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"En Áyax, Sófocles nos sumerge en la oscuridad emocional de un héroe herido por el desprecio y la humillación. Ambientada tras la muerte de Aquiles, la tragedia se centra en Áyax, uno de los más valientes guerreros griegos de la Guerra de Troya, quien se siente traicionado cuando las armas de Aquiles son otorgadas a Odiseo, y no a él, como esperaba. Cegado por la ira y humillado ante sus compañeros, Áyax intenta vengarse, pero Atenea lo confunde y termina asesinando ganado en un delirio trágico, creyendo que eran sus enemigos. Cuando recupera la razón, la vergüenza y el deshonor lo conducen a una profunda desesperación que desemboca en su suicidio. El resto de la obra se centra en el debate sobre qué hacer con su cuerpo, poniendo en tensión la justicia, la honra y la reconciliación. Sófocles presenta con maestría el conflicto entre el código de honor heroico y los valores emergentes de una sociedad más racional y política. Áyax es una meditación poderosa sobre la dignidad, el orgullo, la locura y la redención, tan vigente hoy como en la antigua Grecia. Es una de las tragedias más humanas y conmovedoras del repertorio sofocleo."
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Veröffentlichungsjahr: 2026
Áyax
Sófocles
Teatro
Se reconocen los derechos morales de Sófocles.
Obra de dominio público.
Distribución gratuita. Prohibida su venta y distribución en medios ajenos a la Fundación Carlos Slim.
Fundación Carlos Slim
Lago Zúrich. Plaza Carso II. Piso 5. Col. Ampliación Granada C. P. 11529, Ciudad de México. México.
ATENEA
ODISEO
ÁYAX
CORO DE MARINEROS SALAMINIOS
TECMESA
MENSAJERO
TEUCRO
MENELAO
AGAMENÓN<
(La acción tiene lugar en el campamento de los griegos. Odiseo está ante la tienda de Áyax examinando unas huellas fin la arena. Atenea aparece y le habla.) ATENEA.— Siempre te veo, hijo de Laertes, a la caza de alguna treta para apoderarte de tus enemigos También ahora te veo junto a la marina tienda de Ayax en la playa —que ocupa el puesto extremo—, siguiendo desde hace un rato la pista y midiendo las huellas recién impresas de aquél, para conocer si está dentro o no lo está. Tu paso bien te lleva, por tu buen olfato, propio de una perra laconia. En efecto, dentro se encuentra el hombre desde hace un instante, bañadas en sudor su cabeza y sus manos asesinas con la espada. Y no te tomes ya ningún trabajo en escudriñar al otro lado de esta puerta, y sí en decirme por qué tienes ese afán, para que puedas aprenderlo de la que lo sabe.
ODISEO.— ¡Oh voz de Atenea, la más querida para mí de los dioses! ¡Qué claramente, aunque estés fuera de mi vista, escucho tu voz y la capta mi corazón, como el sonido de tirrénica trompeta de abertura broncínea! También en esta ocasión me descubres merodeando al acecho de un enemigo, de Áyax, el del gran escudo. De él, que de ningún otro, sigo el rastro desde hace rato. Pues ha cometido contra nosotros durante esta noche una increíble acción, si es que él es el autor. Nada sabemos con exactitud sino que estamos faltos de datos y yo me he sometido gustoso a esta tarea.
Hemos descubierto, hace poco, destrozadas y muertas todas las reses del botín por obra de mano humana, junto con los guardianes mismos del majadal. Todo el mundo echa la culpa de esto a aquél. Un testigo presencial que lo vio a él solo, dando saltos por la llanura con la espada aún chorreante, me lo cuenta y me lo muestra. Yo, al punto, me lanzo sobre sus huellas y por algunas lo confirmo, pero estoy desconcertado por otras y no puedo saber de quién son. Te has presentado en el momento oportuno; pues en todo, tanto en el pasado como en el futuro, tu mano es la que me guía.
ATENEA.— Yo ya lo sabía, Odiseo, y desde hace rato me puse en tu camino como resuelto guardián de tu persecución.
ODISEO.—Y bien, soberana querida, ¿me afano con algún provecho?
ATENEA.— Sí, pues esas acciones son obra de este hombre.
ODISEO.— ¿Por qué descargó así su mano tan insensatamente?
ATENEA.— Vejado por el resentimiento a causa de las armas de Aquiles.
ODISEO.— ¿Y por qué arremetió contra los rebaños?
ATENEA.— Creyendo que manchaba sus manos en vuestra sangre.
ODISEO.— ¿Conque ésta era su decisión, la de ir contra los Argivos?
ATENEA.— Y, de haberme yo descuidado, hubiera sido llevada a cabo.
ODISEO.— ¿Qué clase de audacia era ésta y qué osadía de ánimo?
ATENEA.— Se lanza contra vosotros solo, durante la noche y con engaños.
ODISEO.— ¿Es que ya estuvo cerca y llegó a su meta?
ATENEA.— Sí, ya estaba junto a las puertas de los dos jefes.
ODISEO.— ¿Y cómo retuvo a su ávida mano del asesinato?
ATENEA.— Yo se lo impedí infundiéndole en sus ojos falsas creencias, de una alegría fatal, y le dirigí contra los rebaños y el botín que, mezclado y sin repartir, guardan los boyeros. Cayendo allí, causó la muerte a hachazos de muchos animales cornudos rompiendo espinazos a su alrededor. Unas veces creía tener a los dos Atridas y que los mataba con su propia mano, otras, que caía contra cualquier otro de los generales. Y cuando nuestro hombre iba y venía preso de furiosa locura, yo le incitaba, le empujaba a la trampa funesta.
Y luego, después que se tomó un descanso en esta faena, habiendo atado a los bueyes que quedaban vivos y a todas las reses, los lleva a la tienda como quien lleva a hombres y no un botín de hermosos cuernos. Y ahora, atados, en su morada los está maltratando.
Te mostraré esta manifiesta locura para que, tras verlo, se lo cuentes a todos los Argivos. Resiste con valor y no recibas a nuestro hombre como una calamidad. Yo haré que las miradas de sus ojos se vuelven a otra parte e impediré que vean tu rostro.
(Dirigiéndose a la entrada de la tienda grita.) ¡Eh, tú, que atas con lazos las manos de los prisioneros a la espalda, te invito a venir aquí! A Áyax estoy llamando. Ven delante de la puerta.
ODISEO.— ¿Qué haces, Atenea? De ningún modo le llames afuera.
ATENEA.— ¿No vas a mantenerte en silencio y dejar de dar muestras de cobardía?
ODISEO.— No, por los dioses, pero es suficiente con que se quede en el interior.
ATENEA.— ¿Qué temes que ocurra? ¿Acaso antes no era éste un hombre?
ODISEO.— Y enemigo del hombre aquí presente por cierto, y ahora aún más.
ATENEA.— Reírse de los enemigos, ¿acaso no es la risa más grata?
ODISEO.— A mí me basta que él se quede en la tienda.
ATENEA.— ¿Temes ver cara a cara a un hombre que está loco?
ODISEO.— No le evitaría por miedo, si estuviera cuerdo.
ATENEA.— Pero es que ahora, ni aunque estés cerca, te verá.
