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"Tómate 20 minutos para ti, sea en tu cama un domingo por la mañana, sea gozando del placer que te provoca un baño caliente o sea, simplemente, relajada en tu sofá. Lee un relato a la vez, sin prisa, disfrútalo. Lo que quiero con mi libro es provocarte sensaciones."
Alessandro Berri
"Alessandro Berri sabe como llevarte a mundos inesperados tomando tus más profundos deseos."
"¡Me ha encantado! Tiene descripciones detalladas que hacen que lo imagines todo."
"Sus historias te seducen: son ideales para leer, disfrutar y relajarse (y si estás sola, mejor...)."
El amante italiano, relatos eróticos para mujeres enamoradas narra 6 historias de amor y de sexo apasionado, con descripciones detalladas de situaciones, atmósferas y emociones que te van a encantar.
El elemento central de los seis relatos es la pasión: puede nacer admirando una obra de Rafael Sanzio, escuchando una maravillosa voz durante un festival folklórico o gracias a un libro de Alejandro Dumas, en todo caso es pura pasión que te va a emocionar.
Pero El amante italiano es también un diario de viaje: los protagonistas viven sus impetuosas historias de amor en lugares hermosos, descritos en detalle. Podrás respirar la atmósfera inigualable de un festival en Colombia, conocer las playas de Málaga, viajar por las amplias carreteras de la Florida. Y también descubrir conexiones inesperadas entre Roma y Sevilla, saborear vinos argentinos al pie de los Andes y ser invadido por los inigualables colores de México.
Los títulos de los 6 relatos son:
El ruiseñor de Valledupar
La condesa de Málaga
Pembroke Pines, una larga noche todavía
Los delfines de Rafael
Mendoza, ebrios de placer
Querétaro, el número perfecto
Y, finalmente, el elemento central: la mujer. Las verdaderas protagonistas del libro son 6 mujeres, Diana e Isabel, Daniela y Julia, Catalina y Sofía. Seis mujeres muy diferentes entre ellas, pero todas con un elemento en común: son mujeres fuertes y pasionales, quienes mueven los hilos de las historias que viven y las guían sutilmente. Cada una tiene su carácter, sus debilidades, sus inseguridades, todas se entregan apasionadamente y sinceramente a su hombre pero ninguna deja que sea el hombre a guiar la historia.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
Nivel de erotismo (3/5)
#Colombia #romántico #oral #69
H
abía llegado a Valledupar, en el este de Colombia, un par de horas antes. Un amigo de Santa Marta me habló del Festival de la Quinta y me dio curiosidad por verlo. No fue fácil encontrar un lugar donde hospedarme, sin embargo, el pequeño apartamento que incluía cocina cerca del Parque del Viajero me pareció la solución perfecta para poder disfrutar de la fiesta.
Por primera vez, ese año, los organizadores habían decidido alternar los grupos musicales profesionales con un karaoke al que podían participar turistas y locales. La idea me pareció genial y, tras haber escuchado a dos viejecitos que se movían y cantaban como si tuvieran 40 años menos y a un grupo de chicos raperos algo bebidos, vi que salió al escenario una chica de pelo largo y lacio con un vestido corto color palo de rosa que mostraba unas hermosas piernas y un escote muy generoso. Eras tú. La gente comenzó a silbar y unos cuantos jóvenes te invitaron sin muchos rodeos a mostrar tu cuerpo al público. Irritado por la vulgaridad de esos jóvenes, estaba a punto de alejarme, cuando tú, la hermosa chica de pelo largo, comenzaste a cantar. El público se calló de repente, tu voz había dejado a todos sin palabras. Comenzaste a cantar con pasión una canción de amor y actuabas en el escenario como si tú y la música fuerais uno.
Eras un ruiseñor, un maravilloso ruiseñor que me dejó impactado al punto que, cuando terminaste tu canción, decidí alejarme para poder quedarme con tu voz en los oídos.
Durante la siguiente hora, me dediqué a visitar las tiendas de artesanías y gocé del ambiente único que solo los colombianos saben crear. Al pasar las horas, sentí algo de hambre. Pronto me di cuenta de que sería difícil encontrar una mesa libre en un restaurante del centro. Ya había pasado por dos y en el tercero le pregunté a un mesero que estaba en la puerta.
«Hay que esperar más de una hora», me dijo.
Estaba a punto de irme, cuando, mirando las mesas, vi a una mujer de pelo lacio que me pareció la chica que había cantado en el karaoke. Su vestido palo de rosas no dejaba duda alguna, estaba comiendo y conversando amablemente con tres amigas. Miré el mesero, le pedí permiso para entrar un momento a saludar a unas conocidas y me acerqué.
«Hola, disculpe las molestias», te dije. «¿Es Usted la joven que cantó hace como una hora en el karaoke?».
Tus amigas se miraron entre ellas y se echaron a reír. Unos segundos después, tú, el maravilloso ruiseñor de Valledupar, me miraste y me dijiste ¡sí!
«Solo quería decirte que tu voz me ha encantado», te dije.
Tú me sonreíste y de tu dulce boca un gracias dijiste.
Tras unos interminables instantes de silencio me preguntaste:
«¿Tienes un acento raro, de dónde eres?».
«Soy italiano, mi nombre es Alessandro» te contesté.
Al ver tu hermosa sonrisa y tu claro interés, ignoré las constantes risas de tus amigas.
«¿Has estado alguna vez en mi país?» te pregunté para poder entablar una conversación.
«Nunca. Sin embargo, me encantaría ver Venecia, creo que es una ciudad muy romántica y de mucha historia. Alessandro, ¿porque no te sientas con nosotras? Mi nombre es Diana, ¡encantada de conocerte!».
Estuvimos hablando en el restaurante por más de una hora y descubrí a una mujer muy simpática y con muchos intereses. Yo también te gustaba, me di cuenta de eso por todas esas pequeñas señales que las mujeres saben dar.
Cuando te sentaste de una forma en la que podía ver tu pierna izquierda, me resultó muy difícil no bajar la mirada: lo hiciste a propósito y, la verdad sentí, una conexión. Hasta te levantaste un poco el vestido y una sonrisa maliciosa apareció en tu rostro cuando, tras unos interminables minutos, dejé de resistir a la tentación de bajar la mirada por primera vez. Tu muslo carnoso y firme parecía pedir mis caricias y mis besos.
Poco antes de levantarnos, enviaste un mensaje del celular. Estoy seguro de que escribiste algo a tus amigas para decirles que querías estar sola conmigo. De repente, me miraste y me dijiste:
«¿Tienes planes? ¡Me gustaría enseñarte la ciudad!».
Lo que pasó en las tres horas siguientes lo viví como en éxtasis. Tú, el maravilloso ruiseñor de Valledupar, eras una mujer sumamente interesante y culta, hablar contigo era puro placer. Estaba hipnotizado por tus ojos, por ese pequeño lunar que tenías junto a la boca y que me recordaba Cielito Lindo, una antigua canción popular de México, por tus senos grandes y firmes bajo ese vestido cuyos tirantes soñaba con bajar. No hacía falta que te lo dijera, tú ya te habías dado cuenta de que soñaba con ir más allá, con ver tus senos desnudos y poder rozarlos, besarlos suavemente, lamerlos con la punta de mi lengua. Y tú también comenzabas a desearlo. No sabía cómo ocultar mi sexo abultado en los pantalones, era imposible. Mi pene estaba listo. Alguna vez, sobre todo en los momentos en los cuales estábamos sentados, sentía que mi entrepierna pulsaba y tenía esa sensación irrefrenable de empujar mis caderas. Fue para bajar la tensión que te dije que me gustaba tu lunar y te pedí que me cantaras Cielito lindo. Me dijiste, en broma, que era un inculto y que esa canción no formaba parte de la tradición colombiana.
Y la cantaste.
Tu voz de ruiseñor me penetró el alma: escucharte admirando tu rostro angelical, tu expresividad, tus senos generosos, tus piernas que me mostrabas de una forma maliciosa, hicieron que perdiera el control y apasionadamente besara tu boca, esos labios que anhelaba, desde el momento en que los vi. Tú quedaste sorprendida un instante, pero pronto te dejaste llevar: te acercaste con más confianza, nuestros labios se juntaron por primera vez abriéndonos las puertas a nuestras respectivas almas. Cuando me alejé de ti, te miré un instante en los ojos, tú me sonreíste y yo bajé tímido la mirada antes de subirla otra vez: te sonreí y volví a besarte.
Estábamos de pie, ceñí tus caderas con mis manos, nos besamos en los labios una, dos, tres veces mirándonos a los ojos y sonriéndonos cada vez que nos alejábamos un instante.
«Ya no me miras los senos?» me susurraste dulcemente.
Instintivamente bajé la mirada y nos echamos ambos a reír.
«Estás en un hotel?» me preguntaste.
Te expliqué que tenía alquilado un pequeño apartamento ahí cerca, tú sonreíste y me propusiste que te invitara para conocerlo.
Al llegar, vi como tu hermosa silueta atravesaba el umbral de la puerta.
«Puedes cerrarla», me dijiste.
Lo hice y, al verte nuevamente, estabas de espaldas con la cremallera del vestido color palo de rosa abierta. Con malicia, te aseguraste de que lo notara y diste la vuelta hacia mí. Tu vestido ya no ceñía tus senos como antes, mi pene abultado parecía intentar romper mis vaqueros ajustados, me acerqué lentamente a ti y te besé en el cuello.
Tú suspiraste de placer.
«Bájame el tirante del vestido», me susurraste en el oído.
Yo me puse de pie detrás de ti, abrí mi camisa dejando que mi pecho desnudo rozara tu espalda y solo entonces te bajé los tirantes: el izquierdo primero y el derecho después, mientras seguía besándote el cuello. Tú te moviste lo suficiente para que el vestido bajara al suelo dejando al descubierto una maravillosa espalda cubierta por tan solo el gancho de un sujetador de encaje color carne y un maravilloso trasero, grande y firme, cubierto por una tanguita casi invisible. Resistí a la tentación de agarrarte con fuerza, puse tu hermoso pelo negro y lacio en tu hombro derecho y comencé a besarte suavemente la nuca con mis labios carnosos y ávidos de placer.
Eran besos impalpables, ligeros, suaves. Pronto me di cuenta de que tenías los ojos cerrados y que tu respiración se aceleraba más con cada beso y roce que te daba. La piel de tu nuca era suave, el perfume de tu pelo invadía mi nariz. Mientras te rozaba suavemente la nuca con mis labios, la camisa entreabierta hacía que mi pecho tocara tu espalda, mi pene abultado, aún comprimido por los pantalones, se acercaba a tu trasero de ensueño sin tocarlo. Cuando rocé tu nuca con la punta de mi lengua, gemiste. Quise continuar para hacer que mi boca y mi lengua la mojara bien y, de repente, soplé. Tu gemido fue intenso, me pareció que un escalofrío invadiera tu cuerpo y juntara tu nuca directamente a tu sexo. Entretanto comencé a dibujar con mi dedo índice unos círculos alrededor de tu ombligo y, unos instantes después, comencé a mover mi dedo hacia arriba, pasé entre tus senos, aún cubiertos por el sujetador, rocé tu garganta y me dirigí hacia tu boca. Acaricié tus labios, tú abriste la boca y comenzaste a chuparme el dedo con avidez. Yo, entretanto, te besaba el cuello y seguía inebriado por el perfume de tu cabello. Mi pecho ya estaba pegado a tu espalda y mi pene duro a tus nalgas desnudas. De repente te alejaste, diste la vuelta, abriste el gancho del sujetador y lo tiraste al suelo.
Tus senos eran maravillosos: grandes y firmes. La aréola era color avellano, los pezones mostraban un infinito deseo de ser besados. Me quité la camisa y abrí mis pantalones. Te tomé dulcemente una mano y te invité a acostarte. Tus senos eran irresistibles, pero no quería acelerar. Te besé apasionadamente en la boca mientras tú me acariciabas la cabeza. No dejábamos de mirarnos: tus ojos oscuros brillaban; los míos, entre el verde y el marrón claro, lucían llenos de deseo.
Comencé a acercar mi dedo índice a tu seno izquierdo, también dibujé círculos alrededor de la aréola acercándome cada vez más al pezón, cada vez más erguido. Lo miraba intensamente. Y tú también.
La respiración de ambos aceleró cuando mi dedo llego a tocar tu aréola. Tu pezón estaba tan cerca de mi dedo, solo unos milímetros los separaban. Justo cuando estaba a punto de tocarlo quité el dedo y comencé a rozar alrededor de tu otro seno. Tú me miraste desesperada, yo te sonreí.
«¡Eres malo!» me dijiste.
De repente te lamí con ardor el pezón que había dejado erguido y deseoso, moví rápido mi cadera y comencé a bajarme los pantalones con frenesí. Tú empujaste mi cabeza hacia tu pecho y gemiste con fuerza. Ya tenía gran parte de tu seno en mi boca, mis calzoncillos no podían contener más el vigor de mi miembro abultado, tu mano comenzó a buscarlo y no tardó más que un instante en encontrarlo. Mientras te comía el otro seno me di cuenta de que habías cerrado los ojos y masajeabas con vigor mi pene por encima de los calzoncillos. Me empujaste e hiciste que me tumbara boca arriba. Te pusiste de pie encima de la cama y te quitaste la tanguita. Tu pubis estaba completamente desnudo, tu placer se notaba por tu monte de venus empapado de fluidos. Siempre de pie, diste la vuelta. Tu increíble trasero, desde esa inusual perspectiva, me provocaba deseos incontrolables. De repente te agachaste y te sentaste en mi cara. Yo comencé a lamer desesperado tu sexo con frenesí y sin pausa, lo deseaba con locura desde que te conocí. Y tú comenzaste a quitarme los calzoncillos. De repente, noté que te detuviste un instante. Me miraste, tu expresión me lo dijo todo. Eso me llenó de vigor y más cuando confesaste que no esperabas encontrar un miembro así de grueso. Busqué tu mirada y tus ojos se iluminaron con esa lujuria y deseo que sentías, volviste a esa posición de éxtasis total y comenzaste a lamer y chupar en un 69 que nos dejó aún más deseosos de unir nuestros cuerpos y nuestras almas.
En tan solo unas horas, la delicada boca del ruiseñor que cantaba melodías suaves en el Festival de la Quinta se convirtió en una boca insaciable de placer que chupaba y lamía con desesperación un pene grueso y duro.
Yo, muerto de placer y sin la posibilidad de controlar los espasmos de mi cadera, seguía comiendo ese delicioso coño carnoso que me aplastaba la cara, seguía abriendo con mis manos esas increíbles nalgas que parecían mármol, seguía empujando mi nariz en el perineo de mi hermosa colombiana lo que, al moverte tú, hacía que te alcanzara el ano provocándote espasmos aún más intensos.
Fuiste tú quien decidiste cuando levantarte: tras unos segundos para reestablecer el control, diste la vuelta y te sentaste otra vez en mi cara. Ahora al chuparte el coño, podía mirar tus enormes senos y tu cara de placer. Fue entonces, mirando mi rostro completamente inundado por tu placer, que tuviste tu primer orgasmo. Fue maravilloso: te mordías el labio, tus manos agarraron el cabecero de la cama, no podías controlar los temblores de tu cadera: al final, gritaste y comenzaste a sonreírme mientras tu respiración seguía acelerada.
Te acostaste en la cama y me invitaste a besarte los senos, tocarte los muslos, disfrutar de tu piel suave y delicada. Yo estaba a mil. Te pedí ponerte en cuatro, tú lo hiciste. Tras besarte toda la columna, del cuello hasta el ano, lo que te provocó otro imperceptible temblor, comencé a penetrarte el sexo aún muy lubricado. Sentí que gemías de placer.
«Dios mío qué gordo está!», me dijiste.
«Duele?», pregunté preocupado.
«Para nada, ¡me encanta!».
Comencé a moverme cada vez más duro y sentía que mi pene entraba tan bien. Era el paraíso: aún llena de fluidos, me acogías con ganas y muy en profundidad. Mi pene se deslizaba como nunca, tu hermoso trasero, entre mis manos, me parecía aún más grande y firme. Yo empujaba cada vez más. Tú me ayudabas moviendo tu cadera.
Duro, más duro, ¡más aún!
Dentro, muy adentro, ¡mucho más!
Tú comenzaste a mover tu cadera sin control, ya lista para alcanzar tu segundo orgasmo. Yo también estaba a punto de estallar y cuando me di cuenta de que gemías, gritabas, agarrabas las sábanas sin control alguno, te llené de mi infinito y prolongado placer antes de caer acostado a tu lado.
Lo que pasó después: los besos, las caricias, las sonrisas, las palabras de amor, el sexo que repetimos dos veces más, lo dejo a nuestros recuerdos. Los recuerdos de cuando una hermosa mujer me cautivó por su voz de ruiseñor.
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