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¿Cuáles son los motivos que impulsan la escritura? ¿Qué sucede en el interior de las palabras que fluyen en la dimensión callada de la página? ¿Qué formas del amor se realizan en ellas? Tal vez estas sean algunas de las preguntas que laten y circulan por las venas del cuerpo ficcional de Cartas quemadas, la nueva novela de Gabriela Saidon, que sitúa su anécdota inicial en la historia de un amor prohibido entre Génesis, una profesora de secundario y académica, y su exalumna del colegio de monjas, la rubia Simona. Luego de un primer beso en la comisura de los labios, será el reencuentro, años más tarde, el punto de partida del vínculo entre ambas, un proceso de transiciones fluidas que se despliega en su multiplicidad de épocas, recuerdos, vacilaciones, mensajes y notas al margen. Vínculo amoroso con Simona, con la literatura, con la escritura, con la palabra Mientras Génesis se aventura en la reconstrucción ficticia de las cartas que Louise Colet, amante de Flaubert, le envió a su amado y que la sobrina del escritor quemó, escribe también, a escondidas, la historia de amor con Simona en segunda persona: todo lo que no puede decirle lo escribe. De esta manera, como si se tratara de un juego de cajas chinas, Cartas quemadas transita por el ardor del pasado y del presente, por el fuego de los cuerpos y el deseo incontenible, por el éxtasis de las palabras que solo la escritura es capaz de inmortalizar.
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Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Gabriela
Saidon
Gabriela Saidon
Cartas quemadas / Gabriela Saidon. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-556-913-7
1. Novelas. 2. Literatura Argentina. I. Título.
CDD A863
© 2022, Gabriela Saidon
©2022, RCP S.A.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-950-556-913-7
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo
Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo
Foto de tapa: Gettyimages - lucydphoto
Foto de contratapa: Carlos Aguilar Uriarte
Primera edición en formato digital: octubre de 2022
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
Para todas las Génesis y Simonas.
Para quienes exploran las formas posibles del amor.
Para quienes aman la ficción.
Ella sería fluida toda la vida.
La araña, Clarice Lispector
He was a she.
Orlando, Virginia Woolf
Pero lo que me ha estremecido
Hasta perder casi el sentido
Lo que a mí más me ha estremecido
Son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos.
Mujeres, Silvio Rodríguez
Chove chuva
Chove sem parar (...)
Pra chuva parar de molhar
O meu divino amor
Que é muito lindo
É mais que o infinito
É puro e belo
Inocente como a flor (...)
Chove Chuva, Jorge Ben Jor (1963)
La noche en que murió Lady Di celebramos mi cumpleaños en el restaurante chino de Córdoba y Gascón. ¿O debería decir la noche en que mataron a Lady Di? Vos te habías pedido arroz con langostinos. Yo, un chop suey con hongo chino y champignon.
¿Querés probar?, te pregunté, y te alcancé uno de esos hongos carnosos negros que me encantaban.
Lo agarraste entre los dientes y lo apretaste con la lengua contra el paladar, como si quisieras sacarle todo el jugo. Una puntita del hongo se asomó entre tus labios y cerraste los ojos, simulando placer. Entonces me di cuenta de que te habías maquillado; pestañas, labios, algo de rubor en las mejillas, como a veces lo hacías en el colegio.
Rico, dijiste, y me ofreciste un langostino de tu chow fan.
¿Tomamos champagne?, te pregunté antes, por las dudas.
Obvio que tomo champagne, dijiste, desafiante, tus ojos azules con ese veteado marrón que los atraviesa. El subtexto lo entendí, y agradecí: ya no soy una nena.
Afuera llovía. Como siempre en Santa Rosa.
Nos enteramos del choque fatal en el túnel por el televisor colgado en un rincón, entre la pared y el techo, cerca de una de esas lámparas chinas tubulares rojas, con flecos de hilos colgantes, que despedía una luz amarillenta. Entonces nos sentamos una al lado de la otra, para ver la pantalla, lejos del resto de las personas, todas indiferentes a lo que pasaba tan lejos, en el verano boreal. No lo podíamos creer. Diana tenía mi edad. Lejos de e la familia real que la había maltratado tanto, se la veía feliz con su nuevo amor, pero quién sabe ¿no?, era el tipo de comentarios que hacíamos en voz baja. Y entonces, se moría. Un horrible final para la princesa.
Qué vida de mierda, dije.
Yo estaba furiosa: me habían dejado afuera de la fiesta de compromiso.
¿Fiesta de compromiso? ¿Hay gente que se compromete en 1997?, preguntaste cuando te llamé desesperada y te dije:
Te invito a mi cumpleaños, rubia. ¿O tenés algo?
¿Quién más va?
Me había costado llamarte, me costó responder a tu pregunta. Tragué saliva, conté uno, dos, tres, y dije:
Vamos a estar las dos solas.
Era una movida jugada. Tenía miedo. Vos, 18; yo, 36. Voy a usar una frase hecha: te doblaba en edad.
Estuve horas eligiendo la ropa. Al final, me decidí por el vestido negro corto, ajustado, zapatos rojos de taco aguja; eso sí: piloto. Por suerte, vos no optaste por los jeans, algo que me hubiera dejado en evidencia. Pollera y remera ajustada, borcegos. Una mejor elección para la lluvia. Salvo, la campera de jean.
¿Te acordás ahora? Dijiste: Claro que voy. Te hago la gamba, profe. Hasta tengo un regalo para vos.
Después, mucho después, me preguntaste:
¿Qué cambió?
Eras tan linda. Sos. Eras la chica más linda del colegio, lejos. Siempre vas a ser. Y entiendo que no entiendas que eso no me alcanza.
¿Y yo?
Vos eras la profe más canchera de todas. Yo quería ser como vos.
La yema de tu dedo acaricia esa superficie lisa y redonda como una tapita acolchonada. Todo es suave e intenso al mismo tiempo y me decís:
¿Ves? Este es tu punto G.
O dijiste: Punto, G.
Si fui yo la que un día escribió:
Entonces prefiero soltar.
Si yo puse el punto ¿final?
Pero: ¿cuándo termina una historia?
¿Cuándo termina un amor?
¿Existe el punto G?
Llovía es inexacto. El verbo no alcanza para expresar que una tormenta de todos los demonios se había abatido esa noche sobre Buenos Aires. Pruebo, busco palabras, modos de decir lo mismo, o algo distinto: llovía a cántaros, caía una lluvia torrencial. En la tele, mataban (o morían) a Lady Di. En la calle, el vendaval. Nosotras, protegidas en un restaurante chino del que, pasada la medianoche, ya no sabían cómo decirnos que nos fuéramos. Habían dado vuelta las sillas sobre las mesas y hasta montaron un karaoke en el fondo del salón donde, por vez, desafinaban en chino, sin importar. No nos ofrecieron participar: era una invitación a retirarnos. La velita de la minitorta que llevé languidecía triste al lado de esa ceremonia ruidosa pero también íntima y familiar. Hasta la tormenta había amainado (¿es posible no caer en lugares comunes al hablar del clima?)
El regalo era un libro: El loro de Flaubert, de Julian Barnes. Un capítulo de esa novela disparó el comienzo de la novela que escribo. Aunque tardé en darme cuenta.
Al final, nos fuimos. Ya estaban apagando las luces, había cesado el karaoke. Hubo un chasquido de metales cuando, en la vereda, por las dudas y al unísono, abrimos los paraguas. Con la corrida se me despegó un taco, quedé rengueando, el taco en la mano. ¿Por qué se llama aguja, porque pincha?, preguntaste, tocaste, hiciste la mímica del pinchazo en el dedo. Nos reímos y vos agitaste la melena. Era como si toda la vida hubieses tenido el pelo ajustado en un rodete y de pronto lo desataras. De hecho, en las clases, usabas ese rodete tirante, como de bailarina. El beso fue en la comisura de los labios.
El punto G vino después. Añares. Pero antes de la pregunta:
¿Qué cambió?
Todo, mi amor, todo cambió.
¿Qué somos?, te pregunté aquella tarde de primavera.
Dibujabas corazones en el vidrio empañado de la ventana de un bar de Belgrano; tu perfil conservaba los rasgos adolescentes tantos años después; la frente, apoyada en el marco de madera. Tan cliché. Afuera, también, llovía.
¿Será que la lluvia marcó el ritmo de nuestros encuentros? ¿O será una marca del recuerdo?
¿Cómo nos definimos?, te pregunté.
¿Vos y yo?
Ajá.
Mmmm, pensaste, me miraste y:
Podríamos decir que curtimos, dijiste.
No te pregunté si querías decir que esa era la versión para el afuera (cuando habíamos quedado en mantener el vínculo en secreto), aunque sonaba así. O porque quisiste decir lo que quisiste decir.
Curtimos.
Sí, claro, eso hacemos, no somos.
No dijiste, entonces, somos un curte. Eso fue después, cuando sentiste que había que definir, sustantivar. Pero no sé si lo vivías así o fue una definición a demanda, una respuesta veloz y calculada al mismo tiempo. Tal vez la tenías preparada, lista para usar cuando yo preguntara.
De todos modos, yo venía con el discurso de estar siendo. De no ser definitiva.
¿Qué es lo que define tu identidad sexual?, te había preguntado (no creo haber usado esas palabras, pero más o menos).
La práctica, dijiste.
Como teoría no me convenció. Fue más una invitación: practiquemos.
Practicamos.
No me alcanzaba, claro, con gustarte.
Por wasap te pregunté (por wasap me envalentonaba, y vos también, y casi que había que largar el celular porque quemaba. ¿O había que quemar el celular?):
¿Qué te gusta de mí?
Tus piernas, dijiste, y no sé qué más.
No te lo dije (jamás lo hubiera hecho entonces), pero no me alcanzaba con curtir, gustarte, ser la que necesitabas para borrar las cicatrices de tu separación. Si tenías las heridas abiertas, vamos.
Tenías que arder por mí. Disolverte. E-na-mo-rar-te. ¿Y yo?
Y yo, eso. Nada, o no sé.
Esa tarde lluviosa de primavera en el bar o acaso en el restaurante chino, te hablé de mi síndrome de Cenicienta. Dijiste: no es verdad, no tenés el síndrome de Cenicienta. Es otra cosa. ¿O cómo nombrar el miedo? Entonces fue cuando quedó el emoji del zapato rojo con taco aguja para siempre.
Me habías preguntado por qué aguja. Porque pincha. La aguja pincha para enfermar o para curar, lastima pero también cose, remienda, arregla los géneros rotos. Dos agujas tejen. Y las costureras se cuentan historias. Pero te oigo decirme después: la aguja del zapato no hace nada de todo eso. Se clava en el suelo, y hace doler el pie.
Digo: además, es fetiche. Como si quisiera defenderme de algo.
Será porque no me animo a decírtelo, o porque no me animo a quererte, que te escribo. ¿Escribo para vos?
Y vos: escribiste un poema sobre ese irme mío. Me recordaste unos poemas que habías escrito en la adolescencia, cuando yo era tu teacher, cuando nuestro amor también era imposible.
No guardé el poema. ¿Vos sí?
Esa vez, después de soltar por wasap, en el auto, me pediste que te mirara. Pero antes, que te explicara. No sé qué dije. Estaba incómoda. Dijiste que había estado bueno.
Hubiese preferido que dijeras que estaba buena. Canchera no alcanza.
O no sé.
Falta la parte del medio en esta historia. La parte en que me voy. La parte en que me quedo. La parte en que tu yo me harta y la parte en que vos me decís que no entendés por qué me soportás. La parte en que decimos por qué no probar una convivencia, la ropa mezclada y los zapatos arrumbados en cualquier lugar, la parte en que salgo del closet, la parte de la académica que se lanza a la ficción, la parte de la cronista que la alienta y la parte en que se pudre todo. La parte en que te vas y volvés. Y me voy. Y vuelvo. O no. Y nos vamos. Y nos volvemos.
Y la parte más linda, la de tu dedo en mi botón. La de tocarte, la de los besos.
¿Puedo besarte?, preguntaste. Creo que ahí empieza esa otra parte.
Porque antes, vienen todos los zapatos.
Y tu necesidad de borrar cicatrices que todavía no se te formaron, rubia. Gigantes serían esas cicatrices, como los callos en el lomo de la ballena franca austral.
El reencuentro fue casual, a la salida del subte. Estabas con Indio (bello, tus rasgos exactos, otros colores) que tironeaba para bajar por la escalera mecánica ascendente. Así supe que habías tenido un hijo. Hubo intercambio veloz de cifras y despedida rápida. Enseguida llegaron los mensajes encendidos por wasap.
Me preguntaste:
¿Tuviste sexo con una mujer?
Y yo: a los doce, unos juegos a la hora de la siesta.
¿Me estabas midiendo? ¿O querías saber cómo encarar? Me advertiste que no eras de tomar la iniciativa.
Yo tampoco, nunca, dije. Un poco mentí. Solo un poco, porque la primera mano, el primer beso, eso sí, nunca. Pero encaro.
Yo te dije algo que ahora no sé o no recuerdo, sobre mi deseo, o mi confusión.
Y vos: Ay, las hétero.
Tal vez yo necesitaba probar, responder a esa pregunta, la de tener sexo con una mujer. Y vos, separarte de tu ex.
Te sentabas en el primer banco del aula con tu pollera tableada, siempre más corta de lo que el colegio de monjas permitía. Abrías y cerrabas las piernas y mordías el lápiz mientras mirabas el pizarrón, la hoja rayada de la carpeta abierta, o mis ojos. El botón de la camisa blanca se te desabrochaba e insinuaba el borde del corpiño de encaje negro. A veces, me asomaba a tus hojas y veía corazones dibujados. Era un claro desplazamiento de la mirada, cuando en realidad quería hundirme en la piel de tu escote.
No sé cómo las monjas me dejaron dar Lolita en quinto año. Te conté que había usado los argumentos del abogado de Flaubert en el juicio por inmoralidad contra él como autor de Madame Bovary. La palabra clave fue: aleccionar. Una lectura ejemplificadora. Señoras: no sean como Emma Bovary. Chicas: no sean lolitas.
Me dijiste:
Las monjas deben pasarse el lomo de Lolita, el libro (aclaraste), por la raja.
La raja, dijiste. Y el lomo de Lolita.
Nos reímos.
Quién de las dos empezaba a rajarse ya entonces.
Eras grande para Lolita. Chica (menor de edad) para mí.
Tu lengua en mi raja.
Que te llamara rubia era poco original. No lo inventé yo; así te decían tus compañeras de la Sagrada Concepción de María Inmaculadísima. Pero quedó. Nunca dijiste que no te gustara. Lo otro, lo de borrar cicatrices, no te lo dije.
Vos me llamabas G., que era mi firma en el mail y después en el wasap hasta que me enseñaste a ser más polite. Sonaba: je, cuando lo decías, fonético. Una risa: ¿te burlabas de mí?
Respuestas inmediatas en el wasap. Horas de hablar. Todo juntas.
La diferencia de edad. Carol, de Highsmith, para darle glamour. La película, en realidad, que vimos juntas sin tocarnos. Antes.
El tema generacional me pesaba, y vos diciendo, ¿y qué?
Te molestaba que te pensara como esa adolescente rubia que abría y cerraba las piernas debajo de la pollera tableada en el primer banco del colegio. Ya habían pasado más de veinte años y yo te fijaba en ese recuerdo.
Soy adulta, tengo un hijo, superé los treinta largos.
De todos modos, podría ser tu madre, dije.
Pero no lo sos.
Perdí mi anillo de compromiso en la arena. Era de oro con una piedra, bah, con tres piedritas blancas. Preciosas, las piedras. ¿Serían diamantes?
¿Qué, vos también te comprometiste?
No me mires así, solo el anillo. Con E. también planeamos un pacto de sangre, pero no nos animamos a cortarnos, ni siquiera a pincharnos el dedo.
Dibujabas, o borrabas los dibujos, en la ventana empañada. Afuera, seguía lloviendo. O llovía otra vez. Que no es lo mismo, comenté, algo con solución de continuidad, que algo que se corta y luego vuelve a repetirse, como la historia. Como esta historia.
Solución de continuidad, buen título para una crónica, dijiste.
¿Una crónica sobre qué?, te pregunté.
Levantaste y bajaste los hombros. Y después:
Perder el anillo de compromiso en la arena. Significativo, dijiste.
No me vengas con la psicóloga de café. De cortado, de lágrima.
Psicóloga de lágrima quedó para siempre.
Recorriste mi mejilla con el dorso de tu dedo índice. El mismo dedo con el que dibujaste mi botón. ¿O ese era el dedo mayor?
Después, hiciste el gesto de cocerte los labios, o de cerrarlos con un cierre imaginario. No sé, no me acuerdo, una de las dos. Cerrar la boca.
El anillo de casamiento con E. fue de platino. Porque preferíamos el plateado al dorado y porque el joyero dijo que el platino jamás perdía su brillo. Era tan finito que, al mes, a él se le rompió (eso dijo, que era por lo frágil, ahora no sé, ahora que ya dejé de creerle todo).
¿Andaba por la vida sin su anillo de casado? Uhm, sospechoso, dijiste.
Di un respingo (creo que siempre quise escribir esta frase).
Nunca lo había pensado así, dije. Siempre fui la deseada, la que él miró y dijo: con esta mina me caso. El trofeo. Su amor incondicional. A prueba de balas.
Te encogiste de hombros, mostraste las palmas de las manos, abriste grandes los ojos y levantaste las cejas, todo en uno.
Deberías pensarlo, dijiste. Además, no entendiste nada. La deseada, con esta mina me caso, la incondicionalidad del amor: parecés un libro cubierto de polvo.
Me quedo pensando. Frunzo el ceño. Y si…
Después de la muerte de su padre, él se quedó con el anillo de casamiento de oro (la madre seguía viva y usaba el de ella en el anular de la mano izquierda, como corresponde). E. lo llevaba colgado de una cadena, como un dije, un fetiche o un talismán. El anillo de casamiento de su madre y su padre muerto.
¡Freud!, dijiste, como si hubieses invocado a dios.
Fue en la precuela cuando corrimos debajo del paraguas que se daba vuelta por el viento y vos te empecinabas en enderezar hasta que te diste por vencida y lo dejaste, prolijo y destruido, al pie de un paraíso en la vereda.
Ahí, mojadas por completo, pelo, narices, mejillas, y toda la ropa, me saqué los zapatos para no renguear, guardé el taco despegado en la cartera, y te di ese beso en la comisura de los labios. Casi un roce, casi sin querer. Un beso más deseante que si hubiese sido pleno.
¿Te acordás?
¿Sabés que no? No me acuerdo de Lady Di, ni del karaoke de la familia china. Me acuerdo de vos, de tu bronca, tu tristeza.
¿Y el beso: del beso te acordás?
Sí, cómo no me voy a acordar de ese casi beso. Apenas húmedo.
Si no te acordabas, me mataba. Así y todo, medio de costado, fue el primero con una mujer. Qué difícil todo, eras una nena.
Era una adolescente que ya tenía claridad sobre su identidad sexual. Fumaba, tomaba alcohol. Esgrimiste esas pruebas. Y no te creo que haya sido el primero, dijiste: ¿nunca un piquito? Creo que tendría que haberte bautizado La modosita.
La modosita, ja. Un tango cuir.
¿Pero dónde quedan los juegos a la hora de la siesta de los 12?
Hacías bien en no creerme. Aunque la infancia no contaba.
