El último marqués - Inés Quintero - E-Book

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Inés Quintero

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Beschreibung

Esta es la bitácora vivencial de quien transitó por el –quizá– más convulsionado siglo de la historia de Venezuela, cuando dejó de ser provincia de la corona española y se convirtió en república independiente. Francisco Rodríguez del Toro, el último marqués de Venezuela, es una de las figuras más controversiales de la gesta independentista, pues ¿cómo es que un insigne representante de la nobleza y defensor irrestricto del orden establecido pudiera ser, al mismo tiempo, iniciador de la revolución y resaltante protagonista en la creación de la República? A lo largo de tres décadas el marqués actuó conforme lo haría un noble titulado. No obstante, algo desató una vorágine incontrolable y el escenario cambió. Cómo se involucró en los hechos, cuál fue su compromiso con la revolución, cómo sobrevivió a ella y se insertó en el orden republicano, entre otros conflictos, hallarán respuesta en estas páginas.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Contenido
Introducción
I Parte. Marqués
–Títulos y condecoraciones
El marquesado del Toro
El fundador de la Merced
Otros títulos en la provincia
Un segundo título para la Casa Rodríguez del Toro
Las diligencias del IV marqués
«Virtuti et merito»
–Poder y preeminencias
Regidor perpetuo del Cabildo de Caracas
Los mantuanos y el control del cuerpo capitular
Mantuanos vs. peninsulares
Sobre prerrogativas y tratamientos
Contra la odiosa rivalidad del cura de Guacara
–En defensa de la igualdad
El ejemplo de sus mayores
Por la exclusión de Miranda de las Milicias del Rey
Matrimonios entre mantuanos
Opuesto a la boda de Rosalía
–Enemigo de trastornos y fermentaciones sociales
Reacios a la subordinación y a la obediencia
La peor de las especies
«… Total separación en el trato y comercio con los mulatos o pardos»
Una catástrofe pavorosa
–Fiel y leal servidor de Su Majestad
En defensa del rey y del orden monárquico
En armas contra el «traidor Francisco de Miranda»
Por la unión de los pueblos españoles y la integridad de la Monarquía
Promotor de la Junta de 1808
Por la Independencia: ¡Jamás!
II Parte. Patriota
–Iniciador de la «Gloriosa Revolución de Abril»
Enemigo del despotismo
¿Qué pasó el 19 de abril de 1810?
Una acotación necesaria
La Junta de Caracas
–Comandante del Ejército del Poniente
Las instrucciones de la Junta Suprema
Negociaciones infructuosas
La primera derrota del marqués
–Fundador de la República
Miembro de las primeras cortes americanas
Por la independencia absoluta de España
¿Y qué hacemos con los pardos?
Ni fueros, ni distinciones, ni privilegios
–La pérdida de la I República
Los enemigos de la revolución
El terremoto de Caracas
Discordias contra Miranda
El descalabro final de la República
–El viraje del marqués
La última misión del marqués
Deserción y huida
Víctima inocente de las circunstancias
Los errores de la Corona
Los desmanes de Monteverde
–Las súplicas de Toro
Por la intervención de Inglaterra
Para evitar males mayores
Ajeno por completo a la insurgencia de Venezuela
En auxilio del desvalido marqués
III Parte. Prócer
–Entre la patria y el rey
Requerido por el Libertador
El ansiado perdón del rey
El difícil regreso a Venezuela: un panorama desalentador
–La vida en el orden republicano
El reencuentro con Bolívar
Amigo cercano de El Catire Páez
Alto funcionario de la República de Colombia
–En el ojo del huracán
Las denuncias contra el marqués
En defensa de su honor mancillado
Un hombre probo y de trayectoria intachable
–Patriota sin mancha
Iniciador indiscutible de la Revolución de Abril
Entrañable amigo del Libertador
¡Viva el general Toro, viva, viva!
–Prócer de la Independencia
General pensionado del Ejército Libertador
Acaudalado propietario
Decano de los próceres de la Independencia
Comentario final
Fuentes
Notas
Créditos
El último marqués
Francisco Rodríguez del Toro 1761-1851

Introducción

Francisco Rodríguez del Toro, IV marqués del Toro, aparece en el extremo izquierdo del conocido cuadro de Juan Lovera que recoge la firma de la Declaración de la Independencia, el 5 de julio de 1811. Está elegantemente vestido con una casaca bordada azul y verde; solamente él y Miranda tienen peluca empolvada a la catogan. El cuadro está expuesto en el Concejo Municipal de Caracas. En el diagrama inferior, Toro está identificado con el número 17; sus dos hermanos, Juan y Fernando, se encuentran junto a él; los tres eran diputados del Congreso Constituyente y firmaron la Declaración de la Independencia y la primera Constitución de Venezuela. El marqués del Toro, además, fue general de división del primer ejército republicano, amigo del Libertador y dueño de la Quinta de Anauco, lugar en el cual se encuentra actualmente el Museo de Arte Colonial de Venezuela. Una placa en la entrada del Museo reza así: «El general Francisco Rodríguez del Toro, IV marqués del Toro, primer general de los ejércitos patriotas, ilustre y esclarecido ciudadano que firmó el Acta de la Independencia, habitó esta casa desde 1825 hasta el 7 de mayo de 1851, día de su muerte». Sus restos reposan en el Panteón Nacional.

La historia que aquí se ofrece presenta al lector la biografía de un hombre que gozó de una longevidad poco común –nació el 11 de diciembre de 1761 y murió 89 años después, el 7 de mayo de 1851– y fue testigo y protagonista del proceso más contradictorio, confuso, veloz y problemático de nuestra historia: el de nuestra Independencia. Período que, por lo demás, ha sido estudiado de manera plana, lineal, apologética y poco esclarecedora, aun cuando constituye la etapa más rica y controversial de nuestro pasado.

Durante esos turbulentos años se llevó a cabo la más drástica mudanza de nuestra historia: Venezuela dejó de ser una provincia fiel y leal a la Monarquía y se convirtió en una República independiente. El rey dejó de ser la expresión terrenal del mandato Divino y se convirtió en símbolo del despotismo; España ya no fue el origen y basamento de nuestra civilización y pasó a ser la única responsable de nuestra ignorancia y miserias; fueron abolidos los valores y principios de la sociedad de Antiguo Régimen y sancionados los fundamentos doctrinarios del liberalismo; se consagró el principio de la igualdad y se derogaron fueros y privilegios; desapareció el Tribunal de la Inquisición, se eliminó la censura y se sancionó la libertad de expresión y pensamiento; dejamos de ser súbditos de la Corona y nos convertimos en ciudadanos. Todo ello en apenas dos décadas.

¿Cómo vivió esta drástica mudanza el marqués del Toro, conspicuo representante de la nobleza, defensor irrestricto del orden antiguo y, al mismo tiempo, iniciador de la revolución y protagonista de primera línea en la creación de República?

Dar respuesta a esta y otras interrogantes es el propósito de este libro. Qué pasó con el marqués antes, durante y después de la Independencia. Cuál era la vida que llevaba, cuáles eran sus valores, en qué creía, cómo defendía sus pareceres antes de que ocurriese la Independencia; cómo se involucró en los hechos de la emancipación, cuál fue su compromiso con el movimiento independentista, hasta dónde estuvo dispuesto a llegar y cuál fue su parecer respecto a la orientación y el desenlace final de la revolución. Cómo sobrevivió a ella y de qué manera se insertó en el orden republicano. Sus ambiciones, sus pesares, los conflictos que enfrenta, sus miserias, sus logros, sus incongruencias, padecimientos, achaques e innumerables trámites, son el contenido de esta biografía.

Se trata de la historia de un hombre que vivió en una época de cambios profundos y frente a los cuales no se mantuvo indiferente. Mi intención no es juzgar si lo hizo bien o mal, tampoco confirmar ni contrariar las versiones existentes sobre su vida. Me interesa, más bien, transportar al lector a lo que fueron esos cruciales años de nuestro pasado para conocer cómo los vivió uno de sus protagonistas estelares y también para insistir, una vez más, en la necesidad de que nos apropiemos de nuestra historia despojada de los mitos y estiramientos broncíneos y entendamos que sus protagonistas, seres humanos al fin, actuaron movidos por intereses y pasiones absolutamente terrenales.

Si bien no existe una obra dedicada expresamente a narrarnos la vida del marqués del Toro, en la mayoría de los libros que tratan de la época de la emancipación se hace mención a su participación en la conducción de la primera campaña militar de la Independencia, a su condición de diputado del Congreso Constituyente y a su figuración en el proceso fundacional de la República.

En general, no hay mayores disensiones respecto a su trayectoria. Aun cuando algunos autores lo descalifican por su torpe desempeño militar en aquella primera campaña, ninguno pone en duda su compromiso con la Independencia. La versión establecida sobre el marqués del Toro, hasta el presente, es uniforme respecto a su condición de patriota y se limita a presentarnos su participación en los días iniciales de la emancipación y a destacar sus virtudes y heroísmo sin par. Ni una palabra sobre su vida antes ni después de la Independencia.

Rafael María Baralt en su Resumen de la historia de Venezuela (1841); Francisco González Guinán en la Historia contemporánea de Venezuela (1891-1915), Manuel Landaeta Rosales en artículos de prensa publicados a comienzos del siglo XX y Vicente Dávila en su Diccionario biográfico de ilustres próceres de la Independencia (1926) exaltan las virtudes patrióticas del marqués. Baralt decía que era un hombre «de valor personal, extenso y merecido crédito, de amor puro a su patria y un apoyo precioso para toda causa de orden y justicia». González Guinán destaca que fue el primero en desenvainar la espada en defensa de la República y uno de los que consagró «... salud, sangre, alcurnia, títulos nobiliarios, riquezas y esfuerzos de todo género en la lucha por la Independencia». Fue además «un hombre moderado, humanitario, caritativo, demócrata, virtuoso, afable en su trato, espléndido en sus acciones y verdaderamente noble en sus sentimientos». Landaeta lo califica como «patriota eminente» y de «abnegación admirable», y saluda el enorme desprendimiento del marqués al sacrificar resueltamente por la causa de la Independencia todos los grandes títulos, honores y privilegios de que disfrutaba bajo el gobierno español, prestando a la nación importantes servicios militares y civiles ofrendando parte de su cuantiosa fortuna para fundar la República. Dávila, por su parte, señala que solamente tendrán cabida en ella aquellos ciudadanos que fieles a su patria prestaron sus servicios a la causa de la emancipación americana, los próceres de la Independencia, insignes varones quienes a costa de sus bienes, de sus familias y de sacrificios personales lucharon sin descanso por la Independencia. Entre ellos figura el general Toro.

La mejor apología sobre el marqués la realiza Vicente Lecuna al conmemorarse el primer centenario de su muerte en el año 1951. Lecuna era el presidente honorario y consejero general de la Sociedad Bolivariana, institución principalísima del culto a Bolívar y de la exégesis de la gesta emancipadora. La nota salió publicada ese mismo año en el número 32 del Boletín de la Sociedad Bolivariana.

Se ocupa Lecuna de reafirmar, una vez más, las virtudes extraordinarias del general Toro y el desprendimiento sin par de todos aquellos héroes, civiles y militares que hicieron posible la Independencia de Venezuela, entre los cuales el marqués del Toro ocupaba lugar de primer orden: por la patria había sufrido cuantiosas pérdidas en sus intereses, persecuciones y destierro.

Un hecho fundamental destaca el autor del panegírico, la singular combinación que ofrecía el personaje: miembro conspicuo de la nobleza caraqueña y fundador del régimen que abolió fueros y privilegios. Saluda Lecuna al marqués del Toro por ser el último en ostentar el título y el que le dio mayor honra y fama, perpetuándolo con la gloria de haber iniciado la gesta de la Independencia.

No podía faltar en la semblanza de Lecuna el dato que le daba especial relevancia y significación a la biografía del marqués: su estrecha amistad con el Libertador. Para Lecuna, el hecho de que Bolívar fuese amigo de Rodríguez del Toro constituía la consagración de sus méritos y una de sus mayores glorias. La «excepcional estimación que le profesó Simón Bolívar» era la demostración palmaria de las virtudes del marqués. En opinión del máximo exégeta de Bolívar, se necesitaba tener cualidades excepcionales para que un carácter, a su vez excepcional, como el de Bolívar amara –o mejor– venerara tanto a un hombre. Este, precisamente, era el caso del marqués del Toro.

Concluye Lecuna su exaltación de la amistad entre ambos héroes con un párrafo particularmente rebuscado por su estilo y por la combinación de elementos disyuntas, cuya finalidad es enaltecer el imperecedero valor de aquel vínculo fraterno:

«Como lo esencial es creer, probablemente se compaginen el paraíso cristiano y la pradera de Asfódelos de los campos elíseos: allá estarán nuestro señor Simón Bolívar, su padrino el Marqués y hasta nuestro señor Don Quijote, dando paseos a caballo por prados que se parecen a los de Anauco y San Mateo[1].»

También Salvador de Madariaga hace mención a la amistad que unía a Bolívar y los Toro, pero obviamente, no llega a los extremos exaltados de Lecuna. Simplemente se limita a señalar que eran amigos y para ello trae a colación el comentario hecho por Luis Perú de la Croix en el conocido Diario de Bucaramanga; allí Bolívar afirmó que el marqués del Toro era uno de sus mejores amigos, merecedor de toda su confianza, prototipo de la franqueza,de la amenidad y jovialidad de nuestros buenos antepasados; verdaderamente noble en sus sentimientos y en su conducta, como lo era por el nacimiento[2].

Un solo dato perturba la memoria uniforme y apologética del marqués. El episodio ocurrido en 1808, cuando hizo entrega a las autoridades españolas de una correspondencia que le envió Francisco de Miranda, en la cual lo llamaba a soliviantar a los criollos para que promovieran una Junta y se independizaran de España. El hecho lo mencionan Caracciolo Parra Pérez en su Historia de la Primera República, Salvador de Madariaga en su biografía de Bolívar ya citada. Sin embargo, ninguno de los dos le reprocha esta infidencia contra el precursor, tampoco es un aspecto que permita poner en duda el compromiso político del marqués con la causa emancipadora. Ambos coinciden al afirmar que, en virtud de la complejidad del momento, era comprensible que el marqués fuese suspicaz respecto a las verdaderas intenciones de Miranda por su cercanía y estrechas conexiones con el imperio británico. Madariaga, por su parte, no duda ni por un momento que el marqués conspiraba contra la Monarquía y que el asunto no era nuevo.

Distinto ocurre con los biógrafos de Miranda, quienes fustigan la infidencia del marqués y lo condenan por su traición. Pero igual sucede con estos mismos biógrafos cuando se ocupan del polémico episodio de la entrega de Miranda por parte de Simón Bolívar, al concluir la I República, a quien acusan de traidor y oportunista. De manera, pues, que el episodio de la entrega de las cartas de Miranda no afectó la apreciación uniforme acerca de la trayectoria impoluta e inobjetable del marqués como un patriota sin tacha.

Sin embargo, no todo es perfecto. Un solitario autor disiente del general parecer sobre el marqués del Toro. Se trata de Ángel Grisanti, autor de numerosas obras sobre diferentes personajes y episodios de nuestra historia. Para Grisanti el marqués del Toro era un hombre ambicioso, falaz y traidor. Estos fuertes epítetos los emite en su obra Emparan y el golpe de Estado de 1810.

El caso es que, finalizando el año de 1959, había reunido Grisanti un copioso número de documentos inéditos sobre el último capitán general de Venezuela, el brigadier Vicente Emparan, con la ilusión de que la Academia Nacional de la Historia los publicase con un estudio introductorio elaborado por él mismo en la colección prevista para la conmemoración del Sesquicentenario de la Independencia.

La obra ofrecía una versión de los hechos del 19 de abril de 1810 en la cual Vicente Emparan no aparecía como el villano de la historia ni como la encarnación del despotismo español sino como un hombre probo, ilustrado y buen administrador, en síntesis, un gobernante lleno de buenas intenciones, promotor de «fecundas y audaces reformas». El problema está en que Grisanti no se limita a valorar positivamente a Emparan sino que, en su versión de los hechos, los villanos de la historia son los hermanos Toro: Fernando y Francisco, quienes de acuerdo con lo asentado por la versión canónica de la historia patria eran patriotas intachables y protagonistas insoslayables e incuestionables de los hechos de la emancipación, hombres virtuosos que sacrificaron privilegios y fortuna por la causa de la Independencia.

Grisanti disiente de este parecer historiográfico. En su obra afirma que lo peor que pudo ocurrirle a Emparan fue depositar su confianza en los hermanos Toro. Allí estuvo el origen de todos sus desaciertos y de su suicidio político. Emparan había sido una víctima de estos pérfidos individuos, a quienes Grisanti describe en los peores términos. No escatima epítetos para referirse al marqués del Toro y a su hermano Fernando: «el egoísmo y la ambición eran los polos sobre los que giraba la vida regalona de los Rodríguez del Toro»[3].

La obra se remite a demostrar que ni el uno ni el otro son dignos del reconocimiento que la historia les ha otorgado y que, en el caso de Emparan, los historiadores que lo han tildado de hombre poco culto, inepto y déspota no se han compenetrado con los acontecimientos del momento, no han visto la complicada urdimbre de aquellas intrigas. Había una revolución en marcha, Emparan era el obstáculo que había que suprimir y, naturalmente, los improperios y calumnias cayeron sobre su propia humanidad.

No tuvo buen destino la obra de Grisanti. Resultaba un tanto inoportuna su pretensión de que el libro formase parte de la Colección Sesquicentenario de la Independencia, cuyo propósito era celebrar el fin de la dominación española en Venezuela, iniciada precisamente el día en que había sido destituido de su cargo el «probo e ilustrado» capitán general don Vicente Emparan, último representante del gobierno español en estas tierras.

La Academia Nacional de la Historia le sugirió que hiciera entrega de los originales para evaluarlos, pero Grisanti se negó a ello: de ninguna manera aceptaría que una comisión viese sus papeles sin que él estuviese presente y así se lo comunicó al ministro de Educación. Ni el ministro ni la Academia estuvieron dispuestos a aceptar las condiciones de Grisanti. La obra, finalmente, salió por cuenta del autor.

Sin embargo, las opiniones emitidas por Grisanti a favor de Emparan ni sus juicios contra el marqués del Toro modificaron la apreciación historiográfica que todavía existe sobre ambos. El primero sigue siendo el villano del 19 de abril, mientras que el segundo reposa en el Panteón Nacional.

Este libro es el resultado de una investigación exhaustiva que he adelantado en los últimos años sobre los nobles de Caracas, uno de cuyos representantes más notables fue, sin duda, el marqués del Toro. Los datos que se ofrecen están todos refrendados por documentación original y bibliográfica. Cuanto se afirma y se cuenta sobre el marqués y su tiempo tiene un acucioso respaldo empírico. No obstante, para hacer más fácil su lectura, suprimí gran parte de las citas y referencias a pie de página, aun cuando conservamos algunas que nos parecieron fundamentales.

En el transcurso de los años que me tomó hacer esta investigación visité diferentes archivos y bibliotecas; en cada uno de ellos pude recuperar distintos aspectos de la vida pública del marqués. Las posiciones que mantuvo cuando fue regidor del Cabildo de Caracas; las diferentes representaciones dirigidas por el marqués y sus ascendientes a la Corona con el fin de obtener condecoraciones y distinciones nobiliarias; su desenvolvimiento en los diferentes conflictos por los cuales atravesó la provincia en los años finales del siglo XVIII; su participación en los sucesos de la Independencia; sus oficios y partes de guerra durante la Campaña de Coro; sus intervenciones en el Congreso Constituyente; sus proclamas y correspondencia; su desempeño al frente de la Intendencia del Departamento de Venezuela; así como los últimos trámites que realiza antes de su muerte.

En Caracas revisé el Archivo del Concejo Municipal de Caracas, el Archivo Arquidiocesano, el de la Academia Nacional de la Historia, el Archivo General de la Nación, el de la Asamblea Nacional y la Colección Arcaya de la Biblioteca Nacional. En España, el Archivo General de Indias, el Archivo Nacional de Madrid y las bibliotecas de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla y la Biblioteca Nacional de Madrid. En Inglaterra, el Public Record Office, el más importante archivo inglés en el cual reposan todos los documentos del imperio británico. Allí pude descubrir, finalmente, información sobre un período de la vida del marqués sobre el cual no se tenía la menor noticia, el de los años en que vivió en la isla de Trinidad.

También fueron consultados numerosos periódicos de la época: La Gaceta de Caracas, El Publicista de Venezuela, El Patriota, El Correo del Orinoco, La Gaceta de Venezuela y El Diario de Avisos; los más diversos testimonios de quienes conocieron al marqués y dieron cuenta de sus actuaciones; numerosos documentos impresos publicados en las Memorias de O'Leary, los Documentos para la vida Pública del Libertador compilados por José Félix Blanco y Ramón Azpúrua, las Obras Completas del Libertador y las Actas del Congreso Constituyente. Se hizo, igualmente, una exhaustiva revisión bibliográfica, no solamente sobre el período de la Independencia sino sobre los años anteriores y posteriores, tanto para la historia de España como para la historia de Venezuela e Hispanoamérica, así como aquellas obras que ofrecen información sobre la nobleza caraqueña, en general, y sobre el marqués del Toro, en particular.

En el transcurso de la investigación tuve la enorme fortuna de disfrutar por un año la Cátedra Andrés Bello en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Oxford. Allí pude escribir la mayor parte de este trabajo que, en su versión original, es la tesis doctoral que bajo el título Nobleza y sociedad en la Provincia de Venezuela presenté y aprobé en la Universidad Central de Venezuela, mi centro de operaciones académicas durante toda mi carrera universitaria. Este libro fue publicado en la Colección Bicentenario de la Independencia, por la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV y por la Academia Nacional de la Historia, en el 2009.

En la realización de la investigación conté con la asistencia de Ángel Almarza, solidario y eficiente auxiliar en la búsqueda de información y transcripción de datos, quien en la actualidad es doctor en Historia y profesor en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en México. Debo mencionar también a la colega Mercedes Vera, quien desde Sevilla hizo una excelente y utilísima primera pesquisa sobre el marqués del Toro en el Archivo General de Indias. También fue de gran apoyo en Sevilla el amigo e historiador Robinzon Meza, no solamente por su hospitalidad y la de su esposa, sino por sus respuestas siempre útiles sobre el Cabildo de Caracas. En Caracas conté también con el auxilio de Fabricio Vivas y Ramón Aizpurúa para los asuntos relacionados con la vida económica de la provincia en el siglo XVIII.

Debo expresar mi agradecimiento al Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad Central de Venezuela por el apoyo financiero e institucional otorgado durante los últimos años a mis investigaciones sobre la nobleza criolla de la provincia de Caracas y por facilitarme los recursos que me permitieron viajar a los archivos españoles.

Mis dos hijos, Luis y Alejandro, mi familia, mis colegas, amistades y un sinfín de personas que me apoyaron en cada uno de los archivos, bibliotecas, y periplos realizados para conseguir la información sobre el marqués, fueron grandes aliados en esta larga búsqueda. Infinitas veces escucharon con paciencia e interés las historias y peripecias de este particular personaje, en el transcurso de lo que fue, sin la menor duda, un apasionante espionaje histórico. A todos ellos mi más sincero agradecimiento.

La primera edición de este libro estuvo a cargo de la Fundación Bigott. Mi querida amiga Miriam Ardizzone se encargó de la coordinación editorial con absoluto esmero y dedicación; también Antonio López Ortega, director ejecutivo de la fundación en aquel tiempo, fue entusiasta y solidario promotor del proyecto.

En esta oportunidad, como en muchas otras ocasiones, el equipo de Editorial Alfa ha tenido en sus manos la impecable conducción editorial de esta nueva edición, gracias al apoyo permanente del gran amigo Ulises Milla, incansable en su afán de seguir promoviendo el conocimiento y difusión de nuestra historia. Mi esposo Rogelio, con quien comparto la pasión y el frenesí por la Historia, es el compañero perfecto para estas y otras travesías. Gracias a todos por hacerlo posible.

I Parte Marqués

Títulos y condecoraciones

El marquesado del Toro

La vida pública de Francisco Rodríguez del Toro comienza en 1787, mucho antes del estallido de la Independencia, cuando fallece su padre y, como primogénito, hereda el marquesado del Toro. Tenía 25 años de edad. A partir de ese momento interviene directa y activamente en los más importantes episodios de la vida política de la provincia. Su existencia, desde el mismo instante en que se convirtió en IV marqués del Toro, cambió radicalmente: tenía bajo su responsabilidad dar continuidad a la tradición familiar de lealtad y fidelidad a la monarquía y responder a las demandas y exigencias que se desprendían de su altísima condición.

Para la sociedad venezolana de entonces, la posesión de un título nobiliario no era un asunto baladí. La condición de noble titulado colocaba a su poseedor en el lugar más encumbrado de la sociedad provincial, constituía un símbolo de prestigio y distinción que dejaba en claro para el conjunto de la sociedad la hidalguía, prosapia y linajes notorios de su dueño y, al mismo tiempo, obligaba al titulado a cumplir con los deberes y obligaciones inherentes a su alta investidura.

En Venezuela y en el resto de América Latina, los hidalgos eran los descendientes directos de los conquistadores a quienes la Corona les había otorgado el privilegio de la hidalguía como premio a sus acciones de armas en el proceso de la conquista. Ello había quedado establecido en las Ordenanzas sobre Descubrimientos y Poblaciones firmadas por el rey el 13 de julio de 1573, en las cuales se ordenaba que los conquistadores y sus descendientes fuesen honrados como personas nobles de linaje y solar conocido, y que por tales fuesen habidos y tenidos, gozando de todas las honras y preeminencias de los hidalgos y caballeros de los reinos de Castilla, según fueros, usos y costumbres de España.

Este hecho determinó que las sociedades americanas se organizaran y funcionaran de acuerdo con los principios y fundamentos que normaban la sociedad española del siglo XVI, fijándose una fórmula de organización social jerarquizada y desigual, en la cual los hidalgos y sus descendientes constituían el estamento privilegiado de la nobleza y como tales ocupaban el lugar más elevado y prestigioso de la sociedad.

Según establecían los manuales nobiliarios españoles y así debía cumplirse en la provincias de ultramar, los nobles no podían ser sometidos a tormento, ni condenados a prisión por deudas; no tenían obligación de ir a la guerra, tampoco tenían que aceptar oficios que no fuesen de su categoría; en las ceremonias y actos públicos les correspondía ocupar los sitios más distinguidos y tenían el derecho de contestar físicamente a las ofensas contra su honor en el caso de que fuesen afrentados.

Al mismo tiempo, tenían una serie de responsabilidades. Los nobles estaban obligados a comportarse y a actuar en correspondencia con el privilegio que les otorgaba pertenecer al estamento más elevado de la sociedad. Los nobles eran el soporte fundamental de la Monarquía y del orden jerárquico de la sociedad. Lealtad al monarca, defensa de la religión y sostenimiento de la desigualdad eran las obligaciones del noble y la garantía de su predominio político y social. Estaban obligados, pues, a sostener y a defender la institucionalidad monárquica, ya que cualquier desajuste o alteración del equilibrio existente entre nobleza y monarquía, pondría en peligro su propia supervivencia.

La hidalguía como elemento distintivo de la nobleza solo se transmitía por vía hereditaria, de padres a hijos: se nacía noble y el nacimiento condicionaba para siempre la existencia de los individuos. De acuerdo con lo que estaba estipulado en las Trece Partidas de Alfonso el Sabio, sólo la nobleza de sangre era la que se consideraba hidalguía: «Hidalguía es nobleza que viene a los hombres por linaje».

Pero todos los hidalgos no eran iguales. Dentro de la nobleza de sangre había diferencias entre unos hidalgos y otros, lo cual permitía distinguir al que era simplemente hidalgo del que era caballero y al que era caballero del que había ingresado a una orden nobiliaria y a estos últimos de quienes detentaban un título de Castilla.

Esta escala ascendente dentro del estamento nobiliario no estaba determinaba por la hidalguía, ya que todos eran igualmente hidalgos, sino por la posesión de riquezas. Los más ricos entre los nobles eran los que podían obtener títulos nobiliarios y otras distinciones especiales, para de esta manera diferenciarse del resto de la nobleza. La riqueza, por tanto, no era condición para acceder a la nobleza, pero sí una cualidad adjetiva para ascender dentro de ella.

En el caso específico de Venezuela, existía una nobleza criolla descendiente directa de los conquistadores y de los hidalgos españoles que vinieron en los años posteriores a la conquista, se asentaron en Venezuela y fundaron nuevos linajes de prosapia e hidalguía reconocidas. A todos ellos se les conocía comúnmente con el nombre de mantuanos y, de la misma manera que ocurría en España, unos se habían enriquecido más que otros, y progresivamente se habían ido diferenciando de los demás adquiriendo una Corona de Castilla y otras distinciones nobiliarias. Este, precisamente, era el caso de los Rodríguez del Toro.

El fundador de la Merced

El primero de la estirpe, don Juan Bernardo Rodríguez del Toro, llegó a Venezuela a comienzos del siglo XVIII, procedente de la Villa de Teror, provincia de Las Palmas, en la Gran Canaria. El 30 de mayo de 1712 se casó en la Catedral de Caracas con doña Paula-Graciosa de Istúriz y Ezquier de la Guerra Azpeitia y Santiago, criolla, hija de don Íñigo de Istúriz y Azpeitia, original de Navarra, tesorero de la Real Hacienda en la ciudad de Caracas y miembro del Cabildo capitalino.

Hidalgo de reconocido y notorio linaje y dueño de una considerable fortuna, realizó todos los trámites para adquirir un título nobiliario. El 26 de septiembre de 1732, el rey Felipe V le concede el título de marqués del Toro y vizconde de Altagracia, luego de que la Cámara de Castilla diera el visto bueno a los documentos probatorios de su hidalguía.

El despacho de concesión del título nobiliario firmado por el rey certificaba la calidad de don Juan Bernardo y de sus ascendientes, todos ellos habidos, reputados y tenidos por cristianos viejos y nobles de sangre; también hacía mención a la calidad de su esposa, doña Paula de Istúriz y a la de sus ascendientes, quienes eran tenidos por pobladores de las Indias y se les reconocía como buenos y fieles vasallos de Su Majestad. Destacaba igualmente, los crecidos caudales, muchas haciendas y competente renta que distinguían al agraciado, lo cual garantizaba que podría mantener la dignidad del título de Castilla con el decoro y la decencia que exigía esta alta distinción. El documento también fijaba los alcances de la gracia real. Decía así el Real Despacho del título de marqués del Toro:

«...por honrar y sublimar vuestra persona, mi voluntad es que vos, el expresado Don Bernardo Rodríguez del Toro, y vuestros hijos, herederos y sucesores cada uno en su tiempo, perpetuamente para siempre jamás os podáis llamar e intitular, llaméis e intituléis, llamen o intitulen y os hayo e intitulo Marqués del Toro. Y por esta mi Carta encargo al Serenísimo Príncipe Don Fernando, mi muy caro y amado hijo, mando a los Infantes, Prelados, Duques, Marqueses, Condes, Ricos hombres, Priores de las Ordenes, Comendadores y Subcomendadores, Alcaldes de los Castillos y casas fuertes y llanas, y a los de mi Consejo, Presidentes y Oidores de mis Audiencias, Alcaldes, Alguaciles de mi Casa y Corte y Cancillerías y a todos los Consejos, Corregidores, Asistentes, Gobernadores, Alcaldes Numerarios y Ordinarios, Alguaciles, Merinos, Prebostes y otros cualesquier, mis Jueces y Justicias y personas de cualquier estado, condición, preeminencia o dignidad que sean mis vasallos, súbditos y naturales, así a los que ahora son como a los que adelante fueren y a cada uno y a cualquiera de ellos que os hagan y tengan, llamen e intitulen así, a vos el referido Don Bernardo Rodríguez del Toro, como a cada uno de los dichos vuestros hijos, herederos y sucesores Marqueses del Toro, y os guarden y hagan guardar todas las honras, franquezas, libertades, exenciones, preeminencias, prerrogativas, gracias, mercedes y demás ceremonias que se guardan y deban guardar a los otros Marqueses de estos mis Reinos todo bien y cumplidamente, sin faltaros cosa alguna[4].»

Para obtener esta gracia real, don Bernardo Rodríguez del Toro hizo un importante desembolso, lo cual dejaba ver no solamente el inmenso patrimonio que poseía, sino también la importancia que se le otorgaba a este tipo de distinciones.

Al momento de adquirir el título don Bernardo depositó en las Arcas Reales 562.000 maravedíes por la media annata –impuesto que gravaba a este tipo de distinciones honoríficas– y 22.000 ducados de vellón como donación al Monasterio de Nuestra Señora de Montserrate, ya que Felipe vi había breado el mencionado título para contribuir con la edificación del citado monasterio. Ambas sumas equivalían aproximadamente a una cantidad cercana a los 30.000 pesos. Un monto definitivamente enorme, si se tiene en cuenta que con una cifra inferior a esa cantidad se podía adquirir una excelente hacienda de cacao, en plena producción, contadas sus matas, sus aperos y sus esclavos. Como elemento de comparación se puede decir que el capitán general de la provincia de Venezuela gozaba de una remuneración anual de 4000 pesos, o sea que don Bernardo, para adquirir el título había gastado una suma siete veces superior al salario más alto de la provincia. Si se hace la traslación de ese monto a lo que equivaldría a comienzos del siglo XXI, estamos hablando de una suma cercana a 1.500.000 dólares de 2002[5]. Una cifra, sin duda, inmensa, para esa época y para el presente también.

El crecido caudal de don Bernardo era tal y la importancia que le concedía a este tipo de distinciones era de tal envergadura que, ocho años más tarde, decide hacer una nueva y considerable erogación. En esta ocasión la suma depositada en las arcas reales fue de 188.582 reales y 33 maravedíes, 23.000 pesos aproximadamente, o si se prefiere, a precio del año 2002, la cantidad de 765.000 dólares.

Este monto tenía como propósito cubrir dos aspectos diferentes: uno, abonar los pagos anuales y las deudas pendientes por el Servicio de Lanzas[6] que le correspondía entregar a la Corona por la posesión del título, y dos, beneficiar a la merced con el atributo de «perpetuidad». Esto significaba que, a partir de aquel pago, todos los poseedores del marquesado del Toro se verían eximidos y relevados «perpetuamente y para siempre jamás» de pagar el Servicio de Lanzas, sin que se les pudiese solicitar pago alguno por este concepto.

En total, el fundador del marquesado del Toro estuvo dispuesto a pagarle a la Corona la enorme suma de 53.000 pesos con el propósito de hacer visible y notoria su calidad, hidalguía y caudal, y así diferenciarse de los demás nobles de la provincia que no estaban en condiciones de hacer una erogación semejante para ostentar una Corona de Castilla y colocar el escudo correspondiente en la parte superior del portal de su casa de habitación. Es como si en tiempo actual se erogase la suma de dos millones de dólares para un gasto que tenía visibles consecuencias en todos los órdenes de la sociedad.

Otros títulos en la provincia

Para el momento en que el rey concede el marquesado del Toro a don Bernardo, solo existían dos títulos nobiliarios en la provincia de Caracas, el de marqués de Mijares otorgado en 1691 a don Juan Mijares de Solórzano, primer titulado criollo de la provincia y el de marqués del Valle de Santiago concedido al maestre de campo don Francisco Aranaz de Berroterán en 1702, quien se casó con una criolla perteneciente a la estirpe de los Mijares de Solórzano y cuya bisnieta contraería matrimonio muchos años más tarde con el bisnieto del primer marqués del Toro.

En 1728, don Juan Vicente Bolívar y Villegas, abuelo de Simón Bolívar, había iniciado los trámites para que se le concediera a él y a sus descendientes una distinción nobiliaria: el marquesado de San Luis. Con ese propósito donó 22.000 ducados de vellón a favor del Monasterio de Montserrat, pero al año siguiente falleció y los sucesores no se encargaron de dar continuidad a la solicitud. Años más tarde le fueron reclamadas a Juan Vicente Bolívar, el padre de Simón Bolívar, las deudas que había acumulado el título desde su concesión en 1728, pero este se negó a pagar la elevada suma y solicitó la nulidad de la merced. No obstante, después de su muerte, su viuda, doña Concepción Palacios y Blanco, intentó adelantar las diligencias para recuperar el título y beneficiar al primogénito de la familia Bolívar Palacios, el joven Juan Vicente, hermano del futuro Libertador. Con ese fin fue enviado a la Corte Esteban Palacios, hermano de la viuda, pero las gestiones iban con demasiada lentitud y sin ningún resultado. Falleció entonces doña Concepción y quedó a cargo del trámite don Feliciano Palacios, el abuelo de los muchachos. Sin embargo, transcurridos casi 6 años del viaje de Esteban a la Corte, este había consumido una suma superior a las deudas acumuladas por el título que, en su momento, Juan Vicente Bolívar se había negado a pagar. La decisión fue dejar el asunto de ese tamaño y olvidarse del marquesado de San Luis. Terminaron allí los trámites nobiliarios de la familia Bolívar.

En 1732, el mismo año de otorgamiento del marquesado del Toro, el rey distinguió a don Antonio Pacheco y Tovar con el título de conde de San Javier y vizconde de Santa Rosalía.

Poco tiempo después se concedió un nuevo título. Esta vez el beneficiario de la merced fue don Casimiro Manuel de Ustáriz, quien en 1739 fundó el marquesado de Ustáriz. Varios años más tarde, en 1771, don Martín Tovar y Blanco fue distinguido con el título de conde de Tovar y en 1785, Fernando Ignacio Ascanio de Monasterios, reclamó para sí el título de conde de la Granja, el cual finalmente le fue otorgado en 1796, luego de que concluyera todos los trámites demostrativos de su legítima sucesión. Después de esta fecha ninguno de los mantuanos caraqueños obtuvo nuevas titulaciones nobiliarias.

De manera pues que, en la Caracas de finales del siglo XVIII, apenas unas pocas familias ostentaban un título nobiliario y, una de ellas, era la de Francisco Rodríguez del Toro.

Un segundo título para la Casa Rodríguez del Toro

No obstante, al comenzar el año de 1786, don Sebastián Rodríguez del Toro, III marqués del Toro y padre de Francisco Rodríguez del Toro, decide adelantar una diligencia ante la Corona con la finalidad de distinguir a su familia con un segundo título nobiliario. Si lograba su propósito los Rodríguez del Toro se convertirían en la única familia de la provincia que ostentaría dos Coronas de Castilla.

El 8 de febrero le escribe al rey y le suplica rendidamente que le conceda el título de conde de la Real Casa y vizconde del Toro para su segundo hijo, don Pedro Rodríguez del Toro, quien se encontraba en España al servicio del rey[7].

La solicitud la apoyaba en la tradición de lealtad y servicios a la Corona que había distinguido desde siempre a la familia Rodríguez del Toro. Don Sebastián, al igual que todos sus ascendientes, había defendido al reino contra las invasiones y ataques de sus enemigos, habían contribuido con donativos a la Corona cuando así se les había requerido y habían dado fehacientes demostraciones del mayor celo, amor y fidelidad por la conservación de los derechos y dominios del rey en estas remotas regiones. Bien merecían verse distinguidos con una segunda merced nobiliaria.

Adicionalmente y por vía reservada enviaba al rey otra comunicación en la cual le suplicaba que tomase bajo su protección la merced que le tenía pedida ofreciéndole un donativo de 20.000 pesos. En la misma comunicación sugería que de esta cantidad se tomasen los montos correspondientes a la redención de Lanzas y Media Annata y el resto quedaría a disposición del Monarca, según lo pidiesen las urgencias de la Corona.

La solicitud, en primera instancia, no fue rechazada. Decía el informe de la Cámara que don Sebastián acreditaba suficientemente los requisitos que le permitirían obtener esta segunda merced: no había la menor duda acerca de la hidalguía y calidad que distinguían al solicitante, sus ascendientes eran todos ellos de comprobada prosapia y distinción, fieles servidores de Su Majestad, cristianos viejos y limpios de toda mala raza. Tampoco había dudas respecto al inmenso caudal que poseía el III marqués del Toro. Según se desprendía de las certificaciones que acompañaban la petición, don Sebastián Rodríguez del Toro era el hombre más rico de la provincia de Venezuela, con una renta anual superior a los 30.000 pesos. De manera que bien podría mantener con toda decencia y dignidad el nuevo título que solicitaba, además del que ya poseía. El reparo, por tanto, no estaba relacionado ni con la calidad ni con el caudal del solicitante, sino más bien con el monto de los 20.000 pesos ofrecidos por el marqués como donativo a la Corona para que se aviniese a otorgarle la segunda merced. El informe dejaba saber que la mencionada cantidad resultaba insuficiente ya que al deducir los aranceles de la media annata y del servicio de lanzas, el Monarca solo se vería beneficiado con la suma de 17.000 pesos, lo cual era un monto inferior al que había entregado el primer marqués en 1732, cuando se le había concedido el marquesado del Toro. En síntesis, lo que se desprendía de este primer informe era que si don Sebastián efectivamente estaba interesado en aquel segundo título, debía mejorar la oferta.

Al año siguiente, el capitán general y gobernador de Venezuela recibe una comunicación de la Cámara de Castilla en la cual se le solicitaba que rindiese información acerca de a cuánto ascendía el caudal del marqués del Toro, cuántos hijos tenía y la legitimidad de cada uno de ellos. La misma comunicación establecía que debía dejarle saber al marqués que para afianzar la decorosa subsistencia de un nuevo título a favor del segundogénito de la familia, era necesario fundar una vinculación o mayorazgo con la competente suma y las formalidades previstas en las leyes.

No pudo don Sebastián atender estos requerimientos ya que cuando llegaron los pliegos provenientes de España, hacia unos pocos meses que había fallecido. De no haber ocurrido este inesperado desenlace es muy probable que don Sebastián hubiese cumplido con los requisitos exigidos por la Corona para beneficiar a su segundo hijo y convertir a su familia en la única Casa poseedora de dos títulos nobiliarios. Sin embargo, no puede afirmarse lo mismo respecto al heredero de la merced, don Francisco Rodríguez del Toro.

Las diligencias del IV marqués

Luego del fallecimiento de su padre, Francisco; como primogénito y heredero del título nobiliario, no manifestó el menor interés en promover o dar continuidad a las gestiones adelantadas por su padre para beneficiar al segundogénito de la familia. Ni en esos días ni en los meses siguientes hizo ninguna diligencia en esa dirección. Se ocupó más bien de atender los trámites para la obtención de la Carta de Sucesión del título de marqués a su nombre. No estaba dentro de las prioridades del nuevo marqués erogar la enorme suma que representaba la solicitud hecha por su padre, mucho menos a fundar un mayorazgo para convertir a su hermano en el I conde de la Real Casa.

Quince días después de la muerte de don Sebastián Rodríguez del Toro, ocurrida el 26 de mayo de 1787, Francisco inicia el papeleo. Debía demostrar su condición de primogénito e hijo legítimo de su padre, cancelar los aranceles que generaba el trámite sucesor al y solicitar a la Corona la expedición del título a su nombre.

Para cumplir con el primer requisito le escribe una comunicación al gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, don Juan Guillelmi, y le solicita dar inicio al procedimiento que le permitiría certificar su condición de primogénito e hijo legítimo del difunto a fin de que pudiese recaer en él el título de marqués y el mayorazgo que lo acompañaba[8].

Para ello debía interrogarse a un conjunto de testigos de acuerdo con el siguiente cuestionario:

1. Si les constaba el fallecimiento de don Sebastián Rodríguez del Toro, su padre;

2. Si conocían al solicitante de vista, trato y comunicación y si sabían que era el primogénito habido y procreado en legítimo matrimonio de don Sebastián Rodríguez del Toro y doña Brígida Martina de Ibarra e Ibarra y que por tal había sido tenido, conocido y reputado de dichos sus padres, viviendo en su compañía hasta el presente;

3. Si en virtud de lo precedente, era el legítimo sucesor al título de Castilla, sin disputa alguna y

4. Si todo lo dicho era público y notorio en la ciudad de Caracas.

La petición fue atendida en los días siguientes. Se interrogó a doña Brígida Ibarra, marquesa del Toro, su madre, de 38 años; a Miguel del Toro y a Francisco Rodríguez del Toro, sus tíos, de 36 y 35 años, y a Félix Pacheco, de más de 30 años, vecino principal de la ciudad y amigo de la familia. Todos respondieron afirmativamente a cada una de las preguntas quedando así establecida la legítima filiación de Francisco Rodríguez del Toro con su padre y su condición de primogénito. Al expediente le fue añadida la fe de bautismo del solicitante.

Para solventar el asunto de los aranceles, Francisco Rodríguez del Toro dirigió otra comunicación al intendente del Ejército y Real Hacienda, a fin de conocer el monto que debía satisfacer a la tesorería del reino. El informe del intendente dejaba saber que por el impuesto de la media annata debía cancelar la suma de 1034 pesos y 2 maravedíes por la sucesión en línea directa de su padre; a ello se añadían 186 pesos y 1 real, equivalente al 18% del arancel por la conducción de aquella suma a España. En total eran 1220 pesos y 1 real. A esta cantidad debían añadirse 188 pesos y 7 reales que adeudaba su padre, el III marqués del Toro, desde el 18 de febrero de 1762, ya que no había cancelado la totalidad del monto de la media annata al momento de entrar en el goce de su marquesado y tampoco había satisfecho el 18% correspondiente al envío a España. Inmediatamente el heredero del título hizo llegar al tesoro real la cantidad de 1408 pesos y 8 reales, saldando así ambas deudas. En el mismo acto solicitó que se le diese un recibo de lo pagado.

Escribe una nueva comunicación al capitán general para enviarle el recibo emitido por la tesorería, los pliegos notariados del interrogatorio que demostraban su filiación y primogenitura y su fe de bautismo, a fin de que el expediente completo fuese enviado a España. El 30 de junio de 1787 le escribe al rey de España para informarle que había cumplido cabalmente con todas las diligencias requeridas para el goce y continuación en el uso de la gracia, honor y preeminencias del título de Castilla perteneciente a su padre, motivo por el cual solicitaba, muy respetuosamente, que ordenase la expedición de la carta de sucesión. Era la primera vez que le dirigía una comunicación al rey y también la primera vez que firmaba con el título de marqués del Toro.

Al poco tiempo de obtener el documento que lo acreditaba como marqués del Toro, el nuevo titulado se ocupaba de realizar otra engorrosa gestión ante la Corona.