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Con una mezcla de historia personal, vivencias, consejos y nuevas miradas, Alejandra logra hacer un relato entretenido y útil para todos quienes quieren emprender. Desde consejos para "enamorarse de los cambios", hasta cómo transformarte en un "animal buscando nuevas oportunidades, pasando por redefinir lo importante que es "transmitir tu pasión y ser tú mismo, la manera de hacer los proyectos de "forma rápida y barata" y las ventajas de "equivocarse con estilo". Un libro que se transformará en material de cabecera para los que buscan inspiración, nuevas causas y misiones en un mundo cada vez más vertiginoso y necesitado de ideas creativas.
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Veröffentlichungsjahr: 2025
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Diseño de portada: Carol Recabarren Veloz
Diseño y diagramación: Mirela Tomicic Petric
Fotografía de portada: Nacho Severin
I.S.B.N.: 978-956-12-3800-8.
I.S.B.N. digital: 978-956-12-3806-0.
1ª edición: junio de 2025.
© 2025 por Alejandra Mustakis Sabal.Inscripción Nº 2025-A-3056. Santiago de Chile.
© de la presente edición por Empresa Editora
Zig-Zag, S.A. Isidora Goyenechea 3365, oficina 902. Las Condes. Santiago de Chile.
@zigzageditorial
@zigzaginfantilcl
Derechos exclusivos de la presente versión reservados para todos los países.
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Para Diana, mi leona
ÍNDICE
Introducción
CAPÍTULO 1: Enamórate del cambio
CAPÍTULO 2: ¿Cuál es tu causa?
CAPÍTULO 3: Hacer es el nuevo decir
CAPÍTULO 4: Sé un animal construyendo oportunidades
CAPÍTULO 5: Estás en el nuevo renacimiento
CAPÍTULO 6: La confianza, el mayor valor
CAPÍTULO 7: Modo conectado
CAPÍTULO 8: Busca problemas
CAPÍTULO 9: Los sapos de tu pozo
CAPÍTULO 10: Socios para construir tu vida
CAPÍTULO 11: Conectados para conquistar
CAPÍTULO 12: Líder que transforma
CAPÍTULO 13: Sé diferente, transmite tu pasión
CAPÍTULO 14: Hazlo rápido y barato
CAPÍTULO 15: Equivócate con estilo
CAPÍTULO 16: Economía del amor
CAPÍTULO 17: Sé un conquistador, Alejandro Magno Style
Diseña tu camino
INTRODUCCIÓN
Nunca busqué escribir un libro. Nunca busqué escribir un libro, pero a veces la vida te pone desafíos que no estabas esperando. Puedes decir que no… o decir que sí. Yo dije que sí. Porque sentí que tenía algo que compartir. No grandes teorías, sino experiencias reales. No certezas absolutas, sino una forma de mirar, de creer y de crear.
Este libro nace desde ahí: desde lo vivido, desde lo aprendido emprendiendo, equivocándome, construyendo, liderando, soñando… y volviendo a empezar. Desde las ganas de crear, y de creer que se pueden lograr cosas grandes, que se puede vivir con esperanza.
Para decidir escribirlo, busqué que el libro tuviera una misión. Espero que la descubras. Está en cada página, detrás de cada historia, cada idea, cada reflexión que encontrarás aquí hay mensajes escondidos. Algunos son sutiles, otros más directos. Pero si lo lees con atención –y estás conectado– quizás encuentres respuestas que puedan hacer una diferencia en tu vida.
Para mí, emprender no es solo levantar una empresa. Es lograr transformar tus sueños en realidad. Es hacer lo mejor que puedas con lo que tienes, con lo que eres y con lo que vas descubriendo en el camino. Por eso, este libro está escrito desde mi visión, de lo que a mí me ha ayudado a cumplir mis propios sueños. Y también desde lo que he visto, aprendido y admirado en muchas otras personas que, a su manera, lo han logrado. Porque emprender, para mí, es una forma de ser, una forma de vivir. Es una manera de estar en el mundo, de vivir con propósito, de atreverse a construir desde lo que uno es.
Por eso, este libro no es una guía. Es una invitación a mirarte, a moverte, a crear desde tu esencia. Ojalá aceptes la invitación. Y si quieres ir más allá de solo leerlo, al final de cada capítulo encontrarás una propuesta para interactuar. Así que, como siempre en la vida… depende de ti cuánto más allá quieras ir.
Si algo de lo que lees en este libro te hace sentido, si tienes un emprendimiento, una pyme, si te gusta crear empresas, si quieres colaborar, participar en futuras actividades o simplemente estar cerca de esta comunidad que cree en el poder de cambiar el mundo, te invito a conectarte.
Puedes encontrar mucho más material y oportunidades en www.alejandramustakis.com, o encontrarme en Instagram como @alemustakis, o en LinkedIn, donde comparto novedades, reflexiones y espacios para encontrarnos y crecer juntos.
CAPÍTULO 1
ENAMÓRATE DEL CAMBIO
“No puedo”, “no sé cómo hacerlo”, “no tengo las oportunidades”, “no tengo las capacidades”, “¿y si me va mal?”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen las personas que he ido conociendo en el mundo del emprendimiento y a las que, por distintos motivos, les da miedo comenzar ese camino. Lo que siempre pienso al escucharlos es que en mis más de veinte años haciendo proyectos nuevos he aprendido que lo peor que puede pasar en la vida de alguien es llegar a viejo, o al final de sus días, y no haber buscado cumplir sus sueños, no haber aprovechado su tiempo.
Con sueños no solo me refiero a emprender, sino a todos los sueños que se puede tener en distintos ámbitos de la vida. Entonces, siempre les pregunto de vuelta: “si emprendes y no funciona, ¿qué es lo peor que podría pasar?”. Cuando uno lo mira así, con distancia, sosiego, realidad, muchos de los temores, los monstruos que se crean en la cabeza, desaparecen o logran ser puestos en su real dimensión; en jerga futbolística, ellos mismos, esos potenciales emprendedores, logran poner la pelota en el piso.
En mi caso, y eso es algo que me encantaría transmitirte en este libro, prefiero mil veces arrepentirme de lo que no funcionó a cargar con lo que no me atreví a hacer por miedo, por paradigmas errados, por cuestionarme mucho, porque no era el minuto o por el qué dirán.
Y de ahí viene la otra pregunta: “¿cómo lo hago entonces?”. Mi respuesta es uno de los aprendizajes más trascendentales que he tenido en mi vida (y ojalá lo hubiera entendido mucho más joven): “solo depende de ti”.Y se los repito una, dos, tres veces:todo lo que logres o, más importante aún, lo que no logres, solo depende de ti.
¿Por qué les digo “solo depende de ti”, una frase que parece venir más bien de la psicología positiva en un libro que pretende ser un manual para ayudar a las personas a emprender? Porque si bien la Real Academia Española dice que emprender es acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro, cuando se dice “empezar una obra, un negocio...” no se está hablando de un emprendimiento, de un trabajo, se está hablando simplemente de un emprendedor, de una persona que busca construir, comenzar, dar vida. “Construir”, “comenzar”, “dar vida”, ¡qué verbos más bellos! Más aún si les sumamos a ellos las palabras “a su obra”.
El emprendedor es esa persona que se enfrenta solo contra el mundo en busca de su sueño y que sigue adelante, aunque tenga que cambiar su plan mil veces, o más importante aún, aunque tenga que cambiar él y dejar toda su historia atrás. Incluso aquellas ideas erróneas que puede haber tenido de sí mismo y de lo que podía o no podía llegar a ser.
No es culpa de tus padres, de la infancia que tuviste, de las circunstancias en las que viviste, del Estado, de la educación que recibiste, de las oportunidades que no tuviste. No es culpa de nadie el que puedas comenzar o no tu obra. Siempre podrás encontrar excusas de por qué no puedes hacerlo, pero la verdad es que eso solo depende de ti. Por eso es importante estar dispuesto a cambiar y dejar atrás todas las limitaciones que puedas traer de tu vida.
Uno puede cambiar cualquier cosa. Uno puede cambiar cualquier cosa que se proponga cambiar.Solo depende de ti.
Cuando te dicen “la gente no cambia”, es verdad, sí, pero eso es siempre que ellos no quieran hacerlo, que no se lo propongan. Uno puede inspirar en otros el cambio, pero solo ocurrirá cuando la persona quiera de corazón hacerlo, y esté dispuesta a trabajar continuamente, con hábitos, con disciplina, con automotivación, con convicción de que eso que está haciendo es lo mejor para tener una vida mejor. Y que eso también es la forma de aprovechar de manera más contundente este gran regalo que tenemos, y que a veces no valoramos: el tiempo, para así finalmente vivir lo mejor que podamos.
Yo, Alejandra Mustakis, diseñadora industrial, 47 años, dos hijos, Alonso y Juan Pablo, sé de lo que te hablo porque soy una persona que cambió, una que ha ido dejando atrás sus inseguridades y que ha logrado construir una vida cada vez más plena, llena de oportunidades.
Mi historia es súper distinta a lo que varios se imaginan de mí: yo no me crié como la hija de un gran empresario, con una familia bien constituida, papá, mamá, hermanos, todos juntos en una casa. Tampoco me criaron para dedicarme a lo que hago hoy. Al contrario, si miro atrás pienso que nadie alrededor mío tenía muchas expectativas de que yo pudiera ser una mujer profesional, menos empresaria. Pero eso no me determinó: a la larga fui yo la que con cada una de mis vivencias, miedos, certezas, soledades, amores e historias me construí a mí misma.
Nací en una casa en la que jamás faltó nada, pero con una madre muy austera y sobreprotectora, una madre palestina, una persona que tenía todas las aprehensiones de las mujeres mayores palestinas, y que además venía con una historia triste de su matrimonio e hija anterior. Nací en una etapa adulta de su vida y me tuvo sola. Siempre he pensado que fue muy valiente al decidir tenerme. Y me tuvo sola porque se enamoró de un hombre casado, mujeriego, que no tenía hijos, que tampoco los quería y al que su mujer le aguantaba su forma de vida. Hoy creo que ellos deben haber tenido una especie de acuerdo sobre la vida que él llevaba, y asumo que en ese acuerdo podían existir otras mujeres, no así hijos.
Para mi madre, Constantino, mi padre, fue el amor de su vida, de hecho, ella pensaba que era su alma gemela, que su relación venía de otra vida, en la que según ella decía, habían estado casados. Una vez me contó que eso lo había visto en una regresión.
Decidir tenerme debe haber sido muy difícil para ella, porque en los años ochenta Chile era un país muy conservador y juzgador, mucho más que ahora. Aunque es real que aún hoy –con todos los cambios que hemos tenido como sociedad– a veces hasta las personas cercanas siguen haciéndoles difícil la situación a las mujeres que deciden tener hijos solas. Esto es tremendo, porque aún en nuestro país, y en el mundo, conlleva el peso de la soledad, que para las mujeres siempre es una carga mayor.
Mi madre, Diana, a pesar de todas estas dificultades, de su crianza palestina muy machista y de no contar con un marido, me sacó adelante con todas sus fuerzas y cariño. Y debo decir que fui muy afortunada, porque al revés de la gran mayoría de las madres solteras, que no tienen los recursos para criar solas a sus hijos, y muchas veces tampoco apoyo, en nuestro caso, mi abuelo Benjamín, su padre, nos mantuvo siempre.
Por esta misma historia fue que por mucho tiempo yo creí que no era capaz, que no era querible, que había muchas cosas, la mayoría, que no podía hacer.
Mi madre siempre fue una mujer particular: vivía buscando respuestas fuera de este mundo y participaba en actividades que tenían que ver con el crecimiento espiritual, y otras cosas que en ese momento parecían una locura. Creo que, en algún sentido, ella fue una adelantada a su época: en los años ochenta practicaba meditación trascendental, algo que siempre he creído que es maravilloso. Aún mantengo contacto con mis tíos de esa disciplina de aquella época, y ahora estoy empezando a meditar nuevamente. También estudió ayurveda y reflexología, amaba la carta astral y vivía pensando en qué tipo de piedra tenía que usar dependiendo de sus planetas regentes. Por mi casa pasaron unos gurús inimaginables, gente que muchas veces venía a contarnos historias bien locas. Los domingos era usual que mi mamá al almuerzo recibiera a mucha gente, entre ellos a estos gurús con sus nuevas ideas.
Ese era su lado luminoso, pero también había uno más opaco. Hubo una época especialmente compleja, entre mis siete, ocho años, en que a este grupo le dio con que se iba a acabar el mundo. Para mí era usual escucharlos decir “se vienen tres días oscuros, se va a acabar el mundo”, entonces yo me asustaba mucho. Imaginen lo que podía significar escucharlo a esa edad. El mayor problema es que después yo llegaba al colegio y repetía lo mismo. Hoy recuerdo la forma en que me miraba el profesor y la orientadora cuando escuchaban esto. En esa época era usual que llamaran a mi mamá para que fuera a hablar con ellos, pero ella no contestaba el teléfono: siempre estaba durmiendo porque, supuestamente, meditaba hasta tarde, luego entendí que lo que ella tenía era una depresión.
Hubo otro tiempo en que a este grupo y a mi madre les dio con que iban a llegar los ovnis, porque también el mundo se iba a acabar. Así, partimos una vez al Valle del Elqui, donde estaba la hermana Gladys y la madre Cecilia que era una especie de líder espiritual de una comunidad bien grande que, entre otras cosas, estaban esperando a los ovnis y a estos seres de otros mundos que supuestamente nos iban a salvar de la hecatombe. Nos quedamos varios días con esta gente y ese entorno y, obviamente, no sucedió nada. Luego vino la época de Miguel Ángel, el adolescente de Villa Alemana que decía que veía y hablaba con la Virgen, así es que también pasé varios fines de semana allá.
No fue una época fácil para mí, pero hoy creo que ella necesitaba respuestas que de alguna manera le ayudaran a entender por qué las cosas no eran como ella quería que fueran en este mundo.
Ella fue una mujer que salió de lo normal, como dirían varios, pero esa fue la manera en la que pudo enfrentar el mundo que le tocó vivir. Sé que mi madre hizo lo mejor que pudo, es mi leona, y sé también que daría todo por mí.
Así como ella me marcó en cosas muy profundas, y que solo pude concluir a través de años de terapia y autoconocimiento –como el miedo con el que crecí, miedo a que ella se pudiera morir y quedarme sola en el mundo, o a que simplemete todo se podía acabar– también hay una historia que fue clave para la persona en la que me convertiría años después. Una vez, cuando yo tenía dieciséis años y le estaba hablando sobre una persona que a mí me parecía normal, ella me interrumpió y me dijo: “Alejandra, ¿qué es ser normal?”. En ese minuto me quedé callada, porque no supe qué responderle. Pero esa frase nunca más se me olvidó. ¿Qué es ser normal?
Cuando recuerdo mi infancia, “esa” infancia, entre que me río y me da ternura y también abrazo a esa niña insegura y miedosa. Pero, esto es lo más interesante, estoy convencida de que, quizás, todas esas experiencias me hicieron lo que soy: una persona que acepta la diversidad, flexible, que encuentra valor en lugares escondidos, que tiene una mirada creativa, una mujer con una mente abierta. Porque todo sirve, todo nuestro pasado nos ayuda, ya sea para decir qué quiero ser y hacer, y qué no.
Sobre mi padre Constantino, con quien comencé a tener una relación más habitual cuando yo ya era mayor, y quien a lo largo de los años se transformó en mi mayor fan y mi mejor amigo, no tengo muchos recuerdos de pequeña. Cuando yo tenía seis años quebró. Él era muy conocido como empresario, pero a mí no me tocó ver eso, en mi imaginario él no era rico. Nunca lo conocí rico. Tenía la frutera más grande de Chile, Gianoli Mustakis, que era de su familia, pero cuando quebró, para la crisis de 1982, perdió todo porque él entregó completo su patrimonio personal. Tras eso se fue a trabajar a Ecuador, luego volvió a Chile y comenzó de cero.
En ese momento empezó a aparecer en mi vida. Como ya les conté, él estaba casado cuando yo nací. Era un hombre encantador, muy racional, vividor, alegre, un gran conversador. Estudió en el Colegio Alemán, y era como un griego que se creía alemán. Hablaba seis idiomas, bailarín, y era una persona realmente conectada con los otros, sabía escuchar muy bien, le interesaba la gente y sus historias. Las mujeres se enamoraban de él con mucha facilidad y profundidad. Él siempre me dijo que cuando supo que mi mamá estaba embarazada, se puso contento, pero yo estoy segura de que no fue así.
Mi madre siempre tuvo la idea de no contarme cosas que me pudieran afectar, y la verdadera historia sobre ellos y mi nacimiento, fue una de ellas. Por lo mismo muchas veces me mintió, según ella para protegerme. Hoy creo que hubiera sido mejor que me dijeran la verdad. Hay una historia que encuentro graciosa, pero que a la vez es muy triste: como dudaba de lo que ellos me habían contado sobre su matrimonio, siempre le pedía a mi mamá que me mostrara fotos, entonces ella me decía “las tiene tu abuela Juana en Lima”. Por eso, cada vez que yo llegaba a Perú a la casa de mis abuelos maternos –ellos vivían allá– y les preguntaba por las fotos, me decían “en algún closet están, busquémoslas”, y me mantenía entretenida un rato. Obviamente lo que yo buscaba nunca aparecía. Finalmente me enteré de la verdad hablando con la mujer de mi padre, que con o sin querer me contó que ellos habían estado casados todo el tiempo.
En mi adolescencia ni mi padre ni mi madre me exigieron nada, tampoco me decían que me comportara de una manera u otra, o que estudiara. Yo era muy insegura de mis capacidades, entonces el que no me preguntaran qué haría después de salir del colegio me era cómodo. Pienso que eso fue porque nadie tenía muchas expectativas sobre mí. A eso se sumó que ninguna de las mujeres de mi vida –mi mamá, mis nanas Fefa y Elen, que me criaron con un amor incondicional y me enseñaron cosas maravillosas como a amar a Silvio Rodríguez, a Al Pacino, a jugar naipes, entre muchas otras cosas, y a quienes considero como mis madres también, o Gloria, una amiga de mi mamá, una mujer única, "bruja de profesión” (lee el tarot) que ha sido una gran compañía y maestra en mi vida, y que me enseñó otras áreas de la existencia mucho más luminosas– tenían una visión de lo que una joven como yo podía llegar a ser. Por el contrario, ellas venían de un espacio de mujer castigada, sin una vida fácil, y si bien me traspasaron todo su amor, también me transmitieron todas sus preocupaciones, miedos y visiones.
Aun así, por alguna razón, sin darme cuenta yo me fui haciendo a mí misma. De la niña a la que vestían con bototos y jumper bajo la rodilla, me fui transformando en una adolescente muy activa, a la que le iba muy bien en Matemáticas y que mostraba una personalidad distinta a lo que, tal vez, debía haber sido. Así me encontré con el final del colegio. Ya dije que nadie me preguntó si iba a estudiar algo, pero yo tenía claro que iba a entrar a la universidad.
Elegí estudiar diseño industrial, una carrera que mi papá no entendía, pero no podía quejarse ni opinar mucho. Él no me había criado y, además, siempre fui muy llevada a mis ideas a la hora de tomar decisiones. De hecho, cuando decidí entrar a diseño, mi papá me dijo una frase que me dejó marcada: “siempre pensé que con la infancia que tuviste ibas a ser una niña compleja y no lo eres, así es que está todo bien”.
Así comenzó mi cambio.
En la universidad encontré buenos amigos, un espacio de entretención –fui campeona de taca taca en los recreos– y fue un lugar en el que me sentí valorada. Como era buena para las matemáticas y mis compañeros no entendían mucho, me transformé en la profesora de los que tenían dificultades, algo impensado para esa niña que no estaba muy interesada en las clases en el colegio.
Eso ayudó, creo hoy –porque en esa época no lo reflexionaba– a que la percepción que tenía de mí misma comenzara a cambiar, y eso me dio un poco más de seguridad.
En el mundo empresarial en el que me muevo, en general todos asumen que soy “hija de mi papá”, que tuve una súper buena familia, una historia más convencional, pero no es así. Hoy decidí contarlo en este libro porque si bien antes la gente tenía más vergüenza o miedo de mostrar quién realmente era, ya no es así y yo, particularmente, he aprendido a encontrarle valor a mi historia, porque toda historia tiene un valor.
Es importante que tú, que estás leyendo estas líneas y que no has tenido una vida tan convencional, o la historia ideal; tú que has vivido tus propias soledades y miedos, comprendas que eso no limita nada de ti.
Tus mayores obstáculos generalmente están contenidos en las ideas que tienes sobre ti, esas creencias negativas de ti, y de tu potencial y que no están basadas en hechos. La clave está en desafiar esas suposiciones y reemplazarlas por nuevas que mejoren tu vida.
El pasado no importa,todo está en creer en ti y en que se puede.
Sea lo que sea que te genere inseguridad de tus experiencias, historias o creencias, es hora de convertir eso en una fortaleza, en una habilidad. Sea lo que sea que haya pasado, o no, los miedos o límites que tengas sobre ti, el solo hecho de entenderlo, asumirlo, mirarlo y querer cambiarlo ya es un gran crecimiento. Y el comienzo de un gran camino.
El pasado no importa: lo que tú quieras hacer de tu vida es lo que vale. Todo está en tomar la decisión y partir el camino.
Cuando entendí que uno podía cambiar cualquier cosa que realmente se proponga, cambió mi vida.
Y aquí está el empalme perfecto con la idea de emprender, porque hacerlo tiene más que ver con una actitud, con una forma de actuar, de mirar la vida; no solo pensarlo como en una forma de hacer un negocio. Por lo mismo es vital partir el camino de emprender, de crear tu obra, de trascender, desde ti y tu decisión de cambiar.
Tú eres el autor de tu historia.Y no te olvides ni por un segundoque solo depende de ti.
CAPÍTULO 2
¿CUÁL ES TU CAUSA?
Desde niños nos deberían enseñar a soñar,a usar lo más posible nuestra imaginación para crear nuevos escenarios.
Cada vez entiendo más la importancia de soñar, de tener un anhelo, un algo que te obsesione, un deseo en el que pienses una y otra vez y al que le des vueltas en tu cabeza. Todos los seres humanos soñamos, más aún los emprendedores con esos miles de proyectos que se nos ocurren, ya sean nuevas empresas, startups o libros como este. Yo creo que tener un sueño te da una dirección hacia la cual moverte, te ayuda a automotivarte y, también te empuja a la acción.
Sin un sueño no hay nada, no hay punto de partida.
Hace 25 años partí soñando y tratando de hacer realidad esos sueños. Comenzar me llevó de un sueño a otro, fue un camino que se empezó a armar sin darme mucho cuenta de la coherencia que irían dejando esas huellas, eso es algo que veo ahora. Y también hoy sé que cada uno de esos pasos que fui dando, me ayudaron a encontrar mi misión, mi causa personal.
Misión y causa son palabras similares, pero a mí me gusta hablar de causa porque me produce una sensación de mayor convicción, pasión y, también, algo de rebeldía, porque suena a una idea por la que podrías incluso pelear una guerra o iniciar una revolución.
Según el diccionario de la RAE “causa” significa:
1. Aquello que se considera como fundamento u origen de algo.
2. Motivo o razón para obrar.
Me quedo con esta definición: motivo o razón para obrar. Nuestra vida es una obra que vamos construyendo, y yo entiendo cada emprendimiento y decisión que tomamos como una parte de esta construcción. Alinear nuestra misión personal, con cada una de las acciones en las que participes, le da mucha más fuerza, sinergia y armonía al total.
Así ha sido en mi vida.
Si bien apenas salí de la universidad comencé con algunos emprendimientos, hay un hito al inicio de mi vida laboral/empresarial,un hito que me marcó. Fue un día de julio de 2004. Veníamos en el auto de vuelta de la playa con mi mamá y mi hijo Alonso, y yo venía sumida en mis pensamientos, mirando mi vida con cierta distancia: estaba casada (me casé a los 23 años apenas salí de la universidad) ya tenía un hijo, lo que me hacía muy feliz porque ser madre ha sido el mejor regalo y emprendimiento de mi vida, pero sentía que algo me faltaba en mi desarrollo personal. Trabajaba haciendo asesorías como diseñadora de interiores, había armado un negocio que no había funcionado, y no me sentía nada satisfecha. Fue en ese viaje, mientras iba manejando, que pensé “no soy buena profesionalmente, soy del montón”.
Decir eso, pensarlo tan claramente, me sorprendió. No solía reflexionar sobre mí, nadie me había enseñado a pensar sobre mi vida, a mirarla, entenderla, a darle dirección, solo vivía de acuerdo a las circunstancias que iban ocurriendo. Fue así hasta ese minuto en que me di cuenta que “ser del montón” me dolía, que no quería que fuera así, que quería cambiar. Fue como un llamado a hacerme cargo.
Hoy veo ese punto en mi historia como el de un antes y un después, porque sin tener tan claro a dónde quería llegar tomé una importante decisión: decidí cambiar. En ese minuto mi primera y única misión fue lograr hacer algo para sentirme orgullosa de mi desarrollo profesional. Esa noche me quedé dándole vuelta a todo, y en la mañana partí con mucha actitud y creyendo. No tenía una gran idea, no sabía qué haría, pero sí sabía que iba a trabajar para ser la mejor.
Pensé y analicé muchas alternativas, pero nada me cerraba. Un día, me encontré con Pablo Llanquín, con quien teníamos una historia de niños: nuestras madres se conocían y habían coincidido en la búsqueda de los ovnis en el Valle del Elqui, entre otras locuras. Vivimos juntos muchas jornadas extrañas. Él proviene de una familia de esfuerzo, por eso le tocó trabajar para ayudar a su madre desde bien chico. Trabajaron duro los dos. Él siempre fue fanático del diseño, se notaba su pasión, siempre lo vi haciendo maquetas o dibujando. Al salir del colegio entró a estudiar diseño industrial en la Universidad Tecnológica Metropolitana. Cuando nos encontramos él tenía la idea, el sueño, de hacer muebles de niños y me dijo que lo hiciéramos juntos. A mí su propuesta me encantó.
No sé si es lo que andaba buscando, pero como había estudiado diseño, me era familiar hacer muebles. También admiraba su pasión.
Así nació Medular, una empresa de productos hechos en Chile. Hacer muebles, como podrán ver, no es la gran idea, o algo muy innovador, pero era un buen lugar desde donde partir. En esa época, aunque ahora no lo parezca, yo no tenía contactos, no era conocida, no se me hacía fácil conseguir reuniones. Tampoco el conocimiento del mundo emprendedor que tengo hoy. Además, a inicio de los 2000 casi todo se traía de China, o de Brasil, las fábricas de muebles en Chile casi ninguna funcionaba, por lo que la idea parecía una locura.
En ese momento mucha gente nos dijo que nuestra empresa no iba a funcionar por varios motivos:
• No se podía producir en Chile.
• Para qué “gastar” en diseñadores (mi socio y yo en ese minuto, los únicos dos de la empresa, éramos diseñadores).
• Los muebles de niño no se vendían.
• Y que ya estaba todo hecho en China o en Brasil.
Imaginen lo que puede llegar a ser escuchar estas catastróficas advertencias, pero nosotros estábamos tan claros con nuestra decisión que nos dio lo mismo. Para nosotros Medular siempre ha sido una empresa de diseño, amamos hacer objetos bellos y útiles a buen precio. Nuestra diferenciación estuvo y ha estado en el diseño.
Fue muy desafiante partir, aprender acerca del negocio, desde entender el mundo del retail, el financiero, cómo funciona la logística, pasando por el marketing y la fabricación, entre muchas otras cosas. Nos costó sacarlo adelante, fue una gran escuela.Pero hoy, veinte años después y con varios aprendizajes y cambios, Medular sigue diseñando y produciendo en Chile, y es una empresa exitosa.
Gracias a este comienzo logré descubrir varias de mis causas y mi misión personal. Lo primero de lo que me di cuenta fue que yo quería desarrollar en Chile, crear, emprender.
Con el tiempo también entendí que quería cambiar las reglas del juego, abrir oportunidades, construir un mundo más justo y con más alma, ir desde nuestro país al mundo, escribir una nueva historia (de confianza), entre otras causas que han ido a la par de mi sueño de vida, que es ser una muy buena y gran empresaria “que logró cambiar el mundo”.
Con mis amigos emprendedores siempre nos reímos de la frase “queremos cambiar el mundo”, de hecho, en la serie Silicon Valley, que trata de un grupo de emprendedores, se burlan cada vez que algún personaje dice eso, porque o es ingenuo o todos quieren lo mismo.Pero a mí me fascina la gente que quiere cambiar el mundo, y yo también (aunque alguien se ría) quiero hacerlo.
En los primeros años de Medular comenzamos a crecer muchísimo de la mano de retailers a los que vendíamos racks modulares, (ya les contaré cómo pasé de hacer muebles de niños a vender racks modulares). Y un día pasó algo que no busqué: alguien me llamó por teléfono y me dijo: “hola, te hablamos de Endeavor, una ONG dedicada a potenciar a los emprendedores como tú y, además, eres mujer, lo que no es tan común. Queremos invitarte a un desayuno con otros iguales a ti”. Esa fue la primera vez que me dijeron que yo era una “emprendedora”, palabra que yo hasta ese momento ni conocía. Fui. En este desayuno un empresario innovador, de nacionalidad argentina, contó su historia: en un viaje a Estados Unidos el 2006 se encontró con un modelo que estaba naciendo allá y que ya tenía mucho éxito. Este se basaba en la venta de artículos de oficina a través de una plataforma tecnológica. Eso era mucho más eficiente y rápido que lo que se hacía hasta ese minuto en los puntos de venta. Él estudió en detalle el modelo haciendo ingeniería inversa, es decir partió mirando el producto final y luego fue viendo los pasos que se hicieron hacia atrás y logró entender muy bien el modelo. Al llegar a Argentina armó una plataforma igual: su fin era venderle su compañía a esta misma empresa americana, porque sabía que en Latinoamérica ellos prefieren comprar un proyecto ya funcionando que a partir de cero. A pesar de todos los problemas que tuvo que pasar en el camino, naturales a cualquier desarrollo de negocio, logró venderles la empresa a los americanos. Este es un formato brillante para emprender, partir con un fin en mente, y hacer todos los pasos hacia atrás hasta llegar al paso 1.
En ese momento me pasó algo muy especial: vibré al escuchar la historia, y aunque no es la empresa que yo hubiera hecho, me di cuenta de que para mí emprender era hacer sueños realidad. Y, lo más importante, me di cuenta de que había encontrado a los “sapos de mi pozo”, es decir, a gente igual a mí.
Con esta nueva motivación, y puerta que se abrió, comencé a entrar en grupos, a conocer gente, y a buscar cómo desarrollar más esta pasión que estaba partiendo en mí. Lo maravilloso fue que, además, pude ir sumando más proyectos que fueron definiendo mejor mi causa y mis sueños, porque una cosa fue llevando a la otra, ya que a medida que iba conociendo más gente y nuevos escenarios mi causa se fue fortaleciendo y también modificando.
Así sucede con los sueños y causas: crecen, cambian,aparecen nuevas. No tengas miedo a eso.
Si tuviera que hacer un resumen de cómo fui encontrando mi causa y luego la fui fortaleciendo, sería así: mientras conocía este nuevo mundo del emprendimiento me encontré con dos ingenieros, Edmundo Casas, que venía de San Pablo, un pueblito cerca de Osorno en la Región de Los Lagos, y Cristián Romero, de Villa Alemana, en la Quinta Región. Ambos habían estudiado en Valparaíso en la Universidad Federico Santa María y tenían una naciente empresa con la que hacían desarrollos tecnológicos, entre ellos, un holovisor 3d, en donde se podía poner cualquier imagen en tres dimensiones, además de avatares virtuales con los que se podía hablar. Ahora eso es muy obvio, pero en el año 2008 no lo era. Tenían muchos otros proyectos y aunque en ese minuto yo no sabía nada del tema y no estaba muy claro dónde se podían vender, la pasión de ambos y mi locura por la gente que crea, hizo que tuviéramos un sueño común: desarrollar estas tecnologías desde Chile para el mundo. Ellos estuvieron de acuerdo en que yo pusiera algo de recursos y todas mis ganas para convertirme en su socia. Así partió Kauel, una empresa de tecnología de última generación hecha en nuestro país y también mi nueva causa: hacer en Chile tecnología de nivel mundial y con ello una empresa global.
Trabajando en estas dos empresas, Medular y Kauel, vi el nivel de talento que había en el país, tanto para diseñar muebles y objetos como para desarrollar proyectos tecnológicos del mejor nivel. También vi que se podía generar muchísimo valor con muy pocos recursos si es que mezclaba la capacidad de las personas, algunos grandes sueños y mucha acción y perseverancia. Pero el entorno era hostil.
Una vez me tocó ver cómo en un congreso donde se juntaban líderes locales, un empresario en su discurso dijo que en Chile éramos buenos para la minería, la banca y el retail, pero que nunca íbamos a ser buenos para desarrollar tecnología. Yo me enfurecí, y cuando me tocó hablar en mi rol de emprendedora, le dije que no podía decir eso, porque él era un modelo y quienes lo escuchaban creían en su discurso por lo que no comprarían tecnología chilena por su idea equivocada. Yo no era muy conocida en esa época, y sé que muchos se preguntaron quién era yo para discutirle a ese señor tan importante.
En Kauel nos costó mucho que en Chile nos creyeran, muchas veces los gerentes locales prefirieron comprar tecnologías similares de otros países antes que a nosotros. Creo que pensaban que si se hacía en Estados Unidos, Alemania, u otros países, aunque también fueran emprendedores, eran mejores.
Esto me volvía loca, y también, quizás, nos daba fuerza para hacer mejores desarrollos y mostrar así que nuestro trabajo era de nivel mundial. A la larga eso se convirtió en un motor. Muchas veces las dificultades te hacen más fuerte y te ayudan a llegar mucho más lejos.
La historia de Kauel es larga, y tiene mil anécdotas que ya les contaré más adelante. Por ahora solo puedo decir que, a pesar de las mil veces que algún producto que desarrollamos no se vendió, porque nos equivocamos de producto, o porque no nos compraron por ser “desarrollo chileno”, hoy Kauel es reconocida en el mundo. Y Edmundo, mi socio de San Pablo, ingeniero civil electrónico, MSc y PhD, hijo de dos profesores de la comuna, y quien hoy vive en Texas, Estados Unidos, fue reconocido en Dubái con el premio al mejor desarrollo de Inteligencia Artificial para el mundo de la energía 2024.
Buscando solucionar el que en Chile había mucho talento creativo, tecnológico y científico que no se desarrollaba, algo que me causaba mucha frustración, encontré mi nueva causa: desarrollar con más fuerza el talento en Chile.
Nuevamente no tenía muy claro cómo hacerlo, entonces comencé a buscar posibles soluciones. Un día llevé a mis hijos a Kidzania, una ciudad a escala en donde los niños pueden, por medio de juegos de rol, experimentar profesiones en más de 50 empresas reales. Cuando vi la idea de esta ciudad en miniatura y en la que había marcas que pagaban por estar ahí me iluminé en el sentido de que podía construir una ciudad de emprendedores, hacer una fábrica de desarrollo de talento y que las empresas pagarían por estar ahí. Busqué todo lo que pude acerca de Kidzania, del modelo, fui a hablar con mucha gente, no paré de buscar, de reunirme, pedir que me conectaran hasta dar con la persona que había hecho el plan de marketing y había vendido el modelo de Kidzania. Hice un plano de cómo debía ser esta ciudad, y anduve durante mucho tiempo con él para arriba y para abajo mientras buscaba un lugar donde levantar la “ciudad de los emprendedores”, mi fábrica de talento soñada. Mi familia ya me miraba raro con este proyecto que me obsesionaba.
Fui a venderle la idea a mucha gente, varios se motivaron, otros no, pero nadie se comprometió a hacerlo. Pasaron los meses y los años, y mientras trabajaba en otras cosas, yo seguía con la idea. Entre tanto hablar con distintas personas y, por lo mismo, conocer mucha gente, me encontré con Tiburcio de la Cárcova y Macarena Pola, quienes estaban haciendo un lugar colaborativo para desarrollar tecnología, arte, un lugar para hacer explotar la creatividad y la colaboración. Eso me hizo sentido en función de mi sueño, así que me uní a ellos participando del Santiago Maker Space, un lugar ubicado en el Barrio Italia que estaba destinado a que personas innovadoras fueran a trabajar en sus proyectos. Lo único que estas personas debían hacer obligatoriamente era colaborar con quien necesitara de su ayuda. Fue una gran experiencia, se me abrió todo un nuevo conocimiento, aprendí del movimiento Maker –los inventores del siglo XXI– de la colaboración, del open source –trabajar con códigos abiertos– de Arduino y, de cómo colaborando entre distintos se puede prototipar muy barato.
