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"Edipo Rey es una tragedia griega que narra la caída del rey Edipo, quien, en su intento por escapar del destino predicho por los dioses, termina cumpliéndolo sin saberlo. La historia se sitúa en Tebas, donde una terrible peste azota a la ciudad. El pueblo acude al rey Edipo, un soberano admirado por haber resuelto el enigma de la Esfinge, para que salve a la ciudad nuevamente. Edipo promete encontrar al asesino del anterior rey, Layo, para así acabar con la maldición. A medida que investiga, Edipo descubre una serie de verdades perturbadoras: él es el asesino que busca, sin saber que Layo era su padre biológico, y que ha vivido como esposo de su propia madre, Yocasta. La tragedia se consuma con el suicidio de Yocasta y la autoinmolación de Edipo, quien se arranca los ojos como castigo y se exilia voluntariamente. La obra plantea preguntas profundas sobre el destino, la identidad, el conocimiento y la responsabilidad. Sófocles construye una tragedia intensa, donde la verdad, lejos de liberar, destruye. Edipo Rey es una de las tragedias más poderosas de la literatura universal, admirada por su estructura dramática y su impacto emocional."
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Veröffentlichungsjahr: 2026
EDIPO.—¡Oh hijos, nueva decadencia del antiguo Cadmo! ¿Por qué venís apresuradamente a celebrar esta sesión, llevando en vuestras manos los ramos de los suplicantes?[1]. El humo del incienso, los cantos de dolor y los lúgubres gemidos llenan a la vez toda la ciudad. Y yo, creyendo, hijos, que personalmente y no por otros debia enterarme de la causa de todo esto, he venido espontáneamente, yo, a quien todos llamáis el excelso Edipo. Habla, pues, tú, ¡oh anciano!, que natural es que interpretes los sentimientos de todos estos. ¿Cuál es el motivo de esta reunión?
¿Qué teméis? ¿Qué deseáis? Ojalá dependiera de mi voluntad el complaceros; porque insensible seria si no me compadeciera de vuestra actitud suplicante.
SACERDOTE.—Pues, ¡oh poderoso Edipo, rey de mi patria!, ya ves que somos de muy diferente edad cuantos nos hallamos aquí al pie de tus altares. Niños que apenas pueden andar; ancianos sacerdotes
encorvados por la vejez; yo, el sacerdote de Júpiter, y éstos, que son lo más escogido entre la juventud. El resto del pueblo, con los ramos de los suplicantes en las manos, están en la plaza pública, prosternados ante los templos de Minerva y sobre las fatidicas cenizas de Imeno. La ciudad, como tú mismo ves, conmovida tan violentamente por la desgracia, no puede levantar la cabeza del fondo del sangriento torbellino que la revuelve. Los fructiferos gérmenes se secan en los campos; muérense los rebaños que pacen en los prados, y los niños en los pechos de sus madres. Ha invadido la ciudad el dios que la enciende en fiebre: la destructora peste que deja deshabitada la mansión de Cadmo y llena el infierno con nuestras lágrimas y gemidos. No es que yo ni estos jóvenes, que estamos junto a tu hogar, vengamos a implorarte como a un dios, sino porque te juzgamos el primero entre los hombres para socorrernos en la desgracia y para obtener el auxilio de los dioses.
Tú, que recién llegado a la ciudad de Cadmo nos redimiste del tributo que pagábamos a la terrible esfinge, y esto sin haberte enterado nosotros de nada, ni haberte dado ninguna instrucción, sino que solo, con el auxilio divino —así se dice y se cree—, tú fuiste nuestro libertador. Ahora, pues, ¡oh poderosisimo Edipo!, vueltos a tí nuestros ojos, te suplicamos todos que busques remedio a nuestra desgracia, ya sea que hayas oído la voz de algún dios, ya que te hayas aconsejado de algún mor tal; porque sé que casi siempre en los consejos de los hombres de experiencia está el buen éxito de las empresas. ¡Ea! ¡Oh mortal excelentisimo!, salva nuestra ciudad.
¡Anda!, y recibe nuestras bendiciones; y ya que esta tierra te proclama su salvador por tu anterior providencia, que no tengamos que olvidarnos de tu primer beneficio, si después de habernos levantado caemos de nuevo en el abismo. Con los mismos felices auspicios con que entonces nos proporcionaste la bienandanza, dánosla ahora. Siendo soberano de esta tierra, mejor es que la gobiernes bien poblada como ahora está, que no que reines en un desierto; porque de nada sirve una fortaleza o una nave sin soldados o marinos que la gobiernen.
EDIPO.—¡Dignos de lástima sois, hijos míos! Conocidos me son, no ignoro los males cuyo remedio me estáis pidiendo. Sé bien que todos sufrís, aunque de ninguno de vosotros el sufrimiento iguala al mío. Cada uno de vosotros siente su propio dolor y no el de otro; pero mi corazón sufre por mí, por vosotros y por la ciudad; y de tal modo, que no me habéis encontrado entregado al sueño, sino sabed que ya he derramado muchas lágrimas y meditado sobre todos los remedios sugeridos por mis desvelos. Y el único que encontré, después de largas meditaciones, al punto lo puse en ejecución; pues a mi cuñado Creonte, el hijo de Meneceo, lo envié al templo de Delfos para que se informe de los votos o sacrificios que debamos hacer para salvar la ciudad. Y calculando el tiempo de su ausencia, estoy con inquietud por su suerte; pues tarda ya mucho más de lo que debiera. Pero esto no es culpa mía; mas si que lo será si en el momento que llegue no pongo en ejecución todo lo que ordene el dios.
SACERDOTE.—Pues muy a propósito has hablado, porque éstos me indican que ya viene Creonte.
EDIPO.—¡Oh rey Apolo! Ojalá venga con la fortuna salvadora, como lo manifiesta en la alegria de su semblante.
SACERDOTE.—A lo que parece, viene contento; pues de otro modo no llevaria la cabeza coronada con laurel lleno de bayas.
EDIPO.—Pronto lo sabremos, pues ya está a distancia que me pueda oir. Principe, querido cuñado, hijo de Meneceo, ¿qué respuesta nos traes de parte del dios?
CREONTE.—Buena, digo; porque nuestros males, si por una contingencia feliz encontrásemos remedio, se convertirian en bienandanza.
EDIPO.—¿Qué significan esas palabras? Porque ni confianza ni temor me inspira la razón que acabas de indicar.
CREONTE.—Si quieres que lo diga ante todos estos, dispuesto estoy; y si no, entremos en palacio.
EDIPO.—Habla ante todos; pues siento más el dolor de ellos que el mio propio.
CREONTE.—Voy a decir, pues, la respuesta del dios. El rey Apolo ordena de un modo claro que expulsemos de esta tierra al miasma que en ella se está alimentando, y que no aguantemos más un mal que es incurable.
EDIPO.—¿Con qué purificaciones? ¿Qué medio nos librará de la desgracia?
CREONTE.—Desterrando al culpable o purgando con su muerte el asesinato cuya sangre impurifica la ciudad.
EDIPO.—¿A qué hombre se refiere al mencionar ese asesinato?
CREONTE.—Teniamos aqui, ¡oh principe!, un rey llamado Layo, antes de que tú gobernases la ciudad.
EDIPO.—Lo sé porque me lo han dicho; yo nunca lo vi.
CREONTE.—Pues habiendo muerto asesinado, nos manda ahora manifiestamente el oráculo que se castigue a los homicidas.
EDIPO.—¿Dónde están ellos? ¿Cómo encontraremos las huellas de un antiguo crimen tan dificil de probar?
CREONTE.—En esta tierra, ha dicho. Lo que se busca es posible encontrar, así como se nos escapa aquello que descuidamos.
EDIPO.—¿Fue en la ciudad, en el campo o en extranjera tierra donde Layo murió asesinado?
CREONTE.—Se fué, según nos dijo, a consultar con el oráculo, y ya no volvió a casa.
EDIPO.—¿Y no hay ningún mensajero ni compañero de viaje que presenciara el asesinato y cuyo testimonio pudiera servirnos para esclarecer el hecho?
CREONTE.—Han muerto todos, excepto uno, que huyó tan amedrentado, que no sabe decir más que una cosa de todo lo que vió.
EDIPO.—¿Cuál? Pues una sola podría revelarnos muchas, si proporcionara un ligero fundamento a nuestra esperanza.
CREONTE.—Dijo que le asaltaron unos ladrones, y como erän muchos, lo mataron; pues no fué uno solo.
EDIPO.—¿Y cómo el ladrón, si no hubiese sido sobornado por alguien de aqui, habría llegado a tal grado de osadía?
CREONTE.—Eso creiamos aquí; pero en nuestra des gracia no apareció nadie como vengador de la muerte de Layo.
EDIPO.—¿Y qué desgracia, una vez muerto vuestro rey, os impidió descubrir a los asesinos?
CREONTE.—La Esfinge con sus enigmas, que obligándonos a pensar en el remedio de los males presentes, nos hizo olvidar un crimen tan misterioso.
EDIPO.—Pues yo procuraré indagarlo desde su origen. Muy justamente Apolo y dignamente tú habéis manifestado vuestra solicitud por el muerto; de manera que me tendréis siempre en vuestra ayuda para vengar, como es mi deber, a esta ciudad y al mismo tiempo al dios. Y no por mor de un amigo lejano, sino por mí mismo, disiparé las tinieblas que envuelven este crimen. Pues sea cual fuere el que mató a Layo, es posible que también me quiera matar con la misma osadia; de modo que cuanto haga en bien de aquél, lo hago en provecho propio. En seguida, pues, hijos mios, levantaos de vuestros asientos, alzando en alto los ramos suplicantes, y que otro convoque aqui al pueblo de Cadmo, pues yo lo he de averiguar todo; y no hay duda de que o nos salvaremos con el auxilio del dios, o pereceremos.
SACERDOTE.—Levantémonos, hijos, que nuestra venida aquí no tuvo otro objeto que el que éste nos propone. Ojalá Febo, que nos envia este oráculo, sea nuestro salvador y haga cesar la peste.
CORO.—¡Oráculo de Júpiter, que consoladoras palabras tienes!,
¿qué vienes a anunciar a la ilustre Tebas, desde el riquisimo santuario de Delfos? Mi asustado corazón palpita de terror, ¡ay, Delio
Peán!, preguntándome qué suerte tú me reservas, ya para los tiempos presentes, ya para el porvenir. Dímelo, ¡hijo de la dorada Esperanza, oráculo inmortal!
A tí la primera invoco, hija de Júpiter, inmortal Minerva, y a Diana, tu hermana, protectora de esta tierra, que se sienta en el glorioso trono circular de esta plaza, y a Febo, que de lejos hiere. ¡Oh trinidad liberadora de la peste, apareceos en mi auxilio! Si ya otra vez, cuando la anterior calamidad surgió en nuestra ciudad, extinguisteis la extraordinaria fiebre del mal, venid también ahora.
¡Oh dioses!, innumerables desgracias me afligen. Se va arruinando todo el pueblo, y no aparece idea feliz que nos ayude a librarnos del mal. Ni llegan a su madurez los frutos de esta célebre tierra, ni las mujeres pueden soportar los crueles dolores del parto; sino que, como se puede ver, uno tras otro, como pájaros de raudo vuelo y más veloces que devoradora llama, llegan los muertos a la orilla del dios de la muerte, despoblándose la ciudad con tan innumerables defunciones. Los cadáveres insepultos yacen, inspirando lástima, sobre el suelo en que se asienta la muerte; jóvenes esposas y encanecidas madres gimen al pie de los altares implorando remedio a tan aflictiva calamidad. Por todas partes se oyen himnos plañiderou mezclados con gritos de dolor, contra el cual, ¡oh espléndida hija de Júpiter!, envianos saludable remedio. Y a Marte el cruel, que ahora sin hierro ni escudo me destruye acosándome por todas partes, hazle la contra haciendo que se vuelva en fugitiva carrera lejos de la patria, ya se vaya al ancho tálamo de Anfitrita, ya a las inhospitalarias orillas del mar de Tracia; pues ahora en verdad, si la noche me lleva algún consuelo, durante el dia me lo desvanece.
A ése, ¡oh padre Júpiter, que gobiernas la fuerza de encendidos relámpagos!, destrúyelo con tu rayo.
¡Oh dios de Licia! Quisiera que las indomables flechas de tu dorado arco se lanzaran a diestra y siniestra, dirigidas en mi auxilio; y también los encendidos dardos de Diana, con los cuales se lanza a través de las licias montañas. Yo te invoco también, dios de la tiara de oro, que llevas el sobrenombre de esta tierra, vinoso Baco, incitador de gritos de orgia, compañero de las Ménadas: ven con tu
resplandeciente y encendida tea, contra el dios que es deshonra entre los dioses.
EDIPO.—He oído tu súplica; y si quieres prestar atención y obediencia a mis palabras y ayudarme a combatir la peste, podrás conseguir la defensa y alivio de tus males. Yo voy a hablar como si nada supiera de todo lo que se dice, ajeno como estoy del crimen.
