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Michelle Conder

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Beschreibung

No sabía si aceptar su descarada oferta… El cínico Cruz Rodríguez cambió ocho años atrás el campo de polo por la sala de juntas, donde sus instintos implacables acabaron convirtiéndolo en un hombre formidablemente rico. Pero surgió una complicación en su último negocio... en la seductora forma de Aspen Carmichael. Aspen, la criadora de caballos, nunca había olvidado a Cruz... su tórrido encuentro había sido el único placer de su cada vez más desesperada vida. Así que, cuando el deslumbrante Cruz apareció con una multimillonaria oferta de inversión bajo el brazo, Aspen se encontró en un dilema. Porque ansiaba su contacto... ¡pero aquello podía costarle más caro que nunca!

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Seitenzahl: 208

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2014 Michelle Conder

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Una oferta descarada, n.º 2314 - junio 2014

Título original: The Most Expensive Lie of All

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4322-6

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

–Ochenta y tres. El servicio es mío.

Cruz Rodríguez, multimillonario hecho a sí mismo y uno de los mejores atletas que habían pisado nunca las canchas de polo, dejó caer la raqueta de squash a los pies para quedarse mirando incrédulo a su oponente.

–¡Tonterías! Pido let. Y van ochenta y tres para mí.

–¡Ni hablar, compadre! El punto ha sido mío.

Cruz fulminó con la mirada a su hermano Ricardo, que se disponía a servir.

–Los tramposos siempre terminan llevándose su merecido, ya sabes –masculló Cruz mientras se dirigía al lado opuesto de la pista.

–No siempre se puede ganar, amigo.

Quizá no, pensó Cruz, pero la verdad era que no se acordaba de la última vez que había perdido. Oh, sí, en realidad sí que podía, pero su abogada estaba en proceso de solucionar cierto asunto mientras él desahogaba energías con su hermano. En ese momento se anticipó acertadamente a un mate de Ricardo y respondió con otro imposible de alcanzar. Y eso que lo intentó. Con un chirrido de sus deportivos en la pista barnizada, se estiró a por la bola y falló.

–¡Vaya suerte! –Ricardo quedó tendido en el suelo, sacudiendo la cabeza.

–Me alegro de ver que sabes cuál es tu lugar –dedicó a su hermano una indolente sonrisa.

–Es injusto. El squash ni siquiera es tu deporte.

Su deporte había sido el polo. Años atrás. Enjugándose el sudor del rostro, Cruz se inclinó sobre su bolsa y lanzó a su hermano una botella de agua. Sentado en el suelo, Ricardo se la bebió de un trago.

–Ya sabes que si te dejo ganar de vez en cuando es porque te pones insoportable cuando pierdes –le advirtió.

Cruz le sonrió; a eso no podía objetar nada. Sacó el móvil de la bolsa para ver si el mensaje que estaba esperando había llegado. Frunció el ceño al ver que no era así.

–¿Por qué miras tanto esa cosa? –quiso saber Ricardo–. ¡No me digas que alguna chica te lo está poniendo por fin difícil!

–Ya te gustaría a ti –murmuró Cruz–. No, se trata de un asunto de negocios.

–No te preocupes, que algún día encontrarás a la chica de tus sueños.

–Al contrario que tú, yo no la estoy buscando –repuso, desdeñoso.

–Entonces, probablemente, la encontrarás antes que yo –se lamentó Ricardo.

–Pues no esperes sentado –rio Cruz–. Te morirías antes –lanzó la bola al aire y la golpeó contra la pared, algo afectada su concentración por la improbable predicción de su hermano.

Porque, efectivamente, había una mujer. Una mujer que últimamente había ocupado sus pensamientos con demasiada frecuencia. Una mujer a la que no había visto durante mucho tiempo y a la que esperaba no volver a ver. Por supuesto que conocía el motivo por el cual últimamente estaba ocupando su mente en los momentos más inoportunos, pero, después de haberse pasado ocho años intentando olvidarla, eso le servía de poco consuelo.

No era que se hubiera descuidado al respecto. Muy pronto había aprendido que cuanto más lo afectaban las cosas más poder tenían esas cosas para causarle dolor, y desde entonces había vivido la vida como un despreocupado jugador: ganando fácil y perdiendo fácil. No se aferraba a nada, lo cual lo había convertido, para sorpresa de todo el mundo, en un hombre formidablemente rico. Un tipo que había cambiado la cancha de polo por una sala de juntas e invertido en mercados de acciones y bonos de los que habían huido ejecutivos más experimentados, ganando muchísimo dinero en el proceso.

A esas alturas lo tenía todo, pero lo que no tenía en ese momento era un mensaje de su abogada informándole de que se había convertido en el orgulloso propietario de una de las más prestigiosas fincas de caballos del mundo: la granja Ocean Haven. Resistiendo un nuevo impulso de mirar su teléfono, paseó por la cancha de squash usando el faldón de la camiseta para enjugarse el sudor que le corría por la cara.

–Bonitos abdominales –oyó que decía una voz femenina al otro lado del ventanal. Era Lauren Burnside, abogada de uno de los bufetes de Boston que a veces utilizaba para la gestión de contratos de especial discreción–. Siempre había sospechado que escondía usted un cuerpo magnífico debajo de su traje de ejecutivo, señor Rodríguez. Ahora ya lo sé.

–Lauren –Cruz dejó caer el faldón de la camiseta y esperó a que terminara de subir la mirada hasta sus ojos. Era una mujer elegante, voluptuosa y sofisticada, y él había estado a punto de acostarse con ella hacía cerca de un año, pero se había echado atrás en el último momento. Seguía sin saber por qué–. Ha hecho usted un viaje muy largo cuando podía haberme informado por teléfono sin más. Incluso un mensaje de texto habría bastado.

–No se crea. Hemos tenido un tropiezo –sonrió–. Y dado que estaba en California, a un tiro de piedra de Acapulco, se me ocurrió venir a comunicarle la noticia personalmente.

Cruz frunció el ceño con gesto impasible. Sabía que las mujeres lo encontraban atractivo. Era alto, estaba en forma, tenía la nariz recta y los dientes blancos, una buena cantidad de pelo negro y además estaba forrado de dinero y en absoluto interesado en el amor. Todo lo cual parecía la combinación perfecta para atraer a las mujeres. Pero las mujeres, en su experiencia, raramente quedaban satisfechas con nada y habitualmente pedían más de lo que podían conseguir, lo cual era algo tedioso en extremo.

–No es eso lo que quería yo escuchar de un contrato que debería haber sido tramitado hace dos horas, señorita Burnside –mantuvo un tono de voz cuidadosamente inexpresivo, aunque el corazón le latía todavía más rápido que durante todo el partido de squash.

–Permítame entonces que me acerque.

–¿Es tu última conquista? –le preguntó Ricardo.

–No.

La cortante respuesta de Cruz hizo que su hermano enarcara las cejas.

–Aspira a serlo.

Cruzó los brazos mientras Lauren abría la puerta de cristal y entraba en la cancha. Su traje de ejecutiva de poco servía para ocultar su espectacular cuerpo.

–¿Qué tropiezo es ese? –le espetó.

–¿No prefiere que hablemos en privado?

–Este es Ricardo, mi hermano y vicepresidente del Rodríguez Club de Polo. Se lo repetiré: ¿cuál es ese tropiezo?

–El tropiezo –pronunció la abogada con toda tranquilidad– es la nieta, Aspen Carmichael.

Cruz se tensó ante la inesperada mención de la mujer a la que tanto se estaba esforzando por olvidar. La última vez que había puesto los ojos en ella había tenido diecisiete años, no había llevado más que un breve camisón y había hecho una actuación digna de Marilyn Monroe. La pequeña estratagema que ella había urdido con su novio pijo le había hecho perder a Cruz una fortuna y, lo que era más importante, el respeto de todo el mundo. Aspen Carmichael lo había engañado una vez antes y él había tenido que retirarse. No lo haría una segunda vez.

–¿De qué forma?

–Ella quiere quedarse con Ocean Haven y su tío ha accedido magnánimamente a vendérselo a un precio reducido. Parece que si es capaz de conseguir el dinero durante los cinco próximos días, la propiedad será suya.

–¿Qué precio reducido es ese?

Cuando Lauren mencionó una cifra que era la mitad de la que él mismo había ofrecido, Cruz maldijo en voz alta.

–Joe Carmichael no es muy listo que digamos, pero... ¿por qué habría de hacer eso?

–La familia –Lauren se encogió de hombros–. La sangre es más espesa que el agua.

Se pasó una mano por el cabello húmedo de sudor. Ocho años atrás, Ocean Haven había sido su hogar. Durante once años había vivido encima de la cuadra principal y trabajado diligentemente con los caballos: primero de mozo, luego de entrenador y finalmente como gerente y capitán del afamado equipo de polo de Charles Carmichael. Si había salido de la pobreza y de la oscuridad en un triste pueblucho había sido gracias a su talento para la equitación. Y porque un acaudalado americano se había fijado en él en la haciendaen la que Cruz había estado trabajando en aquel tiempo.

Apretó los dientes. En aquel entonces no había sido más que un muchacho de trece años desesperado por salvar a su familia de la ruina tras la súbita y absurda muerte de su padre. Charles Carmichael, según había terminado descubriendo después, albergaba ambiciosos planes para crear un dream team de polo que se destacara sobre los demás, y había visto en Cruz a su futuro protegido y favorito. Su madre, en cambio, había visto en él a un muchacho ingobernable al que podía utilizar para sacar adelante a la familia. Según ella, mandarlo con el americano había sido lo mejor para él. Pero lo que había querido decir era que eso había sido lo mejor para todos, ya que el viejo Carmichael le había estado pagando una pequeña fortuna a cambio.

Y, maldijo para sus adentros: su madre había tenido razón. Para cuando cumplió los diecisiete, Cruz se había convertido en el jugador de polo más joven en conseguir un ten handicap: la categoría más alta que podía alcanzarse. Y para los veinte había sido aclamado como posiblemente el mejor jugador vivo de la historia. A los veintitrés, sin embargo, el sueño había terminado y se había convertido en el hazmerreír del mismo mundillo que había besado su trasero más veces de lo que podía recordar. Y todo gracias a la bella y retorcida Aspen Carmichael.

Aspen había llegado a Ocean Haven como una inocente y solitaria niña de diez años que acababa de perder a su madre en un horrible accidente, presuntamente un suicidio. Cruz apenas la había visto durante aquellos años. Los veranos se los había pasado jugando al polo en Inglaterra mientras que ella había pasado el resto del año interna en algún selecto colegio. Para él solo había sido una larguirucha niña de pelo rubio siempre necesitado de un buen corte. Hasta que un año se lesionó una rodilla y tuvo que pasar el verano, sus vacaciones de verano, en Ocean Haven, y... ¡bum! Aspen, que por entonces había rondado los dieciséis, se había convertido en una mujer espectacular. Todos los chicos se habían fijado en ella para dedicarse a buscar su atención.

Cruz también, solo que no había hecho nada al respecto. De acuerdo, quizá hubiera pensado en ello más de una vez, pero nunca la habría tocado si ella no lo hubiera buscado a él primero. Había sido demasiado joven, demasiado hermosa, demasiado pura. Se descubrió en ese momento relamiéndose los labios mientras el sabor de Aspen explotaba en su cabeza. Evidentemente, no había sido nada pura aquella noche.

–¿Te encuentras bien, hermano?

Cruz se giró para quedarse mirando fijamente a su hermano sin realmente verlo. Se había mantenido alejado de Ocean Haven y de todo lo relacionado con la finca después de que Charles Carmichael le diera la patada. En ese momento Ocean Haven había salido a la venta y, objetivamente hablando, era una propiedad de primera categoría. El hecho de que tuviera que demolerla para edificar un hotel era simplemente algo esperable.

Por supuesto, su hermano pequeño no lo entendería, y él tampoco estaba de humor para explicárselo. Había abandonado México cuando Ricardo era todavía muy pequeño. Ricardo había llorado, Cruz no. Ocho años atrás, sorprendentemente, cuando volvió a México con el rabo entre las piernas, su hermano y él habían retomado su relación donde la dejaron, intacto el vínculo que los unía. El único que tenía Cruz con alguien.

–Estoy bien –desvió la mirada hacia Lauren–. Y no me preocupa Aspen Carmichael. El viejo Carmichael se murió debiendo más dinero del que tenía, así que es imposible que ella tenga esa cantidad.

–No la tiene –le dio la razón Lauren–. Pero la pedirá prestada.

Cruz se quedó sorprendido. Eso sí que era una estupidez. Sabía que Ocean Haven criaba y entrenaba caballos y ponis de polo de alta calidad, pero ninguna de esas actividades podía reportar tanto dinero.

–Nunca lo conseguirá.

–Mis fuentes me dicen que está muy cerca de hacerlo.

–¿Cuánto de cerca?

–Dos tercios.

–¡Veinte millones! ¿Quién sería tan estúpido como para dejarle veinte millones de dólares con la crisis actual? Y, lo que es más importante: ¿qué piensa utilizar como garantía?

Lauren enarcó una ceja ante aquel estallido tan poco habitual en él, pero tuvo la prudencia de callarse.

–¡Diablos! –¿cómo podía ella haber conseguido tanto dinero y qué podía hacer él al respecto?

–¿Quiere que empiece a negociar con ella? –le preguntó Lauren.

–No –puso a funcionar su mente a la busca de una solución, pero lo único que produjo fue la imagen de una radiante adolescente ataviada con una ajustada camisa y unos aún más ajustados pantalones de montar, apoyada en una valla, charlando y riendo mientras el sol arrancaba reflejos de oro a sus rizos rubios como el trigo. Apretó la mandíbula y se excitó. «Estupendo», se dijo, irónico. Una erección en shorts–. Concéntrese en Joe Carmichael y en cualquier otra oferta que aceche por ahí –instruyó a su abogada–. Yo me encargo de manejar a Aspen Carmichael.

–Por supuesto –pronunció Lauren con una rápida sonrisa.

–Averigüe mientas tanto quién piensa prestarle el dinero y lo que ella le ha ofrecido como garantía –aunque sobre ese último punto tenía alguna idea aproximada–. Y vuelva a reunirse conmigo en mi despacho de Acapulco dentro de una hora.

Ricardo esperó hasta que Lauren hubo desaparecido antes de lanzar la pelota de goma al aire.

–No me habías dicho que pensabas comprar la finca Carmichael.

–¿Por qué habría de hacerlo? Solo es trabajo,

–¿Y manejar a la encantadora Aspen Carmichael forma parte de ese trabajo?

–Eso no es asunto tuyo.

–Quizá no, pero una vez juraste que nunca más volverías a poner un pie en Ocean Haven. ¿Qué significa eso entonces?

Significaba, pensó Cruz, que el viejo Carmichael había fallecido y que su hijo Joseph, el tío de Aspen, no podía permitirse conservar la propiedad y mantener a su novia inglesa bien provista de diamantes y champán, con lo que se marchaba a Inglaterra. Cruz había supuesto que Aspen los acompañaría para seguir viviendo a su costa ahora que su abuelo estaba fuera de escena. Pero parecía que había supuesto mal.

–No tengo tiempo para hablar de esto ahora –dijo a la vez que tomaba una repentina decisión–. Tengo que preparar mi avión privado.

–¿Vas a volar a East Hampton? Te recuerdo que la fiesta sorpresa del cumpleaños de Miama es mañana.

Cruz se dirigía al vestuario con la mente ya puesta en Hampton... o, más concretamente, en Ocean Haven.

–No cuentes con que vaya.

–Dados tus antecedentes, la única persona que seguirá albergando alguna esperanza de que vayas es la propia Miama.

Cruz se detuvo en seco. Las palabras de Ricardo se le habían clavado en el corazón. Su familia lo seguía siendo todo para él, pero la situación ya no era la misma de antes. Con la excepción de Ricardo nadie sabía cómo tratarlo, mientras que su madre constantemente le lanzaba miradas culpables que eran un persistente recordatorio de los oscuros días de su niñez, cuando lo despachó para América. Se volvió para mirar a su hermano.

–¿Te vas a poner terco con esto, verdad?

–En cuestión de terquedad, tú te llevas la palma, amigo. Yo solo estoy siendo insistente.

–Insistentemente pesado. ¿Sabes una cosa, hermanito? Tú no necesitas una esposa. Tú eres una esposa.

Aspen se descubrió admirando por primera vez el oficio de los teleoperadores. No era fácil que les respondieran a las llamadas y aun así una continuaran intentándolo, incansables. Pero tenía que hacer de tripas corazón y pensar en positivo. Sobre todo cuando estaba tan cerca de conseguir su meta. Porque rendirse significaría fracasar en su intento de conservar su adorado hogar, y eso resultaba inconcebible.

Sonriendo a la montaña de hombre que tenía delante como si no tuviera la cabeza llena de dudas y temores, Aspen se tiró discretamente de la cintura del vestido de seda que se había puesto para impresionar a los patrocinadores de polo. Todos ellos se habían reunido allí para asistir a los chukkas que se celebraban en Ocean Haven los meses de verano, a mitad de semana. Con el calor abrasador del sol, el vestido había adquirido la textura de un húmedo estropajo. Lo cual de poco servía para mejorar su humor mientras escuchaba a Billy Smyth III, hijo de uno de los archienemigos de su difunto abuelo, hablando con entusiasmo del partido que su equipo, afortunadamente para Aspen, acababa de ganar.

Billy Smyth era un tipo enorme que vivía a costa del gran negocio de su padre en la industria del cartón y disfrutaba haciéndolo... al igual que otros muchos de su círculo, como el exmarido de Aspen. Pero no iba a estropear un día ya de por sí bastante difícil pensando también en Chad, así que se concentró en el millonario que tenía delante. El tipo era de los que pensaban que las mujeres estaban tanto más bonitas cuanto más calladas. El mismo hecho de que estuviera en ese momento adulando su enfermizo ego constituía una buena prueba de lo desesperada que estaba.

Cuando él le pidió que se vieran un rato después del partido, Aspen había saltado literalmente ante la oportunidad, consciente de que habría sido capaz de lo que fuera con tal de conseguir que le prestara los últimos diez millones que necesitaba para conservar Ocean Haven. Aunque por el brillo de sus ojos probablemente querría verla desnuda, y la verdad era que no estaba tan desesperada como para venderse a sí misma. «Todavía», añadió para sus adentros.

Así que continuó sonriendo y explicándole su plan para convertir «La Granja», como Ocean Haven era denominada cariñosamente, en una empresa perfectamente viable. Hasta el momento, dos de los antiguos amigos de su abuelo habían aceptado entrar en el consejo de administración, pero tenía la sensación de que se le estaban acabando las opciones para encontrar al resto.

–Tu abuelo se estaría revolviendo en su tumba ante la simple posibilidad de que los Smyth invirtieran en La Granja.

–Bueno, él ya no está aquí –le recordó Aspen–. Y, sin el dinero, el tío Joe lo vendería al mejor postor.

Billy ladeó la cabeza y volvió a mirarla de abajo arriba, lentamente.

–Se dice por ahí que ya lo ha encontrado.

–Sí. Algún consorcio empresarial que no dudará en tirarla abajo para construir un hotel. Pero yo estoy decidida a conservar la propiedad. Seguro que tú comprenderás lo importante que es esto, siendo como eres un hombre tan consagrado a la familia...

Una lenta sonrisa se dibujó en el rostro de Billy y Aspen gruñó para sus adentros. Se estaba esforzando demasiado y ambos lo sabían.

–Sí, por supuesto que sí.

Billy la estaba mirando lascivamente. Su sonrisa se amplió. Y cuando se balanceó sobre sus pies, Aspen rezó en silencio para que nunca más tuviera que lidiar con hombres tan arrogantes. Porque era exactamente por eso por lo que se encontraba en aquella situación. Su abuelo había creído en tres cosas: en la testosterona, en el poder y en la tradición. En otras palabras: los varones debían heredar la tierra, mientras que las mujeres deberían sentirse agradecidas de tenerlos a ellos.

Cuando su madre falleció de repente antes de que ella llegara a cumplir los veinte años, y... ¡sorpresa! su aventurero padre desapareció del mapa, Aspen había pasado a vivir con su abuelo y con su tío. El tío Joe le había caído bien desde el principio, pero la verdad era que nunca la había defendido mucho contra los intentos de su abuelo de convertirla en una perfecta señorita. Como consecuencia, a lo largo de su vida había estado a merced de su dominante abuelo, después de su dominante ex y, en ese momento, de su pusilánime tío.

–Lo siento, Aspen –le había dicho su tío cuando ella consiguió acorralarlo en la biblioteca, hacía un mes–. Papá me dejó la propiedad para que hiciera con ella lo que considerara conveniente.

–Sí, pero él nunca habría esperado que la vendieras –le había suplicado Aspen.

–Tampoco debió haber confiado en que Joe resolvería el apuro financiero –se había quejado Tammy, la dominante mujer de su tío.

–No lo pasó nada bien aquellos últimos años... –Aspen había intentado apelar a su tía, pero, consciente de que no serviría de nada, había insistido de nuevo con su tío–. No vendas Ocean Haven, tío Joe. Por favor. Lleva perteneciendo a nuestra familia desde hace ciento cincuenta años. Tu sangre está en esta tierra.

–Lo siento, Aspen, yo necesito el dinero. Pero, al contrario que mi padre, no soy un hombre avaricioso. Si tú puedes conseguir a tiempo la suma que necesito para mi inversión en Rusia, con algo más que me llegue para la casa que Tammy quiere tener en Knightsbridge, entonces podrás quedarte con Ocean Haven.

–Joseph Carmichael, eso es absurdo –había sentenciado Tammy.

Pero, por una vez, el tío Joe había plantado cara a su mujer:

–Yo siempre había pensado en favorecer de alguna manera a Aspen, y esta es una manera de hacerlo –se había vuelto hacia su sobrina, sacudiendo la cabeza–. Pero creo que estás loca por querer conservar este lugar.

Aspen se había puesto tan contenta que poco había faltado para que saliera flotando de la habitación. Era una enorme suma, sí, pero sabía que tenía posibilidades de conseguirla si se aplicaba a ello.

En ese momento sonó el cuerno anunciando el final del último chukka.

–Escucha, Billy, es un buen trato –insistió por última vez–. O lo tomas o lo dejas.

–Me parece que necesito que me aportes un argumento más persuasivo si quieres que vaya con esto a mi padre –le sugirió él.

–¿Como cuál? –Aspen sintió una opresión en el pecho.

–Bueno, diablos, Aspen, tú no eres tan ingenua. Has estado casada.

Sí, desgraciadamente lo había estado, lo cual precisamente había reforzado su determinación de no volver a ponerse nunca a merced de ningún hombre.

–¿En beneficio tuyo, Billy? –sonrió con afectación–. ¿O en beneficio también de tu papá?

Míster Machista tardó un segundo o dos en darse cuenta de que Aspen lo estaba provocando.

–Yo no soy ningún chulo.

–No, claro –repuso ella con tono tranquilo, echándose la cascada de rizos color miel de su melena sobre un hombro–. Lo que eres es una sucia rata de alcantarilla y ahora entiendo por qué el abuelo Charles decía que los de tu familia erais basura –«¿a quién le importan ahora las buenas maneras?», se preguntó.

En lugar de enfadarse, Billy soltó una risotada.

–¿Sabes? No me creo los rumores que dicen que eres frígida. No con el fuego que echas por esos ojos verdes –le acarició fugazmente una mejilla con un dedo, y sonrió al ver que se apresuraba a frotarse la zona con una mano–. Avísame cuando cambies de idea. Me gustan las mujeres con carácter.

Y se alejó tranquilamente, dejándola toda indignada. Lo vio recoger una copa de champán de una mesa antes de reunirse con un grupo de sudorosos jugadores y deseó que alguien se la quitara de la mano para echársela por encima. Por supuesto, nadie lo hizo.

Se giró rápidamente con una expresión de asco y echó a andar sin mirar por dónde iba. Demasiado furiosa para detenerse, se habría estrellado contra una pared si de esa pared no hubiesen surgido unos brazos que la sujetaron de los hombros, evitando el choque. Alzó la mirada a punto de dar las gracias a su salvador, quienquiera que fuera. Pero las palabras no llegaron a salir de su boca cuando se encontró con la dura mirada del hombre al que había pensado no volvería a ver nunca.

El aire entre ellos pareció vibrar de emoción mientras Cruz Rodríguez la miraba con una frialdad que la hizo estremecerse. Ocho años se disolvieron en el polvo. La culpa, la vergüenza y un tropel de sentimientos diferentes batallaban por imponerse en su interior.

–Yo... –parpadeó, buscando desesperada algo que decir. Lo que fuera.

–Hola, Aspen. Me alegro de volver a verte.

–Yo...