Tu cuerpo - Jñana Dakini - E-Book

Tu cuerpo E-Book

Jñana Dakini

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Beschreibung

Me siento o camino, subo por las escaleras o tomo el elevador... Cada día tomamos decisiones que, sin ser conscientes, afectan a nuestro cuerpo. Este libro nos enseña a conocerlo en profundidad y a vivir conectados con él. Es fundamental para acceder a las emociones, sensaciones y necesidades que a menudo son pasadas por alto en nuestra vida diaria. Para mejorar nuestra vida y nutrir nuestra creatividad, intuición y bienestar integral, es esencial reconectar con nuestro cuerpo. Este libro práctico contiene una gran cantidad de actividades (dinámicas) e ilustraciones que te guiarán en este proceso. Las actividades se realizan a través de la respiración, la estabilidad y el movimiento, elementos que están bajo el ojo atento de la atención consciente. Se pueden aplicar a cualquier actividad física o meditativa que se realice, con el objetivo de aliviar el estrés, la ansiedad, la tensión y el dolor.

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Seitenzahl: 128

Veröffentlichungsjahr: 2024

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TU CUERPO

 

 

De la respiración al movimiento y la quietud

 

 

Jñana Dakini

 

 

 

 

 

 

 

Siglantana

 

© Jñana Dakini, 2024

 

Para esta edición:

© Editorial Siglantana S. L., 2024

 

Ilustraciones: Eduardo Mirafuentes

Fotografias: Lothar Mateo

Fotos de: Esmeralda Hernández, Axel Espinosa, Perla Yazmin Meraz, Addina Nogueda, Ma. De Jesús Carranza, Rocío Yazmín Torres, María del Pilar Ávila.

 

www.siglantana.com

 

Instagram: @siglantana_editorial

YouTube: www.youtube.com/siglantanalive

 

 

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).

 

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

 

ISBN: 978-84-10179-36-3

 

A todos los alumnos que, a lo largo de los años, me han permitido observar el despliegue de la sabiduría de sus cuerpos.

 

ÍNDICE

 

 

CÓMO LLEGUÉ A DONDE ESTOY

 

TU RESPIRACIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

Conociendo tu respiración

Tu caja torácica

Tus músculos intercostales

Dinámica para los músculos intercostales

Tu diafragma

Dinámica global para tu diafragma y tórax

Tus pulmones

Dinámica para tus pulmones

Tu gesto respiratorio

Dinámica de respiración torácica

Dinámica de respiración diafragmática

Calmando la respiración para meditar

Conciencia de la respiración en cada fosa nasal

Meditación guiada de atención plena a la respiración

 

TU ESTABILIDAD

Dinámica de grounding

Tus pies

Dinámica 1 para los pies

Dinámica 2 para los pies

Dinámica 3 para los pies

Dinámica 4 de equilibrio

El arte de la meditación caminando para tu estabilidad

Guía de práctica de meditación caminando

La pelvis

Estructura ósea de la pelvis

Estructura muscular de la pelvis

Estructura orgánica de la pelvis

Dinámica 1 de pelvis

Dinámica 2 de pelvis

Honrando el arraigo y la estabilidad

Práctica contemplativa para la estabilidad de cuerpo y mente (10 minutos)

 

DE SENTARTE A MOVERTE

Articulaciones

Articulaciones intervertebrales (columna vertebral)

Dinámica I. Suavizando las articulaciones de la columna vertebral

Dinámica 2. Movilidad lateral de tu columna vertebral

Dinámica 3. Movimiento de gato-vaca

Dinámica 4. Movimiento de gato-vaca (en una silla)

Articulación de la cadera

Dinámica 5. Moviendo tu articulación coxofemoral

Dinámica 6 de pelvis. Moviendo articulación de cadera y torso

Articulación de la rodilla

Dinámica de rodillas para fortalecimiento

Fase 1

Fase 2

Fase 3

Dinámica 2 de rodillas y caderas

Articulación de hombro (glenohumeral)

Dinámica 1 para tus hombros

Dinámica 2 para tus hombros

Dinámica 3 para tus hombros

Articulaciones de las manos

Dinámica 1 para las manos

Dinámica 2 para las manos

Dinámica global de movimiento y energía

Conclusión

 

 

 

CÓMO LLEGUÉ A DONDE ESTOY

 

 

Las acciones tienen consecuencias

y el cuerpo tiene sus historias.

 

 

Cuando comparto eventos de mi infancia con amigos y alumnos, se asombran al escuchar que era una niña bastante tímida, retraída y a la que no le gustaba jugar o salir al parque. No fui niña de bicicleta o patines, aprendí a andar en ellos a regañadientes y por no quedar mal con mis hermanos menores. Recuerdo haber sentido envidia de mi hermana menor, quien aprendió y disfrutó el arte de andar en bici y patinar desde muy pequeña; le gustaba saltar, correr, subir y bajar. Ella era intrépida, yo no.

Mi infancia transcurrió principalmente entre libros y fue mi padre quien, con un gesto amable y espontáneo, cultivó en mí el placer de memorizar y fantasear al regalarme enciclopedias infantiles. Lo que yo movía no era mi cuerpo, sino la imaginación. Me recuerdo acurrucada en la cama, varias horas en una misma posición, concentrada y viajando con la imaginación, yendo de Minerva en el Olimpo a Hansel y Gretel en su pueblo europeo, desafiando al tiempo y al espacio mientras las horas transcurrían a un ritmo deliciosamente pausado. Ahora pienso que mis primeras experiencias de la conexión "tiempo, ritmo y espacio" fueron desde mi cama. Sin embargo, hay un pulso natural en el cuerpo que espontáneamente nos conduce, tarde o temprano, a desear experimentar desde el movimiento, desde el ritmo y desde la necesidad de sentir profundamente, por eso los niños se mueven, se arrastran y dan volteretas, se especializan en algún deporte de modo natural. Pero, por razones misteriosas, mi necesidad de movimiento no fue cubierta ni por la bicicleta ni por los patines ni por nadar o correr. En cambio, esa necesidad de mover brazos y piernas se dio espontáneamente al bailar al ritmo de la música clásica en la amplia sala de la casa, donde había muy pocos muebles y un piso bien pulido, sobre el cual mis pies se deslizaban como si estuviera entre nubes.

Todavía, cuando escucho la ópera Carmen, de Bizet, o alguna sinfonía de Tchaikovski, las células de mi cuerpo pulsan como cuando era niña. Fui afortunada en tanto que, de manera natural, mi cuerpo podía expresarse, y también por tener unos padres que nunca me obligaron a estar con la espalda derecha ni me hicieron practicar deportes que no deseaba. Por experiencia propia estoy más a favor de que los niños tengan, desde pequeños, la oportunidad de desplegar su movimiento natural, más que de entrenar su cuerpo a partir de reglas, competencia y objetivos definidos.

De adolescente mi pasión por la poesía me llevó a desarrollar el sentido del ritmo; leer en voz alta permitía que mi voz bailara con la respiración. Descubrí el ritmo de la respiración al recitar poesía y permitir el despliegue continuo del ciclo respiratorio, inhalar y exhalar, con sus silencios y pausas. Había un poema de García Lorca que en particular me encantaba por su movimiento y sus pausas, y por la manera en que sentía mi respiración. Yo siempre digo que aprendí el arte de la respiración recitando poemas:

 

El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta con sus

delantaritos blancos.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo!

¡Ay, su anillito plomado!

 

La respiración es como una danza en pareja: la inhalación y la exhalación deben ir de la mano, escucharse y acompañarse en una cadencia y vibración conectadas con el pulso vital. Cuando inhalación y exhalación se desincronizan sucede algo raro y hasta peligroso, así que invito a la lectora, al lector a que entrene su respiración leyendo poemas en voz alta, permitiendo que surja la aparente quietud estática del espacio móvil y sonoro.

Unos años después, mientras cursaba la carrera de Sociología y como una coincidencia, acompañé a una amiga a su clase de danza. Lo que presencié ese día cambió por completo el rumbo que estaba tomando mi vida profesional, la manera en que usaba mi tiempo libre e, incluso, la manera en que canalizaba mis emociones. Entramos silenciosamente a un salón en el que, en uno de los lados, estaba una mujer vestida con falda y leggings, ambos negros; por su edad y presencia, una sabía que era la maestra, quien con su mirada de águila se concentraba en una joven esbelta que, en medio del salón, se movía elegante y pausadamente mientras recitaba un poema de Pablo Neruda:

 

Sube a nacer conmigo, hermano.

Dame la mano de la profunda

zona de tu dolor diseminado.

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

 

En esa escena fascinante se conjugaba la poesía, el pulso interno del cuerpo y su conexión con el espacio. Hasta ese momento no sabía que era posible expresar la vida misma a través del movimiento corporal.

Como es de suponerse, ese mismo día me registré en la clase de danza contemporánea, un término nuevo para mí. Durante varios años el centro de mi vida fue entrenar mi cuerpo con diversas técnicas: Graham, Limón, algo de danza clásica, improvisación de contacto, además de aprender coreografías, ensayar y finalmente vibrar en el escenario. No fui una bailarina técnicamente brillante, tenía limitaciones de flexibilidad y de movilidad e, incluso, cierta incapacidad para aprender secuencias largas de movimiento; sin embargo, mi fortaleza era la interpretación. Entonces yo era, y sigo siendo, un tanto dramática, y parece que tenía ese don que, en el escenario, se llama presencia escénica. A falta de técnica usaba la emoción, por eso lo que yo disfrutaba era el arte de la improvisación, donde se me permitía mover el cuerpo sin el “deber ser” de la técnica y, en cambio, podía dar rienda suelta a la emoción.

A los veinticinco años me casé y me mudé a la fría ciudad de Chicago. Mi intención era ingresar a la facultad de danza mientras mi esposo estudiaba música. Algo en mí comenzó a rebelarse en contra de las técnicas de movimiento; no entendía por qué la mayoría de las veces el movimiento se medía en cuatros y ochos… “Y uno, dos, tres y cuatro… cinco, seis, siete y ocho…”. Mi cerebro lo sentía mecánico y la expresión emotiva la sentía forzada. Afortunadamente, llegó a Chicago una pareja de bailarines japoneses, Eiko y Koma, quienes estaban de gira por Estados Unidos. En ese momento eran dos exponentes bastante reconocidos de la corriente de danza japonesa llamada butoh.

La danza butoh se originó en Japón a finales de la década de 1950 en el contexto posterior a la destrucción de Hiroshima y Nagasaki. El término butoh se traduce, por lo general, como "danza oscura" o "danza de las sombras" y es hasta la fecha una corriente artística que permite mostrar, a través del cuerpo, la parte vulnerable, trágica, pero también la parte luminosa y espiritual, de la naturaleza humana. Para muchos, el butoh no es danza porque el movimiento, esencialmente, es extremadamente lento, repetitivo, con puntos de inmovilidad; los cuerpos casi desnudos, pintados con algún polvo, se permiten expresar emociones muy profundas y poéticas en una narrativa existencial. El butoh, desde mi experiencia, es una bomba de liberación emocional para el ejecutante.

Mi conexión con el butoh cambió la manera de relacionarme con mi cuerpo, mis coreografías se volvieron poemas en movimiento, como alguna vez dijo un crítico de danza, y me di la libertad de llevar al espectador a involucrar otros sentidos, como el olfato, cubriendo el piso del escenario con albahaca, romero y toronjil. Con los vestuarios que diseñaba también quería sentir otras texturas en mi cuerpo y se me ocurrió usar un top hecho de varas secas y una falda de zacate. Esa etapa fue una liberación de los sentidos.

Pero, aun con esa sensación liberadora, la danza se fue de mi vida… Llegaron el yoga, la meditación y las enseñanzas del Buda como una balsa de salvación en el momento en que mi vida estaba de cabeza, sin significado ni motivación, y con una buena dosis de estrés, ansiedad y depresión. Probé primero la meditación dinámica de Osho, la cual me generaba un ímpetu energético para después sumergirme nuevamente en la ansiedad o en un “down emocional”. Con el yoga comencé a explorar el cuerpo y el movimiento de formas desconocidas, pero a través de los años también se volvió una práctica cerrada y mecánica, donde perdía mi ritmo interno y la conexión creativa con el espacio y la emoción.

Ha pasado más de una década desde que no sigo ninguna corriente específica del yoga. Las enseñanzas del yoga Iyengar, del ashtanga, del flow yoga han dejado su huella en mi cuerpo y corazón, y en cada clase que imparto hay algo de ellos, pero ya no son mi guía. Mi cuerpo y el de los cientos de personas a quienes he enseñado en estos últimos diez años me han enseñado que el cuerpo se vive y cuida día a día, se le observa, se le siente y se le escucha para que, poco a poco, aprendamos a entender sus necesidades y respondamos a ellas desde el cuidado, la amabilidad, la creatividad y el disfrute. Para aprender a escuchar mi cuerpo fue de gran ayuda la meditación budista, que al principio implicó retos.

Sentarme en la postura de meditación no resultaba ni ajeno ni complicado, ya que en yoga hay dos posturas que se practican continuamente: la postura de vajrasana o postura del rayo, que consiste en sentarse hincada sobre empeines y espinillas con la espalda erguida, y la postura de sukhasana o postura del contento, donde uno se sienta con las piernas cruzadas y la espalda erguida, una variante más sencilla que la conocida postura del loto. Así que la postura de la meditación no fue mi problema, aunque observaba que para muchos sí lo era. Para mí fue la mente la que dolía, los pensamientos iban y venían vertiginosamente y unos se estancaban incisivamente, volviéndose pesados, densos, duros, con movimiento de remolino. A veces pasaba una sesión de cincuenta minutos y mi mente no había parado. Terminaba con dolor de cabeza o con un dolor quemante y punzante en el trapecio derecho.

Cuando meditaba y llegaba la tormenta de pensamientos, mi respuesta emocional era de enojo, principalmente, y ese enojo se convertía en una mancha negra de dolor en mi trapecio derecho. Cuando aprendí a contemplar el cuerpo durante la meditación con un tono amable, amoroso y receptivo, y a solo contemplar el ir y venir de pensamientos sin juicio o rechazo, la postura de meditación se volvió una aliada y los trapecios dejaron de doler, no solo en el zafu de meditación, sino en la vida diaria.

La escucha del cuerpo y su sabiduría solo sucede aquietando la turbulencia de los pensamientos, regulando la insistencia de la ansiedad y soltando la persecución del miedo, abriéndose de manera apacible y segura a escuchar lo que el cuerpo dice sin juzgar, y desde ahí permitir al movimiento surgir, el sentido del ritmo y la quietud, junto con esa conciencia luminosa y amable a la respiración.

Hasta ahora, he compartido algunas escenas de mi cuerpo, que en un sentido se ven como una vida feliz y normal; no he escrito sobre las huella dolorosas que dejó el abuso sexual en mi preadolescencia, tampoco sobre las experiencias de bullying en la adolescencia, que generaron un gran enojo, ni he hablado del miedo que aún siento al caminar sola de noche, cuando revivo la escena de un asalto a mano armada, y tampoco he descrito el colapso nervioso que tuve ya adulta, provocado por un estrés intenso. Todo eso ha quedado en mi cuerpo y ahí va a permanecer, esas huellas no desaparecen, se quedan como cicatrices que uno mira y dice “¡ah, no me acuerdo de cómo me hice esto!” o “¡ah, sí, me acuerdo de cómo me hice esta cicatriz”. Pero esas cicatrices y huellas de eventos dolorosos ya no incomodan ni limitan o determinan mi vida, ya no persiguen, aunque sí las recuerdo. Las huellas de amor, contento, cuidado, alegría y seguridad son ahora infinitamente más grandes que las huellas dolorosas. El trabajo que he hecho con mi cuerpo se ha basado en crear un acervo grande de experiencias positivas y amables que contrarrestan la memoria del dolor. Esto me ha permitido relacionarme desde la empatía y no desde el enojo cuando alguien sufre, porque puedo ir directamente a la experiencia del cuerpo, notar los indicios de tensión y recordar que mi cuerpo ya sabe soltar, calmarse y encontrar, la mayoría de las veces, sensaciones y soluciones de paz.

Esto que te he contado, apreciada lectora o lector, son momentos importantes en mi vida que se entretejieron hasta llegar a este momento, en que puedo compartir desde la experiencia propia algo que le imprima una ráfaga renovadora a la manera en que concibes tu cuerpo.

La manera en que presento mis experiencias y enseñanzas es a través del tejido de los tres aliados: respiración, estabilidad y movimiento, cada uno de ellos bajo el ojo refinado, amable y receptivo de la atención consciente.