Yibuti - Elmore Leonard - E-Book

Yibuti E-Book

Elmore Leonard

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Beschreibung

Piratería, negocios turbios, tensión sexual y acción trepidante en la última obra del maestro de la novela negra norteamericana Dara Barr, una afamada directora de documentales, se traslada al Cuerno de África con su cámara y viejo lobo de mar, Xavier LeBo. Su objetivo es realizar un documental sobre los continuos actos de piratería que se producen en aguas de Somalia. Nada es lo que parece ni nadie es lo que dice ser en Yibuti. Poco a poco, Dara y Xavier se irán viendo enredados en una peligrosa trama que tiene por objetivo llevar a cabo un atentado de enormes dimensiones. Las imágenes que han rodado piensan que podrían convertirse en un largometraje con actores que culmine sus carreras, pero también puede costarles la vida. "Yibuti" es una de las últimas obras que escribió Elmore Leonard. Es de las pocas novelas del medio centenar que creó que no transcurre en su amado Detroit, Hollywood o Miami, pero guarda las esencias de sus mejores obras. Aquellas que le convirtieron en uno de los grandes escritores estadounidenses del género negro: una trama ágil trufada de acción vertiginosa, diálogos verosímiles y fluidos, y personajes tan peculiares e inolvidables como sus novelas.

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Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Elmore Leonard

Yibuti

Traducido del inglés por Catalina Martínez Muñoz

Contenido

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Capítulo veintiuno

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiséis

Capítulo veintisiete

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

Capítulo treinta y tres

Capítulo treinta y cuatro

Capítulo treinta y cinco

Capítulo treinta y seis

Créditos

Para Mike Lupica

Capítulo uno

Desde la terminal del aeropuerto, Xavier vio salir a dos legionarios para recibir el vuelo, dos tíos con quepis blancos, charreteras rojas y amplio fajín azul en la cintura, que parecían sacados de algún antiguo regimiento, menos por los pantalones cortos y los fusiles de asalto. Esperaban la llegada del vuelo de Air France procedente de París, que tenía prevista su llegada a Yibuti a las 8.00 h.

Poco después vio aterrizar un avión de carga de las fuerzas aéreas, al tiempo que un taxi se acercaba al extremo de la pista, donde estaban estacionados en fila varios helicópteros Blackhawk. A las 8.30 h. el vuelo semanal de Air France estaba en tierra, la escala montada, y los pasajeros, un grupo de árabes y Dara Barr, desembarcando. La Legión Extranjera se ocupaba del control de pasaportes con la esperanza de saber identificar a un terrorista en el caso de tenerlo delante.

Dara iba hablando con un árabe muy atractivo. Asentía, parecía cómoda, como si hubieran pasado el vuelo charlando. El desconocido llevaba un traje de color tostado y una corbata a rayas, y tenía la barba recortada al estilo árabe, aunque su aspecto era el de un hombre de ciudad, no el de un camellero. Dara se puso las gafas de sol. Seguramente estaba comentando que hacía mucho calor para ser tan temprano.

Xavier cruzó la sala de espera mientras los pasajeros se encaminaban al control de pasaportes. Dara tardó un buen rato en conseguir el visado que le permitiría quedarse hasta seis meses si lo deseaba. Les diría que no, que estaba allí para localizar escenarios y rodar un documental sobre piratas. En ese momento, Dara salió con el caballero árabe y corrió a echarse en brazos de Xavier, su ayudante negro, de un metro noventa y siete, delgado, vestido con unos vaqueros desteñidos y una camiseta. Setenta y dos años. Le doblaba la edad. Dara se alegró mucho de verlo. Xavier le besó la cabeza rubia.

—Eres lo mejor que he olido desde hace una semana —dijo Xavier, y miró al acompañante de Dara, que observaba el encuentro.

—Dara me ha hablado de usted —dijo el caballero, sonriendo.

Hablaba inglés con acento británico.

—Por lo visto ha cruzado el golfo en muchas ocasiones, cuando era marino, y ahora viene como cámara de la señorita Barr.

—Más bien estoy aquí para protegerla —contestó Xavier.

Dara los presentó: Xavier LeBo, de Nueva Orleans. Ari Ahmed Sheij Bakar.

—En Inglaterra lo conocen como Harry —dijo Dara—. Harry trabaja para la IMO, la Organización Marítima Internacional, investigando... agárrate... la piratería en el golfo de Adén.

—En realidad trabajo para el Código de Conducta de Yibuti, bajo los auspicios de la IMO.

—Cuéntale a Xavier qué haces —dijo Dara.

—Es muy sencillo, hablo directamente con los líderes de los piratas y les digo que su empresa es inútil. Una flota naval llegada de todos los rincones del mundo persigue a sus lanchas fueraborda. Intento convencerlos de que no hay futuro en la piratería.

—Harry es el portavoz de las normas, de lo que está permitido y lo que está decididamente mal, como secuestrar barcos y exigir un rescate.

—Como ya sabes, Dara simpatiza con los piratas —dijo Harry, con una expresión de asombro en su sonrisa. Y se despidió de ella diciendo que había sido estupendo conocerla y hablar de sus películas, muy estimulante—. Me encantan las historias que cuentas. Llámame en cuanto puedas, ¿de acuerdo? ¿Lo prometes? Te presentaré a un pirata de verdad, un rufián muy distinguido. Al menos así es como él se ve a sí mismo.

Harry pellizcó a Dara en la mejilla y corrió hacia un Bentley verde oscuro, flamante bajo el sol de la mañana.

—Un hombre de éxito, ¿eh? —dijo Xavier.

—Estudió en Oxford.

—¿Y allí aprendió a hablar así?

—Su madre es inglesa; su padre, saudí. Tienen un apartamento en Londres, en Sloane Square. Dice que su madre es muy elegante, la clásica inglesa de clase alta, de los Sloane Rangers. Pasaba temporadas allí mientras él estudiaba en Oxford.

—¿Eso iba en serio? ¿Eso de que hace tratos con los piratas?

—Lo veremos dentro de dos semanas en Eyl, un bastión de los piratas en la costa somalí.

—¿Bastión? ¿Así lo ha llamado él?

—Es un pueblo a orillas del mar, donde tienen secuestrados ocho barcos. Le dije que dentro de dos semanas los barcos quizá ya no estén allí. Y me contestó: «O quizá haya más». Han tenido un petrolero secuestrado tres meses. Siempre hay barcos, según Harry, a la espera de que paguen el rescate. Harry hace el papel de hombre paciente y comprensivo. Ya lo has oído. Dice que trabaja para el Código de Conducta de Yibuti. Es un convenio para acabar con la piratería, firmado por diecisiete países. Se reúnen periódicamente en Yibuti. Harry vive en el barrio europeo. Es un saudí que trabajaba para el desarrollo de Somalia. Si es que se dedica a eso.

—Pero te gusta —dijo Xavier—. Has pensado: «Hmmm, nunca he tenido un novio árabe».

—¿Cómo iba a tenerlo? Vamos, quiero ver nuestro barco.

Recogieron el equipaje de Dara y las cajas con el material de rodaje y lo cargaron en el coche de alquiler, un Toyota sedán negro, mientras Xavier le preguntaba a Dara si no quería pasar primero por el hotel para arreglarse.

—¿Ir a la peluquería, quieres decir?

—¿Por qué no?

—¿Me has visto ir a la peluquería alguna vez?

—Sí, una. Cuando nos dieron el Oscar. Estabas más guapa que nunca.

—¿«Nos» dieron el Oscar? A Harry le has dicho que eras mi protector.

—Quería ser humilde en presencia del jeque británico. Si quieres que te proteja, te protegeré. Si quieres que ruede algo, rodaré. Y te gustará mi trabajo. He estado filmando a los pescadores, les pedí que actuasen un poco para mí. Creo que puedo hacer lo mismo con esos mafiosos somalíes, grabarlos mientras ejecutan sus hazañas de piratería, las más grandes que se han visto en trescientos años. Se creen con derecho a hacer lo que les da la gana. Son muy vanidosos. Si les dices que quieres sacarlos en una peli, se mearán de gusto.

—Cuento con ellos —dijo Dara—. Pero quiero ver el barco. ¿Cuánto mide?

—Es un pesquero de diez metros de eslora. Impecable y recién pintado. Parece un barco de marineros gays. Una monada: ligero y veloz. Con pinta de portarse bien en todos los mares. Podemos ponerle unos estabilizadores en las bandas si no quieres que se mueva mucho.

—¿Está listo para zarpar?

—Aún tienen que traer las provisiones. Hice un trato con un proveedor de los hoteles. Tendremos vinos de mesa franceses y Heineken, la única cerveza que he podido encontrar por aquí. Los repartidores de Heineken tienen que ir escoltados por una patrulla de soldados armados con ametralladoras. El agua del grifo no se puede beber. Hasta darse un baño es peligroso. Dijiste que querías rodar aquí cuando volviésemos. Quiero enseñarte lo que hay. Puede que se te quiten las ganas de rodar. Yibuti es un asco. Hace calor, las cloacas corren por las calles, la ciudad está llena de ratas, de bichos repugnantes, como esos escarabajos que hacen bolas con mierda de murciélago.

Iban por una carretera bastante recta, bordeando la costa oriental de Yibuti.

—Aunque a lo mejor quieres empezar a rodar algunas tomas. Para hacerte una idea de lo que encontrarás cuando volvamos. Vale. Pero no grabes a nadie cuando te esté mirando.

Dara sacó de su bolsa una cámara de alta definición, pequeña.

—¿Piden dinero a cambio?

—Algunos no aceptan sobornos. Escupen a tus pies y dan media vuelta. No sé si será por su religión. Aquí la mayoría son suníes. Los piratas creo que son de otra secta. Voy a seguir unas cuantas manzanas antes de dar la vuelta.

Dara bajó la ventanilla.

—¿Empiezas por enseñarme los suburbios?

—Ésta es la zona noble de la ciudad, guapa. Aquí viven los europeos.

Dara ya estaba grabando.

—Se parece a nuestro barrio francés.

—Iba a preguntarte si te recordaba a algo.

—Sí, un poco. Al Vieux Carré, pero con puertas y ventanas moriscas.

—Es el antiguo barrio francés colonial, construido por los árabes. He cruzado el golfo treinta y siete veces. Normalmente veníamos del oeste y parábamos aquí a repostar.

—¿Y siempre bajabas a tierra?

—Puedo hacerte de guía, para que no te caigas en una cloaca. Aquí no ves ninguna, pero no tardarás en verlas, cuando lleguemos al barrio africano. Mira ahí, a la izquierda. Es la Embajada de Estados Unidos. ¿Qué vida llevará el embajador de Yibuti? Su mujer le pregunta: «¿Qué vas a hacer hoy, cariño?». Y el embajador dice: «¿Sabes qué? No me importaría probar el kat. Se supone que da buen rollo mientras cumples condena en este gueto».

—He oído que en San Diego hay muy buen kat. Todos los somalíes viven allí. Pero ¿por qué se han instalado en San Diego?

—Habrán ido para ver si hay piratas jubilados por allí. Estamos llegando al Mercado Central. Es el más grande de la ciudad, al pie de la mezquita. Filas y filas de tenderetes donde venden de todo: ropa, pollos, fruta y verdura. Fíjate en la ropa, en los colores de las mujeres. Mira esa mesa llena de carne.

Dara lo estaba grabando todo.

—Se está moviendo.

—Son las moscas revoloteando alrededor del lomo de la cabra para ver si consiguen dar un bocado. Mira a esa chica, la que tiene en la mano un ramo de hojas envuelto en celofán. Está vendiendo kat. La hierba sólo aguanta dos días, por eso hay que protegerla del aire. —Xavier se inclinó sobre Dara, que seguía grabando los puestos del mercado, a las mujeres sentadas debajo de sus sombrillas—. Mira esos chicos, con las bolas en la boca. Están masticando kat. Lo llaman la flor del paraíso. Se pasan el día chupeteando y masticando. Lo traen en avión de Etiopía y reparten diez u once toneladas todas las mañanas. Hace que los hombres siempre estén contentos.

—¿Las mujeres no consumen?

—Las sobras que encuentran por ahí. Esto es el mundo musulmán. Las mujeres como mucho reciben las sobras.

—Eso ya lo vi en Bosnia —dijo Dara.

—Tu mejor película. Se te da de maravilla captar a las mujeres, meterte en su alma. Aunque los hombres tampoco se te dan mal, ¿verdad? Les haces creer que son la hostia. Esta noche tendrás la oportunidad de ver a los chicos malos de Somalia en la gran ciudad.

—¿Tú crees que vienen aquí?

—A comprarse ropa... coches, y eso que donde viven apenas hay carreteras. Vienen buscando coñitos franceses y se casan con chicas etíopes. No están nada mal, las etíopes, como las de Eritrea. Son especiales. Tienen una estructura facial increíble. Los verás en los bares, a los chicos malos. Los pobres diablos se vuelven locos cuando llegan a la gran ciudad por primera vez.

—¿Cómo sabes que son piratas?

—Te lo dicen ellos mismos. Quieren que las chicas sepan que están forrados, de secuestrar barcos. Se llevan una buena pasta. Hablé con una mujer cuando los chicos que estaban con ella se marcharon o se quedaron inconscientes. Me dijo que esos somalíes del desierto son más divertidos que los francesitos. Les encanta emborracharse. Y son ricos. Por fin pueden vivir la vida.

Dara sacó un cigarrillo y un mechero del bolsillo de la camisa vaquera azul claro, holgada y cómoda.

—Salen en sus lanchas, abordan mercantes y petroleros y sacan lo menos un millón de una tacada. —Encendió el mechero, pero la llama se apagó—. ¿Recibirán ayuda? ¿Habrá alguien que les da el chivatazo y les dice cuáles son los barcos más fáciles de abordar?

—Lo han conseguido cuarenta y dos veces de cien —dijo Xavier—. Eso da un promedio de más de un cuarenta por ciento.

—Alguien podría estar facilitándoles información —aventuró Dara.

—¿En quién estás pensando?

—Quizá lo averigüemos. Quiero ver mi barco. —Y volvió a encender el mechero.

Capítulo dos

Xavier señaló hacia el puerto comercial, al oeste, donde los petroleros y las grúas se perfilaban en el resplandor del cielo. Estaban cargando barcos contenedores con ayuda de una estructura de vigas de acero. Dara vio un transatlántico atracado en el puerto y una nave nodriza de las fuerzas navales fondeada en la bahía.

—Las fragatas deben de haber salido en busca de piratas. La otra noche le dije a un marinero: «Id a los bares, tío. Es allí donde los piratas se gastan el botín». —Continuaron por una carretera bordeada de viviendas en construcción y cruzaron un puente para seguir hasta el final del muelle, que formaba allí un ángulo y pasaba a convertirse en una amplia dársena de hormigón donde repostaban y se aprovisionaban las embarcaciones de recreo—.

¿Aún no lo has visto?

—¿No será ese velero?

Se estaban acercando a una embarcación mixta, de motor y vela, atracada a su izquierda.

—Ése es Pegaso —dijo Xavier—. Veinte metros de proa a popa y timonera cerrada. Es un barco de placer, pero se balancea mucho con el viento.

—¿Qué es, una yola?

—Un queche. Parecido a la yola, pero con el palo de mesana no tan cerca de la popa. Puede desplegar cuatro lienzos en un mar amigable, entre foques y mesana.

Dara vio a un hombre y a una chica en bikini, a popa. El patrón levantó la copa que tenía en la mano, a modo de saludo, al ver el Toyota. La chica tenía una melena rojiza y salvaje.

—Ése está dando la vuelta al mundo con su novia —dijo Xavier, saludándolos con la mano—. La está poniendo a prueba. Si no se queja ni se marea, es posible que se case con ella.

—Estás de coña. ¿Y ella ha aceptado?

—El tío es rico y tiene sus normas.

—No me lo creo.

—Zarparon de Niza, con mistral, un viento frío que viene de los Alpes. Él pensó que la chica se marearía y tendría que desembarcar en Montecarlo, que no llegaría a dar la vuelta al mundo. Pero superó esa etapa. Bajaron por el canal de Suez hasta el mar Rojo, y ahora van camino del Índico.

—¿Te lo contó él?

—Es muy hablador. Me contó que el barco le ha salido a ciento cinco mil el metro, por si quieres uno como el suyo. Todo electrónico y mecanizado. No hay que levantar peso.

—¿De dónde saca el dinero?

—Por lo visto le viene de familia. No parece que tenga ninguna ocupación.

—No se ha hecho millonario de la noche a la mañana.

—Le gusta hablar, nada más. Si le preguntas por su barco, te lo cuenta todo. Se alojan en el Kempinski. Se llaman Billy Wynn y Helene. Él anda cerca de los cincuenta. Yo diría que ella tiene veintitantos.

—Y está como un tren.

—Así es como se ha ganado el viaje. Me he encontrado con ellos varias veces. He tomado una copa con el señor Wynn en el hotel. Le encanta el champán. Me ha dicho que lo llame Billy.

Se estaban acercando a su barco, al final del muelle deportivo.

—Te dije que era un pesquero. Es ese reluciente y recién pintado, con una raya naranja. Que tenga pinta de gay no significa que no sirva para navegar.

Xavier paró el coche al lado del pesquero y Dara se quedó mirando el casco blanco, con su franja naranja en los costados y encima de la timonera.

—Tienes razón. Es una monada.

Subieron a bordo, pasaron por la cubierta y entraron en la timonera para bajar a la cocina y el camarote encastrado en la proa, con una cama doble. Xavier iba detrás de Dara.

—Ésa es tu cama —dijo—. Yo me he comprado una hamaca de tres metros para colgarla entre el palo mayor y la cabina, mientras tú te cueces aquí abajo.

—También puedo poner el colchón debajo de la hamaca y quedarme dormida contemplando tu trasero.

—Puedes quedarte con la hamaca si quieres.

—Ya veremos —dijo Dara—. Tenemos frigorífico, una ducha... una especie de armario en la cocina. Ya iremos encontrando los huecos. ¿Cuánto vino has comprado?

—Cinco cajas de tinto, para que no tengamos que enfriarlo.

—¿Y si queremos compañía?

—Los musulmanes no beben, pero conseguiré otra caja.

—Si las ponemos a proa, pareceremos ese submarino alemán, Das Boot. ¿Cómo se llama el barco?

—Buster.

—Estás de coña. ¿Se llama Fulano?

—Lo llaman Buster 30, por la longitud, aunque es rechoncho. Los tanques están llenos. Lleva un motor diésel, un Saab, pero sólo tiene 56 caballos y no pasa de 28 revoluciones por minuto. Nada más. Podremos surcar el golfo a seis nudos. El que me lo alquiló dice que es un barco muy fiable.

—¿Cuánto ha costado?

—Quería dos mil por semana, ocho al mes. Le enseñé un folleto tuyo, con fotos y comentarios. Es francés, el que nos alquila el barco. Le dije que no debería cobrarnos por el transporte, ya que vamos a hacer propaganda de su empresa en la película. Le dije que hasta podíamos sacarlo a él, junto a ese cartel que dice: YIBUTI: EMBARCACIONES DE DISEÑO. LUJO EN EL AGUA. Y luego añadí: «Pero, claro, usted no es una ONG, usted tiene una empresa, así que le pagaré». Y le di un fajo de cuatro mil dólares. En cuanto se vio con la pasta en la mano, aceptó el trato. Dijo: «De acuerdo. Los espero aquí dentro de cuatro semanas».

—¿Y voy a tener que sacarlo en la película?

—Ese tío te ha rebajado cuatro mil pavos. Claro que tienes que sacarlo en la película.

Dara se detuvo en la cocina.

—¿Quién va a cocinar? —preguntó.

—Yo me ocupo del timón y de no perder el rumbo. Tú del pescado.

—¿Se nos olvida algo?

—El mismo proveedor que nos trae la comida está intentando conseguirme un arma.

Dara miró a Xavier, pero no dijo nada.

Él sonrió.

—Haré lo que tú mandes. Eso sí, ten en cuenta que podemos vernos envueltos en situaciones en las que no te has visto en la vida. Estaremos en alta mar, rodeados de piratas armados con Kalashnikovs y lanzagranadas. Se pasan el día bebiendo y masticando kat, y de pronto les da el punto de secuestrar un barco. Anoche estuve hablando con uno, en un bar. Le dije: «¿Siempre estáis colocados cuando salís al mar?». Y me contestó: «Si no lo estuviéramos, ¿cómo íbamos a sentirnos capaces de abordar un petrolero desde un esquife?». Están encantados, ganando millones con los rescates. Es divertido, mientras no se fijen en el Buster.

Xavier dejó a Dara en el hotel y volvió al muelle para cargar las provisiones. El barco estaba listo para zarpar a las seis de la mañana. Esta vez, al pasar por delante del velero, no vio indicios de que hubiese nadie a bordo.

—Un Mercedes ha venido a recogerlos —dijo Xavier—. ¿No lo has visto? Billy Wynn tiene un chófer, para desentenderse del tráfico. Él tiene un chófer y tú me tienes a mí, y una suite de lujo en el Kempinski, porque eres una cineasta americana famosa.

—¿Qué tal si grabo algunas tomas del hotel?

—No te vendrá mal. Puedes utilizar a Billy si necesitas un modelo. Me apuesto un dólar a que te está esperando.

—¿Con su novia?

—No puedo hablar por ella, pero sé que él se muere por conocerte. Le he contado lo que nos traemos entre manos.

—Soy Dara Barr. Tengo una reserva —dijo en la recepción, y recorrió con la mirada el vestíbulo de estilo árabe del Kempinski Palace, un hotel de cinco estrellas, con una fuente en la entrada, mientras el recepcionista pulsaba teclas y miraba la pantalla. Dara le indicó que buscara su nombre debajo de Xavier LeBo, y el rostro del somalí se iluminó.

—Claro. El señor LeBo. Usted debe de ser su acompañante.

—Soy su jefa —dijo Dara—. No dormimos juntos.

Le dieron la tarjeta para abrir la puerta de la habitación y dijeron que enseguida subirían el equipaje.

La suite era bonita, afrancesada, con un sofá, un par de butacas y una mesa de centro, de cristal, en la que había una botella de vino. Tenía pinta de ser jerez. Dara sacó de la nevera una botella de agua helada y se la tomó mirando la piscina, que parecía adentrarse en el mar. Vio una, no, dos mujeres en las hamacas, cada una por su lado, tomando el sol africano, y pensó: «Hoy no. Antes de nada tienes que comprobar las cámaras». Llamó a recepción para decir que seguía esperando el equipaje. «Sí, señora, ahora mismo», contestaron. Y fue al baño a lavarse las manos y tontear un rato con el pelo, para darle un poco de vida. Sonó el teléfono.

—¿Sí? —Esperaba que fuese una llamada de recepción.

—¿Dara Barr? Soy Billy Wynn. He conocido a su ayudante de cámara, a LeBo. Lo pasamos muy bien hablando de navegación... He estado viendo en YouTube algunas entrevistas suyas y también fragmentos de sus películas. No me puedo creer que esté usted aquí. El único documental que he visto entero es Katrina. Lo vi anoche. Lo bajé de Internet. Ha clavado usted ese huracán. Treinta y dos mil personas se quedaron sin hogar en Nueva Orleans. —Billy Wynn hablaba con acento texano, muy suave, pero Dara lo captó. Encadenaba sus frases sin prisa, con seriedad, seguro de sí mismo, como corresponde a un playboy —si todavía se llama así— que está dando la vuelta al mundo con su chica en un velero de dos millones de dólares—. Si no está muy cansada, ¿podemos tomar algo en el bar?

—Estoy esperando mi equipaje. He llamado a recepción y...

—Si no consigo que se lo lleven antes de cinco minutos, le debo una botella de champán —dijo Billy.

Dara sacó dos copas de champán del mueble-bar y volvió al baño a espabilar su pelo, rubio natural. Se lo frotó con una toalla, se dio por vencida, y se puso un pañuelo pirata, dejando escapar algunos mechones. Se miró en el espejo del cuarto de baño y se puso las gafas de sol.

Mejor así.

¿Por qué preocuparse, si él estaba con su novia?

¿Y por qué no?

Billy llegó con una botella de champán y un botones que empujaba un carrito.

—He perdido por un par de minutos —dijo, levantando la botella.

—Ya he preparado las copas —contestó Dara, sin detenerse a observar su reacción. Se sacó un manojo de llaves del bolsillo de los vaqueros y se dirigió al botones—: Puede dejar aquí mismo el baúl y los maletines. La bolsa, en el dormitorio. —Se apoyó en una rodilla para abrir el baúl y se incorporó mientras levantaba la tapa y comprobaba sus cámaras y sus baterías, colocadas en sus compartimentos de espuma—. Está todo —dijo.

Billy miró a Dara mientras abría el champán. Era alto, llevaba unos pantalones cortos, de color blanco, y tenía una barriga considerable.

—¿Le preocupaba que faltase algo? —preguntó.

Llevaba el pelo hecho un desastre, largo y despeinado, pero le bastaba con su pinta de rico bohemio.

—No me preocupaba —dijo Dara—. ¿Así que ha conocido a Xavier? Él trajo una cámara y el resto del equipo.

—Le pregunté —dijo Billy, acercándose a Dara para ofrecerle una copa de champán— si era masái. Yo mido un metro ochenta y tres y me saca una cabeza. ¿Qué tal si nos sentamos?

Pagó al botones y se acomodó en una butaca. Dara ya estaba en el sofá, con un cenicero a mano, en la esquina de la mesa. Se sacó un paquete de Virginia Slims del bolsillo de la camisa, encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Billy Wynn, que negó con la cabeza.

—Sólo fumo habanos.

—¿Y a Helene no le molesta? —preguntó Dara, directa al grano.

—Solo fumo en alta mar —dijo Billy, sonriendo—. Ha estado hablando con Xavier, ¿verdad?

—Me contó que iba usted con su novia.

—Y que si le gusta navegar tanto como a mí podría significar que somos compatibles. En eso hemos quedado.

—¿Se ha casado alguna vez?

—Estuve a punto, un par de veces.

—¿Se mareaban?

Billy volvió a sonreír.

—Verá, paso la mitad del año en el mar, navegando por el mundo. ¿Cómo voy a dejar tanto tiempo sola en casa a una mujer guapa, si no le gusta navegar? Helene está dispuesta a intentarlo.

—¿A qué se dedica ella?

—¿Quiere decir si trabaja? Es modelo. La conocí en París, en el desfile de una casa de modas. La vi desfilar por la pasarela, con esa cara de aburrimiento que tienen las modelos, el pelo rojo como el fuego, las pecas suaves... Miró hacia donde estaba yo, en la segunda o la tercera fila, y sonrió.

—Sabía que estaba usted allí.

—No. Después me contó que siempre hace como si viera a alguien conocido y sonríe un momento. Para no parecer altiva y distante.

Dara dudó un momento antes de decir:

—Si pasa usted la mitad del año en su barco...

—Quiere saber si trabajo. Mi familia tiene pozos de petróleo en Oklahoma desde hace cien años. Fue mi abuelo quien nos metió a todos en el negocio marítimo: petroleros que van y vienen de Nigeria al este de Texas. Quiero aprovechar este viaje para hacer negocios con los saudíes. Ver cómo se manejan con los piratas —volvió a sonreír—, y resulta que me encuentro con que usted está haciendo un documental sobre los piratas. Xavier me ha contado que piensan navegar por el golfo para hablar con ellos, para entrevistarlos.

—Eso espero.

—¿Cree que cuentan con ayuda del gobierno somalí?

—Lo dudo —dijo Dara—. Hace casi veinte años que tienen un gobierno que funciona. Los islamistas de Somalia, los musulmanes de pura cepa, dicen que están en contra de la piratería, pero ¿quién sabe?

—Todos son musulmanes —señaló Billy Wynn.

—Unos más que otros —replicó Dara—. Ya sabe que los somalíes secuestraron un petrolero saudí.

—Hace ya unos meses, el Sirius Star —asintió Billy—. Lo último que he oído es que siguen negociando el rescate. He estado pensando si podría ser que Al Qaeda estuviese financiando a los piratas. ¿De dónde sacan esos pescadores los Kalashnikovs AK-47 y los lanzagranadas? Hay quien dice que los traen de Yemen. El gobierno gana dinero con la venta de armas mientras la gente pasa hambre. Bueno, parece que la ONU por fin ha reaccionado en serio. Verá muchos barcos de guerra en el golfo de Adén, pero esas aguas siguen siendo muy peligrosas.

Dara lo escuchaba, saboreando el champán y el cigarrillo.

—¿Sabe qué hacen con los piratas cuando pillan a unos cuantos? —preguntó Billy—. Algunos terminan en las cárceles de Kenia, pero ¿qué leyes han violado? ¿Quién los juzga?

—No lo sé —contestó Dara.

Billy volvió a sonreír.

—Pero sabe tirar de la lengua a la gente que saca en sus películas. Me parece admirable.

—¿Le gustan los documentales?

—Sí. Cuando son buenos siempre revelan la verdad. Tengo mucha curiosidad por ver qué le cuentan los piratas.

Capítulo tres

—O sea, que fuiste a un desfile de moda en París a buscar novia —dijo Dara—. ¿De verdad?

—Recuerdo que era de Chanel. El director, ese que siempre lleva un alzacuellos y se pinta los ojos, estaba allí. Salió al final —explicó Billy el Niño, sonriendo—. Fui a ver a las chicas, con idea de escoger a alguna de ellas. Suelen ser flacas, pero a mí no me importa. Están en buena forma.

—¿Y les preguntas si les gusta navegar?

—Al principio no. Primero paso cuarenta y ocho horas con ella. En dos días descubres todo lo que hay que saber. Algunas parecen inteligentes, pero se les nota que tienen que esforzarse para hablar con propiedad. Dicen «al lado mío» en vez de «a mi lado», y no tienen criterio para elegir los libros que leen, eso si es que leen. No quiero parecer cruel, pero en el mar se lee mucho, se habla de libros. Les pregunto si alguna vez han compartido apartamento con otra chica y se han tirado los trastos a la cabeza. Nueve de cada diez responden: «No, pero me quedé con las ganas».

—¿Y suspenden la prueba?

—Se convierten en rollos de dos días. Empiezo por el aspecto físico, para descartarlo en primer lugar. Después me ocupo del cerebro y la personalidad. Voy a pasar más de cuatro meses con ella en un espacio muy reducido. Si es divertida y lista, la combinación es perfecta.

—¿Helene es divertida?

—Helene está a la altura.

Dara le dijo a Xavier que quería cenar fuera del hotel. Había echado un vistazo al Nilo Azul, en la rue d’Éthiopie, un restaurante de cinco estrellas que tenía buena pinta.

—¿Y quién le ha dado las cinco estrellas, el dueño? —preguntó Xavier—. ¿Quieres que la camarera te lave la mano derecha? ¿Que te derrame el agua sobre los dedos y la recoja en un cuenco? ¿Que te ofrezca la toalla que lleva colgada del brazo? ¿Y qué pasa si eres zurda?

—Quiero ir —insistió Dara.

—¿Quieres que te sirva la comida sobre una torta de pan etíope? Lo llaman injera. Aunque a lo mejor prefieres el sega wat, el cordero cortado en dados. Esas mujeres convierten el acto de servir la mesa en un espectáculo. No se te ocurra pedir la ensalada de la Reina de Saba. En Yibuti no se come ensalada. Además, nadie sale del Nilo Azul en menos de tres horas. En tres horas nos bajaremos tres botellas de vino, a ciento cincuenta la botella, y nos darán vino de la casa.

—Vale, no vamos —dijo Dara.

Salieron sin más planes que ver a Billy y Helene un poco más tarde, en un club. Dara quería rodar la vida nocturna de Yibuti. Llevaba la cámara dentro de la bolsa y la mano en la cámara. Billy quería invitarlos a cenar, pero Dara dijo que tenían trabajo. Quedarían después. Billy le indicó a Xavier el nombre del club. Dara tenía muchas ganas de saber en qué andaba metido aquel millonario generoso que se interesaba por su trabajo y que a veces parecía un chico de campo del este de Texas en busca de petróleo saudí. Cuando se hubieran tomado unas copas de vino le preguntaría: «¿Qué haces aquí con tu barco, Billy? ¿Qué estás tramando?». Él se echaría a reír y ella no tendría tiempo de sacarle nada. Pensaba dedicar la mayor parte de la noche a rodar imágenes de Yibuti. No estaría nada mal que ése fuera el título del documental: Yibuti. Le gustaba mucho cómo sonaba.

Xavier llevó a Dara al restaurante Chez Chalumeau, en la rue de Paris. Dara se puso las gafas de sol, sin entender por qué había tanta luz en el local.

—Lo hacen para que veas lo que te ponen delante —dijo Xavier—. Sirven comida francesa. Los segundos platos pueden ser árabes, pero aquí son buenos. Pide cordero y te ahorrarás problemas.

—¿Cuál es el plato de pescado? —preguntó Dara, mirando el menú.

—Al atún lo llaman por su nombre somalí. Tienen aleta de tiburón, pulpo en su tinta y ostras. Los cangrejos están buenos, si son frescos. Los calamares rebozados están ricos —dijo Xavier—. Ten en cuenta que vamos a pasarnos un mes entero comiendo pescado.

Pidieron cordero, nada de ensalada, y una botella de vino tinto. Xavier pidió otra botella cuando empezó el espectáculo: cuatro chicas somalíes que movían el trasero al ritmo de un tambor y un tío que cantaba o graznaba. Las bailarinas llevaban faldas largas de seda rosa y pañuelos en las caderas, para marcar bien el trasero mientras giraban y se contoneaban...

—En el Nilo Azul no hay bailarinas, ¿verdad? —preguntó Dara.

—Creo que no —dijo Xavier.

—Quiero aprender a hacer eso.

—Pues empieza a practicar. Cuando estemos en el barco, yo puedo dar golpes con algo mientras tú intentas mover el culo a velocidad somalí.

Fueron andando por la rue de Paris hasta la Place Ménélik y se sentaron en la terraza de un café.

—Vamos a tomar un café y a contemplar la vida nocturna de Yibuti —propuso Xavier—. Un café y un coñac. Veremos pasar a los turistas. Ha venido un crucero por el canal de Suez. Todos dicen: «¡Qué divertido es África!». Hacen lo mismo que harían en Marsella. —Dara estaba rodando, haciendo un barrido de la plaza Ménélik—. ¿Estás filmando a los legionarios franceses? Nunca han visto nada igual que estas chicas negras y esbeltas que los miran con ojos insinuantes. Llevan charreteras en los hombros, con flecos, y una banda en la cintura. Yibuti es un destino de primera, si soportas el calor. Puedes ir a los clubes y ver a las chicas restregarse contra los chicos. ¿Te has fijado en que ya no llevan esa tela colgando por detrás del quepis, como los protagonistas de Beau Geste? ¿Estás captando la acción? —Dara estaba grabando a la vista de todo el mundo—. No hay muchos soldados americanos por aquí. Les han dicho que tengan cuidado con las chicas. A veces se ven marineros, de alguna patrulla costera. No quieren que vuelvan a casa con una enfermedad venérea africana —explicó Xavier—. Mira, ése es el club Las Vegas, lo dirige un corso. Ahí es donde hemos quedado con Billy y la modelo.

—No me puedo creer que estemos en un garito francés de la rue de Paris y no tengan Perrier-Jouët, Blanc de Blanc del 99 —dijo Billy.

—Yo tampoco —asintió Xavier—. Vamos a hablar con él, a ver si tiene algo parecido. Nunca he probado un brebaje de novecientos pavos la botella.

Dejaron a Dara y Helene en la mesa. Dara se había lavado y ahuecado el pelo, y Helene, a falta de estilista, lo llevaba recogido en una coleta.

—Estoy colorada. Lo noto —dijo Helene.

—Yo te veo bien —contestó Dara. Apenas habían cruzado unas palabras hasta que Billy Wynn se fue a buscar al encargado—. No me imagino cómo es dar la vuelta al mundo en barco —dijo, y esperó la respuesta de Helene.

—¿Te refieres a navegar o a ir con Billy?

Billy y Xavier estaban en la barra, mirando la carta de vinos.

—Voy a retocarme un poco —dijo Helene, y Dara la siguió al momento.

—A ver qué puedo hacer —dijo Dara.

Helene estaba delante del espejo, poniéndose unos polvos en las mejillas. Dara se acercó para mirarse en un hueco del espejo y Helene se apartó unos centímetros. Dara sacó una barra de labios.

—Nunca me pinto los labios; sólo en ocasiones especiales —dijo, mirando a Helene en el espejo—. Tienes un bronceado precioso. Te realza las pecas. Pareces una niña.

—Tengo treinta y cuatro. Billy cree que tengo veintitantos y yo no lo saco de dudas.

Ahora era Helene quien miraba el reflejo de Dara.

—¿Sabes en qué estoy pensando todo el tiempo? En que tengo que volver a ese puto barco.

—Cuatro meses.

—O más. Cazar la vela mayor, bajar a la cocina y comerme una lata de algo. «Sí, capitán.» Parezco imbécil.

—¿No te mareas?

—Me aburro.

—No tienes por qué ir.

—No sabes lo que me estoy jugando. Billy me saca casi veinte años. ¿Y si nos casamos y él se muere? Me convertiría en la treintañera más rica de Estados Unidos.

—¿Eso te ha dicho él?

—Para incentivarme.

—Podrías tener que esperar mucho tiempo. Parece que tiene buena salud. No fuma.

—Fuma puros —dijo Helene—. ¿Tú crees que estoy pirada?

—Supongo que él te gusta.

—Me gusta. Es como... Es muy atento... A veces es divertido. A Obama lo llama «ese cazador negro que tenemos en la Casa Blanca», aunque sé que le cae bien. —Volvió a mirar el reflejo de Dara. —¿Estás casada?

—He estado demasiado ocupada para pensar en eso.

—Pero ¿no eres...? ¿Eres lesbiana? Algunas de mis compañeras de trabajo lo son. Son simpáticas, no son demasiado cabronas. Yo a veces digo que soy lesbiana, cuando quiero que un tío me deje en paz.

—Me gustan los hombres —dijo Dara—. Pero me gusta más lo que hago, porque hago lo que quiero. Viví una temporada con un abogado. Él tampoco quería casarse. Decía que estábamos mucho mejor viviendo juntos sin casarnos, haciendo a, b, c, y de vez en cuando d. Se le ocurrían muchas razones para no casarse.

—¿Y c que es? ¿Tener sexo siempre que a él le apetezca?

—Hablaba por los codos. Se creía muy gracioso. De pronto soltaba un dato, qué sé yo, sobre la población mundial, y ya no había quién lo parase. Una vez le hice una pregunta sobre el Tribunal Supremo. Era una pregunta que se podía contestar con un sí o un no. Pues me soltó un discurso que no te imaginas, y yo me quería morir.

—Pero luego te echaba un polvo y te morías de verdad —dijo Helene—. Billy me suelta unos rollos interminables de no sé qué investigaciones... supongo que para el gobierno... como si estuviera en el ajo. «¿Yo? No», dice. Y bebe un sorbo de champán. «Pero sé cosas.» La verdad es que no sé si es un memo encantador o un agente de la CIA. Pero ¿sabes lo que es raro? Que, estemos donde estemos, sé que siempre va a ofrecerme una copa de champán.

—Si te deja tirada, siempre puedes volver a la pasarela, con ese pelo y ese cuerpo.

—Eso si consigo volver a ponerme en forma. Eres la primera persona con la que tengo la sensación de que puedo hablar. ¿Sabes por qué me casaría con él, gilipolleces aparte? Porque es un puto multimillonario como Dios manda. Ya sabía yo que ibas a sonreír. No le pido que sea divertido. Y no me molesta que hable tanto. Pero ¿por qué siempre me está ofreciendo una copa de champán?

—No creo que lo haga para emborracharte y seducirte.

—En el barco voy casi en pelotas. De cintura para arriba siempre, en cuanto nos alejamos de tierra. A él no le hacen gracia que puedan espiarme con unos prismáticos.

—¿Y dónde está el problema? —dijo Dara.

—En que no sé cuánto voy a aguantar.

—Si quieres largarte, basta con que mañana vomites en el barco.

—No me mareo.

—Pues métete los dedos en la garganta. O sigue adelante y escribe un libro. Cuenta lo que pasa mientras das la vuelta al mundo con un millonario. O más de una vuelta. Te ofrecerían un anticipo de un millón como mínimo, y un profesional para que escribiera el libro. ¿Qué diferencia hay?

—Si me rechaza, escribiré el libro yo misma. Y si me caso con él, no tendré que escribirlo.

—Voy a dejar de preocuparme por ti —dijo Dara.

Volvieron a la mesa justo cuando Xavier y Billy se acercaban con un somalí que llevaba una camisa blanca, desabrochada, y un fular amarillo.

—Dara, he encontrado un pirata —dijo Xavier.

Se sentaron los cinco con varias botellas de Blanc de Blanc que Billy había traído de la barra, para empezar, según dijo. Xavier estaba impaciente por presentar a su pirata.

—Dara, quiero que conozcas a Idris Mohammed.

Idris se levantó e hizo una reverencia.

—Jefe de una banda de aventureros que merodean por el golfo y secuestran todos los barcos que les parecen apetecibles. Idris nunca ha perdido a ninguno de sus hombres ni ha matado a ningún miembro de la tripulación de los barcos secuestrados.

—No se imagina cuánto me alegro de conocerlo —dijo Dara—. ¿Puedo llamarle Idris? —Xavier la miró, sorprendido.

El sonriente pirata tenía el rostro delgado y los pómulos bien definidos. Era un hombre guapo, con una barba bien cuidada y los dientes muy blancos.

—Sí, claro, llámeme Idris —respondió, con acento africano.

Sin perder un instante, Dara le preguntó si se veía como un pirata o prefería dar a su profesión un nombre menos censurable.

—Somos los guardas costeros. Multamos a los barcos que contaminan nuestros mares. Vierten toneladas de residuos en las aguas donde antes pescábamos.

—¿Era pescador?

—Mi familia.

—Habla muy bien inglés. ¿Ha vivido en Estados Unidos?

—Lo ha notado, ¿eh? Sí, pasé varios años en Ohio, en la Universidad de Miami.

—¡Guau! —dijo Dara—. ¿Qué estudió?

—Tenía entendido que allí no se estudia mucho.

Dara sonrió y el pirata le devolvió la sonrisa.

—Es usted mi primer pirata —dijo Dara—. ¿Le ha contado Xavier lo que estamos haciendo?

—Sí, rodar una película sobre los piratas. Puedo ayudarlos. Vivo en Eyl, pero paso aquí como mínimo una semana al mes. Tengo un apartamento en el barrio francés y un coche para desplazarme, un Mercedes-Benz descapotable. Es negro, todo negro, con las lunas negras, para que no entre el sol.

Parecía muy orgulloso de su coche.

—¿Y va en su coche hasta Eyl?

—A veces. Otras veces voy con un amigo que tiene un Bentley y un chófer.

—¿No será Ari el Sheij Bakar? ¿Conocido como Harry por sus amigos ingleses?

—Ah, usted es la mujer a la que conoció en el avión, viniendo de París. Claro, Dara Barr, la directora de cine. Lo he visto un momento esta tarde. Sí, me contó que se habían conocido, pero que usted no le había llamado.

—Lo llamé, pero no contestó.

—Harry siempre está ocupado. Va de aquí para allá haciendo de buen chico.

—Me dijo que su trabajo consistía en negociar con los piratas.

—Sí, eso hace, intenta convencernos de que no hay futuro en la piratería. Yo le digo que quién necesita un futuro. Ya tenemos suficientes cosas que hacer en el presente para mejorar nuestras vidas. No hay nada deshonroso en lo que hacemos. El mar es nuestra vida.

—Pregúntale cuánto cree que sacará por ese petrolero saudí —dijo Billy Wynn.

—Ese secuestro se está alargando mucho —dijo Idris, en un tono muy agradable—. No lo llevo yo, así que no puedo decirles si las negociaciones del rescate van por buen camino.

—Empezaron pidiendo veinticinco millones —señaló Billy—. El barco, con su carga de crudo, vale diez veces más.

—Bueno, aunque acabaran aceptando dos o tres millones, seguiría siendo un buen negocio —contestó Idris.

—Pero saben que hay un montón de barcos de guerra persiguiéndolos. Americanos, franceses, alemanes, griegos, hasta chinos —dijo Dara.

—Sí, he visto un par de ellos. Son grises, ¿verdad?

Idris parecía pasarlo bien con Dara.

—Usted y Harry son enemigos jurados, pero oyéndolo hablar parecen amigos.

—Nos conocimos en este mismo club, hace dos años, y nos reímos mucho al descubrir que yo soy el malo y él el bueno. Yo intento convencerlo para que deje de ser respetable y se sume a los piratas. ¿Sabe qué me dijo? «Yo no necesito hacer eso para ganar dinero. Tengo una renta vitalicia de mi madre. Tengo todo lo que necesito.»

—Ese tío me gusta —afirmó Billy—. Me gustaría conocerlo.

Idris le preguntó entonces a Dara si le apetecía dar una vuelta en el coche. Dara dudó unos segundos antes de pedirle que jurase por Alá que era un pirata y no les estaba tomando el pelo. Idris juró que era un hombre de honor que había estudiado en la Universidad de Miami, en Ohio.

—Niña, nos vamos de aquí a las seis de la mañana —le recordó Xavier.

Demasiado tarde. Dara ya se estaba yendo con Idris.

Xavier se acomodó en la silla, pensativo. «¿Te preocupa que se vaya con un pirata africano, después de haber tenido que bregar con los matones bosnios y esos otros capullos defensores de la supremacía blanca para rodar sus películas? Rodará a Idris en su Mercedes y aprovechará las tomas para su documental.»

Capítulo cuatro

El primer documental que Dara Barr rodó por su cuenta se tituló Mujeres de Bosnia, y ganó un premio en Cannes. Dara se centró exclusivamente en las mujeres violadas. Los hombres no salían en la cinta.

A continuación hizo Sólo para blancos, un trabajo sobre los neonazis y miembros del Klan, con sus túnicas de distintos colores. Ganó el premio al mejor documental en Sundance: los del capirote y los cabezas rapadas explicaban su racismo ante la cámara de Dara.

Un día salió de su estudio en Chartres, en el barrio francés de Nueva Orleans, para filmar el desastre del Katrina,