Todo del revés - Amy Realto - E-Book

Todo del revés E-Book

Amy Realto

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Beschreibung

Cuando el espejo te muestra un desconocido es momento de cambiar. Estoy cansado de defender una imagen que no se corresponde conmigo. No soy un bruto. No soy insensible, aunque sí un poco gruñón. He hecho cosas en mi vida de las que no estoy orgulloso, cosas que me están pasando factura. Por eso, cuando veo en qué se ha convertido María, el circo que ha montado alrededor de su persona, no puedo entenderlo y menos participar de él. Me parece una niñata superficial y no estoy dispuesto a que me arrastre a su mundo. ¿Yo haciendo el paripé en las redes sociales? Ni de coña. ¿O quizá sí? María ha llegado para ponerlo todo del revés. Pude resistirme mientras fui capaz de odiarla, pero ahora que he descubierto que la niña asustada e insegura sigue ahí, me he dado cuenta de que estoy perdido.   Títulos de la serie Hilo rojo: Si el destino quiere Ella es única Somos mil atardeceres Todo del revés Persiguiendo quimeras - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 386

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2022, 2025 Amalia García del Real Torralva

© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Todo del revés, n.º 425 - septiembre 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9791370006297

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Cita

Dedicatoria

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Segunda parte

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Tercera parte

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Epílogo

Carta a mis hijos

Cita

 

 

 

 

Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias.

El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

 

Proverbio chino

Dedicatoria

 

 

 

 

A ti, porque los dos sabemos que tras tu apariencia seria y reservada se esconde un corazón noble y dulce.

Primera parte

 

 

Tensando el hilo

Capítulo 1

 

María

 

 

 

 

Murcia, en la actualidad

 

Me desperté cuando llegamos a Cartagena y mi cuerpo percibió la cercanía del mar. Pese a la climatización del vehículo, sentía la camiseta pegada a la piel, por eso lo supe. No abrí los ojos, dejando que Santi pensara que aún dormía. No estaba preparada para oírle renegar de lo mala que era la carretera o, quizás, quería retrasar la bofetada de nostalgia que me darían los recuerdos.

Había abandonado la ciudad de mi infancia y mi adolescencia, con poco más de veinte años, sin mirar atrás. Lo había hecho sabiendo que no dejaba nada que quisiera llevarme, pero el destino me había traído de regreso.

Escuché las indicaciones del navegador, que nos dirigía hacia Perín. Conocía la carretera y, aunque seguro que habría cambiado mucho, pronto vinieron a mi mente las imágenes de los campos de algarrobos que crecían a los pies de la Sierra de la Muela.

Santi protestó. Al parecer, el navegador se había perdido y necesitaba de mi memoria para continuar. Como una experta actriz me desperecé y observé adormilada el paisaje. El lugar era muy diferente al de mis recuerdos y me costó ubicarme. La carretera en ese punto era intransitable para un deportivo, así que tuvimos que retroceder. Dimos un pequeño rodeo, en el que pude comprobar que la finca de mi padre ya no era tan solitaria como antaño. Los campos de cultivo tradicional se habían reducido y casi no quedaban árboles en pie. Miraras donde miraras, el paisaje era austero y lo rompían solo las casas de campo con piscina que se habían ido construyendo en los últimos años.

—Es aquella —señalé con una mezcla de alegría y reserva.

—Esto está en Mordor, pero no es tan mierder como me habías dicho.

Mi padre había reformado la casa y ya no se parecía en nada a la construcción vieja y destartalada que yo recordaba.

Santi aparcó en la puerta, bajó del coche y yo lo seguí. Aunque habían pasado muchos años desde mi último viaje a Murcia, mi padre y yo nos veíamos con frecuencia. Hacía apenas un mes, habíamos estado los tres de crucero por el Mediterráneo. Un viaje cuya intención había sido acercar a Santi y a mi padre para que se conocieran mejor.

Llamamos a la puerta y Antonio salió a abrir. Pese a su edad, mantenía un aspecto saludable. Había sido mi primer follower y, con toda probabilidad, la persona que mejor seguía mis consejos después de mí misma, así que era la prueba de que mi sistema funcionaba.

Mi padre abrió el portón para que Santi metiera el coche en la parcela, teniendo cuidado de que la perra no se escapara, y a mí me abrazó con cariño, instándome a entrar.

—Al final lo hiciste —le dije, observando la vivienda, sin entender muy bien por qué se había molestado.

De niña habíamos vivido en un piso en la ciudad de Cartagena. No era muy grande, pero a mí me parecía perfecto. Mi madre me recogía en el colegio. En el camino a casa había un parque en el que, si me había tomado toda la merienda, me dejaba jugar un rato antes de regresar.

Una tía de mi padre, al fallecer, le había dejado en herencia esa parcela en Galifa. En aquella época, no era más que varias decenas de algarrobos abandonados que habían crecido salvajes y una casa destartalada e inhabitable, pero mi madre había visto algo especial en aquella edificación ruinosa. La cantidad de trabajo que necesitaba fue la razón por la que comenzamos a pasar tanto tiempo allí. Al principio alguna tarde y, cuando la vivienda estuvo adecentada, los fines de semana. Más adelante, construyeron una piscina y nos quedamos todo un verano.

A mi madre le encantaba aquello. No le importaban los bichos, ni su fachada desconchada, ni el olor a rancio de sus habitaciones.

Mientras mi hermano Antoñín y yo jugábamos en el agua, ella se sentaba a dibujar a la sombra del laurel con su cuaderno y sus acuarelas. En sus pinturas la casa cobraba vida y competía con el color azul del cielo.

Al observar la casa en ese momento, me di cuenta de que mi padre había dado forma a los sueños de mi madre.

 

 

Santi y yo nos instalamos en mi habitación, que parecía, junto con la piscina y la zona del cenador, lo único inmutable en el tiempo. Me dio rabia que papá hubiera mantenido todo igual, como si la niña que salió de allí fuera a regresar algún día.

Por lo menos Santi se abstuvo de comentar nada.

 

 

—¡Jolín! Es que no hay cobertura en ningún sitio —me quejé desesperada—. Necesito revisar las cuentas y quería hacer streaming.

—En la piscina, suele haber. A veces se va, pero luego vuelve —respondió tranquilo mi padre.

—No entiendo por qué te empeñas en vivir aquí. No quiero ser hater, pero es taaan rural.

No esperé respuesta, siempre discutíamos por lo mismo, así que me dirigí a la piscina con el brazo en alto a modo de antena, buscando señal.

Llegó, como dijo mi padre, y me dio tiempo a revisar los perfiles por encima, ya que tardaron una eternidad en descargarse. También respondí algunos de los comentarios que habían puesto mis seguidores con respecto a mi última publicación.

—He dejado perfect el trabajo para este fin de semana —dije a Santi, que disfrutaba de una cerveza junto a papá en el porche—, pero tendremos que ir a algún sitio civilizado el lunes, porque aquí es imposible trabajar.

—Puedo reservar en el spa de San Pedro del Pinatar, ¿te hace?

—Estaría bien. Podría hablar con ellos… Quizá les interesa que haga desde allí streaming o que ponga un swipe up de su web en stories, incluso podemos hacerun house tour.

—¿No os vais a quedar? —preguntó mi padre.

—Imposible… Esto no da para más de dos días, tengo que mantener mi nivel —respondí.

—Antes te gustaba —comentó decepcionado.

—Papá, siempre lo he odiado.

—Te gustaba, aunque ya no te acuerdes —murmuró entrando en la casa para hacer la cena.

Santi permaneció callado, aunque con su mirada me dio la razón. El pobre no había dicho nada y aquel lugar era para hacer next.

A ver, no era que fuera horrible. Bien mirado era hasta bonito, pero digamos que nuestro concepto de la belleza era algo menos rústico. Puede ser que fuéramos dos snobs demasiado cosmopolitas, pero es que allí no se podía hacer gran cosa.

Solo pasear.

Aquella noche salí con mi padre y la perra a dar una vuelta. Santi no nos acompañó porque estaba cansado y prefirió irse a dormir. Había conducido, él solo, todo el viaje desde Barcelona. No era que yo no supiera o no me gustara hacerlo, solo que delante de Santi prefería evitar coger el coche, porque él tenía una forma muy particular de comentar mi forma de conducir y, al final, siempre acabábamos discutiendo.

Durante el paseo nos acompañó la perra de papá. Tenía la misma vitalidad que Donna y expresiones que me recordaron mucho a ella, incluso la había llamado igual.

Cuando nos mudamos a aquella casa, papá me compró a Donna con la única intención de llenar un vacío y, aunque la perrita me regaló muy buenos recuerdos, no cumplió su cometido. No fue suficiente.

Caminamos en silencio, respirando el aire fresco de la noche, mientras el animal corría feliz a nuestro lado. Papá le había puesto un collar que brillaba en la oscuridad, y que era lo único que veíamos moverse.

—Parece un ovni —comenté, y él rio. Merecía un snap, así que tomé una foto.

—Es que siempre la perdía de vista y al comentarlo en el veterinario me vendió ese collar. Se recarga por «usebé». —Llamó a la perra, para atarla cuando casi estábamos en casa—. Entonces, ¿no os quedáis unos días más?

—Papá, hemos venido porque Santi tenía una reunión y lo he acompañado porque queremos ver algún terreno cerca para construir nuestra casa. ¿No llevas años pidiéndome que vuelva? He decidido hacerlo. Deberías alegrarte de que por fin te haya hecho caso.

—Sí, hija, y lo hago pero, no sé, pensé que haríais todo eso desde aquí. Me gusta tenerte en casa.

—Pero es que no puedo trabajar sin cobertura, y los followers se resienten en cuanto desaparezco unos días. Los haters y los stalkers hacen mucho daño a mi feed. Además, me debo a los brand deals.

—No he entendido nada —me dijo, pero, a su manera, sí lo había hecho—. ¿Y si pongo «internés»?

—No creo que tenga velocidad suficiente, pero de todas formas tardarán un tiempo. Quizá la próxima vez.

Pareció conformarse y no volvió a sacar el tema.

 

 

Por la mañana, Santi y yo nos levantamos dispuestos a hacer una excursión. Había un par de lugares en la sierra a los que me apetecía ir, porque si seguían tan bonitos como yo recordaba, iban a quedar perfectos en mis redes. Pero salimos más tarde de lo esperado y se nos echó el calor encima.

—¡Estas botas son una ful! —se quejó Santi por enésima vez.

Las botas nuevas de senderismo, que me habían enviado la semana anterior para promocionar, le estaban haciendo rozaduras.

—Te dije que les dieras forma antes. Son buenas, solo tienes que domesticarlas.

—Por el precio que tienen debería sentir los pies en una nube y están en un infierno.

—No había quien te sacara esta mañana de la cama, así que no te quejes.

—Esto parece un puto desierto…

Me estaba hartando, así que preferí no entrar a discutir.

Cuando por fin llegamos lo bastante alto como para disfrutar las vistas de El Portús, enmarcado entre el Puntal del Moco y Los Caramanchones, estábamos agotados. Santi de andar y yo de escuchar sus quejas, y aún nos quedaba un tercio del recorrido.

Nos permitimos descansar un rato. Mi idea era hacer unas grabaciones para un reel cortito con ejercicios sencillos para realizar en la naturaleza, ya que siempre los hacía indoor, pero no me atreví a pedírselo y arriesgarme a que empeorara su mal humor. Me limité solo a tomar unas fotos y hacerme algún selfie. Luego descendimos en silencio, evitando una discusión.

Cerca del mediodía llegamos a casa, sudados, pegajosos y agotados, y Santi, además, cojo y malhumorado. Entró directo a la casa, saludando con un gruñido a mi padre y a su visita. Me pareció tan descortés que, aunque el cuerpo me pedía a gritos una ducha, me detuve a saludar.

—María, ¿recuerdas a Ángel? —dijo papá.

Claro que lo recordaba.

Capítulo 2

 

Ángel

 

 

 

 

Murcia, hace más de veinte años

 

Cerré la puerta de golpe siguiendo a mi padre hacía su coche. Ambos sentimos la vibración de la pared y el tintineo de los cristales del recibidor, lo que provocó una mirada acusadora del viejo.

La voz de mi madre regañándome por el portazo se escuchó desde el interior.

Estaba enfadado y no quería ocultarlo. Necesitaba que ambos supieran que, de entre todos mis hermanos, no era justo que tuviera que acompañarle yo. Me importaba una mierda que su amigo Antonio le hubiera pedido opinión sobre una obra. Seguía sin entender qué pintaba yo con ellos.

Desde que les había dicho que pasaba de seguir estudiando porque, a la vista de mis notas, no era lo mío, ellos habían empezado a llenar mi verano de obligaciones y mierdas, y, mientras, Leo podía pasarse las horas sentado en nuestra habitación haciendo que estudiaba.

—Leo tiene que despejarse un poco —había dicho mi madre cuando sugerí que fuera él el que acompañara a nuestro padre—, ha estado toda la mañana estudiando.

—¿Y qué? Yo he estado durmiendo y tengo que espabilarme. Además, he quedado con los colegas.

Mi madre me lanzó una de esas miradas suyas que no te daban opción a replicar y supe que daba igual lo que dijera. Me había tocado ir con mi padre a casa de su amigo.

Entré en el coche de mala manera y me mantuve en silencio todo el trayecto. Odiando a mis hermanos, a los que les dejaban hacer todo lo que querían.

—Antonio quiere una barbacoa en la piscina y ver si hay hueco para poder techarla haciendo un cenador —explicó mi padre ajeno a mi mal humor.

Yo respondí con un gruñido.

—Mira, Ángel, has decidido no seguir con tus estudios. Con casi dieciocho años tienes que pensar en tu futuro —intentó razonar mi padre—. Si no quieres estudiar, tendrás que buscar una profesión.

—Conozco esta profesión, papá. ¿Quién coño va contigo siempre a todos los sitios? —El viejo retiró la vista de la carretera para mirarme; no le gustaba que dijera tacos, pero me dio igual—. El único de todos nosotros que se pringa de mierda contigo soy yo. Así que creo que no tengo mucho que aprender.

—No te engañes, siempre hay algo nuevo que aprender.

Me dieron ganas de decirle: «Y una mierda», pero sabía que con esa respuesta me ganaría una colleja, así que me callé.

Resignado, esperé que no se entretuviera mucho en casa de su amigo, para que, al menos, me diera tiempo de bajar a la playa a jugar un rato al fútbol con los chicos.

 

 

La casa de campo de Antonio era vieja y necesitaba una buena reforma, no solo una barbacoa en la piscina, pero el tipo estaba centrado en mejorar el exterior. Yo le habría dicho: «Tíralo todo abajo y levanta otra», pero mi padre alabó la construcción tosca pero resistente que se utilizaba antaño y, como siempre, le vio mucho potencial. Mi viejo era único sacando brillo a las cosas deslucidas.

Después de ver lo que querían enseñarnos, Antonio y su mujer quisieron agradecernos el favor invitándonos a tomar algo.

—¿Una cerveza, chico? —me preguntó Antonio.

—Mejor una Coca-Cola, ¿verdad? —corrigió su mujer sin darme tiempo a responder a la par que miró a su marido reprendiéndole.

Me llamó la atención la sonrisa boba del hombre.

Al final me pedí la Coca-Cola, aunque habría preferido una cerveza. Por lo menos, de ese modo, el viaje habría merecido la pena.

Nos sentamos en el porche a tomarnos las bebidas y algo de pasto seco que sacó la mujer, mientras los hombres hablaban.

Aburrido, me limité a observar a mi alrededor, esperando que el tiempo pasara rápido y mi viejo no se enrollara demasiado.

Los hijos de la pareja llegaron un poco después, atraídos por la certeza de que estábamos comiendo algo rico. Lo hicieron de la mano, lo que me pareció extraño, ya que a mí no se me ocurriría dar la mano a mi hermano Juan, aunque debía de tener más o menos la edad de esa cría.

Me los presentaron como Antoñín y María. El chaval era de la edad de Eduardo, y me sonaba de haberle visto en alguno de los partidos de fútbol de mi hermano en Cartagena. La niña, en cambio, era una cría demasiado pequeña para fijarse en ella.

Con las prisas que me habían metido para ir justo esa tarde a ver lo del rollo de la barbacoa, cualquiera hubiera pensado que el trabajo lo haríamos antes de acabar el verano, pero no. Las cosas con los clientes eran así. Te avisaban con urgencia porque necesitaban un presupuesto, pero lo hacían antes de tener dinero para hacer nada, así que los trabajos se retrasaban.

No fui a trabajar a aquella casa hasta el verano siguiente.

 

 

Para cuando volví por allí, llevaba ya varios meses trabajando con mi padre. Al contrario que mis hermanos, yo era el único que tenía algo de dinero propio para divertirse e incluso me había sacado el carnet de conducir. Mi verano no se presentaba como los anteriores, porque con dinero y un coche iba a intentar sacarle todo el pringue posible. Hacer una barbacoa era algo sencillo, así que mi viejo me envió una tarde a comenzar con ello. Hacía poco que el trabajo se nos había duplicado y, aunque Leo y Eduardo nos echaban una mano cuando sus estudios se lo permitían, yo era el único en el que mi padre confiaba para dejar solo.

Llegué a media tarde porque antes había pasado a recoger los materiales por el almacén. Antonio ya me esperaba en la finca. Ese día solo me daría tiempo a descargar y preparar el terreno para comenzar a trabajar al día siguiente. No pensaba entretenerme mucho, ya que había quedado con mis colegas para ver el partido en el bar del puerto mientras tomábamos algo, y quería pasar por casa a quitarme la mugre del día.

No me molesté en hablar mucho con él. Era el amigo de mi padre, no mío, y mi meta era salir de allí cuanto antes.

El hombre me dio las llaves, porque aquella no era su vivienda habitual y al día siguiente no habría nadie. Prefería trabajar solo, sin ningún cliente observando detrás de mi oreja y preguntando continuamente. Así que me pareció chapó.

Imagino que como se percató de que le iba a dar poca conversación, me dejó solo y se dedicó a sus cosas.

La niña asomó la cabeza un par de veces por allí para curiosear, agarrando una muñeca. Para estar en época de crecer, no me pareció que hubiera cambiado mucho desde el año anterior, seguía siendo una niña pequeña. No le dije nada, ocupado en descargar la furgoneta cuanto antes.

Estaba a lo mío cuando Antonio se me acercó con la cara descompuesta.

—Chico, ha pasado algo y tengo que irme —me dijo nervioso—. Mi mujer…, mi hijo… Necesito que te quedes aquí con María hasta que pueda venir alguien a por ella.

No me hacía ni pizca de gracia quedarme con la mocosa, pero por cómo se comportaba su padre, debía de haber pasado algo grave, así que asentí y el hombre se marchó de allí agradeciéndomelo en un murmullo.

Desde mi posición pude ver cómo la niña se acercaba a su padre, sin entender por qué este se marchaba sin ella. Antonio se agachó, para ponerse a su altura, y debió de explicarle que se tenía que quedar conmigo, porque ambos me miraron desde la distancia. Ella con recelo.

Luego el hombre se marchó, y la niña vino a sentarse cerca de mí.

—Enseguida viene alguien a por ti, no te preocupes —le dije al ver su expresión y seguí con lo mío.

Un buen rato después, había avanzado en mi trabajo mucho más de lo que tenía pensado en un principio, pero nadie había llegado a por la cría. Miré el reloj y me di cuenta de que no llegaría a ver el inicio del partido. Maldije molesto y la niña me miró. Mi madre me daría una colleja si se enteraba de que había soltado un taco delante de ella.

Había estado observándome trabajar en silencio, abrazada a su muñeca todo el rato, sin abrir la boca.

Cuando la luz se fue y se me hizo imposible seguir trabajando, limpié la herramienta y lo dejé todo recogido para seguir con ello al día siguiente. Me acerqué al coche, con la niña pegada a mi cuerpo, como si la pobre pensara que era capaz de marcharme sin ella y dejarla sola.

Me fijé en que en mi móvil había varias llamadas perdidas de mi madre. Se emperraban en que llevara ese trasto y a mí no me gustaba nada sentirme controlado todo el rato, así que solía dejarlo tirado en la furgoneta.

Le devolví la llamada.

—Ángel, ¡por fin! —dijo nerviosa—. Está María contigo, ¿verdad?

—Sí —respondí mirando a la pequeña, que me observaba con sus grandes ojos negros como un búho.

—Ha pasado algo terrible. Su padre nos ha llamado hace un rato destrozado y le he dicho que nos ocuparíamos de ella. Toda su familia está…

Mi madre me explicó, entre sollozos, que la madre y el hermano de la niña habían fallecido en un accidente de coche en el Puerto de la Cadena. Al parecer, un camión los había arrollado en la bajada. La madre murió en el acto y el chico un poco más tarde en el hospital.

Intenté no ser muy expresivo, porque la niña debía de saber que algo malo pasaba por la reacción de todos, y no estaba preparado para ser yo el que le diera aquella noticia.

—Te vienes conmigo —le expliqué y le tendí la mano—. Mi madre va a preparar una cena genial y te ha invitado. ¿Te gustan las hamburguesas?

Ella asintió con desconfianza. Lo que me pareció normal. Seguramente le habían dicho que no hablara con extraños y mucho menos que se fuera con ellos. Y ahí estaba yo, un tipo al que había visto solo un par de veces en su vida, y con el que no había cruzado más de cuatro palabras, pidiéndole que se viniera conmigo. Aun así, me cogió la mano y me la llevé a casa.

Capítulo 3

 

María

 

 

 

 

Siempre que recuerdo el día en que mi vida cambió, lo relaciono con la primera vez que monté en el asiento del copiloto en un coche. No sé por qué. Yo tenía ocho años y no daba la talla legal para hacerlo, pero se trató de una causa de fuerza mayor. Así que cuando el desconocido que había venido a construir la barbacoa me indicó que subiera a su furgoneta, lo hice.

Mis pies apenas rozaban el suelo y el cinturón de seguridad pasaba por mi cara, así que tuve que sujetarlo durante todo el recorrido porque era muy molesto.

Tendría que haberme sentido mayor, tendría que haber disfrutado de mi primer viaje de copiloto, pero estaba demasiado asustada para hacerlo. Aunque mi padre me había dicho que no me preocupara, sabía que algo muy malo había pasado.

Llegamos a la casa de los Cano y, enseguida, África salió a por mí. Los conocía, porque eran amigos de mis padres y habían estado en mi casa varias veces.

Todos estaban demasiado callados y sentí que les daba pena. Miré a Ángel y él me sonrió, pero sus ojos se veían tristes. Busqué apoyo en mi muñeca.

La mujer me tomó de la mano y me llevó a una habitación para poder hablar a solas. De aquel lugar, solo recuerdo que era oscuro y las paredes estaban llenas de pósteres de cantantes que me dieron miedo.

—¿Sabes qué ha pasado? —me preguntó África.

—Algo malo —respondí, segura de ello.

La mujer me abrazó y lloró conmigo.

Aquella época está un poco borrosa en mi memoria. Creo que pasé varios días con aquella familia, antes de regresar a mi casa. Mi padre vino a verme y me contó lo que ya me había dicho África, y en ese momento se convirtió en real. Nos habíamos quedado solos.

Aquel verano lo pasé con mi abuela, mientras mi padre ponía en orden su vida. Imagino que debió de ser muy duro para él quedarse a cargo de una niña pequeña y perder a su hijo mayor y, sobre todo, a la mujer de su vida en el mismo día.

Yo me convertí en su mundo, pero no podía hacerlo solo, así que la abuela se vino a vivir con nosotros.

No sé si fue porque a mi abuela, acostumbrada a vivir en el campo, cultivar su huerto y respirar aire puro, nuestro piso de Cartagena le resultó demasiado agobiante o porque sus paredes guardaban demasiados de nuestros recuerdos, que papá decidió que nos mudáramos a la finca. Así que aquella casa destartalada se convirtió en mi hogar.

Sin nada que hacer, más que estudiar y leer, me convertí en una niña tímida, bien alimentada, según mi abuela, aunque la realidad era que contaba con un incipiente sobrepeso.

A Ángel Cano volví a verle en el funeral de mi abuela, cinco años después. Acompañó a sus padres porque su padre había sufrido un pequeño accidente laboral que le impedía conducir y se encargó de llevarlos.

Aquella tarde, papá me había dicho que me pusiera guapa para despedirnos de la abuela. Tenía trece años y, aunque suene extraño, nunca había tenido que arreglarme sola. Cándida, que así se llamaba mi abuela, se había encargado desde la muerte de mi madre de ayudarme a hacerlo. Escogía mi ropa para cada ocasión y se ocupaba de cepillar y peinar mi pelo.

No supe hacerlo. Elegí un vestido que había vivido tiempos mejores y que no se adecuaba ni a mi edad ni a mi figura. Intenté recogerme el pelo en una trenza, pero se quedó en una coleta torcida.

Mis primas se encargaron de hacérmelo saber y me sentí mal. La humillación se sumó a la tristeza. Me escabullí y busqué un lugar solitario en el que llorar.

Una niña de trece años que lloraba en el funeral de su abuela porque se sentía gorda, fea y perdida.

Durante unos minutos, lloré, grité, me insulté a mí misma e incluso destrocé mi ridículo peinado, hasta que me di cuenta de que aquel lugar no era tan solitario como había creído.

Ángel había dejado de ser un chico, no solo su aspecto, sino su expresión y su mirada habían cambiado. Aquel hombre que me observaba a través del humo de su cigarrillo era duro y curtido. Debería haberme asustado. Debería haber huido de allí, pero no lo hice.

Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos y en los que mi mente solo pedía a gritos que pudiera teletransportarme y desaparecer, como en los libros de fantasía que me gustaba leer.

Ángel tiró el cigarro y se acercó, por lo que pude verle más de cerca. No me dio miedo, cuando todo el mundo solía dármelo.

—¿Qué te pasa, niña? —preguntó finalmente—. No me respondas si no quieres. Aunque no creo que haya nada en el mundo que merezca querer arrancarte tu bonito pelo.

—Mis primas… —dije sin saber muy bien por qué—, ellas me han dicho que soy fea, gorda y que parezco un gran repollo con tanto lazo.

—No conozco a tus primas, pero yo de ti no les haría caso. ¿Sabes lo que yo veo? —me preguntó con su voz ronca y dulce, agachado a mi altura. Negué tímidamente—. Yo veo una niña perdida, igual de perdida que hace cinco años cuando se montó en mi coche sin conocerme. Pero sé que no vas a tardar en encontrarte. Eres una chica fuerte, María, demuéstranoslo a todos.

Puede parecer una tontería, pero escribí esa frase en el espejo de mi habitación y la leía cada mañana. Ese verano, encontré esa fuerza y decidí cambiar. Fui a la biblioteca y cogí todos los libros que encontré sobre deporte y nutrición, y me pasé el verano haciendo vida sana. Mi padre pasaba gran parte del día fuera de casa, y tuve que ocuparme de las comidas y rellenar mi tiempo libre. Se debió de notar, porque cuando regresé al instituto al curso siguiente dejé de ser la chica rara para entrar en el top. Hice amigos, los mismos que años anteriores me habían evitado, pero no me importó. Me sentía bien, importante y querida.

Tuve mi primer novio y mi primer desengaño. Sin una figura femenina en mi vida se lo conté a mi padre.

El pobre aguantó el tipo. Ahora pienso que debió de ser duro escuchar a su hija narrar, con el corazón roto, cómo el chico que le gustaba había cambiado de pareja porque yo no había querido dar un paso más.

Pero tenía que contárselo a alguien, y mis amigas no me entendían.

Más tarde, cuando mis relaciones se volvieron más serias y yo más fría, dejé de contar esas cosas a mi padre.

La última vez que vi a Ángel fue al final de mi último verano en Murcia. Mis amigas y yo estábamos disfrutando de una tarde fashion en la piscina, antes de salir a divertirnos. Jugábamos a ser como las protagonistas de Sexo en Nueva York, glamurosas, sexys y alocadas.

Ángel llegó en mal momento. No recuerdo si habíamos preparado sorbetes o mojitos, el caso es que a nuestros casi veinte añitos estábamos un poco bebidas y excitadas. Nos saludó cortés y se puso a reparar una grieta que había salido en el muro del cenador que mi padre adoraba, porque había sido idea de mi madre.

—¿Y ese tío cañón? —preguntó una de ellas.

—Tiene un polvazo —aseguró la otra.

—Es solo el obrero que contrata mi padre. —La verdad era que mirando a Ángel, este no era «solo» nada. Ellas tenían razón, aunque yo seguía viendo al chico que había sido.

—Pues te digo yo que es un empotrador. —Lara se abanicó acalorada—. ¿Habéis visto qué culo? ¿Y qué brazos?

Ángel, ajeno a nuestro calentón, continuó con su trabajo.

—Te vas la semana que viene. Date un capricho —me animó Paula y yo me hice la tonta—. Estoy segura de que eres capaz de llevártelo a la parte trasera.

—Sería marcarse un triple. —Lara secundó la idea.

Yo no respondí, así que decidieron azuzarme golpeando mi ego.

Aún hoy no sé cómo narices me dejé convencer. Quizá fuera el mojito o lo bueno que estaba Ángel lo que me llevó a levantarme y dirigirme hacia él meneando las caderas, llevando solo mi minúsculo bikini.

—¿Tienes un pitillo? —pregunté, aunque no fumaba.

—No, dejé de fumar y tú no deberías hacerlo —me reprendió sin mirarme demasiado.

—¿Te va a llevar mucho tiempo?

—Un rato, ¿por?

—Por si tenías un momento para hacer otro trabajito.

Seguramente fue por el tono que usé al decir la frase. Conseguí que Ángel me echara un vistazo, y por su cara supe que le gustó lo que vio.

Ya no era una niña gorda. Atrás había dejado los kilos de más y los granos. Era una sexy lady, tenía éxito con los tíos y me sentía segura. Eso se notaba.

—No creo que pueda —dijo con un hilo de voz.

¡Ah! Ningún tío se resiste a un buen par de tetas y un cuerpo tonificado.

Puse morritos y una postura ensayada para aumentar mi canalillo, y acabé con una irresistible caída de pestañas.

—Seguro que sí. No te arrepentirás.

—¿Por qué creo que no estamos hablando de lo mismo?

—No sé. Ven y lo verás… Lo que quiero mostrarte está aquí mismo. —Le tendí la mano y él la tomó dejándose arrastrar como un niño por su madre.

Recuerdo que me llamó la atención que era fuerte y áspera, y cómo me excitó pensar que pudiera acariciarme con ella la piel.

Le guie hacia la parte trasera, donde mi padre había construido la caseta de Donna. Aquello nos alejaba de la mirada curiosa de mis amigas.

—¿Le pasa algo a la caseta? —preguntó ingenuo.

—Solo que no sé si es lo suficientemente resistente, y eso me preocupa.

Dejé que saliera la Samantha Jones que había en mí. Me avergüenzo solo de recordarlo.

Sin soltarle la mano me senté sobre el tejado de la caseta con las piernas bien abiertas, en una postura demasiado obscena que le dejaba claro que todas las puertas estaban igual de abiertas para él.

Sonreí al ver que no le había pasado desapercibida mi insinuación, por el bulto que se marcaba en sus pantalones.

Acortó la distancia que nos separaba. Yo solté su mano y deslicé la mía por su brazo, despacio, hasta agarrarle la nuca. En sus preciosos ojos azules había deseo. Solo tuve que hacer una ligera presión atrayéndole para que él cediera. Me comió la boca con furia, con deseo, sin delicadeza. Se acopló entre mis piernas y empujó mostrándome lo que me esperaba. Y yo respondí rozándome muy excitada; lo reconozco.

Abandonó mi boca para deleitarse con mis pechos. Las caricias con sus manos callosas fueron mejores de lo que había imaginado. Nuestras pulsaciones habían aumentado y llenamos el aire de suspiros y jadeos. Sentí la intrusión de su dedo en mi interior, pero no como algo extraño, sino como una necesidad. Comenzó a moverlo a la vez que con el pulgar buscaba el clítoris para frotarlo con suavidad. Aquella maestría me superó. Tenía veinte años y los chicos con los que había estado carecían de la experiencia de un hombre como él. Me dejé llevar y mi cuerpo comenzó a moverse buscando más. Le agarré el trasero y noté como lo apretaba excitado. Quise parecer experimentada y busqué su sexo. Solo llegué a palparlo sobre el pantalón vaquero, ya que Ángel se apartó. Aumentó el ritmo de su mano y perdí el sentido. Me regaló el mejor orgasmo de mi vida. Dejó el listón muy alto para los que vinieron después.

—Has jugado con fuego, niña —siseó en mi oído—. Agradece que soy yo y no otro, porque si lo fuera, estaría follándote contra la pared buscando solo mi placer, tratándote como has pedido. Tú eres mucho más. Recuérdalo.

Se fue y no volví a verle más.

 

 

Así que, sí, recordaba muy bien a Ángel.

Capítulo 4

 

Ángel

 

 

 

 

Murcia, en la actualidad

 

María.

Había olvidado a esa dulce niña, porque mi mente solo recordaba a la lasciva joven que se me había ofrecido aquel verano, dejándome con un dolor de pelotas del quince.

Aunque sabía de ella por su padre.

 

 

Antonio había sido un gran apoyo para mi madre cuando mi padre murió. Ambos se hacían compañía. África le ayudaba con las cosas cotidianas de la casa y él a ella, a recordar épocas mejores. Así que, cuando mi madre falleció el año anterior, dejó un tremendo hueco en nuestras vidas, que ambos llenamos con la compañía del otro.

Una vez a la semana me acercaba por su finca, le ayudaba con lo que necesitaba y charlábamos un rato con una cerveza y algo de aperitivo. Antonio me contaba las andanzas de su hija y yo a él, las de mis hermanos y mis sobrinos.

 

 

—Of course, Ángel. El fabricante de… barbacoas —dijo María—. ¿Cómo te va?

—Bien, aunque por lo que veo no tanto como a ti —respondí intentando que no se notara que mi mente estaba recordando nuestro momento encima de la caseta del perro.

—Papá, ese aperitivo no es saludable —reprendió María a Antonio al ver los pasteles de carne con los que acompañábamos la cerveza.

—Para dos hombres que se han pasado la mañana desbrozando el huerto, sí —repliqué yo.

Ella arrugó la nariz muestra de que no le había gustado mi comentario.

—Un poco de hummus con semillas… —dijo María. Puse los ojos en blanco, odiaba esas comidas modernas—. O si quieres algo más tradicional…

—No creo que nada saludable pueda acompañar a una buena cerveza —interrumpí.

—Los consejos de mi hija pueden ser extraños, pero, chico…, algunas de esas recetas raras que hace están tremendas —defendió Antonio cuando vio que su hija iba a por mi yugular, a pesar de ser vegetariana, vegana o algo raro que estaba de moda.

—Como veo que vais a seguir destrozando vuestro templo, me voy a la ducha a quitarme las toxinas eliminadas. Después de esto, papá, ¿comerás? ¿O te preparo un batido detox?

—Comeré, María, comeré. Solo he probado una pizquita.

—¿Y te lamentas por que se vaya el lunes? —pregunté sorprendido a Antonio cuando María desapareció por la puerta—. Yo de ti, la largaba ya.

—Es mi única familia. Si para estar cerca de ella, tengo que comer garbanzos machacados, que así sea. Por cierto, tengo que poner el mejor «internés» para la casa. ¿Qué me recomiendas?

—Inter-net, Antonio, inter-net. Creo que ya han metido la fibra por la zona. ¿Quieres que consulte?

—Sí, por favor. El del teléfono no va muy bien y María necesita mucha velocidad para sus vídeos y hablar con sus «fologüés». ¿Lo podrían montar esta tarde?

—No lo creo, Antonio, no lo creo.

 

 

Desde que la mujer y el hijo de Antonio fallecieron en aquel terrible accidente, María se había convertido no solo en su única familia, sino en su niña, la persona que movía su mundo y por la que hacía todo.

¿La niña quería terminar la carrera en Madrid? Antonio, con todo el dolor de su alma porque no quería que se fuera lejos, allí la mandaba. ¿Que no quería volver a Murcia y prefería pasar los veranos viajando o conociendo otros países? Allá que iba él con ella.

¿Que ahora la niña quería el mejor internet? Su padre estaba dispuesto no solo a contratarlo, sino a comprar la compañía si con eso llegaba más rápido y mejor.

No es que no le entendiera, lo hacía muy bien, sobre todo desde que la pequeña Ángela había llegado a mi vida por sorpresa y me había robado el corazón sin ella saberlo.

Pondría el mundo a sus pies si sus padres me dejaran.

Había estado con ella la semana anterior en el recital de su colegio. Hice un viaje de ida y vuelta a Madrid en el día solo para verla, porque mi niña lo merecía, y Leo no podía cambiar su reunión.

Con mis pensamientos en Madrid, en mi niña menuda de ojos azules, llegué a la soledad de mi piso. Cualquiera podría pensar que yendo a ayudar a Antonio en el campo un sábado por la mañana estaba haciendo mi buena acción del día, pero lo cierto era que de ese modo podía llegar a mi casa y acostarme agotado la siesta para que las horas hasta el día siguiente pasaran antes.

Desde que mi madre murió, mis fines de semana se habían vuelto un suplicio. Cuando no estaba trabajando, las horas se entretenían y no terminaban de pasar. Antes me quejaba de que me enredaba con sus cosas continuamente, que si «Ponme una cortina» o «No traga el desagüe del fregadero», a veces «He pensado que quizá el sofá quedaría mejor aquí, no allá». Me volvía loco, pero llenaba mi tiempo y ahora ya nadie lo hacía.

Al principio mis hermanos y mis cuñadas se ocuparon de mantenerme acompañado, pero me cansé de interferir en sus vidas. Habían formado sus propias familias y aunque en sus casas yo tenía un hueco, no era plan que estuviera allí siempre.

Para no dar más vueltas a mi solitaria vida, me metí en la cama. Durmiendo, el tiempo pasaba rápido y enseguida llegaría la hora del partido y bajaría al bar para verlo acompañado.

 

 

El despertador sonó el lunes a las cinco de la mañana. Me gustaban los lunes porque mi vida se ponía en marcha, así que salté de la cama, me calcé la ropa de deporte y salí a correr por la ciudad.

Lo malo de Cartagena para correr es que día sí, día también hace un viento bestial, aunque yo lo integro dentro de mi entrenamiento. Correr contra el viento puede ser muy duro, pero alternando con hacerlo a favor salen unos entrenamientos por etapas geniales.

Con la adrenalina a tope por el ejercicio me di una buena ducha y salí de casa a la oficina con una sonrisa.

—¿Qué tal el fin de semana? —Edu madrugaba tanto como yo, seguro que su llamada venía del coche, después de hacer su entrenamiento en el agua—. Espero que bien, porque la semana se presenta dura.

—Nada especial, bastante tranquilo —respondí—. ¿El tuyo?

—Cuidando niños. —Se escuchó un suspiro cansado al otro lado de la línea—. Daniela tuvo que trabajar para juntar los días para ir a la boda, así que nos ofrecimos a echar una mano a Leo con Ángela. Y cuando se juntan los tres, los gemelos se alteran y no hay forma de tranquilizarlos. Además, ha hecho un frío de muerte y no hemos podido salir mucho al jardín. Estoy pensando en instalar una bola de hámster gigante en el garaje para que se desfoguen ahí. Esos niños tienen mucha energía que quemar.

—Si mamá hubiera tenido algo así con Leo y conmigo, nos hubiéramos llevado menos gritos y collejas. —Ambos reímos—. Sol me recuerda mucho a ella, si alguien puede con esos monstruos es tu chica, hermano.

—La verdad es que lo lleva mejor que yo —reconoció Eduardo—. Te llamaba para ver qué día vienes, hay una cosa en una de las obras que llevamos que me gustaría que vieras y nos dieras tu opinión.

—Puedo organizarlo para salir el jueves por la mañana y lo vemos por la tarde. ¿Te parece?

—Sí, perfecto. Hablamos, tío. Buena semana.

Viajar el jueves por la mañana y no al finalizar mi jornada, como tenía pensado, me suponía perder un día más de trabajo. Iba a ser duro llegar a todo y me arrepentí de haber dejado sin organizar el tema del viaje el domingo.

Juan y yo, a pesar de vivir en la misma ciudad, no nos veíamos demasiado. Él, con sus turnos extraños de mil horas y las colaboraciones que hacía en hospitales privados de otras provincias, no tenía demasiado tiempo para perderlo con el carca de su hermano mayor. Pero el domingo se había pasado por casa y habíamos estado jugando a la consola, como en los viejos tiempos, así que mi plan de organizar la maleta se había ido al traste.

 

 

Durante la primera parte de la semana me dio tiempo a dejarlo todo organizado para que siguiera marchando en mi ausencia. El personal que habíamos contratado cuando mis hermanos se fueron a Madrid funcionaba muy bien y era de confianza, así que, aunque yo seguía pringándome las manos como antes, porque me gustaba, mi trabajo consistía más bien en supervisar y tomar decisiones. Me reuní con todos; con Paco el lunes y con Carlos el martes, y vimos cómo iban las obras que cada uno llevaba. Con Álvaro, el arquitecto, estuve el miércoles en la oficina. Laura se encargaría de hacer llegar las ofertas a los clientes, y él de resolver sus dudas. Laura era la administrativa, y sin ella no seríamos nada. Dependía directamente de Leo, ya que él, cuando mamá se retiró de la empresa, comenzó a encargarse de toda esa parte, dejando a un lado el trabajo de campo. Se había convertido en estos años en un ratón de biblioteca y, por eso, el resto nos metíamos con él.

A pesar de todo el tiempo que me llevó el trabajo, pude gestionar lo de la red de internet para la casa de Galifa de Antonio, y el miércoles ya estaban instalándoselo. Por la tarde, me pasé a comprobar que todo había quedado en orden y le enseñé cómo funcionaba. Su hija no estaba, pero lo llamó mientras yo configuraba mi subscripción a Netflix en el televisor de Antonio.

—Chico, ¿cómo lo tienes mañana para ver una parcela en Torre Guil? —me preguntó al descolgar. Fruncí el ceño pensativo—. Mi hija ha encontrado una parcela, pero necesitan ver si se puede construir en ella lo que quiere antes de comprar, y parece que tiene bastantes novios el terreno.

—Mañana por la mañana viajo a Madrid, recuerda que estaré toda la semana fuera por la boda de una amiga —le aclaré—, pero podría pasar de camino. Déjame que hable con Álvaro, a ver cómo lo tiene él.

 

 

Álvaro tenía hueco, así que nos vimos los cinco, en la parcela de marras, a la mañana siguiente.

El terreno tenía una superficie de unos mil metros cuadrados, quizá un poco más, y era cuadrado, lo que permitía aprovecharlo al máximo. Las parcelas colindantes contaban con piscina privada, y aunque el suelo era arenoso y empedrado, todo apuntaba a que no tendríamos problemas a la hora de excavar. El único inconveniente, a mi modo de ver, era su inclinación, ya que se encontraba en una zona con una pendiente bastante acentuada, pero la pareja quería una piscina infinita y esa inclinación nos venía de miedo para poder hacerla. El precio que me dijo Antonio que les pedían por el terreno me pareció desorbitado, pero, en fin, pagaban la ubicación y, si podían permitírselo, quién era yo para decir nada.

—Tiene unas vistas preciosas, tienes razón —escuché que le decía Antonio—. Pero ¿no te parece que está un poco lejos de Cartagena?