió la sonrisa y se paró a su lado para saludar.
—Buenos días, ¿o debería decir «buenas noches»? —dijo pícaro.
—Creo que es obvio que buenas noches —manifestó ella con voz cantarina—. ¿Cómo te va?
—Bien, aunque veo que no tanto como a ti. Para mí también son buenas noches, aunque es porque he estado trabajando.
—Había que dar una buena bienvenida a la primavera —se justificó ella.
Se había portado mal con Ismael, había permitido que él conociera más de ella de lo que estaba dispuesta a mostrar, y lo había resuelto liándose con su amigo delante de él. De ese modo, había dejado claro que lo suyo no había significado nada, aunque no era cierto. Ismael la había escuchado y aconsejado como un amigo; si ella no hubiera sido tan cautelosa, su relación podría haber llegado a algo.
Rememorando lo agradable que fue hablar con él, osó intentarlo.
—¿Tienes tiempo para ponernos al día? Hace mucho que no nos vemos —preguntó. Ismael pareció sorprenderse ante su petición y Eva cambió su expresión por una súplica silenciosa, en un intento de ablandarle.
—Esto… yo… Hoy… Estoy acompañado —respondió él señalando con la mirada hacia el fondo de la cafetería.
Eva siguió su mirada y observó a una preciosa morena sentada sola esperando en una mesa. Una cita. Bien, se sintió como una mierda y quiso que la tierra la tragara.
—Se llama Amaya, llevamos poco tiempo juntos, pero la cosa parece que va bien. De todas formas, no tengo problema en que nos veamos como amigos. Así que llámame y quedamos para ponernos al día, ¿OK? —propuso amablemente.
Tras ello desapareció portando su bandeja hacia el fondo de la sala. Eva entró en shock, no porque quisiera algo más con él de lo que este había propuesto, sino porque era otra persona de su entorno que había seguido adelante. Pidió un café descafeinado, ya que ese golpe de realidad le elevó el ritmo cardiaco, y sintió una ligera opresión en el pecho.
Pese a la llegada de la primavera, y con ella los primeros días soleados, los primeros brotes verdes en los árboles y las primeras flores, aquella semana fue excesivamente cruel. Como si de una plaga se tratase, perdieron pacientes a un ritmo más rápido del habitual. El lunes la familia de Carlos avisó de que este no iría a su tercera fase de quimio, ya que una neumonía atroz se lo había llevado por delante ese fin de semana. El martes fue la señora Gómez, que a sus ochenta años se encontraba ya en cuidados paliativos. El mi
