El escándalo - Pedro Antonio de Alarcón - E-Book

El escándalo E-Book

Pedro Antonio de Alarcón

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Beschreibung

Alarcón era considerado entre sus contemporáneos como el escritor español del momento que mejor sabía urdir una historia y el único capaz de cautivar al auditorio manteniendo constantemente vivo el interés del lector. En sus novelas, nos encontramos historias que nada tienen de vulgares, ni por los hechos, ni por los personajes. Con "El escándalo" (1875) se confirmó ante los ojos de sus contemporáneos como un escritor de primera fila. "El escándalo" es una novela confesional. El autor convierte la religión en la que cree en ingrediente central de su obra, y presenta sus creencias de forma apologética. Como ocurre con todos los protagonistas de las novelas ideológicas de este período, Fabián Conde, el héroe de esta novela, se enfrenta a su ambiente y constata el desamparo del ser obligado a vivir en un mundo en el que se ha erosionado la fe antigua. Un mundo sin Dios en el que dominan la crítica y la razón. El protagonista se enfrenta a un drama que le expone al escándalo social, a perder su consideración y el reconocimiento públicos debido a una serie de engaños, errores y faltas cometidas. Quien es causa de escándalo acaba por ser víctima del mismo.

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Seitenzahl: 804

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Pedro Antonio de Alarcón

El escándalo

Edición de Ignacio Javier López

Contenido

Introducción

Alarcón, escritor

El artista entre dos revoluciones

Una novela nueva…

… en un mundo de ideas nuevas

«El escándalo»

Luz entre tinieblas

La literatura y la moral: de la novela ideológica a la novela de tesis

Apéndices

Esta edición

Bibliografía

El escándalo

Libro primero. Fabián Conde

I

II

III

Libro segundo. Historia del padre de Fabián

I

II

III

IV

V

Libro tercero. Diego y Lázaro

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

Libro cuarto. Quién era Gabriela

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

Libro quinto. La mujer de Diego

I

II

III

IV

V

VI

Libro sexto. La verdad sospechosa

I

II

III

IV

Libro séptimo. El secreto de Lázaro

I

II

III

IV

V

VI

Libro octavo. Los padrinos de Fabián

I

II

III

IV

V

Epílogo

Créditos

Introducción

Pedro Antonio de Alarcón.

En Historia de mis libros (1884), que fue el último de sus escritos, Alarcón menciona las muchas historias que aún le bullen en el cerebro. Lo había hecho antes en repetidas ocasiones hablando siempre con orgullo del poder de su imaginación. No se trataba de un mero alarde; fue siempre, en su caso, una implícita declaración poética. Sus mismos contemporáneos, en particular los escritores jóvenes, que tanto habían de criticar sus excesos, estuvieron de acuerdo al admitir que lo distintivo en el escritor de Guadix eran la viveza y el poder de su imaginación. Clarín, el más severo de sus críticos, lamentaba a finales de la década del ochenta que Alarcón hubiera decidido poner fin a su carrera literaria. Él era, dice Alas, el escritor español del momento que mejor sabía urdir una historia y el único capaz de cautivar verdaderamente al auditorio manteniendo constantemente vivo el interés del lector. En sus libros hubo siempre «invención rica, original, fresca; amenidad, gracia, pasión, interés, fuerza, vida»1. Algunos críticos posteriores, como su paisano Ganivet2, consideraron que nadie entre los autores de su generación, ni siquiera Galdós (por citar al mejor de todos ellos), le igualó en esta extraordinaria capacidad imaginativa y en su habilidad para crear argumentos únicos, de gran interés.

Pero la imaginación, que desde fines del XVIII había sido considerada categoría preferente en toda creación artística3, fue una cualidad mucho menos apreciada por los escritores de la generación que sigue a Alarcón. Éstos —Clarín, Pardo Bazán, Palacio Valdés, o sea, los naturalistas que llegan a la literatura en 1880— pusieron gran empeño en liquidar todo vestigio romántico. Mostraban así un acercamiento diferente que aprendieron de Zola y, en España, de Galdós4. Les interesaron cualidades que ponían el énfasis en la composición de la obra. Se trataba de la documentación detallada, de la naturalidad de la expresión y de la descripción exacta y, en fin, de la construcción lógica y ordenada de la narración. Nada de esto había importado mucho a Alarcón. Reseñando Fanny, la mediocre novela de Ernest Feydeau, el guadijeño había dado a entender que las historias que se parecen a la vida, empiezan por no ser novelas o, de serlo, pecan por no ser historias interesantes; en las miserias de la vida real, dirá con cierto desdén, «poco hay que inventar»5. Esto supone un entendimiento de la literatura que él nunca hizo del todo explícito, pero que asume que el público lee para evadirse de la realidad en que vive. ¿Qué sentido tiene, parece preguntarse el autor, retratar la realidad cotidiana en las ficciones cuando éstas vienen a colmar la necesidad sentida por el lector de escapar de su propia circunstancia?

Para satisfacer esta necesidad de evasión, sus historias se ocuparon siempre de aventuras inusitadas o de hechos sorprendentes. Al leer sus novelas, estamos ante historias que nada tienen de vulgares, ni por los hechos que cuentan, ni por los personajes a quienes tales hechos suceden. La posterioridad ha considerado que este carácter extraordinario de sus historias es un defecto, resultado de una falta de elaboración, al entender que las ficciones en las que predomina la fantasía carecen de naturalidad. Clarín subrayaba esto al indicar que en el estilo del novelista de Guadix nunca hubo «corrección, ni ciencia, ni mucho arte», aunque lo adornaran «soltura, espontaneidad y variedad agradables» (Alas, Nueva campaña, Obras completas, vol. IV, pág. 749).

Pero al juzgarlo de esta manera —y me refiero, claro está, a la parte negativa—, el asturiano aplicaba a Alarcón el criterio de la novela posterior, la que vino impuesta por los novelistas que le siguieron. Pese a haberse convertido en criterio habitual al juzgar la obra alarconiana, este acercamiento crítico es injusto ya que dichos novelistas se interesaron en valores que chocaban con el modelo literario que había atraído al autor de Guadix, y en el que éste fue sin duda alguna un gran maestro.

Las diferencias entre la novela practicada por el guadijeño y la de los jóvenes que le siguieron, son notables. Sin ánimo de ser exhaustivo, destaquemos que en la década de los 80 los naturalistas generalizaron el uso del estilo indirecto libre, procedimiento que permitía al lector un acceso en apariencia inmediato a la conciencia del personaje, mientras que en la novela de Alarcón la verdad irrumpe mediante una confesión que desnuda el alma, y en los momentos de elucidación tenemos exclamaciones y lágrimas —«apoyando su juvenil cabeza en la encanecida del Padre Manrique, prorrumpió en amarguísimo llanto»; «gemí, no pudiendo sofocar mi emoción, y caí medio desmayado en los brazos del forastero»; «lloré mucho…, y, a medida que lloraba, fueron desapareciendo los síntomas de fiebre cerebral que habían alarmado a mi buen amigo» (págs. 195, 212 y 277). También hay debate de polaridades que en última instancia remiten a la lucha del Bien y del Mal. Destaquemos, además, que los jóvenes autores aprendieron de Galdós a convertir sus desenlaces en un momento cervantino de desengaño y conciencia, entendida ésta a menudo como un saber negativo; en el caso del Fabián alarconiano no hay experiencia, sino una tensión llena de sorpresas y, al final, tenemos hallazgo y desahogo. Y, en fin, que influidos por el Naturalismo los novelistas de los 80 contaron historias en las que el tiempo nos daba la experiencia de la narración mientras que, en la novela que editamos aquí, el tiempo tiene un valor melodramático, apuntando constantemente a la inminencia de una amenaza a punto de precipitarse sobre el personaje; se trata del «plazo» romántico, esto es, el momento en que, agotado el tiempo previamente otorgado al protagonista, se cierne sobre él una amenaza decisiva.

Debido a su enfrentamiento con los autores siguientes, la crítica no ha tenido reparos en ver a Alarcón como un autor rezagado, representante de otro tiempo, el cual sigue un modelo de novelar que resulta trasnochado para 1875. Alarcón, en efecto, conecta con la estética y con las biografías de la generación anterior. Entre sus amistades hay figuras que, como Zorrilla o Ros de Olano, proceden del mundo romántico. Pero rechazar a Alarcón por ello es de una severidad excesiva. Cuando él escribe y publica El escándalo, en 1875, no hay una tradición de novela seria en España. Para esa fecha, y dejando de lado los episodios galdosianos, que lógicamente no entran en esta categoría, y excluyendo también el folletín de la generación anterior —con el que, no obstante, Alarcón conecta estilísticamente—, hay en realidad tres novelas que cuentan en el panorama literario español moderno: por orden cronológico, se trata de La Fontana de Oro (1870) y El audaz (1872), de Galdós, y Pepita Jiménez (1874), de Valera. Todo lo demás estaba aún por hacer.

Según esto, su contribución a la novela española del momento fue absolutamente extraordinaria; y, además, fue decisiva. Aunque es cierto también que, puesto que las ideas sobre la narrativa progresaron con rapidez a partir de 1875, su quehacer pronto chocó con las formas de novelar de los autores jóvenes. La nueva narrativa que escribieron éstos lo arrinconó rápidamente como vestigio de otro tiempo. Ejemplificando que el entendimiento de la literatura había cambiado por completo, Clarín escribió en 1882 una crítica demoledora de La Pródiga, que había de ser la última novela alarconiana (Alas, Obras completas, vol. VI, págs. 1039-1044). Con increíble audacia, en dicha reseña el asturiano reprocha al novelista de Guadix no saber escribir una historia medianamente ordenada: «La Pródiga —dice Clarín— comienza como un libro de principiante que nunca ha de ser gran cosa: extrañas aventuras; más, raras y sin expresión; caracteres falsos, incoloros, vulgarísimos; diálogo culterano absurdo, casi cómico de puro inverosímil; caprichosa manera de conducir y subdividir la fábula».

Este ataque era excesivo, justificándose que Alarcón se sintiera ofendido y que diera cauce a su irritación contra él, llamándolo «estudiantón grosero y cursi, metido a crítico» (Historia de mis libros, OC, pág. 20). No le faltaba razón al de Guadix: para la fecha de que hablamos, él había publicado cinco novelas (El sombrero de tres picos, El escándalo, El Niño de la Bola, El capitán Veneno y La Pródiga) y tres series de cuentos, algunos de ellos auténticas joyas del género (por ejemplo, El amigo de la Muerte, La Comendadora, La mujer alta, El clavo, etc.). Para el mismo año en que el atrevido joven acusaba a Alarcón de no saber escribir relatos, él no tenía nada comparable que exhibir: a la altura de 1882, la obra narrativa publicada de Leopoldo Alas consistía en los tres cuentecillos breves, incluidos en el volumen misceláneo Solos de Clarín, del año 1880, y un manojo de narraciones breves esparcidas por la prensa, rescatadas por Jean-François Botrel para la edición de Obras completas. Pero importa en realidad lo que el asturiano anunciaba respecto al futuro desarrollo de la narrativa: que había surgido un nuevo concepto de novela el cual, tras la publicación de La desheredada de Galdós en 1881, se imponía en el ambiente literario español, eliminando definitivamente las convenciones románticas —respecto a dicha novedad en la narrativa, en fin, piénsese, que tan sólo dos años separan la publicación de la última novela de Alarcón, ya mencionada, de la primera parte de La Regenta (1884).

Sin embargo, este choque entre concepciones de la novela no explica la suerte alarconiana más que parcialmente. El astro del autor de Guadix brilló intensamente pero, enfrentado ideológicamente a la generación siguiente, en realidad lo hizo poco tiempo. Para 1875, cuando aparece El escándalo, el autor es un escritor consagrado, aunque hace tan sólo unos meses que ha publicado su primera obra en verdad perdurable (me refiero a El sombrero de tres picos, de 1874). El entusiasmo con que fue recibida la novela siguiente, El escándalo, confirmó a los ojos de sus contemporáneos que se trataba de un escritor de primera fila.

Dos años después, sin embargo, el interés por Alarcón ya declina y, sin tardar mucho, se difumina por completo. Esta reacción del público responde a los enfrentamientos ideológicos que el autor mismo causó manteniendo unas posiciones políticas reaccionarias que él defendió de una manera que fue, a la vez, torpe y vociferante. Sus enemigos e incluso algunos que, sin ser partidarios del todo, al menos compartían con él ideas religiosas y políticas6, censuraron que a comienzos de la Restauración —esto es, justo cuando publica la novela editada aquí— se erigiera en defensor de las posturas políticas más reaccionarias y ultramontanas del momento.

También la posterioridad lo ha olvidado. Leopoldo Alas denunció este olvido injustificado, y políticamente motivado, que afectó al autor en vida: «Mal hizo el señor Alarcón en publicar» Historia de mis libros, dice el asturiano, «pero más daño hacen los que le desdeñan y olvidan por idealista o por reaccionario» (Alas, Nueva campaña, Obras completas, pág. 749). De nada sirvió esta llamada a la ecuanimidad crítica de quien, paradójicamente, había sido con anterioridad su más fiero verdugo.

Alarcón es víctima de un olvido que se extiende hasta el presente. Cuando otros autores de este periodo cuentan con una bibliografía crítica abundante y han sido objeto del interés continuado de los estudiosos, en el caso del autor de Guadix hay poca crítica (aunque bastante buena en general), estando el esfuerzo interpretativo prácticamente por hacer.

Aumentando las irregularidades, observamos que el autor tiene una vida literaria importante mucho antes de ser novelista: Alarcón fue primero periodista, combinando en esta actividad la creación literaria y los escritos de política con los que ejerce de portavoz del unionismo político liderado por O’Donnell. Publica las novelas por las que ha pasado a la posteridad habiendo llegado ya a la cuarentena (en su misma generación, Valera lo hizo aun más tarde, superados los cincuenta años de edad); y dejó de escribir antes de cumplir los cincuenta, poco más o menos cuando Pereda, que tiene la misma edad que él, comenzaba a publicar sus primeras novelas largas.

La carrera del andaluz se adelanta en quince años a la de otros miembros de su generación de edades comparables, lo cual hace que, como ya he indicado, su biografía en ocasiones corra pareja con la de los miembros de la generación precedente. Su Diario de un testigo de la Guerra de África (1859-1860) es el libro de mayor éxito comercial de todo el siglo XIX español. Estos años anteriores a la publicación de sus novelas, en los que cosecha un éxito extraordinario como periodista, son también los que lo definen como escritor. Por ello, es equivocado juzgarlo atendiendo a la novela que se escribe después de él, como ha hecho reiteradamente una crítica poco escrupulosa; preciso es atender a la evolución del escritor en los años que median entre las dos revoluciones más importantes del siglo, la de 1854 y la posterior, y más decisiva, de 1868. Este periodo histórico es fundamental para entender la obra alarconiana, pues toda su producción está mediatizada por el fenómeno de la revolución. En este contexto él representa, mejor que ningún otro autor de su tiempo, la modificación que experimentan las letras españolas una vez que, declinante el Romanticismo tras la primera experiencia revolucionaria, aún no hemos llegado a los modelos del Realismo que se imponen tras el fracaso de la revolución de 1868, esto es, durante la Restauración que se inicia en 1875.

Alarcón es habitualmente considerado un escritor a caballo entre Romanticismo y Realismo, clasificación exacta que es preciso entender en los términos adecuados. No se trata, en su caso, de un escritor en cuyo estilo se mezclen procedimientos y elementos morfológicos de una y otra corriente en grados diversos, sino de un autor cuya etapa formativa corresponde al primero de dichos periodos, el romántico, aunque escribe y publica sus novelas en un momento posterior en el que se imponen ya las condiciones sociales correspondientes al Realismo. Pardo Bazán lo describió en La cuestión palpitante como «la soldadura de los dos períodos»7, el romántico inicial y folletinesco por un lado y, por otro, el que ha de escribir la novela realista moderna. El autor es habitualmente estudiado en este último contexto, el del Realismo español del XIX, pero tan sólo coincide en el tiempo con esta escuela. Este hecho resuena de modo especial en sus escritos doctrinales posteriores a 1875, en los que sigue hablando de la literatura en términos que hacen pensar en el Romanticismo; o sea, que para esta última fecha Alarcón no tiene conciencia clara, al parecer de que ya existe una tendencia nueva en la literatura española del momento.

Este conflicto entre una producción literaria, que es de inspiración romántica, y la recepción de la misma, que ya responde a un gusto realista, afecta de modo especial al entendimiento de sus novelas. Éstas fueron juzgadas siguiendo la estética crecientemente realista que se impuso a comienzos de la Restauración. Como esta estética se hallaba en proceso de consolidación, aparecieron evaluaciones opuestas en un periodo de tiempo muy corto, lo cual hubo de desconcertar al autor, convirtiendo en inexplicable para él las reacciones tan distintas que su obra produjo en un periodo de menos de cinco años. Porque pasamos de la conmoción entusiasta que siguió a El escándalo, obra aclamada en el momento de su aparición, a pesar de la resistencia ideológica que acompañó a su éxito, a la opinión notablemente negativa que generaron sus dos novelas siguientes.

Merece la pena hacer, aunque nada más sea de pasada, una última reflexión preliminar que ofrezco, no desde la perspectiva del historiador de la literatura, cuya función es tratar de la significación de las obras (de esto hablaré extensamente más tarde), ni siquiera desde la perspectiva del crítico, sino desde la posición del lector interesado por la singularidad de las obras literarias. El escándalo es una novela confesional. El autor convierte la religión en la que cree en ingrediente central de su obra, y presenta sus creencias de forma apologética. Esto no ha favorecido a esta gran novela; de hecho, bien puede haber causado el desinterés general del público, especialmente del universitario. Opino que debería haber ocurrido lo contrario, siendo dicha confesionalidad motivo especial para su estimación debido a la escasez de este tipo de literatura entre nosotros en el periodo moderno. Entiéndase que la espiritualidad de esta novela sería celebrada con toda probabilidad, si los críticos tuvieran que traducirla del inglés o del francés; y fue un escritor anglosajón, Robert Graves, quien a mediados del siglo XX llamó la atención sobre su indudable calidad. En España, la religión se ha impuesto frecuentemente en momentos de reacción política, lo cual ha motivado que, cuando dicha situación política se ha invertido, la preocupación religiosa haya generado total desinterés siendo rechazada como una forma bastardeada de la ideología reaccionaria original. Una mirada rápida a lo que ocurre con autores de otras tradiciones culturales, principalmente la inglesa o la francesa, arroja una imagen diferente. En España se ha celebrado a autores como Flannery O’Connor, Graham Greene, Paul Bourget, Paul Claudel, François Mauriac o Georges Bernanos. Como éstos, incluso antes que ellos, Alarcón sintió también la necesidad de hablar de sus creencias religiosas en su literatura. Por ello, él destaca dentro de nuestra tradición nacional, independientemente de las críticas que despertó —y, en ocasiones, con razón— la beligerante exposición que hizo de sus ideas.

ALARCÓN, ESCRITOR

Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza nació en Guadix (Granada) el 10 de marzo de 18338. El autor, que en su madurez firmó sus escritos repetidas veces con el seudónimo de «El Hijo Pródigo», en recuerdo del personaje bíblico que regresa al hogar paterno, consideró siempre que su villa natal era el referente de la felicidad perdida tras la infancia. Se trata de un sentimiento que en el XIX tiene fuertes connotaciones ideológicas conservadoras: a medida que la sociedad tradicional va siendo desbordada por la vida moderna, los escritores idealizan los escenarios del pasado y el universo de afectos familiares, hablando con añoranza del retorno a la sencillez de la vida y de la entereza de los valores que corren riesgo de perderse en el universo moderno; por lo que trasladarán a sus obras este deseo de regresar a los orígenes9. Éste es también, en esencia, el valor que la patria chica tiene repetidamente para el autor. En 1855, en un momento de gran trascendencia en su vida, sobre el que he de volver más adelante, se repite esta añoranza por el «valle ameno» de Andalucía; y en 1880, describiendo el regreso del protagonista de El Niño de la Bola a su pueblo, tras una larga ausencia, torna a hablar entusiasmado de la belleza del paisaje y de los rincones del pasado, «la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire (…) el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se había criado», espectáculo que producía en el personaje una «profunda paz moral» (Obras completas, pág. 649). En fin, vuelve a hablar de ello en el último de sus escritos, la Historia de mis libros, al rendir homenaje a su villa natal recordando, con un orgullo intencionalmente pueblerino y, precisamente por ello, lleno de gracia y humor, que «la ciudad de Guadix (…) tiene catedral, alcazaba árabe, río, huertas, vega, olivares, viñas, sierras, batallón provincial (hoy de depósito), juez de ascenso, dos lápidas romanas y alto relieve fenicio».

El autor fue el cuarto hijo de los diez que tuvieron don Pedro Alarcón Carrillo y doña Joaquina Ariza Ferrer, familia de agricultores empobrecidos tras la devastación causada por la invasión francesa de 1808 y por la consiguiente crisis económica del Antiguo Régimen, que duró lo que el reinado de Fernando VII. Un episodio de El Niño de la Bola ofrece la versión literaria de lo que pudo haber sido la situación económica familiar, cuando en la novela se nos habla de un joven literato de pueblo, hijo de hombre con mucha familia y poca hacienda.

No obstante, conscientes de las extraordinarias facultades de su hijo para los estudios, don Pedro y doña Joaquina decidieron pagar a aquél la carrera de Leyes en Granada haciendo lo que, debido lo parco de la hacienda familiar, era en verdad un esfuerzo considerable. Pronto descubrieron que estos generosos designios chocaban con la realidad: los padres en modo alguno podían costear estudios universitarios al hijo, el cual se vio obligado a regresar a Guadix antes de completar el primer año. La carrera eclesiástica fue vista como la alternativa idónea, y un año después, en 1848, Alarcón entró en el seminario de su ciudad natal, comenzando los estudios de Teología. De estos años adolescentes son sus primeros relatos, algunos de los cuales han resistido bien la prueba del tiempo, apareciendo recogidos en posteriores colecciones de narraciones cortas. A estas fechas pertenecen La constancia de una esposa, Una lección a los viejos enamorados, El día de San Lorenzo, La conquista de Guadix y, en fin, la narración titulada Descubrimiento y paso del Cabo de Nueva Esperanza que el autor identificó más tarde como su primer trabajo en prosa10.

La carrera eclesiástica no era una solución aceptable para Alarcón, que no tenía vocación religiosa alguna o, como él mismo dice, cuyo destino era el matrimonio: «Yo no tenía vocación de sacerdote, sino de casado», confiesa en un cuadernillo autobiográfico que cita repetidamente Luis Martínez Kleiser, su biógrafo oficial (Martínez Kleiser, pág. 18). Rebelándose contra los designios paternos, en 1853, cumplidos los veinte años de edad, abandona el seminario y, acto seguido, marcha a Cádiz donde consigue su primer trabajo como periodista. Escribe para El Eco de Occidente, periódico fundado por su paisano, el folletinista Torcuato Tárrago, en el que habían aparecido con anterioridad algunos de sus escritos. Al poco tiempo ya figura como editor, iniciándose así en el periodismo, actividad que ha de ejercer a lo largo de toda su vida y en la que cosechó éxitos en verdad extraordinarios.

Al año siguiente el escritor marcha a Madrid, donde su ambición le guía en busca de un éxito más sonoro. Deseando ser admitido en los cenáculos literarios de la capital lleva, a modo de carta de presentación, una continuación de El Diablo Mundo de Espronceda. Pero este proyecto no resultaba novedoso pues, poco antes, y con mayor fortuna, había hecho lo mismo el poeta Miguel de los Santos Álvarez.

Este contratiempo no arredra al joven escritor, impulsado como está por la fuerza de una poderosa ambición. Pero la realidad se impone una vez más a sus deseos: cumplidos los veintiún años, a Alarcón le llega la hora de hacer el servicio militar y, hallándose sin recursos, se ve obligado a regresar a Guadix con el fin de pedir el auxilio familiar. En el siglo XIX los jóvenes se libraban del servicio militar pagando una cantidad a la Hacienda nacional. Y esto es lo que, pese a lo apurado de la economía familiar, hacen los padres de Alarcón con el fin de salvar a su hijo de quintas. Acto seguido, y ya con el apoyo de sus padres, que se habían opuesto a su primera salida de Guadix, pero que ahora lo apoyan decididamente, el autor marcha a Granada. En esta ciudad se integra en la vida de bohemia que caracteriza por aquellas fechas la capital andaluza.

Durante su estancia en Granada, Alarcón será miembro de una asociación literaria juvenil conocida como La Cuerda Granadina, a la cual han de pertenecer por las mismas fechas otros granadinos notables como el folletinista Manuel Fernández y González. Muchos de los miembros de esta «cuerda», conocidos como nudos, se juntarán años más tarde en Madrid, siguiendo en la capital la existencia aventurera que había caracterizado su vida en la provincia andaluza11.

Estando en Granada, en 1854, sorprenden al escritor los hechos que dan comienzo a la revolución conocida con el sobrenombre de la Vicalvarada. Con esta experiencia revolucionaria Alarcón entra en la política, actividad a la que, a partir de entonces, estuvo vinculado el resto de su vida.

Su primera posición política fue radical. Guiado por los nuevos ideales liberadores, y movido por un irrefrenable impulso romántico, el autor participó activamente en los hechos revolucionarios de su ciudad natal en los días que siguieron al pronunciamiento de los generales Dulce y O’Donnell en Vicálvaro (Madrid). Éstos se sublevaron el 28 de junio, pero la rebelión fue creciendo hasta que, el 17 de julio, las masas tomaron las calles en las grandes ciudades. Algunos testimonios contemporáneos hablan del joven escritor asaltando un polvorín para conseguir armas con que abastecer a la Milicia Nacional. El periodista granadino Ramón Maurell recordaría años después «la arrogante figura de Alarcón, bajando en julio de 1854 por la cuesta Gomérez, con un fusilón de chispa al hombro seguido de una muchedumbre armada que, entre múltiples clamores, gritaba furiosa: ¡Viva la libertad! ¡Mueran los polacos!» (cit. Lara Ramos, Alarcón, pág. 46).

Su experiencia en estos incidentes, en los meses que siguen, importa para entender su futura actividad literaria, política e ideológica. Durante un breve periodo de tiempo, que no dura más de diez meses, Alarcón desempeña el papel de agitador político radical. Tiene veintiún años y se deja arrastrar por la revolución, publicando en estos meses artículos de marcada tendencia radical contra el clero y contra el ejército.

El 31 de julio de 1854 se forma un nuevo gobierno en España. Se trata de una junta militar encabezada por dos generales rivales, Espartero y O’Donnell, quienes, pese al talante liberal del primero, se apresuraron a tomar rápidamente el control del país. La revolución quedó a partir de ese momento en una situación indecisa, dejando paso al llamado gobierno de «los dos Cónsules», el liberal Espartero (que fue Jefe de Gobierno) y el moderado O’Donnell (que se reservó el mando del Ejército). Esta coexistencia no podía tener éxito durante mucho tiempo. En su Historia de España, Valera recuerda este momento de la política nacional y escribe: «Los dos partidos que estaban frente a frente, aparentando la más íntima unión porque las circunstancias lo exigían, pero llenos de mutua desconfianza y próximos a hacerse la guerra, eran los partidos odonellista y esparterista, aunque se llamasen con diverso nombre»12.

El gobierno de los «dos Cónsules» se disuelve dos años más tarde, quedando los progresistas desorientados ante su fracaso histórico. La evidencia de esta derrota del pensamiento progresista, según es sentida por Alarcón, nos es ofrecida en 1857 con ocasión del entierro de Manuel José Quintana, el poeta coronado que había sido gran paladín de la causa democrática en la primera mitad del siglo XIX. Alarcón participó, junto a Castelar, en el elogio fúnebre de aquél. En su intervención, el guadijeño da cuenta de la sensación de total desaliento de los progresistas españoles cuando, descorazonado y falto de ilusión, exclama:

Ha muerto nuestra fe con este anciano,

con él ha muerto la virtud hispana,

¿qué hay, pues, ya que esperar?13.

Pero conviene no adelantar acontecimientos. En agosto de 1854, Alarcón, que ya no se siente seguro en Granada, decide abandonar la ciudad, llegando a Madrid poco después. Lleva en la capital el mismo tipo de vida bohemia de sus años granadinos14. Se unen entonces a La Cuerda original nuevos miembros, entre ellos los folletinistas Antonio de Trueba y Agustín Bonnat, el poeta Gaspar Núñez de Arce y Mariano Larra, hijo de Fígaro. Alarcón hizo años después una semblanza de todos ellos en el cuento «Sin un cuarto» en el que habla de unos jóvenes que tenían mucho «de poetas, de tronados, de decentes, de calaveras y de personas bien nacidas y bien criadas, tan aptas para la vida de bohemia (…) como para pisar los más aristocráticos salones» (Obras completas, págs. 90-91).

Las publicaciones granadinas de Alarcón le abrieron en poco tiempo las puertas de la prensa política radical madrileña. El 9 de diciembre inició sus colaboraciones en el periódico satírico El Látigo, definido por Martínez Kleiser como «furioso diario demagogo». Firmaba Alarcón sus artículos con el seudónimo que ya conocemos, «El Hijo Pródigo», sobrenombre que nos informa una vez más de forma elocuente del íntimo pesar con que el autor siente su escapada, tanto física como espiritual, del mundo familiar de Guadix. Este sentimiento hermana al autor con los ideales de la generación anterior, la romántica; encontramos en su actitud ecos del pensamiento de Zorrilla quien, en su biografía, había manifestado de qué modo quedaba marcado para siempre por la desventura aquél cuyo pecado original era la rebelión contra la autoridad paterna15. En su estudio del sentimiento religioso en la Generación del 68, Francisco Pérez Gutiérrez viene a corroborar esta sensación de íntimo pesar advirtiendo hasta qué punto la escapada alarconiana del hogar paterno tan sólo supone el rechazo temporal, por parte del autor, de los valores tradicionales, y de modo especial de los principios religiosos aprendidos en la infancia16.

En sus primeros meses madrileños el escritor continúa dando expresión al ideario radical con que había comulgado en los primeros momentos de la revolución. Al hacer esto, asume la función que se ha asignado el escritor liberal del momento: la de ejercer un sacerdocio laico, siendo mensajero de ideas nuevas y liberadoras y, por ello, guía de las masas y artífice de la liberación popular17. Alarcón viene a representar al artista que, en la Europa de las revoluciones, da expresión al ideario liberador y democrático. Defiende con pasión la soberanía popular frente al poder (o los «derechos históricos») de la realeza, se opone al clero al que considera responsable de la ignorancia y la opresión de las masas y, en fin, defiende la Milicia Nacional frente al Ejército, entendiendo a aquélla como garante de las libertades democráticas. Resumiendo el ideario radical, el joven agitador concluye que los enemigos de la nación son «las tres T»: Trono, Teología y Tropa (Alarcón, Obras olvidadas, pág. 89).

En poco tiempo sus progresos en el periodismo de la capital son notables. En enero de 1855 aparece ya como director de El Látigo, redactando él todos los artículos de fondo. Promocionando, según reza su subtítulo, Justicia seca. Moralidad a latigazos. Vapuleo continuo, el diario responde al ideario del liberalismo radical, ofreciendo un periodismo panfletario y de trinchera, de fuerte tono polémico, que no repara en las injurias contra sus adversarios. Menudean los ataques contra la reina madre María Cristina18, denostada ésta por los liberales, que la consideraban —y con razón— un influjo pernicioso sobre su nefasta hija, la reina Isabel II; también aparecen críticas e insultos contra la reina Isabel19. Y, en fin, las diatribas alcanzan al general Narváez, puntal de la monarquía, caricaturizado éste como «el reyezuelo», el «As de espadas» o «el espadón de Loja»20.

El Látigo es procesado por un artículo satírico del 21 de enero de 1855 que, con el título «¿De qué escribiremos?», contenía injurias contra la familia real. Todo parece indicar que el artículo había sido redactado por Alarcón mismo. Sorprendentemente, el periódico fue absuelto el 2 de febrero, como confirma ocho días más tarde Alarcón quien, el día 10 de ese mes, informa a los lectores de que el periódico que dirige se ve ya libre de la causa seguida contra el mismo (Obras olvidadas, págs. 92-94). El artículo del 10 de febrero contiene también una impertinente burla del poeta ultraconservador venezolano (y coronel del ejército español) José Heriberto García de Quevedo.

José Heriberto García de Quevedo

Legitimista, y firme partidario de la reina Isabel II, García de Quevedo había polemizado con el editor de El Látigo desde las páginas del periódico reaccionario El León Español. De modo que no fue éste el primer intercambio ni se trató de una provocación extemporánea por parte del guadijeño. Bien pudo ocurrir, por el contrario, que la reacción de García de Quevedo respondiera a un deseo de silenciar al joven escritor granadino a cuyas impertinencias los conservadores hubieran decidido poner fin. Sea como sea, con las burlas y desplantes que contiene el artículo susodicho, Alarcón provocó un desafío, siendo el joven revolucionario granadino retado a duelo por García de Quevedo.

El duelo tuvo lugar dos días después, el 12 de febrero de 1855, siendo testigos del mismo el Duque de Rivas y Luis González Bravo. Unos versos publicados en El Látigo por Alarcón la víspera nos informan de la conmoción de ánimo sentida por él ante la posibilidad (e, incluso, probabilidad) de la muerte. En estos versos, que se centran en la vida del autor como «Hijo Pródigo», dice el guadijeño:

Aquí tenéis la vida

de El Hijo Pródigo

tan corta como inútil

o como un óbolo

de la gran suma

que están siempre restando

cunas y tumbas.

En un rincón ameno

de Andalucía

hay un valle risueño.

¡Dios lo bendiga!,

que en este valle

tengo amigos, amores,

hermanos, padres.

Ingrato y ambicioso

dejélo un día

como aquél de mi nombre

que hay en la Biblia,

y el tiempo andando,

me han llamado los ciegos:

¡Látigo! ¡Látigo!

(«Vida del Hijo-Pródigo», Obras olvidadas, págs. 94-95).

Resulta conmovedora en estos versos la añoranza de la tierra natal, el «valle risueño», visto como el paraíso perdido de la infancia. Como dije al comienzo, un eco de ello volvemos a encontrar veinticinco años más tarde en El Niño de la Bola. En el poema de 1855 esta sensación ante el regreso se conjuga con el recuerdo amoroso de la familia y de los amigos; también el autor contempla lo inútil de su reciente aventura, arrastrada por la vorágine de la política moderna, su vida súbitamente enfrentada a un desenlace prematuro e inminente. Como habremos de ver acto seguido, importa esta situación de desencanto y zozobra que manifiesta el autor la víspera de su duelo con García de Quevedo, pues ha de permitirnos entender su conversión posterior.

Según el protocolo de duelos del siglo XIX, los duelistas disparaban por turno. Puesto que había sido retado por su contrincante, Alarcón ––que carecía de experiencia alguna en duelos o de habilidad o conocimiento de las armas de fuego–– disparó primero, errando el tiro, y quedando a merced de García de Quevedo. El lance no acabó en sangre gracias a que el venezolano, experimentado duelista y habilísimo tirador, disparó al aire, perdonando generosamente la vida del atrevido periodista.

Deshecho tras esta experiencia, en la que había expuesto su vida estúpidamente, Alarcón renunció a su puesto de director de El Látigo, y se retiró a Segovia por un mes. En este retiro rehizo alguna de sus obras anteriores; al mes daba a la imprenta su folletín El final de Norma, originalmente escrito en 1853, durante su estancia en Cádiz como redactor de El Eco de Occidente.

Tras su segunda salida de Guadix, con una breve estancia en Granada, seguida de su traslado a Madrid, Alarcón había tratado de labrarse rápidamente la fama y el éxito. Según su ingenuo plan, la política y el periodismo habían de contribuir a conseguir dicha gloria, y el mundo, reconociendo el genio del artista y los bellos propósitos del filósofo, acabaría por ponerse a sus pies.

La experiencia del duelo lo regresó a la realidad. Hemos de entender que se trata de un suceso lo suficientemente traumático como para modificar su entendimiento de las cosas, incluidas las metas a que le guiaba su ambición; más tarde, en el prólogo a la segunda edición del Diario de un testigo de la Guerra de África, él mismo hubo de reconocer que la experiencia conseguida con los años le había otorgado un conocimiento más adecuado de las personas y de las ideas.

Se ha dicho, sorprendentemente, que el duelo con García de Quevedo abrió a Alarcón las puertas del gran mundo madrileño21. Esto no pudo ser así. Suponer que las cosas pudieran haber rodado tan fácilmente para el autor a partir del incidente referido nos inhabilita para comprender los sucesos ulteriores de su vida. Alarcón será ciertamente admitido en los centros de moda a partir de 1860, cuando regrese de África arrepentido y condecorado, y en dichos centros sociales llegará a ser centro de atención y hombre de moda22. Pero, en un primer momento, el escándalo de 1855 tuvo el efecto contrario; tras el desafío, el guadijeño quedó convertido en un paria social, y fue definido en los círculos de la alta sociedad madrileña poco menos que como un anarquista o, en la rancia terminología de la época, como un joven que tenía «cara de suicida»23. El autor mismo fue plenamente consciente de cuál era la opinión pública que de él se tenía inmediatamente después del desafío, confesando que este incidente lo había convertido en «consagrado demagogo, por las mil trompetas de la fama, el mismo día que dejaba de serlo» (Martínez Kleiser, págs. 31-32).

Alarcón tardó más de un lustro en congraciarse con la buena sociedad madrileña que, en 1855, le era francamente hostil. Pero tampoco es del todo cierto lo que dice Martínez Kleiser relativo al odio que dicho evento generó entre antiguos partidarios, que se convertirían en futuros rivales a consecuencia de la evolución política del autor. Alarcón, en efecto, fue muy criticado, pero esto ocurrió veinte años más tarde de los hechos referidos aquí. Las críticas menudean a partir de 1877, año en que pronuncia su discurso de entrada en la Real Academia. Estas críticas posteriores responden a posturas políticas asumidas por el escritor al final de su carrera, en concreto entre 1875 y la publicación de El Niño de la Bola en 1880. Pero no se dan en las décadas de los 50 y los 60, ni en las fechas inmediatamente posteriores a la revolución de septiembre. En nota anterior he citado una corona poética publicada como apéndice del libro de Alarcón Amores y amoríos, que, ¡en 1875!, le dedica un grupo de escritores entre los que se encuentra el malogrado escritor liberal Carlos Rubio, secretario de Prim. También el crítico liberal Manuel de la Revilla, que será feroz con él después de su discurso académico de 1877, lo defiende todavía en 1875 de los ataques del hispanista francés Gustave Hubbard, hombre de ideario radical y, según confirma Revilla mismo, muy dado a ataques arbitrarios y extravagantes contra todos aquellos que no coincidían con su ideario24. Y, en fin, algo parecido ocurre con Armando Palacio Valdés que, como hemos de ver, edita al autor de Guadix en 1875, pero dos años más tarde, tras el discurso de entrada en la Real Academia, de 1877, publica una ácida parodia del mismo en los siguientes términos: «Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me habéis levantado un gran dolor de cabeza, y me habéis dejado los pies muy fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido gran cosa vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro» (cit. Feal Deibe, pág. 501).

De modo que, en 1855, en el momento en que se produce el escándalo de su duelo con García de Quevedo, esa buena sociedad que habrá de agasajarlo con posterioridad no se muestra muy receptiva hacia el joven con cara de suicida, a quien ve mayormente como un ser estridente y de toscas maneras que, hasta esa fecha, no ha hecho otra cosa que importunar a «las personas de clase»; pero el autor todavía no ha perdido el aprecio, y el apoyo, de los escritores y críticos de ideario liberal que habrán de enfrentarse a él veinte años más tarde, en concreto después de febrero de 1877.

EL ARTISTA ENTRE DOS REVOLUCIONES

En la década siguiente, la de los 60, la actividad política del autor estuvo puesta al servicio de la Unión Liberal. Se trata de un partido de orientación centrista, creado en 1858 en torno al liderazgo del general O’Donnell pero, en realidad, producto de la sabiduría política de su hábil secretario, Antonio Cánovas del Castillo25. Alarcón se afilió a él en 1863, tras haber participado como periodista y como soldado voluntario en la campaña contra Marruecos dirigida por dicho general. Entre 1859 y 1860 escribió su famosísimo Diario de un testigo de la Guerra de África como relato de esta aventura militar. Este texto, como la obra de Bernal Díaz del Castillo respecto a la conquista de México siglos antes, tiene el interés de los testimonios históricos de hechos vividos.

El Diario es también un libro de exaltación patriótica y de propaganda de la intervención militar; y es, sobre todo, una incesante loa del general O’Donnell, líder de la expedición y, en aquel momento, Presidente del Consejo de Ministros. Se ha dicho que este libro ofrece una simpática visión del otro, del enemigo marroquí. Si esto es así, dicha visión del otro es marginal al objeto del libro. El tema central de éste es celebrar la prodigiosa clarividencia política y capacidad de liderazgo de O’Donnell quien, frente a las perpetuas asechanzas de la Corona, se esfuerza en conseguir la paz y la grandeza de la nación.

El oportunismo político de este libro evidencia hasta qué punto la independencia del escritor romántico, si es que en algún momento verdaderamente había existido con anterioridad, ya no es concepto aplicable a los jóvenes que llegan a la literatura tras la revolución de julio de 185426. Para medrar en la nueva realidad social, los escritores se tienen que ocupar de la política; y, como demuestra Alarcón mismo, han de ponerse expresamente al servicio de los políticos. Nacía así el periodista de opinión que, «afiliado a tal o cual partido, escribiendo en este o en aquel periódico», se convertía en portavoz de «los hombres necesarios» (Alarcón, Obras olvidadas, pág. 246). Este fue el cometido que se asignó Alarcón a sí mismo, siguiendo fielmente a O’Donnell; todavía años después, muerto el general en el exilio francés, el novelista recuerda sus méritos y sus cualidades políticas al tiempo que lamentaba el gravísimo error histórico, del que responsabiliza a la Corona, al prescindir de sus servicios para dirigir la política nacional.

Escrito, y publicado por entregas, entre 1859 y 1860, el Diario de un testigo de la Guerra de África permitió a Alarcón redimirse de su pasado radical ante el público conservador que, a partir de entonces, leyó sus obras con entusiasmo. Dicho diario acabó por abrirle, esta vez sí, las puertas de la buena sociedad madrileña. Recibió medio millón de reales de honorario por el libro (cantidad absolutamente prodigiosa para la época), de modo que este título le proporcionó fortuna económica, fama y respeto social. Se trata, además, de una obra que es punto de referencia indispensable para estudiar la evolución ideológica del autor y su reintegración a la vida política.

El Diario contiene los primeros ejemplos de importantes cambios de actitud en el ideario de Alarcón. Éstos revisten dos aspectos complementarios: primero, una nueva actitud del autor respecto a la filosofía liberadora del XIX, la cual se corresponde, y éste sería el segundo aspecto, con una nueva posición política.

Respecto al primero de los cambios mencionados, el filosófico, el guadijeño ejemplifica al artista del siglo XIX que, parafraseando la terminología de Eric Hobsbawm27, podemos describir debatiéndose entre dos revoluciones: es el ideólogo que se ha entregado de manera entusiasta a la primera de ellas, pero adopta una actitud timorata ante la posibilidad (sentida por el autor como una amenaza inminente) de la segunda. Según el autor, la primera revolución afectó a las ideas, y tuvo un efecto liberador del espíritu al otorgar al hombre su dignidad de ser humano; la segunda revolución, en cambio, es producto de la sociedad moderna que sigue a la Revolución Industrial. Los objetivos de esta nueva revolución son puramente económicos, teniendo por ello un efecto corrosivo al exponer al ser humano a los efectos disolventes del materialismo. Las masas, finalmente liberadas de los escrúpulos tradicionales, acabarán por atentar contra la propiedad privada y contra el orden constituido28.

Lo dice el autor de modo expreso en el Diario de un testigo de la Guerra de África: «Si se la considera por el lado de la equidad y de la justicia, fuerza es reconocer que la historia del género humano no encierra un período de tanta dignidad, de tanta grandeza, de tan saludable filosofía como nuestra época revolucionaria»; pero asoma en el horizonte futuro la segunda revolución, la revolución económica que nos amenaza, momento en que «las hordas populares pedirán un día los bienes de la tierra como indemnización de los bienes del cielo que los modernos filósofos les han arrebatado» (Diario, Obras completas, pág. 1035). Asoma ya aquí, en 1860, y en estos primeros miedos del autor, el político moderado con que habremos de encontrarnos una década más tarde, el cual ha de clamar contra la destrucción causada históricamente por los «modernos filósofos» o, como se dice en El escándalo, por las «lumbreras» que han arrebatado la fe al protagonista.

El segundo cambio mencionado es complementario del anterior. Consiste en la liquidación del nihilismo romántico29. Esta liquidación, aunque afectó en última instancia a las posiciones políticas del autor, inicialmente se manifestó como una modificación de las creencias individuales. En el Diario Alarcón describe este nihilismo como la «jactanciosa emancipación» de filósofos y librepensadores que, habiendo renunciado a la fe tradicional, todo lo habían confiado a su criterio individual y a su razón. Frente a ellos surge el Alarcón contrito, respetuoso de la autoridad de los padres, el cual regresa a los fervores y a la fe ancestrales: «por la primera vez después de muchos años (…) de jactanciosa emancipación y sacrílega libertad, siento (…) volver a mi memoria santas oraciones y despertarse en mi corazón plácidas esperanzas. ¡Dios sea bendito en el momento en que acercó a mis labios la celestial imagen de María, y bendita sea la madre que me llevó en sus entrañas y me enseñó a pronunciar el dulce nombre de la Reina de los Ángeles!» (Diario, Obras completas, pág. 1013).

Estas transformaciones coinciden con el reintegro de Alarcón a la política, actividad que le ocupa desde el momento en que se afilia al partido de O’Donnell hasta el fracaso de la revolución Gloriosa en 187530. En estos tres lustros Alarcón escribe un artículo diario al servicio de la Unión Liberal, el partido dirigido por O’Donnell31; y publica también libros de viaje que incluyen importantes comentarios sobre la política del momento. En ellos aparece, de manera creciente, el pensador de ideario moderado que manifiesta su temor ante el presente y su desconfianza ante lo futuro. Las descripciones del paisaje andaluz (en La Alpujarra) o las visiones de las ciudades de Italia o Francia que visita (en De Madrid a Nápoles), hablan de la política española del momento, que aparece ante los ojos del autor como un presente acosado por fuerzas que propician un cambio permanente; y dan cuenta también de una reacción mayoritariamente negativa por parte del autor ante dicho cambio.

Las modificaciones que Alarcón percibe representan el mundo moderno, esto es, un nuevo orden ante el que él reacciona con preocupación y con miedo por las implicaciones que lo nuevo tiene para el porvenir. Dichos cambios tienen importantes repercusiones sociales; desde su perspectiva, han de acabar generando el resentimiento definitivo de las clases bajas, para esas fechas ya desprovistas de la religiosidad que había nutrido su resignación y sometimiento tradicionales; y se trata, complementariamente, de la liquidación de todas las emociones y de todos los sentimientos elevados.

El último punto mencionado es una respuesta emocional del autor quien, inspirándose probablemente en el sentimentalismo reaccionario de Chateaubriand, rechaza una modernidad que, según él, acabará con el carácter o identidad de los pueblos, esto es, acabará con todo aquello que con anterioridad era valorado por las comunidades conscientes de dicha identidad y por las personas cultas que integraban dichas comunidades: «Es el triste sino de nuestro tiempo —escribe en La Alpujarra—, acabar con todo lo tradicional y legendario» (Obras completas, pág. 1581)32; y, en el mismo libro, reflexiona sobre la imposición que dichos cambios sociales han tenido en el espíritu de las personas, declarando «que todos los pobres están tristes, huraños y como rencorosos (…) han perdido toda benevolencia, todo respeto, todo temor» (pág. 1514).

Alarcón se va haciendo más conservador a medida que el mundo que le rodea experimenta cambios que aportan desafíos nuevos. En esto él es representativo de una generación que ha visto modificaciones extraordinarias. Nacido en 1833, seis meses antes de la muerte de Fernando VII, el autor ha sido testigo del hundimiento del Antiguo Régimen. Le toca vivir más tarde el nacimiento de un orden nuevo lleno de incógnitas, que no siempre entiende o aprecia. Durante sus años de periodista radical se lanza con entusiasmo al ruedo político para advertir inmediatamente, debido a su experiencia personal, los enormes peligros que se suceden de las fuerzas novedosas que han sido desatadas. Asiste después a estas novedades como espectador, consciente del vértigo sorprendente de los hechos históricos del presente y de la importancia de los sucesos que ve y documenta. De Madrid a Nápoles nos muestra el esplendor y la decadencia del Segundo Imperio en Francia que, según moraliza el autor, es la nueva Babilonia encaminada a su destrucción (la guerra franco-prusiana de 1870 fue usada por él para corroborar este vaticinio); pero Alarcón también es testigo de la unificación italiana que él percibe, atinadamente, como la culminación en Roma, a la altura de 1860, del proyecto político secularizador iniciado en el asalto a la Bastilla el 14 de julio de 1789: en este escenario la pérdida del poder temporal del Papa es, según él, el referente final y definitivo de la muerte del Antiguo Régimen.

La visión de la Francia del Segundo Imperio produce en Alarcón reflexiones que confirman su evolución hacia posiciones más conservadoras. Visitando París, el autor declara haber descubierto que las ideas filosóficas posteriores a la Revolución Francesa iniciaron la disolución del poder histórico de las sociedades tradicionales. En su nuevo formato, el poder se caracteriza por una pérdida de legitimidad, y las sociedades resultantes, víctimas de la erosión revolucionaria, se enfrentaban a la eliminación de su identidad y acabarían por desembocar en un mundo sin carácter ni historia que él no duda en describir como la versión moderna de Babilonia. Y fue entonces, dice el autor, consciente de este efecto indeseado de las ideas liberadoras, cuando «me convertí repentinamente de demócrata en conservador, tomándole miedo al espíritu revolucionario» (De Madrid a Nápoles, Obras completas, pág. 1227).

Al operarse este cambio en la ideología del autor, el nuevo énfasis se pone en el carácter natural de los pueblos, producto de la experiencia acumulada, de la Historia, que equivale a la identidad de las comunidades tradicionales frente a las amenazas que en el siglo XVIII supuso la razón ilustrada. Los términos «carácter natural» e «Historia» remiten al mundo de valores del Antiguo Régimen. Se trata de ideas centrales al pensamiento conservador europeo, que encontramos en los escritos de Burke y De Maistre, y, en España, en el pensamiento de Juan Donoso Cortés33. Aunque Alarcón jamás menciona a ninguno de ellos por su nombre, opino que hubieron de serle conocidos indirectamente, porque las ideas de estos pensadores conservadores aparecen repetidamente en su obra.

La situación política nacional se agrava una década más tarde, durante el Sexenio revolucionario, según se detalla en el libro publicado en 1874, La Alpujarra. Alarcón escribe este libro mientras está exiliado en Extremadura, momento en que los moderados, que habían dado la bienvenida a la revolución contra Isabel II, en 1868, consideraron que, tras la deriva federalista de la República en 1873, la situación política había escapado definitivamente a su control.

El deterioro de la política nacional durante el Sexenio pareció a Alarcón particularmente grave. Repite éste la opinión de otros autores moderados y, por ello, ideológicamente afines a él. Adelardo López de Ayala, por ejemplo, clamó contra los radicales, y contra «las clases ínfimas de la sociedad», que habían arrebatado la revolución a los «grandes propietarios», los «grandes de España», y hasta títulos de Castilla34. Según el dramaturgo, ésta no había sido una revolución organizada ni dirigida por las masas pero, a la altura de 1873, éstas habían tomado el control de la misma.

López de Ayala era, como Alarcón, un escritor comprometido en el pronunciamiento contra la reina: los dos escritores estuvieron presentes, asistiendo al general Serrano, en la batalla del puente de Alcolea35; Ayala, además, formó parte del gobierno provisional que sigue a la revolución. Más tarde, ambos dieron expresión al temor moderado ante los hechos revolucionarios ocurridos en lugares como Alcoy o Montilla, y ante la incapacidad republicana para restaurar el orden. Concluyeron por aceptar un pronunciamiento militar. «Debilitado el amor de la libertad en todas las almas, acabó [la inestabilidad política] por ponernos, con general alegría, a merced de las sediciones militares y de los golpes de Estado», más liberal que los dos autores antes mencionados, Núñez de Arce expresaba de este modo el sentimiento de hartazgo de la política radical durante el Sexenio36.

Lo que provoca estas reacciones es el miedo ante la masa desbordada, el cual liquidó el entusiasmo inicial por la revolución. Se decanta aquí la actitud antes descrita del artista que vive la experiencia de las dos revoluciones y que se siente arrastrado por la primera, pero teme los efectos incontrolados de la segunda. El Sexenio activó todas las alarmas, y Alarcón declaraba en La Alpujarra que los «tiempos del cataclismo habían llegado»37, pues la revolución había transformado la realidad española, desfigurando ésta. Por el camino habían fracasado varias opciones políticas, incluida la monarquía liberal de Amadeo I de Saboya, y la candidatura al trono de España de Antonio de Orléans, Duque de Montpensier. Cuñado de Isabel II, casado con la infanta Luisa Fernanda, Montpensier aspiraba a la corona española, pero sus regias ambiciones quedaron definitivamente archivadas tras el escándalo que siguió a su desafío con Enrique de Borbón, el cual terminó con la muerte de éste el 12 de marzo de 1870.

Alarcón había apoyado decididamente la candidatura de Montpensier38. Después de 1870, eliminada ya la posibilidad orleanista al trono de España, apoyó la solución borbónica. Escribió entonces su afamado artículo «La Unión Liberal ha de ser Alfonsista», y fue el primero en dar expresión a las aspiraciones del partido alfonsino al reclamar la restauración de la corona en la dinastía histórica y en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II. Que éste se casara en primeras nupcias con su prima María de las Mercedes de Orléans y Borbón, hija de Montpensier, satisfacía en última instancia todas las ambiciones.

El novelista había sido nombrado embajador en los países escandinavos, cargo del que no llegó a tomar posesión pues fue elegido diputado por Granada en varias ocasiones. Por su manifiesto alfonsino, además, fue recompensado una vez que la Restauración triunfó en 1875, recibiendo los nombramientos de Senador y Consejero del Reino. Estos importantes cargos, con los que alcanzaba su ambicionado triunfo en la política, aumentaron sus recelos frente a la amenaza revolucionaria que, desde su perspectiva, todavía era real en los primeros años de la Restauración. Esto se debía a que en el país persistía la cicatriz de la experiencia de la revolución, la cual se manifestaba en una importante división ideológica a partir de entonces ya imposible de resolver. Lo único que quedaba por hacer era enfrentarse a dicha división. Eso hizo el 25 de febrero de 1877 con ocasión de su entrada en la Real Academia de la Lengua, momento en que leyó el que sería el más conflictivo de sus escritos, su «Discurso sobre la moral en el arte», el cual provocó una durísima respuesta por parte de los intelectuales liberales. Como apunté más arriba, este discurso motivó la mayor parte de su mala prensa posterior, y fue la causa del desdén con que lo tratarían los escritores más jóvenes.

Sin embargo, no hacía mucho que había cosechado importantes éxitos en la narrativa; éstos habían comenzado en 1874, momento en que reanudó su producción literaria. La dedicación al periodismo y a la política lo habían apartado de la literatura de creación durante tres lustros, años en los que, según su propia confesión, como ya hemos visto, escribió un artículo diario en apoyo de la Unión Liberal, el partido liderado por O’Donnell. Esta actividad diaria, orientada a influir en la opinión pública, le mostró el poder de la letra impresa y su impacto en las mentalidades, advirtiéndole además del efecto que la literatura podía tener sobre las conciencias individuales. No ha de extrañarnos, por tanto, que transfiriera estos descubrimientos a la literatura, y que a partir de 1875 se convirtiera en un firme partidario de un arte normativo capaz de ejercer su influencia en la opinión pública.

En 1874 publicó el libro La Alpujarra, ya mencionado, y la novela corta El sombrero de tres picos. Ubicada la acción en el mismo «valle ameno» que he descrito al comienzo, y que vuelve a aparecer en El Niño de la Bola, El sombrero combina la narración corta que el autor había practicado con gran éxito en sus obras de los años cincuenta, produciendo entonces algunos de sus títulos más memorables (El amigo de la Muerte, El clavo, La Comendadora). En el caso de la novela de 1874 se trata del ambiente andaluz, costumbrista, que el autor presenta haciendo un uso magistral de la caricatura en una novela que, como ocurriera con algunos géneros románticos, por ejemplo, las leyendas, estaba inspirado en los géneros tradicionales y en los romances populares. La combinación está tan sabiamente conseguida que el efecto final resulta verdaderamente inolvidable.

Pero este uso costumbrista también supone un gusto estético conservador. A Alarcón no le satisfacen las nuevas tendencias estéticas, correspondientes al Realismo, en las que paradójicamente la posterioridad ha de incluirlo. En su reseña de Fanny ya había advertido el autor que ese Realismo de origen francés le parecía poco más que relatos de alcoba; a quienes sigan este movimiento en España les acusará de inmoralidad y hablará del Realismo como la «mano negra» de la literatura.

Mientras otros miembros de su generación, significativamente Galdós, ya siguen el modelo estético de la nueva corriente, Alarcón nunca se aparta de la estética romántica y costumbrista, ya sea porque continúa el modelo de novela basada en el interés de la acción y en la peripecia (por ejemplo, en El escándalo, El capitán Veneno o La Pródiga), ya sea porque regresa al cuadro lleno de colorido heredado de la escuela anterior (El sombrero de tres picos, El Niño de la Bola). En este sentido, sus novelas presentan no tanto una irregularidad, como un deseo de conectar con formas literarias algo anticuadas, pero de amplia aceptación en el ambiente estético español. Este gusto por lo antiguo llevó a críticos posteriores a describir sus obras como ejemplo de un Realismo castizo de pura cepa española: «Lo que más singulariza y realza las obras de D. Pedro Antonio de Alarcón es el españolismo neto y sano que en ellas brilla. Es una oleada de genio de raza que se desborda (…) Todas sus obras transpiran un sincero y sentido amor a la tierra española, un esfuerzo generoso por grabar en el papel sus tipos, sus ciudades, sus costumbres»39.

Esto último no es necesariamente exacto. Lo que Alarcón no acepta es el modelo nuevo de Realismo que llega de Francia y que se ocupa del análisis social visto a través de las relaciones entre personajes. El Realismo francés es en estas fechas una estética nueva, de tendencia analítica, que todavía genera en España importantes resistencias. En unos casos se trata de resistencias ideológicas; en otros, puramente estéticas. Ejemplo del primer tipo sería el escritor murciano José Selgas, que pone el énfasis en el carácter analítico del Realismo: «Fijémonos bien, y observaremos la descomposición social que nos invade, y advertiremos que ese fenómeno es señal de que la sociedad se encuentra bajo la acción destructora del análisis, porque la corrupción es analítica por su naturaleza»40. Hablando del teatro, el escritor krausista Francisco de Paula Canalejas sería ejemplo del segundo tipo de resistencia, al manifestar su rechazo del Realismo procedente del país vecino por considerar que se ocupa de lo insignificante: el Realismo contiene «las últimas degradaciones de lo grotesco» haciendo creer a muchos que «la reproducción fotográfica de las trivialidades vulgarísimas de la vida bastan para crear un espectáculo»41.

Frente a las nuevas tendencias, el romántico Alarcón prefiere el apunte lleno de colorido que había sido marca de identidad de las generaciones anteriores. En esencia, esto es lo que la crítica conservadora posterior consideró ejemplo de «españolismo». Pero no hemos de olvidar que el origen de este modelo literario aceptado por el guadijeño, y en el que se dice que el autor expresa el «genio de la raza», también era propiamente hablando un producto venido con anterioridad de fuera de nuestras fronteras.

Acabado El sombrero de tres picos en 1874, el autor empieza la composición de El Niño de la Bola, según indica en su epistolario y tal como lo refiere Martínez Kleiser. La relación entre las dos novelas se encarece en la primera frase de El Niño, donde se lee: «Entre la vetusta ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron los famosos lances de El sombrero de tres picos…».

Dada la contigüidad de estas dos obras es muy probable que la intención inicial fuera escribir, en el caso de la segunda de ellas, una obra complementaria de la novela corta recién terminada ese año, la cual había cosechado un éxito universal. El complemento que supondría El Niño tiene que ver con el tratamiento del tema y con el desarrollo de la acción: como ha dicho la crítica en repetidas ocasiones, lo notable es que en El sombrero en realidad no pasa nada, resolviéndose la acción armónicamente en el desenlace y creando un resultado final cómico; El Niño