Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En 2019 Tomás Balmaceda publicó su primer libro de filosofía, Piénsalo. Desde entonces hasta hoy ha transcurrido poco tiempo. Sin embargo, ha sido suficiente para preguntarnos: ¿cuál es el "Piénsalo" que responde a esta época signada por la peligrosidad, las polarizaciones en todos los ámbitos y un estado de ánimo social más agresivo y cruel que entonces? La respuesta a este nuevo contexto es Volver a pensar, es decir, retornar a la actividad humana de la reflexión, dar espacio al pensamiento para cuestionarnos los temas que impactan hondamente en nuestro presente y futuro: la relación con el trabajo, la manera de vincularnos con los demás y nuestro lazo con la muerte. Ya no se trata de discurrir por casos universales, sino de afincarse en este presente volátil para que la filosofía sea la herramienta clave para formar y forjar un punto de vista propio y rebelarse así contra todos los mandatos dados. Hay que volver a pensar, a crear y llevar adelante la filosofía para desobedientes.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Tomás Balmaceda
Balmaceda, Tomás
Volver a pensar : filosofía para desobedientes / Tomás Balmaceda. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-631-6632-03-6
1. Filosofía Contemporánea. I. Título.
CDD 199.82
©2024, Tomás Balmaceda
©2024, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
Diseño de tapa e interior: Cerúleo | diseño
Imágenes de tapa: Andrey Kuzmin- Adobe Stock
Digitalización: Proyecto 451
Para Diego, mi amigo más desobediente.
“Si tenés un jardín y una biblioteca, tenés todo lo que necesitás”
Marco Tulio Cicerón - Cuestiones académicas
Abrís Instagram y un pibe de 18 años te quiere cobrar por contarte cómo se hizo millonario. Después de enterarte de un atentado terrorista, tu primera reacción es ponerle un crespón negro a tu perfil de LinkedIn. Aprovechás que tu cita está en el baño para fijarte si tuviste nuevos mensajes en Tinder. El musculoso que te hace sentir gordo en el gimnasio toma batidos proteicos que le destruyen el hígado. Escuchás a alguien que jamás pasó hambre decir que quienes revisan la basura son todos vagos. Tu amiga embarazada te pide que sigas el perfil de TikTok de su hijo por nacer. A un exitoso millonario no le satisface su fortuna y sueña con ser conocido en redes sociales. El miembro más agresivo de tu familia da clases de mindfulness. Mantenés relaciones sexuales con desconocidos, pero te resistís a darle un abrazo a un amigo porque no querés “mezclar las cosas”. Leés libros que te enseñan el valor de la independencia, pero ir al cine es más barato con las entradas 2 × 1. Comprás ropa que no necesitás ni vas a volver a usar para asistir a un casamiento de alguien que no te cae bien. Consumís a diario el contenido de influencers que te explican todo lo que hacés mal, desde tu alimentación a cómo separar los residuos. Le pedís a tu amigo que te cuenta que está deprimido que cambie su actitud. Después de muchos años entendés que fuiste víctima de violencia en tu casa y lo primero que se te ocurre es “constelar”. Tomás clases de yoga para verte bien en la playa. Leés libros de autoayuda escritos por herederos que jamás trabajaron. Gastás mucho dinero en cremas para tu rutina de “skincare”, pero no publicás en redes sociales ninguna foto que no tenga aplicado un filtro de belleza. Seguís una dieta estricta que evita productos multiprocesados y proteína animal, pero te tomás una pastilla de MDMA cada sábado cuando vas a bailar. Si Gepetto viviera hoy, le hubiera puesto tetas a Pinocho. Un sacerdote que se mantiene célibe te explica cómo tiene que ser un matrimonio. En medio de una noche de tormenta recibís al motoquero que te trae un cuarto de kilo de helado sin mirarlo a los ojos ni darle propina. Publicás en Instagram un mensaje a favor de vivir sin miedo al qué dirán y comenzás a chequear regularmente cuántos likes tiene. El mundo te parece una mierda, pero soñás con tener dos hijos. Seguís en TikTok a un filósofo al que le pagan para que te diga qué teléfono celular comprar.
Llegó la hora de desobedecer. Vivimos adormecidos en un mundo que es cada vez más caótico y violento pero que nos sosiega con estímulos para entretenernos y estrategias para escapar de la realidad. La nuestra es una existencia insatisfecha a pesar de que estamos en medio de la abundancia, una vida solitaria aun cuando la tecnología eliminó toda frontera y nuestros días nos parecen vacíos incluso cuando nunca fue más fácil acceder al entretenimiento.
Llegó la hora de desobedecer. Debemos reivindicar nuestro derecho de pensar por nosotros mismos, de rechazar las ideas que no hemos puesto en duda y de oponernos a cualquier sistema que nos ofrezca en bandeja de plata aquellas cosas que deberíamos construir con nuestras manos.
Llegó la hora de desobedecer. Contamos con las herramientas tecnológicas para transformar una realidad injusta y cruel, pero hasta ahora las hemos usado para fortalecerla y anestesiarnos. Tenemos siglos de ideas y sabiduría al alcance de nuestras manos, pero elegimos el letargo intelectual que nos mantiene subyugados a dogmas y consignas ajenas. “Está todo ok”, nos decimos a nosotros mismos, pero no está todo bien.
Llegó la hora de desobedecer. Basta de gurúes, mentes iluminadas, profetas y oráculos. Basta de algoritmos de recomendación que nos muestren qué pensar, qué sentir y qué comprar. Basta de echarle la culpa al Zodíaco, de adorar a políticos y demonizar al que no piensa como yo.
Llegó la hora de desobedecer. Debemos volver a pensar, adoptar un punto de vista, ejercer el pensamiento crítico. Si queremos ser verdaderamente libres y dueños de nuestros días, debemos ser desobedientes. No es ni pose de rebeldía ni simulacro de disidencia. Tenemos que desafiar lo establecido, descubrir otras miradas y conocernos a nosotros profundamente.
Llegó la hora de desobedecer.
CAPÍTULO I
PENSAMIENTOS DESOBEDIENTES
Con una gran memoria para evocar las grandes obras de sus colegas y la capacidad de evocar con detalle visual momentos que había vivido años atrás, William Wordsworth se convirtió en uno de los poetas románticos más importantes de Inglaterra. Nació en 1770, quedó huérfano siendo aún un niño y terminó en París un año después de la Toma de la Bastilla. El clima político y social de la Ciudad Luz lo llevó a adoptar las ideas anarquistas hasta sus últimas consecuencias, renegando del matrimonio, la familia y los valores cristianos.
Además de por sus obras, Wordsworth es conocido por su método de composición: la caminata. Mientras que la mayor parte de los escritores escriben y corrigen su obra en escritorios, bares o incluso bibliotecas públicas, el método de Wordsworth consistía en caminar y dialogar. Cuando le preguntaban a su hermana, que lo asistía en varias de sus tareas, dónde trabajaba el poeta, ella simplemente señalaba un vasto jardín de su casa al que denominaba “su oficina”. Así, en una suerte de regreso a las tradiciones orales de las civilizaciones antiguas, los poemas aparecían luego de salir a caminar. Para el filósofo francés Frédéric Gros, Wordsworth fue el auténtico inventor de la caminata como instrumento heurístico. Hasta que el poeta no jerarquizó esta actividad como método, el caminar era cosa de vagabundos o diletantes caprichosos. La capacidad creativa de este escritor y su divagar “por ahí” parecen ser dos hechos indivisibles. De hecho, la mayor parte de sus poemas fueron compuestos mientras caminaba y hablaba en voz alta, con un compañero o consigo mismo. Por eso también es conocido como “el poeta pedestre”.
Por supuesto que el paisaje de un poeta componiendo a cielo abierto y caminando de aquí para allá era singular. Los habitantes de Grasmere, su ciudad, lo miraban con una mezcla de reverencia y burla, sorprendidos por su práctica. En una crónica sobre este artista, la escritora Rebecca Solnit cuenta que los testigos de aquella época recordaban su andar, con una cadencia particular, y su continuo diálogo, a pesar de que estaba solo. Wordsworth pensaba mientras caminaba y conversaba, moviendo sus labios en soledad y generando lo que bien podía ser confundido con una danza: dos o tres pasos en una dirección y una súbita pausa, para luego pasar a uno, dos o tres pasos para el otro extremo y luego repetir la coreografía hasta retomar el ritmo de un andar casi militar. Por eso algunos estudiosos de su obra dicen que sus pasos parecen haber marcado “un ritmo constante para la poesía, como el metrónomo de un compositor”, ya que utilizaba el vaivén de su cuerpo para encontrar la cadencia de sus palabras. En su poemario autobiográfico El preludio —en el que describe tres distintas caminatas para hablar sobre su infancia, juventud y adultez— cuenta sobre un perro con el que solía caminar y que, conociendo los extraños hábitos de su dueño, cuando otra persona se le acercaba le ladraba para que se callara y no quedara como un loco. Así recorrió caminado toda Francia, conoció Italia, cruzó las montañas de los Alpes y exploró varias zonas de su Inglaterra natal. Se calcula que en su vida recorrió cerca de 281.000 kilómetros a pie.
En una época en la que caminar parecía destinado a las clases bajas o, peor, a los vagabundos, Wordsworth reinventó el caminar como acto poético y creativo, conectando su cuerpo y el entorno no solo como su musa sino como su método. Como dicen los filólogos españoles Cristina Flores Moreno y Jonatan González García: “La libertad que hay implícita en deambular por el mundo natural hace posible que Wordsworth imagine una nueva sociedad, un nuevo país, y un nuevo modo de vida en comunión con la Naturaleza”.
¿Cuánto tiempo le dedicamos al cuidado de nuestro cuerpo? ¿Cuántas horas pasamos en el gimnasio o haciendo ejercicio? ¿Cuánto invertimos en cosméticos y productos de belleza? ¿Y en nuestra mente? ¿Cómo entrenamos nuestro razonamiento? ¿Reflexionamos acerca de cómo pensamos, qué cosas ocupan nuestra atención y cómo abordamos los problemas? ¿De qué manera me preparo intelectualmente para lo que vendrá? ¿Sé cuáles son los factores que propician en mí las buenas ideas? ¿Me encuentro satisfecho con la manera en la que expreso lo que pienso? ¿Qué sucede cuando debo disentir con alguien o discutir sobre un tema que me parece que ha sido tratado erróneamente o sobre el que se cometió una injusticia? ¿Vivo entre personas que piensan como yo o nunca tengo contacto con otros puntos de vista?
UN MOMENTO HOSTIL PARA PENSAR
El mundo se ha vuelto peligroso (otra vez). Escribo estas líneas mientras estallan conflictos armados en diferentes partes del mundo, los portales de noticias muestran incesantemente asaltos violentos y los organismos públicos reciben cifras i- néditas de denuncias de violencia intrafamiliar. En una documentada columna de opinión en el New York Times, el periodista estadounidense David Wallace-Wells detalla que hoy tenemos la mayor escalada de conflictos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la violencia no estatal, es decir, la que involucra a grupos armados no gubernamentales, se triplicó en los últimos quince años. Además, a nivel global las estadísticas señalan que los intentos de asesinato son cada vez más frecuentes.
¿No debía ser el nuestro un presente brillante y lleno de paz? ¿No era que los errores del pasado nos habían enseñado el valor de la convivencia y la tolerancia? ¿Para qué sirve, después de todo, tanta tecnología a nuestro alrededor si no es para brindarnos soluciones y ayudarnos? Cada mañana nos estremecen noticias de actos de infinita maldad y violencia. Elegimos gobernantes que fomentan las divisiones, que marcan a los enemigos, que prometen quemar puentes en vez de construirlos. Casi 800 millones de personas no tendrán un plato de comida hoy, incluyendo a niños y niñas de nuestro país, a pesar de que nunca ha sido más fácil producir alimentos. Enfermedades evitables o con vacunas de eficacia comprobada son responsables del fallecimiento de cientos de miles de personas tanto en países pobres como en poblaciones minorizadas de grandes potencias económicas. En 2023 hubo más golpes de Estado que en las últimas tres décadas. La pandemia dejó a casi todas las naciones al borde de una recesión o directamente las hundió en crisis económicas, en un clima sin precedentes en este siglo. La polarización se extiende como un virus por las redes sociales y encuentra eco en las calles y en discusiones que separan familiares, amigos y compañeros de trabajo. Mientras tanto, vemos cómo la naturaleza se transforma y se vuelve más agresiva, con temperaturas inéditas y sucesos cada vez más violentos. Sequías, tornados e inundaciones sacuden a comunidades que no están preparadas para enfrentarlos. El planeta se ha convertido en un lugar caótico e impredecible.
INSTRUCCIONES PARA LANZAR UNA GRANADA
Este mundo peligroso se ha vuelto, además, muy hostil y refractario con algunas de las condiciones que posibilitan pensar mejor: cada vez escasean más la calma, la honestidad, la soledad buscada, la conversación franca, la conexión y la buena fe. Y no podemos aquí culpar a la pandemia provocada por el virus del COVID-19 porque en términos estrictos no cambió ningún rumbo, sino que profundizó una ruta que ya estaba trazada. Estamos en una realidad en la que la expansión de las tecnologías digitales nos cautivó de tal manera que nos volvimos dependientes de ellas. Mucho de nuestro tiempo y nuestras posibilidades están en manos de un sector privado que avanza sobre lo que antes era el espacio de lo público y se ha fortalecido un clima que impide que prospere un esfuerzo colectivo, ya que, por el contrario, se fomenta y privilegia una visión emprendedora meritocrática y totalmente solitaria de las personas. Son días en los que las conexiones sociales parecen solo posibles en términos de intercambios mercantilizados de intereses y ganancias.
El conformismo es la moneda corriente porque el precio de ser desobedientes no es solo el esfuerzo de ir contra la corriente, sino también enfrentar la mirada del resto de la sociedad que, muchas veces abatida y adormecida, prefiere descansar en las recomendaciones algorítmicas o en las oportunidades de sociabilizar pantalla de por medio, eligiendo una vida que necesita estar todo el tiempo conectada a Internet. Estamos viviendo un proceso de mutación de nuestras interacciones sociales, incluso de las más básicas, que empiezan a parecerse cada vez más a los lazos de intercambio del mercado y que no pueden escapar a la lógica de las redes sociales.
Tenemos buenas razones para cuestionar este presente y proponer una desobediencia razonada y feliz, que se cuestione y resista los principios con los cuales hemos crecido o que se han consolidado en los últimos años. En este libro nos cuestionaremos cómo son nuestros vínculos sociales, laborales y amistosos, haciéndonos preguntas que van desde lo que nos genera el ocio o de qué forma tenemos nuevas ideas hasta replantearnos qué espacio ocupa lo erótico en nuestra vida y de qué manera estamos viendo que la tecnología cambia nuestra experiencia de la muerte.
Es lo que Rebecca Solnit definió muy bien hace dos décadas cuando anticipó que “la multiplicación de tecnologías en nombre de la eficiencia en realidad está erradicando el tiempo libre al posibilitar su maximización junto con la del espacio, minimizando el aburrimiento y el ocio”. Estamos eligiendo vivir vidas “instagrameables” sin darnos cuenta de que lo que hacemos, más que profundizar conexiones, es consolidar nuestra soledad. En el próximo capítulo analizaremos lo que el médico Vivek H. Murthy, del cuerpo comisionado del servicio de salud pública de los Estados Unidos, denominó en 2020 “una epidemia de soledad”. Nuestro cuerpo humano, forjado tras millones de años de evolución, está acostumbrado a la compañía y entiende al aislamiento como una emergencia, activando diferentes estrategias cuando se percibe en una soledad no buscada. De acuerdo con Murthy, la táctica biológica central es el “estado de hipervigilancia”, cuyo objetivo es la autoconservación. Sin embargo, mientras nuestros ancestros utilizaron esa hipervigilancia a su favor cuando se enfrentaron a la amenaza del aislamiento, nosotros estamos fomentando esos ambientes, que terminan generando patrones de sueño superficial y fragmentado, favoreciendo pensamientos urgentes y alarmistas y limitando actitudes que fomentan la socialización como el deseo de compartir o la capacidad de asombro.
Nuestra realidad está llena de intercambios que preferiríamos no tener: desde hablar con sinceridad con una amiga que sentimos que nos está fallando a pedirle un aumento a nuestro jefe, pasando por una declaración de amor, una de desamor o tener que enfrentar un discurso prejuicioso de una manera que consiga resultados positivos y no simplemente un reto. Son lo que el especialista en comunicación Douglas Stone denominó “conversaciones difíciles”, una etiqueta amplia para aquellos diálogos que queremos tener pero en los que nos vemos limitados por nuestras inseguridades, la cantidad de poder que tengamos o los valores que estén en juego. Se trata de situaciones complejas de afrontar por nuestro miedo a las consecuencias, aunque siempre habrá efectos, ya sea que iniciemos la conversación o la demoremos.
“Compartir un mensaje difícil es como lanzar una granada de mano. No importa si está recubierta de azúcar, si la lanzamos con fuerza o suave, siempre causará daño. No hay forma de usar una granada sin hacerse cargo de las consecuencias. Y guardártela en el bolsillo tampoco es buena idea”, escribió Stone. La clave es que aquí, como sucederá a lo largo de las próximas páginas, no hay una única solución clara. Las conversaciones a las que nos enfrentamos los desobedientes no tienen un guion elaborado de antemano que nos ayude a dar la respuesta perfecta. Por eso, debemos recurrir a uno de los rasgos que nos hace humanos: el pensar.
Este libro es el resultado de mis experiencias y de aquellas ideas en las que creo. Superé los 40 años y veo que tras décadas de esfuerzo he conseguido muchas de las cosas con las que solo me animaba a imaginar cuando era joven. Pero con esos logros no llegaron ni la paz ni la calma. Tal vez estés viviendo lo mismo: se suponía que con la madurez quedaban atrás ciertas inquietudes, algunas inseguridades y el trajín cotidiano se sosegaba. Por el contrario, este mundo hostil al pensamiento es el que nos tocó. Estoy por comenzar la mitad de mi vida y el futuro se presenta tan incierto y con tanto esfuerzo por delante como cuando tenía 18 años. Y, como me suele recordar mi amiga Lina Zubiría, muy poco de lo que me trajo hasta aquí servirá para poder enfrentar la próxima década. Deberé volver a formarme, reinventar la manera en la que trabajo, quizá cuestionar y pensar mis vínculos familiares. He descubierto, como posiblemente te pasó a vos si ya dejaste atrás la juventud, que la mera voluntad no es suficiente para superar los obstáculos a los que me enfrento a diario y no me da vergüenza reconocer que estoy francamente decepcionado con el presente que me toca vivir y al que, reconozco, yo contribuí a crear. Este mundo peligroso, acelerado y cruel no era lo que esperaba. Y para cambiarlo debemos desobedecer sus reglas.
En estas páginas no vas a encontrar respuestas ni soluciones, sino propuestas para despertar, para confrontar con aquello que quizás nunca te preguntaste, para entrar con certezas y salir enojado o con preguntas. La invitación es a animarse a pensar por uno mismo y encontrar la propia manera de hacer las cosas.
HERRAMIENTAS FILOSÓFICAS
Te invito, por el momento, a evitar definir qué es la filosofía. Es un debate que me interesa mucho y del que ya he escrito en el pasado. pero creo que este libro necesita otra estrategia: debemos concentrarnos en las herramientas filosóficas. Lo que encontrarás en estas páginas, de hecho, es el resultado de explorar tópicos clásicos (el pensar, la relación que tenemos con los demás, el tiempo libre, el trabajo y la muerte) desde una perspectiva filosófica y con la riqueza de muchísimos libros e investigaciones que están citados en detalle al final del libro para que puedas seguir con las lecturas que más te interpelen. La propuesta no es que pienses como yo sino, por el contrario, que mi visión te lleve a desobedecer la manera en la que pensaste sobre estos tópicos hasta ahora y adoptes tu propio punto de vista. Pero para eso hay que entrenar y conocer cómo se usan ciertas herramientas porque, tal como explica el filósofo español José Carlos Ruiz en su libro El arte de pensar, nos hemos acostumbrado a la gimnasia para el cuerpo pero no a la gimnasia del pensamiento.
Muchos de nosotros ya tenemos internalizada la necesidad de practicar hábitos de vida saludables para evitar malos tragos, reducir la cantidad de problemas que nos conduzcan a un médico, identificar posibles enfermedades y envejecer de un modo más amable. Es así como tratamos de mantener una dieta equilibrada y nos esforzamos por llevar adelante una rutina de ejercicios físicos, que pueden ir desde jugar al fútbol con amigos hasta levantar pesas, hacer pilates, unirnos a un grupo de runners o simplemente salir a caminar con amigos. Todo esto, sin embargo, no tiene su contraparte en nuestra vida mental, en la que nos parece inútil aprender a pensar mejor o tener el hábito de adoptar una visión crítica. ¿Qué sentido tendría aprender a pensar si todas las personas lo hacemos? Se necesita lo que Ruiz denomina “higiene mental preventiva”, es decir, crear hábitos mentales sanos que nos brinden recursos para enfrentar mejor la realidad tan adversa que nos tocó vivir y que fomenten espacios de intercambio y colaboración con los demás.
No sirven los atajos para pensar, así como las inyecciones que nos vuelven más flacos o las pastillas que calman los nervios no tienen el mismo efecto e impacto que modificar los alimentos que consumimos o cambiar la manera en la que enfrentamos algunos problemas. Es necesario aprender a tener un punto de vista crítico, analizar nuestras ideas, conocer nuestras creencias, deseos, sueños, tener los recursos para hacer las preguntas adecuadas y expresar con claridad aquello que está en nuestra mente. Esas son tareas propias de la filosofía y por eso se presenta como la disciplina perfecta para poder cuestionar nuestra realidad, entender qué es lo que queremos y lograr intercambios que nos enriquezcan pero en los que también quede claro cuál es nuestra posición. No hay métodos para lograr esto de inmediato: el pensamiento propio se consigue de manera lenta y paulatina, a la vez que consolida nuestra personalidad y trae sosiego a nuestra vida.
Voy a denominar “herramientas de la filosofía” a las distintas estrategias y recursos que diferentes personas a lo largo de la historia han utilizado para realizar aquellas tareas que regularmente han sido etiquetadas como filosóficas. Aunque, como te indiqué más arriba, estoy evitando una definición precisa de qué es la filosofía, ya que creo que obturaría algunos buenos debates que quiero mantener en este libro, sí puedo afirmar que las preguntas y los debates que son etiquetados como filosóficos son aquellos que nos generan perplejidad y confusión. Una pregunta filosófica es aquella que, para ser abordada, requiere poner en duda las propias posturas que se presentan como bien fundadas. Se trata o bien de aquellos temas que nos ponen frente a enigmas que desde el comienzo parecen ser o difíciles o directamente imposibles de abordar, como dilemas, contradicciones o paradojas, o bien de temas en los que parece reinar un supuesto consenso que quien hace filosofía encuentra errado. Y si bien las herramientas filosóficas pueden tener diferentes objetivos, uno central parece ser el de dotar a los problemas de un sentido, de una lógica interna, de una forma que los vuelva inteligibles. Sé que con esto me alejo de algunos de mis colegas más célebres (y mucho más inteligentes que yo), pero considero que muchas veces quienes ejercemos la filosofía buscamos resolver lo que nos asombra volviéndolo “razonable” (no tanto en términos de algo proporcionado o no exagerado sino en términos de algo conforme a nuestra razón).
Las herramientas filosóficas tienen, además, la característica de que deben ser usadas por nosotros mismos para que funcionen correctamente. Podemos leer, escuchar o ver cómo alguien más las utiliza y maravillarnos con sus resultados, pero para que verdaderamente funcionen debemos ponernos nosotros, por así decirlo, manos a la obra. Tener una mentalidad filosófica requiere rechazar los postulados del sentido común o aquellos planteados por la mayoría de las personas, pero también la de los iluminados y los supuestos popes. Hacemos filosofía cuando tomamos ideas y las volvemos propias. Las herramientas filosóficas permiten que fundamentemos nuestras posiciones, accediendo a razonamientos que resuenen en nosotros como correctos. Por supuesto, todo queda siempre sujeto a revisión y discusión y muchas veces nos harán ver que no estamos en lo correcto. Pero debemos ser nosotros mismos quienes lo decidamos. Por fortuna, a diferencia de la ciencia y otros tipos de espacios de conocimiento, para abordar cuestiones filosóficas no necesitamos tener una respuesta en la que todas las personas estén de acuerdo. Solo necesitamos recordarnos que estamos haciendo las preguntas que son nuestras preguntas. Es posible que tengamos intereses y necesidades muy distintas a los demás, incluso si estamos haciendo preguntas parecidas. Por eso, si las respuestas a las que arribamos abordan nuestras necesidades, será suficiente.
En el libro que tenés en tus manos estas herramientas se utilizarán para trabajar sobre las ideas, que es una de las materias primas de nuestra existencia. Se trata de alcanzar uno de los objetivos que acabo de plantear: dar sentido a la realidad y comprender mejor los conceptos. Es importante aquí dar cuenta de qué significa comprender. En estas páginas diremos que la comprensión de una idea o un concepto llega cuando tenemos claridad sobre ellos, que sabemos cómo se relaciona con otros conceptos, que podemos diferenciarlo de cosas que se nos presentan como parecidas pero no son iguales y de aquellas que se nos dicen que son totalmente opuestas pero que quizá compartan algo. Para el tipo de filosofía que yo ejerzo, y cuyos principios me gustaría compartir con vos, la claridad es una condición necesaria para encontrar una comprensión satisfactoria de cualquier problema. Existen, incluso, quienes han afirmado que esta claridad es también una condición suficiente para su resolución. No soy de los que piensan así pero sí creo que muchas veces nos empantanamos en discusiones porque un término involucrado tiene múltiples significados, porque su utilización es confusa o simplemente porque no se ha articulado claramente el problema. En los próximos capítulos lo descubrirás cuando analicemos definiciones de términos que quizá ahora creés que son totalmente claros (como “muerte”, “soledad” o “tiempo libre”, solo para nombrar algunos) pero que terminan volviéndose totalmente volátiles. Muchas veces para estas tareas se utilizan herramientas filosóficas que provienen principalmente de la lógica, pero no serán el foco de este libro ya que sé muy bien que podrían alejar a algunos lectores (¡aunque solo lo harían basándose en prejuicios!).
LEJOS DEL QUE TIENE RAZÓN
Siguiendo las ideas del filósofo estadounidense Bill Tomlinson, agruparé a las herramientas filosóficas que se utilizarán en este libro en cinco categorías: dispositivos, principios, métodos, conceptos y sistemas. En este contexto, los dispositivos son actos simples, como dudar o hacer una pregunta. Parece una actividad inocente pero que puede resultar provocadora, como aquellas preguntas que nos ponen nerviosos (¿qué preferís que hagan con tu cuerpo al morir?, ¿entierro o cremación?) o que rechazamos de lleno (¿tendrías relaciones sexuales con tu mejor amigo?, ¿y con tu hermano?). Los principios, por su parte, pueden referirse a aquellos enunciados que tomamos como la base para seguir pensando, como leyes o supuestos metafísicos básicos, o aquellas reglas que nos imponemos porque estamos convencidos de que son principios metodológicos útiles. Es el caso, por ejemplo, de decidir que no se discutirán cuestiones vinculadas con la fe, si es que decidimos recortar allí nuestro campo de acción, lo que impide que afirmemos que está mal matar porque así se lo enuncia en la Biblia. Los métodos son conjuntos de herramientas que incorporan cosas como dispositivos, principios y conceptos dentro de un plan más o menos ordenado de antemano. Algunos métodos en filosofía son considerados lo suficientemente amplios por quienes los usan como para no sentir la necesidad de usar nada más mientras que otras personas prefieren un uso más limitado a cuestiones específicas. La manera en la que yo te estoy presentando estas herramientas filosóficas es en sí misma un método aunque requeriría mucho más desarrollo y detalle (¡sueño con que eso algún día sea el contenido de un próximo y mejor libro!).
Entenderemos los conceptos como herramientas filosóficas haciendo referencia a aquellos términos que sirven para organizar las cosas en categorías y que quien entiende un determinado concepto es quien puede decir qué cosas entran en las categorías establecidas por él. Por ejemplo, el concepto “par” clasifica a los números enteros si son divisibles entre dos. Y los sistemas, o teorías, son intentos de organizar grupos de conceptos o ideas relacionadas. No vale la pena detenernos en dar una mayor precisión sobre esto (que es motivo de debate en la filosofía actual), pero podemos decir que hay teorías sobre conceptos de lógica, probabilidad, justicia, ética, teoría de conjuntos, valores humanos y mucho más. Finalmente, los sistemas son intentos de organizar un conjunto de conceptos o ideas relacionados. Es lo que muchas veces se denomina “teoría”, que es un término que suele tener otras connotaciones. Hay sistemas conceptos de lógica, justicia, valores, conjuntos, física….
Intentaremos utilizar estas herramientas para darle sentido a este mundo enloquecido y cruel que nos pide paciencia y sometimiento para comprenderlo. Queremos ser desobedientes, queremos enfrentarlo y conocer más sobre nosotros. Por eso evitaré afirmar que lo que buscamos aquí es “sabiduría”. Porque si bien es cierto que se suele mencionar a la etimología de la palabra filosofía como “amor a la filosofía”, prefiero que no juguemos el juego de “quién tiene razón” o “quién está equivocado”. Lo que buscamos aquí es saber quiénes somos, descubrir qué necesitamos y darles sentido a las decisiones que tomamos. Me permito aconsejarte que te alejes de quienes aseguran que tienen la verdad, que saben cómo son realmente las cosas y que te quieren “transmitir su sabiduría”, ya sea que estén hablando de criptomonedas o de hipótesis sobre cómo debería gobernarse un país. Suelen ser personas que dirán que ninguna de las herramientas que mencioné sirve de algo porque, en el fondo, solo quieren imponer sus ideas.
NOS OLVIDAMOS DE CONVERSAR
Necesitamos volver a pensar. Y para eso es necesario recuperar nuestras habilidades para conversar y para discutir. Pero las pantallas han florecido entre nosotros haciéndonos creer que son mejores formas para comunicarnos con nuestros amigos, vecinos y familiares. Seré el primero en admitirlo: prefiero enviar un correo electrónico antes que hacer un llamado telefónico y las conversaciones que me cuestan o que sabré que son difíciles (es decir, nuestras granadas cotidianas) me gusta disponerlas en espacios digitales en donde me parece que la incomodidad se disuelve un poco. Sin embargo, estudio científico tras estudio científico han demostrado que las conversaciones cara a cara son lo más humano (y como dice la psicóloga estadounidense Sherry Turkle, lo más humanizador) que podemos hacer. Plenamente presentes unos con otros, aprendemos a escuchar. Conversar incluye mirar a los ojos, entender la postura de sus hombros, su respiración, escuchar sus silencios, los cambios en su voz. Nada de eso sucede en un llamado de WhatsApp o en una cadena de e-mails.
Al conversar desarrollamos y perfeccionamos nuestra capacidad de empatía. Es allí donde podemos sincerarnos, mostrar nuestras heridas, expresar nuestros enojos, revelar nuestras inseguridades. Y allí también experimentamos la alegría de ser escuchados, de ser comprendidos y de ver nacer nuevas ideas. Sin embargo, hoy nos resultan más atractivas las soluciones que evitan las conversaciones, tanto las que necesitamos tener por algún objetivo puntual como aquellas espontáneas. Nos escondemos los unos de los otros incluso cuando estamos constantemente conectados por las redes invisibles del wifi y el 4G.
Las conversaciones son justamente los espacios en donde surgen cosas inesperadas, en donde descubrimos un punto de vista diferente, en donde construimos los lazos de confianza e intimidad que necesitan las comunidades y en donde nos transformamos. Pero esas conversaciones necesitan tiempo y espacio, y todas las personas sentimos que estamos todo el tiempo ocupados, pasando de compromiso en compromiso, vencidos por la urgencia de lo cotidiano mientras somos testigos de cómo el mundo que conocimos está desmoronándose. La tecnología y nuestros hábitos nos están silenciando o, como lo expone Turkle, “curando del habla”. Envueltos en miles de mensajes, emojis, memes y stories, no nos damos cuenta de que pasamos mucho tiempo en silencio con nuestros amigos, nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo y nuestros vecinos. ¿Cuánto hace que no hablás con un amigo querido? No me digas que ayer le mandaste un link interesante o que él hoy te reaccionó a un contenido en Instagram… ¿cuánto hace que no hablás con él? Debemos desobedecer la moda y reclamar lo que nos vuelve únicos y nos hace bien.
Este no es, y lo diré varias veces en las próximas páginas, un libro antitecnología. La respuesta no es combatir los malos hábitos que tenemos con nuestro teléfono apagándolo o dejándolo en casa. Eso sería demasiado fácil. Yo te propongo el camino difícil: mirar más de cerca nuestra relación con los dispositivos tecnológicos. Debemos trabajar en cómo poder fomentar más las conversaciones. Perdemos mucho cuando dividimos nuestra atención entre las personas con las que estamos cenando y las que nos escriben por WhatsApp o cuando le robamos minutos o incluso horas al sueño mirando el celular. Se trata de poner a la tecnología en su lugar y recuperar la conversación, entendiendo cómo muchas veces esta se interpone en nuestro camino.
Como veremos en el siguiente capítulo, nuestra aversión a conversar también está dándole forma a una nueva sociedad que es más intolerante y está más polarizada. Las redes sociales nos dieron la oportunidad de compartir nuestras ideas con cualquier persona en cualquier parte del mundo, pero terminaron construyendo silos cerrados en los que solo intercambiamos mensajes con aquellos que están de acuerdo con nosotros y preferimos ignorar (o incluso, tomando las terribles metáforas de las redes sociales, “silenciar” o “bloquear”) a los que nos contradicen. Además, desde hace una década se ha consolidado un tipo de acción política que solo sucede online, compartiendo contenidos o simplemente frases con un hashtag. Y si bien la visibilidad de ciertas problemáticas es sin duda necesaria, esto creó la ilusión de que las cosas pueden cambiar simplemente dando clic al botón de like o firmando digitalmente una petición. La transformación de la sociedad es un esfuerzo colectivo lento y comunitario, que incluye estudiar, analizar, escuchar, tratar de convencer a alguien con un punto de vista diferente… y nada de eso puede hacerse con profundidad solo online. Finalmente, la comunicación digital facilita la vigilancia, tanto de las compañías privadas como del Estado. Como recuerda Turkle: no hay democracia sin privacidad.
DISENTIR EN LA PLAZA PÚBLICA
Pensar también es discutir. Y esa es una tarea en la que el análisis filosófico es un gran aliado y que nos distingue como humanos. Como escribió el escritor coreano Bo Seo, quien fuera dos veces campeón mundial de debate competitivo, vivimos momentos en los que discutir puede ser más fructífero que nunca: son tiempos de lucha por mayor libertad para las personas, en los que diferentes sectores de la sociedad reclaman una visibilización que les permita participar activamente de la esfera pública y en los que, como acabo de señalar, la tecnología permite una conexión global sin precedentes. “La plaza pública” es más diversa y está más poblada que nunca, con conversaciones francas y profundas que no se dieron antes.
Discutir no es pelear, agredir ni polemizar por el mero hecho de ganar. En efecto, es una de las actividades que nace junto con la filosofía occidental en la antigua Grecia. Sin embargo, así como nos hemos alejado de las verdaderas conversaciones, también es más difícil poder exponer ideas contrarias de una manera que no sea violenta. Necesitamos fomentar espacios de debate en donde podamos resolver los desacuerdos que florecen cuando las personas nos encontramos y compartimos espacios y momentos. Una buena discusión incluye argumentos sólidos, persuasiones limpias, soluciones colectivas y la posibilidad de poner a prueba nuestras creencias, defendiendo aquello en lo que creemos. Pero, sobre todo, discutir nos tiene que enseñar a entender que podemos estar en desacuerdo con alguien sin que eso signifique ni una derrota ni la clausura de un vínculo. Como indica Seo en su libro Good Arguments, How Debate Teaches Us to Listen and Be Heard, debemos estar en desacuerdo de tal manera que el resultado de ese desacuerdo sea mejor que no haber tenido una discusión en absoluto. Y aquí también las redes sociales y su contribución a la polarización de la sociedad desempeñan papeles claves en obturar estas posibilidades.
Como ya mencioné: el llamado a la desobediencia no es, ni nunca será, un llamado nostálgico de regreso a un mundo pretecnológico ni tampoco de destrucción de lo logrado. Pero no podemos ignorar cómo los dispositivos nos tienen encantados… ¿o debería decir embobados? Nuestra supuesta adicción a los teléfonos inteligentes no solo habla del interés que nos genera lo que está pantalla, sino que también deja en claro aquellas cosas que evitamos cuando nuestra realidad nos llega por streaming y las interrupciones de las notificaciones son, en sí mismas, nuevas posibilidades de conexión. Eternamente cautivados por videos de TikTok, evitamos el tedio, el aburrimiento de ver las mismas caras en cada cena u ocupamos el tiempo que deberíamos tomarnos para saber cómo está la otra persona o cómo nos sentimos. En ocasiones parece que hemos olvidado todo lo que sabemos sobre la vida y, como exploraremos más adelante, incluso nos olvidamos de cómo hacer nuevos amigos. Hemos asimilado que toda novedad es progreso, que todo lo nuevo es bueno y que lo anterior ha sido reemplazado porque no funcionaba. Debemos combatir este statu quo y rescatar lo mejor que tiene nuestra especie, valorando nuestra historia y nuestras experiencias. Tal vez eso sea lo más interesante de desobedecer: nadie sabe qué nuevo espacio o qué nueva oportunidad generará. Y la actitud para cambiar, junto con las nuevas ideas, podrían llegar de lugares inesperados.
DE INCENDIO EN INCENDIO
Comencé este capítulo con una breve semblanza de William Wordsworth, el poeta inglés del que se dice que inventó la caminata. De acuerdo con el filósofo francés Frédéric Gros, quien, además del libro Andar, una filosofía, escribió un manifiesto a favor de la rebeldía titulado simplemente Desobedecer, este artista rompió el mandato que en su época tenía el caminar. Y es que en el siglo XVIII el paseo a pie existía como marca de clase, con circuitos preestablecidos en los jardines que tenían los castillos ingleses, planeados desde sus inicios para presentar caminos que buscaban sorprender con su belleza y arquitectura gracias a una planificada escenificación. Wordsworth, en cambio, encontró su método creativo en el vagar. Mientras que el paseo de la realeza era la oportunidad para las conversaciones superficiales y llenas de protocolos, la caminata que propone el poeta hace uso del cuerpo para la sorpresa, la falta de estrategia e incluso el tedio. Hasta ese entonces existía un caminar propio del vagabundo que buscaba ocupar su tiempo sin ningún fin productivo más que encontrar dónde dormir esa noche y el caminar del jornalero, quien buscaba a quién venderle su fuerza de trabajo para tener un plato esa noche. Wordsworth, en cambio, realizaba caminatas por gusto, buscando allí los versos que no sabía a ciencia cierta si aparecerían.
