Las Traquinias - Sófocles - E-Book

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Sófocles

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Beschreibung

"Las Traquinias es una de las tragedias menos conocidas de Sófocles, pero no por ello menos intensas. La obra gira en torno a la figura heroica de Heracles (Hércules), centrando la acción en los últimos momentos de su vida desde la perspectiva de su esposa, Deyanira. Aislada en Traquinia y profundamente angustiada por la prolongada ausencia de su esposo, Deyanira teme que Heracles haya muerto o se haya olvidado de ella. Cuando se entera de que ha conquistado otra ciudad y que regresa con una nueva concubina, Íole, el temor se convierte en desesperación. En un intento por recuperar el amor de Heracles, Deyanira recurre a un filtro de amor que resulta ser venenoso. El acto, aunque impulsado por el amor, desata una cadena trágica de consecuencias que culmina con la lenta y dolorosa muerte del héroe. A través de una trama cargada de ironía trágica, Sófocles explora temas como el destino, la culpa involuntaria, la fragilidad humana y el sufrimiento silencioso de las mujeres. Las Traquinias ofrece un retrato conmovedor del dolor íntimo, y al mismo tiempo, cuestiona los límites entre el amor, el poder y la destrucción."

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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LAS TRAQUINIAS
PERSONAJES DE LA TRAGEDIA

Deyanira.Una Sierva.Hil-lo.

Coro de vírgenestraquinias.
.

Un Mensajero.Lica, heraldo.La Nodriza.Un Anciano.Hércules.

Deyanira.— Hay un proverbio celebrado desde antiguo por los hombres, según el cual, en tratando de la vida de los mortales, no puede saberse hasta que uno muera si la ha tenido feliz o desgraciada. Pero de la mia sé yo muy bien, antes de bajar a la mansión de Plutón, que la tengo desdichada y llena de pesadumbre; porque cuando aún no había salido de casa de mi padre Eneo, en Pleurón, pasé, con motivo de mis nupcias, la más dolorosa inquietud que haya tenido ninguna mujer etolia. Era mi pretendiente un rio, me refiero al Aqueloo, que bajo tres formas diferentes me solicitaba de mi padre: ya se presentaba como un verdadero toro, ya como abigarrado y ensortijado dragón, ya en forma de hombre con cabeza de buey; de su hirsuta barba brotaban dos fuentes de agua viva. Mientras temí que pudiera llegar a casarme con tal pretendiente, ¡infeliz de mí!, prefería siempre morir antes que dejarme llevar por él al tálamo nupcial. Tiempo después se presento, con gran satisfacción mia, el ilustre hijo de Júpiter y de Alcumena, que, trabando lacha en pugna con aquél, me libro. Las peripecias de aquel combate no puedo yo decirlas, pues las ignoro; pero quien contemplara el espectáculo sin turbarse, podrá referirlas. Yo estaba aterrorizada por el temor de que mi hermosura pudiese acarrear llanto. Pero Júpiter, que preside a los certámenes, dió a la lucha término feliz, si es que feliz puedo llamarlo; porque desde que subi al lecho con Hércules, a quien preferi, tengo siempre un temor detrás de otro en mi preocupación por él; pues viene la noche y pasa la noche sin cesar nunca mi intrariquilidad. Tuvimos hijos, que él apenas ve, como el labrador que, poseyendo un campo lejano, no lo visita más que al tiempo de la siembra y al de la recolección. Tal es la vida que a casa me lo trae y de casa me lo saca, siempre en servicio de no sé quién. Y ahora que a sus trabajos ha dado ya feliz cima, es cuan. do más preocupada estoy; porque desde que mató al arrogante Ifito vivimos aqui, en Traquina, desterrados, en casa de un extranjero; pero lo que es de él, nadie sabe dónde se halla; sólo sé que me hieren agudos dolores por su ausencia, y tomo que le haya ocurrido alguna desgracia; pues no hace poco tiempo, sino ya quince meses, que estamos sin noticias de él. Es que algo grave ocurre. Esta es la tablita que me dejó al irse; tablita que ruego siempre a los dioses pueda yo coger sin aflicción.

Una Sierva.—Mi señora Deyanira, muchas lágrimas te he visto derramar en amargo llanto, deplorando la ausencia de Hércules. Pero si no está mal que los señores reciban consejo de los criados, y debo yo decirte lo que te conviene, ccómo teniendo tú tantos hijos no envias a uno en busca de tu marido, especialmento a Hil-lo, quien si algún interés tiene por su padre, debe preocuparse por saber si está bien? Miralo ahí, que acaba de salir de casa; de modo que si te parece oportuno lo que digo, puedes servirte del joven y de mi consejo.

Deyanira.—Hijo, niño: de gente villana salen a veces sabios consejos. Aquí tienes esta mujer, esclava 88, pero ha hablado como persona noble.

Hil-lo.—¿Qué ha dicho? Dimelo, madre, si puedo saberlo. DHYANIRA.- Que estando el padre ausente tanto tiempo, es vergüenza para ti el no haber averiguado dónde se halla.

Hil-lo.—Eso lo sé, si hemos de prestar fe a lo que 88 dice.

Deyanira.—¿Y en qué parte de la tierra has oldo que se encuentra, hijo?

Hil-lo.—El año pasado, en su mayor parte, dicen que lo pasó trabajando como esclavo de una mujer lidia. DØYANIRA. - Pues todo lo que quieran decir de él, si realmente aguanto tal afrenta, tendrá una que oir.

Hil-lo.—Pero se ha librado ya de eso, según yo he oido.

Deyanira.—Y ahora, vivo o muerto, donde se dice. que esta?

Hil-lo.—En tierra de Eubea, dicen, atacando o preparándose para atacar la ciudad de Eurito.

Deyanira.—¿Sabes acaso, hijo mio, que me dejó unos oráculos dignos de crédito acerca de esa región?

Hi-lo.—¿Cuáles, madre? No los conozco.

Deyanira.—Que o hallarla en ella el fin de su vida, o alcanzaria el premio de la victoria... para gozar en adelante tranquilamente sus dias. En tan criticas circonstancias, qno irás en su auxilio, hijo mlo, cuando o nos salvamos si él se salva, o perecemos con él?

Hil-lo.—Me voy, pues, madre; que si hubiera yo sabido la profecia del oráculo, tiempo ha que estaria con él. Mas ahora, el propio destino del padre no es para que pos intranquilecemos ni temamos mucho por él. Pero ya que estoy informado, nada omitiré para averiguar la verdad de todo esto.

Deyanira.—Marcha, pues, hijo; que la dicha, aunqué venga tarde, cuando uno se entera de ella, le proporciona placer.

Coro.—Al que la tachonada noche al despojarse engendra y luego lo acuesta, al resplandeciente Sol, al Sol suplico que me anuncie dónde se encuentra el hijo de Alcumena. ¡Oh ardiente astro de esplendente brillol, den qué estrecho marino, en qué región de la tierra se halla? Dimelo, tú, que todo lo dominas con tu vista. Con el corazón lleno de ansiedad sé que está la en otro tiempo disputada Deyanira, cual lastimero ruiseñor, sin poder adormecer la inquietud de sus lacrimosos ojos; y avivando el temor que lo recuerda constan. temente la ausencia de su marido, se consume en solitario lecho que tanto le aflige el alma, esperando en su desdicha alguna fatal noticia de su consorte. Pues al modo que como en el ancho mar ve uno las muchas olas que van y vienen, movidas por el incansable soplo del Noto o del Bóreas, asi al hijo de Cadmo revuelven como al mar crótico y se le aumentan los fatigosos tra. bajos de su vida. Sin duda que algún dios le libra en sus peligrosas empresas de la mansión de Plutón; por lo que te reprendo con cariño y me opongo a tu afljeción. Digo, pues, que no debes perder la esperanza de buenas nuevas; porque vida exenta de dolor, no la otorgó a los mortales el omnipotente rey, hijo de Cronos; sino que la aflicción y la alegria, van turnando sobre todos, como la Osa en su camino circular. Nada hay eterno en lo humano: ni la noche seinbrada de estrelas, ni los Infortunios; ni las riquezas; todo pasa, y se van sucediendo en cada uno la alegría y la tristeza. Estas consideraciones deben, ¡oh reina!, mantenerte en la esperanza; porque ¿quién vió jamás que Júpiter abandonara a sus hijos?

Deyanira.—Enterada, al parecer, de mis penas, vienes a corisolarme. Pero lo que yo sufro, ojalá punca lo llegues tú a saber por experiencia propia, ya que ahora inexperta de ello estás; pues la juventud se ali. menta en las estancias propias de la misma, que son tales, que nt el calor del gol ni la lluvia ni los vientos la agitan; sino que en suaves placeres goza sin pena de la vida, hasta que cambia una el nombre de doncella por el de mujer y recibe en cambio en el lecho conyugal la parte de inquietudes que le proporcionan el cuidado de su marido y el de sus hijos. Entonces solamente es cuando podrá comprender cualquiera de vosotras, al considerar sus propios desvelos, los males que me apeBadumbran. Muchos son ya, en verdad, los sufrimientos que me han hecho llorar; pero tengo uno más grave que los anteriores y que os voy a referir. Cuando mi dueño Hércules salió del pueblo para su últimą expedición, dejó en palacio una antigua tablita en la que ha bía escrito su última voluntad, cosa que antes, en las muchas expediciones que verificó, jamás quiso darme a conocer, como si saliera para realizar alguna empresa y no para morir. Pero esta vez, como si ya fuera a morir, me indicó la parte de los bienes que debla yo heredar por ser su esposa, y manifestó también la que del campo paterno asignaba a cada uno de sus hijos, habiendo fijado además el plazo de un año y tres meses después que 88 ausentara del pats; (pues o debia morir en ese tiempo, o si pasaba de él, vivir hasta el fin de su vida en completa tranquilidad). Asi me manifestó que log dioses habian decretado el fin de los herculeos trabajos, según dijo que la afiosa haya habla anunciado en Dodona por medio de dos palomas. Y la verdad de todo esto ha de saberse en estos días, que es cuando debe tener cumplimiento; de modo que, sin poder conciliar el sueño, salto de la cama aterrorizada, ¡oh amigas!, del miedo que me asalta si he de quedarme vinda del más valiente de los hombres.

Coro.—Ten por ahora buena esperanza; porque coronado veo que viene un mensajero con la alegria de buenas nuevas.

El Mensajero.—Mi señora Deyanira: soy el primeto que con mi noticia te libraré de tu inquietud: sabe que vive el hijo de Alcumena, y victorioso está ofreciendo las primicias de su triunfo a los dioses de este pais.

Deyanira.—Qué dices, anciano?

El Mensajero.—Que pronto llegará a palacio tu muy querido esposo, lleno de gloria con el esplendor del triunfo. DØYANIRA.- ¿Y de quién sabes lo que me dices? ¿De algün ciudadano o de un extranjero?

El Mensajero.—En el prado donde pacen los bueFes estå Lica, el heraldo, contando a muchos estas nuevas. Yo en seguida que se las ol, me vine corriendo para ser el primero en darte la noticia y poder obtener de ti albricias captándome tu favor.

Deyanira.—¿Y como él no está aqui pa, si trae buenas nuevas?

El Mensajero.—No le es tan fácil, mujer; porque rodeado por todo el pueblo meliense, le acosan & pre guntas sin dejarle pasar adelante. En los deseos que cada uno tiene de enterarse, no le sueltan hasta que no les satisfaga la curiosidad. De modo que si tarda, no es por gusto de él, sino de los que le rodean; pero pronto lo verás en ta presencia.

Deyanira.—10h Júpiter, que reinas en la sagrada pradera del Eta! Me das por fin la dicha tanto tiempo deseada. Cantad, mujeres, lo mismo las de dentro que las de fuera de palacio, para que celebremos la inesperada alegria que me traen con esta noticia.

Coro.—Resuene el palacio que espera al novio, con cánticos de alegria; y la voz acorde de los mancebos celebre al de hermosa aljaba Apolo, nuestro patrono. Y al mismo tiempo entonad un peån, roh virgenes!; cantad a Diana, la hermana de Apolo, nacida en Orti-gia, que hiere a los ciervos y lleva una antorcha en cada mano; celebrad también a las ninfas sus vecinas. Yo haré resonar la flauta, sin dejarla de mis manos, ¡oh dueño de mi corazón! Mirad, mirad, me siento arrebatada, evohé, tvohé, por la biedra que en båquico torbellino me revuelve. Oh, oh, pean! Mira, queridisima mujer, este cortejo que viene hacia ti y que ya puedes distinguir. DØYANIRA. —Lo veo, queridas amigas; mis ojos no han cesado de vigilar para que dejara de advertir ese cortejo. Salud ante todo deseo al heraldo que después de tanto tiempo se me presenta, si buenas nuevas me trae.

Lica.—Pues felizmente llegamos y bien recibidos somos, ¡oh mujer!, conforme al buen éxito de nuestra expedición, El hombre que obtiene la gloria del triunfo, justo es que coseche salva de aplausos.

Deyanira.—¡Oh amabilisimo varón! Lo primero, lo primero que deseo, dime, si me vendrá Hércules vivo, Lica.—Yo ciertamente lo he dejado lleno de fuerza, salud y robustez, sin que le aqueje ninguna enfermedad.

Deyanira.—¿En qué lugar? ¿En tierra patria o extranjera? Dimelo.

Lica.—En un promontorio de Eubea, donde ha erigido altares y deslindado la parte cuyos frutos consagra & Júpiter Ceneo.

Deyanira.—Es en cumplimiento de algún voto, o de algún oráculo?

Lica.—En complimiento del voto que hizo para cuando se apoderara con su lanza del pais, que ha de. vastado, de estas mujeres que ves ante tus ojos.

Deyanira.—Y éstas, por los dioses, quienes son y de qué pais? Muy dignas son de lástima, si es que en su infortunio no me engañan.

Lica.—Éstas son las que él escogió después de destruir la ciudad de Eurito: unas para su servicio, y otras para el de los dioses. DØYANIRA. —¿Y en el asedio de esta ciudad enapleo el, increible parece, todo el largo tiempo que ha estado ausente?

Lica.—No, sino que la mayor parte del tiempo lo ha pagado entre los lidios, según el mismo dice, no como hombre libre, sino en la esclavitud. Y por esto que te voy a contar, no debes, mujer, sentir menosprecio por él, pues de todo es Júpiter el culpable, Vendido él a Onfala, la bárbara, pasó un año entero, según el mis. mo dice; y tanto le irritó la injuria que con tal afrenta recibia, que juró contra si mismo si no se vengaba del autor de tal ultraje reduciéndolo a la esclavitud con su mujer y sus hijos. Y no fué vana su imprecación; porque apenas se hubo purificado, con un ejército que reclutó, marchó contra la ciudad de Eurito; pues éste según el decía, era el único, entre los mortales, culpable de la afrenta que había sufrido; porque cuando llego él a la casa de este para que en ella le albergara por ser su antiguo huésped, lo maltrató de palabra y lo insultó con muy pérdida intención, diciéndole que aunque llevage certeras flechas en las manos, se quedaria muy por detrás de sus hijos en el concurso del arco; y también que presentándose, como esclavo enfrente de un hombre libre, sería afrentado; además, en un banquete en que Hércules se había emborrachado, le echo de su palacio. Enojado por estos ultrajes, cuando luego fué Iito a un monte de Tirinto en busca de las yeguas que se le habían extraviado, aprovechando Hércules la ocasión en que aquél tenia los ojos en una parte y el pensamiento en otra, le precipitó desde lo alto de una roca que parecia una torro. Irritado por este hecho, el rey y padre de todos, Jupiter Olimpico, permitió que Hércules fuera vendido como esclavo; y no lo perdono, por el motivo de que era ése el primer hombre a quien había matado astutamente; porque si se hubiese vengado cara a cara, Júpiter le habría perdonado que lo venciera en justa lid; pero la insolencia no la perdonan ni siquiera los dioses. Y Eurito y sus hijos, que se jactaron con insolentes palabras, en el infierno están todos habitando, y su ciudad devastada; y éstas que ves, caidas de la opulencia en una vida no envidiable, llegan a tu presencia. Esto es lo que tu marido ha mandado, y yo, su fiel criado, ejecutado. En cuanto a él, asi que ofrezca a Júpiter, su padre, las victimas puras que le debe por la toma de la ciudad, no dudes que se dispon. drá a venir; pues de todo el largo relato que hábilmente Acabo de hacer, esto es lo que más alegria te ha de dar.