Valencia inédita - Ingrid García-Wistädt - E-Book

Valencia inédita E-Book

Ingrid García-Wistädt

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Beschreibung

Los relatos de viajeros procedentes del ámbito lingüístico alemán que visitaron España han sido poco estudiados por la crítica especializada hasta el momento, pese a su importancia como testimonio histórico-cultural. La presente monografía pretende suplir esta carencia y realizar una nueva aportación a esta temática, mostrando la evolución imagológica de Valencia transmitida por estos viajeros y poniendo de manifiesto la relevancia internacional de la ciudad y su entorno, mediante la traducción y el comentario crítico de una selección de fragmentos de textos inéditos escritos entre los siglos XVIII y XX. La imagen resultante oscila entre la fascinación, la extrañeza y el rechazo, dejando sorprendentes cuadros de gentes y lugares, usos y costumbres, que explican algunas de las imágenes (¿distorsionadas?) que en la actualidad impregnan la visión que se tiene de esta «tierra elegida de Dios» y de sus «fogosos hijos de la naturaleza» dentro y fuera de sus fronteras.

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VALENCIA INÉDITA

TESTIMONIOSDE VIAJEROS ALEMANES(SIGLOS XVIII-XX)

VALENCIA INÉDITA

TESTIMONIOSDE VIAJEROS ALEMANES(SIGLOS XVIII-XX)

Ingrid García-Wistädt,

Isabel Gutiérrez Koester, Berta Raposo

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

© De los textos: las autoras, 2019

© De esta edición: Universitat de València, 2019

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Letras y Píxeles S.L.

Cubierta:

Ilustración: Adolphe Françoise Pannemaker, Valencia (1847), grabado en Emmanuel Cuendias, Spanien und die Spanier

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-469-8

ÍNDICE

PREFACIO

VIAJEROS ALEMANES ANTERIORES AL SIGLO XVIII

VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XVIII

Emmerich Fischer: Andanzas de siete años, 1753

Carl Christoph Plüer: Los viajes de Plüer según sus manuscritos, 1777

Franz Jenne: Viajes de Jenne a España, Piamonte, Lombardía y Tirol, 1790

Karl Friedrich von Jariges: Fragmentos de un viaje por el sur de Francia, España y Portugal, 1810

Friedrich Studer: Recuerdos de España, 1810

Conclusiones

Bibliografía

VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XIX

Franz Xaver Rigel: Siete años de lucha en la Península Pirenaica de 1807 a 1814, 1819-1821; Recuerdos de España, 1839

Victor Aimé Huber: Jaime Alfonso, llamado el Barbudo. Esbozos de Valencia y Murcia, 1833

Ida Hahn-Hahn: Cartas de viaje, 1841

Eduard Delius: Excursiones de un alemán del norte por Portugal, España y Norteamérica. En los años 1827-1831, 1834

Moritz Wilkomm: Dos años en España y Portugal. Recuerdos de viaje, 1847

Moritz Wilkomm: Excursiones por las provincias del noreste y centrales de España. Recuerdos de viaje del año 1850, 1852

Ludwig von Rochau: Vida de viaje en el sur de Francia y España, 1847

Alfred von Wolzogen: Viaje a España, 1857

Friedrich Wilhelm Hackländer: Un invierno en España, 1855

Karl Thienen-Adlerflycht: Al país lleno de sol. Cuadros de España, 1861

Graf Bastiano: En el sur. Esbozos de viaje, 1865

Reinhold Baumstark: Mi viaje a España en la primavera de 1867, 1868.

Wilhelm Wattenbach: Un viaje de vacaciones a España y Portugal, 1869.

Rosa von Gerold: Un viaje de otoño a España, 1880

Ludwig Passarge: De las actuales España y Portugal. Cartas de viaje, 1884.

Alois Zöggeler: Por Lourdes a España. Un peregrinaje en el otoño de 1887,1889

Heinz Hoffmeister: Por el sur de España a Marruecos. Páginas de un diario, 1889

Conclusiones

Bibliografía

VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XX

Robert Klimsch: Ciudades, paisaje y gentes de España, 1912

Johannes Mayrhofer: España. Imágenes viajeras, 1918

Otto Bürger: La Riviera Española y las Islas Baleares. Un tranquilo viaje primaveral y estival, 1924

Dr. Anton Stegmann: Al corazón de España. Relato de viajes según el diario de un estudiante universitario, 1928

Peter Schmid: Impresiones españolas, 1952

Hans Joachim Sell: Tentación España, 1963

Hanns Buisman: España, 1972

Wolfgang Abel, Michael Müller y Cornelia Stauch: España. Una guía de paisajes y vivencias para viajeros individualistas, 1985

Beat Sterchi: Going to Santiago. España viajes rutas fiestas, 1995

Conclusiones

Bibliografía

ÍNDICE ONOMÁSTICO

PREFACIO

El ámbito meridional y mediterráneo ha ejercido desde tiempo inmemorial una fuerte atracción sobre el mundo del norte y centro de Europa. La península ibérica y, más concretamente, Valencia y su entorno (es decir, el territorio de la actual Comunitat Valenciana) como parte del Mediterráneo occidental conforman ya desde antiguo ese ámbito, llegando a convertirse en objeto de los más diversos deseos y proyecciones, tanto en el campo de la realidad histórica como en el de la ficción literaria o la especulación filosófica.

A este respecto, la literatura de viajes es una fuente inestimable de información de todo tipo, no solo sobre realidades concretas, sino también sobre percepciones subjetivas que pueden llegar a rozar lo ficcional. La combinación de partes narrativas y descriptivas con reflexiones antropológicas, sociológicas, políticas, etc., convierte este tipo de textos en testimonios histórico-culturales de primer orden.

Los estudios críticos sobre literatura de viajes por España se han limitado generalmente a ofrecer una visión nacional en la que la zona de Valencia raramente se tiene en cuenta, y nunca de manera independiente. A esta limitación se añade el hecho de que los relatos de viajeros procedentes del ámbito lingüístico alemán han sido muy poco estudiados por la crítica especializada hasta el momento, pese a su importancia como testimonio histórico-cultural. Las autoras del presente volumen, junto con un grupo de investigadores internacionales, realizaron un primer acercamiento al tema con la traducción y edición crítica del Cuadro de Valencia (1803) de Christian August Fischer, el primer viajero que dedicó una obra íntegra a Valencia y que tuvo una influencia determinante en la literatura posterior. Esta edición contiene una presentación biográfica del autor y de su obra desde el punto de vista filológico, estético e histórico, así como una retrospectiva sobre la imagen de Valencia vista desde la óptica alemana desde la Edad Media hasta el siglo XIX.1Dos estudios recientes de García-Wistädt y Gutiérrez Koester abordan por primera vez de manera más específica la imagen de Valencia en textos de viajeros alemanes de los siglos XIX y XX,2 dejando patente que la falta de traducciones hace estos textos inaccesibles a un público que no conozca el idioma. Además, en algunos casos se trataba de ediciones limitadas que no se han vuelto a publicar desde entonces. El especial interés del presente volumen radica en que se propone suplir dicha carencia y dar a conocer una amplia selección de estos textos aparecidos a partir del siglo XVIII.

El siglo ilustrado constituye una época en la cual la literatura de viajes experimenta un extraordinario auge y la cultura del viaje un punto de inflexión, debido a motivaciones no solo utilitaristas o eruditas, sino también y sobre todo al deseo de formación y a la necesidad de introspección personal, ambas cosas fomentadas por la Ilustración. A partir del siglo XIX Valencia se convierte en un destino independiente en los viajes a la Península, sobre todo por su atractivo como ciudad del Cid y por su pasado árabe-musulmán, elementos que son buscados expresamente por los viajeros románticos o influidos por el Romanticismo. Con la llegada del siglo XX, la cultura del viaje vuelve a sufrir un cambio radical que la aleja progresivamente de la de épocas anteriores. Unido a ello, la creciente importancia cultural, político-económica y social del Mediterráneo situará la zona de Levante entre los destinos más populares de los viajeros alemanes.

La presente monografía pretende así, mediante la traducción y el comentario crítico de una selección de fragmentos de textos inéditos, mostrar la evolución de la imagen de Valencia que transmiten los relatos de estos viajeros y poner de manifiesto su relevancia internacional a lo largo de tres siglos.

* * *

Quisiéramos expresar nuestro agradecimiento al Ministerio de Economía y Competitividad por su apoyo económico a la publicación de este libro, en el marco del proyecto de investigación del Plan Nacional HUM2010-17906, «Imágenes y estereotipos españoles en libros de viaje alemanes. Evolución histórica entre realidad y ficción interculturales».

Observaciones sobre la selección de textos y sobre las traducciones

El libro está dividido en cuatro partes: una breve retrospectiva sobre los viajeros anteriores al siglo XVIII y tres amplios capítulos correspondientes a los siglos XVIII, XIX y XX. Aunque se ha intentado mantener una cierta uniformidad en la estructura de cada uno de ellos, los textos de cada época exigen unos criterios de selección y una manera de citar diferentes. Todas las citas de textos alemanes que se recogen en este volumen están traducidas al español por las autoras. Se ha intentado realizar una versión lo más fiel posible a los originales, aun a riesgo de sacrificar a veces la elegancia de la redacción.

En aras de la coherencia, todos los topónimos y antropónimos han sido adaptados a la ortografía española actual, aunque los autores no siempre sean consecuentes en este sentido y usen indistintamente la denominación valenciana o la castellana, o incluso a veces una grafía incorrecta.

1. Cf. Berta Raposo et al.: Cuadro de Valencia (Gemälde von Valencia), Valencia, Biblioteca Valenciana, 2008.

2. Cf. Ingrid García-Wistädt: «Der Cid zu Valencia und im Tod: La Valencia mítica en los relatos de los viajeros alemanes a España (s. XIX)», e Isabel Gutiérrez Koester: «Topografía cultural en la literatura de viajes alemana. Un recorrido por la Valencia del siglo XX», en B. Raposo y W. L. Bernecker (eds.): Spanische Städte und Landschaften in der deutschen (Reise)Literatur / Ciudades y paisajes españoles en la literatura (de viajes) alemana, Frankfurt am Main, Peter Lang, 2017, pp. 73-94 y 95-109.

VIAJEROS ALEMANES ANTERIORES AL SIGLO XVIII

El territorio de la actual Comunitat Valenciana en general nunca fue uno de los preferidos por los viajeros alemanes antes del siglo XIX. Lo habitual era que entraran a España, ya por los Pirineos occidentales (Bayonne, Saint Jean de Luz, Irún) ya por vía marítima. En el primer caso, o bien podían dirigirse hacia el centro y sur, o bien hacia el oeste siguiendo el Camino de Santiago. En el caso de la vía marítima, la entrada era o por el puerto de Barcelona o por el de Alicante para viajeros procedentes de Italia, o por el de Lisboa para los que venían del norte de Alemania, siendo los destinos más usuales el centro y el sur de la península, incluso ya antes de que Madrid se hubiera convertido definitivamente en capital del reino. La entrada por los Pirineos orientales (Perpignan, La Junquera) solo fue elegida en contadas ocasiones, como explica Holger Kürbis en su estudio sobre los viajeros de la Edad Moderna temprana (2004: 110-115). Así pues, y según la apreciación de Dietrich Briesemeister, Valencia y su territorio quedaban relativamente al margen de los circuitos habituales (2008: 75). Una excepción la encontramos en el siglo XV, época en que la ciudad pasaba por su momento más boyante. Los viajeros Hieronymus Münzer y Nikolaus Popplau le dedicaron interesantes descripciones y comentarios. Pero ninguno de ellos puede considerarse como inédito. El texto de Münzer, originariamente escrito en latín, ha sido traducido varias veces al español desde 1924 (Bas Carbonell, 2004: 211) y, curiosamente, ninguna al alemán. Del relato alemán de Popplau se hizo una traducción parcial en 1878 por Felix Rozanski, que está incluida en la breve compilación de Javier Liske (1878: 15-65). Desde entonces no ha vuelto a ser editado en español.

En contraste con estos testimonios de una época de esplendor, apenas tenemos constancia de ningún viajero alemán que haya pasado por la ciudad de Valencia documentando su estancia por escrito. Únicamente Alicante aparece en tres de esas crónicas, y Valencia de manera muy tangencial, como se verá a continuación.

Entre los años 1594 y 1597, el caballero Johann Wilhelm Neumayr von Ramssla (1572-1641) viajó por Italia, España, Francia y los Países Bajos. En 1622, su sobrino Hans Chilian Neumayr von Ramssla publicó su crónica de viaje. En el transcurso de este largo periplo y procedente de Génova, Neumayr desembarcó en Alicante y dedicó a esta ciudad una breve descripción:

Alicante es una pequeña ciudad situada en el Reino de Valencia, a un día de viaje de la capital de dicho Reino, junto a una montaña rocosa cerca del mar. Está rodeada de fuertes murallas y bastiones y su trazado es muy simple, aunque las casas por dentro son algo más bonitas que por fuera. Como el puerto de mar no es amplio y ni siquiera seguro, y además no hay comercio, raras veces recalan allí los barcos.

Cerca de la ciudad hay una alta montaña rocosa sobre la cual se eleva un castillo bien fortificado y guarnecido, que se tiene por inexpugnable. Desde allí se puede ver la ciudad y el mar.

En esta misma zona, a lo largo de la orilla se ven altas torres guardadas por soldados que vigilan la costa para impedir las incursiones de los moros de África, que diariamente merodean por Alicante, Cartagena y otros lugares causando grandes daños (Ramssla, 1622: 388).

Además de la ciudad, los moriscos llamaron poderosamente la atención del viajero, que por lo demás parece bastante desinformado sobre la extensión de los dominios de Fernando el Católico (no hay que olvidar que este viaje tuvo lugar a fines del siglo XVI, mucho después de la muerte del rey y poco antes de la expulsión definitiva de los moriscos en 1609):

En Alicante y alrededores viven muchos moros de los que expulsó de España Ferdinandus [sic] rey de Castilla. Cultivan la tierra con vides, aceite, fruta y otros deliciosos productos, que venden diariamente en la ciudad. No son tan negros como los moros de África. Se dice que todavía se encuentran 300.000 de ellos en España. No se les deja hacerse soldados ni religiosos, y tampoco les está permitido, so pena de castigos corporales, llevar cualquier tipo de armas. Es decir, que son como siervos de la gleba (1622: 388-389).

De Alicante siguió rumbo a Madrid sin pasar por la capital del antiguo Reino de Valencia. Mucho más breve parece haber sido la estancia de Hieronymus Scheidt, que llegó a Alicante más bien por casualidad (Kurbis, 2004: 88) en 1614, de vuelta de su peregrinaje a Jerusalén y a bordo de un buque holandés que regresaba a Ámsterdam. Dado que España no era el destino del viaje, sino solo zona de paso, su descripción es muy superficial, y además contiene un error comprensible teniendo en cuenta esas circunstancias:

Alicante es una ciudad muy agradable situada a la orilla del mar. Está fortificada por un castillo inexpugnable en lo alto de un monte cercano a la ciudad. El rey de España mantiene allí una compañía de soldados. Esta ciudad es muy rica en naranjas, granadas, limones, azúcar, higos y sobre todo vino, que es exportado a todas partes y también a nuestro país. Es la capital de la región de Valencia (Scheidt, 1615: s. p.).

No es este el único error geográfico de Scheidt, que ya antes, a su paso por Barcelona, hace limitar a Cataluña al sur «por Italia» y más tarde, al pasar el estrecho de Gibraltar, afirma que esta ciudad había pertenecido antiguamente a la «región de Valencia».

Años más tarde (de 1633 a 1634), el escribiente en la cancillería imperial de Viena Hieronymus Welsch viajó a España en el séquito del embajador del virrey de Sicilia (Kürbis, 2004: 66). A pesar de haber dejado una voluminosa obra, en numerosos pasajes Welsch da la impresión de no estar relatando su propio viaje, sino proporcionando datos de carácter enciclopédico extraídos de fuentes escritas. Este es el caso de la brevísima descripción de Valencia y Alicante.

Valencia, la capital arzobispal y un importante puerto de mar en este reino, está gobernada por un virrey y es realmente espléndida. Su paisaje es encantador y fértil. Además, tampoco es desdeñable el comercio de la seda y de los buenos paños que se practica allí.

En este reino se encuentra también el famoso puerto de Alicante, con su fortaleza. De allí viene el delicioso vino de Alicante (Welsch, 1658: 232).

Otros viajeros1 dan todavía menos información sobre Valencia, y sus observaciones se limitan a experiencias de viaje de carácter fuertemente estereotipado, como lo son las quejas por el comportamiento de los aduaneros y los comentarios sobre la belleza y la frivolidad de las mujeres (Kürbis, 2004: 73).

Como puede comprobarse, los viajeros de los siglos XVI y XVII apenas dejan testimonios valiosos que contengan información relevante y no transmiten impresiones que vayan más allá de lo ofrecido por los del siglo XV. El verdadero punto de inflexión en la literatura de viaje por Valencia llegará con el siglo XVIII.

BIBLIOGRAFÍA

NEUMAIR VON RAMSSLA, Johann Wilhelm (1622): Reise durch Welschland vnd Hispanien, Leipzig, Große/Jansonius, Ed. Hans Chilian Neumayr von Ramssla.

SCHEIDT, Hieronymus (1615): Kurtze und Warhafftige Beschreibung der Reise... Erfurt, Jacob Singe.

WELSCH, Hieronymus (1658): Warhafftige Reiß-Beschreibung..., Stuttgart, Joh. Andreae Endters.

Literatura secundaria

BAS CARBONELL, Manuel (2004): «Viatgers alemanys per València», en Viatjar per saber. Mobilitat i comunicació a les universitats europees, Universitat de València, pp. 201-236.

BRIESEMEISTER, Dietrich (2008): «Imágenes de Valencia. Antecedentes del imaginario valenciano», en Ch. August Fischer: Cuadro de Valencia (Gemälde von Valencia), coordinado por Berta Raposo Fernández, Valencia, Biblioteca Valenciana, pp. 75-124.

KÜRBIS, Holger (2004): Hispania descripta. Von der Reise zum Bericht. Deutschsprachige Reiseberichte des 16. und 17. Jahrhunderts über Spanien. Ein Beitrag zur Struktur und Funktion der frühneuzeitlichen Reiseliteratur, Frankfurt/Main et al., Peter Lang.

LISKE, Javier (1878): Viajes de extranjeros por España y Portugal en los siglosXV, XVIyXVII. Colección de Javier Liske, traducidos del original y anotados por F. R., Madrid, Casa editorial de Medina.

1. Se trata del embajador de la Hansa Heinrich Brokes en 1607 y de un anónimo recogido en el compendio Initerarium Hispaniae de Martin Zeiller. Nurnberg, Endters, 1637.

VIAJEROS ALEMANES DEL SIGLO XVIII

En este siglo se dan dos extremos, ya que en sus comienzos tiene lugar el descenso más acusado y en sus décadas finales el repunte de la actividad viajera entre Valencia y los países de habla alemana. En la primera mitad del XVIII solamente hay un caso esporádico (Emmerich Fischer en 1727), tres en la segunda mitad (Carl Christoph Plüer en 1764, Franz Jenne en 1790 y Christian August Fischer en 1798) y uno en el tránsito del siglo XVIII al XIX (Wilhelm von Humboldt en 1800).

En un estudio de Mónica Bolufer sobre viajeros extranjeros en Valencia en la Edad Moderna se consignan nombres de alemanes, franceses, ingleses, italianos, neerlandeses y «daneses» (2009: 280). Entre los alemanes solo aparecen Wilhelm von Humboldt y Christian August Fischer, que ya han sido editados en español,1 pero faltan Emmerich Fischer, Carl Christoph Plüer (que sí aparece, pero erróneamente catalogado como danés) y Franz Jenne. En el presente capítulo presentamos precisamente a estos tres, cuya obra hasta ahora permanece inédita en España. A estos añadimos a los también inéditos Karl Friedrich von Jariges y Friedrich Studer, cuyas estancias tuvieron lugar en la primera década del siglo XIX, antes del comienzo de la Guerra de la Independencia, que en muchos aspectos marca el fin del siglo XVIII en España, y en todo caso supone una importante cesura en la historia del país. El hecho de incluirlos aquí se debe además a la conveniencia de descargar el capítulo del siglo XIX, la época con mayor acumulación de relatos de viaje por Valencia.

En primer lugar, se delimita el itinerario y se traza una breve semblanza de cada uno de los autores, seguida de una panorámica general de sus respectivos viajes, apoyada por amplias citas o por el texto completo, para documentar de la manera más exhaustiva posible las impresiones de estos primeros viajeros modernos, y para compensar la escasez de datos biográficos sobre ellos.

EMMERICH FISCHER

Sieben-Jährige Wanderschafft... (Andanzas de siete años..., 1753)

Viaje en 1727-28. Itinerario: Caudete, Biar, Onteniente, Ollería, Alberique, Valencia, Alcira, Játiva, Albaida, Alicante, Elche, Albatera, Orihuela.

Emmerich Fischer era un fraile capuchino oriundo de Hall en el Tirol (Austria), que acompañó al padre general de su orden, Hartmann von Brixen, en un largo viaje de siete años por Italia, España, Alemania y Austria, publicando a la vuelta, bajo el seudónimo de Emericus Halensis, una extensa crónica de dicho viaje (Sieben-Jährige Wanderschafft Das ist: Kurtze und wahrhaffte Beschreibung der Sieben-Jährigen Visitations-Reis R.miP. Hartmanni Brixinensis Des gantzen Capuciner-Ordens weiland gewesen Ministri Generalis durch Spanien, Franckreich, Niederland, Teutschund Welschland: worinn nebst denen vornehmsten Städten und Landschaften in Europa vil rare Merckwürdigkeiten und seltsame Zufäll wie auch die Gewohnheiten verschiedener Nationen enthalten sind). La estancia en España tuvo lugar desde enero de 1727 hasta junio de 1728, pero la publicación se hizo esperar veinticinco años.

Esta obra de título prolijo y barroco (Andanzas de siete años, esto es: Descripción breve y veraz del viaje de visita de siete años del Rvdo. P. Hartmann de Brixen, entonces general de toda la orden de los Capuchinos por España, Francia, Países Bajos, Alemania e Italia, donde aparecen, junto a las principales ciudades y regiones de Europa, muchas curiosidades extrañas y acontecimientos peregrinos, así como también las costumbres de varias naciones) es un ejemplo de las crónicas de viaje típicas de la Edad Moderna temprana, en las cuales el acompañante de un viajero de alto rango relata detalladamente en forma de diario todas las estaciones del periplo, sin mostrar apenas rasgos de subjetividad y centrándose en los aspectos concernientes al objetivo del viaje. En este caso se trata de todo lo relacionado con la piedad religiosa (conventos, monasterios, iglesias, ermitas, peregrinaciones, cultos, fiestas, milagros) y con las recepciones y los honores dispensados al padre general. Sin embargo, también incluye algunas observaciones más personales, como puede leerse a continuación.

16 de mayo. Llegamos a la villa de Caudete, donde está el primer convento [capuchino] de la provincia de Valencia, después de un penoso camino por Chinchilla, Albacete, Gallana, Corralrubio y Almansa, habiendo recorrido 55 millas desde que salimos de Madrid.

[...]

20 de mayo. Llegamos al pueblo de Biar, donde los capuchinos tienen un hospicio. El Padre General fue recibido allí con alegre júbilo, con disparo de morteros, con volteo de campanas y con el canto de un Te Deum laudamus, siendo luego conducido a nuestra morada.

21 de mayo. Partimos de madrugada y tras recorrer 5 millas llegamos con un brillante sol español de mediodía a la villa de Onteniente, donde fuimos recibidos por los habitantes con tanta alegría como en el lugar anterior. Luego nos dirigimos a nuestro convento, que está a una media hora de allí (Fischer, 1753: 15).

Lo que en este punto todavía es «un brillante sol español» se revelará a lo largo del viaje como causante de un fuerte calor casi insoportable, que hará que muchas etapas tengan que hacerse de noche.

24 de mayo. A las cuatro de la madrugada nos pusimos en camino y después de recorrer dos millas llegamos a la villa de Ollería, donde también tenemos un convento. El recibimiento fue casi igual que el anterior, pero también aquí se veían las ventanas adornadas con tapices o colgaduras de seda. El Padre General fue acompañado por una tropa de soldados hasta el convento, que está a un cuarto de hora del lugar. Al cantar el Te Deum, etc., se oyeron los instrumentos musicales.

26 de mayo. Tras recorrer cinco millas españolas llegamos a nuestro pequeño convento en la villa de Alberique, donde el recibimiento fue como más arriba, pero las estrechas calles estaban adornadas con flores y hojas, y el pueblo exclamaba con alegría ¡Viva Sant Francés! [sic].2

29 de mayo. A medianoche partimos hacia Valencia, que está a 4 millas de Alberique. El gobernador envió un coche tirado por seis mulos, que el padre general no aceptó. El camino al convento estaba lleno de hierbas esparcidas; y a mediodía se dispararon los cañones.

Valencia, capital del reino de Valencia junto al río Guadalaviar, es grande y bien construida. La comarca, que se extiende a lo largo de una hora de camino, se llama en español La Huerta de Valencia («el huerto frutícola de Valencia») porque es extraordinariamente fértil, sobre todo en naranjas, limas, limones, aceitunas y vides. La ciudad tiene, además de un arzobispo, un virrey y está dotada de una prestigiosa universidad. En la catedral vimos, entre otros objetos de valor, el cáliz o la copa en la cual Nuestro Señor Jesucristo consagró en la última cena; está hecho de una piedra preciosa algo parecida a la esmeralda. Además, vimos el cuerpo del obispo San Luis, traído de Marsella en Francia por los españoles; el diente de San Cristóbal, que es tan grande aproximadamente como el puñito de un niño pequeño; y muchas cosas más. En el convento de los venerables padres dominicos vimos a San Luis Beltrán incorrupto con los hábitos de su orden, así como la celda del famoso predicador penitencial San Vicente Ferrer, en la cual, según él profetizó, siempre hay en este convento un lego santo y al mismo tiempo un sacerdote loco. Porque ese servidor de Dios que hemos mencionado fue considerado por unos como un santo y por otros como un loco desvariado. También hay en esta ciudad varias imágenes de María, entre las cuales la más visitada es la que descansa cerca de la catedral y se llama Amparo de los Desamparados,3 esto es, el auxilio de los abandonados. La Madre de Dios tiene en una mano al Niño Jesús, en la otra un lirio de plata, y se dice que suele dirigirlo hacia el lugar donde haya ocurrido alguna desgracia, por ejemplo, donde esté enterrado el cuerpo de un asesinado en secreto, etc. (1753: 15-17).

El punto culminante de la visita a Valencia lo constituye la fiesta del Corpus, ante cuya magnificencia (y exotismo) incluso un prelado católico como Fischer se muestra impresionado:

12 de junio. Hoy, día de Corpus Christi, vimos aquí una magnífica procesión, en la cual es de destacar lo siguiente: El Santísimo no es llevado en una custodia como en nuestro país, sino en un valioso tabernáculo muy grande bajo un costoso palio portado a hombros por doce religiosos. La multitud de clérigos vestidos con capas pluviales, así como de religiosos de diferentes órdenes parece no tener número. No llevan cruces o estandartes, sino un ferculum adornado con figuras o estatuas. Por eso, delante de los religiosos van niños y muchachos que llevan esos mismos hábitos por devoción, como por ejemplo pequeños dominicos, pequeños franciscanos, etc. Detrás de cada comunidad religiosa van ocho Baladores [sic] que se esfuerzan por imitar a David bailando ante el arca de la alianza. No puedo recordar si vi a algunos bailarines en la comitiva de los capuchinos, pero quiero creer que bailaban interiormente en sus corazones por su amor especial al santísimo sacramento del altar. Además se pasean los llamados Gigantones,4 es decir, ocho estatuas de gigantes extraordinariamente grandes, cuyas cabezas pueden llegar a tocar las ventanas; cuatro de ellos tienen figura de hombre, cuatro de mujer, y cada uno lleva en la mano una gran antorcha ardiendo. Además, se ven ocho Nanos [sic] o enanos gigantes con cabezas enormemente grandes; cuatro representan animales extraños, otros cuatro dicen que representan a los cuatro evangelistas, y algunas figuras más. El clero canta en tono alegre y emotivo aquel himno de la sagrada iglesia «Sacris solemniis juncta sint gaudia, & ex præcordiis sonent præconia, etc.». Toda la catedral, que es grande e impresionante, está bellísimamente iluminada, y cuando entra la procesión, los bailarines saltan con todas sus fuerzas al son de los instrumentos musicales; porque la archicatólica nación de los españoles acostumbra a hacerlo así como una alegre muestra de reverencia ante el Santísimo Sacramento del altar (1753: 17-18).

Una vez la comitiva ha abandonado Valencia, el siguiente hito de su ruta es la visita a Játiva, donde todavía estaban presentes las huellas de la Guerra de Sucesión:

18 de junio. Hoy llegamos a una ciudad cuyo nombre anterior fue Játiva, actualmente San Felipe. En tiempos de la guerra entre el archiduque Carlos de Austria y Felipe, duque de Anjou, fue totalmente devastada porque sus habitantes eran partidarios de Carlos. Después, el ya rey Felipe le concedió la gracia de poder levantarse de sus ruinas con el nombre de San Felipe, para que así el nombre antiguo fuera exterminado. Esta buena ciudad todavía tiene que soportar una pesada carga, y es que los gitanos (los Quitános [sic]) pueden asentarse en las cuevas de sus montañas, y parece que son unos cien. El Padre General fue recibido allí con extraordinarios honores; en las calles por donde pasó estaban expuestos bellos cuadros e imágenes. Aquí tenemos un convento donde tuvimos ocasión de descansar dos días del calor sofocante de este verano (1753: 18-19).

Durante la estancia en Albaida, se revela de nuevo que el interés de Fischer está centrado en temas religiosos, aunque las visitas piadosas adquieren a veces un carácter que las asemeja a visitas turísticas.

3 de junio. Algunos de la comitiva visitan hoy a los Padres Dominicos, que están a media hora de nuestro convento en un lugar muy solitario. Allí veremos las celdas de San Luis Beltrán, los cubículos donde llevó a cabo sus obras de penitencia, el crucifijo que habló con él, etc. En la carretera vimos un árbol junto al cual le ocurrió a Beltrán un portentoso milagro, cuando el proyectil en manos de un malvado noble se transformó en crucifijo. Este árbol se llama en español Algaróba [sic], en alemán «Bockshorn». La historia de este milagro puede leerse con detalle en las dolorosas Horas de la Pasión capítulo 12, página 2, al cual remitimos al atento lector por motivos de brevedad (1753: 19).

La estancia en Alicante es algo más breve que en Valencia, y Fischer apenas describe la ciudad.

Alicante, en latín Alóna [sic], es una ciudad de tamaño medio, pero bien construida, a orillas del Mar Mediterráneo. Tiene una fortaleza que en tiempos fue tenida por inexpugnable. El puerto de mar está algo alejado de la ciudad. Los habitantes comercian sobre todo con vinos finos que son exportados a ultramar.

1 de julio. Hoy algunos de nosotros han ido al puerto a visitar un gran barco de guerra francés que llevaba el nombre de Achilles escrito con letras doradas. Albergaba a tres mil soldados y portaba sesenta y cuatro cañones. Había, además, otros siete barcos similares en el puerto, y se decía que estaban destinados a represaliar a los argelinos, que parece ser que han expulsado al cónsul francés y a todos sus compatriotas. Pero quizá tengan otro objetivo oculto (1753: 20).

Continuado el camino y llegando a Elche, Fischer nos ofrece la primera descripción que un viajero alemán del siglo XVIII hace de una palmera, pero no se detiene mucho en la forma del árbol, sino en otros aspectos al margen de la botánica.

12 de julio. Aproximadamente a medianoche el Padre general sale de Alicante con los suyos y después de recorrer cuatro fatigosas millas bajo un fuerte calor veraniego, llega a la villa de Elche. Allí se ve una enorme cantidad de palmeras, cuyas ramas se exportan por mar a Italia, como p. ej. a Roma, Génova y a otros lugares. Este árbol solo crece en las tierras más cálidas, tiene bellas y largas ramas de las cuales cuelgan sus hojas bien ordenadas; y si se quiere recoger los frutos hay que plantar juntos el árbol macho y el árbol hembra. El fruto, en español Dáttiles [sic] o dátiles, es tan delicioso que se dice que el primer dátil de la cosecha tiene que ir a parar a la mesa de la reina de España.

13 de julio. Partimos a la una de la madrugada, de nuevo para huir un poco del fuerte calor. A mediodía comimos en el pueblo de Albatera y pernoctamos en nuestro convento de Orihuela, que es una ciudad obispal a dos millas españolas de Albatera. Allí se venera en una capilla la imagen milagrosa de «Nuestra Sennora de la Fé» [sic]. Por cierto, en esta tierra los mosquitos son casi insoportables (1753: 20-21).

Con esta observación de pasada sobre los mosquitos veraniegos termina la parte dedicada al Reino de Valencia y los viajeros pasan a Murcia. La combinación del tema central de la vida religiosa con las quejas por el calor –ocasionales, pero constantes– conforman una descripción altamente atractiva, que está a medio camino entre las tradicionales crónicas y las descripciones más subjetivas que se imponen a partir de finales del siglo XVIII.

CARL CHRISTOPH PLÜER

Plüers Reisen durch Spanien aus dessen Handschriften (Los viajes de Plüer según sus manuscritos, 1777)

Viaje del 18 al 31 de mayo de 1764. Itinerario: Orihuela, Albatera, Elche, Alicante, Monforte, Elda, Sax, Villena, Caudete, Fuente la Higuera, Mogente, Vallada, Montesa, Játiva, Manuel, Puebla Larga, Carcagente, Aguas Vivas, Tavernes de Valldigna, Gandía, Oliva, Cullera, Sueca, Silla, Catarroja, Masanasa, Sollana, Valencia, Murviedro, Almusafes, Algemesí, Alzira, Játiva, Vallada, Fuente la Higuera.

Carl Christoph Plüer (1725-1772) era un pastor protestante natural de Hiddersdorf, cerca de Hannover. De 1758 a 1765 fue predicador de la embajada danesa en Madrid, motivo por el cual algunos historiadores españoles lo denominan erróneamente como danés (Bolufer, 2009: 280). Durante este tiempo realizó varios viajes por distintas regiones de España (Castilla la Vieja, Andalucía, Murcia y Valencia). Por encargo del profesor de teología y lenguas orientales de la Universidad de Göttingen, Johann David Michaelis, indagó en los manuscritos árabes, hebreos y griegos de las bibliotecas de Toledo y de El Escorial, tomando contacto con importantes intelectuales ilustrados españoles, sobre todo con los valencianos Gregorio Mayans y Francisco Pérez Bayer. Su viaje a los reinos de Murcia y Valencia tuvo lugar en 1764 en compañía de Louis de Visme, secretario de la embajada inglesa en Madrid. Uno de los objetivos principales de este viaje fue precisamente visitar a Mayans.

La mayor parte de sus escritos de viaje fueron publicados a título póstumo en 1777 en una compilación titulada Plüers Reisen nach Spanien, editada por Christoph Daniel Ebeling. Plüer es un observador minucioso e interesado por todos los temas, algo típico de los viajeros ilustrados, lo cual se demuestra en la cantidad y en la exactitud de los datos que proporciona. Pero ello también hace que se resienta la amenidad del conjunto, debido a su estilo frío y monótono, que no está muy lejos del de la crónica de Emmerich Fischer. En ciertos detalles se percibe todavía que el original en principio era un diario privado; por ejemplo, los abundantes párrafos extraordinariamente cortos probablemente fueron escritos como apuntes breves susceptibles de ser ampliados luego. En la traducción mantenemos la separación original de dichos párrafos.

Procedente de Murcia, Plüer hace su entrada por Orihuela:

La ciudad de Orihuela está situada en una encantadora región, llamada la Huerta de Orihuela,5 que está irrigada por varios canales del Segura y se parece muchísimo a la Huerta de Murcia. Ambas ciudades están a 5 millas una de otra. Esta huerta se extiende hasta el mar y tiene 10 millas de longitud y entre dos y dos millas y media de ancho.

Orihuela yace al pie de una montaña que se eleva en este fértil llano. Por eso desde el convento de San Miguel, que está situado en la cima, se puede divisar toda la comarca. Además, también se encuentran allí restos de un castillo. / Se cuentan en la ciudad tres iglesias parroquiales, seis o siete conventos y tres mil familias, comprendida la huerta.

El río Segura fluye por en medio y desemboca a cinco millas de allí en el mar.

Este lugar es conocido por sus tabaqueras de madera de terebinto que se producen aquí con gran calidad. Ese arbusto se llama aquí cornicabra y crece silvestre en las montañas circundantes. Las tabaqueras se fabrican con la raíz.

El obispo de Orihuela es sufragáneo del arzobispo de Valencia. La universidad está bajo la dirección de los dominicos.

De Orihuela se sale por un fértil llano rodeado de montañas. Llegando a Albatera desaparecen las montañas de la derecha y se hacen cada vez más pequeñas; pero las de la izquierda se elevan hasta las nubes. Aquí se las llama Sierra Morena, un nombre que ya no tienen las montañas bajas de Murcia, y que recobran en Andalucía.

Albatera es un pueblo con una parroquia y trescientas familias. A su alrededor hay bosques de higueras (Plüer, 1777: 533-534).

La contrapartida de esta sequedad del estilo es el valor documental de las observaciones sobre orografía, vegetación, población, agricultura, comercio, industria y economía en general, muy en consonancia con el pensamiento fisiocrático del siglo XVIII.

El 19 de mayo nos dirigimos hacia Elche, adonde llegamos a mediodía. Esta gran villa tiene tres iglesias parroquiales, tres conventos y 5.000 familias. Destaca por su palmeral, y también sus jardines están todos llenos de palmeras. Se cuentan 60.000. Una de estas palmeras da entre una y veinte arrobas de dátiles, de los cuales se vende la libra entre tres y cuatro cuartos. Vimos ambos sexos de esta planta en plena floración. Los dátiles se recogen en el mes de enero. Los higos se venden aquí a dos cuartos la libra.

La gente común come aquí pan de avena, un cereal que se da en abundancia en esta tierra.

En un valle a media milla de Elche hay un lago llamado Pantano6 que sirve de recipiente para el agua de la lluvia, que se recoge allí y con la cual se riegan las huertas y las palmeras, que necesitan mucha agua. El río que aparece en el mapa y que atraviesa el lago se seca cuando no llueve. Hace doce años se construyó sobre ese río un puente de piedra muy alto, de dos arcos, por el que se pasa antes de llegar a Elche.

Este lugar pertenece al duque de Arcos bajo el título de un marquesado. No hay duda de que en época de los romanos tenía puerto.

Aquí había antes más de treinta fábricas de jabón; pero esta manufactura se ha venido abajo con la importación a Alicante de jabón de Marsella, que es más barato, aunque la soda con que se fabrica viene de España.

El camino a Alicante es bastante bueno, y solo a veces muy estrecho. La tierra está bastante cultivada; en las colinas sin cultivar crece el esparto, una especie de caña que ya era conocida por los antiguos conquistadores de España bajo el nombre de Spartum.

A la derecha, a una milla de Elche hay un fangal donde crece mucha soda. En esta parte también hay un lago llamado Albufera de Elche que está unido al Mar Mediterráneo y es muy rico en peces, sobre todo anguilas. Por la salida del lago se puede navegar o cabalgar hasta el mar, pero con la mar crecida es peligroso.

A lo largo de todo el camino se puede ver el mar, excepto cuando lo ocultan las colinas costeras.

En la carretera había algunas cisternas amuralladas cubiertas por una bóveda. Parecen ser antiguas y se sirven de ellas para irrigar los campos (1777: 534-536).

La descripción se vuelve especialmente detallada cuando aparece por primera vez alguna planta o cultivo desconocido para el autor:

En los alrededores de Elche vimos por primera vez una gran cantidad de Aljoravas [sic].7 Así se llama un árbol bastante grande, propio del reino de Valencia, donde se encuentran muchos ejemplares. Las hojas son ovales y los frutos, que ya estaban casi totalmente formados, se parecen a las vainas de haba. Los granos son blandos y dulces. Se los dan a los caballos y mulos para comer. La gente pobre también come la vaina en caso de necesidad. Se cuenta que un rey mantuvo a su ejército durante un tiempo con este fruto, por lo cual ordenó que permaneciera siempre libre de contribuciones (1777: 536).

La descripción de Alicante está más centrada en los aspectos geográfico-eco-nómicos que en los artísticos.

En Alicante nos quedamos del 20 al 22 de mayo.

Esta ciudad, Alicante, en la Antigüedad Lucentum, yace en una llanura muy cerca del mar, al pie de una alta roca en cuya cima está construida una fortaleza natural que tiene aproximadamente 30 cañones de metal y de hierro en las baterías y unos 30 hombres de guarnición, aunque con esa amplitud se necesitarían unos 3.000. Se tarda una hora en subir, y tuvimos que procurarnos un permiso del gobernador para visitarla por dentro.

En el año 1707 la guarnición inglesa fue obligada a entregarse al saltar por los aires una mina colocada por los franceses de manera muy hábil. Todavía se ve un gran hueco en lo alto de la roca, donde se han instalado nuevas murallas y baterías.

Desde lo alto del castillo se divisa desde el Este hasta el mar la Huerta de Alicante a media hora de la ciudad. Su anchura a lo largo de la costa se calcula en una milla y media y su longitud hacia el interior en dos millas. En los montes cercanos hay un depósito de agua llamado Pantano de Alicante donde se recolecta el agua de la lluvia para regar la huerta.

La ciudad tiene dos iglesias parroquiales, de las cuales una es colegiata. La más grande, llamada de San Antonio, está separada de la ciudad pequeña por una altura apartada de la roca y por una muralla.

La colegiata está hecha de piedras de sillería, es amplia e impresionante, sin lujos.

El ayuntamiento es insignificante. La bahía de Alicante (pues no hay puerto) es espaciosa y segura y tienen un buen fondo para las anclas. Está protegida al oeste por el cabo Algibe y la isla de la Plana, situada enfrente del cabo, y hacia el Este le sirve de protección el cabo Alcodra.

La Plana, también llamada Santa Pola, tiene ese nombre porque es totalmente llana y casi no se puede distinguir del mar.

Se ha tendido un dique desde la ciudad al mar y sobre el cual se ha instalado una batería. Pero los barcos grandes no pueden atracar en el dique, y la carga y descarga se hace desde los botes. El regimiento de Aragón estaba aquí de guarnición.

El suelo de Alicante es yesoso y salitroso, de por sí muy fértil, pero enormemente seco; y como falta el agua también falta la fertilidad.

La rama principal del comercio en Alicante es la seda.

La exportación de vino ha caído mucho desde hace diez años debido a unas cuantas malas cosechas, que han hecho que los propietarios se hayan retraído y no hayan podido pagar a los comerciantes que les habían dado créditos.

Los dátiles y las ramas de palmera se exportan sobre todo a Italia.

El anís, que se cultiva mucho por aquí, también es un artículo para la exportación.

Las limitaciones al cultivo de arroz en la zona de Valencia favorecerán la venta de arroz de las colonias norteamericanas, porque los españoles no pueden vivir sin arroz, tan acostumbrados están a él.

De Alicante se exporta la mayor parte de la soda que va a Inglaterra, Francia y Holanda. Se calcula la exportación anual en 30.000 arrobas.

Pocas pasas y otros frutos se cargan para el extranjero. Las traen de Málaga, ya que son las mejores de España porque se secan al sol en la misma vid, y se recogen cuando ya están secas. En cambio en Alicante se las pasa por agua jabonosa sin secarlas antes. Este procedimiento, que es signo de pereza, se disculpa alegando que así se mantienen más frescas.

Los ingleses despachan aquí 70 cargas de bacalao, que se transporta a las provincias y a Madrid. En Bilbao y aquí es donde tiene lugar el comercio inglés de pescado más intensivo.

Los peces que se pescan en la costa de Alicante son buenos y se prefieren a los de Valencia. Entre ellos se cuenta el atún, un pez grande que tiene una carne recia y que sirve de alimento para los pobres (1777: 536-539).

Plüer y su acompañante continúan camino por el interior, donde la tónica general es el contraste entre la fertilidad de algunos parajes y la extrema sequedad de otros.

El 22 de mayo salimos de Alicante por unos valles entre montañas estériles y sin agua. Al acercarnos a Monforte se nos abrió un valle muy cultivado en el cual se encuentra el pueblo de Elda.

Monforte es una aldea muy pobre con una parroquia y 200 habitantes. Desde Alicante hasta aquí se cultiva mucho anís, que en esta aldea estaba en flor. Junto a la carretera había gran cantidad de arbustos de adelfas.

Desde aquí se entra por caminos hondos entre las montañas, donde las torrenteras han excavado profundos surcos y agujeros. El camino de aquí a Elda causa temor por los bandoleros, que encuentran aquí buenos escondrijos. Por el camino encontré espato. La tierra es amarronada.

Elda es un lugar de 300 familias, una parroquia y un convento de franciscanos. El contorno es atractivo y está bien irrigado. Las mujeres de Elda estaban ocupadas en hilar y hacer encaje de bolillos. El ver esto, que no habíamos visto hasta ahora, fue una agradable sorpresa. Los encajes eran de clase corriente, como los que se empleaban para los flecos de las colchas. La vara se vende a 60 cuartos. Una chica puede confeccionar tres varas diariamente.

Abandonamos Elda a las cuatro de la tarde y pasamos por un pequeño arroyo que venía de un Pantano que nos mostraron allá arriba en los montes de la izquierda y que desemboca en el Pantano de Elche. Dejamos a la izquierda la aldea de Sax, que yace al pie de una poderosa roca en cuya cima se mostraba un viejo castillo. Los alrededores estaban bien cultivados. Un pequeño arroyo a este lado del pueblo, a la izquierda del camino, irriga esta llanura. Al ir llegando a Villena vimos dos Pantano [sic], uno de los cuales está muy cerca de la carretera cerca de Sax, y el otro más a la derecha en un valle entre montañas. En torno al primero crece mucha sosa.

Cerca de Villena se pasa por un pequeño arroyo que fluye de este a oeste. La Huerta de Villena, que es fértil y está bien cultivada, es irrigada por los manantiales que brotan en las montañas vecinas.

Villena, un pueblo grande, con una iglesia parroquial, un convento, 3.000 familias. Está al pie de una roca sobre la cual se alza un castillo habitado por una familia, donde se encuentra una capilla. Este pueblo está en Castilla y actualmente pertenece al rey, antiguamente al duque del mismo nombre.

A medida que nos alejábamos del mar los cereales estaban menos maduros, la cebada aún no estaba cortada, el trigo todavía muy verde y el centeno, que no se da en las llanuras costeras, estaba en flor en los alrededores de Villena.

El 23 de mayo salimos de esta bella aldea y entramos en un gran valle rico en vino y grano, por el cual fuimos yendo monte arriba. A dos millas a la izquierda dejamos el pueblo de Caudete, que da nombre a esta llanura. Entre Caudete y Villena se ve a la izquierda un lago a los pies de una montaña, quizá el mismo que habíamos visto la tarde anterior. El suelo pierde poco a poco su blancura; por Villena había arena y la tierra se volvió gris y finalmente de un color marrón rojizo, sobre todo en Fuente de la Higuera.

La tierra se vuelve accidentada y solo se ven pequeñas llanuras y montes cultivados hasta las alturas. No puede encontrarse una zona más variada ni más atractiva y fértil. Solo las montañas muy altas están sin cultivar.

Fuente de la Higuera es una aldea donde viven entre 300 y 350 familias. Está situada en un ameno lugar sobre una colina. El valle que lleva hasta Játiva o San Felipe salta en seguida a la vista, y las laderas de las montañas, las terrazas cultivadas en su mayoría ofrecen una vista extraordinariamente bella. Pasamos por un gran bosque de olivos cuyos árboles eran sorprendentemente gruesos y altos. Las casas de Higuera eran las más bonitas que vimos en ningún lugar, y casi todas construidas al mismo estilo. Enfrente de la entrada ya se ve toda la casa; los utensilios de cocina de cerámica, primorosamente esmaltados, saltan a la vista por su bello aspecto.

Mogente, un pueblo de 300 familias, una parroquia, un convento, está a los pies de un monte sobre el cual se ven unas viejas torres junto a una muralla de comunicación. Al entrar en el pueblo se pasa por el puente sobre un pequeño río llamado Guadamar [sic]8 que irriga el fértil valle hasta Játiva o San Felipe. En lo que respecta a fertilidad y belleza, este valle no le va a la zaga a lo que vimos esta mañana.

A una milla de Mogente se ve a la izquierda la aldea de Vallada. A dos millas de Mogente, a la izquierda está Montesa, con un viejo castillo que fue destruido por el terremoto del año 1748. La orden9 está construyéndose ahora un magnífico convento en Valencia en lugar del que había en el castillo. Todavía pasamos por allí antes de una pequeña aldea que quedó a nuestra derecha.

San Felipe es una ciudad con cuatro iglesias parroquiales, de las cuales una es catedral, nueve conventos de frailes, dos de monjas y 12.000 familias. [...] Esta ciudad, cuyo nombre habitual es Játiva, recibió su nombre de Felipe V cuando la conquistó después de una fuerte resistencia, ya que estaba de parte de Carlos III.10 Hizo reconstruir la ciudad destruida y la llamó por su nombre. Está al pie de una montaña sobre la cual hay dos fortalezas sin guarnición. Las cisternas de estas fortalezas son magníficas, y en las montañas hay cuevas que dan a la ciudad un agua excelente. Todas las casas tienen un pozo. / La ciudad tiene dos arrabales, uno de los cuales, del lado de Mogente, se llama Arrabal de San Jaime. A esta ciudad pertenecen 36 pueblos y aldeas.

El 24 de mayo muy temprano pasamos por la huerta que está llena de campos de cereales, moreras y arroz. Este último estaba crecido unas cuantas pulgadas y cuidadosamente plantado y limpiado. Luego pasamos dos veces por el río de Játiva y detrás de un promontorio varias veces por un puente de piedra tendido sobre ese río ya cada vez más ancho. No lejos de allí está la aldea de Manuel y otra más pequeña, Puebla Larga, y Carcagente, un pueblo considerable, que es famoso por sus excelentes granadas, aunque no encontramos ninguna allí. Las casas de estos pueblos y aldeas eran del estilo de las de Mogente. El primero y segundo piso estaban siempre dedicados a los gusanos de seda. Los cestos donde se guardaban las hojas de morera y los capullos eran como los de los chinos.

Los habitantes de aquí llevan vestidos muy ligeros: calconçillos [sic], camisas y un pañuelo en el pecho, todo de lino.

Saliendo de Carcagente la tierra rojiza se hace arenosa, pero sigue estando cultivada. La llanura era hasta ahora bastante ancha y tenía una cadena de montañas a ambos lados; a una milla de Carcagente se hace más estrecha y el valle está casi sin cultivar, pero tiene un aspecto risueño debido a las flores, las hierbas silvestres y las altas montañas. Dejamos en este valle el convento de Aguas Vivas, a dos horas de Carcagente a la derecha. El monasterio de Valldigna, a media hora de Tavernes, pertenece a los cartujos y es muy rico.

Tavernes es una aldea de 940 familias y una parroquia. El camino hasta allí es miserable.

Comimos a mediodía allí en un albergue bastante bueno. Los valencianos son en general muy serviciales. El cultivo de la seda es una de las ocupaciones principales de los habitantes. Cultivan trigo y cebada, pero sobre todo arroz, que es el alimento del pueblo y de los pobres. Por una nueva orden gubernativa se ha restringido el cultivo de arroz, por lo cual las zonas de cultivo a partir de Carcagente han presentado un recurso al rey.

Tavernes está desde hace muchos años en pleitos, todavía no resueltos, con los monjes de Valldigna.

Al salir de esta aldea se abre el estrecho valle en una gran llanura que se extiende hasta el mar. A la izquierda, al pie de una montaña de camino a la ciudad de Valencia hay un lugar... A la derecha junto al mar una aldea llamada...11 (1777: 539-545).

Llegado a este punto Plüer retrocede en su camino hacia Valencia para dirigirse a Oliva, donde residían los hermanos Mayans, deteniéndose antes en Gandía.

Aquí se pasa por muchos campos de arroz y por un puente que pasa sobre un estrecho río o brazo de mar, junto al cual hay una torre de vigía redonda hacia la parte de tierra. Luego se ve un fangal a la derecha hasta poco antes de Gandía, a la izquierda junto a la bahía algo de boscaje y a veces el mar abierto. En la Huerta de Gandía se atraviesa un pequeño río. A las nueve llegamos a Gandía y allí pernoctamos.

Gandía es una ciudad bastante grande rodeada de murallas situada en una llanura a la orilla derecha del río Alcoy, no lejos del mar. Si mal no recuerdo, contiene cuatro parroquias, algunos conventos, el primer colegio de los jesuitas y más de 3.000 familias. Sus alrededores están bellamente cultivados. La seda es la ocupación principal. Los frutos del país son arroz, trigo, vino, limones en gran cantidad. Los limones los dejan mucho tiempo en el árbol porque así se conservan mejor.

El 25 de mayo a las 9 llegamos a Oliva. Por el camino vimos mucha pitera; así se llama la planta americana parecida al áloe que crece en las provincias de Murcia y Valencia en las carreteras y que suele plantarse para proteger los campos y huertos. Dispara a la altura un tronco de algunas pulgadas de grosor que da una flor blancuzca que no se usa para nada; y cuando esto pasa, la planta se seca. De la médula de las hojas de esta planta los mejicanos hacen papel y lo cubren con un barniz. He visto algunas pruebas de esto. Los españoles la utilizan para hacer cuerdas. Se cogen las hojas frescas y de esta manera se separa la parte inútil.

La caña de azúcar se planta en marzo. Fue en Oliva donde la vimos, algunas pulgadas sobre tierra. Se corta en diciembre y se planta el desecho superior de la caña. En Oliva todavía se puede ver toda la fábrica de azúcar y la refinería que fue abandonada hace doce años por el duque de Gandía, como conde de Oliva y Benevenel [sic].12 En Gandía también hay algo de caña de azúcar. En el reino de Granada todavía se cultiva y se prepara el azúcar.

El arroz se siembra en marzo en la tierra anegada de agua. Se cambia por San Juan y se cosecha en septiembre y octubre.