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Una historia de amor. Una muy especial. No porque la parejita en cuestión sean una chica cis y un varón trans, sino porque la escribió Charo Márquez que sabe escribir humor, alto voltaje sexual y una perspectiva muy particular: Charo puede ser muy analítica, puede construir, por ejemplo, cuando sus personajes se paseen por ese ámbito, escenas de la cotidianidad lésbica con una lucidez que te arranca carcajadas pero sin perder la ternura. También puede hacerte llorar y probablemente llores en alguna parte que no te voy a adelantar. Y seas feliz cuando el amor brille. Que brilla, y mucho, acá. Tenía que pasar: alguien tenía que escribir una novela como esta. Tenemos mucha suerte porque la escribió Charo. Y es la primera de, estoy segura, muchas: esta autora joven y talentosa está apostando con mucha potencia a construir una literatura queer que rompa las etiquetas.
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Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2021
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A mis amigues, siempre en fuga
Agradecimientos:
Debería escribir todo un libro para agradecer a cada persona que es/fue parte de esta novela y de que el texto viera la luz. Les agradezco a Andrea y Marcela por criarme en libertad y con amor en un mundo tan hostil. A Clara Sirvén, por todas las noches escuchando Gardelitos. A cada une de mis amigues que leyó la novela y se tomó el trabajo de mandarme sugerencias, preguntas, correcciones. A Silvina Giaganti por recibirme en su taller en el verano de 2016 y acompañarme a volver a escribir ficción. A Santiago Llach por decirme “che, pero ahí tenés una novela”, un sábado de lluvia en su taller. A Gabriela Cabezón Cámara por la contratapa, y sobre todo por el trabajo de un año escuchando con atención y criticando y sugiriendo con su paciencia infinita. A Lohana Berkins por cambiarme la forma de ver el mundo, por su abrazo y su sabiduría travesti. A Lisa Kerner y Agus Levecchi, quienes después de una lectura en Brandon me ofrecieron publicar y que hicieron lo imposible para que este libro vea la luz y sea tan hermoso como es, gracias infinitas, querides.
Cómo puedo yo parar esto parece no tener final estoy unido, atado con un hiloestoy pegado a vos como por un imán.
Miranda, Imán, 2002
Prólogo
Hay una imagen que me vuelve mientras leo Amores como el nuestro, es más el gesto de una cara en una escena cargada de sentidos. Es la jeta increíble de Charlize Theron manejando ese camión de Mad Max, furia en la carretera, la película de George Miller de 2015, y es un gesto que conocemos bien: mezcla de ira, hartazgo y desencanto.
La novela de Charo Márquez es de amor, ok, pero me gusta más pensar eso como una estrategia: un diseño de romance que cuenta más la forma de una huida, correr para salvar el pellejo de una experiencia con ribetes concentracionarios, la tortura a la que la heteronorma somete a absolutamente todas las maneras de estar en el mundo. Amores como el nuestro es la narración de una contemporaneidad que se dice y se contradice en los cuerpos sobre los que se libra la guerra de sentidos. Quiero decir: la novela de Charo es una de acción, el relato de una escapatoria desde la más oscura burocracia del ser hacia la urgencia por una bocanada de vitalidad a riesgo de casi lo único: ponerse en riesgo. Legión que atraviesa el desierto con la convicción de que no quiere lo que no tiene porque sabe sin saber que toda identidad es una prótesis y que toda certeza de una identidad propia es un sueño falaz.
Dos narradores y un puñado de personajes desencantades, furioses, hartes del cistema, de la obligación a pensarse zonbies en la superficie de un imperio heterosexual y exclusivo. Amores como el nuestro se presenta con una escritura dinámica, un sistema fácil de poner a circular muy cerca de quienes vivimos en una ciudad en este tiempo, un sistema que muestra elípticas de heridas diversas, de insatisfacción, del placer por la comida y por el sexo y también de la mitificación de esos placeres y de la idea de una satisfacción garantizada por un mercado de activos y pasivos que se corresponden a la perfección y por tanto son incapaces de dejarse huella.
Amores como el nuestro es una novela divertida y escrita con gracia afrodisíaca, pero también es una estrategia discursiva que muestra los niveles infinitos de una guerra que se libra en nuestros cuerpos y, claro, por supuesto, en algunos cuerpos mucho más que en otros. Un batallón de subjetividades lastimadas y alegres, de encarnaciones golpeadas que igual le porfían a la fiesta incomprensible, indubitable, insoportable (y ¡ay, preciosa! a pesar del horror), de estar vives.
Julián López
Abrí la puerta del armario en bombacha y remera de dormir. Revolví el estante en el que se arrugaban las polleras y pantalones que usaba cada vez menos. Estaba en busca de un jean negro talle 34 que me había comprado hacía dos meses en un ofertón de la calle Aguirre. Tomé aire y lo sostuve mientras deslizaba mi pierna por el tubo de tela. Llegué hasta la rodilla y empecé con la otra pierna. Es una técnica que fui desarrollando y perfeccionando con los años. En un mundo ideal, todas las prendas tienen un poco de lycra y se expanden siguiendo la forma del cuerpo por más redondeada que esté, en este caso no pasó. Llegué a la cadera y, oh sorpresa, algo ha ocurrido. El pantalón no subía. No era que no me cerraba, no subía más allá de donde empezaba la bombacha. En dos meses la circunferencia de mis piernas había aumentado por lo menos dos talles a fuerza de promo hamburguesa casera doble cheddar con pinta tirada a elección y las mejores papas del barrio. Gracias, emprendedores gastronómicos.
Hasta ese momento sólo había ido a un gimnasio antes de la fiesta de egresados. La convencí a Oriana, que estaba en crisis porque el novio la había dejado llorando por los rincones justo antes de rendir el primer final de la carrera. Nos anotamos en un cuchitril que quedaba a dos cuadras de casa, en un primer piso por una escalera finita y mal iluminada. Cincuenta pesos al mes, abono libre, todo lo que quieran, las clases son por la tarde. Nos anotamos en aerolatino, un ancestro del zumba que ahora puebla los gimnasios barriales, pero con aún menos pretensión estética. La profesora a quien apodamos Marixa y nunca más pudimos recordar su nombre, nos recibió con calzas oxford tiro alto y un top cruzado en la espalda, todo turquesa y negro. Finísimo bailable. Le dio play a una versión remixada de Provócame y mostró la coreo que incluía uso de step, pesitas y volteretas. Era de un nivel de complejidad incomprensible. Al terminar la clase Oriana se había caído una vez y yo dos, estábamos transpiradas nivel sauna gay Oyarbide fotos de Primicia y agotadas. No volvimos a esta clase.
Unos días después fuimos a hacer aparatos. Un chico rubio de sudadera gris cortada en las mangas nos recibió con una tablita con formularios. Nos hizo preguntas de rigor en cuyas respuestas mentí para abajo o para arriba según ameritara. Me agregué centímetros y sumé kilos, para que me diera una rutina más exigente. Veinte minutos de bici, quince de cinta corriendo, diez series de diez abdominales rectos, oblicuos, perpendiculares, sentadillas, y máquinas indistinguibles más allá de su ubicación espacial. Hice exactamente la mitad de cada cosa y mientras Oriana terminaba prolijamente su circuito, me tomé una latita de coca cola que seguía saliendo un peso o un dólar, daba igual.
No solo no volví y mi hermana siguió yendo hasta que se mudó sola. Sino que llegué más gorda a la fiesta de egresados. Hacer ejercicio da hambre, es esperable que te aumente un poco la masa muscular los primeros meses, me mentía a mí misma en el probador de Ona Saez mientras esperaba a que la vendedora me llevara un vestido talle cuatro porque el tres casi se me rompe en la sisa.
Esta entrevista de trabajo era medio clave, necesitaba sumarme un ingreso o de verdad iba a tener que alquilar el cuarto que estaba usando de depósito / escritorio para escribir una tesis que nunca llegó. Me habían ofrecido una columna en un programa que debían escuchar cincuenta personas, pero la radio era pública así que no importaba y pagaban bien. Quería dar la imagen de una geek rockerita medio trasnochada pero que podía llegar a las ocho de la mañana al estudio todos los miércoles y viernes a hablar sobre libros.
Terminé yendo en pollera de jean tipo portafolio con una remera estampada y una campera de cuero, nada que ver con nada, missed match total. No me dieron el laburo. La piba que me entrevistó era una edición petite de Celeste Cid que me hablaba con un posgrado en gestión cultural en una universidad privada y mucha mucha hambre. Salí enojada, incómoda con lo que me había puesto, más pobre y más gorda. Me bajé del subte en el Alto Palermo, atravesé el shopping, con todos sus McDonald’s que me invitaban a merendar como chonguitos ofreciéndome pija y alegría, todas sus vidrieras para escuálidas con cuerpos rectos. Me perdí buscando la entrada interna del entrepiso pero llegué, finalmente, al Megatlon.
¿Tenés alguna tarjeta dorada? ¿Clarín 365? No, pero mi trabajo en blanco tiene convenio, fijate. Sí, efectivamente. Son ochocientos pesos por mes más los doscientos de la matrícula por única vez más los treinta del carnet, a ver ponete acá que te saco la foto, así, mirá a la cámara, muy bien, llená este formulario, tenés que traer un apto médico, podés cancelar la afiliación pero igual se te va a cobrar un año por adelantado en cuotas, ¿sí? Sí, sí, está bien, entiendo, ¿firmo acá? Tomá. Bueno, si querés, ya podés pasar, está por empezar la clase de abdominales en el Salón A, si querés la podés ir a ver, y de paso conocés la sede.
Crucé los molinetes con un código provisorio, mientras subía la escalera sentí el calor sudoroso que bajaba de la sala de las máquinas. Atravesé el piso de bicicletas fijas, cintas, máquinas de remo y escaladores. Televisores con canales de noticias, programas de chimentos y deportes. Oficinistas que usaban su hora de almuerzo para correr al infinito sin moverse de un radio de cinco cuadras de su lugar de trabajo. Madres recientes intentando recuperar la figura y el deseo de un marido que debía estar en otro gimnasio en busca de otro infinito en otro radio de cinco cuadras. En el Salón A, un chico con voz cálida daba indicaciones numéricas. Me sonrió a través del vidrio, ¿venís a probar la clase? En media hora empieza otra. Ah, no, no, solo estoy mirando. Vení, dale, sumate, que hay lugar. Pero no traje ropa. Bueno, mañana doy la misma clase en Belgrano. Pensaba ir ahí, sí. Te espero a las once puntual, eh, traé agua, soy Ema. Valentina, sí, llevo agua.
*
Nos vemos a las diez, ¿eso es con cena o sin?
Sin, Valentina, nadie va a Shanghai a cenar, me dijo Cata con ese tonito de señorita maestra que usaba por whatsapp. Reconozco desde que había confirmado que iba a salir con Ema estaba insoportable y la había bombaradeado con preguntas ridículas. Pero es que ella estaba mucho más metida que yo en el mundo de las citas, con periodistas de rock que no podían pagar una birra, pero por lo menos salía. Yo cada tanto pescaba algo, un alemán haciendo escala de cuarenta y ocho horas hacia el sur. Un casado aburrido que vende espacio publicitario en la revista en la que escribo. ¿Cómo su mujer no iba a estar aburrida si él, con alguien nuevo que se supone que te tiene que despertar toda la calentura e inventiva juntas, me cojió así? Así: rápido, cortito y al pie, nada de explorar las profundidades y bellezas ocultas del cuerpo que se le ofrecía -el mío- sobre el cobertor rojo del telo de Panamericana (vamos a ese, queda cerca y después tengo la bajada de casa al toque. Romanticismo y practicidad no combinan del todo bien).
Bueno, bueno, está bien. Como algo en casa antes de ir. ¿Qué puedo comer? Si como algo con harina blanca me voy a hinchar mucho y me quiero poner el vestido de Desigual verde que me marca un poco… Qué tarada, no me pinté las uñas dije en voz alta. A veces hablo sola, quién no. Pero no en una actitud esquizofrénica porque, como dijo un compañero de escritura hace mucho: la diferencia entre hablar solo común y estar loco es que los demás se den cuenta. Hago muchos esfuerzos porque nadie se de cuenta.
Puse After hours de la Velvet mientras me pintaba las uñas de bordó, my own personal ejercicio de meditación.
Sonó el teléfono. Me abalancé para ver si era un mensaje de Emanuel. Un poco quería que cancelara, por fóbica, porque no me daban ganas de ir a Shanghai porque iba a estar lleno de gente del mundito de publicistas/cm estrellas/periodistas que flashean dirigentes políticos. Pero no, era mi hermana: Valen de mi vida, pasalo lindo. No pienses demasiado. Ponete una bombacha nueva y comprá forros. XOXO.
Fue todo risas hasta que me di cuenta de que no tenía forros. ¿Quería cojer esa noche y con ese chico?
Llegué diez minutos tarde, con la elegancia de un erizo recién bajado del colectivo y una media corrida.
No hay lugar, ¿podés creer? Hola, perdón.
Se me iluminó la cara, nada me parecía mejor que no estar sentada toda la noche enfrente de un desconocido contándole mi vida. Le di un beso demasiado efusivo en el cachete. Bueno, no hay problema, podemos ir a Matienzo, ¿te copa?
Nunca fui… ¿qué onda es?
Yo ya había empezado a caminar hacia Córdoba, frené, lo miré sobre el hombro como Araceli González en una publicidad de los noventa y le dije dale, te va a gustar.
Lo vi caminar y me pareció más bajito de lo que recordaba. Me gustaba igual. Amaba que fuera lampiño y tan delicado en esas clases tortuosas de abdominales. Siempre saludaba a cada alumna con un beso en la mejilla, sabía los nombres de todas, iba cambiando la música según lo que pensaba que nos podía gustar. Para mí siempre ponía Beyoncé y yo me empoderaba, me sentía power nivel who run the world, coreografía en el desierto y hasta hacía las series completas de doce y no los diez que solía hacer.
Esa noche en Matienzo había una fiesta de cumbia. No era el mejor plan del mundo, pero peor era dar vueltas por Plaza Serrano hasta encontrar lugar para sentarse a tomar la birra más cara del mundo. ¿Se acuerdan cuando Plaza Serrano era el meeting point de toda la juventud con algún grado de compromiso estético post 2001 y después íbamos al nuevo Podestá a quejarnos de que el viejo nos gustaba más?
Entramos, saludé a los de la barra un poco por habitué y otro poco por hacerme la habitué.
Compró dos gin tonics (yo no iba a tomar birra, al toque me empiezo a hinchar y mi vestido no estaba para esos trotes). ¿Bailás?, le dije ya moviéndome hacia lo que cuando éramos adolescentes era el centro de la pista. Me abrí la campera de cuero para poder mostrarle un poco las tetas. Empezó a sonar cumbia colombiana y me agarró de la cintura con la mano libre y me guió regio. Unos pasos después dejamos los vasos en una mesa alta, Ema me volvió a agarrar de la cintura y me empezó a hacer mover las piernas, las caderas, los hombros. Nos miramos y sonreímos. Qué acertado no haber ido al bar, me acuerdo que pensé. Además, me sentía tan cómoda con él. Como ya teníamos algo así como confianza corporal de las clases, era mucho más fácil.
Bailamos sin parar durante horas. El Matienzo se había llenado hasta explotar y se había ido vaciando a cuentagotas de treintañeros bien vestidos pero pasados de birra barata. El humo de cigarrillo había copado todo el ambiente y se había retirado hasta dejar paso a algo así como aire puro nuevamente.
Sonaba A los besitos, un tema de Los diablitos que bailé por primera vez en tercer año del colegio en una fiesta en un sótano asqueroso donde los del Buenos Aires vendían el tequila a unpesoundólar con minerva en cucharita y celusal húmeda. Le conté la anécdota a Ema, me sonrió, me dijo que él había ido al Buenos Aires trucho, el de Villa Crespo, nos reímos por haber quedado fuera de la élite, creo que a mí me importaba más que a él aunque ni siquiera intenté dar el examen de ingreso. Desgastaría mis labios en tu piel, me hizo girar, cuando volví, me abrazó, nos besamos. Fue un beso corto. De bocas que no se llegan a abrir del todo. Uno de esos besos en los que es más importante el antes y el después que el beso mismo. Como el primer beso de la vida. Llegó a cubrirme la cara con su mano, a hacerme un mimo con el pulgar sobre la mejilla, casi tocándome la nariz, y me alejé lo suficiente como para poder mirarlo a los ojos.
La cumbia siguió, nosotros seguimos bailando. Besándonos cuando el baile lo permitía. Fui a la barra, él al baño. Tardó un montón en volver. Me tomé medio gin tonic, que ya era como el tercero, en el tiempo en que no estuvo. Cuando volvió estaba como malhumorado.
¿Todo bien?
Sí, sí, me dijo bajando la mirada y dándole un trago largo al gin tonic, no pasa nada. Bailemos, mejor.
¿Seguro? No respondió, se puso a bailar solo y con una actitud medio quedada, menos efusivo. Intenté acercarme para retomar el ritmo divino al que habíamos llegado hacía un ratito pero no hubo caso. Recién unos minutos después, mientras ya me había puesto a mirar el teléfono, se acercó.
Perdoname, linda, perdón. No es fácil.
Lo miré fijo, con los ojos abiertos por el alcohol, no entendía nada. ¿Se sentía mal? ¿Había ido al baño a tomar merca? ¿Qué onda?
Pasa, Valen, que, hizo una pausa. Yo no daba más, ni siquiera estaba enojada, tenía curiosidad. Soy trans y entonces uso los cubículos porque así es más cómodo.
Él siguió hablando, explicándome el tema de la privacidad, pero no escuché nada más después de TRANS. Pensé que había entendido mal o que ser trans era otra cosa de lo que creía. Cuando me di cuenta de que lo que mi cita estaba diciendo era que al nacer el médico había marcado la casilla de femenino, casi me desmayo.
No, nunca me había imaginado saliendo con una persona trans. No tenía del todo claro qué era ni qué implicaba. No sabía hasta qué punto Emanuel se había trans... ¿transformado? No sabía ponerle palabras a lo que me pasaba. Me sentí culpable por sentir que algo me pasaba con esa información, como que me inquietaba. Pero, ¿estar con él contaba como estar con una chica o con un chico? ¿Tendría pito? ¿Tendría tetas? ¿Dónde estaban las tetas?
Él se dio cuenta de que había torrente de pensamientos pasándome por la cabeza. Fuimos al patio para estar más tranquilos. ¿Era desilución? ¿Qué carajo me pasaba? ¿Y si me iba igual con él?
