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"Más allá de la guerra", una recopilación historiográfica que ha tomado forma bajo la mirada diversa de un grupo de historiadores de la Universidad Central de Venezuela, nos invita a pasearnos por senderos poco transitados de la historia venezolana en los que la cotidianidad y la intimidad resultan elementos sorprendentes, aspectos usualmente ignorados en el discurso histórico oficial. Aquí cobra protagonismo el diario desenvolvimiento de las clases sociales existentes en la Venezuela de principios del siglo XIX. Su vida -como la nuestra- estaba irremediablemente ligada al trabajo, el amor, la libertad, los hábitos, elementos todos que han regido y probablemente regirán hasta el final de los tiempos, más allá de cualquier cosa, más allá de la guerra, la vida de todos. Interrogantes tales como qué papel tenían la religión, el casamiento y los estudios universitarios en la vida de los habitantes de estas tierras, o qué tan determinante era el contexto bélico heroico adelantado por los próceres cuando se decidía un matrimonio o se establecía un oratorio doméstico hallarán respuestas en esta muestra de la vivencia colonial e independentista venezolana.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
¿Qué pasó en Venezuela durante los años de la independencia? ¿Cómo fue el día a día de las personas que vieron sus vidas intervenidas por la disputa que dio origen a nuestra nacionalidad? ¿Se dividió efectivamente la población en dos sectores irreconciliables: patriotas y realistas? ¿Estuvo todo el mundo comprometido, a sangre y fuego, en la definición del conflicto? ¿Qué tipo de preocupaciones estaban presentes entre quienes, en medio de la guerra, tuvieron que atender sus asuntos cotidianos? ¿Qué sabemos de la vida, angustias, padecimientos, alegrías, pareceres, sentimientos y vivencias de la gente común, de todos aquellos que no ingresaron al panteón de los héroes, de todos aquellos que no quedaron plasmados en los libros de Historia como constructores de la patria? ¿Dejaron algún rastro de su presencia? ¿Qué pasó con toda esta gente durante esas dos largas décadas?
Los años transcurridos entre 1810 y 1830 son, sin lugar a dudas, el período de nuestra historia que mayor atención ha recibido por parte de la historiografía venezolana. Se trata, ni más ni menos, que de la época durante la cual se definió el nacimiento de Venezuela como entidad independiente, años fundamentales en los que Venezuela dejó de ser una provincia perteneciente al imperio español y dio comienzo a la difícil, comprometedora y contradictoria tarea de edificar una nueva nación bajo la orientación de los principios republicanos, desechando o procurando dejar atrás los valores y premisas que normaban la sociedad de Antiguo Régimen.
El proceso que tuvo lugar durante ese breve pero complejísimo período modificó la vida de todos los venezolanos. Los habitantes de Venezuela dejaron de ser súbditos de la Corona y se convirtieron en ciudadanos, vieron abolir los fueros y privilegios y sancionar constitucionalmente la igualdad de todos los ciudadanos; desaparecieron los cargos hereditarios y venales y se dio inicio al ejercicio del voto y a las prácticas republicanas. También hubo un dramático descalabro económico, pérdidas materiales de proporciones considerables, muchas de las viejas fortunas coloniales quedaron sensiblemente disminuidas, los sectores desposeídos no vieron mejorar sus condiciones de vida, la población disminuyó en proporciones inimaginables; enfermedades, calamidades y carencias de diferentes tipos fueron parte de la vida cotidiana de los venezolanos durante esos años de violencia y guerra.
Esta diversidad de situaciones y de contrastes, de contradicciones y paradojas, de incertidumbres e indefiniciones ha sido escasamente trabajada por las obras que se refieren a los años de la Independencia. Durante mucho tiempo el interés se concentró en la descripción pormenorizada de las campañas militares y en la narración de los logros y la épica gloriosa que permitió finalmente la conquista de la libertad; numerosas obras en el pasado y en el presente se ocuparon de la vida y semblanza hagiográfica de los héroes de la guerra, de los hombres que hicieron posible la hazaña de la independencia; también del discurso y los proyectos políticos, de las ideas y las nuevas constituciones, así como de las disputas por el poder y las intrigas y conflictos que caracterizaron el período. La vida de esos años aparece circunscrita, de manera exclusiva, a la política, a la guerra y a la vida y trayectoria de los protagonistas que condujeron los ejércitos y definieron el rumbo político de las nuevas naciones. No hubo espacio para más. Durante muchos años estos temas determinaron la agenda historiográfica y, desde cierto punto de vista, esta manera de construir nuestro pasado resultó necesaria en la medida en que permitió construir algunos de los referentes básicos de la nacionalidad a lo largo del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX. Allí se fijaron muchos de los cánones historiográficos que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva de los venezolanos, para bien y para mal.
Pero este panorama relativamente uniforme, por suerte, se ha modificado de manera sustantiva. En las últimas cuatro décadas del siglo pasado y en lo que va de este nuevo siglo han surgido numerosos y calificados estudios que, de manera crítica y responsable, han problematizado y dejado al descubierto la complejidad y contradicciones que suscitó entre nosotros el proceso de la independencia. No solamente se han visto atendidos nuevos tópicos de estudio, sino que también los personajes protagónicos de nuestra independencia, las fechas emblemáticas, los episodios indiscutibles, las batallas, las ideas, los discursos, han recibido el escrutinio acucioso de los historiadores, dejando al descubierto la diversidad de pareceres y lecturas que cada uno de estos aspectos permite y exige en el tiempo presente. No es posible, a estas alturas, ofrecer miradas uniformes sobre nuestro pasado y mucho menos insistir en todos aquellos tópicos y convenciones que durante más de un siglo forjaron el discurso pretendidamente inmutable de la llamada «historia patria».
Desde las más diversas perspectivas y con sugerentes resultados, se han hecho importantes reflexiones que nos muestran la riqueza y posibilidades que ofrecen estas dos décadas y que nos invitan a profundizar sobre nuestro pasado y a desentrañar numerosos y variados aspectos capaces de darnos nuevas pistas para la comprensión de lo que fuimos y de lo que ahora somos.
Esta investigación se hizo cuando nos aproximábamos velozmente a la conmemoración del segundo centenario de nuestra Independencia, resultaba entonces particularmente relevante insistir en el estudio de este período crucial de nuestra historia, con la finalidad de continuar ampliando y profundizando nuestra mirada hacia problemas, situaciones y episodios desatendidos o subestimados por la historiografía. Fue en esa orientación que nos propusimos trabajar para ofrecer este libro a los lectores.
Desde marzo del 2007 hasta junio del 2008, los autores de este libro nos constituimos en grupo de trabajo, en seminario permanente de discusión. La primera tarea que nos propusimos fue ir a los archivos con el propósito de localizar los rastros, vivencias, preocupaciones y situaciones vividas por quienes se encontraban aquí, en Venezuela, durante los años de la Guerra de Independencia, tanto los que se vieron involucrados en la contienda, como aquellos que permanecieron al margen de esta. Queríamos saber cómo era vivir en Venezuela durante esos años que, de acuerdo con la historiografía épica solo contó con héroes y villanos, batallas y campañas, triunfos y reveses.
Rápidamente surgieron las huellas, las inquietudes, las experiencias, padecimientos y rutinas de la gente común, cuyas vidas transcurrieron fuera del campo de batalla, al margen de los debates políticos y sin participar en lo más mínimo en las agrias disputas de poder que nutren nuestros libros de historia.
Pero junto a ellos estaban también aquellos individuos cuyas vidas, sin proponérselo, se vieron inevitablemente intervenidas por la confrontación, la violencia y la polarización características de esos años. Lo que une las experiencias de unos y otros es precisamente el hecho de compartir una circunstancia histórica y un espacio geográfico comunes: a todos ellos les tocó vivir en Venezuela durante la Guerra de la Independencia, sin posibilidad alguna de elección: fue ese su tiempo y circunstancia.
Los personajes que nutren las páginas de este libro son de la más diversa condición y procedencia, no están definidos por el bando o partido del cual formaron parte, no son los hechos de la guerra los que determinan su existencia, ni las novedades políticas las que rigen su conducta y pareceres; allí están sus rutinas del día a día, los asuntos que estuvieron dispuestos a atender, sus afectos, sus conflictos, sus pasiones y también sus convicciones políticas, cuando el caso y circunstancias lo exigieron así. También a través de sus testimonios, de la documentación, de los expedientes, de la correspondencia es posible conocer la destrucción, la incertidumbre, la devastación y los estragos que ocasionó la guerra, así como los efectos que ello tuvo en la vida de los habitantes de Venezuela. Se trata, pues, de una investigación que pretende ofrecer una lectura de los años de la Independencia cuya finalidad última es responder a la pregunta ¿qué pasaba en Venezuela, más allá de la guerra?
Fueron las diferentes experiencias que localizamos en los archivos las que nos permitieron hacer una primera selección de casos, situaciones y problemas a fin de que cada quien pudiese procesar un grupo de expedientes y presentar al grupo el contenido y la manera de abordar el tema. Progresivamente, cada quien tuvo bajo su responsabilidad la redacción de la versión inicial de un capítulo que se discutió en entregas sucesivas por parte de todo el grupo, de manera que en cada reunión le fuimos dando forma a cada historia de manera colectiva. Ha sido, sin duda, un proceso enriquecedor para todos los que participamos en el proyecto. La decisión fue mantener el libro como una obra colectiva, sin distinguir cada artículo con el nombre de un autor, aun cuando en cada caso hubo alguien que tuvo a su cargo la elaboración de la primera versión y se encargó de incorporar los comentarios, observaciones y sugerencias del resto del equipo. Esta responsabilidad convinimos en expresarla en esta introducción.
El primer capítulo está dedicado a los esclavos que lucharon en la Independencia. Con el arma en la mano aborda las experiencias concretas de seis soldados esclavos que participaron en la guerra y ofrecieron sus brazos y sus vidas en defensa del rey o de la causa republicana atraídos por la oferta de obtener su libertad. Sus acciones de guerra y los tortuosos y complicados caminos transitados para convertirse en hombres libres dan cuenta de lo que significó para ellos vivir en tiempos de la Independencia. Johana Vergara fue quien se encargó de analizar y redactar este capítulo.
Los juegos de azar, las contravenciones al orden, el abuso de la bebida y la vagancia fueron prácticas que no desaparecieron durante la guerra. Fuera de combate estudia varios casos de vagos y mal entretenidos que no se expusieron a los peligros de la guerra pero sí a la persecución y castigo de las autoridades que procuraban evitar los excesos cometidos por los contraventores del orden público, bien encerrándolos en la cárcel, obligándolos a trabajar o amenazándolos con enviarlos al servicio de las armas, el menos deseado de los destinos en tiempos de guerra. Su autor fue Lionel Muñoz.
Camino al altar, escrito por Alexander Zambrano, narra las vicisitudes amorosas y las historias personales vividas por quienes, en medio del conflicto, trataron de contraer matrimonio recurriendo para ello a las más disímiles argumentaciones y a los más riesgosos mecanismos, con la finalidad de vencer los obstáculos que dificultaban la posibilidad de santificar su unión frente al altar.
Le sigue el capítulo que lleva por título Amores contrariados. Allí puede advertirse cómo durante la Independencia no desaparecieron las prácticas y valores establecidos desde antiguo respecto a la conveniencia de evitar la celebración de enlaces desiguales. Las parejas que pretendieron casarse contraviniendo este principio vieron contrariados sus deseos por la intervención de sus familiares, quienes buscaron la manera de impedir que sus parientes consumaran un matrimonio inconveniente, con prescindencia absoluta del conflicto bélico. La redacción de esta parte estuvo a cargo de Inés Quintero.
Tiempo para rezar narra la permanencia de las prácticas religiosas establecidas durante la colonia entre los habitantes de la provincia. La participación en los oficios religiosos ocupaba a los fieles no solamente los domingos y días festivos consagrados por la Iglesia, sino también dentro de los hogares, en los cuales era común destinar un espacio para la oración. La violencia e inseguridad de la guerra motivó a muchos habitantes a procurarse un espacio de recogimiento en sus casas, a fin de poder dedicarse a la oración y al recogimiento, durante los años en que ir a la iglesia bien podía costarles la vida. El capítulo, redactado por Rosángel Vargas, estudia estas peticiones, así como las preocupaciones y argumentaciones expuestas por los solicitantes.
Enrique Ramírez se ocupó de estudiar el Desorden en la casa del Señor. El conflicto bélico alteró la vida de los sacerdotes, quienes tomaron partido por uno y otro bando. Las autoridades civiles y eclesiásticas se vieron enfrentadas por la actuación de los curas, quienes fueron perseguidos, encarcelados y juzgados por su participación activa en el conflicto. El artículo narra las experiencias concretas de varios sacerdotes, así como las consecuencias que tuvo para cada uno de ellos el haber abandonado sus tareas espirituales para incorporarse a los asuntos más terrenales de la política.
Entre dos fuegos se ocupa de analizar la manera en que el conflicto bélico afectó la vida universitaria. Ángel Almarza fue el responsable de elaborar este capítulo. Aquí se narra cómo desde el inicio de la revolución, la Universidad de Caracas se comprometió con el proceso de independencia y de qué forma se vio involucrada en la conflictividad política, militar e ideológica que dividió a los venezolanos en estos cruciales años. Alumnos y profesores de la Universidad fueron miembros de la Junta Suprema de Caracas y del Congreso Constituyente de 1811; a la caída del primer intento republicano, muchos de ellos fueron perseguidos por las autoridades realistas, se suspendieron las actividades y se vigilaron sus actividades, a fin de impedir la propagación de las ideas subversivas hasta su ocupación militar por Morillo, en 1815. El artículo atiende los enfrentamientos ocurridos en la Universidad desde la Declaración de la Independencia hasta el fin de la guerra.
El último capítulo, Piedra sobre piedra, se refiere a los destrozos ocasionados por la guerra a la vida material en medio de la contienda, el equipamiento de las tropas, la vida en los campamentos, las deserciones, la administración de los recursos, la destrucción y devastación que deja la guerra a su paso. Recurriendo a una exhaustiva revisión de correspondencia, informes y testimonios coetáneos; José Luis Bifano tuvo a su cargo elaborar este panorama desolador y a la vez decidor de lo que significó humana y materialmente la Guerra de Independencia.
Cada uno de estos capítulos que han sido descritos brevemente están fundamentados en un sólido soporte documental; en todos los casos la información proviene de documentación de archivo, expedientes, informes y causas judiciales que dan cuenta de cada uno de los casos que se analizan. Hemos optado por colocar al pie de página un mínimo de referencias, con la finalidad de dar cuenta de cada uno de los expedientes, sin reiterar la información proveniente del documento cada vez que se hace una cita textual del mismo; igualmente, se acordó no colocar referencias bibliográficas al pie, a menos que fuesen absolutamente necesarias para afianzar o aclarar algún detalle o determinada información. Se decidió colocar al final del libro los expedientes de archivo y las referencias documentales de cada uno de los capítulos, seguidos de las fuentes documentales impresas. Para concluir, se colocó una sola bibliografía común que sirvió de soporte al equipo en la discusión y redacción de cada una de las partes de este libro.
Desde que comenzamos a trabajar en este proyecto nos acompañó Joselin Gómez, estudiante de la Escuela de Historia, quien apoyó a todos los investigadores en la localización de expedientes y en el levantamiento y transcripción de información con un enorme interés, un contagioso entusiasmo y una gran responsabilidad. Todos sin excepción le estamos ampliamente agradecidos por su apoyo.
Me tocó a mí, la autora de esta introducción, coordinar la investigación de este grupo extraordinario de jóvenes historiadores, egresados todos de nuestra Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela.
Fue este, sin duda, el seminario de trabajo más prolongado que hayamos tenido; en cada una de nuestras reuniones no solo aprendimos a conocernos un poco más, sino también a disfrutar la posibilidad de intercambiar nuestros pareceres en un ambiente de amistad y respeto. Para mí ha sido un privilegio maravilloso compartir con quienes fueron mis alumnos en tiempos recientes esta enriquecedora experiencia entre colegas.
Esta investigación contó desde el primer día con el soporte de la Fundación Bigott. Antonio López Ortega y Miriam Ardizzone, en su momento, fueron absolutamente receptivos y entusiastas con la propuesta y, posteriormente, Marta Apitz y Adriana Manrique, cuando quedaron a cargo del proyecto, nos manifestaron su más absoluta confianza y su apoyo sin restricciones.
Cuando se publicó por primera vez, en 2008, fue a través de la colección Bigoteca de la Fundación Bigott; en esta oportunidad ha sido gracias al interés de Editorial Alfa y su indoblegable compromiso con nuestro país y nuestra historia, que publica una nueva edición. Nuestro más sincero agradecimiento a Ulises Milla y a todo su equipo editorial por el empeño y el cariño que pusieron para que esta edición llegue a manos del público, otra vez.
«Yo he servido con mucho amor y fidelidad a mi Rey, y no quiero perder la gracia que su soberana clemencia concede a los que como yo han defendido sus derechos con el arma en la mano…»[1], con estas palabras inició el esclavo Ramón Piñero su petición de libertad en 1815, después de servir dos años en el ejército del rey. De acuerdo a su testimonio, la guerra llegó a él un mes de septiembre de 1813, cuando laboraba en el hato San Diego perteneciente a su señor, en los llanos centrales de Calabozo. Ese día, los insurgentes llegaron a dicho lugar y, sin mediar explicaciones, tomaron preso a su amo, don Juan de Rojas, y lo colocaron en la cárcel de esa ciudad.
Un mes atrás, Simón Bolívar había restablecido el segundo intento de gobierno republicano, después de completar su exitosa Campaña Admirable con la toma de Caracas en agosto de 1813. Unos meses antes –en junio de 1813– Bolívar dictó el Decreto de Guerra a Muerte en la ciudad de Trujillo, en el cual establecía la persecución y exterminio de todo aquel identificado con la causa realista o que fuese indiferente con el proyecto republicano.
La repentina detención de Juan Rojas evidenciaba que se encontraba comprendido en los principios de esta proclama. Frente a este escenario, Piñero y otro esclavo llamado Miguel, tomaron la deliberación de enlistarse en los ejércitos comandados por José Tomás Boves, impulsados por el agravio cometido ante la persona de su dueño y atraídos por la oferta de libertad si tomaban las armas a favor de la causa del rey.
En ese entonces, la leva de esclavos y el ofrecimiento de libertad que le acompañaba era un procedimiento de reciente práctica, surgido durante la coyuntura bélica. Antes de los sucesos de la independencia, los esclavos solo podían lograr su libertad si la compraban, se las otorgaba su amo o escapaban y se convertían en cimarrones. La toma de las armas era considerada un deber y, por tanto, no merecía otro premio que la gratitud. Sin embargo, con el inicio de la guerra, desde ambos bandos surgió la necesidad de engrosar sus filas con los esclavos ofreciéndoles la libertad para de esa manera garantizar la incorporación de estos a la guerra.
Domingo de Monteverde, jefe de las fuerzas realistas, ingresó a Venezuela procedente de Puerto Rico en 1811; sus órdenes eran someter militarmente a los insurgentes. No se conoce que haya emitido ningún bando ofreciendo la libertad a aquellos esclavos que salieran en defensa de Fernando VII; no obstante, diversas denuncias de propietarios dan fe de que sí sucedió. En el caso de José Tomás Boves, este recurso sí estuvo presente y contribuyó decididamente en la conformación de su gran ejército.
Ramón Piñero, animado por la oferta de obtener su libertad, entró en acción un mes después de su enlistamiento, en la sabana de Mosquiteros, frente a los batallones comandados por Vicente Campo Elías el 14 de octubre de 1813. Allí participó en su primer encuentro y en una de las muchas derrotas que le provocaron heridas y padecimientos que mellaron más tarde su salud. Los 2.500 hombres enlistados por José Tomás Boves fueron vencidos de manera contundente, además de las bajas propias de la contienda. La mortandad fue mayor cuando los prisioneros fieles a la causa del rey fueron ajusticiados por órdenes de Campo Elías, inclusive aquellos que no eran españoles y que no se encontraban comprendidos en el Decreto de Guerra a Muerte. Ramón, entre tanto, emprendió la retirada con los demás sobrevivientes en dirección al poblado de Guayabal, ubicado a las riberas del río Apure, lugar que había sido establecido como punto de encuentro en caso de que la contienda no resultase favorable.
Tras la primera derrota transcurrieron dos activos meses en la vida de Ramón. Mientras la temporada de lluvias inundaba los llanos en Guayabal, Boves preparaba su ejército con nuevas estrategias y arsenal fabricado con los materiales que los pobladores de la zona se veían forzados a entregar. Paulatinamente se iban incorporando nuevos soldados al ejército. Fortalecidos con el ganado y municiones que arribaron de Guayana de la mano de Francisco Tomás Morales, Boves emprendió la segunda campaña por los llanos, empresa que registró un nivel mayor de crueldad al demostrado en el último enfrentamiento. Cuando Boves avanzaba con la intención de apoderarse de Calabozo, el paso de San Marcos hacia esta ciudad se encontraba pobremente guarnecido por el español y republicano Manuel Aldao, quien contaba con unos pocos soldados que en pocas horas perecieron bajo la arremetida de la caballería realista.
Despejado el paso, ese 8 de diciembre de 1813, Calabozo cayó en manos de Boves y de sus efectivos, quienes cumplieron al pie de la letra las órdenes impartidas en Guayabal: todo blanco de la recién conquistada ciudad fue pasado por cuchillo. Desconocemos si Piñero fue uno de esos verdugos. Obviamente, su petición de libertad no incluiría una confesión de este tipo, menos cuando el juez que decidiría su causa era el señor gobernador y capitán general Salvador de Moxó, funcionario destinado por el Pacificador Pablo Morillo para atender administrativamente estos asuntos.
Con la contundente victoria sobre los insurgentes en la batalla de La Puerta el 15 de junio de 1814, el ejército de Boves se dividió en dos, uno se dirigió a Caracas y otro comandado por él mismo tomó Valencia. De acuerdo con la declaración de Piñero, él estuvo en este último grupo y el 16 de julio de 1814 entró a Caracas como parte del ejército realista. Para ese momento en la modesta ciudad capital, alabada por su belleza por viajeros y visitantes extranjeros, reinaba la desolación. Además de los daños aún presentes del devastador terremoto de 1812 y los casi cuatro años de guerra, a la nueva fisonomía de la ciudad se agregaba la soledad que dejaron sus pobladores tras su huida en dirección a Oriente, inducidos por el temor de ser las nuevas víctimas de las legendarias degollinas promovidas por el otrora comerciante asturiano y sus seguidores. De acuerdo con la declaración brindada por Piñero, permaneció poco tiempo en la capital y regresó con Boves a Calabozo, donde se planearía la persecución de los republicanos.
En ese momento, tras diez meses de marchas y batallas, Piñero cayó enfermo en los hospitales de la villa de Calabozo, un año permaneció enfermo en ese lugar. Apenas sintió una mejoría, en el mes de noviembre, se dirigió a la capital para exigir la libertad que le habían ofrecido a cambio de sus servicios. Desde el 11 de mayo de 1815 Caracas se encontraba bajo la dirección del brigadier español Pablo Morillo y la ofensiva republicana había sido sofocada en gran parte del territorio, colocando al movimiento insurgente en su más mínima expresión.
Boves murió el 5 de diciembre de 1814 en Urica y con su muerte quedaron sin efecto los ofrecimientos de libertad hechos a los esclavos, lo cuales en su gran mayoría no estaban respaldados por una credencial escrita. El nuevo régimen veía con suspicacia las solicitudes de libertad adelantadas por este tipo de soldados, quienes frente a las nuevas y antiguas autoridades realistas eran los sospechosos inmediatos de la llamada guerra de colores que caracterizó el año de 1814. No obstante, la participación y colaboración de estos contingentes no podía ser obviada, y las Instrucciones de Fernando VII encomendadas a Morillo para la recuperación de la posesiones ultramarinas establecieron una serie de requisitos y normativas en torno a esta delicada materia.
Se otorgaría la libertad solo a aquellos soldados que comprobaran sus servicios por medio de informes emitidos por sus superiores, los cuales debían destacar las acciones militares en las que participaron, las labores que desempeñaron y su disposición a dichas tareas; finalmente, debían continuar sirviendo en sus unidades el tiempo que durase la guerra. Por ello, una vez revisada la solicitud de Piñero por el asesor general y el entonces capitán general Salvador Moxó, concluyeron apegándose a los principios de esa disposición:
«… deben quedar libres los esclavos que estén, con las armas en la mano indemnizándose a los dueños el valor de ellos del real erario, pero con calidad de que queden sirviendo de soldados en el ejército; por esta misma disposición opino que Ramón Piñero, aunque son ciertas y recomendables los servicios militares que alega no esta comprendido en aquella gracia, por haberse separado de la milicia, sin que hasta ahora conste causa o impedimento legítimo para este…»
Conocido este fallo desfavorable, Piñero apela afirmando que sí era merecedor de la gracia otorgada por el rey, pues defendió con amor y fidelidad la causa, tanto que su precaria salud era resultado de ello. Solicita ser reconocido por un facultativo, para que certifique que su «…curación es algo larga, y para otro temperamento que no sea tan destemplado, como este…».
Piñero permanece varios meses en Caracas, pero el clima frío no favorece su recuperación, y más allá del clima curativo de Calabozo, su deseo era regresar libre a su hogar. Inmediatamente el tribunal autorizó la revisión del esclavo a cargo del protomédico don Joseph Joaquín Hernández, quien observó que el entullecimiento de las coyunturas de Ramón no tenía curación. El esclavo Piñero era un hombre baldado e inútil.
Al diagnóstico lo respalda el testimonio de su amo, Dr. don Juan de Rojas, quien no se opone a la petición –en espera de que el real erario reintegre el precio de su esclavo– asegurando que «… este esclavo ha sido siempre sano y las enfermedades que ha tenido han sido adquiridas en la campaña por las humedades, trabajos, vigilias y (ilegible) que son consecuentemente, pues antes de entrar en el servicio, fue siempre sano, de buenas costumbres, y eficaz…». Sin mayor oposición de su amo, a Ramón Piñero se le declaró persona libre de esclavitud y servidumbre el 23 de diciembre de 1815, por sus comprobados servicios a la justa causa del rey, y su amo se vio beneficiado con el monto otorgado a cambio de un esclavo inútil y baldado.
No fue Ramón Piñero el único soldado esclavo que obtuvo esta gracia a cambio de sus servicios militares a favor de la Corona española. También está el caso de Juan José Ledezma, quien siendo esclavo llegó a ser oficial de los ejércitos del rey.
Juan José Ledezma aspiraba lograr su libertad en 1815 por servir en los ejércitos de Su Majestad con el grado de jefe de división, bajo el mando de José Tomás Boves, en 1813 y 1814. Juan José, oriundo de la población de San Rafael de Orituco, en las planicies de Guárico, pertenecía a los bienes de don Pedro Ledezma, reconocido patriota desde los inicios de la independencia.
En 1813, restablecida la República después de la culminación de la Campaña Admirable por Simón Bolívar y el éxito de la Campaña de Oriente por el general Santiago Mariño, desde los llanos se conformaban fuerzas opuestas al nuevo gobierno, los ejércitos patriotas reforzaban sus filas y pertrechos con la colaboración de sus más fieles y acaudalados seguidores, quienes aportaban dinero y esclavos aptos para el servicio. Don Pedro, el amo de Juan José, siguió este ejemplo y colocó a su esclavo bajo las órdenes del republicano José Manuel Torres. Junto a la división comandada por este oficial sirvió un tiempo. No obstante, abandonó la causa que le obligaron defender y, voluntariamente, se incorporó en el mes de octubre del año de 1813 al ejército fidelista comandado por Manuel Ramírez, para seguir la sagrada causa del rey en defensa de sus justos derechos contra los insurgentes de esta provincia[2]. En ese momento el ejército realista, a diferencia de las comandancias patriotas, sí contemplaba la libertad como forma de pago para aquellos esclavos que brindaran destacadas acciones; quizás esto último tuvo decisiva influencia en la determinación de Juan José de enlistarse en el ejército del rey.
De acuerdo con la declaración de su superior Manuel Ramírez, el esclavo tuvo destacadas acciones que le valieron el ascenso a jefe de división. Su labor específica consistía en la recolección de ganado, mulas, yeguas y burros que se venderían posteriormente para ser invertidos en ropas y pertrechos para las distintas divisiones, o que simplemente se emplearían en el alimento de las tropas movilizadas. De esta forma, el esclavo Juan José se convirtió en hábil practicante de la forma de exacción más empleada en las milicias dirigidas por Boves, mecanismo controvertido que dejaba en total ruina a las haciendas y hatos ganaderos sin importar la facción que defendieran sus propietarios.
En julio de 1815, cuando Juan José hace la petición de libertad, cumplía con todos los requisitos para alcanzarla, contaba con la certificación de su superior directo Manuel Ramírez, continuaba en servicio y –afortunadamente para los golpeados fondos del rey– su amo era perseguido y sus bienes se encontraban en poder de la junta de secuestros, por lo que no se debía indemnizar a ningún mortificado propietario. Como no posee dinero para cancelar las costas de los procedimientos legales de su solicitud, solicita que estos sean pagados de los bienes embargados a su amo cuando el tribunal lo determinase. Lo único que empañaba su solicitud era su militancia inicial en el ejército patriota, lo cual ponía en duda su lealtad. Sin embargo, él señalaba que desde el instante en que desertó de la misma expuso su propia existencia a favor del rey y mayor demostración de lealtad era imposible.
Desconocemos si Juan José obtuvo su libertad, pues el expediente se encuentra incompleto; posiblemente logró carta de libertad pues cumplía con todos los requisitos y era un soldado activo para el momento de su acreditación. Sin embargo, un posible atenuante en esta decisión podría estar sujeto a los nuevos dictámenes de las autoridades coloniales empeñadas en restituir el orden. Tal como menciona Germán Carrera Damas en su trabajo La crisis de la sociedad colonial, con la llegada a Venezuela de Pablo Morillo se procedió a destituir de sus cargos a estos hombres pertenecientes a bajos estamentos y que habían alcanzado grados militares durante el mando de Boves. Dicha situación provocó el descontento entre las milicias y desencadenó deserciones masivas aniquilando la base popular del ejército del rey.
Así como Piñero y probablemente Ledezma consiguieron su libertad luego de arriesgar su vida al servicio de la Corona, de igual forma y con mayores tropiezos, un reducido número de esclavos obtuvo su libertad combatiendo a favor del ejército republicano.
Para el momento en que fueron expulsadas las autoridades coloniales, tras la instalación de la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, el 19 de abril 1810, no se planteó la liberación de los esclavos; estos siguieron realizando exactamente las mismas actividades impuestas siglos atrás. Las esclavas de casa continuaban caminando detrás de sus señoras, sosteniendo en sus manos la alfombra donde estas se posarían en los servicios religiosos. Aquéllos que laboraban en las plantaciones, día tras día, se despertaban con el llamado de sus caporales, antes de salir el sol, para iniciar sus extenuantes faenas.
El nuevo gobierno no contempló la liberación de los esclavos ni la incorporación de estos a las fuerzas republicanas, básicamente porque no existía un cuestionamiento del sistema esclavista, debido a que en su gran mayoría eran poseedores de esclavos. Esta rutina poco se había alterado cuando Miranda, atendiendo a la gran deserción de soldados en 1812, dispuso la incorporación de 1.000 esclavos al ejército, ofreciéndoles la libertad solo a aquellos que militasen cuatro años y tuviesen destacadas acciones militares. De esta forma, durante los breves períodos de gobierno republicano conocidos como Primera y Segunda República, no se legisló ni se tomó decisión respecto a otorgar libertad a los esclavos que se sumasen a la causa patriota; la veían como una iniciativa altamente desestabilizadora. Esta situación cambió a partir de 1815.
Después de peregrinar por diversos puertos caribeños tras la caída del segundo intento de gobierno republicano, en julio de 1814, Simón Bolívar en compañía de otros patriotas como Gregor MacGregor, Manuel Piar y Santiago Mariño parte de Los Cayos de San Luis, en Haití, para dirigir varios encuentros navales en la isla de Margarita. De este sitio Bolívar desembarca en Carúpano y emite el 2 de junio de 1816 el Decreto sobre libertad de los esclavos a los habitantes de Río Caribe, Carúpano y Cariaco; en él se le ofrecía la libertad y ciudadanía a los esclavos capacitados para el enlistamiento inmediato, es decir, hombres en edades comprendidas entre los 14 y 60 años de edad. Esta proclama es reconocida como una iniciativa propuesta por Alejandro Petión a Simón Bolívar como condición para la ayuda financiera que estaba dispuesto a brindar el presidente de la primera nación americana edificada en 1791 sobre una exitosa revuelta esclava.
De acuerdo con cartas de Bolívar dirigidas a Petión, el Libertador le señaló el poco alcance de estos ofrecimientos en las esclavitudes, de igual manera lo señalaría posteriormente José de Austria en su Bosquejo de la historia militar de Venezuela, quien describió el recibimiento de estos decretos en la población como fríos, asegurando además que la presencia esclava en las filas patriotas era un evento excepcional, y esta frialdad continuó en 1818 con la ratificación del ofrecimiento de libertad en los decretos dirigidos a los habitantes de los valles de Aragua el 11 de marzo, a los de La Victoria el 13 del mismo mes, y el día siguiente a los pobladores de los valles del Tuy. Sin embargo, el brigadier inglés James Hackett, quien partió de Inglaterra en 1817 para reforzar las fuerzas patriotas sudamericanas, hacía referencia de la importante presencia de esclavos y pardos en las filas patriotas.
Posiblemente no hubo una adhesión masiva de esclavos, si se compara a las descripciones de la composición de las milicias de Boves, pero el reclutamiento esclavo voluntario no fue un evento extraño en las filas patriotas, así lo evidencian las peticiones de libertad de esclavos realizadas después de consolidado el proyecto republicano; es el caso del esclavo Anastasio Romero, quien reclamaría 10 años después la libertad que le ofrecieron a cambio de la toma indefinida de las armas.
El 10 de enero de 1826, Anastasio Sosa se dirigió al intendente departamental de la ciudad de Caracas a fin de hacer valer los servicios prestados bajo la bandera republicana y conseguir así su carta de libertad. De acuerdo con su relato llegó a la capital de manera clandestina desde la hacienda de su amo Domingo Sosa, ubicada en Choroní, de allí pasó a San Sebastián de los Reyes y posteriormente a Turmero en búsqueda de los testimonios de sus antiguos superiores: Juan José Liendo y La Rea y Francisco de Paula Alcántara. Ambos eran reconocidos oficiales del ejército patriota, ostentaban la Orden de Libertadores de los Ejércitos de Colombia y conocían de manera detallada las acciones en las que intervino Anastasio, así como la herida recibida por el esclavo en una de tantas campañas, por ello ante el pedimento verbal realizado por Anastasio el 1 de marzo de 1825, no dudaron en asentar por escrito sus buenos servicios.
Anastasio se incorporó al ejército en 1816 después de ver desfilar por las estrechas calles de Choroní a los seiscientos sobrevivientes patriotas del combate de Los Aguacates, llevado a cabo el 14 de julio de 1816. El general de división escocés Gregor MacGregor y el coronel Carlos Soublette encabezaban esta retirada, quienes a su paso trataban de reunir tropas ratificando el decreto de libertad emitido por el Libertador a su llegada a Carúpano en el mes de junio. Anastasio, seducido por esta propuesta, se enlistó inmediatamente. Anastasio partió de Choroní bajo las órdenes del comandante del «batallón Barlovento» Francisco Piñango, bajo su dirección participó en las cruentas acciones del 2 de agosto en Quebrada Honda, donde se logró repeler al coronel realista Juan Nepomuceno Quero y sus quinientos hombres. Un mes más tarde, el 6 de septiembre, Anastasio estaba peleando en Oriente en la batalla de Los Alacranes. Allí recibió un balazo en la pierna izquierda, la cual fue asistida de forma exitosa en el hospital instalado en el convento de la ciudad de Barcelona. Veintiún días después de haber sido herido, Anastasio retoma las armas al lado de sus antiguos compañeros del batallón Barlovento en la batalla de El Juncal, ahora bajo la dirección del general de división Manuel Piar, quien dos días antes había arribado a la ciudad con una vanguardia de 700 hombres para tomar el control de los batallones ahí asentados, formando una fuerza militar de 1300 soldados que recibieron el nombre de ejército del centro.
Después de la derrota de Francisco Tomás Morales, Anastasio fue trasladado al batallón Orinoco o Río Claro y bajo las órdenes de Piar peleó en las acciones previas a la toma definitiva de Guayana, en 1817. El 16 de marzo de 1818, Anastasio servía en los ejércitos dirigidos por Simón Bolívar en la batalla de Boca Chica Semén contra las unidades conducidas por Pablo Morillo; la contundente derrota provocó la dispersión de gran parte de los efectivos republicanos sobrevivientes. A Anastasio, acorralado por el enemigo en las cercanías del pueblo de San Mateo, no le queda otra alternativa que enrumbarse a su pueblo de Choroní. De acuerdo con su testimonio, allí fue reincorporado de nuevo por su señor Domingo Sosa. En un principio no pudo acreditar sus servicios hechos a la República, pues para aquel entonces la mayor parte del territorio seguía bajo el dominio de la Corona española y admitir su militancia en la insurgencia lo convertiría en reo de alto crimen, más tarde, cuando se instauró el gobierno republicano en 1821, la sujeción y potestad de su amo Domingo impidió cualquier intento de acreditación.
Cuando Domingo Sosa, dueño de Anastasio, se entera de la causa iniciada por su esclavo, cuenta a los tribunales otra historia completamente distinta. Primeramente, asegura que no se opone a que su esclavo acceda a su pretensión de que sea declarado persona libre de servidumbre como premio de sus distinguidos servicios a las patria, siempre y cuando el estado indemnice su valor como lo exige la Resolución de 14 de octubre de 1821 sobre los esclavos que hubiesen servido a las armas republicanas[3]. Dicha resolución, sancionada por el Congreso General de Colombia, emanaba de una consulta hecha por el vicepresidente de Cundinamarca sobre el dilema de qué hacer con los esclavos que tomaran las armas y la forma de indemnización a sus propietarios.
El asunto lo resolvió el Congreso declarando que los esclavos debían ser aceptados en las filas bajo los pactos y condiciones que decidiera el gobierno en cada circunstancia; en ningún apartado de esta decisión se menciona de forma expresa la libertad como retribución a los esclavos por sus servicios. Sin embargo, la norma era precisa al aclarar la situación de los propietarios ante esta situación: debían ser indemnizados con preferencia de los fondos de manumisión de la República. Sosa, conocedor de la ley, quería el valor de su esclavo; no obstante, su reclamo no termina allí, asevera que los fundamentos con que Anastasio apoya su solicitud son falsos.
Primeramente, el esclavo había mentido sobre la manera en que recaló en su hogar. En su declaración, el esclavo asevera que él lo incorporó a su propiedad en 1818, cuando la verdad era que se encontraba en la isla de San Tomas en calidad de exiliado desde 1814. En todo caso, fue su esposa quien le brindó refugio y no sujeción. Según dice Sosa en su alegato, «La acogida que le franqueó mi mujer, en semejantes circunstancias, fue una exposición manifiesta respecto a toda mi familia, por repuntarse el gobierno español por un criminal o reo de muerte, la que sin duda sufrieron todos los dispersos que fueron descubiertos, y por consiguiente sobre estar desmentido su aserto por hallarme yo ausente en el tiempo a que se refiere, debía tributar las gracias a mi casa, que lo salvó y libertó su vida…»[4]. En pocas palabras, Anastasio era un esclavo mentiroso que en lugar de agradecer el riesgo que tomó su familia al protegerlo mientras era perseguido por el enemigo, su respuesta había sido la ingratitud.
Agrega que Anastasio se encontraba en su hacienda de Choroní por su propia voluntad, ya que su mujer e hijos eran sus esclavos. Desde hacía ocho meses se encontraba en la capital, trabajaba por su cuenta, provecho y utilidad propia, lo que desmentía la supuesta oposición a la acreditación de sus servicios. Si Anastasio no lo había hecho era porque no había querido.
El esclavo ante esta declaración no emitió escrito alguno que desmintiera las afirmaciones de su amo y permaneció bajo su servicio hasta que llegó la sentencia del intendente interino. El dictamen establecía que el servicio prestado por Anastasio fue con anterioridad a la ley de 14 de octubre de 1821, por lo que su solicitud no emanaba de ella, no obstante, considera que el valor del esclavo sí debía salir de los fondos de manumisión después de que se realizase el justiprecio. Anastasio tenía 48 años, y un esclavo de su edad alcanzaba un valor de 230 pesos, pero «… la quebradura que padece en la ingle derecha…» le rebajaba el precio a la mitad, por lo que Domingo Sosa recibió un valor total de 115 pesos. De esta manera, Anastasio quedó libre en Caracas, mientras su mujer e hijos seguían siendo esclavos de Domingo Sosa en Choroní.
Las vicisitudes padecidas por Anastasio fueron totalmente distintas a las de otro esclavo soldado llamado José Ambrosio, quien por haberse cambiado el nombre se vio en serias dificultades a la hora de demostrar los servicios que había prestado a la causa republicana.
En mayo de 1828 llegó a la oficina de la jefatura general en Caracas un oficio procedente de la comisaría del puerto de La Guaira. La notificación solicitaba la comprobación del testimonio ofrecido por unos de sus reos, quien había sido apresado por sospecha de ser uno de tantos esclavos fugitivos que protegiéndose del desorden de la guerra privaron a sus amos de sus servicios.
Luis Ambrosio Surruarregui no ocultó su antigua condición de esclavo, de la cual había sido librado mucho tiempo atrás, cuando su difunto amo le otorgó carta libertad que extravió durante las tropelías de la guerra. Relatos como estos no eran inusuales a los oídos de las autoridades que lidiaron con la inmensa responsabilidad de reorganizar el sistema esclavista, sin embargo, la declaración de su antigua militancia en la marina republicana hizo su relato inusual y ameritó su inmediata comprobación.
En el mes de junio el jefe policial general de la capital ordenó el traslado del nominado esclavo José Ambrosio Surruarregui, con el propósito de comprobar los servicios que supuestamente lo hacían libre. En ese momento, el trecho que dividía a Caracas de La Guaira sería uno más de los tantos caminos que recorrería José Ambrosio desde que abandonó las riberas del Orinoco, en su Angostura natal.
En 1810, cuando ocurren los sucesos del 19 de abril, la provincia de Guayana permaneció fiel a la monarquía, caso contrario a las zonas septentrionales de la provincia que cargaron con el mayor peso del conflicto. Desde su fundación por las misiones de capuchinos, sus vastas extensiones de tierras sirvieron para la cría de ganado, y en menor cuantía para el cultivo de la tierra. Por ello la presencia esclava era modesta, encargada en gran parte del servicio doméstico y artesanal, distinta a la población esclava de los valles centrales, destinada a la economía de plantación.
En este ambiente vivió José Ambrosio, quien era propiedad del vizcaíno Luis Surruarregui y recibió –como era costumbre desde el día de su nacimiento– el llamativo apellido que años más tarde renegaría. En 1817 fue que los Surruarregui y los demás habitantes de la provincia experimentarían los devastadores trastornos de la guerra. La ciudad que sirvió de leal financista a la causa del rey y de zona de resguardo a los realistas perseguidos conocería los estragos del asedio militar republicano.
Desde mayo de 1815, las fuerzas realistas asentadas en la ciudad lograron vencer varias embestidas patriotas en sus propias puertas, pero esto no disminuyó el impulso de los rebeldes, quienes guiados por Manuel Piar planificaron la arremetida definitiva que se prolongó por siete largos y tortuosos meses. Las líneas de abastecimiento de alimentos fueron cortadas y los civiles acudieron a medidas desesperadas para suplir sus carencias; cuando la situación se hizo insostenible estos huyeron por el río logrando solo un desenlace fatal. Uno de esos tantos hombres que recurrieron al exilio cuando la ciudad no podía defenderse fue Luis Surruarregui, quien antes de partir –asegura José Ambrosio– dejó en total libertad a su esclavo José Ambrosio. Para los dueños de esclavos era preferible convertir a sus siervos en hombres libres responsables de su propia suerte, ya que cargar con ellos representaba un peso al momento de huir, un esclavo era una boca más que alimentar o un espacio adicional que ocupar en una embarcación.
Mientras su amo se enrumba a su destino final en la isla de Martinica, José Ambrosio se enlista voluntariamente en los ejércitos republicanos recién establecidos en Angostura. Al momento que se le tomaron los datos de su filiación y el comandante le dio a conocer las penas y ordenanzas que implicaba su nueva militancia fue ingresado a la marina con el nombre de: José Ambrosio Hernández. Con este apellido aparecería en todos los listados de las embarcaciones que abordó en los distintos puertos necesitados del auxilio patriota.
Su primera experiencia como marinero se limitó a la protección del río Orinoco, posteriormente partió a los demás puertos controlados por la causa republicana. Recién llegado a La Guaira, siguiendo las órdenes de su comandante José María García, se embarcó en compañía de otros marineros a la isla de Margarita con la delicada labor de trasladar el correo. Esta actuación y positiva disposición le valió el reconocimiento de sus superiores, quienes años más tarde recordarían con facilidad sus buenos servicios.
Tres meses después de llevarse a cabo la batalla de Carabobo, ocurrida el 24 de junio de 1821, José Ambrosio fue enviado a la Nueva Granada. El 5 de octubre se embarcó en la polacra Constantinopla, comandada por el capitán Daniel como parte de las últimas tropas que se incorporaron al asedio establecido por el almirante José Prudencio Padilla al gobernador de Cartagena de Indias, brigadier Torres y Velasco. Desconocemos si José Ambrosio llegó a tiempo a Cartagena para ser partícipe del cerco, ya que cinco días más tarde la resistencia se rendía tras haber soportado un año y tres meses del bloqueo iniciado el 14 de julio de 1820. De la recién conquistada Cartagena fue trasladado de nuevo a La Guaira en una embarcación de la cual no supo precisar nombre, si La Voladora o Libertador, allí se incorporó a las milicias que se organizaron bajo la mirada del capitán de ese puerto, Matías Padrón. Tres años más tarde, el 8 de noviembre de 1823, estaba presente en la toma de Puerto Cabello, el último bastión de los realistas en Venezuela.
Finalizada gran parte de las contiendas bélicas encontró en el puerto de La Guaira su punto de retorno, y el lugar donde trataría de reconstruir su vida como caletero, tomando por hecho la libertad que le había dado inicialmente su amo y la cual quedaba ratificada por su participación en la Guerra de Independencia. Cinco años más tarde las autoridades de La Guaira dudan de sus servicios prestados a la República y lo colocan como propiedad del Estado al servicio del Hospital Militar, hasta que las autoridades de la capital ordenaran su traslado para dar inicio a la comprobación judicial de las historias narradas por el esclavo.
