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¿Quiénes somos? Cuanto más conocemos lo humano, menos lo comprendemos: las disociaciones entre disciplinas lo fragmentan, lo vacían de vida, de presencia, de complejidad, e incluso ciertas ciencias consideradas humanas lo vacían de la noción de hombre. Este libro huye de la división de lo humano. Rompe con las concepciones reductoras ("homo sapiens", "homo faber" y "homo oeconomicus") que privan al ser humano de tener a la vez identidad biológica, identidad subjetiva e identidad social. Más que yuxtaponer los conocimientos dispersos en las ciencias y en las humanidades, este libro tiene la vocación de enlazarlos, articularlos, reflexionar sobre ellos a fin de pensar la complejidad humana y considerar así una humanidad enriquecida por todas sus contradicciones: lo humano y lo inhumano, el repliegue sobre sí y la apertura a los otros, la racionalidad y la afectividad, la razón y el mito, lo arcaico y lo histórico, el determinismo y la libertad.
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Seitenzahl: 528
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Edgar Morin
El Método5
La humanidad de la humanidad
La identidad humana
Traducción de Ana Sánchez
PRELIMINARES
NOTA SOBRE LOS PROBLEMAS BIBLIOGRÁFICOS
NOTA DE LA TRADUCTORA
PARTE PRIMERA. LA TRINIDAD HUMANA
CAPÍTULO PRIMERO. DEL ENRAIZAMIENTO CÓSMICO A LA EMERGENCIA HUMANA
I. El enraizamiento cósmico
Naturaleza y destino cosmofísico de lo humano
II. Del enraizamiento biológico
III. El gran despegue: la hominizacion
CAPÍTULO 2. LA HUMANIDAD DE LA HUMANIDAD
La segunda Naturaleza
La humanidad del lenguaje
La revolución mental
El eros
La apertura al mundo
La gran evidencia: racionalidad y técnica
La evidencia velada: lo imaginario y el mito
Magia, rito y sacrificio
La noosfera
La humanidad y la inhumanidad de la muerte
El más allá de las raíces
CAPÍTULO 3. LA TRINIDAD HUMANA
Individuo/sociedad/especie
La inseparabilidad
La soldadura epistemológica
CAPÍTULO 4. LO UNO MÚLTIPLE
I. La diversidad infinita
II. La unidad genérica
La identidad humana común
La unidad humana ante la muerte
La unidad cultural y sociológica
III. Lo uno multiple: la unidad — diversidad
La gran paradoja
PARTE SEGUNDA. LA IDENTIDAD INDIVIDUAL
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO. LO VIVO DEL SUJETO
La relación con el otro
El sujetamiento
Lo objetivo de lo subjetivo
El sujeto y la muerte
Curioso sujeto
CAPÍTULO 2. LA IDENTIDAD POLIMORFA
La paradoja de lo femenino-masculino: la dualidad más y menos profunda
Las paradojas de la edad
La dualidad interior
La unidad plural de la identidad personal
Multiplicidades y duplicidades internas
Los desdoblamientos y multipersonalidades
Roles de vida, vida de teatro, mímesis
Las cavernas interiores
El cosmos secreto
El Yo continuo y el Yo (Moi) discontinuo
CAPÍTULO 3. MENTE Y CONSCIENCIA
I. Poderes y debilidades de la mente
El error es humano
El cerebro y el ordenador
El pensamiento uno y plural
El pensamiento doble
Unidad, oposición y dialógica de los dos pensamientos
Las aventuras de la mente
La mente creadora
El alma
II. Poderes y debilidades de la consciencia
CAPÍTULO 4. EL COMPLEJO DE ADÁNSAPIENS-DEMENS
Homo demens
La afectividad, disco giratorio
La trinidad psíquica
La dialógica racionalidad, afectividad y mito
El genio y el crimen
El circuito sapiens — demens
CAPÍTULO 5. MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN Y DE LA LOCURA
Homo consumans
Homo ludens
La realidad de lo imaginario
El estado estético
El estado poético
Homo complexus
CAPÍTULO 6. LA SOPORTABLE REALIDAD
El compromiso «neurótico»
El pacto super-realista
La cooperación realista
Las dos voluntades de dominio
¿Oasis?
Conclusión
PARTE TERCERA. LAS GRANDES IDENTIDADES
CAPÍTULO PRIMERO. LA IDENTIDAD SOCIAL (1). EL NÚCLEO ARCAICO
El núcleo arcaico
Cultura: el patrimonio organizador
Individuos — sociedad
Organización sexual de la sociedad. Organización social de la sexualidad
Familia, te tengo
¿Un nuevo curso?
CAPÍTULO 2. LA IDENTIDAD SOCIAL (2). LEVIATÁN
El Estado dominador
El despotismo
El Estado civilizador
La civilización democrática
La megamáquina
Las estructuras de la megamáquina
La espontaneidad coorganizadora
El Estado-nación moderno
Los diez preceptos del complejo social
El ser del tercer tipo
CAPÍTULO 3. LA IDENTIDAD HISTÓRICA
El desencadenamiento histórico
El evento
Los pilotos e inspiradores
El juego del devenir: de la desviancia a la tendencia
El juego del devenir
La técnica, agente de la historia
El mito, agente de la historia
La hipótesis del Progreso
El doble juego de la historia
El revelador histórico
Fin o recomienzo
CAPÍTULO 4. LA IDENTIDAD PLANETARIA
La gran diáspora
I. La doble hélice de la era planetaria
La primera hélice
Intercambios y comunicaciones
El individuo holográmico
La segunda hélice
II. ¿Hacia una sociedad-mundo?
Hacia el Leviatán planetario
Las grandes carencias
La comunidad de destino
III. El caos incierto
El avance a la sombra de la muerte
CAPÍTULO 5. LA IDENTIDAD FUTURA
I. Hacia las metamáquinas
La alternativa
II. El porvenir de la identidad humana: ¿metahumanidad, superhumanidad?
El control de la mente por la mente: cerebro-piano
¿Hacia la desmortalidad?
Metahumano, demasiado superhumano
Mortal amortalidad
Metamorfosis
La mente omnipotente y débil
¿La otra vía?
PARTE CUARTA. EL COMPLEJO HUMANO
CAPÍTULO PRIMERO. DESPIERTOS Y SONÁMBULOS
El imperio del medio
El imperio de los genes
La influencia sociológica
La influencia de la historia
La influencia de las ideas
Los caminos de la libertad
La máquina no trivial
Las libertades de la mente
Posesión
Entre vigilia y sonambulismo
CAPÍTULO 2. VUELTA A LO ORIGINAL
I. El complejo humano
La existencia
II. El misterio humano
III. La vuelta al «hombre genérico»
IV. La segunda prehistoria
DEFINICIONES
BIBLIOGRAFÍA DE EDGAR MORIN EN ESPAÑOL
CRÉDITOS
Doy las gracias
A Jean-Louis Le Moigne, amigo fiel y lector atento cuyas objeciones muchas veces prudentes me han sido tan útiles; a Jean Tellez, cuyo concurso pertinente y dedicado me ha ayudado en la relectura, la bibliografía y el índice; a mi asistente Catherine Loridant, cuyas relecturas minuciosas me han señalado errores, oscuridades, problemas, y que ha verificado cuidadosamente las referencias bibliográficas. A Christiane Peyron-Bonjan y Alfredo Pena-Vega, lectores atentos y críticos de mis primeros manuscritos. Doy las gracias a Jean-Claude Guillebaud por su lectura crítica del manuscrito final.
Doy las gracias a Pierre Bergé cuyo apoyo ha sido indispensable para la finalización de esta obra. Doy las gracias a Maurice Botton y Charlotte Bonello, amigos queridos que me han ofrecido en Sitges las condiciones de residencia y amistad mejores para la última redacción de este libro.
¿Qué quimera es pues el hombre? ¿Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, qué prodigio? Juez de todas las cosas, imbécil gusano de tierra; depositario de lo verdadero, cloaca de incertidumbre y de error; gloria y desecho del universo. ¿Quién desenredará este embrollo?
PASCAL
Cada hombre lleva la forma entera de la humana condición.
MONTAIGNE
El hombre se compone de lo que es y de lo que carece.
ORTEGAYGASSET
Si alguien quiere seriamente buscar la verdad, no debe elegir una ciencia particular; están unidas todas entre sí y dependen las unas de las otras. Que piense únicamente en aumentar la luz natural de su razón.
DESCARTES
La adecuación del método analítico es inversamente proporcional a la complejidad estudiada.
WOÇJCIECHOWSKI
Una palabra ilumina mi investigación: comprender.
MARCBLOCH
Se trata de enseñar la humanidad a la humanidad.
RODRIGODEZAYAS
Seguimos siendo un misterio para nosotros mismos. La frase de Pascal citada en exergo es más actual que nunca.
Hay sin embargo procesos prodigiosos de conocimiento sobre nuestra situación en el universo, entre los dos infinitos (cosmología, microfísica), sobre nuestra matriz terrestre (ciencias de la Tierra), sobre nuestro enraizamiento en la vida y en la animalidad (biología), sobre el origen y la formación de la especie humana (prehistoria), sobre nuestro enraizamiento en la biosfera (ecología) y sobre nuestro destino social e histórico. Podemos encontrar en la literatura, la poesía, la música (lenguaje del alma humana), la pintura, la escultura, otros tantos mensajes sobre nuestros seres profundos.
De este modo, todas las ciencias, todas las artes esclarecen cada una desde su ángulo el hecho humano. Pero estos esclarecimientos son separados por zonas de sombra profundas, y la unidad compleja de nuestra identidad se nos escapa. La necesaria convergencia de las ciencias y las humanidades para restituir la condición humana no se realiza. Ausente de las ciencias del mundo físico (aun cuando también es una máquina térmica), disjunto del mundo viviente (aun cuando también es un animal), el hombre es troceado en fragmentos aislados en las ciencias humanas.
De hecho, el principio de reducción y el de disyunción que han reinado en las ciencias, incluidas las humanas (que de este modo se han vuelto inhumanas), impiden pensar lo humano. El ser estructuralista ha hecho virtud de este obstáculo y Lévi-Strauss incluso pudo enunciar que el fin de las ciencias humanas no es revelar al hombre, sino disolverlo.
Así, es el modo de conocimiento lo que inhibe nuestra posibilidad de concebir el complejo humano. El aporte inestimable de las ciencias no da sus frutos: «Ninguna época ha acumulado conocimientos acerca del hombre tan numerosos y tan diversos como la nuestra [...]. Ninguna época ha logrado hacer que este saber sea tan rápida y fácilmente accesible. Pero tampoco ninguna época ha sabido menos qué es el hombre» (Heidegger).
El hombre sigue siendo «ese desconocido», y hoy más por mala ciencia que por ignorancia. De ahí la paradoja: cuanto más conocemos, menos comprendemos al ser humano.
Desintegrando lo humano se elimina el asombro y la interrogación sobre la identidad humana. Tenemos que volver a aprender a cuestionarla: en consecuencia, como dijera Heidegger, «cuestionar hace saltar en pedazos el encajonamiento de las ciencias en disciplinas separadas».
Para realizar el cuestionamiento, es preciso, según la indicación de Descartes citada en exergo, no «elegir una ciencia particular; están unidas todas entre sí y dependen las unas de las otras. Que piense únicamente en aumentar la luz natural de su razón»1.
Hay que evitar «pensar demasiado pobremente la humanidad del hombre»2.
Tampoco hay que reducir lo humano a lo humano. Como decía Romain Gary, «la palabra humanidad comporta inhumanidad: la inhumanidad es una característica profundamente humana»:
Precisamos un pensamiento que intente reunir y organizar los componentes (biológicos, culturales, sociales, individuales) de la complejidad humana e inyectar los aportes científicos en la antropología, en el sentido del pensamiento alemán del siglo XIX (reflexión filosófica centrada en el ser humano). Lo que es al mismo tiempo retomar la concepción del «hombre genérico» del joven Marx que subyace en toda su obra, pero complejizando y profundizando esta noción, a la que le faltaba el ser corporal, la psyché, el nacimiento, la muerte, la juventud, la vejez, la mujer, el sexo, la agresión, el amor. En este sentido precisamos un enfoque existencial, que le conceda su parte a la angustia, el goce, el dolor, el éxtasis.
Como veremos, el término «humano» es rico, contradictorio, ambivalente: de hecho, es demasiado complejo para las mentes formadas en el culto a las ideas claras y distintas.
Mi empresa es concebida como integración reflexiva de los diversos saberes que conciernen al ser humano. No se trata de adicionarlos, sino unirlos, articularlos e interpretarlos. No tiene la intención de limitar el conocimiento de lo humano sólo a las ciencias. Considera literatura, poesía y artes no sólo como medios de expresión estética, sino también como medios de conocimiento. Tiene la plena voluntad de integrar la reflexión filosófica en lo humano, pero alimentándola de los logros científicos, cosa que Heidegger ignoró. Por ello, la integración mutua de la filosofía y la ciencia debe comportar que vuelvan a ser pensadas.
El conocimiento de lo humano debe incluir una parte introspectiva; si es cierto, como dijera Montaigne, que cada individuo singular «lleva la forma entera de la humana condición», debe animar a cada cual, y por tanto al autor de estas líneas, a sacar de sí verdades de valor universalmente humano. Pero todas las verdades adquiridas a partir de las fuentes objetivas y la fuente subjetiva deben pasar por el examen epistemológico, el único que aporta la mirada sobre los presupuestos de los diversos modos de conocimiento, incluido el suyo propio, y el único que considera las posibilidades y límites del conocimiento humano.
El conocimiento de lo humano debe ser a la vez mucho más científico, mucho más filosófico y en fin mucho más poético de lo que es. Su campo de observación y de reflexión es un laboratorio muy extenso, el planeta Tierra, en su totalidad, su pasado, su devenir y también su finitud, con sus documentos humanos que comienzan hace seis millones de años. La Tierra constituye el laboratorio único donde, en el tiempo y en el espacio, se han manifestado las constancias y las variaciones humanas —individuales, culturales, sociales: todas las variaciones son significativas, todas las constancias son fundamentales. Los casos extremos, como Buda, Jesús y Mahoma, Hitler y Stalin, permiten comprender mejor al ser humano. La esclavitud, el campo de concentración, el genocidio, y finalmente todas las inhumanidades, son reveladores de humanidad.
El conocimiento que proponemos es complejo:
— porque reconoce que el sujeto humano que estudia está incluido en su objeto;
— porque concibe inseparablemente unidad y diversidad humanas;
— porque concibe todas las dimensiones o aspectos, actualmente disjuntos y compartimentados, de la realidad humana, que son físicos, biológicos, psicológicos, sociales, mitológicos, económicos, sociológicos, históricos;
— porque concibe homo no sólo como sapiens, faber y oeconomicus, sino también como demens, ludens y consumans;
— porque mantiene juntas verdades disjuntas que se excluyen entre sí;
— porque alía la dimensión científica (es decir, la verificación de los datos, la mentalidad de hipótesis y la aceptación de la refutabilidad) a las dimensiones epistemológica y reflexiva (filosóficas);
— porque le encuentra un sentido a las palabras perdidas y despreciadas por las ciencias, incluidas las cognitivas: alma, mente, pensamiento.
«Conducir a la humanidad al saber de sus propias realidades complejas es posible justamente. No se puede afrontar lo desconocido sino a partir de ahí.» Esta frase de Rodrigo de Zayas resume mi intención. El problema humano, hoy, no es sólo de conocimiento, es un problema de destino. Efectivamente, en la era de la diseminación nuclear y la degradación de la biosfera, nos hemos convertido para nosotros mismos en un problema de vida y/o muerte. Por ello, este trabajo nos une al destino de la humanidad.
¿Por qué me he dedicado a este libro? La obsesión principal de mi obra concierne a la condición humana. He escrito El hombre y la muerte entre 1948 y 1951, «Fragments pour une anthropologie» en Arguments (1960)3, Le Vif du sujet en 1963-1964, El paradigma perdido en 1972; de hecho, el primer (1977) y el segundo (1981) tomos de El Método enlazan la interrogación de lo humano con la del mundo físico y el mundo viviente. El tercero y cuarto, que tratan las posibilidades y límites de nuestro conocimiento, religan antropología y epistemología que, en mi opinión, se remiten la una a la otra. Por último, he tratado los problemas del destino de la humanidad en nuestra era planetaria: Introducción a una política del hombre (1965, 1999), Para salir del siglo XX (1981), Tierra-Patria (1993).
El sentido de la complejidad (sin la palabra todavía) se manifiesta en El hombre y la muerte y Le Vif du sujet, que son, cada uno según su óptica, ensayos de antropología compleja. Después la palabra deviene esencial en El paradigma perdido. El Método se elabora con el fin de afrontar las complejidades y la noción de pensamiento complejo se afirma en 1990 (Introducción al pensamiento complejo).
He dejado a El Método y a su final un tiempo de larga maduración. Ya han pasado treinta años desde que me puse a la tarea, y doce años desde que inicié La humanidad de la humanidad.
Decidí aislarme en el año 2001 para acabar la redacción de este manuscrito que había dejado en barbecho durante dos años. Así que partí hacia el Mediterráneo, no a la orilla toscana como hace treinta años, sino a la orilla catalana. Tengo accesos de entusiasmo seguidos de accesos de melancolía. Y es porque a la vez parto con el ardor de un nuevo comienzo y con la languidez crepuscular que expresa el último Lied de Richard Strauss. Y aquí estoy en Sitges, dominando desde una gran bahía acristalada mi mar gestadora.
1 R. Descartes, Règles pour la direction de l’esprit, París, Vrin, 1988, pág. 4.
2 M. Heidegger, en Carta sobre el humanismo, Madrid, Alianza Editorial, 2001.
3Arguments, núm. 18, L’Homme-problème, París, 1960.
Este libro es el fruto de una cultura múltiple y dispersa. Ésta comenzó a formarse hace sesenta y cinco años y se ha desarrollado sin interrupción de forma desigual, ramificada además hacia la filosofía, la literatura, la historia, la sociología, la psicología y ampliamente sobre las ciencias humanas. Mi curiosidad me ha llevado naturalmente de las ciencias humanas a las ciencias de la naturaleza. La preparación de El hombre y la muerte (1951) me condujo hacia fuentes bibliográficas diseminadas y tabicadas en todos los campos del saber, y la interrogación sobre nuestra mortalidad me llevó hacia el conocimiento biológico. Pude renovar mi cultura animando la revista Arguments, revista abierta donde las hubiera, y la reenculturación prosiguió en el Cresp, con mis amigos Claude Lefort y Cornelius Castoriadis. Un feliz concurso de circunstancias (frecuentar el grupo de los Diez de Jacques Robin, amistad con Jacques Monod, invitación al Instituto de Investigaciones Biológicas Salk de La Jolla, creación del Centre Royaumont pour une science de l’homme) me empujaron a partir de 1971 no solamente a ampliar mi cultura, sino a buscar religar sus elementos disjuntos. El paradigma perdido y sobre todo los volúmenes precedentes de El Método llevan en sí vastas bibliografías que han contribuido por sí mismas a alimentar este trabajo (y a las que por tanto remito). Después me alimenté de nuevos elementos surgidos de múltiples fuentes.
Es decir, que sería imposible una bibliografía para La identidad humana. Tendría que comprender títulos relativos a todos los conocimientos científicos convocados, y comportar a los moralistas clásicos, las tragedias griegas e isabelinas, las novelas europeas de los siglos XIX y XX, así como una filmografía variada. En esta imposibilidad, me resigno a las notas al pie de página que conciernen sobre todo a conocimientos nuevos o renovados (como la etología infantil, el papel de la afectividad o la prehistoria).
Remito pues a mis libros de naturaleza antroposociológica cuyas referencias están aquí abajo:
L’Homme et la Mort, París, Corréa; nueva edición, París, Éd. du Seuil, 1970, y colección «Points», 1976 [las referencias remiten a esta última edición].
Le Vif du sujet, París, Éd. du Seuil, 1969; nueva edición, colección «Points», 1982.
Le Paradigme perdu: la nature humaine, París, Éd. du Seuil, 1973; nueva edición, colección «Points», 1979.
L’Unité de l’homme (en colaboración con Massimo Piattelli-Palmarini), París, Éd. du Seuil, 1974.
La Méthode, 1. La Nature de la Nature, París, Éd. du Seuil, 1977; nueva edición, colección «Points», 1981. 2. La Vie de la Vie, París, Éd. du Seuil, 1980; nueva edición, colección «Points», 1985. 3. La Connaissance de la Connaissance, París, Éd. du Seuil, 1986; nueva edición, colección «Points», 1992. 4. Les Idées, leur habitat, leur vie, leurs moeurs, leur organisation, París, Éd. du Seuil, 1991; nueva edición, colección «Points», 1995.
Sociologie (1984), nueva edición, París, Éd. du Seuil, colección «Points», 1994.
Para los problemas contemporáneos (parte tercera, capítulos 4 y 5) añadiré:
Introduction à une politique de l’homme (1965), nueva edición, París, Éd. du Seuil, colección «Points», 1999.
Pour sortir du XXe siècle (1981), nueva edición, París, Éd. du Seuil, colección «Points», 1984.
Un nouveau commencement (en colaboración con Mauro Ceruti y Gianluca Bocchi), París, Éd. du Seuil, colección «Points», 1991.
Terre-Patrie (con la colaboración de Anne-Brigitte Kern), París, Éd. du Seuil, 1993.
Une politique de civilisation (en colaboración con Sami Naı¨r), París, Arléa, 1997.
Las otras obras están en las notas a pie de página; las fechas se refieren a las ediciones más recientes que yo sepa.
En las notas al pie seguiremos esta pauta: pongo en español El Método 1, 2, 3 y 4, pues la paginación se refiere a la edición española; el resto de obras se citan en francés, pues la paginación se refiere a la edición francesa arriba mencionada. No obstante, indico los casos en que existe versión española.
I. EL ENRAIZAMIENTO CÓSMICO
«¿Quiénes somos?» es inseparable de un «¿dónde estamos, de dónde venimos, adónde vamos?» Conocer lo humano no es separarlo del universo, sino situarlo en él. Pascal ya nos situó muy correctamente entre dos infinitos, lo cual ha sido ampliamente confirmado en el siglo XX por el doble despliegue de la microfísica y la astrofísica. Al escribir: «Por más que llevemos nuestras concepciones más allá de los espacios imaginables, tan sólo damos a luz átomos al precio de la realidad de las cosas», incluso podía presumir nuestra vertiginosa pequeñez, más que microscópica, en el seno de un sistema solar liliputiense y de una galaxia enana, en un cosmos que se extiende sobre miles de millones de años luz. Al escribir que una cresa podía contener «una infinidad de universos, de los cuales cada uno tiene su firmamento, sus planetas, su tierra», ya podía suponer nuestro extremo gigantismo en relación al mundo subatómico, sin tampoco dudar que estamos constituidos por miles y miles de millones de partículas y atravesados incesantemente por miles de millones de neutrinos sin darnos cuenta de ello. Al escribir que el hombre está como «extraviado en este cantón apartado de la naturaleza», casi podía imaginar la marginalidad de nuestra Tierra, tercer satélite de un Sol destronado de su sede central, convertido en astro perdido en una galaxia periférica, entre miles de millones de galaxias de un universo en expansión...
Hemos aprendido hoy nuestro doble enraizamiento en el cosmos físico y en la esfera viviente, estamos a la vez en la naturaleza y fuera de ella.
Las ciencias del mundo físico y las del mundo viviente serán sin duda revisadas y corregidas, se harán descubrimientos asombrosos, se nos revelarán dimensiones o realidades sobre nosotros todavía invisibles o desconocidas. Cuanto más se avance en el conocimiento, más misterios insondables aparecerán. Pero ya podemos considerar un relato muy largo, el del universo, en el que nos situamos como protagonistas tardíos.
Este universo, surgido al parecer de un evento inefable, del que se han desprendido luz, materia, tiempo, espacio, devenir se ve arrastrado a una aventura fabulosa de creación y destrucción; sin cesar se apagan o explotan soles, se congelan planetas, sin cesar se reúnen fragmentos y polvos de los astros muertos, que forman espiral sobre sí mismos para dar nacimiento a nuevas galaxias y nuevos soles4.
Nuestro cosmos va simultáneamente hacia la dispersión y hacia la complejización, y, cuanta más complejización hay, más marginal y minoritario es: la materia organizada conocida representa menos del 2 por 100 del universo; la vida puede que sea única, o al menos rarísima, en el cosmos, y no es sino un pequeño grumete parásito en la tierra, y puede que la consciencia ande solitaria en el mundo viviente.
El origen de la aventura cósmica nos resulta incomprensible, su futuro velado, su sentido desconocido.
Somos forjados, producidos, arrastrados por esta aventura de la que todavía no teníamos consciencia alguna a mediados del siglo XX. La primera lección que nos da el cosmos es que las partículas de los átomos de nuestras células aparecieron en sus primeros segundos, que nuestros átomos de carbono se constituyeron en un sol anterior al nuestro, que nuestras macromoléculas se unieron en los primeros tiempos convulsivos de la Tierra; estas macromoléculas se asociaron en torbellinos, de entre los cuales uno, cada vez más rico en su diversidad molecular, se metamorfoseó en una organización de nuevo tipo en relación a la organización estrictamente química: la autoorganización viviente. El ser viviente es una máquina enteramente físicoquímica, pero organizada de forma más compleja, está dotado de cualidades y propiedades desconocidas en el mundo molecular, del que sin embargo ha surgido: las cualidades que expresa el término vida.
Una pizca de sustancia física se organizó de forma termodinámica en esta tierra; a través del remojo marino, de la lenta cocción química, de descargas eléctricas, ha tomado vida. La vida es solar: todos sus ingredientes han sido forjados en un sol y después han sido reunidos en un planeta cuyos componentes han sido escupidos por una explosiva agonía solar; es la transformación de un chorro fotónico surgido de flamígeros torbellinos solares. Nosotros, vivientes y por consiguiente humanos, hijos de las aguas, de la Tierra y del Sol, somos una pequeña paja, un feto incluso5, de la diáspora cósmica, unas cuantas migajas de la existencia solar, un menudo brote de la existencia terrena.
El ser humano no es únicamente físico en sus partículas, átomos y moléculas; su autoorganización ha surgido de una organización físicoquímica que ha producido cualidades emergentes que constituyen la vida, y todas sus actividades autoorganizadoras necesitan procesos físicoquimicos6. Así, es igualmente una máquina térmica que funciona a 37 °C.
El mundo físico del que hemos surgido no obedece a un Orden sometido a leyes estrictas7; tampoco está totalmente librado a desórdenes y azares. Se ve arrastrado a un gran juego entre orden/desorden/interacciones/organización. Las organizaciones nacen por encuentros aleatorios y obedecen a cierto número de principios que provocan la unión de los elementos de los encuentros en un todo. Tal es el juego del mundo. Se efectúa según un bucle en el que cada término está en complementariedad y antagonismo con los otros8:
Tras haber creído en un universo perfectamente determinista, la física ha descubierto en él furor, violencia y guerra, con explosiones e implosiones de astros, choques de galaxias, estrellas parasitándose y devorándose entre sí de forma caníbal y, a finales de los años sesenta, se comenzó a apercibir bucles de fuego extragalácticos monstruosos, llamados «saltos gama», de un diámetro 85 veces más extendido que el de nuestro sistema solar, y que se inflaman a velocidades de locura. Son cataclismos que afectan desde las estrellas a neutrones y supernovas.
El planeta Tierra nació en este tumulto. En su origen probable recogía detritus cósmicos surgidos de una explosión solar, se autoorganizó a través de desórdenes y cataclismos experimentando no sólo erupciones y temblores de tierra sino también el choque violento de aerolitos, uno de los cuales quizá provocara la separación de la Luna, otro la extinción de los dinosaurios. La vida misma ha nacido de las convulsiones telúricas, y su aventura ha corrido al menos dos veces peligro de extinción (fin del primario y en el curso del secundario). Se ha desarrollado hasta convertirse no sólo en especies diversas que se devoran entre sí, sino también en ecosistemas en los que predaciones y manducaciones han constituido la cadena nutricional de doble rostro, el de la vida, el de la muerte.
El desarrollo de la hominización no constituye una interrupción de desórdenes y azares, sino una aventura sometida a desafíos ecológicos, accidentes, conflictos entre especies vecinas que se resuelven en la liquidación física de los vencidos.
De este modo, toda la aventura cósmica, telúrica y biológica parece obedecer a una dialógica9 entre armonía y cacofonía.
El hombre, surgido de esta aventura, tiene la singularidad de ser cerebralmente sapiens-demens, es decir llevar en sí a la vez la racionalidad, el delirio, la hy´bris (la desmesura), la destructividad.
Y la historia humana, torrente tumultuoso de creaciones y destrucciones, gastos inauditos de energía, mezcla de racionalidad organizadora, de ruido y furor, tiene algo de bárbaro, de horrible, de atroz, de fascinante que evoca la historia cósmica10, como si ésta estuviera grabada en nuestra memoria hereditaria. El cosmos nos ha creado a su imagen.
¿Estamos solos en el cosmos? Hay argumentos muy fuertes para creer en nuestra soledad de huérfanos cósmicos11, en particular el salto lógicamente inconcebible de la organización estrictamente físicoquímica a la autoorganización viviente; algunos otros nos sugieren que otras vidas, otras inteligencias han podido aparecer en el universo. Por ello, no podemos descartar la posibilidad, bien cierto que improbable, de otras formas de vida, de consciencia incluso; ni siquiera puedo rechazar ni la idea de alguna inteligencia telúrica que nos resultara invisible o inimaginable, ni la idea de una macrointeligencia que emergiera del mismo cosmos; pero seguirían siendo inteligencias emergentes, no una inteligencia primera que teleguiara el cosmos y la vida...
Es cierto que hay autoorganización del cosmos a partir de un desorden inaudito y unos pocos principios de orden, y que este cosmos se construye al destruirse, se destruye al construirse. Pero yo no alcanzo a creer que la aventura cósmica esté animada por algún designio providencial que la guiara hacia la salvación final. El universo parece haber nacido en la catástrofe y parece ir hacia la dispersión generalizada. Somos solidarios de este destino insensato. Si hay muerte del cosmos, no podemos escapar a esa muerte, únicamente podemos considerar escapar a la extinción de nuestro sol emigrando hacia sistemas solares revigorizados. Pero en los horizontes de nuestros horizontes está la muerte. La muerte no sólo es una fatalidad de nuestro destino biológico, es también una fatalidad última de nuestro destino físico.
A nuestra ascendencia cósmica, a nuestra constitución física, tenemos que añadir nuestra implantación terrena. La Tierra se ha autoproducido y autoorganizado en su dependencia del Sol, se ha constituido como complejo biofísico a partir del momento en que se ha desarrollado su biosfera12. En efecto, de la Tierra ha surgido la vida, y de la expansión multiforme de la vida policelular ha surgido la animalidad y, después, el más reciente desarrollo de una rama del mundo animal ha devenido humano.
Nuestra vida es terrena y somos seres vivientes, la organización viviente hace algo más que instaurar un sistema de comunicación celular interno (ADN-ARN-proteínas), comporta, desde la era bacteriana, comunicaciones de individuo a individuo (que comportan en particular la inyección de información de ADN de bacteria a bacteria), lo que ha podido hacer suponer que, por diversas que sean, el conjunto de bacterias que viven sobre la tierra, bajo la tierra, en el aire constituyen una suerte de organismo gigantesco cuyos elementos se comunican cada vez más de cerca13. Determinadas bacterias, al integrar en su seno una bacteria huésped en forma de mitocondrias, se mutaron en células eucariotas, que se confederaron formando seres policelulares. La aptitud confederadora permitió la formación y desarrollo de los vegetales y animales, asociándose éstos en bandas, tropas y sociedades, mientras que las interacciones entre unicelulares, vegetales y animales constituyeron ecosistemas, que se unieron mutuamente para formar la biosfera.
El ser humano, mortal, como cualquier viviente, lleva en sí la unidad bioquímica y la unidad genética de la vida.
Es un hiperviviente que ha desarrollado de forma inaudita las potencialidades de la vida. Expresa de forma extrema las cualidades egocéntricas y altruistas del individuo, tocado de paroxismos de vida en sus éxtasis y borracheras, hervidero de ardores orgiásticos y orgásmicos. Es, igualmente, hiperviviente en el sentido de que desarrolla de forma nueva la creatividad viviente14. Con la humanidad, se produce un desplazamiento de la facultad creadora hacia la mente.
El ser humano es un metaviviente que, a partir de sus aptitudes organizadoras y cognitivas, crea nuevas formas de vida, psíquicas, mentales y sociales: la «vida del espíritu» no es una metáfora, ni la vida de los mitos y de las ideas no lo es menos, como veremos, que la vida de las sociedades.
El ser humano sigue siendo un animal de la rama de los vertebrados, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates.
Es cierto que el humano es un vertebrado inferior en muchas capacidades de ejecución a los vertebrados acuáticos y aéreos, pero ha podido superarlos con su técnica en numerosos dominios.
Es un hipermamífero, dado que, marcado hasta la edad adulta por la simbiosis infantil con la madre15, desarrolla como amor y ternura, cólera y odio, la afectividad de los mamíferos, conservando en forma de amistades adultas sus fraternidades juveniles, ampliando las solidaridades y rivalidades, expandiendo las cualidades de memoria, inteligencia, afectividad propias de esta clase, forzando hasta el extremo la aptitud de amar, gozar y sufrir. Los mamíferos nos han aportado el apego, lo juvenil del juego y del aprendizaje, la experiencia y la sagacidad de la vejez, y nos hacemos metamamíferos cuando seguimos siendo jóvenes al hacernos viejos.
Es un animal hipersexuado. Su sexualidad deja de ser únicamente estacional, como sigue siendo el caso del chimpacé, y deja de estar localizada únicamente en sus partes genitales: se ha extendido por todo su ser, ya no está circunscrita a la reproducción, sino que invade «freudianamente»16, sus conductas, sus sueños, sus ideas.
Es un superprimate que ha transformado en caracteres permanentes rasgos esporádicos o provisionales en los simios superiores: el bipedismo, la utilización de útiles; ha hipertrofiado en sí el cerebro de sus ancestros primates, ha desarrollado su inteligencia y su curiosidad, convirtiéndose en cabeza buscadora en todo azimut.
Ya se observó que jóvenes macacos de Kiu Su cambiaron su comportamiento alimentario desplazándose a la orilla del mar y que estas nuevas costumbres habían sido transmitidas subsiguientemente. Los chimpancés se hacen útiles de madera que utilizan de forma diversa y cuyo uso se transmite de generación en generación.
Comparando sus técnicas con las de los antiguos homínidos, Frédéric Joulian17 piensa que muchos de los criterios que les distinguían de los simios desaparecen. Todo lo que aprendimos sobre las capacidades cognitivas y de lenguaje de los chimpancés en 1970 se ha visto confirmado y enriquecido. Washoe y sus parejas aculturadas pudieron adquirir un vocabulario de más de cien signos o palabras, así como una sintaxis rudimentaria. Sarah de Premarck incluso mostró su capacidad de mentir18. El gorila Koko supo identificar la muerte con un gran sueño. Pregunta: «¿Dónde van los gorilas cuando mueren?» Koko: «Un agujero separado y agradable.» Pregunta: «¿Qué sienten?» Koko: «Duermen.» Desde luego que no se trata de la consciencia humana de la muerte que, como vamos a ver, va a separarnos irrevocablemente de la animalidad.
Aunque muy cercano a chimpancés y gorilas, y teniendo idénticos el 98 por 100 de los genes, el ser humano aporta una novedad a la animalidad. El 2 por 100 de los genes originales indican una reorganización del patrimonio hereditario muy importante con toda seguridad. ¡Lo que constituye la gran diferencia es la pequeña diferencia!
La pobreza del equipamiento físico humano, en relación a numerosísimos animales, no ha impedido el gran despegue de la humanidad, y su posterior dominación del mundo viviente, como si el desarrollo de la inteligencia individual y de la organización social compensaran las carencias o insuficiencias de nuestros órganos (músculos, ojos, oído, etc.). Aún más, todas las insuficiencias y carencias (por ejemplo, en sal o en vitaminas) se convirtieron en incitaciones a buscar, encontrar, inventar.
En la maraña de la epopeya evolutiva, una rama del orden de los primates comenzó, hace seis millones de años, una nueva aventura: la de la hominización, que, al acelerarse hace doscientos mil años, produjo la humanidad.
Después de los descubrimientos de L. S. B. Leakey, el 17 de julio de 1959, en la garganta del Olduvai, en Tanganica, numerosas excavaciones distintas revelaron la presencia de australopitecus acompañados de útiles en regiones secas, hace dos o tres millones de años, lo que dio cuerpo a la hipótesis según la cual el desarrollo de la bipedación y de los útiles fue una respuesta a un desafío ecológico, la progresión de la sabana hostil y parsimoniosa, consecutiva a la regresión del bosque tropical protector y nutriente. No obstante, esta idea pudo ser cuestionada por el descubrimiento de los australopitecus forestales con articulaciones adaptadas a la bipedación (descubrimiento de Abel por Michel Brunet en Chad, descubrimiento del Ardipithecus ramidus, entre 5,8 y 5,2 millones de años de antigüedad, en Etiopía), contemporáneos de los de las sabanas o más antiguos. De ahí una nueva hipótesis: determinados linajes de antropoides habrían podido desarrollar la bipedación en el bosque sin perder la aptitud para trepar a los árboles (cosa que hemos conservado), lo que les habría permitido utilizar las manos mejor. A lo que se superpone la tesis de Anne Dambricourt-Malassé19, según la cual la hominización sería el resultado, en un linaje primate todavía silvestre. De un empuje interno, en el curso de la embriogénesis, hacia la contracción craneana. ¿No podríamos religar en bucle estas concepciones y considerar que un bípedo de los bosques pudo responder a los desafíos de la sabana y desarrollarse en ella?...
Nos hallamos más que nunca en la noche oscura de los orígenes. La tesis misma de la génesis africana, rica en argumentos, no es verdadera. Como dice el paleontólogo Jean-Jacques Jaeger: «En nuestra disciplina todo se apoya en la ausencia de pruebas.» Y Michel Brunet, el descubridor de Abel: «La ausencia de pruebas no es la prueba de la ausencia.» Quedan muchos enigmas, que incluso profundizan el misterio...
La hominización es una aventura comenzada, según parece ahora, hace siete millones de años20. Es discontinua, con la aparición de nuevas especies —habilis, erectus, neandertal, sapiens— y la desaparición de las precedentes, así como con la domesticación del fuego, después el surgimiento del lenguaje y la cultura. Es continua en su dialógica que entre-desarrolla la bipedación, la manualización, la verticalización (del cuerpo), la cerebralización, la juvenilización, la complejización social (Moscovici)21, proceso en cuyo curso aparece el lenguaje propiamente humano al mismo tiempo que se constituye la cultura, capital transmisible, de generación en generación, de los saberes, saber-hacer, creencias, mitos, lo adquirido...
El adulto humano ha conservado, como ha mostrado Bolk22, los caracteres no especializados del feto y los caracteres psicológicos de la juventud. Cerebralización y juvenilización van a la par en el curso de la hominización23. La cerebralización aumenta la talla del cerebro, el número de neuronas y sus conexiones, complejiza su organización y desarrolla la aptitud para adquirir. Los progresos correlativos de la juvenilización se traducen en la prolongación de la infancia, es decir del periodo de plasticidad cerebral que permite el aprendizaje de la cultura (pues la integración de la complejidad cultural precisa una larga infancia), y el mantenimiento en el adulto de caracteres juveniles, tanto en su organismo, que sigue siendo no especializado, poliadaptativo y omnívoro, cuanto en las curiosidades e inventivas psíquicas. Cerebralización y juvenilización favorecen los desarrollos de la complejidad social, y estos tres términos complementarios se estimulan unos a otros, lo que permite, antes de la aparición de homo sapiens, la emergencia conjunta de nuestro lenguaje24 y de la cultura.
Esto refuerza la hipótesis, retomada por Clifford Geertz, que expuse en otro lugar25: «Es muy evidente que el gran cerebro de sapiens sólo pudo advenir, salir adelante, triunfar, tras la formación de una cultura ya compleja, y es asombroso que se haya podido creer exactamente lo contrario durante tanto tiempo.» «De este modo, la hominización biológica fue necesaria para la elaboración de la cultura, pero la emergencia de la cultura fue necesaria para la continuación de la hominización hasta Neandertal y sapiens.»
A partir de ahí, comenzamos a percibir la relación en bucle26 entre naturaleza y cultura. Podemos identificar incluso, más o menos aproximadamente, la fase de hominización en la que estos dos términos se embuclaron el uno en el otro. La aptitud natural para adquirir va a encontrar su pleno empleo en la cultura, que constituye un capital de lo adquirido y de métodos de adquisición.
El ser humano dispone de un cuerpo «generalista», como dice Boris Cyrulnik, capaz de muy diversas adaptaciones y realizaciones. Lo que hace su insuficiencia, hace su virtud: la no especialización anatómica. La mano desespecializada se ha vuelto polivalente (verdadero Maître Jacques, dice Howell); unida a un cerebro generalista cada vez más potente, es capaz de efectuar innumerables tareas especializadas (de lo que se deduce que el generalismo y la polivalencia son condición de múltiples especializaciones, mientras que lo inverso es imposible). Los útiles, las armas, van a permitir realizar las tareas especializadas. Al mismo tiempo hay regresión de los programas o rituales de comportamiento. El individuo humano deviene «bueno para todo». Como decía Rousseau, «veo un animal menos fuerte que los unos, menos ágil que los otros, pero mirándolo bien el más aventajado de todos» (Discurso sobre el origen de la desigualdad).
De este modo, el gran despegue de la hominización hacia la humanidad está animado por el nuevo complejo:
A partir de ahí, la humanidad no se reduce de ningún modo a la animalidad, pero sin animalidad no hay humanidad. El homínido deviene plenamente humano cuando el concepto de hombre comporta una doble entrada; una entrada biofísica, una entrada psico-socio-cultural, que se remiten la una a la otra.
En el pico de la aventura creadora de la vida, la hominización conduce a un nuevo comienzo.
4 M. Cassé, Du vide et de la création, París, Odile Jacob, 1993. H. Reeves, Últimas noticias del cosmos: hacia el primer segundo, Madrid, Alianza Editorial, 1996.
5 En francés, «nous sommes un fétu, voire un foetus». Imposible trasladar al español el juego fonético de estas dos palabras. (N. de la T.)
6El Método 1, «La organización», págs. 115-182.
7El Método 1, págs. 49-114.
8 Este pentagrama no explica, pero indica que toda explicación debe referirse al bucle y a la dialógica uniendo estos términos (para las nociones de bucle y de dialógica, cfr., al final de la obra, el apartado Definiciones, págs. 331-340).
9 Dialógica, cfr. Definiciones, págs. 331-340.
10El Método 1, págs. 418-421.
11El Método 1, «Lo improbable y lo probable», págs. 101-103.
12 P. Westbroek, Life as a Geological Force, Nueva York, Norton, 1991. R. Blanchet, «Connaissance de la Terre et éducation», en E. Morin, Relier les connaissances, París, Éd. du Seuil, 1999, págs. 116-120.
13 S. Sonea y M. Panisset, Introduction à la nouvelle bactériologie, Montreal, Presses de l’Université de Montréal, y París, Masson, 1980. L. Margulis y D. Sagan, L’Univers bactériel, París, Albin Michel, 1989.
14La evolución es creadora, escribió Bergson precisamente. Como han señalado Ilya Prigogine, René Thom, Marco Schützenberger, el modelo de la mutación genética aleatoria enmudece ante las innovaciones creadoras de soluciones, órganos, especies, cualidades y propiedades nuevas en la historia de la vida.
15 C. Trevarthen y K. Aitken, «Intersubjectivity», Journal of Child Psychology and Psychiatry, enero de 2001.
16 «Freuduleusement». Juego de palabras entre freudiano y fraude, de imposible traducción. [N. de la T.]
17 F. Joulian, A. Ducros y J. Ducros (dir.), La Culture est-elle naturelle? Histoire, épistémologie et applications récentes du concept de culture, París, Errance, 1998.
18 Cfr. la interesante recapitulación de Anne J. Premack, Les Chimpanzés et le Langage des hommes, París, Denoël/Gonthier, 1982. Cfr. también en L’Unité de l’homme, la colaboración de A. R. Gardner, «L’enseignement du langage des sourds-muets à Washoe», páginas 32-36, y la de D. Premack, «Le langage et sa construction logique chez l’homme et le chimpanzé», págs. 37-42.
19 «Nouveau regard sur l’origine de l’homme», La Recherche, núm. 286, abril de 1996, págs. 46-54: elevación del nivel de organización siguiendo una lógica interna, con la hipótesis de un «atractor extraño».
20 H. de Lumley, El primer hombre. Prehistoria, evolución, cultura, Madrid, Cátedra, 2000. Y. Coppens, Le Genou de Lucy. L’histoire de l’homme et l’histoire de son histoire, París, Odile Jacob, 2000. M. Brunet «Australopithecus Bahr el-Ghazali: une nouvelle espèce d’hominidés anciens de la région de Loro-Toro au Tchad», Comptes Rendus de l’Académie des Sciences de Paris, t. 222, II, a, 1996, págs. 907-913. Id., «Origine des hominidés, East Side Story-West Side Story», Geobios, mémoires spéciaux, núm. 20, 1997, págs. 73-77.
21 S. Moscovici, La Société contre-nature, París, UGE, col. «10/18», 1972.
22 L. Bolk, «La genèse de l’homme», Arguments, núm. 18, L’Homme-problème, París, 1960.
23Le Paradigme perdu, «Le noeud gordien de l’hominisation», págs. 92 y ss. Hay trad. española, véase la Bibliografía de Edgar Morin, págs. 341-342.
24 Tesis retomada por T. Deacon, The Symbolic Species, Londres, Penguin Books, 1997.
25 Cfr. Le Paradigme perdu, pág. 100.
26 Sobre la noción de bucle, cfr. Definiciones, págs. 331-340.
LASEGUNDANATURALEZA
En el mundo animal hay preculturas, pero la cultura, que comporta el lenguaje de doble articulación27, la presencia del mito, el desarrollo de las técnicas, es propiamente humana. Además, homo sapiens no se realiza como ser plenamente humano más que por y en la cultura.
No habría cultura sin las aptitudes del cerebro humano, pero no habría palabra ni pensamiento sin la cultura.
La aparición de la cultura opera un cambio de órbita en la evolución. La especie humana va a evolucionar muy poco anatómica y fisiológicamente. Lo que deviene evolutivo son las culturas, por innovaciones, integración de lo adquirido, reorganizaciones; lo que se desarrolla son las técnicas; lo que cambia son las creencias, los mitos; lo que se ha metamorfoseado a partir de pequeñas comunidades arcaicas en ciudades, naciones e imperios gigantes son las sociedades. En el seno de las culturas y las sociedades, los individuos evolucionaron mental, psicológica, afectivamente.
El lenguaje, aparecido en el curso de la hominización, está en el núcleo de toda cultura y de toda sociedad humana, y las lenguas de todas las culturas, incluso de las más arcaicas, son de la misma estructura.
La cultura, repitámoslo, está constituida por el conjunto de hábitos, costumbres, prácticas, saber-hacer, saberes, reglas, normas, prohibiciones, estrategias, creencias, ideas, valores, mitos, que se perpetúa de generación en generación, se reproduce en cada individuo, genera y regenera la complejidad social. La cultura acumula en sí lo que es conservado, transmitido, aprendido, y comporta principios de adquisición, programas de acción. El capital humano primero es la cultura. El ser humano sería sin ella un primate del más bajo rango.
En cada sociedad, la cultura es protegida, alimentada, mantenida, regenerada, sin lo que se vería amenazada de extinción, dilapidación, destrucción.
La cultura llena un vacío dejado por la juvenilización y el inacabamiento biológicos. En este vacío se instauran sus normas, principios y programas. Cosa curiosa, incluso puede, en ciertos casos, prolongar el trabajo incompleto de la naturaleza rematando artificialmente la bipolarización sexual; de este modo, en numerosas culturas arcaicas y religiosas (judaismo, islam), la circuncisión libera el glande viril del prepucio, y, en ciertas culturas, la cruel escisión opera la ablación de la componente masculina del sexo femenino.
La cultura es lo que permite aprender y conocer, pero es también lo que impide aprender y conocer fuera de sus imperativos y sus normas; en ese caso, hay antagonismo entre la mente autónoma y su cultura.
La emergencia de la cultura, que se produce por la complejización del individuo y la de la sociedad, los complejiza a su vez. La sociedad arcaica es de un tipo totalmente nuevo en relación a las sociedades de los chimpancés y los homínidos preculturales. (Será examinada en el capítulo 1 de la parte tercera.)
Hablar es nacer una segunda vez.
E. GENOUVRIER
Cada lengua obedece a sus propias reglas de gramática y sintaxis, tiene su vocabulario propio, que constituye su singularidad, pero estas propias reglas obedecen a estructuras profundas comunes a todas.
Este lenguaje de doble articulación, que constituye su originalidad y superioridad sobre los lenguajes animales, en absoluto es nuevo en la vida, ya que el código genético dispone de la misma estructura. Pero, mientras que éste hace que se comuniquen moléculas y células, nuestro lenguaje hace que se comuniquen las mentes. Presenta una infinidad de combinaciones sintácticas y gramaticales, permite un enriquecimiento ilimitado del vocabulario. Aparecida en las civilizaciones históricas, la escritura va a ofrecer la posibilidad de una inscripción más allá de la memoria individual, y un aumento indefinido de los conocimientos.
El lenguaje es una máquina en el sentido que hemos definido28. Funciona haciendo funcionar otras máquinas que a su vez la hacen funcionar. De este modo, es engranada en la maquinaria cerebral de los individuos y en la maquinaria cultural de la sociedad. Es una máquina autónoma-dependiente en una polimáquina. Depende de una sociedad, de una cultura, de los seres humanos que, para realizarse, dependen del lenguaje. Sea cual sea la lengua, en cada enunciado hay un Yo implícito o explícito (el locutor), dos Ellos (la maquinaria lingüística y la maquinaria cerebral), un Se (la maquinaria cultural). Yo, Ello, Se, hablan al mismo tiempo.
Es decir, que el lenguaje es el disco giratorio esencial entre lo biológico, lo humano, lo cultural, lo social. El lenguaje es una parte de la totalidad humana, pero la totalidad humana se encuentra contenida en el lenguaje.
Una lengua vive de forma asombrosa. Las palabras nacen, se desplazan, se ennoblecen, decaen, se pervierten, perecen, perduran. Las lenguas evolucionan, modificando no sólo su vocabulario, sino también sus formas gramaticales, y en ocasiones las sintácticas. La lengua vive como un gran árbol, cuyas raíces están en el trasfondo de la vida social y de la vida cerebral, cuyo follaje alcanza su plenitud en el cielo de las ideas o los mitos, y cuyas hojas rumorean en miríadas de conversaciones. La vida del lenguaje es muy intensa en los argots y en las poesías, donde las palabras se acoplan, gozan, se embriagan con las connotaciones que invocan y evocan, donde estallan las metáforas, donde las analogías alzan el vuelo, donde las frases sacuden sus cadenas gramaticales y se agitan con libertad.
El lenguaje llamado «natural» (de hecho cultural) es de una complejidad extrema, de hecho es mucho más complejo que los lenguajes formalizados. Comporta palabras vagas, palabras polisémicas, palabras de una extrema precisión, palabras abstractas, palabras metafóricas; obedece a una organización lógica, y al mismo tiempo puede dejarse llevar por lo analógico. De ahí su extrema flexibilidad: permite el discurso técnico, la jerga administrativa, la literatura y la poesía; es el soporte natural de la imaginación y la invención. El pensamiento sólo puede desarrollarse combinando palabras de una definición muy precisa con palabras vagas e imprecisas, extrayendo de las palabras su sentido usual y para hacerlas emigrar hacia un nuevo sentido29.
El hombre se ha hecho en el lenguaje, que ha hecho al hombre. El lenguaje está en nosotros y nosotros estamos en el lenguaje. Estamos abiertos por el lenguaje, encerrados en el lenguaje, abiertos a los otros por el lenguaje (comunicación), cerrados a los otros por el lenguaje (error, engaño), abiertos a las ideas por el lenguaje, cerrados a las ideas por el lenguaje. Abiertos al mundo y apartados del mundo por nuestro lenguaje; en conformidad con nuestro destino, estamos encerrados por lo que nos abre y abiertos por lo que nos encierra. Problema humano universal con variaciones y modulaciones infinitas.
El lenguaje permite la emergencia de la mente humana30, le resulta necesaria para todas las operaciones cognitivas y prácticas, y es inherente a toda organización social.
El crecimiento y reorganización del cerebro comenzados con erectus y acabados con sapiens son los testimonios y los operadores de una revolución mental que afecta a todas las dimensiones de la trinidad humana (individuo-especie-sociedad).
El cerebro de sapiens se ha convertido en una enorme república de decenas de miles de millones de neuronas, donde la aparición de competencias nuevas, en la regresión de los programas genéticos hereditarios, permite nuevos desarrollos de autonomía, estrategia, inteligencia y comportamiento. A partir de ahí, la mente emerge del cerebro humano, con y por el lenguaje en el seno de una cultura, y se afirma en la relación:31
Los tres términos cerebro-cultura-mente son inseparables. Una vez emergida la mente, retroactúa sobre el funcionamiento cerebral y sobre la cultura. Se forma un bucle entre cerebro-mente-cultura, en el que cada uno de estos términos es necesario para cada uno de los otros. La mente es una emergencia del cerebro, que suscita la cultura, la cual no existiría sin cerebro.
Cuando digo esprit32, sufro de una carencia de la lengua francesa que, a diferencia de otras lenguas, ha compactado bajo este término dos entidades diferentes y unidas: la mens latina (mind, mente) y lo espiritual (spirit, spirito, espíritu). Cuando digo esprit, quiero decir mind, con todas las diversas cualidades que de ella surgen, entre ellas el ingegno de Vico (aptitud combinatoria, inventiva)33.
La mente humana amplifica en primer lugar formas de inteligencia presentes en el mundo animal. Si definimos la inteligencia como una aptitud estratégica general, que permite tratar y resolver problemas particulares y diversos en situación de complejidad, la inteligencia es, como hemos visto, una cualidad anterior a la especie humana. Pájaros y mamíferos dan testimonio de un arte estratégico individual, que comporta la astucia, la utilización de la oportunidad, la capacidad de corregir los errores, la aptitud para aprender, cualidades todas que, reunidas en un haz, constituyen la inteligencia. La mente humana desarrolla estas formas de inteligencia en dominios nuevos, y crea otras nuevas. Éstas van a emplearse en particular en la práxis (actividad transformadora y productora), la téchne (actividad productora de artefactos), la theoría (conocimiento contemplativo o especulativo). La inteligencia propia de la mente humana se alza al nivel del pensamiento y de la consciencia, que también necesitan el ejercicio de la inteligencia.
Para el pensamiento (cfr. parte segunda, cap. 3, págs. 114-116), la inteligencia humana plantea interrogaciones y se plantea problemas, encuentra soluciones, inventa, es capaz de crear.
La consciencia es la emergencia más notable de la mente humana. Producto/productora de una actividad reflexiva de la mente sobre sí misma, sobre sus ideas, sobre sus pensamientos, la consciencia se confunde con esta reflexividad activa. El individuo humano puede disponer de la consciencia de sí, capacidad para considerarse como objeto sin dejar de seguir siendo sujeto. El pleno desarrollo del pensamiento comporta su propia reflexividad: la consciencia puede referirse al ser humano que reflexiona sobre sí mismo, puede referirse al conocimiento mismo, que deviene conocimiento del conocimiento.
La inteligencia, sus múltiples formas, el ingegno, el pensamiento, la consciencia y, como veremos, el alma, son diversas formas de una actividad polifónica de la mente. Aquí son distinguidas, pero no podrían ser separadas.
La sociedad misma es transformada, complejizada por la emergencia de la mente humana, ya que lo que la produce son las interacciones entre mentes individuales, y el lenguaje multiplica las intercomunicaciones, alimenta la complejidad de las relaciones entre individuos y las complejidades de la relación social.
Nudo gordiano donde se asocian inteligencia, pensamiento, consciencia, individuo, lenguaje, cultura, sociedad, la mente es a la vez una innovación en la evolución hominizante y una innovadora en la evolución humana. En adelante, lo que innova ya no son las reorganizaciones genéticas, sino las aptitudes de la mente34.
El eros es hijo de la mente y del sexo. La mente se abre al sexo y el sexo se abre a la mente. Se invaden el uno al otro. La mente, perturbada por el sexo y perturbándolo (en la cabeza-a-cola psique-falo), se erotiza. El erotismo desborda las partes genitales, se apodera del cuerpo que deviene todo entero excitante, perturbador, apetitoso, emocionante, provocador, exaltador, y puede sublimar aquello que, fuera de la lubricidad, parece inmundo. «El erotismo es la realidad más emocionante, pero no es menos, y al mismo tiempo, la más innoble» (Georges Bataille). El eros «que nunca ha conocido ley» transgrede las reglas, las convenciones, las prohibiciones.
El eros va a proyectarse, expandirse por todas partes, incluidos los éxtasis religiosos, va a extraviarse en los fetichismos. La atracción erótica deviene fuente de complejidad humana, desencadenando encuentros improbables, entre clases, razas, enemigos y enemigas, amos y esclavos. El eros irriga mil redes subterráneas presentes e invisibles en cualquier sociedad, suscita miríadas de fantasmas que se levantan en cada mente. Opera la simbiosis entre la llamada del sexo, que procede de las profundidades de la especie, y la llamada del alma que busca adorar. Esta simbiosis tiene como nombre amor.
La mente humana se abre al mundo. La apertura al mundo se revela por la curiosidad, la interrogación, la exploración, la búsqueda, la pasión de conocer. Se manifiesta en el modo estético por emoción, sensibilidad, fascinación ante las salidas y las puestas de sol, la luna nocturna, el rompimiento de las olas, las nubes, las montañas, los abismos, los ornatos animales, el canto de los pájaros, y estas emociones vivas llevarán a cantar, dibujar, pintar.
Incita a todos los comienzos.
La mente humana se sentiría animada por su pertenencia al mundo, por una parte, su sentimiento de extrañeza ante el mundo, por la otra, lo que corresponde a nuestro estatuto de hijos del cosmos ajenos al cosmos.
La racionalidad de sapiens y la técnica de faber son reconocidas comúnmente como los caracteres propios de lo humano. No obstante, ahora sabemos que el útil es muy anterior a homo sapiens, y que es muy probable que sea homo erectus quien conquistara el fuego. Está claro, igualmente, que los animales tienen comportamientos racionales para huir del peligro, buscar alimento, reproducirse. Por otra parte, la originalidad humana se manifiesta en el desencadenamiento de mitología y magia, lo que los científicos denuncian como irracionalidad, y que, sin embargo, forma parte de la humanidad tanto como la racionalidad35. Esta última va a conocer, no obstante, con la filosofía, la ciencia y la técnica, un desarrollo extraordinario. Mantengamos, pues, sapiens y faber, sabiendo que vamos a añadir demens, ludens y mythologicus. Así pues, hay en lo humano (este término, lo repito, concierne al ser a la vez individual, social y biológico) una formidable potencialidad de racionalidad, así como una formidable potencialidad de desarrollo técnico, que van a actualizarse en el curso de la historia, y a acelerarse y ampliarse en los últimos siglos.
Desde sus orígenes, la técnica ha buscado remediar las carencias humanas. El ser humano dispone de manos hábiles, pero son débiles en fuerza de prensión y de pegada. Corre, pero a poca velocidad. No sabe volar. No dispone de la capacidad de los pájaros para captar información magnética y visual para sus desplazamientos. Por esto, la técnica realizará artificialmente para él sus ambiciones y sueños.
La técnica conoce un primer despegue explosivo en el Neolítico, después se desarrolla de forma plural, según las civilizaciones, para dominar la materia, sojuzgar las energías, domesticar el mundo vegetal y el mundo animal, hasta el despegue súbito, inaudito y formidable, a partir del siglo XVIII, primero en Europa occidental y después en todo el planeta, de técnicas dominadoras de energías cada vez más potentes (vapor, petróleo, electricidad, energía nuclear), máquinas cada vez más automatizadas, y por último una red nerviosa artificial repartida por el globo. La unión de la ciencia y la técnica ha dado poder soberano sobre la materia física, y pronto dará poder ilimitado sobre el patrimonio hereditario de los vivientes. De este modo, el ser menos probable, más desviante, más marginal de toda la evolución biológica ha ocupado el lugar central, ha impuesto su orden al planeta Tierra y dispone de un poder en adelante a la vez demiúrgico y suicida.
Tan importantes como la técnica para la humanidad son la creación de un universo imaginario y el desencadenamiento fabuloso de los mitos, creencias, religiones, que los desarrollos técnicos y racionales se han mostrado muy poco aptos, en el curso de la historia y hasta el momento, para eliminar36.
Desde la Prehistoria, la racionalidad y el mito, la técnica y la magia cooperan en las prácticas funerarias y en las de la caza. Las encontramos a la vez complementarias y antagonistas en las grandes civilizaciones. Más aún: el desarrollo técnico va a efectuarse cada vez más al servicio del sueño de dominar las tierras, los mares y el cielo.
Los mitos37 son relatos recibidos como verdaderos y que comportan infinitas metamorfosis (como el paso de un estado humano a un estado animal, vegetal o mineral y viceversa), así como el poder y presencia de los «dobles», espíritus, dioses. Mientras que la lógica dirige el universo racional, la analogía rige el universo mitológico. La formidable omnipresencia del mito en las sociedades arcaicas ha podido hacer creer a los antropólogos simplistas de principios de siglo que los «primitivos» vivían en un mundo puramente mitológico, siendo que sus estrategias de caza y sus adquisiciones de conocimientos dan testimonio de su inteligencia y sus prácticas racionales.
Las civilizaciones antiguas han realizado grandes desarrollos técnicos con la edificación de monumentos grandiosos y notables realizaciones científicas, como en la astronomía, y también, al mismo tiempo, grandes desarrollos mitológicos en sus religiones e ideologías.
Los Modernos creyeron acceder a la era racional y positiva. Pero las religiones sobrevivieron, el mito formidable del estado nacional se desplegó en los siglos XIX y XX, subsiste una esfera mitológico/mágica en el subsuelo psíquico de los individuos, subsisten más o menos vivas las creencias en los espíritus, fantasmas, maleficios, se han expandido nuevas formas de mitología a través de las películas y las «stars»38. Por último y sobre todo, el mito se ha introducido en el pensamiento racional en el momento en que éste creía haberlo expulsado: la idea misma de Razón se convirtió en un mito cuando un formidable animismo le dio vida y poder para hacer de ella una entidad omnisciente y providencial. El mito que se infiltra en la idea abstracta la hace viviente, la diviniza desde el interior. Las ideologías recogen el núcleo viviente del mito e incluso en ocasiones, como fue el caso del marxismo, de la religión de salvación.
