Cada corazón, un umbral - Seanan McGuire - E-Book

Cada corazón, un umbral E-Book

Seanan McGuire

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Beschreibung

Deslizándose entre las sombras bajo la cama, o a través de un armario, o por madrigueras de conejos... los niños siempre han sabido acceder a mundos mágicos. Pero ¿qué ocurre cuando regresan y no consiguen adaptarse y no son aceptados por sus familias? Eleanor West tiene un internado que acoge a estos niños que quieren volver a su mundo de fantasía. Pero con la llegada de Nancy algo cambia en el internado y pronto tendrán que enfrentarse a una tragedia por sí mismos.

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2018

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CADA CORAZÓN,UN UMBRAL

SEANAN MCGUIRE

Traducción de María Pilar San Román

Índice

Parte I: Las tardes doradas

Había una vez una niña

1.Llegar a casa, irse de casa

2.Chicos guapos y chicas glamurosas

3.Dios los cría...

Parte II: Con los espejos de tus ojos

4.Relámpagos para besar el cielo

5.Supervivientes, por el momento

6.Los cadáveres que hemos enterrado

7.Chocolate caliente

8.Su esqueleto, revestido de arcoíris

9.Pájaros de Ávalon heridos

10.Mantente inmóvil como la piedra, y tal vez salgas viva

11.Nunca podrás volver a casa

Y todos vivieron

Créditos

Para los inconformistas

PARTE I

LAS TARDES DORADAS

Había una vez una niña

Las chicas nunca estaban presentes en la entrevista de admisión. Tan solo sus padres, sus tutores, sus desconcertados hermanos, que tanto deseaban ayudarlas pero no sabían cómo. Hubiera resultado demasiado duro para las futuras alumnas sentarse y escuchar cómo las personas a las que más querían en el mundo —en este mundo, al menos— tildaban sus recuerdos de meros delirios; sus experiencias, de fantasías; su vida, de enfermedad de difícil cura.

Además, su capacidad de llegar a confiar en la escuela hubiese resultado menoscabada si en su primer contacto con Eleanor la hubieran visto ataviada de grises y lilas de lo más decoroso, al igual que su peinado, con el aspecto de una de esas ancianas tías estiradas que en realidad solo existen en los cuentos infantiles. La auténtica Eleanor no era así en modo alguno. Oír lo que decía solo hubiese empeorado las cosas: allí sentada, explicando, toda ella seriedad, toda ella sinceridad, que su escuela ayudaría a curar lo que se había torcido en las cabecitas de todos esos corderillos extraviados. Ella podía acoger a esos niños destrozados y volverlos a recomponer.

Ni que decir tiene que estaba mintiendo, pero sus futuros discípulos no tenían manera de saberlo. De modo que Eleanor exigía reunirse con los tutores legales en privado y les daba gato por liebre con la habilidad y el empeño de un estafador nato. Si esos tutores hubiesen llegado a coincidir y hubieran comparado notas, habrían descubierto que el guion de Eleanor estaba ensayado a la perfección y puesto a punto como el arma que en realidad era.

«Se trata de un trastorno poco común, aunque no excepcional, que se manifiesta en jovencitas justo cuando dejan de ser niñas y se hacen mujeres», decía Eleanor, teniendo buen cuidado de mirar a los ojos a los desesperados y abrumados tutores de la última niña errabunda. En las raras ocasiones en las que tenía que hablar con los padres de un muchacho, modificaba el discurso, pero tan solo lo mínimo requerido por las circunstancias. Llevaba mucho tiempo perfeccionando su actuación y sabía cómo sacar partido de los miedos y deseos de los adultos. Querían lo mejor para los niños de los que eran responsables, igual que ella. Lo único que pasaba es que tenían ideas muy distintas sobre el significado de la palabra «mejor».

A los padres y madres les decía: «Se trata de un delirio, y una temporada lejos de casa puede contribuir a curarlo».

A los tíos y tías les decía: «No es culpa de ustedes, y yo puedo ser la solución».

A los abuelos les decía: «Permítanme ayudarles. Por favor, permítanme ayudarles».

No todas las familias decidían que el internado era la mejor solución. Alrededor de uno de cada tres posibles alumnos se le escurría entre los dedos, y Eleanor lo lamentaba por ellos, por aquellos cuyas vidas serían muchísimo más duras de lo necesario, cuando podrían haberse salvado. Sin embargo, se alegraba inmensamente por los que sí quedaban a su cargo. Al menos durante el tiempo que pasasen con ella estarían con alguien que los comprendía. Incluso aunque nunca se les llegara a presentar la oportunidad de regresar a su hogar, tendrían quien los entendiese y la compañía de otros como ellos, un tesoro que no tenía precio.

Eleanor West pasaba los días proporcionándoles aquello de lo que ella siempre había carecido, y confiaba en que llegara un momento en que eso le alcanzase para pagar su billete de vuelta al que era su lugar.

1

Llegar a casa, irse de casa

La casona señorial estaba ubicada en el centro de lo que hubiese sido considerado un campo de no haber servido como marco de una residencia privada. La hierba era de un verde perfecto; los árboles se apiñaban alrededor del edificio, podados a la perfección, y el jardín crecía con una profusión de colores que por lo común solo se daba en el arcoíris o en el arcón de los juguetes de un niño. La fina cinta negra del camino de entrada se iba torciendo desde la lejana verja, formaba una curva delante del edificio en sí y desembocaba con elegancia en un área de espera algo más amplia, a los pies del porche. Allí se detuvo un solitario automóvil amarillo chillón, al que el contraste con la estampa compuesta con tanto esmero hacía parecer un tanto deslucido. La puerta trasera del lado del pasajero se cerró de golpe y el coche se alejó de nuevo, dejando allí a una adolescente.

La muchacha era alta y esbelta, y no podría haber tenido más de diecisiete años; alrededor de ojos y boca aún quedaba algo sin terminar de perfilar, lo que la convertía en un trabajo inacabado que el tiempo debería rematar. Iba vestida de negro —vaqueros negros, botines negros con botoncitos negros desfilando como soldados desde los dedos hasta la pantorrilla— y de blanco —una camiseta holgada sin mangas, pulseras de perlas de bisutería en las muñecas—, y llevaba un lazo del color de las semillas de las granadas atado alrededor de la base de la coleta. El cabello color hueso estaba surcado por regatos negros, como petróleo derramado sobre un suelo de mármol, y sus ojos, que se vio obligada a entornar a causa de la luz del sol, eran pálidos como el hielo. Su aspecto hacía pensar que llevaba bastante tiempo sin ver el sol. Su pequeña maleta con ruedas era de un rosa vivo y estaba estampada con dibujos de margaritas. Lo más probable es que no se la hubiera comprado ella.

Tras levantar la mano para protegerse los ojos, la chica dirigió la mirada hacia el caserón, deteniéndola sobre el letrero colgado del alero del porche. RESIDENCIA PARA NIÑOS DESCARRIADOS DE ELEANOR WEST, decía en grandes letras. Y continuaba debajo, con letras más pequeñas: VENDEDORES, VISITAS Y CURIOSOS, ABSTENERSE.

La chica lo miró atónita. La chica bajó la mano. Y, lentamente, la chica se encaminó hacia los escalones de la entrada.

En la segunda planta de la casa, Eleanor West soltó la cortina y se giró hacia la puerta mientras la tela todavía revoloteaba volviendo a su posición original. Aparentaba ser una mujer de sesenta y muchos años bien llevados, aunque su verdadera edad estaba más cerca del centenar: los viajes por esas regiones que antaño había frecuentado tendían a afectar al reloj interno, lo que dificultaba que el tiempo pudiese controlar el cuerpo como era debido. Algunos días se sentía agradecida por su longevidad, que le había permitido ayudar a muchísimos más niños de los que hubiese llegado a conocer si no hubiese abierto las puertas que había abierto, si nunca hubiera elegido apartarse del camino correcto. Otros días se preguntaba si este mundo acabaría por descubrir que ella aún existía —que era la pequeña Ely West, la niña descarriada, inexplicablemente viva después de todos estos años— y qué le sucedería a ella cuando eso ocurriese.

No obstante, por el momento, su espalda se mantenía erguida y su mirada tan cristalina como el día en que, siendo una niña de siete años, había atisbado aquella entrada entre las raíces de un árbol en la finca de su padre. Si ahora su cabello era blanco y su piel flácida por las arrugas y los recuerdos, bueno, eso carecía de toda importancia. Todavía quedaba algo por acabar de perfilar alrededor de sus ojos; todavía no estaba terminada. Ella era una historia, no un epílogo. Y si mientras bajaba las escaleras para recibir a su alumna recién llegada eligió ir narrando su propia vida por entregas de una palabra, con ello no iba a perjudicar a nadie. Al fin y al cabo, el hábito de narrar no es algo con lo que resulte sencillo romper.

A veces era lo único que te quedaba.

Nancy se quedó clavada en el centro del vestíbulo, su mano aferrando el asa de la maleta mientras miraba en derredor, tratando de ubicarse. No estaba segura de qué era lo que se había esperado de la «escuela especial» a la que sus padres la habían enviado, pero por supuesto no era esta elegante casa de campo. Las paredes estaban empapeladas con un anticuado diseño floral de rosas y enredaderas de clemátides entrelazadas, y el mobiliario —como el de este recibidor, con toda intención apenas amueblado— estaba constituido en su totalidad por antigüedades de calidad, de madera bien pulida y con accesorios de latón a juego con el pasamanos en curva. El suelo era de cerezo y, al alzar la vista tratando de mover los ojos sin levantar la barbilla, Nancy se encontró contemplando una intrincada lámpara de araña con la forma de un capullo en flor.

—Es obra, nada más y nada menos, de una de nuestras antiguas alumnas —dijo una voz.

Nancy arrancó la mirada de la lámpara y la volvió hacia la escalinata.

La mujer que descendía era delgada, de la manera en que lo son algunas mujeres mayores, pero caminaba con la espalda erguida, y la mano que descansaba sobre el pasamanos parecía utilizarlo tan solo como guía, en modo alguno como apoyo. Tenía el cabello tan blanco como la propia Nancy, sin sus desafiantes mechones negros, y lucía una permanente que recordaba a un diente de león seco. Su apariencia hubiese sido de lo más respetable de no haber ido ataviada con unos pantalones naranja eléctrico combinados con un jersey de lana arcoíris tejido a mano y un collar de piedras semipreciosas de una docena de tonalidades, que no pegaban lo más mínimo entre sí. Nancy notó que los ojos se le abrían como platos por mucho que trató de evitarlo, y se odió por ello. Cada día que pasaba el control de su inmovilidad se le iba más de las manos. No tardaría en mostrarse tan inquieta e inestable como cualquiera de los vivos, y entonces ya nunca encontraría el camino de regreso a su hogar.

—Prácticamente todo es cristal, por supuesto, salvo algunas pequeñas piezas —continuó la mujer, a la que no parecía molestarle que Nancy la estuviese mirando de hito en hito sin disimulo alguno—. No estoy nada segura de cómo se hace algo así. Es probable que fundiendo arena, supongo. Ahora bien, yo contribuí con esos grandes prismas con forma de lágrima del centro. Los doce son obra mía. Estoy bastante orgullosa de ellos.

La mujer se interrumpió, al parecer esperando que Nancy dijese algo.

Nancy tragó con dificultad. Últimamente tenía la garganta muy seca y nada parecía remediar la aspereza.

—Si no sabe cómo fabricar cristal, ¿cómo hizo los prismas? —preguntó.

—Con mis lágrimas, por supuesto —respondió la mujer con una sonrisa—. Aquí siempre hay que asumir que la respuesta más sencilla es la verdadera, porque la mayoría de las veces lo será. Soy Eleanor West. Bienvenida a mi casa. Tú debes de ser Nancy.

—Sí —dijo esta lentamente—. ¿Cómo lo ha...?

—Bueno, eres la única alumna que esperábamos que llegase hoy. Ya no hay tantos internos como anteriormente. O bien las puertas escasean o bien cada vez se os da mejor a todos no regresar. Ahora calla un momento y déjame echarte un vistazo. —Eleanor descendió los últimos tres escalones y se detuvo delante de Nancy, la examinó con atención por un instante y luego caminó despacio a su alrededor—. Veamos... Alta, delgada y muy pálida. Debes de haber estado en algún lugar sin sol... pero también sin vampiros, creo, a la vista de la piel del cuello. Jack y Jill van a estar encantadas de conocerte. Con tanto sol y tanta dulzura como la gente gasta por aquí, están un tanto hartas.

—¿Vampiros? —dijo Nancy sin comprender—. Los vampiros no son reales.

—Nada de esto es verdaderamente real, cielo. Ni esta casa, ni esta conversación, ni esos zapatos que llevas (que pasaron de moda hace varios años, en caso de que estés tratando de readaptarte a las costumbres de tus compañeros; y que no son adecuados como calzado de luto, en caso de que estés intentando aferrarte a tu pasado reciente), ni tampoco ninguno de nosotros. «Real» es una palabra de cuatro letras, y te agradeceré que la utilices lo menos posible mientras vivas bajo mi techo. —Eleanor se detuvo de nuevo frente a Nancy—. Es el cabello lo que te delata. ¿Estuviste en un Inframundo o en un Submundo? No puedes haber estado en un Más Allá. De esos nadie regresa.

Nancy la miró boquiabierta, sus labios moviéndose en silencio mientras se esforzaba por recuperar la voz. La anciana decía todas esas cosas —esas cosas cruelmente imposibles— con tanta despreocupación que podría haber estado preguntando sobre algo no más importante que el historial de vacunas de Nancy.

La expresión de Eleanor mudó y se tornó dulce y contrita.

—Vaya, ya veo que te he descolocado. Me temo que es algo que tengo cierta tendencia a hacer. Yo fui a un mundo Sinsentido, seis veces antes de cumplir los dieciséis y, aunque al final tuve que dejar de visitarlo, no he llegado a aprender a controlar del todo la lengua. Debes de estar cansada del viaje y sentir curiosidad por lo que te espera aquí, ¿es así? Te puedo acompañar a tu habitación en cuanto sepa dónde ubicarte en el planisferio respecto a nuestra brújula. Me temo que eso es algo crucial en asuntos como el alojamiento; no puedes instalar a un viajero de un Sinsentido con alguien que vagó por un Lógico, a menos que te apetezca tener que justificar ante la policía local una sorprendente ola de violencia. Porque estamos sometidos a inspecciones, así es, aunque lo habitual es que consigamos que hagan la vista gorda. El motivo es que seguimos estando acreditados como escuela, aunque supongo que somos más bien una especie de sanatorio. Me encanta esa palabra, ¿a ti no? «Sanatorio». Suena de lo más oficial aunque no significa nada de nada.

—No he entendido nada de lo que me acaba de contar —dijo Nancy. Sintió vergüenza al oír el hilo agudo de su voz, a la par que orgullo por, al menos, haberla recuperado.

El rostro de Eleanor se ablandó todavía más.

—Ya no tienes que continuar fingiendo, Nancy. Sé por lo que has pasado, sé dónde has estado. Yo pasé por algo así hace mucho tiempo, cuando regresé de mis propios viajes. Este no es un lugar donde se mienta o se aparente que todo está bien. Sabemos que no es así. De serlo, tú no estarías aquí. A ver, ¿adónde fuiste?

—Yo no...

—Olvídate de palabras como «Sinsentido» y «Lógico». Esos detalles podemos perfilarlos más tarde. Limítate a contestar: ¿adónde fuiste realmente?

—Fui a los Salones de los Muertos. —Decir las palabras en voz alta fue un alivio casi doloroso. Volvió a quedarse paralizada, con los ojos clavados en el vacío como si estuviese contemplando su propia voz flotando en el aire con un perfecto resplandor granate oscuro. Luego tragó saliva, sin conseguir aún librarse de la sequedad, y continuó—: Yo... yo andaba buscando un cubo en el sótano de casa y encontré esa puerta que nunca hasta entonces había visto. Al atravesarla me hallé en un granadal. Pensé que me había caído y golpeado la cabeza. Continué andando porque... porque...

Porque el aire tenía un aroma dulcísimo y el cielo era de un negro aterciopelado tachonado de puntos de luz diamantina que no titilaban en absoluto, solo ardían firmes y fríos. Porque la hierba estaba mojada por el rocío y los árboles cargados de fruta. Porque había querido saber qué había al final del largo camino que avanzaba entre los árboles, y porque no había querido dar media vuelta antes de entenderlo todo. Porque por primera vez en su vida había tenido la sensación de encaminarse hacia su hogar, y esa sensación había bastado para mover sus pies, despacio al principio y luego más y más deprisa, hasta que había estado atravesando el límpido aire nocturno a todo correr, sin que nada más importase ni fuese a importar jamás...

—¿Cuánto tiempo permaneciste allí?

La pregunta carecía de sentido. Nancy movió la cabeza negativamente.

—Una eternidad. Años... Permanecí allí durante años. No quería regresar. Jamás.

—Lo sé, cielo. —Con su mano sujetándole suavemente el codo, Eleanor condujo a Nancy hacia la puerta que había detrás de la escalinata. El perfume de la anciana olía a diente de león y galleta de jengibre, una combinación tan disparatada como todo en ella—. Acompáñame. Tengo la habitación perfecta para ti.

La «habitación perfecta» de Eleanor estaba en la planta baja, a la sombra de un enorme olmo ancestral que bloqueaba la mayor parte de la luz que, de no haber sido por él, hubiese entrado por la única ventana. El cuarto estaba sumido en un crepúsculo eterno, y cuando Nancy entró y miró en derredor sintió como si se hubiese quitado un peso de encima. La mitad de la estancia —la mitad donde se hallaba la ventana— era un revoltijo de ropas, libros y cachivaches. Un violín estaba tirado de cualquier manera sobre la cama, y el correspondiente arco se mantenía en equilibrio sobre el borde de un estante, listo para caer a la menor provocación. El aire olía a menta y barro.

La otra mitad de la habitación era tan aséptica como un hotel. Había una cama, un tocador pequeño, una balda para libros y una mesa, todo de madera clara sin barnizar. Las paredes estaban desnudas. Nancy miró a Eleanor y esperó hasta que esta le dio su beneplácito con un gesto de la cabeza antes de acercarse a la que iba a ser su cama y depositar la maleta exactamente en el centro.

—Gracias —dijo—. Estoy segura de que estaré bien aquí.

—Reconozco que yo no estoy tan segura —repuso Eleanor mirando con mala cara la maleta de Nancy colocada con tantísima precisión...—. Un lugar que se llame «los Salones de los Muertos» tiene que ser un Inframundo, y a la mayoría de estos les cuadra mejor la etiqueta Sinsentido que Lógico. El tuyo parece que podría haber estado más reglamentado. Bueno, lo mismo da. Siempre podemos trasladarte si Sumi y tú demostráis no encajar bien. ¿Quién sabe? A lo mejor podrías ayudarle a tener los pies más en el suelo que ahora. Y si no lo consigues, bueno, confiemos en que tampoco lleguéis a mataros entre vosotras.

—¿Sumi?

—Tu compañera de habitación. —Eleanor avanzó con cuidado por entre el revoltijo del suelo hasta la ventana. Empujó para abrirla, se asomó al exterior y escudriñó las ramas del olmo hasta descubrir lo que andaba buscando—. Un, dos y tres, al escondite inglés. Te he visto, Sumi. Entra a conocer a tu compañera de cuarto.

—¿Compañera de cuarto? —Era una voz femenina, joven y enojada.

—Te lo avisé —dijo Eleanor, mientras volvía a meter la cabeza para regresar al centro de la habitación. Se movió con una sorprendente seguridad, sobre todo teniendo en cuenta lo atestado que estaba el suelo. Nancy temió verla caerse en cualquier momento, pero finalmente no ocurrió así—. Te dije que esta semana llegaba una nueva alumna, y que si sus antecedentes eran compatibles ocuparía la cama libre. ¿Te suena o lo has olvidado por completo?

—Pensaba que hablaba solo porque le gusta oírse hablar. Porque es algo que hace, sí. Lo hace todo el mundo. —En la ventana apareció una cabeza, boca abajo, con su dueña aparentemente colgando del olmo. Parecía ser más o menos de la edad de Nancy y tener ascendencia japonesa, y llevaba su cabello largo y negro recogido en dos infantiles coletas, una encima de cada oreja. Miró a Nancy sin ocultar su recelo antes de preguntar—: ¿Eres una de las sirvientas de la Reina de los Pasteles venida para castigarme por mis agravios a la Condesa del Algodón de Azúcar? Porque ahora mismo no me apetece enzarzarme en una guerra.

—No —respondió Nancy inexpresivamente—. Soy Nancy.

—Menudo nombre más aburrido. ¿Cómo puedes estar aquí con un nombre tan aburrido? —Sumi hizo una pirueta y se dejó caer del árbol; desapareció un instante antes de volver a resurgir, apoyarse en el alféizar y preguntar—: Eleanor-Ely, ¿está segura? Me refiero a segura-segura. Para nada tiene pinta de que le corresponda estar aquí. A lo mejor cuando miró su historial otra vez leyó lo que no ponía y en realidad tendría que estar en un centro para menores de edad víctimas de teñidos de pelo desastrosos.

—¡Yo no me tiño el pelo! —protestó Nancy acaloradamente. Sumi dejó de hablar y la contempló con sorpresa. Eleanor también se volvió para mirarla. Las mejillas de Nancy se encendieron cuando la sangre afluyó hacia su rostro, pero se mantuvo firme, e incluso logró reprimir el gesto de acariciarse el cabello mientras decía—: Antes era totalmente negro, como el de mi madre. Cuando bailé por vez primera con el Señor de los Muertos me dijo que era hermoso y pasó los dedos por él. En torno a ellos, todo el cabello se volvió blanco, de la envidia. Por eso solo me quedan cinco mechones negros. Son las franjas que él tocó.

Al observarla con atención, Eleanor vio cómo esas cinco vetas componían el bosquejo fantasma de una mano, un lugar donde la pálida joven que tenía ante ella había sido tocada en una ocasión y nunca más.

—Ya veo —dijo.

—No me lo tiño —insistió Nancy, todavía acalorada—. Jamás me lo teñiría. Sería una falta de respeto.

Sumi continuaba mirándola con sorpresa, sus ojos abiertos como platos. Y entonces sonrió.

—Vaya, me caes muy bien —dijo—. Estás de lo más chalada, como el joker de la baraja, ¿verdad?

—Aquí no decimos esa palabra —terció cortante Eleanor.

—Pero es que es cierto —dijo Sumi—. Cree que va a regresar, ¿a que sí, Nancy? Crees que vas a abrir la puerta equivocada correcta y ver al otro lado tu escalera al cielo, y entonces ya solo es un paso, dos pasos, encantada de conoceros, pasos, y de vuelta en tu historia. Menuda chiflada. Menuda tontita. No puedes regresar. Una vez que te han expulsado ya no puedes regresar.

Nancy sintió como si el corazón estuviese tratando de treparle por la garganta y ahogarla. Tragó para devolverlo a su lugar y susurró:

—Estás equivocada.

—¿Lo estoy? —replicó Sumi mirándola con ojos vivarachos.

Eleanor dio una palmada para recuperar su atención.

—Nancy, ¿por qué no deshaces la maleta y te instalas? La cena es a las seis y media, y después tenemos la terapia de grupo, a las ocho. Sumi, por favor, no la empujes a asesinarte hasta que lleve aquí un día entero al menos.

—Todos contamos con nuestros propios medios para intentar volver al hogar —dijo Sumi, y desapareció del marco de la ventana para retomar lo que quiera que hubiese estado haciendo antes de que Eleanor la interrumpiera.

Tras dirigir a Nancy una rápida mirada de disculpa, Eleanor también se marchó, cerrando la puerta tras de sí. Casi de sopetón, Nancy se encontró sola.

Se quedó donde estaba durante diez segundos, disfrutando de la inmovilidad. Durante su estancia en los Salones de los Muertos, en ocasiones había tenido que mantener la posición durante varios días seguidos, fundiéndose con el resto de estatuas vivientes. Sirvientas menos duchas en el arte del estatismo pasaban con esponjas empapadas en zumo de granada y azúcar, que presionaban contra los labios de quienes permanecían inmóviles. Nancy había aprendido a dejar que el zumo le corriera garganta abajo sin tragarlo, recibiéndolo pasivamente, como una piedra recibe la luz de la luna. Había tardado meses, incluso años, en alcanzar la quietud perfecta, pero lo había logrado; sí, lo había logrado, y la Dama de las Sombras había proclamado su belleza sin par, la de la muchachita mortal que no consideraba necesarios ni la rapidez ni el calor ni la impaciencia.

Pero este mundo estaba hecho para las criaturas rápidas, calurosas e impacientes; a diferencia de los plácidos Salones de los Muertos. Nancy abandonó su inmovilidad con un suspiro y empezó a abrir la maleta. Entonces volvió a quedarse paralizada, esta vez por la sorpresa y la consternación. Su ropa —las camisas de gasa negra y los vestidos vaporosos que había metido con gran cuidado— había desaparecido, sustituida por un maremágnum de tejidos tan coloridos como los objetos desparramados por la parte de la habitación que ocupaba Sumi. Encima del montón de prendas había un sobre. Nancy lo cogió con dedos trémulos y lo abrió.

Nancy, cariño, sentimos hacerte esta jugarreta, pero no nos has dejado demasiada elección. Vas al internado para recuperarte, no para seguir regodeándote en lo que te hicieron tus secuestradores. Queremos recuperar a nuestra verdadera hija. Esta era tu ropa favorita antes de tu desaparición. ¡Tú eras nuestro pequeño arcoíris! ¿Te acuerdas?

Has olvidado tantas cosas...

Te queremos. Tu padre y yo te queremos más que a nada en el mundo, y estamos convencidos de que podemos recuperarte. Por favor, perdónanos por haber metido en la maleta un vestuario más adecuado. Que sepas que solo lo hemos hecho porque deseamos lo mejor para ti. Queremos que regreses a nuestro lado.

Que lo pases fenomenal en la escuela. Cuando estés preparada para regresar y quedarte en casa, aquí nos tendrás esperándote.