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Vivir en el asombro es una invitación a volver a abrir los ojos. A descubrir que el mundo no es un escenario plano y silencioso, sino un lugar cargado de sentido, misterio y presencia divina. En estas páginas, Rod Dreher narra cómo Occidente fue perdiendo su capacidad de asombrarse, cómo se «desencantó», y muestra, con ejemplos concretos y profundamente humanos, que ese encantamiento no ha desaparecido: simplemente hemos olvidado el sentido de la maravilla y la conciencia de lo divino. Apoyándose en la historia, la antropología cultural y la neurociencia, bebiendo de la sabiduría de los monjes de la Iglesia antigua, y a través de testimonios reales —milagros inexplicables, encuentros con santos y ángeles, y hasta combates espirituales contra el mal— el autor nos recuerda algo esencial: la realidad visible no lo es todo. Dios sigue hablando, actuando y saliendo a nuestro encuentro, aunque hayamos aprendido a ignorar sus señales. En su recorrido, Dreher se pregunta por qué el cristianismo «moderno» resulta tan insípido y por qué tantos jóvenes se han alejado de la fe. Su respuesta es provocadora y esperanzadora a la vez: la visión sacramental, vibrante y encantada de la Iglesia del primer milenio sigue siendo verdadera.
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Seitenzahl: 498
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Rod Dreher
Vivir en el asombro
Descubrir el misterio y el sentido en una era secular
Traducción de Stefano Tardivo
Título en idioma original: Living in Wonder.
Finding Mystery and Meaning in a Secular Age
© Rod Dreher, 2024
© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2026
Esta edición se publica mediante acuerdo con David Black Literary Agency a través de International Editors and Yañez’ Co.
Traducción de Stefano Tardivo
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 154
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-266-0
ISBN EPUB: 978-84-1339-599-9
Depósito Legal: M-3785-2026
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa
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Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com - [email protected]
Índice
I. Ver en la vida de las cosas
II. Exilio del jardín encantado
Cómo Occidente se volvió weird
La religión en la antigüedad
El giro de Occidente hacia la mente
La Reforma desencantadora
Ciencia y modernidad
Los desencantamientos del capitalismo
Internet como máquina de desencantamiento
El yo en la era de Internet
La abolición del hombre
III. Mente encantada, materia encantada
Prisioneros del hemisferio izquierdo
La mente resonante
Mente, materia y metanoia
La mente receptiva
McLuhan, medio y mensaje
Cambiar nuestra mente
IV. Por qué importa el desencantamiento
Las almas muertas de los desencantados
La nueva gran depresión
Una cultura de caos constante
Sin fe en el sistema
El materialista desencantado
El espiritualista desencantado
¿Y si fracasamos en el reencantamiento cristiano?
V. El oscuro encantamiento de lo oculto
La historia de Jonás
Los exorcistas
VI. Extraterrestres y la máquina sagrada
El yo poroso y el encantamiento de la religión digital
La tecnología como metafísica
Tecnología, magia y la religión del presente
La tecnología digital es tecnología espiritual
Los dioses del mañana
VII. Atención y oración
Moldes culturales y encantamiento práctico
Sumisión y sacrificio
El significado del fluir
Orar como un monje
La oración de Jesús
Orar como un evangélico
Encontrar la frecuencia adecuada
VIII. Aprender a ver
«La belleza salvará al mundo»
Belleza, metáfora y el poder de la narración
Atanasio en el Adriático
Orden en la creación
Eros y belleza
IX. Signos y prodigios
Santos en un sueño
Feliz Navidad, Stefano
El rostro en el techo
La maldición de la esposa cubana traicionada
El hijo pródigo en una cueva del Himalaya
X. Tres profetas de lo real
El arcoíris nocturno de Martin Shaw
Paul Kingsnorth: el hombre contra la máquina
Jonathan Pageau, simbolista
XI. La urgencia de lo místico
Una vía dolorosa encantada
El peregrino regresa al mundo
La advertencia de Rahner
Agradecimientos
A Luca Daum
y a la memoria de Andrei Tarkovski,
dos artistas que me enseñaron a ver cometas.
I. Ver en la vida de las cosas
«Cientos de personas pueden hablar por cada una que puede pensar, pero
miles pueden pensar por cada una que puede ver. Ver con claridad es poesía,
profecía y religión, todo en uno».
John Ruskin
«El mundo no es lo que pensamos que es».
¿Sabes quién me dijo eso? Un abogado cristiano devoto cuya inmersión en la extraña realidad que se oculta justo bajo la superficie de las cosas comenzó el día que vio un ovni suspendido sobre un campo. Hoy, años después, trata de aclarar lo que pasó con la ayuda de un exorcista. El hombre, al que llamaré Nino, ya creía en Dios, en los ángeles, los santos, los demonios y todo lo demás antes de aquella experiencia. Pero entonces, todo se volvió intensamente real para él, de un modo que jamás habría podido prever.
Todo comenzó en 2009, cuando Nino, que entonces era un adolescente, conducía por un camino rural no muy lejos de su casa, en la Nueva Inglaterra profunda. Vio una gran nave de color obsidiana suspendida en silencio sobre un campo. La observó durante un breve instante y luego siguió su camino. Como me confesó más tarde: «Fue como si me hubieran plantado una semilla para más adelante». Por miedo al ridículo, no se lo contó a nadie.
Avancemos hasta 2016. Nino ya era estudiante de Derecho en una gran ciudad estadounidense. Un día, mientras estudiaba en la mesa de su cocina, vio cómo la pared desnuda comenzaba a arremolinarse. «Era como si se estuviera abriendo un portal —me dijo—. La mejor manera de describirlo es que dos seres humanoides se glitchearon1 en la realidad. Estaban hechos de luz, pero de una luz como de agua corriente. El aire en la habitación tenía densidad, como si al tocarlo se formaran ondas».
Los seres se comunicaron con Nino telepáticamente. Le dijeron que un pájaro estaba a punto de posarse en el alféizar de su ventana. Y así fue. Luego le anunciaron que un coche iba a petardear en la calle de abajo. También ocurrió. Después, desaparecieron.
Nino salió corriendo hacia un hospital cercano y pidió con urgencia una resonancia magnética y un análisis de sangre. Temía estar perdiendo la razón. Pero no encontraron nada anómalo.
Desde entonces, los visitantes han regresado cada año. Tras casarse, su esposa también los vio, lo cual fue un alivio para él: así supo que no estaba alucinando. Lo que le ocurre a Nino no es algo insólito. Muchas personas que han visto o interactuado con ovnis relatan experiencias paranormales posteriores —incluidas visitas de seres como los que se le aparecen a Nino—. Algunos cristianos que han vivido algo similar afirman que, al pronunciar el nombre de Jesús en presencia de estos seres, estos desaparecen.
—¿Rezaste alguna vez cuando los viste? —le pregunté.
—Oh, claro —respondió Nino—. Dos veces. Desaparecieron de inmediato.
—¿Y eso no te hizo pensar que podrían ser demoníacos?
—Sabes, nunca lo pensé de esa manera —dijo—. Más bien supuse que vieron que me habían asustado y quisieron retirarse. Pensé que, si fueran demonios, habrían querido pelear.
Nino, un joven bien asentado y conservador, de cabello muy corto y con una nariz aguileña que bien podría haber heredado de Dante, llevaba años luchando por reconciliar estas experiencias con su fe católica. Hablamos por primera vez a comienzos del otoño de 2023, poco después de que él y su esposa regresaran de un viaje a Colorado. Habían alquilado una cabaña aislada. Una noche, la misma densidad que Nino había sentido durante la aparición de los humanoides se manifestó en la cabaña, y todos los aparatos electrónicos del lugar enloquecieron.
—No sé qué es esto —le dije—, pero creo que necesitas hablar con un exorcista.
La siguiente vez que vi a Nino, ya se había puesto en contacto con el exorcista oficial de su diócesis, quien sospechaba que el abogado podía estar sufriendo una opresión demoníaca. No una posesión, que es algo raro, sino una forma de aflicción causada por demonios que hostigan. Sentado frente a mí en un hotel de su ciudad, Nino me contó que pronto se sometería a la evaluación psiquiátrica exigida por la Iglesia para poder proceder con el exorcismo. Estaba deseando comenzar y acabar con aquellas visitas tan extrañas.
Para alguien que llevaba siete años conviviendo con algo bastante aterrador, Nino me pareció sorprendentemente seguro de sí mismo, incluso animado.
—Si el propósito de estos seres era abrir una brecha entre Cristo y yo, han fracasado —dijo—. No solo no me alejaron de Jesús, sino que, en realidad, me han acercado más a Él. Todo esto me ha hecho comprender que el materialismo es falso. El mundo no es lo que pensamos que es.
Esa frase está en el corazón de este libro. Este es un libro sobre cómo vivir en un mundo lleno de misterio. Trata de aprender a abrir los ojos a la realidad del mundo espiritual y a cómo este interactúa con la materia. Es un mundo que muchos cristianos afirman aceptar en teoría, pero que les cuesta asumir en la práctica. Da demasiado miedo. Incluso las cosas buenas que alteran nuestro sentido del orden establecido pueden desestabilizarnos. Al fin y al cabo, ¿recuerdas lo primero que suelen decir los ángeles mensajeros a las personas en la Biblia? ¡No tengas miedo! Es natural que nos sintamos inquietos ante aquellas partes del mundo que normalmente permanecen invisibles. Y con más razón nosotros, los modernos: preferimos mantener a Dios y su acción en el mundo bien encerrados dentro de un marco racionalista y moralista. Al fin y al cabo, ¿acaso eso no se puede controlar?
Pero, como leerás en las páginas que siguen, el mundo no es así en realidad. Es más de lo que podemos ver. ¿Y el control? Bueno, eso es una ilusión. Tal vez te haya ocurrido algo paranormal, o le haya pasado a alguien que conoces. Algo inquietante o incluso aterrador, pero no algo que pudieras explicar sin más. Y quizá seas como Nino cuando vio el ovni por primera vez: convencido de que había vivido algo real, pero demasiado asustado de que se rieran de él como para contarlo.
Lo que le ocurrió a Nino lo aterrorizó y lo empujó hacia Cristo para que lo librara del mal. Pero, por supuesto, esta no es la única forma en que nuestras experiencias con una realidad más grande pueden expandir nuestro mundo. Un hombre llamado Ian Norton tuvo un encuentro positivo con lo numinoso —lo misterioso— que lo sacó del pozo que él mismo había cavado y lo condujo a los brazos de Jesús.
Esto fue lo que ocurrió. Era el día después de Pascua, en 2022, y yo me encontraba en el barrio cristiano de la Ciudad Vieja de Jerusalén, buscando un recuerdo especial antes de partir hacia el aeropuerto aquella misma tarde. Acababa de vivir una de las semanas más inolvidables de mi vida —la Semana Santa en Jerusalén— y quería llevarme algo antiguo que me ayudara a recordarla.
—Conozco el lugar perfecto —me dijo Dale Brantner, un pastor estadounidense y arqueólogo bíblico de formación.
Me llevó a Zak, una angosta tienda de antigüedades en una de las antiguas calles de la Ciudad Vieja. Dale me dijo que conocía a Zak, un cristiano palestino, desde hacía años. Buen hombre. Ama a Jesús. Honesto. Vende piezas auténticas. Entramos en la tienda, pero Zak no estaba. Al fondo de la sala, detrás de un ordenador, estaba sentado un tipo blanco de aspecto duro, de mediana edad, calvo, con tatuajes tribales desvaídos en los antebrazos y una expresión que decía: «Ni una broma, amigo».
—Zak viene de camino —dijo el hombre con un marcado acento cockney2 que contrastaba con la suavidad de su voz.
No esperas encontrarte a un londinense de clase obrera en el corazón de Jerusalén. Estaba ocupado con las cuentas de la tienda cuando nosotros, estadounidenses, entramos. Mientras esperábamos a Zak, le pregunté al hombre —se llamaba Ian Norton— cómo demonios había acabado tan lejos de casa.
—Llevo aquí treinta y dos años —dijo Ian—. Era un yonqui. Me fui de Londres a Ámsterdam buscando drogas más fuertes. Luego oí que la heroína era aún mejor en Tel Aviv, así que me fui allí. Y era verdad. Pero un día me di cuenta de que, si no lo dejaba, iba a morir. Fui a rehabilitación una vez, pero no funcionó. Sabía que me quedaba una última oportunidad.
El adicto acabó llegando a Jerusalén, en una misión para salvar su propia vida. De algún modo consiguió un Nuevo Testamento en inglés —un libro que nunca había leído— y se dirigió a las orillas del río Jordán. Aquel desesperado cockney hizo un voto: pasara lo que pasara, no se iría del río hasta ser liberado del demonio de la drogadicción. Era una estrategia arriesgada. El síndrome de abstinencia aguda de la heroína puede provocar dolores musculares, fiebre, escalofríos, náuseas, diarrea y otros síntomas graves. Si los vómitos y la diarrea son lo bastante intensos, el paciente puede morir deshidratado.
—Estaba esperando que empezaran los dolores, y estaban empezando —recordó—, por no tener heroína, ni comida, ni dinero, ni nada. Pensaba: «Esto es, tengo que atravesar esta adicción como sea». Así que estaba sentado junto al río Jordán, esperando que empezaran los dolores, y ya estaban comenzando a aumentar. Estaba leyendo el evangelio de Mateo por primera vez en mi vida. Llegué al pasaje en que Jesús va al encuentro de Juan el Bautista.
Ese episodio, narrado en Mateo 3,13-17, tuvo lugar en el mismo río donde el atormentado Ian estaba sentado, tiritando por los dolores del síndrome de abstinencia.
Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
Ian continuó:
—Mientras leía ese pasaje, apareció una nube. Estaba por todas partes, acercándose cada vez más. Primero cruzó el agua, y a medida que se acercaba a mí, se volvía cada vez más densa, más concentrada. Al principio solo podías verla. Luego era algo que podías saborear y tocar... y me di cuenta de que se había enroscado a mi alrededor. Me envolvía, me apretaba. Me sostenía. Lo único que puedo decir es que era pureza total y paz. Esas cosas maravillosas que nunca había sentido antes me rodeaban por completo y me sostenían en un estado de amor puro.
»Después de cuatro días siendo sostenido así, sin nada, la nube se disipó... y yo quedé libre de la lucha contra la heroína, así, sin más.
Volvió a Jerusalén tambaleándose, débil por no haber comido. Se sentó en la calle a pedir limosna, con un cartel que decía «Hambriento y sin hogar», lo cual era cierto. Algunos creyentes cristianos se acercaron a Ian para compartir con él sus testimonios. Finalmente, un pastor de una congregación judía mesiánica invitó al joven mendigo a vivir en la iglesia y rehacer su vida. Fue allí, hace más de dos décadas, donde llegó a creer en Cristo, aceptó el bautismo y comenzó su nueva vida.
Pasmado por lo que acababa de oír, le conté que acababa de vivir una semana transformadora, llena de milagro y asombro, en Jerusalén. Había llegado a mí como un regalo de luz y consuelo, justo cuando mi vida había dado un giro dramático y doloroso tras la demanda de divorcio de mi esposa. Ian asintió. Lo entendió. Eso es lo que hace Jerusalén contigo: uno de esos lugares en los que el velo entre lo visible y lo invisible se vuelve poroso.
—Lo primero que sientes al llegar aquí es separación —dice—. Lo que nos separa de nuestro Creador, en Jesús, son los apegos que mantenemos con el mundo. Yo nací en Londres, y al salir de allí, todo es tan mundano... Incluso si has nacido de nuevo y has entregado tu vida a Yeshúa, Jesús, sigue existiendo esa lucha con las cosas del mundo que tiran de ti para devolverte a él.
»Vienes a Jerusalén, y todo está centrado en Dios. Aquí estás envuelto en ese espíritu. Todo gira en torno a continuar ese camino hacia Él. Una vez que te desprendes de las cosas a las que estás aferrado, quedas abierto a que el Espíritu toque tu corazón.
Y es verdad. Yo acababa de vivirlo. Tras solo una semana en la Ciudad Santa —una semana de milagros, signos y prodigios— regresaba a una vida en Occidente que era incierta, incluso inquietante, pero también llena de esperanza y renovación.
Conversaciones fortuitas como aquella con el tendero me hacen preguntarme: ¿cuántas veces, a lo largo de los años y en todos los lugares donde he vivido alrededor del mundo, habré pasado junto a personas como Ian? ¿Cuántas veces me habré perdido la oportunidad de conocer sus historias o, siendo honestos, ni siquiera me habrá importado conocerlas, aun cuando habían sido tocadas de un modo asombroso por un encuentro con lo divino? ¿Cómo habría sido distinta mi vida si hubiera estado abierto a percibir, con los ojos abiertos, los oídos abiertos, la mente abierta y el corazón abierto?
Apuesto a que a ti también te pasa algo parecido. Quieres creer que cosas así pueden ocurrir —que el mundo, en realidad, está encantado, a pesar de lo que muchos modernos afirman—, pero te cuesta. O quizá ya lo crees, pero la presencia de Dios te parece lejana. Tal vez tu fe se ha vuelto árida, algo que guardas más en la cabeza que en el corazón... o que ya no sientes en lo más profundo. Tanto si eres incrédulo curioso, creyente a medias o creyente que desea adentrarse más en este mundo de maravillas pero no sabe cómo, este libro es para ti.
Una noche de otoño, en la ciudad húngara de Debrecen, un joven evangélico se me acercó y me pidió que habláramos un momento. Era un estudiante estadounidense de intercambio en la universidad local y había leído algunos de mis libros anteriores.
—Soy un evangélico conservador, y lo he sido toda mi vida —me dijo—. Pero me estoy muriendo. Quiero decir, estoy como un pez tirado en la orilla de un río, jadeando por aire. Lo creo todo, pero estoy desesperado por experimentar el encantamiento del mundo. Me gustaría que me hablaras de la ortodoxia.
Se refería al cristianismo ortodoxo, mi propia tradición de fe, a la que me convertí en 2006. A través de mis escritos, el joven había intuido que la Ortodoxia —prácticamente inalterada desde la era patrística, con sus antiguos rituales, ceremonias, velas, incienso y su modo de concebir la conexión entre la materia y el espíritu— ofrecía justamente el encantamiento que él anhelaba. Y creo que tenía razón; hemos entrado en una época en la que la Iglesia occidental necesita desesperadamente probar la medicina que ha sido preservada en la Iglesia oriental.
De eso hablaremos más adelante. Pero este no es realmente un libro sobre la Ortodoxia. Es, más bien, un libro sobre la necesidad profundamente humana de creer que vivimos, nos movemos y existimos en la presencia de Dios. No solo en la idea de Dios, sino en el Dios que está tan cerca de nosotros como el aire que respiramos, la luz que vemos y el suelo firme que pisamos.
Como mencioné, esta manera de ver y vivir la fe es hoy más común entre los cristianos ortodoxos, que, por diversas razones históricas, quedaron al margen del tránsito a la modernidad. Pero esta experiencia era la norma entre los cristianos de épocas pasadas. C. S. Lewis escribió sobre la cosmovisión de los cristianos medievales3. En ella, todo en el mundo visible e invisible estaba conectado a través de Dios. Todas las cosas tenían un sentido último porque participaban de la vida del Creador. Los detalles de esa relación participativa eran objeto de disputa entre teólogos, pero pocos —si es que alguno— dudaban de que así funcionaba el cosmos.
Esto es a lo que se refieren los sociólogos y los estudiosos de la religión cuando dicen que el mundo del pasado estaba encantado. Sí, la Edad Media fue una época de reyes y caballeros, de castillos y torneos, de hechiceros y supersticiones, y demás. También fue una época de guerras, hambre, crueldad y sufrimiento, de un tipo que no aparece en las versiones del pasado que nos ofrece Disney. Pero llamar a esa época «encantada», en el sentido académico —y en el sentido en el que lo uso en este libro—, es aludir a la creencia ampliamente compartida de que, como dice una oración ortodoxa, Dios está en todas partes y lo llena todo. Decir que este mundo está encantado es afirmar que vivimos en un mundo de maravillas, hermosas y terribles, cosas que nos llenan de asombro y nos llaman a salir de nosotros mismos para reconocer una realidad más alta y más grande.
El estudioso de la religión Charles Taylor describió la experiencia del encantamiento de esta manera:
Todos consideramos que nuestra vida y/o el espacio en el que vivimos nuestra vida tienen cierta forma moral/espiritual. En algún lugar, en alguna actividad o en algún estado, hay una plenitud, una riqueza; es decir, en ese lugar (actividad o estado), la vida es más plena, más rica, más profunda, más valiosa, más admirable, más como debe ser. Quizá ese sea un lugar de poder: muchas veces experimentamos esto como algo profundamente movilizador, inspirador. Quizá esta sensación de plenitud sea algo de lo que tenemos atisbos en la distancia; tenemos la poderosa intuición de lo que sería la plenitud si estuviésemos en ese estado, por ejemplo, de paz o completitud, o si pudiésemos actuar en ese nivel de integridad, generosidad, abandono o despojo del yo. Pero a veces hay momentos en los que experimentamos plenitud, alegría y satisfacción, en los que sentimos que estamos allí4.
Normalmente experimentamos esa plenitud, dice Taylor, en «una experiencia que perturba e irrumpe en nuestra sensación corriente de estar en el mundo, con sus objetos, actividades y puntos de referencia familiares». Eso es lo que llamamos asombro o maravilla. Es una experiencia primordial de la que depende toda religión verdadera. «Sentimos que estamos allí».
Nadie puede vivir permanentemente sobrecogido por el asombro. En sus rituales y símbolos, la religión es en gran medida un intento de captar esa experiencia primordial de maravilla, de hacerla presente de algún modo para que su fuerza pueda penetrar en nuestra vida cotidiana. Queremos que ese encuentro con un poder más grande que nosotros nos saque de nosotros mismos, nos transforme, nos haga mejores... nos haga, si se me permite la expresión, más santos.
La vida tiene sus altibajos. En algunas etapas nos sentimos más cerca de Dios que en otras. Sin embargo, en una sociedad encantada, es más fácil creer en Dios y sentir siempre su presencia cercana. Somos más capaces de percibir un sentido en el mundo, de intuir una estructura moral que da propósito a nuestras propias vidas.
La visión de Taylor sobre el modelo medieval es muy cercana a la de Lewis. En el pasado premoderno, las personas (no solo los cristianos) daban por hecho que el mundo natural daba testimonio de la existencia de Dios, o de los dioses. Creían que la sociedad estaba fundada sobre esa realidad divina. Creían que el espíritu era real: no solo el alma de los hombres y mujeres, sino también los ángeles, los demonios y quizá otros seres incorpóreos. Todo estaba unido en un modelo coherente —un símbolo— que daba sentido a nuestras alegrías y a nuestros sufrimientos en esta vida.
El mundo social que sostenía esa visión cotidiana del encantamiento ha desaparecido. Esto no significa que ya nadie crea en Dios. Significa, más bien, que incluso para muchos cristianos de hoy en día, aquel sentido vívido de la realidad espiritual que tenían nuestros antepasados encantados se ha vaciado de su fuerza vital. En su lugar, muchos de nosotros experimentamos el cristianismo como un conjunto de normas morales, como los lazos que mantienen unida a una comunidad, como una estrategia de autoayuda terapéutica, o quizá como el fundamento de un compromiso político. Y sí, es todo eso. Pero sin la experiencia viva del encantamiento, presente y accesible, en el centro palpitante de la vida en Cristo, la fe pierde su capacidad de asombro. Y cuando pierde su capacidad de asombro, pierde también su poder para consolarnos, transformarnos y llamarnos a actos de heroísmo. Lentamente, de forma imperceptible, la vida vibrante del espíritu se va apagando, y con ella se desvanece nuestra confianza en un sentido último. Tal vez incluso nuestra esperanza en el futuro.
Aquel estudiante estadounidense en Debrecen conoce bien la Biblia. Tiene todos los argumentos a favor de la fe claros en la cabeza. Pero anhela una experiencia de la «magia profunda» de la fe cristiana. Desea una fe como la del apóstol Pablo y su equipo, que recorrían el Mediterráneo expulsando demonios, sanando enfermos y derrotando a espíritus impuros y deidades paganas por el poder del Dios verdadero. Leemos esas historias en el libro de los Hechos y nos asombramos ante los signos y prodigios que eran comunes en la iglesia primitiva.
Durante las vacaciones de verano, los estadounidenses a veces viajan a Europa, visitan las grandes catedrales medievales y se preguntan qué clase de fe pudo levantar semejantes templos para la gloria de Dios en sociedades mucho más pobres que la nuestra. Leemos antiguos relatos de milagros, visiones, peregrinaciones y fiestas religiosas, y sentimos la pobreza de nuestra propia experiencia espiritual. Cumplimos con ir a la iglesia los domingos, leemos la Biblia, seguimos los mandamientos, trabajamos al servicio de nuestra nación o de nuestra comunidad, nos mantenemos al día con nuestras lecturas... pero, aun así, puede que nos preguntemos: ¿es esto todo?
No, no es todo. Hay mucho más. Ian, en Tierra Santa, lo sabe. Nino, en Estados Unidos, también. Y lo saben otras personas que encontrarás en estas páginas, que llegaron a Cristo a través del asombro, la mayoría al encontrarse con Cristo o con sus testigos, y en algunos casos mediante encuentros con demonios u otras experiencias que los llevaron corriendo a Jesús en busca de refugio.
Las historias son creíbles, extrañas y poderosas. Sin embargo, la verdad es que la mayoría de nosotros no viviremos algo como lo que le ocurrió a Ian, el drogadicto al límite, o a Nino, el abogado perseguido por un ovni. Puede que nunca conozcamos a alguien cuya vida haya sido sacudida por lo sobrenatural. De hecho, lo más probable es que la mayoría sigamos adelante con nuestra vida sin presenciar un milagro ni ninguna otra manifestación de lo numinoso —y, en cualquier caso, no podemos forzar que ocurran—. Y está bien así. No hace falta tener un encuentro cercano con ángeles o milagros para experimentar el encantamiento. Dios no actúa de esa manera.
Si el cosmos está construido tal como enseñaba la antigua Iglesia, entonces el cielo y la tierra se entrelazan, participan de la vida el uno del otro. Lo sagrado no se inserta desde fuera, como una inyección procedente de los manantiales del paraíso; ya está aquí, esperando ser revelado. Por ejemplo, cuando un sacerdote bendice el agua y la convierte en agua bendita, no le añade algo para cambiarla, sino que hace que esta sea más plenamente lo que ya es: portadora de la gracia de Dios. Si llegamos a tener una experiencia de asombro, un momento en que la plenitud de la vida se nos revela de forma extraordinaria, lo más probable es que sea algo mucho más ordinario que una nube mística purificadora que sopla desde el río Jordán.
Podríamos parecernos al psiquiatra judío austríaco y superviviente del Holocausto Viktor Frankl, quien, siendo un prisionero harapiento cavando una zanja en un campo de concentración alemán, trataba de ahuyentar la desesperación que lo envolvía pensando en su esposa lejana. Frankl escribe que de pronto «sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso ‘sí’ como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera. ‘Et lux in tenebris lucet’, y la luz brilló en medio de la oscuridad»5.
El Dr. Frankl encontró ese día la fuerza para seguir adelante —y más tarde, en su vida, para ayudar a millones de personas a través de sus libros sobre cómo encontrar sentido en el sufrimiento—.
O tal vez podríamos vivir una experiencia como la que tuvo el espía soviético Whittaker Chambers a finales de los años treinta, que acabó por sacarlo de la clandestinidad comunista. Estaba en casa observando a su adorada hija pequeña mientras comía en su trona. «Mi mirada se posó en los delicados pliegues de su oreja, esas orejitas intrincadas y perfectas —escribió Chambers—. Pasó por mi mente este pensamiento: ‘No, esas orejas no fueron creadas por una mera combinación fortuita de átomos en la naturaleza (como sostiene la visión comunista). Solo podrían haber sido creadas mediante un diseño supremo’. El pensamiento fue involuntario y no deseado. Lo aparté de mi mente. Pero nunca lo olvidé del todo, ni tampoco ese momento. Tenía que apartarlo de mi mente. Si lo hubiese llevado a término, habría tenido que decir: el diseño presupone a Dios. Entonces no sabía que, en ese momento, el dedo de Dios se había posado por primera vez sobre mi frente»6.
En mi caso, mucho más modesto, debo mi fe a haber entrado en una vieja iglesia francesa un día de verano de 1984. Yo era un estadounidense de diecisiete años, aburrido, el único joven en un autobús lleno de turistas ancianos, y apenas podía soportar el tedio del largo viaje hacia París. Seguí a los viejos al interior de la iglesia simplemente porque la idea de quedarme sentado en el autobús me resultaba aún más aburrida.
La iglesia era la catedral de Chartres, la obra maestra medieval que es una de las iglesias más gloriosas de toda la cristiandad. Pero yo no lo sabía en aquel momento. Me quedé de pie en el centro del laberinto, en la nave, mirando hacia las bóvedas que se alzaban imponentes, los vitrales caleidoscópicos y el icónico rosetón, y sentí cómo se evaporaba todo mi agnosticismo adolescente. Supe, sin la menor sombra de duda, que Dios era real y que me buscaba. No recuerdo nada más de todo aquel viaje —mi primer viaje a Europa—, pero nunca podré olvidar Chartres, porque fue allí donde comenzó mi peregrinación hacia una fe madura en Dios.
En estos tres casos, tres hombres muy distintos se encontraron con lo trascendente en el límite del mundo material. Una chispa cruzó la barrera, indicando a quienes observaban que había algo más allá de lo que puede verse, tocarse y oírse. Y eso cambió sus vidas.
El encanto no consiste en tener experiencias místicas hechas a medida. No se trata de aprender a salpicar el mundo cotidiano con un polvo de hadas mental para hacerlo más interesante. Es algo más que una forma de escapar de la sensación de alienación y desarraigo que muchas personas experimentan hoy. Todas esas son aproximaciones superficiales, más propensas a conducirnos, en el mejor de los casos, al autoengaño, y en el peor —como ha ocurrido con buscadores curiosos que se han entregado al ocultismo u otras distracciones y engaños—, al cautiverio espiritual.
No, el verdadero encanto consiste simplemente en vivir con la firme convicción de que la vida tiene un sentido profundo, un sentido que existe en el mundo independientemente de nosotros. Es vivir con fe para conocer ese sentido y entrar en comunión con él. No se trata de un sentido abstracto, sino de un sentido que vive en y a través de Dios, y en su Hijo, el Logos hecho carne. Podemos sentir en lo más hondo de nuestro ser que la vida es buena, que tiene un sentido y que vale la pena vivirla; pero también que existen el mal espiritual y fuerzas del caos, y que debemos prepararnos para combatirlas, porque la vida cotidiana exige una lucha espiritual. Para los cristianos, esto implica aprender a vivir como si lo que profesamos creer fuera realmente verdad. También implica aprender a percibir la presencia de lo divino en la vida diaria y crear hábitos que abran nuestros ojos y nuestros corazones a él, tal como lo hicieron nuestros padres y madres en la fe.
Eso fue en otro tiempo, sí, pero también lo es ahora, a pesar del desierto espiritual que ha producido la modernidad. Fijaros que las manifestaciones de lo asombroso de las que he hablado hasta ahora no ocurrieron en un pasado lejano de cuento de hadas, sino en nuestro tiempo, en una era de desencanto, cuando se supone que cosas así ya no ocurren. Pero siguen ocurriendo. El mundo nunca ha estado verdaderamente desencantado. Somos nosotros, los modernos, quienes hemos perdido la capacidad de percibir el mundo con ojos asombrados. Ya no podemos ver lo que es realmente real. El hambre de encantamiento no ha desaparecido, porque el hambre de sentido, de comunión y de experiencia de asombro forma parte de la naturaleza humana. Pero, en ausencia de confianza en la tradición, y dentro de una cultura antinómica que, en la práctica, niega toda trascendencia o toda estructura de verdad exterior al yo que elige, ya no sabemos dónde mirar, ni cómo.
Es imposible exagerar la importancia de esto: el mundo no es lo que creemos que es. Es mucho más extraño. Es mucho más oscuro. Y es mucho, muchísimo más luminoso y hermoso. No creamos el sentido; el sentido ya está ahí, esperando a ser descubierto. Los cristianos del primer milenio lo sabían. Nosotros hemos perdido ese saber, hemos abandonado la fe en esa afirmación y olvidado cómo buscar. Se trata de un olvido colectivo, inducido por las fuerzas que forjaron el mundo moderno y nos enseñaron que el encantamiento era cosa de primitivos. Exiliados de las verdades que conocían los antiguos, llenamos nuestros días de distracciones para evitar las preguntas difíciles que tememos no tengan respuesta. O bien nos entregamos a falsos encantamientos —las distracciones y engaños del dinero, el poder, el ocultismo, el sexo, las drogas y todos los atractivos del mundo material— en un intento vano de conectar con algo que esté más allá de nosotros mismos y que dé sentido y propósito a la vida.
Muy bien: este libro te mostrará cómo buscar y cómo encontrar. Te ayudará a recuperar la capacidad de leer los signos que nos revelan el mapa del Camino y a recorrer esa senda ya muy transitada. Es un libro sobre cómo recobrar las dimensiones más hondas y plenas de nuestra vida, que han quedado oscurecidas en la época moderna porque hemos olvidado cómo ver el mundo tal como realmente es. Será una obra de memoria, de recuperación y de sanación. Por tomar prestada una metáfora de Dante, el supremo poeta cristiano, este es el modo de escapar de la selva oscura de la modernidad tardía —con su muerte, su depresión y su nihilismo— y encontrar de nuevo la recta vía: el mismo camino de peregrinación hacia Dios que tantas generaciones de cristianos recorrieron antes que nosotros.
Esta no es una historia sobre cómo resolver nuestras vidas siguiendo un procedimiento rígido, ni sobre cómo ordenar correctamente nuestra existencia conforme a un plan para vivir según la ley. No hay nada de malo en querer dar orden a una vida desordenada y alinearla con un propósito. Para algunos, eso puede ser el primer paso hacia el reencantamiento, pero no es lo mismo que el reencantamiento. No, lo que buscamos se parece más a romper una presa que impide que el agua viva fluya hacia un jardín reseco y marchito, y devolverle así una vida floreciente.
El psiquiatra Iain McGilchrist, uno de los referentes de este libro, sostiene que las mismas habilidades y hábitos que llevaron al hombre occidental moderno a alcanzar tanto éxito material lo han empobrecido radicalmente en el plano espiritual y emocional. Han borrado de nuestra conciencia la experiencia de vivir en un mundo lleno de asombro, sentido y armonía, y nos han hecho desgraciados.
«De hecho, si uno se propusiera destruir la felicidad y la estabilidad de un pueblo, sería difícil mejorar la fórmula que seguimos actualmente», escribe McGilchrist: una fórmula que incluye el rechazo de todos los valores trascendentes e incluso de la posibilidad misma de que puedan existir. Y, sin embargo, los modernos seguimos insistiendo en que nuestra forma de conocer científica y materialista —una forma que nos ha dado mucho más control sobre nuestras vidas— es la única válida. Un error grave que nos impide hacer lo necesario para recuperar la salud interior. McGilchrist lo expresa así: «Somos como alguien que, tras descubrir que una lupa es una revelación para observar la vida en un estanque, insiste en usarla para mirar las estrellas... y luego declara solemnemente que, si la gente del pasado hubiera tenido una lupa tan maravillosa, habría sabido que, al observarlas más de cerca, las estrellas en realidad no existen»7.
Algunos cristianos desconfían de la palabra «encantamiento» por sus connotaciones mágicas. Si ese es vuestro caso, podéis estar tranquilos. Los teóricos de la literatura Joshua Landy y Michael Saler, quienes editan una colección de ensayos académicos sobre el reencantamiento de una manera totalmente secular, sostienen que cualquier forma significativa de reencantamiento debe aceptar que el mundo tiene las siguientes realidades:
- Misterio y asombro
- Orden
- Propósito
- Sentido, entendido como una «jerarquía de significación que se aplica a los objetos y acontecimientos con los que nos encontramos»
- La posibilidad de redención, tanto para los individuos como para los momentos en el tiempo
- Un medio para conectar con lo infinito
- La existencia de espacios sagrados
- Milagros, definidos como «acontecimientos excepcionales que contravienen (e incluso tal vez modifican) el orden aceptado de las cosas»
- Epifanías, que son «momentos del ser en los que, por un breve instante, el centro de todo permanece firme y se vislumbra la promesa de una unión cuasi mística con algo más grande que uno mismo»8.
Esto, en un marco plenamente cristiano, es nuestro objetivo. Si no eres creyente, quizá pienses que es algo imposible. La buena noticia es que estás equivocado, y voy a explicarte por qué en las páginas que siguen. Y si eres creyente y al leer esta lista ves que estas metas están muy alejadas de la forma de cristianismo superficial o árida que conoces, continúa la lectura: descubrirás que, en lo más profundo de las tradiciones de la fe cristiana, hay recursos capaces de iluminar tu imaginación religiosa y renovar tu alma.
Mi esperanza es que, al terminar este libro, emprendas una búsqueda, o que retomes una que habías dejado de lado. Aunque yo encontré por primera vez a Cristo en la Iglesia católica romana, mi camino me condujo en 2006 al cristianismo ortodoxo. Allí llegué a creer con aún más fuerza que todos estamos en un camino: o nos acercamos o nos alejamos del Dios que se reveló en la Biblia. Los cristianos practicantes y fieles de todas las tradiciones pueden encontrar en este libro una ayuda para profundizar en su conciencia de Dios, que lo llena todo. Los cristianos alejados o inseguros pueden hallar aquí razones para volver a mirar la fe, porque es más extraña y maravillosa de lo que creen. Las Iglesias cristianas de Oriente —la Ortodoxa y la llamada Ortodoxa Oriental— han conservado un carácter decididamente más místico que sus hermanas de Occidente. Ahora, en el ocaso de la era cristiana en Occidente, una infusión de misticismo auténtico y probado por el tiempo es un don de las Iglesias orientales para el Occidente sufriente. El joven evangélico de Debrecen lo intuyó, y por eso vino a buscarme.
Como en mis dos libros anteriores, los creyentes de religiones no cristianas quizá no puedan aceptar todas las afirmaciones cristianas que aquí se presentan, pero creo que aun así encontrarán muchos elementos valiosos que resonarán con las enseñanzas de sus propias tradiciones. Los no creyentes encontrarán partes de este libro difíciles de aceptar, pero confío en que al menos lo terminen con la mente más abierta a la posibilidad de que Dios exista y de que realmente haya un ámbito trascendente. Todos los lectores de este libro deberían terminarlo con unos ojos capaces de ver más profundamente en el mundo, por debajo de la superficie, hasta alcanzar la verdad de las cosas.
Una advertencia sincera: aprender a ver con una mirada abierta al reencantamiento no será fácil. Va a costarte algo. De hecho, tiene que ser así. En la obra maestra medieval La Divina Comedia, la mayor historia de reencantamiento cristiano jamás contada, el peregrino Dante no puede escapar de la prisión de la selva oscura sin ponerse en manos de un guía digno de confianza. Ese guía, el poeta Virgilio, lo conduce en una larga y ardua peregrinación de arrepentimiento y reconstrucción de la vida interior, para que Dante sea capaz de soportar el peso de la gloria de Dios. El arrepentimiento comienza con el sacrificio del control. Y eso puede dar miedo.
La cuestión es que un reencantamiento que no os obligue a cambiar de vida no es reencantamiento en absoluto. Emprender este camino de regreso hacia una comprensión más rica y más viva de nuestra vida espiritual no será fácil, pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Como le dice Virgilio a Dante cuando se encuentran por primera vez en el claro del bosque: si te quedas aquí, vas a morir. Estoy convencido de que la única forma de revivir la fe cristiana —que se desvanece rápidamente del mundo moderno— no es mediante exhortaciones morales, reprensiones legalistas ni apologéticas más eficaces, sino a través del misterio y del encuentro con el asombro. Y no llegará deprisa ni sin lucha. Una peregrinación no es lo mismo que una excursión de tres horas.
La filósofa Elaine Scarry dice que educar consiste en enseñar a las personas a mirar hacia el rincón correcto del cielo cuando pase el cometa. Este libro es el fruto de mi trabajo mientras esperaba, con la esperanza de que, a través de lo que iba descubriendo por el camino, aprendería a ver lo que tengo justo delante de los ojos, es decir, a percibir en lo cotidiano y lo común el cometa que cruza en llamas el cielo nocturno.
El mundo no es lo que creemos. Es mucho más misterioso, vibrante y lleno de aventura. Solo tenemos que aprender a abrir los ojos y ver lo que ya está ahí.
II. Exilio del jardín encantado
«El destino estaría sellado;
los sueños, deseosos de dormir.
Esto no lo entenderán los abandonados.
Arturo, en el camino, comenzó a llorar
y dijo a Gawain: '¿Recuerdas cuando esta mano
sacó una espada de la piedra? Ahora, no menos fuerte,
ya no puede ni soñar con lograr semejante hazaña'».
Richard Wilbur, Merlin Enthralled
Durante muchos años he estado dándole vueltas a la historia que cuenta el lingüista Daniel Everett sobre el tiempo que vivió con su familia en lo más profundo de la selva amazónica. Era un misionero cristiano enviado para convertir a los pirahã, una tribu notoriamente reacia a aceptar el evangelio. Su objetivo era aprender su lengua, traducir el Nuevo Testamento a su idioma y, con ello, lograr —eso esperaba— llevarlos a la conversión.
Una mañana, mientras Everett y su familia dormían en su cabaña, se despertaron con el alboroto de la tribu que corría hacia el río. Cuando él y su hija pequeña los siguieron, encontraron a los nativos excitados, gritando y señalando hacia la playa de arena, a unos cien metros de distancia. Los pirahã gritaban y señalaban hacia algo que llamaban Xigagai, su nombre para un dios hostil de la selva. Los Everett no veían nada, pero los nativos insistían en que Xigagai estaba realmente presente, que estaban presenciando lo que los teólogos llaman una «teofanía», es decir, una manifestación de una divinidad.
«¿Qué acababa de presenciar?», escribió más tarde Everett en sus memorias sobre su experiencia en el Amazonas. «A lo largo de los más de veinte años transcurridos desde aquella mañana he tratado de comprender cómo es posible que dos culturas, mi cultura de raíz europea y la cultura pirahã, vean la realidad de una manera tan distinta»9.
Con el tiempo, Everett abandonó la selva, perdió la fe y su matrimonio, y regresó a Estados Unidos para enseñar lingüística. Aunque hoy se considera ateo, sigue desconcertado por lo que ocurrió aquella mañana en la playa amazónica. Everett no está dispuesto a afirmar que los pirahã vieron a un dios demoníaco de la selva, pero tampoco está dispuesto a decir que lo imaginaron. Es un misterio que quizá nunca se resuelva.
Cuando los estudiosos hablan del mundo como «desencantado», se refieren a que, en la época moderna, con el avance de la ciencia y el secularismo, la gente ya no percibe la presencia de lo espiritual como antes. Incluso muchos cristianos, aunque profesen su fe en Dios y en un ámbito trascendente, han llegado a concebir la religión principalmente como una fuente de normas morales y como un impulso para el cambio social. Hablar de signos, prodigios, milagros y cosas por el estilo les incomoda, porque remite a una época de superstición que, se supone, la humanidad ya ha superado.
Pero ¿y si en realidad no hemos progresado en Occidente, sino que hemos retrocedido? Es decir, ¿y si nos hemos vuelto ciegos, y miramos por encima del hombro al resto del mundo por su aparente fe infantil y simplista en lo divino?
A eso me refiero. En 2010, un equipo de investigadores en psicología publicó un hallazgo sorprendente. Señalaron que casi todos los estudios en esta disciplina se habían realizado con sujetos de culturas occidentales, lo que había generado una base de conocimientos que se tomaba como representativa del ser humano en general. Pero, según descubrieron, esto es completamente erróneo.
El antropólogo de Harvard Joe Henrich y sus colegas descubrieron que, en términos psicológicos, las personas occidentales se sitúan en los extremos del espectro de la experiencia humana, tanto desde una perspectiva histórica como geográfica. Nuestra manera de ver el mundo es muy distinta de la forma en que lo percibían nuestros propios antepasados premodernos y de cómo lo experimenta hoy la gran mayoría de la población del planeta. De manera elocuente, nos etiquetaron con el acrónimo WEIRD: Western, Educated, Industrialized, Rich, and Democratic (Occidentales, Educados, Industrializados, Ricos y Democráticos)10.
Henrich y sus colegas sospechan que lo que los científicos creían universalmente válido para todos los seres humanos podría estar, en realidad, condicionado por la cultura. No se trata simplemente de una diferencia de valores entre Occidente y el resto del mundo. Se trata de la percepción visual, el razonamiento espacial y las formas de juzgar moralmente. Las personas WEIRD —y, según Henrich, no hay nadie en el mundo más WEIRD que los estadounidenses— son más individualistas, analíticas, impersonales y están mucho menos vinculadas al mundo natural que otros seres humanos.
Nosotros, los modernos, vivimos atados al mito del progreso, que nos hace creer que Occidente, con su saber científico y tecnológico, ha alcanzado la cúspide del desarrollo humano. Podemos estar desencantados, nos decimos a nosotros mismos, pero al menos vivimos en la verdad, a diferencia de toda esa gente supersticiosa del pasado y de las culturas no occidentales de hoy.
Cuando era misionero en el Amazonas, Everett —un cristiano creyente— vivía, en cierto sentido, en un mundo encantado: un mundo en el que Dios estaba presente. También los miembros de las tribus amazónicas vivían en ese tipo de mundo, aunque tuvieran ideas diferentes sobre la religión. Hay, además, algo interesante en los pirahã que tiene que ver con el encantamiento. Viviendo con la tribu, Everett acabó comprendiendo por qué no podían aceptar el evangelio. En su epistemología cultural —es decir, en la forma en la que determinan qué es verdadero— los pirahã se negaban a creer en cualquier cosa que no hubiera sido vista directamente por una persona viva o que no les hubiera sido contada por alguien vivo que, a su vez, la hubiera oído de otra persona también viva. La idea de que los hechos relatados en la Biblia —o incluso hechos ocurridos ese mismo día en París— pudieran ser verdaderos era inconcebible para ellos.
Los pirahã estaban cegados por la estructura mental con la que daban sentido al mundo. Pero he aquí el punto: en eso, estos primitivos del Amazonas no son tan distintos de nosotros, los modernos. Como admite con humildad intelectual el propio Everett —ya siendo ateo—, sería presuntuoso por nuestra parte afirmar que nosotros, con nuestras presuposiciones materialistas, tenemos una visión más exacta de la realidad que la que tiene esta tribu de la selva.
Para que quede claro: no se trata de que o bien el mundo esté completamente explicado por el materialismo, o bien haya demonios enfurecidos rondando los bancos de arena del Amazonas. Ambas cosas podrían ser falsas. La cuestión es que cometemos un error al suponer que nosotros, los occidentales modernos, poseemos en exclusiva la capacidad de ver con claridad y exactitud, y que cualquiera cuyas percepciones sean distintas no puede sino ser un ingenuo o un farsante. Abrirse a la posibilidad del encantamiento es, en realidad, algo razonable.
Cómo Occidente se volvió weird
Joe Henrich no utiliza el término WEIRD como un insulto. Lo que intenta es comprender algo relacionado con la epistemología, es decir, el estudio de cómo sabemos lo que sabemos. «La cultura puede, como de hecho hace, alterar nuestros cerebros, hormonas y anatomía, junto con nuestras percepciones, motivaciones, personalidades, emociones y muchos otros aspectos de la mente»11, escribe Henrich.
¿Cuándo se desvió Occidente del resto del mundo —e incluso de su propia historia— para seguir el camino de los WEIRD? Según la exposición de Henrich, todo se debió a dos hechos fundamentales. El primero fue el colapso del Imperio romano en Europa occidental, que dejó a la Iglesia católica como principal autoridad en la región. Las autoridades de la Iglesia latina impusieron normas matrimoniales que desintegraron los clanes bárbaros y, con el tiempo, condujeron al auge del individualismo y de sociedades más flexibles. El segundo fue el auge de la alfabetización masiva tras la Reforma protestante, que acabó modificando el comportamiento cognitivo al fomentar y premiar formas de pensamiento analítico.
Estos dos factores fundamentales, sostiene Henrich, son en última instancia la razón por la que la ciencia, el capitalismo, el liberalismo político y otros fenómenos asociados con la Modernidad surgieron en Occidente y en ningún otro lugar, ni siquiera en el cristianismo oriental, donde el Imperio romano perduró mil años más.
La religión en la antigüedad
Volvamos a tiempos premodernos y pensemos en el phronema —una palabra griega que significa «actitud o disposición»— de la humanidad ante lo sagrado a lo largo de la mayor parte de su historia.
El gran estudioso de las religiones Mircea Eliade sostenía que el ser humano moderno tiene una idea radicalmente empobrecida de la religión, al menos en comparación con el hombre arcaico e incluso con los cristianos de la era premoderna. En su obra clásica Lo sagrado y lo profano, Eliade escribe que, para el hombre religioso, experimentar al «Dios viviente» no era como encontrarse con el Dios de los filósofos. «No era una idea, una noción abstracta, una simple alegoría moral. Se trataba de un poder terrible, manifestado en la ‘cólera’ divina»12.
Este santo temor —este miedo de Dios— no se parece al susto que provoca encontrarse con un oso en el bosque. Se parece más a lo que uno experimenta al verse confrontado con una manifestación abrumadora de poder, misterio y majestad, «donde se despliega la plenitud perfecta del ser»13.
Lo sagrado, en este sentido, es una manifestación de «una realidad de un orden totalmente diferente del de las realidades ‘naturales’»14. Eliade prefiere el término hierofanía —que significa «manifestación de lo sagrado»— para referirse a este fenómeno. Así, para el hombre tradicional, el mundo material puede estar impregnado de divinidad y convertirse en otra cosa sin dejar de ser lo que es. En otras palabras, un bosque sagrado es, en apariencia, un bosque como cualquier otro, pero para quienes lo consideran santo, también está anclado en una realidad trascendente. Para el hombre tradicional, todo el cosmos puede convertirse en una hierofanía.
Traducido al lenguaje cristiano, el universo y todo lo que contiene es sacramental: es un símbolo de una realidad espiritual que no solo remite a una realidad trascendente, sino que también participa de ella. Los cristianos suelen emplear este término para referirse a la Eucaristía, el bautismo y otros sacramentos: momentos especiales en los que el poder y el ser de Dios se manifiestan en la vida de la Iglesia. Llamar sacramental al cosmos significa que, de un modo misterioso, todas las cosas creadas portan un poder divino y participan en la vida de Dios.
Durante los primeros 1300 años del cristianismo, todos los cristianos compartían en general con los paganos esta visión sacramental: un mundo material saturado de significado y poder espiritual15. De hecho, el historiador Robert Knapp sostiene que una de las principales razones del éxito de la Iglesia primitiva en la conversión de tantos fieles en el mundo grecorromano fue que la «magia» de los cristianos resultaba más poderosa que la de los sacerdotes y hechiceros paganos. Los evangelios muestran a Jesús de Nazaret realizando curaciones y expulsando demonios. El libro de los Hechos narra que los apóstoles hacían lo mismo, en nombre de Jesús. La santidad irradiaba de Pablo con tal fuerza que «bastaba aplicar a los enfermos pañuelos o ropas que habían tocado su cuerpo para que se alejasen de ellos las enfermedades y saliesen los espíritus malos» (Hch 19,12).
Hoy es una ruina, pero en los albores del cristianismo, Éfeso era una de las ciudades más importantes del mundo romano. Esta ciudad portuaria de Asia Menor albergaba una de las siete maravillas del mundo antiguo: el imponente templo de Artemisa, diosa de la caza. Allí existía una pequeña comunidad cristiana. Pablo predicó en Éfeso, y su carta a la iglesia de esa ciudad fue incluida en el canon del Nuevo Testamento. Lo que muchos cristianos de hoy quizá no sepan es que la antigua Éfeso, en tiempos de la iglesia primitiva, fue un campo de batalla espiritual de gran intensidad entre los primeros cristianos y los paganos, que eran tan conscientes de la realidad de lo sobrenatural como los seguidores de Jesús.
Ninguno de ellos habría considerado «lo sobrenatural» como una categoría separada. Como escribe Knapp:
Nosotros estamos acostumbrados a pensar el mundo natural y el mundo sobrenatural como esferas distintas, aunque a veces se interpenetren. En el mundo antiguo, la gente no lo percibía de ese modo: los ámbitos de acción no estaban separados ni sellados entre sí, con una comunicación ocasional pero sin una interacción constante. Más bien, formaban una única entidad. No existía una esfera «natural» diferenciada de una esfera «sobrenatural» o «supranatural». Sin embargo, a pesar de su carácter humano, había conciencia de una alteridad respecto al mundo no natural. Los poderes que habitaban ese ámbito sobrepasaban las capacidades humanas, con frecuencia desafiaban la comprensión, y no solo moraban en la esfera humana, sino también en sus propios dominios, inaccesibles para los hombres16.
El marco de fe del mundo grecorromano era uno en el que el intercambio entre el mundo de los dioses y el de los hombres era un hecho cotidiano. «Todo tenía una especie de carga eléctrica capaz de producir efectos en el mundo natural —continúa Knapp—. Todo estaba preñado de ese poder, esperando la ocasión para actuar»17.
Si tienes la idea de que la evangelización en Éfeso consistía simplemente en presentar racionalmente el evangelio e invitar a los no creyentes a tomar una decisión, estás interpretando muy mal el mundo en el que apareció la fe cristiana. La magia lo impregnaba todo. Sí, todo el mundo —con la notable excepción de los judíos— creía en una panoplia de dioses, aunque incluso algunos judíos, pese al tabú religioso, coqueteaban con la magia. Pablo y los primeros cristianos se encontraron en una situación parecida a la que vivió el profeta Elías frente a los sacerdotes de Baal: obligados a demostrar que el poder de su Dios era mayor que el de sus rivales. El capítulo 19 del libro de los Hechos narra la visita de Pablo a Éfeso, en la que hubo predicación, pero también expulsión de demonios y realización de milagros.
Hechos 19 nos transmite con fuerza cuán peligroso era creer en Jesús en aquella época. Convertirse al cristianismo significaba no solo abandonar a los dioses paganos, sino revisar radicalmente tu visión de la realidad y tu relación con la sociedad. Si Jesús hubiera sido un dios más, los politeístas habrían podido añadirlo fácilmente a su panteón. Pero Jesús era la segunda persona de la Trinidad, el mismo Dios que se reveló a Moisés en el Sinaí y ordenó a los antiguos israelitas que lo adoraran en exclusiva. Ser cristiano implicaba renunciar al paganismo. No había término medio.
El politeísmo grecorromano toleraba a los judíos que vivían entre ellos, porque, aunque fueran monoteístas, los paganos entendían que era normal que los dioses fueran propios de cada pueblo. El cristianismo, en cambio, era universalista: buscaba conversos. Y eso amenazaba el orden social y económico del Imperio.
En Hechos 19, un platero de Éfeso llamado Demetrio comprendió que, si el cristianismo se extendía, artesanos como él —que vivían de fabricar pequeños ídolos de Artemisa— se quedarían sin trabajo. Entonces agitó a una multitud e intentó provocar un pogromo contra los cristianos. La turba capturó a dos compañeros de viaje de Pablo y los arrastró al teatro de la ciudad, donde durante dos horas la multitud gritó y clamó alabanzas a Artemisa, exaltándose hasta el punto de caer en un frenesí del que los evangelistas Gayo y Aristarco apenas lograron escapar.
Una cosa es leer esa historia en el Nuevo Testamento. Otra muy distinta es situarse en el centro del Gran Teatro de Éfeso, como hice yo una mañana a comienzos del invierno, e imaginar que sois Gayo o Aristarco, mirando hacia lo alto de la empinada grada de piedra, abarrotada de fanáticos religiosos enfurecidos que avivan su ira, esperando la ocasión de lanzarse sobre vosotros. Fue allí donde comprendí cuánto tenía que sacrificar un pagano —y qué riesgo estaba dispuesto a asumir— para aceptar a Cristo.
¿Por qué lo harían? Según Knapp, para la mayoría de las personas no fue por la excelencia de la predicación de los evangelistas. Fueron los signos, prodigios y milagros realizados por los apóstoles —actos que demostraban que el poder de Jesús era superior al de los dioses paganos— lo que resultó decisivo. Cuando los evangelistas se enfrentaban a las multitudes paganas y sanaban a los enfermos, expulsaban demonios o realizaban otros prodigios, escribe Knapp, «la demostración de poder validaba el mensaje que querían transmitir»18.
Sabemos por los escritos de la Iglesia primitiva que los milagros —y no tanto el mensaje— fueron el principal motor de conversión de las primeras generaciones cristianas. No es de extrañar, dadas las enormes diferencias entre el cristianismo y el paganismo, las dificultades que implicaba aceptar una religión minoritaria nueva, y el peligro en que eso os podía poner. Como escribe Knapp: «Para convertir a la gente, los hechos debían ser numerosos y extraordinarios»19.
«Si bien es cierto que hay casos de politeístas o judíos que se convirtieron al pensamiento cristiano únicamente por medio de la persuasión —escribió— estos eran superados con creces por los casos en que un acontecimiento sobrenatural impulsaba ese cambio profundo»20.
Celso, el filósofo pagano y opositor de los primeros cristianos, afirmaba que los milagros fueron lo que implantó el cristianismo en la mente de las masas paganas. Orígenes, el teólogo alejandrino que se convirtió en su principal adversario, coincidía: «Y no me referiré solo a los milagros de él, sino —como corresponde— también a los de los apóstoles de Jesús. Pues sin la ayuda de milagros y prodigios no habrían podido convencer a quienes escuchaban sus nuevas doctrinas y enseñanzas de que abandonaran sus costumbres nacionales y aceptaran sus instrucciones, aun a riesgo de su propia muerte»21.
Incluso después del triunfo del cristianismo y de la desaparición del paganismo grecorromano, los cristianos no trazaron una distinción tajante entre lo natural y lo sobrenatural. Toda la realidad era una en Dios, cuya relación con la creación era a la vez trascendente e inmanente. El entramado de lo real —lo visible y lo invisible— estaba íntimamente entretejido en lo que el teólogo anglicano Hans Boersma llama un «tapiz sacramental»22
