Veinte años del TLC - Luis Rubio - E-Book

Veinte años del TLC E-Book

Luis Rubio

0,0

Beschreibung

Para Luis Rubio, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (comúnmente referido como TLC) ha permitido que en las últimas dos décadas la economía mexicana encuentre vías de desarrollo que antes eran o parecían imposibles de recorrer, si bien este instrumento está lejos de ser una panacea para lograr el desarrollo integral del país. A partir de la entrada en vigor del tratado, se han publicado decenas de libros que analizan sus efectos en las economías de cada uno de los firmantes; en este ensayo, en cambio, Rubio estudia su dimensión política, para lo cual ofrece una visión completa de la naturaleza y el alcance que ha tenido para México. Se abordan aquí los objetivos políticos de afianzar la transformación interna con un punto de apoyo externo, se revisa el origen de la negociación y se pondera la trascendencia que ha tenido en diversos planos; además se ofrece un panorama de la situación económica y política actual para especular cuáles podrían ser las implicaciones, los beneficios y los retos que los países firmantes del TLC habrán de enfrentar en el futuro.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 123

Veröffentlichungsjahr: 2014

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



COLECCIÓN POPULAR   716   VEINTE AÑOS DEL TLC: SU DIMENSIÓN POLÍTICA Y ESTRATÉGICA

LUIS RUBIO

VEINTE AÑOS DEL TLC:SU DIMENSIÓN POLÍTICA Y ESTRATÉGICA

Primera edición, 2014 Primera edición electrónica, 2014

Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero

D. R. © 2014, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-1943-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE

Prólogo

I. México, Estados Unidos y el TLC

II. El TLC en el desarrollo de México

1. La razón política fundamental del TLC para México

2. Los primeros años del TLC

3. Impactos del TLC

4. La realidad del TLC

5. La oportunidad del TLC

6. El dilema del desarrollo mexicano y el TLC

III. El TLC en el mundo actual

1. Los cambios en la política exterior estadunidense

2. Seguridad, comercio y energía

3. Qué política exterior

IV. ¿Qué sigue?

Conclusión. El mundo como es

Bibliografía

PRÓLOGO

Hace veinte años tuve la oportunidad de escribir un libro sobre el proceso de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (mejor conocido como TLC) que el Fondo de Cultura Económica amablemente me publicó. Se trató de una ocasión excepcional para observar no sólo los cambios que experimentaba el país en aquel momento, sino también el proceso mismo de negociación. Aquella publicación —¿Cómo va a afectar a México el Tratado de Libre Comercio?— fue resultado tanto del análisis del proceso de negociación como de la observación de la misma en tiempo real, es decir, literalmente en comunicación con los negociadores. Eso me permitió entender los dilemas, los criterios que animaban a cada una de las partes en la negociación y los riesgos inherentes a procesos políticos que sólo concluyen cuando concluyen: hasta ese momento, todo es posibilidad y nada es certero. La pregunta ahora, dos décadas después, es en qué medida se han logrado los objetivos y propósitos de aquella negociación.

En estos años se ha publicado un sinnúmero de libros sobre el TLC, algunos muy serios, profundos y relevantes. Como se explica en la bibliografía, es particularmente notable el análisis publicado por el Banco Mundial, entidad que realizó una evaluación desapasionada y objetiva de los resultados y efectos del TLC al final de su primera década. Las conclusiones de ese estudio siguen siendo esencialmente válidas, razón por la cual me aboqué en este ensayo a analizar una dimensión fundamentalmente desdeñada del TLC: su dimensión política.

Aunque el contenido del tratado es técnico (no hay una página en las dos mil que lo integran que no establezca reglas, procedimientos, normas y criterios específicos), su lógica fue siempre política. El TLC fue concebido como un instrumento para consolidar y hacer permanente una visión del mundo, y esa lógica fue la que convenció al gobierno estadunidense del momento de iniciar la negociación y a su sucesor, de otro partido, de concluirla exitosamente. Esa lógica política ha tenido inmensas consecuencias para México, la primera y más importante de las cuales ha sido la de conferirle certidumbre a los inversionistas respecto a la permanencia de las reglas del juego y, en esa dimensión, explica el crecimiento de la economía mexicana a lo largo de estos años. En una palabra, todo lo asociado con el TLC ha crecido en tanto que lo que se ha rezagado ha seguido una lógica distinta. La importancia política del TLC es innegable.

En el libro publicado en 1994 iniciaba yo con las siguientes palabras: “Las dificultades para consolidar los beneficios inherentes a una reforma económica exitosa se hicieron notar muy poco después de que ésta se había iniciado. En esos momentos, Canadá finalizaba su negociación para crear una zona de libre comercio con Estados Unidos, lo que nos colocaba en la peor de todas las situaciones: mucho de nuestro comercio con Estados Unidos podría haberse desplazado a Canadá y, más importante, la reforma económica perdía con ello una ancla potencial porque en la fusión económica entre Estados Unidos y Canadá podrían haberse hecho irrelevantes muchos de los factores en que México era potencialmente competitivo. En otras palabras, ese tratado nos dejaba sin mercado seguro y sin nada a lo cual retornar. México requería no sólo un esquema económico alternativo que permitiera la reactivación del crecimiento económico y que, a través de la reforma económica, empezaba a adquirir visos de posibilidad, sino también una nueva relación de comercio con su principal socio comercial. La negociación de un tratado de libre comercio semejante al de Canadá se había tornado, desde mi punto de vista, en algo inevitable e indispensable. De esta manera, y a contracorriente, tras varios años de debatir por la apertura y la desregulación, al materializarse el acuerdo entre Canadá y Estados Unidos empecé a argumentar por la suscripción de un acuerdo de libre comercio porque desde ese entonces he estado convencido de que México no tenía (ni tiene) otra alternativa”.

En ese entonces, México había comenzado un proceso de profundas reformas que, sin embargo, no lograban aterrizar en resultados positivos en buena medida porque nadie, en México o el resto del mundo, creía que esas reformas serían sostenibles en el largo plazo en ausencia de garantías efectivas. El problema residía en esas garantías: ¿quién o qué podía conferir garantías que fuesen creíbles? Décadas de experiencia en que el país se inventa y reinventa cada seis años impedían conferir ese sentido de permanencia que los inversionistas y ahorradores demandaban para participar en el proceso. El entonces presidente Salinas reconoció el fenómeno y acabó optando por una garantía externa: el gobierno estadunidense. El TLC se negoció con Estados Unidos no tanto por una devoción o convicción ideológica, sino por una consideración práctica: se trataba de una respuesta viable que permitía otorgarle un sentido de certeza a los potenciales actores clave a quienes se intentaba atraer: tanto inversionistas del exterior como mexicanos preocupados por el futuro del país.

El TLC acabó siendo un tratado mucho más complejo e integral de lo originalmente concebido pero resultó ser el instrumento preciso para el objetivo buscado. Desde que se iniciaron las negociaciones, todo el enfoque del país se orientó hacia el futuro y hacia afuera, rompiendo con la maldición histórica de concentrarnos en el pasado y en el interior del país. El problema del tratado acabó siendo de otra naturaleza: en lugar de ser concebido como el principio de una gran era de reformas y transformaciones, el TLC terminó siendo el final de un proceso de reformas que quedaron (implícitamente) consagradas en el tratado pero que no avanzaron. La crisis de fines de 1994 constituyó el tiro de gracia a la era de reformas, limitando su impacto a lo que ya había sido alcanzado en ese momento.

Veinte años después el país es otro. Vivimos en el contexto de una segunda alternancia política, ahora con un gobierno encabezado nuevamente por el PRI, un partido que ahora goza de impecable legitimidad democrática. Además, el gobierno liderado por el presidente Enrique Peña Nieto ha tenido la extraordinaria capacidad de articular un mecanismo político, el llamado Pacto por México, que ha permitido el avance de una gran agenda de reformas. El tiempo rendirá su veredicto sobre el contenido y resultado de las mismas, pero nadie puede dudar del esfuerzo político que el ejercicio ha involucrado o de la trascendencia de las reformas logradas.

Este ensayo se aboca a evaluar la dimensión política del TLC, entendiendo por ello no sólo su objetivo, sino sobre todo ese sentido de garantía de permanencia que su negociación perseguía. En primera instancia, la pregunta es en qué medida los móviles políticos de entonces siguen siendo válidos hoy y, sobre todo, si aquellos propósitos fueron satisfechos. México es un país muy distinto hoy al que fue entonces y eso se debe en gran medida a lo que el TLC permitió. Aunque es fácil minimizar su relevancia, todos los que observamos la escena internacional sabemos que el TLC obligó a sucesivos gobiernos mexicanos no sólo a mantener el curso de la política económica inherente a las negociaciones del tratado, al menos en sus lineamientos estratégicos centrales, sino también a responder ante los estándares internacionales de transparencia e institucionalidad sin los cuales el TLC simplemente no podría operar.

Aunque reconozco que para muchos podría parecer excesivo afirmar que el TLC fue un factor decisivo en acciones políticas que se emprendieron en los últimos veinte años, a mí no me queda duda de que la visibilidad que el TLC le representa al país fue un factor crucial en la reforma electoral de 1996, la apertura creciente del gobierno y la imposibilidad de negarle legitimidad a instituciones como Transparencia Internacional, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y otras organizaciones similares. Es decir, el TLC ha tenido por efecto no sólo la liberalización de los flujos comerciales y de inversión (sus objetivos específicos), sino que ha sometido a nuestro sistema de gobierno a un régimen de disciplina política que no hubiera sido concebible en épocas precedentes.

Como argumenta este ensayo, el TLC no es, ni puede ser, un objetivo en sí mismo. Es, sin embargo, un gran instrumento que, a pesar de sus descomunales logros, jamás podrá resolver todos los problemas del país. Para que eso fuera posible todos los mexicanos tendríamos que entrar en una lógica de transformación que hoy, lamentablemente, sigue brillando por su ausencia.

I. MÉXICO, ESTADOS UNIDOS Y EL TLC

ESTADOS UNIDOS es una potencia mundial, la economía más rica del mundo y el principal punto de convergencia y atención de prácticamente todas las naciones del orbe. Aunque compartimos una frontera de más de tres mil kilómetros, la realidad es que México y Estados Unidos son dos naciones radicalmente distintas en poderío, ambición y forma de conducirse. Esto no es bueno ni malo: es la realidad que tenemos que reconocer y aceptar. El hecho de que México planteara la negociación de lo que acabó siendo el Tratado de Libre Comercio de América del Norte al final de los años ochenta implicó que, después de casi dos siglos de independencia, nosotros habíamos reconocido esas diferencias y estábamos dispuestos a vivir con ellas, a la vez que las convertíamos en oportunidad. Nada de ello ha cambiado.

Estados Unidos es el punto de referencia obligado para las casi doscientas naciones del orbe. Para cada una de esas naciones, Estados Unidos es una potencia a la que quieren atraer como socio comercial o con la que quieren definir su relación en términos geopolíticos. En sentido contrario, para Estados Unidos todas esas naciones son ruidos en el horizonte que son importantes sólo cuando hay problemas o por sus circunstancias particulares. De esta forma, hay un puñado de países que gozan de la atención permanente de los estadunidenses (como China, la antigua URSS, Irán, algunas naciones europeas) pero son la excepción. Por la vecindad (y, desafortunadamente, por asuntos como las drogas y la criminalidad), México aparece en su radar de cuando en cuando, pero no somos un asunto de atención permanente. Algunos dirían que eso es afortunado por su preferencia de guardar distancia ante ellos.

Además, es importante observar la naturaleza de nuestro vecino: se trata de una sociedad sumamente descentralizada en la que una multiplicidad de actores tienen incidencia directa en la toma de decisiones. Esto último implica que, salvo en momentos de crisis nacional, la toma de decisiones de esa nación, tanto en lo interno como en política exterior, responde a la particular confluencia de grupos e intereses en el momento específico, lo cual hace posible —de hecho, frecuente— que emerjan decisiones contradictorias de manera simultánea. En ese contexto, algunos individuos pueden tener fuerte influencia en un momento dado, en tanto que en otras instancias todo se paraliza. En lo que a México atañe, esto implica que siempre será vulnerable a decisiones internas de ese país que nada tienen que ver con México pero que afectan sus intereses.

El punto de fondo es que los problemas que caracterizan a la frontera y a la relación entre México y Estados Unidos nunca van a desaparecer. Los problemas van cambiando de forma y naturaleza en el curso del tiempo, pero siempre los habrá, como ocurre entre Canadá y Estados Unidos. Ante esta realidad, México siempre ha enfrentado un dilema con su vecino norteño: verlo como un problema o como una oportunidad. El dilema no cambia ni cambiará en un futuro previsible.

Desde el fin de la Revolución hasta mediados de los años ochenta, sucesivos gobiernos mexicanos optaron por ver a los estadunidenses como un problema y emplearon la vecindad como un instrumento de consolidación política interna. Un poco como Fidel Castro. En los ochenta, México dio la vuelta y optó por concebir la relación y la vecindad como una fuente de oportunidades. Así comenzó la negociación del TLC.

Por los pasados veinte años, el TLC se convirtió en la principal fuente de demanda y crecimiento de la economía mexicana. Sin el TLC, es posible que el país hubiera seguido un proceso de crisis recurrentes, con las consecuencias que éstas hubieran podido generar. Gracias al TLC, el país ha gozado de una estabilidad económica y de un grado de crecimiento económico. Por supuesto, el TLC no ha resuelto todos nuestros problemas, como ningún instrumento específico podría lograr, pero su existencia ha tenido un extraordinario y benigno efecto para el país.

Hoy, a veinte años del inicio del TLC, el país enfrenta nuevos dilemas y desafíos, como las decisiones que tomará Estados Unidos con respecto a otras naciones y bloques comerciales. Nuestro vecino ha emprendido dos procesos de negociación, uno con Asia, la llamada Asociación Transpacífica (TPP por sus siglas en inglés), de la cual México es parte, y otro con la Unión Europea, llamado Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), a la cual México ha intentado sumarse sin éxito hasta la fecha. Para México es vital ser parte de negociaciones en las que Estados Unidos participa, sobre todo unas de dimensiones tan extraordinarias como éstas, porque el riesgo de quedar aislado es grande: mejor participar en el proceso que quedar como el rayo de una rueda de bicicleta respecto al centro de la propia rueda.