Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Apenas unos años de distancia sepultados en el recuerdo separan a tres personas que lidian en la misma batalla interior. Tony, superdotado e hiperactivo, diagnosticado erróneamente como enfermo bipolar vive en una lucha constante por superar los fantasmas de su pasado; Marta, bailarina aficionada que tras varios desengaños amorosos ha decidido no mantener más relaciones sexuales y sueña con ser una estrella del Pool-dance y Raquel, repartidora de mercancías de dudosa legalidad en la gran ciudad, que vive en el permanente abandono de las personas que le rodean. Los tres son vulnerables. Los tres son objeto de un destino que insulta a su propia supervivencia. Cada minuto que pasa, cada vivencia, cada nuevo acontecimiento, les sitúa en una difícil encrucijada en el que pueden optar por convertirse en mejores personas o dejarse llevar por la irracionalidad que les rodea. Solo tienen dos opciones: esconderse y esperar, o luchar contra sus propios demonios y evitar convertirse en un depredador más. El libro rojo de Raquel es una búsqueda trepidante de la verdad acerca de cuánto mal llevamos dentro, narrada desde un universo erótico impregnado de un cruento realismo mágico.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 596
Veröffentlichungsjahr: 2014
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
EL LIBRO ROJO DE RAQUEL
EL LIBRO ROJO DE RAQUEL
© Mónica Martín
© De la imagen de portada, Helga Weber
Diseño de cubierta: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2014.
Editado por: Editorial La Calle
C.I.F.: B-92.041.839
Avda. El Romeral, 2. Polígono Industrial de Antequera
29200 ANTEQUERA, Málaga
Teléfono: 952 70 60 04
Fax: 952 84 55 03
Correo electrónico: [email protected]
Internet: www.editoriallacalle.com
Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.
Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización previa y por escrito de EDITORIAL LA CALLE; su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.
ISBN: 978-84-16164-17-2
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
MÓNICA MARTÍN
EL LIBRO ROJO DE RAQUEL
Editorial La Calle
ANTEQUERA 2014
Nota de la autora
Los personajes así como los hechos narrados son ficticios, cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad.
Quiero dedicarle este a libro a Daniella, el proyecto más bonito que he emprendido en mi vida y que ya viene en camino y a Raquel, mi fiel compañera de vida, sin la que estoy segura, no habría conseguido jamás acabar este libro. Ha sido su apoyo constante para que tomara las riendas de mi voz interior lo que ha declinado la balanza para que al final, tú, lector, tengas este libro en tus manos. Gracias por todo lo que me das.
Quiero dar las gracias a la Editorial LaCalle por presentarme su proyecto y darme la oportunidad de publicar un libro que sé que es complicado, en el fondo y en la forma.
Quiero dar las gracias a todas la personas que día tras día siguen mis locuras cibernautas, que se leen todo lo que escribo, difunden mis textos, comparten con sus amigos la experiencia y disfrutan cada una de mis paranoias literarias. Es una constante sorpresa ver que siguen todos mis proyectos y los apoyan incondicionalmente.
Y por último me gustaría darle las gracias a familiares, amigos y compañeros en el camino literario que siempre han tenido una palabra de fuerza para que este libro saliera adelante. Sin vosotros no vería la luz.
Aspiro. Las olas me separan de ti. Siento la sal mezclarse con la uñas sucias de mis pies. Quiero lavar las escamas que soltaría si fuera pez, pero no soy un pez. Soy un sucio humano que lucha por un poco de oxígeno. No me siento nada en especial. A mi alrededor miro, las familias que se asoman a esta playa del sur, donde la línea con el horizonte comienza y yo mismo, mi alma, se apaga. Todos van subiendo. Al fin llega mi barca. Todo es luz y claridad. Todo es el momento exacto en el que decidiste convertirte en algo distinto a lo que realmente eres.
Es fácil pasar desapercibido entre la multitud, incluso aquí en una ciudad costera en la que todo el mundo, casi, se conoce. Entro en la farmacia. Pido ibuprofeno, vendas, alcohol y tiritas. Una crema para evitar las quemaduras solares. Pregunto por algo eficaz que termine con la diarrea y los vómitos de un solo plumazo. La farmacéutica me mira extrañada y me pregunta si abuso del ibuprofeno. Apunta a que tal vez el problema sería ese. Muy profesional, asegura que lo mejor sería que tomase un protector para el estómago. Es redonda. Como una hogaza de pan. Al minuto me creo con el derecho a juzgar su dieta. Estoy convencido de que en el fondo somos lo que comemos y en ella no puedo ver otra cosa que una cantidad ingente de harinas y grasas saturadas. Entonces, lo noto. Algo dentro de mí, como una palanca que se dispara y siento cómo las pupilas, las venas, los músculos se dilatan y estallan.
El psiquiatra me había advertido sobre ello. Juntos habíamos aprendido a detectar los síntomas previos al acto. La palanca, el suelo rojo. La lava socióloga subiéndome por la garganta. El crepitar de la rabia accionando actos impulsivos de los que luego podría arrepentirme o no, pero que podrían suceder. Pasan dos minutos. Quiero comerme la hogaza de pan. Me la como o me como el ibuprofeno mezclado con anti-revulsivos y Fortasec. Son dos opciones. Dos. Sé contar. Ella no quiere darme lo que necesito para esta noche. Me lo da o salto el mostrador. Que yo no le he pedido que cuestione mis hábitos farmacológicos, ni lo delgado que estoy, ni si la última vez que me lavé fue en la playa. Que no le he pedido que me tenga compasión, ni que haga de madre, ni que se fije en que tengo los ojos tristes y acuosos. Que no le he pedido una solución, que una solución ya la busqué yo y fui de médico en médico, y lo puse todo de mi parte y todos llegaron a la conclusión de que tenía que tomar esas putas pastillas que no me permitían enlazar dos palabras seguidas. Te volverán gilipollas, a base de darte tranquilizantes. Te quitarán la capacidad de volver a ser una persona. Rara, distinta, un poco especial, pero que seguro que alguien podrá querer. Sigue preguntándome, pero ya no distingo las preguntas. Que me duele la cabeza, maldita hogaza de pan barato.
Se acabó. Salto. Hay una duda profesional en sus ojos, pero al instante toma contacto con la realidad. Lo nota. El salto ha sido real. No es un sueño, está sucediendo lo que en realidad está sucediendo. Retrocede hacia los estantes que salvaguardan las tiras para no roncar por las noches y, por más turistas borrachos que ha visto y ha aprendido a manejar, no termina de encajar lo que está pasando. Esto es la costa, cuánta gente no habrá vomitado en su mostrador. Cuánta no habrá robado condones o tirado las cremas solares por el suelo. Cuántos yogures en manos de niños malcriados no habrán terminado estallados en el suelo. Todo perfectamente admisible, menos esa fiera rara, sobria y delgada, que salta por encima del cristal con el objeto de robarle o algo peor, puede que crucificarla. Ahora se imagina a Dios, allí arriba, y reza, o dice que reza, porque las hogazas de pan no saben rezar nada más allá de lo que les inculcaron siendo muy pequeñas. Teme algo en mí que en nadie más ha sospechado. Teme que le quite el alma. Teme que la mate.
Es una creencia extraña esa que tenemos los humanos. La de que nos van a robar el alma cuando van a matarnos. Como si todavía nos quedara de eso, como si todavía la necesitáramos para justificarnos.
El aire patina a nuestro alrededor como los compases de un vals. De pronto, me veo vestido de blanco con un bastón en la mano y saltando por encima del mostrador de cristal, dejando en el quicio de la mesa un rastro de la suela de mis zapatos. Gravilla y arena, rompiendo un poco el borde. Lanzando un chasquido al silencio pétreo que nos domina. Ven, cariño. Veo que hay en tus ojos un poco de pánico y también un poco de esperanza, parece que en realidad temes que vaya a encastillarme sin tomar antes un poco de protector. Será eso, o que tal vez mis manos ya se han apoderado de tu garganta.
Oigo el bullicio de la calle. El gorgojo de su saliva luchando por salir al paso en el denso aire malagueño. La empujo contra la estantería para cortar la salida, pero todavía dejo que respire. Cuando empujas a alguien que tienes sujeto por la garganta, termina por ceder ante ti. Es lo que necesito, que ceda. Nace el miedo en sus ojos, después de eso seguramente podría robarle el alma. Algunas cajas de medicinas y suvenires de farmacia para gordos e insomnes caen por encima de nosotros como si fueran confeti. Veo un estadio lleno de gente aplaudiéndonos, un presentador vestido con un esmoquin de color azul intenso, con las solapas de la chaqueta llenas de lentejuelas. Con su amplia sonrisa, le dice al público que nos hemos llevado el bote. Parece que acabamos de ganar un premio. El premio a la pareja del año. Un enorme foco nos ilumina y una canción de Queen rompe los bafles. La gente que ocupa el estadio se levanta emocionada y nos aplaude. Sin embargo, no se quiebra. Ella todavía no llora, se mantiene roja, casi violácea, luchando por zafarse de mis garras, pero inaccesible. Me araña la cara con sus uñas rojas como la sangre. Eso hace que me enfade. Siento que me he excitado, mi pequeño pene se ha puesto enorme tras recibir un bofetón de la hogaza de pan. El confeti y el estadio desaparecen. Ante mí, veo a una prostituta que suplica porque no la mate. Miro mis pies, se han convertido en unos zapatos de color negro. Llevo traje, capa, bombín y noto una humedad y un frío inusual para la época. Ella está sucia. Me sonrío. Sé que me ha arañado por si la mato. Para que me encuentren, para que encuentren en sus uñas un poco de mis células. Están enfermas, mis células. Encontrarán eso, eso y la tristeza de tener que llegar a esto para sentir placer, para sencillamente no tener que sentir rabia.
Me escupe involuntariamente y eso me noquea. Me da mucho asco la saliva ajena. Siempre que veo a alguien escupir en la calle tengo que salir corriendo para no asestarle un puñetazo en la cara. La gente es sucia, maleducada, vil y huele mal. No saben que pueden ducharse, cuidarse y ser un poco amables con las personas que se cruzan en su camino. No entienden de humanidad, solo de apariencias.
Al sentir su saliva en mi cara, vuelvo a la realidad y la suelto. Se rodea el cuello con las manos intentando encontrar una vía de oxígeno. Bloqueo su única ruta de huida. Quiero verlo. Estoy tan empalmado que una gota pre seminal moja mi ropa interior. He notado como salía caliente desde dentro de mí y ahora ha hecho que la piel de mi glande se quede pegada al calzoncillo de algodón blanco. Antes de salir hoy a la calle me he lavado a conciencia. El hecho de que mis propios fluidos se peguen a la ropa interior hace que me avergüence. La miro a los ojos. Unos pequeños y comunes, que no me dicen nada. Solo piden auxilio. Yo quiero pensar que esta mujer no me gusta, pero el hecho de estar excitado contraviene cualquier razonamiento lógico sobre lo que allí está pasando. No me temas. Yo quiero quererte. A ti o a cualquiera otra. Me gustaría llegar a ser mayor y valiente. Realmente me gustaría llegar tal vez a conocer de esta manera si el amor o cualquiera de sus variantes existen.
Suena la campanilla de la puerta. Un poco de aire fresco entra en el turbio ambiente que nos rodea. Un señor de avanzada edad acompañado de quien debe de ser su hija. Entran en la farmacia ajenos a nosotros y rompen nuestro flechazo. Le guiño un ojo a la farmacéutica y le lanzo un beso, solo con el objeto de provocar en ella un poco más de terror y lo consigo, porque pierde el equilibrio en las rodillas y se agarra al mostrador como si fuera una tabla salvavidas. Al darse cuenta de que va a salvar la vida, rompe a llorar, ante la atónita mirada de los nuevos clientes.
Salgo corriendo del establecimiento como si hubiera robado algo, pero no me he llevado nada. Caigo en la cuenta de que me sigue doliendo la cabeza y avanzo hacia la playa. Puede que tras caer la noche pueda bañarme totalmente desnudo y el simple sonido de un mar que parece estar en calma consiga dormirme.
Hay algo que ruge por debajo de mis piernas que no es un león, ni en realidad se parece a ningún otro animal salvaje. Es el tiempo que se desliza suave, pornográfico, aterido, dándole paso a una realidad triste. Veo mis botas de cuero rasgado pegarse al asfalto, esta noche igual que otras, solo quiero salir corriendo en sentido contrario y encontrarte. En la jungla que me separa de ti, voy caminando por las calles que tantas veces he visitado y que nunca me han hablado de lo que es el amor. Aprieto fuerte las manos hasta que se vuelven blancas. Siento cómo las lágrimas, el humo y esta cosa viscosa y roja está pegada a mi piel. Miro al cielo. Amanece nublado y plomizo. Parece que en cualquier momento va a empezar a llover.
De todas las posibles formas con las que ella hubiera imaginado ganarse la vida, jamás habría barajado la opción de convertirse en mensajera. En el barrio le llamaban Mensaka. Estaba tan acostumbrada a oír su mote y volverse que, cuando llegaba a casa y su madre le decía: “Raquel”, nunca se volvía.
Su madre decía: “Raquel, cariño, trae de camino el pan” y Mensaka no se giraba. Luego procesaba la información e interiorizaba que su madre le estaba hablando, que podía oírla fuera del eco del casco que solía llevar puesto cuando se comunicaba con la gente y que solo le había pedido que no se olvidara de hacer lo que hacía todos los días. Comprar una barra de pan sin quitarse el casco en la panadería que hacía esquina. Tenían un chino justo debajo de su casa, pero no le gustaba comprarle el pan. Raquel, en general, no se sentía cómoda con la gente que no la entendía cuando llevaba el casco puesto.
Desde pequeña le habían encantado las motos, los motores, los camiones. No tanto como deporte, sino como forma de entender la vida. Era feliz cuando se montaba en su pequeña moto. Estaba destartalada, vieja, despertaba a medio barrio cada vez que la encendía y al frenar soltaba un pequeño chirrido, pero no conocía otra forma de moverse por la ciudad y era su medio de vida. Iba a visitar a cuatro o cinco amigos de su padre que tenían talleres de reparación en la periferia de la ciudad y ellos le mandaban recados. Generalmente, lo único que tenía que hacer era comprar esas piezas de tamaño medio que no tenían en el almacén y traerlas todo lo rápido que el tráfico se lo permitiera.
Después, le daban alguna propina, una lata de refresco y un bocadillo.
En algunas ocasiones, le regalaban herramientas o cosas útiles para su moto, como unas alforjas pequeñitas de cuero o una linterna. Raquel era feliz sabiendo que, mientras perdía un tiempo que debería estar empleando en estudiar, hacía felices a otros ejecutando algo con lo que se sentía plenamente libre. Conducir su moto.
Al anochecer, llegaba a casa. Veía a su madre preparando la cena para los tres y a su padre feliz. Gordo. Adusto. Concentrado en leer el Marca. Esperando pacientemente a que su madre pusiera la mesa. La miraba por encima de sus gafas, unas gafas que ya no valían para nada, puesto que sus carencias visuales no habían sido revisadas por un médico en años, y la sonreía. Siempre le preguntaba cómo había ido el día y siempre terminaban hablando de cómo este y aquel no habían podido con todo lo que tenían encima. Cuánto se puede tener encima en un barrio obrero en el que solo dependes de ti mismo y de lo honesto que seas para sobrevivir en un pequeño negocio, es algo difícil de explicar, puede tener que ver con el hecho de que seas capaz de ser feliz y de conformarte con las cosas. Así pasarán muchos días con sus noches y, con ellos, los años y al final podrás sentarte en la mesa de un cocina humilde, con tu mujer y tu hija, mientras serenamente lees el Marca o el As o cualquier otro periódico que no te hable de los de arriba y sonreirás. Sonreirás porque lo has conseguido, porque este era tu sueño.
Olerá a sopa de pollo en invierno y en verano a gazpacho. Olerá al cuero de unas pequeñas alforjas que tu hija se ha ganado honestamente. Olerá a la mirada crítica de tu mujer que no está muy convencida de que ella se pierda nada. Olerá a una adolescente equilibrada y feliz que no sabe nada acerca del dolor de la vida y para la que has traído, después de cuarenta años de pelea con el mundo y de esa barriga y de esos callos en las manos, esa estabilidad plausible en la que todos parecéis adormeceros.
En las grandes ciudades, el tráfico es el monstruo que consume la vida de los humanos. El tiempo vuela entre el humo de los coches y el ruido. Entras en un atasco sin darte cuenta, sin ser consciente de que allí vas a perder una o dos horas de tu vida metida en un coche sin hacer otra cosa que mover los pies automáticamente mientras el combustible, el tiempo, la sangre, el oxígeno, las ideas, los sueños y los rayos de sol se van perdiendo en las alcantarillas que desaguan las autopistas. Luego ves pasar una moto. Ves a ese jinete que va de negro de los pies a la cabeza, con su enorme casco y sus guantes y sus botas y sus quiebros y te gustaría, durante medio segundo, convertirte en él. Ir subida en un caballo de acero, sortear todas las dificultades de la vida. Ser como Mensaka.
Raquel nunca se planteó ser otra cosa. En parte porque su familia disponía de recursos limitados, en parte porque alguna divinidad en el pasado se había encargado personalmente de truncarle la vida, en parte porque, aunque hubiera sido de otra manera, le daba una pereza horrorosa tener que enfrentarse a una selectividad, hacer una carrera y meterse en esa bolsa de personas cualificadas que después pasaban la mayor parte de su vida frustrados, bien porque no encontraban un trabajo que cumpliera sus expectativas, bien porque habían elegido una profesión de la que su familia pudiera sentirse orgullosa, pero que no les hacía ni por asomo la mitad de felices de lo que era ella con su moto cruzando la ciudad a 60 kilómetros por hora.
Ella era plenamente consciente de lo infeliz que era la gente enlatada que se comía todos los días un atasco del tamaño de un campo de fútbol. Los veía metidos en sus coches, tocándose la frente, ajustándose el nudo de la corbata, acariciándose la entrepierna de forma automática. Buscando ese calorcito inesperado que sentimos los humanos cuando todavía estamos encamados al amanecer. Sentía sus miradas tristes clavándose con cierta envidia en su vieja SLX y, dentro de la pecera que la separaba del mundo, se sentía feliz de no estar entre ese millar o dos millares de personas que tenían un grandísimo vacío dentro que jamás sabrían cómo llenar. Porque puede que Raquel nunca consiguiese estar dentro de uno de esos coches que esa procesión de almas grises habían comprado a cambio de su tiempo, pero hay una cosa que tenía muy clara: dentro de su humilde forma de vida era raro el día en que sentía que hubiese perdido el tiempo. Luchaba contra la desolación y un futuro nada prometedor, contra la angustia y el miedo al futuro, contra la falta de apetito que le hacía parecer más andrógina de lo que en realidad le hubiera gustado y, a ratos, cuando nadie podía verla, contra la tristeza, un sentimiento que no estaba dispuesta a asumir.
Ella ya había pasado por el día más triste de su vida, el día que, teniendo tan solo quince años, su padre se mató en un accidente de tráfico, conduciendo uno de esos coches que algunas de esas almas vestidas de gris llevaban ahora mismo. Porque tenía prisa por abrir de nuevo el taller, porque estaba haciendo lo que ella hacía por otros padres de familia en ese momento, porque él tenía que traer sus propias piezas y cada minuto que su negocio tenía la puerta cerrada suponía que su familia igual ese día no tendría dinero para comprar una barra de pan, en la panadería de la esquina.
Ella se acordaba perfectamente de cuándo había sido la última vez que había visto a su padre, con sus manos negras por la grasa de los coches, su pancita de buda occidental, su buzo de color azul, sucio, lleno de polvo y grasa por más que su madre se empeñara en lavarlo. Fue la mañana en la que se estampó contra una furgoneta de reparto que tenía mucha más prisa que él por abandonar aquel atasco infernal. Salió del carril contrario a toda velocidad y se lo comió de frente.
Se acordaba muchas veces de su beso antes de marcharse, como siempre lleno de sudor. Plagado de ese olor característico a grasa industrial y a colonia de supermercado. Su última frase, su última caricia en el pelo, su mano dura y áspera en la cabeza de una niña de quince años que jugaba a ser la mensajera del barrio y que adoraba a su padre. Después, el repiqueteo del teléfono rompiendo la tranquilidad de un ama de casa sobre las once de la mañana y el desgarrador grito de su madre. La ira de una mujer que no era nadie en la escala de triunfos que quieren hacernos creer que es la vida, pero que en ese momento lo era todo para su marido y su hija.
Raquel no se enteró de nada hasta que alguien no vino a sacarla del instituto.
Con quince años, estás ese día, por casualidad, en el patio, hablando con tus amigas, especialmente con una que sabes que te gusta. Lo único de lo que tienes que preocuparte es de que al compartir tabaco de contrabando con ellas no te pille el profesor que está de guardia y de pronto ves movimiento. Cuatro profesores que hablan entre ellos y se llevan las manos a la cabeza y después os señalan y se acercan a vosotras. Tú, acojonada, ni te mueves. Mientras tanto, el resto de tus amigas huyen como ratas despavoridas. Todas, menos esa que te gusta, que te coge de la mano y tu cuerpo tiembla de felicidad. Te llevas la otra a la espalda para esconder la mercancía y, sin darte cuenta, aprietas tan fuerte el cigarro con el que estabais jugando que se hace una pelota de hierba seca y sudor. Hasta te llega el olor a tabaco húmedo y tienes la sobria sensación de que vas a ser pillada en falta y castigada de por vida. Es tal el tono de seriedad entre ellos que incluso llegas a temer un castigo ejemplar. Pálida, comienzas a temblar cuando ratificas que efectivamente vienen a por ti con gesto grave y la mente, esa mente tan sumamente dotada para los trabajos automáticos, te vuela a mil por hora inventando millones de excusas con las que justificarte. La miras, a esa chica que te gusta, y ves cómo traga saliva. Con su aspecto adolescente y despistado, está tremendamente atractiva y un escalofrío te recorre el cuerpo.
Cuando los tienes cerca, te rodean, tú aprietas más fuerte los puños. Dispuesta a no soltar prenda así te torturen, en parte porque no es más que un juego de chiquillas que quieren ser adultas, en parte porque no estás dispuesta a traicionar a nadie, en especial a la morena de ojos castaños por la que te dejarías meter bambú bajo las uñas.
Alguien posa sus manos en tus hombros. Estás desconcertada, donde debería haber ira tan solo hay compasión. La de religión llora entre hipidos mientras se aprieta un pañuelo contra la boca y te quedas sin respiración, al darte cuenta de que el motivo por el que te están rodeando para sacarte del patio no es lo que tú imaginabas. No sabes lo que pasa, pero comienzas a intuir que va a dolerte mucho cuando te separan de ella y ves su mirada de preocupación y te guían lentamente hacia la puerta. En los ojos de tus compañeros de patio, de travesuras, de intercambios, de chuletas en un instituto público de un barrio pobre, no ves otra cosa que la tristeza, la compasión y la pena y te dejas contagiar por ese destino fatal que está a punto de poseerte, porque aún sin saber todavía lo que pasa eres consciente plenamente de que algo demasiado doloroso, incluso para ti, está a punto de cambiar tu vida para siempre.
Tu padre ha muerto.
Te sujetan para que no te desmayes, pero resulta imposible no caerse al suelo cuando uno de los pilares de tu vida se ha roto para siempre.
Después de aquello, pasan unos cuantos meses de silencio en casa. Empieza a irte mal en el instituto. No mal como antes cuando apenas ibas a clase, sino tan mal que no tienes ganas de volver. El médico firma una crisis reactiva para ti y tu madre. Os manda unas pequeñas pastillas que deberéis tomar para dormir y dejar de llorar, pero tú no haces ni puto caso, quieres pasar el dolor despierta porque sientes la necesidad de abrir los ojos y ver que tu madre sí continúa viva.
Durante unas semanas, no quieres ver a nadie. Tan solo te dedicas a hacer puzles con las piezas de un mecano que cogiste de la basura. Primero un muro, después un pequeño coche sin motor, luego un helicóptero. Añade más piezas. Aquello no funciona. Madre sigue haciendo croquetas infumables. Al final construye un tanque y le pone una flor de plastilina en el cañón. Vaga por las calles como un fantasma. Su amiga va a verla. Tiene la mirada distinta. Le besa en la frente y siente que algo vuelve a estallar dentro de ella, pero se queda en nada cuando al minuto siguiente vuelve a estar vacía y triste. Sola. Construyendo un pequeño objeto de metal cada noche. Roba tornillos en la oscuridad del parque mientras intenta atacarle un yonqui con el que se pelea, a quien rompe la nariz tras una explosión de ira y, al fin, un día de verano, cuando ya el frío ha decidido marcharse durante unos meses, viene a casa un viejo amigo de su padre. Tras un intenso encuentro, en el que les ofrece ayuda económica, le propone volver a su pequeño trabajo de recadera, sin peligro. Solo tiene que ir con su moto, de nuevo, a por piezas que de vez en cuando le faltan y a cambio le dará un pequeño sueldo. Le pregunta a su madre si es lo correcto. No contesta nada, mira al mueble vacío, por su padre o, mejor dicho, por la ausencia de él. Ella lo sabe, aunque él no se lo dice. Mira la silla vacía, en la que él solía sentarse y acepta, porque ya ha comprendido que necesita volver a buscar esa serenidad plausible que él había traído a casa después de cuarenta años de pelea con el mundo.
Con dieciséis años, Raquel deja los estudios. Aprende a conducir entre el espantoso tráfico de Madrid, con la pericia de un rutero experimentado. Se deshace de su cuerpo de niña y en una lata de Coca-Cola empieza a meter el dinero que le sobra con un objetivo muy claro: comprarse una gran moto y volar para siempre de ese pequeño barrio en el que los recuerdos parecen gotas de una lluvia de plomo que agujerean los tejados de una edad demasiado temprana.
Raquel no tiene prisa. Si hay algo que le ha enseñado la vida es que los grandes libros que una quiere escribir casi siempre deberían empezar a escribirse en pequeños capítulos. Por eso, cuando después de cuatro años ha reunido el dinero suficiente, consigue que alguien le venda, sin estar segura de que podría conducirla, una gran y vieja moto con más de quince años, pero con un rugido y potencia que le gusta.
Cuando por fin la tiene entre sus manos, aparca la Vespino con la que hacía de recadera menor del reino y se compra el mejor casco que puede pagar. Amplía su pequeño negocio. Se marcha cuando amanece, vuelve al anochecer y siempre encuentra tiempo para conversar con su madre, comprar el pan, visitar a nuevos y viejos amigos. A fuerza de hablar con el casco puesto, terminan por apodarle Mensaka.
En sus viajes a través de una ciudad superpoblada y maldita, se afana en encontrar pequeñas piezas de mecano que están descatalogadas y con las que pretende encajar el gran puzle que constituye su vida. Pronto compra un dietario pequeñito de color rojo en el que pretende anotarlo todo, cada céntimo que necesitará para volar lejos de esa ciudad que la consume. Lo anota todo con la precisión de un reloj suizo. Ya ha comenzado la cuenta atrás. Solo tres mil euros para no volver. Mensaka no tiene prisa. Es muy buena en una cosa: trazar un plan y cumplirlo a rajatabla.
Al fin entro. Al principio del tiempo que he perdido todo es oscuridad, pero, en el techo, una bola de cristal nos proyecta luces de colores que vienen a hablarme de todas las cosas que dejé de disfrutar con el paso del tiempo. Miro mis zapatos, con sus enormes tacones son un dique que me separa de la penumbra de la vida. Es izarme sobre ellos y sentirme viva. Aún me tiemblan las piernas, por el miedo, por el cansancio, por los recuerdos que no paran de aparecerse en mi vida como fantasmas en una pesadilla. Me dejo llevar, por los fantasmas no, por la música, dentro de mí resuenan esos timbales. Conozco esta canción, casi tan bien como he llegado a conocerme a mí misma. Voy deslizándome por la pista con los ojos cerrados, sintiendo que los distintos tonos de la bola del techo y su armonía van penetrándome. Me apoyo ligeramente en la espalda de este, que me ofrece su piel desnuda como el cobijo en el que habrán descansado todas las bestias del universo. Ahora salta y vuelo por el aire, tocando por un momento el cielo y sintiendo que vuelvo a ser libre. Abro los ojos. Aterrada, lo encuentro.
El alcohol me pone triste. Es una de las cosas a las que no consigo acostumbrarme. El efecto que producen en mí las copas de más del día anterior es la evidencia inútil de que se me ha ido la mano.
Cada espectáculo, cada eventual y ordinario baile con tintes pornográficos es la precuela de la borrachera a la que indefectiblemente daré paso. Llego, hago lo que tengo que hacer, trazando un recuerdo inexacto de lo que hacía tan bien. Toco las cabezas de los amigotes que acompañan al novio y ya de paso gorroneo, noche sí y noche también, cualquier copa que cae en mis manos.
Esto será lo último que veréis de mí. Les digo. Mi cuerpo será lo último que veréis de mí, pero cada noche que actúo, cada noche que voy a una sala habilitada como camerino y me maquillo como una Drag Queen y me unto de crema con brillos dorados y me afeito todo el vello del cuerpo y así me muestro al público, cada noche que eso sucede, vuelvo a sentirme orgullosa de ser ese pedazo de carne sucia e impermeable que ha levantado tantas banderas de victoria. Tantos estandartes que hacía años parecían muertos.
No solo me gusta el sexo. Sé que todo el mundo que me ve bailar y moverme en el escenario y echarme agua helada por el pecho mientras me reclino hacia atrás piensa lo contrario. Sé que la mayoría piensan que quiero que me follen. Están equivocados. Veo lo que hace el sexo en las personas. Y sé lo que ha hecho el sexo en mi vida, por eso hoy hace casi seis meses que decidí que nunca más tendré nada. Ni compromisos, ni sexo, ni relaciones, ni celos, ni rutinas. He decidido que puedo vivir sin mezclarme, sin herirme y sin confundirme. Esta promesa no incluye masturbarse, puesto que es humano quererse y respetarse. Es humano desear sentirse querido y nadie mejor que una misma para comprenderse y satisfacerse. Nadie mejor que una misma para no herirse.
Ahora hace calor. Todavía hace calor. Parecía que iba a llegar el invierno, pero no. Afuera hay treinta grados. La gente acude con el verano en el cuerpo todavía a verme. Se me está haciendo pesado que el verano sea tan largo, que el otoño tan corto y que la gente se siga casando. Todavía hay gente que sigue prometiéndose amor eterno a la luz de la luna sin darse cuenta de que en diez o quince años como mucho estarán tan cansados de mirarse el uno al otro que desearán que acabe el verano y no volver a follar en su vida. El sexo te mete en problemas, te lo digo yo.
Han pasado los años. Hace un tiempo solía reunirme en torno a un banco del parque con mis amigas. Bebíamos, fumábamos y bailábamos. Todas las noches montábamos una juerga diferente, con quince años era la reina de la pista. Con quince años, lo único que me preocupaba era el modelo que iba a ponerme el fin de semana, la música que iba a interiorizar a fuerza de pincharla una y otra vez, los pasos, los músculos, las torsiones con las que iba a exhibir mi cuerpo, mi mente y mi filosofía de vida ante los demás. No me preocupaban una mierda los libros, ni el instituto, ni mis padres, ni los tarados de los profes. En realidad, lo único que me preocupaba era llegar sana, salva y exuberante al fin de semana.
Me preocupaba poder maquillarme, afeitarme y lucir brillos dorados. Me preocupaba no ser capaz de arquear mi espalda en el ángulo adecuado. Me preocupaba llegar a los diecisiete y seguir siendo virgen. Yo quería ser guapa. Quería sentirme guapa y quería que la gente me quisiera por ser yo misma. Todo ello sin dar nada a cambio, obviamente.
Mi vida se convirtió en un fin de semana constante. Hubo grupos, personas, novios, amigos y amigas que fueron desfilando por mi vida y compartiendo, minuto a minuto, la que siempre fue la mayor de mis aficiones. Al final, a fuerza de darnos golpes en el parqué de la pista de baile, la mayoría me abandonaron.
Dicen que hay que tener tiempo para cambiar las cosas. Yo siempre he creído que hay que tener cosas para cambiar el tiempo, ya que si te dedicas por entero a tu sueño existe una probabilidad muy alta de que puedas llegar a alcanzarlo. También existe una probabilidad de que no y termines como yo, robando culines de cubatas a los solterones de turno que pagan los servicios de una villana travestida de streaper que ha decidido ganarse la vida de la mejor forma posible.
Una súper villana que no quiere tener sexo. Así de dura es la vida.
Sí, yo con mis tacones de aguja y mi cuero negro. Con los pantalones cortos que me tapan escasamente los glúteos. Con esta deforme sensación de pérdida de la juventud constante, que se retrae ante las erectas verdades que cada día intentan plantarme porque sí.
Noto sus penes erectos saludándome, pero yo, que ya no creo en casi nada, los ignoro. En parte porque me duele sentirme penetrada, en parte porque me he hecho la promesa y voy a cumplirla de no regalar nunca más mi cuerpo.
Una streaper que no folla. Así de rara es la vida.
Una streaper que ya tampoco baila, como no podía ser de otra manera.
A mí nadie me toca el culo. Yo hago arte. No soy una puta. No le consiento a ningún espectador que me ponga la mano encima, aunque el objetivo de mi actuación sea que deseen tocarme más que continuar respirando. Bajo ningún concepto permito que me soben y me agiten. Me desmenucen y me chupen. Me laman y se rocen. No. Esto no funciona así. Ellos tienen que necesitarlo y yo tengo que prohibirlo.
Cada vez que lo pienso, cada vez que recuerdo como empezó todo, me desarmo. Ahora pienso en cuando quería bailar y recorrer el mundo, hacer la maleta y darme el viaje de mi vida, pero pronto, muy temprano, descubrí que las cosas no suceden como una quiere y que para todo en esta vida, incluso para dejar de sufrir, hay que tener dinero. Ríete, sí, pero yo sé que con el suficiente dinero en el bolsillo las cosas hubieran sido muy distintas a como realmente fueron.
Uno de los sueños de mi juventud, cuando solíamos quedar en el parque y montar aquellas juergas metafísicas hasta altas horas de la madrugada, era viajar a Las Vegas. Queríamos cruzar el desierto en un descapotable rojo, parar cada cien kilómetros para beber cerveza en las retro gasolineras del camino y ver las serpientes de cascabel horadar la tierra seca que nos rodeaba. Nos habíamos leído En el camino de Kerouac y pensábamos mucho en viajar. Bueno, respecto a esto, tengo que confesar que soy más de escuchar cómo me leen que de leer.
Tuve un novia, era la que me leía. Ahora está de moda, pero, hace diez años, si eras chica y tenías novia, tenías que estar muy fuerte, tenías que tener la cabeza en tu sitio. Juro por Dios y con el corazón en la mano que nadie me ha dado tanto placer como ella. Conocía mi cuerpo como si fuera el suyo. Nadie me quiso más, ni con más lealtad, ni con más pasión, ni con más transparencia de la que ella fue capaz de darme. Nos gustaba estar juntas y compartirlo todo, el baile, el sexo, los libros. Los sueños y las miserias. Los pedazos de aliento que se escapaban en las madrugadas que compartíamos juntas. Éramos felices porque nos complementábamos y porque teníamos algo en común. Teníamos un sueño, las dos queríamos marcharnos lejos a un solitario país en el que pudiéramos conducir por una carretera infinita que cruzara un desierto lleno de serpientes de cascabel. Ella quería conducir por esa inmensa carretera y yo quería bailar por el camino. Pensaba en hacer el amor con ella en mitad del desierto, con el peligro y la soledad pisándonos los talones mientras sobrevivíamos a una existencia mezquina que no estaba hecha para nosotras. Cuando volvía de las clases a casa, con aquellos enormes cascos con los que me fundía los tímpanos, pensaba sobre todo en irme de allí, en pegar un salto enorme con mis enormes zapatos de plataforma y cruzar el océano. Cogerla de la mano, del brazo, de los labios. Soñaba con construir una balsa, a fuerza de torsiones, giros, saltos y pasos de baile. Hundirla para siempre en mi pecho, en mis ojos, en mis manos. Soñaba con pegar los recortes de mis ilusiones con el sudor de las horas que había pasado imaginando que llegaría hasta esa barra de metal en la que podría caer dejando a todo el mundo con la boca abierta. Al fondo estaba ella, siempre estaba ella, poniendo la música, ejecutando mentalmente los pasos que había dado miles de veces antes de conocer siquiera el primer escenario.
Detrás de los sueños vienen los planes. Esto es algo que sabe todo el mundo. No hay que ser un genio para darse cuenta de ello. Primero sueñas, luego ejecutas, pero, entonces, sucedió algo. Se nos rompió la ilusión, el mito, la esperanza o el sueño. En algún momento del tiempo, a fuerza de recordar que íbamos a hacerlo, algo hizo clic entre nosotras y empezamos a ver todo en lo que habíamos fundamentado nuestra relación como algo absurdo, infantil y ridículo y, como nuestra única conexión era ya el sexo, nos dedicamos a agotarlo. Nos dedicamos a disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias, obviando todo lo demás: la ilusión, el afecto, la complicidad, los sueños, que a ella le gustara leerme y a mí me volviera loca escucharla. Pronto desapareció de nuestra cabeza la idea de hacer el amor en medio del desierto y también lo hizo la esperanza de seguir viajando, aunque fuera imaginariamente, a todos esos lugares que nos estaban esperando para vernos triunfar.
Se volvió huraña.
Me volví mezquina.
Y al cabo de unos meses decidí que estar enamorada de otra mujer que no fuera yo era demasiado complicado y quise elegir a otra persona que me leyera. Seguí con mi mirada a ese chico tan raro que iba siempre a leer al parque. Tracé un plan y conseguí que al final se fijara en mi existencia y después conseguí que me leyera y que quisiera follarme a todas horas, pero no me di cuenta de que dentro encerraba un animal mucho más peligroso y salvaje que la simple rotura de un sueño. Lo que había dentro de él no podía comprenderlo, ni mucho menos dominarlo y antes de que terminara enamorándome perdidamente de su visceralidad, de su inquietante y brillante pensamiento, decidí marcharme muy lejos. A un lugar donde pudiera bailar, obviamente en la soledad de una ciudad en la que ya no buscaría quien quisiera leerme.
Cuando alcancé la mayoría de edad, hice la maleta con cuatro cosas. En medio de la noche, dejé una nota a mis padres. Tomé un avión hacia el Mediterráneo y no volví a dar señales de vida hasta pasadas unas semanas. Se fraguó un gran drama cuando mi familia descubrió que me había marchado. No he comprendido hasta hace poco tiempo la dimensión del daño que les había causado, pero en aquel momento yo era joven, sentía que estaba por encima de todas las cosas y quería ser libre, tanto como me lo permitiese la vida.
Mi único límite era físico. Llegaba hasta donde me sentía cansada, después paraba, tomaba aire y volvía a comenzar. Mi vida se convirtió en una huida hacia delante, siempre en busca de ilusiones que no sé todavía si conseguí satisfacer. Quebranté muchas de la normas que la sociedad tenía para mí, hice daño a casi toda la gente que me quería. Pasé por encima de los demás y eso es algo que creo que nunca podré perdonarme.
Amaneció. Al llegar a la costa, no paré de buscarme la vida y de seguir haciéndome ilusiones. Iba a clases de baile, trabajaba de camarera los fines de semana en un pub, en el que después de las dos de la mañana me dejaban abandonar la barra y subirme a la tarima. Aquello no era exactamente lo que yo había soñado para mí, pero me permitía ganarme la vida y seguir haciendo lo que más me gustaba. Por supuesto, jamás me planteé que aquello no era una profesión, que no me daría para mantenerme, sino todo lo contrario. Tuve que renunciar a muchas comodidades para reunir una cantidad de dinero tal que me permitiese cumplir con mis sueños. Solo pensaba en convertirme en una estrella del pool dance. Seguí soñando con ir a Las Vegas y, tras mucho esfuerzo y sacrificio, al final conseguí el dinero suficiente para pagarme ese ansiado viaje.
Sin embargo, el destino a veces tiene sorpresas para ti y Estados Unidos no es el país que yo había imaginado. Pensé que el mundo se rendiría a mis pies, igual que lo habían hecho todas las personas que se habían enamorado de mí y de mi forma de bailar, pero la realidad que me recibió allí fue diametralmente opuesta a todo cuanto yo había imaginado. Para empezar, no tenía ni la más mínima idea de inglés. No digo ya a un nivel en el que pudiera entender lo que la gente a mi alrededor me decía, sino a un nivel en el que pudiera leer las simples instrucciones del chaleco salvavidas del avión. Había planteado mi estancia de forma que pudiera subsistir durante mi primer mes allí casi sin comer, solamente pagando el alojamiento, porque tenía la esperanza de que en algún pub nocturno alguien me daría un trabajo, pero, al no entender el idioma en absoluto, me vi pidiendo por la calle.
Al principio me importaba mucho. Era denigrante salir a la calle y extender la mano esperando que alguien quisiera darme unos centavos. Pensé que en cualquier momento iba a cruzarme con alguien que me conociera y que le contase a uno o a otra que, en realidad, la vida no me iba tan bien como yo había contado. Más tarde encontré una forma más creativa de ganarme la vida. Compré unas tizas, dibujé en el suelo un parqué de baile. Me hice con unos altavoces para enchufar mi reproductor y me dediqué durante horas a deslizarme por aquel suelo, que era incómodo, duro, frío y extremadamente hostil. Con el tiempo, conseguí que la gente se parase en la calle a verme, a pesar de que yo era incapaz de comunicarme con ellos y ellos eran incapaces de entenderme. Habíamos encontrado un lenguaje común con el que comunicarnos que se basaba en que yo bailaba mientras ellos me aplaudían. Pronto se corrió la voz y vino otra gente que quiso bailar conmigo.
Al fin tuve la oportunidad de aprender, a un nivel hispano, su idioma y de vivir en un lugar que era diametralmente opuesto al albergue con baño compartido que yo había reservado para mí.
Nuevamente, volvieron los sueños. Conseguí entrar en una academia en la que aprendí todo lo que quise. Obtuve un trabajo y, claro, como no podía ser de otra manera y sintiéndome tan libre como me sentía, volví a abrir mi corazón y mi cuerpo a otra persona que no tenía nada que ver con todo lo que yo había conocido en España. Me enamoré perdidamente, sin darme cuenta de lo que eso supondría para mí en el futuro.
Tuve suerte en la vida. Ese no es problema. Me hacen gracia las personas que se pasan la vida evaluando y analizando el pasado de los otros con el objeto de darle alguna salida digna a los crueles actos inhumanos que puedan cometer. Siento tener que llevarles la contraria, especialistas de la educación y la salud pública. Yo fui educado en una familia estructurada y rica que parecía quererme y que me dio, mientras pudo, todo lo que quise, necesité o anhelé. No tuve hermanos. No tuve disputas por los juguetes, todo, cualquier cosa, me era entregada sin la más mínima resistencia. Cuando cumplí los dieciséis años me di cuenta de que no era una persona normal. No, no lo era. Allí donde los demás decían que nacía el amor, a mí solo me crecía barba. Barba y semen. Incapaz de controlar mis impulsos más primarios, me dediqué a robarles a mis mejores amigas la virginidad por el puro placer de conseguirlo. Algunas veces mediante el juego, otras mediante el engaño, la mayoría mediante argucias y triquiñuelas. No me quedó tiempo para ser honesto, entendiendo la honestidad como un acto de valentía en el que los hombres, que dicen amar a las mujeres, realmente las aman y no quieren otra cosa de ellas que pueda ser, por ejemplo, follárselas. De hecho, en comparación con lo que hice, puede que el acto más honesto que esté cometiendo sea este, andar hacia la playa, confesando mis crímenes con la esperanza de que Dios o lo que sea que esté ahí arriba me perdone o me extermine. Ahora que sé que lo mío no tiene remedio, creo que lo mejor, aunque sea por puro interés, es pedir perdón a quién corresponda y esperar, con la vana fe del que se sabe culpable, que una deidad cualquiera, a la que tampoco le importé demasiado, me tienda la mano o me extermine. Alguien debe apiadarse de mí, es un hecho demostrado que no me arrepiento porque no quiera, sino porque no puedo. No sé gestionar mis emociones, eso es así.
Es difícil de entender, pero creo que al final de estas palabras, confesiones o lo que sea, vosotros seréis capaces de estar en mi mente y yo habré sido capaz de estar en la vuestra. Olvidaos de todo cuánto habéis vivido, pues lo fundamental permanece inalterable, cuando uno no desea ver la realidad. Que si queremos ayuda. Que si la pedimos. Que si la necesitamos ¿Para qué necesitamos ayuda en un mundo en el que no podemos saborear la realidad? ¿Para qué ser más consciente de que lo que te rodea te está vetado de nacimiento? Nosotros, y cualquiera que haya perdido la capacidad de amar, lo que queremos es morirnos o, en el mejor de los casos, matarnos, o que alguien nos mate.
Es sencillo.
Imagínate que un día por la mañana te levantas y al sentarte a desayunar descubres que no distingues los sabores. Al principio, la gente que te rodea y que te quiere intentará encontrar una explicación que todos podáis entender. Después pasará el tiempo y tomaréis conciencia de que tus papilas ya no son lo que eran o, sencillamente, es que nunca ha existido la capacidad de degustar allí. Desesperados, buscaréis ayuda, con todos los recursos que tengáis. Iréis a uno y otro médico. Tú querrás ser un chico normal que disfruta con las hamburguesas, helados y el sabor salino de las chicas de su edad. Tus padres querrán que disfrutes comiendo como el resto de las personas, pero pasarán los días y los meses y, tras muchos especialistas, todos os daréis cuenta de que donde debería haber un mundo de explosiones no hay otra cosa, sino un enorme vacío. Eso dolerá, pero no será nada en comparación con lo que os deparará el futuro. Pronto os sentaréis todos en la misma mesa y, fracaso tras fracaso, dejaréis de miraros como personas que antes se degustaban las unas a las otras y comprenderéis cuánto de mentira había en vuestra cotidianidad.
Toda la vida fingiendo que podías ser un gran chef y, al despertar, ¡oh, qué gran putada! descubrir que no puedes distinguir lo dulce de lo salado.
Ni lo amargo de lo picante.
Ni el odio del amor.
Afligido, buscarás nuevas sensaciones que te lleven al extremo y en ellas no encontrarás nada más allá que un atajo de calorías insustanciales. Un postre, otro, otro y otro y al final la nada. El vacío, la inocuidad y la vida desfilarán ante tus ojos burlándose de ti, dejando ver cómo los demás lloran y ríen y disfrutan del sexo y son felices y, mientras, tú te quedas esperando a que en el último plato te sirvan algo que merezca la pena.
Un día mirarás unos ojos de color castaño que te parezcan hermosos y después de cinco minutos caerás en la cuenta de que jamás podrás hacer que sonrían y te sentirás triste, porque para ti la tristeza es el sentimiento comodín. Lo más parecido al amor y lo más parecido al odio. Lo más parecido a volver a casa.
Me toco la barba. He tenido que dejarme barba porque me han reconocido circulando por la zona. Varón de unos veinticinco años. Ojos y pelo moreno. Sin barba, delgado y fibroso, de aspecto aseado pero informal, de mirada fría, enfermiza, impenetrable y huidiza. Español. No sonríe. Nunca sonríe. Será porque la vida jamás le ha hecho ni puta gracia. Es él, sin duda alguna, es él.
Avanzo con pasos gigantes de gacela tuerta dispuesto a perderme entre la multitud de una ciudad que no es ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Ni demasiado bonita ni demasiado fea. Entre el gentío estival, busco el anonimato, el calor, pasar desapercibido por lo que acaba de suceder. Busco la inflexión de mi pene, pero todavía, pese a mis anchos vaqueros, me delata. O eso es lo que yo creo, tal vez sea solo mi imaginación y es lo que pienso, pero no es cierto. Paso la mano por encima de la cremallera mientras camino, haciendo el amago de rascarme, como intentando disimular que aquello está a punto de explotar entre la gente, como intentando dejar de ser el pervertido que soy. Tengo la intención de saber si todavía está pidiendo guerra y lo consigo. No se baja. Cuando la palanca se acciona tarda un par de horas en volver a su sitio. La sangre fluye en el cauce de río caudaloso. No hablo de la palanca física, sino de la mental, la que se dispara cuando se me cruza el cable rojo con el azul. A veces, me pregunto si no sería más sencillo masturbarme y terminar con esto y dejar de sentir esta especie de vergüenza o de culpa, o de desesperación o lo que sea que no me deja ser una persona normal y corriente como los demás. Hay veces en que lo deseo. Ser una persona como los demás. Perder mi sensibilidad y mi tristeza y mis fantasmas. Convertirme en alguien absolutamente átono. Serlo o culminar estos intentos de asesinato, violación o suicidio que siempre se quedan en casi nada. En hogazas de pan venidas a menos que lloran en mostradores ante la mirada difusa de quien acaba de entrar por la puerta y no entiende nada. Estoy convencido de que no he sido capaz de llegar hasta el final porque algo hay dentro de mí que puede ser rescatable. Solo necesito una oportunidad.
Una oportunidad en la que no se me vuelva a permitir intentar asfixiar a nadie.
En la que dejen de darme pastillas.
En la que pueda volver a enamorarme.
Y tener sexo.
Un sexo que sea parecido al amor.
O al llanto.
O a la asfixia.
Durante algún tiempo, lo intenté. Mantener ciertas prácticas sexuales de riesgo en las que se forzara la intensidad del orgasmo mediante la asfixia. No encontré chicas que quisieran practicarlo conmigo. Después me di cuenta de que, en realidad, solo buscaba el amor dentro del amor y eso no me lo podía dar la asfixia.
Siempre lo he tenido bastante difícil para ligar, pero, una vez que lo conseguía, se volvían locas por mí. Bastaba el hecho de que ninguna me importara lo más mínimo para que al final de un par de encuentros de sexo salvaje terminaran pensando que era el amor de su vida. La gente suele confundir la ansiedad sexual con el deseo. Donde ellas esperaban amor, yo solo quería eyacular, pero hay chicas que eso no lo entienden y, cuanto más duro realizas alguna práctica sexual, más se meten en el juego de la perversión y, sobre todo, en el juego del poder. Recuerdo la primera vez que practiqué sexo anal. Para una persona como yo para la que el blanco representa blanco y el negro representa negro, cuando alguien dice no, obviamente quiere decir no. Luego en la mente de un ser megasocial, como vosotros todos los que me rodáis, pueden surgir ciertas actitudes, impulsos o palancas que siembren la duda sobre las cosas que los demás exteriorizan o piensan, pero, en principio, la estabilidad de los ricos de alma para con el sistema se basa en el hecho de que cuando alguien dice que su plato está salado es porque verdaderamente lo está. Nosotros no podemos degustar, por eso confiamos ciegamente en los sentimientos del otro. Uno no se llega a imaginar ni en la peor de sus pesadillas que, cuando una chica te dice no mientras intentas penetrarla analmente, en realidad está diciendo sí. Por eso jugaba a deshacer el amor con aquella chica que había salido de alguna callejuela de mi parque. Una chica a la que yo, por lo visto, le gustaba tanto como para hacerlo conmigo sin perder la “virginidad”.
Desde el momento en el que nos vimos estaba claro. Íbamos a tener un poco de sexo, confiando en que al final lo que hiciéramos no se convirtiera en sexo de verdad.
Ha amanecido. Si hay algo que no soporto de la vida es que amanezca sin pedir permiso. Tengo que levantarme; si quiero cobrar y mantener este indigno y nuevo trabajo, tengo que levantarme. Yo no quería tener un horario esclavo, ese sueldo mísero, esta vida de mierda con la que se supone debería estar feliz y contenta, pero no me ha quedado más remedio. Hay facturas que pasan todas las semanas bajo la puerta. Mientras oigo cómo mi vecina grita a sus hijos, hay facturas que se cuelan en nuestros buzones. Este es el auténtico drama de la vida. Eso, aparcar mi moto. Coger el metro. Todo uno. Tengo que afrontar esta reconfortante semana en la vida de una teleoperadora venida a menos si quiero mantener este pisucho en el que me encuentro. No digo en el que me hallo, sino en el que me encuentro, porque no es lo mismo encontrarse que hallarse. Ojalá me hubiera hallado, el verbo hallar siempre me ha parecido digno de un pirata. Una debería hallar tesoros, miles de tesoros ajenos en las esquinas que nos hablaran de la vergüenza ajena, que nos hablaran de la humedad persistente de un otoño seco, que nos trajeran los recuerdos ebrios de una edad más temprana que nos hizo como somos ahora. La madre de la mierda.
Me duele el corazón, cada vez que lo recuerdo, me duele el corazón. Leí en alguna parte que no es indicio de infarto, sino todo lo contrario, es señal de que todavía me late. Pregúntale a cualquier camarero. Te lo dirá, porque son psicólogos de barra y saben de lo que hablan, que lo mío es ansiedad. Así, pura y dura. Tócate los pies. Ansiedad. Que cuando me falta el aliento es porque algo me está produciendo angustia. ¿Hola? ¿Os presento mi vida? Un conjunto de ironías en el que la protagonista principal ha perdido el norte. La historia de una persona que está desarraigada y que consume libros de color rojo como si fueran caramelos. Era eso o drogarme. Cómo no voy a sentir ansiedad, decidme, cómo no voy a sentirme ansiosa si cada vez que intento rehacer lo poco que queda de mí me encuentro con eso que está ahí afuera y que da tanto miedo. Esas cosas que pululan por la calle y que nadie detiene. Por qué no hay un cuerpo de seguridad del estado que se dedique, por favor, a hacer controles sobre las personas que puedan tener serios problemas mentales. Es en serio, esta sociedad necesita una cura psicológica masiva. Hay demasiada ira en las personas. Casi siete mil millones de personas en el mundo, ¿me oís? Y la mayoría de estas personas están iracundas y ¿sabéis qué es lo que hay detrás de la ira? Una tristeza inmensa.
Un mar de lágrimas que siempre está a punto de reventar.
Doy fe, estoy pagando un alto precio cada vez que descuelgo el teléfono y atiendo a otro cliente furioso que me pide la baja. Ahora es mejor no pensar en ello, es mejor, sencillamente, dejarse llevar por esta marea gris de nubes que inunda el cielo.
