El fabricante de peinetas - Inés Quintero - E-Book

El fabricante de peinetas E-Book

Inés Quintero

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Beschreibung

"Una señora de 57 años tiene un romance con un joven de 22. Cuando el amorío se complica, ella lo acusa de haberle robado un montón de dinero. La denuncia prospera, se entabla un juicio, comienzan las averiguaciones y salen al descubierto las cartas privadas que ella le escribió a él. Lo relatado ocurre en Caracas en 1836 y se convierte en chisme y comidilla de la ciudad por una razón muy sencilla: la señora en cuestión es María Antonia Bolívar, la hermana del Libertador, mientras que el presunto ladrón y depositario de su afecto es un joven humilde llamado José Ignacio Padrón, quien se gana la vida fabricando peinetas. A través de cada uno de los personajes que forman parte de esta historia, es posible conocer las mudanzas ocurridas en nuestra sociedad. El desarrollo del juicio, las declaraciones de los testigos, la actuación de los abogados, las respuestas y desplantes de María Antonia, la actitud del juez, el desenlace del episodio, nos acercan a los difíciles años que siguieron a la guerra de independencia justo cuando comenzaba el largo y complejo camino de construir la Venezuela republicana."

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Contenido
El comienzo de esta historia
Fabricante de peinetas
Un mozo pobre y miserable
Entre sirvientes, pulperos y dependientes
Siervos de la señora Bolívar
Hacendado y pulpero
Tendero del vecindario
Dependiente en la panadería
Vecinos de Padrón
Testimonios desencontrados
Los gastos de Padrón
Evidencias materiales del robo
La zamba Lorenza
Es un buen hombre Padrón
Un convenio privado entre los dos
Interrogatorio del 15 de septiembre
Interrogatorio del 20 de septiembre
Es absolutamente falso
Padrón es inocente
Sola, triste y desamparada
Las cartas
Fuentes
Bibliografía
Créditos
El fabricante de peinetas
Último romance de María Antonia Bolívar

El comienzo de esta historia

La primera noticia que tuve sobre el robo de 10.000 pesos que le hicieron a María Antonia Bolívar fue cuando me encontraba leyendo la Gaceta de Venezuela del año 1836. Allí, en el número correspondiente al día 30 de julio, en la sección de avisos, apareció el siguiente anuncio con un encabezado en letras grandes, destacadas en negritas:

«2.000 PESOS GRATIFICACIÓN:

»María Antonia Bolívar hace saber al público como es falsa la voz que se ha esparcido de haber aparecido el robo que se le hizo en días pasados de la suma de diez mil pesos; y al efecto ofrece dos mil al que descubra al ladrón.»

Me encontraba en ese momento en la revisión exhaustiva de la documentación existente sobre la vida y andanzas de María Antonia Bolívar para escribir su biografía y ese dato en particular resultaba especialmente sugerente.

Comenzó entonces la búsqueda implacable de mayores referencias sobre el robo de los 10.000 pesos. Entre los testimonios de la época, una sola persona se había detenido a mencionar el episodio: Sir Robert Ker Porter, el cónsul de Su Majestad Británica en Venezuela. Porter llegó a Caracas en noviembre de 1825 y permaneció por estos lados hasta febrero de 1841. Durante esta larga estadía escribió un pormenorizado diario en el cual narró de una manera bastante detallada los sucesos que le tocó vivir. Allí, en ese diario, Porter hizo referencia al robo denunciado por María Antonia y al escándalo que suscitó en la Caracas de entonces el juicio que se le siguió al ladrón.

El suceso está apuntado el día 21 de octubre de 1836 y dice así:

«La hermana favorita de Simón Bolívar, María Antonia, una joven de 60 años y viuda también (pero que durante su viudez ha producido un par de bolivarianos espurios) se ha enamorado, y no poco, de un joven criollo, y le ha entregado unos 8.000 dólares en varias ocasiones, además de regalarle muchas de las medallas de oro que su célebre hermano había recibido, o más bien habían acuñado en su honor, durante su más gloriosa carrera, después de enviudar. Se suscitó una disputa entre estos dos amadores mal emparejados, y la dama repentinamente acusó al joven de haberle robado la suma; etc., en cuestión. Se le encarceló, se llevó a cabo el juicio, o más bien la instrucción legal, donde salió a relucir toda la correspondencia amorosa entre las partes demostrando que había un quid pro quo. El inocente fue absuelto, y Madame se ha quedado con este ejemplo de sus amoríos expuesto ante el mundo caraqueño.»

El libro de Porter se publicó originalmente en inglés el año de 1966, bajo el título Sir Robert Ker Porter’s Caracas Diary, 1825-1842 a british diplomat in a newborn nation; la primera edición en castellano se hizo en 1997 por la Fundación Polar. Fue esta la versión que revisé.

Además de la referencia de Porter y del anuncio de la Gaceta de Venezuela, tuve ocasión de conseguir nuevas noticias del robo en el Archivo de Manuel Landaeta Rosales, el cual se encuentra en la Academia Nacional de la Historia. Resulta que Landaeta Rosales se ocupó de seguirle la pista a María Antonia. En el mismo archivo, hay numerosos recortes de prensa y referencias escritas por el propio Landaeta sobre sus pesquisas y hallazgos. Una de ellas hace mención al robo ocurrido en la casa de Sociedad, n.º 19; señala el nombre del ladrón: José Ignacio Padrón; el día del robo: 19 de abril de 1836, y las señas exactas del expediente: Criminales, letra P, 1836.

Muerta de la curiosidad y con la desesperación de verificar si el escándalo narrado por el inglés era verdad y si, en efecto, durante las averiguaciones se habían ventilado las cartas entre los supuestos «amadores», me dirigí al Archivo General de la Nación. En aquel momento, abril de 2003, el archivo se encontraba en su antigua sede en la avenida Urdaneta, entre la esquina de Carmelitas y de Santa Capilla. Allí revisé los índices en donde estaban registradas las causas por robo, siguiendo la pista ofrecida por Landaeta Rosales.

Efectivamente, en el índice del año 1836, en el tomo de la letra P, estaba anotado el caso bajo el siguiente título: «Criminales seguidos contra Ignacio Padrón por atribuírsele el hurto de diez mil pesos». Para mi sorpresa, justo al lado de la identificación del expediente, estaba marcada una letra «F» con un lápiz rojo. Hice caso omiso de este detalle y solicité los documentos. De nuevo, para mi sorpresa, se me informó que el expediente no se encontraba. Precisamente la letra «F» en rojo quería decir FALTA. Mi desazón y desconsuelo fueron totales. Después de tener tan cerca la posibilidad de corroborar si había algo de verdad en el comentario de Porter, no hubo caso. Se hicieron todos los intentos por conseguir el expediente faltante, sin ningún éxito.

Todo este episodio fue narrado en las últimas páginas de mi libro La criolla principal, justamente para dar cuenta de lo que la documentación me permitió constatar en su momento: el anuncio aparecido en la Gaceta de Venezuela, el comentario de Porter y la referencia al expediente apuntada por Landaeta. Impedida de ir más allá, mi conclusión fue la siguiente:

«Un hecho de tal magnitud que colocaba en entredicho el honor y la virtud de una viuda principal, aun en tiempos de la República, era demasiado escandaloso como para dejar vestigios perdurables e irrefutables del inconveniente amorío de la señora Bolívar con el criollo Padrón. Así que muy bien pudo ocurrir que el expediente fuese extraído del archivo y el suceso condenado al silencio perpetuo.

»De manera pues que si María Antonia tuvo un amante a los sesenta años a quien le regaló unos pesos y luego defraudada lo acusó por ladrón, quedará en el terreno de los supuestos e imponderables que suelen rodear a este tipo de episodios, cuando perjudican ostensiblemente a uno de los infractores.»

No había más que decir. Debo confesar que me quedó sembrada la curiosidad de saber cómo había desaparecido el tomo correspondiente a la Letra P, del año 1836. No obstante, lo que más me angustiaba y me causaba mayor desazón era enfrentarme a la imposibilidad absoluta de descifrar aquel enigma. ¿Sería verdad que María Antonia Bolívar tuvo un amorío cuando tenía casi sesenta años con un joven llamado Ignacio Padrón? ¿Quién podía ser el tal Padrón? ¿Cómo se conocieron? ¿Qué dirían las cartas? ¿Qué clase de escándalo desataría el episodio en la Caracas de entonces? ¿Quiénes más participarían en el juicio? ¿Cuál habrá sido el resultado de todo el embrollo?

No tenía manera de saber más nada; tuve que conformarme con lo que sugería el escueto contenido del anuncio, los sugerentes comentarios del inglés, las precisiones documentales de Landaeta Rosales y la implacable letra F, en rojo, que convertía en caso cerrado aquel atrayente y oscuro episodio.

En ese momento y durante mucho tiempo, estuve persuadida de que alguien había sepultado el expediente de manera intencional, precisamente para dejar a salvo la memoria de María Antonia; ese alguien podía ser cualquiera que, con o sin razón, pensara que poner en entredicho la reputación de la hermana del Libertador era manchar también la trayectoria impoluta del padre de la patria.

Concluido el libro, no hice ningún nuevo intento por tratar de localizar el expediente. Tampoco parecía factible conseguir noticias sobre José Ignacio Padrón; era simplemente un nombre. Hice algunas búsquedas en el Archivo General de la Nación para ver si había alguna otra causa seguida contra este mismo personaje, en otros índices, con la ilusión de obtener cualquier noticia, algún dato aislado. Los intentos fueron infructuosos. Caso cerrado.

Para mi enorme sorpresa, cinco años después de haber terminado la investigación y cuando ya el libro estaba publicado –la primera edición es de 2003–, recibí la visita de la historiadora Arlene Díaz, profesora e investigadora de la Universidad de Indiana. Había conocido a Arlene cuando estuvo en Venezuela en 1993, revisando los archivos para la investigación de su tesis doctoral. En aquella ocasión, no conversamos en detalle sobre el tema de su trabajo ni de los hallazgos obtenidos en sus pesquisas. No volvimos a vernos hasta que se presentó en la Academia Nacional de la Historia en julio de 2008.

Conversando sobre su trabajo me comentó que había leído La criolla principal, que lo había disfrutado mucho y que se había quedado sorprendida al leer en mi libro que el expediente del caso de José Ignacio Padrón faltaba, es decir, que no había podido consultarlo, porque no se encontraba en el archivo. Acto seguido me hizo saber que ella, en su oportunidad, sí había podido revisar el expediente. Me dio detalles de su contenido y me informó que había hecho referencia al caso en su libro Female Citizens, patriarchs, and the Law in Venezuela, 1786-1904, publicado por la Universidad de Nebraska el año 2004.

Yo me quedé de una pieza. Por una parte, maravillada de saber que el expediente no había sido extraído del archivo intencionalmente, como pensé en un primer momento y, al mismo tiempo, paralizada de pensar que la historia de María Antonia había quedado inconclusa, que había un capítulo pendiente: nada más y nada menos que el de un amorío escandaloso en medio de las turbulencias de un robo cuantioso.

Muy gentilmente, ese mismo año, Arlene se ocupó de que su libro llegase a mis manos. Igualmente, resultado de nuestra conversación y de manera absolutamente generosa, me envió la ponencia que presentó en la Conferencia de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), celebrada en Puerto Rico el año 2006, titulada: «Disputas de ideología, amor e historia, el escándalo de María Antonia Bolívar en la Venezuela de principios del siglo XIX», en la cual le dedicaba mayor atención al episodio del desencuentro amoroso entre María Antonia y Padrón.

Poco tiempo después de su visita, me acerqué al Archivo General de la Nación en su nueva sede del Foro Libertador y, para mi más absoluta incredulidad, allí estaba el expediente, completo, con la misma referencia anotada por Landaeta Rosales en sus papeles; la misma utilizada por Arlene en su libro; el mismo expediente marcado con la letra F en rojo, que no pude revisar el año 2003. No lo podía creer. La única explicación posible es que, luego de haber sido revisado y estudiado por Arlene Díaz o por cualquier otro investigador que hubiese consultado algún legajo incluido en ese tomo, después de ella, el tomo en cuestión fue colocado en otro lugar, por equivocación. Eso puede ocurrir. De manera que, al no encontrarse en el sitio que le correspondía, sencillamente, no fue posible localizarlo nunca más. Pero ocurrió la mudanza. Al embalar y reordenar todos los tomos del archivo en sus nuevos estantes, el volumen marcado con la letra P del año 1836 volvió a su lugar y fue entonces cuando pude dar con él.

Desde ese momento y luego de ver y revisar la riqueza enorme de esos papeles, me propuse escribir este libro. La tarea no fue fácil y tuvo más interrupciones de lo esperado. Finalmente, aquí está.

La historia que se presenta al lector está tomada de expedientes de archivo, de materiales documentales originales que reposan en el Archivo General de la Nación y que sirven de soporte a toda la información que aquí se ofrece, tanto en el caso del juicio seguido por María Antonia contra José Ignacio Padrón, como en las otras causas de robo a las cuales se hace mención en el segundo capítulo.

Decidí no incluir las referencias al pie de página y también ajustar la ortografía al castellano actual para facilitar la lectura. En algunos casos, por la originalidad y calidad del documento, me pareció valioso incorporar como apéndice la copia facsimilar de algunas de las cartas más significativas de esta historia, las cuales se presentan por orden de aparición.

La información y el contenido del libro se apoyan en una acuciosa revisión de periódicos de la época, en especial la Gaceta de Venezuela, así como en la lectura de otras fuentes documentales y bibliográficas, las cuales nos permitieron obtener datos y detalles referidos al entorno y al contexto de la época. Todas estas fuentes, así como las referencias de los expedientes consultados, se presentan al final del libro.

En esta larga, emocionante y enriquecedora experiencia conté con el auxilio de numerosas personas. Joselin Gómez, estudiante de la Escuela de Historia, quien se encuentra concluyendo su tesis, hizo la primera revisión, reproducción y transcripción de la primera parte del expediente referido al robo de los 10.000 pesos, con mucho rigor y paciencia. Posteriormente, completaron la transcripción de la documentación, de manera impecable, Miriam Pierral y Eulides Ortega, investigadoras de la Academia Nacional de la Historia, amigas y colegas de todos los días. Mariana Sánchez, estudiante de la Escuela de Historia, trabajó conmigo en la revisión, recuperación y organización de la información sobre los robos ocurridos el año 1836 con mucho interés y diligencia. Benjamín Altez me ayudó con los datos y el cuadro de las partidas de bautismos en un santiamén. Durante todo este tiempo, fue de especial apoyo en el Archivo General de la Nación el historiador Alexander Zambrano, quien siempre estuvo dispuesto a prestarnos su auxilio para lo que fuese necesario.

El mismo respaldo obtuve del personal de la hemeroteca, la biblioteca y el archivo de la Academia Nacional de la Historia en la localización de las fuentes; a todos ellos mi agradecimiento, en particular, a Esther Correa, por su dedicación y empeño. Especial mención merece Celina Salas, solidaria y gentil a toda hora, en su condición de asistente de la secretaría y la dirección de la Academia.

Mis dos hijos, Luis y Alejandro, distantes pero presentes, se conocen de memoria esta historia. En numerosas ocasiones me han oído hablar de todo este embrollo, desde el día que encontré el anuncio del robo, hasta que finalmente di con el expediente. Ambos, uno desde Argentina y otro desde Viena, estuvieron pendientes de buscar imágenes de peinetas, a solicitud mía, que sirvieran de apoyo gráfico a mis pesquisas. La figura que finalmente ilustra esta portada la localizó Luis en Buenos Aires.

Vilma Lehmann y Sheila Salazar, amigas y expertas en ubicar imágenes históricas, también le hicieron seguimiento a las mujeres con sus peinetas. A las dos mi agradecimiento.

Durante los últimos tres años ha sido aliado y compañero inseparable en la preparación de este libro Rogelio Altez, mi esposo. Hemos conversado incansablemente sobre María Antonia y Padrón, en las sobremesas, en los viajes, en el día a día. Fue Rogelio, también, el primero en leerse de principio a fin esta historia. Sus entusiastas comentarios y cada una de sus pertinentes sugerencias me permitieron mejorar y ponerle punto final a este largo, apasionante y compartido recorrido. Gracias, mi sol.

Y, como en otras ocasiones, mi reconocimiento y gratitud a Ulises Milla, a Carola Saravia y a todo el equipo de Alfa por el cuidado, el cariño y la responsabilidad con los cuales atienden la faena editorial.

Fabricante de peinetas

En 1814, José Ignacio Padrón vino al mundo, precisamente en el momento más cruento y violento de la guerra de independencia, calificado por muchos historiadores como el «año terrible». En julio de 1814, el año que nació Padrón, las tropas de José Tomás Boves tomaron la ciudad de Caracas, poniendo fin al segundo ensayo republicano. Uno de los resultados más dramáticos de esta derrota fue la emigración a oriente, de la cual hay elocuentes descripciones y también un famoso mural elaborado por el pintor Tito Salas, ubicado en la casa natal del Libertador.

Menos de un año había transcurrido desde que Simón Bolívar ocupó Caracas, luego de concluir exitosamente su Campaña Admirable. Poco tiempo antes, había sancionado su célebre y feroz Decreto de Guerra a Muerte, con lo cual justificaba el exterminio y aniquilación de los contrarios, contribuyendo a la exacerbación del conflicto.

Al comenzar el año 1814, en febrero, el propio Bolívar, dando fiel cumplimiento a su decreto, ordenó el ajusticiamiento de los prisioneros que se encontraban en los calabozos de La Guaira y Puerto Cabello. La intervención del arzobispo de Caracas, Narciso Coll y Prat, quien procuró disuadirlo, no tuvo ningún efecto. La respuesta de Bolívar al prelado fue contundente: «uno menos que exista de tales monstruos es uno menos que ha inmolado o inmolará centenares de víctimas. El enemigo, viéndonos inexorables, al menos sabrá que pagará irremisiblemente sus atrocidades y no tendrá la impunidad que lo aliente». Así lo expuso en una carta fechada el 8 de febrero de 1814.

El testimonio de Tomás Surroca, oficial del bando contrario, permite conocer cuál fue la reacción de José Tomás Boves cuando se enteró de la muerte de 1.700 prisioneros, por órdenes del Libertador. Inmediatamente mandó a colocar en su estandarte negro una calavera con dos brazos cruzados, como la utilizada por los piratas, acompañada del lema: «Vencer o morir».

El año 14 no comenzó de manera halagüeña. Los ejércitos realistas avanzaron en dirección al centro de forma exitosa y constante. Se combatió en San Mateo, La Puerta, La Victoria, Calabozo, Valencia, San Carlos, Villa de Cura, Ocumare, hasta llegar al pueblo de El Valle, muy cerca de Caracas. En vano se intentó defender la capital: se cavaron fosos, se levantaron baluartes, se hizo acopio de alimentos, pertrechos y agua en el convento de San Francisco, a fin de resistir el asedio del enemigo. No obstante, ante la inminencia de una pavorosa derrota y frente a la amenaza de una cruel y violenta represalia contra los partidarios de la República, la resolución fue desalojar la ciudad. En la tarde del 6 de julio y al día siguiente, la emigración salió hacia Chacao, y de allí a Guarenas por el camino de Petare en dirección a las selvas de Capaya, buscando llegar a Barcelona.

Así narra el oficial patriota José de Austria, en su libro Bosquejo de la Historia Militar de Venezuela, lo que significó el abandono de la capital:

«En vano fueron los repetidos sacrificios que los caraqueños hicieron para salvar sus templos, sus hogares, el suelo en que nacieron de los impíos ultrajes de la barbarie: los tiranos empapados en sangre humana, pasearon sus calles, y a nombre del rey de España consumaron el sacrificio de una población entera que, aterrada buscó asilo en los fragosos caminos, en las selvas y en los mares, adonde huyó del feroz cuchillo de los asesinos. Los ancianos, las más honestas y delicadas niñas, tiernas criaturas, numerosas y respetables familias, en fin, abandonaron su patria querida, porque la dominación española se había anunciado por todas partes con el incendio y la devastación. La ciudad quedó desierta, y el pabellón español flameó sobre la tumba del patriotismo.»

La emigración ha sido descrita numerosas veces, por diferentes autores, como una travesía de horror. Una población entera, sin otros recursos que lo que podían cargar consigo, caminando por senderos farragosos, cuando los había, asediada por el enemigo, las fieras, el hambre, la falta de agua, la escasez de alimentos, el miedo, la oscuridad, la lluvia, la incertidumbre, sin un rumbo claro y sin saber qué les esperaba, día tras día.

Francisco Javier Yanes, testigo presencial de los hechos y partidario rotundo de la causa republicana –fue miembro del Congreso Constituyente de 1811 y firmante de la declaración de la independencia y de la Constitución de 1811– narra de manera elocuente el pavor que se apoderó de los habitantes de Caracas y el espantoso desenlace padecido por quienes se vieron obligados a salir de la ciudad. Así está descrito en su libro Relación documentada de los principales sucesos ocurridos en Venezuela desde que se declaró estado independiente hasta el año de 1821:

«Los heridos y enfermos salieron de los hospitales arrastrándose resueltos a morir en los caminos, antes que esperar a un enemigo feroz y brutal. Los alaridos de estos, los gemidos y clamores de las mujeres y los niños, causaban tal confusión y aturdimiento que nadie se entendía ni atinaba con la ruta que debían seguir, olvidándose de llevar aun lo más preciso para cubrir sus cuerpos y conservar la vida. Sobre veinte mil personas salieron de la capital y de sus inmediaciones desprevenidas para tan ardua empresa; y así es que al fin perecieron las tres cuartas partes a impulsos del hambre, de la desnudez, de la sed, del cansancio y de la fiebre intermitente, pues en los barrizales de la montaña de Capaya, en los arenales de Unare y Tacarigua y en los climas malsanos de Barcelona, hallaron su sepultura, tanto el hombre robusto, como las personas delicadas del bello sexo.»

Es difícil afirmar que fueron efectivamente más de 20.000 personas las que abandonaron la ciudad y que tres cuartas partes no sobrevivieron. Pero, sin duda, se trató de una emigración masiva durante la cual hubo un número importante de muertos, muy complicado de precisar con exactitud.

Si consideramos como válidas las cifras que ofrece José Domingo Díaz en la Gaceta de Caracas del 21 de mayo de 1817, entre los años 1810 y 1816 hubo una significativa disminución de la población. Díaz afirma que en 1810 había 31.813 habitantes y que, en 1816, eran solamente 20.408.

Un estudio demográfico, publicado en la revista Tiempo y Espacio el año 1988 por la historiadora Lila Mago, arroja una estimación bastante cercana a las cifras que ofreció Díaz en su momento. El estudio citado se hizo a partir de la revisión de las matrículas parroquiales de Caracas entre los años 1754 y 1820 y, de acuerdo con esta fuente, de 1811 a 1815, la población de Caracas se redujo en 10.918 habitantes.

Esta disminución tiene que ver con muchos aspectos. Uno de ellos fue, nada más y nada menos que el terremoto de 1812, en el cual perdieron la vida cerca de 2.500 personas según los cálculos hechos por Rogelio Altez en su libro El desastre de 1812 en Venezuela. A esta cifra deben añadirse los que abandonaron la ciudad producto de la guerra en los años 1812 y 1813 y, por supuesto, quienes salieron en la emigración a oriente el año de 1814 y nunca volvieron, porque fallecieron o porque tomaron otro rumbo.

Fue, pues, en medio de estos años terribles de muerte y desolación que María Josefa Higuera dio a luz a su hijo, José Ignacio Padrón. Uno de los aspectos que nos dispusimos a averiguar fue si José Ignacio Padrón nació antes, durante o después de la emigración a oriente, en el caso, claro está, de que hubiese nacido en Caracas.

La única manera de precisarlo era tratando de conseguir su partida de bautismo. Algo bastante improbable. Sin embargo, con este propósito nos dirigimos al Archivo Arquidiocesano de Caracas para ver si, por casualidad, teníamos la inmensa suerte de conseguir esta información.

En este archivo, para la época en que se supone que nació José Ignacio Padrón, solamente se encuentran los libros de bautismo de tres parroquias: San Pablo, Chacao y Candelaria. De manera que, para conseguir el dato que estábamos buscando, resultaba fundamental que María Josefa Higuera hubiese bautizado a su hijo en una de estas tres parroquias.

Nos ocupamos entonces de revisar, página por página, todos los libros de bautismo de las tres parroquias aludidas. De la parroquia San Pablo, el tomo 19, correspondiente al libro 10.º de bautismos de pardos y morenos libres, años 1811-1816 y también el libro 9.º de bautismos de blancos para esos mismos años. De la parroquia Candelaria, el libro 6, de los años 1803-1818, en el cual se encuentran las partidas de bautismo de negros, pardos y demás castas libres y el libro 4.º de bautismos de blancos entre los años 1803-1821. De la parroquia San José de Chacao los libros 1 y 3, años 1792-1816, que contienen los certificados de bautismo de pardos, negros, indios y esclavos; y el libro 4, años 1789-1821, con las partidas de los blancos.

En ninguno de ellos apareció la partida de bautismo de José Ignacio Padrón. Sin embargo, la revisión detallada de los libros permitió constatar la significativa disminución de partidas de bautismo que hubo en el segundo semestre de 1814, justo cuando ocurre la emigración a oriente, y cómo esta disminución se prolonga al año siguiente. El cuadro que colocamos a continuación da cuenta de esta información.

Partidas de bautismo por parroquia. Caracas 1811-1815

1811

1812

1813

18141.

er

Sem.

18142.

er

Sem.

18151.

er

Sem.

18152.

er

Sem.

San Pablo

92

88

110

102

42

37

66

Candelaria

-

-

166

88

30

24

23

Chacao

-

-

47

51

16

8

33

Fuente: Archivo Arquidiocesano, Libros de bautismo.Parroquias: San Pablo, Candelaria y Chacao.Elaboración propia.

Los números que aquí se presentan demuestran que, en efecto, hubo un éxodo importante de población, el cual se expresa de manera directa en la visible y contundente disminución de partidas de bautismo y, por tanto, en el bajo número de nacimientos que se produjo en Caracas durante el segundo semestre de 1814 y los primeros meses de 1815.

Volviendo a José Ignacio y su mamá, caben varias posibilidades. La primera, que María Josefa hubiese dado a luz antes de julio y se hubiese sumado a la emigración con su bebé en brazos; la segunda es que haya parido en el camino y logrado llegar a Barcelona con la criatura recién nacida; y la tercera, que decidiera quedarse en Caracas y enfrentar la toma de la ciudad por las fuerzas de Boves.

En cualquiera de los casos, lo cierto es que madre e hijo tuvieron la enorme fortuna de seguir con vida, ese año terrible y también en los años siguientes, en medio de la guerra de independencia, durante los cuales transcurrió la niñez de José Ignacio. Del padre de la criatura no hay la menor noticia; no obstante, debió unirse legítimamente a María Josefa Higuera, la mamá de José Ignacio, porque este tenía el apellido de su papá.

¿Cómo vivieron los años de la guerra José Ignacio y su mamá? ¿Cómo se mantuvieron? ¿Dónde vivieron? ¿En qué trabajaba María Josefa? ¿Cómo fue la infancia del niño José Ignacio? Imposible determinarlo. Fueron unos sobrevivientes, como muchísimos otros venezolanos de su tiempo que, de la misma manera que lo hicieron María Josefa Higuera y José Ignacio Padrón, lograron sortear las dificultades y salieron adelante en medio de los avatares, escasez, hambre, enfermedades, intranquilidad, rudeza e incertidumbre que impuso la guerra a quienes se encontraron, sin proponérselo, en medio del conflicto.

Finalizados los años más violentos de la contienda y en la década en la que Venezuela formó parte de la República de Colombia, José Ignacio tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir, seguramente por iniciativa de su madre, quien también sabía leer y escribir. Esta condición los diferenciaba de la inmensa mayoría de la población ya que, durante esos años y bastante avanzado el siglo XIX, solo el 10% de los habitantes de Venezuela se encontraba alfabetizado, apenas había escuelas públicas y la población escolar era casi inexistente.

En 1821, cuando José Ignacio tenía siete años, el gobierno de Colombia ordenó el establecimiento de colegios en todas las provincias y se aprobó la reforma de los programas de instrucción pública. Cinco años después, se dictó un decreto organizando la instrucción pública en toda la República. Sin embargo, en el caso de Venezuela, los primeros colegios nacionales de varones se fundaron después de 1830 y los de niñas, en la década de los cincuenta; no hubo escuelas normales sino en los años setenta, en tiempos de Antonio Guzmán Blanco. De manera que fue en esta situación de precariedad educativa como José Ignacio Padrón obtuvo los rudimentos básicos de su educación. El hecho de ser un joven que sabía leer y escribir favoreció, sin duda, su ingreso como empleado en el estanco del tabaco, en donde trabajó hasta que fue abolido de un todo en el año de 1833.

Es bueno aclarar que el estanco del tabaco fue establecido por la Corona española en 1779 y abolido en 1792. Su propósito era fomentar y controlar el cultivo y comercialización del tabaco para alcanzar condiciones óptimas en su producción y calidad. El Estado, a través del estanco, le otorgaba tierras a los productores, les proporcionaba subsidios, les garantizaba los recursos, supervisaba la calidad de la producción, fijaba el precio de compra y se encargaba de la comercialización. Durante la guerra de independencia, la producción de tabaco se vio seriamente afectada y disminuyó ostensiblemente la calidad y productividad de las plantaciones.

En tiempos de la República de Colombia, José Rafael Revenga elaboró un proyecto para el restablecimiento del estanco, a fin de que la joven República obtuviese por este medio los recursos para pagar la deuda externa. Al finalizar el año de 1828, se estableció Revenga en Venezuela como ministro de Hacienda, a fin de organizar el estanco del tabaco y establecer un plan general que permitiese el saneamiento de la Hacienda pública. Con la disolución de Colombia y la muerte de Bolívar, la misión de Revenga concluyó. El estanco del tabaco quedó abolido, como ya se dijo, en 1833.

Los sueldos en la Administración Pública de entonces no eran particularmente elevados. En 1830 un escribano podía ganar aproximadamente 360 pesos al año; un portero, un poco menos, 300 pesos; un ministro de la corte, 2.400 pesos anuales y un gobernador, 3.000. De manera que, si Padrón sabía leer y escribir, a lo mejor estaba promediando un salario cercano al de un escribano. El poder adquisitivo de alguien que recibía 30 pesos mensuales no era muy elevado ni permitía darse muchos lujos. Una mula, por ejemplo, tenía un precio de 200 pesos, a lo que había que añadir el costo de los aperos y su manutención; un esclavo, en excelentes condiciones, alcanzaba la suma de 300 pesos; incluso podía costar hasta 350 pesos; una casita modesta podía rentarse por un monto aproximado de 8 o 12 pesos mensuales, según el lugar en donde estuviese localizada; un par de zapatos, entre 1 y 2,50 pesos y un burro, hasta 25 pesos.

Siendo así, es muy probable que, contando con un salario no superior a los 350 pesos anuales, Padrón, además de trabajar en el estanco, haya decidido aprender el oficio de peinetero para, de esta manera, completar sus ingresos con la fabricación, reparación y venta de peinetas.

En un primer momento tuve dudas respecto a que Padrón hubiese sido, efectivamente, un fabricante de peinetas, en atención a que se trataba de un oficio delicado y exigente del cual son poquísimas las referencias existentes en nuestro país.

Carlos Duarte, el historiador venezolano que se ha dedicado con mayor rigor al estudio del traje y accesorios en la historia colonial y republicana, registra en su libro Nuevos aportes documentales a la historia de las artes en la provincia de Venezuela apenas una referencia sobre un taller en donde se trabajaba el carey. El dato fue tomado de la Gaceta de Caracas del 22 de noviembre de 1811. Se trata de un anuncio publicado por Martin Girandin, quien ofrece sus servicios para la fabricación de vainas para sables y cañas de estoque, engastados en carey; también elaboraba tabaqueras en carey, marfil o madera; componía abanicos e instrumentos musicales y tenía un almacén de latonería; todo esto en la calle Colón, n.º 88.

No hay mayores noticias, en estos años iniciales del siglo XIX, respecto al oficio de peinetero o acerca de cómo se fabricaban las peinetas, de dónde procedía el carey para su elaboración y cuál era el mercado de la peineta en la Venezuela de aquellos tiempos, ni en los años posteriores.

Este fue uno de los aspectos que suscitó mi atención e interés, a fin de tratar de obtener más información sobre las peinetas, su fabricación y comercio en Venezuela, básicamente por tratarse de la actividad en la que se formó José Ignacio Padrón y a la cual dedicó una parte importante de su existencia.

La primera información la obtuve en la Enciclopedia Universal editada por Espasa Calpe. Allí pude recabar los datos básicos sobre el carey, el cual se obtiene de la tortuga que lleva el mismo nombre. El procedimiento empieza matando a la tortuga con un golpe en la cabeza; acto seguido, se sumerge el caparazón en agua hirviendo para desprender las placas, ya que si transcurre un tiempo entre la muerte de la tortuga y la extracción de las placas, estas pierden su calidad.

De una tortuga pueden salir hasta 13 placas dorsales, con un peso de aproximadamente 14 kilos; las más grandes pueden llegar a tener hasta 48 cm. Estas placas se ablandan con el calor y adquieren un brillo especial al ser pulidas. Se utilizan para la fabricación de objetos considerados lujosos: peines, cajas, peinetas, agujas, decorados. Hasta aquí la Enciclopedia Universal. No se menciona allí cómo se procedía para fabricar la peineta después de obtenida la placa o concha de carey.

Dar con este procedimiento resultó más complicado. No hay mucha bibliografía sobre el tema y el único libro que pude conseguir, titulado Le peigne dans le monde, escrito por Robert Bolle y publicado en París el año 2004, lo encontré en la biblioteca del Museo del Traje en Madrid en un viaje que hice en marzo de 2011. No tenía mayor información sobre las peinetas ni su fabricación de este lado del mundo.

El mismo día que visité el Museo del Traje, conversando con Daniel Restrepo, amigo e historiador de la Fundación Mapfre, le comenté la dificultad de conseguir información acerca de la fabricación de las peinetas de carey. Me recomendó que hablase con Anunciada Colón, también historiadora y conocedora, por tradición familiar, del uso y arte de las peinetas. La llamamos inmediatamente y Anunciada recomendó que visitase la tienda histórica de peinetas en Madrid, a la cual iba su madre, en la calle Goya y para allá me fui.

En la calle Goya n.º 28, en una tiendecita minúscula con miles de detalles y objetos menudos, incluyendo peinetas, peinecillos, cajitas, abanicos y un sinfín de adornos y curiosidades, estaba la señora Eugenia Merolla, de casi ochenta años, con su perrita la Chata.

Resulta que la señora Eugenia aprendió a hacer peinetas de carey con su padre, Alejandro Merolla, de origen napolitano. Desde comienzos del siglo XX, Alejandro Merolla se instaló en Madrid, en ese mismo lugar de la calle Goya, y se dedicó a la fabricación y reparación de peinetas de carey, en una época en la que ya eran una rareza en virtud de que, desde mediados del siglo XIX, lo más común era fabricarlas de celuloide.

El señor Merolla elaboraba las peinetas con conchas de carey que adquiría, procedentes de Cuba y de República Dominicana. Fue así como, en su niñez, Eugenia aprendió a hacer peinetas de carey, primero viendo a su papá y después como su ayudante. El procedimiento era como sigue: las conchas se sometían al calor, preferiblemente hirviéndolas, a fin de ablandarlas hasta ponerlas planas, para poder trabajarlas y darles la forma. Para ello se utilizaban unos moldes de madera, encargados previamente a un ebanista y, en algunos casos, con diseño previo del peinetero; sobre estos moldes se colocaba la concha para fijar la curva, tanto del cuerpo superior de la peineta como del inferior, con moldes diferentes para cada parte.