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Este primer volumen pretende articular la ciencia del hombre con la ciencia de la naturaleza. Se propone aquí una concepción compleja de la relación orden/desorden/organización, y a partir de una integración crítica de la teoría de los sistemas y de la cibernética, una teoría de la organización. Podemos ver ya que nuestra "desviación" con respecto a la naturaleza se ve animada por la naturaleza de la Naturaleza. Pero el problema del conocimiento de la naturaleza no se puede disociar del de la naturaleza del conocimiento. Es tan necesario estudiar todo conocimiento físico en su enraizamiento ántropo-social, como estudiar toda realidad social en su enraizamiento físico.
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Seitenzahl: 817
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Edgar Morin
El Método
1
La naturaleza de la Naturaleza
Traducción de Ana Sánchez en colaboracióncon Dora Sánchez García
INTRODUCCIÓN GENERAL
EL ESPÍRITU DEL VALLE
El evadido del paradigma
La escuela del Duelo
El imposible imposible
El a-método
El recurso científico
Del círculo vicioso al ciclo virtuoso
La en-ciclo-pedia
Reaprender a aprender
«Caminante no hay camino»
La inspiración espiral
El espíritu del valle
TOMO ILA NATURALEZA DE LA NATURALEZA
ADVERTENCIA AL TOMO I
PARTE PRIMERAEL ORDEN, EL DESORDEN Y LA ORGANIZACIÓN
CAPÍTULO I. EL ORDEN Y EL DESORDEN (DE LAS LEYES DE LA NATURALEZA A LA NATURALEZA DE LAS LEYES)
1. La invasión de los desórdenes
El Orden-Rey
De la degradación de la energía a la degradación del orden: El surgimiento de la desorganización
El desarreglo microfísico
El desorden genésico
¿Un desorden organizador?
2. De la Génesis al Tetrálogo
El problema de origen
La desintegración organizadora
El juego de las interacciones
El bucle tetralógico
3. El nuevo mundo: Caos, cosmos, physis
La vuelta del caos
Soles y átomos
Caos, physis, cosmos
El nuevo mundo incierto
Los dos universos divergentes
Un mundo distinto: La adquisición irreversible y la incertidumbre
4. La articulación del segundo principio de la termodinámica y de las ideas de entropía en el principio de la complejidad física
El primer principio cosmológico y el segundo principio termodinámico
El segundo principio de una organización sin principio: La integración en una physis generalizada
El haz y el envés
5. El diálogo del orden y el desorden
La pareja imposible
El orden del desorden
El desorden del orden
La coproducción del orden y del desorden
Lo improbable y lo probable
6. Hacia la galaxia Complejidad
Una génesis teórica
Universo naciente
El tiempo complejo
La naturaleza compleja de la naturaleza
7. El observador del mundo y el mundo del observador
La pérdida de certidumbre
La pérdida de Sirio
El Rorschach celeste
El calor contagioso
CAPÍTULO II. LA ORGANIZACIÓN (DEL OBJETO AL SISTEMA)
El enigma de la organización
1. Del objeto al sistema; de la interacción a la organización
Del objeto al sistema
De la interacción a la organización
2. La unidad compleja organizada. El Todo y las partes. Las emergencias y los constreñimientos
Unitas multiplex
Las emergencias
Los constreñimientos: El todo es menos que la suma de las partes
La formación del todo y la transformación de las partes
3. La organización de la diferencia. Complementariedades y antagonismos
La diferencia y la diversidad
Doble identidad y complementariedad
El antagonismo organizacional
4. El concepto de sistema
Más allá del «holismo» y del reduccionismo: El circuito relacional
El todo no es todo
La organización de la organización
El dasein físico: La relación en el tiempo
Más allá del formalismo y del realismo: De la physis al entendimiento, del entendimiento a la physis: El sujeto/sistema y el objeto/sistema
5. La complejidad de base
La complejidad de la unidad compleja
Unitas multiplex: El macro-concepto
La complejidad de base
La complejidad como guía; utilidad e insuficiencia cada vez mayores de la teoría del sistema
PARTE SEGUNDAORGANIZACIÓN (LA ORGANIZACIÓN ACTIVA)
CAPÍTULO I. LOS SERES-MÁQUINA
En el principio era la acción
1. Organización, producción, praxis: La noción de ser-máquina
Un ser físico organizador
Praxis, transformación, producción
2. Las familias Máquinas
La arque-máquina: El Sol
Protomáquinas y motores salvajes
Las polimáquinas vivas
La megamáquina social
Las máquinas artificiales
3. El concepto genérico de máquina
Un concepto físico y un modelo genérico
La inversión copernicana
La genealogía de las máquinas
La gran familia mecano
El pueblo de las máquinas
El concepto policéntrico
Aislar y reunir. Máquinas y máquinas de máquinas (polimáquinas). El problema del conceptuador
Los fondos de las máquinas: La producción-de-sí (poiesis y generatividad)
CAPÍTULO II. LA PRODUCCIÓN-DE-SÍ (EL BUCLE Y LA APERTURA)
1. El bucle: De la forma genésica a la forma generadora. Organización recursiva y reorganización permanente
El bucle: De la retroacción a la recursión
Morfostasis y reorganización permanente
2. La apertura
De la apertura termodinámica a la apertura organizacional, de la apertura organizacional a la apertura existencial
La relación ecológica
La apertura de la apertura
3. El sí: El ser y la existencia autónomos (el en sí)
El bucle une apertura y cerramiento
El ser existencial
4. El tiempo abierto y recerrado
5. El desorden activo: La desorganización permanente
Desórdenes y antagonismos en acción
La integración de la desintegración: Los dobles juegos de las retroacciones negativas y positivas
Homeostasis y despliegues
Hacia las complejidades retroactivas antropo-sociales
Los dobles juegos de lo positivo y de lo negativo
La retroacción positiva: Pulsión de muerte, pulsión genésica
6. La forma genésica y generativa
Génesis y generatividad
La gran rueda
Matrices
La maquinalidad degradada y generadora de energías
7. El entre-paréntesis
8. Conclusión: La máquina de un ser y el ser de una máquina
CAPÍTULO III. DE LA CIBERNÉTICA A LA ORGANIZACIÓN COMUNICACIONAL (COBERNÉTICA)
1. Mandato y comunicación
La comunicación
El nudo gordiano
2. La noción de aparato. Sojuzgamiento y emancipación
El sojuzgamiento artificial
La vida de los aparatos
El sojuzgamiento de la naturaleza y la «producción del hombre por el hombre»
El estado-aparato y la megamáquina social: El juego de los sojuzgamientos y las emancipaciones
3. Apología y condena de la cibernética
4. Para una ciencia de la organización comunicacional: La co-cibernética o cobernética
CAPÍTULO IV. LA EMERGENCIA DE LA CAUSALIDAD COMPLEJA
1. De la endo-causalidad a la causalidad generativa
La disyunción entre la causa externa y el efecto
2. Finalidad y generatividad
El retorno de la finalidad (de la teleología del relojero a la teleonomía del reloj)
La causalidad finalitaria
La incertidumbre de abajo: La finalidad como emergencia
La incertidumbre de arriba: Los inciertos fines del vivir
Incertidumbres en el circuito: La relatividad de los medios y de los fines
La finalidad incierta
3. La endo-exo-causalidad
CAPÍTULO V. PRIMER BUCLE EPISTEMOLÓGICO
1. Articulaciones y comunicaciones
La doble articulación
Circulación clandestina y circulación reflexiva
Las dos entradas. El doble sistema de referencia
La necesidad de un bucle teórico
2. La physis regenerada
3. La vida: poli-super-meta-máquina
4. La articulación antropo-sociológica
La articulación psico-física: Inteligencia de una máquina
La física social
«Somos máquinas»
5. La rueda: Círculo vicioso y bucle productivo
PARTE TERCERALA ORGANIZACIÓN REGENERADA Y GENERATIVA
CAPÍTULO I. LA ORGANIZACIÓN NEGUENTRÓPICA
Introducción
Entropía/neguentropía: La misma, la inversa, la otra
Lo improbable probable
La complejidad dialógica neguentropía/entropía
La presencia: Organización → neguentropía → información
CAPÍTULO II. LA FÍSICA DE LA INFORMACIÓN
1. La información shannoniana
La entrada en el mundo
La entrada en la máquina
La entrada en la physis
La entrada en la vida
La entrada en el cerebro
La presentación en sociedad
El imperio informacional
2. Por una más amplia información
Las insuficiencias del bit
La carencia generativa
La carencia teórica
3. Genealogía y creatividad de la información
La génesis de la generatividad: El nacimiento de la información
De la no-información a la información
Arqueología de la información: Re-generación e información generativa
4. La información circulante
5. El despliegue antropo-social informacional
La esfera noológica
6. La pequeña y la gran relacionalidad
7. La pequeña y la gran relatividad
La pequeña relatividad: Información/Redundancia/Ruido
La relatividad generalizada y el bucle del conocimiento físico
Conclusión: Información e Información
CONCLUSIÓN. DE LA COMPLEJIDAD DE LA NATURALEZA, A LA NATURALEZA DE LA COMPLEJIDAD
1. La naturaleza de la Naturaleza
Del universo encantado al universo atomizado
La physis regenerada
La physis generalizada
La naturaleza física del hombre
La physis abierta
La inversión
Primera espiral
2. La complejidad de la complejidad
La reorganización conceptual
La vía
Del anti-método hacia el método
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
Me alegraría mucho que aquellos que quieran hacerme objeciones no se apresuraran, e intentaran comprender todo lo que he escrito antes de juzgar una parte: ya que el todo se mantiene y el fin sirve para probar el comienzo (DESCARTES, Carta a Mersenne).
Siendo todas las causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas, y siendo que todas se mantienen entre sí por un vínculo natural e insensible que une a las más alejadas y más diferentes, tengo por imposible el conocer las partes sin conocer el todo, así como también conocer el todo sin conocer particularmente las partes (PASCAL, ed. Brunschvicg, II, 72).
Unid lo que es completo con lo que no lo es, lo concordante con lo discordante, lo que está en armonía y lo que está en desacuerdo (HERÁCLITO).
El conocimiento aislado que ha obtenido un grupo de especialistas en un campo estrecho no tiene en sí mismo valor de ninguna clase. Solo tiene valor en el sistema teórico que lo reúne con todo el resto del conocimiento, y solamente en la medida en que contribuya realmente, en estas síntesis, a responder a la pregunta: «¿Qué somos nosotros?» (E. SCHRÖDINGER).
Puede que actualmente haya otros conocimientos que adquirir, otras cuestiones que plantearse, partiendo, no de lo que los demás han conocido, sino de lo que han ignorado (S. MOSCOVICI).
Partiendo de las necesidades de los hombres, he tenido que dedicarme a la ciencia y el ideal de mi juventud ha tenido que transformarse en una forma de la reflexión (HEGEL, Carta a Schelling).
El método ya no puede separarse de su objeto (W. HEISENBERG).
Despiertos, ellos duermen (HERÁCLITO).
Para llegar al punto que no conoces, debes tomar el camino que no conoces (SAN JUAN DE LA CRUZ).
El concepto de ciencia no es absoluto ni eterno (JACOB BRONOWSKI).
Personalmente creo que al menos hay un problema... que interesa a todos los hombres que piensan; el problema de comprender al mundo, a nosotros mismos y a nuestro conocimiento, en tanto que este forma parte del mundo (KARL POPPER).
Estoy cada vez más convencido de que los problemas cuya urgencia nos ata a la actualidad exige que nos despeguemos de ella para considerarlos en su fondo.
Estoy cada vez más convencido de que nuestros principios de conocimiento ocultan lo que, en adelante, es vital conocer.
Estoy cada vez más convencido de que la relación
cuando no es invisible, sigue siendo tratada de manera indigente, al haber sido absorbidos sus dos términos en otro que se ha convertido en maestro.
Estoy cada vez más convencido de que los conceptos de los que nos servimos para concebir nuestra sociedad —toda sociedad— están mutilados y desembocan en acciones inevitablemente mutilantes.
Estoy cada vez más convencido de que la ciencia antropo-social necesita articularse a la ciencia de la naturaleza, y que esta articulación requiere una reorganización de la estructura misma del saber.
Pero la amplitud enciclopédica, y la radicalidad abismal de estos problemas inhiben y desaniman, y así, la misma consciencia de su importancia contribuye a apartarnos de ellos. Por lo que a mí concierne, han sido precisas circunstancias y condiciones excepcionales1 para que pasara de la convicción a la acción, es decir, al trabajo.
La primera cristalización de mi esfuerzo se encuentra en El paradigma perdido (1973). Este brote prematuro de El Método, que se hallaba entonces en gestación, se esfuerza en reformular el concepto de hombre, es decir, de ciencia del hombre o antropología.
Ya hace mucho tiempo que Sapir había remarcado que «era absurdo decir que el concepto de hombre es, bien individual, bien social» (a lo que yo añado: bien biológico): «o sea, que es como decir que la materia obedece alternativamente a las leyes de la química y a las de la física atómica» (Sapir, 1927, en Sapir, 1971, pág. 36)2. La disociación de los tres términos individuo/especie/sociedad/ rompe la relación permanente y simultánea de estos. El problema fundamental es, pues, restablecer y cuestionar lo que ha desaparecido con la disociación: esta relación misma. Es, pues, de primera necesidad, no solo rearticular individuo y sociedad (cosa que comenzó en ocasiones, aunque al precio del aplastamiento de una de las dos nociones en provecho de la otra), sino también efectuar la articulación reputada de imposible (peor, de «superada») entre la esfera biológica y la esfera antropo-social.
Esto fue lo que intenté en El paradigma perdido. Evidentemente, no buscaba reducir lo antropológico a lo biológico, ni hacer una «síntesis» de los conocimientos up to date. Quise mostrar que la soldadura empírica que podía establecer desde 1960, a través de la etología de los primates superiores y la prehistoria hominiana, entre Animal y Hombre, Naturaleza y Cultura, necesitaba concebir al hombre como un concepto trinitario
el que no se pueda reducir o subordinar un término al otro. Lo que, en mi opinión, apelaba a un principio de explicación complejo y a una teoría de la auto-organización.
Tal perspectiva plantea nuevos problemas, todavía más fundamentales y radicales, a los que no se puede escapar:
— ¿Qué significa el radical auto de auto-organización?
— ¿Qué es la organización?
— ¿Qué es la complejidad?
La primera cuestión vuelve a abrir la problemática de la organización viva. La segunda y tercera abren cuestiones en cadena. Me han arrastrado por caminos que yo desconocía.
La organización es un concepto original si se piensa en su naturaleza física. Entonces introduce una dimensión física radical en la organización viva y en la organización antropo-social, que pueden y deben ser consideradas como desarrollos transformadores de la organización física. De golpe, la unión entre física y biología ya no puede quedar limitada a la química, ni siquiera a la termodinámica. Debe ser organizacional. Desde ahora, no solo hay que articular la esfera antropo-social a la esfera biológica, hay que articular una y otra a la esfera física:
física → biología → antropo-sociología
Pero para realizar semejante doble articulación, sería preciso reunir conocimientos y competencias que rebasan nuestras capacidades. Es pedir demasiado, por tanto.
Y sin embargo, esto no bastaría, puesto que no podría ser cuestión de concebir la realidad física como lo verdaderamente primero, la base objetiva de toda explicación.
Desde hace más de medio siglo sabemos que ni la observación microfísica, ni la observación cosmo-física, pueden separarse de su observador. Los más grandes progresos de las ciencias contemporáneas se han efectuado reintegrando al observador en la observación. Cosa que es lógicamente necesaria: todo concepto remite no solo al objeto concebido, sino al sujeto conceptuador. Encontramos de nuevo la evidencia que despejara, hace dos siglos, el filósofo-obispo: no existen los «cuerpos no pensados»3. Ahora bien, el observador que observa, el espíritu que piensa y concibe, son indisociables de una cultura y, por tanto, de una sociedad hic et nunc. Todo conocimiento, incluso el más físico, sufre una determinación sociológica. En toda ciencia, incluso en la más física, hay una dimensión antropo-social. De golpe, la realidad antropo- social se proyecta e inscribe en el corazón mismo de la ciencia física.
Todo esto es evidente. Pero es una evidencia que permanece aislada, rodeada de un cordón sanitario. Ninguna ciencia ha querido conocer la categoría más objetiva del conocimiento: la del que conoce. Ninguna ciencia natural ha querido conocer su origen cultural. Ninguna ciencia física ha querido reconocer su naturaleza humana. El gran corte entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del hombre oculta a la vez la realidad física de las segundas, la realidad social de las primeras. Topamos con la omnipotencia de un principio de disyunción: condena a las ciencias humanas a la inconsistencia extra-física y condena a las ciencias naturales a la inconsistencia de su realidad social. Como dice muy justamente von Foerster, «la existencia de las ciencias llamadas sociales indica la negativa a permitir que las otras ciencias sean sociales» (y yo añado: y permitir que las ciencias sociales sean físicas)... (Von Foerster, 1974, pág. 28).
Ahora bien, toda realidad antropo-social depende, en cierta manera (¿cuál?), de la ciencia física, pero toda ciencia física depende, en cierta manera (¿cuál?), de la realidad antropo-social.
Desde ahora descubrimos que la implicación mutua entre estos términos se embucla en una relación circular que es preciso elucidar:
Pero al mismo tiempo vemos que la elucidación de semejante relación topa con una triple imposibilidad:
todo el campo del conocimiento y exige un saber enciclopédico imposible.
2. La constitución de una relación, allí donde había disyunción, plantea un problema doblemente insondable: el del origen y naturaleza del principio que nos ordena aislar y separar para conocer, el de la posibilidad de otro principio capaz de volver a unir lo aislado y lo separado.
adquiere la figura de un círculo vicioso, es decir, de absurdo lógico, puesto que el conocimiento físico depende del conocimiento antropo-sociológico, el cual depende del conocimiento físico y así, sucesivamente, al infinito. No tenemos aquí una rampa de lanzamiento, sino un ciclo infernal.
Topamos, pues, tras esta primera vuelta a la pista, con un muro triple: el muro enciclopédico, el muro epistemológico, el muro lógico. En estos términos, la misión que he creído que debía asignarme es imposible. Hay que renunciar a ella.
Y es precisamente esta renuncia lo que nos enseña la Universidad. La escuela de Investigación es una escuela de Duelo.
Todo neófito que entra en la Investigación ve cómo se le impone la mayor renuncia al conocimiento. Se le convence de que la época de Pico della Mirandola pasó hace tres siglos, y de que en adelante es imposible constituir una visión del hombre y del mundo.
Se le demuestra que el aumento informacional y la heterogeneización del saber sobrepasan toda posibilidad de engramación y tratamiento por el cerebro humano. Se le asegura que no hay que deplorarlo, sino felicitarse por ello. Debería, pues, consagrar toda su inteligencia a aumentar este saber-aquí. Se le integra en un equipo especializado, y en esta expresión el término fuerte es «especializado» y no «equipo».
Especialista a partir de ahora, el investigador ve cómo se le ofrece la posesión exclusiva de un fragmento del puzle, cuya visión global debe escapar a todos y a cada uno. Y le vemos convertido en un verdadero investigador científico, que obra en función de esta idea motriz: el saber no es producido para ser articulado y pensado, sino para ser capitalizado y utilizado de manera anónima.
Las cuestiones fundamentales son rechazadas como cuestiones generales, es decir, vagas, abstractas, no operacionales. La cuestión original que la ciencia arrebató a la religión y a la filosofía para asumirla, la cuestión que justifica su ambición de ciencia: ¿qué es el hombre, qué es el mundo, qué es el hombre en el mundo?, la remite actualmente la ciencia a la filosofía, siempre incompetente en su opinión por el etilismo especulativo, la remite a la religión, siempre ilusoria en su opinión por su mitomanía inveterada. Abandona toda cuestión fundamental para los no sabios, descalificados a priori. Solo tolera que, a la edad de retirarse, sus grandes dignatarios adopten cierta altura meditativa.
No es posible articular las ciencias del hombre a las ciencias de la naturaleza. No es posible hacer comunicar sus conocimientos con su vida. Tal es la gran lección que desciende del Collège de France a los colegios de Francia.
¿Es necesario el Duelo? La Institución lo afirma, lo proclama. Gracias al método que aísla, separa, desune, reduce a la unidad, mide, ha descubierto la ciencia la célula, la molécula, el átomo, la partícula, las galaxias, los quasars, los pulsars, la gravitación, el electromagnetismo, el quantum de energía, ha aprendido a interpretar las piedras, los sedimentos, los fósiles, los huesos, las escrituras desconocidas, incluida la escritura inscrita en el ADN. Sin embargo, las estructuras de estos saberes están disociadas entre sí. Actualmente, la física y la biología solo se comunican por ciertos istmos. La física ya no llega a comunicarse ni siquiera consigo misma: la ciencia-reina está dislocada entre micro-física, cosmofísica y nuestro entre-dos todavía aparentemente sometido a la física clásica. El continente antropológico ha derivado, convirtiéndose en una Australia. En su seno, la tríada constitutiva del concepto de hombre,
está también totalmente desunida, como hemos visto (Morin, 1973) y volveremos a ver. El hombre enmudece: aquí queda una mano-de-herramienta, allá una lengua-que-habla, en otra parte un sexo que aplasta un poco de cerebro. La idea de hombre es tanto más eliminable en cuanto que es minable: el hombre de las ciencias humanas es un espectro supra-físico y supra-biológico. Como el hombre, el mundo está dislocado entre las ciencias, desmigajado entre las disciplinas, pulverizado en informaciones.
Actualmente no podemos escapar a la cuestión: ¿Debe pagarse la necesaria descomposición analítica con la descomposición de los seres y de las cosas en una atomización generalizada? ¿Debe pagarse el necesario aislamiento del objeto con la disyunción e incomunicabilidad entre lo que está separado? ¿Debe pagarse la especialización funcional con una parcelación absurda? ¿Es necesario que el conocimiento se disloque en mil saberes ignorantes?
Ahora bien, ¿qué significa esta cuestión, sino que la ciencia debe perder su respeto hacia la ciencia y que la ciencia debe cuestionar a la ciencia? Otro problema más que, aparentemente, aumenta la enormidad de los problemas que nos constriñe a renunciar. Pero precisamente este problema es el que nos impide renunciar a nuestro problema.
¿Cómo, en efecto, ceder al decreto de una ciencia en donde acabamos de descubrir una gigantesca mancha ciega? ¿No habrá que pensar más bien que esta ciencia sufre de insuficiencia y de mutilación?
Pero entonces, ¿qué es la ciencia? Aquí debemos darnos cuenta de que esta cuestión no tiene respuesta científica: la ciencia no se conoce científicamente y no tiene ningún medio para conocerse científicamente. Hay un método científico para controlar y considerar los objetos de la ciencia. Pero no hay método científico para considerar la ciencia como objeto de ciencia y todavía menos al científico como sujeto de este objeto. Hay tribunales epistemológicos que, a posteriori y desde el exterior, pretenden juzgar y contrastar las teorías científicas; hay tribunales filosóficos donde la ciencia es condenada por defecto. No hay ciencia de la ciencia. Incluso se puede decir que toda la metodología científica, enteramente abocada a la expulsión del sujeto y de la reflexividad, mantiene esta ocultación en sí misma: «La ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma», decía Rabelais. La consciencia que falta aquí no es la consciencia moral, es la consciencia sin más, es decir, la aptitud para concebirse a sí misma. De ahí estas increíbles carencias: ¿Cómo es que la ciencia sigue siendo incapaz de concebirse como praxis social? ¿Cómo es incapaz, no solamente de controlar, sino de concebir su poder de manipulación y su manipulación, por los poderes? ¿Cómo es que los científicos son incapaces de concebir el vínculo entre la investigación «desinteresada» y la investigación del interés? ¿Por qué son también totalmente incapaces de examinar en términos científicos la relación entre saber y poder?
Desde ahora, si queremos ser lógicos con nuestra intención, tendremos que asumir necesariamente el problema de la ciencia.
La misión es cada vez más imposible. Pero la dimisión resulta ahora todavía más imposible.
¿Podemos quedar satisfechos al no concebir al individuo más que excluyendo la sociedad, a la sociedad excluyendo la especie, a lo humano excluyendo la vida, a la vida excluyendo la physis, y a la física excluyendo la vida? ¿Se puede aceptar que los progresos locales en precisión vayan acompañados de un halo de imprecisión sobre las formas globales y las articulaciones? ¿Se puede aceptar que la medida, la previsión, la manipulación hagan retroceder la inteligibilidad? ¿Se puede aceptar que las informaciones se transformen en ruido, que una lluvia de micro-elucidaciones se transforme en oscurecimiento generalizado? ¿Se puede aceptar que las cuestiones clave sean enviadas a las mazmorras? ¿Se puede aceptar que el conocimiento se funde en la exclusión del cognoscente, que el pensamiento se funde en la exclusión del pensante, que el sujeto sea excluido de la construcción del objeto? ¿Que la ciencia sea totalmente inconsciente de su inserción y de su determinación sociales? Se puede considerar como normal y evidente que el conocimiento científico no tenga sujeto, y que su objeto esté dislocado entre las ciencias, desmigajado entre las disciplinas? ¿Se puede aceptar semejante noche sobre el conocimiento?4.
¿Podemos continuar arrojando estas cuestiones a la basura? Sé que plantearlas, intentar responderlas, es inconcebible, irrisorio, insensato. Pero todavía más inconcebible, irrisorio, insensato es expulsarlas.
Entendámonos: no busco aquí ni el conocimiento general ni la teoría unitaria. Es necesario, por el contrario y por principio, rechazar un conocimiento general: este escamotea siempre las dificultades del conocimiento, es decir, la resistencia que lo real opone a la idea: esta es siempre abstracta, pobre, «ideológica», es siempre simplificante. Igualmente la teoría unitaria, para evitar la disyunción entre los saberes separados, obedece a una sobresimplificación reductora enganchando todo el universo a una sola fórmula lógica. De hecho, la pobreza de todas las tentativas unitarias, de todas las respuestas globales, confirma la ciencia disciplinaria en la resignación del duelo. La elección no es, pues, entre el saber particular, preciso, limitado y la idea general abstracta. Es entre el Duelo y la búsqueda de un método que pueda articular lo que está separado y volver a unir lo que está desunido.
Se trata aquí, sin duda, de un método, en sentido cartesiano, que permite «conducir bien su razón y buscar la verdad en las ciencias». Pero Descartes podía, en su primer discurso, ejercer la duda, exorcizar la duda, establecer las certidumbres previas y hacer surgir el Método como Minerva armada de pies a cabeza. La duda cartesiana estaba segura de sí misma. Nuestra duda duda de sí misma; descubre la imposibilidad de hacer tabla rasa, puesto que las condiciones lógicas, lingüísticas, culturales del pensamiento son inevitablemente prejuzgantes. Y esta duda, que no puede ser absoluta, no puede ser tampoco absolutamente vaciada.
Este «caballero francés» partió con demasiado buen paso. Hoy no se puede partir más que con la incertidumbre, incluida la incertidumbre sobre la duda. Hoy tiene que ser metódicamente puesto en duda el principio mismo del método cartesiano, la disyunción de los objetos entre sí, de las nociones entre sí (las ideas claras y distintas), la disyunción absoluta del objeto y del sujeto. Hoy nuestra necesidad histórica es encontrar un método que detecte y no oculte las uniones, articulaciones, solidaridades, implicaciones, imbricaciones, interdependencias y complejidades.
Tenemos que partir de la extinción de las falsas claridades. No de lo claro y de lo distinto, sino de lo oscuro y de lo incierto; no ya del conocimiento seguro, sino de la crítica de la seguridad.
Solo podemos partir en la ignorancia, la incertidumbre, la confusión. Pero se trata de una nueva consciencia de la ignorancia, de la incertidumbre y de la confusión. De lo que hemos tomado consciencia no es de la ignorancia humana en general, sino de la ignorancia agazapada, disimulada, cuasi nuclear, en el corazón de nuestro conocimiento reputado como el más cierto, el conocimiento científico. Ahora ya sabemos que este conocimiento es mal conocido, mal conocedor, dividido, ignorante tanto de su propio desconocido como de su conocido. La incertidumbre deviene viático: la duda sobre la duda da a la duda una nueva dimensión, la de la reflexividad; la duda por la cual el sujeto se interroga sobre las condiciones de emergencia y de existencia de su propio pensamiento constituye desde ahora un pensamiento potencialmente relativista, relacionista y auto-cognoscente. En fin, la aceptación de la confusión puede convertirse en un medio para resistir a la simplificación mutiladora. Ciertamente, el método nos falta en el comienzo; al menos podemos disponer de un anti-método en el que ignorancia, incertidumbre, confusión se convierten en virtudes.
Podemos tanto más tener confianza en estas exclusiones de la ciencia clásica en cuanto que han llegado a ser las pioneras de la nueva ciencia. El surgimiento de lo no simplificable, de lo incierto, de lo confuso, a través de lo cual se manifiesta la crisis de la ciencia del si- glo XX es, al mismo tiempo, inseparable de los nuevos desarrollos de esta ciencia. Lo que parece una regresión, desde el punto de vista de la disyunción, de la simplificación, de la reducción, de la certidumbre (el desorden termodinámico, la incertidumbre microfísica, el carácter aleatorio de las mutaciones genéticas) es, por el contrario, inseparable de una progresión en tierras desconocidas. Más fundamentalmente, la disyunción y la simplificación están ya muertas en la base misma de la realidad física. La partícula subatómica ha surgido, de forma irremediable, en la confusión, la incertidumbre, el desorden. Cualesquiera que sean los desarrollos futuros de la microfísica, no se volverá ya al elemento a la vez aislable, simple e indivisible. Ciertamente, confusión e incertidumbre no son y no serán consideradas aquí como las palabras últimas del saber: son los signos precursores de la complejidad.
La ciencia evoluciona. Whitehead ya remarcó, hace cincuenta años, que la ciencia «todavía es más cambiante que la teología» (Whitehead, 1926, en Whitehead, 1932, pág. 233). Retomando la fórmula de Bronowski, el concepto de ciencia no es ni absoluto ni eterno. Y sin embargo, en el seno de la Institución científica reina la más anticientífica de las ilusiones: considerar como absolutos y eternos los caracteres de la ciencia que son los más dependientes de la organización tecnoburocrática de la sociedad.
Así, por marginal que sea, mi tentativa no surge como un aerolito venido de otro cielo. Viene de nuestro suelo científico en convulsión. Ha nacido de la crisis de la ciencia, y se nutre de sus progresos revolucionantes. Por lo demás, la intimidación oficial puede dejarse intimidar, a su vez, porque la certidumbre oficial se ha vuelto incierta. Naturalmente, mi esfuerzo suscitará, en primer lugar, el malentendido: la palabra ciencia recubre un sentido fósil, pero admitido, y el sentido nuevo no ha sido despejado todavía. Este esfuerzo parecerá ilusorio e insensato, porque la disyunción todavía no ha sido impugnada en su principio. Pero podrá llegar a ser concebible, razonable y necesario a la luz de un nuevo principio, al que quizá haya contribuido a instituir, precisamente porque no habrá temido parecer irrisorio e insensato.
He indicado cuáles son las mayores imposibilidades que condenan mi empresa:
— la imposibilidad lógica (círculo vicioso),
— la imposibilidad del saber enciclopédico,
— la presencia omnipotente del principio de disyunción y la ausencia de un nuevo principio de organización del saber.
Estas imposibilidades están imbricadas entre sí, y su conjugación da este enorme absurdo: un círculo vicioso de amplitud enciclopédica y que no dispone ni de principio, ni de método para organizarse.
Tomemos la relación circular:
Esta relación circular significa primeramente que una ciencia del hombre postula una ciencia de la naturaleza, la cual a su vez postula una ciencia del hombre: ahora bien, lógicamente esta relación de dependencia mutua remite cada una de estas proposiciones de la una a la otra, de la otra a la una, en un ciclo infernal en el que ninguna puede tomar cuerpo. Esta relación circular significa también que al mismo tiempo que la realidad antropo-social depende de la realidad física, la realidad física depende de la realidad antropo-social. Tomadas al pie de la letra, estas dos proposiciones son antinómicas y se anulan una a otra.
En fin, al considerar bajo otro ángulo la doble proposición circular (la realidad antropo-social depende de la realidad física que depende de la realidad antropo-social), se pone de relieve que seguirá habiendo una incertidumbre, ocurra lo que ocurra, acerca de la naturaleza misma de la realidad, que pierde todo fundamento ontológico primero, y esta incertidumbre desemboca en la imposibilidad de un conocimiento verdaderamente objetivo.
Se comprende, pues, que las uniones entre proposiciones antinómicas en dependencia mutua quedan denunciadas como viciosas no solo en su principio, sino en sus consecuencias (la pérdida del pedestal de la objetividad). Además, siempre se han roto los círculos viciosos, ya sea aislando las proposiciones, ya sea eligiendo uno de los términos como principio simple al cual se deben reducir los demás. Así, en lo que concierne a la relación física/biología/antropología, cada uno de estos términos fue aislado, y la única unión concebible fue la reducción de la biología a la física, de la antropología a la biología. Así, el conocimiento que une un espíritu y un objeto es reducido, bien al objeto físico (empirismo), bien al espíritu humano (idealismo), bien a la realidad social (sociologismo). Así, la relación sujeto/objeto es disociada, apoderándose la ciencia del objeto, la filosofía del sujeto.
Con ello, se dice también que romper la circularidad, eliminar las antinomias, es precisamente volver a caer bajo el imperio del principio de disyunción/simplificación del que queremos escapar. Por el contrario, conservar la circularidad es rechazar la reducción de un dato complejo a un principio mutilante; es rechazar la hipóstasis de un concepto-maestro (la Materia, el Espíritu, la Energía, la Información, la Lucha de clases, etc.). Es rechazar el discurso lineal con punto de partida y término. Es rechazar la simplificación abstracta. Romper la circularidad parece restablecer la posibilidad de un conocimiento absolutamente objetivo. Pero es esto lo que es ilusorio: conservar la circularidad, es, por el contrario, respetar las condicione6s objetivas del conocimiento humano, que comporta siempre, en alguna parte, paradoja lógica e incertidumbre.
Conservar la circularidad es, al mantener la asociación de dos proposiciones reconocidas verdaderas, una y otra aisladamente, pero que tan pronto como se ponen en contacto se niegan mutuamente, abrir la posibilidad de concebir estas dos verdades como las dos caras de una verdad compleja; es desvelar la realidad principal, que es la relación de interdependencia, entre nociones que la disyunción aísla u opone, es, pues, abrir la puerta a la búsqueda de esta relación.
Conservar la circularidad es, quizá a la vez, abrir la posibilidad de un conocimiento que reflexiona sobre sí mismo: en efecto, la circularidad física antropo-sociología y la circularidad
y la circularidad
deben llevar al físico a reflexionar sobre los caracteres culturales y sociales de su ciencia, sobre su propio espíritu y conducirle a interrogarse sobre sí mismo. Como nos lo indica el cogito cartesiano, el sujeto surge en y por el movimiento reflexivo del pensamiento sobre el pensamiento5.
Concebir la circularidad es, desde ahora, abrir la posibilidad de un método que, al hacer interactuar los términos que se remiten unos a otros, se haría productivo, a través de estos procesos y cambios, de un conocimiento complejo que comporte su propia reflexividad.
Así vemos surgir nuestra esperanza de lo que producía la desesperación del pensamiento simplificante: la paradoja, la antinomia, el círculo vicioso. Entrevemos la posibilidad de transformar los círculos viciosos en ciclos virtuosos, que lleguen a ser reflexivos y generadores de un pensamiento complejo. De ahí esta idea que guiará nuestra partida: no hay que romper nuestras circularidades, por el contrario, hay que velar para no apartarse de ellas. El círculo será nuestra rueda, nuestra ruta será espiral.
De pronto, el problema insuperable del enciclopedismo cambia de rostro, puesto que los términos del problema han cambiado. El término enciclopedia no debe ya ser tomado en el sentido acumulativo y alfabetonto en el que se ha degradado. Debe ser tomado en su sentido originario agkuklios paidea, aprendizaje que pone el saber en ciclo; efectivamente, se trata de en-ciclo-pediar, es decir, aprender a articular los puntos de vista disjuntos del saber en un ciclo activo.
Este en-ciclo-pedismo no pretende, sin embargo, englobar todo el saber. Esto sería, a la vez, recaer en la idea acumulativa e ir a parar a la manía totalitaria de los grandes sistemas unitarios que encierran lo real en un gran corsé de orden y de coherencia (lo dejan escapar evidentemente). Sé lo que quieren decir las palabras de Adorno «la totalidad es la no-verdad»: todo sistema que pretende encerrar el mundo en su lógica es una racionalización demencial.
El en-ciclo-pedismo aquí requerido pretende articular lo que está fundamentalmente disjunto y que debería estar fundamentalmente junto. El esfuerzo llevará, pues, no a la totalidad de los conocimientos en cada esfera, sino a los conocimiento cruciales, los puntos estratégicos, los nudos de comunicación, las articulaciones organizacionales entre las esferas disjuntas. En este sentido, la idea de organización, al desarrollarse, va a constituir como la rama de Salzburgo alrededor de la cual podrán constelarse y cristalizar los conceptos científicos clave.
La apuesta teórica que hago, en este trabajo, es que el conocimiento de lo que es organización podría transformarse en principio organizador de un conocimiento que articularía lo disjunto y complejizaría lo simplificado. Los riesgos científicos que corro son evidentes. No son tanto los errores de información, puesto que he recurrido a la colaboración crítica de investigadores competentes en los dominios que me eran extraños hace solamente siete años, cuanto los errores de fondo en la detectación de problemas cruciales y estratégicos. El paraguas de cientificidad que me cubre no me inmuniza. Mi vía, como toda vía, está amenazada por el error, y además voy a pasar por desfiladeros donde estaré al descubierto. Pero, sobre todo, mi camino sin camino sin cesar correrá el riesgo de perderse entre el esoterismo y la vulgarización, el filosofismo y el cientifismo.
Así pues, no escapo a la dificultad enciclopédica; sino que esta deja de plantearse en términos de acumulación, en términos de sistema, en términos de totalidad; se plantea en términos de organización y de articulación en el seno de un proceso circular activo o ciclo.
Todo es solidario: la transformación del círculo vicioso en circuito productivo, la de la enciclopedia imposible en movimiento enciclante son inseparables de la constitución de un principio organizador del conocimiento que asocia a la descripción del objeto la descripción de la descripción (y el desenterramiento del descriptor), y que da tanta fuerza a la articulación y a la integración como a la distinción y a la oposición. (Ya que lo que hay que buscar, no es la supresión de las distinciones y oposiciones, sino la inversión de la dictadura de la simplificación disyuntiva y reductora).
Por ello mismo podemos abordar el problema de los principios primeros de oposición, distinción, relación, asociación en los discursos, teorías, pensamiento, es decir, de los paradigmas.
Las revoluciones de pensamiento son siempre el fruto de una conmoción generalizada, de un movimiento torbellinesco que va de la experiencia fenoménica a los paradigmas que organiza la experiencia. Así, para pasar del paradigma ptolomeico al paradigma copernicano, que, por una permutación tierra/sol, cambiaba el mundo haciéndonos retroceder desde el centro a la periferia, de la soberanía a la satelización, han sido necesarios innumerables vaivenes entre las observaciones perturbadoras del antiguo sistema de explicación, los esfuerzos teóricos para mejorar el sistema de explicación y la idea de cambiar el principio mismo de la explicación. Al término de este proceso, la idea escandalosa e insensata en su principio se vuelve normal y evidente, puesto que lo imposible encuentra su solución según un nuevo principio y en un nuevo sistema de organización de los datos fenoménicos. La articulación
que ponen en cuestión un paradigma mucho más fundamental que el principio copernicano, se debaten a la vez sobre el terreno de los datos fenoménicos, de las ideas teóricas, de los principios primeros del razonamiento. El combate se llevará a todos los frentes, pero la posición maestra es la que rige la lógica del razonamiento. En la ciencia y sobre todo en la política, las ideas, a menudo más testarudas que los hechos, resisten el embate de los datos y de las pruebas. Los hechos se estrellan efectivamente contra las ideas, mientras no exista nada que pueda reorganizar de otra manera la experiencia. Así, experimentamos a cada instante al comer, caminar, amar, pensar..., que todo lo que hacemos es a la vez biológico, psicológico, social. No obstante, la antropología ha podido durante medio siglo proclamar diafóricamente la disyunción absoluta entre el hombre (biológico) y el hombre (social). Aún más profundamente la ciencia clásica ha podido hasta hoy, y contrariamente a toda evidencia, estar segura de que no tenía ninguna consecuencia ni ninguna significación cognitiva el que todo cuerpo u objeto físico fuera concebido por un espíritu humano. No se trata aquí de contestar el conocimiento «objetivo». Sus beneficios han sido y siguen siendo inestimables, puesto que la primacía absoluta otorgada a la concordancia de las observaciones y de las experiencias sigue siendo el medio decisivo para eliminar lo arbitrario y el juicio de autoridad. Se trata de conservar absolutamente esta objetividad, pero integrándola en un conocimiento más amplio y reflexivo, dándole el tercer ojo abierto ante aquello para lo que es ciego.
Nuestro pensamiento debe investir lo impensado que lo rige y controla. Nos servimos de nuestra estructura de pensamiento para pensar. Necesitaremos también servirnos de nuestro pensamiento para repensar nuestra estructura de pensamiento. Nuestro pensamiento debe volver a su fuente en un bucle interrogativo y crítico. De otro modo, la estructura muerta continuará segregando pensamientos petrificantes.
He descubierto cuán vano es polemizar solo contra el error: este renace continuamente de principios de pensamiento que, ellos, se encuentran fuera de la consciencia polémica. He comprendido cuán vano era probar solamente a nivel del fenómeno: su mensaje es pronto absorbido por los mecanismos de olvido que dependen de la autodefensa del sistema de ideas amenazado. He comprendido que refutar solamente no tenía ninguna esperanza: solo un nuevo fundamento puede arruinar al antiguo. Es por lo que pienso que el problema crucial es el del principio organizador del conocimiento, y lo que es vital hoy, no es solamente aprender, no solamente reaprender, no solamente desaprender, sino reorganizar nuestro sistema mental para reaprender a aprender.
Lo que enseña a aprender, eso es el método. No aporto el método, parto a la búsqueda del método. No parto con método, parto con el rechazo, con plena consciencia de la simplificación. La simplificación es la disyunción entre entidades separadas y cerradas, la reducción a un elemento simple, la expulsión de lo que no entra en el esquema lineal. Parto con la voluntad de no ceder a estos modos fundamentales del pensamiento simplificante:
— idealizar (creer que la realidad pueda reabsorberse en la idea, que solo sea real lo inteligible),
— racionalizar (querer encerrar la realidad en el orden y la coherencia de un sistema, prohibirle todo desbordamiento fuera del sistema, tener necesidad de justificar la existencia del mundo confiriéndole un certificado de racionalidad),
— normalizar (es decir, eliminar lo extraño, lo irreductible, el misterio).
Parto también con la necesidad de un principio de conocimiento que no solo respete, sino que reconozca lo no-idealizable, lo no-racionalizable, lo fuera de norma, lo enorme. Necesitamos un principio de conocimiento que no solo respete, sino que revele el misterio de las cosas.
En el origen, la palabra método significaba el caminar. Aquí hay que aceptar caminar sin camino, hacer el camino al caminar. Lo que decía Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar. El método no puede formarse más que durante la búsqueda; no puede despejarse y formularse más que después, en el momento en que el término vuelve a ser un nuevo punto de partida, esta vez dotado de método. Nietzsche lo sabía: «los métodos vienen al final» (El anticristo). La vuelta al comienzo no es un círculo vicioso si el viaje, como indica hoy la palabra trip, significa experiencia de donde se vuelve cambiado. Entonces, quizá, habremos podido aprender a aprender a aprender aprendiendo. Entonces, el círculo habrá podido transformarse en una espiral donde el regreso al comienzo es precisamente lo que aleja del comienzo. Es precisamente lo que nos han dicho las novelas de aprendizaje de Wilhelm Meister a Siddharta.
El lector, espero, empieza quizá a sentirlo: este trabajo, aunque no se concede ningún límite en su perspectiva, aunque no excluye ninguna dimensión de la realidad, aunque sea de la más extrema ambición, no puede, por su ambición misma, ser concebido como una enciclopedia, en el sentido en el que esta significa balance de los conocimientos; pero puede ser concebido como enciclopédico en el sentido en que el término, al volver a encontrar su origen, significa puesta en ciclo del conocimiento. No puede en ningún caso ser concebido como una teoría general unificada en la que los diversos aspectos de los diferentes dominios se deducen lógicamente del principio maestro. La ruptura con la simplificación me hace rechazar en su principio mismo toda teoría unitaria, toda síntesis totalizante, todo sistema racionalizador/ordenador. Esto, que ya se ha dicho, debe ser repetido desgraciadamente, ya que los espíritus que viven bajo el imperio del principio de simplificación no ven más que la alternativa entre investigación parcelaria por una parte, e idea general por otra. Es de esta clase de alternativa de la que hay que desembarazarse, y no es sencillo, de lo contrario habría habido desde hace mucho tiempo respuesta a este problema en el marco del principio de simplificación. No se trata, en fin, de la improvisación de una nueva ciencia, lanzada al mercado ready made para reemplazar a la ciencia, obsoleta. Si he hablado en otra parte (Morin, 1973) de scienza nuova, esta es la perspectiva, el horizonte, no puede ser el punto de partida.
Si hay ciencia nueva, antagonista de la ciencia antigua, está unida a ella por un tronco común, no viene de otra parte, no podrá diferenciarse más que por metamorfosis y revolución. Este libro es un caminar en espiral; parte de una interrogación y de un cuestionamiento; se prosigue a través de una reorganización conceptual y teórica en cadena que, alcanzando el nivel epistemológico y paradigmático, desemboca en la idea de un método, que debe permitir un caminar de pensamiento y de acción que pueda remembrar lo que estaba mutilado, articular lo que estaba disjunto, pensar lo que estaba oculto.
El método se opone aquí a la concepción llamada «metodológica» en la que es reducido a recetas técnicas. Como el método cartesiano, debe inspirarse en un principio fundamental o paradigma. Pero la diferencia aquí es precisamente de paradigma, no se trata ya de obedecer a un principio de orden (excluyendo el desorden), de claridad (excluyendo lo oscuro), de distinción (excluyendo las adherencias, participaciones y comunicaciones), de disyunción (excluyendo el sujeto, la antinomia, la complejidad), es decir, un principio que una la ciencia a la simplificación lógica. Se trata, por el contrario, a partir de un principio de complejidad, de unir lo que estaba disjunto.
«Hacer la revolución por todas partes»: así hablaba Sainte-Beuve del método cartesiano. Y es que Descartes había formulado el gran paradigma que iba a dominar Occidente, la disyunción del sujeto y del objeto, del espíritu y de la materia, la oposición del hombre y de la naturaleza. Si a partir de un paradigma de complejidad puede nacer un nuevo método, encarnarse, caminar, progresar, quizá entonces podría este «hacer la revolución por todas partes», inclusive en la noción de revolución que se ha vuelto plana, conformista y reaccionaria.
Este libro parte de la crisis de nuestro siglo y vuelve sobre ella. La radicalidad de la crisis de la sociedad, la radicalidad de la crisis de la humanidad me han impulsado a investigar el nivel radical de la teoría. Sé que la humanidad necesita una política. Que esta política necesita una antropo-sociología. Que la antropo-sociología necesita articularse a la ciencia de la naturaleza, que esta articulación requiere una reorganización en cadena de la estructura del saber. He tenido que sumergirme en este problema fundamental desviándome de las solicitudes del presente. Pero el presente es esta crisis que me atañe, me dispersa, me atraviesa. El propio objeto-sujeto de este libro vuelve sin cesar sobre mi trabajo para dinamitarlo. Los ruidos del mundo, de las armas, de los conflictos, de las liberaciones efímeras y trastornadoras, de las opresiones duraderas y duras atraviesan los muros, me golpean el corazón. Trabajo en medio de estos olivos, de estas viñas, en estas colinas, cerca del mar, cuando una nueva media noche penetra en el siglo; su orden aplasta; su insolencia inspira respeto, terror y admiración a los que están a mi alrededor y que, en mis silencios, me creen de los suyos. Me aparto de la llamada de aquellos para los que tengo que testimoniar y, al mismo tiempo, cedo a la invitación de una botella de vino, de una sonrisa amiga, de un gesto de amor...
¿Por qué hablar de mí? ¿No es decente, normal, serio que, cuando se trata de ciencia, de conocimiento, de pensamiento, el autor se eclipse detrás de su obra y se desvanezca en un discurso que se ha vuelto impersonal? Debemos, por el contrario, saber que es allí donde triunfa la comedia. El sujeto que desaparece de su discurso se instala de hecho en la torre de control. Fingiendo dejar sitio al sol copernicano, reconstituye un sistema de Ptolomeo cuyo centro es su espíritu.
Ahora bien, mi esfuerzo de método tiende precisamente a arrancarme de este autocentrismo absoluto por el cual el sujeto, desapareciendo de puntillas, se identifica con la objetividad soberana. No es la Ciencia anónima la que se expresa por mi boca. No hablo desde lo alto de un trono de seguridad. Por el contrario, mi convicción segrega una incertidumbre infinita. Sé que creerse poseedor o poseído por la Verdad es ya intoxicarse, es ocultarse a sí mismo sus desfallecimientos y sus carencias. En el reino del intelecto, es el inconsciente el que se cree todo consciencia.
Sé que ningún signo indubitable me dará confirmación o información. Mi marginalidad no prueba nada, ni siquiera a mí mismo. El precursor, como dice Canguilhem, es aquel del cual solo se sabe después que venía antes. En la anomia y la desviación, la vanguardia está mezclada con todas las bajas formas del delirio... El juicio de los demás no será tampoco decisivo. Si mi concepción es fecunda, puede tanto ser desdeñada o incomprendida, como aplaudida o reconocida. La soledad a la que me he constreñido es el sino del pionero, pero también del extraviado. He perdido el contacto con los que no han emprendido el mismo viaje y no veo todavía a mis compañeros que existen, sin duda, y que ellos tampoco me ven... En fin, trabajo como en un absoluto, en una obra relativa e incierta... Pero sé cada vez mejor que el único conocimiento que vale es aquel que se nutre de incertidumbre y que el único pensamiento que vive es aquel que se mantiene a la temperatura de su propia destrucción.
No es la certidumbre ni la seguridad, sino la necesidad la que me ha impulsado a emprender este trabajo día tras día, durante años.
Me he sentido empujado por la misma necesidad evidente de transubstanciación que aquella por la cual la araña segrega su hilo y teje su tela. Me he sentido conectado con el patrimonio planetario, animado por la religión de lo que une, el rechazo de lo que rechaza, una solidaridad infinita; lo que el Tao llama el espíritu del valle «recibe todas las aguas que se vierten en él».
1 Ya las he expuesto (Morin, 1973, págs. 11-14).
2 Toda indicación entre paréntesis de un nombre de autor, seguido de una fecha, remite a las obras incluidas en la bibliografía que hay al final del volumen, por orden alfabético y con mención de la fecha de edición a la que remite la nota. La edición original solo es señalada cuando es necesario subrayar el carácter innovador o histórico de las ideas incluidas en la obra citada.
3 «El espíritu, que no está en guardia para consigo mismo, se ilusiona y piensa que puede concebir y concibe efectivamente los cuerpos existentes no pensados o que están fuera del espíritu, aunque al mismo tiempo sean captados y existan en él» (Berkeley, Principios del conocimiento humano, sección 23).
4 Voy más lejos. ¿Puede uno tan fácilmente separar su ciencia de su vida? ¿Puede uno considerarse ya sea (científicamente) como objeto determinado, ya sea (existencialmente, éticamente) como sujeto soberano? ¿Se puede saltar varias veces al día de una religión objetivista fundada en el determinismo, a una religión humanista del Mí, de la consciencia, de la responsabilidad, después eventualmente a la Religión oficial donde el Mundo encuentra creador y el hombre padre y salvador? ¿Puede uno quedar satisfecho cuando pasa de la «seriedad» científica a racionalizaciones filosóficas miserables, después a la histeria política, y de ahí a una vida privada pulsional?
5 Tanto más el método de Descartes es disyuntivo, tanto más la evidencia irrefutable del cogito constituye la transformación del círculo aparentemente vicioso en circularidad productora. El círculo «vicioso» es el
donde el pensamiento gira en redondo reflexionando sobre sí al infinito. Ahora bien, de hecho, círculo, al constituir una auto-referencia, en lugar de encerrar el pensamiento como en un recipiente cerrado, hace surgir por evidencia el autos, es decir, el ser-sujeto o Ego:
Y por ello mismo el cogito se transforma en irrefutable afirmación de existencia, esto es:
6 En español en el original.
Physis es, en primer lugar, el título de una pregunta: «¿De dónde vienen las cosas? ¿Cómo nacen y crecen?» (P. AUBENQUE).
En el punto de partida del Método, pensaba poder tratar el problema de la organización en el marco de las ideas sistémicas (General Systems Theory) y cibernéticas. Sobre la marcha, estas ideas de soluciones han pasado a ser puntos de partida, y luego, finalmente, a andamiajes necesarios, ciertamente, pero que hay que desmontar después de que nos han hecho ascender al concepto de organización.
A partir de un cierto estadio, pues, estas ideas liberadoras me encerraban. No podía desarrollar su mensaje más que metamorfoseándolas. Así, como siempre, los primeros guías de la evolución se convierten en los principales obstáculos de la revolución. Resisten a la metamorfosis de la cual han sido, sin embargo, embriones. Me fue extremadamente difícil criticar las nociones que me sirvieran como armas críticas para superar antiguos modos de pensamiento. Es fácil superar el pasado, pero no superar lo que hace superar el pasado. Me parece ahora que las ideas sistémicas y cibernéticas (incluida la información) están integradas aquí, es decir, conservadas en su savia y su verdad, pero al mismo tiempo provincializadas, criticadas, transformadas, complejizadas.
En lugar de encerrar la idea de organización en el sistema o en la máquina (cibernética), por el contrario he hecho remolcar la idea de sistema y de máquina por la idea de organización. Este concepto, cuya naturaleza no podía ser más que física, me ha hecho resucitar la idea de physis; esta idea significa que el universo físico debe ser concebido como el lugar mismo de la creación y de la organización.
El objeto primero de este primer tomo es la physis. Pero la physis no es ni un pedestal, ni un estrato, ni un soporte. La physis es común al universo físico, a la vida, al hombre. La idea —trivial— de que somos seres físicos debe ser transformada en idea significante.
Así, en este tomo, evoco la organización biológica y la organización antropo-social, pero siempre bajo el ángulo de la organización física. A cada desarrollo del concepto físico de organización van a surgir ejemplos/referencias biológicos o antropo-sociológicos. Esto parecerá totalmente confuso a los espíritus para los que física, biología, antropología, sociología son esencias separadas e incomunicables. Pero aquí esto es tanto más necesario cuanto que no solo todo lo que es organización concierne a la biología y a la antropo-sociología, sino también porque los problemas y fenómenos organizacionales, virtuales o atrofiados en el nivel de las organizaciones estrictamente físicas, se manifiestan y despliegan en sus desarrollos biológicos y antropo-sociológicos. Lo que es decir, a la vez, que los fenómenos y problemas biológicos y antropo- sociales necesitan para ser concebidos y comprendidos, una formidable infraestructura organizativa, es decir, física.
Este primer tomo ha trabajado enormemente en mí (es decir, que me ha obligado a trabajar mucho). Debo considerarlo como una obra a la vez totalmente solitaria y totalmente solidaria. Solitaria ya que he debido consagrarme personalmente a ella, de manera integral. Solidaria porque fue estimulada, corregida y controlada por otros.
En el origen de las ideas que desarrollo aquí encuentro primeramente a Henri Atlan, que me ha despertado de mi sueño empírico iniciándome en la idea de desorden creador, y después en sus variantes (azar organizador, desorganización/reorganización). Atlan me ha introducido en Von Foerster, nuestro Sócrates electrónico, de quien soy deudor en muchas de mis ideas fuente; von Foerster me ha hecho descubrir a Gunther, Maturana y Varela. Cada uno a su manera me han permitido considerar, en fin, lo invisible, la noción auto, y reintroducir el concepto de sujeto. Esto no excluye mi deuda respecto de otros autores, pensadores, investigadores que se encuentran citados en este texto.
Tuve como colaborador, o más bien interlocutor principal, a John Stewart, biólogo que hasta entonces se había consagrado principalmente a la genética de las poblaciones. Stewart ha efectuado la lectura crítica del primer intento de mi redacción (es decir, los tres tomos), ha leído y criticado las cuatro versiones sucesivas de este primer tomo. Sus notas manuscritas cubren más de quinientas páginas. No sé ya muy bien cuáles son las ideas que él me ha inspirado, y que tiendo a considerar egocéntricamente como mías (ya que tenemos tendencia a olvidar a nuestros inspiradores), pero sé que su contribución fundamental ha sido crítica, sobre todo cuando esta ha sido furiosa y me ha enfurecido contra él. Se ha operado así una extraña e imprevista cooperación conflictiva o colaboración antagonista de él a mí. Él, biólogo descorazonado, iba hacia la sociología y hacia esta reducción con esquemas político-sociales que se identifican erróneamente al marxismo; yo, sociólogo descorazonado, no solo iba hacia la biología, sino también hacia la physis; él tendía al sociocentrismo, yo al fisiocentrismo. Ahora bien, este antagonismo era absolutamente necesario, y yo diría que la amistosa enemistad de Stewart me fue providencial, ya que me vi constreñido desde el principio a anudar el doble movimiento:
mientras que en mi primer intento él se embuclaba al tercer tomo. A partir de entonces tuve que complejizar mi propósito desde la base (cuando había creído «didáctico» ir por grados al nudo gordiano).
No menos providencial fue la intervención de Bernard Victorri (ayudante de matemáticas de la Universidad de Lille), en la penúltima recomposición de mi manuscrito. No solamente me ha hecho críticas «puntuales» que fueron todas necesarias, sino que me ha llevado a repensar y recomenzar. Cuando yo creía estar en la terminación, me mostró que solo estaba en el estadio de crisálida. Su mayeútica o más bien mayeucrítica me hizo alumbrar lo que yo solo no hubiera podido llevar a término.
Este manuscrito se ha beneficiado de la lectura crítica, en una primera versión, del hombre hecho enciclopedia, Claude Gregory; luego, en las versiones siguientes, de Henri Atlan, Massimo Piattelli, André Bejin y de mi paulhaniana Monique Cahen.
Annie Kovaks se ha ocupado de la bibliografía de este trabajo. Nicole Philouzat me ha encontrado las obras inencontrables y ha releído muchas páginas. Marie-France Laval ha realizado las tareas más ingratas concernientes a este manuscrito y destinadas a protegerlo (Marie-Madeleine Duzza le ha ayudado). Todo ello se ha llevado a cabo, evidentemente, en el marco de CETSAS (Centro de Estudios Transdisciplinares) de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales.
La colaboración de John Stewart y Annie Kovaks no ha podido efectuarse más que con la ayuda de la DGRST, en el marco de la acción concertada Socio-Ecología. Gracias a Lucien Brams, en primera y última instancia, se ha realizado todo esto. Lucien interviene una vez más de forma benéfica en mi destino.
Este trabajo itinerante, que considero como investigación en el sentido elemental y pleno del término, se efectuó en el marco de mi dirección de investigaciones en el CNRS (dirección significa no que yo dirija a los investigadores, sino que me dirijo a mí mismo; fabuloso privilegio del cual soy consciente). Contesto la Institución, pero, por mi parte, he encontrado en ella una vez más, y más que nunca, el bien supremo: la libertad.
Algunos encontrarán que abuso de los neologismos. A decir verdad, no invento nuevas palabras; doy verbos y adjetivos a nociones que no eran más que sustantivos, y viceversa.
Otros (los mismos) encontrarán que abuso de imágenes o metáforas. No tengo ningún inconveniente en emplear imágenes cuando me vienen. Tranquilícense: sé que son imágenes.
En este texto, paso del yo al nosotros, del nosotros al yo. El yo no es de pretensión, es toma de responsabilidad del discurso. El nosotros
