¿Un futuro automatizado? - Hernán Borisonik - E-Book

¿Un futuro automatizado? E-Book

Hernán Borisonik

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Los procesos de datificación, digitalización y automatización atraviesan hoy muy distintos ámbitos de la existencia: desde procedimientos jurídicos hasta la distribución de la energía, desde el transporte internacional hasta las relaciones con los afectos más íntimos, incluso con el propio cuerpo. Los textos reunidos aquí reflexionan sobre los riesgos y las posibilidades emancipatorias de la inteligencia artificial y otras nuevas tecnologías a partir de cuestionar dos ideas dominantes: la división entre naturaleza y cultura y la centralidad de lo «humano». Dejar de lado estas dos imágenes implica explorar la relación entre lo tecnológico y lo viviente, interrogarse por los efectos de verdad de la razón algorítimica y comprender el significado de habitar ambientes activos completamente integrados con tecnologías computacionales. Este volumen discute temas como la relación entre las personas y los objetos técnicos, la planificación y gestión de la computación, la plasticidad neuronal, los intercambios automatizados, la manipulación genética, las artes mediales, las transformaciones de escala geológica y planetaria y, sustancialmente, el imaginario de humanidad que se conforma en esta época.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Los procesos de datificación, digitalización y automatización atraviesan hoy muy distintos ámbitos de la existencia: desde procedimientos jurídicos hasta la distribución de la energía, desde el transporte internacional hasta las relaciones con los afectos más íntimos, incluso con el propio cuerpo.

Los textos reunidos aquí reflexionan sobre los riesgos y las posibilidades emancipatorias de la inteligencia artificial y otras nuevas tecnologías a partir de cuestionar dos ideas dominantes: la división entre naturaleza y cultura y la centralidad de lo “humano”. Dejar de lado estas dos imágenes implica explorar la relación entre lo tecnológico y lo viviente, interrogarse por los efectos de verdad de la razón algorítmica y comprender el significado de habitar ambientes activos completamente integrados con tecnologías computacionales.

Este volumen discute temas como la relación entre las personas y los objetos técnicos, la planificación y gestión de la computación, la plasticidad neuronal, los intercambios automatizados, la manipulación genética, las artes mediales, las transformaciones de escala geológica y planetaria y, sustancialmente, el imaginario de humanidad que se conforma en esta época.

Hernán Borisonik

Es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET. Es profesor adjunto en la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín, donde coordina el Centro Ciencia y Pensamiento. Dirige y forma parte de diversos proyectos vinculados a la filosofía y la teoría política. Realiza episódicamente tareas de curaduría, performance y crítica de artes. Su campo de exploración abarca problemas vinculados al dinero, la sacralidad, la política y las artes. En 2020 obtuvo el segundo lugar del Premio Nacional de Ensayo Filosófico. Escribió diversos trabajos sobre su especialidad, entre los que se destacan Persistencia de la pregunta por el arte (2022), Soporte. El uso del dinero como material en las artes visuales (2017) y Dinero sagrado. Política, economía y sacralidad en Aristóteles (2013).

Facundo Rocca

Es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de San Martín y la Université Paris 8 y becario postdoctoral CONICET en el Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas (LICH-UNSAM). Es profesor de la Escuela de Política y Gobierno e investigador del Centro Ciencia y Pensamiento. Su campo de investigaciones se recorta en la intersección entre la historia conceptual del pensamiento político moderno, los marxismos y posmarxismos y los debates materialistas y poshumanistas contemporáneos.

COLECCIÓN: Ciencias Sociales

¿Un futuro automatizado? Perspectivas críticas y tecnodiversidades Hernán Borisonik ... [et al.]

Compilación de Hernán Borisonik; Facundo Rocca

1a edición - San Martín: UNSAM edita, 2023

Libro digital, EPUB- (Ciencias Sociales)

ISBN 978-987-8938-45-5

1. Inteligencia Artificial. 2. Tecnologías. 3. Algoritmo. I. Borisonik,

Hernán, comp. II. Rocca, Facundo Carlos, comp.

CDD 006.301

© 2023 Hernán Borisonik, Facundo Rocca (comps.)© 2023 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de San Martín

UNSAM EDITA

Edificio de Containers, Torre B, PB

Campus Miguelete

25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ), provincia de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.unsamedita.unsam.edu.ar

DISEÑO DE LA COLECCIÓN: Laboratorio de Diseño (DiLab.UNSAM)

TIPOGRAFÍA: Karmina y Karmina Sans, Typetogether

EDICIÓN DIGITAL: María Laura Alori

CORRECCIÓN: María Laura Petz

IMAGEN DE TAPA: Enzo Luciano

Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.

HERNÁN BORISONIK · FACUNDO ROCCA (comps.)

¿Un futuro automatizado?

Perspectivas críticas y tecnodiversidades

Índice

Presentación

Capítulo 1 Cyborg y autómata: dos modelos para pensar la inteligencia artificial

Capítulo 2 (Des)automatizaciones. Mediaciones algorítmicas y nuevas subjetividades

Capítulo 3 Repensar la inteligencia artificial: cognición distribuida y corporalidad expandida

Capítulo 4 La psicotrópica del capitalismo. Afecto incorporado y subjetividad protésica en el mercado mundial

Capítulo 5 Un futuro tecnológicamente planificado

Capítulo 6 ¿Hay dinero más allá de la confianza?

Capítulo 7 Automatización y escenarios médicos (pos) genómicos

Capítulo 8 Riesgos y promesas de la era posgenómica: los estudios genéticos personalizados

Capítulo 9 Síntomas de resignificación curatorial. El desarrollo de las artes mediales

Epílogo Del Antropoceno a los medios ambientales

Sobre las autoras y los autores

Presentación

Hernán Borisonik y Facundo Rocca

¿Es factible y deseable el futuro plenamente automatizado que, sin pausa, se anuncia como coronación de las posibilidades desencadenadas por los avances en inteligencia artificial (IA)? ¿Qué limitaciones y potencialidades hay detrás de la razón digital? ¿Cuáles son los riesgos y las posibilidades emancipatorias de la digitalización en curso que puebla nuestro medio ambiente teórico y material? 

Con la intención de profundizar en estos interrogantes, desde el Centro Ciencia y Pensamiento de la Universidad Nacional de San Martín nos propusimos abrir un diálogo crítico sobre algunos aspectos centrales de la digitalización y automatización en el curso de nuestra vida política, social, material y afectiva. Para eso, convocamos a una serie de especialistas a reflexionar sobre distintas aristas de tales problemas. Los textos aquí presentados son el fruto de un ciclo de discusiones públicas que se desarrolló, además, en el marco de una pandemia que detuvo, por momentos, la circulación de bienes y personas en todo el planeta. Si bien está pensado como un nuevo cuerpo, este libro representa, al mismo tiempo, una actualización o iteración de aquella experiencia, tanto como del trabajo que ya desde 2019 desarrolla este Centro en vínculo con otras universidades y espacios de la Argentina y el mundo.

Con este trabajo colectivo buscamos sostener una interrogación transdisciplinaria acerca de los desarrollos tecnológicos contemporáneos que fragmente, parafraseando a Yuk Hui (2020), y ponga en suspenso las numerosas imágenes de un futuro automático, apolítico y aproblemático con las que convivimos actualmente. Lo hacemos a partir de la desconfianza a las posiciones que ven en toda disrupción técnica una amenaza, pero también con distancia de los optimismos ingenuos que apuestan a una futura sincronización computacional del mundo como única (y deseable) salida a las catástrofes y crisis en curso.

Sabemos, sin embargo, que estos temas que hoy tanto nos asaltan y que parecen ya haber marcado de modo indeleble al siglo XXI no son estrictamente novedosos. Desde la Segunda Guerra Mundial, se han dado una serie de prácticas, ideas, y acontecimientos tecnológicos que desembocaron de algún modo en este presente. Hace más de setenta años, Günther Anders ya exploraba nuevas categorías para comprender las transformaciones producidas en la relación entre los seres humanos y la técnica, tales como “desnivel prometeico”, “vergüenza prometeica” y “obsolescencia humana”. Anders percibió que las máquinas contemporáneas forman una especie de megamáquina (por decirlo en términos de Mumford) que tiende a funcionar bajo una serie de procesos automáticos de los que el ser humano pierde el control. Sin embargo, la envergadura que tal proceso ha tomado, y el hecho de que en este momento todas las conversaciones, acciones (¿e intenciones?) puedan ser captadas, procesadas e incitadas digitalmente, exige, sin dudas, nuevas y urgentes reflexiones. Especialmente, cuando el desarrollo de esta cultura monotecnológica, para citar nuevamente a Hui (2020), se revela de forma clara como un riesgo no solo para la autonomía individual y colectiva, sino también para el ecosistema planetario, pero también cuando la gran preocupación deja de ser la pérdida de la autonomía, sino la pérdida de la búsqueda de autonomía.

A pesar de esto, existe, en la actualidad, una mirada dominante sobre la cultura digital que la piensa, en general, como una serie de entidades abstractas e inmateriales. Aun si la existencia de estos aspectos, aparentemente etéreos, no se produce sino gracias a procesos absolutamente materiales y cuantificables que, en el presente, tienen altos costos en términos ecológicos y dependen de la explotación de millones de seres humanos y de los demás animales. La inteligencia artificial está hecha tanto de elementos inorgánicos como del trabajo físico y cognitivo de muchas formas de vida orgánica. Cada uno de nuestros clics y cada uno de nuestros mensajes suponen una cadena de extracción que recorre todo el planeta, incluso, como dice Jussi Parikka hacia el final de este libro, su subsuelo profundo. 

Es necesario, entonces, interrogar tanto los efectos aparentemente incorpóreos de la razón algorítmica como las estructuras materiales de producción de la cultura digital y los efectos tangibles que las tecnologías de automatización producen y permiten sobre los cuerpos vivientes. Pero esto implica explorar caminos que busquen traspasar las fronteras disciplinarias, tanto como poner en cuestión la división moderna entre naturaleza y cultura y los enfoques exclusivamente centrados en “lo humano”. 

Las contribuciones de este volumen buscan, en este sentido, reflexionar sobre los supuestos conceptuales, las figuras, imágenes y técnicas que subyacen a la posibilidad de la automatización tanto como explorar la relación de lo tecnológico con lo viviente: con su necesidad de intercambio, su corporalidad, su expresión medial y su interdependencia con lo inorgánico y lo planetario. Desde los capítulos más anclados en los debates teóricos, a aquellos que ponen más atención sobre prácticas determinadas, en todos los casos las escrituras se ven atravesadas por la conformación de nuevas subjetividades y nuevas formas de expresión que se entrelazan en los condicionamientos y medialidades del siglo XXI. Sin embargo, más allá de la riqueza y matices internos del conjunto, la intención, en definitiva, es realizar una contribución a los debates en curso sobre los temas recorridos y hacerlo en el contexto de una red de grupos de investigación que se está confirmando en estas latitudes y estos tiempos particulares. 

El libro comienza con un estudio de Darío Sandrone en el que se plantean dos posibles vías de acceso para la comprensión de lo maquínico: el cyborg y el autómata. Con esa distinción conceptual como herramienta, el autor nos introduce en un modo de comprender las relaciones humano-máquina que puede apuntar a un uso liberador de la tecnología. Siguiendo ese camino, Javier Blanco realiza en “(Des)automatizaciones” una reflexión alrededor de la programación y la distribución de la computación desde una perspectiva que busca repensar la idea de humanidad a la luz de la filosofía de la técnica. Alejandra López Gabrielidis y Toni Navarro buscan repensar la inteligencia artificial como el resultado de la agregación de nuestros propios cuerpos (de datos) y como un nuevo agente dentro del ensamblaje de nuestra cognición distribuida. Por lo tanto, como un bien común que debe ser gestionado colectivamente con el objetivo de alcanzar formas más justas de cooperación sociotécnica.

El capítulo de Facundo Nahuel Martín profundiza en el carácter encarnado y artefactual de la cognición al ofrecer un recorrido por la historia del cerebro humano, las formas específicamente capitalistas de psicotrópica y de modelación de nuestra plasticidad neuronal.

Mientras que el capítulo de Facundo Rocca retoma el interrogante sobre las políticas de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial en relación con el retorno contemporáneo del debate sobre la planificación de la interdependencia social. En particular, ofrece algunas reflexiones sobre las condiciones más que tecnológicas para superar algunas de las técnicas de mediación de las interacciones humanas más antiguas: el derecho y el dinero.

Por su parte, “¿Hay dinero más allá de la confianza?”, de Hernán Borisonik, propone un análisis histórico-político y conceptual de las transformaciones del dinero en función de su deslizamiento hacia formas menos ancladas en el soporte de cada unidad monetaria, finalizando en las criptodivisas. En ese camino, el autor discute las populares hipótesis sobre la “desmaterialización” de lo digital.

Los dos capítulos siguientes, escritos por Lucía Ariza y Julieta Massacese, trabajan, por otro lado, el impacto que las nuevas tecnologías de lo digital tuvieron sobre nuestra capacidad de conocer, entender y manipular la materialidad de lo viviente, abriendo así una era posgenómica plena de promesas y riesgos.

A su turno, Doreen A. Ríos revisa los desarrollos de las artes mediales a través de una serie de escenas en las que las miradas conceptuales se integran en prácticas de creación y curaduría, atravesadas por la caída del paradigma moderno y académico. Así, invita a cuestionar y explorar las conexiones entre tecnología, creatividad y arte contemporáneo, tomando el trabajo curatorial como punto de confluencia.

Como cierre, Jussi Parikka trabaja sobre el concepto de Antropoceno a partir de su comprensión como transformación del planeta a partir de modelizaciones, proyecciones, datos y narrativas que definen las complejas configuraciones temporales que se desarrollan en el tiempo y en la historia.

Marcada por la pandemia por COVID-19 y sus efectos políticos, la realidad del siglo XXI se ha complejizado de modo tal que la virtualidad se convirtió prácticamente en el modo estándar de varias actividades, cuestión que trae aparejada una crisis (y una economía) de la atención y las formas de mediación conocidas hasta hace pocos años. Dentro de ese contexto, el ciclo de conferencias que llevamos adelante fue una prueba de las potencialidades y los límites del encuentro virtual, desarrollándose con y en temporalidades y espacialidades nuevas. Es por eso que queremos agradecer especialmente el apoyo y la ayuda de Micaela Cuesta, Mario Greco, Flavia Costa, Carolina Gainza Cortés, Claudia Kozak, Germán Gallino, Andrés Rabosto, Áurea Días y a todo el equipo de la Secretaría de Cultura, Comunidad y Territorio, sin quienes estas páginas no hubieran sido posibles, así como a Alfredo Aracil, Diego Esteras, Javiera Pérez Salerno y a quienes participaron del ciclo como conferencistas y como asistentes. 

Referencias bibliográficas

ANDERS, G. (2011). La obsolescencia del hombre (Vol. l) Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (trad. Josep Monter Pérez). Valencia: Pre-Textos.

Hui, y. (2020). Fragmentar el futuro. Ensayos sobre tecnodiversidad (trad. Tadeo Lima). Buenos Aires: Caja Negra. 

Mumford, l. (1971). Técnica y civilización (trad. Constantino Aznar de Acevedo). Madrid: Alianza. 

Capítulo 1 Cyborg y autómata: dos modelos para pensar la inteligencia artificial

Darío Sandrone

Cuenta Plutarco que cuando Platón se enteró de que Arquitas y Eudoxio resolvieron algunos problemas geométricos con aparatos mecánicos se enojó mucho: “Estando Platón enfadado con ellos, afirmándoles que corrompían y dañaban la dignidad y todo aquello que tenía de excelente la geometría, haciéndola descender de las cosas intelectivas e incorpóreas a las cosas sensibles y materiales, y haciéndola utilizar materia corporal en la que se hace necesario emplear vil y bajamente el trabajo manual; desde ese tiempo, digo, la mecánica o arte de los ingenieros se separó de la geometría y, por haber sido muy despreciada por los filósofos, llegó a ser una de las artes militares”.  (Schuhl, 1955: 31)

Introducción

El término autómata es antiguo, proviene del griego autómatos (αὐτόματος), y designa un ser artificial “con movimiento propio”. También fue empleado con bastante regularidad por algunos de los teóricos del siglo XIX para caracterizar la maquinaria industrial automática. En su uso habitual, suele tomarse como sinónimo del término robot, aunque este solo tiene un siglo, y fue acuñado por el dramaturgo ruso Karel Capek, cuando en 1920 escribió RUR (Rossum’s Universal Robots), una obra de teatro en la que un ser mecánico, construido en una fábrica con el propósito de reemplazar a los seres humanos en los trabajos pesados, se rebelaba contra ellos y comenzaba a exterminarlos. Para que una entidad artificial sea un robot, tal como se lo entiende en la actualidad, no basta con ser automático. Además, es necesario que se autorregule. Esto significa que debe contar con tres capacidades: percibir lo que sucede a su alrededor, “tomar decisiones” con respecto a eso que percibe y ejecutar acciones sobre su entorno en base a estas “decisiones”. 

El término cyborg, por otro lado, tiene una historia más reciente. En 1960 dos científicos provenientes del campo de la medicina, Manfred Clynes y Nathan S. Kline, analizaban las posibilidades de que un ser humano viajara al espacio exterior, incluso cuando eso era motivo de especulación. Utilizaron por primera vez la palabra cyborg para referirse a lo que luego llamaríamos astronauta. Imaginaron un organismo humano estabilizado a base de fármacos y acoplado a mecanismos automáticos que lo liberarían de la mayoría de las tareas tediosas y repetitivas, ya que “si además de pilotar su vehículo, debe controlar continuamente las cosas y hacer ajustes simplemente para mantenerse vivo, se convierte en un esclavo de la máquina” (1960: 30). En cambio, si el control de la presión sanguínea, la revisión de los aparatos, la verificación del oxígeno, entre otras tareas, fueran realizadas por un sistema robótico de forma automática e inconsciente, el humano quedaría, según sus palabras, “libre para explorar, crear, pensar y sentir” (Clynes y Kline, 1960: 30). Por su parte, en 1983, Donna Haraway publicó su Manifiesto Cyborg, un libro que recorrió el mundo y le dio a este ser una dimensión política y social. Haraway definió al cyborg como: “un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción” (1995: 253). Este híbrido, que ahora no solo son los astronautas sino todos nosotros, las y los terrícolas, “no está hecho de barro y no puede soñar con volver a convertirse en polvo”. Si se asume el cyborg como una nueva condición poshumana, no es el destino de la automatización ser lo opuesto a la libertad, en cambio, se presenta como el nuevo escenario donde esta debe ejercerse. En términos de Teresa Aguilar García: 

La ontología híbrida del Cyborg –medio humano, medio máquina– es el revulsivo para la liberación, de la misma manera que antes lo era el obrero aprotésico de la fábrica. Así el cyborg presentado por Haraway como un nuevo agente salvador o liberador de la condición humana, pero en este caso, de la propia condición de humano. […] En el caso de Haraway, la alianza con la máquina, principio aparentemente contrario al principio de desalienación o liberación del pensamiento clásico, sin embargo, promociona igualmente la liberación de un ente que ya no es humano. El concepto de liberación permanece intacto, las condiciones de llevarla a cabo, que son la ontología del sujeto, varían (2008: 22).

En consecuencia, el autómata/robot y el cyborg se presentan como dos modelos de sociedad presente y futura, erigidos sobre dos concepciones diferentes del vínculo entre seres humanos y máquinas automáticas. El primero, autómata/robot, habla el lenguaje de la sustitución y el capital: los humanos se automatizan en su totalidad, a tal punto que pueden ser reemplazados por máquinas, que son más dóciles y baratas. El segundo, el cyborg habla el lenguaje de la asociación y la política: la automatización que se da en un nivel permite la liberación de capacidades humanas en otro y esto habilita expresiones y prácticas que ni el humano por sí solo ni la máquina podrían alcanzar. Ni el autómata ni el cyborg existen más que como ficciones, como seres imaginarios, míticos, que suelen ser la expresión de ideales a seguir. 

En lo que sigue, me interesa inscribir esta distinción en los debates en torno a la inteligencia artificial (IA). Para ello partiremos de varios supuestos. El primero es que el proyecto de la IA, como se lo conoció en el siglo XX a partir del trabajo de Alan Turing, hunde sus raíces en la mecanización de las tareas intelectuales, sobre todo relacionadas al cálculo matemático, que podemos rastrear hasta la antigua Grecia (como lo muestra nuestro epígrafe), pero que comienza un proceso de sistematización en la Modernidad y se consolida con la llamada Revolución Industrial. El segundo supuesto es que, desde sus comienzos, la IA ha estado indisolublemente ligada, por un lado, a la expansión de la industria, por el otro, a una reflexión ontológica sobre las máquinas, sobre qué pueden y qué no pueden ser o hacer. Esta reflexión no solo quedó en el plano teórico o filosófico, sino que, en muchos casos, estuvo acompañada de la experimentación práctica. Sin ir más lejos, dos de los precursores de la IA, como Charles Babbage en el siglo XIX y Alan Turing en el siglo XX, diseñaron y difundieron sus propias máquinas. El tercer supuesto es que cada época acuña una noción de IA a partir de las máquinas que la habitan. El cuarto, que a la vez operará como hipótesis de trabajo, es que las posiciones de autores clásicos y contemporáneos sobre este debate se polarizan en torno a las figuras del cyborg y del autómata, que, en cierto sentido, se oponen. 

En este breve texto, proponemos un pequeño recorrido histórico sobre los debates en torno a las máquinas y sus vínculos con las tareas intelectuales humanas, en busca de algunas conexiones con las discusiones contemporáneas sobre IA. Es necesario hacer, sin embargo, dos aclaraciones. La primera es que del vasto espectro de temas a los que podríamos apuntar en relación con la IA, me enfocaré en el mundo del trabajo y la producción. Me interesa indagar esa intuición de Teresa Aguilar García, acerca de que el cyborg desplazó al “obrero aprotésico de la fábrica” como sujeto de la lucha por la desalienación del trabajo. La tesis contraria, que suele ser más difundida por el sentido común, es que las nuevas condiciones imponen la erradicación del trabajo humano a partir del reemplazo de los trabajadores por autómatas. La cuestión es si el ensamblaje con las máquinas automáticas libera a los trabajadores humanos o los descarta. La otra aclaración es, por decirlo así, de tipo historiográfico. Soy consciente del riesgo de caer en una anacronía al atribuirle la conceptualización cyborg a autores muy anteriores a la propia acuñación o difusión del término. Creo, sin embargo, que esta operación riesgosa puede traer claridad sobre algunos aspectos del pensamiento de estos autores, y que, además, ese posible anacronismo es muy fértil para pensar los fenómenos de la IA en nuestros días. Me importa menos lo que dijeron entonces que lo que podemos leer a partir de ellos aquí y ahora. Espero que esa indagación sea un aporte para llegar al umbral de estas preguntas: ¿Cuál es la naturaleza de las máquinas actuales? ¿En qué se diferencian de las anteriores? ¿Y de las futuras? ¿Existe algo así como trabajo cyborg, diferenciado del trabajo alienante al interior de un mundo automatizado y maquinizado? No obstante, bien vale la advertencia: no atravesaré el umbral, y no intentaré profundizar en posibles respuestas a estas preguntas, aunque sí pretendo dejar algunas claves para continuar esa tarea en próximos desarrollos, sean propios o encarados en un futuro por las y los lectoras que se asomen a estas páginas. 

El sueño de Leibniz

En el tópico que aquí nos ocupa, el adjetivo “artificial” que sucede al sustantivo “inteligencia” alude a ciertas operaciones intelectuales que no son llevadas a cabo en el ámbito del organismo biológico, por alguno de sus órganos o sistemas, sino en productos o sistemas externos producidos técnicamente, o tomados de la naturaleza para esos fines. A este último caso alude la etimología de la palabra cálculo, que en sus orígenes significaba “piedra”, denominación que se ha mantenido en el ámbito de la medicina. La polisemia no es casual: posiblemente, mover piedras de una vasija a otra haya sido una de las primeras operaciones matemáticas realizadas con objetos físicos fuera de nuestra mente. A partir del siglo XVII, los engranajes, esto es, una composición de dos o más ruedas dentadas, desplazaron las piedras. Mientras las piedras requieren ser manipuladas una a una, lo que limita las operaciones matemáticas susceptibles de ser realizadas por esta vía, las ruedas de un engranaje son solidarias: el movimiento de una implica el de las demás. Esto no solo amplió la complejidad de operaciones posibles, sino que abrió la puerta al cálculo automático, ya que quien calculaba solo debía prestar atención a la posición inicial y final del engranaje, desentendiéndose de los pasos intermedios. Bajo ese principio, en 1642, Pascal diseñó La Pascalina, una pequeña caja en cuyo interior había un engranaje que permitía realizar sumas y restas. 

Sin embargo, reducir la “inteligencia natural” a las operaciones mentales que tienen lugar en el cuerpo biológico, por un lado, y circunscribir la IA a las operaciones de mecanismos exocorporales, por el otro, resulta problemático. ¿No es el cálculo mental un artificio? ¿No consiste, acaso, en una automatización de ciertas operaciones intelectuales, en la cual se sigue irreflexivamente una serie de pasos con los que obtenemos un resultado a partir de unos pocos datos? ¿No es ya una forma de IA, a pesar de que se ejecuta en el cerebro? Además, ¿los métodos de cálculo no fueron inventados en determinados momentos históricos como cualquier otro artefacto? ¿No fueron estos automatismos mentales reemplazados por máquinas como tantas otras formas de trabajo humano? 

Un poco después de Pascal, Leibniz realizó dos grandes inventos, en dos planos diferentes. Por un lado, desarrolló la notación del cálculo diferencial e integral, lo que permitió sistematizar las operaciones mentales y con ello “hizo fáciles cálculos complejos con poco pensamiento”, más aún, “era como si la notación hiciera el trabajo” (Davies, 2000: 4). De hecho, los avances que Leibniz realizó a finales de 1675 en relación con el cálculo infinitesimal fueron tan importantes que toda esa batería de operaciones y sistematizaciones fue denominada la “invención del cálculo” (Davies, 2010: 10). Lo más llamativo, no obstante, es que, previamente, Leibniz había construido máquinas físicas capaces de realizar cálculos, por lo que fue reconocido en 1643 por la Royal Society of London (Davis, 2010: 10). Las operaciones que efectuaban las máquinas de Leibniz eran básicas, aunque él soñaba con que algún día pudieran realizar algunas complejas. Desde su punto de vista, esto liberaría la mente para el pensamiento creativo, porque, según sus propias palabras, “es indigno de hombres excelentes perder horas como esclavos en el trabajo de cálculo que con seguridad podría ser relegado a alguien más si se utiliza la máquina” (Citado por Davis, 2010: 8). Es importante notar que Leibniz no dijo que todas las personas quedarán liberadas del trabajo indigno, sino solo los “hombres excelentes” que podrán permitir que “alguien más” –menos excelente, digamos– asista a la máquina en lugar de ellos. Desde los orígenes de la IA, la liberación de la mente para unos, implicaba la sujeción del cuerpo de otros a las operaciones de las máquinas de cálculo. En definitiva, desde el siglo XVII, el vínculo intrínseco entre IA y máquina ya está planteado, y con ello dos preguntas: ¿qué relaciones existen entre la automatización de las operaciones mentales y la invención de “máquinas inteligentes”?; ¿qué relación se establece entre la maquinización de las operaciones mentales y la organización de los cuerpos humanos, y sus operaciones, a través de la división del trabajo? 

Cálculo, división del trabajo y producción

Ya en el siglo XVIII, en 1791 más precisamente, el ingeniero francés Gaspard de Prony, quien tenía a su cargo decenas de calculistas (denominados computers), y había leído y admiraba a Adam Smith, emprendió el proyecto de aplicar la división del trabajo a las operaciones de cálculo. “Fabricaré mis logaritmos como uno fabrica alfileres”, era su principio rector. Para ello, creó un taller de manufactura de algoritmos, con decenas de cuerpos humanos reunidos alrededor de tareas de cálculo, y en donde el trabajo intelectual seguía el modelo de una pirámide de trabajadores dividida en tres clases: en el pináculo, algunos “matemáticos de distinción” que desarrollaban las fórmulas generales para calcular los logaritmos por el método de diferencias; en el segundo nivel, siete u ocho “algebraicos” entrenados en análisis que pudieran traducir las fórmulas a formas numéricas aptas para computarse; y en la base amplia, setenta u ochenta “trabajadores” que solo conocen la aritmética elemental y que realmente realizaban miles de sumas y restas. A estos últimos, De Prony los describió como “puramente mecánicos” (Daston, 2017: 11). 

El proyecto de De Prony se hizo muy famoso en Europa y, años después, influiría de manera decisiva en un matemático inglés formado en Cambridge, Charles Babbage, quien comenzaba también a hacerse famoso por su proyecto de construir una máquina que pudiera realizar cálculos a nivel industrial. A lo largo de la década de 1830, Babbage realizó giras por Europa para promocionar su máquina. Sus intervenciones, sin embargo, iban más allá de los intereses de un ingeniero. En realidad, lo que estaba en juego era un programa de mecanización de la inteligencia, de hecho, en sus conferencias, usaba expresiones como “la máquina sabe” para describir el funcionamiento de sus mecanismos (Shaffer, 1994: 207). Esto a su vez, se articulaba con el proyecto político industrial de consolidar y acelerar la expansión de los talleres automatizados de manufactura. Fue al interior de ese proyecto que Babbage retomó la idea de De Prony. En 1832 escribió: 

El proceder de M. Prony, en este célebre sistema de cálculo, se parece mucho al de una persona hábil a punto de construir una fábrica de algodón o seda, o cualquier establecimiento similar. Habiendo descubierto, por su propio genio o con la ayuda de sus amigos, que alguna maquinaria mejorada puede ser aplicada con éxito a su búsqueda, hace dibujos de sus planos de la maquinaria, y él mismo puede ser considerado como parte de la primera sección. A continuación, requiere la asistencia de ingenieros operarios capaces de ejecutar la maquinaria que han diseñado, algunos de los cuales deben comprender la naturaleza de los procesos a realizar; y estos constituyen su segunda sección. Cuando se ha fabricado un número suficiente de máquinas, deben emplearse para utilizarlas una multitud de otras personas que posean un grado menor de habilidad; estos forman la tercera sección: pero su trabajo, y el justo desempeño de las máquinas, aún deben ser supervisados por la segunda clase (2009: 157).

Como podemos observar, Babbage no consideraba que la organización de la incipiente producción industrial consistiera en el reemplazo total de los trabajadores humanos por máquinas, sino en la distribución del trabajo a lo largo de un gran ensamblaje humano-máquina, tratando de optimizar los recursos de la producción. En ese contexto, su Máquina analítica rápidamente fue emparentada con la fábrica moderna. Él afirmaba que funcionaría como una fábrica, con un “almacén” que contendría todas las variables que intervienen en el cálculo, y la “fábrica”, donde se harían las operaciones. Aquello que hoy entenderíamos como la diferencia entre memoria y procesador, en aquella época se enmarcaba dentro de la jerga fabril. Por otro lado, la máquina sería controlada a través de un sistema centralizado. Esta mirada panóptica era uno de los aspectos que más se tenían en cuenta para proyectar a futuro sobre los talleres de manufactura. El hecho de que una máquina sea una organización de piezas inanimadas, mientras que, en cambio, en un taller también hubiera personas, era un detalle. El periodista industrial, Dionysius Lardner, escribió en 1834 que se podían gestionar los cuerpos de los obreros en una fábrica, de la misma forma “inteligente” en que la máquina de Babbage movía las piezas metálicas, con funciones reguladas por “un mapa o plano conectado” (Shaffer, 1994: 207). A pesar de estas interpretaciones, el objetivo de Babbage no era el control mediante la organización mecanizada del trabajo, o no solamente eso, sino la liberación de prácticas creativas en los trabajadores humanos mediante la inserción de máquinas en los aspectos repetitivos del trabajo. Así plantea, por ejemplo, la función del torno automático: “Pero el principal uso que se puede esperar de este torno es preparar todas las partes más burdas y dejar solo las líneas más finas y expresivas para la habilidad y el genio del artista” (Babbage, 2009: 49). Por otra parte, al igual que el sueño de Leibniz, la maquinaria requeriría nuevos profesionales abocados a la supervisión de las máquinas, además de que, en el siglo XVIII, como podemos notar en la cita anterior, ya despuntaba la profesión de ingeniero mecánico, como la entendemos en la actualidad. 

Muy diferente era la concepción de otro cuadro intelectual de la Revolución Industrial, Andrew Ure, un químico, docente universitario de vanguardia, que fue unos de los principales promotores de la transformación educativa, para desplazar la especulativa “Filosofía Natural”, en los planes de estudio, por “Ciencia Aplicada a la Industria”. A diferencia de Babbage, Ure no concebía la fábrica moderna como un nuevo dispositivo tecnológico capaz de automatizar ciertos niveles de la producción para liberar el costado creativo del trabajo humano, sino su completa sustitución por máquinas automáticas, y la reducción de la participación humana a la vigilancia pasiva. A comienzos del siglo XIX, escribió: “El principio del sistema fabril es, entonces, sustituir la habilidad manual por la ciencia mecánica” y “en el plan automático, la mano de obra habilidosa será progresivamente superada y, eventualmente, reemplazada por simples pastores de máquinas” (Ure, 1835: 20). Aquí aparece la concepción de fábrica como un “vasto autómata”, que implica la prescindencia del trabajador humano como sujeto de la producción, y su reducción a “órgano intelectual” del sistema de máquinas automático. 

La fábrica significa la cooperación de varias clases de obreros, adultos y no adultos, que cuidan con destreza y asiduidad de un sistema de mecanismos productivos a los que continuamente pone en acción un poder central […]. Este término en su acepción más estricta, implica la idea de un vasto autómata, compuesto de muchos órganos mecánicos e intelectuales que operan concertada e ininterrumpidamente para producir un mismo objeto, estando subordinados todos esos órganos a una fuerza motriz que se mueve por sí misma(Ibíd.: 13).

Como ha observado Steve Edwards, el cyborg y el autómata son dos figuras contradictorias, que entran en tensión en las concepciones teóricas de la fábrica moderna (Edwards, 2005: 20). El primero, que proyecta Babbage, consiste en una operación combinada de muchas órdenes a los trabajadores, los cuales serían, por así decirlo, el sujeto de la producción, que se ensambla con máquinas con el propósito de elaborar un producto. Por otra parte, el autómata, proyectado por Ure, se convierte en sujeto de la producción al que los trabajadores humanos “cuidan con destreza y asiduidad”, sin tener ningún tipo de injerencia en el proceso, quedando reducidos a meras piezas de maquinaria o “pastores de máquinas”. Mientras que el cyborg aún habla el lenguaje de los capataces, el autómata habla el de la ciencia; mientras Babbage proyecta que el trabajo calificado será un componente activo irremplazable de los procesos productivos industriales, Ure proyecta la docilidad y la pasividad de las tareas humanas; mientras que Babbage se enfoca en la división del trabajo entre humanos y máquinas, Ure se enfoca en la maquinización de todo el proceso; mientras que Babbage pensaba que se podían hacer máquinas tan inteligentes como los humanos, Ure pensaba que se podía hacer a los humanos tan mecánicos y pasivos como las piezas de una máquina (Edwards, 2005: 24). 

Marx, el cyborg manufacturero y el autómata industrial

Los conceptos que Karl Marx encontrará en estos autores serán fundamentales en su concepción de máquina y maquinaria industrial, y los utilizará en sus obras tempranas, así como en las tardías. En términos comparativos, Marx consideró que las proyecciones de Ure eran más representativas del espíritu de la industria moderna que las de Babbage. En El capital Marx dirá que,