Filoctetes - Sófocles - E-Book

Filoctetes E-Book

Sófocles

0,0
13,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

"Filoctetes es una tragedia griega escrita por Sófocles que aborda el conflicto entre deber, ética y sufrimiento humano. Ambientada durante la guerra de Troya, la obra narra el drama de Filoctetes, un arquero griego abandonado en la isla desierta de Lemnos por sus propios compañeros tras una dolorosa herida en el pie, causada por una mordedura de serpiente. Su llaga, insoportable y maloliente, lo convirtió en una carga para el ejército aqueo. Años más tarde, un oráculo predice que la victoria en Troya solo será posible si el arco de Heracles, en posesión de Filoctetes, entra en combate. Ulises y Neoptólemo, el joven hijo de Aquiles, son enviados para recuperarlo. La tensión crece cuando Neoptólemo, aunque reticente, debe engañar al dolido Filoctetes para arrebatarle el arma. La obra explora las consecuencias de la traición, la dignidad del sufrimiento, la integridad moral y la redención. Filoctetes encarna la figura del héroe marginado cuya verdad personal desafía la lógica militar. La intervención divina final, a través de Heracles, restaura el orden y ofrece una salida honorable al conflicto."

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2026

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



FILOCTETES
PERSONAJES DE LA TRAGEDIA

Ulises.Neoptólemo.Coro.Filoctetes.

Un Espía, que se presenta como mercader.

Hércules.

Ulises.—Esta es la orilla de la aislada tierra de Lemnos, no pisada de mortales ni habitada, en la cual —¡oh niño Neoptólemo, hijo de Aquiles, el padre más valiente que ha habido entre los griegos!— dejé yo abandonado hace tiempo al hijo del meliense Peante, cumpliendo el mandato que de hacerlo así me dieron los jefes; pues de la llaga que le devoraba le destilaba el pie gota a gota, y no nos dejaba celebrar tranquilamente ni las libaciones ni los sacrificios, porque con sus fieras maldiciones llenaba todo el campamento, vociferando y dando desgarradores lamentos. Pero estas cosas, ¿qué necesidad hay de referirlas? El momento, pues, no es para largos discursos, no sea que él se entere de que he llegado yo y echemos a perder toda mi habilidad, con la que pronto lo engañaremos, según creo. Deber tuyo es ayudarme en lo demás y buscar el sitio en que hay una cavernosa roca de dos bocas, dispuesta de tal manera que mientras en invierno proporciona dos asentadas al sol, en verano lleva la brisa dulce sueño al pasar por la horadada caverna. Y un poco más abajo, hacia la izquierda, pronto verás una fuente de agua potable, si es que todavía persiste, Acércate cautelosamente y dime con señas si en ese mismo lugar está el hombre, o si se halla en otra parte, para que oigas las restantes advertencias que yo te expondré, con el fin de que procedamos de acuerdo.

Neoptólemo.—Rey Ulises, para averiguar lo que me mandas no he de ir lejos, pues creo que tal como dices es el antro que estoy viendo.

Ulises.—¿Hacia la parte de arriba o la de abajo?; pues yo no distingo.

Neoptólemo.—Aquí arriba; y de pasos no se oye ningún ruido.

Ulises.—Mira si duerme, no sea que se halle echado.

Neoptólemo.—Veo vacía la habitación, sin hombre alguno.

Ulises.—Y no hay dentro comodidad alguna que la haga habitable?

Neoptólemo.—Un apelmazado montón de hojas, como si en él durmiera alguien.

Ulises.—¿Y todo lo demás vacío, sin que haya nada ahí dentro?

Neoptólemo.—Un vaso de madera, obra de algún hombre inhábil; y junto a él, astillas de las que sirven para encender fuego frotando.

Ulises.—De él es todo ese menaje que me indicas.

Neoptólemo.—¡Ay, ay! Aquí veo unos andrajos que se están secando, llenos de asqueroso pus.

Ulises.—El hombre habita en estos lugares, no hay duda, y está no lejos de aquí. Pues cómo es posible que enfermo ese hombre del pie, con esa crónica llaga pueda andar lejos? Así que, o se ha salido a buscarse alimento, o ver si en alguna parte encuentra alguna hoja que le calme el dolor. A ese que te acompaña envíalo a que lo busque, no sea que, sin darme yo cuenta, caiga sobre mí; pues mucho más quisiera él apoderarse de mí que de todos los demás griegos.

Neoptólemo.—Ya se va, y vigilará bien la senda. Tú, si algo necesitas, manda de nuevo.

Ulises.—¡Hijo de Aquiles!, para lo que aquí has venido es preciso que demuestres valor, no sólo con tu brazo, sino también que si me oyes algo nuevo que antes no hayas oído, te sometas a ello como ayudante mío que eres.

Neoptólemo.—¿Qué más me ordentas?

Ulises.—A Filoctetes es preciso que le engañes con tus razonamientos. Cuando te pregunte quién eres y de dónde vienes, dile que hijo de Aquiles —esto no has de ocultarlo— que navegas hacia tu casa, habiendo abandonado el campamento naval de los aqueos, a quienes tienes rencoroso odio, porque después de haberte pedido con súplicas que hicieras el viaje desde tu patria, como que tú eras el único recurso que tenían para la toma de Troya, al llegar a ella no se dignaron darte las armas de Aquiles que con justicia pedías, sino que se las concedieron a Ulises; y le dices de mi cuanto quieras, hasta las más estupendas infamias. De ellas ninguna me apenará; pues si no haces esto, ocasionarás daño a todos los argivos. Porque si no te apoderas del arco de este, no te va a ser posible destruir la ciudad de Dárdano. Y que yo no pueda, pero tú si, mantener con éste conversación que le merezca fe y nos dé seguro resultado, vas a verlo. Tú has atravesado el mar sin obligarte con juramento, ni por necesidad; no eres tampoco de la primera expedición. Yo, de todo esto, nada puedo negar. De manera que si él, en posesión de su arco, me llega a ver, estoy perdido y te pierdo a tí a la vez. Por esto mismo es menester que emplees mucha astucia para que le quites esas invencibles armes. Yo bien sé, hijo, que por tu índole no eres a propósito para decir mentiras ni cometer villanías; pero ya que dulce cosa es alcanzar la victoria, atrévete a ello; que en adelante ya procuraremos ser sinceros, Pero ahora déjate llevar de mí, arrinconando la vergüenza durante una pequeña parte del día; y luego, en adelante, procura que te llamen el más virtuoso de todos los hombres.

Neoptólemo.—Yo, en verdad, hijo de Laertes, aquello que en conversación no me gusta oir, es lo que tengo horror de hacer; pues soy de índole tal, que no puedo hacer nada valiéndome de malas artes; ni tampoco, según dicen, el padre que me engendró. Pero estoy dispuesto a llevarme por la fuerza a este hombre y no con engaños; pues él con un solo pie, siendo nosotros tantos como somos, no podrá dominarnos a la fuerza. En verdad que habiendo venido como ayudante tuyo, temo que me llamen traidor; pero prefiero, ¡oh rey!, no alcanzar buen éxito por proceder honradamente, a triunfar con malos medios.

Ulises.—De noble padre has nacido, niño; yo también, cuando era joven, dejaba la lengua ociosa y hacia obrar a la mano; mas ahora, al tocar la realidad, veo que entre los hombres, la lengua, no el trabajo, es la que todo lo gobierna.

Neoptólemo.—¿Qué es, pues, lo que me mandas, sino que diga mentiras?

Ulises.—Te digo que te apoderes de Filoctetes con astucia.

Neoptólemo.—¿Y por qué le he de tratar con engaño, mejor que convenciéndolo?

Ulises.—Porque temo que no te crea; y a la fuerza, no podrás llevarlo.

Neoptólemo.—¿Tan temible es la confianza que en su fuerza tiene?

Ulises.—Tiene flechas certeras que ante sí llevan la muerte.

Neoptólemo.—Luego con él, ni siquiera riñendo hay confianza de triunfo?

Ulises.—No, si no lo coges con engaño, como te he dicho.

Neoptólemo.—¿No crees vergonzoso el decir mentiras?

Ulises.—No, si la mentira nos lleva la salvación.

Neoptólemo.—¿Cómo un hombre sensato se atreverá a decir eso?

Ulises.—Siempre que obres en provecho propio, no debes vacilar.

Neoptólemo.—Y para mí, qué provecho hay en que éste venga a Troya?

Ulises.—Sus flechas son las únicas que pueden tomar a Troya.

Neoptólemo.—Pues quien la ha de destruir, según se dijo, ¿no soy yo?

Ulises.—Ni puedes tú sin ellas, ni ellas sin tí.

Neoptólemo.—Pues nos hemos de apoderar de ellas, si así es.

Ulises.—Como que haciendo eso te llevarás dos premios.

Neoptólemo.—¿Cuáles? Dimelo, que no me negaré a hacerlo.

Ulises.—Sagaz y valiente serás llamado a la vez.

Neoptólemo.—Vaya, lo haré, sacudiéndome toda la vergüenza.

Ulises.—¿Te acuerdas bien de todo lo que te he advertido?

Neoptólemo.—Bien, créelo, aunque una sola vez lo ol.

Ulises.—Pues estate tú aqui para esperarle; yo me voy, no sea que me vea si me quedo, y enviaré de nuevo al espia hacia la nave. Y si me parece que tardáis demasiado tiempo, te mandaré otra vez aqui a ese mismo hornbre, disfrazado con traje de marinero, para que pueda presentarse como desconocido. Y aunqne él, ¡oh hijo!, se exprese astutamente, toma de su convers&ción todo lo que te sea til. Asi, pues, me voy a la nave dejando el asunto en tus manos. Ojalá el doloso Mercurio, que aquí nos ha traido, siga siendo nuestro gula, y también la victoriosa Minerva, protectora de la ciudad, que me salva siempre.