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Robert Easly, un joven de 22 años que sueña con convertirse en escritor, llega a Nueva York para descubrir que, en la gran ciudad, ni las luces son tan brillantes ni las sombras tan oscuras. Y descubre a Sasha, una alocada drag queen que resulta ser la estrella de "The Works", el mejor lugar donde pasar la noche en el Greenwich Village. Descubre también a Guido, un prostituto que se desliza entre sábanas y recuerdos enterrados. Y a Laura, que anhela llegar a protagonizar su propio Desayuno con diamantes. Robert descubre a Martha, una joven descarada que vive para capturar el momento en una fotografía. Y a Carlos, que prepara las mejores "bombs" de la ciudad. Y a Bonnie, a quien Martha Reeves dijo en una ocasión que tenía la voz muy bonita. ¡Y a Judy Garland! Bueno, no a la cantante, sino a una gata llamada Judy Garland. Y con tanto descubrimiento, en la Nueva York que nunca duerme de 1978… ¿será capaz Robert de descubrirse a sí mismo?
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Seitenzahl: 597
Veröffentlichungsjahr: 2018
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305 ELIZABETH STREET
305 ELIZABETH STREET
© Iván Canet Moreno
© de la imagen de cubiertas: (Fotomontaje) littleny / Shutterstock
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2015.
Editado por: Editorial La Calle
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ISBN: 978-84-16164-56-1
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
IVÁN CANET MORENO
305 ELIZABETH STREET
Introducción Elvira C. García Vidales
Editorial La Calle
ANTEQUERA 2015
A veces pienso qué hubiera pasado con todas las palabras que he leído y he escrito durante estos tres años si el 30 de septiembre de 2012 no hubiera cogido aquel tren a Córdoba. Un tren en el que viajaban decenas de historias ansiando su llegada, y que en silencio, atravesadas por la misma secuencia de paisajes, se iban reflejando en las ventanas, confundiéndose con los rostros marcados por todo tipo de pensamientos.
No es suficiente cerrar o abrir una puerta, una maleta. Un viaje comienza cuando la búsqueda y la espera se entrelazan en nuestro interior, susurrando una hoja de ruta aún no trazada en ningún mapa, porque sólo puede existir con cada paso que damos, con cada decisión que vamos tomando…, asumiendo que, después de éste, jamás podremos volver; jamás seremos las personas que fuimos.
El calor abrazante y el olor a azahar no me sorprendieron: Córdoba no era una desconocida para mí. Pero sí lo era el Iván que conocí en ella, y todas las ciudades que lo habían construido por dentro: Alzira, Valencia, Londres y, por supuesto, Nueva York. Algo hay de búsqueda y de espera también en esos lugares que nos transforman, en esos lugares a los que viajamos. Es más, si me permiten ponerme lingüísticamente quisquillosa, me gustaría que agarrasen fuerte la palabra lugar, porque ésta es una palabra perfecta. Lugar guarda en sus posibles definiciones todas las dimensiones de un viaje: el espacio en sí y el ocupado por uno mismo, el tiempo, la prioridad, la oportunidad.
A mí, como a Iván —fíense, tendrán ocasión de comprobarlo—, nos obsesiona cómo llegamos a ellos; a los que sin saberlo siempre fueron nuestros lugares. El latido llama al latido. Una canción, un pensamiento inesperado, una conversación, la mayoría de las veces un libro, un/a autor/a, un poema —los poetas siempre están al final cuando la poesía debería ir siempre al principio.
Sea cual sea esa sutil semilla, es en ella donde empiezan a planearse las huidas —hacia delante—; huidas que esperan el encuentro con aquello que creemos buscar: ponernos a prueba, llegar al límite desconocido de la existencia. ¡Qué fina se dibuja entonces la línea que separa salir a buscar(se) y la huida! Partir —marcharse o abrirse— esconde el deseo de volver; de volver para volver a vivir. Pero nunca se puede empezar de cero, ¿no es cierto? No se puede, no, porque no se puede repetir el pasado.
Y así, entre tímidos compartires, fueron pasando las primeras semanas cordobesas. Un día de otoño, en el claustro del convento del Corpus Christi en el que convivimos juntos durante diez meses, fue Iván, lo reconozco, quien me invitó a desatender por unos minutos mis angustias creativas y a subir a uno de los inconfundibles taxis amarillos que zigzaguean por las calles de la Gran Manzana. No supe, ni quise, decirle que no —y hasta hoy.
Inesperadamente, Nueva York, la misma que no se encontraba entre mis preferencias en el pasaporte, se descubría entre luces discontinuas y cláxones desgañitados, mientras un —recién nacido— amigo de mirada aniñada y risa contagiosa me contaba las luces y las sombras de aquel lugar que nunca duerme. Lo imaginé como un gran casino que espera los sueños de miles de almas a las que atrapa, generando bajo su cielo una deuda eterna. Y donde sin embargo, a cambio, siempre ofrece la reinvención y la esperanza. La suerte, ya sabéis, tan esquiva y difícil de contentar: a veces de nuestra parte, mejor no tenerla de enemiga.
De pronto, ensimismada, ajena de nuevo en el reflejo de otra ventana, de otra secuencia de paisajes, oí aquella doble voz: <<He venido porque quiero ser escritor>>. Descolocada, volví la vista al interior del taxi. Iván me guiñaba un ojo mientras empezaba a desvanecerse en el asiento y un desconocido Robert Easly ocupaba su lugar —¿Qué hay en un nombre? Si otro nombre le damos a la rosa, con otro nombre nos dará ella su aroma. Su cuerpo estaba conformado de palabras de distintos tamaños, aunque una de ellas destacaba por bombear tinta a todas las demás desde su mano derecha: Héroes.
Robert —como Iván— había sido arrastrado hasta Nueva York (primero), hasta Córdoba (después), bombeado por esa fuerza incontenible y desbordante que te atraviesa y de la que ya no se puede escapar: las palabras. Las palabras… y sus silencios, por supuesto. Porque las palabras también callan y desaparecen, huyen, buscan, encuentran, esperan su lugar en alguna página en blanco donde ser sentido. Y aunque el/la escritor/a en ocasiones no lo comprenda, no les importa el tiempo que tarden en conseguirlo… Y créanme si les digo que para buscarlas y esperarlas hace falta amor… y libertad. Con alas del amor pasé estos muros, al amor no hay obstáculo de piedra y lo que puede amor, amor lo intenta.
Amar las palabras; a todas ellas. ¿Acaso no es inabarcablemente bello que de 27 letras puedan surgir todos los conceptos que rigen nuestra vida, nuestro lugar en el mundo? Precisamente es en los libros donde ese amor cobra su más pleno sentido porque, bajo ese código compartido, se buscan y se esperan —libremente— quien escribe y quien lee…, conociéndose en el más intenso de los silencios, en el más silencioso de los secretos.
Tres años después, sin haber querido renunciar aún al reflejo en la ventana de este taxi —más viejos y leídos, más cómplices, más (re)queridos; eso sí— su voz al otro lado del teléfono ilumina un agosto umbrío al anunciarme que Robert y él están preparados para salir a buscar el lugar más esperado: el alma del lector/a. Por fin, después de incontables neurosis y risas histriónicas, de comas voladoras y amaneceres con sabor a resaca literaria —algunas costumbres sólo empeoran con el paso de los años— los prejuicios iban a ser abandonados en el paragüero de la entrada.Por fin.
Beat. Beat. Beat. ¡Vaya! El taxímetro reclama su parte… Discúlpenme si me he excedido, pero creo que ya es medianoche y me he dejado llevar por las palabras. Esperen, les propongo un trato: pago yo, si se bajan conmigo. Créanme —de nuevo— si les aseguro que ésta y no otra es la parada que buscaban, la parada que estaban esperando: bienvenidos/as al 305 de Elizabeth Street.
ELVIRA C. GARCÍA VIDALES
Residente de la XI Promoción de la Fundación Antonio Gala
305 Elizabeth Street
Parte del proceso de creación de esta novela
fue llevado a cabo durante la residencia del autor
en la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores.
Esa noche pudimos ser héroes.
Siempre contigo en Rockland.
And you want to travel with him,
and you want to travel blind,
and you think maybe you’ll trust him,
for he’s touched your perfect body with his mind.
(Y quieres viajar con él,
quieres viajar a ciegas,
y crees que quizá confiarás en él,
porque ha tocado tu cuerpo perfecto con su mente).
Suzanne
LEONARD COHEN
La primera vez que vi a Guido, al otro lado de la puerta de aquel maltrecho apartamento en el 305 de Elizabeth Street —y aunque sólo se tratase de un instante, apenas unos segundos que transcurrieron con la misma velocidad con la que los taxis atravesaban Times Square de noche, como pequeñas luciérnagas que zumbaban de aquí para allá y dejaban a su paso un rastro irregular de luminiscencia efímera—, no pude dejar de mirar sus ojos. De color acaramelado aunque con una diminuta y casi imperceptible veta verdosa, poseían un extraño y magnético destello que obligaba a quien se cruzaba con ellos a no desviar la mirada en ningún momento. Entonces yo acababa de desembarcar en la ciudad que nunca duerme y todavía me temblaban las piernas —desnudas y algo entumecidas, cabría apuntar— a causa de los acontecimientos a los que me había tenido que enfrentar un par de horas antes en el Washington Square Park: acontecimientos que, si bien cambiaron por completo el rumbo de mi vida, entonces se me antojaron únicamente como una amenaza que la ciudad de los rascacielos no dudaba en enviarme a gritos: «¡Vuélvete a casa, Bay Stater!».
El sonido que quizá más asocio a esa mirada de la que les estoy hablando es la voz grave de Leonard Cohen, de quien en 1979 yo no había oído hablar todavía. De pronto me viene a la memoria una habitación en penumbra y el disco New Skin for the Old Ceremony girando en el tocadiscos mientras Guido enciende un cigarrillo de marihuana de los que solía contener la bolsa de plástico que guardaba en el segundo cajón de su armario. Tumbados en la cama, los dos escuchamos los versos que el Lord Byron del Rock n’ Roll va desgranando lentamente a su querida Janis Joplin mientras dejamos que el humo del cigarrillo vaya nublando los recuerdos y las expectativas, los sueños también. Y como invocado, el magnetismo inexplicable de su mirada altera el curso de la noche, la tensión aumenta por momentos, oculta en los bolsillos de sus vaqueros negros desgastados; algunas calles más allá, las flores de hierro forjado se lamentan del frío en los balcones del Chelsea Hotel.
Ayer, después de la ceremonia, pasé de nuevo por el 305 de Elizabeth Street. La puerta de la calle estaba medio entornada y sentí curiosidad por saber quién vivía ahora en aquel lugar; así que crucé la calle, me acerqué hasta ella y empujé levemente. Al otro lado, lo que antaño solía ser el salón, con su mesa coja y su sofá desvencijado en el que solía dormir cada noche y el montón de la ropa sucia que esperaba en un rincón a que alguien la llevara a la tintorería de Mott Street, se había convertido en un taller de costura ilegal en el que se fabricaban bolsos y carteras de imitación, las mismas que cualquier turista podía encontrar por un par de dólares a lo largo de Canal Street. «¿Qué buscar?», me preguntó de repente un hombre más bien bajo y de ojos rasgados que acababa de salir de la que había sido en otros tiempos la habitación de Guido y que ahora posiblemente acogería un despacho improvisado o un pequeño almacén. Llevaba un bloc de notas en las manos y un lápiz algo grasiento le sobresalía del bolsillo de la camisa. «¿Qué buscar?», volvió a preguntarme al ver que seguía allí en la puerta, en silencio. Me di cuenta de que la pregunta adecuada no era qué estaba buscando, sino qué esperaba encontrar. Negué ligeramente con la cabeza, me di media vuelta y me alejé de allí dirigiéndome hacia Houston Street.
Caminé un par de minutos por Houston y decidí parar un taxi en la esquina con Lafayette. «¿Adónde?», preguntó secamente el conductor. «A la Ochenta y Uno con Colombus, por favor», le indiqué yo al mismo tiempo que cerraba la puerta. El taxista se puso en marcha de inmediato. Al cabo de unos semáforos en rojo me sorprendí al escuchar que en la radio empezaba a sonar Everybody Knows, de Leonard Cohen —la misma sorpresa, quizá, que la de aquella noche de camino al Bellevue cuando en la radio sonaba David Bowie y Sasha obligó al conductor a apagarla—. Extrañas coincidencias que te hacen sospechar que esta vida no va en serio. El conductor me dejó en la puerta del hotel en el que me hospedaba, le pagué la carrera y me bajé del vehículo. Tan pronto como el taxi dobló la esquina avenida abajo, el portero se acercó y me preguntó si me encontraba bien y si necesitaba ayuda. «No, gracias. No se preocupe», contesté. «Está muy pálido, señor Easly», insistió. «Hace demasiado calor», dije antes de cruzar la puerta de la entrada y perderme por el vestíbulo. Era diciembre.
Nada más llegar a la habitación me acerqué a los altavoces que me había regalado mi hijo mayor por Navidad —apenas los había estrenado— y conecté el teléfono. Busqué en la biblioteca musical del dispositivo y seleccioné Chelsea Hotel #2. La música empezó a sonar a medida que yo iba desabotonándome los puños de la camisa enfrente del espejo. «¿Qué buscar?», me dije a mí mismo al ver mi reflejo. Me dirigí al cuarto de baño y abrí el grifo de la bañera. Regresé a la habitación y lancé la camisa sobre la cama; después me acerqué a la ventana y observé Central Park. Al otro lado del parque vivía Martha. ¿Habría heredado la casa de sus padres? ¿Su estilo de vida, quizá? Leonard Cohen seguía llenando la habitación.
Te recuerdo bien… Me dirigí de nuevo hacia el cuarto de baño, me metí en la bañera y rompí a llorar.
—Se la está follando, Robbie. No te quepa la más mínima duda —me dijo Brian con semblante serio a medida que le daba las primeras caladas a su cigarrillo.
El señor Shawn nos acababa de dejar en la puerta de la biblioteca de Pittsfield, un edificio cuya fachada de ladrillo visto y sus ventanas amarillentas por el paso del tiempo le conferían un aspecto viejo y ruinoso, con la promesa de recogernos en un par de horas y llevarnos de vuelta a casa. Brian rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó otro cigarrillo para mí. Aunque yo no había fumado nunca, no dudé ni un segundo en llevármelo a la boca. Brian se acercó con el mechero e intentó encendérmelo.
—Pégale una calada, Robbie, si no estamos haciendo el imbécil —me dijo.
El primer contacto del humo con mi garganta me produjo un extraño cosquilleo, un leve picor que me obligó a toser y, como consecuencia, el cigarrillo se cayó al suelo. Brian lo recogió con una sonrisa y me lo volvió a dar.
—Ya te acostumbrarás.
—¿De dónde los has sacado? —pregunté.
—Los guarda en la guantera del coche. No se dará ni cuenta de que le faltan un par de ellos —Brian dio tres o cuatro caladas más antes de lanzar el cigarrillo a tierra y apagarlo con la suela del zapato—. Se la está follando, Robbie —volvió a decir.
—¿A Lucy, la del quiosco? —Brian asintió. Yo también dejé caer mi cigarrillo al suelo, apenas consumido, y lo apagué—. ¿Cómo lo sabes?
—Lo sé —se limitó a responder—. Viene, se la folla en cualquier hotelucho de tres al cuarto a la entrada de la ciudad y luego regresa a casa como si nada hubiera ocurrido, con una amplia sonrisa y un ramo de rosas para mi madre. Ella las pone en vinagre, ¿sabes? Las rosas. También lo sabe.
—¿Tu madre también lo sabe? ¿Y no le dice nada? —Me sorprendió escuchar aquello. Brian se encogió de hombros.
—Mientras siga dándonos de comer... ¿Qué puede hacer además? ¿Divorciarse? ¿Quedarse sola? ¿Acaso tu madre es feliz así?
—Es distinto —respondí yo de inmediato.
—Tienes razón. Lo siento. Soy un capullo. ¿Entramos?
El vestíbulo de la biblioteca no daba mejor impresión que el exterior: apenas iluminado por un par de viejas y empolvadas lámparas de araña que colgaban temerariamente desde el techo. Tanto Brian como yo teníamos la extraña sensación de haber entrado en el lugar incorrecto, en el momento incorrecto. Por supuesto, estábamos allí porque no teníamos elección. Debíamos investigar, a petición del señor Houston, el decrépito profesor de Historia, acerca de El Motín del Té y qué relación guardaba dicho acontecimiento con los indios mohawk. El señor Shawn, el padre de Brian, al enterarse de dicha tarea, se había ofrecido rápidamente a llevarnos hasta allí en coche, ya que en Lanesborough, nuestro pueblo, no contábamos con biblioteca propia. Disponía así, según su hijo, de una excusa perfecta para perpetrar otra de sus escapadas con Lucy, la del quiosco. Por ello, dos horas más tarde, Brian no se sorprendió al ver que su padre nos esperaba a la salida con el coche en marcha, una amplia sonrisa y un ramo de rosas en el asiento del copiloto; por lo que arqueó las cejas y me susurró al oído antes de subir al vehículo: «Te lo dije».
La biblioteca estaba completamente vacía: un cementerio de libros al que ninguna viuda acudía a rezar a su difunto. Bajo una de las sucias ventanas de la pared que quedaba a la izquierda, se hallaban varios sillones de segunda mano dispuestos en un semicírculo desordenado alrededor de una pequeña mesa baja de madera. Encima de ella, descansaban algunos libros y un par de pequeñas cestas que contenían lápices de colores y folios mal recortados en cuartillas. Brian se acercó, cogió uno de los libros y se fijó en su colorida portada: Las aventuras del conejo Bunny: el huevo de pascua perdido. Se giró y me lo enseñó riéndose.
—No creo que ése sea el libro que andas buscando... —escuchamos de repente.
Brian se apresuró a dejar el libro encima de la mesa y ambos buscamos de dónde había salido aquella voz de mujer, dulce pero imponente. La señorita Taylor apareció de pronto por el estrecho pasillo que se abría entre las estanterías de baldas dobladas por el peso, cargada con más de una decena de libros apilados, y se dirigió a un pequeño escritorio; depositó allí los libros con suavidad y luego se giró para vernos. Y en ese preciso instante, aquella tarde de octubre de 1968, creo recordar que era viernes, al ver a la señorita Taylor, la bibliotecaria de Pittsfield, tuve mi primera erección.
El recuerdo de mi padre todavía me dolía. Poco había podido averiguar acerca de lo ocurrido aquella mañana en la que mi padre decidió abandonar esposa e hijos —a mi hermana Barbra, que por aquel entonces tenía ocho años, y a mí, con tan sólo cinco— y marcharse de Lanesborough sin decir ni adiós; y nada sabía tampoco del motivo por el que lo había hecho. Lo único que conocía de aquella historia era lo que mi madre y mi hermana me habían contado alguna vez: que se despertaron una mañana y al entrar en la cocina, se encontraron con una nota pegada en la puerta del frigorífico en la que se podía leer: «Lo siento. Lo intenté. No me odies demasiado». Mi padre se llevó con él todos los ahorros familiares que contenía el jarro de cristal que mi madre guardaba debajo del fregadero. También se llevó el coche.
Mi madre entró en un extraño estado de letargo que la mantenía en la cama más de lo que ella hubiese querido y que hizo que desatendiera el cuidado de la casa y de sus hijos; pero por fortuna tan sólo duró un par de semanas, quizá tres, y tan pronto como se dio cuenta de que llorar y dormir no iban a traer de vuelta a mi padre, se levantó de la cama y salió de casa con la intención de seguir adelante con nuestras vidas. Encontró un trabajo como ayudanta de la modista del pueblo y los domingos preparaba bizcochos que luego llevaba al restaurante de Tom Affley para que éste los vendiera allí durante la semana. «Saldremos adelante. Ya lo veréis», nos repetía cada vez que la veíamos en la mesa del comedor contando y recontando las monedas ganadas a lo largo del día. Y lo cierto es que sí salimos adelante.
A mi hermana Barbra le costó un poco más superar aquello. Aunque nunca había destacado en la escuela primaria, desde que mi padre nos abandonó, sus resultados empezaron a caer de forma alarmante, hasta el punto en que su profesora, la señora Gracey, recomendó a mi madre que Barbra repitiera curso. Un sentimiento de apatía acompañó desde entonces a mi hermana durante los años siguientes, sentimiento del que no se desprendió hasta que llegó al instituto y conoció a Carl, un bruto jugador de fútbol dos años mayor que ella, mal estudiante y peor persona. Si he de serles sincero, les diré que nunca me cayó bien. Siempre me pareció un cromañón violento y estrecho de miras, uno de esos hombres que se creen muy hombres, que beben cerveza a todas horas, escupen en la calle para acentuar su virilidad y llaman a sus mujeres muñecas mientras las sujetan por la cintura. Carl no era un buen tipo; sin embargo, yo no tenía más remedio que sonreír y guardarme estas reflexiones para mí —y para Brian—. Había visto a Barbra tan apagada durante tantos años que lo único que me importaba entonces era que fuera feliz, aun con Carl. Sin embargo, todo cambiaría aquella fría noche a la puerta de The Works. Pero será mejor que no adelante acontecimientos.
Volviendo al asunto de mi padre, y por lo que a mí respecta, al enterarme de la noticia decidí escaparme de casa. No lloré ni monté en cólera, tampoco grité ni rompí nada: simplemente, eché a correr. No sé por qué, no lo recuerdo bien —sólo tenía cinco años—, pero sí recuerdo que abrí la puerta de la calle y empecé a correr con todas mis fuerzas, sin dirección alguna, eligiendo qué ruta seguir de modo instintivo: ora giro por esta calle, ora sigo recto. No fui muy lejos, tan sólo llegué a la explanada del árbol seco antes de que mi madre me alcanzara. Cuando llegué allí, me detuve, quizá por el cansancio, y observé que había otro niño de mi edad que estaba jugando a la pelota. La pateaba contra el tronco carcomido del árbol seco y ésta rebotaba y volvía a sus pies. De repente se dio cuenta de mi presencia, cogió la pelota en la mano —una pelota marrón de cuero cosido— y se acercó a mí. Su madre estaba hablando unos metros más allá con alguna vecina y apenas le prestaba atención a su hijo. «¿Quieres jugar?», me preguntó, tendiéndome la pelota. Antes de poderle contestar, mi madre me cogió por el brazo y, dándole gracias al cielo y a no sé quién más, me dijo que estaba castigado y me pegó un tirón de oreja en dirección a casa. Mientras subía las escaleras camino de mi habitación, me di cuenta de que no había tenido la oportunidad de preguntarle a aquel niño su nombre. Yo no tenía amigos. En mi calle no había niños: sólo mujeres, algunas casadas, y el viejo señor White. Años más tarde, Brian y yo no podríamos evitar sonreír al recordar la forma en la que nos habíamos visto por primera vez.
Vicky —la señorita Taylor, la bibliotecaria de Pittsfield— era la mujer más guapa que yo había visto en mis doce años y medio de vida, por lo que no era de extrañar que aquella deslumbrante visión me provocara mi primera —y algo avergonzada— erección. Sus cabellos color caoba intenso descendían salvajes, pero con extraña elegancia, hasta la mitad de su espalda, formando sinuosas ondulaciones; y sus ojos negros, tan negros como el plumaje del mirlo, no dudaban en atravesarte y dejarte temblando allí mismo, enfrente de su escritorio repleto de libros y cuadernos abiertos. Tenía la piel ligeramente bronceada y su sonrisa era delicada, pero resuelta.
Aquella tarde Vicky nos ayudó a redactar nuestro trabajo para la clase de Historia del señor Houston —ya saben: El Motín del Té, los Hijos de la Libertad disfrazados de indios mohawk, Inglaterra cabreada, Boston patas arriba… Si me permiten el inciso, no me dirán que no les gustaría ver a cierta exgobernadora de Alaska y a cierta congresista de Minnesota juntas en un mismo escenario y disfrazadas de indios mohawk en defensa de la pervivencia del partido del té. Bien, será mejor que volvamos a Vicky—. Nos sentamos en dos de los sillones que estaban dispuestos en semicírculo y Vicky se llevó los libros que había encima de la mesa baja y las cestas con colores y cuartillas para que pudiéramos trabajar mejor. Mientras ella nos buscaba por las distintas estanterías manuales o enciclopedias que pudieran servirnos, Brian miraba distraído el aleteo de una abeja que entraba y salía por la ventana y yo miraba el grácil contoneo de caderas de Vicky. A pesar del tiempo que perdimos sin escribir una palabra, inmersos en nuestros pensamientos —yo además preocupado por la erección que parecía no tener intención de remitir—, la colaboración de Vicky fue de gran ayuda (incluso nos dibujó dos hombres disfrazados de mohawk, uno por cuaderno) y finalmente conseguimos un notable alto que el señor Houston nos puso a regañadientes —no éramos en absoluto sus alumnos favoritos—.
Al cabo de unos días, tan pronto como transcurrió el fin de semana, eché de menos la compañía de Vicky —no hace falta decir que tal vez también echara de menos lo que dicha compañía provocaba en mi cuerpo—, así que intenté convencer a mi madre para que me llevara a Pittsfield, ya que Brian se había prometido no volver a esa clase de tugurios —identifíquese el tugurio con la biblioteca— salvo en caso de extrema necesidad o petición, bajo amenaza de suspenso, por parte de algún miembro del profesorado. Mi madre, que siempre andaba atareada la pobre, siempre con alguna falda que coser o algún dobladillo que reparar, me dijo que ella no podía llevarme, pero que lo intentara con el viejo señor White, nuestro vecino gruñón y cascarrabias que vivía en el treinta y seis de nuestra calle. Desde que mi padre nos abandonó —hacía ya siete años— el señor White se había empezado a comportar de manera sospechosamente amable con nosotros, y por ese nosotros me refiero especialmente a mi madre, con la que coqueteaba a menudo y de forma descarada. «Se la quiere follar, Robbie», me había advertido Brian, como siempre tan observador y preciso.
Aquella tarde decidí aprovecharme de ese tonteo que mantenía el señor White con mi madre y le pedí que me llevara a Pittsfield. Él me miró fijamente, apoyado contra la jamba de la puerta de entrada de su casa —no me invitó a pasar dentro, nunca antes lo había hecho— y me dijo que no, que aquella tarde no, pero que él iba a visitar a su madre a la residencia, que estaba en Pittsfield, los miércoles y los sábados (era lunes) y que si quería podía ir con él. Me dejaría a la entrada del pueblo y luego me recogería en el mismo lugar una hora más tarde. A falta de otras alternativas mejores, accedí encantado.
Cuando el miércoles entré por la puerta de la biblioteca —la misma sensación extraña al pasar por debajo de las lámparas de araña que se mecían levemente con la brisa que entraba por las ventanas—, Vicky estaba sentada y repasando el registro de préstamos que llevaba en un cuaderno color ocre. Al escuchar mis pasos, levantó la mirada, se quitó las gafas de montura negra —no sabía que las necesitara; el viernes anterior no las llevaba puestas— y sonrió.
—Así que has vuelto, Robert. —Que yo recordara, era la primera persona en mucho tiempo que me llamaba por mi nombre completo. Todos en Lanesborough me conocían por Robbie, el pequeño e inocente Robbie. Pero para Vicky, yo no era Robbie: yo era Robert, y eso me gustó. Me gustó demasiado: tanto que tuve que colocar la mochila delante de mis piernas para ocultar una nueva erección—. ¿De qué se trata esta vez? Déjame adivinar. ¿Matemáticas? ¿Geografía?
—Nada de eso. —Sonreí, e imaginé la cara de bobo que se me habría puesto con esa sonrisa, así que volví al semblante serio y distinguido de Robert, no de Robbie, e intenté mantener la calma y la elegancia que mi nuevo estatus me requería—. Vengo para leer.
—¿Vienes para leer? —Vicky no renunció a la sonrisa—. Pues estás en el lugar idóneo. Siéntate. Te buscaré un par de libros. ¡Ah! —Sacó de repente del primer cajón una pequeña cajetilla de cartón verde repleta de galletitas hexagonales recubiertas de azúcar—. Coge una: están deliciosas. Son de frambuesa.
Después de un par de meses acudiendo todos los miércoles y sábados a la biblioteca de Pittsfield en el destartalado Chevrolet Camaro del señor White, a excepción de aquellas tardes en las que éste se encontraba acatarrado, o con dolor de articulaciones, o simplemente cansado; y después de haber sabido dominar mínimamente las inoportunas y automáticas erecciones que sufría cada vez que veía a Vicky —bueno, no sé si sufrir es el término correcto en este caso—, decidí pedirle a mi bibliotecaria —y era mía, puesto que rara vez la tenía que compartir con alguien más— que me dejara leer libros de verdad, porque ya estaba cansado de esa mierda de literatura para jóvenes que tenían allí. «¡Robert, los modales!», me reprendió ella.
—Está bien —accedió—. Si quieres leer libros de verdad, no seré yo quien te lo impida. Sígueme —me ordenó al mismo tiempo que se levantaba de su escritorio y se encaminaba por el pasillo central que se abría entre las hileras de estanterías.
Caminamos en silencio hasta el extremo más alejado de la puerta y una vez de frente con la última estantería —grandiosa y dividida en segmentos equidistantes, con puertecillas de cristal en cada uno de ellos, que podían cerrarse con llave a pesar de estar abiertas de par en par, con mapas enrollados y fotografías y documentos plastificados— giramos hacia la derecha y nos adentramos en uno de los estrechos pasillos laterales. Vicky se detuvo a la mitad del mismo y dio media vuelta, fijando su mirada en mí.
—Bien, empecemos por aquí. Éste es el pasillo catorce, fácilmente reconocible por el cartel que reposa ahí arriba, en el extremo de la tabla superior de la estantería —Una pequeña cartulina blanca llena de polvo indicaba un número catorce cuyas líneas empezaban a flaquear—. La biblioteca está organizada de la siguiente manera: a la derecha, las estanterías pares; a la izquierda, las impares. Aquella estantería del fondo —señaló la que acabábamos de dejar atrás, la de las puertecillas de cristal— es la estantería quince: la última. Contiene los mapas, los tratados de Cartografía, los documentos topográficos, los manuales de Geografía… No creo que sean de tu interés.
Vicky se giró hacia la estantería que teníamos delante —la catorce— y buscó con el índice un libro. Fue leyendo con gran rapidez los títulos impresos en los lomos de aquellos volúmenes encuadernados hasta que consiguió el que quería: un libro cuyas cubiertas eran rojas como la sangre y cuyo título estaba escrito en letras doradas.
—La estantería catorce alberga la literatura inglesa. Y por literatura inglesa me refiero a la vieja Inglaterra, tierra de reinas. —Vicky me entregó el libro que tenía en sus manos—. ¿Has leído Romeo y Julieta?
—¿Romeo y Julieta? ¿Pretendes que lea Romeo y Julieta? ¡Todo el mundo conoce su historia! ¡Son famosos! —me quejé yo.
—No has contestado a mi pregunta, Robert. —Vicky avanzó un par de pasos más—. Verás, hay dos tipos de lectores: los que leen para conocer la historia que se les cuenta y los que leen la historia que se les cuenta para poder conocer.
—¿Para poder conocer qué? —pregunté yo ingenuamente. Vicky sonrió. (Ella tampoco contestó a mi pregunta).
—Por supuesto, si lo prefieres, hay mucho más Shakespeare que Romeo y Julieta. Aquí tienes El Rey Lear, aquí está Macbeth, ¡cómo no! Seguido de Hamlet, aquí a su lado… El Mercader de Venecia, ¡qué gastado está! No será por su índice de préstamos, eso te lo aseguro… La tormenta…
—¿Sólo tenéis Shakespeare? —pregunté mientras observaba cada uno de los libros que me iba indicando.
—No, por supuesto que no. Aquí. —Dio un par de pasos más— está Wilde. La mitad de los libros de Wilde los tengo yo en mi escritorio. Entre nosotros te diré que soy una enamorada de Wilde. El retrato de Dorian Gray es sumamente inquietante. También tienes El abanico de Lady Windermere o La importancia de llamarse Ernesto. No, este último no está. Lo tendré yo por los cajones. ¿Sabes? Es curioso. Tenemos a Wilde en literatura inglesa, pero lo cierto es que él era irlandés. Supongo que de haber dedicado una estantería a la literatura irlandesa no habrían sabido con qué rellenarla. Sigamos.
Llegamos hasta el final de la estantería antes de detenernos de nuevo.
—Saluda a Charles Dickens, Jane Austen, Charlotte Brontë, Lewis Carroll, sir Conan Doyle… ¡Ian Fleming! Casino Royale puede gustarte. A los chicos os gustan esas cosas, ¿no? Espías, agentes especiales, chicas despampanantes, tramas ocultas…
—Bueno… —dije sin mucho convencimiento.
—Aquí abajo guardamos a los poetas. —Vicky señaló la balda inferior—. Auden. Keats. Elliot. Los poetas siempre están al final cuando la poesía debería ir siempre primero.
Giramos hacia el pasillo anterior.
—Pasillo doce: literatura europea. ¿Qué diantres…? —Vicky parecía haber visto algo en la balda superior, a la que no lograba alcanzar por mucho que estirara el brazo, mucho menos la alcanzaba yo con lo pequeño que era por aquellos entonces.
Vicky trajo consigo la escalera corrediza que había en el extremo de la estantería y subió por ella hasta que cogió un libro y me lo entregó.
—El principito, de Saint-Exupéry. Éste debería estar al alcance de todos y no allá arriba condenado al ostracismo. No dudes en leerlo. Es una pequeña joya. Y el zorro es de lo más encantador…
—¿El principito? ¿Ésta es una novela adulta?
—Querido, cuando vuelvas la próxima vez deja los prejuicios en el paragüero de la entrada —se limitó a contestar con cierta ironía mientras descendía de nuevo la escalera—. ¿Te has fijado en esos ejemplares? Robustos, excelsos… Son los clásicos, por supuesto. Cervantes y su ingenioso hidalgo, Victor Hugo y su miserable Jean Valjean, Homero y su Odiseo aventurero, Dante Alighieri y su descenso a los infiernos… Si quieres una recomendación, espera un poco antes de empezar a leer a los grandes, hasta que puedas al menos sostenerlos en las rodillas sin que éstas peligren por el peso… De lo contrario corres el riesgo de una fractura y, lo que es peor, de llegar a aborrecerlos. Y eso sí que sería una lástima. Una verdadera lástima. Los rusos están allá —señaló hacia el segmento de estantería más cercano a la pared—. Tolstói y Dostoievski. No tenemos muchos más. Por aquí no se aprecia demasiado a los rusos. Tú ya me entiendes —pero yo no la entendí. Claro que por aquel tiempo poco sabía yo de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia, de teléfonos rojos y bahías soviéticas de cochinos.
Seguimos avanzando en nuestro particular tour por la biblioteca.
—El pasillo diez está dedicado a la literatura oriental. El resto de pasillos de la parte derecha están dedicados a la literatura norteamericana. No voy a nombrar a todos los autores que disponemos, así que ¿por qué no te das una vuelta y eliges lo que más te guste? ¡Ah, sí! ¡Gatsby!
Vicky se dirigió al pasillo número cuatro y yo la seguí. Buscó rápidamente entre los libros, como acostumbraba a hacer, sacó un volumen delgado y me lo entregó con una sonrisa.
—No hay nada más clásico y más americano que Gatsby. Scott Fitzgerald es una manera bastante buena de iniciarte en los libros de verdad. —La manera que tuvo de pronunciar libros de verdad sonó ligeramente a burla, pero una burla dulce que no me ofendió en absoluto, más bien al contrario.
Mientras Vicky se dirigía hacia su escritorio, yo me agaché a la balda inferior de aquella estantería y extraje un libro de cubiertas gastadas en negro.
—Jack Kerouac —leí en voz alta—. ¿Quién es Jack Kerouac, Vicky?
Ella se sentó en su silla y apoyó los codos encima de la mesa al mismo tiempo que esbozaba media sonrisa.
—Era cuestión de tiempo, supongo, que encontraras al señor Kerouac. No me sorprende en absoluto. Hay algo de beat en ti, y ya se sabe: el latido llama al latido.
—¿Beat? —pregunté extrañado.
Le di la vuelta al libro, que no era otro que En la carretera, y leí la pequeña sinopsis que había escrita en la contraportada, apenas un par de líneas que describían vagamente los viajes de Sal Paradise y Dean Moriarty a través del país. «La obra definitiva de la Generaciónbeat», rezaba una cita como punto final.
—Nadie puede definir la Generaciónbeat, Robert. Y todos aquellos que afirman lo contrario están equivocados. Créeme —Vicky respondió sin levantar los ojos de uno de sus cuadernos antes de que me diera tiempo a preguntarle—. Venga, cógelo y ven aquí que lo anote en el registro. Y coge también ése delgado que está a su lado.
—¿Cuál? —pregunté mecánicamente.
—¿Qué? Yo no te he dicho nada…
Recuerdo haberme llevado a casa En la carretera, de Jack Kerouac, y haberlo leído en tan sólo una semana, o semana y media. Apenas dormía por las noches, los deberes ya no me preocupaban en absoluto y me pasaba las clases del señor Houston camino de San Francisco, y luego Hollywood, y luego Texas, para volver finalmente a Nueva York y echarme de nuevo a la carretera, esta vez hacia Carolina del Norte. El director Jerrot me llamó a su despacho y se mostró preocupado porque todos los profesores le habían comunicado que mi rendimiento escolar había caído en picado en los últimos días —me imaginé a los profesores reunidos a la hora del recreo, todos con sus agendas y sus notas, escuchando al profesor Key, el de Matemáticas, que había empezado a hablar de forma alterada: «¡Qué más da que un tercio de mis alumnos haya suspendido el examen de ecuaciones! Lo importante es que Robert Easly, el chico callado de la última fila, que nunca da problemas, se ha olvidado de hacer los deberes. ¡Tenemos que actuar rápidamente! De lo contrario, las consecuencias pueden resultar catastróficas a nivel estatal, o nacional… ¡O incluso mundial!»
—Te estás volviendo majara —me comentó Brian cuando le describí la escena—. Tantos libros no te pueden hacer bien. Acabarás amargado, en una casa repleta de gatos histéricos y ninguna chica te querrá. O peor aún… acabarás siendo un marica solitario —Se rio.
—Tú sí que acabarás siendo un marica solitario. —Me defendí.
—Eso es imposible. ¿Sabes por qué? —Brian se acercó a mí hasta el punto que empecé a ponerme nervioso—. Porque si fuera marica me enamoraría de ti y entonces seríamos dos maricas, pero no solitarios —Brian soltó una tremenda carcajada, me dio un empujón y salió corriendo con la intención de que lo persiguiera.
Al llegar a casa esa misma tarde encontré a mi madre en el salón, acabando de marcar con agujas una chaquetilla de color azul claro.
—Robbie, cielo —me llamó antes de que pudiera escaparme escaleras arriba—. He hablado con el director Jerrot. Dice que los profesores están teniendo quejas acerca de tu rendimiento. ¿Qué te ocurre? Tú siempre has sido un buen estudiante. ¿Tienes algún problema? ¿Es…? ¿Es por papá?
—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! No te preocupes, mamá. No me pasa nada.
—Prométeme que te esforzarás más, hijo.
—Te lo prometo —le dije, y acto seguido me marché a mi habitación, cerré la puerta, me lancé sobre la cama, saqué En la carretera y me zambullí de nuevo, esta vez en Saint Louis, Missouri.
Cuando acabé de leer En la carretera algunos días después, supe de inmediato que quería ser escritor. Lo supe tan pronto como le di la vuelta a la última página. Después de En la carretera, llegó Aullido y otros poemas, de Allen Ginsberg, el volumen delgado que Vicky me había animado a coger de manera tan sutil. Sus versos causaron un gran impacto en mí —era la primera vez que leía algo tan descarnado, tan crudo, tan feroz— y aunque en aquellas primeras lecturas no lograba entender todo lo que leía, las páginas de dichos libros no hicieron sino reforzar mi empeño de dedicarme en cuerpo y alma a la literatura.
Le conté a Vicky, al miércoles siguiente, mi propósito de convertirme en escritor. Ella sonrió, abrió el primer cajón del escritorio, sacó la cajetilla de cartón verde que contenía las galletas —esta vez eran de limón— y lo celebramos. Luego, antes de nuestra vuelta por las estanterías en busca de nuevas historias que leer, me deseó la mayor de las suertes.
Me pregunto si algún día encontrará algún ejemplar de esta novela y la leerá, o alguien se la leerá. Me pregunto si aún se acuerda de mí.
Cuando llegó la señora Strauss yo ya había podido leer muchos de los libros que me prohibiría esa vieja harpía. Todo ocurrió durante el verano de 1971. Yo ya había cumplido los quince años, había crecido bastante —lo que comúnmente se denomina pegar el estirón— y por entonces ya medía casi metro setenta y cinco. Me había empezado a salir algo de barba y me preocupaba por afeitármela cada dos o tres días, no demasiado, para que todos pudieran constatar que ya no era un niño, aunque mi madre siguiera empeñada en tratarme como tal. También había solucionado el tema de mi nombre y ahora todos me llamaban Robert, a excepción de Brian que se negaba a dejar de llamarme Robbie —y de hecho, sigue llamándome Robbie a mis 57 años de edad—. Había conocido, hacía unos meses, a una chica llamada Claire y había empezado a tontear con ella. Claire era la hija de los Spencer, uno de los matrimonios vecinos de la calle colindante, y los fines de semana salíamos a dar un paseo o, si convencíamos algún domingo al señor White para que nos llevara a Pittsfield, íbamos al teatro y luego a tomar un helado después de la representación. Solía llevarla a ver Shakespeare. Por aquel tiempo ya me había dado tiempo a leerme gran parte de su obra teatral y me gustaba la cara que se le quedaba a Claire cuando, sentados en una de las mesas de la heladería, le hablaba de tal o cual personaje o valoraba si la representación había sido fiel o no a la obra en cuestión. A ella le gustaba oírme recitar Romeo y Julieta y me lo pedía una y otra vez. Le gustaba que me acercara a su cuello y le susurrara: Con alas del amor pasé estos muros, al amor no hay obstáculo de piedra y lo que puede amor, amor lo intenta. Entonces Claire se estremecía y se giraba con discreción para besarme: casi siempre besos cortos, besos efímeros, un leve contacto entre nuestros labios que acababan separados demasiado pronto. Fue con esta cita de Romeo y Julieta con la que conseguí tocarle las tetas por primera vez. Y me gustó la experiencia, ¡vaya si me gustó!, pero lo cierto es que no pude evitar pensar en cómo sería acariciarle los pechos a Vicky.
El tercer sábado de agosto de aquel año fue cuando me lo dijo. Esperó hasta los últimos cinco minutos, cuando yo ya estaba preparándome para salir de allí.
—Espera, espera un momento… ¿Te vas? ¿Adónde? —le pregunté. No podía creer lo que acababa de escuchar. Vicky no podía irse, no podía abandonar la biblioteca. Lo único amable de aquel lugar era ella y si se marchaba…
—Seattle. Una biblioteca más grande, un horario más reducido, un mejor salario. ¡Me han dicho que hasta tienen una fotocopiadora! No me mires así… No tengo elección.
—Sí, sí que la tienes —le respondí de inmediato.
—¿Ah, sí? —respondió ella con una sonrisa.
—Puedes quedarte. Puedes implantar un sistema de cobro por libro prestado y... podemos hablar con el alcalde de Pittsfield o con quien esté al mando de todo esto y reducir tus horas de trabajo. No creo que nadie se queje, ¿no? Al fin y al cabo, no suele venir mucha gente por aquí. Y podemos también…
—Robert, Robert… —Me cogió las manos—. Me voy.
—¿Y qué pasa conmigo? —Vicky sonrió al escuchar mi pregunta.
—¿Te das cuenta de que parecemos una pareja de enamorados?
—Vicky, yo… —Tragué saliva—. Yo te quiero.
—No, Robert. Tú no me quieres. Tú sientes amor por los libros, no por mí. Yo simplemente he sido una intermediaria.
Me quedé mirando sus ojos negros por un instante. Yo sí la quería, aunque era un sentimiento distinto al que tenía por Claire, o incluso por Brian —aunque entonces no tenía muy claro si un hombre podía querer a otro hombre. Pero Brian no era un hombre: Brian era Brian. Y por Brian sentía amistad, que no amor. Con el tiempo he aprendido que no hay amor más pleno que la profunda y verdadera amistad.
Vicky buscó por encima del escritorio hasta que encontró un sobre cerrado que llevaba mi nombre como destinatario.
—Robert, esto es para ti. —Me lo entregó.
—¿Qué es? —pregunté examinándolo.
—Prométeme que no lo abrirás hasta llegar a casa. ¿Lo prometes? —Asentí—. Y ahora, vete. No querrás hacer esperar a tu vecino, ¿verdad?, ya sabes que no es de buena educación.
Vicky sonrió y así pude disfrutar de su sonrisa por última vez. Me fijé durante unos instantes en sus cabellos color caoba, alborotados sobre sus hombros, deslizándose espalda abajo, también en su piel ligeramente bronceada, en sus delicados labios, y me vino a la memoria lo que sentí la primera vez que la vi. En esta ocasión no tuve ninguna erección —por suerte el periodo de erecciones involuntarias, con la inseparable vergüenza que éstas me producían, ya había quedado atrás—, pero esa especie de electricidad que me hizo temblar enfrente de su escritorio, ese cosquilleo que me recorrió los brazos, eso sí que lo volví a sentir. Y me entristeció saber que, esta vez, se trataba de una despedida.
Cuando salí por la puerta escuché un «hasta pronto, Robert» que me sonó como un «hasta nunca, Robert» y tuve que esforzarme por contener las ganas de llorar. No la volví a ver más. Al cabo de unos días llegó la señora Strauss, una antigua profesora de la escuela primaria de Pittsfield que había sido despedida y nadie sabía el motivo, aunque todos especulaban acerca de ello. La teoría más verosímil y que parecía ganar fuerza con el paso de los días era que la señora Strauss le había lanzado un trozo de tiza a la cabeza de uno de sus alumnos cuando éste no supo decirle la capital del estado de Nuevo México, y que luego lo había cogido por las piernas y lo había lanzado por la ventana —aunque todo el mundo suponía que esta última parte era más un adorno del narrador que un hecho probable.
La señora Strauss no tardó en limpiar el escritorio que solía ser de Vicky y en devolver las obras de Wilde a su estantería. Se deshizo de las galletas que su predecesora solía guardar en el primer cajón y, en su lugar, dejó allí dentro algunas revistas de cotilleos, una cajetilla que contenía bolsitas de té y un surtido generoso de bombones rellenos de licor. Su siguiente medida fue cerrar las ventanas —«las bibliotecas tienen que oler a cerrado», dijo—, ordenar los sillones en una línea recta cuasi perfecta —«sin orden, no hay disciplina; sin disciplina, no hay nada»— y se deshizo de las cestas que contenían los lápices de colores y las cuartillas —«aquí se viene a leer, no a dibujar»—. La primera vez que la vi sentarse en su sillón de bibliotecaria, dejar los pies encima del escritorio, escupir el chicle que estaba mascando en la papelera y llevarse un bombón relleno de licor a la boca, tuve la inequívoca sensación de que todo había cambiado. Y no para mejor.
Cuando el señor White me dejó en casa aquella tarde de agosto de 1971, me encontré con la desagradable sorpresa de que mi madre había organizado una cena familiar, lo que la incluía a ella, a mi hermana Barbra, a mí… y a Carl, convertido en novio oficial y nuevo miembro de la familia. Crucé el pasillo a toda velocidad y subí las escaleras de tres en tres, al mismo tiempo que le anunciaba a mi madre que no me encontraba bien y que no quería cenar. Ella subió al cabo de unos minutos a mi habitación y me insistió para que bajara y me sentara a la mesa, pero le contesté prácticamente lo mismo: que no tenía hambre y que quería estar solo. Mi madre salió de la habitación enfadada y ese enfado pareció contagiar a mi hermana, que veía en mi actitud un desplante hacia su novio. Carl, por el contrario, parecía divertirse con la situación y había adoptado el papel de jovencito encantador. «No se preocupe, señora, es la edad. A los quince años los chicos son una olla a presión. Ya se le pasará», le decía. «No sé qué hacer con él. Desde hace un tiempo está irreconocible», contestaba ella. «Ya lo verá, señora, se le pasará», repetía Carl. «Espero que lleves razón, cielo. Espero que crezca y se convierta en un jovencito tan bien educado como tú. ¡Qué feliz estoy de que tú y mi Barbra os llevéis tan bien!».
Cerré la puerta del dormitorio dando un portazo. Así que mi madre quería que me convirtiera en Carl. «¡Tal vez tenga que empezar a pinchar las ruedas de los coches de los vecinos!», grité hacia la pared. «¡Y a robar latas de cerveza de las tiendas!». Intenté controlar la respiración. Estaba tremendamente alterado y el corazón amenazaba con salirse del pecho y echar a correr calle abajo del mismo modo que había hecho yo a los cinco años. Me lancé encima de la cama y proferí un grito con todas mis fuerzas contra la almohada. Sentía rabia. No, no era rabia; más bien era frustración. Era tristeza. Era esa sensación de abandono. Era ese adiós.
Cuando volví a levantar la cabeza de la almohada, saqué del bolsillo de mi pantalón el sobre que Vicky me había entregado en la biblioteca y estuve mirándolo durante un par de minutos antes de decidirme a abrirlo. Dentro había una pequeña cuartilla como las que había dentro de las cestas que descansaban sobre la mesa baja. Vicky había escrito algo. Era un poema:
Vino para leer. Abiertos están
dos o tres libros; historiadores y poetas.
Pero apenas ha leído diez minutos
cuando los deja a un lado. Sobre un diván
duerme ahora. Ama mucho los libros
—pero tiene veintitrés años, y es hermoso;
y esta tarde el amor atravesó
su carne maravillosa, su boca.
A través de la total belleza
de su cuerpo pasó la fiebre de la voluptuosidad
sin remordimientos ridículos por la forma de ese placer…
Konstantino Kavafis
Lo leí despacio tres o cuatro veces, porque al llegar al octavo o noveno verso los ojos se me llenaban de lágrimas y tenía que detenerme y volver a empezar. Busqué algo más, alguna explicación, alguna despedida… pero allí sólo estaba el poema. Lo leí de nuevo. Vino para leer. Abiertos están dos o tres libros… Aquel miércoles, aquel primer miércoles yo había cruzado la puerta de la biblioteca buscándola a ella. Ella se pensó que tenía que hacer otro trabajo, pero no era así. ¿Qué le dije? «Vengo para leer». Ella sonrió y me preguntó: «¿Vienes para leer?». Vino para leer. De pronto me vi obligado a dejarlo encima de la mesita de noche, a apagar la luz e intentar —inútilmente— dormir un poco. Aquella noche fue larga. Aquella noche fue demasiado larga. Me visitaba, por primera vez, el desengaño.
Tennessee Williams, Truman Capote, Vladimir Nabokov, Henry Miller… son sólo algunos de los centenares de autores que la señora Strauss prohibió a los menores de veintiún años y cuyos libros condenó al exilio, encerrándolos en la gran estantería número quince, la de las puertecillas de cristal, que ahora estaba cerrada con llave. Por supuesto, dicha clasificación impuesta por la nueva bibliotecaria incluía a todos y cada uno de los miembros de la Generación Beat. La señora Strauss estaba convencida de que esos autores no escribían literatura, sino que eran meros propagandistas dedicados a corromper la sociedad norteamericana, empezando por los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Y ya podían oponerse a dicho argumento los mencionados jóvenes, las asociaciones de padres, el claustro de profesores del instituto, el gobernador Sargent o el mismísimo Richard Nixon, que no conseguirían en absoluto que la señora Strauss cediera: aquella era su jurisdicción y, en aquella biblioteca, ella constituía la nueva ley. Lo cierto es que yo fui el único que se quejó de aquello —porque yo era el único que frecuentaba la biblioteca de Pittsfield de forma asidua—, así que aquella era mi guerra, que libraba en batallas diarias de quince minutos que finalizaban cuando la señora Strauss se hartaba de escucharme y se llevaba a la boca otro bombón relleno de licor, al mismo tiempo que regresaba a su revista. Hasta que una tarde, me cansé de discutir.
Era junio de 1972, el periodo escolar estaba a punto de llegar a su fin y se presentaba un prometedor y cálido verano por delante. Convencí a Brian para que me ayudara con mi plan y ambos coincidimos en utilizar «la técnica del New York Times»: un coordinado y astuto mecanismo que inventamos en el verano de 1968 y que desde entonces siempre nos había dado magníficos resultados. «Aunque por culpa de la dichosa técnica mi padre empezó a tirarse a Lucy», gruñía Brian cada vez que lo recordaba. Daños colaterales. La vida es así.
Todo salió a la perfección. Brian entró en la biblioteca y se dirigió al escritorio de la señora Strauss, que estaba inmersa en la lectura de su revista mientras con la mano izquierda removía la bolsita de té que había metido en un vaso de agua. Segundos más tarde, entré yo disimuladamente y me dirigí por el pasillo central hasta la gran estantería número quince, antaño hogar de antiguos mapas y nuevos mundos; ahora convertida en institución penitenciaria para libros peligrosos. Brian tosió con fuerza. Empezaba la acción.
—No te había oído entrar. —La señora Strauss lo miró por encima de su revista—. ¿Querías algo?
—Sí, verá, estaba interesado en leer Trópico de Cáncer, de Henry Miller. ¿No tendrá algún ejemplar en esta biblioteca, por casualidad? —preguntó Brian con tanta inocencia como fue capaz de fingir.
Yo sabía que Trópico de Cáncer era la novela que encabezaba la lista de libros prohibidos que la señora Strauss había confeccionado. La había escuchado refunfuñar mientras sostenía el ejemplar en sus manos. «¡Todavía no entiendo por qué me obligan a guardar una cosa así en esta biblioteca! ¡En qué mundo vivimos! Si fuera por mí, este libro ya estaría completamente calcinado. ¡Lástima de las revisiones trimestrales y de los inventarios! ¡Dichoso gobierno!», gritaba de camino a la estantería-jaula. Yo sabía que la simple mención del título pondría muy nerviosa a la señora Strauss, aunque no sabía por qué, ni qué tenía de especial dicha novela —ya que no había tenido la oportunidad de leerla y no sería hasta años más tarde que podría hacerlo—.
—¿Trópico de cáncer, dices? No creo que tengamos nada parecido por aquí.
—Uno de mis profesores me dijo que sí que la tenían, que él la tomó prestada de aquí hace un par de meses —respondió Brian.
—¿Un profesor, dices? ¿Qué profesor? —La señora Strauss dejó la revista encima del escritorio y le pegó un trago a su vaso de agua en el que apenas había conseguido que la bolsita del té se diluyera.
—El señor… Thompson. El señor Thompson es profesor de Literatura —el señor Thompson era, en realidad, el cartero de Lanesborough.
—Así que el profesor Thompson… Pues lo siento mucho, pero tu profesor se equivoca. En esta biblioteca no disponemos de ningún ejemplar de esa novela. —Le costó pronunciar novela—. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer…
—¡Justo lo que mi profesor me advirtió que diría usted! Pues bien, también me aconsejó que debería ponerle una queja por ser usted una mala bibliotecaria. Así que quiero ponerle una queja. ¡Solicito una hoja de queja, por favor!
La señora Strauss enfureció de repente, estampó la revista contra la pared, se puso de pie de un salto y dirigió su mirada repleta de ira desatada contra Brian, que se esforzaba por disimular la media sonrisilla pícara por haber podido alterar tan fácilmente a la bibliotecaria.
—¡Escúchame bien, jovencito! ¡Esa novela es perversa! ¿Me oyes? ¡Perversa! ¡Este libro fue prohibido cuando se publicó hace años! Sólo los europeos, creo que los franceses exactamente, permitieron que se leyera; pero ya sabemos todos cómo son los franceses, ¿no? Con sus oh là là! y su asquerosa lascivia… Ahora va el Supremo y dice que no hay peligro en leerla…
—¿Y no deberíamos hacerle caso al Supremo?
—¡No! —gritó con fuerza la señora Strauss.
—Pero si el Supremo…
—¡Al diablo con el Supremo! ¿Qué sabrá el Supremo? ¡En esta biblioteca mando yo! ¡Y puedes ponerme una queja o veintiuna que no te dejaré leer Trópico de Cáncer! ¿Me has entendido, jovencito?
—Pero… —seguía discutiendo Brian.
Aproveché la fuerte discusión que ambos estaban teniendo para sacar un pañuelo del bolsillo, envolver mi puño derecho con él y propinarle un golpe contundente en uno de los bordes del cristal, que se rompió en mil esquirlas que cayeron esparcidas por todo el pasillo. Temí por un momento que la señora Strauss hubiera oído el golpe, pero supuse que no había oído nada puesto que seguía gritándole a Brian lo perversa que resultaba dicha novela de Henry Miller. Busqué rápidamente los libros y los encontré en cuestión de segundos: En la carretera y Aullido y otros poemas. ¡Ya eran míos! Pensé en llevarme alguno más, pero rechacé la idea casi de inmediato: aquello no era un robo, sino un acto de rebeldía, de desobediencia civil. Incluso se podía considerar un rescate.
