13,99 €
"Edipo en Colono es la segunda tragedia de la trilogía tebana escrita por Sófocles, y representa el acto final en la vida del mítico rey Edipo. Exiliado y envejecido, Edipo llega ciego y moribundo al bosque sagrado de Colono, un suburbio de Atenas, acompañado por su fiel hija Antígona. Allí, busca un lugar de descanso eterno y una redención espiritual tras los horrores de su pasado: parricidio, incesto y la caída de Tebas. Sin embargo, su llegada provoca tensiones políticas entre Tebas y Atenas, ya que su tumba —predestinada a otorgar protección sobrenatural— es codiciada como símbolo de poder. Sófocles explora temas profundos como la dignidad en la vejez, la aceptación del destino y el valor del perdón. A diferencia del Edipo impulsivo y desafiante de Edipo Rey, aquí el protagonista aparece como un hombre sabio y resignado, que alcanza la paz solo al final de su sufrimiento. Con una atmósfera solemne y poética, Edipo en Colono es una obra de madurez filosófica que, más allá del mito, cuestiona la justicia humana y divina. Esta tragedia sigue conmoviendo por su poderosa reflexión sobre la caída, la compasión y la redención ante la adversidad final."
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2026
Edipo. Antígona. Un Extranjero. Coro de ancianos atenienses. Ismena.
Teseo. Creonte. Polinices. Un Mensajero.
Edipo.—Hija de este anciano ciego, Antígona, ¿a qué región hemos llegado? ¿Qué gente habita la ciudad? ¿Quién hospedará en el dia de hoy al errante Edipo, que no lleva más que pobreza? Poco, en verdad, es lo que pido y menos aún lo que traigo conmigo, y sin embargo, esto me basta. Los sufrimientos, la vejez y también mi indole propia me han enseñado a condescender con todo. Pero, hija mia, si ves algún asiento, ya sea en sitio público, ya en el bosque sagrado, párate y siéntame hasta que sepamos el lugar en que nos hallamos; pues siendo extranjeros debemos preguntar a los ciudadanos y hacer lo que nos indiquen.
Antígona.—Padre mio, infortunado Edipo, las torres que defienden la ciudad se ven ahí delante, algo lejos de nosotros. Este sitio es sagrado al parecer, pues está cubierto de laureles, olivos y viñas, y muchos son los ruiseñores que dentro de él cantan melodiosamente. Reclina aqui tus miembros sobre esta rústica roca, pues has caminado más de lo que conviene a un anciano.
Edipo.—Siéntame, pues, y ten cuidado del ciego.
Antígona.—Tanto tiempo lo vengo teniendo, que no necesito que me lo recuerdes.
Edipo.—¿Puedes decirme en qué sitio estamos?
Antígona.—Sé que estamos en Atenas, pero desconozco el sitio.
Edipo.—Eso nos han dicho todos los que hemos encontrado en el camino.
Antígona.—¿Quieres que vaya a preguntar qué sitio es éste?
Edipo.—Si, hija mía, y mira si es habitable.
Antígona.—Habitable lo es; y creo no tengo necesidad de alejarme, porque veo un hombre cerca de nosotros.
Edipo.—¿Es que viene en dirección hacia aquí?
Antígona.—Como que ya lo tenemos delante. Pregúntale, pues, lo que deseas saber, que aquí lo tienes.
Edipo.—Extranjero, enterado por ésta, cuyos ojos ven por ella y por mí, de que llegas muy a propósito para informarnos de lo que necesitamos saber, y decirnos...
El Extranjero.—Antes de pasar adelante en tu pregunta, quitate de ese asiento. Estás en sitio que no es permitido hollar.
Edipo.—¿Qué sitio es éste? ¿A qué deidad está consagrado?
El Extranjero.—Sitio santo que no se puede habitar. Es posesión de las terribles diosas, hijas de la Tierra y de la Tiniebla.
Edipo.—¿Cuál es su venerable nombre? Dímelo, para que pueda dirigirles mi plegaria.
El Extranjero.—Euménides, las que todo lo ven, es el nombre que les da la gente de este pais. Tienen también otros, hermosos por todos conceptos.
Edipo.—Que reciban, pues, propicias a este suplicante, para que no tenga ya que salir del asilo que me ofrece esta tierra.
El Extranjero.—¿Qué significa eso?
Edipo.—El sino de mi destino.
El Extranjero.—Pues no me atrevo a sacarte de aquí sin consultar antes con los ciudadanos, para que me digan qué debo hacer.
Edipo.—¡Por los dioses, extranjero!, no desdeñes a este vagabundo, y contéstame a lo que te suplico que me digas.
El Extranjero.—Habla, que no te haré tal injuria.
Edipo.—¿Qué pais es este en que nos encontramos?
El Extranjero.—Todo cuanto yo sepa vas a oirlo de mi. Este campo es sagrado; lo habita el venerable Neptuno y también el dios portador del fuego, el titán Prometeo. El suelo que pisas se llama la via de suelo de bronce de esta tierra, fundamento de Atenas. Los campos próximos se envanecen de estar bajo la protección de Colono; y todos llevan en común el nombre de este célebre caballero, con el que son designados. Esto es lo que puedo decirte, extranjero, acerca de estos sitios, no celebrados por la fama, pero mucho por el culto que les dan mis conciudadanos.
Edipo.—¿Y hay quien habite en estos lugares?
El Extranjero.—Sí; y llevan todos el nombre del dios.
Edipo.—¿Los gobierna un rey o el acuerdo del pueblo?
El Extranjero.—Por el soberano, que reside en la ciudad, son gobernados.
Edipo.—¿Quién es? ¿Ejerce su imperio con pruden cia y fuerza?
El Extranjero.—Teseo se llama; es hijo y sucesor de Egeo
Edipo.—¿Podría alguno de vosotros llevarle un mensaje de mi parte?
El Extranjero.—¿Con qué objeto? ¿Para darle alguna noticia o para decirle que venga?
Edipo.—Para que me haga un pequeño favor y obtenga, en cambio, gran ventaja.
El Extranjero.—¿Y qué ventaja se puede sacar de un hombre que no ve la luz?
Edipo.—Cuanto deba decirle, se lo diré todo con la mayor claridad.
El Extranjero.—¿Estás cierto, ¡oh extranjero!, de que ahora no te equivocas? Y puesto que eres noble, según parece, aunque desgraciado, espera aquí en donde estás hasta que entere de todo a los habitantes de estos lugares, sin necesidad de ir a la ciudad. Ellos decidirán si debes permanecer aquí o continuar tu camino.
Edipo.—Hija mia, ¿se ha ido ya el extranjero?
Antígona.—Si, padre; y tanto, que puedes decir tranquilamente cuanto quieras, que sola estoy a tu lado.
Edipo.—¡Oh venerandas deidades que intimidáis con vuestra mirada! Ya que vosotras sois las primeras en cuyo sagrado bosque he descansado yo al entrar en esta tierra, sed indulgentes conmigo y con Febo, quien, cuando me anunció todas mis desgracias, me indicó también que el término de ellas lo hallaría después de largo tiempo, cuando en llegando a lejana región en contrase asilo en mansión de venerandas deidades, donde terminaría mi trabajosa vidă en provecho de los habitantes que me dieran albergue y en castigo de aquellos que, desterrándome, me expulsaron; y además, que como señales que me indicaran el cumplimiento del oráculo, acontecería un terremoto, un trueno o un relámpago. Comprendo ahora que no es posible que yo hubiera emprendido este camino sin que una secreta inspiración de vuestra parte me guiara por él a este bosque; porque de no ser así, no habría podido suceder que yo, que no bebo vino, me encontrase en mi camino, antes que con otras deidades, con vosotras, que no queréis vino en los sacrificios; ni que me sentara en este rústico ni venerable poyo. Concededme, pues, ¡oh diosas!, en conformidad con los oráculos de Apolo, el término de mi vida y liberación de mis males, si os parece que ya he sufrido bastante, viviendo siempre sujeto a las mayores desgracias que han afligido a los mortales. Venid, ¡oh dulces hijas del antiguo Escoto!; ven también tú, que llevas el nombre de la poderosa Palas, ¡oh Atenas!, la más veneranda de todas las ciudades; apiadaos del miserable Edipo, que ya no es más que un espectro, pues nada le queda de su anterior hermosura.
Antígona.—Calla, que vienen unos ancianos a ver dónde estás sentado.
Edipo.—Callaré; pero sácame del camino y ocúltame en el bosque hasta que me entere de lo que hablan; porque en escuchar consiste la precaución de lo que se haya de hacer.
Coro.—Mirad. ¿Quién era? ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido, alejándose de aquí, el más temerario de los mortales? Mirad bien, examinad, buscadle por todas partes. Un vagabundo, vagabundo era el viejo, no nacido en esta región; pues jamás habría entrado en este sagrado bosque de las inexorables virgenes, cuyo nombre no pronunciamos por temor, y ante las cuales pasamos sin levantar nuestros ojos y sin proferir palabra, enviándoles mentalmente las plegariasde nuestro corazón; mas ahora corre el rumor de que sin ningún respeto ha entrado aquí un impío a quien yo no puedo ver por este bosque ni saber dónde se oculta.
Edipo.—Ese a quien buscáis soy yo. En vuestra voz conozco lo que predijo el oráculo.
Coro.—¡Ay, ay! ¡Qué horror da el verle! ¡Qué es panto el oirle!
Edipo.—No me toméis por un malvado, os lo suplico.
Coro.—Júpiter salvador, ¿quién es este viejo?
Edipo.—Quien no merece llamarse feliz por su anterior suerte, ¡oh guardianes de esta región!, ya lo estáis viendo. De otra manera no necesitaria de ajenos ojos que me guiaran; ni, si fuera poderoso, tendría necesidad de sostenerme en tal débil apoyo.
Coro.—¡Aaah! ¡No tiene ojos! ¿Acaso, infeliz, eres ciego de nacimiento? Viejo estás ya, según veo; pero mientras de mi dependa, no te dejaré añadir un sacrilegio a tanta calamidad. Márchate, márchate. Pero para no caer en esa silenciosa y verde cañada, por donde corre una fuente de abundante agua que mezclamos en los vasos con la miel de las libaciones, ten mucho cuidado, desdichado extranjero; a pártate, retirate. Mucha distancia nos separe. ¿Lo oyes, miserable vagabundo? Si tienes que decirme algo sal de ese sitio prohibido, y cuando estés en lugar público, habla; pero antes guarda silencio.
Edipo.—Hija mia, ¿qué pensaremos de esto?
Antígona.—Padre, preciso es que obedezcamos a los ciudadanos y hagamos de buen grado lo que nos mandan.
Edipo.—Cógeme, pues.
Antígona.—Ya te tengo.
Edipo.—Extranjeros, no me maltratéis, ya que os obedezco y salgo de este refugio.
Coro.—No temas, anciano; que nadie te sacará de aquí donde estamos contra tu voluntad.
Edipo.—¿Voy más adelante?
Coro.—Ven un poquito más.
Edipo.—¿Bastante?
Coro.—Llévalo, muchacha, más adelante, que tú ves bien.
