13,99 €
"Electra es una poderosa tragedia griega escrita por Sófocles que explora los límites de la lealtad familiar, la justicia y la venganza. Ambientada en el palacio de Micenas, la historia sigue a Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra, quien vive consumida por el dolor y el rencor tras el asesinato de su padre a manos de su madre y su amante, Egisto. Electra, aislada y humillada, mantiene viva la llama del duelo mientras espera el regreso de su hermano Orestes, exiliado desde niño. La esperanza de justicia y redención llega cuando Orestes vuelve en secreto, dispuesto a vengar la muerte de su padre. Juntos, planean un acto de justicia brutal que los enfrentará no solo a sus enemigos, sino también a los dilemas morales que encierra el concepto de justicia divina y humana. A través de diálogos intensos y emociones extremas, Sófocles presenta una protagonista femenina profundamente compleja, que encarna tanto la víctima como la fuerza vengadora. Electra es una obra que resuena con los temas eternos de la culpa, el deber y el sacrificio, interpelando al lector moderno con preguntas sobre la ética, el dolor y los límites de la justicia."
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2026
(La escena tiene lugar ante el palacio real de Micenas. Desde allí se divisa la llanura de la Argólide. Está amaneciendo.)
PEDAGOGO. —¡Oh hijo de Agamenón, el que en otro tiempo estuvo al frente del ejército en Troya! Ahora te es posible— pues estás presente —contemplar aquello que siempre deseabas. Esta es la antigua Argos que anhelabas, recinto sagrado de la doncella, hija de Ínaco[1], la fustigada por el tábano. Aquí, Orestes, la plaza licia del dios matador de lobos. Este de la izquierda es el famoso templo de Hera. Desde este lugar, adonde hemos llegado, puedes afirmar que ves Micenas, la rica en oro. Y he ahí el palacio de los Pelópidas[2], desolado por los crímenes, de donde en otro tiempo te saqué después del asesinato de tu padre, habiéndote recibido de manos de tu hermana, la que lleva tu misma sangre, y poniéndote a salvo, te alimenté hasta tanto llegaras a la edad de ser vengador de la muerte de tu padre. Y ahora, ciertamente, Orestes y tú, Pílades, el más querido de los huéspedes, debéis tomar pronto una decisión sobre lo que tenéis que hacer, porque el brillante resplandor del sol provoca los cantos matutinos de las aves, nítidos ya, y la negra noche llena de estrellas nos ha abandonado. Antes de que alguna persona salga del palacio hay que ponernos de acuerdo, pues estamos llegando a un punto en el que ya no hay ocasión de dudar, sino que es momento de pasar a la acción.
ORESTES. —¡Oh el más querido de los servidores! ¡Cómo me das claras muestras de tu lealtad hacia nosotros! Pues, como un caballo de buena raza, aun siendo viejo, no pierde el coraje en los peligros, sino que yergue las orejas, así también tú nos alientas y tú mismo sigues estando entre los primeros. Por tanto, te revelaré lo que he resuelto, y tú, prestando oído atento a mis palabras, corrígeme si en algo no me ajusto a lo que en este momento conviene.
Cuando yo llegué al oráculo pítico para conocer de qué modo vengaría a mi padre de sus asesinos, me responde Febo lo que al punto conocerás: que yo mismo, desprovisto de escudo y de ejército, con astucias, tramara las muertes justicieras por mi mano. Así, después que hemos oído tal oráculo, cuando se presente la ocasión, entra en palacio y trata de enterarte de todo lo que sucede, para que, una vez conocedor de ello, me lo comuniques claramente. No te reconocerán por tu vejez y por el largo tiempo pasado, ni sospecharán a causa del cabello cano.
Dirás lo siguiente: que eres extranjero, de Focea, que vienes de parte de Fanoteo, porque casualmente este es el mejor de sus amigos. Anuncia, reforzándolo con un juramento, que ha muerto Orestes debido a un fatal accidente, al rodar desde el carro en marcha durante los juegos píticos. Sea este tu relato. Nosotros, según lo ordenado, tras adornar la tumba de mi padre con libaciones y rizos cortados de la cabeza, volveremos de nuevo, sosteniendo en las manos la urna de paredes broncíneas que tú sabes tengo oculta entre unas matas, para, después de engañarles con esta historia, llevarles la dulce noticia de que mi cuerpo ha perecido, consumido por el fuego y convertido en polvo. ¿Por qué ha de inquietarme esto cuando, muerto de palabra, estoy de hecho vivo y voy a obtener fama con ello?
Pues me parece que ningún discurso que comporta provecho es malo. En efecto, he visto varias veces que, incluso los sabios, mueren falsamente de palabra, y después, cuando vuelven otra vez a casa, son aún más honrados. Así también yo me jacto de que, como resultado de esta noticia, brillaré vivo entre mis enemigos como una estrella.
Conque, ¡oh tierra patria y dioses locales!, recibidme victorioso en estos caminos, y tú, palacio paterno, pues vengo para purificarte según la justicia, impulsado por los dioses. Y no me expulséis de esta tierra sin honra, sino recibidme dueño de mi fortuna y restablecedor del palacio. Yo ya he hablado; ahora tú, anciano, ve y preocúpate de cumplir tu deber. Nosotros dos partimos. Este es el momento oportuno y esto constituye precisamente la mayor protección en toda empresa para los hombres.
ELECTRA. —(Dentro de palacio.) ¡Ay de mí! ¡Infortunada de mí!
PEDAGOGO. —Me ha parecido, hijo, oír dentro, a través de las puertas, el gemido de algún servidor.
ORESTES. —¿No será acaso la desgraciada Electra? ¿Quieres que permanezcamos aquí y que escuchemos sus lamentos?
PEDAGOGO. —En modo alguno. No emprendamos nada antes de realizar las órdenes de Loxias[3]. De acuerdo con ellas, comencemos derramando libaciones por tu padre. Pues ello nos traerá la victoria y el dominio de las acciones emprendidas.
(Abandonan la escena los tres personajes y se presenta Electra.)
ELECTRA. —¡Oh luz inocente y aire que recubres por igual a la tierra! Muchas veces escuchaste cantos de duelo y muchas percibiste golpes en el pecho que me hacían brotar sangre, cuando la sombría noche terminaba. Los odiosos lechos de esta casa desdichada son ya conocedores de lo que ocurre durante la noche: cuántas veces gimo por mi infortunado padre, a quien el sangriento Ares[4] no recibió como huésped en tierra extranjera, sino que mi madre y el que comparte su lecho, Egisto, como leñadores a un árbol, le abrieron la cabeza con asesina hacha.
Y ningún lamento ante estos hechos parte de otro que no sea yo, por ti, padre, tan injusta y lastimosamente muerto. Pero, ciertamente, no cesaré en duelos y en sombríos lloros mientras vea los resplandecientes centelleos de las estrellas y la luz del día. No dejaré de hacer oír a todos el sonido de mi queja —cual ruiseñor que ha perdido a su hijo— en un plañido lastimero ante estas puertas paternas.
¡Oh morada de Hades y Perséfone! ¡Oh Hermes, que conduces a los infiernos, y venerable Maldición! Erinias, ilustres hijas de los dioses, que contempláis a los que han muerto injustamente, a los que han sido engañados en sus lechos, venid, socorredme, vengad el asesinato de mi padre y haced venir a mi hermano, pues sola no soy capaz de llevar equilibrado el peso de la pena que cargo al otro lado.
(Entra el Coro compuesto de mujeres de Micenas.)
ESTROFA 1.ª
CORO. —¡Oh hija, hija de la más miserable madre, Electra! ¿En qué incesante lamento siempre te consumes por Agamenón, hace tiempo atrapado con engaños, impíamente, por falaz madre, traicionado por infame mano? ¡Cómo desearía que muriera el que ha causado esto, si me está permitido gritarlo!
ELECTRA. —¡Oh pueblo de noble raza! Habéis venido como consuelo de mis sufrimientos, me doy cuenta, soy consciente, no me pasa inadvertido. Pero no quiero descuidar esto: dejar de gemir por mi infortunado padre. ¡Oh vosotras que me respondéis con el agradecimiento de una total amistad! Dejadme que así vague de un lado a otro, ¡ah, ah!, os lo suplico.
ANTÍSTROFA 1.ª
CORO. —Pero no sacarás a tu padre de la laguna común a todos, del Hades, ni con gemidos ni con súplicas, sino que, abandonando la mesura, te destrozas en un dolor irremediable lamentándote siempre, sin encontrar en ello ninguna liberación de las desgracias. ¿Por qué no te evades de las aflicciones?
ELECTRA. —Insensato el que olvida a un padre que se ha ido de manera tan lamentable; mas, en cuanto a mi, es grato a mi pensamiento el pájaro que, turbado, se lamenta; el que constantemente se lamenta por Itis, por Itis, mensajero de Zeus. ¡Ah, Níobe, colmada de desgracias!, yo a ti te tengo por diosa, tú que en una roca que te sirve de tumba, ¡ay, ay!, lloras.
ESTROFA 2.ª
CORO. —No se te mostró sólo a ti entre los mortales, hija, el dolor. En esto tú te muestras más desmesurada que los que están dentro, con los que convives y son de la misma sangre por el nacimiento; de otra manera viven Crisótemis e Ifianasa[5]. Y en un lugar escondido para las penas, feliz en la juventud, Orestes, a quien la ilustre tierra de Micenas recibirá un día como a un bien nacido, cuando venga por gozosa resolución de Zeus.
ELECTRA. —A este yo, esperando incansable, sin hijos, infeliz, sin casamiento, siempre aguardo, bañada en lágrimas, con un destino de males sin fin. Pero él olvida las cosas que experimentó y aquello de lo que se ha enterado. Pues, ¿qué noticia me ha llegado que no haya sido falsa? Siente añoranza, pero, a pesar de ello, no considera oportuno dejarse ver.
ANTÍSTROFA 2.ª
CORO. —Ten confianza en mí; confía, hija. Aún está en el cielo el que observa y gobierna todas las cosas, el gran Zeus, a quien, si le transfieres el penosísimo resentimiento, ni estarás apenada en exceso por los que odias, ni los tendrás en olvido. Porque el Tiempo es divinidad que todo lo arregla, y ni el hijo de Agamenón, que está en la costa donde pacen bueyes, en Crisa, es indiferente, ni el dios que reina junto al Aqueronte[6].
ELECTRA. —Pero una gran parte de mi vida se me ha quedado ya atrás, sin que se cumplan mis esperanzas. Y no resisto más, yo que sin padres me consumo, sin que ninguna persona amiga proteja, sino que, igual que una extranjera indigna, soy una administradora de la casa de mi padre. Así, con indecoroso vestido, vago en tomo a mesas vacías.
ESTROFA 3.ª
CORO. —Grito quejumbroso tras el regreso, quejumbroso también en el lecho paterno, cuando fue contra él lanzado el golpe frontal del hacha broncínea. Engaño fue el consejero, amor quien lo mató tras engendrar de manera terrible una terrible apariencia, ya sea una divinidad, ya un mortal el que ha realizado eso.
ELECTRA. —¡Oh día aquel en que te presentaste a mí como el más odioso de todos! ¡Oh noche! ¡Oh terrible aflicción del banquete inenarrable! Mi padre conoció la vergonzosa muerte por las mismas dos manos que se han apoderado de mi vida convirtiéndola en cautiva. Me han destruido; a ellos el gran dios del Olimpo quiera procurarles el padecimiento de penas vengadoras, y ojalá no disfruten del triunfo tras haber cometido tales actos.
ANTÍSTROFA 3.ª
CORO. —Reflexiona y no sigas adelante en tus palabras. ¿No te das cuenta de qué argumentos te vales ahora para precipitarte ignominiosamente hacia tu propia desgracia? ¿Te has procurado algo mejor que desgracias al originar siempre disputas por tu ánimo malhumorado? Pues tales cosas no son para discutir con los poderosos, en el trato con ellos.
ELECTRA. —Por terribles circunstancias he sido forzada, por terribles circunstancias. Lo sé, soy consciente de mi cólera. Pero ni en ellas refrenaré esta obstinada actitud mientras tenga vida. Porque, ¿a quién, oh linaje querido, podría yo escuchar un consejo oportuno? ¿A quién que razone convenientemente? Dejadme, dejadme, consoladoras mías. Esto ha de ser considerado irremediable. Nunca pondré fin a mis sufrimientos y habrá un sinnúmero de lamentaciones.
EPODO.
CORO. —Pero es con ánimo benevolente, como una madre leal, como te digo que no engendres desgracia sobre desgracia.
ELECTRA. —¿Y cuál es la medida de la maldad? ¡Ea!, dilo. ¿Cómo puede ser bueno despreocuparse de los que han muerto? ¿En qué hombre se ha engendrado esta idea? ¡Ojalá no sea yo estimada entre estos, ni habite con ellos satisfecha si estoy en la verdad, dejando de lanzar al aire agudos lamentos que dan honra a mi padre!
Pues si el muerto, siendo polvo y nada, ha de yacer desgraciado, y ellos, en cambio, no pagan las penas que son precio de su muerte, se podría perder el respeto y la piedad en todos los mortales.
CORIFEO. —Yo, hija, he venido procurando por lo tuyo tanto como por lo mío. Y si no hablo con sensatez, prevalezca tu opinión. Nosotras te seguiremos.
ELECTRA. —Siento vergüenza, mujeres, de pareceros que estoy demasiado afligida por mis muchos gemidos, pero la fuerza de los hechos me obliga a hacerlo. Disculpadme. Mas ¿cómo la mujer que es bien nacida no haría esto al ver las desgracias paternas? Desgracias que, más que declinar, veo yo crecer incesantemente de día y de noche. Y así, primeramente, las relaciones con la madre que me engendró han resultado aborrecibles. Además, vivo en mi propia casa con los asesinos de mi padre y por ellos soy dominada y en ellos está el que yo reciba algo o, del mismo modo, que quede privada de ello.
