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La independencia es el período de nuestro pasado que presenta mayores reiteraciones y convenciones, las cuales se han visto reproducidas hasta la saciedad en los libros de historia a lo largo de dos siglos: los mismos héroes y villanos, las mismas fechas, la misma épica gloriosa, los mismos hechos, repetidos una y otra vez. Una versión inmutable y maniquea sobre un proceso complejo y enormemente rico en su diversidad y contradicciones. ¿Cómo se construyó este relato? ¿Qué ha determinado que se mantenga invariable? ¿Cuáles son sus contenidos esenciales? ¿De qué manera se reproducen? ¿Cuáles son los resortes que favorecen su multiplicación? ¿Cómo hemos dialogado con ello? ¿Se han operado cambios? ¿Qué sabemos sobre nuestra independencia? ¿Es posible modificar la historia? ¿En qué sentido? ¿Para qué? Los ensayos que reúne este libro procuran dar respuestas a estas interrogantes. Se trata de una mirada crítica sobre la independencia en la cual se discuten las premisas establecidas, se revisan los lugares comunes, se explican sus motivaciones, se analizan sus contradicciones y se ponen al descubierto sus carencias. El propósito que anima a sus autores es propiciar un debate amplio y plural capaz de enriquecer la idea que tenemos sobre nuestra independencia y sugerir nuevas maneras de atenderla, doscientos años después de su instauración entre nosotros.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
La bibliografía sobre la independencia es, sin duda, la más numerosa de toda nuestra historia y también la que más reiteraciones, convenciones y lugares comunes ha mantenido, desde el mismo momento en que se produjeron los sucesos hasta nuestros días. Afirmar esto no constituye ninguna novedad; lo hemos planteado en otras oportunidades y, del mismo modo, ha sido expuesto por otros autores que se han ocupado de estos temas. La persistencia de premisas que de forma inconmovible se han sostenido, a través del tiempo, sobre el proceso de independencia no es un asunto que ocurra exclusivamente en Venezuela. En muchos de los países que surgieron como consecuencia del desmoronamiento de la monarquía hispánica es posible advertir un comportamiento historiográfico similar.
Esto se explica, parcialmente, porque los autores de los primeros relatos sobre la independencia fueron, en su gran mayoría, los propios protagonistas de los hechos. Cada uno de ellos reprodujo sus posiciones políticas frente a los sucesos de su tiempo, de forma tal que hubo quienes salieron en defensa del proyecto independentista y justificaron la ruptura con España y quienes, por el contrario, la rechazaron y la juzgaron como un acto de traición al rey y a la monarquía. Los primeros condenaron el pasado colonial y achacaron todos los males, carencias, vicios y problemas de la sociedad al despotismo español, a los excesos y arbitrariedades del absolutismo; mientras que los segundos consideraron la presencia de España en estas tierras como la fuente de su civilización y progreso; la colonización había permitido superar el estado de atraso y barbarie en que se encontraban estas sociedades y, por tanto, sus logros eran consecuencia directa de las bondades del gobierno peninsular.
La valoración de la actuación y participación de los personajes que hicieron posible la independencia o se enfrentaron a ella también forma parte de esta confrontación de pareceres. Cuando se presenta a los hombres que defendieron la causa republicana desde los escritos de sus partidarios, se destacan sus virtudes, claridad de propósitos, rectitud, valentía, audacia, disposición al sacrificio y entereza; mientras que, del lado contrario, no existen sino hombres guiados por la bajeza, la crueldad, el deshonor, la traición, la cobardía y los más viles comportamientos.
Exactamente lo mismo ocurre en el relato de los adversarios cuando hacen referencia a los jefes de la insurgencia. Simón Bolívar es calificado con los peores epítetos: tirano, déspota, insolente, pérfido, insensato, miserable, inmoral, extravagante, impío, sedicioso, inhumano, indecente, feroz, parricida, estúpido, impostor, furioso, frenético, disoluto y demente, entre otros; en abierto contraste con la sobriedad y altura que caracterizan a los representantes de la autoridad monárquica, quienes desplegaron magnanimidad, sensatez, justicia y responsabilidad en el desempeño de sus cargos.
De este reparto dicotómico surgieron los héroes y los villanos. El héroe máximo, Simón Bolívar, sin duda el de más lustre, el más vistoso, el Libertador y Padre de la patria, el que ocupa la cúspide del Olimpo, acompañado por el resto de los próceres, todos ellos hombres de armas, sus compañeros en la gesta gloriosa y épica de la independencia. Y también los villanos por excelencia, entre quienes se cuentan José Tomás Boves, el antihéroe, síntesis de la crueldad y la ignominia, y el resto de la oficialidad realista: Francisco Cervériz, Antonio Zuazola, Eusebio Antoñanzas, Francisco Tomás Morales y José Antonio Yáñez. Ausencias y omisiones también caracterizaron los relatos iniciales y posteriores. Predominaron los hombres y los jefes; brillaron por su ausencia soldados y mujeres; hubo más triunfos que fracasos, batallas magnificadas, hitos cronológicos de obligada recordación; causas y antecedentes que daban sentido a lo ocurrido.
Un discurso cómodo, simple y maniqueo le dio forma y contenido a la manera de explicar y entender la independencia; un relato que se fortaleció y consolidó durante el siglo XIX, no se vio alterado en sus cimientos por la ciencia positiva ni por el materialismo histórico, se mantuvo imperturbable ante las primeros embates y críticas de los historiadores profesionales y todavía, en pleno siglo XXI, podemos advertir muchas de sus expresiones y fórmulas explicativas.
¿Por qué? ¿A qué se debe esta fortaleza? ¿Cómo se construyó este relato? ¿Qué ha determinado que se mantenga invariable? ¿Cuáles son y han sido sus contenidos esenciales? ¿De qué manera se reproduce? ¿Cuáles son los resortes que favorecen su multiplicación? ¿Cómo hemos dialogado con ello? ¿Se han operado cambios? ¿Qué sabemos los venezolanos sobre nuestra independencia? ¿Es posible modificar la historia? ¿En qué sentido? ¿Con cuál orientación? ¿Para qué?
Estas, y muchas otras preguntas que surgieron de ellas, forman parte de las inquietudes que nos animaron y nos llevaron, a quienes formamos parte de este proyecto, a intercambiar nuestras dudas y pareceres sobre la independencia con cierta regularidad y sistematicidad.
Hace más de un año nos reunimos, por primera vez, a fin de resolver cuál sería el mecanismo mediante el cual organizaríamos el funcionamiento del proyecto, convertido muy rápidamente en seminario de discusión. Acordamos que cada quien seleccionaría un tema o problema y lo presentaría al resto del equipo con el propósito de que, a partir de allí, pudiésemos determinar, en conjunto, su pertinencia y relevancia. Superada esta primera fase, procuramos reunirnos periódicamente, a fin de presentar los resultados parciales de la investigación, de manera individual, ante el resto de los integrantes del seminario.
Esta experiencia fue, sin duda, de una enorme riqueza para todos: por la diversidad de problemas que se fueron suscitando en las discusiones; por la calidad y cordialidad del intercambio; por el entusiasmo, disciplina y creatividad que cada uno desplegó en su trabajo; por la tranquilidad y respeto con que se hicieron las observaciones y comentarios que permitieron a cada quien reorientar o ajustar sus ensayos iniciales; por las coincidencias y también por las divergencias que surgieron a medida que avanzábamos en nuestras reflexiones y, sobre todo, por el carácter crítico y plural de los debates sostenidos, desde el primero hasta el último encuentro.
Concluidas las versiones preliminares, las repartimos entre nosotros, a fin de que cada una fuese leída y comentada por dos miembros del equipo, con la intención de que se hiciesen observaciones o sugerencias, respetando, naturalmente, el criterio y autoría de cada quien. De manera que no se trata de un libro colectivo por encargo en el cual cada autor trabajó de manera aislada e independiente, sino de un esfuerzo compartido de experiencias e intercambios, profundamente estimulante y enriquecedor, tanto individual como colectivamente.
La organización de los artículos que componen este libro se hizo siguiendo un criterio que permitiese al lector aproximarse al tema desde el planteamiento más general respecto a los problemas asociados a la construcción de la memoria, hasta los aspectos más puntuales y específicos: si bien todos los ensayos son independientes, el lector observará que hay relaciones entre unos y otros, debido a que el conjunto obedece a una misma preocupación: discutir las permanencias del relato en torno a nuestra independencia y discurrir acerca de su origen, manifestaciones y consecuencias. De seguidas, paso a hacer un breve comentario sobre los ensayos que integran este esfuerzo.
«Independencia, mito genésico y memoria esclerotizada» fue escrito por Rogelio Altez, el único de nosotros que, además de historiador, es antropólogo. Allí se plantea, con gran rigurosidad, un tema crucial para el desarrollo de este libro, el cual se encuentra en estrecha relación con todos los ensayos: el de las articulaciones complejas y dialécticas entre memoria e historia, haciendo particular énfasis en cómo se ha dado esta relación históricamente en Venezuela y, de manera específica, respecto a la independencia, cuyo resultado más visible es lo que el autor califica como memoria esclerotizada, por la rigidez e invariabilidad del relato y sus contenidos.
Carlos Pernalete fue el único de nosotros que no estuvo presente en las sesiones del seminario, por una sencilla razón: vive en Barcelona, España. No obstante, acompañó esta experiencia desde sus inicios; de allí lo valioso que resulta para todos que su ensayo «El mito del bravo pueblo» forme parte de este libro. Desnuda Carlos Pernalete la ausencia constante del pueblo en el relato de la independencia, las maneras mediante las cuales esta omisión obedece históricamente a la concepción cambiante de la idea de pueblo y a la necesidad política de ofrecer una imagen idealizada de la independencia, en la cual las diferencias sociales quedaron ocultas bajo el manto protector de un actor impreciso y vacío de contenido: el bravo pueblo.
El ensayo que le sigue es de mi autoría. Se titula «Las causas de la independencia: un esquema único». Se trabaja allí una de las fórmulas de mayor recurrencia y fortaleza en la explicación de la independencia: las llamadas causas internas y causas externas. El artículo revisa y analiza la construcción y consolidación de una fórmula fija de explicación causal sobre la independencia, las críticas de que ha sido objeto y la manera en que conviven, en la actualidad, versiones contrapuestas sobre este mismo esquema, las cuales dan cuenta de la dificultad que representa la pretensión de ofrecer miradas hegemónicas y uniformes sobre un proceso tan rico, complejo y diverso como fue la independencia.
Ángel Almarza aborda el fuerte arraigo que ha tenido en la historiografía la idea de que existe una continuidad histórica entre los hechos de la independencia y cualquier insurrección, estallido o movimiento contra la Corona ocurrido durante los tres siglos del período colonial. «Dos siglos de historias mal contadas» demuestra cómo la nueva historia oficial representada por el Centro Nacional de Historia no hace otra cosa que repetir los mismos postulados escritos desde antiguo sobre los llamados movimientos preindependentistas. Concluye su exposición haciendo una reflexión crítica en torno a las debilidades e inconsistencias que ofrece esta interpretación, tanto en el pasado como en el presente.
«Monstruos sedientos de sangre» analiza la versión maniquea sostenida por la historiografía independentista acerca de que la violencia de la guerra y sus espantosas crueldades fueron protagonizadas, exclusivamente, por el bando realista. Fue escrito por Ana Joanna Vergara quien, a través de la revisión de testimonios, manuales y obras generales, muestra la inmutabilidad de esta premisa, las maneras como se ofreció una mirada benévola y comprensiva para justificar los excesos cometidos por los patriotas, en abierto contraste con los juicios de condena que se hicieron frente a los jefes del bando contrario. Las guerras no se hacen con monjitas de la Caridad, reza uno de los subtítulos; son violentas en sí, concluye la autora.
Otro aspecto que fue abordado en el seminario fue la reflexión crítica acerca del tratamiento que ha recibido la actuación de las mujeres en la guerra. El ensayo «Mujeres ausentes, mujeres presentes», escrito por Alexander Zambrano, atiende el tema. A partir de una revisión exhaustiva de las visiones idealizadas elaboradas por la historiografía sobre las heroínas de la independencia, se plantea la necesidad de ampliar la mirada, de forma tal que no sean estas las únicas protagonistas dignas de ocupar un lugar en la historia. El autor pone al descubierto la omisión de aquellas que, habiendo participado en la guerra, no fueron incorporadas al relato, como es el caso de Teresa Heredia, entre otras cosas por no cumplir con la cartilla que exigía el discurso impoluto de las heroínas, modelos de virtud para el futuro de la República.
«¿Y quién dijo que la batalla de Carabobo fue el fin de la guerra de independencia?» es la pregunta que se hace Pedro Correa al abordar la manera como se fijó el hito cronológico del 24 de junio de 1821 como el momento exacto en que terminó la guerra de independencia. Se discute aquí la dificultad que representa establecer un día de finalización de la contienda, cuando esta continuó en otras partes del territorio y, también, el artilugio mediante el cual esta fecha se convirtió en efeméride patria asociada al día del Ejército, estableciendo un vínculo directo entre el ejército libertador y el Ejército nacional, fundado por el general Juan Vicente Gómez. Relación, por lo demás, inexistente, cuya función no es otra que militarizar la historia y los contenidos de la memoria.
El artículo elaborado por Miguel Dorta lleva por título «Cuando la independencia no es (más que) una revolución». Es un texto de reflexión historiográfica en el cual se explican y contraponen las distintas versiones sobre la independencia que ofrecen algunos marxistas venezolanos. El primer bloque lo constituyen dos autores clásicos: Carlos Irazábal y Federico Brito Figueroa, quienes expresan sus reservas respecto a que la independencia pueda verse como un proceso revolucionario. En sentido contrario se presentan las miradas de José Rafael Núñez Tenorio y Guillermo García Ponce; ambos afirman que sí hubo una revolución y ven en el presente la continuidad de la gesta heroica de Bolívar. Examina Dorta, desde una perspectiva crítica, las contradicciones y problemas que ofrecen para la comprensión de la independencia los argumentos expuestos por cada uno de ellos.
El libro cierra con el ensayo «Los universitarios en la independencia». Señala José Bifano, autor de este último texto, la existencia de una temprana y arraigada tendencia historiográfica según la cual la universidad se caracterizó por ser un espacio conservador y retrógrado, hasta que Bolívar la transformó en universidad republicana por decreto del año 1827. Mediante el análisis de un rico expediente, demuestra Bifano la debilidad de esta premisa y destaca la existencia de un proceso renovador y crítico que favoreció la presencia de una generación capaz de formular el proyecto republicano. Fueron, pues, hombres provenientes de las aulas universitarias, civiles en su gran mayoría, los que dotaron de contenido y doctrina a la independencia. No obstante, la relevancia y contundencia de este protagonismo fue opacada y escamoteada por el relato épico de la guerra y por los hombres de armas.
Cada uno de estos ensayos, discutidos y escritos con pasión e interés, procuran dar respuesta a las preguntas que nos hicimos desde el primer día y que todavía hoy seguimos haciéndonos. En todos ellos hay un genuino y responsable propósito de mirar críticamente el relato invariable de nuestra independencia, las convenciones establecidas desde antiguo, las múltiples reiteraciones y lugares comunes, a fin de presentar sus orígenes, explicar sus motivaciones, analizar sus contradicciones, poner al descubierto sus falencias y desnudar sus recurrencias, convencidos de la posibilidad cierta y fecunda de que, al compartir estas inquietudes, podamos contribuir a propiciar un debate capaz de enriquecer nuestras miradas sobre el pasado y sugerir nuevas maneras de atenderlo. Este fue el propósito del seminario y el sentido esencial del libro que presentamos a los lectores.
Desde el primer día participó en este proyecto Lourdes Rosángel Vargas. Estuvo presente en todas las discusiones, se ocupó de recordarnos cada reunión, de llevar la agenda y las minutas de las sesiones; intervino en los debates, nos dejó saber sus puntos de vista y también hizo posible que este libro llegara a su fin, gracias a su acuciosidad en la lectura, revisión, edición y ajuste de todos los ensayos, incluyendo las notas que los acompañan.
También asistieron al seminario, desde el inicio, María Consuelo Andara y Rodolfo Enrique Ramírez. Ambos fueron integrantes entusiastas de la propuesta y tomaron parte en las discusiones. Ambos, en la fase final del proyecto, tuvieron la dicha de convertirse en madre y padre, respectivamente, de manera que las demandas impuestas por Santiago y Martín les impidieron concluir sus entregas.
Un comentario final, referido a las fuentes. Cada ensayo tiene un completo y acucioso respaldo a pie de página de las fuentes bibliográficas, documentales, testimoniales y hemerográficas utilizadas por cada autor, referidas, específicamente, a los temas que cada quien abordó, incorporando la información editorial completa la primera vez que se menciona cada obra. En atención a ello, se consideró innecesario reproducir al final del libro la totalidad de las referencias para evitar reiteraciones. Convocamos, por tanto, al lector a identificar en cada ensayo las que sean de su interés.
No quiero concluir esta presentación sin hacer mención a que, una vez más, contamos con el apoyo de Ulises Milla, Carolina Saravia y el equipo de Alfa Editorial para la feliz culminación de este proyecto. Desde que se lo mencionamos la primera vez, nos manifestaron su entusiasmo y su genuino interés en darle cabida en la Colección Trópicos a este esfuerzo compartido de pensar nuestra independencia, justo cuando se conmemoran 200 años del 5 de julio de 1811. Esta disposición es demostración inequívoca del profundo compromiso adquirido por los amigos de Alfa en los debates que suscita, en la actualidad, la apropiación y el conocimiento de nuestra historia, herramienta insoslayable para la comprensión del presente y la conducción del futuro. Por su empeño y seriedad les manifestamos nuestro más sincero agradecimiento.
El Congreso de la República de Venezuela, en su sesión del 16 de abril de 1834, decretó como «grandes días nacionales» al 19 de abril y al 5 de julio, mientras argumentaba que esa decisión se hallaba inspirada, por un lado, en la necesidad de celebrar el «recuerdo nacional de las épocas gloriosas» y, por el otro, en la de consagrar la «memoria de los grandes días» en que los pueblos «elevaron al rango de nación» sus esfuerzos por la libertad. «Los días 19 de abril y 5 de julio son grandes días nacionales y formarán época en la República», estipulaba el decreto. A la «Fiesta Nacional», señalada en el texto como de «celebración perpetua», debían concurrir el Presidente y todos los funcionarios de alto rango, garantizando una reunión pública que iniciaba con un Te Deum en la catedral y acababa, por supuesto, con un desfile militar[1]. En adelante, las celebraciones consagradas a esos días se llevarían a cabo en «todos los pueblos de Venezuela» como la «primera orden del tiempo de nuestras efemérides»[2].
Mucho tiempo después, hacia 1909, a la Academia Nacional de la Historia se le encomendó resolver el siguiente problema: «¿Cuál debe reputarse el día inicial de la Independencia de Venezuela?». La pregunta, planteada por la Junta Central Iniciadora de la Sociedad Patriótica, perseguía asegurar el asunto por la vía del refrendo académico, encomendado ahora a la institución que, de una u otra manera, parecía contar con la autoridad indiscutida al respecto. La Academia no defraudó en su resolución y decidió lo siguiente, en acuerdo unánime: «que la revolución verificada en Caracas el 19 de abril de 1810, constituye el movimiento inicial, definitivo y trascendental de la emancipación de Venezuela»[3]. Para la Academia, aquel había sido el día en que se «llevó a cabo la emancipación política del Continente hispanoamericano», lo cual argumentaba sobre catorce considerandos sustentados documentalmente a partir de los cuales concluía tal cosa.
Cincuenta y un años más tarde, la misma institución, «empeñada en celebrar dignamente esta gloriosa efemérides [sic]», acataba la solicitud que, por decreto del 18 de junio de 1958[4], le hacía la Junta de Gobierno que a la sazón servía de transición hacia la democracia, para que organizara una «sesión solemne» en el Paraninfo de las Academias el 5 de mayo de 1960. En esa fecha, su director, Cristóbal Mendoza, leyó el discurso de orden que sirvió de conducto erudito al «fervor patriótico» de todos los asistentes al magno acontecimiento. Mendoza diría que «el 19 de abril fue el día de la revelación de la conciencia nacional, el de la cristalización definitiva del sentimiento de patria, el del triunfo de la ideología revolucionaria». Su discurso cerraba contundente: «Desde entonces quedó fijado en los cielos de América, como un sol, el nombre de Venezuela, alumbrando con el fuego de su ejemplo los nuevos caminos del Continente»[5].
Ya en el siglo XXI la revista Memorias de Venezuela, publicación del Centro Nacional de Historia (ente adscrito al actual Ministerio del Poder Popular para la Cultura), celebró el bicentenario de la fecha-mito[6] con un número dedicado a la cuestión. Dice en su editorial:
«Los actos de independencia de la nación venezolana que nace formalmente en 1810 tuvieron siempre en su horizonte la proyección continental. Ello obedecía no a un piadoso ideal de fraternidad universal sino a la clara conciencia de una necesidad pragmática política-militar: «Sólo la unión nos hará libres»[7].»
La pregunta asalta indefectible: ¿cómo es posible que coincida en el tiempo un mismo sentido sobre un mismo hecho, sin que entren en contradicción los discursos al respecto, más allá, inclusive, de que sus proponentes representen ideas e ideologías tan distantes, dispares y contradictorias políticamente? La respuesta, sin duda, no resulta tan claramente advenida como la cuestión.
Se trata, ante todo, de un problema –de investigación, en este caso–, el cual, ciertamente, posee una condición multiespectral, pues es al mismo tiempo un asunto antropológico, sociológico, historiográfico e ideológico. Al parecer, es este un problema que encierra, a su vez, otros problemas que le son concomitantes. La independencia –el problema fundamental– ha sido una pregunta recurrente en la existencia de la nación, sin que por ello se haya apelado a más argumentos que su propia celebración. Esto es indicador de que el asunto no ha sido advertido, precisamente, como «problema» en el sentido metodológico con el que se le ha observado aquí, sino como fundación, origen, nacimiento, es decir, como mito. Y los mitos no aceptan discusiones.
Sin embargo, la independencia es más que un mito y un problema; es un conglomerado de problemas, pues en sí misma contiene varias cuestiones que son fundamentales para la sociedad contemporánea: la nación, la ciudadanía, la libertad, la soberanía, la igualdad, la república, la identidad, y otros muchos elementos que son indivisibles de aquel proceso y de la existencia misma del país. Observar estos aspectos como un problema de investigación dista mucho de sentenciarle como el «recuerdo nacional de las épocas gloriosas», como «el movimiento inicial, definitivo y trascendental de la emancipación de Venezuela», como «el día de la revelación de la conciencia nacional», o como el momento cuando «nace formalmente la nación venezolana». Antes bien, estas sentencias –y su sostenida coincidencia a la vuelta de dos siglos en forma de desfiles militares y proclamas oficiales– solo dan cuenta de que, en definitiva, se trata de un problema que necesita de una aproximación analítica.
Los documentos citados expresan los compromisos institucionales por otorgar cierta fuerza fundacional a la fecha-mito del 19 de abril; en ello se trasluce la necesidad de consenso acerca del origen de la independencia, así como también del nacimiento formal de la nación. Sus nociones de «revelación de la conciencia nacional» conducen a un mismo horizonte: el dictamen sobre el inicio de la independencia. Es esta una necesidad que no descansa en el decreto de la «gloriosa efemérides [sic]», sino en la de darle una forma definitiva al mito sobre la fundación.
Más allá del propio mito, se observa en esta problemática sostenida a través de doscientos años la estrecha relación que vincula a nación y Estado, nexo indivisible en la discursividad moderna sobre la existencia misma y el sentido de sociedad que abrigan ambas nociones. La figura clave del orden social moderno, el Estado-nación, supone que al aparato institucional que conjuga las relaciones de poder que toman decisiones, se le adosa, indefectiblemente, la sociedad sobre la que se levanta como ente regidor y censor. El aspecto fundamental de esta ecuación no es el Estado, obviamente –pueden hallarse rastros milenarios de su existencia–, sino la nación, pues en ella recae la novedosa armazón conceptual que la modernidad depositó en su seno como representación de la sociedad.
Acudiendo a Reinhart Koselleck, el historiador Fabio Wasserman observa en nación, como categoría moderna, la condición de «concepto histórico fundamental»:
«Esto se debe a su capacidad para designar distintos referentes sociales, políticos y territoriales, pero sobre todo al hecho de condensar diversas concepciones sobre la sociedad y el poder político dando cauce, además, a otras de carácter novedoso, cuyas proyecciones llegan hasta el presente[8].»
«Toda construcción genealógica de la nación presupone siempre un sujeto de esa nación, un pueblo ya preformado en el embrión primitivo de la nacionalidad», dice Elías Palti[9]. En este sentido, la idea de que lo nacional se va constituyendo a través del tiempo y madurando a la sombra de la opresión –señalados en el despotismo y la explotación colonial– fue ganando espacio en los razonamientos al respecto, así como en las argumentaciones de su levantamiento en forma de «guerra justa» por esa «emancipación».
La razón más profunda, más magmática de la independencia, entonces, subyace en la noción telúrico-biológico-genealógica que asegura la preexistencia de la nación. Es decir, según esta lógica, la nación existía antes de su decreto. Y esto es algo que se derrama en los discursos sobre el origen de la independencia:
«… el fenómeno de la formación de una conciencia colectiva que por encima de los abismos sociales y étnicos originados por las peculiaridades del ciclo colonizador, fue condensando una noción superior de solidaridad impuesta por la tierra…[10].»
Al mismo tiempo que los discursos nacionalistas, también la historiografía occidental había asumido, por lo general y hasta bien avanzado el siglo XX, que «el concepto de nación» parte de «un fundamento étnico: la nación era concebida como lo natural, lo dado, y los sentimientos de identidad nacidos de las semejanzas históricas, lingüísticas y culturales como expresión de esa fuerza natural»[11]. Esta noción parece no pertenecer únicamente a la historiografía pues, de la mano del convencimiento de que la nación es un «sentimiento» preexistente a la independencia, ha perdurado en el imaginario colectivo y en el imaginario intelectual la sólida idea de que tal preexistencia es una fuerza necesaria y decisiva en los hechos emancipadores, así como en sus resultados posteriores –materiales y subjetivos– en la larga duración.
Quizás conectados y convocados por el romanticismo europeo, a partir del cual la historiografía decimonónica del Viejo Continente sostenía que el origen de sus naciones era, precisamente, el resultado de «movimientos nacionales», los historiadores iberoamericanos en general observaron en los movimientos independentistas una expresión coincidente con aquellos argumentos. No obstante, la idea de la preexistencia de la nación en América es mucho más temprana, y puede detectarse, como un ejemplo, en Rafael María Baralt cuando explica el «carácter nacional»:
«Las costumbres públicas o el conjunto de inclinaciones y usos que forman el carácter distintivo de un pueblo, no son hijas de la casualidad ni del capricho. Proceden del clima, de la situación geográfica, de la naturaleza de las producciones, de las leyes y de los gobiernos; ligándose de tal manera con estas diversas circunstancias, que es el nudo que las une indisoluble. Más o menos arraigadas en la sociedad están ellas, según provienen de las cualidades invariables que sólo la naturaleza puede dar al suelo, o de accidentes transitorios que son efecto de la voluntad o del ingenio humano[12].»
La insistencia en esa anterioridad de la nación parece haber sobrevivido a los tiempos y a los cambios ideológicos. En la actualidad, por ejemplo, y a la luz de las celebraciones del bicentenario, la noción acerca de una identidad surgida ciertamente de la «tierra», anterior además a la propia presencia española, y extendida de la mano de las relaciones que el mismo modelo colonial construyó, se hace nítidamente presente en el imaginario intelectual que parece reconocer en ello un sentimiento «plurinacional» y americano, incluso antes de la existencia y la conciencia sobre la nación:
«[La independencia] obedecía igualmente al reconocimiento lúcido de una identidad plurinacional real, generalizada por el imperio hispano a través de la lengua, la religión, el comercio, las costumbres hegemónicas, mas también por una afinidad "panindiana" esencial y un "espíritu de la tierra" común que no pudo ser borrado por los colonizadores europeos[13].»
No obstante, la búsqueda de la justificación de la independencia en esas razones que, por naturales, se vuelven indiscutibles, enturbia la atención analítica y crítica sobre la propia independencia, sobre el surgimiento de la República, del Estado y, con todo ello, de la nación. En el caso de los procesos americanos, quizás la relación nación-independencia-Estado sea al revés:
«Podemos concluir que las construcciones de Estados en Nueva Granada y Venezuela, no tienen, como en Europa, la consumación o el resultado de movimientos nacionales sino más bien tan sólo el comienzo de tales movimientos y desarrollos. El Estado precedió a la Nación[14].»
La insistencia mencionada ha invertido la relación y ha colocado a la nación precediendo al Estado, cuando parece haber sucedido lo contrario. Esto puede entenderse así si se sigue a Eric Hobsbawm: «Las naciones no construyen Estados y nacionalismos, sino que ocurre al revés»[15]. También Hans-Joachim König concluye, además, que se construyeron «Estados soberanos» y no naciones. En todo caso, el asunto está planteado: la independencia se ha vuelto un problema metodológico (al menos para la historiografía y la antropología) a la vuelta de haber sido –y continuar siendo– un problema ideológico, y esto, de acuerdo con Palti, tiene «consecuencias historiográficas»[16]. Armando Martínez Garnica ha coincidido con este planteamiento crítico, al señalar que una de «las dos interpretaciones más relevantes de las independencias iberoamericanas […] considera que éstas fueron el resultado de un acto de emancipación de una nación criolla previa cuyos orígenes habría que remontar a las sociedades aborígenes que existían antes de 1492[17].»
La idea de que esta identidad preexistente es, por demás, «americana », y que en su proceso de consolidación hubo de atravesar tres siglos determinantes para su manifestación definitiva en forma de «nación independiente» abriga en su seno un sentido evolucionista que no esconde la consideración de una «madurez» de la conciencia social, cónsona con el advenimiento de los valores modernos.
«La emancipación de una hija que en 1808 había llegado a la mayoría de edad respecto de su madre patria es la metáfora familiar que soporta esta interpretación, que en algunos autores es presentada más como una mala madrastra.
»… la vieja nación criolla existía antes de que viniera al mundo su estado republicano, dando señales de vida en cada motín popular y en cada movimiento "precursor", sufriendo "entre cadenas como miserable colonia explotada por el imperio ultramarino"…[18].»
Se trata, pues, de interpretaciones «oficiales y tradicionales de las independencias hispanoamericanas», a decir de Jaime Rodríguez, quien sostiene «que las naciones ya existían antes que el Estado y que la emancipación simplemente reconoció la existencia de tales entidades políticas independientes»[19].
En tanto que «oficiales» –vueltas «tradicionales» luego de un par de siglos de repetición–, estas interpretaciones quizás puedan asumirse en el sentido «didáctico» que le otorgó más temprano Charles C. Griffin a este tipo de «historia escrita» con «base nacional»:
«Es preciso reconocer que además de la historia escrita para explicar los cambios históricos, existe también un tipo didáctico de historia escrita con objetivos partidistas, ideológicos o patrióticos más que para el enriquecimiento de nuestro conocimiento. Para tal historia, inculcada a menudo en programas y textos oficiales, puede considerarse ideal la base nacional[20].»
Oficial y tradicional, esta historia que decretó la nación como razón y expresión de la independencia, acabó siendo un discurso hegemónico e indiscutible, solidificado por su propia fuerza centrípeta y arropadora, a la luz de la transparente misión de haber sido –y continuar siendo– el relato de la nación. Ideológicamente legítimo, historiográficamente soportado y metodológicamente confuso, este relato se fundó sobre «una interpretación maniquea de la independencia», donde una nación en ciernes habría despertado de su letargo en opresión para levantarse contra el imperio que la explotaba, desplegando una lucha aguerrida «entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, también entre vencedores y vencidos. Construcción de la nación que alumbró la historia patria»[21].
«Un discurso que se volvió hegemónico y que tenía el sentido de unificar la historia de las sociedades altamente diferenciadas étnica y socioeconómicamente, así como con amplios contrastes regionales (…).
»Las guerras de independencia interpretadas desde el nacionalismo se convirtieron en sustrato histórico común de las naciones iberoamericanas. Éstas fueron el inicio de su historia contemporánea. Y, en esto, no hay mucha diferencia con la Europa occidental[22].»
Con la idea fija de una independencia que estalla por la fuerza última de la nación (oprimida, explotada y contenida por siglos en esa situación), la apreciación analítica desaparece y solo queda sumar voluntades ante tal intelección. Con ello, pues, la independencia se diluye entre hechos, héroes, batallas y tragedias. Una cortina épica vela al problema y evita que sea apreciado como lo que en realidad es: un proceso histórico y social, el cual, y por tanto, necesita ser comprendido analíticamente más allá de ser simplemente conmemorado. Una historiografía más reciente ha hecho intentos al respecto, especialmente desde los ámbitos críticos que se despliegan académicamente, trazando una sensible diferencia, eventualmente, con los discursos hegemónicos oficiales y tradicionales[23].
Toda revolución tiende a llevar las cosas más allá de lo que los tiempos le permiten ser y a pedir a los hombres más de lo que pueden dar. Es por ello por lo que, más que juzgarlas, hay que comprenderlas: cómo nacen, cómo evolucionan y qué es lo que crean.
Pierre Vilar[24]
Si se repasan con atención los efectos que en la larga duración lograron las guerras de independencia, el de mayor éxito, sin duda, ha sido el de su discurso autojustificador y fundacional. Un discurso de vencedores que construyó el relato mismo de la epopeya, el cual se ha sostenido casi intacto durante doscientos años. Ni las instituciones, ni los modelos de representación política, ni los derechos sociales, ni los cuerpos jurídicos, ni las formas de organización militar, ni la relación con el capital, ni las estructuras de los Estados se han mantenido tan incólumes como el relato de la nación y su gesta emancipadora. En general, la sociedad misma y sus formas de representación-participación se han transformado. Ante estas escenas, vuelve inevitable otra interrogante: si la propia organización social ha cambiado a la vuelta de dos siglos, ¿por qué no ha variado un ápice el relato sobre la independencia?
Ha tocado a la historiografía reciente revisar este aspecto. Si se sigue a los autores que han escudriñado con cuidado la historia de la historiografía, es posible advertir en ella ciertas etapas o períodos a través de los cuales se ha dejado ver la impronta de los contextos –semánticos, ideológicos, simbólicos– en los que se ha expresado esa misma historiografía.
Una de estas expresiones es llamada acertadamente Historia patria[25], la cual encarna al nacionalismo como corriente de pensamiento y práctica detrás del discurso historiográfico, en coincidencia con la «historiografía testimonial», denominada así por Inés Quintero, la cual se apoya en la convicción de que los testimonios de los héroes y protagonistas de la gesta emancipadora se vuelven documentos indiscutibles y verdades irrefutables. Ambas expresiones sirven de base discursiva a lo que Germán Cardozo Galué ha llamado como una «historiografía más nacionalista que nacional»[26], donde «el hecho emancipador se convierte, pues, en el soporte político e ideológico del discurso historiográfico», enseñando «una uniformidad valorativa que no se ve alterada»:
«Es un esquema uniforme de interpretación historiográfica; a tal punto que, en el caso venezolano, hasta bien avanzado el siglo XIX no se atiende el pasado colonial: trescientos años de historia quedan excluidos de la producción historiográfica, ya que durante esos tres siglos no había ocurrido nada susceptible de ser registrado por los historiadores, como no fuesen las atrocidades de la conquista y la imposición del yugo absolutista sobre los americanos[27].»
En palabras de Manuel Chust y José Antonio Serrano, esta fase historiográfica en las academias iberoamericanas (que alcanza hasta finales de la década del cincuenta en el siglo XX), se apoyó en tres «ideas rectoras de consenso»: patria (como sustento del nacionalismo), pueblo y héroes, trilogía que ha devenido en fundacional, pues pueblo-naciónhéroes parece traducir la anterioridad de los sentimientos ligados a la tierra y la justificación de su alegato violento transformado en guerra. «Lo interesante –dicen Chust y Serrano– es que [estos argumentos] fueron respaldados tanto por liberales como por conservadores y, en otros países, por escritores e historiadores de izquierda y derecha»[28].
Sin embargo, la historiografía comenzará a construir argumentos críticos al respecto a partir de la década de los sesenta, en coincidencia con el redescubrimiento del marxismo en las ciencias sociales[29] y de la fundación de la mayoría de las escuelas de historia en las universidades latinoamericanas. En el caso particular de Venezuela, es posible asegurar que la corriente marxista en historia es la primera en darle una perspectiva distinta a la problemática sobre la independencia. La observación, aunque forzada, de que la sociedad colonial se hallaba dividida en castas que asumieron el rol de clases en medio de la crisis final representó un ardid metodológico que, de una manera u otra, permitía una mirada algo más crítica sobre el nacionalismo anterior[30].
En todo caso, y a la vuelta de una experiencia académica especialmente universitaria, propia del efecto que imprimieron en ello las fundaciones de las escuelas de historia –y de ciencias sociales en general–, se desplegó una nueva revisión de fuentes primarias que cuestionó «el amplio margen de maniobra, o para decirlo de manera más directa, la carencia de rigor con que habían sido utilizados los documentos primarios»[31]. Esto, a su vez, tuvo su efecto en la historiografía sobre la independencia:
«Desde nuestro punto de vista, cinco vertientes de investigación minaron a la larga las principales bases del consenso historiográfico: primera, la historia regional; segunda, el cuestionamiento de la ineluctable independencia; tercera, el debate sobre el desempeño productivo de las estructuras económicas de los siglos XVIII y XIX; cuarta, los aportes de la historia social, y por último, el "desmonte del culto a los héroes"[32].»
Es de sumar a esto que tales vertientes han sido impulsadas y estimuladas por ciertas investigaciones que han penetrado el asunto con criterios analíticos ciertamente trasgresores del relato inescrutable. Por un lado, el trabajo de John Lynch[33], quien planteó que las Reformas Borbónicas representaron una segunda conquista de los dominios ultramarinos, y quien atendió las tensiones sociales en torno a las relaciones de poder, hurgando en la problemática del acceso a la riqueza y la conciencia de clase en los criollos. Esta fue una obra que nutrió la mirada historiográfica hispanoamericana y que le otorgó a esta disciplina –y a la temática en particular– la oportunidad de ver a los procesos de independencia en relación unos con otros y como parte de un proceso mayor, quizás por primera vez desde un punto de vista y un marco teórico que no había sido aplicado antes con esa agudeza[34].
Por otro lado, la obra de François-Xavier Guerra, publicada en el marco del V Centenario[35], también adquiere el perfil de impulsora de razonamientos críticos sobre el proceso de independencia, pues Guerra planteó allí que las independencias fueron procesos dentro de un proceso mayor: el advenimiento de la modernidad. Asegura el maestro que en medio del paroxismo revolucionario, las «mutaciones» políticas y sociales daban cuenta del ingreso, «de manera irreversible», de la América hispánica a la modernidad. Se esforzó Guerra, y con éxito, en subrayar que las independencias no fueron «hechos naturales», al decir de la lógica nacionalista con que la historia patria les ha mirado:
«Acostumbrados a considerar la Independencia de la América hispánica como un fenómeno natural, producto de causas necesarias, nos es difícil concebir hasta qué punto ese proceso fue aleatorio y traumático para los que lo vivieron. En efecto, lo que la historia patria presentó después como la marcha ineluctable hacia la Independencia y la modernidad política fue en realidad la consecuencia de la ruptura de la monarquía hispánica, un conjunto político multisecular de una extraordinaria cohesión[36].»
Con todo, estos esfuerzos lograron, precisamente, efectos en el mundo académico; pero esto no necesariamente se traduce en un nuevo relato, ni mucho menos. No se logran efectos ideológicos desde las aulas de las universidades autónomas; esa es una tarea exclusiva de quienes toman decisiones[37].
Lynch y Guerra contribuyeron con explicaciones más globales sobre el proceso, mientras que otros aportes (como los de la historia regional, la historia social y la crítica a los héroes), sumaron estudios especializados sobre el asunto enmarcados en esa perspectiva amplia y profunda que los dos grandes historiadores han legado.
Una tercera vertiente historiográfica sobre la independencia se ha venido forjando a través de esfuerzos colectivos que se han construido desde los diálogos convocados y cultivados, por ejemplo, por Manuel Chust, Armando Martínez, José Antonio Serrano, Jaime Rodríguez, Inés Quintero, Antonio Annino, Guillermo Bustos y muchos otros, donde la variable común ha sido el repensar la independencia, tomando como punto de partida la lectura crítica y cuidadosa de las corrientes anteriores y de las fuentes primarias. Decenas de encuentros internacionales y producciones bibliográficas están dejando en claro que estos esfuerzos persiguen desmitificar las independencias y observarlas como indicadores de procesos sociales y políticos más profundos y alejados de lugares comunes o impulsos nacionalistas. Para Chust, por ejemplo, «el estudio de las independencias» supone abordarlo desde dos premisas que asume como centrales, a saber:
«… la categorización de éste como un proceso histórico con características revolucionarias, y, en segundo lugar, el contexto de espacio y tiempo en el que surgieron, se desarrollaron, crecieron y triunfaron, es decir, el contexto del ciclo de las revoluciones burguesas, como acuñaron Eric Hobsbawm y Manfred Kossok[38].
»En realidad, se trata de un proceso, y no un proceso aislado e independiente de su contexto (o bien desarticuladamente surgido dentro de ese contexto), sino, antes bien, un aspecto que adquiere significado debido a ese contexto y, en todo caso, resulta ser un indicador coherente del marco histórico y simbólico mayor que le engloba dentro de su seno[39].»
Desde todas estas perspectivas, la historiografía en general está dando cuenta de la existencia de un problema, ya metodológico, o bien interpretativo; en cualquier caso, se trata de un asunto epistemológico y hermenéutico, pues su profunda articulación simbólica con la cultura y con las sociedades le aleja –analíticamente– de los discursos oficiales, tradicionales o conmemorativos, al tiempo que le identifica, sin lugar a dudas, con el compromiso –ya bicentenario– que adquirió de la mano de «la construcción del Estado» y de la «formación de la nación», en palabras de König. Al ser esto así, va quedando claro que la independencia es, al mismo tiempo, un problema ideológico.
En tanto que ideológico, produce efectos subjetivos, indefectiblemente. Esto significa que, a partir de los planteamientos de Palti, por ejemplo, este espectro discursivo, construido a la luz de dos siglos de recurrencia temática y repetición, no es solamente «un mero reflejo de su contexto de producción», sino que también opera sobre el contexto. Un discurso con peso hegemónico, como el relato sobre la independencia, contribuye a «producir simbólicamente su entorno», y de allí que es posible advertir, entre sus funciones ideológicas, la de producir ciertos efectos subjetivos, como el de construir simbólicamente una nación y generar identidades al respecto.
La historia que se elaboró desde el propio siglo XIX en torno a la independencia –esto es: la historia de los vencedores convertida poco después en relato– es una historia que «lucha contra el pasado colonial» y que persigue hallar «basamentos más permanentes» ante las «eventualidades de su origen» (contradictorio, confuso, complejo e incómodo). Es la «historia genealógica» que persigue construir una identidad nacional[40]. En este sentido, la historia de la nación jamás ha podido separarse del discurso del Estado; junto a la construcción material de la nación, camina la construcción simbólica de la nación.
Por ello, esta construcción simbólica no ha estado divorciada, sino históricamente vinculada, a la idea política de la nación. De allí que se divise cierta sinonimia entre nación, Estado y política. Nación y –formas de– representación –social y política– parecen conjugarse en la institución que descansa en la figura del Estado. Por consiguiente, nación y Estado, institución y política, símbolo y sociedad, se conjugan en el discurso historiográfico y en el relato, y se funden en las subjetividades que parecen definir a los patrones de identidad y a los modelos ideales de patria. Ninguno de estos aspectos puede explicarse sin hallarse vinculados entre sí: «Tomemos, por ejemplo, las palabras Estado, o Revolución, o Historia, o Clase, u Orden, o Sociedad. Todas ellas sugieren inmediatamente asociaciones. Estas asociaciones presuponen un mínimo de sentido común[41].
Esta sinonimia vuelta relato ha saltado de los efectos historiográficos a los efectos subjetivos, a la vuelta de doscientos años de uso ideológico del mismo sentido discursivo. El relato de la independencia, como relato de la nación, asume el rol de génesis, de fondo último y paradigmático de la identidad, del sentido de ser-una-nación. Y en tanto que tal, no puede ser sino –empíricamente– un melodrama, una puesta en escena que vuelve a recrearse una y otra vez en formas inusitadamente similares, casi estáticas, con visos de ritual que, por condición propia, debe reiterarse disciplinadamente del mismo modo siempre. Este ritual, este retornar periódico e imaginario al mismo punto de partida, asume también el rol de tragedia, con su propia fuerza arropadora y conmovedora.
Quizás por ello se trate del tema de mayor atención en la historiografía hispanoamericana, y el que mayores efectos logra en el imaginario colectivo y en el imaginario intelectual. Pierre Chaunu ha opinado al respecto:
«Es bien conocido el gusto de los hispanoamericanos por el breve lapso de la etapa de su Independencia. Un rápido vistazo a los instrumentos bibliográficos nos mostraría que en los diez años últimos, de los 50.000 títulos registrados, le están consagrados del 30 al 35 %. […] Cuando una historiografía presenta tal exceso, que ninguna razón documental justifica, el hecho deja de ser pintoresco para convertirse en significativo[42].»
Inés Quintero lo ha señalado con puntual atención al problema aquí observado:
«La independencia de Venezuela ha sido, sin lugar a dudas, el proceso y el período sobre el cual se ha producido el mayor número de publicaciones en nuestro país y también el que ha generado la elaboración de las más fuertes e inmutables convenciones historiográficas. Muchas de las cuales todavía hoy nutren el discurso educativo y forman parte de la idea que los venezolanos tienen de su historia[43].»
Contra las convenciones historiográficas parece levantarse, por otro lado, el discurso del actual Centro Nacional de Historia y el del Archivo General de la Nación de Venezuela, tal como lo dejan claro en su compilación Memorias de la insurgencia[44]. La presentación del libro, a cargo del historiador Luis Felipe Pellicer, director en funciones del Archivo General de la Nación, inicia con la siguiente frase: «La historiografía juega un papel fundamental en la creación de una conciencia revolucionaria», y continúa señalando a la «historiografía tradicional y conservadora» como responsable de la «invisibilización» y de la «estigmatización del pueblo», asegurando que «para esa historiografía el pueblo ha sido un obstáculo en la construcción de la nación».
La publicación, que incluye un disco compacto con digitalizaciones de expedientes tomados del «Catálogo de Causas de Infidencias» existentes en el archivo, supone un rescate del papel de la insurgencia popular en la revolución independentista (en contra de aquella historiografía que «le arrebató al pueblo la fuerza de su pasado»). Se mencionan allí los «mecanismos de comunicación», las pulperías como «centros de subversión», la «sociabilidad revolucionaria», los «pequeños aportes del pueblo» a la revolución y un conjunto de aspectos que persiguen dar cuenta de las «demostraciones suficientes del carácter popular de la Independencia»[45].
Estas loas al pueblo reflejadas en el discurso de un historiador comprometido institucionalmente como funcionario público –al igual que muchos otros que en el pasado ocuparon su cargo–, no contradicen, sin embargo, al mismo espíritu que se le otorgó al papel del «pueblo» desde los inicios del discurso nacionalista. Pueblo, quizás la categoría conceptual más polisémica del discurso moderno, pervive en los imaginarios como substrato de soberanía desde que su sentido más elemental comenzó a transformarse con la modernidad. Explotado, marginado, invisibilizado, estigmatizado, «tratado con desdén clasista, sexista y racista»[46], el pueblo siempre es ideologizado, lo que conduce a la capitalización de su voluntad política a favor de los intereses de turno.
A pesar de los esfuerzos de una publicación como esta –en sintonía con el espíritu crítico de la historiografía que pretende repensar a la independencia, pero en contradicción semántica con ella–, se trata de un discurso –innegablemente– oficial, financiado directamente por el Estado, y fungiendo, asimismo de extensión discursiva a los intereses políticos, como sucedió con muchas de las experiencias antecesoras:
«Hoy el pueblo venezolano invoca sus poderes creadores para transformar la historia, su vivencia y su relato con la suprema misión de impulsar la sociedad justa y equitativa; la sociedad de reconocimiento y respeto a la diversidad; la sociedad democrática, participativa y protagónica; la sociedad que, ayer como hoy, se esfuerza en alcanzar el ideario bolivariano de igualdad, libertad y unidad nuestroamericana.
»Memorias de la insurgencia es una expresión del esfuerzo del gobierno bolivariano por reescribir la historia del pueblo, con el pueblo y para el pueblo[47].»
Con epítetos similares y en contextos político-ideológicos diferentes, otros historiadores devenidos en funcionarios públicos habrían dicho cosas semejantes. Augusto Mijares, por ejemplo, Ministro de Educación en 1949, aducía que «los usos de la sociedad civil [expresión que tomaba del Libertador] debían ser el apoyo histórico de nuestra vida republicana». Estos «usos de la sociedad civil», testimonio de que «tenían los americanos una patria común que era ya una nacionalidad adulta», habían sido «bastardeados»[48] por las convulsiones de la propia guerra de independencia y debían ser «destacados hoy como raíz de nuestra tradición política; como justificación y base de las aspiraciones de nuestra América a una vida de normalidad cívica y legalista»[49]. Vale la pena destacar de entre las palabras de Mijares otras referencias que sugieren el sostenimiento de sentidos similares por parte de la perspectiva historiográfica oficial con relación al «pueblo», o bien a los «desvalidos», como en verdad los llama:
«… todos sabemos cuánto más fácil es para las clases privilegiadas, cuando no están animadas de espíritu público, buscar el acomodo con los poderosos del momento y entrar, a mansalva, en el reparto de lo que se arrebata a los desvalidos[50].»
Parece no haber mayores sorpresas en esto. El Estado, y con ello sus discursos historiográficos de turno, vuelven una y otra vez a los mismos sentidos que se han construido –y, evidentemente, reproducido en el tiempo–, desde las primeras narraciones testimoniales que elaboraron los vencedores de la guerra de independencia y que, una vez al frente de la República, volvieron decreto en abril de 1834. Lo que se observa con todo ello es que el problema de la independencia se vuelve cada vez más claro, más obvio, más pertinente como tema de investigación. Pero también se advierte allí el problema ideológico que el relato de la independencia viene significando en la construcción simbólica de la nación: su invariabilidad como símbolo le otorga una indefectible condición de relato, de vehículo místico, de estructura subjetiva que sostiene y atraviesa toda una sociedad.
